El término bullying es el más reciente de un conjunto de nombres que se le han dado a lo largo del
tiempo al matonaje, acoso, hostigamiento, abuso o maltrato escolar. Es decir, a las diversas formas
de maltrato y persecución a las que a menudo se ven sometidos los niños y adolescentes dentro o
alrededor de un contexto escolar. La palabra bullying es un préstamo del inglés, proveniente de
“bully” (abusador).
Las causas del acoso escolar residen, ante todo, en el abusivo, generalmente víctima a su vez de
padres abusivos, hogares disfuncionales y probablemente una carga de violencia.
Sus razones para el abuso pueden ser de distinto tipo, desde un reclamo inconsciente de afecto,
envidia del chico del que abusa o distintas dinámicas cercanas a la psicopatía que denotan una
preocupante ausencia de empatía. Además, muchos abusivos pueden presentar distintos grados
de enfermedades mentales o de taras emocionales.
Por otro lado, el clima de la institución educativa puede ser más o menos propicio para el bullying.
Instituciones demasiado rígidas, en las que un orden implacable impide la comunicación entre
alumnos y docentes, o por el contrario, instituciones sin ningún tipo de orden y disciplina, pueden
ser favorables para el surgimiento de este tipo de conductas.
Las consecuencias del bullying son realmente serias. Por un lado, naturalizan la violencia, la
crueldad y la injusticia en el ámbito escolar, permitiendo que anide dentro de las generaciones
venideras, conocedoras desde temprano de la terrible dinámica entre víctima y victimario.
Los abusadores reproducen fuera de casa el dolor y el sufrimiento que padecen en su núcleo
familiar. Así, ante la inacción del sistema y la indefensión de la víctima, se le refuerzan al abusador
las conductas violentas y crueles, en lugar de enseñarle desde temprano a identificar y rechazar las
dinámicas sociales patológicas.
Sin embargo, las escuelas tienen la obligación de fomentar la comunicación entre alumnos y
docentes. Así se evita que los casos de maltrato sean invisibles para el personal de la institución,
especialmente para los encargados de la disciplina y los encargados de la asistencia psicológica, de
haberla.
La participación de los padres en ese sentido es clave, así como romper la comodidad de la
indiferencia de los compañeros de clase: el abusador debe ser identificado, denunciado y su
conducta rechazada por el grupo, de modo que la presión social recaiga sobre la conducta
negativa, en lugar de sobre la víctima.
Los especialistas afirman que únicamente a través de una intervención simultánea sobre los
individuos, sus entornos familiares y la institución educativa, es posible arrancar el bullying de raíz.
Sin embargo, en ello influyen numerosos factores socioculturales que escapan al ámbito
educativo, y que a menudo hacen difícil tan solo identificar al abusador.