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LUNES 21 DE ABRIL DE 2025. OCTAVA DE PASCUA.
Lunes de la Octava de Pascua Solemnidad // Misa del día, Gloria, secuencia
opcional, prefacio de Pascua 1. // Despedida con el doble "Aleluya".
1 ª LECTURA: Hch 2,14. 22-33 A este Jesús, Dios lo ha resucitado, y de ello somos
testigos.
Salmo: Sal 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11. R/. PROTEGE, SEÑOR, A LOS QUE ESPERAMOS
EN TI. ALELUYA.
EVANGELIO: Mt 28,8-15. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá
me verán.
EL PODER DE LA FE PASCUAL
Entonces Pedro y los once se pusieron de pie (v. 14). Así inicia la primera lectura
después del día de Pascua y es un inicio significativo. Nos muestra lo que la fe
pascual puede hacer. Es que hemos llegado a la parte más importante de la narración
de Lucas que interpreta todo por medio de las palabras de Pedro. Pero ¿se trata del
mismo Pedro que conocimos en el Evangelio (el Pedro lleno de temor, cobardía e
incomprensión)? No, audacia y atrevimiento serían las palabras para describir al
nuevo Pedro que surge de la experiencia de la Pascua y luego la de Pentecostés.
Habla con autoridad, como los antiguos profetas. Asume el papel de jefe del nuevo
pueblo de Dios. Sus palabras abren el tiempo del testimonio que ha de recorrer el
mundo. Tal es el poder de la fe pascual.
LITURGIA DE LAS HORAS:
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PRIMERA LECTURA
A este Jesús, Dios lo ha resucitado, y de ello somos testigos.
Del libro de los Hechos de los Apóstoles: 2, 14. 22-33
El día de Pentecostés, se presentó Pedro, junto con los Once, ante la multitud, y
levantando la voz, dijo: “Israelitas, escúchenme. Jesús de Nazaret fue un hombre
acreditado por Dios ante ustedes, mediante los milagros, prodigios y señales que
Dios realizó por medio de él y que ustedes bien conocen. Conforme al plan previsto y
sancionado por Dios, Jesús fue entregado, y ustedes utilizaron a los paganos para
clavarlo en la cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte, ya
que no era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio. En efecto, David dice,
refiriéndose a él: «Yo veía constantemente al Señor delante de mí, puesto que él está
a mi lado para que yo no tropiece. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua se
alboroza; por eso también mi cuerpo vivirá en la esperanza, porque tú, Señor, no me
abandonarás a la muerte, ni dejarás que tu santo sufra la corrupción. Me has
enseñado el sendero de la vida y me saciarás de gozo en tu presencia.» Hermanos,
que me sea permitido hablarles con toda claridad. El patriarca David murió y lo
enterraron, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como
era profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento que un descendiente
suyo ocuparía su trono, con visión profética habló de la resurrección de Cristo, el
cual no fue abandonado a la muerte ni sufrió la corrupción. Pues bien, a este Jesús,
Dios lo resucitó, y de ello todos nosotros somos testigos. Llevado a los cielos por el
poder de Dios, recibió del Padre el Espíritu Santo prometido a él y lo ha comunicado,
como ustedes lo están viendo y oyendo.”
COMENTARIO
Qué valentía la de Pedro cuando el día de Pentecostés, ante todo el pueblo, proclama
la resurrección de Jesús. El que hacía pocos días le había negado, asustado ante los
guardias y las criadas del palacio de Pilato, jurando que ni le conocía, ahora
comienza, ante el pueblo y luego ante las autoridades de Israel, una serie de
testimonios a cuál más intrépidos, que iremos leyendo a lo largo de esta semana.
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Entre sus negaciones y su testimonio ha habido un acontecimiento decisivo: la
resurrección de Jesús y el envío de su Espíritu en Pentecostés. Pedro y los suyos han
madurado mucho en la fe. Esta primera predicación de Pedro es una catequesis clara
y contundente sobre la persona de Jesús, dirigida precisamente a los habitantes de
Jerusalén, los que habían estado más directamente implicados en su muerte:
«vosotros lo matasteis en una cruz, pero Dios lo resucitó, y nosotros somos testigos».
