Introducción
Lo que necesitas saber sobre los Evangelios
Los Evangelios están rodeados de un cúmulo de afirmaciones contradictorias, por lo que
es mejor comenzar con una breve sección de “preguntas frecuentes” que aclaren los
supuestos que subyacen en este estudio guiado.
¿Qué es un Evangelio? En el uso común, la palabra “evangelio” designa el
género de los primeros cuatro libros del canon del Nuevo Testamento—Mateo,
Marcos, Lucas y Juan.
¿Cuál es el origen de esta denominación? Originalmente la palabra “evangelio”
no se refería a un tipo de texto, sino al mensaje sobre la vida y las enseñanzas de
Jesús. El punto de partida es la palabra griega (euangelion) que significa “buen
mensaje” (en latín, evang-elium). La traducción literal al inglés antiguo fue god-
spell, que significa “buenas nuevas” o “alegres noticias”. Muy pronto el término
se aplicó a los cuatro libros del Nuevo Testamento que relatan la vida y las
enseñanzas de Jesús.
¿Quién escribió los Evangelios? Los Evangelios son relatos de testigos
presenciales de la vida de Jesús. Sus autores, conocidos posteriormente como “los
evangelistas”, fueron discípulos de Jesús que lo acompañaron durante sus años de
ministerio público o asociados de dichos discípulos que se basaron en testimonios
de primera mano. Los escritores de los Evangelios fueron designados por Jesús
como los registradores autorizados de su vida y ministerio (Juan 14:26). Parece
razonable suponer que, al compilar sus libros bajo la guía de Dios, usaron lo que
llamamos fuentes históricas, en última instancia procedentes de testigos
presenciales. Primera de Juan 1:1–3 muestra cómo era ser testigo presencial de la
vida de Jesús.
¿Cuándo se escribieron los Evangelios? Se escribieron en las décadas
inmediatamente posteriores a la muerte y resurrección de Jesús.
Esta guía adopta una aproximación literaria a los Evangelios, centrada en las formas en
que el contenido de los cuatro libros se plasma. Incluso los lectores que no acepten todos
los supuestos anteriores pueden encontrar un punto de encuentro común al aprovechar los
métodos analíticos que aquí se proponen.
Un género único
La única antología cuyo índice incluye la categoría de evangelio es el Nuevo Testamento.
Esto es un indicio de que los Evangelios constituyen un género único. Los escritores de
los Evangelios produjeron una nueva forma literaria para expresar la verdad acerca de
una persona y un mensaje singulares. Los acontecimientos que cambiaron el mundo con
la llegada de Jesús dieron origen a un género propio.
Sin embargo, la afirmación común de que el Evangelio es un género único ha dado lugar
a conceptos erróneos. Es importante notar especialmente dos puntos.
Primero, la singularidad de los Evangelios se relaciona más con su contenido que con las
formas literarias en que se presenta dicho contenido. La caracterización del protagonista
(Jesús) y su mensaje es principalmente lo que hace que los Evangelios sean únicos.
Segundo, si bien los libros que conocemos como los Evangelios no tienen un equivalente
exacto en otras literaturas, los géneros individuales que aparecen en ellos—relato,
parábola, discurso, diálogo, biografía, etcétera—son familiares. La afirmación general de
que los Evangelios son únicos ha tenido el efecto desafortunado de llevar a los lectores a
ignorar la manera en que las reglas comunes de lectura e interpretación se aplican a ellos.
En sus partes individuales, los Evangelios suelen parecerse a literatura que conocemos
bien.
En el aspecto de la forma literaria, lo que distingue a los Evangelios no son sobre todo las
unidades o géneros individuales, sino la manera en que los escritores combinaron estos en
un todo compuesto. Los Evangelios son libros híbridos y de géneros mixtos. Constituyen
colecciones de diversos materiales, semejantes a lo que llamamos antologías. Es fácil ver
cómo el material con el que trabajaban los escritores generó esta forma. Las unidades
individuales de discurso, diálogo y narración fueron recopiladas de forma fragmentada
por sus autores. Es frecuente suponer que partes de los Evangelios circularon de manera
oral antes de ser recogidas por escrito en un formato compuesto.
