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Homenaje
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Las breves semanas

del hombre
Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca
a diez años de su muerte
Juan G Ramírez

Cuadernos de
PUNTO DE
CONVERGENCIA
Las breves semanas del hombre
Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca
a diez años de su muerte

©Juan G Ramírez

© Fundación Castellares
Nit: 901.733.445–8
Calle 22 # 4—77 Oficina 402 Bogotá D.C.
Celular: 312 316 9776
Fijo: 601 754 92 17
[email protected]

Director: Mario Torres Duarte

Diseño y diagramación:
Dirección única: Carlos Andrés Almeyda Gómez

Impreso en Colombia
Printed in Colombia

Todos los derechos reservados.


Prohibida la reproducción total o parcial
en cualquier medio, sin el permiso escrito
de los titulares del copyright.
Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

La muerte de un amigo es siempre


una derrota personal. Lo vemos partir
y no atinamos a tirar del picaporte para impedirle la salida.
El amigo se va. Cruza la línea y lo ve todo blanco.
Nosotros lo vemos todo negro cuando se va el amigo.
Ya no hay nada que hacer,
salvo cuidar sus pasos mientras llega a la puerta,
y parte.

A.R.T.

Murió el poeta, y no llegamos a conocerlo

La amistad y los libros, que son otra forma de la amistad, me unie-


ron a la persona de Alberto. El poeta que conocí era tímido, asus-
tado ante los embates de la vida, como lo escribí alguna vez: una
persona que se sometía avergonzando al vencedor. Con una enor-
me capacidad intelectual, y de paciencia y precisión a la hora de
escribir. No sabía decir “no”; decía “sí” e iba posponiendo las cosas
hasta que el cansancio y el tiempo las modificaran. Si no le queda-
ba alternativa, las hacía con dedicación. Era tímido y sensible ante
la realidad. Un observador preciso. Alberto solía citar el verso que
José Martí escribió tras la muerte de Julián del Casal: “Murió el
poeta, y no llegamos a conocerlo”.Y ese verso ahora recae sobre sí.
Un hombre es un soplo de misterio que pasa, y nos deja un puñado
de recuerdos, siempre imprecisos, de su existencia.Y con ese puña-
do de sombras se sostiene la imagen del amigo ido. Luis Carmona
Ymas lo recuerda así: «Se graduó, y sin empezar a trabajar, fue lla-
mado a cumplir el servicio militar. En Managua fue sargento y jefe
de tanque. Con el tiempo supe que el cuadra había jugado pelota,
fútbol y mataperreado como hicimos todos; que en la escuela pri-
maria había sido un estudiante modelo y cuando apenas aprendió
a leer, le pidió a Acela que lo llevara a inscribirlo a la biblioteca

·3·
Las breves semanas del hombre

pública, para poder sacar libros». Y la poeta Luz Helena Cordero,


tras encontrárselo en una calle bogotana, nos hace este retrato: «Su
rostro desencajado revela noches de insomnio, la angustia del día,
el hambre, no de pan, sino de ese “caballo de coral” que pasa por
los ojos del pescador en el cuento de Onelio Cardoso. La barba
descuidada, la pátina de su piel, el desgano en el paso, todo en él
habla de estar aquí por equivocación, por extravío, preso en el país
de las desgracias, errando en la ciudad de la indolencia, aprisionado
entre los cerros plomizos, estrellándose “contra un muro de gente”.
Lleva ese rostro amargo como una gota de Silva, también busca su
sombra que divaga y sigue sin entender que ninguna calle ha de
desembocar felizmente en el Malecón. O tal vez sí. Quién sabe si
cuando camina hacia la Tercera, y en vez de doblar hacia la derecha
por la Jorge Tadeo sigue hacia el Oriente, como poseído por un
deseo, se estrella entonces contra una ola gigante, que lo sacude
hasta las lágrimas, y no contra Monserrate».

Anábasis

Hacia finales del año 2011 decidí, después de haber pasado más de
veinte leyendo en soledad, abandonar mi encierro y salir a cono-
cer el mundo de los escritores. Lo primero que se me ocurrió fue
matricularme en un taller que, en la Casa de Poesía Silva, dictaba
el poeta Juan Manuel Roca. Pero en aquellos días Juan Manuel
era un viajero constante y, para continuar con la programación,
quien lo reemplazaba era el poeta cubano Alberto Rodríguez Tos-
ca. Pronto me habitué a sus enseñanzas. Y a hablar y a discutir
con él sobre poesía. En el 2012, en la Feria del libro de Bogotá,
nos reencontramos, y me preguntó si pensaba volver al Taller de
poesía. Le dije que no: una sesión me parecía suficiente. Me invi-
tó a volver. Me dijo que a partir de entonces él estaría a cargo y,
una cara conocida, le haría más fácil la enseñanza. Así que decidí
inscribirme de nuevo. Pero ese año, por esas cosas que suceden,
llegó un grupo grande, y pronto nos integrarnos, e iniciamos una
aventura literaria que ha perdurado en el tiempo. Los talleres te-
nían una duración de dos meses, y se hacían uno cada semestre.

