Capítulo 1: El Olvido
("Todo lo que duerme en la oscuridad, no despierte jamás")
Creo que por fin estoy lista para hablar de ello.
Aunque lo diga, siento cómo la mentira me cruje entre los dientes. Nadie está listo para regresar a un lugar donde el silencio
respiraba, y las paredes tenían hambre.
Han pasado años desde que ocurrió. Años arrastrando una sombra que no tiene nombre ni forma, pero sí peso. Ninguno de nosotros
—ni yo, ni mi hermano Tom, ni Michael, ni siquiera Katy— ha vuelto a pronunciar palabra alguna sobre lo que vimos, lo que tocamos,
lo que nos tocó.
Es como si una niebla invisible nos hubiera sellado la lengua. Ni siquiera entre nosotros nos atrevemos a recordar. Tal vez escribirlo
sirva de exorcismo. O tal vez sea solo otro error.
Tal vez ya es demasiado tarde.
Cuando sucedió, era una adolescente más en Cumbria, esa tierra que parece pintada con los suspiros de los muertos. Colinas como
espaldas de gigantes dormidos, lagos que no reflejan el cielo sino algo más antiguo, más profundo. El Distrito de los Lagos. Allí donde
las piedras murmuran y el viento silba nombres que nadie recuerda haber dicho.
Vivíamos en las afueras de un pueblo que apenas merecía el nombre. Un lugar tan pequeño que hasta los secretos más oscuros se
convertían en patrimonio comunal. La cabaña era de madera ennegrecida, agrietada por el tiempo y por algo más. Algo que no
sabíamos cómo nombrar entonces.
El aislamiento tenía sus propios ritos. Cada gesto cotidiano —el pan sobre la mesa, la leña apilada, la radio susurrando viejos tangos—
era una forma de superstición. Una defensa inconsciente contra lo que vivía fuera. O dentro.
El verano en que cumplí 14 años, todo cambió. El pueblo, con sus costumbres enmohecidas, respiró de forma distinta por un instante.
Llegó Katy.
Una extranjera en nuestro mundo de musgo y murmullos. Venía de Londres, esa ciudad que para nosotros era una leyenda tan
distante como Babilonia. Su padre había muerto —algo trágico y sin detalles— y su madre decidió exiliarse a la calma de los campos.
Error fatal.
El mismo día de su llegada, mi madre nos mandó con un pastel de menta de Kendal. Yo, mi hermano Tom —todavía niño, aunque ya se
le insinuaban las grietas de lo que vendría después—, y ese pastel que temblaba en mis manos como si ya supiera.
Katy abrió la puerta y con ella se abrió otra cosa. Una grieta. Un presagio.
Tenía mi edad, pero sus ojos no eran de este tiempo. Había algo en su mirada que dolía. Como si ya hubiese visto el abismo y hubiese
decidido sonreírle de vuelta. Llevaba una camiseta con una calavera distorsionada —un logo que jamás reconocí—, el cabello suelto y
eléctrico, un aro en la nariz. Parecía salida de una película de Lynch. Yo era todo lo contrario: ropa heredada, pasos inseguros, voz
demasiado baja.
Pero Katy me habló con una naturalidad brutal. Como si ya nos conociéramos. Como si siempre hubiéramos sido amigas.
O tal vez como si ella ya supiera lo que iba a pasar.
Ese verano fue una trampa disfrazada de dicha. Nadábamos en el lago hasta que nuestros labios se volvían morados, escribíamos
nuestros nombres en las piedras y hablábamos de cosas que no sabíamos entender.
Risas, películas, pactos no escritos.
También llegaron las primeras confidencias sobre la muerte, sobre el miedo, sobre sueños que no eran sueños sino advertencias.
El bosque alrededor de nuestra casa tenía un claro prohibido. Uno que los perros evitaban, donde los pájaros se callaban. Los adultos
lo llamaban “el solar del este”, pero los niños lo llamaban de otra forma:
La Granja de Maniquíes.
Nadie sabía quién la bautizó así. Algunos decían que era un almacén viejo. Otros, que había sido un taller de costura hace décadas.
Nadie iba. Nadie hablaba. Nadie miraba hacia ese lugar.
Hasta que nosotros lo hicimos.