Conceptos erróneos y sus antídotos
Los Evangelios son libros difíciles. Ante sus complejidades, muchos intérpretes han
llegado a conclusiones falsas sobre ellos. En la siguiente parte de este capítulo señalaré
algunas ideas equivocadas comunes acerca de los Evangelios, sosteniendo que dichos
puntos de vista son inexactos y no se aplican a estos libros. Cada idea irá acompañada de
una contrapartida que, en mi opinión, sí describe fielmente a los Evangelios.
1. La forma principal de los Evangelios no es el sermón ni el dicho. Durante
mucho tiempo, la visión que obstaculizó un enfoque literario de los Evangelios
fue considerar que su forma original era el compendio de dichos de Jesús y la
predicación de los apóstoles. El punto de origen del contenido que terminaría
conformando los Evangelios es un tema puramente especulativo. Es, al menos,
igual de posible que los hechos de la vida y enseñanzas de Jesús circularan
primero como relatos. Pero sin importar cómo se hayan originado, la forma final
escrita de los Evangelios no es una serie de sermones ni una colección de
proverbios (aunque estos elementos aparezcan dentro de ellos).
2. La forma principal de los Evangelios es la historia, o narración. De inmediato
debemos reconocer que aproximadamente la mitad de su contenido son discursos
(algunos de los cuales toman la forma de diálogos entre Jesús y otros, además de
las parábolas). Pero el contexto en que se insertan dichos discursos es la historia
global de la vida de Jesús durante sus años de ministerio público. Incluso los
discursos se experimentan como aportes a la historia general de Jesús.
3. Los Evangelios no siguen un formato estrictamente cronológico. Estamos tan
acostumbrados a que las biografías y narraciones históricas se organicen en una
secuencia cronológica que solemos atribuir la misma estructura a los Evangelios.
Sin embargo, sus autores no afirman escribir un relato cronológico preciso, así
que no debemos suponer, sin fundamento, que esa fuera su intención. Si
observamos los propios Evangelios, vemos que a menudo agrupan el material por
temas—una sección de parábolas, por ejemplo, o una sección de discursos, o una
colección de historias de conflictos o de milagros (organización por género).
En el mejor de los casos, podemos decir que la estructura de los Evangelios se
basa en un principio cronológico flexible. Comienzan con el nacimiento de Jesús
o el inicio de sus años de ministerio público y terminan con los eventos
relacionados con su juicio, muerte y resurrección. Pero dentro de ese marco, la
organización es discontinua y con frecuencia no cronológica.
4. Los Evangelios no se estructuran como un relato narrativo continuo. Las
novelas y los relatos breves a los que estamos habituados suelen basarse en un
flujo narrativo ininterrumpido, construido en torno a un conflicto principal que
avanza y se resuelve al final. La secuencia es una cadena de causa y efecto en la
que una acción produce la siguiente, y así sucesivamente.
Por el contrario, los Evangelios encajan en el tipo de historia conocida como
argumento episódico. Son colecciones de relatos individuales más que una sola
trama. El protagonista (Jesús) se mantiene constante de principio a fin, pero las
unidades (tanto narrativas como discursivas) son autónomas. Muchos personajes
secundarios aparecen en una sección y desaparecen en la siguiente. La gran
presencia de material no narrativo acentúa esta naturaleza fragmentaria. La
fórmula “ahora algo completamente distinto” está activa de manera continua. Si
bien no es la forma más habitual de un libro, es la que describe perfectamente la
vida de Jesús como maestro itinerante y hacedor de milagros.
5. Los Evangelios no son fáciles de entender. Dado que los Evangelios son
relativamente breves y familiares para muchos, se tiende a pensar que deberían
resultar sencillos de leer. Después de todo, parecen claros y simples, incluso en su
estilo literario dominante en prosa. La idea equivocada que quiero confrontar es
que deberíamos sentirnos culpables si nos encontramos confundidos al leer los
Evangelios.
Hablo de mi experiencia personal al decir que, para mí, los Evangelios son un
género lleno de “cabos sueltos” y declaraciones enigmáticas. Rara vez en mi
lectura devocional de los Evangelios dejo de encontrarme con algo que no me
produzca perplejidad. Con frecuencia consulto las notas de una Biblia de estudio.
Los eruditos bíblicos han detectado conexiones sutiles entre unidades de los
Evangelios en las que uno rara vez repararía (y que a menudo contemplo con
escepticismo). Comparto esta experiencia no para desanimar, sino para todo lo
contrario: sugerir que los Evangelios pueden ser plenamente instructivos y
provechosos incluso cuando muchas cosas siguen siendo misteriosas o
inicialmente confusas.