·4·
Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

En octubre yo cumplí 33 años, así que decidimos reunirnos para


celebrarlos, y Alberto me preguntó qué quería de cumpleaños. Y
yo le respondí: «A mis 33 sólo se puede pedir una cosa, que me
crucifiquen».Y Alberto me regaló el libro Tuyo es el reino, de Abilio
Estévez, con una dedicatoria que parecía más bien una profecía.
Tras la terminación del segundo taller de ese año, en Casa de
poesía Silva, el grupo no quería disgregarse, y decidimos conti-
nuarlo por nuestra cuenta. Una amiga, Blanca García, “Blanquita”,
ofreció su apartamento ubicado en la carrera séptima con treinta y
cuatro, piso 12, y allí nos reuníamos los viernes. Así nació la Escuela
de escritores Anábasis (Anábasis: viaje hacia el interior). En cuanto
terminaba el Taller oficial, nos íbamos a un café cercano, donde la
charla se prolongaba hasta las dos o tres de la mañana, en algo que
denominamos “el segundo taller”. Por aquel pequeño apartamento
pasaron muchos poetas, invitados y no, como Santiago Mutis, Juan
Manuel Roca y Fredy Yezzed, entre otros. Alberto mismo escribió:
«Cuentan los que entre nosotros hacen cuentas que hoy viernes 9
de mayo (2014) cumplimos dos años de trabajo, y mi mayor deseo
es que no hayan pasado por nuestros ojos hilos tenues de sueño,
puntas de alfiler, moscardones de aburrimiento y mucho menos
pimientas de irritación. Ya se sabe que de lugares comunes están
pavimentados los caminos del Infierno, pero que de eso también
(y aún más) los caminos del Paraíso. Del Paraíso y su eterno lugar
común rescatemos la primera tarde en que nos reunimos para soñar
que existía el Infierno. Del Infierno y su lugar común eterno resca-
temos la penúltima noche en que nos reunimos para soñar que no
estábamos soñando, y hasta que existía un Paraíso. ¿Pero dónde está
el duende?, se pregunta el poeta granadino, y ahí mismo se respon-
de: “Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia
sobre la cabeza de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos
ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada
y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas re-
cién creadas”. Y concluye: “Para buscar el duende no hay mapa ni
ejercicio. Sólo se sabe que quema la sangre como un tópico de vi-
drio, que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que

·5·
Las breves semanas del hombre

rompe los estilos”.Y vuelve a concluir:“La verdadera lucha es con el


duende”. Nosotros leemos y escribimos, sentimos y pensamos, en-
señamos mientras aprendemos a sentir, a leer, a escribir y a pensar.Y
todo se lo debemos a ese duende lorquiano contra el que luchamos
todos los días y que a la vez nunca querríamos vencer, pues siempre
nos reta a sentir, a pensar, a leer y a escribir mejor. No sé si algo de
eso ha pasado en estos intensos e impredecibles viernes del Taller.
Dos años no son muchos años, pero sí los suficientes para creer, o
al menos imaginar que sí». De esa experiencia nacieron, y siguen
naciendo, libros, algunos con evidente calidad literaria. La Escuela
de escritores Anábasis duró hasta que Alberto tuvo fuerzas, el último
taller se realizó en el Hospital Meissen. Un domingo, con un grupo
de compañeros, llegamos a visitarlo, y Alberto nos dijo: «Ya que es-
tán aquí, ¿por qué no hacemos un taller?» Y, para no contrariarlo, lo
aceptamos. A los pocos días fue trasladado a La Habana, donde falle-
ció el 15 septiembre al filo de la medianoche (16 en Cuba: siempre
entre dos patrias). Parte de sus cenizas fueron traídas a Colombia, y
en el Parque Nacional de sus poemas, sembramos un roble con ellas.

Un extranjero en el extranjero

Alberto, nacido en Artemisa (Cuba), había llegado a Colombia en


1994, invitado al III Encuentro de poetas hispanoamericanos, orga-
nizado por la revista Ulrika.Venía casado con la abogada colombiana
Luz Ángela Melo.Y, sin ningún motivo en especial, decidió quedarse.
«Bastó un mes para que me gustara el frío y los cerros de Monserrate
y Guadalupe, que han sido durante estos veinte años mi reemplazo del
mar. Desde entonces sospeché que me iba a convertir en un caribeño
converso y traidor. Además de que el nomadismo no es mi fuerte,
preferí Latinoamérica porque no me imagino viviendo en otro lugar,
porque estoy más cerca de Cuba y porque en Bogotá, en Colombia,
los amigos me adoptaron como a un hijo, hermano, y yo a ellos. No
me considero un escritor exiliado, me considero un inmigrante más,
o una persona que decidió vivir en otro país». Ya, en 1987, había
estado en Bogotá. Alberto, hasta donde recuerdo, nunca obtuvo la
nacionalidad colombiana. Lo recuerdo peloteado por las Oficinas de

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

Inmigración de un lugar a otro, sin encontrar resultados, salvo en las


letras, el tema le dio para un bello libro: Cédula de extranjería.

A las Oficinas de Inmigración


les debo la escualidez y el pánico, la duda y el terror.
Corredores a punto de colapsar contra una roca
y la temible luz blandiendo su alfanje de cristal
para dejar sin sombra al túnel. “Pase, señor”,
la señorita: taquígrafa de Dios, lugarteniente
del papel, bicéfalo animal que carga entre sus omoplatos
un plato. En el plato carga vísceras, cláusulas, radiografías,
declaraciones de renta, muestras de orina, salvoconductos,
huellas dactilares, vinos de consagrar.
A las oficinas de inmigración
se llega en metro, en tren, en autobús, en taxi, a pie,
siempre y cuando no te sorprenda en el camino
un tártaro. O una mortaja, o una cerveza, o un amigo.
El amigo ampara, la cerveza aturde, la mortaja abriga.
El tártaro no sé.