Todo comenzó a desmoronarse en octubre.
La semana antes de las vacaciones de mitad de trimestre. El aire olía a hojas muertas y a tierra mojada. Llovía como si el cielo
sangrara lentamente.
Estábamos en mi habitación viendo una película de terror en mi portátil. Recuerdo perfectamente el sonido: una respiración
contenida en la escena más tensa. En ese silencio agudo, de pronto, escuchamos algo.
Risas. Risas apagadas, guturales.
Venían de la habitación contigua, la de mi hermano. Pero no eran risas de niños.
Eran demasiado graves.
Demasiado... antinaturales.
Golpeé la pared y grité. Nada. Volví a gritar. Silencio. Me levanté con fastidio, creyendo que Tom y Michael estaban jugando como
idiotas.
Abrí la puerta.
Y la oscuridad me tragó.
No era una oscuridad normal.
Era como entrar en una bolsa de tinta. Densa, viva. Las farolas no alcanzaban allí. La luna había desaparecido. La consola parpadeaba
en azul, como un ojo moribundo.
Avancé. El silencio era total, espeso. Ni siquiera escuchaba mi respiración. Me acerqué al interruptor, mis dedos temblaban.
Y entonces...
Una mano me agarró.
No era humana. No era infantil.
Era algo seco, húmedo, frío y largo.
La presión era real, infernal. No fue una broma. No fue mi hermano.
Grité. No como se grita por miedo, sino como grita el alma cuando se desgarra.
Corrí hacia el pasillo. La luz estalló detrás de mí. Y allí estaban ellos, revolcándose en capas negras, disfrazados de dementores, riendo
con esa alegría estúpida que solo tienen los que aún no han visto el rostro verdadero del terror.
Katy encendió la luz. Me miró con una sonrisa.
—¡Era una broma! —dijo.
Pero yo no me reí.
No dije nada.
Solo los observé. Congelada. Sintiendo aún la mano en mi muñeca.
Porque lo que me había tocado… no estaba en esa habitación.
No era ninguno de ellos.
No era humano.
Y no sería la última vez que lo veríamos.
"No toda granja cría animales. Algunas siembran silencio. Cosechan carne. Y pastorean sombras."
Capítulo 2 — La Verja
C“El pasado no muere. Ni siquiera es pasado.”
…sonreía. No con una sonrisa infantil, sino con esa media sonrisa enigmática que solía poner cuando algo la obsesionaba. Ya no
estaba pensando en bromas ni en payasadas, estaba tramando algo. Lo supe enseguida.
—¿Qué estás pensando? —pregunté, temiendo la respuesta.
—Quiero ir —dijo simplemente.
—¿Ir a dónde? —Sabía la respuesta. Solo quería escucharla decirlo, por si quedaba alguna esperanza de que me hubiera equivocado.
—A la granja. Quiero verla con mis propios ojos.
—¿Estás loca? —Mi voz salió más aguda de lo que pretendía.
—Tal vez —se encogió de hombros—. Pero no es tan lejos. Solo 16 kilómetros, ¿recuerdas? Podríamos ir en bici. O pedirle a alguien
que nos lleve. Es solo una casa abandonada, no un campo minado.
—Katie, es la casa de un asesino.
—De un asesino, muerto hace más de veinte años. No hay nadie ahí. Solo quiero verla. Tom dijo que nadie la ha tocado desde
entonces. Imagínate: las habitaciones tal como estaban, los maniquíes todavía allí...
—Tú lo estás diciendo como si fuera una maldita excursión al museo.
Ella me miró y por un segundo su entusiasmo se atenuó, no porque se hubiera arrepentido de su idea, sino porque entendía que a
mí no me hacía ninguna gracia.
—No tienes que venir —dijo finalmente—. Pero yo voy a ir. Tal vez no mañana, pero pronto.
La conocía demasiado bien como para pensar que era una amenaza vacía. Lo haría con o sin mí. Y, honestamente, la idea de dejarla
ir sola a ese sitio me resultaba peor que ir con ella. Tal vez solo necesitaba vigilarla. Tal vez —y no quería admitirlo—, una parte de
mí también quería saber qué había allí realmente. No por morbo, sino por ese peso extraño que me oprimía el pecho desde que vi la
foto de Greevy. Como si algo se hubiera activado en lo profundo de mi memoria.
