La Odisea - Homero
La Odisea - Homero
LA ODISEA
CANTO I
Pero había acudido entonces junto a los Etiopes que habitan lejos (los Etiopes que están divididos Comentario
en [SC5]: Esta Calipso, cuya
genealogía nos ofrece Atenea más adelante
dos grupos, unos donde se hunde Hiperión y otros donde se levanta), para asistir a una hecatombe de
no tiene nada que ver con la Calipso
toros y carneros; en cambio, los demás dioses estaban reunidos en el palacio de Zeus Olímpico. hesiódica,
Y co- hija de Tetis y de Océano (Teo-
gonía). Es un personaje puramente odiseico,
menzó a hablar el padre de hombres y dioses, pues se había acordado del irreprochable Egisto, a «La quienque esconde», y su función es retener a
acababa de matar el afamado Orestes, hijo de Agamenón. Acordóse, pues, de éste, y dijo Odiseo a lospara que su regreso dure diez años,
tanto como la guerra de Troya
inmortales su palabra:
«¡Ay, ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males.Comentario
sePero
[SC6]: Sólo por extensión
puede decir que los dioses hilan el
también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde. Así, ahora Egistodestino de un mortal. En realidad, al menos
en la concepción homérica, las que hilan el
ha desposado -cosa que no le correspondía- a la esposa legítima del Atrida y ha matado a éste Destino alson la Aisa y las Hilanderas
regresar; y eso que sabía que moriría lamentablemente, pues le habíamos dicho, enviándole a Hermes, (klôtlaes cfr. VII). Los dioses no pueden
nada por evitarlo y están sujetos a ...
al vigilante Argifonte, que no le matara ni pretendiera a su esposa. "Que habrá una venganza porhacer parte
Comentario [SC7]: El motivo de su
de Orestes cuando sea mozo y sienta nostalgia de su tierra." Así le dijo Hermes, mas con tener buenasrencor se explica más abajo
intenciones no logró persuadir a Egisto. Y ahora las ha pagado todas juntas.»
Comentario [SC8]: No es probable que
Y le contestó luego la diosa de ojos brillantes, Atenea: se refiera exactamente a los habitantes de la
«Padre nuestro Cronida, supremo entre los que mandan, ¡claro que aquél yace víctima de una muerte actual Etiopía. La palabra griega aithjpr
significa «de aspecto quemado» y es una ...
justa!, así perezca cualquiera que cometa tales acciones. Pero es por el prudente Odiseo por quien se
Comentario [SC9]: El mito de la
acongoja mi corazón, por el desdichado que lleva ya mucho tiempo lejos de los suyos y sufre en unade Agamenón a manos de Egisto -a
muerte
isla rodeada de corriente donde está el ombligo del mar. La isla es boscosa y en ella tiene su moradaquien Clitemnestra se limita a ayudar (o
una diosa, la hija de Atlante, de pensamientos perniciosos, el que conoce las profundidades de todo irutigar) en la versión homérica- y la
el ...
Comentario [SC10]: Me limito a
mar y sostiene en su cuerpo las largas columnas que mantienen apartados Tierra y Cielo. La hija de
transcribir la palabra griega Aegelphántés,
éste lo retiene entre dolores y lamentos y trata continuamente de hechizarlo con suaves y astutas epíteto de significación oscura como tantos
otros epítetos arcaicos de los dioses ...
razones para que se olvide de Itaca; pero Odiseo, que anhela ver levantarse el humo de su tierra,
prefiere morir. Y ni aun así se te conmueve el corazón, Olímpico. ¿Es que no te era grato Odiseo Comentario [SC11]: En gr. glmkôpir.
Aunque este epíteto originariamente hiciera
cuando en la amplia Troya te sacrificaba víctimas junto a las naves aqueas? ¿Por qué tienes alusión tantoa algún tipo de relación de Atenea
rencor, Zeus?» con la lechuza (glairx), parece claro que ...
Y le contestó el que reúne las nubes, Zeus: Comentario [SC12]: Atlante, «El que
soporta», según Hesiodo sostiene en sus
«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¿Cómo podría olvidarme tan pronto del la bóveda del cielo «en el extremo
hombros
divino Odiseo, quien sobresale entre los hombres por su astucia y más que nadie ha ofrendado víctimasde la tierra, cerca de las Hespérides de ...
a los dioses inmortales que poseen el vasto cielo? Pero Poseidón, el que conduce su carro por la Comentario
tierra, [SC13]: Gr. gateochos se
ha interpretado tradicionalmente como «el
mantiene un rencor incesante y obstinado por causa del Cíclope a quien aquél privó del ojo, Polifemo,que abraza, o contiene, la tierra». Sin
igual a los dioses, cuyo poder es el mayor entre los Cíclopes. Lo parió la ninfa Toosa, hija de Forcis,
embargo,el su sentido es «el que conduce su...
que se cuida del estéril mar, uniéndose a Poseidón en profunda cueva. Por esto, Poseidón, el que
Comentario [SC14]: Cfr. IX
sacude la tierra, no mata a Odiseo, pero lo hace andar errante lejos de su tierra patria. Conque, vamos,
Comentario [SC15]: Forcis es uno de
pensemos todos los aquí presentes sobre su regreso, de forma que vuelva. Y Poseidón depondrá los «ancianos
su del mar”, lo mismo que
Nereo, su padre, y Proteo (cfr. también
cólera; que no podrá él solo rivalizar frente a todos los inmortales dioses contra la voluntad de éstos.»
XIII). De Nereo dice Hesiodo (Teogonía) ...
Y le contestó luego la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Padre nuestro Cronida, supremo entre los que mandan, si por fin les cumple a los dioses felices que
regrese a casa el muy astuto Odiseo, enviemos enseguida a Hermes, al vigilante Argifonte, para que
anuncie inmediatamente a la Ninfa de lindas trenzas nuestra inflexible decisión: el regreso del sufridor
Odiseo. Que yo me presentaré en Itaca para empujar a su hijo -y ponerle valor en el pecho- a que
convoque en asamblea a los aqueos de largo cabello a fin de que pongan coto a los pretendientes que
siempre le andan sacrificando gordas ovejas y cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas. Lo enviaré
también a Esparta y a la arenosa Pilos para que indague sobre el regreso de su padre, por si oye algo, y
para que cobre fama da valiente entre los hombres.»
Así diciendo, ató bajo sus pies las hermosas sandalias inmortales, doradas, que la suelen llevar sobre
la húmeda superficie o sobre tierra firme a la par del soplo del viento. Y tomó una fuerte lanza con la
punta guarnecida de agudo bronce, pesada, grande, robusta, con la que domeña las filas de los héroes
guerreros contra los que se encoleriza la hija del padre Todopoderoso. Luego descendió lanzándose de
las cumbres del Olimpo y se detuvo en el pueblo de Itaca sobre el pórtico de Odiseo, en el umbral del
Comentario
patio. Tenía entre sus manos una lanza de bronce y se parecía a un forastero, a Mentes, caudillo de los [SC16]: «Mentes, caudillo
de los tafios» aparece ya citado en Iliada,
tafios. XVII, y de ahí sin duda ha sido tomado para
Y encontró a los pretendientes. Éstos complacían su ánimo con los dados delante de las puertasesteypasaje.
se Tafos pertenece probablemente
a la geografla mítica de la Odisea. Desde
sentaban en pieles de bueyes que ellos mismos habían sacrificado. Sus heraldos y solícitos sirvientes
luego,seno es probable que sea la isla, del
afanaban, unos en mezclar vino con agua en las cráteras, y los otros en limpiar las mesasmismo connombre, en las cercanías de Léucade
(cfr. Estrabón). Está demasiado cerca de
agujereadas esponjas; se las ponían delante y ellos se distribuían carne en abundancia. El primeroItaca,en
y Mentes habría sido un personaje
ver a Atenea fue Telémaco, semejante a un dios; estaba sentado entre los pretendientes con corazónconocido de Telémaco y los Pretendientes.
En todo caso, en la Odisea los tafios son
acongojado y pensaba en su noble padre: ¡ojalá viniera e hiciera dispersarse a los pretendientes por
siempre ella contrapartida folklórica de los
palacio!, ¡ojalá tuviera él sus honores y reinara sobre sus posesiones! Mientras esto pensaba sentado
sidonios -un pueblo de comerciantes con
entre los pretendientes, vió a Atenea. Se fue derecho al pórtico, y su ánimo rebosaba de ira por pocos
haber
XVI).
escrúpulos (cfr. XIV.452, XV.427,
dejado tanto tiempo al forastero a la puerta. Se puso cerca, tomó su mano derecha, recibió su lanza de
bronce y le dirigió aladas palabras:
«Bienvenido, forastero, serás agasajado en mi casa. Luego que hayas probado del banquete, dirás
qué precisas.» Comentario [SC17]: Dos son los aedos
Así diciendo, la condujo y ella le siguió, Palas Atenea. Cuando ya estaban dentro de la elevada que aparecen en la Odisea: Femio, que
canta a la fuerza entre los pretendientes, y
morada, llevó la lanza y la puso contra una larga columna, dentro del pulimentado guardalanzas donde
Demódoco, el poeta ciego de los Feacios
estaban muchas otras del sufridor Odiseo. La condujo e hizo sentar en un sillón y extendió un hermoso
(cfr. VIII.44). Homero, como es lógico,
trata con especial afecto a estos personajes
tapiz bordado; y bajo sus pies había un escabel. Al lado colocó un canapé labrado lejos de los
de su propia profesión: aparte de aplicarles
pretendientes, no fuera que el huésped, molesto por el ruido, no se deleitara con el banquete alcanzado
el epíteto «deseable», les atribuye todos los
que reserva para los héroes como «divino»,
por sus arrogancias y para preguntarle sobre su padre ausente. Y una esclava derramó sobre fuente de
«honrado por el pueblo», «ilustre», etc.
plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro, para que se lavara, y al lado extendió unaes, entre los que frecuentan el
Femio
palacio del héroe, uno de los pocos que
mesa pulimentada. Luego la venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes escaparán a la matanza, y Demódoco es
piezas escogidas, favoréciéndole entre los que estaban presentes. El trinchante les ofreció fuentes
tratadodecon especial deferencia en VIII.
Pero además, los pasajes en que habla de
toda clase de carnes que habían sacado del trinchador y a su lado colocó copas de oro. Y un heraldo se
los aedos y su canto son documentos
les acercaba a menudo y les escanciaba vino. importantes sobre la función y estatus del
poeta épico en la época de Homero: según
Luego entraron los arrogantes pretendientes y enseguida comenzaron a sentarse por orden en sillas y
XVIL y ss. los aedos están en la lista de los
sillones. Los heraldos les derramaron agua sobre las manos, las esclavas amontonaron pan en las del pueblo» a los que «se invita
«servidores
canastas y los jóvenes coronaron de vino las cráteras. Y ellos echaron mano de los alimentosaque, venir». Y los cantos que entonan son los
que
sin duda, estaban en boga en época de
tenían dispuestos delante. Después que habían echado de sí el deseo de comer y beber, ocuparon Homero:su los Nostoi de los héroes de Troya
pensamiento el canto y la danza, pues éstos son complementos de un banquete; así que un heraldo(Femio),
puso o episodios de esta guerra
(Demódoco en VIII) o la propia destrucción
hermosa cítara en manos de Femio, quien cantaba a la fuerza entre los pretendientes, y éste rompióde Troya a (Demódoco en VIII). A veces se
trata de cantos de naturaleza más bien lírica,
cantar un bello canto acompañándose de la cítara. como el adulterio de Ares y Afrodita (VIII),
con acompañamiento de danza
Entonces Telémaco se dirigió a Atenea, de ojos brillantes, y mantenía cerca su cabeza para que no se
enteraran los demás:
«Forastero amigo, ¿vas a enfadarte por lo que te diga? Éstos se ocupan de la cítara y el canto -¡y bien
fácilmente!-, pues se están comiendo sin pagar unos bienes ajenos, los de un hombre cuyos blancos
huesos ya se están pudriendo bajo la acción de la lluvia, tirados sobre el litoral, o los voltean las olas
en el mar. ¡Si al menos lo vieran de regreso a Itaca...! Todos desearían ser más veloces de pies que
ricos en oro y vestidos. Sin embargo, ahora ya está perdido de aciago destino, y ninguna esperanza nos
queda por más que alguno de los terrenos hombres asegure que volverá. Se le ha acabado el día del re-
greso.
«Pero, vamos, dime esto ---e infórmame con verdad-: ¿quién, de dónde eres entre los hombres?,
¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿en qué nave has llegado?, ¿cómo te han conducido los
marineros hasta Itaca y quiénes se precian de ser? Porque no creo en absoluto que hayas llegado aquí a
pie. Dime también con verdad, para que yo lo sepa, si vienes por primera vez o eres huésped de mi
padre; que muchos otros han venido a nuestro palacio, ya que también él hacía frecuentes visitas a los
hombres.»
Y Atenea, de ojos brillantes, se dirigió a él:
«Claro que te voy a contestar sinceramente a todo esto. Afirmo con orgullo ser Mentes, hijo de
Anquíalo, y reino sobre los tafios, amantes del remo. Ahora acabo de llegar aquí con mi nave y
compañeros navegando sobre el ponto rojo como el vino hacia hombres de otras tierras; voy a Temesa Comentario [SC18]: Tampoco se sabe
si esta ciudad es real o ficticia, aunque se la
en busca de bronce y llevo reluciente hierro. Mi nave está atracada lejos de la ciudad en el puerto ha identificado con una Tempsa de Italia y
Reitro, a los pies del boscoso monte Neyo. Tenemos el honor de ser huéspedes por parte de padre; una Tamassos de Chipre
puedes bajar a preguntárselo al viejo héroe Laertes, de quien afirman que ya no viene nunca a la ciudad
y sufre penalidades en el campo en compañía de una anciana sierva que le pone comida y bebida
cuando el cansancio se apodera de sus miembros, de recorrer penosamente la fructífera tierra de sus
productivos viñedos. Comentario [SC19]: Esta descripción
de Laertes no concuerda con la del Canto
«He venido ahora porque me han asegurado que tu padre estaba en el pueblo. Pero puede que XXIV losdonde se dice que éste tenía una
dioses lo hayan detenido en el camino, porque en modo alguno esta muerto sobre la tierra el divino mansión en su finca y esclavos forzosos. Es
uno de los argumentos en que se apoyan los
Odiseo, sino que estará retenido, vivo aún, en algún lugar del ancho mar, en alguna isla rodeada deanalíticos para condenar el final de
críticos
corriente donde lo tienen hombres crueles y salvajes que lo sujetan contra su voluntad. la Odisea como producto de una mano
«Así que te voy a decir un presagio -porque los inmortales lo han puesto en mi pecho y porquediferente
creo y tardía
que se va a cumplir, no porque yo sea adivino ni entienda una palabra de aves de agüero-: ya no estará
mucho tiempo lejos de su tierra patria, ni aunque lo retengan ligaduras de hierro. Él pensará cómo
volver, que es rico en recursos.
«Pero, vamos, dime -e infórmame con verdad- si tú, tan grande ya, eres hijo del mismo Odiseo. Te
pareces a aquél asombrosamente en la cabeza y los lindos ojos; que muy a menudo nos reuníamos
antes de embarcar él para Troya, donde otros argivos, los mejores, embarcaron en las cóncavas naves.
Desde entonces no he visto a Odiseo, ni él a mí.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Desde luego, huésped, te voy a hablar sinceramente. Mi madre asegura que soy hijo de él; yo, en
cambio, no lo sé; que jamás conoció nadie por sí mismo su propia estirpe. ¡Ojalá fuera yo el hijo
dichoso de un hombre al que alcanzara la vejez en medio de sus posesiones! Sin embargo, se ha
convertido en el más desdichado de los mortales hombres aquél de quien dicen que yo soy hijo, ya que
me lo preguntas.»
Y Atenea, de ojos brillantes, se dirigió a él:
Seguro que los dioses no te han dado linaje sin nombre, puesto que Penélope te ha engendrado tal
como eres. Conque, vamos, dime esto -e infórmame con verdad-: ¿qué banquete, qué reunión es ésta y
que necesidad tienes de ella? ¿Se trata de un convite o de una boda?, porque seguro que no es una
comida a escote: ¡tan irrespetuosos me parece que comen en el palacio, más de lo conveniente! Se
irritaría viendo tantas torpezas cualquier hombre con sentido común que viniera.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Huésped, puesto que me preguntas esto a inquieres, este palacio fue en otro tiempo seguramente
rico a irreprochable mientras aquel hombre estaba todavía en casa. Pero ahora los dioses han decidido
Comentario [SC20]: El conjunto del
otra cosa maquinando desgracias; lo han hecho ilocalizable más que al resto de los hombres. No megriego. Este compuesto aparece en
ejército
lamentaría yo tanto por él aunque estuviera muerto, si hubiera sucumbido entre sus compañerosLa enOdisea
el solamente dos veces, aquí y en
XXIV, dentro de la misma fórmula
pueblo de los troyanos o entre los brazos de los suyos, una vez que hubo cumplido la odiosa tarea de la
Comentario [SC21]: Por el juego
guerra. En este caso le habría construido una tumba el ejército panaqueo y habría cosechado para el que hay en el texto, parece
etimológico
futuro un gran renombre para su hijo. Sin embargo, las Harpías se lo han llevado sin gloria; claro se haque las Harpías son, para Homero,
«las que arrebatan». No especifica su
marchado sin que nadie lo viera, sin que nadie le oyera, y a mí sólo me ha legado dolores y lágrimas.
número y más adelante (cfr. XX) las
«Pero no solo lloro y me lamento por aquél; que los dioses me han proporcionado otras identificamalas con las tempestades. Hesiodo
habla ya de dos, a las que Mama Aelló y
preocupaciones, pues cuantos nobles reinan sobre las islas -Duliquio, Same y la boscosa Zantez - y«las cuales siguen a los soplos del
Ocípete
cuantos son poderosos en la escarpada Itaca pretenden a mi madre y arruinan mi casa. Ella ni se viento
niegay a las aves con sus rápidas alas»
(Teogonía).
al odioso matrimonio ni es capaz de ponerles coto, y ellos arruinan mi hacienda comiéndosela. Luego
Comentario [SC22]: La identidad y
acabarán incluso conmigo mismo.» localización de estas islas -Itaca incluida-
Y le contestó, irritada, Palas Atenea: ha sido objeto de discusión desde la
Antigüedad (cfr. Estrabón 10.2 y ss.) Hoy,
«¡Ay, ay, mucha falta te hace ya el ausente Odiseo!; que pusiera él sus manos sobre los
con la excepción de los seguidores de
desvergonzados pretendientes. Pues si ahora, ya de regreso, estuviera en pie ante el pórtico del palacio
Dórpfeld, se cree que tanto Itaca como la
Zante homéricas son las actuales; y que
sosteniendo su hacha, su escudo y sus dos lanzas tal como yo le vi por primera vez en nuestro palacio
Same y Duliquio son panes de la actual
bebiendo y gozando del banquete recién llegado de Efira, del palacio de Mermérida... (había marchado
Cefalonia. Para una amplia discusión del
tema, cfr. F. H. Stubbings, Companion...,
allí Odiseo en rápida nave para buscar veneno homicida con que untar sus broncíneas flechas. Aquél páginas 398 y ss.
no se lo dió, pues veneraba a los dioses que viven siempre, pero se lo entregó mi padre, pues lo amaba
Comentario [SC23]: Quizá la ciudad
en exceso). ¡Con tal atuendo se enfrentara Odiseo con los pretendientes! Corto el destino de todosdesería
Tesprotia, en la desembocadura del
y amargas sus nupcias. Pero está en las rodillas de los dioses si tomará venganza en su palacio Aqueronte,
al que cita Tucídides en 1.46.4. De
Ilo Mermérida no sabemos más de lo que
volver o no. aquí se dice
«En cuanto a ti, te ordeno que pienses la manera de echar del palacio a los pretendientes. Conque,
Comentario [SC24]: Expresión
vamos, escúchame y presta atención a mis palabras: convoca mañana en asamblea a los héroes aqueos metafórica por «la voluntad de los dioses»,
posiblemente originada de la actitud del
y hazles a todos manifiesta tu palabra; y que los dioses sean testigos. Ordena a los pretendientes que se abrazando las rodillas de una
suplicante
dispersen a sus casas, y a tu madre.., si su deseo la impulsa a casarse, que vuelva al palacio persona
de suo una estatua (cfr. VL310).
Atractiva, pero menos probable, es la
poderoso padre; le prepararán unas nupcias y le dispondrán una dote abundante, cuanta es natural que de R. B. Onions (The Origins
sugerencia
acompañe a una hija querida. european Thought, Cambridge, 1954, págs.
303 y ss.), quien lo refiere al hecho de que
«A ti, sin embargo, te voy a aconsejar sagazmente, por si quieres obedecerme: bota una nave de hilan el destino y la posición para
los dioses
veinte remos, la mejor, y marcha para informarte sobre tu padre largo tiempo ausente, por si alguno desedente
hilar es
los mortales pudiera decirte algo o por si escucharas la Voz que viene de Zeus, la que, sobre Comentario
todas, [SC25]: El rumor, cuyo
origen es siempre desconocido, se atribuye
lleva a los hombres las noticias. en último termino a Zeus. Cfr. también
«Primero dirígete a Pilos y pregunta al divino Néstor, y desde allí a Esparta al palacio del 11.216
rubioy XXIV.413
Menelao, pues él ha llegado al postrero de los aqueos que visten bronce. Si oyes de tu padre que vive y
Comentario [SC26]: Este discurso es
está de vuelta, soporta todavía otro año, aunque tengas pesar; pero si oyes que ha muerto y que confuso
ya no y contradictorio, aparte de que el
tono general («te ordeno», etc.) está mejor
vive, regresa enseguida a tu tierra patria, levanta una tumba en su honor y ofréndale exequias ende Atenea que de un extranjero
en boca
desconocido. De hecho, los vv 269-80
abundancia, cuantas están bien. contradicen a 287-96. Pero además los vv.
Y entrega tu madre a un marido. Luego que esto hayas concluido, medita en tu mente y en tu corazón
275-8 están en boca del pretendiente
Eurímaco en 11.195-7; y los vv. 280-92
la manera de matar a los pretendientes en tu casa con engaño o a las claras. están en boca del mismo Telémaco en
Y es preciso que no juegues a cosas de niños, pues no eres de edad para hacerlo. ¿No has oído qué Ello ha hecho que esta parte del
11.214-23.
canto primero sea considerada por los
fama ha cobrado el divino Orestes entre todos los hombres por haber matado al asesino de su padre, a
analíticos como una ampliación a base de
retazos del canto segundo
Egisto fecundo en ardides, porque había quitado la vida a su ilustre padre? También tú, amigo —pues
te veo vigoroso y bello—, sé valiente para que alguno de tus descendientes hable bien de ti. Yo me
marcho ahora mismo a la rápida nave junto a mis compañeros, que deben estar cansados de tanto
esperarme. Tú ocúpate de esto y presta oídos a mis palabras.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Huésped, en verdad dices esto con sentimientos amigos, como un padre a su hijo, y jamás los
echaré a olvido. Mas, vamos, quédate ahora por muy deseoso que estés del camino, para que después
de bañarte y gozar en tu pecho marches alegre a la nave portando un presente, un regalo estimable y
hermoso que será para ti un tesoro de mí, como los que hospedan dan a sus huéspedes.»
Y contestó luego Atenea, de ojos brillantes:
«No me detengas más, que ya ansío el camino. El regalo que tu corazón te empuje a darme,
entrégamelo cuando vuelva otra vez para llevarlo a casa. Escoge uno bueno de verdad y tendrás otro
igual en recompensa.»
Así hablando, partió la de ojos brillantes, Atenea, y se remontó como un ave, e infundió audacia en
el pecho de Telémaco y valentía. Pero después de reflexionar en su mente quedó estupefacto, pues
pensó que era un dios. Y, mortal a los dioses igual, marchó enseguida junto a los pretendientes.
Entre éstos estaba cantando el ilustre aedo, y ellos escuchaban sentados en silencio. Cantaba el
regreso de los aqueos que Palas Atenea les había deparado funesto desde Troya. La hija de Icario, Comentario
la [SC27]: Está claro que
Femio no podía cantar otra cosa que los
prudente Penélope, acogió en su pecho el inspirado canto desde el piso de arriba y descendió por la
Nostoi. Ello sirve a varios fines: primero,
elevada escalera de su palacio; mas no sola, que la acompañaban dos siervas. Cuando hubo llegado a el ambiente que reina en el
potenciar
palacio de Odiseo —la complacencia de los
los pretendientes la divina entre las mujeres, se detuvo junto al pilar central del techo labrado llevando
pretendientes y el dolor de los familiares—;
ante sus mejillas un grueso velo, y a cada lado se puso una fiel sirvienta. Luego habló llorando al lugar sirve para presentar
en segundo
dramáticamente, ya desde los primeros ver-
divino aedo: sos, la figura de Penélope; finalmente, es
«Femio, sabes otros muchos cantos, hechizo de los mortales, hazañas de hombres y dioses que los
una referencia adelantada al contenido de
los cantos siguientes (III y IV).
aedos hacen famosas. Cántales uno de éstos sentado a su lado y que ellos beban su vino en silencio;
mas deja ya ese canto triste que me está dañando el corazón dentro del pecho, puesto que a mí sobre
todos me ha alcanzado un dolor inolvidable, pues añoro, acordándome continuamente, la cabeza de un
hombre cuyo renombre es amplio en la Hélade y hasta el centro de Argos». Comentario [SC28]: En Homero,
Hellás designa habitualmente el norte de
Y Telémaco le dijo discretamente: Grecia, especialmente la Tesalia superior
«Madre mía, ¿qué reprochas al amable aedo que nos deleite como le impulse su voluntad? No son de Peleo) y Argos designa todo el
(el reino
los aedos culpables, sino en cierto sentido Zeus, el que dota a los hombres que comen grano Peloponeso.
como La frase significa, por tanto,
«en toda Grecia». Hasta Hesiodo (Trabajos
quiere a cada uno». y Dias, 653) Hellás no designa a Grecia en
Para éste no habrá castigo porque cante el destino aciago de los dánaos, pues éste es el canto quesu más
conjunto
Comentario [SC29]: El mégaron es la
celebran los hombres, el que llega más reciente a los oyentes. estancia principal de un palacio micénico.
«Que tu corazón y tu espíritu soporten escucharlo, pues no sólo Odiseo perdió en Troya el díaConservo
de su la palabra griega para no
regreso, que también perecieron otros muchos hombres. Conque marcha a tu habitación y cuídatetraducirlade tu por «sala» o «salón» que no
responde exactamente a las caracteristicas y
trabajo, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se ocupen del suyo. La palabra debe ser cosa de del mégaron. Este se suele
funciones
encontrar a un lado del gran patio central y
hombres, de todos, y sobre todo de mí, de quien es el poder en este palacio.» consta de tres partes: el portico (aíthousa),
Admiróse ella y se encaminó de nuevo a su habitación, pues puso en su interior la palabra discreta de (pródromas) y el megaron
el vestibulo
propiamente dicho, una gran estancia con
su hijo. Subió al piso de arriba en companía de las esclavas y luego rompió a llorar a Odiseo su esposo
un hogar en la que se centra la vida del
hasta que Atenea, de ojos brillantes, echo dulce sueño sobre sus parpados. palacio: allí se celebran sacrificios y ban-
Los pretendientes rompieron a alborotar en el sombrío mégaron y deseaban todos acostarse quetes en su y se recibe a los huéspedes. Además
de la puerta principal, de dos batientes, que
cama al lado de ella. Entonces comenzó a hablarles Telémaco discretamente: se encuentra debajo del portico, suele tener
un portón de una sola hoja que da a un
«Pretendientes de mi madre que tenéis excesiva insolencia, gocemos ahora con el banquete y que no
corredor por donde Se accede a las
haya vocerío, puesto que lo mejor es escuchar a un aedo como éste, semejante en su voz a los dioses».habitaciones privadas (thálamoi) tanto de la
planta baja como del piso de arriba. Cfr.
Alan J. B. Wace, «Houses and Palaces», en
Companion..., págs. 489-97
«Al amanecer marchemos a la plaza y sentemonos todos para que os diga sin empacho que salgáis de
mi palacio, os preparéis otros banquetes y comáis vuestros propios bienes invitándoos mutuamente.
Pero si os parece lo mejor y más acertado destruir sin pagar la hacienda de un solo hombre,
consumidla. Yo clamaré a los dioses, que viven siempre, por si Zeus de algun modo me concede que
vuestras obras sean castigadas: pereceréis al punto, sin nadie que os vengue, dentro de este palacio!»
Así habló, y todos clavaron los dientes en sus labios. Estaban admirados de Telémaco porque había
hablado audazmente. Y Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió a él: Comentario [SC30]: De los 108
pretendientes (cfr. XVI.247 y ss.) solo
«Telémaco, seguramente los dioses mismos te enseñan a ser ya arrogante en la palabra y a hablar catorce se destacan de masa anónima con su
audazmente. ¡Que el hijo de Crono no te haga rey de Itaca, rodeada de mar, cosa que por linaje nombre tey patronímico, y aun entre éstos
sólo tres o cuatro juegan un papel activo en
corrresponde como herencia paterna! » la obra. Antínoo es precisamente el más
Y Telemaco le contestó discretamente: insolente de todos y el que planea la muerte
de Telémaco. Es el primero en ser pre-
«Antínoo, aunque te enojes conmigo por lo que voy a decir, esto es precisamente lo que quisiera yoy será el primero en morir sin haber
sentado
obtener si Zeus me lo concede. ¿O acaso crees que es lo peor entre los hombres? No es nada malo serreconocido a Odiseo como su
siquiera
rey, no; rapidamente tu palacio se hace rico y tu mismo más respetado. Pero hay muchos verdugo, otros cfr. XXII.8 y ss.
personajes reales en Itaca, rodeada de mar; que uno de ellos ocupe el trono, muerto el divino Odiseo.
Yo seré soberano de mi palacio y de los esclavos que el divino Odiseo tomó para mi como botin. »
Y Eurímaco, hijo de Pólibo, le dijo a su vez:
«Telémaco, en verdad está en las rodillas de los dioses quién de los aqueos va a reinar en Itaca,
rodeada de mar; tú harías mejor en conservar tus posesiones y reinar sobre tus esclavos. ¡Cuidado no
venga algún hombre que lo prive de tus posesiones por la fuerza, contra tu voluntad, mientras Itaca
siga habitada!
«Pero quiero, excelente, preguntarte sobre el forastero de dónde es, de qué tierra se precia de ser y
dónde tiene ahora su linaje y heredad paterna. ¿Acaso trae un mensaje de tu padre ausente o ha llegado
aquí por algún asunto propio? Cuán rápido se levantó y marchó enseguida sin esperar a que lo
conociéramos. Desde luego no parecía en su aspecto un hombre del pueblo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Eurímaco, con certeza se ha acabado el regreso de mi padre. No hago ya caso a noticia alguna,
venga de donde viniere, ni presto oídos al oráculo de procedencia divina que mi madre pueda
comunicarme llamándome al mégaron. Este hombre es huésped paterno mío y afirma con orgullo que
es Mentes, hijo del prudence Anquíalo, y reina sobre los Tafios, amantes del remo.»
Así dijo Telémaco, aunque había reconocido a la diosa inmortal en su mente.
Volvieron ellos al baile y al canto para deleitarse y aguardaron al lucero de la tarde y cuando se
estaban deleitando les sobrevino éste, así que se pusieron en camino cada uno a su casa deseando
acostarse. Comentario [SC31]: El dormitorio de
Entonces Telémaco se dirigió cavilando hacia el lecho, hacia donde tenía construido su suntuoso Telémaco era, sin duda, uno de los thálamoi
que rodeaban el patio central, en el ala
dormitorio en el muy hermoso patio, en lugar de amplia visión. Junto a él llevaba teas ardientes la fielal mégaron
opuesta
Euriclea, hija de Ope Pisenórida, a la que había comprado en otro tiempo Laertes, cuando todavía era
Comentario [SC32]: Euriclea, como
adolescente, por el valor de veinte bueyes; la honraba en el palacio igual que a su casta esposa,todosperolos personajes que van a jugar un
papel importante en el relato (especialmente
nunca se unió a ella en la cama por evitar la cólera de su mujer. Ésta era quien llevaba a su lado en ellas
canto XIX), es presentada pronto y
ardientes antorchas y lo amaba más que ninguna esclava, pues lo había criado cuando era pequeño. con todo detalle. Esta es la razón por la que
Homero se recrea en describir el momento
Abrió Telémaco las puertas del dormitorio, suntuosamente construido, y se sentó en el lecho, en queseTelémaco se dirige al dormitorio
desnudó del suave manto y lo echó sobre las manos de la muy diligente anciana. Ésta estiró y dobló el
Comentario [SC33]: Las camas en esta
manto y colgándolo de un clavo junto al lecho agujereado se puso en camino para salir del dormitorio.
época eran catres de madera con los
tableros «agujereados» a fin de introduir
Tiró de la puerta con una anilla de plata y echó el cerrojo con la correa. cuerdas y tensarlas para que sirvieran de
Durante toda la noche, cubierto por el vellón de una oveja, planeaba él en su mente el viaje que soporteleal colchón, de cualquier clase que
éste fuera (probablemente simples pieles).
había dispuesto Atenea. Cfr. Etyaologctum Magnum s. v. Tretón
léchos.
CANTO II
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, al punto el amado hijo Comentario
de [SC34]: Es una fórmula
que aparece veinte veces en la Odisea y una
Odiseo se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su hombro la aguda espada y bajo sussolapies,
en la Ilíada (1.477). Eos es la aurora,
brillantes como el aceite, calzó hermosas sandalias. hija de Hiperión y hermana de Helios y
Luego se puso en marcha, salió del dormitorio semejante a un dios en su porte y ordenó Selene. a losCfr. Hesíodo, Teogonía, 371 y ss.
vocipotentes heraldos que convocaran en asamblea a los aqueos de largo cabello; aquéllos dieron Comentario
el [SC35]: Aquí tenemos un
ejemplo de lo que podía ser una asamblea
bando y éstos comenzaron a reunirse con premura. Después, cuando hubieron sido reunidos y estabanen la época arcaica, aunque, por razones
ya congregados, se puso en camino hacia la plaza -en su mano una lanza de bronce-; mas no solo, queno se deben deducir conclusiones
obvias,
tajantes como algunos historiadores han
le seguían dos lebreles de veloces patas. Entonces derramó Atenea sobre él una gracia divinapretendido.
y lo Parece deducirse del texto que
contemplaban admirados todos los ciudadanos; se sentó en el trono de su padre y los ancianos le quien la convoca -pues ya hace
es el rey
veinte años que no la hay y la gente se pre-
cedieron el sitio. gunta quién puede ser el convocante; no
A continuación comenzó a hablar entre ellos el héroe Egiptio, quien estaba ya encorvado por lahay
vejez
orden fijo de intervención y ésta cuenta
y sabía miles de cosas, pues también su hijo, el lancero Antifo, había embarcado en las cóncavas con
navesla presencia de unos «ancianos» que
podrían ser los representantes de las
en compañla del divino Odiseo hacia Ilión de buenos potros; lo había matado el salvaje Cíclope famílias
en sumás importantes y cuya función no
queda nada clara. Cfr. M. 1. Finley, El
profunda cueva y lo había preparado como último bocado de su cena. Aún le quedaban tres: uno estaba
mundo de Odiseo, págs. 95 y ss.
entre los pretendientes y los otros dos cuidaban sin descanso los bienes paternos. Pero ni aun Comentario
así se [SC36]: Ilión es el nombre
había olvidado de aquél, siempre lamentándose y afligiéndose. Derramando lágrimas por suepicórico hijo de Troya. Cfr. R. Carpenter, Folk
levantó la voz y dijo: tale..., página 63
«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy a deciros. Nunca hemos tenido asamblea ni sesión Comentario [SC37]: Aquí hay una
pequeña inconsistencia. Por muchas cosas
desde que el divino Odiseo marchó en las cóncavas naves. ¿Quién, entonces, nos convoca ahora de Egiptio, una que no podía saber
que supiera
esta manera? ¿A quién ha asaltado tan grande necesidad ya sea de los jóvenes o de los ancianos? es que su hijo había sido devorado por el
Cíclope. Quizá por ello el filólogo
¿Acaso ha oído alguna noticia de que llega el ejército, noticia que quiere revelarnos una vez quealejandrino
él se Aristarco eliminó los vv. 19-20.
ha enterado?, ¿o nos va a manifestar alguna otra cosa de interés para el pueblo? A mí me parece que es
noble, afortunado. ¡Así Zeus llevara a término lo bueno que él revuelve en su mente!»
Así habló, y el amado hijo de Odiseo se alegró por sus palabras. Con que ya no estuvo sentado por
más tiempo y sintió un deseo repentino de hablar. Se puso en pie en mitad de la plaza y le colocó el
cetro en la mano el heraldo Pisenor, conocedor de consejos discretos.
Entonces se dirigió primero al anciano y dijo:
«Anciano, no está lejos ese hombre, soy yo el que ha convocado al pueblo (y tú lo sabrás pronto),
pues el dolor me ha alcanzado en demasía.. No he escuchado noticia alguna de que llegue el ejército
que os vaya a revelar después de enterarme yo, ni voy a manifestaros ni a deciros nada de interés para
el pueblo, sino un asunto mío privado que me ha caído sobre el palacio como una peste, o mejor como
dos: uno es que he perdido a mi noble padre, que en otro tiempo reinaba sobre vosotros aquí presentes
y era bueno como un padre. Pero ahora me ha sobrevenido otra peste aún mayor que está a punto de
destruir rápidamente mi casa y me va a perder toda la hacienda: asedian a mi madre, aunque ella no lo
quiere, unos pretendientes hijos de hombres que son aquí los más nobles. Estos tienen miedo de ir a
casa de su padre Icario para que éste dote a su hija y se la entregue a quien él quiera y encuentre el
favor de ella. En cambio vienen todos los días a mi casa y sacrifican bueyes, ovejas y gordas cabras y
se banquetean y beben a cántaros el rojo vino. Así que se están perdiendo muchos bienes, pues no hay
un hombre como Odiseo que arroje esta maldición de mi casa. Yo todavía no soy para arrojarla, pero
¡seguro que más adelante voy a ser débil y desconocedor del valor! En verdad que yo la rechazaría si
me acompañara la fuerza, pues ya no son soportables las acciones que se han cometido y mi casa está
perdida de la peor manera. Indignaos también vosotros y avergonzaos de vuestros vecinos, los que
viven a vuestro lado. Y temed la cólera de los dioses, no vaya a ser que cambien la situación irritados
por sus malas acciones. Os lo ruego por Zeus Olímpico y por Temis, la que disuelve y reúne las
asambleas de los hombres; conteneos, amigos, y dejad que me consuma en soledad, víctima de la triste
pena -a no ser que mi noble padre Odiseo alguna vez hiciera mal a los aqueos de hermosas grebas, a
cambio de lo cual me estáis dañando rencorosamente y animáis a los pretendientes. Para mí sería más
ventajoso que fuerais vosotros quienes consumen mis propiedades y ganado. Si las comierais vosotros
algún día obtendría la devolución, pues recorrería la ciudad con mi palabra demandándoos el dinero
hasta que me fuera devuelto todo; ahora, sin embargo, arrojáis sobre mi corazón dolores incurables.»
Así habló indignado y arrojó el cetro a tierra con un repentino estallido de lágrimas. Y la lástima se
apoderó de todo el pueblo. Quedaron todos en silencio y nadie se atrevió a replicar a Telémaco con
palabras duras; sólo Antínoo le dijo en contestación:
«Telémaco, fanfarrón, incapaz de reprimir tu cólera; ¿qué cosa has dicho, cubriéndonos de
vergüenza? Desearías cubrirnos de baldón. Sabes que los culpables no son los pretendientes deComentario
entre [SC38]: En gr. tamelegēs.
los aqueos, sino tu madre, que sabe muy bien de astucias. Pues ya es éste el tercer año, y con rapidez
Es un epíteto fijo con la palabra thánatos en
se acerca el cuarto, desde que aflige el corazón en el pecho de los aqueos. A todos da esperanzas la Odisea.
y Puede significar «de largos o
tensos (tan-) lamentos» (elegés) o bien, por
hace promesas a cada pretendiente enviándole recados; pero su imaginación maquina otras cosas. falso cone, «que no se cuida, despiadada»
«Y ha meditado este otro engaño en su pecho: levantó un gran telar en el palacio y allí tejía,(amelegēs).
telar
Comentario [SC39]: Esta frase es
sutil a inacabable, y sin dilación nos dijo: "Jóvenes pretendientes míos, puesto que ha muerto el divino
incongruente con lo que se afirmó en los
Odiseo, aguardad, por mucho que deseéis esta boda conmigo, a que acabe este manto -no sea que se («este es el tercer año y con
vv. 89-90
me pierdan inútilmente los hilos-, este sudario para el héroe Laertes, para cuando lo arrebate rapidezelse acerca el cuarto»). Como por otra
parte, XIII.377 coincide con 89-90, no han
destructor destino de la muerte de largos lamentos. Que no quiero que ninguna de las aqueas delintentos de acomodar los vv. 106-7
faltado
pueblo se irrite conmigo si yace sin sudario el que tanto poseyó." a 89-90 cambiando el texto (tríetes y
tétartom por dietes y tríton). En cualquier
«Así dijo, y nuestro noble ánimo la creyó. Así que durante el día tejía la gran tela y por la noche,
caso, confuso como es el pasaje, se puede
colocadas antorchas a su lado, la destejía. Su engaño pasó inadvertido durante tres años y convenció
deducirade él que los pretendientes llevan
frecuentando el palacio de Odiseo algo más
los aqueos, pero cuando llegó el cuarto año y pasaron las estaciones, una de sus mujeres, que lodesabíatres años; que Penélope acaba de
todo, nos lo reveló y sorprendimos a ésta destejiendo la brillante tela. Así fue como la terminó,terminar
y no la tela, y que sigue dando largas a
los pretendientes. Sólo la llegada de Odiseo
voluntariamente, sino por la fuerza. puede salvarla y, según las palabras de
«Conque ésta es la respuesta que te dan los pretendientes, para que la conozcas tú mismoAnfimedonte y la en XXIV.147 y ss., Odiseo
llegó exactamente cuando la había
conozcan todos los aqueos: envía por tu madre y ordénala que se case con quien la aconseje su padre y lavado y enseñado a los
terminado,
a ella misma agrade. Pero si todavía sigue atormentando mucho tiempo a los hijos de los aqueos pretendientes.
Comentario [SC40]: No sabemos por
ejercitando en su mente las cualidades que la ha concedido Atenea en exceso (ser entendida en trabajos
qué Homero selecciona precisamente a
femeninos muy bellos y tener pensamientos agudos y astutos como nunca hemos oído que tuvieran estas tres heroínas para compararlas con
ninguna de las aqueas de lindas trenzas ni siquiera de las que vivieron antiguamente, como Penélope. Tiro, No parece, por lo que de ellas
sabemos, que sobresalieran en el tejido o en
Alcmena y.Micena de linda corona -ninguna de ellas pensó planes semejantes a los de Penélope-), la astucia. A las dos primeras se alude de
entonces esto al menos no habrá sido lo más conveniente que haya planeado. Pues tu hacienda nuevo en y la Nekya: XI.235 y ss. (Tiro) y
265 y ss. (Alcmena). De Micena sólo
propiedades te serán devoradas mientras ella mantenga semejante decisión que los dioses han puesto sabemos que es la epónima de la ciudad de
ahora en su pecho. Se está creando para sí una gran gloria, pero para ti sólo la añoranza de tu mucha
los Atridas y que, según Pausanias (2.16.4)
«los poemas épicos que los griegos llaman
hacienda. Grandes Eeas dicen que era hija de Inaco y
«En cuanto a nosotros, no marcharemos a nuestros trabajos ni a parte alguna hasta que se case conesposael de Aréstor».
que quiera de los aqueos.» Comentario [SC41]: Efectivamente la
fama de Penélope se debe a la estratagema
Y le respondió Telémaco discretamente: del telar. Y quizá a ésta se deba también su
«Antínoo, no me es posible echar de mi casa contra su voluntad a la que me ha dado a luz, a la quepues pēne significa «hilo de un
nombre,
tejido» y -lópeia bien pudiera estar
me ha criado, mientras mi padre está en otra parte de la tierra -viva él o esté muerto. Y será terrible
relacionado con el verbo lépō que significa
«pelar» o «cardar».
para mí devolver a Icario muchas cosas si envío a mi madre por propia iniciativa. Por parte de mi
Comentario [SC42]: Las Erinias (a
padre sufriré castigo y otros me darán la divinidad, puesto que mi madre conjurará a las diosas Erinias
veces la Erinia en singular) son divinidades
si se marcha de casa, y también por parte de los hombres tendré castigo. Por esto jamás diré yo esa
que pertenecen a la generación anterior a
palabra. Conque, si vuestro ánimo se irrita por esto, salid de mi palacio y preparaos otros banquetes
los Olímpicos (cfr. Esquilo, Euménides,
comiendo vuestras posesiones e invitándoos en vuestras casas recíprocamente, que yo clamarépassim). a los Su función
intrafamiliares,
es vengar los delitos
especialmente el parricidio,
dioses, que viven siempre, por si Zeus me concede que vuestras obras sean castigadas de algun modo:con toda suerte de desgracias y
enfermedades que culminan en la muerte
¡pereceréis al punto, sin nadie que os vengue, dentro de este palacio!» del culpable. Esquilo las describe
Así habló Telémaco, y Zeus que ve a lo ancho, le echó a volar dos águilas desde arriba, desde las
detalladamente en Coéforas, 275 y ss. Sin
embargo, en la Odisea Homero les presta
cumbres de la montaña. Estas se dirigían volando a la par del soplo del viento cerca una deunaotra, función más amplia: en XV.234 Erinia
extendidas las alas. Cuando llegaron al centro de la plaza, donde mucho se habla, comenzaron esasinónimodar de Ate, la obcecación culpable,
y en XVII.475 se habla de una Erinia que
vueltas batiendo sus espesas alas y llegaron cerca de las cabezas de todos, y en sus ojos brillaba venga laa los mendigos.
muerte. Y desgarrándose con las uñas mejillas y cuellos se lanzaron por la derecha a través de lasComentario
casas [SC43]: La presencia de
y la ciudad de los itacenses. Admiraron éstos aterrados a las aves cuando las vieron con sus ojos, Odiseoy se va haciendo cada vez más
cercana a través de presagios y sueños de
removían en su corazón qué era lo que iba a cumplirse. Y entre ellos habló el anciano héroe Haliterses
carácter muy similar: generalmente hay un
Mastorida, pues sólo él aventajaba a los de su edad en conocer los pájaros y explicar presagios. águila (símbolo de la realeza) que mata (o
Levantó la voz con buenas intenciones hacia ellos y comenzó a hablar: lleva muerto) a un animal inferior (paloma,
ganso, etc.). Este es el primer presagio y es
«Ahora, itacenses, escuchadme a mí lo que voy a deciros -y es sobre todo a los pretendientes el menos a claro. Se trata de dos águilas en
cuyos ojos «brilla la muerte», pero ninguna
quienes voy a hacer esta revelación-: sobre ellos anda dando vueltas una gran desgracia, pues Odiseo
es vencedora. De todas formas, el que se
ya no estará mucho tiempo lejos de los suyos, sino que ya está cerca, en alguna parte, y está sembrando
dirijan por la derecha es un buen presagio
la muerte y el destino para todos éstos. También para otros muchos de los que habitamos para Telémaco, como interpreta Haliterses.
Itaca,
Los presagios se van acumulando a partir
hermosa al atardecer, habrá desgracias. Pensemos entonces cuanto antes cómo ponerles término odelbien canto XV: cfr. XV.161, 525 y ss.,
que se lo pongan ellos a sí mismos, pues esto será lo que más les conviene. Y yo no vaticino como XIX.536
un y ss., XX.243 y ss.
inexperto, sino como uno que sabe bien. Os aseguro que todo se está cumpliendo para él comoComentariose lo [SC44]: Gr. eudeíelon, es
un epíteto que se aplica en la Odisea a
dije cuando los argivos embarcaron para Ilión y con ellos marchó el astuto Odiseo. Le dije que sufriría
Itaca, pero también a las islas en general
muchas calamidades, que perdería a todos sus compañeros y que volvería a casa a los veinte(cfr. años
XIII.234). Puede significar «bien
visible» (dēlos) o, como aquí se traduce,
desconocido de todos. Y ya se está cumpliendo todo.» «hermosa al atardecer» (deílé). Los
Y le contestó Eurímaco, hijo de Pólibo: antiguos ya dudaban entre ambos
significados, pero el primero es demasiado
«Viejo, vete ya a casa a profetizar a tus hijos, no sea que sufran alguna desgracia en el futuro.banal.
Estas
cosas las vaticino yo mucho mejor que tú. Numerosos son los pájaros que van y vienen bajo los rayos
del Sol y no todos son de agüero. Está claro que Odiseo ha muerto lejos -¡ojalá que hubieras perecido
tú también con él!; no habrías dicho tantos vaticinios ni habrías incitado al irritado Telémaco
esperando ansiosamente un regalo para tu casa, por si te lo daba. Conque voy a hablarte, y esto síComentario
se va [SC45]: Es la misma
acusación de banalidad que Edipo lanza
a cumplir: si tú, sabedor de muchas y antiguas cosas, incitas con tus palabras a un hombre más joven a
contra Tiresias (cfr. Sófocles, Edipo Rey,
que se irrite, para él mismo primero será más penoso -pues nada podrá conseguir con vv.estas 380 y ss.). Los pretendientes tienen, por
predicciones-, y a ti, viejo, te pondremos una multa que te será doloroso pagar. Y tu dolorsu hybris, el carácter del tirano de una
será
tragedia clásica.
insoportable.
En cuanto a Telémaco, yo mismo voy a darle un consejo delante de todos: que ordene a su madre
volver a casa de su padre. Ellos le prepararán unas nupcias y le dispondrán una muy abundante dote,
cuanta es natural que acompañe a una hija querida. No creo yo que los hijos de los aqueos renuncien a
su pretensión laboriosa, pues no tememos a nadie a pesar de todo y no, desde luego, a Telémaco por
mucha palabrería que muestre. Tampoco hacemos caso del presagio sin cumplimiento que tú, viejo,
nos revelas haciéndotenos todavía más odioso. Igualmente serán devorados tus bienes de mala manera
y jamás lo serán compensados, al menos mientras ella entretenga a los aqueos respecto de su boda.
Pues nosotros nos mantenemos expectantes todos los días y rivalizamos por causa de su excelencia, y
no marchamos tras otras con las que a cada uno nos convendría casar.»
Entonces le contestó Telémaco discretamente:
«Eurímaco y demás ilustres pretendientes: no voy a apelar más a vosotros ni tengo más que decir; ya
lo saben los dioses y todos los aqueos. Pero dadme ahora una rápida nave y veinte compañeros que
puedan llevar a término conmigo un viaje aquí y allá, pues me voy a Esparta y a la arenosa Pilos para
enterarme del regreso de mi padre, largo tiempo ausente, por si alguno de los mortales me lo dice o
escucho la Voz que viene de Zeus, la que, sobre todas, lleva a los hombres las noticias. Si oigo que mi
padre vive y está de vuelta, soportaré todavía otro año; pero si oigo que ha muerto y que ya no vive,
regresaré enseguida a mi tierra patria, levantaré una tumba en su honor y le ofrendaré exequias en
abundancia, cuantas está bien, y entregaré mi madre a un marido.»
Comentario [SC46]: Méntor es, como
Así hablando se sentó, y entre ellos se levantó Méntor, que era compañero del irreprochable Odiseo
su nombre indica, el «consejero» a quien
y a quien éste al marchar en las naves había encomendado toda su casa -que obedecieran todos Odiseoal
encomendó el cuidado de su hogar
anciano y que él conservara todo intacto-. Éste levantó la voz con buenos sentimientos hacia elloscuandoymarchó a Troya. También
Agamenón había encomendado la misma
dijo: misión a un aedo (cfr. 111.267), pero el
papal de ambos resultó ineficaz.
«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy a deciros: ¡que de ahora en adelante ningún rey
portador de cetro sea benévolo, ni amable, ni bondadoso, y no sea justo en su pensamiento, sino que
siempre sea cruel y obre injustamente!, pues del divino Odiseo no se acuerda ninguno de los
ciudadanos sobre los que reinó, aunque era tierno como un padre. Mas yo me lamento no de que los
esforzados pretendientes cometan acciones violentas por la maldad de su espíritu, pues exponen sus
propias cabezas al comerse con violencia la hacienda de Odiseo, asegurando que éste ya no volverá
jamás. Me irrito más bien contra el resto del pueblo, de qué modo estáis todos sentados en silencio y,
aun siendo muchos, no contenéis a los pretendientes, que son pocos, cercándoles con vuestras
palabras.»
Y le contestó Leócrito, el hijo de Evenor:
«Obstinado Méntor, ayuno de sesos; ¿qué has dicho incitándolos a que nos contengan? Difícil sería
incluso a hombres más numerosos luchar por un banquete. Pues aunque el itacense Odiseo viniera en
persona y maquinara en su mente arrojar del palacio a los nobles pretendientes que se banquetean en su
casa, no se alegraría su esposa de que viniera, por mucho que lo desee, sino que allí mismo atraería
sobre sí vergonzosa muerte si luchara con hombres más numerosos. Y tú no has hablado como te
corresponde. Vamos, ciudadanos, dispersaos cada uno a sus trabajos. A éste le ayudarán para el viaje
Méntor y Halitérses, que son compañeros de su padre desde hace mucho tiempo. Aunque sentado por
mucho tiempo, creo yo, escuchará las noticias en Itaca y jamás llevará a término tal viaje. »
Así habló y disolvió la asamblea rápidamente. Se dispersaron cada uno a su casa y los pretendientes
marcharon al palacio del divino Odiseo.
Telémaco, en cambio, se alejó hacia la orilla del mar, lavó sus manos en el canoso mar y suplicó a
Atenea:
«Préstame oídos tú, divinidad que llegaste ayer a mi palacio y me diste la orden de marchar en una
nave sobre el brumoso ponto para informarme sobre el regreso de mi padre, largo tiempo ausente.
Todo esto lo están retrasando los aqueos, sobre todo los pretendientes, funestamente arrogantes.»
Así habló suplicándole; Atenea se le acercó semejante a Méntor en la figura y voz y se dirigió a él
con aladas palabras:
«Telémaco, no serás en adelante cobarde ni estúpido si has heredado el noble corazón de tu padre;
¡cómo era él para realizar obras y palabras! Por esto tu viaje no va a ser infructuoso ni baldío. Pero si
no eres hijo de aquél y de Penélope, no tengo esperanza alguna de que lleves a cabo lo que meditas.
Pocos, en efecto, son los hijos iguales a su padre; la mayoría son peores y sólo unos pocos son mejores
que su padre. Pero puesto que en el futuro no vas a ser cobarde ni estúpido ni te ha abandonado del
todo el talento de Odiseo, hay esperanza de que llegues a realizar tal empresa.
«Deja, pues, ahora las intenciones y pensamientos de los enloquecidos pretendientes, pues no son
sensatos ni justos; no saben que la muerte y la negra Ker están ya a su lado para matar a todos Comentario
en un [SC47]: La Ker (o Keres
en plural) es el destino mortal del hombre,
día. El viaje que preparas ya no está tan lejano para ti, y es que yo soy tan buen amigo de tu padre que
tanto en sentido individual como colectivo.
te voy a aparejar una rápida nave y acompañar en persona. De ahí que sea a menudo sinónimo de
«Conque marcha ahora a tu casa a reunirte con los pretendientes; prepara provisiones y mételasmuerte».
todas Otrassinónimo
simplemente
veces, las menos, es pura y
del destino o Moira
en recipientes, el vino en cántaros, y la harina, sustento de los hombres, en pellejos espesos. Yo voy
por el pueblo a reunir voluntarios. Existen numerosas naves en Itaca, rodeada de corriente, nuevas y
viejas; veré cuál es la mejor y aparejándola rápidamente la lanzaremos al ancho ponto.»
Así habló Atenea, hija de Zeus, y Telémaco ya no aguardó más, pues había escuchado la voz de un
dios. Así que se puso en camino, su corazón acongojado, hacia el palacio y encontró a los altivos
pretendientes degollando cabras y asando cerdos en el patio.
Antínoo se encaminó riendo hacia Telémaco, le tomó de la mano, le dijo su palabra y le llamó por su
nombre:
«Telémaco, fanfarrón, incapaz de contener tu cólera, que no ocupe tu pecho ninguna acción o palabra
mala, sino comer y beber conmigo como antes. Los aqueos te prepararán una nave y remeros elegidos
para que llegues con más rapidez a la agradable Pilos en busca de noticias de tu ilustre padre.»
CANTO III
TELÉMACO VIAJA A PILOS PARA INFORMARSE
SOBRE SU PADRE
Habíase levantado Helios, abandonando el hermosísimo estanque del mar, hacia el broncíneo cielo
para alumbrar a los inmortales y a los mortales caducos sobre la Tierra donadora de vida, cuando
llegaron a Pilos, la bien construida ciudadela de Neleo. Comentario [SC50]: Había en la
Antigüedad tres ciudades del mismo
Los pilios estaban sacrificando sobre la ribera del mar toros totalmente negros en honor del de-en Mesenia, en Elide y en Trifilia.
nombre
azuloscura cabellera, el que sacude las tierras. Había nueve asientos y en cada uno estaban sentados
Los antiguos, sin duda, situaban la Pilos de
Néstor en Mesenia (cfr. Píndaro, Pítica
quinientos hombres y de cada uno hacían ofrenda de nueve toros. Mientras éstos gustaban las entrañas
6.35) y probablemente es en ésta en la que
y quemaban los muslos en honor del dios, los itacenses entraban en el puerto; amainaron las velaspiensa
de laHomero, pues la sitúa en la misma
costa. Sin embargo, la verdadera Pilos
equilibrada nave, las ataron, fondearon la nave y descendieron. micénica fue descubierta por Blegen a 17
kilómetros al norte de la anterior y hoy
constituye una de las mejores muestras de
Entonces descendió Telémaco de la nave y Atenea iba delante. Y a él dirigió sus primeras palabras la micénico.
un palacio
diosa de ojos briIlantes: Comentario [SC51]: Poseidón. En las
«Telémaco, ya no has de tener vergüenza, ni un poco siquiera, pues has navegado el martablillas paradescubiertas en Pilos, en linea B, es
precisamente uno de los dioses que más
inquirir dónde oculta la tierra a tu padre y qué suerte ha corrido. aparece.
«Conque, vamos, marcha directamente a casa de Néstor, domador de caballos; sepamos qué
Comentario [SC52]: En realidad,
pensamientos guarda en su pecho. Y suplícale para que te diga la verdad; mentira no te dirá, es«lugares
muy o zonas de asiento». Es de notar
discreto.» que el número de ciudadanos pilios
presentes (9 x 500) coincide exactamente
Y le contestó Telémaco discretamente: con el número de los guerreros que van a
«Méntor, ¿cómo voy a ir a abrazar sus rodillas? No tengo aún experiencia alguna en discursos Troya con Néstor (90 x 50); cfr. Ilíada,
II.591 y ss.
ajustados. Y además a un hombre joven le da vergüenza preguntar a uno más viejo.»
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió de nuevo a él:
«Telémaco, unas palabras las concebirás en tu propia mente y otras te las infundirá la divinidad.
Estoy seguro de que tú has nacido y te has criado no sin 1a voluntad de los dioses.»
Así habló y lo condujo con rapidez Palas Atenea, y él siguió en pos de la diosa. Llegaron a la
asamblea y a los asientos de los hombres de Pilos, donde Néstor estaba sentado con sus hijos, y en
torno a ellos los compañeros asaban la carne y la ensartaban preparando el banquete.
Cuando vieron a los forasteros se reunieron todos en grupo, les tomaron de las manos en señal de
bienvenida y les ordenaron sentarse. Pisístrato, el hijo de Néstor, fue el primero que se les acercó: les
tomó a ambos de la mano y los hizo sentarse en torno al banquete sobre blandas pieles de ovejas, en
las arenas marinas, a la vera de su hermano Trasimedes y de su padre. Luego les dió parte de las
Comentario [SC53]: La égida es un
entrañas, les vertió vino en copa de oro y dirigió a Palas Atenea, la hija de Zeus, portador de égidas,
atributo mágico de Zeus, único dios a quien
sus palabras de bienvenida: se aplica el epíteto portador de égidas. Sin
embargo, en la Ilíada la utilizan Atenea
(IL447 v ss.) y Apolo (XV.318), y más
«Forastero, eleva tus súplicas al soberano Poseidón, pues en su honor es el banquete con el que osla época clásica se considera
tarde en
habéis encontrado al llegar aquí. Luego que hayas hecho las libaciones y súplicas como está mandado,
también atributo de Atenea (cfr. Esquilo,
entrega también a éste la copa de agradable vino para que haga libación; que también él, creo yo,Euménides,
unhace
404). Homero la describe como
escudo (aunque no dice que lo sea) con
súplicas a los inmortales, pues todos los hombres. necesitan a los dioses. Pero es más joven, de mi de oro y representaciones de la
cien franjas
Gorgona y abstracciones como la Huida, la
misma edad, por eso quiero darte a ti primero la copa de oro.» Discordia y la Fuerza (Iliada, vv. 738-42).
Así diciendo, puso en su mano la copa de agradable vino; Atenea dio las gracias al discreto, al Sucabal
epíteto más corriente es «terrible», pero
su objeto es doble: producir terror en los
hombre, porque le había dado a ella primero la copa de oro y a continuación dirigió una larga plegaria
enemigos (Ilíada, XV.308, Odisea,
al soberano Poseidón: XX11.297 y ss.) y también vigorizar a los
amigos (Ilíada, 11.447 y ss.). Los griegos
«Escúchame, Poseidón, que conduces tu carro por la tierra, y no te opongas por rencor a que los quela relacionaron con aix, «cabra»
siempre
te suplican llevemos a término esta empresa. Concede a Néstor antes que a nadie, y a sus hijos, honor,
(sería una piel de este animal), pero puede
que originariamente tenga que ver con el
y después concede a los demás pilios una recompensa en reconocimiento por su espléndida hecatombe.verbo aúto, «lanzarse», y estar en relación
Concede también a Telémaco y a mí que volvamos después de haber conseguido aquello por lo conque
los fenómenos atmosféricos más
violentos, esfera de dominio de Zeus; cfr.
hemos venido aquí en veloz, negra nave.» Ilíada, XVII.593 y ss.
Así orando, realizó (ritualmente) todo y entregó a Telémaco la hermosa copa doble. Y el querido hijo
Comentario [SC54]: Como tantas otras
de Odiseo elevó su súplica de modo semejante. veces, hecatombe no significa literalmente
Cuando habían asado la carne exterior de las víctimas, la sacaron del asador, repartieron «sacrificio
las de 100 bueyes». Aquí son 81.
porciones y se aplicaron al magnífico festín. Y después que habían echado de sí el apetito de comer y
beber, comenzó a hablarles el de Gerenias, el caballero Néstor: Comentario [SC55]: Gerēnios es un
epíteto fijo de Néstor, cuya etimología y
significación son poco claras. De un lado
«Ahora que se han saciado de comida, lo mejor es entablar conversación y preguntar a los forasteros
tiene forma de patronímico eolio, pero no
conocemos ningún héroe llamado Geren, y
quiénes son. Forasteros, ¿quiénes sois?, ¿de dónde habéis llegado navegando los húmedos senderos?Néstor es hijo de Neleo y nieto de
¿Andáis errantes por algún asunto o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la aventura
Poseidón. Por otra parte, en las más
antiguas fuentes del mito se habla de
exponiendo sus vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras?» Gerenia como la ciudad donde Néstor se
Y Telémaco se llenó de valor y le contestó discretamente -pues la misma Atenea le infundió valor en ningún héroe homérico lleva por
crió, pero
epíteto el nombre de una ciudad.
su interior para que le preguntara sobre su padre ausente y para que cobrara fama de valiente entre los
Finalmente, se ha pensado que el adjetivo
hombres: podría tener relación con gerōn «anciano»,
dado que esta fórmula completa es
«Néstor, hijo de Neleo, gran honra de los aqueos, preguntas de dónde somos y yo te lo voy a exponer
intercambiable con otra que contiene dicho
en detalle. adjetivo.
«Hemos venido de Itaca, a los pies del monte Neyo, y el asunto de que te voy a hablar es privado, no
público. Ando a lo ancho en busca de noticias sobre mi padre -por si las oigo en algún sitio-, de Odiseo
el divino, el sufridor, de quien dicen que en otro tiempo arrasó la ciudad de Troya luchando a tu lado.
Ya me he enterado dónde alcanzó luctuosa muerte cada uno de cuantos lucharon contra los troyanos,
pero su muerte la ha hecho desconocida el hijo de Crono, pues nadie es capaz de decirme claramente
dónde está muerto, si ha sucumbido en tierra firme a manos de hombres enemigos o en el mar entre las
Comentario
olas de Anfitrite. Por esto me llego ahora a tus rodillas, por si quieres contarme su luctuosa muerte -la [SC56]: En la Odisea,
Anfítrite siempre es metonimia del mar.
hayas visto con tus propios ojos o hayas escuchado el relato de algún caminante-; ¡digno de lástima lo
Según el mito, es una de las 50 hijas de
parió su madre! Y no endulces tus palabras por respeto ni piedad, antes bien cuéntame detalladamente
Nereo y Dóride y esposa de Poseidón. Cfr.
Hesiodo, Teogonía 243.
cómo llegaste a verlo. Te lo suplico si es que alguna vez mi padre, el noble Odiseo, te prometió algo y
te lo cumplió en el pueblo de los troyanos donde los aqueos sufríais penalidades. Acuérdate de esto
ahora y cuéntame la verdad.»
«Jamás quiso nadie igualársele en inteligencia, puesto que el divino Odiseo era muy superior en toda
clase de astucias, tu padre, si es que verdaderamente eres descendencia suya. (Al verte se apodera de
mí el asombro. En verdad vuestras palabras son parecidas y no se puede decir que un hombre joven
hable tan discretamente.)
«Jamás, durante todo el tiempo que estuvimos allí, hablábamos de diferente modo yo y el divino
Odiseo ni en la asamblea ni en el consejo, sino que teníamos un solo pensamiento, y con juicio y
prudente consejo mostrábamos a los aqueos cómo saldría todo mejor.
«Después, cuando habíamos saqueado la elevada ciudad de Príamo y embarcamos en las naves y la
divinidad dispersó a los aqueos, Zeus concibió en su mente un regreso lamentable para los argivos
porque no todos eran prudentes ni justos. Así que muchos de éstos fueron al encuentro de una
desgraciada muerte por causa de la funesta cólera de la de poderoso padre, de la de ojos brillantes que
asentó la Disensión entre ambos atridas. Convocaron éstos en asamblea a todos los aqueos,
insensatamente, a destiempo, cuando Helios se sumerge, y los hijos de los aqueos se presentaron
pesados por el vino, y les dijeron por qué habían reunido al ejército.
«Allí Menelao aconsejaba a todos los aqueos que pensaran en volver sobre el ancho lomo del mar.
Pero no agradó en absoluto a Agamenón, pues quería retener al pueblo y ejecutar sagradas hecatombes
para aplacar la tremenda cólera de Atenea. ¡Necio!, no sabía que no iba a persuadirla, que no se
doblega rápidamente la voluntad de los dioses que viven siempre. Así que los dos se pusieron en pie y
se contestaban con palabras agrias. Y los hijos de los aqueos de hermosas grebas se levantaron con un
vocerío sobrehumano: divididos en dos bandos les agradaba una a otra decisión.
«Pasamos la noche removiendo en nuestro interior maldades unos contra otros, pues ya Zeus Comentario
nos [SC58]: Pequeña isla
cercana a la Tróade, donde, según Virgilio
preparaba el azote de la desgracia. (Eneída, ll, 21 y ss.), los griegos se retiraron
«Al amanecer algunos arrastramos las naves hasta el divino mar y metimos nuestros botinesdolosamente
y las antes de la toma de Troya.
Constituye una primera etapa muy corta.
mujeres de profundas cinturas. La mitad del ejército permaneció allí, al lado del atrida Agamenón,
Comentario [SC59]: El epíteto
pastor de su pueblo, pero la otra mitad embarcamos y partimos. Nuestras naves navegaban muy aprisaamphielissas es convencional para las naves
-una divinidad había calmado el ponto que encierra grandes monstruos- y llegados a Ténedos y siempre ocupa los dos últimos metros del
hexámetro. Puede significar «que giran de
realizamos sacrificios a los dioses con el deseo de volver a casa. Pero Zeus no se preocupó aún uno yde
otro lado», es decir, «manejables» o
nuestro regreso. ¡Cruel! Él, que levantó por segunda vez agria disensión: unos dieron la vuelta bien
a sus
«curvadas por ambos lados». Me
inclino por el último, que es el significado
bien curvadas naves y retornaron con el prudente soberano Odiseo, el de pensamientos complicados, que se le atribuye tradicionalmente.
para dar satisfacción al atrida Agamenón, pero yo, con todas mis naves agrupadas, las que me seguían,
Comentario [SC60]: Diómedes
marché de allí porque barruntaba que la divinidad nos preparaba desgracias. Comentario [SC61]: Es el regreso
atravesando el Egeo desde Troya hasta la
Grecia continental. La alternativa es o
«También marchó el belicoso hijo de Tideo y arrastró consigo a sus compañeros y más tarde navegócruzar directamente a Eubea desde Lesbos
a nuestro lado el rubio Menelao -nos encontró en Lesbos cuando planeábamos el largo regreso: dejandooa la izquierda Psiría (hoy Psará) y
navegar por encima de la escabrosa Quios en dirección de la isla Psiría dejándola a la izquierda oQuíos,
bieno bien ir costeando entre Quíos y el
continente asiático y cruzar desde el sur de
esta isla pasando por Andros, etc.
por debajo de Quios junto al ventiscoso Mirnante. Pedimos a la divinidad que nos mostrara un
prodigio y enseguida ésta nos lo mostró y nos aconsejó cortar por la mitad del mar en dirección a
Eubea, para poder escapar rápidamente de la desgracia. Así que levantó, para que soplara, un sonoro
viento y las naves recorrieron con suma rapidez los pecillenos caminos. Durante la noche arribaron a
Comentario [SC62]: Promontorio al
Geresto y ofrecimos a Poseidón muchos muslos de toros por haber recorrido el gran mar. Era el cuarto
sureste de Eubea
día cuando los compañeros del tidida Diomedes, el domador de caballos, fondearon sus equilibradas
naves en Argos. Después yo me dirigí a Pilos y ya nunca se extinguió el viento desde que al principio
una divinidad lo envió para que soplara. Así llegué, hijo mío, sin enterarme, sin saber quiénes se
salvaron de los aqueos y quiénes perecieron, pero cuanto he oído sentado en mi palacio lo sabrás
Comentario [SC63]: Pueblo de Tesalia
-como es justo- y nada te ocultaré. Dicen que han llegado bien los mirmidones famosos por sus lanzas,
cuyo jefe era Aquiles.
a los que conducía el ilustre hijo del valeroso Aquiles y que llegó bien Filoctetes, el brillante hijo de
Poyante. Idomeneo condujo hasta Creta a todos sus compañeros, los que habían sobrevivido a la
guerra, y el mar no se le engulló a ninguno. En cuanto al Atrida, ya habéis oído vosotros mismos,
aunque estáis lejos, cómo llegó y cómo Egisto le había preparado una miserable muerte, aunque ya ha
pagado lamentablemente. ¡Qué bueno es que a un hombre muerto le quede un hijo! Pues aquél Comentariose ha [SC64]: Orestes
vengado del asesino de su padre, del tramposo Egisto, porque le había asesinado a su ilustre padre.
También tú, hijo -pues te veo vigoroso y bello-, sé fuerte para que cualquiera de tus descendientes
hable bien de. ti.»
«Y, entre tanto, Egisto planeó estas malvadas acciones en casa, y después de asesinar al Atrida, el
pueblo le estaba sometido. Siete años reinó sóbre la dorada Micenas, pero al octavo llegó de vuelta de
Atenas el divino Orestes para su mál y mató al asesino de su padre, a Egisto, al inventor de engaños,
porque había asesinado a su ilustre padre. Y después de matarlo dió a los argivos un banquete fúnebre
por su odiada madre y por el cobarde Egisto.
«Ese mismo día llegó Menelao, de recia voz guerrera, trayendo muchas riquezas, cuantas podían
soportar sus naves en peso.
«En cuanto a ti, amigo, no andes errante mucho tiempo lejos de tu casa, dejando tus posesiones y
hombres tan arrogantes en tu palacio, no sea que se lo repartan todos tus bienes y se los coman y
camines un viaje baldío. Antes bien, te aconsejo y exhorto a que vayas junto a Menelao, pues él está
recién llegado de otras regiones, de entre tales hombres de los que nunca soñaría poder regresar aquel a
quien los huracanes lo impulsen desde el principio hacia un mar tan grande que ni las aves son capaces
de recorrerlo en un año entero, puesto que es grande y terrorífico. Vamos, márchate con la nave y los
compañeros, pero si quieres ir por tierra tienes a tu disposición un carro y caballos y a la disposición
están mis hijos que te servirán de escolta hasta la divina Lacedemonia, donde está el rubio Menelao.
Ruégale para que te diga la verdad; mentira no te dirá, es muy discreto.»
Así habló, y Helios se sumergió y sobrevino la oscuridad.
Y les dijo la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Anciano, has hablado como te corresponde. Pero, vamos, cortad las lenguas y mezclad el vino para
que hagamos libaciones a Poseidón y a los demás inmortales y nos ocupemos de dormir, pues ya es
hora. Ya ha descendido la luz a la región de las sombras y no es bueno estar sentado mucho tiempo en
un banquete en honor de los dioses, sino regresar.»
Así habló la hija de Zeus y ellos prestaron atención a la que hablaba.
Y los heraldos derramaron agua sobre sus manos y los jóvenes coronaron de vino las cráteras y lo
repartieron entre todos haciendo una primera ofrenda, por orden, en las copas. Luego arrojaron las
lenguas al fuego y se pusieron en pie para hacer la libación.
Cuando hubieron libado y bebido cuanto su apetito les pedía, Atenea y Telémaco, semejante a un
dios, se pusieron en camino para volver a la cóncava nave. Pero Néstor todavía los retuvo tocándolos
con sus palabras:
«No permitirán Zeus y los demás dioses inmortales que volváis de mi casa a la rápida nave como de
casa de uno que carece por completo de ropas, o de un indigente que no tiene mantas ni abundantes
sábanas en casa ni un dormir blando para sí y para sus huéspedes. Que en mi casa hay mantas y
sábanas hermosas. No dormirá sobre los maderos de su nave el querido hijo de Odiseo mientras yo
viva y aún me queden hijos en el palacio para hospedar a mis huéspedes, quienquiera que sea el que
arribe a mi palacio.»