Fue tanta la desidia del gobierno colombiano hacia él, que sus
compañeros poetas se vieron obligados a darle una nacionalidad for-
zada. El poeta Juan Manuel Roca escribió: «Hace diecinueve siglos,
en un frío bogotano de cuchillo de esquimal, llegó un poco más
tarde que Gonzalo Jiménez de Quesada a estas sabanas, el poeta arte-
miseño Alberto Rodríguez Tosca.Y todavía caía una lluvia pertinaz
desde la llegada del pérfido conquistador. Tal vez por la irreparable
nostalgia cubana y quién sabe por qué posibles leyes migratorias el
poeta aún no es, oficialmente, colombiano. Pero como la poesía es

·7·
Las breves semanas del hombre

una patria común y los poetas no creemos en aduanas, pasaportes,


fronteras ni visas, un grupo de sus amigos padecientes y felices de
conocerlo y de reconocer lo mucho que ha hecho por la poesía
colombiana, en la prensa, en los talleres y por supuesto desde su mag-
nífica poesía hemos decidido, unánimemente, declararlo ciudadano
colombiano a traición, sin su consentimiento ni el de las altas esferas
oficiales. Si no le hemos manifestado esta nombradía es por temor a
que salga corriendo del país y quiera volver a La Habana o Artemisa,
inclusive a Cienfuegos y a Las Lajas por donde cantó, enamoró y
bebió el gran Benny Moré, o a las calles que fatigó la voluminosa
presencia de Lezama Lima. Los firmantes de este documento que
lo convierte en hijo de Colombia, constatamos que se sabe al me-
nos una estrofa del himno nacional, ¡Oh júbilo inmortal!».Y luego
venían las firmas de los poetas. Cabe agregar que, en Colombia, Al-
berto fue profesor universitario; colaborador del Magazín Dominical;
y también colaborador de Suburbia Capital, entre otros. Fundó, con
Mariela Agudelo y Juan Manuel Roca, el periódico cultural La San-
grada Escritura, que alcanzó siete ediciones.
Alberto había estudiado, en el Instituto Superior de Artes de
La Habana, Dirección de Cine, Radio y Televisión. «En 1993 me
echaron como un perro de la Emisora Radio Ciudad de la Habana
por haber escrito, dirigido y transmitido en “El salón de los juglares”
un programa crítico sobre la obra de Silvio Rodríguez (próximas las
“elecciones” y él candidato a la Asamblea Nacional del Poder Popu-
lar), a quien, como cantautor, admiraba entonces y que, a pesar de lo
que pasó, sigo escuchando y admirando ahora. Semanas después del
incidente, en compañía del periodista Alexis Núñez Oliva, durante
muchos días grabamos una larga entrevista con el trovador que ter-
minó en un libro de casi 300 paginas (Silvio Rodríguez: entre el espanto
y la ternura), que al final él censuró y por lo tanto permanece inédito».

De Todas las jaurías del rey a Escritos sobre el hielo

Con tan sólo 23 años escribió Todas las jaurías del rey, que ganó
el Premio David de Poesía en 1987, y se publicó al año siguien-
te. Alberto decía que, de sus libros, es al que más le tenía cariño

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

por “primogénito, espontaneo y visceral”. «En 1986 el libro fue


desestimado de entre los finalistas del Premio David porque el
presidente del jurado consideró que no era conveniente que en
ese momento se publicara ese libro, pues podría “hacerle daño al
autor”». Parece un libro un poco disperso en cuanto al estilo: hay
en él epigramas, diálogos, poemas en verso libre y en prosa, y hasta
fábulas como La sublevación de los monos, cuyo final es épico:

los monos no importarán ni el muro que


/ les amortiguó la caída
sino el fuego
la belleza del fuego y la gravedad de su origen
causa efecto demolición historia de circo Heráclito fuego
todo para creer en el veneno que se acomoda
entre el tiempo de nacer y el tiempo de morir
/entre el tiempo de matar
y el tiempo de curar entre el tiempo de llorar
/y el tiempo de reír
entre el tiempo de amar y el tiempo de aborrecer
/entre el tiempo
de abrazar y el tiempo de alejarse de abrazar
/ese intermedio
perpetuo y esquivo que nadie ve y todos exhiben
como una segunda respiración un trofeo de paz
en la fiesta de los asesinos bueno para decir esto es la vida
y echarse a morir de pura salud en el entierro de los monos
mientras llega la próxima temporada.

Enrique Saínz nos dice: «La primera impresión que recibimos


al acercarnos a estas páginas es la de un desasosiego que nos hace

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Las breves semanas del hombre

pensar que el autor no va a poder encontrar lo que busca. La tre-


menda fuerza de su discurso sobrepasa ampliamente la tensión que
la escritura va generando a medida que avanza en la configuración
de las percepciones que lo abruman».Y es que en este libro aparecen
muchos de los temas que iban a acompañarlo a lo largo de su obra:
la familia (“No solo yo escribí estos poemas. Los escribieron tam-
bién mi madre, mi hermano y mis amigos”); la ciudad; el dolor, la
derrota y el miedo. Pero también aparece un tema que es recurrente
en su obra: la incapacidad de decir, de nombrar y de liberar con las
palabras; de ahí tal vez el carácter experimental de su obra.Y es que
para Alberto el lenguaje no sólo nombra, sino que también encasilla:

De las palabras, como de un entierro, se vuelve,


pero como del entierro no vuelve el muerto,
de las palabras no vuelve lo nombrado.
Hay una línea imperceptible entre nuestras bocas
y cualquier objeto: si aquellas lo nombran,
este quedará encerrado en las palabras, en una,
y ya no podría, si quisiera, ser otra.
Un río, desde que alguien dijo que se llamaba
un río, ya no pudo ser, si quiso, un árbol;
era un río, y los ríos no pueden ser más que eso,
como los árboles, una vez nombrados, no pueden ser
sino árboles.
Todo nombre encierra un límite.
(De Otros poemas)

Luego, en un artículo titulado Crisis del lenguaje, crisis del hom-


bre, dice: «El lenguaje como “espacio articulado de todo cuanto
se siente, se quiere y se piensa”, desde hace rato entró en crisis.