Durante los días siguientes, el tema desapareció de nuestras conversaciones. Pero no porque lo hubiéramos olvidado. Era como si
ambos estuviéramos esperando el momento justo, como si la tensión que se había instalado entre nosotros necesitara madurar,
adquirir forma. Vimos películas, salimos a caminar, incluso discutimos por una tontería sobre quién había dejado el grifo abierto en
la cocina. Pero debajo de todo eso, como un murmullo constante, estaba esa idea: la granja.
El martes siguiente, después del almuerzo, Katie se me acercó con una sonrisa que intentaba ser casual.
—Tom consiguió la dirección exacta. Hay un camino de tierra que bordea los campos hasta llegar a la granja. Dice que a veces los
excursionistas se acercan hasta la verja, pero nadie entra.
—¿Y tú quieres entrar?
—No te estoy pidiendo permiso. Solo tu compañía.
Tragué saliva. Tenía la sensación de que, una vez cruzáramos esa verja, no habría vuelta atrás. Que algo nos observaría desde los
ventanales sucios o desde la boca negra del sótano. Que el pasado no estaba tan muerto como creíamos.
—Está bien —dije al fin—. Pero si algo raro pasa, nos largamos de inmediato. ¿Entendido?
Katie asintió. Su expresión era de triunfo, pero también de nerviosismo. No era tan valiente como aparentaba. Y eso, de alguna
manera, me tranquilizó. Al menos no iríamos a enfrentar lo desconocido completamente ciegos.
La noche anterior no dormí. O si lo hice, no lo recuerdo como sueño, sino como una sucesión de imágenes que no eran del todo
mías: figuras sin rostro caminando por un pasillo estrecho, puertas que se abrían solas con un chirrido de óxido, maniquíes con
ojos pintados demasiado humanos. En una de las escenas, Katie estaba parada frente a un espejo cubierto de polvo, pero su reflejo
no era el suyo. Era otra chica. Parecida, pero distinta. Más pálida. Más vacía.
Me desperté sobresaltado. El aire era espeso, como si la casa misma supiera lo que íbamos a hacer. Como si las paredes escucharan.
A las 6:45 de la mañana, Katie ya estaba vestida, con una mochila ligera al hombro y el cabello recogido en una trenza que le daba
un aire inquietantemente infantil. Yo aún no había pronunciado una palabra. Tenía la sensación de que si hablaba, rompería algo.
Como si el día fuera una frágil lámina de vidrio.
—Hay niebla —dije por fin, mirando por la ventana.
—Mejor —respondió ella—. Así nadie nos ve.
Caminamos en silencio hasta la carretera donde Tom nos esperaría con su vieja camioneta. El cielo tenía esa claridad lechosa de los
días nublados y las ramas parecían garras inmóviles recortadas contra el cielo. Había algo que se sentía mal en el aire. No era
miedo. Era otra cosa. Como si algo estuviera a punto de ser revelado y ya no hubiera forma de detenerlo.
La camioneta llegó puntual, salpicada de barro, con la radio sonando baja y Tom masticando un chicle que parecía llevar días en su
boca. Nos saludó sin mucho entusiasmo. No preguntó nada. Como si supiera que no debía hacerlo.
—¿Seguro que quieren hacerlo? —preguntó solo una vez, ya con el motor en marcha.
—Solo llévanos hasta la entrada del sendero —dijo Katie—. No necesitamos guía.
Durante el trayecto, nadie habló. Solo el ruido del motor y las piedras que golpeaban los bajos del vehículo llenaban el silencio. Yo
pensaba en la verja. No en la granja, ni en los maniquíes, ni en Greevy. Solo en la verja. Esa línea invisible pero definitiva. Como si el
mundo, después de ella, cambiara de tono, de textura, de reglas.
Y cuando finalmente la vimos, solitaria entre los campos, oxidada y retorcida por el tiempo, supe que todo estaba a punto de
cambiar.
Tom apagó el motor sin decir nada. Bajamos. El viento olía a humedad y a cosas antiguas.
Katie fue la primera en caminar hacia la verja. La tocó con la mano, como si saludara a un viejo amigo.
—Aquí es —susurró.