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, le dijo:
«Has hablado bien, anciano amigo. Sería conveniente que Telémaco te hiciera caso. Así, pues, él te
seguirá para dormir en tu palacio, pero yo marcharé a la negra nave para animar a los compañeros y
darles órdenes, pues me precio de ser el más anciano entre ellos. Y los demás nos siguen por amistad,
hombres jóvenes todos, de la misma edad que el valiente Telémaco. Yo dormiré en la cóncava, negra
nave, y al amanecer iré junto a los impetuosos caucones, dondé se me debe una deuda no de ahora Comentario
ni [SC69]: Tribu predaria que
probablemente estaba bajo el dominio de
pequeña, desde luego. Pilos (Heródoto, 1.147, los llama caucones
pilios). Estrabón los sitúa en Trifilia y Elide
(cfr. 7.7.1 y 8.3.11 y ss.)
«Tú, envíalo con un carro y un hijo tuyo, pues ha llegado a tu casa como huésped. Y dale caballos,
los que sean más veloces en la carrera y más excelentes en vigor.» .
Así hablando partió la de ojos brillantes, Atenea, tomando la forma del buitre barbado.
Y la admiración atenazó a todos los aqueos. Admiróse el anciano cuando lo vio con sus ojos y
Comentario [SC70]: Frase formular a
tomando la mano de Telémaco le dirigió su palabra y le llamó por su nombre. la que debería seguir un nombre propio y
«Amigo, no creo que llegues a ser débil ni cobarde si ya, tan joven, lo siguen los dioses quizá como creada en un contexto en el que
realmente seguía. Cuando nó sucede así,
escolta. Pues éste no era otro de entre los que ocupan las mansiones del Olimpo que la hija de Zeus,
como enla este caso, resulta extraña.
Comentario [SC71]: Dos epítetos
rapaz Tritogéneia, la que honraba también a tu noble padre entre los argivos. Soberana, séme propicia,
exclusivos de Atenea variamente
dame fama de nobleza a mí mismo, a mis hijos y a mi venerable esposa y a cambio yo te sacrificaré
interpretados desde la Antigüedad. Agelete
una cariancha novilla de un año, no domada, a la que jamás un hombre haya llevado bajo el yugo. puedeTeser «la que se lleva el botín» o «la
que conduce al ejército». Tritogéneia se
la sacrificaré rodeando de oro sus cuernos.» entendía como «nacida junto a la laguna
Así dirigió sus súplicas y Palas Atenea le escuchó. Y el de Gerenia, el caballero Néstor, condujo a
Tritón (Libia), el río Tritón (Arcadia) o
nacida de la cabeza» (de Zeus): tritó en
sus hijos y yernos hacia sus hermosas mansiones. eolio significa cabeza. P. Kretschmer
Cuando llegaron al palacio de este soberano se sentaron por orden en sillas y sillones y, una vezX, 1919, 38 y ss.) lo relaciona con
(Glotta
la palabra Tritopátores, «los padres
llegados, el anciano les mezcló una crátera de vino dulce al paladar que el ama de llaves abrió legítimos».
-a los
once años de estar cerrada- desatando la cubierta. El anciano mezcló una crátera de este vino y oró a
Atenea al hacer la libación, a la hija de Zeus el que lleva la égida.
Después, cuando hubieron hecho la libación y bebido cuanto les pedía su apetito, los parientes
marcharon cada uno a su casa para dormir. Pero a Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo, lo hizo
acostarse allí mismo el de Gerenia, el caballero Néstor, en un lecho taladrado bajo el sonoro pórtico. Y
a su lado hizo acostarse a Pisístrato de buena lanza de fresno, caudillo de guerreros, el que de sus hijos
permanecía todavía soltero en el palacio.
Néstor durmió en el centro de la elevada mansión y su señora esposa le preparó el lecho y la cama.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho el de
Gerenia, el caballero Néstor. Salió y se sentó sobre las pulimentadas piedras que tenía, blancas,
resplandecientes de aceite, delante de las elevadas puertas, sobre las que solía sentarse antes Neleo,
consejero de la talla de los dioses. Pero éste había ya marchado a Hades sometido por Ker, y entonces
se sentaba Néstor, el de Gerenia, el guardián de los aqueos, el que tenía el cetro.
Y sus hijos se congregaron en torno suyo cuando salieron de sus dormitorios, Equefrón y Estratio,
Perseo y Trasímedes semejante a un dios. A continuación llegó a ellos en sexto lugar el héroe
Pisístrato, y a su lado sentaron a Telémaco semejante a los dioses.
Y entre ellos comenzó a hablar el de Gerenia, el caballero Néstor:
«Hijos míos, llevad a cabo rápidamente mi deseo para que antes que a los demás dioses propicie a
Atenea, la que vino manifiestamente al abundante banquete en honor del dios. Vamos, que uno marche
a la llanura a por una novilla de modo que llegue lo antes posible: que la conduzca el boyero; que otro
marche a la negra nave del valiente Telémaco y traiga a todos los compañeros dejando sólo dos; que
otro ordene que se presente aquí Laerques, el que derrama el oro, para que derrame oro en torno a los
cuernos de la novilla. Los demás quedaos aquí reunidos y decid a las esclavas que dispongan un
banquete dentro del ilustre palacio; que traigan asientos y leña alrededor y brillante agua.»
Así habló, y al punto todos se apresuraron. Y llegó enseguida la novilla de la llanura y llegaron los
compañeros del valiente Telémaco de junto a la equilibrada nave; y llegó el broncero llevando en sus
manos las herramientas de bronce, perfección del arte: el yunque y el martillo y las bien labradas
tenazas con las que trabajaba el oro. Y llegó Atenea para asistir a los sacrificios.
El anciano, el cabalgador de caballos, Néstor, le entregó oro a Laerques, y éste lo trabajó y derramó
por los cuernos de la novilla para que la diosa se alegrara al ver la ofrenda. Y llevaron a la novilla por
los cuernos Estratio y el divino Equefrón; y Areto salió de su dormitorio llevándoles el agua-manos en
una vasija adornada con flores y en la otra llevaba la cebada tostada dentro de una cesta. Y
Trasímedes, el fuerte en la lucha, se presentó con una afilada hacha en la mano para herir a la novilla, y
Perseo sostenía el vaso para la sangre.
El anciano, el cabalgador de caballos, Néstor, comenzó las abluciones y la esparsión de la cebada
sobre el altar suplicando insitentemente a Atenea mientras realizaba el rito preliminar de arrojar al
fuego cabellos de su testuz.
Cuando acabaron de hacer las súplicas y la esparsión de la cebada, el hijo de Néstor, el muy valiente
Trasímedes, condujo a la novilla, se colocó cerca, y el hacha segó los tendones del cuello y debilitó la
fuerza de la novilla. Y lanzaron el grito ritual las hijas y nueras y la venerable esposa de Néstor,Comentario
Eurí- [SC72]: En gr. elolygé Es
palabra onomatopéyica y designa el grito
dice, la mayor de las hijas de Climeno. ritual, de júbilo de duelo según el contexto,
lanzado por las mujeres.
Luego levantaron a la novilla de la tierra de anchos caminos, la sostuvieron y al punto la degolló
Pisístrato, caudillo de guerreros.
Después que la oscura sangre le salió a chorros y el aliento abandonó sus huesos, la descuartizaron
enseguida, le cortaron las piernas según el rito, las cubrieron con grasa por ambos lados, haciéndolo en
dos capas y pusieron sobre ellas la carne cruda. Entonces el anciano las quemó sobre la leña y por
encima vertió rojo vino mientras los jóvenes cerca de él sostenían en sus manos tenedores de cinco
puntas.
Después que las piernas se habían consumido por completo y que habían gustado las entrañas
cortaron el resto en, pequeños trozos, lo ensartaron y lo asaron sosteniendo los puntiagudos tenedores
en sus manos.
Entre tanto, la linda Policasta lavaba a Telémaco, la más joven hija de Néstor, el hijo de Neleo.
Después que lo hubo lavado y ungido con aceite le rodeó el cuerpo con una túnica y un manto. Salió
Telémaco del baño, su cuerpo semejante a los inmortales, y fue a sentarse al lado de Néstor, pastor de
su pueblo. Luego que la parte superior de la carne estuvo asada, la sacaron y se sentaron a comer, y
unos jóvenes nobles se levantaron para escanciar el vino en copas de oro.
Después que arrojaron de sí el deseo de comida y bebida, comenzó a hablarles el de Gerenia, el
caballero Néstor:
«Hijos míos, vamos, traed a Telémaco caballos de hermosas crines y enganchadlos al carro para que
prosiga con rapidez su viaje.»
Así habló, y ellos le escucharon y le hicieron caso, y con diligencia engancharon al carro ligeros
corceles. Y la mujer, la ama de llaves, le preparó vino y provisiones como las que comen los reyes a
los que alimenta Zeus.
Enseguida ascendió Telémaco al hermoso carro, y a su lado subió el hijo de Néstor, Pisístrato, el
caudillo de guerreros. Empuñó las riendas y restalló el látigo para que partieran, y los dos caballos se
lanzaron de buena gana a la llanura abandonando la elevada ciudad de Pilos. Durante todo el día
agitaron el yugo sosteniéndolo por ambos lados.
Comentario [SC73]: Feras es la actual
Y Helios se sumergió y todos los caminos se llenaron de sombras cuando llegaron a Feras, al palacio
Kalamata y se encuentra exactamente a
de Diocles, el hijo de Ortíloco a quien Alfeo había engendrado. Allí durmieron aquella noche, puesmedioélcamino entre Pilos y Esparta. Se ha
les ofreció hospitalidad. discutido cómo es posible recorrer ese
camino en un solo dia, de pie sobre un carro
y atravesando el Taigeto. Ello es, sin
Y se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa; engancharon los caballos, subieron
embargo, irrelevante y no significa, desde
luego, que nuestro poeta desconociera la
al bien trabajado carro y salieron del pórtico y de la resonante galería. geografía del Peloponeso (cfr.
Restalló Pisístrato el látigo para que partieran, y los dos caballos se lanzaron de buena gana, y
Schmidt-Stáhlin, Griechitthe Literatur..,
pág. 122 y nota 3
llegaron a la llanura, a la que produce trigo, poniendo término a su viaje: ¡de tal manera lo llevaban los
veloces caballos!
Y se sumergió Helios y todos los caminos se llenaron de sombras.
CANTO IV
TELÉMACO VIAJA A ESPARTA
PARA INFORMASE SOBRE SU PADRE
Llegaron éstos a la cóncava y cavernosa Lacedemonia y se encaminaron al palacio del ilustre
Menelao. Lo encontraron con numerosos allegados, celebrando con un banquete la boda de su hijo e
ilustre hija. A su hija iba a enviarla al hijo de Aquiles, el que rompe las filas enemigas; que en Troya se
la ofreció por vez primera y prometió entregarla, y los dioses iban a llevarles a término las bodas.
Mandábale ir con caballos y carros a la muy ilustre ciudad de los mirmidones, sobre los cuales reinaba
aquél. A su hijo le entregaba como esposa la hija de Alector, procedente de Esparta. El vigoroso
Megapentes, su hijo, le había nacido muy querido de una esclava, que los dioses ya no dieron un hijo a
Helena luego que le hubo nacido el primer hijo la deseada Hermione, que poseía la hermosura de la
dorada Afrodita.
Conque se deleitaban y celebraban banquetes en el gran palacio de techo elevado los vecinos y
parientes del ilustre Menelao; un divino aedo les cantaba tocando la cítara, y dos volatineros giraban
en medio de ellos, dando comienzo a la danza.
Y los dos jóvenes, el héroe Telémaco y el ilustre hijo de Néstor se detuvieron y detuvieron los
caballos a la puerta del palacio. Violos el noble Eteoneo cuando salía, ágil servidor del ilustre
Menelao, y echó a andar por el palacio para comunicárselo al pastor de su pueblo. Y poniéndose junto
a él le dijo aladas palabras:
«Hay dos forasteros, Menelao, vástago de Zeus, dos mozos semejantes al linaje del gran Zeus. Dime
si desenganchamos sus rápidos caballos o les mandamos que vayan a casa de otro que los reciba
amistosamente.»
Y el rubio Menelao le dijo muy irritado:
«Antes no eras tan simple, Eteoneo, hijo de Boeto, mas ahora dices sandeces corno un niño. También
nosotros llegamos aquí, los dos, después de comer muchas veces por amor de la hospitalidad de otros
hombres. ¡Ojalá Zeus nos quite de la pobreza para el futuro! Desengancha los caballos de los foraste-
ros y hazlos entrar para que se les agasaje en la mesa». Comentario [SC74]: Es notable, pero
típicamente homérico, el que a partir de
aquí se olvide por completo el doble
Así dijo; salió aquél del palacio y llamó a otros diligentes servidores para que lo acompañaran. banquete de esponsales que Menelao está
ofreciendo a sus familiares y amigos. Tan
Desengancharon los caballos sudorosos bajo el yugo y los ataron a los pesebres, al lado pusieron pronto como Telémaco y Pisístrato entran
escanda y mezclaron blanca cebada; arrimaron los carros al muro resplandeciente e introdujeronenaellos palacio, ellos son los únicos huéspedes
forasteros en la divina morada. Estos, al observarlo, admirábanse del palacio del rey, vástago de yHelena.
acaparan toda la atención de Menelao y
Zeus; Algo parecido sucede con Odiseo
que había un resplandor como del sol o de la luna en el palacio de elevado techo del glorioso Menelao.
cuando entra en el palacio de Alcínoo,
Luego que se hubieron saciado de verlo con sus ojos, marcharon a unas bañeras bien pulidasaunque y seallía sus
despedir
éste tiene la precaución de
invitados (cfr. VII.226 y ss.)
lavaron. Y luego que las esclavas los hubieron ungido con aceite, les pusieron ropas de lana y mantos y
fueron a sentarse en sillas junto al Atrida Menelao. Y una esclava virtió agua de lavamanos que traía
en bello jarro de oro sobre fuente de plata y colocó al lado una pulida mesa. Y la venerable ama de
llaves trajo pan y sirvió la mesa colocando abundantes alimentos, favoreciéndoles entre los que
estaban presentes. Y el trinchador les sacó platos de carnes de todas clases y puso a su lado copas de
oro. Y mostrándoselos, decía el prudente Menelao:
«Comed y alegraos, que luego que os hayáis alimentado con estos manjares os preguntaremos
quiénes sois de los hombres. Pues sin duda el linaje de vuestros padres no se ha perdido, sino que sois
vástagos de reyes que llevan cetro de linaje divino, que los plebeyos no engendran mozos así.»
Así diciendo puso junto a ellos, asiéndolo con la mano, un grueso lomo asado de buey que le habían
ofrecido a él mismo como presente de honor. Echaron luego mano a los alimentos colocados delante, y
después que arrojaron el deseo de comida y bebida, Telémaco habló al hijo de Néstor acercando su
cabeza para que los demás no se enteraran:
«Observa, Nestórida grato a mi corazón, el resplandor de bronce en el resonante palacio, y el del oro,
Comentario [SC75]: Eléktron en griego
el eléctro, la plata y el marfil. Seguro que es así por dentro el palacio de Zeus Olímpico. ¡Cuántas
significa habitualmente «ámbar», pero
cosas inefables!, el asombro me atenaza al verlas.» también designa una aleación de oro y plata
El rubio Menelao se percató de lo que decía y habló aladas palabras: que, dado el contexto inmediato, es lo que
aquí debe ser.
Hijos míos, ninguno de los mortales podría competir con Zeus, pues son inmortales su casa y
posesiones; pero de los hombres quizá alguno podría competir conmigo -o quizá no- en riquezas; las
he traído en mis naves -y llegué al octavo año- después de haber padecido mucho y andar errante
mucho tiempo. Errante anduve por Chipre, Fenicia y Egipto; llegué a los etiopes, a los sidonios, a los
erembos y a Libia, donde los corderos enseguida crían cuernos, pues las ovejas paren tres veces Comentario
en un [SC76]: Es el único pasaje
donde se alude a este curioso pueblo que,
solo año. Ni amo ni pastor andan allí faltos de queso ni de carne, ni de dulce leche, pues siemprepor
están
la semejanza del nombre, muy bien
dispuestas para dar abundante leche. Mientras andaba yo errante por allí, reuniendo muchas riquezas,
podrían ser los árabes, como conjetura
Estrabón (cfr. 1.2.31 y ss.), quizá basándose
otro mató a mi hermano a escondidas, sin que se percatara, con el engaño de su funesta esposa. Así quecorrección de Zenón el alejandrino.
en una
reino sin alegría sobre estas riquezas. Ya habréis oído esto de vuestros padres, quienes quiera que sean,
pues sufrí muy mucho y destruí un palacio muy agradable para vivir que contenía muchos y valiosos
bienes. ¡Ojalá habitara yo mi palacio aún con un tercio de éstos, pero estuvieran sanos y salvos los
hombres que murieron en la ancha Troya lejos de Argos, criadora de caballos. Y aunque lloro y me
aflijo a menudo por todos en mi palacio, unas veces deleito mi ánimo con el llanto y otras descanso,
que pronto trae cansancio el frío llanto. Mas no me lamento tanto por ninguno, aunque me aflija, Comentario
como [SC77]: Homero llama
por uno que me amarga el sueño y la comida al recordarlo, pues ninguno de los aqueos sufrió«frío» tanto(quizá «que híelan») al llanto con
gemidos (góos), cfr. también XI.212. Sin
como Odiseo sufrió y emprendió. Para él habían de ser las preocupaciones, para mí el dolor siempre embargo, a las lágrimas suele calificarlas
insoportable por aquél, pues está lejos desde hace tiempo y no sabemos si vive o ha muerto. Sincomo duda «calientes», .fr. IV.533, XIX.362,
XXIV.4G.
lo lloran el anciano Laertes y la discreta Penélope y Telémaco, a quien dejó en casa recién nacido.»
Así dijo y provocó en Telémaco el deseo de llorar por su padre. Cayó a tierra una lágrima de sus
párpados al oír hablar de éste, y sujetó ante sus ojos el purpúreo manto con las manos.
Menelao se percató de ello, y dudaba en su mente y en su corazón si dejarle que recordara a su padre
o indagar él primero y probarlo en cada cosa en particular. En tanto que agitaba esto en su mente y en
su corazón, salió Helena de su perfumada estancia de elevado techo semejante a Afrodita, la de rueca
de oro.
Colocó Adrastra junto a ella un sillón bien trabajado, y Alcipe trajo un tapete de suave lana. También
trajo Filo la canastilla de plata que le había dado Alcandra, mujer de Pólibo, quien habitaba en Tebas la
de Egipto, donde las casas guardan muchos tesoros. (Dio Pólibo a Menelao dos bañeras de plata, dos
trípodes y diez talentos de oro. Y aparte, su esposa hizo a Helena bellos obsequios: le regaló una rueca
de oro v una canastilla sostenida por ruedas de plata, sus bordes terminados con oro.) Ofreciósela,
pues, Filo, llena de hilo trabajado, y sobre él se extendía un huso con lana de color violeta. Y se sentó
en la silla y a sus pies tenía un escabel. Y luego preguntó a su esposo, con su palabra, cada detalle:
«¿Sabemos ya, Menelao, vástago de Zeus, quiénes de los hombres se precian de ser éstos que han
llegado a nuestra casa? ¿Me engañaré o será cierto lo que voy a decir? El ánimo me lo manda. Y es
que creo que nunca vi a nadie tan semejante, hombre o mujer (¡el asombro me atenaza al
contemplarlo!), como éste se parece al magnífico hijo de Odiseo, a Telémaco, a quien aquel hombre
dejó recién nacido en casa cuando los aqueos marchasteis a Troya por causa de mí, ¡desvergonzada!,
para llevar la guerra.»
Y el rubio Menelao le contestó diciendo:
«También pienso yo ahora, mujer, tal como lo imaginas, pues tales eran los pies y las manos de
aquél, y las miradas de sus ojos, y la cabeza y por encima los largos cabellos. Así que, al recordarme a
Odiseo, he referido ahora cuánto sufrió y se fatigó aquél por mí. Y él vertía espeso llanto de debajo de
sus cejas sujetando con las manos el purpúreo manto ante sus ojos.»
Y luego Pisístrato, el hijo de Néstor, le dijo:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, en verdad éste es el hijo de aquél, tal como
dices, pero es prudente y se avergüenza en su ánimo de decir palabras descaradas al venir por primera
vez ante ti, cuya voz nos cumple como la de un dios.
«Néstor me ha enviado, el caballero de Gerenia, para seguirlo como acompañante, pues deseaba
verte a fin de que le sugirieras una palabra o una obra. Pues muchos pesares tiene en palacio el hijo de
un padre ausente si no tiene otros defensores como le sucede a Telémaco. Ausentóse su padre y no hay
otros defensores entre el pueblo que lo aparten de la desgracia.»
Y el rubio Menelao contestó y dijo a éste:
«!Ay!, ha venido a mi casa el hijo del querido hombre que por mí padeció muchas pruebas. Pensaba
estimarlo por encima de los demás argivos cuando volviera, si es que Zeus Olímpico, el que ve a lo
ancho, nos concedía a los dos regresar en las veloces naves. Le habría dado como residencia una
ciudad en Argos y lé habría edificado un palacio trayéndolo desde Itaca con sus bienes, su hijo y todo
el pueblo, después de despoblar una sola ciudad de las que se encuentran en las cercanías y son ahora
gobernadas por mí. Sin duda nos habríamos reunido con frecuencia estando aquí y nada nos habría
separado en siendo amigos y estando contentos, hasta que la negra nube de la muerte nos hubiera
envuelto. Pero debía envidiarlo el dios que ha hecho a aquel desdichado el único que no puede
regresar.»
Así dijo y despertó en todos el deseo de llorar. Lloraba la argiva Helena, nacida de Zeus, y lloraba
Telémaco y el Atrida Menelao. Tampoco el hijo de Néstor tenía sus ojos sin llanto, pues recordaba en
su interior al irreprochable Antíloco, a quien mató el ilustre hijo de la resplandeciente Eos. Y acor-
dándose de él dijo aladas palabras:
«Atrida, decía el anciano Néstor cuando lo mentábamos en su palacio, y conversábamos entre
nosotros, que eres muy sensato entre los mortales. Conque ahora, si es posible, préstame atención. A
mí no me cumple lamentarme después de la cena, pero va a llegar Eos, la que nace de la mañana. No
me importará entonces llorar a quien de los mortales haya perecido y arrastrado su destino. Esta es la
única honra para los miserables mortales, que se corten el cabello y dejen caer las lágrimas por sus
mejillas. Pues también murió un mi hermano que no era el peor de los argivos -tú debes saberlo, pues
yo ni fui ni lo vi-, y dicen que era Antíloco superior a los demás, rápido en la carrera y luchador.»
Y le contestó y dijo el rubio Menelao:
«Amigo, has hablado como hablaría y obraría un hombre sensato y que tuviera más edad que tú. Eres
hijo de tal padre porque también tú hablas prudentemente. Es fácil de reconocer la descendencia del
hombre a quien el Cronida concede felicidad cuando se casa o cuando nace, como ahora ha concedido
a Néstor envejecer cada día tranquilamente en su palacio y que sus hijos sean prudentes y los mejores
con la lanza. Mas dejemos el llanto que se nos ha venido antes y pensemos de nuevo en la cena; y que
viertan agua para las manos. Que Telémaco y yo tendremos unas palabras al amanecer para conversar
entre nosotros.»
Así dijo, y Asfalión vertió agua sobre sus manos, rápido servidor del ilusre Menelao; y ellos echaron
mano de los alimentos que tenían preparados delante.
Entonces Helena, nacida de Zeus, pensó otra cosa: al pronto echó en el vino del que bebían una
droga para disipar el dolor y aplacadora de la cólera que hacía echar a olvido todos los males. Quien la
tomara después de mezclada en la crátera, no derramaría lágrimas por las mejillas durante un día, ni
aunque hubieran muerto su padre y su madre o mataran ante sus ojos con el bronce a su hermano o a
su hijo. Tales drogas ingeniosas tenía la hija de Zeus, y excelentes, las que le había dado Polidamna,
esposa de Ton, la egipcia, cuya fértil tierra produce muchísimas drogas, y después de mezclarlas Comentario [SC78]: Una vez más se
revela el impacto que produjeron en la
muchas son buenas y muchas perniciosas; y allí cada uno es médico que sobresale sobre todos Grecialosarcaica los primeros contactos con el
hombres, pues es vástago de Peón. Así pues, luego que echó la droga ordenó que se escanciara vino Egipto dede Psamético I. Aquí alude a un
hecho que, por fuerza, tuvieron que
nuevo; y contestó y dijo su palabra: observar los griegos desde el primer
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, y vosotros, hijos de hombres nobles. En verdad el dios Zeus nos el predominio de la Magia en
momento:
aquel misterioso país.
concede unas veces bienes y otras males, pues lo puede todo. Comed ahora sentados en el palacio y
deleitaos con palabras, que yo voy a haceros un relato oportuno. Yo no podría contar ni enumerar
todos los trabajos de Odiseo el sufridor, pero sí esto que realizó y soportó el animoso varón en el
pueblo de los troyanos donde los aqueos padecisteis penalidades: infligiéndose a sí mismo vergonzosas
heridas y echándose por los hombros ropas miserables, se introdujo como un siervo en la ciudad de
anchas calles de sus enemigos. Así que ocultándose, se parecía a otro varón, a un mendigo, quien Comentario
no [SC79]: En gr. déktēi. Hay
editores que lo interpretan como nombre
era tal en las naves de los aqueos. Y como tal se introdujo en la ciudad de los troyanos, pero ninguno
propio, Dektes, siguiendo al poeta de la
de ellos le hizo caso; sólo yo lo reconocí e interrogué, y él me evitaba con astucia. Sólo cuando loIlias
hubeParva. Sin embargo, Aristarco lo
interpretaba como nombre común,
lavado y arreglado con aceite, puesto un vestido y jurado con firme juramento que no lo descubriría sinónimo de epaitēt (mendigo). Parece
entre los troyanos hasta que llegara a las rápidas naves y a las tiendas, me manifestó Odiseo todo el que todo este punto sea un doblete
probable
anterior, por lo que déktēi es el paralelo
plan de los aqueos. Y después de matar a muchos troyanos con afilado bronce, marchó juntodel a los
de aikēi en la frase anterior.
argivos llevándose abundante información. Entonces las troyanas rompieron a llorar con fuerza, mas
mi corazón se alegraba, porque ya ansiaba regresar rápidamente a mi casa y lamentaba la obcecación
que me otorgó Afrodita cuando me condujo allí lejos de mi patria, alejándome de mi hija, de mi cama
y de mi marido, que no es inferior a nadie ni en juicio ni en porte.»
Así dijo, y la argiva Helena ordenó a las esclavas colocar camas bajo el pórtico y disponer hermosas
Comentario [SC82]: Se refiere aquí no
mantas de púrpura, extender por encima colchas y sobre ellas ropas de lana para cubrirse. Así que del palacio en general, sino al
al vestíbulo
del mégaron (cfr. nota 29), donde duerme,
salieron de la sala sosteniendo antorchas en sus manos y prepararon las camas. Y un heraldo condujo a
por ejemplo, Odiseo en XX.1 y ss. Otras
los huéspedes. Acostáronse allí mismo, en el vestíbulo de la casa, el héroe Telémaco y el ilustre hijo
vecesdese extiende para los huéspedes un
Néstor. El Atrida durmió en el interior del magnífico palacio y Helena, de largo peplo, se acostólecho
juntoen el pórtico (aithousa) como en
III.399. Aunque son dos partes diferentes
a él, la divina entre las mujeres. del mégaron, aquí parece confundirlas el
poeta, ya que un poco mas arriba (v. 297)
Helena ordenaba poner camas «bajo el
pórtico».
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana , la de dedos de rosa, Menelao, el de recia voz
Comentario [SC83]: Los vv. 322-31
guerrera, se levantó del lecho, vistió sus vestidos, colgó de su hombro la aguda espada y bajo sussonpies
repetición de III.92-101.
brillantes como el aceite calzó hermosas sandalias. Luego se puso en marcha, salió del dormitorio Comentario [SC84]: Sobre las
comparaciones homéricas en general, es ya
semejante de frente a un dios y se sentó junto a Telémaco, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
clásico el libro de H. Frrattkel Die
«¿Qué necesidad lo trajo aquí, héroe Telémaco, a la divina Lacedemonia, sobre el ancho lomo del Geichmisse, Góttingen, 1921.
homerischen
mar? ¿Es un asunto público o privado? Dímelo sinceramente.» Más recientes son R. Hamp, Die Gkichmitse
Homers and die Bildkuntt seiner Zeit,
Y Telémaco le contestó discretamente: Tübingen, 1952, y D. J. N. Lee, The Similes
of the Ilíad and the Odyssey compared,
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de hombre, he venido por si podías darme alguna noticia
Melbourne, 1964.
sobre mi padre. Se consume mi casa y mis ricos campos se pierden; el palacio está lleno de hombres
Comentario [SC85]: Filomeleides era
malvados que continuamente degüellan gordas ovejas y cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas, los
un rey de Lesbos que, según la leyenda,
pretendientes de mi madre, que tienen una arrogancia insolente. Por esto me llego ahora a tus rodillas,
retaba a todos los extranjeros. De acuerdo
con una noticia de Helánico (Fragm. Gr.
por si quieres contarme su luctuosa muerte, la hayas visto con tus propios ojos o hayas escuchado Hút. 4elF 150), Odiseo y Diomedes lo
relato de algún caminante; digno de lástima más que nadie lo parió su madre. Y no endulces tuscon engaño. Ignoramos si se basa
mataron
en este pasaje o no.
palabras por respeto ni piedad; antes bien, cuéntame detalladamente cómo llegaste a verlo. Te lo
Comentario [SC86]: Cfr. I.255-66. En
suplico, si es que alguna vez mi padre, el noble Odiseo, lo prometió y cumplió alguna palabra o alguna
ambos casos se expresa el deseo de que
obra en el pueblo de los troyanos, donde los aqueos sufristeis penalidades. Acuérdate de esto ahora
Odiseoy se enfrente con los pretendientes,
pero mientras en el canto I se alude sólo al
cuéntame la verdad». atuendo del héroe, aquí se recuerda más
Y le contestó irritado el rubio Menelao: concretamente un hecho victorioso del
mismo.
«¡Ay, ay, conque quieren dormir en el lecho de un hombre intrépido quienes son cobardes! Como
una cierva acuesta a sus dos recién nacidos cervatillos en la cueva de un fuerte león y mientras Comentario
sale a
90.
[SC87]: Proteo, cfr. nota
buscar pasto en las laderas y los herbosos valles, aquél regresa a su guarida y da vergonzosa muerte a
Comentario [SC88]: Es el islote, a una
ambos, así Odiseo dará vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo, ojalá quemilla fuerade Alejandría, donde se construyó el
como cuando en la bien construida Lesbos se levantó para disputar y luchó con Filomeleides, célebreloFaro, convertido desde entonces en
nombre común en todas las lenguas cultas.
derribó violentamente y todos los aqueos se alegraron! Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo
Hoy se piensa que el nombre es una
con los pretendientes: corto el destino de todos sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que me al griego del egipcio Pr-Hr,
adaptación
«casa deHorus», cfr. H. Gauthier,
preguntas y suplicas, no querría apartarme de la verdad y engañarte. Conque no lo ocultaré ni guardaré
Dictionaire des noms géographiques, II, El
secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano del mar. Cairo, 1925. La localización de este islote a
gran distancia de Egipto demuestra que las
ideas del poeta de la Odisea sobre este país
«Los dioses me retuvieron en Egipto, aunque ansiaba regresar aquí, por no realizar hecatombesson más bien vagas. Sin embargo, R.
Carpenter, ob. cit., págs. 98 y ss., lo explica
perfectas; que siempre quieren los dioses que nos acordemos de sus órdenes. Hay una isla en el diciendo
ponto que hasta finales del siglo VII los
de agitadas olas delante de Egipto -la llaman Faro-,tan lejos cuanto una cóncava nave puede recorrer
griegos desconocían la rama canópica del
delta del Nilo y entraban en, Egipto por la
en un día si sopla por detrás sonoro viento, y un puerto de buen fondeadero de donde echan al mar las que desemboca en Rosetta.
bolbinítica
equilibradas naves, luego de sacar negra agua. Retuviéronme allí los dioses veinte días, y no aparecían
Comentario [SC89]: Sobre esta diosa
los vientos que soplan favorables, los que conducen a la naves sobre el ancho lomo del mar. Todos "quelos
toma formas» (como su padre), no
sabemos más que lo que aquí se dice. El
víveres y el vigor de mis hombres se habría acabado a no ser que una de las diosas se hubiera que para ayudar a un extranjero, del que se
compadecido y sentido piedad de mí, Idoteas, la hija del valiente Proteo, el anciano de los mares,enamora,
pues una hija traicione a su padre es un
motivo muy común de folklore. Homero
la conmovió el ánimo. Encontróse conmigo cuando vagaba solo lejos de mis compañeros elimina como siempre el motivo erótico.
(continuamente vagaban éstos por la isla pescando con curvos anzuelos, pues el hambre retorcía sus
Comentario [SC90]: Proteo no aparece
estómagos), y acercándose me dijo estas palabras: "¿Eres así de simple y atontado, forastero, o te en
aban-
las genealogías de Hesiodo, donde los
dioses marinos son Nereo y Forcis.
donas de buen grado y gozas padeciendo males?, puesto que permaneces en la isla desde hace tiempo Probablemente pertenece al folklore
sin poder hallar remedio y se consume el ánimo de tus compañeros." Así dijo, y yo le contesté: "Te aunque se le hace entrar en el
mediterráneo,
círculo de estas divinidades como «siervo
diré, quienquiera que seas de las diosas, que no estoy detenido de buen grado; que debo haber faltado a
de Poseidón». La primera noticia que de él
los inmortales que poseen el ancho cielo. Pero dime tú, pues los dioses lo saben todo, quién detenemos
elloses ésta. Después Heródoto lo
convertirá en un rey egipcio, antecesor de
me detiene y aparta de mi camino, y cómo llevaré a cabo el regreso a través del ponto rico en peces."
Rampsinito, que recibió a Paris y Helena
Así dije, y ella, la divina entre las diosas, me respondió luego: "Forastero, te voy a informar(cfr. muy
3.112-19). Heródoto a su vez se basó
probablemente en Estesícoro (cfr. Fr. 193.1
sinceramente. Viene aquí con frecuencia el veraz anciano del mar, el inmortal Proteo egipcio, que
G Page) para el cual Proteo era ya el rey de
Egipto con quien permaneció Helena ...
conoce las profundidades de todo el mar, siérvo de Poseidón y -dicen que él me engendró y es mi
padre. Si tú pudieras apresarlo de alguna manera, poniéndote al acecho, él lo diría el camino, la
extensión de la ruta y cómo llevarás a cabo el regreso a través del ponto rico en peces. Y también lo
diría, vástago de Zeus, si es que lo deseas, lo bueno y lo malo que ha sucedido en tu palacio después
que emprendiste este viaje largo y difícil." Así dijo, y yo le contesté y dije: "Sugiéreme tú misma una
emboscada contra el divino anciano a fin de que no me rehúya si me conoce y se da cuenta de ante
mano, pues es difícil para un hombre mortal sujetar a un dios." Así dije, y ella, la divina entre las
diosas, me respondió luego: "Yo lo diré esto muy sinceramente. Cuando el sol va por el centro del
cielo, el veraz anciano marino sale del mar con el soplo de Céfiro, oculto por el negro encrestamiento
de las olas. Una vez fuera, se acuesta en honda gruta y a su alrededor duermen apiñadas las focas,
descendientes de la hermosa Halosidne, que salen del canoso mar exhalando el amargo olor de Comentario
las [SC91]: Es propiamente
un epíteto de Anfitrite (cfr. nota 56),
profundidades marinas. Yo lo conduciré allí al despuntar la aurora, lo acostaré enseguida y escogerás
aunque aen Ilíada, XX.207 aparece junto al
tres compañeros, a los mejores de tus naves de buenos bancos. Te diré todas las argucias denombre estede Tetis, otra diosa marina. En su
etimología, no muy clara, podrían estar las
anciano: primero contará y pasará revista a las focas y cuando las haya contado y visto todas, raícesse
de las palabras que significan «mar»
acostará en medio de ellas como el pastor de un rebaño de ovejas. Tan pronto como lo yveáis «agua»
durmiendo, poned a prueba vuestra fuerza y vigor y retenedlo allí mismo, aunque trate de huir ansioso
y precipitado. Intentará tornarse en todos los reptiles que hay sobre la tierra, así como en agua y en
violento fuego. Pero vosotros retenedlo con firmeza y apretad más fuerte. Y cuando él lo pregunte,
volviendo a mostrarse tal como lo visteis durmiendo, abstente de la violencia y suelta al anciano. Y
pregúntale cuál de los dioses lo maltrata y cómo llevarás a cabo el regreso a través del ponto rico en
peces."
Habiendo hablado así, se sumergió en el ponto alborotado y yo marché hacia las naves que se
encontraban en la arena. Y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchos pensamientos. Pero una vez
que llegué a las naves y al mar, preparamos la cena y se nos vino la divina noche. Entonces nos
acostamos en la ribera del mar.
«Tan pronto como apuntó la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, me marché luego a la orilla
del mar, el de anchos caminos, suplicando mucho a los dioses. Y llevé tres compañeros en los que más
fiaba para empresas de toda suerte.
«Entre tanto, Idotea, que se había sumergido en el ancho seno del mar, sacó cuatro pieles de foca del
ponto, todas ellas recién desolladas, pues había ideado un engaño contra su padre: había cavado hoyos
en la arena del mar y se sentó para esperar. Nosotros llegamos muy cerca de ella, nos acostó en fila y
echó sobre cada uno una piel. La emboscada era angustiosa, pues nos atormentaba terriblemente el
mortífero olor de las focas criadas en el mar. Pues ¿quién se acostaría junto a un monstruo marino?
Pero ella nos salvó y nos dio un gran remedio: colocó a cada uno debajo de la nariz ambrosía que
despedía un muy agradable olor y acabó con la fetidez del monstruo. Esperamos toda la mañana con
ánimo resignado y las focas salieron del mar apiñadas y se tendieron en fila sobre la ribera. El anciano
salió del mar al mediodía y encontró a las rollizas focas, pasó revista a todas y contó el número. Nos
contó los primeros entre los monstruos, pero no se percató su ánimo de que había engaño. A
continuación se acostó también él. Conque nos lanzamos gritando y le echamos mano. El anciano no
se olvidó de sus engañosas artes, y primero se convirtió en melenudo león, en dragón, en pantera, en
gran jabalí; también se convirtió en fluida agua y en árbol de frondosa copa, mas nosotros lo
reteníamos con fuerte coraje. Y cuando el artero anciano estaba ya fastidiado me preguntó y me dijo:
"Quién de los dioses, hijo de Atreo, te aconsejó para que me apresaras contra mi voluntad tendiéndome
emboscada? ¿Qué necesitas de mí?" Así dijo, y yo le contesté y dije: "Sabes anciano (¿por qué me
dices esto intentando engañarme?) que tiempo ha que estoy retenido en esta isla sin poder hallar
remedio y mi corazón se me consume dentro. Pero dime -puesto que los dioses lo saben todo- quién de
los inmortales me detiene y aparta de mi camino y cómo llevaré a cabo el regreso a través del ponto
rico en peces." Así dije, y al punto me contestó y dijo: "Debieras haber hecho al embarcar hermosos
sacrificios a Zeus y a los demás dioses que poseen el ancho cielo para llegar a tu patria navegando
sobre el ponto rojo como el vino. No creo que tu destino sea ver a los tuyos y llegar a tu bien edificada
Comentario [SC92]: Es decir, «nacido
casa y a tu patria hasta que vuelvas a recorrer las aguas del Egipto, río nacido de Zeus y sacrifiques
de la lluvia». En Homero, Egipto es
sagradas hecatombes a los dioses inmortales que poseen el ancho cielo. Entonces los dioses te
primariamente el rio Nilo (nombre
concederán el camino que tanto deseas." Así dijo y se me conmovió el corazón, pues me mandabadesconocido
ir de para él) y sólo
nuevo a Egipto a través del ponto, sombrío camino, largó y difícil. Pero aun así le contesté y lesecundariamente
dije: el país.
"Anciano, haré como mandas. Pero, vamos, dime e infórmame con verdad si llegaron sanos y salvos
todos los aqueos que Néstor y yo dejamos cuando partimos de Troya o murió alguno de cruel muerte
en su nave o a manos de los suyos después de soportar la guerra laboriosa." Así dije, y él me contestó y
dijo: "¡Atrida!, ¿por qué me preguntas esto? No te es necesario saberlo ni conocer mi pensamiento. Te
aseguro que no estarás mucho tiempo sin llanto luego que te enteres de todo, pues muchos de ellos
murieron y muchos han sobrevivido. Sólo dos jefes de los aqueos que visten bronce murieron en el
regreso (pues tú mismo asististe a la guerra); y uno que vive aún está retenido en el vasto ponto.
Ayante pereció junto con sus naves de largos remos: primero lo arrimó Poseidón a las grandes rocas Comentario
de [SC93]: Es Ayante hijo de
Oileo, que intentó violar a Casandra en el
Girea y lo salvó del mar, y habría escapado de la muerte, aunque odiado de Atenea, si no hubiera templo de Atenea tras la toma de Troya.
pronunciado una palabra orgullosa y se hubiera obcecado grandemente. Dijo que escaparía alEste gran
sacrilegio es la causa última, nunca
abismo del mar contra la voluntad de los dioses. Poseidón le oyó hablar orgullosamentealudida y aen Odúea
accidentado
por conocida, del regreso
de los griegos.
continuación, cogiendo con sus manos el tridente, golpeó la roca Girea y la dividió: una parte quedo
Comentario [SC94]: Según los
allí, pero se desplomó en el ponto el trozo sobre el que Ayante, sentado desde el principio, escoliastas,
había estas rocas se sitúan entre
Míconos y Tenos, lo que indica que el
incurrido en gran cegazón; y lo arrastró hacia el inmenso y alborotado ponto. Así pereció después de
itinerario de Ayante es, a diferencia del
beber la salobre agua. resto, a través de las Cícladas.
Comentario [SC95]: Ayante vuelve a
«"También tu hermano escapó a la maldición de Zeus y huyó en las cóncavas naves, pues lo salvó laen hybris (insolencia sacrílega) por
incurrir
segunda vez retando a los dioses. Ello
venerable Hera. Mas cuando estaba a punto de llegar al escarpado monte de Malea, arrebatólo una
explica su obcecación (átē).
tempestad que lo llevó gimiendo penosamente por el ponto rico en peces. hasta un extremo del campo
donde en otro tiempo habitó Tiestes; mas entonces la habitaba Egisto, el hijo de Tiestes. Así que
cuando, una vez allí, le parecía feliz el regreso y los dioses cambiaron el viento y llegaron a sus casas,
entonces tu hermano pisó alegre su tierra patria: tocaba y besaba la tierra y le caían muchas ardientes
lágrimas cuando contemplaba con júbilo su tierra. Pero lo vio desde una atalaya el vigilante que había
puesto allí el tramposo Egisto (le había ofrecido en recompensa dos talentos de oro). Vigilaba éste
desde hacía un año, para que no le pasara inadvertido si llegaba y recordara su impetuosa fuerza. Y
marchó a palacio para dar la noticia al pastor de su pueblo. Y enseguida Egisto tramó una engañosa
trampa: eligiendo los veinte mejores hombres entre el pueblo, los puso en emboscada y luego mandó
preparar un banquete en otra parte, y marchó a llamar a Agamenón, pastor de su pueblo, con caballos y
carros meditando obras indignas. Condújolo, desconocedor de su muerte, y mientras lo agasajaba lo
mató como se mata a un buey en el pesebre. No quedó vivo ninguno de los compañeros del Atrida que
lo acompañaban, ni ninguno de Egisto, que todos fueron muertos en el palacio."
«Así dijo, y se me conmovió el corazón; lloraba sentado en la arena, y mi corazón no quería vivir ya
ni ver la luz del sol. Y después que me harté de llorar y agitarme me dijo el veraz anciano del mar: "No
llores, hijo de Atreo, mucho tiempo y sin cesar, puesto que así no hallaremos ningún remedio. Conque
trata de volver a tu patria rápidamente, pues o lo encontrarás aún vivo o bien Orestes lo habrá matado
adelantándose y tú puedes estar presente a sus funerales." Así dijo, y mi corazón y ánimo valeroso se
caldearon de nuevo en mi pecho, aunque estaba afligido. Y le hablé y le dije aladas palabras: "De éstos
ya sé ahora. Nómbrame, pues, al tercer hombre, el que, aún vivo, está retenido en el vasto ponto o está
ya muerto. Pues aunque afligido quiero oírlo." Así le dije, y él al punto me contestó y me dijo: "El hijo
de Laertes que habita en Itaca. Lo vi en una isla derramando abundante llanto, en el palacio de la ninfa
Calipso, que lo retiene por la fuerza. No puede regresar a su tierra, pues no tiene naves provistas de
remos ni compañeros que lo acompañen por el ancho lomo del mar. Respecto a ti, Menelao, vástago de
Zeus, no está determinado por los dioses que mueras en Argos, criadora de caballos, enfrentándote con
Comentario
tu destino, sino que los inmortales lo enviarán a la llanura Elisia, al extremo de la tierra, donde está el [SC96]: Elysion es una
palabra formada, por falso corte, del
rubio Radamanto. Allí la vida de los hombres es más cómoda, no hay nevadas y el invierno adjetivo no esemelysios que significa «golpeado
largo; tampoco hay lluvias, sino que Océano deja siempre paso a los soplos de Céfiro que por sopla
el rayo» y, por tanto, sacralizado como
todo lo que toca el rayo de Zeus. A partir de
sonoramente para refrescar a los hombres. Porque tienes por esposa a Helena y para ellos eres yerno deconviette en un lugar semejante a
aquí se
Zeus." las «Islas de los Bienaventurados» (cfr.
Hesiodo, Trabajor..., 167 y ss.), donde van
todos los héroes de la cuarta generación. El
«Y hablando así, se sumergió en el alborotado ponto. Yo enfilé hacia las naves con mis divinos
Elíseo, en cambio, es más restrictivo: Ho-
mero sólo registra la presencia de
compañeros, y mientras caminaba, mi corazón agitaba muchas cosas; y luego que llegamos a la nave y y la futura de Menelaó. La des-
Radamante
al mar, preparamos la cena y se nos echó encima la divina noche; así que nos acostamos en la cripción
riberade este paraíso es muy similar a la
del Olimpo, cfr. VI.43-5
del mar.
Comentario [SC97]: Océano es, en la
«Y cuando apareció Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, en primer lugar lanzamos al
concepción geográfica arcaica, un río
mar divino las naves y colocamos los mástiles y velas en las proporcionadas naves y todos se fueroncircularaque rodea la tierra. En la
concepción mítica es, junto con Tetis su
sentar en los bancos; y sentados en fila, batían el canoso mar con los remos. esposa, el padre de todos los ríos.
«Detuve las naves en el Egipto, río nacido de Zeus, e hice perfectas hecatombes. Y cuando había
Comentario [SC98]: Se entiende, «para
puesto fin a la cólera de los dioses que existen siempre, levanté un túmulo a Agamenón para que su
los inmortales» -palabra que aparece al
gloria sea inextinguible. comienzo de la descripción del Elisio (v.
564).
«Acabado esto, partí, y los inmortales me concedieron viento favorable y rápidamente me
devolvieron a mi tierra. Pero, vamos, permanece ahora en mi palacio, hasta que llegue el undécimo o el
duodécimo día. Entonces te despediré y te daré como espléndidos regalos tres caballos y un carro bien
trabajado; también te daré una hermosa copa para que hagas libaciones a los dioses inmortales y te
acuerdes de mí todos los días.»
Y a su vez, Telémaco le contestó discretamente:
«¡Atrida!, no me retengas aquí durante mucho tiempo, pues yo permanecería un año junto a ti sin que
me atenazara la nostalgia de mi casa ni de mis padres, que me cumple sobremanera escuchar tus
relatos y palabras. Pero ya mis compañeros estarán disgustados en la divina Pilos y tú me retienes aquí
hace tiempo. Que el regalo que me des sea un objeto que se pueda conservar. Los caballos no los
llevaré a Itaca, te los dejaré aquí como ornato, pues tú reinas en una llanura vasta en la que hay mucho
loto, juncia, trigo, espelta y blanca cebada que cría el campo. En Itaca no hay recorridos extensos ni
prado; es tierra criadora de cabras y más encantadora que la criadora de caballos. Pues ninguna de las
islas que se reclinan sobre el mar es apta para el paso de caballos ni rica en prados, a Itaca menos que
ninguna.»
Así dijo, y Menelao, de recia voz guerrera, sonrió y lo acarició con la mano; le llamó por su nombre
y le dijo su palabra:
«Hijo querido, eres de sangre noble, según hablas. Te cambiaré el regalo, pues puedo. Y de cuantos
objetos hay en mi palacio que se pueden conservar, te daré el más hermoso y el de más precio. Te daré
una crátera bien trabajada, de plata toda ella y con los bordes pulidos en oro. Es obra de Hefesto; me la
dio el héroe Fedimo, rey de los sidonios, cuando me alojó en su casa al regresar. Esto es lo que quiero
regalarte.»
Mientras departían entre sí iban llegando los invitados al palacio del divino rey. Unos traían ovejas,
otros llevaban confortante vino, y las esposas de lindos velos les enviaban el pan. Así preparaban
comida en el palacio. Comentario [SC99]: Los vv. 621-24
que describen un éranos, «comida a
Entre tanto, los pretendientes se complacían arrojando discos y venablos ante el palacio de Odiseo,
escote», es probablemente un intento tardío
en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de arrogancia. de conectar esta parte con el comienzo del
Hallábanse sentados Antínoo y Eurímaco, semejantes a los dioses, los jefes de los pretendientesCanto en que Menelao está ofreciendo un
y los
banquete de esponsales. Intento torpe e
mejores con preferencia por su valor. Y acercándoseles el hijo de Fronio, Noemón, le preguntó y inadecuado,
dijo a por lo que dichos versos se
consideran espúreos.
Antínoo su palabra:
«Antínoo, ¿sabemos cuándo vendrá Telémaco de la arenosa Pilos o no? Se fue llevándose mi nave y
preciso de ella para pasar a la espaciosa Elide, donde tengo doce yeguas y mulos no domados, buenos
para el laboreo; si traigo alguno de estos podría domarlo.»
Así dijo, y ellos quedaron atónitos, pues no pensaban que Telémaco hubiera marchado a Pilos de
Neleo, sino que se encontraba en el campo con las ovejas o con el porquerizo.
Mas, al fin, Antínoo, hijo de Eupites, contestóle diciendo:
«Háblame sinceramente. ¿Cuándo se fue y qué mozos lo acompañaban? ¿Los mejores de Itaca o sus
obreros y criados? Que también pudo hacerlo así. Dime también con verdad, para que yo lo sepa, si te
quitó la negra nave por la fuerza y contra tu voluntad o se la diste de buen grado, luego de suplicarte
una y otra vez.»
Había cabe a la cóncava cueva una viña tupida que abundaba en uvas, y cuatro fuentes de agua clara
que corrían cercanas unas de otras, cada una hacia un lado, y alrededor, suaves y frescos prados de
violetas y apios. Incluso un inmortal que allí llegara se admiraría y alegraría en su corazón. Comentario [SC107]: Tanto en esta
descripción tópica de un locus amoenus,
El mensajero Argifonte se detuvo allí a contemplarlo; y, luego que hubo admirado todo en su ánimo,
como en la del palacio de Alcínoo (cfr.
se puso en camino hacia la ancha cueva. Al verlo lo reconoció Calipso, divina entre las diosas, pues los se incluyen árboles de sombra o
VIl.12-32)
frutales, una viña y una o varias fuentes. En
dioses no se desconocen entre sí por más que uno habite lejos. Pero no encontró dentro al magnánimo
todo caso, es notable una descripción de
Odiseo, pues éste, sentado en la orilla, lloraba donde muchas veces, desgarrando su ánimoestecon género, porque la apreciación sensible
de la Naturaleza es ajena a la Literatura
lágrimas, gemidos y pesares, solía contemplar el estéril mar. Y Calipso, la divina entre las diosas,
griega en general.
preguntó a Hermes haciéndolo sentar en una silla brillante, resplandeciente:
«¿Por qué has venido, Hermes, el de vara de oro, venerable y querido? Pues antes no venías con
frecuencia. Di lo que piensas, mi ánimo me empuja a cumplirlo si puedo y es posible realizarlo. Pero
antes sígueme para que te ofrezca los dones de hospitalidad.»
Habiendo hablado así, la diosa colocó delante una mesa llena de ambrosía y mezcló rojo néctar. El
mensajero bebió y comió, y después que hubo cenado y repuesto su ánimo con la comida, le dijo su
Comentario [SC108]: Se refiere, sin
palabra: citarlo expresamente, al sacrilegio de
«Me preguntas tú, una diosa, por qué he venido yo, un dios. Ayante, hijo de Oileo (cfr. nota 93). En esta
breve y confusa narración se mezclan los
Pues bien, voy a decir con sinceridad mi palabra, pues lo mandas. Zeus me ordenó que vinieraregresos aquíde los aqueos en general con el de
sin yo quererlo. ¿Quién atravesaría de buen grado tanta agua salada, indecible? Además, noOdiseo. hayEn todo caso, se trata de un
resumen, demasiado sumario e impreciso,
ninguna ciudad de mortales en la que hagan sacrificios a los dioses y perfectas hecatombes. de los Nostoi, e inexacto: los compañeros
«Pero no le es posible a ningún dios rebasar o dejar sin cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la perecieron por faltar a Helios, no
de Odiseo
a Atenea (cfr. XII.375-419). La propia
égida. Dice que se encuentra contigo un varón, el más desgraciado de cuantos lucharon durante nueve Calipso demuestra más abajo (vv. 130 y ss.)
años en derredor de la ciudad de Príamo. Al décimo regresaron a sus casas, después de destruir conocerlamejor los hechos.
Comentario [SC109]: Orión, el
ciudad, pero en el regreso faltaron contra Atenea, y ésta les levantó un viento contrario. Allí perecieron
cazador, es uno de los amantes de Eos.
todos sus fieles compañeros, pero a él el viento y grandes olas lo acercaron aquí. Ahora te ordena que
Otras versiones atribuyen su muerte a la
lo devuelvas lo antes posible, que su destino no es morir lejos de los suyos, sino ver a los suyos picadurayde un escorpión que le envió
Artemis. Ambos fueron convertidos en
regresar a su casa de elevado techo y a su patria.» astros y Orión huye eternamente de
Así dijo, y Calipso, divina entre las diosas, se estremeció, habló y le dijo palabras aladas: Escorpio -en términos astronómicos,
cuando uno tiene su orto el otro tiene su
«Sois crueles, dioses, y envidiosos más que nadie, ya que os irritáis contra las diosas que duermen
ocaso. En la Vekya (XI.572-5) Orión
abiertamente con un hombre si lo han hecho su amante. Así, cuando Eos, de rosados dedos, arrebató aparece,acomo los demás, realizando las
mismas actividades que en vida, lo que
Orión, os irritasteis los dioses que vivís con facilidad, hasta que la casta Artemis de trono de oroindicaloque su catasterismo es posterior.
mató en Ortigia, atacándole con dulces dardos. Así, cuando Deméter, de hermosas trenzas, cediendo a
Comentario [SC110]: Héroe
su impulso, se unió en amor y lecho con Jasión en campo tres veces labrado. No tardó mucho Zeus en de Creta relacionado con la
civilizador
Agricultura. Según Hesiodo (Teogomía,
enterarse, y lo mató alcanzándolo con el resplandeciente rayo. Así ahora os irritáis contra mí, dioses,
969 y ss.), Deméter se unió con él «en
porque está conmigo un mortal. Yo lo salvé, que Zeus le destrozó la rápida nave arrojándole campoel tres veces labrado» (la misma frase
brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Allí murieron todos sus nobles compañeros,que aquí) y alumbró a Pluto «quien camina
pero
sobre la tierra toda y el ancho lomo del
a él el viento y las olas lo acercaron aquí. Yo lo traté como amigo y lo alimenté y le prometí hacerlo
mar» otorgando riqueza a quien lo alcanza
con sus manos. Otras versiones (cfr.
inmortal y sin vejez para siempre. Pero puesto que no es posible a ningún dios rebasar ni dejar sin
Diodoro Sículo 5.48) lo ponen en relación
con Samotracia.
cumplir la voluntad de Zeus, el que lleva la égida, que se vaya por el mar estéril si aquél lo impulsa y
se lo manda. Mas yo no te despediré de cualquier manera, pues no tiene naves provistas de remos ni
compañeros que lo acompañen sobre el ancho lomo del mar. Sin embargo, le aconsejaré benévola y
nada le ocultaré para que llegue a su tierra sano y salvo.»
Hablando así la divina entre las diosas marchó luego delante y él marchó tras las huellas de la diosa.
Y llegaron a la profunda cueva la diosa y el varón. Éste se sentó en el sillón de donde se había
levantado Hermes, y la ninfa le ofreció toda clase de comida para comer y beber, cuantas cosas suelen
yantar los mortales hombres. Sentóse ella frente al divino Odiseo y las siervas le colocaron néctar y
ambrosía. Echaron mano a los alimentos preparados que tenían delante y después que se saciaron de
comida y bebida empezó a hablar Calipso, divina entre las diosas:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides, ¿así que quieres marcharte enseguida a tu
casa y a tu tierra patria? Vete enhorabuena. Pero si supieras cuántas tristezas te deparará el destino
antes de que arribes a tu patria, te quedarías aquí conmigo para guardar esta morada y serías inmortal
por más deseoso que estuvieras de ver a tu esposa, a la que continuamente deseas todos los días. Yo en
verdad me precio de no ser inferior a aquélla ni en el porte ni en el natural, que no conviene a las
mortales jamás competir con las inmortales ni en porte ni en figura.»
Y le dijo el muy astuto Odiseo:
«Venerable diosa, no te enfades conmigo, que sé muy bien cuánto te es inferior la discreta Penélope
en figura y en estátura al verla de frente, pues ella es mortal y tú inmortal sin vejez. Pero aun así quiero
y deseo todos los días marcharme a mi casa y ver el día del regreso. Si alguno de los dioses me maltra-
tara en el ponto rojo como el vino, lo soportaré en mi pecho con ánimo paciente; pues ya soporté muy
mucho sufriendo en el mar y en la guerra. Que venga esto después de aquello.»
Así dijo. El sol se puso y llegó el crepusculo. Así que se dirigieron al interior de la cóncava cueva a
deleitarse con el amor en mutua compañía.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, Odiseo se vistió de túnica y
manto, y ella, la ninfa, vistió una gran túnica blanca, fina y graciosa, colocó alrededor de su talle
hermoso cinturón de oro y un velo sobre la cabeza, y a continuación se ocupó de la partida del
magnánimo Odiseo. Le dio una gran hacha de bronce bien manejable, aguzada por ambos lados y con
un hermoso mango de madera de olivo bien ajustado. A continuación le dio una azuela bien pu-
limentada, y emprendió el camino hacia un extremo de la isla donde habían crecido grandes árboles,
alisos y álamos negros y abetos que suben hasta el cielo, secos desde hace tiempo, resecos, que podían
flotar ligeros. Luego que le hubo mostrado dónde crecían los árboles, marchó hacia el palacio Calipso,
divina entre las diosas, y él empezó a cortar troncos y llevó a cabo rápidamente su trabajo. Derribó
veinte en total y los cortó con el bronce, los pulió diestramente y los enderezó con una plomada
mientras Calipso, divina entre las diosas, le llevaba un berbiquí. Después perforó todos, los unió unos
con otros y los ajustó con clavos y junturas. Cuanto un hombre buen conocedor del arte de construir
redondearía el fondo de una amplia nave de carga, así de grande hizo Odiseo la balsa. Plantó luego
postes, los ajustó con vigas apiñadas y construyó una cubierta rematándola con grandes tablas. Hizo un
mástil y una antena adaptada a él y construyó el timón para gobernarla. Cubrióla después con cañizos
de mimbre a uno y otro lado para que fuera defensa contra el oleaje y puso encima mucha madera. Comentario [SC112]: Las
Entre tanto, le trajo Calipso, divina entre las diosas, tela para hacer las velas, y él las fabricóconstelaciones
con eran el único punto de
referencia para la navegación nocturna en la
habilidad. Ató en ellas cuerdas, cables y bolinas y con estacas la echó al divino mar. Grecia arcaica. Las Pléyades (también
Era el cuarto día y ya tenía todo preparado. Y al quinto lo dejó marchar de la isla la divina Calipso
llamadas Peleiades o palomas) son un
closter de la constelación Taurus (M45 en
después de lavarlo y ponerle ropas perfumadas. Entrególe la diosa un odre de negro vino, otro grande el NGC). Bootes, el boyero, tiene como
de agua y un saco de víveres, y le añadió abundantes golosinas. Y le envió un viento próspero y cálido.
estrella principal a Arturo (Alpha Bootis), y
Así que el divino Odiseo desplegó gozoso las velas al viento y sentado gobernaba el timónapues ésta probablemente se refiere el pasaje,
con
no se conoció como constelación hasta
habilidad. No caía el sueño sobre sus párpados contemplando las Pléyades y el Bootes, que semás pone
tarde. La Osa debe ser la Mayor (hasta
después de Tales de Mileto los marinos no
tarde, y la Osa, que llaman carro por sobrenombre, que gira allí y acecha a Orión y es la única privada
se guiaron por la Osa Menor) y « está
de los baños de Océano. Pues le había ordenado Calipso, divina entre las diosas, que navegase privada de los baños de Océano» porque
nunca se pone. Con estos datos es difícil
teniéndola a la mano izquierda. Navegó durante diecisiete días atravesando el mar, y al decimoctavo imaginar el tiempo y rumbo de la na-
aparecieron los sombríos montes del país de los feacios, por donde éste le quedaba más cerca y parecíavegación de Odiseo -si es que hay algún
intento por parte de Homero de ofrecer algo
un escudo sobre el brumoso ponto. coherente. Si se viaja en dirección Este, la
Osa Mayor queda a la izquierda solamente
en invierno, pero en este caso, a la derecha
El poderoso, el que sacude la tierra, que volvía de junto a los etiopes, lo vio de lejos, desde los
(Sur), sólo son visibles las Pléyades y Orión
montes Sólymos, pues se le apareció surcando el mar. Irritóse mucho en su corazón, y moviendo la En otoño, en cambio, quedan
(no Bootes).
en línea Bootes, Osa y Pléyades, por lo que
cabeza habló a su ánimo: quedan todas a la izquierda. En todo caso,
la dirección siempre tiene que ser Este para
que la Osa quede «a la izquierda». Cfr. P.
Moore, Guide to the Stars and Planets,
Londres, 1983.
«¡Ay!, seguro que los dioses han cambiado de resolución respecto a Odiseo mientras yo estaba entre
los etíopes, que ya está cerca de la tierra de los feacios, donde es su destino escapar del extremo de las
calamidades que le llegan. Pero creo que aún le han de alcanzar bastantes desgracias.»
Cuando hubo hablado así, amontonó las nubes y agitó el mar, sosteniendo el tridente entre sus
manos, e hizo levantarse grandes tempestades de vientos de todas clases, y ocultó con las nubes al
mismo tiempo la tierra y el ponto. Y la noche surgió del cielo. Cayeron Euro y Noto, Céfiro de soplo
violento y Bóreas que nace en cielo despejado levantando grandes olas. Entonces las rodillas y el
corazón de Odiseo desfallecieron, e irritado dijo a su magnánimo espíritu:
«Ay de mí, desgraciado, ¿qué me sucederá por fin ahora? Mucho temo que todo lo que dijo la diosa
sea verdad; me aseguró que sufriría desgracias en el ponto antes de regresar a mi patria, y ahora todo
se está cumpliendo. ¡Con qué nubes ha cerrado Zeus el vasto cielo y agitado el ponto, y las
tempestades de vientos de todas clases se lanzan con ímpetu!
«Seguro que ahora tendré una terrible muerte. ¡Felices tres y cuatro veces los dánaos que murieron
en la vásta Troya por dar satisfacción a los Atridas! Ojalá hubiera muerto yo y me hubiera enfrentado
con mi destino el día en que cantos troyanos lanzaban contra mí broncíneas lanzas alrededor del Pelida
muerto! Allí habría obtenido honores fúnebres y los aqueos celebrarían mi gloria, pero ahora está
determinado que sea sorprendido por una triste muerte.»
Cuando hubo dicho así, le alcanzó en lo más alto una gran ola que cayó terriblemente y sacudió la
balsa. Odiseo se precipitó fuera de la balsa soltando las manos del timón, y un terrible huracán de
mezclados vientos le rompió el mástil por la mitad. Cayeron al mar, lejos, la vela y la antena, y a él lo
tuvo largo tiempo sumergido sin poder salir con presteza por el ímpetu de la ingente ola, pues le
pesaban los vestidos que le había dado la divina Calipso.
A1 fin emergió mucho después y escupió de su boca la amarga agua del mar que le caía en
abundancia, con ruido, desde la cabeza. Pero ni aun así se olvidó de la balsa, aunque estaba agotado,
sino que lanzándose entre las olas se apoderó de ella. El gran oleaje la arrastraba con la corriente aquí
y allá. Como cuando el otoñal Bóreas arrastra por la llanura los espinos y se enganchan espesos unos
con otros, así los vientos la llevaban por el mar por aquí y por allá. Unas veces Noto la lanzaba a
Bóreas para que se la llevase, y otras Euro la cedía a Céfiro para perseguirla.
Pero lo vio Ino Leucotea, la de hermosos tobillos, la hija de Cadmo que antes era mortal dotada Comentario
de [SC113]: Ino era hija de
Cadmo y hermana de Semele y Agave,
voz, mas ahora participaba del honor de los dioses en el fondo del mar. Compadecióse de Odiseo, que
todas de maternidad trágica. Ino fue
sufría pesares a la deriva, y emergió volando del mar semejante a una gaviota; se sentó sobre la balsa y en divinidad marina
transformada
recibiendo el nombre de Leucótea («diosa
le dijo: blanca», de la neblina o del mar) cuando se
«¡Desgraciado! ¿Por qué tan acerbamente se ha encolerizado contigo Poseidón, el que sacude arrojó la
a éste con el cadáver de su hijo
tierra, para sembrarte tantos males? No te destruirá por mucho que lo desee. Conque obra del Melicertes
modo después que, enloquecida por
Hera, lo hirviera en un caldero. Su papel en
siguiente, pues paréceme que eres discreto: quítate esos vestidos, deja que la balsa sea arrastrada por es similar al de Idotea, cfr.
la Odisea
IV.365 y ss.
los vientos, y trata de alcanzar nadando la tierra de los feacios, donde es tu destino que te salves.
Toma, extiende este velo inmortal bajo tu pecho, y no temas padecer ni morir. Mas cuando alcances
con tus manos tierra firme, suéltalo enseguida y arrójalo al ponto rojo como el vino, muy lejos de
tierra, y apártate lejos.»
Cuando hubo hablado así la diosa, le dió el velo, y con presteza se sumergió en el alborotado ponto,
semejante a una gaviota, y una negra ola la ocultó. El divino Odiseo, el sufridor, dio en cavilar y habló
irritado a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! ¡No vaya a ser que alguno de los inmortales urde contra mí una trampa, cuando me
ordena abandonar la balsa! Mas no obedeceré, que yo vi a lo lejos con mis propios ojos la tierra donde
me dijo que tendría asilo. Más bien, pues me parece mejor, obraré así: mientras los maderos sigan uni-
dos por las ligazones permaneceré aquí y aguantaré sufriendo males, pero una vez que las olas
desencajen la balsa me pondré a nadar, pues no se me alcanza prevision mejor.»
Mientras esto agitaba en su mente, y en su corazón, Poseidon, el que sacude la tierra, levantó una
gran ola, terrible y penosa, abovedada, y lo arrastró. Como el impetuoso viento agita un montón de
pajas secas que dispersa acá y allá, así dispersó los grandes maderos de la balsa. Pero Odiseo montó en
un madero como si cabalgase sobre potro de carrera y se quitó los vestidos que le había dado la divina
Calipso. Y al punto extendió el velo por su pecho y púsose boca abajo en el mar, extendidos los
brazos, ansioso de nadar.
Y el poderoso, el que sacude la tierra, lo vio, y moviendo la cabeza, habló a su ánimo:
. «Ahora que has padecido muchas calamidades vaga por el ponto hasta que llegues a esos hombres
vástagos de Zeus. Pero ni aun así creo que estimarás pequeña tu desgracia.»
Cuando hubo hablado así, fustigó a los caballos de hermosas crines y enfiló hacia Egas, donde tiene
ilustre morada.
Pero Atenea, la hija de Zeus decidió otra cosa: cerró el camino a todos los vientos y mandó que todos
cesaran y se calmaran; levantó al rápido Bóreas y quebró las olas hasta que Odiseo, movido por Zeus,
llegara a los feacios, amantes del remo, escapando a la muerte y al destino.
Así que anduvo éste a la deriva durante dos noches y dos días por las sólidas olas, y muchas veces su
corazón presintió la muerte. Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer día, cesó el viento y
se hizo la calma, y Odiseo vio cerca la tierra oteando agudamente desde lo alto de una gran ola. Como
cuando parece agradable a los hijos la vida de un padre que yace enfermo entre grandes dolores,
consumiéndose durante mucho tiempo, pues le acomete un horrible demón y los dioses le libran
felizmente del mal, así de agradable le parecieron a Odiseo la tierra y el bosque, y nadaba
apresurándose por poner los pies en tierra firme. Pero cuando estaba a tal distancia que se le habría
oído al gritar, sintió el estrépito del mar en las rocas. Grandes olas rugían estrepitosamente al romperse
con estruendo contra tierra firme, y todo se cubría de espuma marina, pues no había puertos, refugios
de las naves, ni ensenadas, sino acantilados, rocas y escollos. Entonces se aflojaron las rodillas y el
corazón de Odiseo y decía afligido a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! Después que Zeus me ha concedido inesperadamente ver tierra y he terminado de surcar
este abismo, no encuentro por dónde salir del canoso mar. Afuera las rocas son puntiagudas, y
alrededor las olas se levantan estrepitosamente, y la roca se yergue lisa y el mar es profundo en la
orilla, sin que sea posible poner allí los pies y escapar del mal. Temo que al salir me arrebate una gran
ola y me lance contra pétrea roca, y mi esfuerzo sería inútil. Y si sigo nadando más allá por si en-
cuentro una playa donde rompe el mar oblicuamente o un puerto marino, temo que la tempestad me
arrebate de nuevo y me lleve al ponto rico en peces mientras yo gimo profundamente, o una divinidad
lance contra mí un gran monstruo marino de los que cría a miles la ilustre Anfitrite. Pues sé que el
ilustre, el que sacude la tierra, está irritado conmigo.»
Mientras meditaba esto en su mente y en su corazón, lo arrastró una gran ola contra la escarpada
orilla, y allí se habría desgarrado la piel y roto los huesos si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le
hubiese inspirado a su ánimo lo siguiente: lanzóse, asió la roca con ambas manos y se mantuvo en ella
gimiendo hasta que pasó una gran ola. De este modo consiguió evitarla, pero al refluir ésta lo golpeó
cuando se apresuraba y lo lanzó a lo lejos en el ponto. Como cuando al sacar a un pulpo de su
escondrijo se pegan infinitas piedrecitas a sus tentáculos, así se desgarró en la roca la piel de sus
robustas manos.
Luego lo cubrió una gran ola, y allí habría muerto el desgraciado Odiseo contra lo dispuesto por el
destino si Atenea, la diosa de ojos brillantes, no le hubiera inspirado sensatez. Así que emergiendo del
oleaje que rugía en dirección a la costa, nadó dando cara a la tierra por si encontraba orillas batidas por
las olas o puertos de mar. Y cuando llegó nadando a la boca de un río de hermosa corriente, aquél le
pareció el mejor lugar, libre de piedras y al abrigo del viento. Y al advertir que fluía le suplicó en su
ánimo:
«Escucha, soberano, quienquiera que seas; llego a ti, muy deseado, huyendo del ponto y de las
amenazas de Poseidón. Incluso los dioses inmortales respetan al hombre que llega errante como yo
llego ahora a tu corriente y a tus rodillas después de sufrir mucho. Compadécete, soberano, puesto que
me precio de ser tu suplicante.»
Así dijo; hizo éste cesar al punto su corriente, retirando las olas, e hizo la calma delante de él,
llevándolo salvo a la misma desembocadura. Y dobló Odiseo ambas rodillas y los robustos brazos,
pues su corazón estaba sometido por el mar. Tenía todo el cuerpo hinchado, y de su boca y nariz fluía
mucho agua salada: así que cayó sin aliento y sin voz y le sobrevino un terrible cansancio. Mas cuando
respiró y se recuperó su ánimo, desató el velo de la diosa y lo echó al río que fluye hacia el mar, y al
punto se lo llevó una gran ola con la corriente y luego la recibió Ino en sus manos. Alejóse del río, se
echó delante de una junquera y besó la fértil tierra. Y, afligido, decía a su magnánimo corazón:
«¡Ay de mí! ¿Qué me va a suceder? ¿Qué me sobrevendrá por fin? Si velo junto al río durante la
noche inspiradora de preocupaciones, quizá la dañina escarcha y el suave rocío venzan al tiempo mi
agonizante ánimo a causa de mi debilidad, pues una brisa fría sopla antes del alba desde el río. Pero si
subo a la colina y umbría selva y duermo entre las espesas matas, si me dejan el frío y el cansancio y
me viene el dulce sueño, temo convertirme en botín y presa de las fieras.».
Después de pensarlo, le pareció que era mejor así, y echó a andar hacia la selva y la encontró cerca
del agua en lugar bien visible; y se deslizó debajo de dos matas que habían nacido del mismo lugar,
una de aladierma y otra de olivo. No llegaba a ellos el húmedo soplo de los vientos ni el
resplandeciente sol los hería con sus rayos, ni la lluvia los atravesaba de un extremo a otro (tan
apretados crecían entrelazados uno con el otro). Bajo ellos se introdujo Odiseo, y luego preparó ancha
cama con sus manos, pues había un gran montón de hojarasca como para acoger a dos o tres hombres
en el invierno por riguroso que fuera. A1 verla se alegró el divino Odiseo, el sufridor, y se acostó en
medio y se echó encima un montón de hojas. Como el que esconde un tizón en negra ceniza en el
extremo de un campo (y no tiene vecinos) para conservar un germen de fuego y no tener que ir a
encenderlo a otra parte, así se cubrió Odiseo con las hojas y Atenea vertió sobre sus ojos el sueño para
que se le calmara rápidamente el penoso cansancio, cerrándole los párpados.