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

El lenguaje está siendo burdamente desplazado por el trote avasa-


llador de la charlatanería. En nuestros días Rimbaud no hubiera
escrito: “¡qué siglo de manos!” sino “¡qué siglo de palabras!”, y
Hamlet con qué gusto seguiría machacando al final de su terco
monólogo: “palabras, palabras, palabras”. Sí, palabras van palabras
vienen. Los políticos hablan, los mercaderes hablan, los clérigos
hablan, los escritores hablan y, como si eso no bastara, escriben
(aunque más que de escritores hablaría de literatos). Ya dirán que
la función del escritor (o del literato) es escribir, y es cierto, sino
fuera porque parte de esa “escritura” ha empezado a engrosar las
filas de una verborrea infamante donde el lenguaje deja de ser lo
que era en tiempos de los griegos para extraviarse en un estridente
carnaval de signos mudos. El individuo no es el hombre. El len-
guaje no es la realidad. El pensamiento es distinto del lenguaje. En
nuestros días los términos se confunden constantemente. Si len-
guaje y pensamiento fueran la misma cosa, como decía Feuerbach,
los grandes charlatanes resultarían grandes genios».
Entonces, ¿cómo asumir el lenguaje? Alberto nos dice que
“hay que jugarse la vida tras cada palabra escrita”. “Mis amigos
saben que no todo lo que escribo es real y que todo lo que escribo
es real. Que me juego la vida en cada parpadeo”. “Escribir es la
única forma de llorar que vence todas las formas de morir”:

En escribir no hay arte, hay vértigo.


Hay alucinación
en lo que escribes y cuando irrumpe
el arte con su mano de seda,
entonces hay espasmos: colapsan los espejos
y entran los cómicos ataviados con máscaras
de antiguos cabalistas y hablan de la belleza
de la reina de Saba y de los manuscritos…
Y luego:

· 11 ·
Las breves semanas del hombre

«Una palabra es un grito, y un minuto de silencio es un grito.


Nadie se pudo salvar nunca. Es mentira lo que dicen de la poesía.
Ya nada queda por decir. Sólo hay algunos olores diseminados en
regiones donde reina una peste melancólica. Si alguien se empeña
en reescribir los versos que aprendió y olvidó en una misma noche
de su niñez tardía, es porque nadie lo miraba en el andén cuando
alzó los ojos para despedirse».

Lo que escribes
te lo impone la página en blanco
como penitencia de lúgubre profesor
de geografía porque no sabes
dónde desemboca el río Nicodemo
en el mapamundi de su horror.
Sin embargo, no escribas, no te defiendas
escribiendo, porque nada de lo que escribes
es real y los fantasmas del papel
suelen ser tan temibles como los canallas
de la realidad que, por supuesto, tampoco
son reales. Son más reales las tinieblas
en donde se extravían cuando salen
en busca de una canción para cantarse
a sí mismos porque se sienten solos.
Ninguna soledad justifica la escritura.
Ninguna lluvia, águila o sol; barco ebrio
a la deriva o puente que no se ve. Nada
la justifica. Cuando escribes
ya no estás más solo, cesa la lluvia, el águila
funda nido en la luna, el barco en la bahía

· 12 ·
Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

y el puente se hace visible para que lo desandes


y puedas dar contigo… No das contigo
porque escribes: clavas las uñas en la página
para no derrumbarte y entras en la bruma
con un farol prestado y ya
no regresas.
Nada de lo que escribes es real,
ni siquiera la metáfora aquella
que te salvo una vez de morir engullido
por un tigre o (no recuerdas muy bien)
devorado por un frontón de lava
intercambiando ultrajes con las piernas
de una mujer desnuda; ni aquel verbo
que jamás escribiste por temor a que estallara
la Tercera Guerra o se incendiara el mar.

(De Escritos sobre el hielo)

La escritura no es una salida; el lenguaje no es una salida; las pala-


bras, que son para decir, no dicen; somos unos eternos incomunicados.
«Estas palabras no son para leer sino para olvidar. Así que no se
alarmen si hasta ahora no les han dicho nada. Estas palabras no dicen
nada. Son para olvidar. Las palabras, que nunca significan, solo tratan
de aligerar la vida. Estas palabras no son la vida. Estamos condenados
a decir, mas debiéramos estar condenados solamente a escuchar. Estas
palabras no son para escuchar, fueron para decir, y no dijeron.»
Después de publicar Todas las jaurías del rey, Alberto pasó varios
años sin escribir, pues, como acotó luego, no tenía nada que decir;
sólo batallaba con el lenguaje. «Me callé el día que me descubrí
pegando versos como se pegan ladrillos. Ya conocía el truco de

· 13 ·
Las breves semanas del hombre

los conejos y el sombrero. No quería representarlo. Hacía trampas.


No quería hacer trampas. En 1992 Ediciones Unión publicó Otros
poemas (ni siquiera fui capaz de ponerle un título más o menos
decente), textos que Las Jaurías habían rechazado. Curiosamente
esa plaquette ganó ese año el Premio Nacional de la Crítica, Las
Jaurías no. En 2006 publiqué en Colombia Escritos sobre el hielo,
una suerte de colcha de retazos en la que intenté rescatar poemas
que, en medio de la sequía, se me iban atravesando en el camino».