La unidad de los Evangelios
La sección anterior describe los Evangelios como colecciones fragmentadas de materiales
diversos. A menos que encontremos una forma de unificar estos elementos, viviremos la
experiencia de unos libros caóticos repletos de pasajes desconectados. Por fortuna,
existen principios de unidad que ayudan a que los Evangelios resulten más asequibles.
En primer lugar, los Evangelios tienen un personaje central unificador: Jesús. Todo gira
en torno a Él. La mayor parte de los eventos, todos los discursos y todos los diálogos
involucran a este personaje principal. En casi cualquier punto de los Evangelios estamos
aprendiendo acerca de la persona, la obra y las enseñanzas de Jesús. Podemos imaginar
los Evangelios como una serie de círculos concéntricos con Jesús en el centro, rodeado
por sus discípulos más cercanos, luego por la hostil élite religiosa (representada
frecuentemente por los fariseos) y, en la periferia, una multitud de espectadores y
buscadores (a veces representada por una sola persona que se encuentra con Jesús).
Mencioné antes que los Evangelios tienen un argumento episódico en lugar de una trama
unitaria, pero el modo en que Jesús aparece como personaje central en todos los episodios
nos obliga a recalibrar esa visión. No hay una sola trama, pero sí un solo héroe. Además,
como Jesús actúa y habla de tal forma que las personas se ven obligadas a elegir a favor o
en contra de Él, al avanzar los Evangelios emerge un tipo de conflicto argumental
unificado: se trata del enfrentamiento entre la fe y la incredulidad, entre seguir a Jesús y
rechazarlo, entre ser salvo y perderse.
Otro marco unificador (que algunos pueden encontrar útil y otros no) emerge si
contemplamos la composición de los Evangelios desde una perspectiva humana:
podemos inferir que los escritores se basaron en los recuerdos de testigos presenciales (en
ocasiones, los propios autores). ¿Cómo opera la memoria? Recuerda líneas generales;
evoca eventos puntuales; y encadena determinadas secuencias de sucesos. Esto es lo que
hallamos en los Evangelios, y el proceso de la memoria, tal como lo conocemos, nos
ayuda a dotarlos de cierto grado de unidad.
La presencia de Jesús es la “constante” en los Evangelios, pero, sobre esta base, el
material se organiza en el siguiente marco:
los discursos y parábolas de Jesús: lo que Jesús enseñó
historias que involucran a Jesús: lo que Jesús hizo
respuestas a Jesús: lo que Jesús suscitó
Este esquema nos permite situar el material en su lugar adecuado.
Por último, la presencia de arquetipos contribuye a que los Evangelios se presenten como
composiciones unificadas. Los arquetipos son imágenes maestras de la imaginación, cuyo
rasgo distintivo es su recurrencia en la literatura y la vida. Se manifiestan en tres
categorías: motivos argumentales (por ejemplo, el viaje y la prueba), tipos de personajes
(héroe, mártir) e imágenes/escenarios/lugares (el valle, la corte). Estos arquetipos
aparecen reiteradamente en los Evangelios y funcionan como elemento unificador. A
continuación, ofrezco una serie de ejemplos no exhaustivos para ilustrar esta idea: héroe,
viaje, conflicto, el que rechaza la fiesta, el mar, la noche, la montaña, el seguidor leal, el
enemigo, el mártir, el traidor, la aldea, el milagro, la conversión, el encuentro. Es
frecuente encontrar estos arquetipos mientras leemos los Evangelios, y su reaparición
constante produce un efecto de cohesión.
Consejos para leer y enseñar los Evangelios
La siguiente lista de sugerencias se orienta hacia una lectura literaria de los Evangelios;
sin embargo, algunas de ellas son también prácticas generales para aproximarse a
cualquier texto:
1. Es fundamental prestar atención a la unidad que se tiene delante y no forzarla para
que encaje en un marco mayor. Si es relevante conectar una unidad con otra, tu
intuición te lo señalará. Tu primera responsabilidad es con la unidad que estás
leyendo. Dicho de forma más técnica: debemos evitar abandonar el texto para
irnos inmediatamente a su contexto. La erudición bíblica se desvió cuando
muchos estudiosos se enfocaron más en el contexto que en el propio texto.