Y entonces comprendí que lo peor no era lo que íbamos a encontrar dentro.
Lo peor era que ya habíamos cruzado, incluso antes de abrirla.
Capítulo 3: "Todo lo que permanece"
Esa noche, nadie durmió. No por falta de intentos, sino porque el silencio había cambiado. Ya no era paz, era amenaza. Como si el
mundo hubiese perdido algo esencial que no volvería.
Durante semanas, todos intentamos retomar la normalidad. Volver al colegio, a las cenas en familia, al sonido del microondas y las
notificaciones del celular. Pero algo nos había seguido. No los maniquíes. No las figuras del sótano. Algo más íntimo. Algo que nos
carcomía desde adentro.
Tom empezó a hablar solo. Murmuraba nombres que nadie reconocía y se despertaba cubierto de sudor. Michael dejó de reír. Pasaba
las tardes mirando por la ventana, como si esperara que algo regresara.
Katie, en cambio, cambió de forma más radical.
Dejó de salir. Dejó de comer con nosotros. Pasaba horas en su cuarto, encerrada. Algunas noches la oíamos hablar... con alguien. O
con algo.
Una vez, mamá entró a su habitación sin tocar. Salió pálida, sin decir una palabra, y desde entonces le dejó la comida en la puerta.
Nadie preguntó por qué.
Yo… yo comencé a dibujar. No sé por qué. No soy artista. Pero todas las noches me encontraba garabateando en hojas, servilletas,
en mis brazos. No eran dibujos coherentes. Eran formas. Rostrillos. Ojos. Siluetas largas con brazos de alambre.
Una noche, mientras revisaba el cuaderno, me di cuenta de que había dibujado una figura conocida. Converse rosas. Cabello rizado.
Boca en grito. Sin haberlo intentado, había reproducido a la niña del umbral. Y ella… había cambiado de lugar en cada dibujo.
Más cerca. Siempre más cerca.
Un mes después, Katie desapareció.
No hubo nota. No hubo señales de entrada forzada. La ventana de su cuarto estaba cerrada desde dentro. Y, sin embargo, ella no
estaba.
Papá dijo que seguro se había escapado. Mamá lloraba en silencio, mirando fijamente la pared, negando con la cabeza. Yo fui la
primera en entrar a su habitación tras la desaparición.
La cama estaba hecha. La comida en la bandeja, intacta.
Y frente a la pared… un maniquí.
No, no era un maniquí cualquiera. Era ella.
Era Katie.
Tenía el mismo pijama. La misma cadena con el dije de cristal azul. El mismo mechón rebelde que siempre intentaba domar. Pero su
piel… era de cartón piedra. Sus ojos, plásticos. Y su boca, abierta. En un grito.
Me acerqué, temblando, y fue entonces cuando vi lo peor.
En el pecho, tallado burdamente con algo afilado, un mensaje:
“Ahora me toca mirar.”
Después de eso, empezaron a desaparecer más personas.
Michael, un martes. Tom, un viernes. Mamá se volvió loca. Papá desapareció una semana después, pero nadie lo notó de inmediato.
La casa se volvió un mausoleo de voces y murmullos que no terminaban de marcharse. Yo no salí más. No podía.
No porque tuviera miedo. Sino porque yo también empecé a cambiar.
Mi piel… crujía. Mis articulaciones, rígidas. Cada día me costaba más parpadear, más hablar. A veces despertaba en posiciones
extrañas. O encontraba la linterna del sótano en mi almohada, aunque juraría haberla tirado lejos aquella noche.
Y entonces lo entendí.
No huyes de la casa. La llevas dentro.
No era una historia de fantasmas. Nunca lo fue.
Era un ciclo. Una herencia. Una infección que se pasa en silencio.
Los maniquíes no estaban hechos. Eran. Fueron. Alguna vez niños, hermanos, curiosos. Como nosotros. Como tú, que lees esto.
Porque, sí, estás leyendo. Estás mirando.
Y ya es tarde.
Porque si la casa te encuentra en el pensamiento, en el recuerdo, en la imagen... te elige.
Ya puedo sentirte desde aquí.
Puedo verte.
Solo una pregunta queda, y es la más cruel de todas:
¿Eres tú quien mira al maniquí… o el maniquí quien mira dentro de ti?