Las vidas tranquilas del dolor, el miedo, la derrota

Ahora llegamos al momento cumbre en el trabajo de Alberto: Las


derrotas. Quienes han leído su obra saben que es el libro más com-
pleto, sólido en unidad, de cuantos escribió. “Lo escribí de una
dolorosa sentada durante cuatro largas semanas del 2002”. El libro
se publicó seis años después, por Ediciones Unión, en Cuba, con
prólogo de Rafael Alcides. Está dividido en cuatro partes, cuatro
semanas, y el tema central es la derrota, pero también el dolor y el
miedo. «Alberto suma imágenes como el rey Midas suma brillos
y destellos, tantas que es razonable decir de sus escritos que son
piezas revueltas de un rompecabezas, o más exactamente un sur-
tidor de imaginerías vividas, pedacitos de espejos peligrosamente
afilados, partes de un vitral que debes ensamblar con temblorosas
manos: el punzante vitral de su itinerario», escribió Guillermo Li-
nero Montes sobre esta magnífica obra. El primer capítulo está
dedicado a las vidas tranquilas del dolor:

Al milagro de nacer suma el milagro de vivir


al milagro de vivir suma el milagro de seguir
viviendo no preguntes por qué no preguntes

«No soy digno de decir lo que digo. Pero la madrugada será


larga y nadie llamará para decir que no soy digno de decir lo que
digo. Una cerveza, un ánfora, una foto, un beso, un verso, un huerto,
varias tumbas de más, una página en blanco, una conversación con
las estrellas y un país. Así transcurren las vidas tranquilas del dolor:

· 14 ·
Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

entre un cuerpo que tiembla y una ventana por donde alguna vez
se fugó el día».
¿Pero qué le duele al poeta? La dignidad humana tal vez, el
dolor que describe no es físico, sino metafísico. La vida, en cuan-
to conciencia, duele; ver repetidos nuestros actos duele; ver cómo
nos consumimos en cosas inútiles duele. Alberto usa de epígrafe
un verso de Rafael Alcides: «Se sufre porque la vida sin dolor es
una desvergüenza, un acto de cobardía que el que esto escribe ni
ninguno de sus amigos se permitiría jamás». Y luego él mismo
agrega: «La vida sin dolor es una desvergüenza, pero si el dolor no
encuentra un cimiento donde pararse a cavilar, es desvergüenza
dos veces. No se tema llevar el dolor por ahí con uno, sentarlo a la
mesa y presentarlo a los amigos, con ternura, con dignidad, como
se presenta una novia». Como quien dice, alégrate por eso, y llora
Y del dolor pasamos al miedo. Alberto era una persona asustada
ante la vida. “No vivimos la vida: sucedemos en ella”, escribió.Y en
ese sucederse de la vida, el cuerpo se niega a convertirse en un há-
bito, en un movimiento más o menos previsto, y eso hace que sufra;
como ya lo decía el dilema de don Miguel de Unamuno: “O dejan
morir al paciente por miedo a matarle, o lo matan por miedo de que
se les muera”, ese también es el dilema del hombre frente al miedo:

Todos los días lo mismo levantarse


tomar café bañarse vestirse salir
a caminar lo mismo todos los días
lunes martes miércoles la misma
brutal resurrección después de una
madrugada de muerte todos los días
saludar beber comer besar a una mujer…

Y es natural que, cuando el hombre se ve encasillado entre


los días, repitiendo mecánicamente sus movimientos, sienta que
un hacha pende sobre su cabeza. «Duele menos la herida cuando

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Las breves semanas del hombre

retumba el hacha; duele menos el hacha cuando la herida grita en


los oídos de Dios y nadie más escucha. Ayúdame a entender que
cargo un alma y pesa. Ayúdame a ignorar que arrastro un cuerpo
y pesa. Ayúdame a creer que no hace frío. Mientras tanto, ahí dejo
a cada verdugo con su herida, a cada condenado con su hacha».Y,
para desgracia nuestra, los condenados somos todos.
«Me acuesto y me levanto con miedo. Con miedo voy al baño,
enciendo luces, me visto, me calzo, me preparo un café. No me
miro en el espejo por miedo a verme en el espejo. Pienso en el aire
de mi país y un sudor frío sube por mis rodillas como si me arras-
trara sobre un campo de nieve hacia un árbol donde se mece sua-
vemente un ahorcado. Me da miedo quedarme solo con el miedo
y salgo a caminar. Camino, por supuesto, con miedo. Camino y ob-
servo a la gente que camina y me observa. Compartimos el miedo
de morir; pero no algún día o dentro de muchos años, sino ahora,
en el próximo paso, tras la próxima mirada; entonces nos ignoramos
a propósito y en silencio nos decimos adiós con el justo temblor de
quienes saben que se despiden de los otros para siempre. Con miedo
escribo que me despido de los otros para siempre, por miedo no me
atrevo a borrarlo, pero de súbito sobreviene el milagro: desaparece
el miedo, y es el momento que aprovecha para hacer su desapacible
estrepitosa entrada triunfal: el pánico».
He tratado de rastrear ese miedo en Alberto, y en su obra. ¿Será
por su condición de extranjero?, me digo. “En el extranjero, los ex-
tranjeros son seres nerviosos”, dijo en Cédula de extranjería. «Nervios
de acero necesitan los extranjeros en el extranjero. Nervios para
entreabrir los ojos y dejarlos vagar por cada nueva mañana de otro.
Nervios para tocar la puerta, escribir la carta, levantar el teléfono.
Nervios para hojear el periódico y descubrirse rodeado de noticias
ajenas. Nervios para calmar los nervios necesitan los extranjeros, en
el extranjero». ¿Y no vive, acaso, así el poeta en un mundo que le
es ajeno? El poeta es un ser asustado por naturaleza; nacer en un
mundo como el nuestro, donde abunda la muerte, el dolor y la tris-
teza, ya produce miedo; y si, además, ese poeta alberga los temores,
las incertidumbres, de un país pequeño, de una Isla que él cree que