2. Cada unidad, sin importar su género específico, contribuye a comprender quién es
Jesús—su persona, su misión, su enseñanza. Los Evangelios son la gran “fuente
primaria” que tenemos sobre Jesús. Por lo tanto, siempre es importante
preguntarnos qué aprendemos de Jesús en cada pasaje.
3. El resto de esta guía se fundamenta en la premisa de que los Evangelios están
compuestos por géneros específicos. A manera de adelanto, es esencial analizar
cada unidad de acuerdo con la dinámica de su género particular. Una historia de
conflicto requiere consideraciones analíticas distintas a las de un discurso.
4. El género global que rige los Evangelios es la narración o historia. Debemos
mantener siempre presentes los elementos básicos de la narrativa al leer y
enseñar: una línea argumental, un protagonista o personaje central, un elenco de
personajes adicionales, un escenario donde ocurre la acción, diálogos como
posible motor narrativo, etcétera. Incluso los discursos de Jesús se sitúan en un
contexto narrativo y contribuyen a la historia en curso. El hábito de “pensar en
términos de historia” al leer los Evangelios siempre será útil.
5. Los elementos unificadores mencionados en la sección anterior son
continuamente provechosos al leer o enseñar los Evangelios.
Algunas analogías útiles para comprender los Evangelios
A lo largo de mi carrera enseñando los Evangelios, me he topado con formas poco
convencionales de interpretarlos que, a mi juicio, resuelven muchos problemas
interpretativos. Al analizarlas, he visto que los Evangelios comparten semejanzas
parciales con los siguientes géneros o formatos:
Documental televisivo. Lo que aquí llamo “documental televisivo” también lo
vemos en videos documentales usados en colegios y universidades. ¿Qué
elementos componen un documental sobre un líder famoso? Pensemos en lo
siguiente: un guion de información básica que sirve de esqueleto; un narrador que
hilvana los fragmentos y ofrece transiciones; fotografías que documentan distintas
etapas y acontecimientos en la vida del protagonista; fragmentos de discursos
emblemáticos, entrevistas y sucesos destacados; entrevistas con otras personas
que comentan sobre el personaje central. Vemos escenas con multitudes, con un
círculo íntimo e instantes en soledad. Estos mismos ingredientes convergen en los
Evangelios. Por supuesto, los Evangelios no son documentales televisivos, pero si
mantenemos en mente este género, nos resultarán más familiares.
La repetición de jugadas en los partidos deportivos televisados. El mejor
ejemplo es la cobertura televisiva de un partido de fútbol americano. Las jugadas
clave se analizan con una serie de recursos técnicos: la misma acción desde
ángulos de cámara distintos, repeticiones en cámara lenta, primeros planos, planos
generales, avance y retroceso, pantalla dividida, etcétera, a menudo acompañados
de comentarios de un experto.
¿En qué nos ayuda esta analogía para entender los Evangelios? Aporta luz sobre
el llamado “problema sinóptico”, es decir, la presencia de material similar pero
con leves variaciones en dos o más Evangelios. Muchos de tendencia liberal
afirman que esto demuestra su falta de fiabilidad. Sin embargo, tal como sucede
con la repetición de jugadas, un mismo hecho puede contemplarse con exactitud
desde múltiples perspectivas.
La campaña política. El proceso de un político en campaña electoral también
brinda una visión útil sobre la situación sinóptica. Los políticos que recorren
diversos lugares repiten un patrón básico muchas veces al día, aunque con ligeras
variaciones en cada parada. Exponen sus puntos de vista una y otra vez, pero casi
nunca con un discurso idéntico al anterior. Ciertos sucesos básicos se repiten—
llega la comitiva o el avión, el político interactúa con la gente, visita alguna
fábrica o sitio emblemático y luego se marcha. Los elementos esenciales son casi
idénticos, aunque no exactamente. Esta analogía nos ofrece, con sentido común,
una explicación plausible de muchas supuestas discrepancias en los Evangelios.
No debemos olvidar que Jesús fue un maestro itinerante y hacedor de milagros.
Ciertas situaciones elementales se repetían con ligeras variantes.
Mosaico y collage. Un mosaico o collage combina fragmentos relacionados para
formar un retrato compuesto de un tema. Los Evangelios, por su parte, presentan
colecciones individuales de relatos sobre Jesús. No conforman una narrativa
continua, pero todos los detalles contribuyen a delinear un cuadro general y
finalmente unitario, cual mosaico o collage.