Pedro centra con decisión su anuncio en la muerte y resurrección de Jesús. Cuando
le vieron morir, parecía como que Dios le abandonaba: «ha salvado a otros, que se
salve a sí mismo; si confía en Dios, que le salve, porque ha dicho que es el Hijo de
Dios» (Mt 27,42s). El mismo Jesús grita desde la cruz: "¿por qué me has
abandonado?". Pero Dios le resucitó, y ahora Pedro y los suyos son testigos de cómo
le ha reivindicado delante de todos. En la lectura, y luego en el salmo responsorial,
tenemos un ejemplo muy claro de cómo la primera generación «cristianizaba» los
salmos, cómo los interpretaba desde Cristo. Allí donde el salmista, un judío creyente
sumido en el dolor, pero lleno de confianza, afirmaba: «con él a mi derecha no
vacilaré... mi carne descansa serena, porque no me entregarás a la muerte ni dejarás
a tu fiel conocer la corrupción, me enseñarás el sendero de la vida», Pedro, y con él la
comunidad cristiana, ponen estos sentimientos en boca del mismo Cristo Jesús.
Consideran que la resurrección de Jesús ya estaba anunciada proféticamente en este
salmo, que ahora resulta un verdadero «Magníficat» puesto en boca del Resucitado.
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SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 15, 1-2a y 5. 7-8. 9-10. 11.
R/. PROTEGE, SEÑOR, A LOS QUE ESPERAMOS EN TI. ALELUYA.
Protégeme, Dios mío, pues eres mi refugio. Yo siempre he dicho que tú eres mi Señor.
El Señor es la parte que me ha tocado en herencia; mi vida está en sus manos. R/.
Bendeciré al Señor, que me aconseja, hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor y con él a mi lado, jamás tropezaré. R/.
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Por eso se me alegran el corazón y el alma y mi cuerpo vivirá tranquilo, porque tú no
me abandonarás a la muerte ni dejarás que sufra yo la corrupción. R/.
Enséñame el camino de la vida, sáciame de gozo en tu presencia y de alegría
perpetua junto a ti. R/.
COMENTARIO
Con Jesús: "Tú no puedes abandonarme a la muerte, ni dejar que tu "Hassid", tu
"amigo", vea la corrupción." En hebreo hay una palabra cuyos matices son
intraducibles. El "Hassid" es el hombre que ha sido objeto de la Hessed divina: el
amor misericordioso. El hombre se convierte en "fiel", "amigo", de Dios: él
corresponde al amor. El verdadero "Hassid ", es Jesús. El único que puede hoy recitar
este salmo es Cristo resucitado, vencedor de la muerte. "Aun durante la noche mi
corazón se alegra... mi carne reposa tranquila... ¡Tú no puedes abandonarme a la
muerte, ni dejar que aquel que tú amas y que te ama, vea la corrupción!"
Seguramente el levita que escribió esto, no pensó en la doctrina de la resurrección,
sino confusamente, y adivinó que una de las exigencias del amor es la no separación
del ser amado: nuestra fe en la resurrección se apoya en esta certeza, miles de veces
repetida, que Dios nos ama con amor (Hessed). "Señor, la parte de mi herencia, y mi
copa". Jesús, un día tomó también una "copa" ... y nosotros la tomamos siguiendo su
mandato: "Tomad y bebed". Sí, nuestra suerte es maravillosa, nuestra parte la más
bella... y sin cesar nos reunimos para dar "gracias". Esto es la Eucaristía.
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EVANGELIO
Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán.
Del santo Evangelio según san Mateo: 28, 8-15
Después de escuchar las palabras del ángel, las mujeres se alejaron a toda prisa del
sepulcro, y llenas de temor y de gran alegría, corrieron a dar la noticia a los
discípulos. Pero de repente Jesús les salió al encuentro y las saludó. Ellas se le
acercaron, le abrazaron los pies y lo adoraron. Entonces les dijo Jesús: “No tengan
miedo. Vayan a decir a mis hermanos que se dirijan a Galilea. Allá me verán.”
Mientras las mujeres iban de camino, algunos soldados de la guardia fueron a la
ciudad y dieron parte a los sumos sacerdotes de todo lo ocurrido. Éstos se reunieron
con los ancianos, y juntos acordaron dar una fuerte suma de dinero a los soldados,
con estas instrucciones: “Digan: Durante la noche, estando nosotros dormidos,
llegaron sus discípulos y se robaron el cuerpo.” Y si esto llega a oídos del gobernador,
nosotros nos arreglaremos con él y les evitaremos cualquier complicación. Ellos
tomaron el dinero y actuaron conforme a las instrucciones recibidas. Esta versión de
los soldados se ha ido difundiendo entre los judíos hasta el día de hoy.