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

naufraga, el miedo crece; así como temía el filósofo Kierkegaard por


haber nacido en un país olvidado, cuya lengua era inaccesible para
el resto de Europa. ¿Cómo puede un hombre, nacido en un rincon-
cito de la tierra, crecer y enfrentarse al mundo? ¿Al menos traducir
ese mundo para su comprensión? ¿Y traducir su mundo a los otros?
«¿Y cómo son los cubanos?, me preguntaron hace quince años
casi sin dejarme llegar al aeropuerto a donde había llegado.Yo res-
pondí: los cubanos no existen.Varios aeropuertos después volvieron
a preguntarme y mi respuesta continuó siendo más o menos la mis-
ma: los cubanos no existen.Y más aún: los cubanos son un invento
de los cubanos. Los cubanos son capaces de existir más allá de la
bárbara imaginación del cubano que se los inventó, pero no existen
porque en una curva del camino y a una hora en punto del día se les
quitaron las ganas, entonces se dedicaron a perfeccionar su inexis-
tencia como quien moldea una vasija de barro y sabe de antemano
de qué la va a llenar: de Nada. Sartre y Cernuda sí existen, y los fran-
ceses y los españoles, y hasta los quatares y los turkmenistaníes, pero
los cubanos no. Los cubanos fueron Realidad y ahora son Nada,
fueron Ser y ahora son puro Deseo de ser Nada, Nadie, Ninguno, es
decir: cubanos. Desde hace siglos los cubanos se perdieron entre los
zarzales ardiendo de una Isla en perpetuo temporal y a estas alturas
del paseo no creo que les alcancen ni una sola de las cien mil mag-
dalenas de monsieur Proust para recuperar todo el tiempo perdido».

Pero no nos pongamos trágicos, mejor cantar:


¿Quién le tiene miedo a la muerte
miedo a la muerte
miedo a la muerte
a la muerte feroz?

Ahora paso al tercer ítem, y el más difícil, que quiero resaltar


en esta obra: la derrota. Ya Rafael Alcides se preguntaba, “¿Cómo
felicitar a alguien por sus derrotas?”Y aquí hay que hacerlo, porque
Las derrotas de Alberto son todo un logro, una victoria. «Sigo sin

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Las breves semanas del hombre

saber si has escrito un largo poema supuestamente confesional en


forma de Diario o estoy ante una novela en versos –que por lo ge-
neral no quieren parecerlo–, tal vez una novela posmodernista que
pretendiera ser un monólogo: ambiciosamente no el monólogo de
un semejante: el ambicioso, dramático, monólogo de una ciudad,
entendida aquí la ciudad como panorama del hombre de todos los
tiempos; es decir, la ciudad como humanidad, como nave de la es-
pecie», afirma Rafael Alcides.Y agrega: «Aquí, en este catálogo de las
breves semanas del hombre, en este poemario de fulgurantes imá-
genes inauguradoras de un nuevo lenguaje poético, están todas las
culpas, todas las dudas, todos los miedos, todas las melancolías, todo
el infierno, en fin, está el hombre secreto que va con cada hombre
en nuestro gran barco, ese hombre a veces cortés, servicial, siempre
esperanzado, pero, también, siempre temido, siempre extraviado».
¿Cómo entender la derrota en la vida y en el libro de Alber-
to? ¿Una lucha sin posibilidad de triunfo? ¿Una renuncia al triunfo?
¿Una renuncia a la lucha? ¿Un aplastamiento al individuo por las
fuerzas universales? Alberto se pasó la vida enumerando la pérdida
del padre, de la madre, del amigo, de los días. Nos mostró la derrota
como un hábitat natural, la meta última a la que el hombre puede
aspirar o, a la que llegará inevitablemente, aunque no aspire a ella. La
derrota debe ser entonces aceptada como una circunstancia más en
el trasegar del individuo: ir de fracaso en fracaso, y celebrar la derrota,
no debería ser un acto extraño. El hombre persiste, aunque no pueda
llegar al otro lado del estadio, o no pueda llevar la piedra hasta la cum-
bre y hacerla rodar por el otro costado. El hombre de Alberto desafía
el Universo porque se sabe ya vencido. Si el Universo se arma para
aplastarle, como afirma Pascal, ¿qué habrá ganado? Es la Naturaleza,
Dios, el Vencedor, quien tiene que avergonzarse. Es decir, el hombre
derrotado se hace fuerte a causa de su sometimiento. Nadie puede
derrotar a quien se derrotó a sí mismo. Ama la vida porque esta no
ofrece ningún propósito.Vivir es el propósito.Y entre menos signifi-
cado tenga, mejor, la vida con orientación pierde su esencia. Algunos
construyen puentes y rascacielos, escriben libros, engendran hijos, y
es justo, todos eligen la esperanza (pero la esperanza es una fórmula