Al punto llegó Eos, la de hermoso trono, que despertó a Nausícaa; de lindo pelo, y asombrada del
sueño echó a correr por el palacio para contárselo a sus progenitores, a su padre y a su madre. Y
encontró dentro a los dos; ella estaba sentada junto al hogar con sus siervas hilando copos de lana
teñidos con púrpura marina; a él lo encontró a las puertas cuando marchaba con los ilustres reyes al
Consejo, donde lo reclamaban los nobles feacios.
Así que se acercó a su padre y le dijo:
«Querido papá, ¿no podrías aparejarme un alto carro de buenas ruedas para que lleve a lavar al río
los vestidos que tengo sucios? Que también a ti conviene, cuando estás entre los principales, participar
en el Consejo llevando sobre tu cuerpo vestidos limpios. Además, tienes cinco hijos en el palacio, dos
casados ya, pero tres solteros en la flor de la edad, y éstos siempre quieren ir al baile con los vestidos
bien limpios, y todo esto está a mi cargo.»
Así dijo, pues se avergonzaba de mentar el floreciente matrimonio a su padre. Pero él comprendió
todo y le respondió con estas palabras:
«No te voy a negar las mulas, hija, ni ninguna otra cosa. Ve; al momento los criados lo prepararán un
alto carro de buenas ruedas con una cesta ajustada a él.»
Cuando hubo dicho así, daba órdenes a sus criados y éstos al momento le obedecieron. Prepararon
fuera el carro mulero de buenas ruedas, trajeron mulas y las uncieron al yugo. La joven sacó de la
habitación un lujoso vestido y lo colocó en el bien pulido carro, y la madre puso en un capacho
abundante y rica comida, así como golosinas, y en un odre de cuero de cabra vertió vino. La joven
subió al carro, y todavía le dió en un recipiente de oro aceite húmedo para que se ungiera con Comentario
sus [SC118]: En gr. b. En
sirvientas. Tomó Nausícaa el látigo y las resplandecientes riendas y lo restalló para que partieran.Homero
Y se se aplica sistemáticamente a los
líquidos, especialmente en dos fórmulas:
dejó sentir el batir de las mulas, y mantenían una tensión incesante llevando los vestidos y una a ella
referida al mar «los húmedos
senderos», cfr. IIL71, IX.252, etc.) y otra al
misma; mas no sola, que con ella marchaban sus esclavas. Así que hubieron llegado a la hermosisima aceite, ocupando siempre los dos últimos
corriente del río donde estaban los lavaderos perennes (manaba un caudal de agua muy hermosametros paradel hexámetro (cfr. VL215 y
VIL107).
lavar incluso la ropa más sucia), soltaron las mulas del carro y las arrearon hacia el río de hermosos
torbellinos para que comieran la fresca hierba suave como la miel. Tomaron ellas en sus manos los
vestidos, los llevaron a la oscura agua y los pisoteaban con presteza en las pilas, emulándose unas a
otras.
Una vez que limpiaron y lavaron toda la suciedad, extendieron la ropa ordenadamente a la orilla del
mar precisamente donde el agua devuelve a la tierra los guijarros más limpios.
Y después de bañarse y ungirse con el grasiento aceite, tomaron el almuerzo junto a la orilla del río y
aguardaban a que la ropa se secara con el resplandor del sol.
Apenas habían terminado de disfrutar el almuerzo, las criadas y ella misma se pusieron a jugar con
una pelota, despojándose de sus velos. Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comienzo a la danza. ComoComentario [SC119]: Es probable que
no se trate de un simple juego de pelota,
Artemis va por los montes, la Flechadora, ya sea por el Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, sino de una danza ritual, por la alusión a
mientras disfruta con los jabalíes y ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes, hijas de Artemis,
Zeus semejante a la de los jovenes
feacios en VIIL370 y ss. Cfr. F. R.
portador de la égida, participan en los juegos y disfruta en su pecho Leto... (de todas ellas tiene por Origenes de la Lírica griega,
Adrados,
encima la cabeza y el rostro, así que es fácilmente reconocible, aunque todas son bellas), así se1976, Pag. 51.
Madrid,
distinguía entre todas sus sirvientas la joven doncella.
Pero cuando ya se disponían a regresar de nuevo a casa, después de haber uncido las mulas y
doblado los bellos vestidos, la diosa de ojos brillantes, Atenea, dispuso otro plan: que Odiseo se
despertara y viera a la joven de hermosos ojos que lo conduciría a la ciudad de los feacios. Conque la
princesa tiró la pelota a una sirvienta y no la acertó; arrojóla en un profundo remolino y ellas gritaron
con fuerza. Despertó el divino Odiseo, y sentado meditaba en su mente y en su corazón:
«¡Ay de mí! ¿De qué clase de hombres es la tierra a la que he llegado? ¿Son soberbios, salvajes y
carentes de justicia o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses?. YComentario
es el [SC120]: Fórmula que se
repite en IX.175 y ss. (referida a los
caso que me rodea un griterío femenino como de doncellas, de ninfas que poseen las elevadas cimas de
Cíclopes) y en XIII.201 y ss. (a Itaca
los montes, las fuentes de los ríos y los prados cubiertos de hierba. ¿O es que estoy cerca de hombres
cuando llega Odiseo) y en VIII.575 y ss. (en
general a los pueblos que ha conocido
dotados de voz articulada? Pero, ea, yo mismo voy a comprobarlo a intentaré verlo.» Odiseo).
Cuando hubo dicho así, salió de entre los matorrales el divino Odiseo, y de la cerrada selva cortó con
su robusta mano una rama frondosa para cubrirse alrededor las vergüenzas. Y se puso en camino como
un león montaraz que, confiado en su fuerza, marcha empapado de lluvia y contra el viento y le arden
los ojos; entonces persigue a bueyes o a ovejas o anda tras los salvajes ciervos; pues su vientre lo
apremia a entrar en un recinto bien cerrado para atacar a los ganados. Así iba a mezclarse Odiseo entre
las doncellas de lindas trenzas, aun estando desnudo, pues la necesidad lo alcanzaba. Y apareció ante
ellas terriblemente afeado por la salmuera.
Temblorosas se dispersan cada una por un lado hacia las salientes riberas. Sola la hija de Alcínoo se
quedó, pues Atenea le infundió valor en su pecho y arrojó el miedo de sus miembros. Y permaneció a
pie firme frente a Odiseo. Éste dudó entre suplicar a la muchacha de lindos ojos abrazado a sus rodillas
o pedirle desde lejos, con dulces palabras, que le señalara su ciudad y le entregara ropas. Y mientras
esto cavilaba, le pareció mejor suplicar desde lejos con dulces palabras, no fuera que la doncella se
irritara con él al abrazarle las rodillas. Así que pronunció estas dulces y astutas palabras:
«A ti suplico, soberana. ¿Eres diosa o mortal? Si eres una divinidad de las que poseen el espacioso
cielo, yo te comparo a Arternis, la hija del gran Zeus, en belleza, talle y distinción, y si eres uno de los
mortales que habitan la tierra, tres veces felices tu padre y tu venerable madre; tres veces felices
también tus hermanos, pues bien seguro que el ánimo se les ensancha por tu causa viendo entrar en el
baile a tal retoño; y con mucho el más feliz de todos en su corazón aquel que venciendo con sus
presentes te lleve a su casa. Que jamás he visto con mis ojos semejante mortal, hombre o mujer. Al
mirarte me atenaza el asombro. Una vez en Delos vi que crecía junto al altar de Apolo un retoño
semejante de palmera (pues también he ido allí y me seguía un numeroso ejército en expedición en que
me iban a suceder funestos males.) Así es que contemplando aquello quedé entusiasmado largo
tiempo, pues nunca árbol tal había crecido de la tierra.
«Del mismo modo te admiro a ti, mujer, y te contemplo absorto al tiempo que temo profundamente
abrazar tus rodillas. Pero me alcanza un terrible pesar. Ayer escapé del ponto, rojo como el vino,
después de veinte días. Entretanto me han zarandeado sin cesar el oleaje y turbulentas tempestades
desde la isla Ogigia, y ahora por fin me ha arrojado aquí algún demón, sin duda para que sufra algún
contratiempo; pues no creo que éstos vayan a cesar, sino que todavía los dioses me preparan muchas
desventuras.
«Pero tú, sobrerana, ten compasión, pues es a ti a quien primero encuentro después de haber
soportado muchas desgracias, que no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta tierra y
ciudad. Muéstrame la ciudad y dame algo de ropa para cubrirme si al venir trajiste alguna para
envoltura de tus vestidos. ¡Que los dioses te concedan cuantas cosas anhelas en tu corazón: un marido,
una casa, y te otorguen también una feliz armonía! Seguro que no hay nada más bello y mejor que
cuando un hombre y una mujer gobiernan la casa con el mismo parecer; pesar es para el enemigo y
alegría para el amigo, y, sobre todo, ellos consiguen buena fama. »
Y le respondió luego Nausícaa, la de blancos brazos:
«Forastero, no pareces hombre plebeyo ni insensato. El mismo Zeus Olímpico reparte la felicidad
entre los hombres tanto a nobles como a plebeyos, según quiere a cada uno. Sin duda también a ti te ha
concedido esto, y es preciso que lo soportes con firmeza hasta el fin.
«Ahora que has llegado a nuestra ciudad y a nuestra tierra, no te verás privado de vestidos ni de
ninguna otra cosa de las que son propias del desdichado suplicante que nos sale al encuentro. Te
mostraré la ciudad y te diré los nombres de sus gentes. Los feacios poseen esta ciudad y esta tierra; yo
soy la hija del magnánimo Alcínoo, en quien descansa el poder y la fuerza de los feacios.»
Así dijo, y ordenó a las doncellas de lindas trenzas:
«Deteneos, siervas. ¿A dónde húís por ver a este hombre? ¿Acaso creéis que es un enemigo? No
existe viviente ni puede nacer hombre que llegue con ánimo hostil al país de los feacios, pues somos
muy queridos de los dioses y habitamos lejos en el agitado ponto, los más apartados, y ningún otro
mortal tiene trato con nosotros.
«Peró éste ha llegado aquí como un desdichado después de andar errante, y ahora es preciso
atenderle. Que todos los huéspedes y mendigos proceden de Zeus, y para ellos una dádiva pequeña es
querida. ¡Vamos!, dadle de comer y de beber y lavadlo en el río donde haya un abrigo contra el viento.
»
Así dijo; ellas se detuvieron y se animaron unas a otras, hicieron sentar a Odiseo en lugar
resguardado, según lo había ordenado Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo, le proporcionáron un
manto y una túnica como vestido, le entregaron aceite húmedo en una ampolla de oro y lo apremiaban
para que se bañara en las corrientes del río.
Entonces, por fin, dijo el divino Odiseo a las siervas:
«Siervas, deteneos ahí lejos mientras me quito de los hombros la salmuera y me unjo con aceite, pues
ya hace tiempo que no hay grasa sobre mi cuerpo; que no me lavaré yo frente a vosotras, pues me
avergüenzo de permanecer desnudo entre doncellas de lindas trenzas. »
Así dijo y ellas se alejaron y se lo contaron a la muchacha. Cónque el divino Odiseo púsose a lavar
su cuerpo en las aguas del río y a quitarse la salmuera que cubría sus anchas espaldas y sus hombros, y
limpió de su cabeza la espuma de la mar infatigable. Después que se hubo lavado y ungido con aceite,
se vistió las ropas que le proporcionara la no sometida doncella. Entonces le concedió, Atenea, laComentario
hija [SC121]: «Simplemente
soltera».
de Zeus, aparecer más apuesto y robusto e hizo caer de su cabeza espesa cabellera, semejante a la flor
del jacinto. Así como derrama oro sobre plata un diestro orfebre a quien Hefesto y Palas Atenea han
enseñado toda clase de artes y termina graciosos trabajos, así Atenea vertió su gracia sobre la cabeza y
hombros de Odiseo. Fuese entonces a sentar a lo lejos junto a la orilla del mar, resplandeciente de
belleza y de gracia, y la muchacha lo contemplaba.
CANTO VII
ODISEO EN EL PALACIO DE ALCÍNOO
Y mientras así rogaba el sufridor, el divino Odiseo, el vigor de las mulas llevaba a la doncella a la
ciudad. Cuando al fin llegó a la famosa morada de su padre, se detuvo ante las puertas y la rodearon
sus hermanos, semejantes a los inmortales, quienes desuncieron las mulas del carro y llevaron adentro
las ropas. Ella se dirigió a su habitación y le encendió fuego una anciana de Apira, la camarera Comentario [SC122]: Nombre mítico
Eurimedusa, a la que trajeron desde Apira las curvadas naves. Se la habían elegido a Alcínoo que significa «Tierra iluminada».
como
recompensa, porque reinaba sobre todos los feacios y el pueblo lo escuchaba como a un dios. Ella fue
quien crió a Nausícaa, la de blancos brazos, en el mégaron; ella le avivaba el fuego y le preparaba la
cena. Comentario [SC123]: Eurimedusa
tiene en el palacio de Alcínoo un papel
Entonces Odiseo se dispuso a marchar a la ciudad, y Atenea, siempre preocupada por Odiseo, semejante al de Eurínome (sus nombres
derramó en torno suyo una gran nube, no fuera que alguno de los magnánimos feacios, saliéndole al lo mismo) en el de Odiseo (cfr.
significan
XX111.295 y ss.). Son thalamepóloi, es
encuentro, le molestara de palabra y le preguntara quién era. Conque cuando estaba ya a punto de
decir, se cuidan de las habitaciones privadas
penetrar en la agradable ciudad, le salió al encuentro la diosa Atenea, de ojos brillantes, tomando la (sea la despensa o los
del palacio
dormitorios). La presentación de
apariencia de una niña pequeña con un cántaro, y se detuvo delante de él, y le preguntó luego el divino
Eurimedusa es muy semejante a la de
Odiseo: Euriclea (cfr. 1.430 y ss.), aunque no se
justifica por su insignificante papel en el
relato.
«Pequeña, ¿querrías llevarme a casa de Alcínoo, el que gobierna entre estos hombres? Pues yo soy
forastero y después de muchas desventuras he llegado aquí desde lejos, de una tierra apartada; por esto
no conozco a ninguno de los hombres que poseen esta ciudad y estas tierras de labor.»
Y le respondió luego Atenea, la diosa de ojos brillantes:
«Yo te mostraré, padre forastero, la casa que me pides, ya que vive cerca de mi irreprochable padre.
Anda, ven en silencio y te mostraré el camino, pero no mires ni preguntes a ninguno de los hombres,
pues no soportan con agrado a los forasteros ni agasajan con gusto al que llega de otra parte. Confiados
en sus rápidas naves surcan el gran abismo del mar, pues así se lo ha encomendado el que sacude la
tierra, y sus naves son tan ligeras como las alas o como el pensamiento.»
Hablando así le condujo rápidamente Palas Atenea y él marchaba tras las huellas de la diosa. Pero no
lo vieron los feacios, famosos por sus naves, mientras marchaba entre ellos por su ciudad, ya que no lo
permitía Atenea, de lindas trenzas, la terrible diosa que preocupándose por él en su ánimo le había cu-
bierto con una nube divina.
Odiseo iba contemplando con admiración los puertos y las proporcionadas naves, las ágoras de ellos,
de los héroes y las grandes murallas elevadas, ajustadas con piedras, maravilla de ver. Y cuando al fin
llegó a la famosa morada del rey, Atenea, de ojos brillantes, comenzó a hablar:
«Ese es, padre forastero, el palacio que me pedías que te mostrara; encontrarás a los reyes, vástagos
de Zeus, celebrando un banquete. Tú pasa adentro y no te turbes en tu ánimo, pues un hombre con
arrojo resulta ser el mejor en toda acción, aunque llegue de otra tierra. Primero encontrarás a la reina
en el mégaron; su nombre es Arete y desciende de los mismos padres que engendraron a Alcínoo. A
Nausítoo lo engendraron primero Poseidón, el que sacude la tierra, y Peribea, la más excelente de las
mujeres en su porte, hija menor del magnánimo Eurimedonte, que entonces gobernaba sobre los
soberbios Gigantes -éste hizo perecer a su arrogante pueblo, pereciendo también él-; con ella se unió
Poseidón y engendró a su hijo, el magnánimo Nausítoo, que reinó entre los feacios. Nausítoo fue el
padre de Rexenor y Alcínoo. A aquél lo alcanzó Apolo, el del arco de plata, recién casado y sinComentario
hijos [SC124]: Cfr. nota 67.
varones y en la casa dejó a una niña sola, a Arete, a la que Alcínoo hizo su ésposa y honró como jamás
ninguna otra ha sido honrada de cuantas mujeres gobiernan una casa sometidas a su esposo. Así ella ha
sido honrada en su corazón y lo sigue siendo por sus hijos y el mismo Alcínoo y por su pueblo que la
contempla como a una diosa, y la saludan con agradables palabras cuando pasea por la ciudad, que no
carece tampoco ella de buen juicio y resuelve los litigios, incluso a los hombres por los que siente
amistad. Si ella te recibe con sentimientos amigos puedes tener la esperanza de ver a los tuyos,
regresar a tu casa de alto techo y a tu tierra patria.»
Cuando hubo hablado así marchó Atenea, de ojos brillantes, por el estéril ponto y abandonó la
agradable Esqueria. Llegó así a Maratón y a Atenas, de anchas calles, y penetró en la sólida morada de
Erecteo.
Entretanto, Odiseo caminaba hacia la famosa morada de Alcínoo, y su corazón removía diversos
pensamientos cuando se detuvo antes de alcanzar el broncíneo umbral. Pues hay un resplandor como
de sol o de luna en el elevado palacio del magnánimo Alcínoo; a ambos lados se extienden muros Comentario
de [SC125]: Este verso
aparece también en IV.45, referido al
bronce desde el umbral hasta el fondo y en su torno un azulado friso; puertas de oro cierran por dentro
palacio de Menelao. Pero allí se interrumpe;
la sólida estancia; las jambas sobre el umbral son de plata y de plata el dintel, y el tirador, de oro. A que aquí es el de una descripción
mientras
muy detallada del palacio de Alcínoo.
uno y otro lado de la puerta había perros de oro y plata que había esculpido Hefesto con la habilidad de
su mente para custodiar la morada del magnánimo Alcínoo perros que son inmortales y no envejecen
nunca. A lo largo de la pared y a ambos lados, desde el umbral hasta el fondo, había tronos cubiertos
por ropajes hábilmente tejidos, obra de mujeres. En ellos se sentaban los señores feacios mientras be-
bían y comían; y los ocupaban constantemente. Había también unos jovenes de oro en pie sobre
pedestales perfectamente construidos, portando en sus manos antorchas encendidas, los cuales
alumbraban los banquetes nocturnos del palacio. Tiene cincuenta esclavas en su mansión: unas muelen
el dorado fruto, otras tejen telas y sentadas hacen funcionar los husos, semejantes a las hojas de un
esbelto álamo negro, y del lino tejido gotea el húmedo aceite. Tanto como los feacios son más expertos
que los demás hombres en gobernar su rápida nave sobre el ponto, así son sus mujeres en el telar. Pues
Atenea les ha concedido en grado sumo el saber realizar brillantes labores y buena cabeza.
Fuera del patio, cerca de las puertas, hay un gran huerto de cuatro yugadas y alrededor se extiende un
cerco a ambos lados. Allí han nacido y florecen árboles: perales y granados, manzanos de espléndidos
frutos, dulces itigueras y verdes olivos; de ellos no se pierde el fruto ni falta nunca en invierno ni en
verano: son perennes. Siempre que sopla Céfiro, unos nacen y otros maduran. La pera envejece sobre
la pera, la manzana sobre la manzana, la uva sobre la uva y también el higo sobre el higo. Allí tiene
plantada una viña muy fructífera, en la que unas uvas se secan al sol en lugar abrigado, otras las ven-
dimian y otras las pisan: delante están las vides que dejan salir la flor y otras hay también que apenas
negrean. Allí también, en el fondo del huerto, crecen liños de verduras de todas clases siempre lozanas.
También hay allí dos fuentes, la una que corre por todo el huerto, la otra que va de una parte a otra
bajo el umbral del patio hasta la elevada morada a donde van por agua los ciudadanos. Tales eran las
brillantes dádivas de los dioses en la mansión de Alcínoo.
Allí estaba el divino Odiseo, el sufridor, y lo contemplaba con admiración. Conque una vez que hubo
contemplado todo boquiabierto cruzó el umbral con rapidez para entrar en la casa. Y encontró a los
jefes y señores de los feacios que hacían libación con sus copas al vigilante Argifonte, a quien solían
ofrecer libación en último lugar, cuando ya sentían necesidad del lecho. Así que el sufridor, el divino
Odiseo, echó a andar por la casa envuelto en la espesa niebla que le había derramado Atenea, hasta que
llegó ante Arete y el rey Alcínoo.
Abrazó Odiseo las rodillas de Arete y entonces, por fin, se disipó la divina nube. Quedaron todos en
silencio al ver a un hombre en el palacio y se llenaron de asombro al contemplarle. Y Odiseo suplicaba
de esta guisa:
«Arete, hija de Rexenor, semejante a un inmortal, me he llegado a tu esposo, a tus rodillas y ante
éstos tus invitados, después de sufrir muchas desventuras. ¡Ojalá los dioses concedan a éstos vivir en la
abundancia; que cada uno pueda legar a sus hijos los bienes de su hacienda y las prerrogativas que les
ha concedido el pueblo. En cuanto a mí, proporcionadme escolta para llegar rápidamente a mi patria.
Pues ya hace tiempo que padezco pesares lejos de los míos.»
Así diciendo se sentó entre las cenizas junto al fuego del hogar. Todos ellos permanecían inmóviles
en silencio. Al fin tomó la palabra un anciano héroe, Equeneo, que era el más anciano entre los feacios
y sobresalía por su palabra, pues era conocedor de muchas y antiguas cosas. Este les habló y dijo con
sentimientos de amistad:
«Alcínoo, no me parece lo mejor, ni está bien, que el huésped permanezca sentado en el suelo entre
las cenizas del hogar. Estos permanecen callados esperando únicamente tu palabra. Anda, haz que se
levante y siéntalo en un trono de clavos de plata. Ordena también a los heraldos que mezclen vino para
que hagamos libaciones a Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste a los venerables suplicantes. En
fin, que el ama de llaves proporcione al forastero alguna vianda de las que hay dentro.»
Cuando hubo escuchado esto, la sagrada fuerza de Alcínoo asiendo de la mano a Odiseo, prudente Comentario
y [SC126]: Cfr. nota 49.
hábil en astucias, lo hizo levantar del hogar y lo asentó en su brillante trono, después de haber
levantado a su hijo, al valeroso Laodamante, que solía sentarse a su lado y al que sobre todos quería.
Una sirvienta trajo aguamanos en hermoso jarro de oro y la vertió sobre una jofaina de plata para que
se lavara. A su lado extendió una pulimentada mesa. La venerable ama de llaves le proporcionó pan y
le dejó allí toda clase de manjares, favoreciéndole gustosa entre los presentes. En tanto que comía y be-
bía el sufridor, divino Odiseo, la fuerza de Alcínoo dijo a un heraldo:
«Pontónoo, mezcla vino en la crátera y repártelo a todos en la casa para que ofrezcamos libaciones a
Zeus, el que goza con el rayo, el que asiste siempre a los venerables suplicantes.»
Así dijo; Pontónoo mezcló el dulce vino y lo repartió entre todos, haciendo una primera ofrenda, por
orden, en las copas. Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto quiso su ánimo, habló entre
ellos Alcínoo y dijo:
«Escuchadme, jefes y señores de los feacios, para que os diga lo que mi corazón me ordena en el
pecho. Dad ahora fin al banquete y marchad a acostaros a vuestra casa. Y a la aurora, después de
convocar al mayor número de ancianos, ofreceremos hospitalidad al forastero, haremos hermosos
sacrificios a los dioses y después trataremos de su escolta para que el forastero alcance su tierra patria
sin fatiga ni esfuerzo con nuestra escolta - la que recibirá contento- por muy lejana que sea, y para que
no sufra ningún daño antes de desembarcar en su tierra. Una vez allí sufrirá cuantas desventuras le
Comentario
tejieron con el hilo en su nacimiento, cuando lo parió su madre, la Aisa y las graves Hilanderas. Pero si [SC127]: Aisa es, junto
con Moira, una personificación del Destino.
fuera uno de los inmortales que ha venido desde el cielo, alguna otra cosa nos preparan los dioses,Aquípues
va unida a las Klothes, las Hilanderas,
hasta ahora siempre se nos han mostrado a las claras, cuando les ofrecemos magníficas hecatombes y Hesiodo (cfr. Teogoaía, 217)
a las que
llama Moiras en general sin especificar su
participan con nosotros del banquete sentados allí donde nos sentamos nosotros. Y si algún caminantenúmero. Posteriormente, como demuestran
solitario se topa con ellos, no se le ocultan, y es que somos semejantes a ellos tanto como los Cíclopes
los versos interpolados 218-9, se
convirtieron en tres, cuyos nombres eran
y la salvaje raza de los Gigantes.» Kloto («la que hila»), Láquesis («la que
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: echa suertes») y Atropo («la inflexible»).
«Alcínoo, deja de preocuparte por esto, que yo en verdad en nada me asemejo a los inmortales que
poseen el ancho cielo, ni en continente ni en porte, sino a los mortales hombres; quien vosotros sepáis
que ha soportado más desventuras entre los hombres mortales, a éste podría yo igualarme en pesares.
Y todavía podría contar desgracias mucho mayores, todas cuantas soporté por la voluntad de los
dioses. Pero dejadme cenar, por más angustiado que yo esté, pues no hay cosa más inoportuna que el
maldito estómago que nos incita por fuerza a acordarnos de él, y aun al que está muy afligido y con un
gran pesar en las mientes, como yo ahora tengo el mío, lo fuerza a comer y beber. También a mí me
hace olvidar todos los males, que he padecido; y me ordena llenarlo.
«Vosotros, en cuanto apunte la aurora, apresuraos a dejarme a mí, desgraciado, en mi tierra patria, a
pesar de lo que he sufrido. Que me abandone la vida una vez que haya visto mi hacienda, mis siervos y
mi gran morada de elevado techo.»
Así dijo; todos aprobaron sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero, ya que había hablado
como le correspondía.
Una vez que hicieron las libaciones y bebieron cuanto su ánimo quiso, cada uno marchó a su casa
para acostarse. Así que quedó sólo en el mégaron el divino Odiseo y a su lado se sentaron Arete y
Alcínoo, semejante a un dios. Las siervas se llevaron los útiles del banquete.
Y Arete, de blancos brazos, comenzó a hablar, pues, al verlos, reconoció el manto, la túnica y los
hermosos ropajes que ella misma había tejido con sus siervas. Y le habló y le dijo aladas palabras:
«Huésped, seré yo la primera en preguntarte: ¿quién eres?, ¿de dónde vienes?, ¿quién te dio esos
vestidos?, ¿no dices que has llegado aquí después de andar errante por el ponto?»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
Es doloroso, reina, que enumere uno a uno mis padecimientos, que los dioses celestes meComentario han [SC128]: Este es el
célebre verso que imita Virgilio en Eneida
otorgado muchos. Pero con todo te contestaré a lo que me preguntas a inquieres. Lejos, en el mar, está
11.3: infandum regina iubes renovare
la isla de Ogigia, donde vive la hija de Atlante, la engañosa Calipso de lindas trenzas, terrible diosa;
dolorem.
ninguno de los dioses ni de los hombres mortales tienen trato con ella. Sólo a mí, desventurado, me
llevó como huésped un demón después que Zeus, empujando mi rápida nave, la incendió con un
brillante rayo en medio del ponto rojo como el vino. Todos mis demás valientes compañeros
perecieron, pero yo, abrazado a la quilla de mi curvada nave, aguanté durante nueve días; y al décimo,
en negra noche, los dioses me echaron a la isla Ogigia, donde habita Calipso de lindas trenzas, la terri-
ble diosa que acogiéndome gentilmente me alimentaba y no dejaba de decir que me haría inmortal y
libre de vejez para siempre; pero no logró convencer a mi corazón dentro del pecho. Allí permanecí, no
obstante, siete años regando sin cesar con mis lágrimas las inmortales ropas que me había dado
Calipso. Pero cuando por fin cumplió su curso el año octavo, me apremió e incitó a que partiera ya sea
por mensaje de Zeus o quizá porque ella misma cambió de opinión. Despidióme en una bien trabada
balsa y me proporcionó abundante pan y dulce vino, me vistió inmortales ropas y me envió un viento
próspero y cálido.
Diecisiete días navegué por el ponto, hasta que el decimoctavo aparecieron las sombrías montañas de
vuestras tierras. Conque se me alegró el corazón, ¡desdichado de mí!, pues aún había de verme
envuelto en la incesante aflición que me proporcionó Poseidón, el que sacude la tierra, quien
impulsando los vientos me cerró el camino, sacudió el mar infinito y el oleaje no permitía que yo,
mientras gemía incesamente, avanzara en mi balsa; después la destruyó la tempestad. Fue entonces
cuando surqué nadando el abismo hastá que el viento y el agua me acercaron a vuestra tierra; y cuando
trataba de alcanzar la orilla, habríame arrojado violentamente el oleaje contra las grandes rocas, en
lugar funesto; pero retrocedí de nuevo nadando, hasta que llegué al río, allí donde me pareció el mejor
lugar, limpio de piedras y al abrigo del viento. Me dejé caer allí para recobrar el aliento y se me echó
encima la noche divina. Alejéme del río nacido de Zeus y entre los matorrales acomodé mi lecho
amontonando alrededor muchas hojas; y un dios me vertió profundo sueño. Allí, entre las hojas, dormí
con el corazón afligido toda la noche, la aurora y hasta el mediodía. Se ponía el Sol cuando me
abandonó el dulce sueño. Vi jugando en la orilla a las siervas de tu hija; y ella era semejante a las dio-
sas. Le supliqué y no estuvo ayuna de buen juicio, como no se podría esperar que obrara una joven que
se encuentra con alguien. Pues con frecuencia los jóvenes son sandios. Me entregó pan suficiente y
oscuro vino, me lavó en el río y me proporcionó esta ropa. Aun estando apesadumbrado te he contado Comentario [SC129]: En realidad,
Odiseo no permitió a las siervas de
toda la verdad.» Nausícaa que lo lavaran. Lo hizo solo.
Y le respondió Alcínoo y dijo: Cfr.215 y ss.
«Huésped, en verdad mi hija no tomó un acuerdo sensato al no traerte a nuestra casa con sus siervas.
Y sin embargo fue ella la primera a quien dirigiste tus súplicas.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«¡Héroe! No reprendas por esto a tu irreprochable hija; ella me aconsejó seguirla con sus siervas,
pero yo no quise por vergüenza, y temiendo que al verme pudieras disgustarte. Que la raza de los
hombres sobre la tierra es suspicaz.»
Y le respondió Alcínoo y dijo:
«Huésped! El corazón que alberga mi pecho no es tal como para irritarse sin motivo, pero todo es
mejor si es ajustado. ¡Zeus padre, Atenea y Apolo, ojalá que siendo como eres y pensando las mismas
cosas que yo pienso, tomases a mi hija por esposa y permaneciendo aquí pudiese llamarte mi yerno!;
que yo te daría casa y hacienda si permanecieras aquí de buen grado. Pero ninguno de los feacios te
retendrá contra tu voluntad, no sea que esto no fuera grato a Zeus. Yo te anuncio, para que lo sepas
bien, tu viaje para mañana. Mientras tú descansas sometido por el sueño, ellos remarán por el mar
encalmado hasta que llegues a tu patria y a tu casa, o a donde quiera que te sea grato, por distance que
esté (aunque más lejos que Eubea, la más lejana según dicen los que la vieron de nuestros soldados
cuando llevaron allí al rubio Radamanto para que visitara a Ticio, hijo de la Tierra. Allí llegaron Comentario
y, sin [SC130]: Fuera de este
pasaje, en ninguna parte se relaciona a
cansancio, en un solo día, llevaron a cabo el viaje y regresaron a casa). Tú mismo podrás observar qué
Radamante con Ticio. Sobre el castigo de
excelentes son mis navíos y mis jóvenes en golpear el mar con el remo.» éste en el Hades, cfr. X1.576 y ss.
Así dijo y se alegró el divino Odiseo, el sufridor, y suplicando dijo su palabra y lo llamó por su
nombre:
«Padre Zeus, ¡ojalá cumpla Alcínoo cuanto ha prometido! Que su fama jamás se extinga sobre la
nutricia tierra y que yo llegue a mi tierra patria.»
Mientras ellos cambiaban estas palabras, Arete, de blancos brazos, ordenó a las mujeres colocar
lechos bajo el portico y disponer las más bellas mantas de púrpura y extender encima las colchas y
sobre ellas ropas de lana para cubrirse.
Así que salieron las siervas de la sala con hachas ardiendo, y una vez que terminaron de hacer
diligentemente la cama, dirigiéronse a Odiseo y lo invitaron con estas palabras:
«Huésped, levántate y ven a dormir, tienes hecha la cama.»
Así hablaron y a él le plugo marchar a acostarse. Así que allí durmió debajo del sonoro pórtico el
sufridor, el divino Odiseo, en lecho taladrado. Luego se acostó Alcínoo en el interior de la alta morada;
le había dispuesto su esposa y señora el lecho y la cama.
CANTO VIII
ODISEO AGASAJADO POR LOS FEACIOS
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se levantó del lecho la
sagrada fuerza de Alcínoo y se levantó Odiseo del linaje de Zeus, el destructor de ciudades. La sagrada
fuerza de Alcínoo los conducía al ágora que los feacios tenían construida cerca de las naves. Y cuando
llegaron se sentaron en piedras pulimentadas, cerca unos de otros.
Y recorría la ciudad Palas Atenea, que tomó el aspecto del heraldo del prudente Alcínoo, preparando
el regreso a su patria para el valeroso Odiseo. La diosa se colocaba cerca de cada hombre y le decía sú
palabra:
«¡Vamos, caudillos y señores de los feacios! Id al ágora para que os informéis sobre el forastero que
ha llegado recientemente a casa del prudente Alcínoo después de recorrer el ponto, semejante en su
cuerpo a los inmortales.»
Así diciendo movía la fuerza y el ánimo de cada uno. Bien pronto el ágora y los asientos se llenaron
de hombres que se iban congregando y muchos se admiraron al ver al prudente hijo de Laertes; que
Atenea derramaba una gracia divina por su cabeza y hombros e hizo que pareciese más alto y más
grueso: así sería grato a todos los feacios y temible y venerable, y Ilevaría a término muchas pruebas,
las que los feacios iban a poner a Odiseo. Cuando se habían reunido y estaban ya congregados, habló
entre ellos Alcínoo y dijo:
«Oídme, caudillos y señores de los feacios, para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro del
pecho. Este forastero -y no sé quién es- ha llegado errante a mi palacio bien de los hombres de Oriente
o de los de Occidente; nos pide una escolta y suplica que le sea asegurada. Apresuremos nosotros su
escolta como otras veces, que nadie que llega a mi casa está suspirando mucho tiempo por ella.
«Vamos, echemos al mar divino una negra nave que navegue por primera vez, y que sean escogidos
entre el pueblo cincuenta y dos jóvenes, cuantos son siempre los mejores. Atad bien los remos a los
bancos y salid. Preparad a continuación un convite al volver a mi palacio, que a todos se lo ofreceré en
abundancia. Esto es lo que ordeno a los jóvenes. Y los demás, los reyes que lleváis cetro, venid,a mi
hermosa mansión para que honremos en el palacio al forastero. Que nadie se niegue. Y llamad al
divino aedo Demódoco, a quien la divinidad há otorgado el canto para deleitar siempre que su ánimo
lo empuja a cantar.»
Así habló y los condujo y ellos le siguieron, los reyes que llevan cetro. El heraldo fue a llamar al
divino aedo y los cincuenta y dos jóyenes se dirigieron, como les había ordenado, á la ribera del mar
estéril. Cuando llegaron a la negra nave y al mar echaron la nave al abismo del mar y pusieron el
mástil y las velas y ataron los remos con correas, todo según correspondía. Extendieron hacia arriba las
blancás velas, anclaron a la nave en aguas profundas y se pusieron en camino para ir a la gran casa del
prudente Alcínoo. Y los pórticos, el recinto de los patios y las habitaciones se llenaron de hombres que
se congregaban, pues eran muchos, jóvenes y ancianos. Para ellos sacrificó Alcínoo doce ovejas y
ocho cerdos albidentes y dos bueyes de rotátíles patas. Los desollaron y prepararon a hicieron un agra-
dable banquete.
Y se acercó el heraldo con el deseable aedo a quien Musa amó mucho y le había dado lo bueno y lo
malo: le privó de los ojos, pero le concedió el dulce canto. Pontónoo le puso un sillón de clavos de
plata en medio de los comensales, apoyándolo a una elevada columna, y el heraldo le colgó de un
clavo la sonora cítara sobre su cabeza. y le mostró cómo tomarla con las manos. También le puso al
lado un canastillo y una linda mesa y una copa de vino para beber siempre que su ánimo le impulsara.
Y ellos echaron mano de las viándas qúe tenían delante. Y cuando hubieron arrojado el deseo de
comida y bebida, Musa empujó al aedo a que cantara la gloria de los guerreros con un canto cuya fama
llegaba entonces al ancho cielo: la disputa de Odiseo y del Pelida Aquiles, cómo en cierta ocasión
discutieron en el suntuoso banquete de los dioses con horribles palabras. Y el soberano de hombres;
Agamenón, se alegraba en su ánimó de que riñeran los mejores de los aqueos. Así se lo había dicho
con su oráculo Febo Apolo en la divina Pitó cuando sobrépasó el umbral de piedra para ir a
consultarle; en aquel momento comenzó a desarrollarse el principio de la calamidad para teucros y
dánaos por los designios del gran Zeus. Esta cantaba el muy ilustre aedo. Entonces Odiseo tomó con
sus pesadas manos su grande, purpúrea manta; se lo echó par encima de la cabeza y cubrió su hermoso
rostro; le daba vergüenza déjar caer lágrimas bajo sus párpados delanté de los feacios. Siempre que el
divino aedo dejaba de cantar se enjugaba las lágrimas y retiraba el manto de su cabeza y, tomando una
copa doble, hacía libaciones a los dioses.
Pero cuando comenzaba otra vez -lo impulsaban a cantar los más nobles de los feacios porque
gozaban con sus versos-, Odiseo se cubría nuevamente la cabeza y lloraba. A los demás les pasó
inadvertido que derramaba lágrimas. Sólo Alcínoo lo advirtió y observó, pues estaba sentado al lado y
le oía gemir gravemente. Entonces dijo el soberano a los feacios amantes del remo:
«¡Oídme, caudillós y señores de los feacios! Ya hemos gozado del bien distribuido banquete y de la
cítara que es compañera del festín espléndido; salgamos y -probemos toda clase de juegos. Así también
el huésped contará a los suyos al volver a casa cuánto superamos a los demás en el pugilato, en la
lucha, en el salto y en la carrera.»
Así habló y los condujo y ellos les siguieron. El heraldo colgó del clavo la sonora cítara y tomó de la
mano a Demódoco; lo sacó del mégaron y lo conducía por el mismo camino que llevaban los mejores
de los feacios para admirar los juegos,. Se pusieron en camino para ir al ágora y los seguía una gran
multitud, miles. Y se pusieron en pie muchos y vigorosos jóvenes, se levantó Acroneo, y Ocíalo, y
Elatreo, y Nauteo, y Primneo, y Anquíalo, y Eretmeo, y Ponteo, y Poreo, y Toón, y Anabesineo, y
Anfíalo, hijo de Polineo Tectónida. Se levantó también Eurfalo, semejante a Ares, funesto para Comentario
los [SC131]: Todos los
nombres propios de los feacios (excepto
mortales, el que más sobresalía en cuerpo y hermosura de todos los feacios después del irreprochable
Alcínoo y Arete) hacen alusión al mar
Laodamante. También se pusieron en pie tres hijos del egregio Alcínoo: Laodamante, Halio y(Ponteo, Éli-Halio y terminados en -alo), a las
toneo, parecido a un dios. Éstos hicieron la primera prueba con los pies. Desde la línea de salida naves
se (Nausícaa y terminados en -neo) o a
les
una parte de éstas (Primneo); a su velocidad
extendía la pista y volaban velozmente por la llanura levantando polvo. Entre ellos fue con mucho (Tóon,elOcíalo), a su capacidad de navegar
(Nauteo) o de constnuir naves (Tectónida).
mejor en el correr el irreprochable Clitoneo; cuanto en un campo noval es el alcance de dos mulas,
Comentario [SC132]: Se refiere a la
tanto se les adelantó llegando a la gente mientras los otros se quedaron atrás. Luego hicieron la prueba
extensión que dos mulas pueden arar en un
de la fatigosa lucha y en ésta venció Euríalo a todos los mejores. Y en el salto fue Anfíalo el mejor, y
día, comparada implícitamente con la que
en el disco fue Elatreo el mejor de todos con mucho, y en el pugilato Laodamante, el noble hijo aran dos
de bueyes. Cfr. Illoda X.351, donde la
comparación es más explícita y de donde
Alcínoo. Y cuando todos hubieron deleitado su ánimo con los juegos, entre ellos habló Laodamante, el ha sido tomada y abreviada.
esta frase
hijo de Alcínoo:
«Aquí, amigos, preguntemos al huésped si conoce y ha aprendido algún juego. Que no es vulgar en
su natural: en sus músculos y piernas, en sus dos brazos, en su robusto cuello y en su gran vigor. Y no
carece de vigor juvenil, sino que está quebrantado por numerosos males; que no creo yo que haya cosa
peor que el mar para abatir a un hombre por fuerte que sea.»
camas.
«Conque, vamos, bailarines de los feacios, cuantos sois los mejores, danzad; así podrá también decir
el huésped a los suyos cuando regrese a casa cuánto superamos a los demás en la náutica y en la
carrera y en el baile y en el canto. Que alguien vaya a llevar a Demódoco la sonora cítara que yace en
algún lugar de nuestro palacio.»
Así habló Alcínoo semejante a un dios, y se levantó un heraldo para llevar la curvada cítara de la
habitación del rey. También se levantaron árbitros elegidos, nueve en total -los que organizaban bien
cada cosa en los concursos-, allanaron el piso y ensancharon la hermosa pista. Se acercó el heraldo
trayendo la sonora cítara a Demódoco y éste enseguida salió al centro. A su alrededor se colocaron
unos jóvenes adolescentes conocedores de la danza y batían la divina pista con los pies. Odiseo
contemplaba el brillo de sus pies y quedó admirado en su ánimo.
Y Demódoco, acompañándose de la cítara, rompió a cantar bellamente sobre los amores de Ares y de
la de linda corona, Afrodita: cómo se unieron por primera vez a ocultas en el palacio de Hefesto. Ares
le hizo muchos regalos y deshonró el lecho y la cama de Hefesto, el soberano. Entonces se lo fue a co-
municar Helios, que los había visto unirse en amor. Cuando oyó Hefesto la triste noticia, se puso en
camino hacia su fragua meditando males en su interior; colocó sobre el tajo el enorme yunque y se
puso a forjar unos hilos irrompibles, indisolubles, para que se quedaran allí firmemente.
Y cuando había construido su trampa irritado contra Ares, se puso en camino hacia su dormitorio,
donde tenía la cama, y extendió los hilos en círculo por todas partes en torno a las patas de la cama;
muchos estaban tendidos desde arriba, desde el techo, como suaves hilos de araña, hilos que no podría
ver nadie, ni siquiera los dioses felices, pues estaban fabricados con mucho engaño. Y cuando toda su
trampa estuvo extendida alrededor de la cama, simuló marcharse a Lemnos, bien edificada ciudad, la
que le era más querida de todas las tierras.
Ares, el que usa riendas de oro, no tuvo un espionaje ciego, pues vio marcharse lejos a Hefesto, al
ilustre herrero, y se puso en camino hacia el palacio del muy ilustre Hefesto deseando el amor de la
diosa de linda corona, de la de Citera. Estabá ella sentada, recién venida de junto a su padre, el
poderoso hijo de Cronos. Y él entró en el palacio y la tomó de la mano y la llamó por su nombre:
«Ven acá, querida, vayamos al lecho y acostémonos, pues Hefesto ya no está entre nosotros, sino que
se ha marchado a Lemnos, junto a los sintias, de salvaje lengua.»
Así habló, y a ella le pareció deseable acostarse. Y los dos marcharon a la cama y se acostaron. A su
alrededor se extendían los hilos fabricados del prudence Hefesto y no les era posible mover los
miembros ni levantarse. Entonces se dieron cuenta que no había escape posible. Y llegó a su lado el
muy ilustre cojo de ambos pies, pues había vuelto antes de llegar a tierra de Lemnos; Helios mantenía
la vigilancia y le dio la noticia y se puso en camino hacia su palacio, acongojado su corazón. Se detuvo
en el pórtico y una rabia salvaje se apoderó de él, y gritó estrepitosamente haciéndose oír de todos los
dioses:
«Padre Zeus y los demás dioses felices que vivís siempre, venid aquí para que veáis un acto ridículo
y vergonzoso: cómo Afrodita, la hija de Zeus, me deshonra continuamente porque soy cojo y se
entrega amorosamente al pernicioso Ares; que él es hermoso y con los dos pies, mientras que yo soy
lisiado. Pero ningún otro es responsable, sino mis dos padres: ¡no me debían haber engendrado! Pero
mirad dónde duermen estos dos en amor; se han metido en mi propia cama. Los estoy viendo y me
lleno de dolor, pues nunca esperé ni por un instante que iban a dormir así por mucho que se amaran.
Pero no van a desear ambos seguir durmiendo, que los sujetará mi trampa y las ligaduras hasta que mi
padre me devuelva todos mis regalos de esponsales, cuantos le entregué por la muchacha de cara de
perra. Porque su hija era bella, pero incapaz de contener sus deseos.»
Así habló, y los dioses se congregaron junto a la casa de piso de bronce. Llegó Poseidón, el que
conduce su carro por la tierra; llegó el subastador, Hermes, y llegó el soberano que dispara desde lejos,
Apolo. Pero las hembras, las diosas, se quedaban por vergüenza en casa cada una de ellas.
Se apostaron los dioses junto a los pórticos, los dadores de bienes, y se les levantó inextinguible la
risa al ver las artes del prudente Hefesto. Y al verlo, decía así uno al que tenía más cerca:
«No prosperan las malas acciones; el lento alcanza al veloz. Así, ahora, Hefesto, que es lento, ha
cogido con sus artes a Ares, aunque es el más veloz de los dioses que ocupan el Olimpo, cojo como es.
Y debe la multa por adulterio.»
Así decían unos a otros. Y el soberano, hijo de Zeus, Apolo, se dirigió a Hermes:
«Hermes, hijo de Zeus, Mensajero, dador de bienes, ¿te gustaría dormir en la cama junto a la dorada
Afrodita sujeto por fuertes ligaduras?»
Y le contestó el mensajero el Argifonte:
«¡Así sucediera esto, soberano disparador de lejos, Apolo! ¡Que me sujetaran interminables ligaduras
tres veces más que ésas y que vosotros me mirarais, los dioses y todas las diosas!»
Así dijo y se les levantó la risa a los inmortales dioses. Pero a Poseidón no le sujetaba la risa y no
dejaba de rogar a Hefesto, al insigne artesano, que liberara a Ares. Y le habló y le dirigió aladas
palabras:
«Suéltalo y te prometo, como ordenas, que te pagaré todo lo que es justo entre los inmortales
dioses.»
Y le contestó el insigne cojo de ambos pies:
«No, Poseidón, que conduces tu carro por la tierra, no me ordenes eso; sin valor son las fianzas que
se toman por gente sin valor. ¿Cómo iba yo a requerirte entre los inmortales dioses si Ares se escapa
evitando la deuda y las ligaduras?
Y le respondió Poseidón, el que sacude la tierra:
«Hefesto, si Ares se escapa huyendo sin pagar la deuda, yo mismo te la pagaré.»
Y le contestó el muy insigne cojo de ambos pies:
«No es posible ni está bien negarme a tu palabra.»
Así hablando los liberó de las ligaduras la fuerza de Hefesto. Y cuando se vieron libres de las
ligaduras, aunque eran muy fuertes, se levantaron enseguida: él marchó a Tracia y ella se llegó a
Chipre, Afrodita, la que ama la risa. Allí la lavaron las Gracias y la ungieron con aceite inmortal, cosas
que aumentan el esplendor de los dioses que viven siempre y la vistieron deseables vestidos, una
maravilla para verlos.
Esto cantaba el muy insigne aedo. Odiseo gozaba en su interior al oírlo y también los demás feacios
que usan largos remos, hombres insignes por sus naves.
Alcínoo ordenó a Halio y Laodamante que danzaran solos, pues nadie rivalizaba con ellos. Así que
tomaron en sus manos una hermosa pelota de púrpura (se la había hecho el sabio Pólibo); el uno la
lanzaba hacia las sombrías nubes doblándose hacia atrás y el otro saltando hacia arriba la recibía con
facilidad antes de tocar el suelo con sus pies.
Después; cuando habían hecho la prueba de lanzar la pelota en línea recta, danzaban sobre la tierra
nutricia cambiando a menudo sus posiciones; los demás jóvenes aplaudían en pie entre la concurrencia
y gradualmente se levantaba un gran murmullo.
Fue entonces cuando el divino Odiseo se dirigió a Alcínoo:
«Alcínoo, poderoso, el más insigne de todo tu pueblo, con razón me asegurabas que erais los mejores
bailarines. Se ha presentado esto como un hecho cumplido, la admiración se apodera de mí al verlo.»
Así habló, y se alegró la sagrada fuerza de Alcínoo. Y enseguida dijo a los feacios amantes del remo:
«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. El huésped me parece muy discreto. Vamos, démosle
un regalo de hospitalidad, como es natural. Puesto que gobiernan en el pueblo doce esclarecidos reyes
-yo soy el decimotercero-, cada uno de éstos entregadle un vestido bien lavado y un manto y un talento
de estimable oro. Traigámoslo enseguida todos juntos para que el huésped, con ello en sus manos, se
acerque al banquete con ánimo gozoso. Y que Euríalo lo aplaque con sus palabras y con un regalo, que
no dijo su palabra como le correspondía.»
Así dijó, y todos aprobaron sus palabras y se lo aconsejaron a Euríalo. Y cada uno envió un heraldo
para que trajera los regalos.
Entonces, Euríalo le contestó y dijo:
«Alcínoo poderoso, el más señalado de todo el pueblo, aplacaré al huésped como tú ordenas. Le
regalaré esta espada Coda de bronce, cuya empuñadura es de plata y cuya vaina está rodeada de marfil
recién cortado. Y le será de mucho valor.»
Así dijo, y puso en manos de Odiseo la espada de clavos de plaza; le habló y le dirigió aladas
palabras:
«Salud, padre huésped, si alguna palabra desagradable ha sido dicha, que la arrebaten los vendavales
y se la lleven. Y a ti, que los dioses te concedan ver a tu esposa y llegar a to patria, pues sufres
penalidades largo tiempo ya lejos de los tuyos.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«También a ti, amigo, salud y que los dioses te concedan felicidad, y que después no sientas
nostalgia de la espada ésta que ya me has dado aplacándome con tus palabras.»
Así dijo, y colocó la espada de clavos de plata en torno a sus hombros.
Cuando se sumergió Helios ya tenía él a su lado los insignes regalos; los ilustres heraldos los
llevaban al palacio de Alcínoo y los hijos del irreprochable Alcínoo los recibieron y colocaron los muy
hermosos regalos junto a su venerable madre.
Ante ellos marchaba la sagrada fuerza de Alcínoo y al llegar se sentaron en elevados sillones.
Entonces se dirigió a Arete la fuerza de Alcínoo:
«Trae acá, mujer, un arcón insigne, el que sea mejor. Y en él coloca un vestido bien lavado y un
manto. Calentadle un caldero de bronce con fuego alrededor y templad el agua para que se lave y vea
bien puestos todos los regalos que le han traído aquí los irreprochables feacios, y goce con el banquete
escuchando también la música de una tonada. También yo le entregaré esta copa mía hermosísima, de
oro, para qua se acuerde de mí todos los días al hacer libaciones en su palacio a Zeus y a los demás
dioses.»
Así dijo, y Arete ordenó a sus. esclavas que colocaran al fuego un gran trípode lo antes posible. Ellas
colocaron al fuego ardiente una bañera de tres patas, echaron agua, pusieron leña y la encendieron
debajo. Y el fuego lamía el vientre de la bañera y se calentaba el agua.
Entretanto Arete traía de su tálamo un arcón hermosísimo para el huésped en él había colocado los
lindos regalos, vestidos y oro, que los feacios le habían dado. También había colocado en el arcón un
hermoso vestido y un manto y le habló y le dirigió aladas palabras:
«Mira tú mismo esta tapa y échale enseguida un nudo, no sea que alguien la fuerce en el viaje
cuando duermas dulce sueño al marchar en la negra nave.»
Cuando escuchó esto el sufridor, el divino Odiseo, adaptó la tapa y le echó enseguida un bien trabado
nudo, el que le había enseñado en otro tiempo la soberana Circe.
Acto seguido el ama de llaves ordenó que lo lavaran una vez metido en la bañera, y él vio con gusto
el baño caliente, pues no se había cuidado a menudo de él desde que había abandonado la morada de
Calipso, la de lindas trenzas. En aquella época le estaba siempre dispuesto el baño como para un dios.
Cuando las esclavas lo habían lavado y ungido con aceite y le habían puesto túnica y manto, salió de
la bañera y fue hacia los hombres que bebían vino. Y Nausícaa, que tenía una hermosura dada por Comentario
los [SC136]: Nausícaa
desapareció bruscamente al final dal canto
dioses se detuvo junto a un pilar del bien fabricado techo. Y admiraba a Odiseo al verlo en sus ojos; y
VI y reaparece brevemente para despedirse
le habló y le dijo aladas palabras: de Odiseo. Es todo lo que puede hacer
Homero (quien suele eliminar el elemento
«Salud, huésped, acuérdate de mí cuando estés en tu patria, pues es a mí la primera a quien debes lacon un personaje cuya función en
erótico)
vida.» el foklore es conquistar al extranjero
desconocido qua llega a su patria, cfr. W. J.
Y le contestó y le dijo el muy astuto Odiseo: Woodhouse, The composition págs. 58 y ss.
«Nausícaa, hija del valeroso Alcínoo, que me conceda Zeus, el que truena fuerte, el esposo de Hera,
volver a mi casa y ver el día del regreso. Y a ti, incluso allí te haré súplicas como a una diosa, pues tú,
muchacha, me has devuelto la vida.»
Dijo, y se sentó en su sillón junto al rey Alcínoo.
Y ellos ya estaban repartiendo las porciones y mezclando el vino.
Y un heraldo se acercó conduciendo al deseable aedo, a Demódoco, honrado en el pueblo, y le hizo
sentar en medio de los comensales apoyándolo junto a una enorme columna.
Entonces se dirigió al heraldo el muy inteligente Odiseo, mientras cortaba el lomo -pues aún sobraba
mucho- de un albidente cerdo (y alrededor había abundante grasa):
«Heraldo, van acá, entrega esta carne a Demódoco para que lo coma, que yo le mostraré cordialidad
por triste que esté. Pues entre todos los hombres terrenos los aedos participan de la honra y del respeto,
porque Musa les ha enseñado el canto y ama a la raza de los aedos.»
Así dijo, el heraldo lo llevó y se lo puso en las manos del héroe Demódoco, y éste lo recibió y se
alegró en su ánimo. Y ellos echaban mano de las viandas que tenían delante.
Cuando hubieron arrojado lejos de sí el deseo de bebida y de comida, ya entonces se dirigió a
Demódoco el muy inteligente Odiseo:
«Demódoco, muy por encima de todos los mortales te alabo: seguro que te han enseñado Musa, la
hija de Zeus, o Apolo. Pues con mucha belleza cantas el destino de los aqueos -cuánto hicieron y
sufrieron y cuánto soportaron- como si tú mismo lo hubieras presenciado o lo hubieras escuchado de
otro allí presente!
«Pero, vamos, pasa a otro tema y canta la estratagema del caballo de madera que fabricó Epeo con la
ayuda de Atenea; la emboscada que en otro tiempo condujo el divino Odiseo hasta la Acrópolis,
llenándola de los hombres que destruyeron Ilión.
«Si me narras esto como te corresponde, yo diré bien alto a todos los hombres que la divinidad te ha
concedido benigna el divino canto.»
Así habló, y Demódoco, movido por la divinidad, inició y mostró su cánto desde el momento en que
los argivos se embarcaron en las naves de buenos bancos y se dieron a la mar después de incendíar las
tiendas de campaña. Ya estaban los emboscados con el insigne Odiseo en el ágora de los troyanos,
ocultos dentro del caballo, pues los mismos troyanos lo habían arrastrado hasta la Acrópolis.
Así estaba el caballo, y los troyanos deliberaban en medio de una gran incertidumbre sentados
alrededor de éste. Y les agradaban tres decisiones: rajar la cóncava madera con el mortal bronce,
arrojarlo por las rocas empujándolo desde to alto, o dejar que la gran estatua sirviera para aplacar a los
dioses. Esta última decisión es la que iba a cumplirse. Pues era su Destino que perecieran una vez que
la ciudad encerrara el gran caballo de madera donde estaban sentados todos los mejores de los argivos
portando la muerte y Ker para los troyanos. Y cantaba cómo los hijos de los aqueos asolaron la ciudad
una vez que salieron del caballo y abandonaron la cóncava emboscada. Y cantaba que unos por un lado
y otros por otro iban devastando la elevada ciudad, pero que Odiseo marchó semejante a Ares en
compañía del divino Menelao hacia el palacio de Deífobo.
Y dijo que, una vez allí, sostuvo el más terrible combate y que al fin venció con la ayuda de la
valerosa Atenea.
Esto es lo que cantaba el insigne aedo, y Odiseo se derretía: el llanto empapaba sus mejillas
deslizándose de sus párpados.
Como una mujer llora a su marido arrojándose sobre él caído ante su ciudad y su pueblo por apartar
de ésta y de sus hijos el día de la muerte -ella lo contempla moribundo y palpitante, y tendida sobre él
llora a voces; los enemigos cortan con sus lanzas la espalda y los hombros de los ciudadanos y se los
llevan prisioneros para soportar el trabajo y la pena, y las mejillas de ésta se consumen en un dolor
digno de lástima-, así Odiseo destilaba bajo sus párpados un llanto digno de lástima. Comentario [SC137]: Se trata de una
comparación, nada exacta en los detalles y
A los demás les pasó desapercibido que derramaba lágrimas, y sólo Alcínoo lo advirtió y observó muy poco en sus líneas generales. Pero sin
sentado como estaba cerca de él y le oyó gemir pesadamente. duda viene traída por asociación de ideas
con la Iliupersis que acaba de cantar
Entonces dijo al punto a los feacios amantes del remo: Demódoco.
«Escuchad, caudillos y señores de los feacios. Que Demódoco detenga su cítara sonora, pues no
agrada a todos al cantar esto. Desde que estamos cenando y comenzó el divino aedo, no ha dejado el
huésped un momento el lamentable llanto. El dolor le rodea el ánimo.
«Varnos, que se detenga para que gocemos todos por igual, los que le damos hospitalidad y el
huésped, pues así será mucho mejor. Que por causa del venerable huésped se han preparado estas
cosas, la escolta y amables regalos, cosas que le entregamos como muestra de afecto. Como un
hermano es el huésped y el suplicante para el hombre que goce de sensatez por poca que sea. Por ello,
tampoco tú escondas en tu pensamiento astuto lo que voy a preguntarte, pues lo mejor es hablar. Dime
tu nombre, el que te llamaban allí tu madre y tu padre y los demás, los que viven cerca de ti. Pues
ninguno de los hombres carece completamente de nombre, ni el hombre del pueblo ni el noble, una vez
que han nacido. Antes bien, a todos se lo ponen sus padres una vez que lo han dado a luz.
Dime también tu tierra, tu pueblo y tu ciudad para que te acompañen allí las naves dotadas de
inteligencia. Pues entre los feacios no hay pilotos ni timones en sus naves, cosas que otras naves
tienen. Ellas conocen las intenciones y los pensamientos de los hombres y conocen las ciudades y los
fértiles campos de todos los hombres. Recorren velozmente el abismo del mar aunque estén cubiertas
por la oscuridad y la niebla, y nunca tienen miedo de sufrir daño ni de ser destruidas. Pero yo he oído
decir en otro tiempo a mi padre Nausítoo que Poseidón estaba celoso de nosotros porque
acompañamos a todos sin daño. Y decía que algún día destruiría en el nebuloso ponto a una bien
fabricada nave de los feacios al volver de una escolta y nos bloquearía la ciudad con un gran monte.
Así decía el anciano; que la divinidad cumpla esto o lo deje sin cumplir, como sea agradable a su
ánimo.
«Pero, vamos, dime -e infórmame en verdad.-, por dónde has andado errante y a qué regiones de
hombres has llegado. Háblame de ellos y de sus bien habitadas ciudades, los que son duros y salvajes y
no justos, y los que son amigos de los forasteros y tienen sentimientos de veneración hacia los dioses.
Dime también por qué lloras y te lamentas en tu ánimo al oír el destino de los argivos, de los dánaos y
de Ilión. Esto lo han hecho los dioses y han urdido la perdición para esos hombres, para que también
sea motivo de canto pará los venideros. ¿Es que ha perecido ante Ilión algún pariente tuyo..., un noble
yerno, o suegro, los que son más objeto de preocupación después de nuestra propia sangre y linaje? ¿O
un noble amigo de sentimientos agradables? Pues no es inferior a un hermano el amigo que tiene
pensamientos discretos.»
CANTO IX
ODISEO CUENTA SUS AVENTURAS:
LOS CICONES, LOS LOTÓFAGOS, LOS CÍCLOPES
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, el más noble de todo tu pueblo, en verdad es agradable escuchar al aedo, tal
como es, semejante a los dioses en su voz. No creo yo que haya un cumplimiento más delicioso que
cuando el bienestar perdura en todo el pueblo y los convidados escuchan a lo largo del palacio al aedo
sentados en orden, y junto a ellos hay mesas cargadas de pan y carne y un escanciador trae y lleva vino
que ha sacado de las cráteras y lo escancia en las copas. Esto me parece lo más bello.
«Tu ánimo se ha decidido a preguntar mis penalidades a fin de que me lamente todavía más en mi
dolor. Porque, ¿qué voy a narrarte lo primero y qué en último lugar?, pues son innumerables los
dolores que los dioses, los hijos de Urano, me han proporcionado. Conque lo primero qué voy a decir
es mi nombre para que lo conozcáis y para que yo después de escapar del día cruel continúe
manteniendo con vosotros relaciones de hospitalidad, aunque el palacio en que habito esté lejos.
Comentario [SC138]: Esta frase está
«Soy Odiseo, el hijo de Laertes, el que está en boca de todos los hombres por toda clase de trampas,
mejor en boca del aedo Homero que de
y mi fama llega hasta el cielo. Habito en Itaca, hermosa al atardecer. Hay en ella un monte, el Nérito
Odiseo mismo. En X11.70 hay una
de agitado follaje, muy sobresaliente, y a su alrededor hay muchas islas habitadas cercanas unas de similar referida a la nave Argo, y
expresión
es evidente que significa que es objeto de
otras, Duliquio y Same, y la poblada de bosques Zante. Itaca se recuesta sobre el mar con poca altura,
canto para los aedos.
la más remota hacia el Occidente, y las otras están más lejos hacia Eos y Helios. Es áspera, pero buena
criadora de mozos.
«Yo en verdad no soy capaz de ver cosa alguna más dulce que la tierra de uno. Y eso que me retuvo
Calipso, divina entre las diosas, en profunda cueva deseando que fuera su esposo, e igualmente me
retuvo en su palacio Circe, la hija de Eeo, la engañosa, deseando que fuera su esposo.
«Pero no persuadió a mi ánimo dentro de mi pecho, que no hay nada más dulce que la tierra de uno y
de sus padres, por muy rica que sea la casa donde uno habita en tierra extranjera y lejos de los suyos.
«Y ahora os voy a narrar mi atormentado regreso, el qúe Zeus me ha dado al venir de Troya. El
viento que me traía de Ilión me empujó hacia los Cicones, hacia Ismaro. Allí asolé la ciudad, Comentario
a sus [SC139]: Los cicones son
el único pueblo que aparece en las
habitantes los pasé a cuchillo, tomamos de la ciudad a las esposas y abundante botín y lo repartimos de de Odiseo cuya realidad
Aventuras
manera que nadie se me fuera sin su parte correspondiente. Entonces ordené a los míos que huyeran geográfica e histórica es incontestable. Y es
significativo que sea el primero: desde aquí
con rápidos pies, pero ellos, los muy estúpidos, no rne hicieron caso. Así que bebieron mucho vino se pasa y
a la pura ficción. En Ilíada,
degollaron muchas ovejas junto a la ribera y cuernitorcidos bueyes de rotátiles patas. 11.846,.aparecen como aliados de los
«Entre tanto, los Cicones, que se hábían marchado, lanzaron sus gritos de ayuda a otros Ciconestroyanos,
que,
entre
y aunque el Catálogo los sitúa
los tracios del Helesponto y los
vecinos suyos, eran a la vez más numerosos y mejores, los que habitaban tierra adentro,peonios, bienno tienen una localización precisa.
Sin embargo, Heródoto (7.59 y 108) dice
entrenados en luchar con hombres desde el carro y a pie, donde sea preciso. Y enseguida llegaron que tan
antiguamente les pertenecía la región
numerosos como nacen en primavera las hojas y las flores, veloces. de Tracia entre Abdera y el Hebro con las
localidades de Sale, Zona y cabo Serreo. Su
capital era Ismaro y era región vinícola (cfr.
«Entonces la funesta Aisa de Zeus se colocó junto a nosotros, de maldito destino, paramásque
adelante, vv. 196-200).
sufriéramos dolores en abundancia; lucharon pie a sierra junto a las veloces naves, y se herían unos a
otros con sus lanzas de bronce. Mientras Eos duró y crecía el sagrado día, los aguantamos
rechazándoles aunque eran más numerosos. Pero cuando Helios se dirigió al momento de desuncir los
bueyes, los Cicones nos hicieron retroceder venciendo a los aqueos y sucumbieron seis compañeros Comentario
de [SC140]: A la caída del
sol.
buenas grebas de cada nave. Los demás escapamos de la muerte y de nuestro destino, y desde allí
proseguimos navegando hacia adelante con el corazón apesadumbrado, escapando gustosos de la
muerte aunque habíamos perdido a los compañeros. Pero no prosiguieron mis curvadas naves, que
cada uno llamamos por tres veces a nuestros desdichados compañeros, los que habían muerto en la
llanura a manos de los Cicones.
«Entonces el que reúne las nubes, Zeus; levantó el viento Bóreas junto con una inmensa tempestad, y
con las nubes ocultó la tierra y a la vez el ponto. Y la noche surgió del cielo. Las naves eran arrastradas
transversalmente y el ímpetu del viento rasgó sus velas en tres y cuatro trozos. Las colocamos sobre
cubierta por terror a la muerte, y haciendo grandes esfuerzos nos dirigimos a remo hacia tierra.
«Allí estuvimos dos noches y dos días completos, consumiendo nuestro ánimo por el cansancio y el
dolor.
«Pero cuando Eos, de lindas trenzas, completó el tercer día, levantamos los mástiles, extendimos las
blancas velas y nos sentamos en las naves, y el viento y los pilotos las conducían. En ese momento
habría llegado ileso a mi tierra patria, pero el oleaje, la corriente y Bóreas me apartaron al doblar las
Comentario [SC141]: Los lotófagos
Maleas y me hicieron vagar lejos de Citera. Así que desde allí fuimos arrastrados por fuertes vientosson un pueblo mítico, de localización
irrelevante -aunque lógicamente deben estar
durante nueve días sobre el ponto abundante en peces, y al décimo arribamos a la tierra de al surlos
si Odiseo llega allí vagando desde
Lotófagos, los que comen flores de alimento. Descendimos a tierra, hicimos provisión de aguaCitera. y alLos historiadores posteriores los
identificaron con un pueblo del norte de
punto mis compañeros tomaron su comida junto a las veloces naves. Cuando nos habíamos hartado África,deen las Sirtes o en la misma isla de
comida y bebida, yo envié delante a unos compañeros para que fueran a indagar qué clase de hombres, Djerba (cfr._ Heródoto, 4.177 y Polibio,
1.39). Sobre el loto,los autores antiguos no
de los que se alimentan de trigo, había en esa región; escogí a dos, y como tercer hombre les enviése aponenun de acuerdo: Heródoto dice (loc.
heraldo. Y marcharon enseguida y se encontraron con los Lotófagos. Éstos no decidieron matar cit.) queapor su tamaño se parece al lentisco
y por su dulzor al dátil y que con él hacen
nuestros compañeros, sino que les dieron a comer loto, y el que de ellos comía el dulce fruto delvino. loto
Polibio hace una descripción muy
ya no quería volver a informarnos ni regresar, sino que preferían quedarse allí con los Lotófagos, detallada en 12.2 que según F. W. Walbank,
A historical Comentary on Palibius,
arrancando loto, y olvidándose del regreso. Pero yo los conduje a la fuerza, aunque lloraban, y Oxford,
en las1957 y 1967 (ad. /loc.),
cóncavas naves los arrastré y até bajo los bancos. Después ordené a mis demás leales compañeros que al zizyphur lotus, de la familia
corresponde
de las ramnacías, cuyo nombre vulgar en
se apresuraran a embarcar en las rápidas naves, no fuera que alguno comiera del loto y se olvidara deles azufaifo.
español
regreso. Y rápidamente embarcaron y se sentaron sobre los bancos, y, sentados en fila, batían el canoso
mar con los remos.
«Desde allí proseguimos navegando con el corazón acongojado, y llegamos a la tierra de 1os
Comentario [SC142]: Los Cílopes, que
Cíclopes, los soberbios, los sin ley; los que, obedientes a los inmortales, no plantan con sus manos
en Hesiodo (cfr. Tmgwún, 139 y ss. 501 y
frutos ni labran la tierra, sino que todo les nace sin sembrar y sin arar: trigo y cebada y viñas
ss.) que
pertenecen a la cateogría de los Thanes
producen vino de gordos racimos; la lluvia de Zeus se los hace crecer. No tienen ni ágoras donde se directamente de Urano y Gea,
y descienden
están aquí plenamente humanizados.
emite consejo ni leyes; habitan las cumbres de elevadas montañas en profundas cuevas y cada uno es Polifemo tiene ascendencia divi-
Solamente
legislador de sus hijos y esposas, y no se preocupan unos de otros. na y su ceguera por Odiseo es la causa
última de las aventuras y desventuras del
héroe (cfr. 1.68 y ss.). Los demás
«Más allá del puerto se extiende una isla llana, no cerca ni lejos de la tierra de los Cíclopes, llena de el prototipo de una tribu
constituyen
bárbara carente de leyes, de religión y de
bosques. En ella se crían innumerables cabras salvajes, pues no pasan por allí hombres que civilización.
se lo Homero combina en este
impidan ni las persiguen los cazadores, los que sufren dificultades en el bosque persiguiendo las
pasaje el tema folklórico universal del
Gigante malvado y el de Nadie, cfr. D. L.
crestas de los montes. La isla tampoco está ocupada por ganados ni sembrados, sino que, no sembrada Page, ob. cit., cap. I.
ni arada, carece de cultivadores todo el año y alimenta a las baladoras cabras. No disponen los
Comentario [SC143]: No es la tierra
Cíclopes de naves de rojas proas, ni hay allí armadores que pudieran trabajar en construirde bien los Cíclopes, sino una isla cercana donde
Odiseo amarra su escuadra y desde donde,
entabladas naves; éstas tendrían como término cada una de las ciudades de mortales a las que suelencon una sola nave, se dirige a la tierra de los
llegar los hombres atravesando con sus naves el mar, unos en busca de otros, y los Cíclopes se habrían
Cíclopes. Cfr. los vv. 543 y ss.
hecho una isla bien fundada. Pues no es mala y produciría todos los frutos estacionales; tiene prados
junto a las riberas del canoso mar, húmedos, blandos. Las viñas sobre todo producirían
constantemente, y las tierras de pan llevar son llanas. Recogerían siempre las profundas mieses en su
tiempo oportuno, ya que el subsuelo es fértil. También hay en ella un puerto fácil para atracar, donde
no hay necesidad de cable ni de arrojar las anclas ni de atar las amarras. Se puede permanecer allí, una
vez arribados, hasta el día en que el ánimo de los marineros les impulse y soplen los vientos.
«En la parte alta del puerto corre un agua resplandeciente, una fuente que surge de la profundidad de
una cueva, y en torno crecen álamos. Hacia allí navegamos y un demón nos conducía a través de la
oscura noche. No teníamos luz para verlo, pues la bruma era espesa en torno a las naves y Selene no
irradiaba su luz desde el cielo y era retenida por las nubes; así que nadie vio la isla con sus ojos ni
vimos las enormes olas que rodaban hacia tierra hasta que arrastramos las naves de buenos bancos.
Una vez arrastradas, recogimos todas las velas y descendimos sobre la orilla del mar y esperamos a la
divina Eos durmiendo allí.
«Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, deambulamos llenos de
admiración por la isla.
«Entonces las ninfas, las hijas de Zeus, portador de égida, agitaron a las cabras montafaces para que
comieran mis compañeros. Así que enseguida sacamos de las naves los curvados arcos y las lanzas de
largas puntas, y ordenados en tres grupos comenzamos a disparar, y pronto un dios nos proporcionó
abundante caza. Me seguían doce naves, y a cada una de ellas tocaron en suerte nueve cabras, y para
mí solo tomé diez. Así estuvimos todo el día hasta el sumergirse de Helios, comiendo innumerables
trozos de carne y dulce vino; que todavía no se había agotado en las naves el dulce vino, sino que aún
quedaba, pues cada uno había guardado mucho en las ánforas cuando tomamos la sagrada ciudad de
los Cicones.
«Echamos un vistazo a la tierra de los Cíclopes que estaban cerca y vimos el humo de sus fogatas y
escuchamos el vagido de sus ovejas y cabras. Y cuando Helios se sumergió y sobrevino la oscuridad,
nos echamos a dormir sobre la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, convoqué asamblea y les dije
a todos:
«"Quedaos ahora los demás, mis fieles compañeros, que yo con mi nave y los que me acompañan
voy a llegarme a esos hombres para saber quiénes son, si soberbios, salvajes y carentes de justicia o
amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad para con los dioses."