COMENTARIO
Dos grupos de personas han visto el sepulcro vacío y corren a anunciarlo, aunque de
forma muy distinta: las mujeres y los guardias. No es pequeño el mérito de aquellas
mujeres seguidoras de Jesús. Le habían acompañado y ayudado durante su
ministerio. Estuvieron presentes al pie de la cruz, con una valentía que dejaba en
evidencia la cobardía de la mayoría de los apóstoles. Son también las que acuden
antes al sepulcro, y ahora merecen la primera aparición del Resucitado. Al ver el
sepulcro vacío y oír las palabras del ángel que les asegura que «no está aquí, ha
resucitado», se marchan presurosas, llenas a la vez de miedo y de alegría. Y en
seguida se les aparece el mismo Jesús. Ellas venían en busca de un muerto y ahora le
encuentran vivo. La primera palabra que les dirige es: «alegraos... no tengáis miedo»,
y les da un encargo: «id a comunicar a mis hermanos...». Estas mujeres creyentes son
las que primero pueden dar testimonio de la resurrección de Jesús y se convierten
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en mensajeras de la gran noticia para con los mismos apóstoles: apóstoles de los
apóstoles. Aunque no les van a hacer mucho caso. Los guardias también han visto el
sepulcro vacío. Su primer sentimiento es el miedo, porque han descuidado el trabajo
que les habían encomendado. Pero aceptan el soborno que les proponen: la
corrupción es un mal muy antiguo. Y hacen correr la voz de que han robado el
cadáver del crucificado.
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MEDITACIÓN
No tengáis miedo. Id a decir... También nosotros nos sentimos animados por esta
palabra, que nos invita ante todo a no perder nunca la esperanza. Y, además, a seguir
dando testimonio del Resucitado en nuestro mundo.
Primero fueron aquellas mujeres. Y como ellas, cuántas otras, a lo largo de la historia
de la Iglesia, han dado parecido testimonio de Cristo Jesús en la comunidad cristiana,
en la familia, en la escuela, en los hospitales, en las misiones, en tantos campos de la
vida social. Después de las mujeres vinieron Pedro, Juan y los demás apóstoles, y
generaciones y generaciones de cristianos a lo largo de dos mil años. Y ahora,
nosotros. En medio de un mundo que sigue prefiriendo la versión del robo, u otras
igualmente pintorescas, los cristianos recibimos el encargo de anunciar a Cristo
Resucitado, único salvador de la humanidad. Ante tantos que sufren desorientación
y desencanto, nosotros nos convertimos en testigos de la vida y de la esperanza.
Probablemente, ante las dificultades y la apatía de muchos, también nosotros
necesitemos oiría palabra alentadora: «alegraos... no tengáis miedo... seguid
anunciando...». Nuestro testimonio será creíble si está convertido en vida, si se nos
nota en la cara antes que en las palabras. La Resurrección de Jesús no es sólo una
noticia, una verdad a creer o un acontecimiento a recordar: es una fuerza de vida
que el Resucitado nos quiere comunicar a cada uno de nosotros.
Uno de los momentos privilegiados de nuestro encuentro con él es la Eucaristía.
Cada vez que la celebramos deberíamos salir, como las mujeres del evangelio, llenos
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de la buena noticia y de la experiencia de comunión con el Señor, dispuestos a
comunicar con verdadero aire de alegría a nuestra sociedad, a nuestra familia, a
nuestra comunidad religiosa, el mensaje de vida que nos ha encargado el Señor
resucitado.
También nosotros, como el salmista creyente y como Jesús en el trance de su muerte,
podemos decir el salmo 15 con sentido. Si estamos experimentando momentos de
desconcierto o de dolor, digámosle a Dios, al inicio de la Pascua: «con él a mi derecha
no vacilaré... me enseñarás el sendero de la vida». Las dificultades de la vida
pertenecen a nuestro seguimiento de ese Cristo que llegó a la nueva existencia a
través de la pasión y de la muerte. Con él estamos destinados todos a la vida. Por eso
escuchamos y creemos la consigna del Resucitado: «alegraos».