Resumen
La discusión anterior ilumina la naturaleza paradójica de los Evangelios. Estos libros nos
invitan con su aparente sencillez superficial. Son biografías en prosa con un único
propósito: relatarnos los hechos de la vida y misión de Jesús, a fin de generar fe en Él
como Salvador. Todo esto parece simple.
Sin embargo, hay factores que añaden complejidad de igual fuerza. Los Evangelios no
narran solo una historia, sino muchas. El género principal es la narración, pero cerca de la
mitad del material es discurso. Estos escritos constituyen una antología de doce o más
géneros individuales (como se verá en los capítulos siguientes de esta guía). Su estilo en
prosa suele (pero no siempre) ser sencillo; aun así, abunda el lenguaje figurado y los
elementos misteriosos.
1 Género narrativo: La forma principal
Cuando hablamos de la narrativa o el relato como la forma principal de los Evangelios,
nos referimos a dos dimensiones. En primer lugar, al enfoque general de cada Evangelio
como libro. Aunque este armazón narrativo, o “paraguas” global, no ofrece directamente
una metodología para profundizar en los pasajes individuales, resulta útil tenerlo presente
al analizar cada unidad, ya que todas ellas contribuyen a la historia en conjunto. En
segundo lugar, necesitamos asimilar los relatos concretos de los Evangelios empleando
las herramientas habituales del análisis narrativo. El siguiente módulo de este capítulo
abundará en este aspecto.
La naturaleza narrativa de los Evangelios
Si bien no leemos ni enseñamos los Evangelios en una sola sesión, en ocasiones es
importante considerarlos como un todo. Un libro tiene un inicio, un nudo y un desenlace.
En los Evangelios, dicha estructura adopta una forma narrativa. No encontramos una tesis
con puntos subordinados, como ocurre en un libro de tipo informativo, sino que se narra
la historia de la vida y el ministerio de Jesús. El comienzo se sitúa en el nacimiento de
Jesús y el inicio de sus tres años de actividad pública. A continuación, lo acompañamos
durante su vida como maestro itinerante y hacedor de milagros. Al final, los escritores de
los Evangelios dedican una parte sustancial de su relato a los eventos de las últimas
semanas de Jesús en la tierra.
Esto no significa que la parte central de los Evangelios esté compuesta únicamente por
acciones o sucesos. Casi la misma extensión se dedica a los discursos y enseñanzas de
Jesús (que incluyen diálogos y parábolas) que a los relatos de lo que hizo. Con todo, todo
el material se inserta en el flujo general de la historia de Jesús. ¿Cuáles son las
implicaciones?
1. Para entenderlo mejor, nos ayuda recordar que un relato consta de tres elementos
principales: acción o trama, personajes y escenarios. En toda trama hay un
protagonista —término derivado de la palabra griega que significa “primer
luchador”. Conviene considerar a Jesús como el protagonista de cada uno de los
Evangelios. A lo largo de la acción avanzamos como compañeros de viaje de este
“primer luchador”.
2. Asimismo, las tramas se construyen en torno al conflicto. En los Evangelios,
distintos individuos y grupos se oponen a Jesús, contribuyendo al conflicto global
entre el bien y el mal, la fe y la incredulidad, la sumisión a Jesús y la dureza de
corazón contra él.
3. Toda historia tiene un elenco de personajes, y es útil pensar en los Evangelios de
ese modo. Este conjunto de personajes representa una muestra de la humanidad,
no solo en tiempos de Jesús, sino en cualquier lugar y época. Con frecuencia,
dichos personajes actúan como nuestros representantes, de modo que nos vemos
reflejados en sus elecciones a favor o en contra de Jesús. No sería exagerado
afirmar que, al leer los Evangelios, no nos topamos solo con una serie de ideas,
sino con una galería de personas que dejan huella en nuestra memoria.
4. Además, experimentamos los Evangelios como una sucesión constante de lugares.
Los sitios geográficos específicos tienen mucha relevancia y forman parte de la
realidad fáctica o circunstancial de los Evangelios. Estos textos se sitúan en la
vida real y no en un mundo ficticio. Este sentido de realidad se acentúa con la
forma en que los Evangelios nos sitúan en un entorno de naturaleza elemental:
montaña, mar, calor, camino, llanura, aldea, etcétera. Con frecuencia, la geografía
adquiere un matiz simbólico; por ejemplo, Jerusalén puede simbolizar el rechazo
de Jesús por parte de las autoridades religiosas, mientras que el campo a menudo
representa el lugar de la conversión y el discipulado.