«Así dije, y me embarqué y ordené a mis compañeros que embarcaran también ellos y soltaran
amarras. Embarcaron éstos sin tardanza y se sentaron en los bancos, y sentados batían el canoso mar
con los remos. Y cuando llegamos a un lugar cercano, vimos una cueva cerca del mar, elevada, techada
de laurel. Allí pasaba la noche abundante ganado -ovejas y cabras-, y alrededor había una alta cerca
construida con piedras hundidas en tierra y con enormes pinos y encinas de elevada copa. Allí habitaba
un hombre monstruoso que apacentaba sus rebaños, solo, apartado, y no frecuentaba a los demás, sino
que vivía alejado y tenía pensamientos impíos. Era un monstruo digno de admiración: no se parecía a
un hombre, a uno que come trigo, sino a una cima cubierta de bosque de las elevadas montañas que
aparece sola, destacada de las otras. Entonces ordené al resto de mis fieles compañeros que se
quedaran allí junto a la nave y que la botaran.
«Yo escogí a mis doce mejores compañeros y me puse en camino. Llevaba un pellejo de cabra con
negro, agradable vino que me había dado Marón, el hijo de Evanto, e1 sacerdote de Apolo protector de
Ismaro, porque lo había yo salvado junto con su hijo y esposa respetando su techo. Habitaba en el bos-
que arbolado de Febo Apolo y me había donado regalos excelentes: me dio siete talentos de oro bien
trabajados y una crátera toda de plata, y, además vino en doce ánforas que llenó, vino agradable, no
mezclado, bebida divina. Ninguna de las esclavas ni de los esclavos de palacio conocían su existencia,
sino sólo él y su esposa y solamente la despensera. Siempre que bebían el rojo, agradable vino llenaba
una copa y vertía veinte medidas de agua, y desde la crátera se esparcía un olor delicioso, admirable;
en ese momento no era agradable alejarse de allí. De este vino me llevé un gran pellejo lleno y también
provisiones en un saco de cuero, porque mi noble ánimo barruntó que marchaba en busca de un
hombre dotado de gran fuerza, salvaje, desconocedor de la justicia y de las leyes.
«Llegamos enseguida a su cueva y no lo encontramos dentro, sino que guardaba sus gordos rebaños
en el pasto. Conque entramos en la cueva y echamos un vistazo a cada cosa: los canastos se inclinaban
bajo el peso de los quesos, y los establos estaban llenos de corderos y cabritillos. Todos estaban
cerrados por separado: a un lado los lechales, a otro los medianos y a otro los recentales.
«Y todos los recipientes rebosaban de suero --colodras y jarros bien construidos, con los que
ordeñaba.
«Entonces mis compañeros me rogaron que nos apoderásemos primero de los quesos y
regresáramos, y que sacáramos luego de los establos cabritillos y corderos y, conduciéndolos a la
rápida nave, diéramos velar sobre el agua salada. Pero yo no les hice caso -aunque hubiera sido más
ventajoso-, para poder ver al monstruo y por si me daba los dones de hospitalidad. Pero su aparición no
iba a ser deseable para mis compañeros.
«Así que, encendiendo una fogata, hicimos un sacrificio, repartimos quesos, los comimos y
aguardamos sentados dentro de la cueva hasta que llegó conduciendo el rebaño. Traía el Cíclope una
pesada carga de leña seca para su comida y la tiró dentro con gran ruido. Nosotros nos arrojamos
atemorizados al fondo de la cueva, y él a continuación introdujo sus gordos rebaños, todos cuantos
solía ordeñar, y a los machos -a los carneros y cabrones- los dejó a la puerta, fuera del profundo
establo. Después levantó una gran roca y la colocó arriba, tan pesada que no la habrían levantado del
suelo ni veintidós buenos carros de cuatro ruedas: ¡tan enorme piedra colocó sobre la puerta! Sentóse
luego a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras, cada una en su momento, y debajo de cada una
colocó un recental. Enseguida puso a cuajar la mitad de la blanca leche en cestas bien entretejidas y la
otra mitad la colocó en cubos, para beber cuando comiera y le sirviera de adición al banquete.
Cuando hubo realizado todo su trabajo prendió fuego, y al vernos nos preguntó:
«"Forasteros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís navegando los húmedos senderos? ¿Andáis errantes
por algún asunto, o sin rumbo como los piratas por la mar, los que andan a la aventura exponiendo sus
vidas y llevando la destrucción a los de otras tierras?”. Comentario [SC144]: La misma
pregunta de III71-4, en boca de Néstor. En
todo caso, la piratería era una actividad
«Así habló, y nuestro corazón se estremeció por miedo a su voz insoportable y a él mismo,
normalalen época arcaica.
gigante. Pero le contesté con mi palabra y le dije:
«Somos aqueos y hemos venido errantes desde Troya, zarandeados por toda clase de vientos sobre el
gran abismo del mar, desviados por otro rumbo, por otros caminos, aunque nos dirigimos de vuelta a
casa. Así quiso Zeus proyectarlo. Nos preciamos de pertenecer al ejército del Atrida Agamenón, cuya
fama es la más grande bajo el cielo: ¡tan gran ciudad ha devastado y tantos hombres ha hecho
sucumbir! Conque hemos dado contigo y nos hemos llegado a tus rodillas por si nos ofreces
hospitalidad y nos das un regalo, como es costumbre entre los huéspedes. Ten respeto, excelente, a los
dioses; somos tus suplicantes y Zeus es el vengador de los suplicantes y de los huéspedes, Zeus
Hospitalario, quien acompaña a los huéspedes, a quienes se debe respeto."
«Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:
«"Eres estúpido, forastero, o vienes de lejos, tú que me ordenas temer o respetar a los dioses, pues
los Ciclopes no se cuidan de Zeus, portador de égida, ni de los dioses felices. Pues somos muchoComentario
más [SC145]: Esta frase
contradice abiertamente al v. 107, donde
fuertes. No te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros, si el ánimo no me lo ordenara, por evitar la
dice que son «obedientes a los inmortales».
enemistad de Zeus. Pero allí se estaba describiendo su tierra
«"Pero dime dónde has detenido tu bien fabricada nave al venir, si al final de la playa o aquí como
cerca,
mismos
un lugar paradisíaco y aquí a ellos
una tribu salvaje.
para que lo sepa."
«Así habló para probarme, y a mí, que sé mucho, no me pasó esto desapercibido. Así que me dirigí a
él con palabras engañosas:
«"La nave me la ha destrozado Poseidón, el que conmueve la tierra; la ha lanzado contra los escollos
en los confines de vuestro país, conduciéndola hasta un promontorio, y el viento la arrastró del ponto.
Por ello he escapado junto con éstos de la dolorosa muerte."
«Así hablé, y él no me contestó nada con corazón cruel, mas lanzóse y echó mano a mis compañeros.
Agarró a dos a la vez y los golpeó contra el suelo como a cachorrillos, y sus sesos se a esparcieron por
el suelo empapando la tierra. Cortó en trozos sus miembros, se los preparó como cena y se los comió,
como un león montaraz, sin dejar ni sus entrañas ni sus carnes ni sus huesos llenos de meollo.
«Nosotros elevamos llorando nuestras manos a Zeus, pues veíamos acciones malvadas, y la
desesperación se apoderó de nuestro ánimo.
«Cuando el Cíclope había llenado su enorme vientre de carne humana y leche no mezclada, se tumbó
dentro de la cueva, tendiéndose entre los rebaños. Entonces yo tomé la decisión en mi magnánimo
corazón de acercarme a éste, sacar la aguda espada de junto a mi muslo y atravesarle el pecho por
donde el diafragma contiene el hígado y la tenté con mi mano. Pero me contuvo otra decisión, pues allí
hubiéramos perecido también nosotros con muerte cruel: no habríamos sido capaces de retirar de la
elevada entrada la piedra que había colocado. Así que llorando esperamos a Eos divina. Y cuando se
mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se puso a encender fuego y a ordeñar a sus
insignes rebaños, todo por orden, y bajo cada una colocó un recental. Luego que hubo realizado sus
trabajos, agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como desayuno. Y cuando había
desayunado, condujo fuera de la cueva a sus gordos rebaños retirando con facilidad la gran piedra de la
entrada. Y la volvió a poner como si colocara la tapa a una aljaba. Y mientras el Cíclope encaminaba
con gran estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo profundo de mi
pecho: ¡si pudiera vengarme y Atenea me concediera esto que la suplico...!
«Y ésta fue la decisión que me pareció mejor. Junto al establo yacía la enorme clava del Ciclope,
verde, de olivo; la había cortado para llevarla cuando estuviera seca. Al mirarla la comparábamos con
el mástil de una negra nave de veinte bancos de remeros, de una nave de transporte amplia, de las que
recorren el negro abismo: así era su longitud, así era su anchura al mirarla. Me acerqué y corté de ella
como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené que la afilaran. Éstos la alisaron y
luego me acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse al fuego para endurecerla. La coloqué bien
cubriéndola bajo el estiércol que estaba extendido en abundancia por la cueva. Después ordené que
sortearan quién se atrevería a levantar la estaca conmigo y a retorcerla en su ojo cuando le llegara el
dulce sueño, y eligieron entre ellos a cuatro, a los que yo mismo habría deseado escoger. Y yo me
conté entre ellos como quinto.
Llegó el Cíclope por la tarde conduciendo sus ganados de hermosos vellones e introdujo en la amplia
cueva a sus gordos rebaños, a todos, y no dejó nada fuera del profundo establo, ya porque sospechara
algo o porque un dios así se lo aconsejó. Después colocó la gran piedra que hacía de puerta,
levantándola muy alta, y se sentó a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras, todas por orden, y bajo
cada una colocó un recental. Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a dos compañeros a La vez
y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le dije al Cíclope sosteniendo entre mis manos una
copa de negro vino:
«"¡Aquí, Cíclope! Bebe vino después que has comido carne humana, para que veas qué bebida
escondía nuestra nave. Te lo he traído como libación, por si te compadescas de mí y me enviabas a
casa, pues estás enfurecido de forma ya intolerable. ¡Cruel¡, ¿cómo va a llegarse a ti en adelante
ninguno de los numerosos hombres? Pues no has obrado como lo corresponde."
«Así hablé, y él la tomó, bebió y gozó terriblemente bebiendo la dulce bebida. Y me pidió por
segunda vez:
«"Dame más de buen grado y dime ahora ya tu nombre para que te ofrezca el don de hospitalidad
con el que te vas a alegrar. Pues también la donadora de vida, la Tierra, produce para los Cíclopes vino
de grandes uvas y la lluvia de Zeus se las hace crecer. Pero esto es una catarata de ambrosia y néctar."
«Así habló, y yo le ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin medida.
Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del Cíclope, me dirigí a él con dulces palabras:
«"Cíclope, ¿me preguntas mi célebre nombre? Te to voy a decir, mas dame tú el don de hospitalidad
como me has prometido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis
compañeros."
«Así hablé, y él me contestó con corazón cruel:
«"A Nadie me lo comeré el último entre sus compañeros, y a los otros antes. Este será tu don de
hospitalidad."
«Dijo, y reclinándose cayó boca arriba. Estaba tumbadó con su robusto cuello inclinado a un lado, y
de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana; eructaba cargado de vino.
«Entonces arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y comencé a animar con
mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguien se me escapara por miedo. Y cuando en breve
la estaca estaba a punto de arder en el fuego, verde como estaba, y .resplandecía terriblemente, me
acerqué y la saqué del fuego, y mis compañeros me rodearon, pues sin duda un demón les infundiá
gran valor. Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron arriba en el ojo, y yo hacía fuerza desde
arriba y le daba vueltas. Como cuando un hombre taladra con un trépano la madera destinada a un
navío -otros abajo la atan a ambos lados con una correa y la madera gira continua, incesantemente-, así
hacíamos dar vueltas, bien asida, a la estaca de punta de fuego en el ojo del Cíclope, y la sangre corría
por la estaca caliente. Al arder la pupila, el soplo del fuego le quemó todos los párpados, y las cejas y
las raíces crepitaban por el fuego. Como cuando un herrero sumerge una gran hacha o una garlopa en
agua fría para templarla y ésta estride grandemente -pues éste es el poder del hierro-, así estridía su ojo
en torno a la estaca de olivo. Y lanzó un gemido grande, horroroso, y la piedra retumbó en torno, y
nosotros nos echamos a huir aterrorizados.
«Entonces se extrajo del ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, la arrojó de sí con las
manos. Y al punto se puso a llamar a grandes voces a los Cíclopes que habitaban en derredor suyo, en
cuevas por las ventiscosas cumbres. Al oír éstos sus gritos, venían cada uno de un sitio y se colocaron
alrededor de su cueva y le preguntaron qué le afligía:
«"¿Qué cosa tan grande sufres, Polifemo, para gritar de esa manera en la noche inmortal y hacernos
abandonar el sueño? ¿Es que alguno de los mortales se lleva tus rebaños contra tu voluntad o te está
matando alguien con engaño o con sus fuerzas?"
«Y les contestó desde la cueva el poderoso Polifemo:
«"Amigos, Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas."
«Y ellos le contestaron y le dijeron aladas palabras:
«"Pues si nadie te ataca y estás solo... es imposible escapar de la enfermedad del gran Zeus, pero Comentario
al [SC146]: La locura. Es el
único pasaje donde se la llama así. Sobre
menos suplica a tu padre Poseidón, al soberano." los dioses que la envían y su tipología como
«Así dijeron, y se marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y religioso, cfr. José Luis Calvo
fenómeno
Martínez, «Sobre la manía y el
mi inteligencia irreprochable! entusiasmo», Emérita, 1973, 157-82.
«El Cíclope gemía y se retorcía de dolor, y palpando con las manos retiró la piedra de la entrada. Y
se sentó a la puerta, las manos extendidas, por si pillaba a alguien saliendo afuera entre las ovejas.
¡Tan estúpido pensaba en su mente que era yo! Entonces me puse a deliberar cómo saldrían mejor las
cosas -¡si encontrará el medio de liberar a mis compañeros y a mí mismo de la muerte..! Y me puse a
entretejer toda clase de engaños y planes, ya que se trataba de mi propia vida . Pues un gran mal estaba
cercano. Y me pareció la mejor ésta decisión: los carneros estaban bien alimentádos, con densos
vellones, hermosos y grandes, y tenían una lana color violeta. Conque los até en silencio, juntándolos
de tres en tres, con mimbres bien trenzadas sobre las que dormía el Cíclope, el monstruo de
pensamientos impíos; el carnero del medio llevaba a un hombre, y los otros dos marchaban a cada
lado, salvando a mis compañeros. Tres carneros llevaban a cada hombre.
»Entonces yo... había un carnero; el mejor con mucho de todo su rebaño. Me apoderé de éste por el
lomo y me coloqué bajo su velludo vientre hecho un ovillo, y me mantenía con ánimo paciente
agarrado con mis manos a su divino vellón. Así aguardamos gimiendo a Eos divina, y cuando se
mostró la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, sacó a pastar a los machos de su ganado. Y las
hembras balaban por los corrales sin ordeñar, pues sus ubres rebosaban. Su dueño, abatido por funestos
dolores, tentaba el lomo de todos sus carneros, que se mantenían rectos. El inocente no se daba cuenta
de que mis compañeros estaban sujetos bajo el pecho de las lanudas ovejas. El último del rebaño en
salir fue el carnero cargado con su lana y conmigo, que pensaba muchas cosas. El poderoso Polifemo
lo palpó y se dirigió a él:
«"Carnero amigo, ¿por qué me sales de la cueva el último del rebaño? Antes jamás marchabas detrás
de las ovejas, sino que, a grandes pasos, llegabas el primero a pastar las tiernas flores del prado y
llegabas el primero a las corrientes de los ríos y el primero deseabas llegar al establo por la tarde.
Ahora en cambio, eres el último de todos. Sin duda echas de menos el ojo de tu soberano, el que me ha
cegado un hombre villano con la ayuda de sus miserables compañeros, sujetando mi mente con vino,
Nadie, quien todavía no ha escapado --te lo aseguro- de la muerte. ¡Ojalá tuvieras sentimientos iguales
a los míos y estuvieras dotado de voz para decirme dónde se ha escondido aquél de mi furia! Entonce
sus sesos, cada uno por un lado, reventarían contra el suelo por la cueva, herido de muerte, y mi
corazón se repondría de los males que me ha causado el vil Nadie."
«Así diciendo alejó de sí al carnero. Y cuando llegamos un poco lejos de la cueva y del corral, yo me
desaté el primero de debajo del carnero y liberé a mis compañeros. Entonces hicimos volver
rápidamente al ganado de finas patas, gordo por la grasa, abundante ganado, y lo condujimos hasta
llegar a la nave.
«Nuestros compañeros dieron la bienvenida a los que habíamos escapado de la muerte, y a los otros
los lloraron entre gemidos. Pero yo no permití que lloraran, haciéndoles señas negativas con mis cejas,
antes bien, les di órdenes de embarcar al abundante ganado de hermosos vellones y de navegar el
salino mar.
«Embarcáronlo enseguida y se sentaron sobre los bancos, y, sentados, batían el canoso mar con los
remos.
«Conque cuando estaba tan lejos como para hacerme oír si gritaba, me dirigí al Cíclope con
mordaces palabras:
«"Cíclope, no estaba privado de fuerza el hombre cuyos compañeros ibas a comerte en la cóncava
cueva con tu poderosa fuerza. Con razón te tenían que salir al encuentro tus malvadas acciones, cruel,
pues no tuviste miedo de comerte a tus huéspedes en tu propia casa. Por ello te han castigado Zeus y
los demás dioses."
«Así hablé, y él se irritó más en su corazón. Arrancó la cresta de un gran monte, nos la arrojó y dio
detrás de la nave de azuloscura proa, tan cerca que faltó poco para que alcanzara lo alto del timón. El
mar se levantó por la caída de la piedra, y el oleaje arrastró en su reflujo, la nave hacia el litoral y la
impulsó hacia tierra. Entonces tomé con mis manos un largo botador y la empujé hacia fuera, y di
órdenes a mis compañeros de que se lanzaran sobre los remos para escapar del peligro, haciéndoles
señas con mi cabeza. Así que se inclinaron hacia adelante y remaban. Cuando en nuestro recorrido
estábamos alejados dos veces la distancia de antes, me dirigí al Cíclope, aunque mis compañeros
intentaban impedírmelo con dulces palabras a uno y otro lado:
«"Desdichado, ¿por qué quieres irritar a un hombre salvaje?, un hombre que acaba de arrojar un
proyectil que ha hecho volver a tierra nuestra nave y pensábamos que íbamos a morir en el sitio. Si nos
oyera gritar o hablar machacaría nuestras cabezas y el madero del navío, tirándonos una roca de aristas
resplandecientes, ¡tal es la longitud de su tiro!"
«Así hablaron, pero no doblegaron mi gran ánimo y me dirigí de nuevo a él airado:
«"Cíclope, si alguno de los mortales hombres te pregunta por la vergonzosa ceguera de tu ojo, dile
que lo ha dejado ciego Odiseo, el destructor de ciudades; el hijo de Laertes que tiene su casa en Itaca."
«Así hablé, y él dio un alarido y me contestó con su palabra:
«"¡Ay, ay, ya me ha alcanzado el antiguo oráculo! Había aquí un adivino noble y grande, Telemo
Eurímida, que sobresalía por sus dotes de adivino y envejeció entre los Cíclopes vaticinando. Éste me
dijo que todo esto se cumpliría en el futuro, que me vería privado de la vista a manos de Odiseo. Pero
siempre esperé que llegara aquí un hombre grande y bello, dotado de un gran vigor; sin embargo, uno
que es pequeño, de poca valía y débil me ha cegado el ojo después de sujetarme con vino. Pero ven
acá, Odiseo, para que te ofrezca los dones de hospitalidad y exhorte al ínclito, al que conduce su carro
por la tierra, a que te dé escolta, pues soy hijo suyo y él se gloría de ser mi padre. Sólo él, si quiere, me
sanará, y ningún otro de los dioses felices ni de los mortales hombres."
«Así habló, y yo le contesté diciendo:
«"¡Ojalá pudiera privarte también de la vida y de la existencia y enviarte a la mansión de Hades! Así
no te curaría el ojo ni el que sacude la tierra."
«Así dije, y luego hizo él una súplica a Poseidón soberano, tendiendo su mano hacia el cielo
estrellado:
«"Escúchame tú, Poseidón, el que abrazas la tierra, el de cabellera azuloscura. Si de verdad soy hijo
tuyo -y tú te precias de ser mi padre-, concédeme que Odiseo, el destructor de ciudades, no llegue a
casa, el hijo de Laertes que tiene su morada en Itaca. Pero si su destino es que vea a los suyos y llegue
a su bien edificada morada y a su tierra patria, que regrese de mala manera: sin sus compañeros, en
nave ajena, y que encuentre calamidades en casa."
«Así dijo suplicando, y le escuchó el de azuloscura cabellera. A continuación levantó de nuevo una
piedra mucho mayor y la lanzó dando vueltas. Hizo un esfuerzo inmenso y dio detrás de la nave de
azuloscura proa, tan cerca que faltó poco para que alcanzara lo alto del timón. Y el mar se levantó por
la caída de la piedra, y el oleaje arrastró en su reflujo la nave hacia el litoral y la impulsó hacia tierra.
«Conque por fin llegamos a la isla donde las demás naves de buenos bancos nos aguardaban
reunidas. Nuestros compañeros estaban sentados llorando alrededor, anhelando continuamente nuestro
regreso. Al llegar allí, arrastramos la nave sobre la arena y desembarcamos sobre la ribera del mar.
Sacamos de la cóncava nave los ganados del Cíclope y los repartimos de modo que nadie se fuera sin
su parte correspondiente.
«Mis compañeros, de hermosas grebas, me dieron a mí solo, al repartir el ganado, un carnero de más,
y lo sacrifiqué sobre la playa en honor de Zeus, el que reúne las nubes, el hijo de Crono, el que es
soberano de todos, y quemé los muslos. Pero no hizo caso de mi sacrificio, sino que meditaba el modo
de que se perdieran todas mis naves de buenos bancos y mis fieles compañeros.
«Estuvimos sentados todo el día comiendo carne sin parar y bebiendo dulce vino, hasta el sumergirse
de Helios. Y cuando Helios se sumergió y cayó la oscuridad, nos echamos a dormir sobre la ribera del
mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, di orden a mis compañeros de
que embarcaran y soltaran amarras, y ellos embarcaron, se sentaron sobre los bancos y, sentados,
batían el canoso mar con los remos.
«Así que proseguimos navegando desde allí, nuestro corazón acongojado, huyendo con gusto de la
muerte, aunque habíamos perdido a nuestros compañeros.»
CANTO X
LA ISLA DE EOLO.
EL PALACIO DE CIRCE LA HECHICERA
Comentario [SC147]: No sabemos
Arribamos a la isla Eolia, isla flotante donde habita Eolo Hipótada, amado de los dioses inmortales.
mucho más de este Eolo, señor de los
Un muro indestructible de bronce la rodea, y se yergue como roca pelada. vientos, a quien a veces se identifica
«Tiene Eolo doce hijos nacidos en su palacio, seis hijas y seis hijos mozos, y ha entregado sus hijas a con el hijo de Helen y
erróneamente
fundador de la estirpe eolia. Los mitógrafos,
sus hijos como esposas. Siempre están ellos de banquete en casa de su padre y su venerable madre, y se esfuerzan en distinguirlos y
sin embargo;
tienen a su alcance alimentos sin cuento. Durante el día resuena la casa, que huele a carne asada, con
hacen el
a éste hijo de Poseidón pese a que
sonido de la flauta, y por la noche duermen entre colchas y sobre lechos taladrados junto Homero a lo
por sus le llama hijo de Hipotes, personaje
demás desconocido. Un detalle
respetables esposas. Conque llegamos a la ciudad y mansiones de éstos. Durante un mes me agasajó y es la endogamia incestuosa de su
llamativo
familia, aunque tiene paralelos en el mismo
me preguntaba detalladamente por Ilión, por las naves de los argivos y por el regreso de los aqueos,
Olimpoy(Zeus y Hera etc.). La isla donde
yo le relaté todo como me correspondía. Y cuando por fin le hablé de volver y le pedí que vive me
es flotante y, por tanto, ilocalizable.
Pese a todo, R. Carpenter, que supone esta
despidiera, no se negó y me proporcionó escolta. Me entregó un pellejo de buey de nueve años que éllas aventuras en el Occidente,
parte de
había desollado, y en él ató las sendas de mugidores vientos, pues el Cronida le había hecho sugiere que podría ser la isla de Pantellería,
despensero de vientos, para que amainara o impulsara al que quisiera. Sujetó el odre a la curvadaentre
naveTúnez y Sicilia, ob. cit., pág. 105).
con un brillante hilo de plata para que no escaparan ni un poco siquiera, y me envió a Céfiro para que
soplara y condujera a las naves y a nosotros con ellas. Pero no iba a cumplirlo, pues nos vimos
perdidos por nuestra estupidez.
«Navegamos tanto de día como de noche durante nueve días, y al décimo se nos mostró por fin la
tierra patria y pudimos ver muy cerca gente calentándose al fuego. Pero en ese momento me sobrevino
un dulce sueño; cansado como estaba, pues continuamente gobernaba yo el timón de la nave que no se
lo encomendé nunca a ningún compañero, a fin de llegar más rápidamente a la tierra patria.
«Mis compañeros conversaban entre sí y creían que yo llevaba a casa oro y plata, regalo del
magnánimo Eolo Hipótada.
Y decía así uno al que tenía al lado:
«"¡Ay, ay, cómo quieren y honran a éste todos los hombres a cuya ciudad y tierra llega! De Troya se
trae muchos y buenos tesoros como botín; en cambio, nosotros, después de llevar a cabo la misma
expedición, volvemos a casa con las manos vacías. También ahora Eolo le ha entregado esto
correspondiendo a su amistad. Conque, vamos, examinemos qué es, veamos cuánto oro y plata se
encierra en este odre."
«Así hablaban, y prevaleció la decisión funesta de mis compañeros: desataron el odre y todos los
vientos se precipitaron fuera, mientras que a mis compañeros los arrebataba un huracán y los llevó
llorando de nuevo al ponto lejos de la patria. Entonces desperté yo y me puse a cavilar en mi
irreprochable ánimo si me arrojaría de la nave para perecer en el mar o soportaría en silencio y
permanecería todavía entre los vivientes. Conque aguanté y quedéme y me eché sobre la nave
cubriendo mi cuerpo. Y las naves eran arrastradas de nuevo hacia la isla Eofa por una terrible
tempestad de vientos, mientras mis compañeros se lamentaban.
«Por fin pusimos pie en tierra, hicimos provisión de agua y enseguida comenzaron mis compañeros a
comer junto a las rápidas naves. Cuando nos habíamos hartado de comida y bebida tomé como
acompañantes al heraldo y a un compañero y me encaminé a la ínclita morada de Eolo, y lo encontré
banqueteando en compañía de su esposa a hijos. Cuando llegamos a la casa nos sentamos sobre el
umbral junto a las puertas, y ellos se levantaron admirados y me preguntaron:
«"¿Cómo es que has vuelto, Odiseo? ¿Qué demón maligno ha caído sobre ti? Pues nosotros te
despedimos gentilmente para que llegaras a tu patria y hogar a donde quiera que te fuera grato."
«Así dijeron, y yo les contesté con el corazón acongojado:
«"Me han perdido mis malvados compañeros y, además, el maldito sueño. Así que remediadlo,
amigos, pues está en vuestras manos."
«Así dije, tratando de calmarlos con mis suaves palabras, pero ellos quedaron en silencio, y por fin
su padre me contestó:
«"Márchate enseguida de esta isla, tú, el más reprobable de los vivientes, que no me es lícito acoger
ni despedir a un hombre que resulta odioso a los dioses felices. ¡Fuera!, ya que has llegado aquí odiado
por los inmortales."
«Así diciendo, me arrojó de su casa entre profundos lamentos. Así que continuamos nagevando con
el corazón acongojado, y el vigor de mis hombres se gastaba con el doloroso remar, pues debido a
nuestra insensatez ya no se nos presentaba medio de volver.
«Navegamos tanto de día como de noche durante seis días, y al séptimo arribamos a la escarpada Comentario [SC148]: Lugar mítico
-significa «de lejanas puertas»- al que se
ciudadela de Lamo, a Telépilo de Lestrigonia, donde el pastor que entra llama a voces al que sale y
supone, por lo general, en el nordeste: su
éste le contesta; donde un hombre que no duerma puede cobrar dos jomales, uno por apacentar vacas y llama Artacia, como la de Cízico,
fuente se
y la expresión «los caminos del día y, de la
otro por conducir blancas ovejas, pues los caminos del día y de la noche son cercanos. noche son cercanos» podría aludir a un país
donde las noches son largas (cfr. G. S. Kirk,
Los poemas..., pág. 218). R. Carpenter, por
el contrario, cree que se trata de Bonifacio
en la isla de Córcega (ob. tit., págs. 107-8).
«Cuando llegamos a su excelente Puerto -lo rodea por todas partes roca escarpada, y en su boca
sobresalen dos acantilados, uno frente a otro, por lo que la entrada es estrecha-, todos mis compañeros
amarraron dentro sus curvadas naves, y éstas quedaron atadas, muy juntas, dentro del Puerto, pues no
se hinchaban allí las olas ni mucho ni poco, antes bien había en torno una blanca bonanza. Sólo yo
detuve mi negra nave fuera del Puerto, en el extremo mismo, sujeté el cable a la roca y subiendo a un
elevado puesto de observación me quedé allí: no se veía labor de bueyes ni de hombres, sólo humo que
se levantaba del suelo.
«Entonces envié a mis compañeros para que indagaran qué hombres eran de los que comen pan
sobre la tierra, eligiendo a dos hombres y dándoles como tercer compañero a un heraldo. Partieron
éstos y se encaminaron por una senda llana por donde los carros llevaban leña a la ciudad desde los
altos montes. Y se toparon con una moza que tomaba agua delante de la ciudad, con la robusta hija de
Antifates Lestrigón. Había bajado hasta la fuente Artacia de bella corriente, de donde solían llevar
agua a la ciudad. Acercándose mis compañeros se dirigieron a ella y le pregtmtaron quién era el rey y
sobre quiénes reinaba, Y enseguida les mostró el elevado palacio de su padre. Apenas habían entrado,
encontraron a la mujer del rey, grande como la cima de un monte, y se atemorizaron ante ella. Hizo
ésta venir enseguida del ágora al ínclito Antifates, su esposo, quien tramó la triste muerte para
aquéllos. Así que agarró a uno de mis compañeros y se lo preparó como almuerzo, pero los otros dos
se dieron a la fuga y llegaron a las naves. Entonces el rey comenzó a dar grandes voces por la ciudad, y
los gigantescos Lestrígones que lo oyeron empezaron a venir cada uno de un sitio, a miles, y se
parecían no a hombres, sino a gigantes. Y desde las rocas comenzaron a arrojarnos peñascos grandes
como hombres, así que junto a las naves se elevó un estruendo de hombres que morían y de navíos que
se quebraban. Además, ensartábanlos como si fueran peces y se los llevaban como nauseabundo festín.
«Conque mientras mataban a éstos dentro del profundo Puerto, saqué mi aguda espada de junto al
muslo y corté las amarras de mi nave de azuloscura proa. Y, apremiando a mis compañeros, les ordené
que se inclinaran sobre los remos para poder escapar de la desgracia. Y todos a un tiempo saltaron
sobre ellos, pues temían morir.
«Así que mi nave evitó de buena gana las elevadas rocas en dirección al ponto, mientras que las
demás se perdían allí todas juntas. Continuamos navegando con el corazón acongojado, huyendo de la
muerte gozosos, aunque habíamos perdido a los compañeros.
«Y llegamos a la isla de Eea, donde habita Circe, la de lindas trenzas, la terrible diosa dotada deComentario
voz, [SC149]: No hay que
hermana carnal del sagaz Eetes: ambos habían nacido de Helios, el que lleva la luz a los mortales,confundir
y de esta isla con la ciudad de Eea en
la Cólquide, donde reina Eetes. En la
Perses, la hija de Océano. intención de Homero, la isla, que toma su
nombre de la ciudad, debe encontrarse en el
«Allí nos dejamos llevar silenciosamente por la nave a lo largo de la ribera hasta un puerto acogedor
lejano Este, pues pertenece a la familia de
de naves y es que nos conducía un dios. Desembarcamos y nos echamos a dormir durante dos días Helios y
(cfr. XII.1-5) y no en Italia, como
pensaron los romanos. Tantó Eetés como
dos noches, consumiendo nuestro ánimo por motivo del cansancio y el dolor. Pero cuando Eos, de
sus hermanas Pasífae y Circe poseen
lindas trenzas, completó el tercer día, tomé ya mi lanza y aguda espada y, levantándome de junto a lamágicos: En este canto tenemos
poderes
una notable acumulación de elementos
nave, subí a un puesto de observación por si conseguía divisar labor de hombres y oír voces. Cuando mágicos conservados a través del folklore.
hube subido a un puesto de observación, me detuve y ante mis ojos ascendía humo de la tierra de
anchos caminos a través de unos encinares y espeso bosque, en el palacio de Circe. Asi que me puse a
cavilar en mi interior si bajaría a indagar, pues había vistó humo enrojecido.
«Mientras así cavilaba me pareció lo mejor dirigirme primero a la rápida nave y a la ribera del mar
para distribuir alimentos a mis compañeros, y enviarlos a que indagaran ellos. Y cuando ya estaba
cerca de la curvada nave, algún dios se compadeció de mí -solo como estaba-, pues puso en mi camino
un enorme ciervo de elevada cornamenta. Bajaba éste desde el pasto del bosque a beber al río, pues ya
lo tenía agobiado la fuerza del sol. Así que en el momento en que salía lo alcancé en medio de la
espalda, junto al espinazo. Atravesólo mi lanza de bronce de lado a lado y se desplomó sobre el polvo
chillando -y su vida se le escapó volando. Me puse sobre él, saqué de la herida la lanza de bronce y lo
dejé tirado en el suelo. Entre tanto, corté mimbres y varillas y, trenzando una soga como de una braza,
bien torneada por todas partes, até los pies del terrible monstruo. Me dirigí a la negra nave con el
animal colgando de mi cuello y apoyado en mi lanza, pues no era posible llevarlo sobre el hombro con
una sola mano -y es que la bestia era descomunal. Arrojéla por fin junto a la nave y desperté a mis
compañeros, dirigiéndome a cada uno en particular con dulces palabras:
«"Amigos, no descenderemos a la morada de Hades -por muy afligidos que estemos-, hasta que nos
llegue el día señalado. Conque, vamos, mientras tenemos en la rápida nave comida y bebida, pensemos
en comer y no nos dejemos consumir por el hambre."
«Así dije, y pronto se dejaron persuadir por mis palabras. Se quitaron de encima las ropas, junto a la
ribera del estéril mar, y contemplaron con admiración al ciervo -y es que la bestia era descomunal. Así
que cuando se hartaron de verlo con sus ojos, lavaron sus manos y se prepararon espléndido festín.
«Así pasamos todo el día, hasta que se puso el sol, dándonos a comer abundante carne y delicioso
vino. Y cuando se puso el sol y cayó la oscuridad nos echamos a dormir junto a la ribera del mar.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa los reuní en asamblea y les
comuniqué mi palabra:
«"Escuchad mis palabras, compañeros, por muchas calamidades que hayáis soportado. Amigos, no
sabemos dónde cae el Poniente ni dónde el Saliente, dónde. se oculta bajo la tierra Helios, que alumbra
a los mortales, ni dónde se levanta. Conque tomemos pronto una resolución, si es que todavía es posi-
ble, que yo no lo creo. Al subir a un elevado puesto de observación he visto una isla a la que rodea,
como corona, el ilimitado mar. Es isla de poca altura, y he podido ver con mis ojos, en su mismo
centro, humo a través de unos encinares y espeso bosque."
«Así dije, y a mis compañeros se les quebró el corazón cuando recordaron las acciones de Antifates
Lestrigón y la violencia del magnánimo Cíclope, el comedor de hombres. Lloraban a gritos y
derramaban abundante llanto; pero nada conseguían con lamentarse. Entonces dividí en dos grupos a
todos mis compañeros de buenas grebas y di un jefe a cada grupo. A unos los mandaba yo y a los otros
el divino Euríloco. Enseguida agitamos unos guijarros en un casco de bronce y saltó el guijarro del
magnánimo Euríloco. Conque se puso en camino y con él veintidós compañeros que lloraban, y nos
dejaron atrás a nosotros gimiendo también.
«Encontraron en un valle la morada de Circe, edificada con piedras talladas, en lugar abierto. La
rodeaban lobos montaraces y leones, a los que había hechizado dándoles brebajes maléficos, pero no
atacaron a mis hombres, sino que se levantaron y jugueteaban alrededor moviendo sus largas colas.
Como cuando un rey sale del banquete y le rodean sus perros moviendo la cola -pues siempre lleva
algo que calme sus impulsos-, así los lobos de poderosas uñas y los leones rodearon a mis compañeros,
moviendo la cola. Pero éstos se echaron a temblar cuando vieron las terribles bestias. Detuviéronse en
el pórtico de la diosa de lindas trenzas y oyeron a Circe que cantaba dentro con hermosa voz, mientras
se aplicaba a su enorme e inmortal telar -¡y qué suaves, agradables y brillantes son las labores de las
diosas! Entonces comenzó a hablar Polites, caudillo de hombres, mi más preciado y valioso com-
pañero:
«"Amigos, alguien -no sé si diosa o mujer- está dentro cantando algo hermoso mientras se aplica a su
gran telar -que todo el piso se estremece con el sonido-. Conque hablémosle enseguida."
«Así dijo, y ellos comenzaron a llamar a voces. Salió la diosa enseguida, abrió las brillantes puertas
y los invitó a entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia, pero Euríloco se quedó allí barruntando que
se trataba de una trampa. Los introdujo, los hizo sentar en sillas y sillones, y en su presencia mezcló
queso, harina y rubia miel con vino de Pramnio. Y echó en esta pócima brebajes maléficos para que se
olvidaran por completo de su tierra patria.
«Después que se lo hubo ofrecido y lo bebieron, golpeólos con su varita y los encerró en las
pocilgas. Quedaron éstos con cabeza, voz, pelambre y figura de cerdos, pero su mente permaneció
invariable, la misma de antes. Así quedaron encerrados mientras lloraban; y Circe les echó de comer
bellotas, fabucos y el fruto del cornejo, todo lo que comen los cerdos que se acuestan en el suelo.
«Conque Euríloco volvió a la rápida, negra nave para informarme sobre los compañeros y su amarga
suerte, pero no podía decir palabra -con desearlo mucho-, porque tenía átravesado el corazón por un
gran dolor: sus ojos se llenaron de lágrimas y su ánimo barruntaba el llanto. Cuando por fin le inte-
rrogamos todos llenos de admiración, comenzó a contarnos la pérdida de los demás compañeros:
«"Atravesamos los encinares como ordenaste, ilustre Odiseo, y encontramos en un valle una hermosa
mansión edificada con piedras talladas, en lugar abierto. Allí cantaba una diosa o mujer mientras se
aplicaba a su enorme telar; los compañeros comenzaron a llamar a voces; salió ella, abrió las brillantes
puertas y nos invitó a entrar. Y todos la siguieron en su ignorancia, pero yo no me quedé por barruntar
que se trataba de una trampa. Así que desaparecieron todos juntos y no volvió a aparecer ninguno de
ellos, y eso que los esperé largo tiempo sentado."
«Así habló; entonces me eché al hombro la espada de clavos de plata, grande, de bronce, y el arco en
bandolera, y le ordené que me condujera por el mismo camino, pero él se abrazó a mis rodillas y me
suplicaba, y, lamentándose, me dirigía aladas palabras:
« “No me lleves allí a la fuerza, Odiseo de linaje divino; déjame aquí, pues sé que ni volverás tú ni
traerás a ninguno de tus compañeros. Huyamos rápidamente con éstos, pues quizá podamos todavía
evitar el día funesto". Comentario [SC150]: Eufemismo por
«muerte».
«Así habló, pero yo to contesté diciendo:
«"Euríloco, quédate tú aquí comiendo y bebiendo junto a la negra nave, que yo me voy. Me ha
venido una necesidad imperiosa."
«Así diciendo, me alejé de la nave y del mar. Y cuando en mi marcha por el valle iba ya a llegar a la
mansión de Circe, la de muchos brebajes, me salió al encuentro Hermes, el de la varita de oro,
semejante a un adolescente, con el bozo apuntándole ya y radiante de juventud. Me tomó de la mano y,
llamándome por mi nombre, dijo:
«"Desdichado, ¿cómo es que marchas solo por estas lomas, desconocedor como eres del terreno? Tus
compañeros están encerrados en casa de Circe, como cerdos, ocupando bien construidas pocilgas. ¿Es
que vienes a rescatarlos? No creo que regreses ni siquiera tú mismo, sino que te quedarás donde los
demás. Así que, vamos, te voy a librar del mal y a salvarte. Mira, toma este brebaje benéfico, cuyo
poder te protegerá del día funesto, y marcha a casa de Circe. Te voy a manifestar todos los malvados
propósitos de Circe: te preparará una poción y echará en la comida brebajes, pero no podrá hechizarte,
ya que no lo permitirá este brebaje benéfico que te voy a dar. Te aconsejaré con detalle: cuando Circe
trate de conducirte con su larga varita, saca de junto a tu muslo la aguda espada y lánzate contra ella
como queriendo matarla. Entonces te invitará, por miedo, a acostarte con ella. No réchaces por un
momento el lecho de la diosa, a fin de que suelte a tus compañeros y te acoja bien a ti. Pero debes
ordenarla que jure con el gran juramento de los dioses felices que no va a meditar contra ti maldad
alguna ni te va a hacer cobarde y poco hombre cuando te hayas desnudado”. Comentario [SC151]: Es el jurarnento
por la Estige, cfr. nota 111.
«Así diciendo, me entregó el Argifonte una planta que había arrancado de la tierra y me mostró su
propiedades: de raíz era negra, pero su flor se asemejaba a la leche. Los dioses la llaman moly, y es
difícil a los hombres mortales extraerla del suelo, pero los dioses lo pueden todo.
«Luego marchó Hermes al lejano Olimpo a través de la isla boscosa y yo me dirigí a la mansión de
Circe. Y mientras marchaba, mi corazón revolvía muchos pensamientos. Me detuve ante las puertas de
la diosa de lindas trenzas, me puse a gritar y la diosa oyó mi voz. Salió ésta, abrió las brillantes puertas
y me invitó a entrar. Entonces yo la seguí con el corazón acongojado. Me introdujo e hizo sentar en un
sillón de clavos de plata, hermoso, bien trabajado, y bajo mis pies había un escabel. Preparóme una
pócima en copa de oro, para que la bebiera, y echó en ella un brebaje, planeando maldades en su
corazón.
«Conque cuando me lo hubo ofrecido y lo bebí -aunque no me había hechizado-, tocóme con su
varita y, llamándome por mi nombre, dijo:
«"Marcha ahora a la pocilga, a tumbarte en compañía de tus amigos."
«Así dijo, pero yo, sacando mi aguda espada de junto al muslo, me lancé sobre Circe, como
deseando matarla. Ella dió un fuerte grito y corriendo se abrazó a mis rodillas y, lamentándose, me
dirigió aladas palabras:
«"¿Quién y de dónde eres? ¿Dónde tienes tu ciudad y tus padres? Estoy sobrecogida de admiración,
porque no has quedado hechizado a pesar de haber bebido estos brebajes. Nadie, ningún otro hombre
ha podido soportarlos una vez que los ha hebido y han pasado el cerco de sus dientes. Pero tú tienes en
el pecho un corazón imposible de hechizar. Así que seguro que eres el asendereado Odiseo, de quien
me dijo el de la varita de oro, el Argifonte que vendría al volver de Troya en su rápida, negra nave.
Conque, vamos, vuelve tu espada a la vaina y subamos los dos a mi cama, para que nos entreguemos
mutuamente unidos en amor y lecho."
«Así dijo, pero yo me dirigí a ella y le contesté:
«"Circe, ¿cómo quieres que sea amoroso contigo? A mis compañeros los has convertido en cerdos en
tu palacio, y a mí me retienes aquí y, con intenciones perversas, me invitas a subir a tu aposento y a tu
cama para hacerme cobarde y poco hombre cuando esté desnudo. No desearía ascender a tu cama si no
aceptaras al menos, diosa, jurarme con gran juramento que no vas a meditar contra mí maldad alguna."
«Así dije, y ella al punto juró como yo le había dicho. Conque, una vez que había jurado y terminado
su promesa, subí a la hermosa cama de Circe.
«Entre tanto, cuatro siervas faenaban en el palacio, las que tiene como asistentas en su morada. Son
de las que han nacido de fuentes, de bosques y de los sagrados ríos que fluyen al mar. Una colocaba
sobre los sillones cobertores hermosos y alfombras debajo; otra extendía mesas de plata ante los
sillones, y sobre ellas colocaba canastillas de oro; la tercera mezclaba delicioso vino en una crátera de
plata y distribuía copas de oro, y la cuarta traía agua y encendía abundante fuego bajo un gran trípode
y así se calentaba el agua. Cuando el agua comenzó a hervir en el brillante bronce, me sentó en la
bañera y me lavaba con el agua del gran trípode, vertiendola agradable sobre mi cabeza y hombros, a
fin de quitar de mis miembros el cansancio que come el vigor. Cuando me hubo lavado, ungido con
aceite y vestido hermosa túnica y manto, me condujo e hizo sentar sobre un sillón de clavos de plata,
hermoso, bien trabajado y bajo mis pies había un escabel. Una sierva derramó sobre fuente de plata el
aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro, para que me lavara, y al lado extendió una mesa
pulimentada. La venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas escogidas,
favoreciéndome entre los presentes. Y me invitaba a que comiera, pero esto no placía a mi ánimo Comentario
y [SC152]: Resulta extraña
estaba sentado con el pensamiento en otra parte, pues mi ánimo presentía la desgracia. Cuando lallaves, aparición de otra sierva y de un ama de
Circe cuando más arriba (vv. 348 y ss.) se
me vio sentado sin echar mano a la comida y con fuerte pesar, colocóse a mi lado y me dirigió aladas dice que hay cuatro siervas y se describe su
actividad. La razón es que los vv. 368-72
palabras: son fórmulas de aplicación mecánica en es-
cenas típicas de banquete, cfr. también
1.136 y ss., IV.52 y ss., VIL172 y ss.,
XV.135 y ss., y XVIL91 y ss.
«"¿Por qué, Odiseo, permaneces sentado como un mudo consumiendo tu ánimo y no tocas siquiera la
comida y la bebida? Seguro que andas barruntando alguna otra desgracia, pero no tienes nada que
temer, pues ya te he jurado un poderoso juramento."
«Así habló, y entonces le contesté diciendo:
«"Circe, ¿qué hombre como es debido probaría comida o bebida antes de que sus compañeros
quedaran libres y él los viera con sus ojos? Conque, si me invitas con buena voluntad a beber y comer,
suelta a mis fieles compañeros para que pueda verlos con mis ojos."
«Así dije; Circe atravesó el mégaron con su varita en las manos, abrió las puertas de las pocilgas y
sacó de allí a los que parecían cerdos de nueve años. Después se colocaron enfrente, y Circe, pasando
entre ellos, untaba a cada uno con otro brebaje. Se les cayó la pelambre que había producido el
maléfico brebaje que les diera la soberana Circe y se convirtieron de nuevo en hombres aún más
jóvenes que antes y más bellos y robustos de aspecto. Y me reconocieron y cada uno me tomaba de la
mano. A todos les entró un llanto conmovedor -toda la casa resonaba que daba pena-, y hasta la misma
diosa se compadeció de ellos. Así que se vino a mi lado y me dijo la divina entre las diosas:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, marcha ya a tu rápida nave junto a la
ribera del mar. Antes que nada, arrastrad la nave hacia tierra, llevad vuestras posesiones y armas todas
a una gruta y vuelve aquí después con tus fieles compañeros."
«Así dijo, mi valeroso ánimo se dejó persuadir y me puse en camino hacia la rápida nave junto a la
ribera del mar. Conque encontré junto a la rápida nave a mis fieles compañeros que lloraban
lamentablemente derramando abundante llanto. Como las terneras que viven en el campo salen todas
al encuentro y retozan en torno a las vacas del rebaño que vuelven al establo después de hartarse de
pastar (pues ni los cercados pueden ya retenerlas y, mugiendo sin cesar corretean en torno a sus
madres), así me rodearon aquéllos, llorando cuando me vieron con sus ojos. Su ánimo se imaginaba
que era como si hubieran vuelto a su patria y a la misma ciudad de Itaca, donde se habían criado y
nacido. Y, lamentándose, me decían aladas palabras:
«"Con tu vuelta, hijo de los dioses, nos hemos alegrado lo mismo que si hubiéramos llegado a
nuestra patria Itaca. Vamos, cuéntanos la pérdida de los demás compañeros."
«Así dijeron, y yo les hablé con suaves palabras:
«"Antes que nada, empujaremos la rápida nave a tierra y llevaremos hasta una gruta nuestras
posesiones y armas todas. Luego, apresuraos a seguirme todos, para que veáis a vuestros compañeros
comer y beber en casa de Circe, pues tienen comida sin cuento."
«Así dije, y enseguida obedecieron mis ordenes. Sólo Euríloco trataba de retenerme a todos los
compañeros y, hablándoles, decía aladas palabras:
«"Desgraciados, ¿a dónde vamos a ir? ¿Por qué deseáis vuestro daño bajando a casa de Circe, que os
convertirá a todos en cerdos, lobos o leones para que custodiéis por la fuerza su gran morada, como ya
hizo el Cíclope cuando nuestros compañeros llegaron a su establo y con ellos el audaz Odiseo?
También aquéllos perecieron por la insensatez de éste."
«Así habló; entonces dudé si sacar la larga espada de junto a mi robusto muslo y, cortándole la
cabeza, arrojarla contra el suelo, aunque era pariente mío cercano. Pero mis compañeros me lo
impidieron, cada uno de un lado, con suaves palabras:
«"Hijo de los dioses, dejaremos aquí a éste, si tú así lo ordenas, para que se quede junto a la nave y la
custodie. Y a nosotros llévanos a la sagrada mansión de Circe."
«Así diciendo, se alejaron de la nave y del mar. Pero Euríloco no se quedó atrás, junto a la cóncava
nave, sino que nos siguió, pues temía mis terribles amenazas.
«Entre tanto, Circe lavó gentilmente a mis otros compañeros que estaban en su morada, los ungió
con brillante aceite y los vistió con túnicas y mantos. Y los encontramos cuando se estaban
banqueteando en el palacio. Cuando se vieron unos a otros y se contaron todo, rompieron a llorar entre
lamentos, y la casa toda resonaba. Así que la divina entre las diosas se vino a mi lado y dijo:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no excitéis más el abundance llanto, pues
también yo conozco los trabajos que habéis sufrido en el ponto lleno de peces y los daños que os han
causado en tierra firme hombres enemigos. Conque, vamos, comed vuestra comida y bebed vuestro
vino hasta que recobréis las fuerzas que teníais el día que abandonasteis la tierra patria de la escarpada
Itaca; que ahora estáis agotádos y sin fuerzas; con el duro vagar siempre en vuestras mientes. Y
vuestro ánimo no se llena de pensamientos alegres, pues ya habéis sufrido mucho."
«Así dijo, y nuestro valeroso ánimo se dejó persuadir. Allí nos quedamos un año entero -día tras dia-,
dándonos a comer carne en abundancia y delicioso vino. Pero cuando se cumplió el año y volvieron las
estaciones con el transcurrir de los meses -ya habían pasado largos días-, me llamaron mis fieles
compañeros y me dijeron:
«"Amigo, piensa ya en la tierra patria, si es que tu destino es que te salves y llegues a tu bien
edificada morada y a tu tierra patria."
«Así dijeron, y mi valeroso ánimo se dejó persuadir. Estuvimos todo un día, hasta la puesta del sol,
comiendo carne en abundancia y delicioso vino. Y cuando se puso el sol y cayó la oscuridad, mis
compañeros se acostaron en el sombrío palacio. Pero yo subí a la hermosa cama de Circe y,
abrazándome a sus rodillas, la supliqué, y la diosa escuchó mi voz. Y hablándole, decía aladas
palabras:
«"Circe, cúmpleme la promesa que me hiciste de enviarme a casa, que mi ánimo ya está impaciente y
el de mis compañeros, quienes, cuando tú estás lejos, me consumen el corazón llorando Comentario a mi [SC153]: No sabemos a
alrededor." qué responde este don de Perséfone a
Tiresias o si es, simplemente, una invención
«Así dije, y al punto contestó la divina entre las diosas: de Homero para que el célebre adivino
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no permanezcáis más tiempo en puedamipredecir el futuro a Odiseo. Porque,
según la concepción homérica del más allá,
palacio contra vuestra voluntad. Pero antes tienes que llevar a cabo otro viaje; tienes que llegarte a la
el alma (psyché) es como una sombra que
mansión de Hades y la terrible Perséfone para pedir oráculo al alma del tebano Tiresias, el adivino se desprende del cuerpo al morir el hombre
y que posee la forma de éste, pero ninguna
ciego, cuya mente todavía está inalterada. Pues sólo a éste, incluso muerto, ha concedido Perséfone de sus cualidades (cfr. los versos 218 y ss.).
tener conciencia; que los demás revolotean como sombras." Las demás almas se reaniman con la sangre
del sacrificio, pero sólo hablan de su
«Así dijo, y a mí se me quebró el corazón. Rompí a llorar sobre el lecho, y mi corazón ya no queríapasado, ignoran el presente y el futuro:
vivir ni volver a contemplar la luz del sol. Anticlea desconoce la presencia de los
pretendientes en el palacio de Itaca (cfr. w.
184-6). Sobre la concepción homérica del
«Cuando me había hartado de llorar y de agitarme, le dije, contestándole: más allá, son ya clásicas las obras de E.
Rohde Psique, Barcelona, 1973 (trad. esp.),
«"Circe, ¿y quién iba a conducirme en este viaje? Porque a la mansión de Hades nunca ha llegado y L. Radermacher, Dar Jenseits im Mythos
nadie en negra nave." der Hellenen, Bonn, 1903.
«Así dije, y al punto me contestó la divina entre las diosas: Comentario [SC154]: Aquí hay una
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no sientas necesidad de guía en tu inconsecuencia,
nave. aunque de poca monta. De
hecho, según la detallada descripción que se
Coloca el mástil, extiende las blancas velas y siéntate. El soplo de Bóreas la llevará, y cuando hace
hayasde la llegada a las puertas del Hades,
éste debe situarse en el lejano Norte, cfr.
atravesado el Océano y llegues a las planas riberas y al bosque de Perséfone -esbeltos álamos negros y
XI.13 y ss., por lo que es imposible que sea
estériles cañaverales-, amarra la nave allí mismo, sobre el Océano de profundas corrientes, y dirígete a Bóreas el que impulsa la nave.
el viento
la espaciosa morada de Hades. Hay un lugar donde desembocan en el Aqueronte el PiriflegetónComentario y el [SC155]: Los tres
nombres son parlantes y significan «río del
Kotyto, difluente de la laguna Estigia, y una roca en la confluencia de los dos sonoros ríos. Acércate
llanto», «del fuego ardiente» y «de las
allí, héroe -así te lo aconsejo-, y, cavando un hoyo como de un codo por cada lado, haz una libación en
lamentaciones».
honor de todos los muertos, primero con leche y miel, luego con delicioso vino y en tercer lugar, con
Comentario [SC156]: Fórmula
agua. Y esparce por encima blanca harina. Suplica insistentemente a las inertes cabezas de los muertos
exclusivamente odiseica de sentido no muy
claro (cfr. también en v. 536 y XL29 y 49).
y promete que, cuando vuelvas a Itaca, sacrificarás una vaca que no haya parido, la mejor, y llenarás
El adjetivo amenená puede significar
una pira de obsequios y que, aparte de esto, sólo a Tiresias le sacrificarás una oveja negra por de fuerza (menos)», pero ya en la
«carente
Antigüedad se dudaba de su sentido (cfr.
completo, la que sobresalga entre vuestro rebaño. Cuando hayas suplicado a la famosa rata de los Frg. 222).
Aristófanes,
difuntos, sacrifica allí mismo un carnero y una borrega negra, de cara hacia el Erebo; y vuélveteComentario
para [SC157]: Paso tenebroso
entre la tierra y el Hades. Contiene una raíz
dirigirte a las corrientes del río, donde se acercarán muchas almas de difuntos. Entonces ordenaindoeuropea
a tus que significa «oscuridad».
compañeros que desuellen las víctimas que yacen en tierra atravesadas por el agudo bronce, que las
quemen después de desollarlas y que supliquen a los dioses, al tremendo Hades y a la terrible
Perséfone. Y tú saca de junto al muslo la aguda espada y siéntate sin permitir que las inertes cabezas
de los muertos se acerquen a la sangre antes de que hayas preguntado a Tiresias. Entonces llegará el
adivino, caudillo de hombres, que te señalará el viaje, la longitud del camino y el regreso, para que
marches sobre el ponto lleno de peces."
«Así dijo, y enseguida apareció Eos, la del trono de oro. Me vistió de túnica y manto, y ella; la ninfa,
se puso una túnica grande, sutil y agradable, echó un hermoso ceñidor de oro a su cintura y sobre su
cabeza puso un velo. Entonces recorrí el palacio apremiando a mis compañeros con suaves palabras,
poniéndome al lado de cada hombre:
«"Ya no durmáis más tiempo con dulce sueño; marchémonos, que la soberana Circe me ha revelado
todo."
«Así dije, y su valeroso ánimo se dejó persuadir. Pero ni siquiera de allí pude llevarme sanos y
salvos a mis compañeros. Había un tal Elpenor, el más joven de todos, no muy brillante en la guerra ni
muy dotado de mientes, que, por buscar la fresca, borracho como estaba, se había echado a dormir en
el sagrado palacio de Circe, lejos de los compañeros. Cuando oyó el ruido y el tumulto, levantóse de
repente y no reparó en volver para bajar la larga escalera, sino que cayó justo desde el techo. Y se le
quebraron las vértebras del cuello y su alma bajó al Hades.
«Cuando se acercaron los demás les dije mi palabra:
«"Seguro que pensáis que ya marchamos a casa, a la querida patria, pero Circe me ha indicado otro
viaje a las mansiones de Hades y la terrible Perséfone para pedir oráculo al tebano Tiresias."
«A sí dije, y el corazón se les quebró; sentáronse de nuevo a llorar y se mesaban los cabellos. Pero
nada consiguieron con lamentarse.
«Y cuándo ya partíamos acongojados hacia la nave y la ribera del mar derramando abundante llanto,
acercóse Circe a la negra nave y ató un carnero y una borrega negra, marchando inadvertida. ¡Con
facilidad!, pues ¿quién podría ver con sus ojos a un dios comiendo aquí o allá si éste no quíere?»
CANTO XI
DESCENSUS AD INFEROS Comentario [SC158]: Sobre los
«Y cuando habíamos llegado a la nave y al mar, antes que nada empujamos la nave hacia elproblemas mar que Nekya,
habitualmente
plantea este canto, llamado
cfr: Introducción y
divino y colocamos el mástil y las velas a la negra nave. Embarcamos también ganados que habíamos W. Büchner, «Probleme der homerischen
tomado, y luego ascendimos nosotros llenos de dolor, derramando gruesas lágrimas. Y Circe, Nekya», la deHermet 72, 1937, págs. 104-22.
lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz, nos envió un viento que llenaba las velas, buen
compañero detrás de nuestra nave de azuloscura proa. Colocamos luego el aparejo, nos sentamos a lo
largo de la nave y a ésta la dirigían el viento y el piloto. Durante todo el día estuvieron extendidas las
velas en su viaje a través del ponto.
«Y Helios se sumergió, y todos los caminos se llenaron de sombras. Entonces llegó nuestra nave a
Comentario [SC159]: La tradición
los confines de Océano de profundas corrientes, donde está el pueblo y la ciudad de los hombres manuscrita no se pone de acuerdo sobre el
Cimerios cubiertos por la oscuridad y la niebla. Nunca Helios, el brillante, los mira desde arriba conde este pueblo. Quizá la lectura
nombre
sus rayos, ni cuando va al cielo estrellado ni cuando de nuevo se vuelve a la tierra desde el cielo,«cimerios»
sino sea un intento de darle nombre
real a un pueblo que para Homero era
que la noche se extiende sombría sobre estos desgraciados mortales. Llegados allí, arrastramos nuestra
simplemente mítico. Los cimerios
nave, sacamos los ganados y nos pusimos en camino cerca de la corriente de Océano, hastahistóricos que habitaban en el sur de Rusia (cfr.
el nombre de Crimea) y allí ciertamente no
hay noche perpetua.
llegamos al lugar que nos había indicado Circe. Allí Perimedes y Euríloco sostuvieron las víctimas y
yo saqué la aguda espada de junto a mi muslo e hice una fosa como de un codo por uno y otro lado. Y
alrededor de ella derramaba las libaciones para todos los difuntos, primero con leche y miel, después
con delicioso vino y, en tercer lugar, con agua. Y esparcí por encima blanca harina.
«Y hacía abundantes súplicas a las inertes cabezas de los muertos, jurando que, al volver a Itaca,
sacrificaría en mi palacio una vaca que no hubiera parido, la que fuera la mejor, y que llenaría una pira
de obsequios y que, aparte de esto, sacrificaría a sólo Tiresias una oveja negra por completo, la que so-
bresaliera entre nuestros rebaños.
«Luego que hube suplicado al linaje de los difuntos con promesas y súplicas, yugulé los ganados que
había llevado junto a la fosa y fluía su negra sangre. Entonces se empezaron a congregar desde el
Erebo las almas de los difuntos, esposas y solteras; y los ancianos que tienen mucho que soportar; y
tiernas doncellas con el ánimo afectado por un dolor reciente; y muchos alcanzados por lanzas de
bronce, hombres muertos en la guerra con las armas ensangrentadas. Andaban en grupos aquí y allá, a
uno y otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror.
«A continuación di órdenes a mis compañeros, apremiándolos a que desollaran y asaran las víctimas
que yacían en el suelo atravesadas por el cruel bronce, y que hicieran súplicas a los dioses, al tremendo
Hades y a la terrible Perséfone. Entonces saqué la aguda espada de junto a mi muslo, me senté y no
dejaba que las inertes cabezas de los muertos se acercaran a la sangre antes de que hubiera preguntado
a Tiresias.
«La primera en llegar fue el alma de mi compañero Elpenor. Todavía no estaba sepultado bajo Comentario
la [SC160]: Cfr. X.552 y ss.
tierra, la de anchos caminos, pues habíamos abandonado su cadáver, no llorado y no sepulto, enEl hecho de que la primera en aparecer sea
casa
el alma de Elpenor enlaza más directamente
de Circe, que nos urgía otro trabajo. Contemplándolo entonces, lo lloré y compadecí en mi ánimo, y,
la problemática bajada al Hades con las
demás aventuras de Odiseo. El que Elpenor
hablándole, decía aladas palabras: pueda hablar con Odiseo sin beber la sangre
se debe a que está a las puertas del Hades;
« “Elpenor, ¿cómo has bajado a la nebulosa oscuridad? ¿Has llegado antes a pie que yo en mi todavía
negrano está enterrado.
nave?"
«Así le dije, y él, gimiendo, me respondió con su palabra:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, me enloqueció el Destino funesto de la
divinidad y el vino abundante. Acostado en el palacio de Circe, no pensé en descender por la larga
escalera, sino que caí justo desde el techo y mi cuello se quebró por la nuca. Y mi alma descendió a
Hades.
«Ahora te suplico por aquellos a quienes dejaste detrás de ti, por quienes no están presentes; te
suplico por tu esposa y por tu padre, el que te nutrió de pequeño, y por Telémaco, el hijo único a quien
dejaste en tu palacio: sé que cuando marches de aquí, del palacio de Hades, fondearás tu bien fabricada
nave en la isla de Eea. Te pido, soberano, que te acuerdes de mí allí, que no te alejes dejándome sin
llorar ni sepultar, no sea que me convierta para ti en una maldición de los dioses. Antes bien,
entiérrame con mis armas, todas cuantas tenga, y acumula para mí un túmulo sobre la ribera del canoso
mar -¡desgraciado de mí!- para que te sepan también los venideros. Cúmpleme esto y clava en mi
tumba el remo con el que yo remaba cuando estaba vivo, cuando estaba entre mis compañeros."
«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:
«“ Esto lo cumpliré, desdichado, y realizaré."
«Así permanecíamos sentados, contestándonos con palabras tristes; yo sostenía mi espada sobre la
sangre y, enfrente, hablaba largamente el simulacro de mi compañero.
«También llegó el alma de mi difunta madre, la hija del magnánimo Autólico, Anticlea, a Comentario
quien [SC161]: Anticlea es hija
de Autólico y madre de Odiseo. Según una
había dejado viva cuando marché a la sagrada Ilión. Mirándola la compadecí en mi ánimo, pero ni
ramaaun
importante de la tradición, que recoge
así la permití, aunque mucho me dolía, acercarse a la sangre antes de interrogar a Tiresias. la tragedia ática, antes de casarse con
Laertes tuvo relaciones con Sísifo, por lo
que realmente Odiseo es hijo de este héroe.
«Y llegó el alma del Tebano Tiresias -en la mano su cetro de oro-, y me reconoció, y dijo: Comentario [SC162]: El cetro es, por
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¿por qué has venido, desgraciado, lo general, símbolo del poder real. El que
abandonando la luz de Helios, para ver a los muertos y este lugar carente de goces? Apártate de laaquí aparezca en manos de un mantis puede
fosa
reflejar la primitiva indistinción entre rey y
y retira tu aguda espada para que beba de la sangre y te diga la verdad." profeta o sacerdote.
«Así dijo; yó entonces volví a guardar mi espada de clavos de plata, la metí en la vaina, y sólo
cuando hubo bebido la negra sangre se dirigió a mí con palabras el irreprochable adivino:
«"Tratas de conseguir un dulce regreso, brillante Odiseo; sin embargo, la divinidad te lo hará difícil,
pues no creo que pases desapercibido al que sacude la tierra. Él ha puesto en su ánimo el resentimiento
contra ti, airado porque le cegaste a su hijo. Sin embargo, llegaréis, aun sufriendo muchos males, si es
que quieres contener tus impulsos y los de tus compañeros cuando acerques tu bien construida nave a
la isla de Trinaquía, escapando del ponto de color violeta, y encontréis unas novillas paciendo y unos
gordos ganados, los de Helios, el que ve todo y todo lo oye. Si dejas a éstas sin tocarlas y piensas en el
regreso, llegaréis todavía a Itaca, aunque después de sufrir mucho; pero si les haces daño, entonces te
predigo la destrucción para la nave y para tus compañeros. Y tú mismo, aunque escapes, volverás tarde
y mal, en nave ajena, después de perder a todos tus compañeros. Y encontrarás desgracias en tu casa: a
unos hombres insolentes que te comen tu comida, que pretenden a tu divina esposa y le entregan
regalos de esponsales.
«"Pero, con todo, vengarás al volver las violencias de aquéllos. Después de que hayas matado a los
pretendientes en tu palacio con engaño o bien abiertamente con el agudo bronce, toma un bien
fabricado remo y ponte en camino hasta que llegues a los hombres que no conocen el mar ni comen la
comida sazonada con sal; tampoco conocen éstos naves de rojas proas ni remos fabricados a mano, que
son alas para las naves. Conque te voy a dar una señal manifiesta y no te pasará desapercibida: cuando
un caminante te salga al encuentro y te diga que llevas un bieldo sobre tu espléndido hombro, clava en
tierra el remo fabricado a mano y, realizando hermosos sacrificios al soberano Poseidón -un carnero,
un toro y un verraco semental de cerdas- vuelve a casa y realiza sagradas hecatombes a los dioses
inmortales, los que ocupan el ancho cielo, a todos por orden. Y entonces te llegará la muerte fuera del
mar, una muerte muy suave que te consuma agotado bajo la suave vejez. Y los ciudadanos Comentario serán [SC163]: Esta profecía dio
lugar a un poema épico tardío que narra
felices a tu alrededor. Esto que te digo es verdad." nuevas aventuras de Odiseo tras la muerte
de los pretendientes, la Telegonía de
Eugammon de Cirene. Sin embargo, en este
«Así habló, y yo le contesté diciendo: poema, Odiseo no moría «bajo la suave
«"Tiresias, esto lo han hilado los mismos dioses. Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad:
vejez», sino a manos de su hijo Telégono,
habido de sus relaciones con Circe.
veo aquí el alma de mi madre muerta; permanece en silencio cerca de la sangre y no se atreve a mirar a
su hijo ni hablarle. Dime, soberano, de qué modo reconocería que soy su hijo." ,
«Así hablé y él me respondió diciendo:
«"Te voy a decir una palabra fácil y la voy a poner en tu mente. Cualquiera de los difuntos a quien
permitas que se acerque a la sangre te dirá la verdad, pero al que se lo impidas se retirará."
«Así habló, y marchó a la mansión de Hades el alma del soberano Tiresias después de decir sus
vaticinios.
«En cambio, yo permanecí allí constante hasta que llegó mi madre y bebió la negra sangre. Al pronto
me reconoció y, llorando, me dirigió aladas palabras:
«"Hijo mío, cómo has bajado a la nebulosa oscuridad si estás vivo? Les es difícil a los vivos
contemplar esto, pues hay en medio grandes ríos y terribles corrientes, y, antes que nada, Océano, al
que no es posible atravesar a pie si no se tiene una fabricada nave. ¿Has llegado aquí errante desde
Troya con la nave y los compañeros después de largo tiempo? ¿Es que no has llegado todavía a Itaca y
no has visto en el palacio a tu esposa?"
«Así habló, y yo le respondí diciendo:
«"Madre mía, la necesidad me ha traído a Hades para pedir oráculo al alma del tebano Tiresias.
Todavía no he llegado cerca de Acaya ni he tocado nuestra tierra en modo alguno, sino que ando
errante en continuas dificultades desde al día en que seguí al divino Agamenón a Ilión, la de buenos
potros, para luchar con los troyanos.
«"Pero, vamos, dime esto e infórmame con verdad: ¿Qué Ker de la terrible muerte te dominó? ¿Te
sometió una larga enfermedad o te mató Artemis, la que goza con sus saetas, atacándote con Comentario
sus [SC164]: Cfr. nota 67.
suaves dardos? Háblame de mi padre y de mi hijo, a quien dejé; dime si mi autoridad real sigue en su
poder o la posee otro hombre, pensando que ya no volveré más. Dime también la resolución y las
intenciones de mi esposa legítima, si todavía permanece junto al niño y conserva todo a salvo o si ya la
ha desposado el mejor de los aqueos."
«Así dije, y al pronto me respondió mi venerable madre:
«"Ella permanece todavía en tu palacio con ánimo afligido, pues las noches se le consumen entre
dolores y los días entre lágrimas. Nadie tiene todavía tu hermosa autoridad, sino que Telémaco cultiva
tranquilamente tus campos y asiste a banquetes equitativos de los que está bien que se ocupe un
administrador de justicia, pues todos le invitan. Comentario [SC165]: Cfr. nota 153.
«"Tu padre permanece en el campo, y nunca va a la ciudad, y no tiene sábanas en la cama ni
cobertores ni colchas espléndidas, sino que en invierno duerme como los siervos en el suelo, cerca del
hogar -y visten su cuerpo ropas de mala calidad-, mas cuando llega el verano y el otoño... tiene por
todas partes humildes lechos formados por hojas caídas, en la parte alta de su huerto fecundo en vides.
Ahí yace doliéndose, y crece en su interior una gran aflicción añorando tu regreso, pues ya ha llegado a
la molesta vejez.
«"En cuanto a mí, así he muerto y cumplido mi destino: no me mató Artemis, la certera cazadora, en
mi palacio, acercándose con sus suaves dardos, ni me invadió enfermedad alguna de las que suelen
consumir el ánimo con la odiosa podredumbre de los miembros, sino que mi nostalgia y mi
preocupación por ti, brillante Odiseo, y tu bondad me privaron de mi dulce vida."
«Así dijo, y yo, cavilando en mi mente, quería abrazar el alma de mi difunta madre. Tres veces me
acerqué -mi ánimo me impulsaba a abrazarla-, y tres veces voló de mis brazos semejante a una sombra
o a un sueño.
«En mi corazón nacía un dolor cada vez más agudo, y, hablándole, le dirigí aladas palabras:
«"Madre mía, ¿por qué no te quedas cuando deseo tomarte para que, rodeándonos con nuestros
brazos, ambos gocemos del frío llanto, aunque sea en Hades? ¿Acaso la ínclita Perséfone me ha
enviado este simulacro para que me lamente y llore más todavía?"
«Así dije, y al pronto me contestó mi soberana madre:
«"¡Ay de mí, hijo mío, el más infeliz de todos los hombres! De ningún modo te engaña Perséfone, la
hija de Zeus, sino que ésta es la condición de los mortales cuando uno muere: los nervios ya no sujetan
la carne ni los huesos, que la fuerza poderosa del fuego ardiente los consume tan pronto como el ánimo
ha abandonado los blancos huesos, y el alma anda revoloteando como un sueño. Conque dirígete
rápidamente a la luz del día y sabe todo esto para que se lo digas a tu esposa después."
«Así nos contestábamos con palabras. Y se acercaron -pues las impulsaba la ínclita Perséfone-
cuantas mujeres eran esposas e hijas de nobles. Se congregaban amontonándose alrededor de la negra
sangre y yo cavilaba de qué modo preguntaría a cada una. Y ésta me pareció la mejor determinación:
saqué la aguda espada de junto a mi vigoroso muslo y no permitía que bebieran la negra sangre todas a
la vez. Así que se iban acercando una tras otra y cada una de ellas contaba su estirpe.
«A la primera que vi fue a Tiro, nacida de noble padre, la cual dijo ser hija del eximio Salmoneo y
esposa de Creteo el Eólida, la que deseó al divino Enipeo que se desliza sobre la tierra como elComentario
más [SC166]: Río de Tesalia.
hermoso de los ríos.
Andaba ella paseando junto a la hermosa corriente de Enipeo, cuando el que conduce su carro por la
tierra tomó la figura de éste y se acostó junto a ella en los orígenes del voraginoso río. Y los cubrió una
ola de púrpura semejante a un monte, encorvada, y escondió al dios y a la mujer mortal. Desató el dios
su virginal ceñidor y le infundió sueño y, después que hubo llevado a cabo las obras de amor, la tomó
de la mano, le dijo su palabra y la llamó por su nombre: "Alégrate, mujer, por este amor, pues cuando
pase un año parirás hermosos hijos, que no son estériles los concúbitos de los inmortales. Por tu parte,
cuídate de ellos y nútrelos. Ahora, marcha a casa, contente y no me nombres. Yó soy Poseidón, el que
sacude la tierra." Así habló y se sumergió en el ponto lleno de olas. Y ella, grávida, acabó pariendo a
Pelias y Neleo, los cuales fueron poderosos servidores de Zeus. Pelias habitaba en Jolcos, rico en
ganado, y el otro en la arenosa Pilos. A sus demás hijos los parió de Creteo esta reina entre las
mujeres: a Esón, Feres y Mitaón, guerrero ecuestre.