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ORACIÓN
Al comienzo de este tiempo pascual, un tiempo apostólico, quiero rogarte, Señor,
que, por la intercesión de María, hagas crecer en mí un corazón de apóstol. Haré
mías aquellas hermosas palabras del padre Lelotte: «Señora nuestra, reina de los
apóstoles, tú diste a Cristo al mundo. Fuiste apóstol de tu Hijo por primera vez
llevándolo a Isabel y a Juan el Bautista, presentándolo a los pastores, a los magos, a
Simeón. Tú reuniste a los apóstoles en el retiro del cenáculo, antes de su dispersión
por el mundo, y les comunicaste tu ardor. Concédeme un alma vibrante y generosa,
combativa y acogedora. Un alma que me lleve a dar testimonio, en cada ocasión, de
que Cristo, tu Hijo, es la luz del mundo, que sólo él tiene palabras de vida y que los
hombres encontrarán la paz en la realización de su Reino».
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JUBILEO DE LA ESPERANZA
Con este anhelo crecen en ella los «deseos de las cosas eternas» (V. 3, 1) y el
correspondiente esfuerzo por ganarlas: «Estaba tan puesta en ganar bienes eternos,
que por cualquier medio me determinaba a ganarlos» (V 5, 2). Ante los bienes
eternos, una luz se enciende en ella, que hace palidecer los bienes terrenos. Era «una
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luz de parecerme todo de poca estima lo que se acaba y de mucho precio los bienes
que se pueden ganar con ello, pues son eternos» (V 5, 2).
Este sentimiento le había calado tan hondo, que ante la crisis de su adolescencia, le
hace retornar a lo que ella consideraba «la verdad de cuando niña». Era como una
luz que se había encendido en ella desde pequeña y que le hacía percibir la
caducidad de las cosas terrenas, frente a la perennidad de los bienes eternos:
«Vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que no era todo nada, y la
vanidad del mundo, y cómo acababa en breve, y a temer, si me hubiera muerto, cómo
me iba al infierno» (V 3, 5).
Así vivía la Iglesia primitiva su esperanza cristiana, como nos recuerda la
Exhortación apostólica de Juan Pablo II: «En la Iglesia primitiva la espera de la venida
del Señor se vivía de un modo particularmente intenso. A pesar del paso de los siglos
la Iglesia no ha dejado de cultivar esta actitud de esperanza: ha seguido invitando a
los fieles a dirigir la mirada hacia la salvación que va a manifestarse, “porque la
apariencia de este mundo pasa”».
(LA ESCATOLOGÍA Y LA ESPERANZA CRISTIANA EN SANTA TERESA DE JESÚS. Fr.
Ciro García OCD)
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GLOSARIO BÍBLICO
Retribución.
Se basa en la idea de que Dios juzga para premiar y castigar las acciones libres del
hombre. Siendo Dios juez universal, la retribución se extiende a todos los pueblos: lo
prueban los oráculos contra las naciones y textos como Ex 1,20. Dentro de la alianza,
la retribución toma la forma de bendiciones y maldiciones (Lv 26; Dt 28). La
retribución exige proporción entre el acto y la sanción: esto se expresa en fórmulas
proféticas que imitan la ley del talión. Pero por encima de esa proporción está la
soberanía de Dios, que puede diferir el castigo (Am 7,1-3), limitarlo e incluso
suprimirlo. La retribución puede ser colectiva (2 Re 17; Jr 20.6) o individual (Ez 18;
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33,10-20; Eclo 16,11-23); la segunda significa un progreso en la reflexión teológica:
consolida la responsabilidad personal y abre a la esperanza. A veces se subraya el
aspecto personal del Dios airado que castiga; a veces destaca el aspecto inmanente,
el culpable se acarrea el castigo. La retribución se convierte en principio teológico
narrativo en el cuerpo deuteronomístico (Jos, Jue, Sm, Re), que se exacerba en la
obra del Cronista. Pero como la retribución tiene como horizonte esta vida, el
principio entra en crisis en los libros del Eclesiastés y Job y en algunos salmos (Sal
49,73). Sólo ensanchando el horizonte a otra vida se resuelve el problema, sobre
todo en Sabiduría.
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El Señor te espera en Galilea. ¿Cuál es esa Galilea tuya hoy?
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