Las unidades narrativas dentro de los Evangelios
La segunda relevancia de lo narrativo como forma principal de los Evangelios radica en
la necesidad de aplicar las reglas habituales del análisis narrativo al encontrarnos con
unidades de relato en nuestra lectura. Antes de explorar este tema en detalle, es preciso
señalar que las historias de los Evangelios pueden ubicarse en un continuo literario.
En un extremo de este continuo encontramos relatos muy concisos de lo ocurrido, sin
adornos ni detalles adicionales. Son una mera exposición de los hechos, equivalentes a
una nota de periódico. Los estudiosos de la literatura y los docentes de redacción se
refieren a esto como escritura expositiva (informativa o explicativa). Son numerosos los
fragmentos expositivos o documentales de este tipo en los Evangelios. Por ejemplo:
“Enseguida el Espíritu lo impulsó a ir al desierto, y estuvo en el desierto cuarenta días,
siendo tentado por Satanás; estaba entre las fieras, y los ángeles le servían.” (Marcos
1:12–13)
Aunque aquí aparecen los ingredientes propios de una narración, están presentados de
modo muy breve: protagonista, antagonista, otros personajes o agentes, conflicto
argumental y escenario. No obstante, estos elementos se encuentran tan resumidos que
apenas queda margen para un análisis profundo.
A medida que avanzamos en el continuo, las historias se narran con mayor detalle. En el
otro extremo, nos topamos con narraciones literarias en toda regla. Conviene recordar
que la literatura plasma la experiencia humana de la manera más concreta posible, para
que podamos revivir la historia en nuestra imaginación. El resto de este capítulo se
centrará en cómo leer y analizar las narraciones literarias que encontramos en los
Evangelios, a modo de guía o resumen de las “nociones básicas” sobre los relatos que
contienen.
Narraciones literarias en los Evangelios
No existe un orden prescrito para analizar un relato literario. De hecho, si la historia es lo
bastante extensa como para dividirla en escenas o episodios sucesivos, podríamos
ocuparnos de la trama, el escenario y la caracterización en cada unidad, antes de pasar a
la siguiente y realizar un examen similar. Sin embargo, también es posible examinar una
narración con varios episodios en su conjunto, tratando uno a uno los distintos elementos.
De modo un tanto arbitrario, empezaré con la trama. La trama de una historia es la acción
principal. Mientras que una narración larga (por ejemplo, una novela o una obra de
teatro) puede contener varias líneas argumentales, esto es poco habitual en los relatos
concisos de los Evangelios. Lo primero que conviene identificar en una historia del
Evangelio es, pues, la acción unificadora. Por ejemplo, en el relato de Jesús y la mujer
samaritana (Juan 4:1–42), dicha acción unificadora es el propósito de Jesús de llevar a la
mujer a la salvación. Cabe recordar también que la estructura de la trama se basa en uno o
más conflictos argumentales, y es fundamental identificarlos. Aunque esto requiere
análisis, brinda una comprensión mucho más profunda de la historia.
Una vez que reconozcamos la acción central y los conflictos de la trama, podemos dividir
el relato en sus fases sucesivas, a las que podemos denominar episodios, unidades o
escenas (siguiendo el modelo del teatro). Conviene asignarles nombres que reflejen la
acción principal y el conflicto subyacente, recordando siempre la estructura inicio-nudo-
desenlace. Dividir así la historia permite seguir paso a paso el desarrollo de la situación
inicial hasta su conclusión. La mayoría de los relatos parten de un problema inicial que se
va encaminando hacia su solución.
El escenario es el elemento más descuidado en la experiencia lectora de la mayoría, y
esto supone una gran pérdida, puesto que desempeña un papel decisivo en los relatos.
Conviene partir de la observación, identificando dónde tiene lugar la acción y
describiendo las propiedades físicas del lugar. En ocasiones, aun un relato breve puede
ofrecer varios escenarios. Por ejemplo, la narración de cinco versículos en la que Jesús
llama a Leví o Mateo (Mateo 9:9–13) comienza a la orilla del mar, luego se traslada al
puesto de cobro de Mateo junto al camino, y concluye en una comida dentro de la casa de
Mateo.