«Después de ésta vi a Antíope, hija de Asopo, que también se gloriaba de haber dormido entre los
brazos de Zeus y parió a dos hijos, Anfión y Zeto, quienes fueron los fundadores del reino de Tebas, la
de siete puertas, y la dotaron de torres, que sin torres no podían habitar la espaciosa Tebas por muy
póderosos que fueran.
«Después de ésta vi a Alcmena, la mujer de Anfitrión, la que parió al invencible Heracles, feroz
como león, uniéndose al gran Zeus, entre sus brazos.
«Y a Mégara, la hija del valeroso Creonte, a la que. tuvo como esposa el hijo de Anfitrión"', Comentario [SC167]: Heracles. Aquí
se acentúa su filiación humana. Cfr. XXI.26
indomable siempre en su valor. y nota.
«También vi a la madre de Edipo, la hermosa Epicasta, la que cometió una acción descomedida, por
Comentario [SC168]: En época clásica
ignorancia de su mente, al casarse con su hijo, quien, después de dar muerte a su padre, se casó con
se la conoce con el nombre de Yocasta.
ella (los dioses han divulgado esto rápidamente entre los hombres). Entonces reinaba él sobre los
cadmeos sufriendo dolores por la funesta decisión de los dioses en la muy deseable Tebas, pero ella
había descendido al Hades, el de puertas poderosamente trabadas, después de atar una alta soga al
techo de su elevado palacio, poseída de su furor. Y dejó a Edipo numerosos dolores para el futuro,
cuantos llevan a cumplimiento las Erinias de una madre.
«También vi a la hermosísima Cloris, a quien desposó Neleo en otro tiempo por causa de su
hermosura, dándole innumerables regalos de esponsales; era la hija menor de Anfión Jasida, el que en
Comentario [SC169]: Ciudad de
otró tiempo imperaba con fuerza en Orcómenos de los Minios. Ella imperaba en Pilos y le dioTesalia.
a luz
hijos ínclitos, Néstor y Cromio y el arrogante Periclimeno. Y después de éstos parió a la hermosaComentario
Peró, [SC170]: Melampo. En
objeto de admiración para los mortales, a quien todos los vecinos pretendían, mas Neleo no sé laXV.225
dabay ss. se dan más detalles de este
mito, pero ni aquí ni allí se relata completo.
a quien no hubiera robado de Filace los cuernitorcidos bueyes carianchos de Ificlo, difíciles de robar.
Es habitual en Homero contar muy
Sólo un irreprochable adivino prometió robarlas, pero lo trabó el pesado Destino de la divinidadepisódicamente
y las historias que su auditorio
conocía bien.
crueles ligaduras y los boyeros del campo. Cuando ya habían pasado los meses y los días, por dar la
Comentario [SC171]: Le reveló cómo
vuelta el año, y habían pasado de largo las estaciones, sólo entonces lo desató de nuevo la fuerza
podríadetener hijos, pues era impotente.
Ificlo cuando le comunicó la palabra de los dioses Y se cumplía la decisión de Zeus. Comentario [SC172]: Según Píndaro
«También vi a Leda, esposa de Tíndaro, la cual dio a luz dos hijos de poderosos sentimientos, (Pítica, X1.63 y ss., y Nimea, X.1 1 2), un
Cástor, domador de caballos, y Polideuces, bueno en el pugilato, a quienes mantiene vivos la día habitaban en el Olimpo y otro en
tierra
Terapne. Aunque hermanos de madre,
nutricia; que incluso bajo tierra son honrados por Zeus y un día viven y otro están muertos, Cástor era hijo de Tíndaro y Polideuces de
Zeus. Este último, a quien correspondía la
alternativamente, pues tienen por suerte este honor, igual que los dioses. inmortalidad, prefirió compartirla con su
hermano.
«Después de ésta vi a Ifimedea, esposa de Alceo, la cual dijo que se había unido a Poseidón y parido
Comentario [SC173]: Son los Alóadas,
dos hijos -aunque de breve vida-, Otón, semejante a los dioses y el ínclito Efialtes. La tierra nutricia
los crió los más altos y los más bellos, aunque menos que el ínclito Orión. Éstos vivieron nueve niños
años,
anchura
gigantescos que crecían un codo de
y una braza de altura por año.
su anchura era de nueve codos y su longitud de nueve brazas; amenazaron a los inmortalesTambién con hicieron prisionero a Ares durante
un año, hasta que Hermes lo liberó con
establecer en el Olimpo la discordia de una impetuosa guerra; intentaron colocar a Osa sobre Olimpo
trampa,ycfr. Ilíada V.385.
sobre Osa al boscoso Pelión, para que el cielo les fuera escalable, y tal vez lo habrían conseguido si
Comentario
hubieran alcanzado la medida de la juventud. Pero los aniquiló el hijo de Zeus, a quien parió Leto, de [SC174]: Apolo. Según
otras versiones sería Zeus quien los fulminó
lindas trenzas, antes de que les floreciera el vello bajo las sienes y su mentón se espesara conconbien
e1 rayo o Artemis con sus flechas.
florecida barba.
«También vi a Fedra, y a Procris, y a la hermosa Ariadna, hija del funesto Minos, a quien enComentario
otro [SC175]: Son dos
heroínas unidas por un mismo rasgo: la
tiempo llevóTeseo de Creta al elevado suelo de la sagrada Atenas, pero no la disfrutó, que antes la a su marido. Fedra es la esposa
infidelidad
mató Artemis en Dia, rodeada de corriente, ante la presencia de Dioniso. de Teseo y se enamora de Hipólito, su
«También vi a Mera, y a Climena, y a la odiosa Erifile, la que recibió estimable oro a cambio hijastro
de su(tema
Eurípides).
de la tragedia Hipólito de
Procris es ateniense, hija de
marido. Erecteo y esposa de Céfalo, a quien
engañaba con Pteleón.
«No podría enumerar a todas, ni podría nombrar a cuántas esposas vi de héroes y a cuántas Comentario
hijas. [SC176]: Ariadna es una
antigua diosa mediterránea incorporada,
Antes se acabaría la noche inmortal. También es hora de dormir o bien marchando junto a la rápidacomo heroína, al mito cretense. Hija de
Minos y Pasífase, ayuda a Teseo a escapar
nave con mis compañeros, o bien aquí. La escolta será cosa vuestra y de los dioses.» del Laberinto. Huye con él, pero la
Así dijo Odiseo, todos enmudecieron en medio del silencio, y estaban poseídos como por un hechizo
abandona en Naxos (antes Dia). Este
momento de su biografía es oscuro, aunque
en el sombrío palacio. Y entre ellos comenzó a hablar Arete, de blancos brazos: en todas las versiones aparece Dióniso.
«Feacios, ¿cómo os parece este hombre en hermosura y grandeza y en pensamientosSegún bien este pasaje, murió repentinamente
ante la presencia de Dióniso. Según otras
equilibrados en su interior? Huésped mío es, pero todos vosotros participáis del mismo honor. No os
versiones, el dios se casó con ella y
apresuréis a despedirlo ni le privéis de regalos, ya que lo necesita. Muchas cosas buenas tenéis encuatro hijos: Toante, Estáfilo,
tuvieron
Enopión y Pepareto.
vuestros palacios por la benignidad de los dioses.»
Y entre ellos habló el anciano héroe Equeneo -él era el más anciano de los feacios-. Comentario [SC177]: Todo lo que
sabemos de Mera, por el escolio a este
«Amigos, las palabras de la prudente reina no han dado lejos del blanco ni de nuestra opinión. pasaje es que es una de las hijas de Preto y
Obedecedla, pues. De Alcínoo, aquí presente, depende el obrar y el decir.» madre de Locro. Compañera de la diosa
Artemis, ésta la mató por sus relaciones con
Y Alcínoo le respondió a su vez y dijo: Zeus.
« Cierto, esta palabra se mantendrá mientras yo viva para mandar sobre los feacios amantes del
Comentario [SC178]: Climena es una
remo: que el huésped acepte, por mucho que ansíe el regreso, esperar hasta el atardecer, hasta que
de las hijas de Minias, rey de Orcómeno, y
complete todo mi regalo, y la escolta será cuestión de todos los hombres, y sobre todo de mí, de madre
quien de Ificlo.
Comentario [SC179]: Es una de las
es el poder sobre el pueblo.» heroínas más denostadas del mito. Esposa
Y respondiendo dijo el magnánimo Odiseo: de Anfiarao, lo traicionó a cambio del collar
de Harmonía. Su hijo Alcmeón lo mató para
vengar a su padre en un gesto que acerca su
«Poderoso Alcínoo, señalado entre todo tu pueblo, si me rogarais permanecer hasta un año incluso,
leyendaya la de los Atridas.
me dispusierais una escolta y me entregarais espléndidos dones, lo aceptaría y, desde luego, meComentario
sería [SC180]: Este pasaje,
más ventajoso llegar a mi querida patria con las manos más llenas. Así, también sería más honrado
llamadoyInterludio por los comentaristas,
nos devuelve a Feacia por un momento.
querido de cuantos hombres me vieran de vuelta en Itaca.» Funcionalmente, sirve para dividir la Nekya
Y de nuevo le respondió Alcínoo diciendo: en dos partes con notable paralelismo: en la
primera, Odiseo ha conversado con
«Odiseo, al mirarte de ningún modo sospechamos que seas impostor y mentiroso como muchos personajes conocidos (Elpenor, Anticlea) y
hombres dispersos por todas partes, a quienes alimenta la negra tierra, ensambladores deluego contempla a una serie de heroínas del
tales
pasado; en la segunda parte, va a conversar
embustes que nadie podría comprobarlos.. Por el contrario, hay en ti una como belleza de palabras
con los ygrandes héroes de Troya y después
va a los
buen juicio, y nos has narrado sabiamente tu historia, como un aedo: todos los tristes dolores de contemplar una galería de héroes,
especialmente los célebres condénados del
argivos y los tuyos propios. Pero, vamos, dime -e infórmame con verdad- si viste a alguno de los
Hades. Sobre el paralelismo como técnica
eximios compañeros que te acompañaron a Ilión y recibieron la muerte allí. La noche esta es estructural
larga, en la Odisea, cfr. B. Fenik,
Studies... (Sobre la Nekya, págs. 144 y ss.)
interminable, y no es tiempo ya de dormir en el palacio. Sigue contándome estas hazañas dignas de
admiración. Aún aguantaría hasta la divina Eos si tú aceptaras contar tus dolores en mi palacio.»
Y respondiéndole habló el muy astuto Odiseo:
«Poderoso Alcínoo, señalado entre todo tu pueblo, hay un tiempo para los largos relatos y un tiempo
también para el sueño. Si aún quieres escuchar, no sería yo quien se negara a narrarte otros dolores
todavía más luctuosos: las desgracias de mis compañeros, los cuales perecieron después; habían
escapado a la luctuosa guerra de los troyanos, pero sucumbieron en el regreso por causa de una mala
mujer.
«Después que la casta Perséfone había dispersado aquí y allá las almas de las mujeres, llegó
apesadumbrada el alma del Atrida Agamenón y a su alrededor se congregaron otras, cuantas junto con
él habían perecido y recibido su destino en casa de Egisto. Reconocióme al pronto, luego que hubo
bebido la negra sangre, y lloraba agudamente dejando caer gruesas lágrimas. Y extendía hacía mí sus
brazos, deseoso de tocarme, pero ya no tenía una fuerza firme, ni en absoluto fuerza, cual antes había
en sus ágiles miembros. Al verlo lloré y lo compadecí en mi ánimo y, dirigiéndome a él, le dije aladas
palabras:
«"Noble Atrida, soberano de tu pueblo, Agamenón, ¿qué Ker de la triste muerte te ha domeñado?
¿Es que te sometió en las naves Poseidón levantando inmenso soplo de crueles vientos?, ¿o te hirieron
en tierra hombres enemigos por robar bueyes y hermosos rebaños de ovejas o por luchar por tu ciudad
y tus mujeres?"
«Así dije, y él, respondiéndome, habló enseguida:
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, no me ha sometido Poseidón en las naves
levantando inmenso soplo de crueles vientos ni me hirieron en tierra hombres enemigos, sino que
Egisto me urdió la muerte y el destino, y me asesinó en compañía de mi funesta esposa, invitándome a
entrar en casa, recibiéndome al banquete, como el que mata a un novillo junto al pesebre. Así perecí
con la muerte más miserable, y en torno mío eran asesinados cruelmente otros compañeros, como los
jabalíes albidenses que son sacrificados en las nupcias de un poderoso o en un banquete a escote o en
un abundante festín. Tú has intervenido en la matanza de machos hombres muertos en combate
individual o en la poderosa batalla, pero te habrías compadecido mucho más si hubieras visto cómo
estábamos tirados en torno a la crátera y las mesas repletas en nuestro palacio, y todo el pavimento
humeaba con la sangre. También puede oír la voz desgraciada de la hija de Príamo, de Casandra, a la
que estaba matando la tramposa Clitemnestra a mi lado. Yo elevaba mis manos y las batía sobre el
suelo, muriendo con la espada clavada, y ella, la de cara de perra, se apartó de mí y no esperó siquiera,
aunque ya bajaba a Hades, a cerrarme los ojos ni juntar mis labios con sus manos. Que no hay nada
más terrible ni que se parezca más a un perro que una mujer que haya puesto tal crimen en su mente,
como ella concibió el asesinato para su inocente marido. ¡Y yo que creía que iba a ser bien recibido
por mis hijos y esclavos al llegar a casa! Pero ella, al concebir tamaña maldad, se bañó en la infamia y
la ha derramado sobre todas las hembras venideras, incluso sobre las que sean de buen obrar."
«Así habló, y yo me dirigí a él contestándole:
«"¡Ay, ay, mucho odia Zeus, el que ve a lo ancho, a la raza de Atreo por causa de las decisiones de
sus mujeres, desde el principio! Por causa de Helena perecimos muchos, y a ti, Clitemnestra te ha
peparado una trampa mientras estabas lejos."
«Así dije, y él, respondiéndome, se dirigió a mí:
«"Por eso ya nunca seas ingenuo con una mujer, ni le reveles todas tus intenciones, las que tú te
sepas bien, mas dile una cosa y que la otra permanezca oculta. Aunque tú no, Odiseo, tú no tendrás la
perdición por causa de una mujer. Muy prudente es y concibe en su mente buenas decisiones la hija de
Icario; la prudente Penélope. Era una joven recién casada cuando la dejamos al marchar a la guerra y
tenía en su seno un hijo inocente que debe sentarse ya entre el número de los hombres; ¡feliz él! Su
padre lo verá al llegar y él abrazará a su padre -ésta es la costumbre-, pero mi esposa no me permitió
siquiera saturar mis ojos con la vista de mi hijo, pues me mató antes. Te voy a decir otra cosa que has
de poner en tu pecho: dirige la nave a tu tierra patria a ocultas y no abiertamente, pues ya no puede
haber fe en las mujeres.
«"Pero vamos, dime -e infórmame con verdad- si has oído que aún vive mi hijo en Orcómenos o en
la arenosa Pilos, o junto a Menelao en la ancha Esparta, pues seguro que todavía no está muerto sobre
la tierra el divino Orestes."
Así dijo, y yo, respondiendo, me dirigí a él:
«"Atrida, ¿por qué me preguntas esto? Yo no sé si vive él o está muerto, y es cosa mala hablar
inútilmente."
«Así nos contestábamos con palabras tristes y estábamos en pie acongojados, derramando gruesas
lágrimas. Llegó después el alma del Pelida Aquiles y la de Patroclo, y la del irreprochable Antíloco y
la de Ayax, el más hermoso de aspecto y cuerpo entre los dánaos después del irreprochable hijo de
Peleo. Reconocióme el alma del Eacida de pies veloces y, lamentándose, me dijo aladas palabras:Comentario [SC181]: Aquiles. Eaco
«"Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, desdichado, ¿qué acción todavíaera su abuelo. El patronímico es adecuado a
más
la situación, pues Eaco, aunque no aparezca
grande preparas en tu mente? ¿Cómo te has atrevido a descender a Hades, donde habitan los muertos,
luego en el Hades, es uno de los jueces de
los muertos.
los que carecen de sentidos, los fantasmas de los mortales que han perecido?"
«Así habló, y yo, respondiéndole, dije:
«"Aquiles, hijo de Peleo, el más excelente de los aqueos, he venido en busca de un vaticinio de
Tiresias, por si me revelaba algún plan para poder llegar a la escarpada Itaca; que aún no he llegado
cerca de Acaya ni he desembarcado en mi tierra, sino que tengo desgracias continuamente. En cambio,
Aquiles, ningún hombre es más feliz que tú, ni de los de antes ni de los que vengan; pues antes, cuando
vivo, te honrábamos los argivos igual que a los dioses, y ahora de nuevo imperas poderosamente sobre
los muertos aquí abajo. Conqúe no te entristezcas de haber muerto, Aquiles."
«Así hablé, y él, respondiéndome, dijo:
«"No intentes consolarme de la muerte, noble Odiseo. Preferiría estar sobre la tierra y servir en casa
de un hombre pobre, aunque no tuviera gran hacienda, que ser el soberano de todos los cadáveres, de
los muertos. Pero, vamos, dime si mi hijo ha marchado a la guerra para ser el primer guerrero o no.
Dime también si sabes algo del irreprochable Peleo, si aún conserva sus prerrogativas entre los
numerosos mirmidones, o lo desprecian en la Hélade y en Ptía porque la vejez le sujeta las manos y los
pies, pues ya no puedo servirle de ayuda bajo los rayos del sol, aunque tuviera el mismo vigor que en
otro tiempo, cuando en la amplia Troya mataba a los mejores del ejército defendiendo a los argivos. Si
me presentara de tal guisa, aunque fuera por poco tiempo, en casa de mi padre, haría odiosas mis
poderosas e invencibles manos a cualquiera de aquellos que le hacen violencia y lo excluyen de sus
honores."
«Así habló, y yo, respondiendo, me dirigí a él:
« "En verdad, no he oído nada del ilustre Peleo, pero te voy a decir toda la verdad sobre tu hijo
Neoptólemo -ya que me lo mandas-, pues yo mismo lo conduje en mi cóncava y equilibrada nave
desde Esciro en busca de los aqueos de hermosas grebas. Desde luego, cuando meditábamos nuestras
decisiones en torno a la ciudad de Troya, siempre hablaba el primero y no se equivocaba en sus
palabras. Sólo Néstor, igual a un dios, y yo lo superábamos. Y cuando luchábamos los aqueos en la
llanura de los troyanos, nunca permanecía entre la muchedumbre de los guerreros ni en las filas, sino
que se adelantaba un buen trecho, no cediendo a ninguno en valor. Mató a muchos guerreros en duro
combate, pero no te podría decir todos ni nombrar a cuántos del ejército mató defendiendo a los
argivos; pero sí cómo mató con el bronce al hijo de Telefo, al héroe Euripilo, mientras muchos de sus
compañeros sucumbían a su alrededor por causa de regalos femeninos. Siempre lo vi el más hermoso,
después del divino Memnón. Y cuando ascendíamos al caballo que fabricó Epeo los mejores entre los
argivos (a mí se me había enconmendado todo: el abrir la bien trabada emboscada o cerrarla), en ese
momento los demás jefes de los dánaos y los consejeros se secaban las lágrimas y temblaban los
miembros de cada uno, pero a él nunca, vi con mis.ojos ni que le palideciera la hermosa piel, ni que
secara las lágrimas de sus mejillas. Y me suplicaba insistentemente que saliéramos del caballo, y
apretaba la empuñadura de la espada y la lanza pesada por el bronce, meditando males contra los
troyanos. Después, cuando ya habíamos devastado la escarpada ciudad de Príamo, con una buena parte
y un buen botín, ascendió a la nave incólume y no herido desde lejos par el agudo bronce, ni de cerca
en el cuerpo a cuerpo, como suele suceder a menudo en la guerra, cuando Ares enloquece
indistintamente."
«Así. hablé, y el alma del Eácida de pies veloces marchó a grandes pasos a través del prado de
asfódelo, alegre porque le había dicho que su hijo era insigne.
«Las demás almas de los difuntos estaban entristecidas y cada una preguntaba por sus cuitas. Sólo el
alma de Ayax, el hijo de Telamón, se mantenía apartada a lo lejos, airada por causa de la victoria en la
que lo vencí contendiendo en el juicio sobre las armas de Aquiles, junto a las naves. Lo estableció la
venerable madre y fueron jueces los hijos de los troyanos y Palas Atenea. ¡Ojalá no hubiera vencido yo
en tal certamen! Pues por causa de estas armas la tierra ocultó a un hombre como Ayax, el más
excelente de los dánaos en hermosurá y gestas después del irreprochable hijo de Peleo.
Comentario [SC182]: Desde este verso
«A él me dirigí con dulces palabras: hasta el 607, Odiseo se encuentra en medio
«"Áyax, hijo del irreprochable Telamón. ¿Ni siquiera muerto vas a olvidar tu cólera contra mí por Se ha pensado que hay una
del Hades.
confusión entre una nekyamenteia (consulta
causa de las armas nefastas? Los dioses proporcionaron a los argivos aquella ceguera, pues perecisteoracular a los muertos) y una Katábasis o
siendo tamaño baluarte para los aqueos. Los aqueos nos dolemos por tu muerte igual que por ladescenso vida al Hades, que se basaría en la de
Heracles o en la órfica. Cfr. Ganschinietz,
del hijo de Peleo. Y ningún otro es responsable, sino Zeus, que odiaba al ejército de los belicosos «Katábasis», en RF, X 2, págs. 2395-6.
dánaos y a ti te impuso la muerte. Ven aquí, soberano, para escuchar nuestra palabra y nuestras Comentario [SC183]: Minos es un
explicaciones. Y domina tu ira y tu generosó ánimo." héroe civilizador, especialmente legislador,
«Así dije, pero no me respondió, sino que se dirigió tras las otras almas al Erebo de los muertos.de Creta y da nombre a la era de esplendor
Con
que reinó en esta isla durante el segundo
todo, me hubiera hablado entonces, aunque airado -o yo a él- pero mi ánimo deseaba dentro milenio. de miSegún Ilíada XIV.322 y ss., es hijo
pecho ver las almas de los demás difuntos. de Zeus y de Europa. También es hermano
de Radamante, con quien comparte en el
«Allí vi - sentado a Minos, el brillante hijo de Zeus, con el cetro de oro impartiendo justiciaHadesa los la prerrogativa de juzgar a los
muertos. Ellos exponían sus causas a él, al soberano, sentados o en pie, a lo largo de la mansión muertos.
de
Hades de anchas puertas. Comentario [SC184]: Cfr. nota 109.
«Y despuës de éste vi al gigante Orión persiguiendo por el prado de asfódelo a las fieras que Comentario
había [SC185]: Lo que inspiró a
Ticio su pasión amorosa por Leto fueron los
matado en los montes desiertos, sosteniendo en sus manos la clava toda de bronce, eternamente celos de Hera. Según Píndaro (Pítica, IV.9J
irrompible. y ss.), Ticio es un ejemplo para que el hom-
bre busque lo que está a su alcance.
«Y vi a Ticio, al hijo de la Tierra augusta, yaciendo en el suelo. Estaba tendido a lo largo de nueve
Comentario [SC186]: Tántalo, «el que
yugadas, y dos águilas posadas a sus costados le roían el hígado, penetrando en sus entrañas. Pero él
soporta» (cfr. Platón, Crátilo, 395d y ss.),
no conseguía apartarlas con sus manos, pues había violado a Leto, esposa augusta de Zeus, cuando ésta
debe sin duda su nombre al castigo que
padece en el Hades. Sobre la forma de este
se dirigía a Pito a través del hermoso Panopeo. castigo hay dos versiones: Homero lo sitúa
«También vi a Tántalo, que soportaba pesados dolores, en pie dentro del lago; éste llegabaaquía ensuun lago eternamente sediento y
hambriento; Píndaro (Olímpica, 1.55 y ss.)
mentón, pero se le veía siempre sediento y no podía tomar agua para beber, pues cuantas veces se
afirma que Zeus puso sobre su cabeza una
inclinaba el anciano para hacerlo, otras tantas desaparecía el agua absorbida y a sus pies aparecía gran
negrapiedra. Sobre su culpa ni Homero ni
Píndaro nos informan, pero según la variada
la tierra, pues una divinidad la secaba. También había altos árboles que dejaban caer su fruto desde lo
tradición mitográfica, que recogen los
alto -perales, manzanos de hermoso fruto, dulces higueras y verdeantes olivos-, pero cuando el anciano
escolios, sería algún tipo de traición a la
confianza que los dioses habían depositado
intentaba asirlas con sus manos, el viento las impulsaba hacia las oscuras nubes. en él, ya sea porque revelara sus secretos o
porque les robara el néctar y la ambrosía.
«Y vi a Sísifo, que soportaba pesados dolores, llevando una enorme piedra entre sus brazos. Comentario
Hacía [SC187]: Tampoco nos
informa Homero sobre la causa del
fuerza apoyándose con manos y pies y empujaba la piedra hacia arriba, hacia la cumbre, pero cuando tormento de Sísifo. Y también hay varias
iba a trasponer la cresta, una poderosa fuerza le hacía volver una y otra vez y rodaba hacia la llanura la aunque la mayoría coinciden en
versiones
señalar como causa última el haber revelado
desvergonzada piedra. Sin embargo, él la empujaba de nuevo con los músculos en tensión y el sudor al río se
Asopo que el raptor de su hija había
deslizaba por sus miembros y el polvo caía de su cabeza. sido Zeus.
«Después de éste vi a la fuerza de Héracles, a su imagen. Éste goza de los banquetes entre los dioses
Comentario [SC188]: Cfr. nota 134.
inmortales y tiene como esposa a Hebe de hermosos tobillos, la hija del gran Zeus y de Hera, la de
sandalias de oro.
«En torno suyo había un estrépito de cadáveres, como de pájaros, que huían asustados en todas
direcciones. Y él estaba allí, semejante a la oscura noche, su arco sosteniendo desnudo y sobre el
nervio una flecha, mirando alrededor que daba miedo y como el que está siempre a punto de disparar.
Y rodeando su pecho estaba el terrible tahalí, el cinturón de oro en el que había cincelados admirables
trabajos osos, salvajes jabalíes, leones de mirada torcida, combates, luchas, matanzas, homicidios. Ni
siquiera el artista que puso en este cinturón todo su arte podría realizar otra cosa parecida. Me
reconoció al pronto cuando me vio con sus ojos y, llorando, dijo aladas palabras:
« “Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ¡también tú andas arrastrando una
existencia desgraciada, como la que yo soportara bajo los rayos del sol! Hijo de Zeus Cronida era yo y,
sin embargo, tenía una pesadumbre inacabable. Pues estaba sujeto a un hombre muy inferior a mí que
me imponía pesados trabajos. También me envió aquí en cierta ocasión para sacar al Perro,Comentariopues [SC189]: Cerbero, como
nombre para el Perro del infierno aparece
pensaba que ninguna otra prueba me sería más difícil. Pero yo me llevé al Perro a la luz y lo saqué de
por primera vez en Hesiodo, Teogonía, 311.
Hades. Y me escoltó Hermes y la de ojos brillantes, Atenea."
«Así habló y se volvió de nuevo a la mansión de Hades. Yo, sin embargo, me quedé allí por si venía
alguno de los otros héroes guerreros, los que ya habían perecido. También habría visto a hombres
todavía más antiguos a quienes mucho deseaba ver, a Teseo y Pirítoo, hijos gloriosos de los dioses,
pero se empezaron a congregar multitudes incontables de muertos con un vocerío sobrenatural y se
apoderó de mí el pálido terror, no fuera que la ilustre Perséfone me enviara desde Hades la cabeza de
la Gorgona, del terrible monstruo.
«Entonces marché a la nave y ordené a mis compañeros que embarcaran enseguida y soltaran
amarras. Y ellos embarcaron rápidamente y se sentaron sobre los remos.
«Y el oleaje llevaba a la nave por el río Océano, primero al impulso de los remos y después se
levantó una brisa favorable. »
CANTO XII
LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
LA ISLA DEL SOL. OGIGIA
Cuando la nave abandonó la corriente del río Océano y arribó al oleaje del ponto de vastos caminos y
a la isla de Eea, donde se encuentran la mansión y los lugares de danza de Eos y donde sale Helios, la
arrastramos por la arena, una vez llegados. Desembarcamos sobre la ribera del mar, y dormidos
esperamos a la divina Eos.
«Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, envié a unos compañeros al
palacio de Circe para que se trajeran el cadáver del difunto Elpenor. Cortamos enseguida unos leños y
lo enterramos apenados, derramando abundante llanto, en el lugar donde la costa sobresalía más.
Cuando habían ardido el cadáver y las armas del difunto, erigimos un túmulo y, levantando un mojón,
clavamos en lo más alto de la tumba su manejable remo. Y luego nos pusimos a discutir los detalles
del regreso.
«Pero no dejó Circe de percatarse que habíamos llegado de Hades y se presentó enseguida para
proveernos. Y con ella sus siervas llevaban pan y carne en abundancia y rojo vino. Y colocándose
entre nosotros dijo la divina entre las diosas:
«"Desdichados vosotros que habéis descendido vivos a la morada de Hades; seréis dos veces
mortales, mientras que los demás hombres mueren sólo uná vez. Pero, vamos, comed esta comida y
bebed este vino durante todo el día de hoy y al despuntar la aurora os pondréis a navegar; que yo os
mostraré el camino y os aclararé las incidencias para que no tengáis que lamentaros de sufrir
desgracias por trampa dolorosa del mar o sobre tierra firme."
«Así dijo, y nuestro valeroso ánimo se dejó persuadir. Así que pasamos todo el día, hasta la puesta
del sol, comiendo carne en abundancia y delicioso vino. Y cuando se puso el sol y cayó la oscuridad,
mis compañeros se echaron a dormir junto a las amarras de la nave. Pero Circe me tomó de la mano y
me hizo sentar lejos de mis compañeros y, echándose a mi lado, me preguntó detalladamente. Yo le
conté todo como correspondía y entonces me dijo la soberana Circe:
«"Así es que se ha cumplido todo de esta forma. Escucha ahora tú lo que voy a decirte y lo recordará
después el dios mismo.
Comentario [SC190]: Son divinidades
«"Primero llegarás a las Sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien
marinas hijas del río Aqueloo y una Musa
acerca su nave sin saberlo y escucha la voz de las Sirenas ya nunca se verá rodeado de su esposa y o Terpsícore). Homero no se
(Melpómene
tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonororefiere
can- aquí a su aspecto externo (mitad ave,
mitad mujer o solamente mujer) y entre sus
to sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de
características destaca solamente: que son
piel seca. Haz pasar de largo a la nave y, derritiendo cera agradable como la miel, unta los oídos de tus el dual); que sus cantos ofrecen
dos (utiliza
el conocimiento de todo cuanto sucede (v.
compañeros para que ninguno de ellos las escuche. En cambio, tú, si quieres oírlas, haz que te amarren
109) y que este canto es letal para quien lo
de pies y manos, firme junto al mástil -que sujeten a éste las amarras-, para que escuches complacido,
escucha. En la interpretación alegórica
posterior, de orgen estoico, representan una
la voz de las dos Sirenas; y si suplicas a tus compañeros o los ordenas que te desaten, que ellos de las te
tentaciones que el hombre debe
sujeten todavía con más cuerdas. soportar en su peregrinar por la sierra,
interpretación llevada a su extremo por el
Cristianismo, para el cual simbolizan
«"Cuando tus compañeros las hayan pasado de largo, ya no te diré cuál de dos caminos será elconcretamente
tuyo; la lujuria. Cfr. J. Pepin,
Mythe et Allégorie, París, 1953.
decidelo tú mismo en el ánimo. Pero te voy a decir los dos: a un lado hay unas rocas altísimas, contra
las que se estrella el oleaje de la oscura Anfitrite. Los dioses felices las llaman Rocas Errantes. Comentario
No se [SC191]: Son las
les acerca ningún ave, ni siquiera las temblorosas palomas que llevan ambrosía al padre Zeus;Simplégades
que, («las que entrechocan») del
viaje de los Argonautas que Apolonio de
incluso de éstas, siempre arrebata alguna la lisa piedra, aunque el Padre (Zeus) envía otra para queRodaselsitúa a la salida del Bósforo
(11.528-647). Según la narración de
número sea completo. Nunca las ha conseguido evitar nave alguna de hombres que haya llegado allí,
Apolonio, éstas quedaron fijas una vez que
sino que el oleaje del mar, junto con huracanes de funesto fuego, arrastran maderos de naves y cuerpos
las cruzó la nave Argo. Odiseo no pasa por
de hombres. Sólo consiguió pasar de largo por allí una nave surcadora del ponto, la célebre ellas, Argo, toma la ruta altemativa de Escila y
Caribdis. Según Meuli, Odyssee..., esta
cuando navegaba desde el país de Eetes. Incluso entonces la habría arrojado el oleaje contra partelas
de las aventuras de Odiseo procede
del ciclo de las Argonáuticas.
gigantescas piedras, pero la hizo pasar de largo Hera, pues Jasón le era querido.
«"En cuanto a los dos escollos, uno llega al vasto cielo con su aguda cresta y le rodea oscura nube.
Ésta nunca le abandona, y jamás, ni en invierno ni en verano, rodea su cresta un cielo despejado. No
podría escalarlo mortal alguno, ni ponerse sobre él, aunque tuviera veinte manos y veinte pies, pues es
piedra lisa, igual que la pulimentada. En medio del escollo hay una oscura gruta vuelta hacia Poniente,
que llega hasta el Erebo, por donde vosotros podéis hacer pasar la cóncava nave, ilustre Odiseo. Comentario
Ni un [SC192]: Esta descripción
de los aullidos de Escila, inapropiada y
hombre vigoroso, disparando su flecha desde la cóncava nave, podría alcanzar la hueca gruta. Allí ha-
hasta ridícula, se debe a la afición
bita Escila, que aúlla que da miedo: su voz es en verdad tan aguda como la de un cachorro recién etimológica de Homero: Escila (Skylle) es
una palabra similar a la que en griego
nacido, y es un monstruo maligno. Nadie se alegraría de verla, ni un dios que le diera cara. Doce son
significa cachorrillo (skyllax). Cfr, también
con las Harpías en 1.241 y XIV.371.
sus pies, todos deformes, y seis sus largos cuellos; en cada uno hay una espantosa cabeza y en ella tres
filas de dientes apiñados y espesos, llenos de negra muerte. De la mitad para abajo está escondida en la
hueca gruta, pero tiene sus cabezas sobresaliendo fuera del terrible abismo, y allí pesca -explorándolo
todo alrededor del escollo-, por si consigue apresar delfines o perros marinos, o incluso algún
monstruo mayor de los que cría a miles la gemidora Anfitrite. Nunca se precian los marineros de
haberlo pasado de largo incólumes con la nave, pues arrebata con cada cabeza a un hombre de la nave
de oscura proa y se lo lleva.
«"También verás, Odiseo, otro escollo más llano -cerca uno de otro-. Harías bien en pasar por él
Comentario [SC193]: Caribdis es una
como una flecha. En éste hay un gran cabrahigo cubierto de follaje y debajo de él la divina Caribdis
palabra formada por dos raíces que
sorbe ruidosamente la negra agua. Tres veces durante el día la suelta y otras tres vuelve a soberla que «grieta» y «sorber».
significan
da miedo. ¡Ojalá no te encuentres allí cuando la está sorbiendo, pues no te libraría de la muerte ni el
que sacude la tierra! Conque acércate, más bien, con rapidez al escollo de Escila y haz pasar de largo la
nave, porque mejor es echar en falta a seis compañeros que no a todos juntos."
«Así dijo, y yo le contesté y dije:
«"Diosa, vamos, dime con verdad si podré escapar de la funesta Caribdis y rechazar también a Escila
cuando trate de dañar a mis compañeros."
«Así dije, y ella al punto me contestó, la divina entre las diosas:
«"Desdichado, en verdad te placen las obras de la guerra y el esfuerzo. ¿Es que no quieres ceder ni
siquiera a los dioses inmortales? Porque ella no es mortal, sino un azote inmortal, terrible, doloroso,
salvaje e invencible. Y no hay defensa alguna, lo mejor es huir de ella, porque si te entretienes junto a
la piedra y vistes tus armas contra ella., mucho me temo que se lance por segunda vez y te arrebate
tantos compañeros como cabezas tiene. Conque conduce tu nave con fuerza e invoca a gritos a Cratais,
madre de Escila, que la parió para daño de los mortales. Ésta la impedirá que se lance de nuevo.
Comentario [SC194]: Nada tiene que
«"Luego llegarás a la isla de Trinaquía, donde pastan las muchas vacas y pingües rebaños de ovejas
ver esta isla de Thrinakrá con la de Sicilia,
de Helios: siete Tebaños de vacas y otros tantos hermosos apriscos de ovejas con cincuenta animalestambién llamada Trimakía. Homero conoce
cada uno, No les nacen crías, pero tampoco mueren nunca. Sus pastoras son diosas, ninfas de lindas la isla de Sicilia a la que denomina Sicania
(cfr. XXIV.307). Parece deducirse del v.
trenzas, Faetusa y Lampetía, a las que parió para Helios Hiperiónida la diosa Neera. Nada más 380 quedela isla del Sol se sitúa en el lejano
parirlas y criarlas su soberana madre, las llevó a la isla de Trinaquía para que vivieran lejos Este. y
pastorearan los apriscos de su padre y las vacas de rotátiles patas. Comentario [SC195]: Son dos
nombres muy adecuados para las hijas del
Sol: «la que arde» y «la que brilla»
«"Si dejas incólumés estos rebaños y te ocupas del regreso, aun con mucho sufrir podréis llegar a
Itaca, pero si les haces daño, predigo la perdición para la nave y para tus compañeros. Y tú, aunque
evites la muerte, llegarás tarde y mal, después de perder a todos tus compañeros."
«Así dijo y, al pronto, llegó Eos, la de trono de oro.
«Ella regresó a través de la isla, la divina entre las diosas, y yo partí hacia la nave y apremié a mis
compañeros para que embarcaran y soltaran amarras. Así que embarcaron con presteza y se sentaron
sobre los bancos y, sentados en fila, batían el canoso mar con los remos. Y Circe de lindas trenzas, la
terrible diosa dotada de voz, envió por detrás de nuestra nave de azuloscura proa, muy cerca, un viento
favorable, buen compañero, que hinchaba las velas. Después de disponer todos los aparejos, nos
sentamos en la nave y la conducían el viento y el piloto.
«Entonces dije a mis compañeros con corazón acongojado:
«"Amigos, es preciso que todos -y no sólo uno o dos conozcáis las predicciones que me ha hecho
Circe, la divina entre las diosas. Así que os las voy a decir para que, después de conocerlas,
perezcamos o consigamos escapar evitando la muerte y el destino.
«"Antes que nada me ordenó que evitáramos a las divinas Sirenas y su florido prado. Ordenó que
sólo yo escuchara su voz; mas atadme con dolorosas ligaduras para que permanezca firme allí, junto al
mástil; que sujeten a éste las amarras, y si os suplico o doy órdenes de que me desatéis, apretadme
todavía con más cuerdas."
«Así es como yo explicaba cada detalle a mis compañeros.
«Entretanto la bien fabricada nave llegó velozmente a la isla de las dos Sirenas -pues la impulsaba
próspero viento-. Pero enseguida cesó éste y se hizo una bonanza apacible, pues un dios había calmado
el oleaje.
«Levantáronse mis compañeros para plegar las velas y las pusieron sobre la cóncava nave y,
sentándose al remo, blanqueaban el agua con los pulimentados remos.
«Entonces yo partí en trocitos, con el agudo bronce, un gran pan de cera y lo apreté con mis pesadas
manos. Enseguida se calentó la cera -pues la oprimían mi gran fuerza y el brillo del soberano Helios
Hiperiónida- y la unté por orden en los oídos de todos mis compañeros. Éstos, a su vez, me ataron
igual de manos que de pies, firme junto al mástil -sujetaron a éste las amarras- y, sentándose, batían el
canoso mar con los remos.
«Conque, cuando la nave estaba a una distancia en que se oye a un hombre al gritar en nuestra veloz
marcha-, no se les ocultó a las Sirenas que se acercaba y entonaron su sonoro canto:
«"Vamos, famoso Odiseo, gran honra de los aqueos, ven aquí y haz detener tu nave para que puedas
oír nuestra voz. Que nadie ha pasado de largo con su negra nave sin escuchar la dulce voz de nuestras
bocas, sino que ha regresado después de gozar con ella y saber más cosas. Pues sabemos todo cuanto
los argivos y troyanos trajinaron en la vasta Troya por voluntad de los dioses. Sabemos cuanto sucede
sobre la tierra fecunda."
«Así decían lanzando su hermosa voz. Entonces mi corazón deseó escucharlas y ordené a mis
compañeros que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia adelante y
remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome
todavía más.
«Cuando por fin las habían pasado de largo y ya no se oía más la voz de las Sirenas ni su canto, se
quitaron la cera mis fieles compañeros, la que yo había untado en sus oídos, y a mí me soltaron de las
amarras.
«Conque, cuando ya abandonábamos su isla, al pronto comencé a ver vapor y gran oleaje y a oír un
estruendo. Como a mis compañeros les entrara el terror, volaron los remos de sus manos y éstos
cayeron todos estrepitosamente en la corriente. Así que la nave se detuvo allí mismo, puesto que ya no
movían los largos remos con sus manos.
«Entonces iba yo por la nave apremiando a mis compañeros con suaves palabras, poniéndome al
lado de cada uno:
«"Amigos, ya no somos inexpertos en desgracias. Este mal que nos acecha no es peor que cuando el
Cíclope nos encerró con poderosa fuerza en su cóncava cueva. Pero por mis artes, mi decisión y mi
inteligencia logramos escapar de allí -y creo que os acordaréis de ello. Así que también ahora, vamos,
obedezcamos todos según yo os indique. Vosotros sentaos en los bancos y batid con los remos la
profunda orilla del mar, por si Zeus nos concede huir y evitar esta perdición; y a ti, piloto, esto es lo
que te ordeno -ponlo en lo interior, ya que gobiernas el timón de la cóncava nave-: mantén a la nave
alejada de ese vapor y oleaje y pégate con cuidado a la roca no sea que se te lance sin darte cuanta
hacia el otro lado y nos pongas en medio del peligro."
«Así dije y enseguida obedecieron mis palabras. Todavía no les hablé de Escila, desgracia imposible
de combatir, no fuera que por temor dejaran de remar y se me escondieran todos dentro. Comentario [SC196]: Se entiende en la
bodega o sentina.
«Entonces no hice caso de la penosa recomendación de Circe, pues me ordenó que en ningún caso
vistiera mis armas contra ella. Así que vestí mis ínclitas armas y con dos lanzas en mis manos subí a la
cubierta de proa, pues esperaba que allí se me apareciera primero la rotosa Escila, la que iba a llevar
dolor a mis compañeros. Pero no pude verla por lado alguno y se me cansaron los ojos de otear por
todas partes la brumosa roca.
«Así que comenzamos a sortear el estrecho entre lamentos, pues de un lado estaba Escila, y del otro
la divina Caribdis sorbía que daba miedo la salada agua del mar. Y es que cuando vomitaba, todo ella
borbollaba como un caldero que se agita sobre un gran fuego -la espuma caía desde arriba sobre lo alto
de los dos escollos-, y cuando sorbía de nuevo la salada agua del mar, aparecía toda arremolinada por
dentro, la roca resonaba espantosamente alrededor y al fondo se veía la tierra con azuloscura arena.
«El terror se apoderó de mis compañeros y, mientras la mirábamos temiendo morir, Escila me
arrebató de la cóncava nave seis compañeros, los que eran mejores de brazos y fuerza. Mirando a la
rápida nave y siguiendo con los ojos a mis compañeros, logré ver arriba sus pies y manos cuando se
elevaban hacia lo alto. Daban voces llamándome por mi nombre, ya por última vez, acongojados en su
corazón. Como el pescador en un promontorio, sirviéndose de larga caña, echa comida como cebo a
los pececillos (arroja al mar el cuerno de un toro montaraz) y luego tira hacia fuera y los coge
palpitantes, así mis
compañeros se elevaban palpitantes hacia la roca.
«Escila los devoró en la misma puerta mientras gritaban y tendían sus manos hacia mí en terrible
forcejeo. Aquello fue lo más triste que he visto con mis ojos de todo cuanto he sufrido recorriendo los
caminos del mar. Cuando conseguimos escapar de la terrible Caribdis y de Escila, llegamos enseguida
a la irreprochable isla del dios donde estaban las hermosas carianchas vacas y los numerosos rebaños
de ovejas de Helios Hiperión.
«Cuando todavía me encontraba en la negra nave pude oír el mugido de las vacas en sus establos y el
balar de las ovejas. Entonces se me vino a las mientes la palabra del adivino ciego, el tebano Tiresias,
y de Circe de Eea, quienes me encomendaron encarecidamente evitar la isla de Helios, el que alegra a
los mortales.
«Así que dije a mis compañeros acongojado en mi corazón:,
«"Escuchad mis palabras, compañeros que tantas desgracias habéis sufrido, para que os manifieste
las predicciones de Tiresias y de Circe de Eea, quienes me encomendaron encarecidamente evitar la
isla de Helios, el que alegra a los mortales, pues me dijeron que aquí tendríamos el más terrible mal.
Conque conducid la negra nave lejos de la isla."
«Así dije y a ellos se les quebró el corazón.
«Entonces Euriloco me contestó con odiosa palabra:
«"Eres terrible, Odiseo, y no se cansa tu vigor ni tus miembros. En verdad todo lo tienes de hierro si
no permites a tus compañeros agotados por el cansancio y por el sueño poner pie a tierra en una isla
rodeada de corriente, dónde podríamos prepararnós sabrosa comida. Por el contrario, les ordenas que
anden errantes por la rápida noche en el brumoso ponto, alejándose de la isla. De la noche surgen
crueles vientos, azote de las naves. ¿Cómo se podría huir del total exterminio si por casualidad se nos
viene de repente un huracán de Noto o de Céfixo de soplo violento, que son quienes, sobre todo,
destruyen las naves por voluntad de los soberanos dioses? Cedamos, pues, a la negra noche y
preparémonos una comida quedándonos junto a la rápida nave. Y al amanecer embarcaremos y lan-
zaremos la nave al vasto ponto,"
«Así dijo Euríloco y los demás compañeros aprobarón sus palábras, Entonces me di cuenta de que un
demón nos preparaba desgracia y, hablándoles, dije aladas palabras:
«"Euríloco, mucho me forzáis, solo como estoy. Pero, vamos, juradme al menos con fuerte
juramento que si encontramos una vacada o un gran rebaño de ovejas, nadie, llevado de funesta
insensatez, matará vaca u oveja alguna. Antes bien; comed tranquilos el alimento que nos dio la
inmortal Circe."
«Así dije y todos juraron al punto tal como les había dicho. Así que cuando habían jurado y
completado su juramento, detuvimos en el cóncavo Puerto nuestra bien construida nave, cerca de agua
dulce; desembarcaron mi compañeros y se prepararon con habilidad la comida.
«Luego que habían arrojado de sí el deseo de comida y bebida, comenzaron a llorar -pues se
acordaron enseguida- por los compañeros a quienes había devorado Escila, arrebatándlos de la cóncava
nave; y mientras lloraban, les sobrevino un profundo sueño.
«Cuando terciaba la noche y declinaban los astros, Zeus, el que amontona las nubes, levantó un
viento para que soplara en terrible huracán y cubrió de nubes tierra y mar. Y se levantó del cielo la
noche.
«Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, anclamos la nave
arrastrándola hasta una gruta, donde estaba el hermoso lugar de danza de las Ninfas y sus asientos.
«Entonces los convoqué en asamblea y les dije:
«"Amigos, en la rápida nave tenemos comida y bebida; apartémonos de las vacas no sea que nos
pase algo malo, que estas vacas y gordas ovejas pertenecen a un dios terrible, a Helios, el que lo ve
todo y todo lo oye."
«Así dije y su valeroso ánimo se dejó persuadir.
«Durante todo un mes sopló Noto sin parar y no había ningún otro viento, salvo Euro y Noto. Así
que, mientras mis compañeros tuvieron comida y rojo vino, se mantuvieron alejados de las vacas por
deseo de vivir; pero cuando se consumieron todos los víveres de la nave, pusiéronse por necesidad a la
caza de peces y aves; todo lo que llegaba a sus manos, con curvos anzuelos, pues el hambre retorcía
sus estómagos.
«Yo me eché entonces a recorrer la isla para suplicar a los dioses, por si alguno me manifestaba
algún camino de vúelta; y, cuando caminando por la isla ya estaba lejos de mis compañeros, lavé mis
manos al abrigo del viento y supliqué a todos los dioses que poseen el Olimpo. Y ellos derramaron el
dulce sueño sobre mis párpados.
«Entonces Euríloco comenzó a manifestar a mis compañeros esta funesta decisión:
«"Escuchad mis palabras, compañeros que tantos males habéis sufrido. Todas las clases de muerte
son odiosas para los desgraciados mortales, pero lo más lamentable es morir de hambre y arrastrar el
destino. Conque, vamos, llevémonos las mejores vacas de Helios y sacrifiquémoslas a los inmortales
que poseen el vasto cielo. Si llegamos a Itaca, nuestra patria, edificaremos a Helios Hiperión un
esplendido templo donde podríamos erigir muchas y excelentes estatuas.
«"Pero si, irritado por sus vacas de alta cornamenta, quiere destruir nuestra nave .-y los demás dioses
les acompañan prefiero perder la vida de una vez, de bruces contra una ola, antes que irme
consumiendo poco a poco en una isla desierta."
«Así dijo Euríloco y los demás compañeros aprobaron sus palabras. Así que se llevaron enseguida
las mejores vacas de Helios, de por allí cerca -pues las hermosas vacas carianchas de rotátiles patas
pastaban no lejos de la nave de azuloscura proa. Pusiéronse a su alrededor e hicieron súplica a los dio-
ses, cortando ramas tiernas de una encina de elevada copa -pues no tenían blanca cebada en la nave de
buenos bancos. Cuando habían hecho la súplica, degollado y desollado las vacas, cortaron los muslos y
los cubrieron de grasa a uno y otro lado y colocaron carne sobre ellos. No tenían vino para libar sobre
las víctimas mientras se asaban, pero libaron con agua mientras se quemaban las entrañas. Cuando ya
se habían quemado los muslos y probaron las entrañas, cortaron en trozos lo demás y lo ensartaron en
pinchos.
«Entonces el profundo sueño desapareció de mis párpados y me puse en camino hacia la rápida nave
y la ribera del mar. Y, cuando me hallaba cerca de la curvada nave, me rodeó un agradable olor a
grasa. Rompí en lamentos e invoqué a gritos a los dioses inmortales:
«"Padre Zeus y demás dioses felices que vivís siempre; para mi perdición me habéis hecho acostar
con funesto sueño, pues mis compañeros han resuelto un tremendo acto mientras estaban aquí."
«En esto llegó Lampetía, de luengo peplo, rápida mensajera a Helios Hiperión, para anunciarle que
habíamos matado a sus vacas. Y éste se dirigió al punto a los inmortales acongojado en su corazón:
«"Padre Zeus y los demás dioses felices que vivís siempre, castigad ya a los compañeros de Odiseo
Laertíada que me han matado las vacas -¡obra impía!-, con las que yo me complacía al dirigirme hacia
el cielo estrellado y al volver de nuevo hacia la tierra desde el cielo. Porque si no me pagan una re-
compensa equitativa por las vacas, me hundiré en el Hades y brillaré para los muertos."
«Y contestándole dijo Zeus, el que reúne las nubes:
«"Helios, sigue brillando entre los inmortales y los mortales hombres sobre la tierra nutricia, que yo
lanzaré mi brillante rayo y quebraré enseguida su nave en el ponto rojo como el vino."
«Esto es lo que yo oí decir a Calipso, de hermoso peplo, y ella decía que se lo había oído a su vez a
Hermes.
«Conque, cuando bajé hasta la nave y el mar, los reprendí a unos y otros poniéndome a su lado, pero
no podíamos encontrar remedio las vacas estaban ya muertas. Entonces los dioses comenzaron a
manifestarles prodigios: las pieles caminaban, la carne mugía en el asador, tanto la cruda como la asa-
da. Así es como las vacas cobraron voz.
«Durante seis días mis fieles compañeros prosiguieron banqueteándose y llevándose las mejores
vacas de Helios, pero cuando Zeus Cronida nos trajo el séptimo, dejó el viento de lanzarse huracanado
y nosotros embarcamos y empujamos la nave al vasto ponto no sin colocar el mástil y extender las
blancas velas.
«Cuando abandonamos la isla y ya no se divisaba tierra alguna sino sólo cielo y mar, el Cronida puso
una negra nube sobre la cóncava nave y el mar se oscureció bajo ella. La nave no pudo avanzar mucho
tiempo, porque enseguida se presentó el silbante Céfiro lanzándose en huracán y la tempestad de
viento quebró los dos cables del mástil. Cayó éste hacia atrás y todos los aparejos se desparramaron
bodega abajo. En la misma proa de la nave golpeó el mástil al piloto en la cabeza, rompiendo todos los
huesos de su cráneo y, como un volatinero, se precipitó de cabeza contra la cubierta y su valeroso
ánimo abandonó los huesos.
«Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave, y ésta se revolvió toda,
sacudida por el rayo de Zeus, y se llenó de azufre. Mis compañeros cayeron fuera y, semejantes a las
cornejas marinas, eran arrastrados por el oleaje en torno a la negra nave. Dios les había arrebatado el
regreso.
«Entonces yo iba de un lado a otro de la nave, hasta que el huracán desencajó las paredes de la quilla
y el oleaje la arrastraba desnuda. El mástil se partió contra ésta, pero, como había sobre aquél un cable
de piel de buey, até juntos quilla y mástil y, sentándome sobre ambos, me dejé llevar de los funestos
vientos.
«Entonces Céfiro dejó de lanzarse huracanado y llegó enseguida Noto trayendo dolores a mi ánimo,
haciendo que volviera a recorrer de nuevo la funesta Caribdis.
«Dejéme llevar por el oleaje durante toda la noche y al salir el sol llegué al escollo de Escila y a la
terrible Caribdis. Ésta comenzó a sorber la salada agua del mar, pero entonces yo me lancé hacia
arriba, hacia el elevado cabrahigo y quedé adherido a él como un murciélago. No podía apoyarme en él
con los pies para trepar, pues sus raíces estaban muy lejos y sus ramas muy altas -ramas largas y
grandes que daban sombra a Caribdis. Así que me mantuve firme hasta que ésta volviera a vomitar el
mástil y la quilla, y un rato más tarde me llegaron mientras estaba a la expectativa. Mis maderos
aparecieron fuera de Caribdis a la hora en que un hombre se levanta del ágora para ir a comer, después
de juzgar numerosas causas de jóvenes litigantes. Dejéme caer desde arriba de pies y manos y me
desplomé ruidosamente sobre el oleaje junto a mis largos maderos, y sentado sobre ellos, comencé a
remar con mis brazos. El padre de hombres y dioses no permitió que volviera a ver a Escila, pues no
habría conseguido escapar de la ruina total.
«Desde allí me dejé llevar durante nueve días, y en la décima noche los dioses me impulsaron hasta
la isla de Ogigia, donde habitaba Calipso de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de voz que me
entregó su amor y sus cuidados.
«Pero, ¿para qué te voy a contar esto? Ya os lo he narrado ayer a ti y a tu fuerte esposa en el palacio,
y me resulta odioso volver a relatar lo que he expuesto detalladamente.»
CANTO XIII
LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
LLEGADA A ITACA
Así habló, y todos enmudecieron en el silencio; estaban poseídos como por un hechizo en el sombrío
palacio. Entonces Alcínoo le contestó y dijo:
«Odiseo, ya que has llegado a mi palacio de piso de bronce, de elevado techo, creo que no vas a
volver a casa errabundo otra vez por mucho que hayas sufrido. En cuanto a vosotros, cuantos
acostumbráis a beber en mi palacio el rojo vino de los ancianos escuchando al aedo, os voy a hacer
este encargo: el forastero ya tiene, en un arca bien pulimentada, oro bien trabajado y cuantos regalos le
han traído los consejeros de los feacios. Démosle también un gran trípode y una caldera cada hombre,
que nosotros después os recompensaremos recogiéndolo por el pueblo, pues es doloroso que uno haga
dones gratis.»
Así habló Alcínoo y les agradó su palabra. Y se marchó cada uno a su casa con ganas de dormir.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, se apresuraron hacia la nave
llevando el bronce propio de los guerreros.
Y la sagrada fuerza de Alcínoo, marchando en persona, colocó todo bien bajo los bancos de la nave,
no fuera que causaran daño a alguno de los compañeros durante el viaje cuando se apresuraran
moviendo los remos.
Luego marcharon al palacio de Alcínoo y dispusieron el almuerzo. La sagrada fuerza de Alcínoo
sacrificó entre ellos un buey en honor de Cronida Zeus, el que oscurece las nubes, el que gobierna a
todos. Quemaron los muslos y se repartieron gustosos un magnífico banquete; y entre ellos cantaba el
divino aedo, Demódoco, venerado por su pueblo. Pero Odiseo volvía una y otra vez su cabeza hacia el
resplandeciente sol, deseando que se pusiera, pues ya pensaba en el regreso. Como cuando un hombre
desea vivamente cenar cuando su pareja de bueyes ha estado todo el día arrastrando el bien construido
arado por el campo -la luz del sol se pone para él con agrado, ya que se va a cenar, y sus rodillas le
duelen al caminar-, así se puso el sol con agrado para Odiseo.
Y volvió a dirigirse a los feacios amantes del remo y, dirigiéndose sobre todo a Alcínoo, dijo su
palabra:
«Poderoso Alcínoo, el más ilustre de tu pueblo, haced una libación y devolvedme a casa sin daño. Y
a vosotros, ¡salud! Ya se me ha proporcionado lo que mi ánimo deseaba, una escolta y amables regalos
que ojalá los dioses, hijos de Urano, hagan prosperar. ¡Que encuentre en casa, al volver, a mi irrepo-
chable esposa junto con los míos sanos y salvos! Vosotros quedaos aquí y seguid llenando de gozo a
vuestras esposas legítimas y a vuestros hijos; que los dioses os repartan bienes de todas clases y que
ningún mal se instale entre vosotros.»
Así habló y todos aprobaron sus palabras y aconsejaban dar escolta al forastero, porque había
hablado como le correspondía. Entonces Alcínoo se dirigió a un heraldo:
« Pontónoo, mezcla una crátera y reparte vino a todos en el palacio, para que demos escolta al
forastero hasta su tierra patria después de orar al padre Zeus.»
Así habló, y Pontónoo mezcló el vino que alegra el corazón y se lo repartió a todos, uno tras otro. Y
libaron desde sus mismos asientos en honor de los dioses felices, los que poseen el ancho cielo.
El divino Odiseo se puso en pie, colocó una copa de doble asa en manos de Arete y le dijo aladas
palabras:
«Sé siempre feliz, reina hasta que te lleguen la vejez y la muerte que andan rondando a los hombres.
Yo vuelvo a casa, goza tú en este palacio entre tus hijos, tu pueblo y el rey Alcínoo.»
Así hablando el divino Odiseo traspasó el umbral. Y la fuerza de Alcínoo le envió un heraldo para
que le condujera hasta la rápida nave y la ribera del mar. También le envió Arete a sus esclavás, a una
con un manto bien lavado y una túnica, a otra le dio un arca adornada para que la llevara y otra portaba
trigo y rojo vino.
Cuando arribaron a la nave y al mar, sus ilustres acompañantes colocaron todo en la cóncava nave, la
bebida y la comida toda, y para Odiseo extendieron una manta y una sábana en la cubierta de proa,
para que durmiera sin despertar. Subió él y se acostó en silencio, y ellos se sentaron en los bancos,
cada uno en su sitio, y soltaron el cable de una piedra pérforada. Después se inclinaron y batían el mar
con el remo.
A Odiseo se le vino un sueño profundo a los párpados, sueño sosegado, delicioso, semejante en todo
a la muerte. Y la nave... como los cuadrúpedos caballos se arrancan todos a la vez en la llanura a los
golpes del látigo y elevándose velozmente apresuran su marcha, así se elevaba su proa y un gran oleaje
de púrpura rompía en el resonante mar. Corría ésta con firmeza, sin estorbos; ni un halcón la habría
alcanzàdo, la más rápida de las aves. Y en su carrera cortaba veloz las olas del mar portando a un
hombre de pensamientos semejantes a los de los dioses que había sufrido muchos dolores en su ánimo
al probar batallas y dolorosas olas, pero que ya dormía imperturbable, olvidado de todas sus penas.
Y cuando despuntó el más brillante astro, el que avanza anunciando la luz de Eos que nace de la
mañana, la nave se acercó para fondear en la isla.
En el pueblo de Itaca hay un puerto, el de Forcis, el viejo del mar, y en él hay dos salientes Comentario [SC197]: Cfr. I.72 y nota.
escarpados que se inclinan hacia el puerto y que dejan fuera el oleaje producido por silbantes vientos;
Comentario [SC198]: Descripción
convencional de un Puerto. Cfr. también el
dentro, las naves de buenos bancos permanecen sin amarras cuando llegan al término del fondeadero. Puerto de Telépila de Lestrigonia en X.90 y
Al extremo del puerto hay un olivo de anchas hojas y cerca de éste una gruta sombría y amable ss.
consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Hay dentro cráteras y ánforas de piedra y también dentro
Comentario [SC199]: Su nombre se
fabrican las abejas sus panales. Hay dentro grandes telares de piedra donde las ninfas tejen sus túnicas
deriva de una raíz que significa «fluir», por
tanto son las ninfas del elemento líquido,
con púrpura marina -¡una maravilla para velas!- y también dentro corren las aguas sin cesar. Tiene dos un manantial o una fuente a
generalmente
puertas, la una del lado de Bóreas accesible a los hombres; la otra, del lado de Noto, es en cambiolossólo
que suelen dar nombre. En el v. 356,
Odiseo las llama «hijas de Zeus», pero hay
para dioses y no entran por ella los hombres, que es camino de inmortales. Hacia allí remaron, puesmuchas yaque son hijas de los diferentes ríos
lo conocían de antes, y la nave se apresuró a fondear en tierra firme, como a media altura -¡talesde eran
la zona donde habitan.
las manos de los remeros que la impulsaban! -Éstos descendieron de la nave de buenos bancos y
levantando primero a Odiseo de la cóncava nave, le colocaron sobre la arena, rendido por el sueño,
junto con su manta y resplandeciente sábana. También sacaron las riquezas que los ilustres feacios le
habían donado cuando volvía a casa por voluntad de la magnánima Atenea.
Conque colocaron todo junto, cerca del tronco de olivo, lejos del camino -no fuera que algún
caminante cayera sobre ello y lo robara antes de que Odiseo despertase-, y se volvieron a casa.
Pero el que sacude la tierra no se había olvidado de las amenazas que había hecho al divino Odiseo al
principio y preguntó la decisión de Zeus:
«Padre Zeus, ya no tendré nunca honores entre los dioses inmortales si los mortales no me honran,
los feacios que, además, son de mi propia estirpe. Yo pensaba que Odiseo regresaría a casa después de
mucho sufrir -el regreso no se lo había quitado del todo porque tú se lo prometiste desde el principio-,
pero los feacios lo han traído durmiendo en rápida nave sobre el ponto y lo han dejado en Itaca. Le han
entregado además innumerables regalos, bronce y oro en abundancia y ropa tejida, tantos como jamás
habría sacado de Troya si hubiera vuelto incólume con su parte sorteada del botín.»
Y le contestó y dijo el que reúne las nubes, Zeus:
«¡Ay, ay, poderoso dios que sacudes la tierra, qué cosas has dicho! Nunca lo deshonrarán los dioses.
Sería difícil despachar sin honores al más antiguo y excelente. Si alguno de los hombres, cediendo a su
violencia y poder, no lo honra, tienes y tendrás siempre tu compensación. Obra como desees y sea
agradable a tu ánimo.»
Y le contestó Poseidón, el que sacude la tierra:
«Enseguida actuaría, oh tú que oscureces las nubes, como dices, pero estoy siempre acechando tu
cólera y procurando evitarla. Con todo, quiero ahora destruir en el brumoso ponto la hermosa nave de
los feacios en su viaje de vuelta, para que se contengan y dejen de escoltar a los hombres. Quiero tam-
bién ocultar su ciudad toda bajo un monte» Y le contestó y dijo el que reúne las nubes, Zeus: Comentario [SC200]: Se refiere a la
profecía ya anunciada por Alcínoo en
«Amigo mío, creo que lo mejor será que, cuando todo el pueblo esté contemplando desde la ciudad a
VIII.569.
la nave acercándose, coloques cerca de tierra un peñasco semejante a una rápida nave, para que todos
se asombren y puedas ocultar su ciudad bajo un gran monte.»
Luego que oyó esto Poseidón, el que sacude la tierra, se puso en camino hacia Esqueria, donde los
feacios nacen, y allí se detuvo. Y la nave surcadora del ponto se acercó en su veloz carrera. El que
sacude la tierra se acercó, la convirtió en piedra y la estableció firmemente, como si tuviera raíces,
golpeándola con la palma de su mano. Y se alejó de allí. Los feacios de largos remos se dirigían
mutuamente aladas palabras, hombres célebres por sus naves, y decía uno así mirando al que tenía al
lado:
«Ay de mí, ¿quién ha encadenado en el ponto a la rápida nave en su regreso a casa? Ya se la veía del
todo.»
Así decía uno -pues no sabían cómo había sucedido. Entonces Alcínoo habló entre ellos y dijo:
«¡Ay, ay, en verdad ya me ha alcanzado el antiguo presagio de mi padre, quien aseguraba que
Poseidón se irritaría con nosotros por ser prósperos acompañantes de todo el mundo! Decía que algún
día destruiría en el brumoso ponto una hermosa nave de los feacios al volver de una expedición, y que
ocultaría nuestra ciudad bajo un monte. Así decía el anciano y todo se está cumpliendo ahora. Conque,
vamos, obedeced todos lo que yo os señale: dejad de acompañar a los mortales cuando alguien llegue a
nuestra ciudad. Sacrificaremos a Poseidón doce toros escogidos, por si se compadece y no nos oculta
la ciudad bajo un enorme monte.»
Así habló y ellos sintieron miedo y prepararon los toros. Así es que suplicaban al soberano Poseidón
los jefes y consejeros de los feacios, en pie, rodeando el altar.
En esto se despertó el divino Odiseo acostado en su tierra patria, pero no la reconoció pues ya
llevaba mucho tiempo ausente. La diosa Palas Atenea esparció en torno suyo una nube, la hija de Zeus,
para hacerlo irreconocible y contarle todo, no fuera que su esposa, ciudadanos y amigos le
reconocieran antes de que los pretendientes pagaran todos sus excesos. Por esto, todo le parecía
distinto al soberano, los largos caminos, los puertos de cómodo anclaje, las elevadas rocas y los ver-
deantes árboles.
Así que se puso en pie de un salto y comenzó a mirar su tierra patria. Dio un grito lastimero, golpeó
sus muslos con las palmas de las manos y entre lamentos decía su palabra:
«Ay de mí, ¿a qué tierra de mortales he llegado? ¿Son acaso soberbios, salvajes y carentes de
justicia, o amigos de los forasteros y con sentimientos de piedad hacia los dioses?. ¿A dóndeComentario
llevo [SC201]: Cfr. también
IX.175 y ss.
tantas riquezas?, ¿por dónde voy a marchar? ¡Ojalá me hubiera quedado junto a los féacios! También
podría haberme llegado a otro rey de los muy poderosos y quizá éste me habría recibido como amigo y
escoltado de vuelta a casa, porque ahora no sé dónde dejar esto ni voy a dejarlo aquí, no sea que se me
convierta en botín de otro. iAy!, ¡ay!, en verdad no eran del todo prudentes ni justos los jefes y
consejeros de los feacios, quienes me han traído a otra tierra. Decían que me iban a llevar a Itaca,
hermosa al atardecer, pero no lo han cumplido. Que Zeus los castigue, el dios de los suplicantes, el que
vigila a todos los hombres y castiga a quien yerra.
«Pero, ea, voy a contar mis riquezas y a contemplarlas, no sea que se marchen llevándose algo en la
cóncava nave.»
Así diciendo, se puso a contar los hermosos trípodes y calderos y el oro y la hermosa ropa tejida.
Pero no echó nada de menos. Y sentía dolor por su tierra patria caminando por la ribera del resonante
mar, en medio de lamentos.
Conque se le acercó Atenea, semejante en su aspecto a un hombre joven, un pastor de rebaños
delicado como suelen ser los hijos de los reyes, portando sobre sus hombros un manto doble, bien
trabajado. Bajo sus brillantes pies llevaba sandalias y en sus manos un venablo.
Alegróse al verla Odiseo y fue a su encuentro; y hablándole dirigió aladas palabras:
«Amigo, puesto que eres el primero a quien encuentro en este país, ¡salud! No te me acerques con
aviesas intenciones, salva esto y sálvame a mí, pues te lo pido como a un dios y me he acercado a tus
rodillas. Dime esto en verdad para que yo lo sepa: ¿qué tierra es ésta, qué pueblo, qué hombres viven
aquí? ¿Es una isla hermosa al atardecer o la ribera de un continente de fecunda tierra que se inclina
hacia el mar?
Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió a él a su vez:
«Eres tonto, forastero, o vienes de lejos si me preguntas por esta tierra. No carece de nombre, no. La
conocen muy muchos, tanto los que habitan hacia la aurora y el sol como los que se orientan hacia la
brumosa oscuridad. Cierto que es escarpada y difícil para cabalgar, pero tampoco es excesivamente
pobre, aunque no extensa: en ella se produce trigo sin medida y también vino. Siempre tiene lluvia y
floreciente rocío; alimenta buenas cabras y buenos toros; hay madera de todas clases y abrevaderos
inagotables. Por eso, forastero, el nombre de Itaca ha llegado incluso hasta Troya, que aseguran se
encuentra muy lejos de la tierra aquea.»
Así habló, y el sufridor, el divino Odiseo, sintió gozo y alegría por su tierra patria: así se lo había
dicho Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva égida.
Y hablándole le dijo aladas palabras (aunque no la verdad) y, de nuevo, tomó la palabra, controlando
continuamente en el pecho su astuto pensamiento:
«He oído sobre Itaca incluso en la extensa Creta, lejos, más allá del Ponto. Y ahora he llegado yo con
Comentario [SC202]: No consta en
estas riquezas. He dejado otro tanto a mis hijos y ando huyendo, pues he matado a Ortíloco, hijo departe que Idomeneo tuviera un hijo
ninguna
con este nombre, pero sí que todos sus hijos
Idomeneo, el que vencía en la extensa Creta a los hombres comerciantes con sus rápidos pies. Queríamurieron de muerte violenta. Era práctica
éste privarme de todo mi botín conseguido en Troya, por el que sufrí dolores probando guerras normaly en la Grecia arcaica que el asesino
dolorosas olas, porque no servía complaciente a su padre en el pueblo de los troyanos, sinose exiliara para evitar la venganza de la
que
familia del muerto a quien por derecho
mandaba yo sobre otros compañeros. Y lo alcancé con mi lanza guarnecida de bronce cuando volvía correspondía; ello sin olvidar las razones de
tipo religioso. Cfr. también Teoclímeno en
del campo, emboscándome cerca del camino con un amigo. La oscura noche cubría el cielo -nadie nos
XV.230 y las palabras de Odiseo en
XXIII.115 y ss.
vio-, y le arranqué la vida a escondidas. Así que, luego de matarlo con el agudo bronce, me dirigí a una
nave de ilustres fenicios y les supliqué, entregándoles abundante botín, que me dejaran en Pilos oComentario
en la [SC203]: Las frecuentes
alusiones a los fenicios (a quienes también
divina Elide, donde dominan los epeos, pero la fuerza del viento los alejó de allí muy contra su«sidonios» con más propiedad en
se llama
voluntad, pues no querían engañarme. IV.84 y XV.118) son prueba de su
presencia en el Egeo dùrante los siglos VIII
«Así que hemos llegado por la noche después de andar a la deriva. Remamos con vigor hasta el De ellos tomaron los griegos el
y VII a.c.
puerto y ninguno de nosotros se acordó de almorzar por más que lo ansiábamos. Conque descendimos alfabeto y aprendieron el comercio.
todos de la nave y nos acostamos. A mí se me vino un dulce sueño, cansado como estaba, y Básicamente
ellos, que eran
probable
comerciantes, pero es
mezclaran esta actividad con
sacando mis riquezas de la cóncava nave, las dejaron cerca de donde yo yacía sobre la arena. la piratería, como vemos aquí.
«Y embarcando se marcharon a la bien habitada Sidón. Así que yo me quedé atrás con el corazón
acongojado.»
Así dijo y sonrió la diosa de ojos brillantes, Atenea, y lo acarició con su mano. Tomó entonces el
aspecto de una mujer hermosa y grande, conocedora de labores brillantes, y le habló y dijo aladas
palabras:
«Astuto sería y trapacero el que te aventajara en toda clase de engaños, por más que fuera un dios el
que tuvieras delante. Desdichado, astuto, que no te hartas de mentir, ¿es que ni siquiera en tu propia
tierra vas a poner fin a los engaños y las palabras mentirosas que te son tan queridas? Vamos, no
hablemos ya más, pues los dos conocemos la astucia: tú eres el mejor de los mortales todos en el
consejo y con la palabra, y yo tengo fama entre los dioses por mi previsión y mis astucias. Pero ¡aun
así, no has reconocido a Palas Atenea, la hija de Zeus, la que te asiste y protege en todos tus trabajos,
la que te ha hecho querido a todos los feacios! De nuevo he venido a ti para que juntos tramemos un
plan para ocultar cuantas riquezas te donaron los ilustres feacios al volver a casa por mi decisión, y
para decirte cuántas penas estás destinado a soportar en tu bien edificada morada. Tú has de aguantar
por fuerza y no decir a hombre ni mujer, a nadie, que has llegado después de vagar; soporta en silencio
numerosos dolores aguantando las violencias de los hombres.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Es difícil, diosa, que un mortal te reconozca si contigo topa, por muy experimentado que sea, pues
tomas toda clase de apariencias. Ya sabía yo que siempre me has sido amiga mientras los hijos de los
aqueos combatíamos en Troya, pero desde que saqueamos la elevada ciudad de Príamo y nos em-
barcamos -y un dios dispersó a los aqueos- no lo había vuelto a ver, hija de Zeus. No te vi embarcar en
mi nave para protegerme de desgracia alguna, sino que he vagado siempre con el corazón acongojado
hasta que los dioses me han librado del mal, hasta que en el rico pueblo de los feacios me animaste con
Comentario
tus palabras y me condujiste en persona hasta la ciudad. Ahora te pido abrazado a tus rodillas (pues no [SC204]: Tornando la
apariencia de niña. Cfr. VII. 15 y ss.
creo que haya llegado a Itaca hermosa al atardecer sino que ando dando vueltas por alguna otra tierra y
creo que tú me has dicho esto para burlarte y confundirme), dime si de verdad he llegado a mi patria.»
Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«En tu pecho siempre hay la misma cordura. Por esto no puedo abandonarte en el dolor, porque eres
discreto, sagaz y sensato. Cualquier otro que llegara después de andar errante, marcharía gustosamente
a ver a sus hijos y esposa en el palacio; sólo tú no deseas conocer ni enterarte hasta que hayas puesto a
prueba a tu mujer, quien permanece inconmovible en el palacio mientras las noches se le consumen
entre dolores y los días entre lágrimas. En verdad, yo jamás desconfié, pues sabía que volverías
después de haber perdido a todos sus compañeros, pero no quise enfrentarme con Poseidón, hermano
de mi padre, quien había puesto el rencor en su corazón irritado porque le habías cegado a su hijo.
«Pero, vamos, te voy a mostrar el suelo de Itaca para que te convenzas. Este es el puerto de Forcis, el
viejo del mar, y éste el olivo de anchas hojas, al extremo del puerto. Cerca de él, la gruta sombría,
amable, consagrada a las ninfas que llaman Náyades. Es la cueva amplia y sombría donde tú solías
sacrificar a las Ninfas numerosas hecatombes perfectas. Y éste es el monte Nérito, revestido de
bosque.»
Así diciendo, la diosá dispersó la nube y apareció el país ante sus ojos. Alegróse entonces el sufridor,
el divino Odiseo, y se llenó de gozo por su patria y besó la tierra donadora de grano. Luego suplicó a
las Ninfas levantando sus manos:
«Ninfas Náyades, hijas de Zeus, nunca creí que volvería a veros. Alegraos con mi suave súplica,
volveré a haceros dones como antes si la hija de Zeus, la diosa Rapaz, me permite benévola que viva y
hace crecer a mi hijo.»
Y se dirigió a él la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Cobra ánimo, no te preocupes ahora de esto; coloquemos ahora mismo tus riquezas en lo profundo
de la divina gruta a fin de que se conserven intactas y pensemos para que todo salga lo mejor posible.»
Así hablando, la diosa se introdujo en la sombría gruta buscando un escondrijo por ella, mientras
Odiseo la seguía de cerca llevando todo, el oro y el sólido bronce y los bien fabricados vestidos que le
habían donado los feacios. Conque colocó todo bien y arrimó un peñasco a la entrada Palas Atenea, la
hija de Zeus, el que lleva égida. Y sentándose los dos junto al tronco del olivo sagrado, meditaban la
muerte para los soberbios pretendientes. La diosa de ojos brillantes, Palas Atenea, comenzó a hablar:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico en ardides, piensa cómo vas a poner tus manos sobre
los desvergonzados pretendientes que llevan ya tres años mandando en tu palacio, cortejando a tu
divina esposa y haciéndole regalos de esponsales, aunque ella se lamenta continuamente por tu regreso
y da esperanzas a todos y hace promesas a cada uno enviándoles recados, si bien su mente revuelve Comentario [SC205]: Estas palabras,
repetición de las de Antínoo en 11.91,
otros planes.» contradicen lo que se dice sobre la tela en
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo: varios pasajes. De ahí que se haya querido
ver una inconsistencia estructural, cfr. G. S.
«¡Ay, ay! ¡Conque he estado a punto de perecer en mi palacio con la vergonzosa muerte del Atrida Kirk, Los poemas..., pág. 216.
Agamenón si tú, diosa, no me hubieras revelado todo, como es debido! Vamos, trama un plan para que
los haga pagar y asísteme tú misma poniendo dentro de mí el mismo vigor y valentía que cuando
destruimos las espesas almenas de Troya. Si tú me socorrieras con el mismo interés, diosa de ojos
brillantes, sería capaz de luchar junto a ti contra trescientos hombres, diosa soberana, siempre que me
socorrieras benevolente.»
Y la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea, le contestó:
«En verdad, estaré a tu lado y no me pasarás desapercibido cuando tengamos que arrostrar este
peligro. Conque creo que mancharán con su sangre y sus sesos el maravilloso pavimento los
pretendientes que consumen tu hacienda.
«Vamos, te voy a hacer irreconocible para todos: arrugaré la hermosa piel de tus ígiles miembros y
haré desaparecer de tu cabeza los rubios cabellos; lo cubriré de harapos que te harán odioso a laComentario
vista [SC206]: Es extraño que
se le atribuya a Odiseo cabello rubio.
de cualquier hombre y llenaré de legañas tus antes hermosos ojos, de forma que parezcas desastroso a
Aunque varios héroes de la Ilíada, como
los pretendientes, a tu esposa y a tu hijo, a quienes dejaste en palacio. Aquíles y Menelao, son rubios, a Odiseo
siempre se alude como moreno, XVI 175,
VI.225 y XXIII.156 y ss.
«Llégate en primer lugar al porquero, el que vigila tus cerdos, quien se mantiene fiel y sigue amando
a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo encontrarás sentado junto a los cerdos; éstos están paciendo
junto a la Roca del Cuervo, cerca de la fuente Aretusa, comiendo innumerables bellotas y bebiendo
agua negra, cosas que crían en los cerdos abundante grasa. Detente allí, siéntate a su lado y pregúntale
por todo, mientras yo voy a Esparta de hermosas mujeres a buscar a tu hijo Telémaco, Odiseo, pues ha
marchado a la extensa Lacedemonia junto a Menelao para preguntar noticias sobre ti, por si aún
vives.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«¿Por qué no se lo dijiste, si conoces todo en tu interior? ¿Acaso para que también él sufriera
penalidades vagando por el estéril ponto mientras los demás consumen mí hacienda?»
Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea:
«No te préocupes demasiado por él. Yo misma lo escolté para que cosechara fama de valiente
marchando allí. En verdad, no sufre penalidad alguna, está en el palacio del Atrida y tiene de todo a su
disposición. Cierto que unos jóvenes le acechan en negra nave con intención de matarlo antes de que
regrese a tu tierra, pero no creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los
pretendientes que consumen tu hacienda. »
Hablando así, lo tocó Atenea con su varita: arrugó la hermosa piel de sus ágiles miembros eComentario
hizo [SC207]: Es la única vez
que Atenea aparece con una varita mágica,
desaparecer de su cabeza los rubios cabellos; colocó sobre sus miembros la piel de un anciano ymás llenó
propia de Hermes. En los demás casos
de legañas sus antes hermosos ojos. Le cubrió de andrajos miserables y una túnica desgarrada, realiza
sucia,sus transformaciones sin necesidad
de ella, cfr. II 12 y ss.,-etc.
ennegrecida por el humo, y le vistió con una gran piel, ya sin pelo, de veloz ciervo; le dio un cayado y
un feo zurrón rasgado por muchos sitios y con la correa retorcida.
Así deliberaron y se separaron los dos; y ella marchó luego a la divina Lacedemonia en busca del
hijo de Odiseo.
CANTO XIV
ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO
Entonces él se puso en camino desde el puerto a través de un sendero escarpado en lugar boscoso por
las cumbres, hacia donde Atenea le había manifestado que encontraría al divino porquero, el que
cuidaba de su hacienda más que los demás siervos que el divino Odiseo había adquirido. Y lo encontró
sentado en el pórtico, donde tenía edificada una elevada cuadra, hermosa y grande, aislada, en lugar
abierto. El porquero mismo la había edificado para los cerdos de su soberano ausente, lejos de su
dueña y del anciano Laertes, con piedras de cantera, y lo había coronado de espino; tendió fuera una
empalizada completa, espesa y cerrada, sacando estacas de lo negro de una encina.
Dentro de la cuadra había construido doce pocilgas, unas junto a otras, para encamar a las cerdas, y
en cada una se encerraban cincuenta cerdas, todas hembras que habían ya parido. Los cerdos dormían
fuera y eran muy inferiores en número, pues los habían diezmado los divinos pretendientes con sus
banquetes: el porquero les enviaba cada vez el mejor de sus robustos cebones, trescientos sesenta en
total.
También dormían a su lado cuatro perros, semejantes a fieras, que alimentaba el porquero, caudillo
de hombres. Comentario [SC208]: Se trata de una
frase formular de aplicación poco
afortunada en este caso.
Este andaba entonces sujetando a sus pies unas sandalias después de cortar una moteada piel de
buey. Los demás porqueros, tres en total, habían marchado cada uno por su lado con los cerdos en
manada; al cuarto lo había enviado Eumeo a la fuerza a la ciudad para que llevara un cebón a los
soberbios pretendientes a fin de que lo sacrificaran y saciaran con la carne su apetito.
De pronto los perros de incesantes ladridos vieron a Odiseo y corrieron hacia él ladrando. Entonces
Odiseo se sentó astutamente y el cayado se le escapó de las manos.
Allí, sin duda, en su propia cuadra habría sufrido un dolor vergonzoso, pero el porquero,
siguiéndolos con veloces pies, se lanzó a través del portico -la piel cayó de sus manos- y a grandes
voces dispersó a los perros en varias direcciones con una espesa pedrea. Y se dirigió al soberano:
«Anciano, por poco te han despedazado los perros en un instante y quizá me habrías culpado a mí.
También a mí me han dado los dioses dolores y lamentos, pues sentado lloro a mi divino soberano y
cebo cerdos para que se los coman otros. En cambio, él andará errante por pueblos y ciudades extranje-
ras mendigando comida -si es que vive aún y contempla la luz del sol.
«Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano, para que también tú sacies el apetito de comer y
beber y me digas de dónde eres y cuántas penas has tenido que sufrir.»
Así diciendo, lo condujo a su cabaña el divino porquero; le hizo entrar y sentarse, extendió maleza
espesa y encima tendió la piel de una hirsuta cabra salvaje, su propia yacija, grande y peluda. Alegróse
Odiseo porque lo había recibido así y le dijo su palabra llamándolo por su nombre:
«Forastero, ¡que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más vivamente deseas, ya
que me has acogido con bondad!»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Forastero, no es santo deshonrar a un extraño, ni aunque viniera uno más miserable que tú, que de
Zeus son los forasteros y mendigos todos. Nuestros dones son pequeños, pero amistosos, pues la
naturaleza de los siervos es tener siempre miedo cuando dominan nuevos soberanos. En verdad, los
dioses han impedido el regreso de quien me habría estimado gentilmente y otorgado cuanto un dueño
bondadoso suele conceder a su siervo -una casa, un lote de tierra y una esposa solicitada-, cuando éste
se esfuerza por él y un dios hace prosperar sus labores, como está haciendo prosperar el trabajo en el
que yo me mantengo activo. Por esto me habría beneficiado mucho mi soberano si hubiera envejecido
aquí, pero ha muerto -¡así pereciera por completo la raza de Helena, pues aflojó las rodillas de muchos
hombres!-, pues también mi soberano marchó por causa del honor de Agamenón a Ilión, de buenos
potros, para combatir a los troyanos.»
Hablando así, sujetó enseguida su túnica con el ceñidor y se puso en camino de las pocilgas donde
tenía encerradas las manadas de cochinillos. Tomó dos de allí y los sacrificó, quemó, troceó y atravesó
con asadores. Y, después de asar todos, se los ofreció a Odiseo calientes en sus mismos asadores -y ex-
tendió blanca harina. Después mezcló vino agradable como la miel en su cuenco y se sentó enfrente, y
animándole decía:
«Come ahora, forastero, lo que es dado comer a los siervos, cochinillo, que de los cebones Comentario
se [SC209]: Sin embargo, en
vv. 419 y ss. sacrifican un «cerdo bien
encargan los pretendientes, sin miedo a la venganza divina ni compasión. No aman los dioses felices gordo de cinco años».
las acciones impías, sino que honran la justicia y las obras discretas de los hombres. Es cierto que son
enemigos y hostiles quienes invaden una tierra ajena, por más que Zeus les conceda el botín, pero
cuando vuelven repletos a las naves para regresar a su patria, incluso a éstos les sobreviene un pesado
temor a la venganza divina. Sin duda, los pretendientes deben conocer -porque quizá hayan oído la
palabra de algún dios- la triste muerte de Odiseo, pues no quieren cortejar con justicia ni volverComentario
a sus [SC210]: A Penélope.
posesiones, y con gusto devoran entre excesos la hacienda, despreocupadamente. Todas las noches y
días que nos manda Zeus sacrifïcan víctimas, no sólo una ni sólo dos ovejas; y el vino... lo consumen a
cántaros, sin mesura. Y es que la fortuna de Odiseo era inmensa; ninguno de los héroes del oscuro
continente ni de la misma Itaca poseía tanta. Ni veinte hombres juntos tienen tanta abundancia. Te voy
a echar la cuenta: doce rebaños en el continente, otros tantos de ovejas, otros tantos de cerdos y cabras
apacientan para él pastores asalariados y sus propios pastores. Aquí se alimentan en total once
numerosos rebaños de cabras en el extremo de la isla, pues se las vigilan hombres de bien. Todos los
días, sin excepción, cada uno de éstos lleva a los pretendientes un animal, la mejor de sus gordas
cabras. Y yo vigilo y protejo estos cerdos y les hago llegar el mejor de ellos, eligiéndolo bien. »
Así habló mientras Odiseo comía la carne y bebía el vino con voracidad, en silencio. Y estaba
sembrando la desgracia para los pretendientes.
Cuando acabó de almorzar y saciar su apetito con la comida, le entregó Eumeo un cuenco repleto de
vino en el que solía él beber. Aquél lo recibió y se alegró en su interior y, hablando, le dijo aladas
palabras:
«Amigo, ¿quién te compró con sus bienes, tan rico y poderoso como dices? Aseguras que ha
perecido por causa del honor de Agamenón; dime su nombre por si lo conozco ¡siendo como es!
Seguro que Zeus y los demás dioses inmortales saben si te puedo hablar de él porque lo haya visto,
pues he vagado mucho.»
Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:
«Anciano, ningún caminante que viniera con noticias de él lograría persuadir a su esposa y querido
hijo, que los vagabundos suelen mentir por mor del sustento y no gustan de decir verdad. Todo
caminante que llega al pueblo de Itaca se llega a mi dueña para decirle mentiras. Claro que ella lo
acoge con amor y le pregunta detalladamente, y las lágrimas se deslizan de sus mejillas lamentándose
por él, como es propio de mujer que ha perdido a su marido en tierra extraña.
«Puede que tú también, anciano, inventes cualquier cuento con tal de que alguien te regale una túnica
y un manto. Pero seguro que los perros y las veloces aves están tratando de arrancar la piel de sus
huesos y su alma le ha abandonado, o puede que lo hayan devorado los peces en el mar y sus huesos
anden tirados por tierra, revueltos entre la arena. Así es como ha muerto él, y a todos los suyos, y sobre
todo a mí, sólo nos queda tristeza para el futuro. Que no podré nunca encontrar a un soberano tan
bueno adonde quiera que vaya, ni aunque vuelva a casa de mi padre y mi madre, donde un día nací y
ellos me criaron. Y es que no es tan grande mi dolor por ellos -aunque mucho deseo verlos en mi tierra
patria- como es la añoranza que me ha invadido por Odiseo ausente. No me atrevo, forastero, a
nombrarlo incluso ausente -¡tanto me estimaba y se preocupaba por mí!-, pero lo llamo amigo aunque
se encuentre lejos.»
Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:
«Amigo, puesto que lo niegas por completo y crees que nunca volverá, tu corazón anda ya sin
esperanza. Pero yo lo voy a decir -y no a tontas, sino con jurameto- que Odiseo viene de camino hacia
acá. Este será el don por mi buena nueva cuando haya llegado él: vestidme con un manto y una túnica
hermosas; no antes, pues no te aceptaría por más necesitado que estuviera. Que para mí es más odioso
que las puertas de Hades el que por ceder a su pobreza cuenta mentiras. Sea testigo Zeus antes Comentario
que [SC211]: Es una
expresión modelada a partir de Ilíada,
ningún otro dios y la mesa de hospitalidad y el hogar del irreprochable Odiseo al que acabo de llegar.
IX.312-3, donde Aquiles está contestando
En verdad todo esto se cumplirá tal como anuncio: dentro de este mismo año llegará Odiseo; cuando precisamente al discurso de Odiseo en la
acabe este mes y entre otro, volverá a casa y hará pagar a cuantos deshonran a su esposa a ilustre Embajada.
hijo.»
Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:
«Anciano, no te voy a conceder ese don por tu buena nueva ni va a regresar ya Odiseo a casa, pero
bebe gustoso y volvamos nuestros recuerdos a otro lado; no me traigas esto a la memoria, que mi
ánimo se llena de dolor cada vez que alguien me recuerda a mi fiel soberano.
«Dejemos, pues, el juramento, aunque ¡ojalá vuelva Odiséo! como quiero yo y quieren Penélope, el
anciano Laertes y Telémaco, semejante a los dioses. También ahora me lamento sin consuelo por el
hijo que engendró Odiseo, por Telémaco. Cuando los dioses lo criaron semejante a un retoño, ya decía
yo que no sería en nada inferior, entre los hombres, a su querido padre, admirable en cuerpo y aspecto;
pero alguno de los inmortales -o quizá de los hombres- debe haberle dañado la bien equilibrada mente,
pues ha marchado a la divina Pilos en busca de noticias de su padre, y los ilustres pretendientes lo
acechan al volver a casa para que desaparezca sin gloria de Itaca la progenie del divino Arcisio. Pero
dejemos a éste, ya sea sorprendido, ya escape porque el Cronida tienda su mano sobre él.
«Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias desgracias y dime con verdad para que yo lo sepa:
¿quién y de dónde eres entre los hombres? Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres? ¿En qué barco
has llegado? ¿Cómo te han traído hasta Itaca los marineros y quiénes se preciaban de ser? Porque no
creo que hayas llegado aquí a pie». Comentario [SC212]: Fórmula que se
dirige habitualmente a un forastero. Aquí la
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo: . tenemos completa, igual que en I.170 y ss.,
«En verdad, te voy a contestar con exactitud. Ni aunque tuviéramos por mucho tiempo comida y
o en XXIV.298 y ss., donde aparece más
elaborada. En los demás casos sólo se hacen
dulce bebida para celebrar un festín dentro de tu cabaña -mientras los demás continúan su labor- podría
las dos primeras preguntas, cfr. X.325,
yo fácilmente, ni siquiera en un año entero, acabar la narración de cuantas penalidades ha soportado
XV.264miy XIX.105.
ánimo por voluntad de los dioses. Mi raza procede de Creta -lo digo bien alto- y soy hijo de un hombre
rico. Numerosos hijos legítimos nacieron de su esposa en el palacio y fueron criados, pero a mí me
parió una madre comprada, una concubina, aunque mi padre, Cástor Hilacida, de cuya rata me precio
de ser, me estimaba igual que a sus legítimos. Como un dios era venerado éste en el pueblo de Creta
por su abundancia, riqueza y vigorosos hijos. Pero las Keres de la muerte se lo llevaron a las moradas
de Hades y sus magnánimos hijos sortearon la hacienda y se la repartieron, entregándome a mí una
nonada y una casa. Caséme con mujer de casa rica por mis muchas virtudes, que no era yo inútil ni
temeroso de luchar. Pero ya se ha acabado todo, aunque viendo la caña seca te darás cuenta, pues Comentario
un [SC213]: A este pasaje se
refiere Aristóteles en la Retórica
gran infortunio me abruma. (1410614): «cuando se llama caña seca a la
«En verdad, Ares y Atenea me concedieron audacia y hombría. Cada vez que elegía para el combate vejez, (la metáfora) proporciona un
conocimiento y noción a través del género;
a hombres sobresalientes, sembrando desgracias para el enemigo, jamás mi valeroso corazón puso pueslos
ambos han perdido la flor».
ojos en la muerte, sino que, saltando el primero, solía matar con mi lanza a cuantos enemigos no se
igualaran a mis pies. Así era yo en el combate.
«En cambio, no me agradaba la labor ni el cuidado de la hacienda que suele criar hijos brillantes:
siempre me gustaron las naves remeras, los combates, los bien torneados venablos y las flechas, cosas
funestas que suelen causar espanto en los demás. Sin embargo, la divinidad puso en mi alma estos
intereses, que cada hombre se complace en un trabajo. Antes de que los hijos de los aqueos
desembarcaran en Troya, ya me había puesto nueve veces al frente de hombres y naves de veloces
proas contra gentes de otras tierras. Y conseguía mucho botín, del que elegía lo mejor, y también me
tocaba mucho en suerte. Así que rápidamente prosperó mi casa y me convertí en un hombre temido y
respetado en Creta.
«Pero cuando Zeus, que ve a lo ancho, dispuso la luctuosa expedición que iba a aflojar las rodillas de
muchos hombres, nos dieron órdenes a mí y al ilustre Idomeneo de capitanear las naves que
marchaban a Ilión. No había medio de negarse, nos lo impedían las duras habladurías del pueblo. Allí
combatimos nueve años los hijos de los aqueos, pero al décimo destruimos la ciudad de Príamo y
volvimos a casa en las naves; y un dios dispersó a los aqueos. Entonces fue cuando el providence Zeus
meditó desgracias contra mí, miserable. Había permanecido sólo un mes complaciéndome con mis
hijos y legítima esposa, cuando mi ánimo me impulsó a hacer una expedición a Egipto después Comentario
de [SC214]: Esta historia
fingida de Odiseo es muy similar a la
equipar bien mis naves en compañía de mis divinos compañeros. descripción que hace Heródoto (cfr. 2.152 y
ss.) de la llegada a Egipto de los jonios en
«Equipé nueve naves y enseguida se congregó la dotación. Durante seis días comieron en mielsi Heródoto
reinado de Psamético. Es difícil dilucidar
casa está siguiendo
mis leales compañeros; les ofrecí numerosas víctimas para que las sacrificaran en honor de los dioses y
insconscientemente a Homero o si ambos,
prepararan comida para sí. Conque el séptimo día zarpamos tranquilamente de la extensa por el contrario, registran
Creta
independientemente el mismo hecho
impulsados por un Bóreas fresco, agradable, como si navegáramos por una corriente. Ninguna nave se Cfr. R. Carpenter, ob. cit., págs.
histórico.
93 y ss.
me dañó, nosotros estábamos sanos y salvos, y a las naves las dirigían el viento y los pilotos.
«A los cinco días llegamos al Egipto de buena corriente y atraqué mis bien equilibradas naves en este
río. Entonces ordené a mis leales compañeros que se quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié
espías a lugares de observación con orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición y
dejándose arrastrar por sus impulsos, saquearon los hermosos campos de los egipcios, se llevaron a las
mujeres y niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío a la ciudad, así que al escucharlo se
presentaron al despuntar la aurora. Llenóse la llanura toda de gentes de pie y a caballo y del estruendo
del bronce. Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente y ninguno se
atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción; allí mataron con agudo bronce a
muchos de mis compañeros y a otros se los llevaron vivos para forzarlos a trabajar sus campos.
«Entonces Zeus puso en mi mente el siguiente plan (¡ojalá hubiera muerto saliendo al encuentro de
mi destino allí en Egipto, pues todavía me tenía que tender sus brazos la desgracia!): al punto quité de
mi cabeza el bien trabajado yelmo y de mis hombros el escudo y arrojé de mi brazo la lanza. Lleguéme
frente al carro del rey y besé sus rodillas. Él me protegió y se compadeció de mí y, sentándome en su
carro, me condujo a su palacio con lágrimas en mis ojos. Cierto que muchos trataron de acosarme con
sus lamas deseando matarme -pues estaban muy enfurecidos-, pero el rey me protegió por temor a la
cólera de Zeus Hospitalario, el que se irrita sobremanera por las obras malvadas.
«Allí mé quedé siete años y conseguí reunir mucha riqueza entre los egipcios pues todos me
regalaban. Pero cuando se acercó el octavo año cumpliendo su ciclo llegó un hombre fenicio
conocedor de mentiras, un laña que ya había causado perjuicios a muchos hombres. Éste me convenció
para marchar a Fenicia, donde tenía su casa y posesiones. Allí permanecí durante un año completo
junto a él, pero cuando pasaron meses y días en el ciclo del año y pasaron las estaciones me envió a
Libia en una nave surcadora del ponto, tramando falacias para que llevara con él una mercancía, pero
en realidad con intención de venderme y cobrar inmensa fortuna. Le seguía en la nave a la fuerza pues
ya barruntaba yo algo. Ésta corría impulsada por un Bóreas fresco, agradable, a la altura del centro de
Creta. Y Zeus nos preparaba la perdición.
«Cuando por fin dejamos atrás Creta y no se veía tierra alguna, sino sólo cielo y mar, el Cronida
puso una oscura nube sobre la cóncava nave y bajo ella se oscureció el ponto. Y Zeus comenzó a
tronar al tiempo que lanzaba un rayo contra la nave. Y esta se revolvió toda sacudida por el rayo de
Zeus y se Ilenó de azufre. Todos cayeron fuera de la nave y, semejantes a las cornejas marinas eran
arrastrados por las olas en torno a la nave. Dios les había arrebatado el regreso. En cuanto a Comentario
mí..., [SC215]: Versos tomados
de la narración por Odiseo de la perdición
afligido como estaba, el mismo Zeus puso entre mis manos el mástil gigantesco de la nave de
de sus propios compañeros, después de salir
azuloscura proa para que escapara una vez más de la perdición. Así que, trabado al mástil, me dejaba
de la isla de Helios, cfr. XII.415-19.
llevar de los funestos vientos. Durante nueve días me dejé llevar y al décimo una gran ola rodante me
acercó -era noche cerrada- a la tierra de los tesprotos, donde me acogió sin pagar precio el héroe Fidón,
el rey de los tesprotos.
«Acercóseme su hijo cuando ya estaba yo agotado por la imtemperie y el cansancio y me llevó a casa
sosteniéndome en su brazo hasta que llegó al palacio de su padre, donde me vistió de manto y túnica.
«Allí fue donde supe de Odiseo, pues el rey me dijo que estaba hospedándolo y agasajándolo a punto
de volver a su tierra patria. Además, me mostró cuantas riquezas había conseguido Odiseo reunir
-bronce y oro y bien trabajado hierro. En verdad, podrían éstas alimentar a otro hombre hasta la décima
generación: ¡tantos tesoros tenía depositados en el palacio del rey! Me dijo que Odiseo había marchado
a Dodona para escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde la divina encina de elevada copa,Comentario
para [SC216]: Dodona es uno
enterarse si debía volver a las claras u ocultamente al próspero pueblo de Itaca, después de tantosde los más antiguos oráculos griegos. Se
años
encuentra en el Epiro (la Tesprotia
de ausencia. Y juró ante mí, mientras hacía una libación en su palacio, que ya tenía dispuesta unahomérica)
nave y pertenecía a Zeus Naios.
Homero, que habla dos veces de este
y compañeros que lo escoltarían hasta su tierra patria. Pero a mí me despidió antes, pues resultó que(aquí y en Iliada XVI.235-7), nos
oráculo
una nave de tesprotos estaba a punto de zarpar hacia Duliquia, rica en grano. Les ordenó que meque la mántica se ejercía a través
informa
enviaran gentilmente al rey Acasto, pero les agradó más una malvada decisión sobre mi persona,de una encina sagrada y que lo regentaban
para
los Selloi «intérpretes de pies no lavados,
que aún estuviera más cerca de la perdición. Así que cuando la nave surcadora del ponto se que había
duermen en el suelo» (Iliada, loc. cit.).
Probablemente se refiere a un cuerpo
sacerdotal que llevaba una vida de
austeridad.
alejado bastante de tierra urdieron contra mí la esclavitud; me despojaron de túnica y manto y echaron
sobre mí miserables andrajos y una mala túnica rasgada, lo que estás viendo ahora con tus ojos.
«Llegaron al atardecer a los campos de Itaca, hermosa al atardecer. Una vez allí, me ataron
fuertemente a la nave de buenos bancos con un bien torneado cable y descendiendo precipitadamente a
la ribera del mar se dispusieron a cenar. Pero los mismos dioses, sin duda, aflojaron mis ligaduras
fácilmente. Cubrí mi cabeza con los andrajos y, deslizándome por el pulido timón hasta dar de pechos
en el mar, comencé a nadar con ambos brazos como si fueran remos, y pronto estuve fuera de su
alcance. Salí del agua por donde hay un bosque de verdeantes encinas y caí desplomado. Los tesprotos
me buscaron aquí y allá, dando grandes gritos, pero como no les interesara molestarse más,
embarcaron de nuevo en su cóncava nave. Conque han sido los dioses mismos los que me han ocultado
fácilmente y me han hecho llegar al establo de un hombre prudente, pues mi destino es que viva aún.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Ay, desdichado forastero, de verdad que has conmovido mi ánimo al contarme detalladámente tus
sufrimientos y vagabundeos, pero no creo que sean razonables tus palabras y no vas a convencerme de
cuanto has dicho sobre Odiseo. ¿Por qué tienes que mentir en vano siendo como eres? Yo mismo reco-
nozco el regreso de mi soberano; muy odioso debió de hacerse a los ojos de todos los dioses cuando no
lo dejaron morir entre los troyanos ni en brazos de los suyos, una vez que hubo concluido la guerra.
Entonces le habría construido una tumba el ejército panaqueo y habría él cobrado gran fama para su
hijo, pero ahora se lo han llevado las Harpías sin gloria alguna. Así que yo ando solitario entre mis
cerdos y no me acerco a la ciudad, si no me ordena ir la prudente Penélope cuando llega alguna noticia.
Entonces todos se sientan a preguntar detalles, tanto los que sienten dolor por la larga ausencia de su
soberano como los que se alegran consumiendo su hacienda sin pagar. Pero a mí no me agrada ir allá a
preguntar desde que me engañó con sus palabras un etolio que llegó a mi casa, vagabundo de muchas
tierras, tras haber dado muerte a un hombre. Yo le agasajé y él me aseguró que lo había visto en casa
de Idomeneo, en Creta, reparando las naves que le habían quebrado los vendavales. También me
aseguró que volvería para el verano o el otoño con muchas riquezas en compañía de sus divinos
compañeros.
«Conque no me halagues con mentiras ni trates de encantarme también tú, anciano sufridor, una vez
que la divinidad lo ha traído junto a mí. Si lo respeto y agasajo no es por eso, sino por veneración a
Zeus Hospitalario y por compasión hacia ti.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
De verdad que tienes un ánimo desconfiado cuando no consigo persuadirte y no logro convencerte ni
siquiera con juramento.
«Pero, vamos, hagamos un pacto y que sean testigos los dioses que poseen el Olimpo: si vuelve tu
soberano a esta casa, vísteme con manto y túnica y envíame a Duliquio, donde place a mi ánimo; pero
si no vuelve tu soberano, como afirmo, ordena a las esclavas que me despeñen desde una gran roca
para que todo mendigo se guarde de mentir.»
Y le contestó y dijo el divino porquero:
«Forastero, ¡había yo de tener a los ojos de los hombres buena fama y virtud ahora y para siempre, si
después de introducirte en mi cabaña y darte dones de hospitalidad te matara y arrebatara la vida! ¡Con
buenos sentimientos iba yo después a dirigir mis plegarias a Zeus Cronida!
«Pero ya es hora de cenar; pronto tendré dentro a mis compañeros para preparar en la cabaña sabrosa
comida.»
Esto se decían uno a otro, cuando se acercaron cerdos y porqueros. Los encerraron para que se
acostaran por grupos y se levantó un inenarrable estruendo de cerdas acomodándose en las pocilgas.
Después, el divino porquero daba estas órdenes a sus compañeros:
«Traed el mejor cerdo para que se lo sacrifique al forastero de lejanas tierras, que también nosotros
tendremos parte, los que ya llevamos tiempo soportando miserias por culpa de los cerdos de blancos
dientes, pues otros se comen nuestro esfuerzo sin pagarlo.»
Así diciendo, partió leña con su implacable bronce y ellos metieron un cerdo bien gordo de cinco
años, poniéndole junto al hogar. Y el porquero no se olvidó de los inmortales, pues estaba dotado de
noble corazón. Así que arrojó al fuego, como primicias, unos pelos de la cabeza del cerdo de blancos
dientes y oró a todos los dioses para que volviera el prudence Odiseo a casa.
Luego levantó el cerdo y lo golpeó con una rama de encina que había dejado al hacer leña. Y el alma
abandonó a éste. Así que lo degollaron, chamuscaron y trocearon, y el porquero envolvió los trozos en
gorda grasa, miembro por miembro, y arrojó algunos al fuego rebozándolos en harina de cebada; des-
pués los partieron y atravesaron con pinchos, los asaron con cuidado y sacaron y pusieron sobre la
mesa de trinchar. Levantóse el porquero para distribuirlos -pues su corazón conocía la equidad- y
dividió todo en siete partes: una la ofreció, al tiempo que oraba, a las Ninfas y a Hermes, el hijo de
Maya, y las demás las distribuyó a cada uno. Odiseo recibió contento con el alargado lomo del cerdo
de blancos dientes, pues éste fortaleció el ánimo del soberano, y dirigiéndose a Eumeo dijo el prudence
Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, seas tan querido al padre Zeus como lo eres de mí, pues, siendo como soy, me has
distinguido con tus bienes.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Come, desdichado forastero, y alégrate con todo lo que tienes a tu alcance, que dios te dará unas
cosas y otras las dejará pasar, según le cumpla a su ánimo, pues lo puede todo.»
Así diciendo, ofreció las primicias a los dioses que han nacido para siempre y, luego de libar, puso
rojo vino en manos de Odiseo, el destructor de ciudades, que se hallaba sentado junto a su porción.
También les repartió pan Mesaulio, a quien había adquirido el porquero mismo, una vez que se hubo
ausentado su soberano y se quedó sólo, lejos de su dueña y del anciano Laertes. Se lo había comprado
a los tafios con su propio dinero. Comentario [SC217]: Los esclavos
Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían delante y, cuando hubieron arrojado de sí el que deseo
gozan
aparecen en la Odisea no solamente
de una cierta libertad de acción, sino
de comer y beber, les retiró Mesaulio el pan y se dispusieron a ir al lecho, saciados de pan y carne.incluso, al parecer, del derecho a la
propiedad privada. Cfr. L. Gil,
Y llegó una noche desapacible, noche sin luna, que Zeus estuvo lloviendo toda ella, pues soplaba un
Introducción..., 372 y ss.
fuerte Céfiro que siempre trae lluvia. Entonces se dirigió Odiseo a ellos para poner a prueba al
porquero, por ver si se quitaba el manto y se lo entregaba o incitaba a uno de sus compañeros, ya que
tanto se preocupaba de él:
«Escuchadme ahora, Eumeo y todos vosotros, compañeros; os voy a decir mi palabra con una
súplica, pues me ha impulsado el perturbador vino, el que hace cantar y reír suavemente incluso al más
prudente, el que induce a danzar y hace soltar palabras que estarían mejor no dichas. Pero ya que he
empezado a hablar, no voy a ocultároslo. ¡Ojalá fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado como
cuando marchamos a poner una emboscada junto a Troya! Iban como jefes Odiseo y el Atrida Menelao
y junto a ellos mandaba yo como tercero, pues ellos me lo ordenaron. Cuando ya habíamos llegado a la
empinada muralla de la ciudad nos apostamos entre espesos espinos, en un cañaveral bajo nuestras
armas y se nos vino una noche desapacible, glacial, pues caía el Bóreas. Así que se nos vino de arriba
una nieve helada, como escarcha, y el hielo se condensaba en nuestros escudos. Todos tenían mantos y
túnicas y dormían apaciblemente cubriendo sus hombros con los escudos, pero yo había dejado al
marchar mi manto a unos compañeros por imprevisión, pues no creía que iría a tener frío en absoluto;
así que había partido sólo con mi escudo y una escarcela brillante. Cuando ya estaba terciada la noche
y los astros declinaban, me dirigí a Odiseo, que estaba a mi lado, tocándolo con mi codo -y él
enseguida prestó oidos "Laertiada de linaje divino, Odiseo rico en ardides, ya no me contaré más entre
los vivos pues me está doblegando el temporal, que no tengo manto. Un dios me ha engañado para que
viniera con una sola túnica y ahora ya no hay escape posible."
«Así dije y él enseguida echó mano a esta treta -¡cómo era el hombre para decidir y combatir!- y
hablando en voz baja me dijo su palabra: "Calla, no te oiga alguno de los aqueos." Así diciendo se
apoyó sobre el codo y levantando la cabeza dijo su palabra: "Escuchadme, los míos: acaba de venirme
un sueño divino mientas dormía. Nos hemos alejado demasiado de las naves, que vaya alguien a decir
al Atrida Agamenón, pastor de su pueblo, si ordena que vengan más hombres desde las naves." Así
dijo y enseguida se levantó Toante, hijo de Andremón, y dejando su rojo manto echó a correr hacia las
naves. Así que yo me acosté con alegría envuelto en su manto y se mostró Eos de trono de oro. ¡Ojalá
fuera yo joven y mi vigor no estuviera trabado, pues quizá alguno de los porqueros me daría un manto
en esta cuadra tanto por amor como por respeto a un hombre valeroso!, que ahora me desprecian por
tener mala ropa sobre mi cuerpo.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Anciano es una irreprochable historia la que has contado y no creo que hayas dicho palabra inútil,
fuera de lugar. Por eso no vas a carecer de vestido ni de cosa alguna de la que está bien que tengan los
desdichados suplicantes que nos salen al encuentro; pero cuando amanezca sacudirás tus andrajos,
pues no hay aquí muchos mantos ni túnicas de recambio para cubrirse, que cada hombre tiene sólo
uno. Mas cuando venga el querido hijo de Odiseo, él te dará un manto y una túnica y te enviará a
donde tu corazón lo empuje.»
Así diciendo, se levantó y le tendió un camastro cerca del fuego y le puso encima pieles de ovejas y
cabras.
Echóse allí Odiseo y sobre él arrojó Eumeo un manto grueso y grande que tenía de repuesto para
cuando se levantara terrible temporal.
Así que allí se acostó Odiseo, y los jóvenes a su lado. Pero al porquero no le gustaba dormir lejos de
la piara, por lo que se aprestó a salir -y Odiseo se alegró por lo mucho que se cuidaba de su hacienda,
aunque él estaba lejos. Primero se echó a los fuertes hombros la aguda espada y luego se vistió un
grueso manto que le protegiera del viento; tomó la piel de un cabrón bien gordo y un agudo venablo
que le protegiera de perros y hombres; y se puso en camino, deseando dormir, hacia el lugar donde
dormían los machos, bajo una cóncava roca, al abrigo del Bóreas.
CANTO XV
TELÉMACO REGRESA A ITACA
Entre tanto había marchado Palas Atenea hacia la extensa Lacedemonia para sugerir el regreso al
ilustre hijo del magnánimo Odiseo y ordenarle que regresara.
Comentario [SC218]: En este canto se
Y encontró a Telémaco y al brillante hijo de Néstor durmiendo en el pórtico del glorioso Menelao,
unen los dos hilos del relato. Para ello éste
aunque en verdad sólo al hijo de Néstor dominaba el dulce sueño, que a Telémaco no lo sujetaba vuelveela Telémaco, que se encuentra
blando sueño y en la noche inmortal agitaba en su interior la angustia por su padre. Se acercó Atenea,
todavía en el palacio de Menelao. En
IV.590 y ss., se encuentra cenando en
la de ojos brillantes y le dijo: compañía de su huésped. La economía del
«Telémaco, no está bien vagar más tiempo lejos de casa dejando allí tus bienes y a hombres tan
relato hace que nos lo encontremos ahora
unos momentos antes del alba del día
soberbios. ¡Cuidado, no vayan a repartirse y devorarlo todo mientras tú haces un viaje baldío! Vamos,
siguiente.
apremia a Menelao, de recia voz guerrera, para que te despida, a fin de que encuentres a tu ilustre
madre todavía en casa, que ya su padre y hermanos andan empujándola a que se case con Eurímaco,
pues éste aventaja a todos los pretendientes en regalarla y en aumentar su dote. Guárdate de que no se
lleve de casa, contra tu voluntad, algún bien. Pues ya sabes cómo es el alma de una mujer: está
dispuesta a acrecentar la casa de quien la despose olvidando y despreocupándose de sus primeros hijos
y de su esposo, una vez que ha muerto.
«Conque ponte en camino y deja todo en manos de la esclava que te parezca la mejor, hasta que los
dioses te den una esposa ilustre.
«Te voy a decir algo más, ponlo en tu interior: los más nobles de los pretendientes te han puesto
emboscada en el paso entre Itaca y la escarpada Same, deliberadamente, pues desean matarte antes de
que llegues a tu tierra patria. Pero no creo que esto suceda antes de que la tierra abrace a alguno de los
pretendientes que se comen tu hacienda. Así que aleja de las islas tu bien construida nave y navega por
la noche, pues te enviará viento favorable aquel de los inmortales que te custodia y protege. Tan pronto
como hayas llegado a la ribera de Itaca, envía la nave y a tus compañeros a la ciudad y tú marcha pri-
mero junto al porquero, el que vigila los cerdos y te es fiel. Pasa allí la noche y envíale a la ciudad para
que anuncie a la prudente Penélope que estás a salvo y has llegado de Pilos.»
Hablando asi marchó hacia el lejano Olimpo. Despertó Telémaco al hijo de Néstor de su dulce sueño
empujándole con el pie y le dijo su palabra:
«Despierta, Pisístrato, hijo de Néstor, unce al carro los caballos de una sola pezuña a fin de apresurar
nuestro viaje.»
Y le contestó Pisfstrato, el hijo de Néstor:
«Telémaco, no es posible conducir en la oscura noche, aunque estemos ansiosos de ponernos en
camino. Pronto despuntará la aurora. Esperemos a que el héroe Atrida Menelao, ilustre por su lanza,
nos traiga sus dones, los ponga en el carro y nos despida con palabras amables; que un huésped se
acuerda cada día del hombre que te ha acogido si éste le ha ofrecido su amistad.»
Así habló y al punto apareció Eos de trono de oro.
Y se les acercó Menelao, de recia voz guerrera, levantándose del lecho de junto a Helena de lindas
trenzas.
Cuando lo vio el hijo de Odiseo vistió apresuradamente sobre su cuerpo la brillante túnica, echó
sobre sus resplandecientes hombros un gran manto y se dirigió a la puerta. Y colocándose a su lado le
dijo el querido hijo de Odiseo:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, pastor de tu pueblo, despídeme ya a mi querida patria, pues mi
ánimo desea regresar.»
Y le contestó Menelao, de recia voz guerrera:
«Telémaco, no te detendré más tiempo si deseas volver, que también a mí me irrita quien recibe a ún
huésped y te ama en exceso o en exceso te aborrece. Todo es mejor si es moderado. La misma bajeza
comete quien anima a su huésped a que se vaya, cuando éste no quiere hacerlo, que quien se lo impide
cuando lo desea. Hay que agasajar al huésped cuando está en tu casa, pero también despedirlo si lo
desea. Mas espera a que traiga mis hermosos dones y los ponga en el carro, dones hermosos -lo verás
con tus propios ojos-, y a que diga a las mujeres que preparen en palacio un almuerzo de cuanto aquí
abunda. Que es honor y gloria, al tiempo que provecho, el que os marchéis por la tierra inmensa
después de almorzar. Si deseas volver por la Hélade y el centro de Argos, para que yo mismo te
acompañe, unciré mis caballos y te conduciré por las ciudades de los hombres. Nadie nos despedirá
con las manos vacías, sino que nos darán algo para llevarnos -un trípode de buen bronce, un jarrón o
dos mulos o una copa de oro.»
Y Telémaco le contestó con sensatez:
«Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, quiero volver ya a mis cosas, pues no he
dejado al venir ningún vigilante de mis posesiones; no quiero que por buscar a mi padre vaya a
perderme yo, o que me desaparezca del palacio algún tesoro de valor.»
Luego que le oyó Menelao, de recia voz guerrera, ordenó a su esposa y esclavas que preparasen en
palacio un almuerzo de cuanto allí abundaba. Acercósele después Eteoneo, hijo de Boeto, tras
levantarse de la cama -pues no habitaba lejos-, y le ordenó Menelao, de recia voz guerrera, que
encendiera fuego y asara carne. Y aquél no desobedeció.
Menelao ascendió a su perfumado dormitorio, pero no sólo, que junto a él marchaban Helena y
Megapentes. Cuando habían llegado adonde tenía sus tesoros el Atrida Menelao, tomó una copa Comentario
de [SC219]: Hijo de Menelao
con una esclava, cfr. IV.10 y ss.
doble asa y ordenó a su hijo Megapentes que llevara una crátera de plata. Helena habíase detenido
junto a sus areas donde tenía peplos multicolores que ella misma había bordado. Tomó uno de éstos y
se lo llevó Helena, divina entre las mujeres, el más hermoso por sus adornos y el más grande -brillaba
como una estrella y estaba encima de los demás.
Conque atravesaron el palacio hasta que llegaron junto a Telémaco. Y le dijo el rubio Menelao:
«Telémaco, ¡ojalá Zeus, el tronador esposo de Hera, lo lleve a término el regreso tal como tú tu
pretendes! En cuanto a los dones..., te voy a entregar el más hermoso y estimable de cuantos tesoros
tengo en casa. Te voy a dar una crátera trabajada, toda ella de plata, con los bordes fundidos con oro,
obra de Hefesto -me la dió el héroe Fédimo, rey de los sidonios, cuando su palacio me cobijó al
regresar yo allí. Esto quiero regalarte a ti.»
Hablando así, puso en sus manos la copa de doble asa el héroe Atrida; luego el vigoroso Megapentes
le acercó una crátera de plata. También se le acercó Helena, de lindas mejillas, con el peplo en sus
manos, le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«También yo, hijo mío, te entrego este regalo, recuerdo de las manos de Helena, para que se lo lleves
a tu esposa en el momento de la deseada boda, y que permanezca junto a tu madre en palacio hasta
entonces. Que llegues feliz a tu bien edificada morada y a tu tierra patria.»
Así diciendo lo puso en sus manos y él lo recibió gozoso. Lo tomó después el héroe Pisístrato y lo
puso en la caja del carro, no sin admirarlo con toda su alma.
Después el rubio Menelao los condujo hasta el salón y ambos se sentaron en sillas y sillones. Y una
esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro para que se
lavaran y a su lado extendió una mesa pulimentada. Y la venerable ama de llaves puso comida sobre
ella y añadió abundantes piezas escogidas favoreciéndoles entre los que estaban presentes. El hijo de
Boeto repartía la carne y distribuía las porciones, y el hijo del ilustre Menelao escanciaba el vino.
Echaron ellos mano de los alimentos que tenían delante y, cuando habían arrojado de sí el deseo de
comer y beber, Telémaco y el brillante hijo de Néstor uncieron los caballos, subieron al carro de
variados colores y lo condujeron fuera del portico y de la resonante galería. Y el rubio Menelao salió
tras ellos llevando en su mano derecha rojo vino en copa de oro, para que marcharan después de hacer
libación.
Se colocó delante de los caballos y dijo como despedida:
«¡Salud, muchachos!, y transmitid mis saludos a Néstor, pastor de su pueblo, pues fue conmigo
tierno como un padre mientras los hijos de los aqueos combatíamos en Troya.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Vástago de Zeus, de verdad que al llegar comunicaremos a aquél todo, según nos lo has dicho.
¡Ojalá al volver yo a Itaca encontrara a Odiseo en casa y pudiera decirle que vengo de junto a ti y he
ganado toda tu amistad!, pues llevo regalos hermosos y buenos.»
Mientras así hablaba le voló un pájaro por la derecha, un halcón que llevaba entre sus garras a un
enorme ganso blanco, doméstico, de algún corral -pues le seguían gritando hombres y mujeres-; y el
halcón se acercó a aquéllos y se lanzó por la derecha, frente a los caballos. A1 verlo se llenaron de
contento y alegróseles a todos el ánimo.
Y entre ellos comenzó a hablar Pisfstrato, el hijo de Néstor:
«Piensa, Menelao, vástago de Zeus, caudillo de tu pueblo, si es para nosotros o para ti para quien ha
mostrado el dios este presagio.»
Así dijo, y Menelao, amado de Ares, se puso a cavilar para poder contestarle oportunamente después
de pensarlo.
Pero Helena, de largo peplo, tomándole delantera dijo su palabra:
«Escuchadme, voy a hacer una predicción tal como los inmortales me lo están poniendo en el pecho
y como creo que se va a cumplir. Del mismo modo que este halcón ha venido del monte y arrebatado
al ganso mientras se alimentaba en la casa donde está su progenie y sus padres, así Odiseo, después de
mucho sufrir y mucho vagar, llegará a casa y los hará pagar, o quizá ya está en casa sembrando la
muerte para todos los pretendientes.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«¡Ojalá lo disponga así Zeus, el tronante esposo de Hera! En este cáso te invocaría también allí como
a una diosa.»
Así dijo y sacudió con el látigo a los caballos. Y éstos se lanzaron velozmente hacia la llanura
precipitándose por la ciudad.
Y arrastraron el yugo por ambos lados durance todo el día. Se puso el sol y todos los caminos se
llenaron de sombra cuando llegaron a Feras, a casa de Diocles, hijo de Ortíloco, a quien ComentarioAlfeo [SC220]: Personajes ya
citados en III.490. Se trata de la dinastía de
engendró. Allí pasaron la noche y éste les entregó dones de hospitalidad. Feras, que Homero cita en Ilíada, V.541-60,
Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, uncieron sus caballos cuandoy los dos hijos de Diocles, Creton y
Ortíloco, mueren a manos de Eneas.
ascendieron al carro de variados colores y lo condujeron fuera del pórtico y de la resonante galería.
Restalló el látigo para que partieran y los caballos se lanzaron muy a gusto. Por fin llegaron a la
elevada ciudad de Pilos y Telémaco se dirigió al hijo de Néstor:
«Hijo de Néstor, ¿podrías cumplir mi palabra si me haces una promesa?, ya que nos preciamos de
tener viejos lazos de hospitalidad por el amor de nuestros padres, además de ser de la misma edad, y
este viaje nos habrá de unir más. No me lleves más allá de la nave, déjame aquí mismo, no sea que el
anciano me retenga contra mi voluntad en su palacio por mor de agasajarme. Y tengo que llegar
pronto.»
Así habló y el hijo de Néstor deliberó en su interior cómo cumpliría su palabra, como le
correspondía. Mientras así pensaba, parecióle mejor volver sus caballos hacia la rápida nave y la ribera
del mar. Así que puso en la popa los hermosísimos dones, vestidos y oro, que Menelao le había dado y
apremiándole decía aladas palabras:
«Embarca enseguida y ordénaselo a tus compañeros antes que llegue yo a casa y se lo anuncie al
anciano; tal como tiene de irritable el ánimo no lo dejará ir, antes bien vendrá él en persona a buscarte
y te aseguro que no volvería de baldío, y se irritaría sobremanera.»
Así hablando torció sus caballos de hermosas crines hacia la ciudad de los Pilios y arribó enseguida a
casa.
Entretanto, Telémaco apremiaba a sus compañeros con estas órdenes:
«Poned en orden los aparejos, compañeros, en la negra nave, y embarquemos para acelerar el viaje.»
Así habló y ellos lo escucharon y obedecieron. Conque embarcaron y se sentaron sobre los bancos.
Ocupábase él en esto, así como en orar y hacer sacrificio a Atenea junto a la proa, cuando se le
Comentario
acercó un forastero, uno que había huido de Argos por haber dado muerte a alguien, un adivino. Por [SC221]: Cfr. XIII.260 y
nota.
linaje era descendiente de Melampo, quien en otro tiempo vivió en Pilos, criadora de ganados,
habitando con extrema prosperidad un palacio entre los pilios. Luego marchó a otras tierras huyendo
de su patria y del magnánimo Neleo, el más noble de los vivientes, quien le retuvo por la fuerza
muchos bienes durante un año completo. Todo este tiempo estuvo en el palacio de Fílaco encadenado
con dolorosas ligaduras, padeciendo grandes sufrimientos por causa de la hija de Neleo y la pesada Comentario [SC222]: La hija de Neleo
es Peró (cfr. XI.290). Ni aquí ni en el pasaje
ceguera que puso en su mente Erinis, la diosa horrenda. citado se relata la historia completa, que es
Pero consiguió escapar de la muerte y terminó llevándose a Pilos, desde Filace, sus mugidores como sigue: Neleo tenía una hija, Peró, de
quien estaba enamorado Biante, hermano de
bueyes. Así que castigó al divino Neleo por su acción indigna y llevó a casa mujer para su hermano. Y Neleo no entregaba su hija si el
Melampo.
marchó luego a otras tierras, a Argos, criadora de caballos, pues su destino era que habitara allí no le traía el rebaño de Ificlo
pretendiente
(o de su padre Fílaco). Melampo, que era
reinando sobre numerosos argivos. Allí tomó mujer y construyó un palacio de elevado techo. Yse prestó a ayudar a su hermano,
adivino,
engendró a Antifates y Mantio, robustos hijos. Antifates engendró al magnánimo Oicleo, y Oicleoperoa fue susorprendido en el acto de robarlo y
pasó un año encerrado. Después de este
vez a Anfiarao, salvador de su pueblo, a quien amó de corazón Zeus, portador de égida y Apolo periodo, curó la impotencia de Ificlo, y
dispensó numerosas pruebas de amistad. Pero no llegó al umbral de la vejez, sino que pereció en Tebas
Fílaco le donó el rebaño.
por la traición de una mujer. Y sus hijos fueron Alcmeón y Anfíloco. Mantio, por su parte, engendró a
Polífides y a Clito. Pero, ¡ay!, que a Clito se lo llevó Eos, de hermoso trono, por ser tan bello, así que
Apolo hizo adivino al magnánimo Polífides, el mejor de los hombres, una vez que hubo muerto
Anfiarao. Pero, irritado con su padre, emigró a Hiperesia y, poniendo allí su morada, profetizaba para
todos los hombres.
De éste era hijo el que se acercó entonces a Telémaco y su nombre era Teoclímeno. Lo encontró
haciendo libación y súplicas sobre la rápida, negra nave, y le dirigió aladas palabras:
«Amigo, ya que te encuentro sacrificando en este lugar, te ruego por las ofrendas y el dios, e incluso
por tu propia cabeza y la de los compañeros que te siguen, me digas la verdad y nada ocultes a mis
preguntas: ¿de dónde eres? ¿Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres?»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«En verdad, forastero, te voy a hablar sinceramente. De origen soy itacense y mi padre es Odiseo -si
es que alguna vez ha existido; ahora, desde luego, ha perecido con triste muerte. Por esto he tomado
compañeros y una negra nave para preguntar por mi padre, largo tiempo ausente.»
Y Teoclímeno, semejante a los dioses, le dijo a su vez:
«Así estoy también yo, huido de mi patria por matar a un hombre de mi propia tribu. Muchos son
mis hermanos y parientes en Argos, criadora de caballos, y mucho es su poder sobre los aqueos. Por
evitar la muerte y la negra Ker ando huyendo de éstos, que mi destino es vagar entre los hombres.
Conque admíteme en tu nave, ya que he llegado a ti como suplicante; cuidado no me maten, pues creo
que me andan persiguiendo.»
Y Telémaco a su vez le contestó discretamente:
«No, no te rechazaré de mi equilibrada nave si tanto lo deseas. Conque sígueme, te agasajaremos con
lo que tengamos.»
Así hablando, tomó de sus manos la lanza de bronce y la tendió sobre la cubierta de la curvada nave,
y también él ascendió a la nave surcadora del ponto. Luego que se hubo sentado en la proa, puso a
Teoclímeno a su lado y soltaron amarras. Telémaco ordenó a sus compañeros que se aplicaran a los
aparejos y éstos le obedecieron con prontitud. Así que levantaron el mástil de abeto y lo encajaron en
el hueco travesaño, lo amarraron con cables y extendieron las blancas velas con correas bien trenzadas
de piel de buey. Y la de ojos brillantes, Atenea, les envió un viento favorable, que se abalanzó impe-
tuoso por el éter, para que la nave recorriera rápidamente en su carrera la salada agua del mar.
Pasaron bordeando Crunos y el río Calcis, de hermosa corriente. Se puso el sol y todos los caminosComentario [SC223]: De ninguno de
se llenaron de sombra, y la nave dio proa a Feas impulsada por el viento favorable de Zeus yestos pasólugares se puede afirmar otra cosa que
pertenecen a la Elide.
junto a la divina Elide, donde dominan los epeos. Desde allí enfiló Telémaco hacia las Islas Puntiagu-
Comentario [SC224]: Estrabón las
das cavilando si conseguiría escapar o sería sorprendido. identifica con las Equínades en el mar
Jónico (cfr. 8.3.26).
Entre tanto, Odiseo y el divino porquero se daban a comer en la cabaña y junto a ellos comían otros
hombres. Cuando habían echado de sí el deseo de comer y beber, se dirigió a ellos Odiseo tratando de
probar si el porquero aún le seguiría agasajando gentilmente y le ordenaba quedarse en la majada o si
le despachaba a la ciudad:
«Escúchame, Eumeo, y también vosotros, todos sus compañeros. Al amanecer deseo ponerme en
camino hasta la ciudad para mendigar. No quiero ser ya un peso para ti y los compañeros. Pero dame
indicaciones y un buen compañero que me guíe, que me lleve hasta allí. En la ciudad vagaré por mi
cuenta, por si alguien me larga un vaso de vino y un mendrugo. También me presentaré en el palacio
del divino Odiseo para dar noticias a la prudente Penélope y quizás me acerque a los soberbios
pretendientes por si me dan de comer, que tienen alimentos en abundancia. Con diligencia haría yo
cuanto quisieran, porque te voy a decir una cosa -y tú ponla en tu mente y escúchame-: por la gracia de
Hermes, el mensajero, el que da gracia y honor a las obras de los hombres, ningún hombre podría
competir conmigo en habilidad para remejer el fuego y quemar leña seca, para trinchar, asar y
escanciar; en fin, para cuanto los plebeyos sirven a los nobles.»
Y tú, porquero Eumeo, le dijiste irritado:
«Ay, forastero, ¿por qué te ha venido a la mente ese proyecto? Lo que tú deseas en verdad es morir
allí si pretendes mezclarte con el grupo de los pretendientes, cuya soberbia y violencia han llegado al
férreo cielo. No son como tú los que sirven a aquéllos; son jóvenes bien vestidos de manto y túnica,
siempre brillantes de cabeza y rostro quienes les sirven. Y las bien pulimentadas mesas están repletas
de pan y carne y de vino. Conque quédate aquí. Nadie te va a molestar mientras estés conmigo, ni yo
ni los compañeros que tengo. Y cuando llegue el querido hijo de Odiseo te vestirá de manto y túnica y
te despedirá a donde tu corazón te empuje.»
Y le contestó a continuación el sufridor, el divino Odiseo:
«¡Ojalá, Eumeo, llegues a ser tan amado del padre Zeus como tu eres de mí por librarme del
vagabundeo y de la miseria! Que no hay nada peor para el hombre que ser vagabundo; por culpa del
maldito estómago sufren pesares los hombres a quienes les llega el vagar, la desgracia y el dolor. Pero
ya que me retienes y aconsejas que aguarde a aquél, háblame de la madre del divino Odiseo y de su
padre, a quien aquél abandonó cuando se acercaba al umbral de la vejez; dime si viven aún bajo los
rayos del sol o ya han muerto y están en la morada de Hades.»
Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:
«En verdad, huésped, te voy a hablar con toda sinceridad. Laertes vive todavía, aunque todos los días
le pide a Zeus morir en su palacio, pues se lamenta terriblemente por su ausente hijo y por su prudente
esposa que le dejó afligido al morir y le puso en la más cruel vejez. Ella murió de dolor por su ilustre
hijo, de muerte cruel -¡que nadie muera así de quienes viviendo aquí conmigo me son amigos y obran
como amigos! Mientras ella vivió, aunque entre dolores, me agradaba hablarle y preguntarle, ya que
ella me había criado junto con Ctimena de luengo peplo, ilustre hija suya, a quien parió la última de
sus hijos. Junto con ésta me crié y poco menos que a ésta me quería su madre. Pero cuando llegamos
ambos a la amable juventud, entregaron a Ctimena como esposa a alguien de Same, recibiendo una
buena dote, y a mí me vistió de hermosos túnica y manto y, dándome calzado para mis pies, me envió
al campo. Y me amaba de corazón. Ahora echo en falta todo aquello, pero con todo, los dioses felices
están haciendo prosperar la labor de la que me ocupo. De aquí como y bebo a incluso doy a los
necesitados, pero no me es dado oír las palabras ni las obras de mi dueña desde que ha caído sobre el
palacio esa peste de hombres soberbios. Y eso que los siervos necesitamos mucho hablar con la dueña
y conocer todas las órdenes y comer y beber e, incluso, llevarnos algo al campo; cosas, en fin, que
alegran siempre el corazón de los siervos.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«¡Ay, ay!, así que ya de pequeño, porquero Eumeo, anduviste errante lejos de tu patria y de tus
padres. Vamos, dime –y cuéntame con verdad- si fue devastada la ciudad de amplias calles en que
habitaban tu padre y tu venerable madre, o si te capturaron hombres enemigos cuando te hallabas solo
junto a tus ovejas o bueyes y te trajeron en sus naves a venderte en casa de este hombre, quien seguro
que entregó un precio digno de ti.»
Y a su vez le contestó el porquero, caudillo de hombres:
«Forastero, ya que me preguntas esto e inquieres, escucha en silencio, goza y recuéstate a beber vino.
Interminables son estas noches: hay para dormir y para escuchar complacido. No tienes por qué
acostarte antes de tiempo, que el mucho dormir es dañino. De los demás, si a alguien le impulsa el
corazón, que salga a acostarse y al despuntar la aurora desayúnese y conduzca los cerdos del dueño.
Pero nosotros gocemos con nuestras tristes penas, recordándolas mientras bebemos y comemos en mi
cabaña, que también un hombre goza con sus penas cuando ya tiene mucho sufrido y mucho trajinado.
Así que te voy a contar lo que me preguntas.
«Hay una isla llamada Siría -no sé si la conoces de oídas- por cima de Ortigia, donde el solComentario
da la [SC225]: Podría tratarse
de Syros, isla cercana a Renea, que era la
vuelta; no es excesivamente populosa, pero es buena, cría buenos pastos y buenos animales, abunda en
antigua Ortigia (cfc. Estrabón, 10.5.5), pero
vino y en trigo. La pobreza jamás se acerca al pueblo y las odiosas enfermedades tampoco rondanla adescripción
los que de ella se hace la
mortales. Sólo cuando envejecen sus habitantes en la ciudad se acerca Apolo, el del arco de plata,convierte
junto en un lugar paradisíaco, similar a
la tierra de los Cíclopes, etc.
con Artemis, y los matan acechándolos con sus suaves dardos. Allí hay dos ciudades y todo está
repartido entre ellas. Sobre las dos reinaba mi padre, Ktesio Ormenida, semejante a los inmortales.
«Conque un día llegaron allí unos fenicios, célebres por sus naves, unos lañas, llevando en su negra
nave muchas maravillas. Mi padre tenía en palacio una mujer fenicia, hermosa y grande, conocedora
de labores brillantes. Entonces los muy taimados fenicios la sedujeron. Cuando estaba lavando, un fe-
nicio se unió con ella en amor y lecho junto a la cóncava nave, cosa que trastorna la mente de las
hembras, incluso de la que es laboriosa. Luego le preguntó quién era y de dónde procedía, y ella le
habló enseguida del palacio de elevado techo de su padre: "Me precio de ser de Sidón, abundante en
bronce, y soy hija del poderoso y rico Arybante, pero me raptaron unos piratas de Tafos cuando volvía
del campo y me trajeron a casa de este hombre para venderme, y él pagó un precio digno de mí."
«Y le contestó el hombre que se había unido a hurtadillas con ella: "Bien podrías volver con nosotros
a casa para que puedas ver el palacio de elevado techo de tu padre y madre y a ellos mismos, que
todavía viven y se los llama ricos." Y la mujer se dirigió a él y le contestó con su palabra: "Bien podría
ser así, marineros, pero sólo si me queréis asegurar con juramento que me llevaréis intacta a casa." Así
dijo y todos juraron como ella les pidió.
«Conque cuando habían concluido su juramento, de nuevo les dijo y contestó con su palabra:
"Chitón ahora, que ninguno de vuestros compañeros me dirija la palabra si me encuentra en la calle o
junto a la fuente, no sea que alguien vaya a casa y se lo cuente al viejo y éste lo barrunte y me sujete
con dolorosas ligaduras y a vosotros os prepare la muerte. Así que retened mis palabras en vuestra
mente y apresurad la compra de lo necesario para el viaje. Y cuando la nave se encuentre llena de
alimentos, que alguien venga al palacio con rapidez para comunicármelo. Os traeré oro, cuanto halle a
mano, y estoy dispuesta a daros otras cosas como pasaje: en efecto, yo cuido en palacio del hijo de este
hombre, un crío ya muy despierto, pues corretea conmigo hasta la puerta. Podría llevármelo a la nave y
os produciría un buen precio si vais a venderlo a cualquier parte en el extranjero." Así diciendo,
marchó al hermoso palacio.
«Los fenicios permanecieron todo el año con nosotros y llenaron su negra nave con bienes mercados.
Y cuando su cóncava nave ya estaba cargada para volver, enviaron un mensajero a la mujer para que
les diera el recado. Llegó al palacio de mi padre un hombre muy astuto con un collar de oro engastado
con electro. Las esclavas del palacio y mi venerable madre lo palpaban con sus manos y lo
contemplaban con sus ojos, prometiendo un buen precio. Y él hizo una seña a la mujer sin decir
palabra y luego marchó a la cóncava nave. Ella me tomó de la mano y me sacó fuera. Encontró en el
pórtico copas y mesas de unos convidados que frecuentaban la casa de mi padre. Habíanse marchado
éstos a la asamblea y al lugar de reunión del pueblo, así que escondió tres copas en su regazo y se las
llevó y yo en mi inocencia la seguía. Se puso el sol y todos los caminos se llenaron de sombra, cuando,
marchando a buen paso, llegamos al ilustre puerto donde estaba la veloz nave de los fenicios.
«Embarcaron haciéndonos subir a los dos y navegaban los húmedos caminos. Y Zeus envió viento
favorable.
«Durante seis días navegamos sin parar, día y noche, y cuando el Cronida Zeus nos trajo el séptimo
día, Artemis Flechadora alcanzó a la mujer y ésta se desplomó con ruido sobre la sentina como una
gaviota del mar. Así que la arrojaron por la borda para que fuera pasto de focas y peces y yo quedé
solo acongojado en mi corazón.
«El viento que los llevaba y el agua los impulsaron a Itaca, donde Laertes me compró con su dinero.
Así es como llegué a ver con mis ojos esta tierra.»
Y Odiseo, de linaje divino, le contestó con su palabra:
«Eumeo, mucho en verdad has conmovido mi corazón dentro del pecho al contar detalladamente
cuánto has sufrido, pero también Zeus te ha puesto un bien al lado de un mal, ya que llegaste
-sufriendo mucho- al palacio de un hombre bueno que te proporciona gentilmente comida y bebida, y
llevas una existencia agradable.
«En cambio, yo he llegado aquí después de recorrer sin rumbo muchas ciudades de mortales.»
Esto es lo que se contaban mutuamente y se echaron a dormir, pero no mucho tiempo, un poquito
sólo, porque enseguida se presentó Eos, de trono de oro.
En esto los compañeros de Telémaco, ya en tierra, desataron las velas, quitaron el mástil rápidamente
y se dirigieron luego remando hacia el fondeadero. Arrojaron el ancla y amarraron el cable; luego
desembarcaron sobre la ribera del mar, se prepararon el almuerzo y mezclaron rojo vino. Y cuando
habían echado de sí el deseo de comer y beber, comenzó Telémaco a hablarles con discreción:
«Llevad vosotros la negra nave a la ciudad, que yo voy a inspeccionar los campos y los pastores. Por
la tarde bajaré a la ciudad después de ver mis labores. Y al amanecer os voy a ofrecer un buen
banquete de carnes y agradable vino como recompensa por el viaje.»
Y Teoclímeno, semejante a los dioses, se dirigió a él:
«¿Adónde iré yo, hijo mío? ¿A qué palacio voy a ir de los que dominan en la pedregosa Itaca?
¿Acaso marcharé directamente a tu palacio y al de tu madre?»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«En otras circunstancias te pediría que fueras a nuestro palacio -y no echarías en falta dones de
hospitalidad-, pero será peor para ti, pues yo voy a estar ausente y mi madre no podrá verte, que no se
deja ver a menudo en la casa ante los pretendientes, sino que trabaja su telar lejos de éstos en el piso de
arriba. Así que te diré de un hombre a cuya casa podrías ir: Eurímaco, hijo brillante del prudente Comentario [SC226]: Resulta extraña
Pólibo, a quien los itacenses miran como a un dios, pues es con mucho el más excelente y quienydeabiertamente
más Más
Telémaco.
inadecuada esta propuesta
abajo (w. 540 y ss.) se lo
ambiciona casar con mi madre y conseguir la dignidad de Odiseo. Pero sólo Zeus Olímpico, el que a Pireo Clitida como si no
encomienda
hubiera dicho antes nada.
habita en el éter, sabe si les va a proporcionar antes de las nupcias el día de la destrucción.»
Cuando así hablaba le sobrevoló un pájaro por la derecha, un halcón, veloz mensajero de Apolo.
Desplumaba entre sus patas una paloma y las plumas cayeron a tierra entre la nave y el mismo
Telémaco.
Conque Teoclímeno, llamándolo aparte, lejos de sus compañeros, le tomó de la mano, le dijo su
palabra y le llamó por su nombre:
«Telémaco, este pájaro te ha volado por la derecha no sin la voluntad del dios, pues al verlo de frente
me he percatado que era un ave agüeral. Así que no existe otra estirpe más regia que la vuestra en el
pueblo de Itaca. Siempre seréis dominadores.»
Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:
«Forastero, ¡ojalá se cumpliera esa palabra! Pronto sabrías de mi afecto y mis muchos dones, de
forma que cualquiera que te encontrara te llamaría dichoso.»
Dijo, y se dirigió a Pireo, fiel compañero:
«Pireo Clitida, tú eres quien más me has obedecido de estos compañeros en lo demás; lleva también
ahora al forastero a tu casa y agasájale gentilmente y respétalo hasta que yo llegue.»
Y Pireo, famoso por su lanza, le contestó:
« Telémaco, aunque te quedes aquí mucho tiempo yo me llevaré a éste y no echará en falta dones de
hospitalidad.»
Así diciendo, subió a la nave y apremió a los compañeros para que embarcaran también ellos y
soltaran amarras. Conque subieron y se sentaron sobre los bancos. Telémaco ató bajo sus pies
hermosas sandalias y tomó su ilustre lanza, aguzada con agudo bronce, de la cubierta del navío. Los
compañeros soltaron amarras y echando la nave al mar enfilaron hacia la ciudad como se lo había
ordenado Telémaco, el querido hijo del divino Odiseo.
Y sus pies lo llevaban veloz, dando grandes zancadas, hasta que llegó a la majada donde tenía las
innumerables cerdas, con las que pasaba la noche el porquero, que era noble, que conocía la bondad
hacia sus dueños.
CANTO XVI
TELÉMACO RECONOCE A ODISEO
En esto Odiseo y el divino porquero se preparaban el desayuno al despuntar la aurora dentro de la
cabaña, encendiendo fuego -habían despedido a los pastores junto con las manadas de cerdos. Cuando
se acercaba Telémaco, no ladraron los perros de incesantes ladridos, sino que meneaban la cola.
Percatóse el divino Odiseo de que los perros meneaban la cola, le vino un ruido de pasos y enseguida
dijo a Eumeo aladas palabras:
«Eumeo, sin duda se acerca un compañero o conocido, pues los perros no ladran, sino que menean la
cola. Y oigo ruido de pasos.»
No había acabado de decir toda su palabra, cuando su querido hijo puso pie en el umbral. Levantóse
sorprendido el porquero y de sus manos cayeron los cuencos con los que se ocupaba de mezclar rojo
vino. Salió al encuentro de su señor y besó su rostro, sus dos hermosos ojos y sus manos; y le cayó un
llanto abundante. Como un padre acoge con amor a su hijo que vuelve de lejanas tierras después de
diez años, a su único hijo amado por quien sufriera indecibles pesares, así el divino porquero besó a
Telémaco, semejante a los inmortales, abrazando todo su cuerpo como si hubiera escapado de la
muerte. Y, entre lamentos, decía aladas palabras:
«Has venido, Telémaco, como dulce luz. Creía que ya no volvería a verte más cuando marchaste a
Pilos con tu nave. Vamos, entra, hijo mío, para que goce mi corazón contemplándote recién llegado de
otras tierras. Que no vienes a menudo al campo ni junto a los pastores, sino que te quedas en la ciudad,
pues es grato a tu ánimo contemplar el odioso grupo de los pretendientes.»
Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:
«Así se hará, abuelo, que yo he venido aquí por ti, para verte con mis ojos y oír de tus labios si mi
madre está todavía en palacio o ya la ha desposado algún hombre; que la cama de Odiseo está llena de
telarañas por falta de quien se acueste en ella.»
Y se dirigió a él el porquero, caudillo de hombres:
«¡Claro que permanece ella en tu palacio con ánimo paciente! Las noches se le consumen entre
dolores y los días entre lágrimas.»
Así diciendo, tomó de sus manos la lanza de bronce. Entonces Telémaco se puso en camino y
traspasó el umbral de piedra, y cuando entraba, su padre le cedió el asiento. Pero Telémaco le contuvo
y dijo:
«Sientate, forastero, que ya encontraremos asiento en otra parte de nuestra majada. Aquí está el
hombre que nos lo proporcionará.»
Así diciendo, volvió a sentarse. El porquero le extendió ramas verdes y por encima unas pieles,
donde fue a sentarse el querido hijo de Odiseo. También les acercó el porquero fuentes de carne asada
que habían dejado de la comida del día anterior, amontonó rápidamente pan en canastas y mezcló en
un jarro vino agradable. Y luego fue a sentarse frente al divino Odiseo.
Conque echaron mano de los alimentos que tenían delante y cuando habían arrojado de sí el deseo de
comer y beber, Telémaco se dirigió al divino porquero:
«Abuelo, ¿de dónde ha llegado este forastero? ¿Cómo le han traído hasta Itaca los marineros?
¿Quiénes se preciaban de ser? Porque no creo que haya llegado a pie hasta aquí.»
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«En verdad, hijo, te voy a contar toda la verdad. De origen se precia de ser de la vasta Creta y
asegura que ha recorrido errante muchas ciudades de mortales. Que así se lo ha hilado el destino.
Ahora ha llegado a mi majada huyendo de la nave de unos tesprotos y yo te lo encomiendo a ti; obra
como gustes, se precia de ser tu suplicante.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Eumeo, en verdad has dicho una palabra dolorosa. ¿Cómo voy a recibir en mi casa a este huésped?