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

trágica), y la derrota está para señalarnos el camino. Sólo una persona


con una “resignación infinita” acepta la derrota como un lugar ideal
para vivir. No se discute con la Naturaleza, se obedece con obcecada
indiferencia, no es mi culpa que el cielo sea azul o que los ríos se
arrastren. Fui vencido desde antes. Mi único aporte consiste en firmar
la capitulación. Ignoro las leyes que rigen la luz y la penumbra, y si
las conociera, ¿qué conocería?, piensa el derrotado. Los extranjeros
siempre ignoran las leyes del mundo donde viven. La derrota entra,
en general, por una pared sin puerta y se sienta en mitad de la sala.Y
le aconseja al perdedor que no tema: cayó al mar, y no hay nada a qué
aferrarse, pero ya está derrotado, y la muerte es la mayor expresión de
la derrota, ¿qué cosa peor puede pasarle? El derrotado comprende y
acude feliz a “la tradicional fiesta de los náufragos”.
Enrique Saínz complementa lo antes dicho: «Poesía de confesio-
nes, de la memoria, de la soledad, primero una intemperie poblada
de objetos y asociaciones desconocidas, después un sinsentido que
agobia al poeta y lo hunde aún más en un vacío que no acierta a
explicar. Es una dilatada batalla que tiene sus triunfos y sus derrotas,
aunque el autor sabe que son en verdad la misma cosa».
Y Alberto mismo añade: «Todo será rendir culto a los contrarios.
Este es el reino, la corona tendida, y es la mano que va a trazar la
última alabanza. Y a rodear la hora del triunfo, que es la hora de la
derrota».Y después: «Aquí comienza la enumeración de mis derrotas,
las que me propiné me propinaron. Este lunes, mis derrotas y yo nos
pusimos de acuerdo para mirarnos a los ojos.Ya nos estamos viendo,
rozando con los dedos, casi amándonos a la sombra indiferente de un
cielo en llamas», luego nos hace su “inventario de pérdidas”:

Perdí a mi madre estoy a punto


de perder a mi padre y estuve
a punto de perder a mi hermano
qué más pedirle a dios ¿gracias
señor? perdí el día de ayer estoy
a punto de perder el de hoy y

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Las breves semanas del hombre

mañana es sábado perdí el peso


y el pelo perdí el paso y las ganas
de vivir perdí el empleo y el tren
que me llevaría gratis hasta
la próxima estación perdí la voz
arengando en la plaza (todo
para nada) y un sueño perdí el
sabor del mar el color de la noche
y la memoria de una infancia feliz…

«Aquí termina la enumeración de mis derrotas, las que me


propiné me propinaron. Un largo trago suspendido en el aire, una
muerte fechada ayer y un nacimiento reptando desde hoy hacia
las violentas estaciones de mañana. Entreabro la puerta de la calle
para que pase el viento que hará pasar al hombre que hará pasar el
fiel inventario de todas sus derrotas. Elijo mi labor: verlos pasar».

Una familia de entusiasmos

Alberto nunca habló de influencias. «Más que de influencias, yo


prefiero hablar, con Cintio Vitier, de “familia de entusiasmos”, y
serían tantos los entusiasmos que podría perderme en las selvas
oscuras de la pedantería y el lugar común». Como lector atento
que era, sus influencias pueden ser múltiples, variadas, y más allá
de la literatura misma. «Y en cuanto a las otras naturalezas (quizás
las verdaderamente verdaderas), mis padres, mis hermanos, mis
amigos, mi sobrina, mis alumnos del Taller de Creación Literaria
de Bogotá (Anábasis) y, entre ese multitudinario y familiar des-
orden, muchos otros son los entusiasmos que se repiten como
un eco en el tiempo y regresan con más fuerza cada vez que uno
se aburre de mancharse los dedos con “tanta tinta tonta” que se
publica en estos días».

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

Sin embargo, se puede contextualizar su obra dentro de una


época y con unos claros matices. Mi compañero Andrés Carrillo
afirma que la generación de poetas cubanos de los ochenta, a la que
Alberto perteneció, retoma la herencia lírica de los años cuarenta, el
estilo barroco, intimista, de abundantes imágenes y metáforas, con
un fluir constante entre lo conceptual y lo sensorial; en especial del
grupo Orígenes, con toda su brillante constelación: José Lezama
Lima, Gastón Baquero, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Octavio
Smith, Cintio Vitier,Virgilio Piñera. La generación de poetas cuba-
nos de los ochenta, continúa Andrés Carrillo, rompe con el colo-
quialismo de las dos décadas anteriores y se lanza hacia un lenguaje
más experimental, intertextual si se quiere, con una actitud desespe-
ranzadora y miedosa ante la vida. A este grupo pertenecen, además
de Alberto, poetas como Raúl Hernández Novás, Ángel Escobar,
Fayad Jamís, Enrique Saínz y Efraín Rodríguez Santana.
Cabe agregar que lo anterior aplica para su poesía; Alberto
dejó una extensa obra narrativa de la que se tienen pocas noticias.
Dice: «Tengo cuatro novelas terminadas e inéditas. En todas Cuba
es protagonista». Esas novelas son: Los infiernos del paraíso, de la que
conservo fragmentos; Y llegaron a La Habana por la tarde, de la que
también conservo fragmentos; Numerio Negidio, el hombre que se
persignaba con la mano izquierda, publicada en Cuba en una edición
que aprendí a detestar: sin cuidado editorial, con errores ortográ-
ficos, sin una curaduría que estuviera a la altura del autor. De la
cuarta novela que menciona no tengo noticias.
Alberto alcanzó a trabajar en otros libros, un encuentro ficticio
entre José Asunción Silva y José Martí, en Nueva York, pero, por
un problema técnico con la computadora, el archivo se borró, y
después él no quiso retomarla. El primer capítulo de ese libro
apareció publicado en la Gaceta de La Habana. Cuando murió,
Alberto estaba trabajando en tres libros más; dos poemarios: Los
discursos del vino; Primeros ojos que vi llorar sin lágrimas, y una no-
vela: La inmortalidad del cangrejo o la penúltima reencarnación del no;
cuando me envió el primer capítulo me escribió: «Querido Juan,
ahí te envío una improvisación de este invento que me estoy in-

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Las breves semanas del hombre

ventando». Y sobre ese invento hablamos en más de una ocasión.