Una vez que se han señalado los detalles de la ambientación, suele ser posible analizarlos.
Así, lo más habitual es que el escenario favorezca o posibilite la acción. Reconocer esta
relación o correspondencia entre escenario y acción puede aportar mucha luz. Asimismo,
a menudo los escenarios adquieren matices simbólicos que es conveniente detectar.
El relato de la curación de Bartimeo, el ciego (Marcos 10:46–52), ofrece un ejemplo al
respecto. El pasaje comienza con una multitud que incluye a Jesús y sus discípulos,
saliendo de Jericó. Los Evangelios son relatos de viaje, y uno de los entornos más
comunes es el camino, que posibilita muchos eventos. Esto es lo que sucede en la
curación de Bartimeo, quien se encuentra junto al camino cuando Jesús pasa, lo sana y, al
final, leemos que Bartimeo “lo siguió por el camino”. La escena repetida de estar en
camino con Jesús constituye un rasgo característico de su vida y adquiere también un
sentido simbólico: seguir a Jesús es ir con él por el camino.
Los personajes son el tercer elemento constante de todo relato. Las técnicas que usan los
narradores para construir o presentar a sus personajes se denominan caracterización.
Antes de examinar cómo se lleva a cabo esta caracterización, conviene precisar la meta
del análisis de personajes.
El objetivo principal es conocer a los personajes de la historia en la medida en que lo
permitan los detalles del relato. Una vez que entendemos la naturaleza de un personaje,
debemos analizar su función o papel en la historia. Buena parte de lo que el narrador
desea que entendamos acerca de la vida se manifiesta en estos personajes. El tema de un
relato a menudo se expresa a través de un ejemplo que el autor nos presenta para imitar o
rechazar, y, en muchos casos, ese ejemplo se encarna en un personaje.
He aquí una lista breve de aspectos útiles para analizar los personajes en un relato
evangélico:
1. Resulta beneficioso comenzar por identificar el elenco de personajes.
2. Dentro de ese elenco, determinar quién es el protagonista, el (o los)
antagonista(s), los personajes adicionales de importancia y los personajes
secundarios, cuya presencia se limita a cumplir una función específica (ser
testigos de la acción, por ejemplo).
3. Para los personajes principales, conviene elaborar una descripción lo más
completa posible: sus rasgos, sus roles, sus relaciones, sus acciones externas e
internas (pensamientos y emociones), etc. Cualquier detalle que ayude a
comprenderlos es pertinente.
4. Es indispensable sacar conclusiones sobre la función que desempeña un personaje
en la historia, incluyendo aquello que nos enseña acerca de la vida.
5. Por último, los elementos de la historia (trama, escenario, personajes) se articulan
para encarnar uno o varios temas (interpretaciones o principios generales acerca
de la vida). Una aproximación útil es considerar que todo relato es, hasta cierto
punto, una historia ejemplar. Podemos preguntarnos, pues, ¿de qué es ejemplo
esta historia? y reconocer que los narradores presentan ejemplos positivos para
seguir y negativos para evitar.
Un ejemplo de relato evangélico
La historia de cómo Jesús calma la tempestad, narrada en Marcos 4:35–41, muestra la
concreción de estos conceptos en solo siete versículos. Presento el texto a continuación:
“35 Ese día, al anochecer, les dijo: «Crucemos al otro lado». 36 Despidieron a la multitud
y se lo llevaron en la barca, tal como estaba, y lo acompañaban otras barcas. 37 Pero se
desató una fuerte tempestad de viento, y las olas caían sobre la barca, de modo que ya se
anegaba. 38 Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal. Lo despertaron y le
dijeron: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» 39 Entonces, levantándose,
reprendió al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate!» Y cesó el viento, y sobrevino una
gran calma. 40 Luego les dijo: «¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Todavía no tienen fe?» 41
Ellos se llenaron de gran temor y se decían unos a otros: «¿Quién es este, que hasta el
viento y el mar lo obedecen?»”