En cuanto a mí, soy joven y no confío en mis brazos para rechazar a un hombre si alguien lo maltrata.
Y en cuanto a mi madre, su ánimo anda cavilando en su interior si permanecerá junto a mí y cuidará de
su casa por vergüenza del lecho de su esposo y de las habladurías del pueblo, o si se marchará ya en
pos del más excelente de los aqueos que la pretenda y le ofrezca más riquezas.
«Pero ya que ha llegado a tu casa, vestiré al forastero con manto y túnica, hermosos vestidos, y le
daré afilada espada y sandalias para sus pies y le enviaré a donde su ánimo y su corazón lo empujen.
Pero si quieres, retenlo en la majada y cuídate de él, que yo enviaré ropas y toda clase de comida para
que no sea gravoso ni a ti ni a tus compañeros. Sin embargo, yo no la dejaría ir adonde están los
pretendientes -pues tienen una insolencia en exceso insensata-, no sea que le ultrajen y a mí me cause
una pena terrible; es difícil que un hombre, aunque fuerte, tenga éxito cuando está entre muchos, pues
éstos son, en verdad, más poderosos.»
Y le dijo el sufridor, el divino Odiseo:
«Amigo -puesto que me es permitido contestarte-, mucho se me ha desgarrado el corazón al escuchar
de vuestros labios cuántas obras insolentes realizan los pretendientes en el palacio contra tu voluntad,
siendo como eres. Dime si te dejas dominar de buen grado o es que te odia la gente del pueblo, si-
guiendo una inspiración de la divinidad, o si tienes algo que reprochar a tus hermanos, en los queComentario
un [SC227]: Cfr. III.214-5
hombre suele confiar cuando surge una disputa por grande que sea. ¡Ojalá fuera yo así de joven -con
los impulsos que siento- o fuera hijo del irreprochable Odiseo u Odiseo en persona que vuelve después
de andar errante! -pues aún hay una parte de esperanza-. ¡Que me corte la cabeza un extranjero si no
me convertía en azote de todos ellos, presentándome en el megaron de Odiseo Laertíada! Pero si me
dominaran por su número, solo como estoy, preferiría morir en mi palacio asesinado antes que ver
continuamente estas acciones vergonzosas: maltratar a forasteros y arrastrar por el palacio a las
esclavas, sacar vino continuamente y comer el pan sin motivo, en vano, para un acto que no va a tener
cumplimiento». Comentario [SC228]: Se entiende, la
boda con Penélope.
Los pretendientes estaban afligidos y abatidos en su corazón; salieron del mégaron a lo largo de la
pared del patio y se sentaron allí mismo, cerca de las puertas. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a
hablar entre ellos:
«Amigos, gran trabajo ha realizado Telémaco con este viaje; ¡y decíamos que no lo llevaría a
término! Vamos, botemos una negra nave, la mejor, y reunamos remeros que vayan enseguida a
anunciar a aquéllos que ya está de vuelta en casa.»
No había terminado de hablar, cuando Anfínomo volviéndose desde su sitio, vio a la nave dentro del
puerto y a los hombres amainando velas o sentados al remo. Y sonriendo suavemente dijo a sus
compañeros:
«No enviemos embajada alguna; ya están aquí. O se lo ha manifestado un dios o ellos mismos han
visto pasar de largo a la nave y no han podido alcanzarla.»
Así dijo, y ellos se levantaron para encaminarse a la ribera del mar. Enseguida empujaron la negra
nave hacia el litoral y sus valientes servidores les llevaron las armas. Marcharon todos juntos a la plaza
y no permitieron que nadie, joven o viejo, se sentara a su lado. Y comenzó a hablar entre ellos
Antínoo, hijo de Eupites:
«¡Ay, ay, cómo han librado del mal los dioses a este hombre! Durante días nos hemos apostado
vigilantes sobre las ventosas cumbres, turnándonos continuamente. Al ponerse el sol, nunca
pasábamos la noche en tierra sino en el mar, esperando en la rápida nave a la divina Eos, acechando a
Telémaco para sorprenderlo y matarlo. Pero entre tanto un dios le ha conducido a casa.
Con que meditemos una triste muerte para Telémaco aquí mismo y que no se nos escape, pues no
creo que mientras él viva consigamos cumplir nuestro propósito, que él es hábil en sus resoluciones y
el pueblo no nos apoya del todo.
«Vamos, antes de que reúna a los aqueos en asamblea..., pues no creo que se desentienda, sino que,
rebosante de cólera, se pondrá en pie para decir a todo el mundo que le hemos trenzado la muerte y no
le hemos alcanzado. Y el pueblo no aprobará estas malas acciones cuando le escuche. ¡Cuidado, no
vayan a causamos daño y nos arrojen de nuestra tierra -y tengamos que marchar a país ajeno-! Conque
apresurémonos a matarlo en el campo lejos de la ciudad, o en el camino. Podríamos quedarnos con su
bienes y posesiones repartiéndolas a partes iguales entre nosotros y entregar el palacio a su madre y a
quien case con ella, para que se lo queden. Pero si estas palabras no os agradan, sino que preferís que
él viva y posea todos sus bienes patrios, no volvamos desde ahora a reunirnos aquí para comer sus
posesiones; que cada uno pretenda a Penélope asediándola con regalos desde su palacio, y quizá luego
case ella con quien le entregue más y le venga destinado. »
Así habló y todos quedaron en silencio. Entonces se levantó y les dijo Anfínomo, ilustre hijo de
Niso, el soberano hijo de Aretes (éste era de Duliquio, rica en trigo y pastos, y capitaneaba a los
pretendientes; era quien más agradaba a Penélope por sus palabras, pues estaba dotado de buenas
mientes)... Con sentimientos de amistad hacia ellos se levantó y dijo:
«Amigos, yo al menos no desearía acabar con Telémaco, pues la raza de los reyes es terrible de
matar. Así que conozcamos primero la decisión de los dioses. Si la voluntad del gran Zeus lo aprueba,
yo seré el primero en matarlo y os incitaré a los demás, pero si los dioses tratan de impedirlo, os
aconsejo que pongáis término.»
Así dijo Anfínomo y les agradó su palabra. Se levantaron al punto y se encaminaron a casa de
Odiseo y llegados allí se sentaron en pulidos sillones.
Entonces Penélope decidió mostrarse ante los pretendientes, poseedores de orgullosa insolencia, pues
se había enterado de que pretendían matar a su hijo en palacio -se lo había dicho el heraldo Medonte,
que conocía su decisión. Se puso en camino hacia el mégaron junto con sus siervas y cuando hubo
llegado junto a los pretendientes, la divina entre las mujeres, se detuvo junto a una columna del bien
labrado techo, sosteniendo delante de sus mejillas un grueso velo. Censuró a Antínoo, le dijo su
palabra y le llamó por su nombre:
Comentario [SC231]: Antínoo es el
«Antínoo, insolente, malvado; dicen en Itaca que eres el mejor entre tus compañeros en pensamiento
y palabra, pero no eres tal. ¡Ambicioso!, por qué tramas la muerte y el destino para Telémacomás y insolente
únicono de los pretendientes y el
de quien se ofrecen detalles de su
prestas atención a los suplicantes, cuyo testigo es Zeus? No es justo tramar la muerte uno contravida
otro.
familiar. El favor que Odiseo hizo a su
padre creó un vínculo entre sus familias que
¿Es que no recuerdas cuando tu padre vino aquí huyendo por terror al pueblo, pues éste rebosaba hace
de ira
menos justificable todavía su
porque tu padre, siguiendo a unos piratas de Tafos, había causado daño a los tesprotos queinsolencia.
eran
nuestros aliados? Querían matarlo y romperle el corazón y comerse su mucha hacienda, pero Odiseo se
lo impidió y los contuvo, deseosos como estaban. Ahora tú te comes sin pagar la hacienda de Odiseo,
pretendes a su mujer y tratas de matar a su hijo, produciéndome un gran dolor. Te ordeno que pongas
fin a esto y se lo aconsejes a los demás.»
CANTO XVII
ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de los dedos de rosa, calzó Telémaco bajo sus
pies hermosas sandalias, el querido hijo del divino Odiseo, tomó la fuerte lanza que se adaptaba bien a
sus manos deseando marchar a la ciudad y dijo a su porquero:
«Abuelo, yo me voy a la ciudad para que me vea mi madre, pues no creo que abandone los tristes
lamentos y los sollozos acompañados de lágrimas, hasta que me vea en persona. Así que te voy a
encomendar esto: lleva a la ciudad a este desdichado forastero para que mendigue allí su pan -el que
quiera le dará un mendrugo y un vaso de vino-, pues yo no puedo hacerme cargo de todos los hombres,
afligido como estoy en mi corazón. Y si el forastero se encoleriza, peor para él, que a mí me place
decir verdad.»
Y contestándole dijo el astuto Odiseo:
«Amigo, tampoco yo quiero que me retengan. Para un pobre es mejor mendigar por la ciudad que
por los campos -y me dará el que quiera-, pues ya no soy de edad para quedarme en las majadas y
obedecer en todo a quien da las órdenes y los encargos. Conque, marcha, que a mí me llevará este
hombre, a quien has ordenado, una vez que me haya calentado al fuego y haya solana. Tengo unas
ropas que son terriblemente malas y temo que me haga daño la escarcha mañanera, pues decís que la
ciudad está lejos.»
Así dijo, y Telémaco cruzó la majada dando largas zancadas; iba sembrando la muerte para los
pretendientes.
Cuando llegó al palacio, agradable para vivir, dejó la lanza que llevaba junto a una elevada columna
y entró en el interior, traspasando el umbral de piedra.
La primera en verlo fue la nodriza Euriclea, que extendía cobertores sobre los bien trabajados
sillones y se dirigió llorando hacia él. A su alrededor se congregaron las demás siervas del sufridor
Odiseo y acariciándolo besaban su cabeza y hombros.
Salió del dormitorio la prudente Penélope, semejante a Artemis o a la dorada Afrodita, y echó
llorando sus brazos a su querido hijo, le besó la cabeza y los dos hermosos ojos y, entre lamentos,
decía aladas palabras:
«Has llegado, Telémaco, como dulce luz. Ya no creía que volvería a verte desde que marchaste en la
nave a Pilos, a ocultas y contra mi voluntad, en busca de noticias de tu padre. Vamos, cuéntame cómo
has conseguido verlo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre mía, no despiertes mi llanto ni conmuevas mi corazón dentro del pecho, ya que he escapado
de una muerte terrible. Conque, báñate, viste tu cuerpo con ropa limpia, sube al piso de arriba con tus
esclavas y promete a todos los dioses realizar hecatombes perfectas, por si Zeus quiere llevar a cabo
obras de represalia.
«Yo marcharé al ágora para invitar a un forastero que me ha acompañado cuando volvía de allí. Lo
he enviado por delante con mis divinos compañeros y he ordenado a Pireo que lo lleve a su casa y lo
agasaje gentilmente y honre hasta que yo llegue.»
Comentario
Así habló, y a Penélope se le quedaron sin alas las palabras. Así que se bañó, vistió su cuerpo con [SC232]: E.d. «se quedó
sin habla». Esta fórmula, que aparece sólo
ropa limpia y prometió a todos los dioses realizar hecatombes perfectas por si Zeus quería llevar a está modelada -y es negación-
en Odisea,
cabo obras de represalia. de «le dirigió aladas palabras», muy común
también en Ilíada. En ambos casos la idea
subyacente es que las palabras vuelan del
Entonces Telémaco atravesó el mégaron portando su lanza y le acompañaban dos veloces lebreles.
emisor al receptor. Cfr. También XIX.29,
Atenea derramó sobre él la gracia y todo el pueblo se admiraba al verlo marchar. XXI.386, XXII.398.
Y los arrogantes
pretendientes le rodearon diciéndole buenas palabras, pero en su interior meditaban secretas maldades.
Telémaco entonces evitó a la muchedumbre de éstos y fue a sentarse donde se sentaban Méntor, Antifo
y Haliterses, quienes desde el principio eran compañeros de su padre. Y éstos le preguntaban por todo.
Se les acercó Pireo, célebre por su lanza, llevando al forastero a través de la ciudad hasta la plaza.
Entonces Telémaco ya no estuvo mucho tiempo lejos de su huésped, sino que se puso a su lado. Y
Pireo le dirigió primero aladas palabras:
«Telémaco, envía pronto unas mujeres a mi casa para que te devuelva los regalos que te hizo
Menelao.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Pireo, en verdad no sabemos cómo resultará todo esto. Si los pretendientes me matan ocultamente
en palacio y se reparten todos los bienes de mi padre, prefiero que tú te quedes con los regalos y los
goces antes que alguno de ellos. Pero si consigo sembrar para éstos la muerte y Ker, llévalos alegre a
mi casa, que yo estaré alegre.»
Así diciendo condujo a casa a su asendereado huésped. Cuando llegaron al palacio agradable para
vivir, dejaron sus mantos sobre sillas y sillones y se bañaron en bien pulimentadas bañeras. Después
que las esclavas les hubieron bañado, ungido con aceite y puesto mantos de lana y túnicas, salieron de
las bañeras y fueron a sentarse en sillas. Y una esclava derramó sobre fuente de plata el aguamanos que
llevaba en hermosa jarra de oro para que se lavaran, y a su lado extendió una mesa pulimentada. Y la
venerable ama de llaves puso comida sobre ella y añadió abundantes piezas, favoreciéndolas entre los
que estaban presentes. Entonces la madre se sentó frente a él, junto a una columna del mégaron, se
reclinó en un asiento y revolvía entre sus manos suaves copos de lana. Y ellos echaron mano de los
alimentos que tenían delante.
Cuando habían arrojado de sí el deseo de comer y beber, comenzó a hablar entre ellos la prudente
Penélope:
«Telémaco, en verdad voy a subir al piso de arriba y acostarme en el lecho que tengo regado de
lágrimas desde que Odiseo partió a Ilión con los Atridas. Y es que no has sido capaz, antes de que los
arrogantes pretendientes llegaran a esta casa, de hablarme claramente del regreso de tu padre, si es que
has oído algo.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre, te voy a contar la verdad. Marchamos a Pilos junto a Néstor, pastor de su pueblo, quien me
recibió en su elevado palacio y me agasajó gentilmente, como un padre a su hijo recién llegado de
otras tierras después de largo tiempo. Así de amable me recibió junto con sus ilustres hijos. Me dijo
que no había oído nunca a ningún humano hablar sobre Odiseo, vivo o muerto, pero me envió junto al
Atrida Menelao, famoso por su lanza, con caballos y un carro bien ajustado. Allí vi a la argiva Helena,
por quien troyanos y argivos sufrieron mucho por voluntad de los dioses. Enseguida me preguntó
Menelao, de recia voz guerrera, qué necesidad me había llevado a la divina Lacedemonia y yo le conté
toda la verdad.
«Entonces, contestándome con su palabra, dijo: "¡Ay, ay! ¡Conque querían dormir en el lecho de un
hombre intrépido quienes son cobardes! Como una cierva acuesta a sus dos recién nacidos cervatillos
en la cueva de un fuerte león y mientras sale a pastar en los hermosos valles, aquél regresa a su guarida
y da vergonzosa muerte a ambos, así Odiseo dará vergonzosa muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y
Apolo, ojalá que siendo como cuando en la bien construida Lesbos se levantó para disputar y luchó
con Filomeleides, lo derribó violentamente y todos los aqueos se alegraron! Ojalá que con tal talante se
enfrentara Odiseo con los pretendientes: corto el destino de todos sería y amargas sus nupcias. En
cuanto a lo que me preguntas y suplicas, no querría apartarme de la verdad y engañarte. Conque no te
ocultaré ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el veraz anciano del mar. Este dijo que lo había visto
sufriendo fuertes dolores en el palacio de la ninfa Calipso, quien lo retenía por la fuerza, y que no
podía regresar a su tierra patria porque no tenía naves provistas de remos ni compañeros que le
acompañaran por el ancho lomo del mar. Así me dijo el Atrida Menelao, famoso por su lanza, y Comentario
luego [SC233]: Son las palabras
que pronuncia Menelao en IV.333-50 y
de acabar su relato regresamos. Los inmortales me concedieron un viento favorable y me escoltaron 556-60.
velozmente hasta mi patria.»
Así habló y conmovió el ánimo de Penélope.
Entonces Teoclímeno, semejante a los dioses, comenzó a hablar entre ellos:
«Esposa venerable de Odiseo Laertíada, en verdad él no sabe nada; escucha mi palabra, pues te voy a
profetizar con veracidad y no voy a ocultarte nada. ¡Sea testigo Zeus, antes que los demás dioses, y la
mesa de hospitalidad y el hogar del irreprochable Odiseo, al que he llegado, de que en verdad Odiseo
ya está en su tierra patria, sentado o caminando, sabedor de estas malas acciones y sembrando la
muerte para todos los pretendientes. Este es el augurio que yo observé, y me hice oír de Telémaco
mientras estaba en la nave de buenos bancos». Comentario [SC234]: Se refiere a
XV.525 y ss. No es cierto, sin embargo, que
Y le contestó la prudente Penélope: ésta fuera la interpretación que dio allí del
«Forastero, ¡ojalá se cumpliera esta tu palabra! Entonces conocerías mi amistad enseguida augurio.yLo que dijo allí Teoclímeno era
mucho más vago: «no hay una estirpe más
numerosos regalos de mí, hasta el punto de que cualquiera que contigo topara te llamaría dichoso.»regia que la vuestra en Itaca». ¿Olvido del
Así hablaban unos con otros. poeta o intento de Teoclímeno por
congraciarse con la reina? Sobre este des-
Los pretendientes, por su parte, se complacían arrojando discos y venablos ante el palacio de Odiseo,
concertante personaje, cfr. Introducción.
en el sólido pavimento donde acostumbraban, llenos de arrogancia. Pero cuando fue la hora de comer y
les llegaron de todas partes del campo los animales que les traían los de siempre, se dirigió a ellos
Medonte (éste era quien más les agradaba de los heraldos y solía acompañarlos al banquete):
«Mozos, una vez que todos habéis complacido vuestro ánimo con los juegos, dirigíos al palacio para
preparar el almuerzo, que no es cosa mala yantar a su tiempo.»
Así habló y ellos se pusieron en pie y marcharon obedeciendo su palabra. Cuando llegaron a la bien
edificada morada dejaron sus mantos en sillas y sillones y sacrificaron grandes ovejas y gordas cabras;
sacrificaron cebones y un toro del rebaño para preparar su almuerzo.
Entre tanto Odiseo y el divino porquero se disponían a marchar del campo a la ciudad y comenzó a
hablar el porquero, caudillo de hombres:
«Forastero, puesto que deseas marchar hoy mismo a la ciudad, como recomendó mi soberano (que
yo, desde luego, preferiría dejarte para vigilar la majada, pero tengo respeto por mi amo y temo que me
reprenda después y en verdad son duras las reprimendas de los amos), marchemos ya, pues el día está
avanzado y quizá sea peor esperar a la tarde.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien lo comprende. Conque marchemos y tú sé mi guía. Dame
un bastón -si es que tienes uno cortado- para que me apoye, pues decís que el camino es muy
resbaladizo.»
Así dijo y echó a sus hombros el sucio zurrón desgarrado por muchas partes, en el que había una
correa retorcida. Entonces Eumeo le dio el deseado bastón y se pusieron los dos en camino, quedando
perros y pastores para guardar la majada.
Eumeo condujo hacia la ciudad a su soberano, que se asemejaba a un miserable y viejo mendigo, que
se apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con vestidos que daban pena. Cuando en su marcha por el
empinado sendero se encontraban cerca de la ciudad y llegaron a una fuente labrada de hermosa co-
rriente, a donde iban por agua los ciudadanos (la habían construido Itaco, Nerito y Polictor en el centro
de un bosque de álamos negros que crecían con su agua; era completamente redonda y de lo alto de
una piedra caía agua fría, y encima de ella había un altar de las Ninfas, donde solían sacrificar todos
los ciudadanos), allí se topó con ellos Melantio, hijo de Dolio, que conducía las cabras, lasComentarioque [SC235]: Este Dolio es
distinto del esclavo del mismo nombre que
sobresalían entre todo el ganado, para festín de los pretendientes; y con él marchaban dos pastores.
está al servicio de Laertes en XXIV.220 y
ss. Y distinto también del esclavo de
Penélope que se cita en IV.737.
Cuando los vio 1es reprendió de palabra y llamándolos por su nombre les dijo algo atroz e
inconveniente que hizo saltar el corazón de Odiseo:
«Vaya, vaya, un desgraciado conduce a otro desgraciado; es claro que dios siempre lleva a la gente
hacia los de su calaña. ¿Adónde, miserable porquero, llevas a ese gorrón, a ese mendigo pegajoso, a
ese aguafiestas? Arrimará los hombros a muchas puertas para rascarse mientras pide mendrugos, que
no espadas ni calderos. Si me lo dieras a mí para vigilante de mi majada, para mozo de cuadra y para
llevar brezos a mis chivos, quizá bebiendo leche de cabra echaría gordos muslos. Pero ahora que ha
aprendido esas malas artes no querrá ponerse a trabajar, que preferirá mendigar por el pueblo y
alimentar su insaciable estómago. Conque te voy a decir algo que se va a cumplir: si se acerca a la casa
del divino Odiseo, sus tortillas van a romper muchas banquetas que lloverán sobre su cabeza desde las
manos de esos hombres, pues va a ser su blanco por la casa.»
Así habló, y al pasar a su lado, el insensato dio una patada a Odiseo en la cadera, aunque no
consiguió echarlo fuera del camino, sino que éste se mantuvo firme. Entonces Odiseo dudaba entre
arrancarle la vida saltando tras él con el palo o levantarle y tirarle de cabeza contra el suelo, pero se
aguantó- y se contuvo. El porquero, en cambio, se encaró con él y le reprendió, y levantando las manor
suplicó así:
«Ninfas de la fuente, hijas de Zeus, si alguna vez Odiseo quemó en vuestro honor muslos de corderos
o cabritos cubriéndolos con gorda grasa, cumplidme este deseo: que vuelva este hombre conducido por
un dios. Seguro que él acabaría con toda la insolencia que ahora pasea por la ciudad, mientras malos
pastores acaban con los ganados.»
Y le contestó Melantio, el cabrero:
«¡Ay, ay, qué cosa ha dicho este perro urdidor de intrigas! Me lo voy a llevar algún día lejos de Itaca
en negra nave de Buenos bancos para que me entreguen por él un buen precio, porque ¡ojalá Apolo, el
de arco de plaza, alcance hoy mismo a Telémaco dentro del palacio o sucumba a manos de los preten-
dientes, lo mismo que Odiseo ha perdido en tierras lejanas el día de su regreso!»
Así diciendo, los dejó caminando lentamente; en cambio, él se puso en camino y llegó enseguida a la
morada del rey. Entró y sentó entre los pretendientes, frente a Eurímaco, pues a éste era a quien más
estimaba. Pusieron junto a él una porción de carne los que servían y la venerable ama de llaves le llevó
pan y se lo dejó al lado para que lo comiera.
Odiseo y el divino porquero se detuvieron en su caminar; les llegaba el sonido de la sonora lira, pues
Femio se había puesto a cantar para ellos. Entonces Odiseo tomó de la mano al porquero y le dijo:
«Eumeo, a lo que parece ésta es la hermosa morada de Odiseo, pues se destaca tanto que se la puede
ver fácilmente entre otras muchas. Una estancia sigue a la otra, su patio está cercado con muro y
cornisa y sus puertas bien firmes son de doble hoja. Ningún hombre podría rendirla por la fuerza. Me
parece que muchos hombres se están banqueteando dentro, pues se levanta un olor a grasa y resuena la
lira, a la que los dioses han hecho compañera del banquete.»
Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:
«Con facilidad lo has percatado, que no eres sandio tampoco en lo demás. Pero, vamos, pensemos
cómo actuar. Entra tú primero en la agradable morada y mézclate con los pretendientes, que yo me
quedaré aquí; o, si quieres, quédate tú y entraré yo primero. Pero no te quedes parado mucho tiempo,
no sea que te vea alguien fuera y te tire algo o te eche. Esto es to que te aconsejo que consideres.»
Y le contestó luego el sufridor, el divino Odiseo:
«Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien comprende. Con que marcha tú primero y yo me quedaré
aquí, que ya sé lo que son golpes y pedradas. Mi ánimo es paciente, pues he sufrido muchos males en
el mar y la guerra; que venga esto después de aquello. Cuando tiene apetito, no es posible acallar al
maldito estómago que tantas desgracias suele acarrear a los hombres; por culpa suya incluso las bien
entabladas naves se preparan para surcar el estéril mar portando la desgracia a hombres enemigos.»
Así hablaban entre sí. Entonces un perro que estaba tumbado enderezó la cabeza y las orejas, el perro
Argos, a quien el sufridor Odiseo había criado, aunque no pudo disfrutar de él, pues antes se marchó a
la divina Ilión. Al principio le solían llevar los jóvenes a perseguir cabras montaraces, ciervos y lie-
bres, pero ahora yacía despreciado -una vez que se hubo ausentado Odiseo- entre el estiércol de mulos
y vacas que estaba amontonado ante la puerta a fin de que los siervos de Odiseo se lo llevaran para
abonar sus extensos campos. Allí estaba tumbado el perro Argos, lleno de pulgas. Cuando vio a Odiseo
cerca, entonces sí que movió la cola y dejó caer sus orejas, pero ya no podia acercarse a su amo.
Entonces Odiseo, que le vio desde lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara Eumeo y le
preguntó:
«Eumeo, es extraño que este perro esté tumbado entre el estiércol. Su cuerpo es hermoso, aunque
ignoro si, además de hermoso, era rápido en la carrera o, por el contrario, era como esos perros
falderos que crían los señores por lujo.»
Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:
«Este perro era de un hombre que ha muerto lejos de aquí. Si su cuerpo y obras fueron como cuando
lo dejó Odiseo al marchar a Troya, pronto lo admirarías al contemplar su rapidez y vigor, que nunca
salía huyendo de ninguna bestia en la profundidad del espeso bosque cuando la perseguía-pues tam-
bién era muy diestro en seguir el rastro. Pero ahora lo tiene vencido la desgracia, pues su amo ha
perecido lejos de su patria y las mujeres no se cuidan de él; que los siervos, cuando los amos ya no
mandan, no quieren hacer los trabajos que les corresponden, pues Zeus, que ve a lo ancho, quita a un
hombre la mitad de su valía cuando le alcanza el día de la esclavitud.»
Así diciendo entró en la morada, agradable para vivir, y se fue derecho por el mégaron en busca de
los ilustres pretendientes. Y a Argos le arrebató el destino de la negra muerte al ver a Odiseo después
de veinte años.
Telémaco, semejante a los dioses, fue el primero en ver al porquero avanzar por la casa y enseguida
le hizo señas invitándole a ponerse a su lado. Eumeo echó una ojeada, tomó una banqueta que estaba
cerca (donde se solía sentar el trinchante para repartir abundante carne entre los pretendientes cuando
se banqueteaban en el palacio) y llevándoselo lo puso junco a la mesa de Telémaco y se sentó.
Entonces el heraldo tomó una porción, sacó pan del canasto y se lo ofreció.
Enseguida, detrás de Eumeo, entró en el patio Odiseo semejante a un miserable y viejo mendigo que
se apoyaba en su bastón y cubría su cuerpo con ropas que daban pena, sentóse sobre el umbral de
madera de fresno dentro de las puertas y se apoyó en la jamba de madera de ciprés que un artesano
había pulimentado hábilmente y enderezado con la plomada. Telémaco llamó junto a sí al porquero y
le dijo mientras cogía un pan entero del hermoso canasto y cuanta carne le cupo en las manos:
«Lleva esto al forastero y ofréceselo, y aconséjale que vaya recorriendo todos los pretendientes y les
pida, que no es buena la vergüenza para el hombre necesitado.»
Así dijo; echó a andar el porquero cuando hubo oído su palabra y, poniéndose cerca, le dijo aladas
palabras:
«Forastero, Telémaco te entrega esto y te aconseja que vayas recorriendo todos los pretendientes y
les pidas, que dice que no es buena la vergüenza para un hombre necesitado.»
Y contestándole dijo el astuto Odiseo:
«Soberano Zeus, ¡que Telémaco sea próspero entre los hombres y obtenga todo cuanto anhela en su
corazón!»
Así dijo; tomólo en sus dos manos y lo puso a sus pies, sobre el sucio zurrón; y lo comió mientras
cantaba el aedo en el palacio.
Cuando lo había comido terminó el divino aedo y los pretendientes comenzaron a alborotar en el
palacio.
Entonces Atenea se puso cerca de Odiseo Laertíada y lo apremió a que recogiera mendrugos entre
los pretendientes y pudiera conocer quiénes eran rectos y quiénes injustos, aunque ni aun así iba a
librar a ninguno de la muerte. Así que se puso en marcha para mendigar de izquierda a derecha a cada
uno de ellos, extendiendo sus manos a todas partes como si fuera un mendigo de siempre. Los
pretendientes le daban compadecidos, se admiraban de él y se preguntaban unos a otros quién podría
ser y de dónde vendría. Entonces habló entre ellos Melantio, el cabrero:
«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, sobre este forastero, pues yo lo he visto ya antes. En
realidad lo ha traído aquí el porquero, aunque no sé de cierto de dónde se precia de ser su linaje.»
Así dijo, y Antínoo reprendió al porquero:
«Porquero ilustre, ¿por qué lo has traído a la ciudad? ¿Es que no tenemos suficientes vagabundos,
mendigos pegajosos, aguafiestas? ¿O es que te parecen pocos los que se reúnen aquí para comer la
hacienda de tu señor y has invitado también a éste?»
Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:
«Antínoo, con ser noble no dices palabras justas. Pues ¿quién sale a traer de fuera un forastero como
no sea uno de los servidores del pueblo, un adivino, un curador de enfermedades o un trabajador de la
madera, o incluso un aedo inspirado que complazca con sus cantos? Estos sí, éstos son los hombres a
quienes se invita a venir sobre la extensa tierra, pero nadie invitaría a un vagabundo a que le
importune.
«Y es que tú has sido siempre entre todos los pretendientes el más duro para con los siervos de
Odiseo, y en especial para conmigo. Ahora que a mí no me importa mientras me viva en el palacio la
prudente Penélope y Telémaco, semejante a los dioses.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Calla, no me contestes a éste con tantas palabras. Antínoo acostumbra a provocar continuamente
con palabras duras e incluso incita a los demás.»
Así dijo, y dirigió a Antínoo aladas palabras:
«Antínoo, en verdad tu cuidas de mí como un padre de su hijo al aconsejarme que arroje del palacio
al forastero con palabra tajante; que no cumpla dios esto. Toma algo y dáselo; no lo veo con malos
ojos, sino que te ordeno que lo hagas. Y no tengas temor por causa de mi madre ni de ninguno de los
siervos que hay en la casa del divino Odiseo. Aunque creo que es otro pensamiento el que albergas en
tu pecho, pues prefieres comer tú a destajo antes que dárselo a otro.»
Y Antínoo le contestó y dijo:
«¡Telémaco fanfarrón, incapaz de reprimir tu ira, qué cosa has dicho! Si todos los pretendientes le
dieran tanto como yo, su casa lo retendría durante tres meses lejos de aquí.»
Así dijo, y tomándolo de debajo de la mesa, le enseñó el escabel sobre el que apoyaba sus brillantes
pies mientras se daba al banquete. Pero todos los demás le dieron y llenaron su zurrón de pan y carne.
Iba ya Odiseo por el pavimento a probar los regalos de los aqueos, cuando se detuvo junto a Antínoo y
le dijo su palabra:
«Dame, amigo, que no me pareces el menos noble de los aqueos, sino el más excelente, pues te
asemejas a un rey. Por ello tienes que darme incluso más comida que los demás y yo diré tu nombre
por la infinita tierra. También yo habité en otro tiempo en casa rica y daba a menudo a un vagabundo
así, de cualquier ralea que fuera y cualquier cosa que llegara precisando. Tenía miles de esclavos y
otras muchas cosas con las que los hombres viven bien y se les llama ricos. Pero Zeus Cronida me
arruinó -pues debió de quererlo así enviándome con unos errantes piratas a Egipto, camino largo, para
que pereciera. Atraqué mis cuvadas naves en el río Egipto. Entonces ordené a mis leales compañeros
que se quedaran junto a ellas para vigilarlas y envié espías a puestos de observación con orden de que
regresaran, pero éstos, cediendo a su ambición, saquearon los hermosos campos de los egipcios, se
llevaron a las mujeres y tiernos niños y mataron a los hombres. Pronto llegó el griterío a la ciudad, así
que, al escucharlo, se presentaron al despuntar la aurora: llenóse la llanura toda de gente de a pie y a
caballo y del estruendo del bronce. Zeus, el que goza con el rayo, indujo a mis compañeros a huir
cobardemente y ninguno se atrevió a dar el pecho. Por todas partes nos rodeaba la destrucción. Allí
mataron con agudo bronce a muchos de mis compañeros y a otros se los llevaron vivos para forzarlos a
trabajar sus campos, pero a mí me llevaron a Chipre y me entregaron a un forastero que dio con
nosotros, a Dmator Jasida, quien gobernaba con fuerza en Chipre. Desde allí he llegado aquí después
de sufrir desgracias». Comentario [SC236]: La parte central
de este relato es repetición literal de la falsa
historia que contó a Eumeo en XIV.258 y
Y Antínoo le contestó y dijo: ss. El final es diferente: allí llega con unos
fenicios al país de los tesprotos.
«¿Qué dios nos ha traído aquí esta peste, esta ruina del banquete? Quédate ahí en medio, lejos de mi
mesa, no sea que tengas que volver enseguida al amargo Egipto y a Chipre, que eres un mendigo audaz
y desvergonzado. Te pones ante éstos, uno tras otro, y todos te dan atolondradamente, pues no tienen
moderación ni sienten compasión al regalar cosas ajenas que tienen en abundancia a su disposición.»
Y le contestó retirándose el astuto Odiseo:
«¡Ay, ay, que a tu gallardía no se añade también la cordura! En verdad, no darías ni siquiera sal de tu
propia hacienda a quien se te acercara si, estando en casa ajena, no has podido tomar un poco de pan
para darme, y eso que tienes en abundancia a tu disposición.»
Así habló; Antínoo se irritó más aún en su corazón y mirándole torvamente le dirigió aladas
palabras:
«Ahora es cuando creo que no vas a retirarte con bien atravesando el mégaron, ya que estás
injuriándome.»
Asi habló, y, tomando el escabel, se lo tiró al hombro derecho, acertándole en el extremo de la
espalda. Odiseo se mantuvo en pie, firme como una roca, y el golpe de Antínoo no le hizo perder pie,
pero movió la cabeza en silencio meditando secretos males.
Se retiró para sentarse en el umbral, dejó el bien lleno zurrón y comenzó a hablar a los pretendientes:
«Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina, para que os diga lo que mi ánimo me ordena dentro
del pecho. No es grande el dolor en las entrañas ni la pena cuando un hombre es golpeado luchando
por sus posesiones, sus toros o sus blancas ovejas. Pero Antínoo me ha golpeado por causa del
miserable estómago, el maldito estómago que proporciona males sin cuento a los hombres. Conque, si
en verdad existen dioses y Erinis de los mendigos, que el término de la muerte alcance a AntínooComentario
antes [SC237]: Cfr. nota 42.
de su matrimonio.»
Y Antínoo hijo de Eupites, le replicó:
«Siéntate a comer tranquilo, forastero, o lárgate a otra parte, no sea que los jóvenes te arrastren por el
palacio, por lo que dices, asiéndote del pie o del brazo y te llenen todo de arañazos.»
Asi habló, y todos ellos se indignaron sobremanera. Y uno de los jóvenes orgullosos decía así:
«Antínoo, cruel, no has hecho bien en golpear al pobre vagabundo, si es que existe un dios en el
cielo. Que los dioses andan recorriendo las ciudades bajo la forma de forasteros de otras tierras y con
otros mil aspectos, y vigilan la soberbia de los hombres o su rectitud.»
Así le dijeron los pretendientes, pero él no prestaba atención a sus palabras.
Telémaco hacía crecer en su corazón un gran dolor por su padre golpeado, pero no dejó caer a tierra
lágrima alguna de sus párpados, sino que movió la cabeza en silencio, meditando secretos males.
Cuando la prudente Penélope oyó que el forastero había sidó golpeado en el palacio dijo a sus
siervas:
«¡Ojalá Apolo, de ilustre arco, te alcance también a ti de esta forma!»
Y la despensera Eurínome dijo:
«¡Ojalá se diera cumplimiento a nuestras maldiciones! Ninguno de éstos llegaría vivo hasta la aurora
de hermoso trono.»
Y la prudente Penélope le dijo:
«Tata, todos son enemigos, pues maquinan maldades, pero Antínoo sobre todos se asemeja a una
negra Ker. Ese pobre forastero vaga por la casa pidiendo a los hombres, pues le obliga la pobreza;
todos han llenado su zurrón y le han dado, pero éste le ha alcanzado con un escabel en el hombro
derecho.»
Así hablaba ella con sus esclavas, sentada en el dormitorio, mientras comía el divino Odiseo.
Entonces llamó junto a sí al divino porquero y le dijo:
«Ve, divino Eumeo, y ordena al forastero que venga para saludarlo y preguntarle si ha oído hablar
sobre el sufridor Odiseo o lo ha visto con sus ojos pues parece un hombre muy asendereado. »
Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:
«Reina, ojalá se callaran los aqueos; este sí que hechizaría tu corazón con lo que cuenta. Yo lo he
tenido tres noches y tres días en mi cabaña (pues fue a mí a quien llegó primero después de huir de una
nave), pero todavía no ha terminado de contarme sus desgracias. Como cuando un hombre contempla
embelesado a un aedo que canta inspirado por los dioses y conoce versos deseables para los hombres
-y éstos desean escucharle sin cesar siempre que se pone a cantar-, así me ha hechizado éste sentado en
mi morada. Asegura que es huésped de Odiseo por parte de padre y que habitaba en Creta, donde está
el linaje de Minos. Ha llegado de allí sufriendo penalidades, después de mucho rodar, y afirma Comentario
haber [SC238]: En XIV.200 y
ss. no se dice exactamente que fuera del
oído sobre Odiseo vivo y cercano, en el rico pueblo de los tesprotos; y trae a casa numerosos tesoros.»
linaje de Minos. Odiseo se manifiesta hijo
Y le dijo la prudente Penélope: de Cástor Hilacida. En cambio, sí le cuenta
«Marcha, invítalo a venir aquí para que me lo cuente en persona. Que se diviertan éstos fuera odespués
es aquí
a Penélope (cfr. XIX.165 y ss.) que
descendiente de Minos y hermano de
en la casa, puesto que su ánimo está alegre: y es que sus bienes están intactos en su palacio; Idomeneo.
se los
comen los siervos, en cambio ellos vienen todos los días a nuestro palacio y, sacrificando toros y
ovejas y gordas cabras, se banquetean y beben el rojo vino sin mesura. Todo se está perdiendo, pues no
hay un hombre como Odiseo para apartar de su casa esta peste. Si Odiseo llegara a su sierra patria
haría pagar enseguida, junto con su hijo, las violencias de estos hombres.»
Así habló, y Telémaco lanzó un gran estornudo y toda la casa resonó espantosamente. Comentario Rióse [SC239]: En Homero, el
estornudo es considerado como un buen
Penélope y dirigió a Eumeo aladas palabras: augurio (cfr. también Aristófanes, Ranas,
«Marcha y haz venir frente a mí al forastero. ¿No ves que mi hijo ha estornudado ante mis palabras?
647), sin embargo en la época helenística
Por esto no puede dejar de cumplirse la muerte para todos los pretendientes; nadie podrá alejar deaparece
elloscomo
Menandro
un signo de mal agüero, cfr.
536.9, etc.
la muerte y las Keres. Voy a decirte otra cosa que has de poner en tu interior: si reconozco que todo lo
que dice es cierto, le vestiré de túnica y manto, hermosos vestidos.»
Así habló; marchó el porquero luego que hubo escuchado su palabra y, poniéndose cerca, le dijo
aladas palabras:
CANTO XVIII
LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO
En esto llegó un mendigo del pueblo que solía pedir por la ciudad de Itaca y sobresalía por su vientre
insaciable, por comer y beber sin parar. No tenía vigor ni fortaleza, pero su cuerpo era grande al
mirarlo. Su nombre era Arneo, que se lo puso su soberana madre el día de su nacimiento, pero Comentario
todos [SC240]: Este es uno de
los ejemplos más llamativos del epíteto fijo
los jóvenes le llamaban Iro, porque solía ir de correveidile cuando alguien se lo mandaba. Cuando
cuando está mal aplicado. Cfr. también
llegó, empezó a perseguir a Odiseo por su casa y le insultaba diciendo aladas palabras: XXI.6
«Viejo, sal del pórtico, no sea que te arrastre por el pie. ¿No has oído que todos me hacen guiños
Comentario [SC241]: Los
incitándome a que te arrastre? Yo, sin embargo, siento vergüenza. Conque levántate, no seapretendientes.
que
nuestra disputa llegue a las manos.» Comentario [SC242]: Iro es el
masculino de Iris, la mensajera de los
dioses en la Ilíada (en la Odisea es siempre
Y mirándole torvamente dijo el muy astuto Odiseo: Hermes).
«Desgraciado, ni te hago daño alguno ni te dirijo la palabra, y no siento envidia de que alguien te dé,
aunque recojas muchas cosas. Este umbral tiene cabida para los dos y no tienes por qué envidiar lo
ajeno. Me pareces un vagabundo como yo y son los dioses los que dan fortuna. Pero no me provoques
a luchar, no sea que me irrites y, con ser viejo, te empape de sangre el pecho y los labios. Así tendría
más tranquilidad para mañana, pues no creo que volvieras por segunda vez al palacio de Odiseo
Laertíada.»
Y el vagabundo Iro le contestó airado:
«¡Ay, ay, qué deprisa habla este gorrón que se parece a una vieja ennegrecida por el hollín! Y eso
que podría yo pensar en dañarle golpeándolo con las dos manos y arrancar todos los dientes de sus
mandíbulas, como los de un cerdo devorador de mieses, y tirarlos al suelo. Ponte el ceñidor para que
todos vean que luchamos; aunque ¿cómo podrías luchar con un hombre más joven?»
Así es como se iban encolerizando sobre el pulimentado pavimento, delante de las elevadas puertas.
La sagrada fuerza de Antínoo oyó a los dos y sonriendo dulcemente dijo a los pretendientes:
«Amigos, nunca hasta ahora nos había tocado en suerte una diversión como la que dios nos ha traído
a esta casa. El forastero e Iro están incitándose mutuamente a llegar a las manos. Así que
empujémosles enseguida.»
Así dijo y todos comenzaron a reírse; rodearon a los andrajosos mendigos y les dijo Antínoo, hijo de
Eupites:
« Escuchadme, ilustres pretendientes, mientras os hablo. Hay en el fuego unos vientres de cabra,
éstos que hemos dejado para la cena llenándolos de grasa y de sangre. El que venza de los dos y resulte
más fuerte podrá levantarse él mismo y coger el que quiera. Además, podrá participar siempre de
nuestro banquete y no permitiremos que ningún otro mendigo se nos acerque a pedir.»
Así dijo Antínoo y les agradó su palabra. Entonces el astuto Odiseo les dijo con intenciones
engañosas:
«Amigos, no es posible que un viejo luche con un hombre más joven, sobre todo si está abrumado
por el infortunio, pero el perverso vientre me empuja a que sucumba ante sus golpes. Conque, vamos,
juradme todos con firme juramento que nadie prestará ayuda a Iro y me golpeará con mano pesada
injustamente, haciéndome sucumbir ante éste por la fuerza.»
Así dijo, y todos juraron como les había pedido. Así que cuando habían completado su juramento
dijo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:
«Forastero, si tu corazón y tu valeroso ánimo te empujan a defenderte de éste, no temas a ninguno de
los aqueos, pues tendrá que luchar contra muchos más quien te mate. Yo soy quien te hospeda y los
dos reyes Antínoo y Eurímaco, ambos discretos, aprueban mis palabras.»
Así dijo, y todos asintieron. Así que Odiseo ciñó sus miembros con los andrajos y dejó al descubierto
unos muslos grandes y hermosos y al descubierto quedaron sus anchos hombros, su torso y sus
pesados brazos.
Entonces Atenea se puso a su lado y fortaleció los miembros del pastor de su pueblo. Todos los
pretendientes se asombraron muy mucho y uno decía así al que tenía al lado:
«Pronto este Iro va a dejar de ser Iro y tener la desgracia que se ha buscado; ¡menudos muslos deja
ver el viejo a través de sus andrajos!»
Así decían, y el corazón le dio un vuelco a Iro de mala manera. Pero aun así los escuderos le ciñeron
y arrastraron a la fuerza atemorizado. Y sus carnes le temblaban en todo el cuerpo. Entonces Antínoo
le dijo su palabra y le llamó por su nombre:
«¡Ojalá no existieras, fanfarrón, ni hubieras nacido si tanto tiemblas y temes a éste, a un viejo
abrumado por el infortunio que le ha alcanzado! Pero te voy a decir algo que se va a cumplir: Si éste te
Comentario
vence y resulta más fuerte, te meteré en negra nave y te enviaré al continente, al rey Equeto, azote de [SC243]: Solo aparece en
Odisea (cfr. también 116 y XXI.308).
todos los mortales, para que te corte la nariz y las orejas con cruel bronce y arrancando tus miembros
Parece un nombre parlante, «el que
se los arroje a los perros para que se los coman crudos.» retiene», y bien podría ser una especie de
«coco» para personas mayores de carácter
simplón.
Así dijo, el temblor se apoderó todavía más de sus miembros y lo arrastraron hacia el medio. Y los
dos extendieron sus brazos.
Entonces, el sufridor, el divino Odiseo, dudó entre derribarlo de forma que su alma le abandonara al
caer o derribarlo suavemente y extenderlo en el suelo. Y mientras así dudaba le pareció más ventajoso
derribarlo suavemente para que los aqueos no sospecharan nada. Así que levantando ambos los brazos,
Iro golpeó a Odiseo en el hombro derecho y Odiseo golpeó el cuello de Iro bajo la oreja y rompió por
dentro sus huesos. Al punto bajó por su boca la negra sangre y cayó al suelo gritando. Pateaba contra
el suelo y hacía rechinar sus dientes, y los ilustres pretendientes levantaron sus manos y se morían de
risa. Entonces Odiseo le asió por el pie y lo arrastró a lo largo del pórtico hasta llegar al patio y las
puertas de la galería. Lo dejó sentado contra la cerca del patio, le puso el bastón entre las manos y le
dirigió aladas palabras:
«Quédate ahí sentado para espantar a cerdos y perros, y no pretendas ser jefe de forasteros y
mendigos, miserable como eres, no sea que te busques un mal todavía mayor.»
Así diciendo echó a sus hombros el sucio zurrón rasgado por muchas partes, en el que había una
correa retorcida, volvió al umbral y se sentó. Los pretendientes entraron riéndose suavemente y le
felicitaban con sus palabras, y uno de los jóvenes arrogantes decía así:
«Forastero, que Zeus y los demás dioses inmortales te concedan lo que más desees y sea caro a tu
corazón, pues has hecho que este insaciable deje de vagabundear por el pueblo. Pronto lo llevaremos al
continente, al rey Equeto, azote de todos los mortales.»
Así decían y el divino Odiseo se alegró con el presagio. Entonces Antínoo le puso al lado unComentario
gran [SC244]: También se
considera buen presagio una frase
vientre lleno de grasa y sangre. También Anfínomo puso a su lado dos panes que tomó de la cesta, le
inesperada y dicha al azar, cfr. también
ofreció vino en copa de oro y dijo: XX.112 y ss.
«Salud, padre forastero; que seas rico y feliz en el futuro, pues ahora estás envuelto en numerosas
desgracias.»
Así diciendo, abandonó el brillante piso de arriba, pero no sola, que la acompañaban dos siervas.
Cuando llegó juntó a los pretendientes la divina entre las mujeres se detuvo junto a una columna del
ricamente labrado techo, sosteniendo ante sus mejillas un grueso velo. Y una diligente sierva se colocó
a cada lado. Las rodillas de los pretendientes se debilitaron allí mismo -pues había hechizado su
corazón con el deseo--- y todos desearon acostarse junto a ella en la cama.
Entonces se dirigió a Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, ya no tienes voluntad ni juicio firmes. Cuando eras niño regías tus intereses aún mejor
que ahora; en cambio, ahora que eres grande y has alcanzado la medida de la juventud -y eso que
cualquiera pensaría que eres hijo de un hombre rico mirando tu talla y hermosura, un ser de otro sitio-,
y no tienes voluntad ni juicio como es debido. ¡Qué acción es esta que se ha producido en el palacio...!,
y tú que has permitido que se ultrajara a este forastero... ¿Qué pasaría si un huésped alojado en nuestro
palacio recibiera este doloroso trato? Seguro que la vergüenza y el escarnio de las gentes serían para
ti.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Madre mía, no me voy a indignar porque te irrites conmigo, que pienso en mi interior y sé muy bien
cada cosa, lo bueno y lo malo, aunque hasta ahora he sido todavía un niño. Pero no puedo pensar en
todo con discreción, pues me asustan éstos que se sientan a mi lado maquinando maldades y yo no
tengo quien me ayude. El altercado entre el forastero e Iro se ha producido no por voluntad de los
pretendientes, sino porque aquél era más vigoroso.
«¡Ojalá -por Zeus padre, Atenea y Apolo- que los pretendientes inclinaran su cabeza vencidos, en el
patio los unos, dentro de la casa los otros, y se les aflojaran los miembros de la misma forma que el
desdichado Iro está ahora sentado con la cabeza gacha, semejante a un borracho, sin poder tenerse en
pie ni volver a casa, pues sus miembros están flojos.»
Así se decían uno a otro. Y Eurímaco se dirigió a Penélope con palabras:
« Hija de Icario, prudente Penélope, si te contemplaran todos los aqueos de Argos de Yaso, serían Comentario [SC246]: Yaso, hijo de
muchos más los pretendientes que se banquetearan desde el amanecer en vuestro palacio,Triopas, puessePelasgo
hermanos
repartió el Peloponeso con sus
y Agenor. A él le tocó
sobresales entre las mujeres por tu forma y talla y por el juicio que tienes dentro bien equilibrado.»
toda la parte occidental que incluía la Elide,
a la cual, sin duda, se refiere Eurímaco.
Y le contestó luego la prudente Penélope:
«Eurímaco, en verdad han destruido los inmortales mis cualidades -forma y cuerpo-, el día en que los
aqueos se embarcaron para Ilión, y con ellos estaba mi esposo Odiseo. Si al menos viniera él y cuidara
mi vida, mayor sería mi gloria y yo más bella, pero estoy afligida, pues son tantos los males que la
divinidad ha agitado contra mí. Cuando marchó Odiseo abandonando su tierra patria, me tomó de la
mano derecha por la muñeca y me dijo: "Mujer, no creo que vuelvan incólumes de Troya todos los
aqueos de buenas grebas, que dicen que los troyanos son buenos luchadores, tanto lanzando el venablo
como las flechas o montando en veloces caballos, los cuales pueden decidir rápidamente una gran
contienda cuando está equilibrada. Por esto, no sé si va a librarme dios o perecerá en la misma Troya.
Cuida tú aquí de todo; presta atención a mis padres en el palacio como ahora, o todavía más, cuando
yo esté lejos. Cuando veas que mi hijo ya tiene barba, cásate con quien desees y abandona tu casa." Así
dijo aquél y todo se está cumpliendo. Llegará la noche en que el odioso matrimonio salga al encuentro
de esta desgraciada a quien Zeus ha quitado la felicidad. Pero me ha llegado al corazón esta terrible
aflicción: no suele ser así -al menos antes no lo era- el comportamiento de los pretendientes que
quieren cortejar a una mujer noble, hija de un hombre rico, rivalizando entre sí; suelen llevar vacas y
rico ganado para festín de los amigos de la novia y entregar a ésta brillantes presentes, pero no comerse
sin pagar una hacienda ajena.»
Así habló, y se llenó de alegría el sufridor, el divino Odiseo porque trataba de arrancar regalos y
hechizar sus corazones con blandas palabras, mientras su mente revolvía otras intenciones.
CANTO XIX
LA ESCLAVA EURICLEA RECONOCE A ODISEO
En cambio, el divino Odiseo se quedó en el palacio ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte
contra los pretendientes, y de súbito dijo a Telémaco aladas palabras:
«Telémaco, es preciso que lleves adentro todas las armas y que, cuando los pretendientes las echen
de menos y pregunten, los engañes con estas suaves palabras: "Las he retirado del fuego, pues ya no se
parecen a las que dejó Odiseo cuando marchó a Troya, que están ennegrecidas hasta donde les ha
alcanzado el aliento del fuego. Además, un demón ha puesto en mi interior una razón más poderosa:
no sea que os llenéis de vino y, levantando disputa entre vosotros, lleguéis a heriros unos a otros y a
llenar de vergüenza el convite y vuestras pretensiones de matrimonio; que el hierro por sí solo arrastra
al hombre"».
Así dijo; Telémaco obedeció a su padre, y llamando a su nodriza Euriclea le dijo:
«Tata, reténme a las mujeres dentro de las habitaciones del palacio mientras transporto a la despensa
las magníficas armas de mi padre a las que el humo ennegrece, pues están descuidadas por la casa
mientras mi padre está ausente; que yo era hasta hoy un niño pequeño, pero ahora quiero transportarlas
para que no les llegue el aliento del fuego.»
Y le respondió su nodriza Euriclea:
« Hijo, ¡ojalá hubieras adquirido ya prudencia para cuidarte de la casa y guardar todas tus
posesiones! Pero ¿quién portará entonces la luz a tu lado?, pues no dejas salir a las esclavas; quienes
podrían alumbrarte.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«El forastero, éste, pues no permitiré que esté ocioso el que toca mi vasija, aunque haya venido de
lejos.»
Así dijo, y a ella se le quedaron sin alas las palabras. Así que cerró las puertas de las habitaciones,
agradables para vivir.
Entonces se apresuraron Odiseo y su resplandeciente hijo a llevar adentro los cascos y los abollados
escudos y las agudas lanzas, y por delante Palas Atenea hacía una luz hermosísima con una lámpara. Comentario
Y [SC248]: Esta frase es
repetición de vv. 1-3 y pone de manifiesto
Telémaco dijo de pronto a su padre: la técnica arcaica de la composición en
«Padre, es una gran maravilla esto que veo con mis ojos: las paredes del palacio y los hermosos anillo (Rimgkompasition), en virtud de la
intercolumnios y las vigas de abeto y las columnas que las soportan arriba se muestran a miscual, dentro de una narración más amplia,
se ojos
destaca una unidad cerrada por dos frases
como si fueran de fuego encendido. Seguro que algún dios de los que poseen el ancho cieloiguales estáo similares. Aquí es el plan de
Matanza lo que queda destacado. Cfr. en
dentro.» este mismo canto los vv. 393-466 (herida de
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo: Odiseo) y en XXI.13-38 (historia del arco).
Cfr. J. Gaisser, «A Structural analysis of the
«Calla y reténlo en tu pensamiento, y no preguntes; ésta es la manera de obrar de los dioses que in the Iliad and the Odyssey»,
Digressions
poseen el Olimpo. Pero acuéstate, que yo me quedaré aquí para provocar todavía más a las esclavas y a Stud. in Class. Phil., 73, 1969,
Harvard
1-43.
tu madre; ella me preguntará sobre cada cosa entre lamentos.»
Así dijo, y Telémaco, iluminado por las brillantes antorchas, se puso en camino a través del palacio
hacia el dormitorio donde solía acostarse cuando le llegaba el dulce sueño. También entonces se acostó
allí y aguardaba a Eos divina. En cambio el divino Odiseo se quedó en el mégaron ideando, con la
ayuda de Atenea, la muerte contra los pretendientes.
Entonces salió de su dormitorio la prudente Penélope semejante a Artemis o a la dorada Afrodita. Le
habían colocado junto al hogar el sillón bien labrado con marfil y plata donde solía sentarse. Lo había
fabricado en otro tiempo el artífice Icmalio y, unido a él, había puesto para los pies un escabel sobre el
que se echaba una gran piel. Allí se sentó la discreta Penélope y llegaron del mégaron las esclavas de
blancos brazos; retiraron el abundance pan y las mesas y copas donde bebían los arrogantes varones, y
arrojaron al suelo el fuego de las parriIlas amontonando sobre él mucha leña para que hubiera luz y
para calentar. Entonces Melanto reprendió a Odiseo por segunda vez:
«Forastero, ¿es que incluso ahora, por la noche, vas a importunar dando vueltas por la casa y espiar a
las mujeres? Vete afuera, desdichado, y contente con la comida, o vas a salir afuera enseguida, aunque
sea alcanzado por un tizón.»
Y mirándola torvamente le dijo el muy astuto Odiseo:
«Desdichada, ¿por qué te diriges contra mí con ánimo irritado? ¿Acaso porque voy sucio y visto mi
cuerpo con ropa miserable y pido limosna por el pueblo? La necesidad me empuja; así son los
mendigos y los vagabundos. También yo en otro tiempo habitaba feliz mi próspera casa entre los
hombres y muchas veces daba a un vagabundo, de cualquier ralea que fuese, cualquier cosa que
precisara al llegar. Y eso que tenía innumerables esclavos y muchas otras cosas con las que la gente
vive bien y se la llama rica. Pero Zeus Cronida me las arrebató, pues así lo quiso. Por esto, ¿cuidado,
mujer!, no sea que algún día también tú pierdas toda la hermosura por la que ahora, desde luego,
brillas entre las esclavas: no vaya a ser que tu señora se irrite y enfurezca contigo, o llegue Odiseo,
pues aún hay una parte de esperanza. Y si éste ha perecido y no es posible que regrese, sin embargo ya
tiene, por voluntad de Apolo, un hijo como Telémaco a quien ninguna de las mujeres del palacio Comentario
le [SC249]: Las referencias a
Apolo, tanto aquí como en XXL269 y
pasa inadvertida si es insensata, pues ya no es tan joven.» XXIL7, etc., no sugieren un cambio en el
dios que protege a la familia de Odiseo ni
implican dobletes estructurales en la
Así dijo: le escuchó la prudence Penélope y respondió a la esclava, le habló y la llamó por su de la obra. Atenea sigue
composición
nombre: siendo su máxima protectora, como se ve en
los cantos XXIII y XXIV passim.
«¡Atrevida, perra desvergonzada!, no se me oculta que cometes una mala acción que pagarás con tu
cabeza. Sabías -pues me lo has oído a mí misma- que iba a preguntar al forastero en mis habitaciones
acerca de mi esposo, pues estoy afligida intensamente.»
Así dijo, y luego se dirigió a la despensera Eurínome:
«Eurínome, trae ya una silla y sobre ella una piel para que se siente y diga su palabra el forastero y
escuche la mía. Quiero interrogarle.»
Así dijo; ésta llevó enseguida una pulimentada silla y sobre ella extendió una piel donde se sentó
después el sufridor, el divino Odiseo. Y entre ellos comenzó a hablar la prudente Penélope:
«Forastero, esto es lo primero que quiero preguntarte: ¿quién de los hombres eres y de dónde?
¿Donde están tu ciudad y tus padres?
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer, ninguno de los mortales sobre la inmensa tierra podría censurarte, pues en verdad tu gloria
llega al ancho cielo como la de un irreprochable rey que, reinando con terror a los dioses sobre muchos
y valerosos hombres, sustenta la justicia y produce la negra tierra trigo y cebada y se inclinan los
árboles por el fruto, y las ovejas paren robustas y el mar proporciona peces por su buen gobierno, y el
pueblo es próspero bajo su cetro. Con todo, hazme cualquier otra pregunta en tu casa, pero no Comentario
me [SC250]: Este célebre
pasaje está, como señala M. I. Finley (ob.
preguntes por mi linaje y tierra patria, no sea que cargues más mi espíritu de penas con el recuerdo. En
cit., págs. 117-8) fuertemente moralizado y
verdad soy muy desgraciado, pero no está bien sentarse en casa ajena a gemir y lamentarse -que suponees una relación entre justicia y
cosa mala sufrir siempre sin descanso-, no sea que alguna de las esclavas se enoje contra mífecundidad
-o tú natural que está más en
consonancia con el mundo de Hesiodo. Cfr.
misma- y diga que derramo lágrimas por tener la mente pesada por el vino.» Hesiodo, Trabajos, 230 y ss., y Platón,
República, 3636 y ss., que, por cierto, lo
refieren al hombre justo en general.
Y le respondió la prudente Penélope:
«Forastero, en verdad los inmortales destruyeron mis cualidades -figura y cuerpo- el día en que los
argivos se embarcaron para Ilión y entre ellos estaba mi esposo, Odiseo. Si al menos volviera él y
cuidara de mi vida, mayor sería mi gloria y yo más bella. Pero ahora estoy afligida, pues son tantos los
males que la divinidad ha agitado contra mí; pues cuantos nobles dominan sobre las islas, en Duliquio
y Same, y la boscosa Zante, y los que habitan en la misma Itaca, hermosa al atardecer, me pretenden
contra mi voluntad y arruinan mi casa. Por esto no me cuido de los huéspedes ni de los suplicantes y
tampoco de los heraldos, los ministros públicos, sino que en la nostalgia de Odiseo se consume mi
corazón. Éstos tratan de apresurar la boda, pero yo tramo engaños. Un dios me inspiró al principio que
me pusiera a tejer un velo, una tela sutil e inacabable, y entonces les dije: "Jóvenes pretendientes míos,
puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad mi boda hasta que acabe un velo -no sea que se me
destruyan inútiles los hilos-, un sudario para el héroe Laertes, para cuando le alcance el destino fatal de
la muerte de largos lamentos; no vaya a ser que alguna entre el pueblo de las aqueas se irrite contra mí
si es enterrado sin sudario el que tanto poseyó." Así les dije, y su ánimo generoso se dejó persuadir.
Entonces hilaba sin parar durance el día la gran tela y la deshacía durante la noche, poniendo antorchas
a mi lado. Así engañé y persuadí a los aqueos durante tres años, pero cuando llegó el cuarto y se su-
cedieron las estaciones en el transcurrir de los meses -y pasaron muchos días-, por fin me
sorprendieron por culpa de mis esclavas -¡perras, que no se cuidan de mi!- y me reprendieron con sus
palabras. Así que tuve que terminar el velo y no voluntariamente, sino por la fuerza. Comentario [SC251]: Este largo
discurso de Penélope es un cosido de
XVIII.251-6, 1.245-8 y 11.94-110
«Ahora no puedo evitar la boda ni encuentro ya otro ardid. Mis padres me impulsan a casarme y mi
hijo se indigna cuando devoran nuestra riqueza, pues se da cuenta, que ya es un hombre muy capaz de
guardar su casa y Zeus le da gloria. Pero, con todo, dime tu linaje y de dónde eres, pues seguro que no
has nacido de una encina de antigua historia ni de un peñasco.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Venerable mujer de Odiseo Laertíada, ¿no vas a dejar de preguntarme sobre mi linaje? Te lo voy a
contar aunque me vas a hacer un regalo de penas todavía más numerosas que las que me cercan -pues
ésta es la costumbre cuando un hombre está ausente de su patria durante tanto tiempo como yo, errante
por muchas ciudades de mortales soportando males, pero aun así te voy a contestar a lo que me
preguntas e inquieres. Creta es una tierra en medio del ponto, rojo como el vino, hermosa y fértil,
rodeada de mar. En ella hay numerosos hombres, innumerables, y noventa ciudades en las que se
mezclan unas y otras lenguas. En ellas están los aqueos y los magnánimos eteocretenses, en ellas los
Comentario [SC252]: Homero
cidones y los dorios divididos en tres tribus, y los divinos pelasgos. Entre estas ciudades está Cnossós,
demuestra conocer con detalle la geografía
una gran urbe donde reinó durante nueve años Minos, confidente del gran Zeus, padre de mi padre el(cfr. también III.292 y ss.). Lo que
de Creta
magnánimo Deucalión. Éste nos engendró a mí y al soberano Idomeneo, quien, juntamente con aquí los
afirma sobre los dorios es,
Atridas, marchó a Ilión en las corvas naves. Mi ilustre nombre es Etón y soy el más joven, quenaturalmente,
laél
un anacronismo y responde a
es contemporánea
realidad del poeta. De
mayor y más valiente. Allí fue donde vi a Odiseo y le di los dones de hospitalidad, pues lo todos había los pueblos que cita eran autóctonos
los eteocretenses los pelasgos y los cidones
llevado a Creta la fuerza del viento cuando se dirigía hacia Troya, después de apartarlo de las Mareas.
que, según Estrabón (10.4.6), habitaban al
Había atracado en Amniso, cerca de donde está la gruta de Ilitia, en un puerto difícil, escapando norte deala isla, en la actual Chania.
duras penas a las tormentas. Enseguida subió a la ciudad y preguntó por Idomeneo, pues decía que era
Comentario [SC253]: Puerto de
Cnossós en época minoica, junto a la
su huésped querido y respetado. Era la décima o la undécima aurora desde que había partido con sus
desembocadura del río del mismo nombre.
cóncavas naves hacia Ilión. Yo lo llevé a palacio y le procuré digna hospitalidad; le honré gentilmente
Se han hallado restos del culto a una diosa
(luego Ititia) desde él Neolítico hasta el
con la abundancia de cosas que había en la casa y tanto a él como a sus compañeros les di harina a
siglo V d.c.
expensas del pueblo y rojo vino que reuní, y bueyes para sacrificar, a fin de que saciaran su apetito.
Comentario [SC254]: Diosa que
preside los nacimientos y ayuda a las
«Allí permanecieron doce días los divinos aqueos, pues soplaba Bóreas, el viento impetuoso,parturientas.
y no Es hija de Zeus y Hera y nació
junto con Hebe y Ares, cfr. Hesiodo,
dejaba estar de pie sobre el suelo -algún funesto demón lo había levantado-, pero al decimotercero
Teogonía, 922.
cayó el viento y se dieron a la mar.» Comentario [SC255]: Los dones de
Amañaba muchas mentiras al hablar, semejantes a verdades, y mientras ella le oía le corrían las a veces se presentan como
hospitalidad
prestaciones obligatorias por parte del
lágrimas y se le consumía el cuerpo. Lo mismo que en las altas montañas se derrite la nieve a la que
pueblo, o la aristocracia, a la casa real, cfr.
funde Euro después que Céfiro la hace caer -y cuando está fundida los ríos aumentan su curso-, también
así seXIII.13-5.
fundían sus hermosas mejillas vertiendo lágrimas por su marido, que estaba a su lado.
Odiseo sentía piedad por su mujer cuando sollozaba, pero los ojos se le mantuvieron firmes como
si fueran de cuerno o hierro, inmóviles en los párpados. Y ocultaba sus lágrimas con engaño. De nuevo
le contestó con palabras y dijo:
«Forastero, ahora quiero probar si de verdad albergaste en tu palacio a mi esposo, como afirmas,
junto con sus compañeros, semejantes a los dioses. Dime cómo eran los vestidos que cubrían su cuerpo
y cómo era él mismo, y háblame de sus compañeros, los que le seguían.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer, es difícil decirlo después de tan larga separación, pues ya hace veinte años que marchó de
allí y dejó mi patria, pero aun así te lo diré como mi corazón me lo pinta. El divino Odiseo tenía un
manto purpúreo de lana, manto doble que sujetaba un broche de oro con agujeros dobles y estaba
bordado por delante: un perro sujetaba entre las patas delanteras a un cervatillo moteado y lo miraba
fijamente forcejear. Y esto es lo que asombraba a todos, que, siendo de oro, el uno miraba al cervatillo
mientras lo ahogaba y el otro, deseando escapar, forcejeaba con los pies. También vi alrededor de su
cuerpo una túnica resplandeciente y como binza de cebolla seca; ¡tan suave era y brillante como el sol!
Muchas mujeres la contemplaban con admiración. Pero te voy a decir una cosa que has de poner en tu
interior: no sé si Odiseo rodeaba su cuerpo con ellas ya en casa o se las dio, al marchar sobre la veloz
nave, alguno de sus compañeros o tal vez incluso algún huésped (ya que Odiseo era amigo para
muchos), pues pocos entre los aqueos eran semejantes a él.
«También yo le di una broncínea espada y un manto doble, hermoso, purpúreo, y una túnica orlada,
y lo despedí respetuosamente sobre su nave de sólidos bancos. Le acompañaba un heraldo un poco
mayor que él, de quien también te voy a decir cómo era exactamente: caído de hombros, negra la tez,
rizado el cabello y de nombre Euribates. Odiseo le honraba por encima de sus otros compañeros
porque le concebía pensamientos ajustados.»
Así dijo, y a ella se le levantó aún más el deseo de llorar al reconocer las señales que le había dicho
Odiseo con exactitud. Y luego que se hubo saciado del gemido de abundantes lágrimas le respondió
con palabras y dijo:
«Forastero, aunque ya antes eras digno de compasión, ahora vas a ser querido y respetado en mi
palacio, pues yo misma le di esas vestiduras que dices -las traje dobladas de la despensa y les puse un
broche resplandeciente para que fuera un adorno para él; pero ya no lo recibiré nunca de vuelta en
casa, pues con funesto destino marchó Odiseo en cóncava nave para ver la maldita Ilión, que no Comentario
hay [SC256]: Gr. Kakoílion.
Este compuesto, de valor apotropaico,
que nombrar.» vuelve a aparecer en 597 y XXIII.19 dentro
de la misma fórmula.
Y la respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer venerada de Odiseo Laertíada, ya no desfigures más tu hermoso cuerpo ni consumas tu
espíritu lamentando a tu esposo. Aunque en nada te he de reprender, pues cualquier mujer se lamenta
de haber perdido a su legítimo esposo con quien ha engendrado hijos uniéndose en amor, aunque sea
distinto de Odiseo, de quien dicen que era semejante a los dioses. Pero deja de gemir y atiende a mi
palabra, pues te voy a hablar sinceramente y no lo voy a ocultar que ya he oído acerca del regreso de
Odiseo, que está cerca y vivo en el rico pueblo de los tesprotos. También trae muchos y maravillosos
bienes que ha mendigado por el pueblo, pero ha perdido a sus leales compañeros y la cóncava nave en
el ponto, rojo como el vino, cuando venía de la isla de Trinaquía, pues estaban airados contra él Zeus y
Helios, porque sus compañeros había matado las vacas de éste. Así que todos ellos perecieron en el
alborotado ponto, pero a él lo empujó el oleaje sobre la quilla de su nave hacia tierra firme, hacia la
tierra de los feacios, que han nacido cercanos a los dioses. Éstos le honraron de corazón como a un
dios y le dieron muchas cosas, y querían llevarlo ellos mismos a su patria sano y salvo. Podría estar
aquí Odiseo hace mucho tiempo, pero a su ánimo le pareció más ventajoso marchar por tierra para
reunir mucha riqueza. Así es como sobresale Odiseo por su mucha astucia entre los mortales hombres
y ningún otro mortal podría rivalizar con él. Así me lo decía Fidón, el rey de los tesprotos, y juró
delante de mí mientras hacía libación en su casa, que había echado su nave al mar y estaban dispuestos
los compañeros que iban a llevarlo a su tierra patria, pero a mí me envió antes, pues marchaba
casualmente una nave de Tesprotos a Duliquio, rica en trigo. Y me mostró cuantas riquezas había
reunido Odiseo; podrían alimentar a otro hombre hasta la décima generación: ¡tantos tesoros tenía
depositados en el palacio del rey! También me dijo que Odiseo había marchado a Dodona para
escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde la divina encina de elevada copa, para enterarse si
debía volver a las claras u ocultamente a su tierra patria, después de tantos años de ausencia. Así pues,
él está a salvo y vendrá muy pronto, no permaneciendo ya largo tiempo lejos de los suyos y de su tierra
patria.
«Sin embargo, te haré un juramento: sea testigo Zeus antes que nadie, el más excelso y poderoso
de los dioses, y el Hogar del irreprochable Odiseo, al que he llegado, que todo esto se cumplirá como
yo digo; durante este mismo año vendrá Odiseo, cuando se haya acabado este mes y comenzado el si-
guiente.»
Y se dirigió a él la prudente Penélope:
«Forastero, ¡ojalá llegara a cumplirse esa palabra! Rápidamente conocerías mi amistad y muchos
regalos de mi parte, hasta el punto de que cualquiera que contigo topara te llamaría dichoso. Pero mis
presentimientos son -y así sucederá precisamente- que ni Odiseo volverá ya a casa ni tú lograrás con-
seguir una escolta, puesto que no hay en la casa jefes como era Odiseo entre los hombres -si es que
alguna vez existió-para dar escolta y recibir a sus venerables huéspedes. Vamos, siervas, lavadlo y
ponedle un lecho, mantas y sábanas resplandecientes, y así, bien caliente, le llegue Eos de trono de oro.
Al amanecer lavadle y ungidle y que se ocupe de comer sentado en la sala junto a Telémaco. Será
doloroso para aquel de los pretendientes que, por envidia, llegara a molestarlo. Ninguna otra acción
llevará a cabo aquí dentro, aunque se irrite terriblemente. ¿Cómo podrías saber, forastero, que aventajo
a las demás mujeres en inteligencia y consejo si comieras en el palacio sucio, vestido miserablemente?
Los hombres son de corta vida; para quien es cruel y tiene sentimientos crueles piden todos los
mortales tristezas en el futuro mientras viva, y una vez que está muerto todos le insultan. En cambio, el
que es irreprochable y tiene sentimientos irreprochables... la fama de éste la llevan sus huéspedes a
todos los hombres. Y muchos lo llaman noble.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Mujer venerable de Odiseo Laertíada, las mantas y las resplandecientes sábanas me disgustan desde
el día en que dejé los nevados montes de Creta marchando sobre la nave de largos remos. Me voy a
acostar como antes, cuando dormía noches insomnes, pues ya he descansado muchas noches en lecho
miserable aguardando a Eos, de hermoso trono. Tampoco son agradables a mi ánimo los baños de pies;
ninguna mujer tocará mi pie de las que te son servidoras en el palacio, si no hay alguna muy anciana y
de sentimientos fieles que haya soportado en su ánimo tantas cosas como yo. A ésa no le impediría
tocar mis pies.»
Y se dirigió a él la prudente Penélope:
«Huésped, amigo, pues jamás ha Ilegado a mi casa ningún hombre tan sensato de entre los huéspedes
de lejanas tierras; con qué sabiduría dices todo, con qué discreción. Tengo una anciana que alberga en
su mente decisiones discretas, la que alimentó y crió a aquel desdichado recibiéndolo en sus brazos
cuando lo parió su madre. Ésta te lavará los pies, aunque está muy débil. Conque, vamos, levántate
enseguida, prudente Euriclea, y lava al compañero en edad de tu soberano. También estarán así los pies
y manos de Odiseo, pues los mortales envejecen enseguida en medio de la desgracia.»
