Canto I
El poeta inicia su camino, perdido en las tinieblas.
Encuentra a Virgilio, quien promete acompañarle.
A la mitad del viaje de nuestra vida me encontré en una selva oscura, por
haberme apartado del camino recto. ¡Ah! ¡Cuán penoso me sería decir lo salvaje,
áspera y espesa que era esta selva, cuyo recuerdo renueva mi temor; temor tan triste,
que la muerte no lo es tanto! Pero antes de hablar del bien que allí encontré, revelaré
las demás cosas que he visto. No sabré decir fijamente cómo entré allí; tan
adormecido estaba cuando abandoné el verdadero camino. Pero al llegar al pie de una
cuesta, donde terminaba el valle que había llenado de miedo mi corazón, miré hacia
arriba y vi su cima revestida ya de los rayos del planeta que nos guía con seguridad
por todos los senderos. Entonces se calmó algún tanto el miedo que había
permanecido en el lago de mi corazón durante la noche que pasé con tanta angustia, y
del mismo modo que aquel que, saliendo anhelante fuera del piélago, al llegar a la
playa, se vuelve hacia las ondas peligrosas y las contempla, así mí espíritu, fugitivo
aún, se volvió hacia atrás para mirar el trayecto de que no salió nunca nadie vivo.
Después, cuando di algún reposo a mi fatigado cuerpo, continúe subiendo por la
solitaria cuesta, procurando afirmar siempre aquel de mis pies que estuviera más bajo.
Al principio de la cuesta aparecióseme una pantera ágil, de rápidos movimientos y
cubierta de manchada piel. No se separaba de mi vista, sino que interceptaba de tal
modo mi camino, que me volví muchas veces para retroceder. Era a tiempo que
apuntaba el día y el Sol subía rodeado de aquellas estrellas que estaban con él cuando
el Amor divino imprimió el primer movimiento a todas las bellas cosas de la creación.
Hora y estación tan dulces me daban motivo para augurar bien la pintada piel de
aquella fiera. Pero no tanto que no me infundiera terror el aspecto de un león que a su
vez se me apareció: figuróseme que venía contra mí, con la cabeza alta, y con un
hambre tan rabiosa, que hasta el aire parecía temerle. Siguió a éste una loba que, en
medio de su demacración, parecía cargada de deseos; loba que ha obligado a vivir
miserable a mucha gente. El fuego que desprendían sus ojos me causó tal turbación,
que perdí la esperanza de llegar a la cima. Y así como al que se deleita en atesorar, que
llegado el tiempo en que sufre una pérdida se entristece y la llora en todos sus
pensamientos, así me sucedió con aquella inquieta fiera, que, viniendo a mí encuentro,
poco a poco me repelía hacia donde el Sol se halla. Mientras yo retrocedía hasta el
valle, se presentó a mi vista uno que por su prolongado silencio parecía mudo. Cuando
la vi en aquel gran desierto:
ーPiedad de mí ーle dijeー, quienquiera que seas, sombra u hombre verdadero.
Respondióme:
ーNo soy ya hombre, pero lo he sido: mis padre fueron lombardos y ambos
tuvieron a Mantua por patria. Nací «sub Julio», aunque algo tarde, y vi a Roma bajo el
mando del buen Augusto en tiempo de los Dioses falsos y engañosos. Poeta fui y
canté a aquel justo hijo de Anquises, que volvió de Troya después del incendio de la
soberbia Ilión. Pero, ¿por qué te entregas de nuevo a tu aflicción? ¿Por qué no
asciendes al delicioso monte que es causa y principio de todo goce?
ー¡Oh! ¿Eres tú aquel Virgilio, aquella fuente que derrama tan ancho raudal de
elocuencia? ーle respondí ruboroso ー. ¡Ah!, ¡honor y antorcha de los demás poetas!
Válgame para contigo el prolongado estudio y el grande amor con que he leído y
meditado tu obra. Tú eres mi maestro y mi autor predilecto; tú sólo eres aquel de
quien he imitado el bello estilo que me ha dado tanto honor. Mira esa fiera que me
obliga a retroceder; líbrame de ella, famoso sabio, porque a su aspecto se estremecen
mis venas y late con precipitación mi pulso.
ーTe conviene seguir otra ruta ーrespondió al verme llorarー si quieres huir de
este sitio salvaje; porque esa fiera que te hace prorrumpir en tales lamentaciones no
deja pasar a nadie por su camino, sino que se opone a ello matando al que a tanto se
atreve. Su instinto es tan malvado y cruel, que nunca ve satisfechos sus ambiciosos
deseos, y después de comer tiene más hambre que antes. Muchos son los animales a
quienes se une, y serán aún muchos más hasta que venga el Lebrel y la haga morir
entre dolores. Éste no se alimentará de tierra ni de peltre, sino de sabiduría, de amor y
de virtud, y su patria estará entre Feltro y Feltro. Será la salvación de esta humilde
Italia, por quien murieron de sus heridas la virgen Camila, Eurialo y Turno y Niso.
Perseguirá a la loba de ciudad en ciudad hasta que la haya arrojado en el Infierno, de
donde en otro tiempo la hizo salir la Envidia. Ahora, por tu bien, pienso y veo
claramente que debes seguirme: yo seré tu guía y te sacaré de aquí para llevarte a un
lugar eterno, donde oirás aullidos desesperados; verás los espíritus dolientes de los
antiguos condenados, que llaman a gritos a la segunda muerte; verás también a los que
están contentos entre las llamas, porque esperan, cuando llegue la ocasión, tener un
puesto entre los bienaventurados. Si quieres, enseguida, subir hasta ellos, te
acompañará en este viaje un alma más digna que yo , y te dejará con ella cuando yo
parta; pues el Emperador que reina en las alturas no quiere que por meditación mía se
entre en su ciudad, porque fui rebelde a su ley. Él impera en todas partes y reina
arriba; arriba está su ciudad y su alto solio. ¡Oh!, ¡feliz aquel a quien elige para habitar
en su reino!
Y yo le contesté:
ーPoeta, te requiero, por ese Dios a quien no has conocido, que me hagas huir
de este mal y de otro peor; condúceme a donde has dicho, para que yo vea la puerta de
San Pedro y a los que, según dices, están tan desolados.
Entonces se puso en marcha y yo seguí tras él.