Partimos de la idea de que una historia pretende que revivamos un acontecimiento con la
mayor intensidad posible, teniendo en cuenta los detalles. La fuerza de la narrativa es que
nos sitúa dentro de la situación y la secuencia de hechos. Como lectores, debemos ser
activos al visualizar y escuchar lo que sucede. Con esta premisa, he aquí una aplicación
breve de los elementos narrativos ya mencionados:
Escenario: una pequeña barca en un mar famoso por la aparición súbita de
tormentas violentas; la oscuridad de la noche; una atmósfera de peligro y
vulnerabilidad; una escena desesperada mientras las olas amenazan con hundir la
embarcación. Contribución al relato: posibilita la puesta a prueba de los
discípulos, eje central de la acción.
Personajes: los discípulos son los protagonistas (aunque no héroes) con quienes
atravesamos la acción principal; Jesús es el dueño de la situación y sirve
de contrapunto frente a los discípulos. Rasgos destacados: el miedo de los
discípulos y la calma de Jesús; asimismo, la debilidad humana de los primeros y
el poder divino de Jesús.
Trama o acción: requiere un análisis más minucioso que el de escenario o
personajes. Empezamos al descomponer la historia en sus unidades sucesivas y
ponerles nombre; a esto lo llamo “identificar la acción”. Tras décadas enseñando
literatura, he visto que tomarse el tiempo de identificar la acción siempre rinde
frutos para comprender mejor la historia. Para la narración de la tempestad
calmada, la acción se desarrolla en estas fases:
1. La partida de tierra firme hacia la situación de peligro y prueba (vv. 35–
36).
2. La crisis de la tormenta (vv. 37–38).
3. La solución de la crisis mediante un milagro (v. 39).
4. La reacción y evaluación de Jesús (v. 40).
5. La reacción y evaluación de los discípulos (v. 41).
Tras delimitar la estructura secuencial, conviene identificar la acción unificadora
y los conflictos argumentales. La acción unificadora es la prueba de la fe de los
discípulos. A nivel físico, el conflicto principal se da entre los discípulos y la
tempestad que amenaza sus vidas, generando a la vez un conflicto personal entre
los discípulos y Jesús. En un plano más interpretativo, las preguntas de Jesús en el
versículo 40 (“¿Por qué tienen tanto miedo? ¿Aún no tienen fe?”) confirman el
conflicto inferido desde antes: la pugna entre el temor y la confianza que han de
depositar en Él.
Temas o ideas centrales: el poder divino de Jesús para salvar y la necesidad de
que las personas confíen en él.
APRENDER HACIENDO
Antes de poner en práctica lo mencionado, conviene repasar el capítulo y elaborar una
lista propia de pasos necesarios para comprender y enseñar un relato en los Evangelios.
Después, aplica tu lista al siguiente pasaje:
“Después de arrestarlo, lo llevaron a la casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio y se sentaron alrededor; Pedro se sentó entre ellos.
Una criada, al verlo sentado junto a la lumbre, se fijó en él y dijo: «Este también estaba
con él». Pero él lo negó: «Mujer, no lo conozco». Poco después lo vio otro y dijo: «Tú
también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «Hombre, no lo soy». Como una hora
más tarde, otro insistió: «Seguro que este también estaba con él, pues es galileo». Pero
Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Cuando todavía estaba hablando, cantó
el gallo. Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro; y Pedro recordó lo que el Señor le
había dicho: «Hoy, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo de
allí, lloró amargamente.” (Lucas 22:54–62).
Antes de poner en práctica lo mencionado, conviene repasar el capítulo y elaborar una
lista propia de pasos necesarios para comprender y enseñar un relato en los Evangelios.
Después, aplica tu lista al siguiente pasaje:
“Después de arrestarlo, lo llevaron a la casa del sumo sacerdote. Pedro lo seguía de lejos.
Encendieron fuego en medio del patio y se sentaron alrededor; Pedro se sentó entre ellos.
Una criada, al verlo sentado junto a la lumbre, se fijó en él y dijo: «Este también estaba
con él». Pero él lo negó: «Mujer, no lo conozco». Poco después lo vio otro y dijo: «Tú
también eres uno de ellos». Pero Pedro respondió: «Hombre, no lo soy». Como una hora
más tarde, otro insistió: «Seguro que este también estaba con él, pues es galileo». Pero
Pedro contestó: «Hombre, no sé de qué hablas». Cuando todavía estaba hablando, cantó
el gallo. Entonces el Señor se volvió y miró a Pedro; y Pedro recordó lo que el Señor le
había dicho: «Hoy, antes de que cante el gallo, me negarás tres veces». Y, saliendo de
allí, lloró amargamente.” (Lucas 22:54–62).