Una vez, de metiche, se me dio por preguntarle: «Alberto, ¿por
qué no incluye el Diario de un moribundo dentro de La inmortalidad
del cangrejo?» Y me respondió: «No sé cómo hacerlo». Ocho días
después, cuando nos volvimos a ver, me dijo emocionado: «Juan,
ya lo resolví. El Diario de un moribundo ahora hace parte de La
inmortalidad del cangrejo». El Diario de un moribundo, es de los me-
jores textos que Alberto escribió y, sin duda, hay que rescatarlo. Es
como una profecía sobre sí mismo. Mucho de lo que dijo allí se
cumplió en él; en los meses que estuvo en el hospital lo retomó.
El libro, tras su muerte, quedó inconcluso y con otro título que
ahora no recuerdo. Esos fragmentos también fueron publicados
por la Gaceta de La Habana:
«“Si un hombre escribe bien sólo cuando está borracho, le
diré: pues emborráchate. Y si me dice que su hígado sufre por
ello, le responderé: ¿qué es tu hígado? Es una cosa muerta que
vive mientras tú vives, y los poemas que escribas viven sin pla-
zo”, volvió a decir Pessoa. Qué buen consejo. ¿Quién tiene en
cuenta hoy que Dylan Thomas y Malcolm Lowry hayan sido
consuetudinarios alcohólicos si nos dejaron Bajo un bosque de le-
che y Bajo el volcán? Siempre por lo bajo, Malcolm, Dylan… pues
sí señor: ¡qué buen consejo! De modo que destapé una botella de
vino, me serví un trago, me puse las botas de escribir… y no es-
cribí. Dejé las botas con los crespos hechos, pero a la media hora
ya estaba borracho. ¿Qué es mi hígado comparado con Lowry,
Thomas y con el tiempo que me queda para escribir esa palabra
que no me salvará de la suerte echada? Nada. Mi hígado es nada
y esa palabra no escrita podría ser el puente entre mi salvación y
este instante en que me niego a salir de mi escondite para men-
digar unos minutos más de vida. ¿Para qué quiero unos minutos
más de vida? ¿Qué voy a hacer yo en diez, veinte o treintaicinco
minutos que no haya podido hacer en cuarenta años? ¿Asaltar un
Banco, caminar sobre el agua, violar a una monja, resucitar a un
muerto, asesinar a un niño, realizar el milagro de encontrar por
fin esa palabra de salvación que nunca escribiré?»

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Homenaje a Alberto Rodríguez Tosca a diez años de su muerte

Aquí estuvo la eternidad sentada

Hay personas verdaderamente poseídas por las letras: Alberto fue


una de ellas. Las largas noches se hacían cortas mientras caminába-
mos por el mundo sinuoso de las palabras.Y no había forma de salir.
No queríamos salir. Los cuatro años que tuve la oportunidad de
compartir con él fueron de tal intensidad, de tal deslumbramiento,
que aún siento el influjo de ese aprendizaje. La “familia de entu-
siasmos” que nos convocó permanece viva. Después de compartir
durante la noche en un café, lo acompañábamos, acosados por el
frío bogotano, hasta la puerta del edificio donde vivía y allí nos que-
dábamos un largo rato, contando una anécdota de más, analizando
un libro o un poema, organizando citas para los días siguientes.
Hablaba continuamente de su familia (juraba por su mamá y
su sobrina); y de su Isla, su Isla en peso doblada en el bolsillo, de
su incapacidad para volver por su “condición de derrotado”. No
quiso, o no pudo, entender que su poesía fue una victoria contra
las efímeras amenazas del tiempo, más allá de los bienes materiales
de los que careció. Nunca habló de eso; tampoco fue necesario.
Habló de libros, de versos.Y las palabras escritas con la vida misma
no se borran. Las breves semanas que le son dadas al hombre se
cumplen; los días se apagan, el cuerpo se desvanece, pero la lucha
con el duende, su derrota o su victoria, permanece.Y Alberto, en
el sentido lorquiano, luchó con su duende; lo persiguió por los
rincones más oscuros de la sangre, sin darle tregua, hasta alcanzarlo.
Cuando Alberto ya estaba en el hospital de La Habana, según me
contó Luz Dary Peña Marín, pedía cuatro meses más para culmi-
nar su obra, pero la muerte se los negó. Tal vez porque su misión
ya había sido cumplida:
«Partir, llegar: el mismo tiempo a tiempo compartido. El mismo
verbo amable aún sin conjugar. ¿Y entre paréntesis?: la vida, ese ex-
traño festín. No vivimos la vida: sucedemos en ella. Y es simple la
tarea: llegar, partir». «Bajo tierra todos seremos dioses. Mariposas y
gusanos seremos. Diamantes y carbón, susurros y alimento. Aguas
fluyendo con el agua hacia la gran bahía de los sueños idos. Cuerdas

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Las breves semanas del hombre

flojas siempre de viaje, equilibristas de viaje para siempre. Sin ne-


cesidad de Visa, Pasaporte o Cédula, Extranjeros seremos, todos, sin
excepción del poeta, el obrero, el ministro, el payaso, el mariscal, el
clérigo. Extranjeros para siempre, desterrados en la tierra».
Cuando nos despedíamos me susurraba palabras al oído, como
el padre que perdona las necedades de un hijo. Me enseñó que
septiembre es el mes más cruel, entregando cenizas a la tierra
muerta. Aquella vez escribí de él: «Fue el mejor regalo que nos
pudo dar Dios, que nos pudo dar Cuba. Viaja en paz, y disfruta
tu ruidosa eternidad». Hoy, diez años después, me doy cuenta que
la eternidad de Alberto ha sido silenciosa. Y él la aprobaría, y me
hubiera dicho: «No le crean al viajero que regresa con las manos
vacías y jura traer un mensaje del fin del mundo».

Bogotá, 18 de agosto de 2025

Cuadernos de
PUNTO DE
CONVERGENCIA

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