LA BELLA Y LA BESTIA
En un reino lejano, vivía un príncipe egoísta y vanidoso que despreciaba
a los demás. Una noche, una anciana mendiga llegó a su castillo
pidiendo refugio del frío. A cambio, le ofreció una rosa encantada. El
príncipe, burlándose de su apariencia, la rechazó. Entonces, la anciana
reveló su verdadera identidad: una poderosa hechicera. Como castigo, lo
transformó en una bestia y a sus sirvientes en objetos encantados. La
hechicera le advirtió que si no aprendía a amar y ser amado antes de
que cayera el último pétalo de la rosa, quedaría maldito para siempre.
En una pequeña aldea cercana, vivía Bella, una joven inteligente y
soñadora que adoraba leer. A diferencia de los demás, no estaba
interesada en las apariencias ni en los halagos del arrogante Gastón, un
cazador decidido a casarse con ella. Bella anhelaba una vida diferente,
llena de aventuras y descubrimientos.
Un día, el padre de Bella, Maurice, se perdió en el bosque y buscó
refugio en el castillo de la Bestia. Pero la Bestia, furiosa por su intrusión,
lo encarceló. Al enterarse, Bella corrió al castillo y ofreció intercambiarse
por su padre. La Bestia aceptó, liberando a Maurice y manteniendo a
Bella como su prisionera.
Al principio, Bella temía a la Bestia, pero los objetos encantados del
castillo, como Lumière, Din Don, y la tetera Mrs. Potts, la trataron con
amabilidad. Con el tiempo, Bella descubrió que la Bestia no era tan
terrible como parecía. Bajo su apariencia monstruosa, había un ser
vulnerable y bondadoso. Poco a poco, una amistad floreció entre ellos,
convirtiéndose en algo más.
Mientras tanto, Gastón, celoso por la ausencia de Bella, convenció a los
aldeanos de que la Bestia era un peligro. Lideró una turba para atacar el
castillo. Durante el enfrentamiento, Gastón hirió gravemente a la Bestia,
pero cayó desde una torre y murió. Bella, desesperada, confesó su amor
por la Bestia justo antes de que cayera el último pétalo de la rosa.
Su declaración rompió el hechizo. La Bestia se transformó de nuevo en
un príncipe, y el castillo recuperó su esplendor. Bella y el príncipe
vivieron felices, demostrando que el amor verdadero no juzga por las
apariencias, sino por la bondad del corazón.