Así dijo; la anciana se ocultaba con las manos el rostro y derramaba calientes lágrimas, y dijo
lastimera palabra:
«¡Ay, hijo mío, que no tenga yo remedios para ti...! Con tener el ánimo temeroso de los dioses, Zeus
to ha odiado más que a los demás hombres, que jamás mortal alguno quemó tantos pingües muslos
para Zeus, el que se alegra con el rayo, ni excelentes hecatombes como tú le has ofrecido con la súplica
de poder llegar a una ancianidad feliz y poder alimentar a un hijo ilustre. En cambio sólo a ti to ha
privado del brillante día del regreso. Tal vez se burlen también así de aquél las esclavas de
hospedadores de lejanas tierras cuando llegue al magnífico palacio de alguno, como se burlan de ti
todas estas perras a las que no permites que te laven para evitar el escarnio y numerosos oprobios. A
mí, sin embargo, me lo ordena la hija de Icario, la prudente Penélope, aunque no contra mi voluntad.
Por esto te lavaré los pies, por la propia Penélope y a la vez por ti mismo, pues se me conmueve dentro
el ánimo con tus penas. Pero, vamos, atiende ahora a una palabra que to voy a decir: muchos forasteros
infortunados han venido aquí, pero creo que jamás he visto a ninguno tan parecido a Odiseo en el cuer-
po, voz y pies, como tú.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Anciana, así dicen cuantos nos han visto con sus ojos, que somos parecidos el uno al otro, como tú
misma dices dándote cuenta.»
Así dijo; la anciana tomó un caldero reluciente y le lavaba los pies; echó mucha agua fría y sobre ella
derramó caliente. Entonces Odiseo se sentó junto al hogar y se volvió rápidamente hacia la oscuridad,
pues sospechó enseguida que ésta, al cogerlo, podría reconocer la cicatriz y sus planes se harían ma-
nifiestos. La anciana se acercó a su soberano y lo lavaba. Y enseguida reconoció la cicatriz que en otro
tiempo le hiciera un jabalí con su blanco colmillo cuando fue al Parnaso en compañía de Autólico Comentario
y [SC257]: Hijo de Hermes
y padre de Anticlea, la madre de Odiseo.
sus hijos, el padre ilustre de su madre, que sobresalía entre los hombres por el hurto y el juramento. Se
Según algunas versiones, fue el responsable
lo había concedido el dios Hermes, pues en su honor quemaba muslos de corderos y cabritos de queenésta se uniera con Sísifo concibiendo
a Odiseo. Poco más sabemos de él excepto
agradecimiento y éste le asistía benévolo. Cuando Autólico fue a la opulenta población de Itaca, se
lo que aquí se dice. Apolodoro (Bíblioteca.
encontró a un hijo recién nacido de su hija. Euriclea lo puso sobre sus rodillas cuando había terminado
1.9.16) lo incluye en la nómina de los
Argonautas, junto con su suegro Laertes.
de cenar y le habló y llamó por su nombre: Sin embargo, Apolonio de Rodas no lo cita
«Autólico busca tú mismo un nombre para el hijo de tu hija, pues muy deseado es para ti.» entre ellos.
Y a su vez respondió Autólico y dijo:
«Yerno e hija mía, ponedle el nombre que voy a decir. Ya que he llegado hasta aquí enfadado con
muchos hombres y mujeres a través de la fértil tierra, que su nombre epónimo sea Odiseo. Y cuando Comentario
en [SC258]: Nuevo juego de
la plenitud de la juventud llegue a la gran casa materna, al Parnaso donde tengo las riquezas, yo lepalabras
daré que revela el gusto de Homero por
la etimología. «Enfadarse» es en griego
de ellas y lo despediré contento.» odyssomai, parecido fonéticamente a
Odysseus.
Por esto había marchado Odiseo, para que le diera espléndidos regalos. Autólico y los hijos de
Autólico le acogieron cariñosamente con las manos y con dulces palabras. Y la madre de su madre,
Anfitea, abrazó a Odiseo y le besó la cabeza y hermosos ojos. Autólico ordenó a sus gloriosos hijos
que dispusieran la comida y éstos escucharon al que se lo mandaba. Enseguida llevaron un toro de
cinco años, lo desollaron, prepararon y dividieron todo; lo partieron habilidosamente, lo clavaron en
asadores y después de asarlo cuidadosamente distribuyeron los panes. Así que comieron durante todo
el día, hasta que se puso el sol, y nadie carecía de un bien distribuido alimento. Y cuando el sol se puso
y cayó la noche, se acostaron y recibieron el don del sueño.
Tan pronto como se mostró Eos, la hija de la mañana, la de dedos de rosa; salieron de cacería los
perros y los mismos hijos de Autólico, y entre ellos iba el divino Odiseo. Ascendieron al elevado
monte Parnaso, vestido de selva, y enseguida llegaron a los ventosos valles. El sol caía sobre los
campos cultivados recién salido de las plácidas y profundas corrientes de Océano, cuando llegaron los
cazadores a un valle. Delante de ellos iban los perros buscando las huellas y detrás los hijos de
Autólico, y entre ellos marchaba el divino Odiseo blandiendo, cerca de los perros, su lanza de larga
sombra. Un enorme jabalí estaba tumbado en una densa espesura a la que no atravesaba el húmedo
soplo de los vientos al agitarse ni golpeaba con sus rayos el resplandeciente Helios ni penetraba la
Comentario
lluvia por completo -¡tan densa era!-, y una gran alfombra de hojas la cubría. Llegó al jabalí el ruido de [SC259]: Es la misma
descripción del matorral donde busca cobijo
los pies de hombres y perros cuando marchaban cazando y desde la espesura, erizada la crin Odiseo y bri-cuando llega a Esqueria, cfr. V.478
Ilando fuego sus ojos, se detuvo frente a ellos. Odiseo fue el primero en acometerlo, levantando y ss. la
lanza de larga sombra con su robusta mano deseando herirlo. El jabalí se le adélantó y le atacó sobre la
rodilla y, lanzándose oblicuamente, desgarró con el colmillo mucha carne, pero no llegó al hueso del
mortal. En cambio Odiseo le hirió alcanzándole en la paletilla derecha y la punta de la resplandeciente
lanza lo atravesó de parte a parte y cayó en el polvo dando chillidos, y escapó volando su ánimo.
Enseguida le rodearon los hijos de Autólico, vendaron sabiamente la herida del irreprochable Odiseo
semejante a un dios y con un conjuro retuvieron la negra sangre.
Pronto llegaron a casa de su padre y Autólico y los hijos de Autólico lo curaron bien, le dieron
espléndidos regalos y, alegres, lo enviaron contento a su patria Itaca.
«Conque, vamos, interprétame este sueño, escucha: veinte gansos comían en mi casa trigo remojado
con agua y yo me alegraba contemplándolos, pero vino desde el monte una gran águila de corvo pico y
a todos les rompió el cuello y los mató, y ellos quedaron esparcidos por el palacio, todos juntos,
mientras el águila ascendía hacia el divino éter. Yo lloraba a gritos, aunque era un sueño, y se
reunieron en torno a mí las aqueas de lindas trenzas, mientras me lamentaba quejumbrosamente de que
el águila me hubiera matado a los gansos. Entonces volvió ésta y se posó sobre la parte superior del
palacio y, llamando con voz humana, dijo: "Cobra ánimos, hija del muy celebrado Icario, que no es un
sueño, sino visión real y feliz que habrá de cumplirse. Los gansos son los pretendientes y yo antes era
el águila, pero ahora he regresado como esposo tuyo, yo que voy a dar a todos los pretendientes un
destino ignominioso." Así dijo y luego me abandonó el dulce sueño. Cuando miré en derredor vi a los
gansos en el palacio comiendo trigo junto a la gamella en el mismo sitio de costumbre.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo: Comentario [SC261]: Aquí hay otro
«Mujer, no es posible en modo alguno interpretar el sueño dándole otra intención, después que el
juego etimológico. Los sueños que cruzan
la puerta de marfíl (élephas) son falsos
mismo Odiseo te ha manifestado cómo lo va a llevar a cabo. Clara parece la muerte para los
(elephairontai); los que cruzan la de cuerno
pretendientes, para todos en verdad; ninguno escapará a la muerte y a las Keres.» (kiráon) se cumplen (kraimousi). R.
Carpenter, (ob. cit., págs. 101 y ss.) ve aquí
Y le contestó la prudente Penélope: una segunda intención, porque, segun él, en
«Forastero, sin duda se producen sueños inescrutables y de oscuro lenguaje y no todos se cumplenépoca
parade Homero el cuerno sustituía al
marfil.
los hombres. Porque dos son las puertas de los débiles sueños: una construida con cuerno, la otra con
Comentario [SC262]: Con esta
marfil. De éstos, unos llegan a través del bruñido marfil, los que engañan portando palabras irreali-
descripción es difícil imaginar en qué
zables; otros llegan a través de la puerta de pulimentados cuernos, los que anuncian cosas verdaderas
consistía el certamen. Sin embargo, este
pasaje se puede completar con XXI.120 y
cuando llega a verlos uno de los mortales. Y creo que a mí no me ha llegado de aquí el terrible sueño,
ss. y 419-23. Según la interpretación de F.
por grato que fuera para mí y para mi hijo. H. Stubbings (Companion..., pág. 534),
debe tratarse de hachas dobles sin mango:
una hoja quedaría enterrada dejando al
«Te voy a decir otra cosa que has de poner en tu interior: esta aurora llegará infausta, pues medescubierto
va a la otra y los agujeros para el
mango, y por ahí pasaría la flecha. Con esto
alejar de la casa de Odiseo. Voy a establecer un certamen, las hachas de combate que aquél colocaba
concuerda la descripción de XXI.120 y ss.
en línea recta como si fueran escoras, doce en total. Él se colocaba muy lejos y hacía pasar el endardo
que Telémaco coloca las hachas, y
419-23, donde vemos que Odiseo dispara
una y otra vez a través de ellas. Ahora voy a establecer este certamen para los pretendientes y el que
sentado desde su diphros, que es,
propiamente, una banqueta.
más fácilmente tienda el arco entre sus manos y haga pasar una flecha por todas las doce hachas, a ése
seguiré inmediatamente dejando esta casa legítima, muy hermosa, llena de riquezas. Creo que algún
día me acordaré de ella incluso en sueños.»
CANTO XX
LA ÚLTIMA CENA DE LOS PRETENDIENTES
Entonces el divino Odiseo comenzó a acostarse en el vestíbulo; extendió la piel no curtida de un
buey y sobre ella muchas pieles de ovejas que habían sacrificado los aqueos, y Eurínome echó sobre él
un manto cuando se hubo acostado.
Y mientras Odiseo yacía allí desvelado, meditando males en su interior contra los pretendientes,
salieron del palacio riendo y chanceando unas con otras las mujeres que solían acostarse con éstos. El
ánimo de Odiseo se conmovía dentro del pecho y lo meditaba en su mente y en su corazón si se
lanzaría detrás y causaría la muerte a cada una, o si todavía las iba a dejar unirse por última y postrera
vez con los orgullosos pretendientes. Y su corazón le ladraba dentro. Como la perra que camina al-
rededor de sus tiernos cachorrillos ladra a un hombre y se lanza a luchar con él si no lo conoce, así
también le ladraba dentro el corazón indignado por las malas acciones. Y se golpeó el pecho y
reprendió a su corazón con estas razones:
«¡Aguanta, corazón!, que ya en otra ocasión tuviste que soportar algo más desvergonzado, el día en
que el Cíclope de furia incontenible comía a mis valerosos compañeros. Tú lo soportaste hasta que,
cuandó creías morir, la astucia te sacó de la cueva.»
Así dijo increpando a su corazón y éste se mantuvo sufridor, pero él se revolvía aquí y allá. Como
cuando un hombre revuelve sobre abundante fuego un vientre lleno de grasa y sangre, pues desea Comentario
que [SC263]: Una especie de
morcilla. La comparación es vulgar y
se ase deprisa, así se revolvía él a uno y otro lado, meditando cómo pondría las manos sobre los
tomada del entorno inmediato del póeta
desvergonzados pretendientes, siendo él solo contra muchos. Entonces Atenea bajó del cielo y secomo llególas demás, pero al menos es, en líneas
a su lado -semejante en su cuerpo a una mujer- y colocándose sobre su cabeza le dijo esta palabra:generales, adecuada al comparatum, cosa
que no sucede siempre.
«¿Por qué estás desvelado todavía, desdichado, más que ningún mortal? Esta es tu casa y tu mujer
está en ella y tu hijo es como cualquiera desearía que fuese su hijo.»
Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:
«Sí, diosa, todo eso lo dices con razón, pero lo que medita mi espíritu dentro del pecho es cómo
pondría mis manos sobre los desvergonzados pretendientes solo como estoy, mientras que ellos están
siempre dentro en grupo. También medito esto dentro del pecho, lo más importante: si lograra matarlos
por la voluntad de Zeus y de ti misma, ¿a dónde podría refugiarme? Esto es lo que te invito a
considerar.»
Y a su vez le dijo la diosa de ojos brillantes, Atenea:
«Desdichado, cualquiera suele seguir el consejo de un compañero peor, aunque éste sea mortal y no
conciba muchas ideas, pero yo soy una diosa, la que constantemente te protege en tus dificultades. Te
voy a hablar claramente: aunque nos rodearan cincuenta compañías de hombres de voz articulada, de-
seosos de matar por causa de Ares, incluso a éstos podrías arrebatarles los bueyes y las pingües ovejas.
Conque procura coger el sueño; es locura mantenerse en vela y vigilar durante toda la noche cuando ya
vas a salir de tus desgracias.» ,
Así diciendo, le vertió sueño sobre los párpados y se volvió al Olimpo la divina entre las diosas.
Cuando ya comenzaba a vencerlo el sueño, el que desata las preocupaciones del espíritu y afloja los
miembros, despertó su fiel esposa y rompió a llorar sentada en el blando lecho. Y luego que se hubo
saciado de llorar la divina entre las mujeres, suplicó en primer lugar a Artemis:
«Artemis, diosa soberana hija de Zeus, ¡ojalá me quitaras la vida ahora mismo arrojando a mi pecho
una flecha, o que me arrebatara un huracán y me llevara sobre los brumosos caminos arrojándome en
la desembocadura del refluente Océano -como cuando los huracanes se llevaron a las hijas de Pandá-
reo!. Los dioses aniquilaron a sus padres y ellas quedaron huérfanas en el palacio, pero la divina Comentario [SC264]: Sobre las hijas
de Pándaro, la tradición mitográfica no se
Afrodita las alimentó con queso y dulce miel y con delicioso vino; Hera les otorgó una belleza pone deyacuerdo en lo que se refiere a
prudencia superior a todas las mujeres; la casta Artemis les concedió gran estatura, y Atenea les enseñó
número y nombres. En todo caso, una de
a realizar labores brillantes. Un día que Afrodita había subido al elevado Olimpo a fin de pedirellas debe ser Aedón (cfr. XIX.518 y ss.).
Lapara
muerte de los padres se debe a un
ellas el cumplimiento de un floreciente matrimonio a Zeus, que goza con el rayo (pues éste conoce castigo de Zeus por haber robado un
todo, tanto la suerte como el infortunio de los mortales hombres), las Harpías arrebataron mágico perro de oro que custodiaba el
a lasdel
templo dios en Creta.
doncellas y se las entregaron a las odiosas Erinias para que fueran sus criadas. ¡Así me mataran los que
poseen mansiones en el Olimpo, o me alcanzara con sus flechas Artemis, de lindas trenzas, para
hundirme en la odiosa tierra y ver a Odiseo y no tener que satisfacer los designios de un hombre
inferior a él! Que la desgracia es soportable cuando uno pasa los días llorando, acongojado en su
corazón, si por la noche se apodera de él el sueño (pues éste hace olvidar lo bueno y lo malo cuando
cubre los párpados), pero a mí la divinidad incluso me envía malos sueños, pues esta noche ha vuelto a
dormir a mi lado un hombre igual a como era Odiseo cuando marchó con el ejército. Con que mi
corazón se llenó de alegría, pues no creía que era un sueño, sino realidad.»
Así dijo, y enseguida llegó Eos, de trono de oro. Mientras aquélla lloraba, escuchó su voz el divino
Odiseo y, meditando después, se le hacía que ella ya le había reconocido y puesto a su cabecera. Así
que recogió el manto y las pieles en que se había acostado y las puso sobre una silla dentro del
mégaron, pero la piel de buey se la llevó afuera. Y suplicó a Zeus, levantando sus manos:
«Zeus padre, si por vuestra voluntad me habéis traído a mi patria sobre lo seco y lo húmedo, después
de llenarme de males en exceso, que cualquiera de los hombres que se despiertan dentro muestre un
presagio, y que fuera se muestre otro prodigio de Zeus.»
Así dijo suplicando y le escuchó Zeus, el que ve a lo ancho. Al punto tronó desde el resplandeciente
Olimpo, desde lo alto de las nubes, y se alegró el divino Odiseo. El presagio lo envió una molinera
desde la casa, cerca de donde el pastor de su pueblo tenía las muelas en las que se afanaban doce
mujeres en total, fabricando harina de cebada y trigo, médula de los hombres. Las demás mujeres
dormían ya, una vez que hubieron molido su trigo pero esta, que era la más débil, todavía no había
terminado. Entonces se puso en pie y dijo su palabra, señal para su amo:
«Zeus padre, que reinas sobre dioses y hombres, has tronado fuertemente desde el cielo estrellado -y
en ninguna parte hay nubes-. Como señal, sin duda, se lo muestras a alguien. Cúmpleme ahora también
a mí, desdichada, la palabra que voy a decirte: que los pretendientes tomen su agradable comida hoy
por última y postrera vez en el palacio de Odiseo. Ellos son quienes con el cansado trabajo han hecho
flaquear mis rodillas mientras fabricaba harina; que cenen ahora por última vez.»
Así dijo, y se alegró con el presagio el divino Odiseo y con el trueno de Zeus, pues pensaba Comentario
que [SC265]: Se trata de
nuevo, como en XVIII.117, de una frase
castigaría a los culpables. dicha al azar.
Entonces se congregaron las esclavas en el hermoso palacio de Odiseo y encendían en el hogar el
infatigable fuego. Telémaco se levantó del lecho, mortal igual a un dios, después de vestir sus vestidos,
se echó a los hombros la aguda espada, ató a sus relucientes pies hermosas sandalias y, asiendo la
fuerte lanza de punta de bronce, se puso sobre el umbral y dijo a Euriclea:
«Tata, ¿habéis honrado al huésped con lecho y comida, o yace descuidado?; pues así es mi madre,
aun siendo prudente: honra inconsideradamente al peor de los hombres de voz articulada y, en cambio,
al mejor lo despide sin haberlo honrado.»
Así dijo y todos ellos enmudecieron en el silencio. Y más tarde dijo Agelao Damastórida:.
«Amigos. ninguno vaya a irritarse contestando con razones contrarias a lo dicho con justicia. No
maltratéis al forastero ni a ningún otro de los esclavos que hay en la casa de Odiseo, aunque yo diría
una palabra dulce a Telémaco y a su madre, si ésta fuera agradable a su corazón: mientras vuestro
ánimo confiaba en que regresaría a casa el prudente Odiseo, no os indignabais porque permanecieran
los pretendientes ni por retenerlos en la casa; incluso habría sido lo mejor si Odiseo hubiese regresado
a casa. Pero ya es evidente que no ha de volver de ningún modo; conque, vamos, siéntate junto a tu
madre y dile que case con quien sea el mejor y le entregue más cosas, para que tú sigas poseyendo con
alegría todo lo de tu padre, comiendo y bebiendo, y ella cuide la casa de otro.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«¡No, por Zeus, Agelao, y por las tristezas de mi padre quien puede que haya muerto o ande errante
lejos de Itaca! De ninguna manera trato de retrasar el casamiento de mi madre; por el contrario, la
exhorto a casarse con el que quiera e incluso le doy regalos innumerables. Pero me avergüenzo de
arrojarla del palacio contra su voluntad, con palabra forzosa. ¡No permita la divinidad que esto
suceda!»
Así dijo Telémaco, y Palas Atenea levantó una risa inextinguible entre los pretendientes y les
trastornó la razón. Reían con mandíbulás ajenas y comían carne sanguinolenta; sus ojos se llenaban de
lágrimas y su ánimo presagiaba el llanto. Entonces les habló Teoclímeno, semejante a un dios: Comentario [SC271]: Esta es la tercera
intervención, inesperada y extraña como
siempre, de Teoclímeno; inesperada, porque
«¡Ah, desdichados!, ¿qué mal es éste que padecéis? En noche están envueltas vuestras cabezas y mencionado su presencia en el
no se había
banquete; extraña, porque habla no como
rostros y de vuestras rodillas abajo. Se enciende el gemido y vuestras mejillas están llenas de lágrimas.
un mantis, sino como un vidente -cosa
Con sangre están rociados los muros y los hermosos intercolumnios y de fantasmas lleno el vestíbulo y
completamente ajena a Homero.
lleno está el patio de los que marchan a Erebo bajo la oscuridad. El sol ha desaparecido del cielo y se
ha extendido funesta niebla.»
Así dijo, y todos se rieron de él dulcemente. Y Eurímaco, hijo de Pólibo, comenzó a hablar entre
ellos:
«Está loco el forastero recién llegado de tierra extraña. Vamos, jóvenes, llevadlo rápidamente fuera
de la casa; que marche al ágora, ya que piensa que aquí es de noche.»
Y le contestó Teoclímeno, semejante a un dios:
«Eurímaco, no to he pedido que me des acompañamiento, que tengo ojos, oídos y ambos pies y una
razón bien construida en mi pecho, en absoluto incongruente. Con éstos me voy afuera, pues veo claro
que la destrucción se os acerca, de la que no va a poder huir ninguno de los pretendientes, los que en la
casa de Odiseo, semejante a un dios, insultáis a los hombres y ejecutáis acciones inicuas.»
Así diciendo salió del palacio, agradable vivienda, y marchó a casa de Pireo, quien lo recibió
benévolo. Y los pretendientes se miraban unos a otros e irritaban a Telémaco, burlándose de sus
huéspedes. Así decía uno de los arrogantes jóvenes:
«Telémaco, nadie es más desafortunado con los huéspedes que tú. Tienes uno como ese mendigo
vagabundo necesitado de comida y vino, en absoluto conocedor de hazañas ni de vigor, sino un peso
muerto de la tierra, y ese otro que se levantó a vaticinar; si me hicieras caso, lo mejor sería que
metiéramos a los forasteros en una nave de muchos bancos y los enviáramos a Sicilia, donde te darían
un precio conveniente.»
Así dijeron los pretendientes, pero Telémaco no hacía caso de sus palabras, sino que miraba a su
padre en silencio, aguardando siempre cuándo pondría las manos sobre los desvergonzados
pretendientes.
Y la hermosa hija de Icario, la prudence Penélope, poniendo su sillón enfrente escuchaba las palabras
de cada uno de los hombres en el palacio. Así es como se prepararon, entre risas, un almuerzo dulce y
agradable, pues habían sacrificado en abundancia. Pero ninguna otra cena podría ser más desgraciada
como la que iban a prepararles más tarde la diosa y el fuerte hombre, pues ellos fueron los primeros en
ejecutar acciones indignas.
CANTO XXI
EL CERTAMEN DEL ARCO
Entonces Atenea, la diosa de ojos brillantes, inspiró en la mente de la hija de Icario, la prudente
Penélope, que dispusiera el arco y el ceniciento hierro en el palacio de Odiseo para los pretendientes,
como competición y para comienzo de la matanza. Subió a la alta escalera de su casa y tomando en su
vigorosa mano una bien curvada llave, hermosa, de bronce y con mango de marfil, echó a andar Comentario
con [SC272]: Es un epíteto
fijo, más adecuado a la mano de un
sus esclavas hacia la última habitación donde se hallaban los objetos preciosos del señor -bronce,guerrero
oro yque a la de una reina.
labrado hierro. Allí estaba también el flexible arco y el carcaj de las flechas con muchos y dolorosos
dardos que le había dado como regalo un huésped, Ifito Eurítida, semejante a los inmortales, cuando lo
encontró en Lacedemonia. Se encontraron los dos en Mesenia, en casa del prudente Ortíloco. Odiseo
había ido por una deuda que le debía todo el pueblo: en efecto, unos mesenios se le habían llevado de
Itaca trescientas ovejas, con sus pastores, en naves de muchos bancos. A causa de éstas, Odiseo
caminó mucho camino seguido, aunque era joven, pues le habían mandado su padre y otros ancianos.
Ifito, por su parte, buscaba unos animales que le habían desaparecido, doce yeguas y mulos pacientes
en el trabajo. Éstas serían después muérte y destrucción para él, cuando llegó junto al hijo de Zeus de
ánimo esforzado, junto al mortal Heracles concebidor de grandes empresas, quien, aun siendo su
huésped, lo mató en su casa. ¡Desdichado!, no temió la venganza de los dioses ni respetó la mesa que
le había puesto; y, después de matarlo, retuvo a las yeguas de fuertes pezuñas en el palacio. Cuando
buscaba a éstas, se encontró con Odiseo y le dio el arco que usaba el gran Eurito y que había legado a
su hijo al morir en su elevado palacio.
Odiseo, por su parte, le entregó aguda espada y fuerte lanza como inicio de una afectuosa amistad,
pero no llegaron a sentarse uno a la mesa del otro, pues antes el hijo de Zeus mató a Ifito Eurítida,
semejante a los inmortales, quien había dado el arco a Odiseo. Éste lo llevaba en su patria, peroComentario
no lo [SC273]: Las digresiones
tornó al marchar al combate sobre las negras naves, sino que estaba en el palacio como recuerdo(generalmente
de su en composición anular, cfr.
nota 251) son características de Homero
huésped. cuando trata de explicar un objeto o un
hecho relevante (cfr. cetro de Agamenón en
Cuando hubo llegado a la habitación la divina entre las mujeres y puso el pie sobre el umbral deII.101 y ss., o armás de Aquiles en
Ilíada,
roble (en otro tiempo lo había pulido sabiamente el artífice, había enderezado con la plomada y
id., XVIII.468 y ss., etc.). Aquí se trata del
arco con el que Odiseo mata a los pre-
levantado las jambas colocando sobre ella las resplandecientes puertas) desató la correa del tirador,
tendientes. La historia que cuenta es
introdujo la llave apuntando de frente y corrió los cerrojos de las puertas. Éstas resonarón como elincompleta
toro como siempre, aunque su au-
diencia conocía los detalles. En todo caso,
que pace en la pradera -¡tanto resonó la hermosa puerta empujada por la llave!- y se le abrieron se enmarca en el ciclo de Heracles: Eurito
inmediatamente. Luego ascendió a la hermosa tarima donde estaban las arcas en que yacían muriólos
por obra de Apolo al desafiarlo con
perfumados vestidos. Extendió el brazo, tomó del clavo el arco con su misma funda, elsu arcó (cfr. VI11.224-5). Éste pasó a
cual
manos de su hijo Ifito, quien a su vez se lo
resplandecía, y sentada con él sobre sus rodillas, rompió a llorar ruidosamente sin soltar el arco del rey.
regaló a Odiseo. Lateralmente se alude a la
muerte de Ifito a manos de Heracles (que le
Luego que se hubo saciado del gemido de muchas lágrimas, echó a andar hacia el mégaron en busca de
había robado ganado) a pesar de estar
los ilustres pretendientes con el flexible arco entre sus manos y la aljaba portadora de dardos con en su casa. No sabemos por qué
hospedado
lo mató, aunque los mitógrafos aducen que
muchas y dolorosas saetas; y junto a ella las siervas llevaban un arcón en que había mucho hierro no habíay sido él el ladrón o que cayó en un
bronce, ¡los trofeos de un soberano como él! acceso de locura. Sea como fuere, Heracles
aparéce de nuevo como un varón esforzado,
pero mortal y lleno de hybris.
Cuando llegó a los pretendientes, se detuvo junto a una columna del techo, sólidamente construido,
Comentario [SC274]: Nueva
sosteniendo un grueso velo ante sus mejillas; y a uno y a otro lado de ella estaba en pie una fiel poco afortunada.
comparación
doncella.
Al punto se dirigió a los pretendientes y dijo:
«Escuchadme, ilustres pretendientes que hacéis uso de esta casa para comer y beber sin cesar un
instante, la de un hombre que lleva ausente largo tiempo. Ningún otro pretexto podéis poner sino que
estáis deseosos de casaros conmigo y tomarme por mujer. Conque, vamos, pretendientes, esto es lo
que se os muestra como certamen: colocaré el gran arco del divino Odiseo y aquel que lo tense más
fácilmente y haga pasar el dardo por las doce hachas, a éste seguiré inmediatamente abandonando esta
casa querida, muy hermosa, llena de riqueza, de la que un día, creo, me acordaré incluso en sueños.»
Así dijo y ordenó a Eumeo, el divino porquero, que ofreciera a los pretendientes el arco y el
ceniciento hierro. Eumeo lo recibió llorando y lo puso en tierra; y al otro lado lloraba el boyero cuando
vio el arco del soberano. Y Antínoo les increpó, les habló y llamó por su nombre:
«Necios campesinos, que sólo pensáis en las cosas del día; cobardes, ¿por qué derramáis lágrimas y
conmovéis el ánimo de esta mujer? Dolorida está ya por otras razones, desde que perdió a su esposo.
Conque, vamos, sentaos a comer en silencio o marchaos afuera a llorar y dejad ahí mismo el arco,
certamen inofensivo para los pretendientes. No creo que se tense fácilmente este bien pulido arco, pues
no hay entre todos éstos un hombre como era Odiseo. Le vi -me acuerdo- siendo yo niño pequeño.»
Así dijo, y es que en su interior esperaba tensar el arco y hacer pasar la flecha por el hierro. Pero en
verdad el irreprochable Odiseo, a quien entonces deshonraba en el palacio incitaba a sus compañeros-,
iba a darle a probar, antes que a nadie, el dardo despedido de sus manos.
Y entre ellos habló la sagrada fuerza de Telémaco:
«No, no me ha hecho muy prudente Zeus, el hijo de Crono; mi madre, prudente como es, me dice
que va a seguir a otro dejando esta casa y yo me río y alegro con ánimo insensato. Conque apresuraos,
pretendientes, que esta competición os la gane una mujer cual no hay ya en la tierra aquea ni en la
sagrada Pilos ni en Argos ni en Micenas ni en la misma Itaca ni en el oscuro continente. Pero también
vosotros lo sabéis, ¿qué necesidad tengo de alabar a mi madre? Así que, vamos, no lo retraséis con
pretextos ni esperéis más tiempo a tender el arco para que os veamos. También yo probaré este arco y,
si logro tenderlo y traspasar el hierro con la flecha, no dejaría, para dolor mío, esta casa mi venerable
madre por seguir a otro, ni me quedaría yo atrás cuando soy capaz de llevarme el hermoso trofeo de mi
padre.»
Así dijo, y quitándose el manto purpúreo de los hombros, se puso en pie y descolgó de su hombro la
aguda espada. En primer lugar colocó las hachas abriendo para todas un largo surco, las alineó a
cuerda y puso tierra alrededor.
El asombro se apoderó de todos los que veían cuán ordenadamente las había colocado -nunca antes
lo habían visto. Entonces fue a ponerse sobre el umbral y probar el arco. Tres veces lo movió deseando
tenderlo y tres veces desistió de su ímpetu esperando en su interior tender la cuerda y atravesar el
hierro con una flecha. Y quizá lo habría tendido, tirando con fuerza por cuarta vez, pero Odiseo le hizo
señas de que no, aunque mucho lo deseaba. Y habló de nuevo entre ellos la sagrada fuerza de
Telémaco:
«¡Ay, ay, creo que voy a ser en adelante cobarde y débil!, o quizá es que soy demasiado joven y no
puedo confiar en mis brazos para rechazar a un hombre cuando alguien me ataca primero. Pero,
vamos; vosotros que sois superiores a mi en fuerzas, probad el arco y acabemos el certamen.»
Así diciendo, dejó el arco en él suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas, bien pulidas
puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla y volvió a sentarse en la silla de donde se había
levantado. Y entre ellos habló Antínoo, hijo de Eupites:
«Compañeros, levantaos todos, uno tras otro, comenzando por la derecha del lugar donde se escancia
el vino.»
Así dijo Antínoo, y les agradó su palabra.
Levantóse el primero Leodes, hijo de Enopo, el cual era su arúspice y se sentaba junto a una hermosa
crátera, siempre en el rincón más escondido; sólo a él eran odiosas las iniquidades y estaba indignado
contra todos los pretendientes. Entonces fue el primero en tomar el arco y el agudo dardo y marchóComentario
a [SC275]: A pesar de todo,
como se ve más abajo (v. t SS), también él
ponerse sobre el umbral. Probó el arco y no pudo tenderlo, pues antes se cansó de tirar hacia atrás con
era un pretendiente y por eso no se salvó de
sus blandas, no encallecidas manos. Y dijo entre los pretendientes: la muerte. Es el primero que intenta tender
el arco y será el último en morir (cfr.
XXI1.310 y ss.)
«Amigos, yo no puedo tenderlo, que ló coja otro. Este arco privará de la vida y del alma a muchos Comentario [SC276]: Cfr. nota 7U
nobles. Aunque es preferible morir que no conseguir aquello por lo que estamos reunidos siempre
aquí, esperando todos los días. Ahora cualquiera espera y desea en su ánimo casarse con Penélope, la
esposa de Odiseo, pero una vez que pruebe el arco y lo vea, que pretenda, buscando con regalos de
boda, a alguna otra de las aqueas de hermoso peplo, y aquélla rápidamente se casará con quien más
cosas le regale y le venga designado por el destino.»
Así diciendo, dejó el arco en el suelo, lejos de sí, lo apoyó contra las bien ajustadas, bien pulidas
puertas y colgó la aguda flecha de una hermosa anilla, y volvió a sentarse en la silla de donde se había
levantado.
Entonces le increpó Antínoo, le habló y le llamó por su nombre:
«Leodes, ¡qué palabra terrible e inaguantable -me he irritado al escucharla- ha escapado del cerco de
tus dientes!; que este arco privará a los pretendientes de la vida y el alma porque tú no puedes tenderlo.
No, sólo a ti no te parió tu venerable madre para ser tirador de arco y flechas, pero otros ilustres
pretendientes lo tenderán enseguida.»
CANTO XXII
LA VENGANZA
Entonces el muy astuto Odiseo se despojó de sus andrajos, saltó al gran umbral con el arco y el
carcaj lleno de flechas y las derramó ante sus pies diciendo a los pretendientes:
«Ya terminó este inofensivo certamen; ahora veré si acierto a otro blanco que no ha alcanzado
ningún hombre y Apolo me concede gloria.»
Así dijo, y apuntó la amarga saeta contra Antínoo. Levantaba éste una hermosa copa de oro de doble
asa y la tenía en sus manos para beber el vino. La muerte no se le había venido a las mientes, pues
¿quién creería que, entre tantos convidados, uno, por valiente que fuera, iba a causarle funesta muerte
y negro destino? Pero Odiseo le acertó en la garganta y le clavó una flecha; la punta le atravesó en
línea recta el delicado cuello, se desplomó hacia atrás, la copa se le cayó de la mano al ser alcanzado y
al punto un grueso chorro de humana sangre brotó de su nariz. Rápidamente golpeó con el pie y apartó
de sí la mesa, la comida cayó al suelo y se mancharon el pan y la carne asada.
Los pretendientes levantaron gran tumulto en el palacio al verlo caer, se levantaron de sus asientos
lanzándose por la sala y miraban por todas las bien construidas paredes, pero no había en ellas escudo
ni poderosa lanza que poder coger. E increparon a Odiseo con coléricas palabras:
«Forastero, haces mal en disparar el arco contra los hombres; ya no tendrás que afrontar más
certámenes, pues te espera terrible muerte. Has matado a uno que era el más excelente de. los jóvenes
de Itaca; te van a comer los buitres aquí mismo.»
Así lo imaginaban todos, porque en verdad creían que lo había matado involuntariamente; los necios
no se daban cuenta de que también sobre ellos pendía el extremo de la muerte. Y mirándolos Comentario [SC279]: Expresión de
origen oscuro que probablemente significa
torvamente les dijo el muy astuto Odiseo: «el extremo que es la muerte. Pero cfr. R.
«Perros, no esperabais que volviera del pueblo troyano cuando devastabais mi casa, forzabaisB.aOnians, las ob. cit., págs. 310 y ss.
esclavas y, estando yo vivo tratabais de seducir a mi esposa sin temer a los dioses que habitan el ancho
cielo ni venganza alguna de los hombres. Ahora pende sobre vosotros todos el extremo de la muerte.»
Así habló y se apoderó de todos el pálido terror y buscaba cada uno por dónde escapar a la escabrosa
muerte. Eurímaco fue el único que le contestó diciendo:
«Si de verdad eres Odiseo de Itaca que ha llegado, tienes razón en hablar así de las atrocidades que
han cometido los aqueos en el palacio y en el campo. Pero ya ha caído el causante de todo, Antínoo;
fue él quien tomó la iniciativa, no tanto por intentar el matrimonio como por concebir otros proyectos
que el Cronida no llevó a cabo: reinar sobre el pueblo de la bien construida Itaca tratando de matar a tu
hijo con asechanzas. Ya ha muerto éste por su destino, perdona tú a tus conciudadanos, que nosotros,
para aplacarte públicamente, te compensaremos de lo que se ha comido y bebido en el palacio esti-
mándolo en veinte bueyes cada uno por separado, y te devolveremos bronce y oro hasta que tu corazón
se satisfaga; antes de ello no se te puede reprochar que estés irritado.»
Y mirándole torvamente le dijo el muy astuto Odiseo:
«Eurímaco, aunque me dierais todos los bienes familiares y añadierais otros, ni aun así contendría
mis manos de matar hasta que los pretendientes paguéis toda vuestra insolencia. Ahora sólo os queda
luchar conmigo o huir, si es que alguno puede evitar la muerte y las Keres, pero creo que nadie escapa-
rá a la escabrosa muerte.
Así habló y las rodillas y el corazón de todos desfallecieron allí mismo. Eurímaco habló otra vez
entre ellos y dijo:
«Amigos, no contendrá este hombre sus irresistibles manos, sino que una vez que ha cogido el pulido
arco y el carcaj lo disparará desde el pulido umbral hasta matarnos a todos. Pensemos en luchar; sacad
las espadas, defendeos con las mesas de los dardos que causan rápida muerte. Unámonos todos contra
él por si logramos arrojarlo del umbral y las puertas, vayamos por la ciudad y que se promueva gran
alboroto: sería la última vez que manejara el arco.»
Así habló, y sacando la aguda espada de bronce, de doble filo, se lanzó contra él con horribles gritos.
Al mismo tiempo le disparó una saeta el divino Odiseo, y acertándole en el pecho, junto a la tetilla, le
clavó la veloz flecha en el hígado. Se le cayó de la mano al suelo la espada y doblándose se desplomó
sobre la mesa y derribó por tierra los manjares y la copa de doble asa. Golpeó el suelo con su frente,
con espíritu conturbado, y sacudió la silla con ambos pies, y una niebla se esparció por sus ojos.
Anfínomo se fue derecho contra el ilustre Odiseo y sacó la aguda espada por si podía arrojarlo de la
puerta, pero se le adelantó Telémaco y le clavó por detrás la lanza de bronce entre los hombros y le
atravesó el pecho. Cayó con estrépito y dio de bruces en el suelo. Telémaco se retiró dejando su lanza
de larga sombra allí, en Anfínomo, por temor a que alguno de los aqueos le clavara la espada mientras
él arrancaba la lanza de larga sombra o le hiriera al estar agachado. Echó a correr y llegó enseguida
adonde estaba su padre y, poniéndose a su lado, le dirigió aladas palabras: «Padre, voy a traerte un
escudo y dos lanzas y un casco todo de bronce que se ajuste a tu cabeza. De paso me pondré yo las
armas y daré otras al porquero y al boyero, que es mejor estar armados.»
Y le respondió el muy astuto Odiseo:
«Tráelas corriendo mientras tengo flechas para defenderme, no sea que me arrojen de la puerta al
estar solo.»
Así habló, y Telémaco obedeció a su padre. Fue a la estancia donde estaban sus famosas armas y
tomó cuatro escudos, ocho lanzas y cuatro cascos de bronce con crines de caballo, los llevó y se puso
enseguida al lado de su padre. Primero protegió él su cuerpo con el bronce y, cuando los dos siervos se
habían puesto hermosas armaduras, se colocaron todos junto al prudente y astuto Odiseo.
Mientras tuvo flechas para defenderse, fue hiriendo sin interrupción a los pretendientes en su propia
casa apuntando bien. Y caían uno tras otro. Pero cuando se le acabaron las flechas al soberano, una vez
que las hubo disparado, apoyó el arco contra una columna del bien construido aposento, junto al muro
reluciente, y se cubrió los hombros con un escudo de cuatro pieles; en la robusta cabeza se colocó un
labrado casco -el penacho de crines de caballo ondeaba terrible en lo alto-, y tomó dos poderosas
lanzas guarnecidas con bronce.
Había en la bien construida pared un postigo y en el umbral extremo de la sólida estancia había Comentario
una [SC280]: Pasaje oscuro y
debatido. Según la interpretación de A. J. B.
salida hacia un corredor y estaba cerrado por batientes bien ajustados. Mandó Odiseo que lo custodiara
Wace (Companion..., pág. 496), que se basa
el divino porquero manteniéndose firme en él, pues era la única. salida. Entonces Agelao les habló a
en la distribución del llamado «Palacio de
las columnas» de Micenas, se trata de una
todos con estas palabras: sola salida, la orsothyré, puerta lateral del
«Amigos, ¿no habrá nadie que ascienda por el postigo, se lo diga a la gente y se produzca al punto un que conduce a un pasillo (laúré)
mégaron
por donde se accede a las habitaciones
tumulto? Sería la última vez que éste manejara el arco.» privadas. Esta es la que manda vigilar
Y le respondió el cabrero Melantio: Odiseo.
«No es posible, Agelao de linaje divino; está muy cerca la hermosa puerta del patio y es difícil la
salida al corredor; un solo hombre, que sea valiente, nos contendría a todos. Pero, vamos, os Comentario
traeré [SC281]: Aparte de la
orsothyré o postigo, antes aludido, había
armas de la despensa, pues creo que allí, y no en otro sitio, las colocaron Odiseo y su ilustre Hijo.»
unos «huecos» (rbóges) en el mégaron.
Sobre estos misteriosos huecos que también
daban acceso a las habitaciones privadas, se
Así diciendo, subió el cabrero Melantio por una tronera del mégaron a la estancia de Odiseo, de
ha pensado que podrían ser ventanucos
donde tomó doce escudos, otras tantas lanzas e igual número de cascos de bronce con crines deen una escalera que subía al piso
abiertos
superior o bien metopas huecas en el
caballo. Fue y se lo entregó rápidamente a los pretendientes. Entonces sí que desfallecieron las rodillas
entablarnento. Para a. J. B. Wace (ob. cit.,
y el corazón de Odiseo cuando vio que se ponían las arenas y blandían en sus manos las largas lanzas,
pág. 497), estas interpretaciones son
inadmisibles, porque a la dificultad de
pues ahora la empresa le parecía arriesgada. Y al punto dirigió a Telémaco aladas palabras: alcanzar tales huecos se añade la de pasar
«Telémaco, alguna de las mujeres del palacio, o Melantio, encienden contra nosotros combate tantas armas por ahí. El sugiere que podría
tratarse de una balaustrada o galería sopor-
funesto.» tada por las columnas que rodean el Hogar
en el centro del mégaron.
Y le respondió Telémaco discretamente:
«Padre, yo tuve la culpa de ello, no hay otro culpable, que dejé abierta la bien ajustada puerta de la
habitación, y su espía ha sido más hábil. Pero vete, divino Eumeo, y cierra la puerta de la despensa; y
entérate de si quien hace esto es una mujer o Melantio, el hijo de Dolio, como yo creo.»
Mientras así hablaban entre sí, el cabrero Melantio volvió a la estancia para traer hermosas armas,
pero se dio cuenta el divino porquero y al punto dijo a Odiseo, que estaba cerca:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo -rico en ardides, aquel hombre desconocido del que
sospechábamos ha vuelto al aposento. Dime claramente si lo debo matar, en caso de vencerlo, o he de
traértelo para que pague las muchas insolencias que ha cometido en tu casa.»
Y le respondió el muy astuto Odiseo:
«Yo y Telémaco contendremos en esta sala a los nobles pretendientes, a pesar de su mucho ardor.
Vosotros ponedle atrás pies y manos y metedlo en la habitación, cerrad la puerta y echándole una soga
trenzada colgadlo de las vigas en lo alto de una columna, para que viva largo tiempo sufriendo fuertes
dolores.»
Así habló, y ellos dos le escucharon y obedecieron, y, dirigiéndose a la estancia, le pasaron
inadvertidos a Melantio, que estaba dentro. Éste buscaba armas en lo más recóndito de la habitación y
ellos montaron guardia a uno y otro lado de las jambas. Cuando atravesaba el umbral el cabrero
Melantio, llevando en una mano un hermoso casco y en la otra un ancho escudo viejo, cubierto de
moho, que el héroe Laertes solía llevar en su juventud y ahora se hallaba en el suelo con las correas
rotas, se le echaron encima y lo arrastraron adentro por los pelos; lo echaron al suelo angustiado en su
corazón y, poniéndole atrás pies y manos, se las ataron con doloroso nudo, como había mandado el
hijo de Laertes, el divino y sufridor Odiseo; echaron a las vigas, en lo alto de una columna, la soga
trenzada y burlándote le dijiste, porquero Eumeo:
«Ahora velarás toda la noche acostado en esta blanda cama que te mereces, y no te pasará
inadvertida la llegada de la que nace de la mañana, de trono de oro, desde las corrientes de Océano, a
la hora en que sueles traer las cabras a los pretendientes para preparar el almuerzo.»
Así quedó, suspendido de funesto nudo, y ellos dos se pusieron las arenas, cerraron la brillante puerta
y se dirigieron hacia el prudence y astuto Odiseo. Se detuvieron allí respirando ardor y eran cuatro los
del umbral y muchos y valientes los de dentro. Y se les unió Atenea, la hija de Zeus, que tomó el as-
pecto y la voz de Méntor. Odiseo se alegró al verla y le dijo:
«Méntor, aparta de nosotros el infortunio, acuérdate del compañero amado que solía hacerte bien,
pues eres de mi edad.»
Así habló, aunque sospechaba que era Atenea, la que empuja al combate. Y los pretendientes le
hacían reproches en la sala, siendo Agelao Damastórida el primero en hablar:
«Méntor, que no te convenza Odiseo con sus palabras de luchar contra los pretendientes y ayudarle a
él, pues que se cumplirá nuestro intento de esta manera: una vez que hayamos matado a éstos, al padre
y al hijo, perecerás tú también por lo que tramas en el palacio y pagarás con tu cabeza. Y cuando se-
guemos vuestra violencia con el hierro, mezclaremos a los de Odiseo cuantos bienes posees dentro y
fuera de tu palacio y no permitiremos que tus hijos ni hijas vivan en el palacio, ni que tu fiel esposa
ande por la ciudad de Itaca. .
Así hablo, Atenea se encolerizó más en su corazón y le hizo reproches a Odiseo con airadas palabras:
«Ya no hay en ti, Odiseo, aquel vigor y fuerza de cuando luchabas con los troyanos por Helena de
blancos brazos, hija de ilustre padre, durante nueve años seguidos; diste muerte a muchos hombres en
combate cruel y por tu consejo se tomó la ciudad de Príamo, de anchas calles. ¿Cómo es que ahora que
has llegado a tu casa y posesiones imploras ser valiente contra los pretendientes? Ven aquí, amigo,
ponte firme junto a mí y mira mis obras, para que veas cómo es Méntor Alcímida para devolverte los
favores entre tus enemigos.»
Así habló, y es que no quería concederle todavía del todo la indecisa victoria antes de probar el
vigor.y la fuerza de Odiseo y su ilustre hijo. Conque se lanzó hacia arriba y fue a posarse en una viga
de la sala ennegrecida por el fuego, semejante a una golondrina de frente.
Animaban a los contendientes Agelao Damastórida Eurínomo, Anfimedonte, Demoptólemo,
Pisandro Polictórida y el prudente Pólibo, pues eran los más valientes de cuantos pretendientes vivían
y luchaban por sus vidas. A los demás los había derribado ya el arco y las numerosas flechas. A todos
se dirigió Agelao con estas palabras:
«Amigos, ahora contendrá este hombre sus manos indómitas, puesto que se ha ido Méntor tras
decirle inútiles fanfarronadas y han quedado solos al pie de las puértas. Conque no lancéis todos a una
las largas lanzas; vamos, disparad primero los seis, por si Zeus nos concede de alguna manera que
Odiseo sea blanco de los disparos y conseguir gloria. De los otros no habrá cuidado una vez que éste al
menos haya caído.»
Así dijo, y dispararon todos como les ordenara, bien atentos, pero Atenea dejó sin efecto todos sus
disparos. De éstos, uno alcanzó la columna del bien construido mégaron, otro la puerta sólidamente
ajustada. De otro, la lanza de fresno, pesada por el bronce, fue a estrellarse contra el muro. Y una vez
que habían esquivado las lanzas de los pretendientes comenzó a hablar entre ellos el sufridor, el divino
Odiseo:
«Amigos, también yo ahora quisiera deciros que disparemos contra la turba de los pretendientes,
quienes, además de los anteriores males, desean matarnos.»
Así dijo, y todos dispararon las afiladas lanzas apuntando de frente. A Demoptólemo lo mató Odiseo,
a Eurfades Telémaco, a Elato el porquerizo y a Pisandro el que estaba al cuidado de los bueyes. Así
que luego todos a una mordieron el inmenso suelo mientras los otros pretendientes se retiraron hacia el
fondo del mégaron. Y ellos se lanzaron sobre los cadáveres y les quítaron las lanzas.
De nuevo los pretendientes dispararon las afiladas lanzas, bien atentos. Pero Atenea dejó sin efecto
todos sus disparos. De ellos, uno alcanzó la columna del bien construido mégaron, otro la puerta
sólidamente ajustada. De otro la lanza de fresno, pesada por el bronce, fue a estrellarse contra el muro.
Pero esta vez Anfimedonte hirió a Telémaco en la muñeca, levemente, y el bronce le dañó la superficie
de la piel; Cresipo rasguñó el hombro de Eumeo con la larga lanza por encima del escudo, y ésta,
sobrevolando, cayó a tierra.
De nuevo los que rodeaban al prudente y astuto Odiseo dispararon las afiladas lanzas contra la turba
de los pretendientes y de nuevo alcanzó a Euridamante, Odiseo, el destructor de ciudades, a
Anfimedonte, Telémaco, y a Pólibo, el porquero, y luego alcanzó en el pecho a Ctesipo el que estaba al
cuidado de los bueyes y jactándose le dijo:
«Politérsida, amigo de insultar, no digas nunca nada altanero cediendo a tu insensatez, antes bien cede
la palabra a los dioses, puesto que en verdad son mejores con mucho. Este será para ti el don de
hospitalidad por la patada que diste a Odiseo, semejante a un dios, cuando mendigaba por el palacio.»
Así dijo el que estaba al cuidado de los cuenitorcidos bueyes. Después Odiseo hirió de cerca al
Damastórida con su larga lanza y Telémaco hirió de cerca con su lanza en medio de la ijada a Leócrito
Evenórida, y el bronce le atravesó de parte a parte. Cayó de cabeza y dio de brutes en el suelo.
Entonces Atenea levantó la égida, destructora para los mortales, desde lo alto del techo y sus corazones
sintieron pánico. Así que los unos huían por el mégaron como vacas de rebaño a las que persigue Comentario
el [SC282]: Aparte de la
varita, que no le es propia (cfr. nota 208),
movedizo tábano, lanzándose sobre ellas en la estación de la primavera, cuando los días son largos. Atenea utiliza la égida de Zeus, instrumento
mágico que produce pánico en los
combatientes (cfr. nota 53). Este pasaje
imita a Ilíada, XV.306 y ss.
En cambio, los otros, como los buitres de retorcidas uñas y corvo pico bajan de los montes y caen
sobre las aves que, asustadas por la llanura, tratan de remontarse hacia las nubes -éstos se lanzan sobre
las aves y las matan, ya que no tienen defensa alguna ni posibilidad de huida y se alegran los hombres
de la captura-, así golpeaban éstos a los pretendientes corriendo en círculo por la sala.
Y eran horribles los gemidos que se levantaban cuando las cabezas de los pretendientes golpeaban el
suelo -y éste humeaba todo con sangre.
Fue entonces cuando Leodes se arrojó a las rodillas de Odiseo y asiéndolas le suplicaba con aladas
palabras:
«Te suplico asido a tus rodillas, Odiseo. Respétame y ten compasión de mí. Pues lo aseguro que
nunca dije ni hice nada insensato a mujer alguna en el palacio. Por el contrario, solía hacer desistir a
cualquiera de los pretendientes que tratara de hacerlas, pero no me obedecían en alejar sus manos de la
maldad. Por esto y por sus insensateces han atraído hacia sí un destino indigno y yo, sin haber hecho
nada, yaceré con ellos por ser su arúspice, que no hay agradecimiento futuro para los que obran bien.»
Y mirándole torvamente le dijo el muy astuto Odiseo:
«Si te precias de ser el arúspice de éstos, seguro que a menudo estabas pronto a suplicar en el palacio
que el fin de mi dulce regreso fuera lejano, para atraer hacia ti a mi querida esposa y que te pariera
hijos. Por esto no podrías escapar a la muerte de largos lamentos.»
Así diciendo, tomó con su ancha mano la espada que estaba en el suelo, la que Agelao había dejado
caer al sucumbir. Con ella le atravesó el cuello por el centro y mientras todavía hablaba Leodes, su
cabeza se mezcló con el polvo.
También el aedo Femio Terpiada trataba de evitar la negra Ker, el que cantaba a la fuerza entre los
pretendientes. Estaba de pie sosteniendo entre sus manos la sonora lira junto al portillo, y dudaba entre
salir desapercibido del mégaron y sentarse junto al altar del gran Zeus, protector del Hogar, donde
Laertes y Odiseo habían quemado muchos muslos de reses, o lanzarse a las rodillas de Odiseo y
suplicarle. Y mientras así pensaba, le pareció más ventajoso asirse a las rodillas de Odiseo Laertíada.
Así que dejó en el suelo la curvada lira, entre la crátera y el sillón de clavos de plata, y se arrojó a las
rodillas de Odiseo. Y asiéndolas, le suplicaba con aladas palabras:
«Te suplico asido a tus rodillas. Odiseo. Respétame y ten compasión de mí. Seguro que tendrás dolor
en el futuro si matas a un aedo, a mí, que canto a dioses y hombres. Yo he aprendido por mí mismo,
pero un dios ha soplado en mi mente toda clase de cantos. Creo que puedo cantar junto a ti como si
fuera un dios. Por esto no trates de cortarme el cuello. También Telémaco, tu querido hijo, podría
decirte que yo no venía a tu casa ni de buen grado ni porque lo precisara, para cantar junto a los
pretendientes en sus banquetes; mas ellos me arrastraban por la fuerza por ser más numerosos y
fuertes.»
Así dijo, y la sagrada fuerza de Telémaco le oyó; así que luego dijo a su padre que estaba cerca:
«Detente y no hieras con el bronce a este inocente. También salvaremos al heraldo Medonte, que
siempre, mientras fui niño, se cuidaba de mí en nuestro palacio, si es que no lo han matado ya Filetio o
el porquero, o se ha enfrentado contigo cuando irrumpiste en la sala.»
Así habló, y Medonte, conocedor de pensamientos discretos, le oyó. Estaba tirado bajo.un sillón y le
cubría una piel recién cortada de buey, tratando de evitar la negra muerte. Enseguida saltó de debajo
del sillón, se despojó de la piel de buey y se arrojó a las rodillas de Telémaco, y asiéndolas le suplicaba
con aladas palabras:
«Amigo, ése soy yo; detente y di a tu padre que no me dañe con el agudo bronce, poderoso como es,
irritado con los pretendientes quienes le consumieron los bienes en el palacio y no te respetaban a ti,
¡necios!»
Y sonriendo le dijo el muy astuto Odiseo:
«Cobra ánimos, ya que éste te ha protegido y salvado, para que sepas -y se lo digas a cualquier otro-
que es mucho mejor una buena acción que una acción malvada. Conque salid del mégaron e id al patio
alejándoos de la matanza tú y el afamado aedo, mientras que yo llevo a cabo en la sala lo que es
menester.
Así dijo, y ambos salieron del mégaron y fueron a sentarse junto al altar del gran Zeus, mirando
asombrados a uno y otro lado, temiendo siempre la muerte.
Entonces Odiseo examinó todo su palacio por si todavía quedaba vivo algún hombre tratando de
evitar la negra muerte. Pero los vio a todos derribados entre polvo y sangre, tan numerosos como los
peces a los que los pescadores sacan del canoso mar en su red de muchas mallas y depositan en la cón-
cava orilla -allí están todos sobre la arena añorando las olas del mar y el brillante Helios les arrebata la
vida-; así estaban los pretendientes, hacinados uno sobre otro.
Entonces se dirigió a Telémaco el muy astuto Odiseo:
«Telémaco, vamos, llámame a la nodriza Euriclea para que le diga la palabra que tengo en mi
interior.»
Así dijo; Telémaco obedeció a su padre y marchando hacia la puerta, dijo a la nodriza Euriclea:
«Ven acá, anciana, tú eres la vigilante de las esclavas en nuestro palacio; ven, te llama mi padre para
decirte algo.»
Así dijo, y a ella se le quedó sin alas su palabra; abrió las puertas del mégaron, agradable para
habitar, y se puso en camino, y luego la condujo Telémaco.
Encontró a Odiseo entre los cuerpos recién asesinados rociado de sangre ya coagulada, como un león
que va de camino luego de haber engullido un toro salvaje --todo su pecho y su cara están manchados
de sangre por todas partes y es terrible al mirarlo de frente. Así de manchado estaba Odiseo por sus
brazos y piernas. Cuando la nodriza vio los cadáveres y la sangre a borbotones, arrancó a gritar, pues
había visto una obra grande, pero Odiseo la contuvo y se lo impidió, por más que lo deseaba, y
dirigiéndose a ella le dijo aladas palabras:
«Alégrate, anciana, en lo interior y no grites, que no es santo ufanarse ante hombres muertos. A éstos
los ha domeñado la Moira de los dioses y sus obras insensatas, pues no respetaban a ninguno de los
terrenos hombres, noble o del pueblo, que se llegara a ellos. Por esto y por sus insensateces han
arrastrado hacia sí un destino vergonzoso. Conque, vamos, dime de las mujeres en el palacio quiénes
me deshonran y quiénes son inocentes.»
Y al punto le contestó la nodriza Euriclea:
«Desde luego, hijo mío, te diré la verdad. Tienes en el palacio cincuenta esclavas a quienes hemos
enseñado a realizar labores, a cardar lana y a soportar su esclavitud. Doce de éstas han incurrido en
desvergüenza y no me honran a mí ni a la misma Penélope. Telémaco ha crecido sólo hace poco y su
madre no le permitía dar órdenes a las esclavas. Pero voy a subir al piso de arriba para comunicárselo a
tu esposa, a quien un dios ha infundido sueño.»
Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:
«No la despiertes todavía. Di a las mujeres que vengan aquí, a las que han realizado obras
vergonzosas.»
Así dijo, y la anciana atravesó el mégaron para comunicárselo a las mujeres y ordenarlas que
vinieran.
Entonces Odiseo, llamando hacia sí a Telémaco, al boyero y al porquero, les dirigió aladas palabras:
«Comenzad ya a llevar cadáveres y dad órdenes a las mujeres para que luego limpien con agua y
agujereadas esponjas los hermosos sillones y las mesas. Cuando hayáis puesto en orden todo el palacio Comentario [SC283]: Ignoramos qué
sacad del sólido mégaron a las mujeres y matadlas con largas espadas entre la rotonda y el hermoso función podia tener esta edificación
circular. En las excavaciones de los
palacios micénicos no ha aparecido nada
que se le parezca.
cerco del patio, hasta que las arranquéis a todas la vida, para que se olviden de Afrodita, a la que
poseían debajo de los pretendientes con quienes se unían en secreto.»
Así diciendo, llegaron las esclavas, todas en grupo, lanzando tristes lamentos y derramando
abundantes lágrimas. Primero se llevaron los cadáveres y los pusieron bajo el pórtico del bien cercado
patio, apoyándolos bien unos en otros, pues así lo había ordenado Odiseo que las apremiaba en
persona. Y ellas los llevaban por la fuerza. Luego limpiaron con agua y agujereadas esponjas los
hermosos sillones y las mesas. Entretanto, Telémaco, el boyero y el porquero rasparon bien con
espátulas el piso de la bien construida vivienda y las esclavas se lo llevaban y lo ponían fuera. Cuando
habían puesto en orden todo el palacio, sacaron del sólido mégaron a las esclavas y las encerraron en
un lugar estrecho, entre la rotonda y el hermoso cerco del patio, de donde no había posibilidad de huir.
CANTO XXIII
PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO
Entonces la anciana subió gozosa al piso de arriba para anunciar a la señora que estaba dentro su
esposo, y sus rodillas se llenaban de fuerza y sus pies se levantaban del suelo.
Se detuvo sobre su cabeza y le dijo su palabra:
«Despierta, Penélope, hija mía, para que veas con tus propios ojos lo que esperas todos los días. Ha
venido Odiseo, ha llegado a casa por fin, aunque tarde, y ha matado a los ilustres pretendientes, a los
que afligían su casa comiéndose los bienes y haciendo de su hijo el objeto de sus violencias.»
Y se dirigió a ella la prudente Penélope:
«Nodriza querida, te han vuelto loca los dioses, los que pueden volver insensato a cualquiera, por
muy sensato que sea, y hacer entrar en razón al de mente estúpida. Ellos te han dañado; antes eras
equilibrada en tu mente.
«¿Por qué te burlas de mí, si tengo el ánimo quebrantado por el dolor, diciéndome estos extravíos y
me despiertas del dulce sueño que me tenía encadenados los párpados? Jamás había dormido de tal
modo desde que Odiseo marchó a la madita Ilión que no hay que nombrar.
«Pero vamos, baja ya y vuelve al mégaron. Porque si cualquiera otra de las mujeres que están a mi
servicio hubiera venido a anunciarme esto y me hubiera despertado, seguro que la habría hecho volver
al mégaron con palabra violenta. A ti, en cambio, te valdrá la vejez, por lo menos en esto.»
Y le contestó su nodriza Euriclea:
«No me burlo de tí en absoluto, hija mía, que en verdad ha llegado Odiseo, ha vuelto a casa como lo
anuncio y es el forastero a quien todos deshonraban en el mégaron. Telémaco sabía hace tiempo que ya
estaba dentro, pero ocultó con prudencia los proyectos de su padre para que castigara la violencia de
esos hombres altivos.»
Así dijo; invadió a Penélope la alegría y, saltando del lecho, abrazó a la anciana, dejó correr el llanto
de sus párpados y hablándole dijo aladas palabras:
«Vamos, nodriza querida, dime la verdad, dime si de verdad ha llegado a casa como anuncias; dime
cómo ha puesto sus manos sobre los pretendientes desvergonzados, solo como estaba, mientras que
ellos permanecían dentro siempre en grupo.»
Y le contestó su nodriza Euriclea:
«No lo he visto, no me lo han dicho, sólo he oído el ruido de los que caían muertos. Nosotras
permanecíamos asustadas en un rincón de la bien construida habitación -y la cerraban bien ajustadas
puertas- hasta que tu hijo me llamó desde el mégaron, Telémaco, pues su padre le había mandado que
me llamara. Después encontré a Odiseo en pie, entre los cuerpos recién asesinados que cubrían el firme
suelo, hacinados unos sobre otros. Habrías gozado en tu ánimo si lo hubieras visto rociado de sangre y
polvo como un león. Ahora ya están todos amontonados en la puerta del patio mientas él rocía con
azufre la hermosa sala, luego de encender un gran fuego, y me ha mandado que te llame. Vamos,
sígueme, para que vuestros corazones alcancen la felicidad después de haber sufrido infinidad de
pruebas. Ahora ya se ha cumplido este tu mayor anhelo: él ha llegado vivo y está en su hogar y te ha
encontrado a ti y a su hijo en el palacio, y a los que le ultrajaban, a los pretendientes, a todos los ha
hecho pagar en su palacio.»
Y le respondió la prudente Penélope:
«Nodriza querida, no eleves todavía tus súplicas ni te alegres en exceso. Sabes bien cuán bienvenido
sería en el palacio para todos, y en especial para mí y para nuestro hijo, a quien engendramos, pero no
es verdadera esta noticia que me anuncias, sino que uno de los inmortales ha dado muerte a los ilustres
pretendientes, irritado por su insolencia dolorosa y sus malvadas acciones; pues no respetaban a
ninguno de los hombres que pisan la tierra, ni al del pueblo ni al noble, cualquiera que se llegara a
ellos. Por esto, por su maldad, han sufrido la desgracia, que lo que es Odiseo... éste ha perdido su
regreso lejos de Acaya y ha perecido.»
Y le contestó su nodriza Euriclea:
«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco de tus dientes! ¡Tú, que dices que no volverá jamás tu
esposo, cuando ya está dentro, junto al hogar! Tu corazón ha sido siempre desconfiado, pero te voy a
dar otra señal manifiesta: cuando le lavaba vi la herida que una vez le hizo un jabalí con su blanco
colmillo; quise decírtelo, pero él me asió la boca con sus manos y no me lo permitió por la astucia de
su mente. Vamos, sígueme, que yo misma me ofrezco en prenda y, si te engaño, mátame con la muerte
más lamentable.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Nodriza querida, es difícil que tú descubras los designios de los dioses, que han nacido para
siempre, por muy astuta que seas. Vayamos, pues, en busca de mi hijo para que yo vea a los
pretendientes muertos y a quien los mató.»
Así dijo, y descendió del piso de arriba. Su corazón revolvía una y otra vez si interrogaría a su
esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le tomaría de las manos y le besaría la cabeza. Y cuando
entró y traspasó el umbral de piedra se sentó frente a Odiseo junto al resplandor del fuego, en la pared
de enfrente. Él se sentaba junto a una elevada columna con la vista baja esperando que le dijera algo su
fuerte esposa cuando lo viera con sus ojos, pero ella permaneció sentada en silencio largo tiempo -pues
el estupor alcanzaba su corazón. Unas veces le miraba fijamente al rostro y otras no lo reconocía por
llevar en su cuerpo miserables vestidos.
Entonces Telémaco la reprendió, le dijo su palabra y la llamó por su nombre:
«Madre mía, mala madre, que tienes un corazón tan cruel. ¿Por qué te mantienes tan alejada de mi
padre y no te sientas junto a él para interrogarle y enterarte de todo? Ninguna otra mujer se mantendría
con ánimo tan tenaz apartada de su marido, cuando éste después de pasar innumerables calamidades
llega a su patria a los veinte años. Pero tu corazón es siempre más duro que la piedra.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Hijo mío, tengo el corazón pasmado dentro del pecho y no puedo pronunciar una sola palabra ni
interrogarle, ni mirarle siquiera a la cara. Si en verdad es Odiseo y ha llegado a casa, nos
reconoceremos mutuamente mejor, pues tenemos señales secretas para los demás que sólo nosotros
dos conocemos.»
Así habló y sonrió el sufridor, el divino Odiseo, y al punto dirigió a Telémaco aladas palabras:
«Telémaco, deja a tu madre que me ponga a prueba en el palacio y así lo verá mejor. Como ahora
estoy sucio y tengo sobre mi cuerpo vestidos míseros, no me honra y todavía no cree que yo sea aquél.
Pero deliberemos antes de modo que resulte todo mejor, pues cualquiera que mata en el pueblo incluso
a un hombre que no deja atrás muchos vengadores, se da a la fuga abandonando sus parientes y su
tierra patria, pero yo he matado a los defensores de la ciudad, a los más nobles mozos de Itaca. Te
invito a que consideres esto.»
Y le contestó Telémaco discretamente:
«Considéralo tú mismo, padre mío, pues dicen que tus decisiones son las mejores y ningún otro de
los mortales hombres osaría rivalizar contigo. Nosotros te apoyaremos ardorosos y te aseguro que no
nos faltará fuerza en cuanto esté de nuestra parte.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Te voy a decir lo que me parece mejor. En primer lugar, lavaos y vestid vuestras túnicas, y ordenad
a las esclavas en el palacio que elijan ropas para ellas mismas. Después, que el divino aedo nos entone
una alegre danza con su sonora lira, para que cualquiera piense que hay boda si lo oye desde fuera, ya
sea un caminante o uno de nuestros vecinos; que no se extienda por la ciudad la noticia de la muerte de
los pretendientes antes de que salgamos en dirección a nuestra finca, abundante en árboles. Una vez
allí pensaremos qué cosa de provecho nos va a conceder el Olímpico.»
Así habló, y al punto todos le escucharon y obedecieron. En primer lugar se lavaron y vistieron las
túnicas, y las mujeres se adornaron. Luego, el divino aedo tomó su curvada lira y excitó en ellos el
deseo del dulce canto y la ilustre danza. Y la gran mansión retumbaba con los pies de los hombres que
danzaban y de las mujeres de lindos ceñidores.
Y uno que lo oyó desde fuera del palacio decía así:
Seguro que se ha desposado ya alguien con la muy pretendida reina. ¡Desdichada!, no ha tenido
valor para proteger con constancia la gran mansión de su legítimo esposo, hasta que llegara.»
Así decía uno, pero no sabían en verdad qué había pasado.
Después lavó a Odiseo, el de gran corazón, el ama de llaves Eurínome y lo ungió con aceite y puso a
su alrededor una hermosa túnica y manto. Entonces derramó Atenea sobre su cabeza abundante gracia
para que pareciera más alto y más ancho e hizo que cayeran de su cabeza ensortijados cabellos
semejantes a la flor del jacinto. Como cuando derrama oro sobre plata un hombre entendido a quien
Hefesto y Palas Atenea han enseñado toda clase de habilidad y lleva a término obras que agradan, así
derramó la gracia sobre éste, sobre su cabeza y hombro. Y salió de la bañera semejante en cuerpo a los
inmortales.
Fue a sentarse de nuevo en el sillón, del que se había levantado, frente a su esposa, y le dirigió su
palabra:
«Querida mía, los que tienen mansiones en el Olimpo te han puesto un corazón más inflexible que a
las demás mujeres. Ninguna otra se mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su marido cuando
éste, después de pasar innumerables calamidades, llega a su patria a los veinte años. Vamos, nodriza,
prepárame el lecho para que también yo me acueste, pues ésta tiene un corazón de hierro dentro del
pecho.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Querido mío, no me tengo en mucho ni en poco ni me admiro en exceso, pero sé muy bien cómo
eras cuando marchaste de Itaca en la nave de largos remos. Vamos, Euriclea, prepara el labrado lecho
fuera del sólido tálamo, el que construyó él mismo. Y una vez que hayáis puesto fuera el labrado
lecho, disponed la cama pieles, mantas y resplandecientes colchas.»
Así dijo poniendo a prueba a su esposo. Entonces Odiseo se dirigió irritado a su fiel esposa:
«Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa para mi corazón. ¿Quién me ha puesto la cama en
otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy hábil si no viniera un dios en persona y lo pusiera
fácilmente en otro lugar; que de los hombres, ningún mortal viviente, ni aun en la flor de la edad, lo
cambiaría fácilmente, pues hay una señal en el labrado lecho, y lo construí yo y nadie más. Había
crecido dentro del patio un tronco de olivo de extensas hojas, robusto y floreciente, ancho como una
columna. Edifiqué el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo, con piedras espesas, y lo cubrí bien con
un techo y le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente trabadas. Fue entonces cuando corté el
follaje del olivo de extensas hojas; empecé a podar el tronco desde la raíz, lo pulí bien y
habilidosamente con el bronce y lo igualé con la plomada, convirtiéndolo en pie de la cama, y luego lo
taladré todo con el berbiquí. Comenzando por aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con oro,
plata y marfil y tensé dentro unas correas de piel de buey que brillaban de púrpura.
«Esta es la señal que te manifiesto, aunque no sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya lo ha
puesto algún hombre en otro sitio, cortando la base del olivo.»
Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el corazón al reconocer las señales que le había
manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando hacia él y echó sus brazos alrededor del cuello de
Odiseo; besó su cabeza y dijo:
«No te enojes conmigo, Odiseo, que en lo demás eres más sensato que el resto de los hombres. Los
dioses nos han enviado el infortunio, ellos, que envidiaban que gozáramos de la juventud y llegáramos
al umbral de la vejez uno al lado del otro. Por esto no te irrites ahora conmigo ni te enojes porque al
principio, nada más verse, no te acogiera con amor. Pues continuamente mi corazón se estremecía
dentro del pecho por temor a que alguno de los mortales se acercase a mí y me engañara con sus
palabras, pues muchos conciben proyectos malvados para su provecho. Ni la argiva Helena, del linaje
de Zeus, se hubiera unido a un extranjero en amor y cama, si hubiera sabido que los belicosos hijos de
los aqueos habían de llevarla de nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la impulsó a ejecutar Comentario
una [SC284]: No parece may
clara la pertinencia de este ejemplo que
acción vergonzosa, que antes no había puesto en su mente esta lamentable ceguera por la que, por
aduce Penélope. Es posible que trate de
primera vez, se llegó a nosotros el dolor. exculparse de la frialdad inicial con Odiseo
atribuyendola a los dioses. En todo caso, es
«Pero ahora que me has manifestado claramente las señales de nuestro lecho, que ningún otro mortalun buen ejemplo del proceso de
había visto sino sólo tú y yo -y una sola sierva, Actorís, la que me dio mi padre al venir yo aquí, la que moral de Helena cuyos ecos
rehabilitación
se perciben más de una vez en la Odisea
nos vigilaba las puertas del labrado dormitorio-, ya tienes convencido a mi corazón, por muy inflexible
que sea.»
Así habló, y a él se le levantó todavía más el deseo de llorar y lloraba abrazado a su deseada, a su fiel
esposa. Como cuando la tierra aparece deseable a los ojos de los que nadan (a los que Poseidón ha
destruido la bien construida nave en el ponto, impulsada por el viento y el recio oleaje; pocos han
conseguido escapar del canoso mar nadando hacia el litoral y -cuajada su piel de costras de sal-
consiguen llegar a tierra bienvenidos, después de huir de la desgracia), así de bienvenido era el esposo
para Penélope, quien no dejaba de mirarlo y no acababa de soltar del todo sus blancos brazos del
cuello.
Y se les hubiera aparecido Eos, de dedos de rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de ojos
brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro proyecto: contuvo a la noche en el otro extremo Comentario
al [SC285]: Resulta extraña
esta alteración del orden normal del tiempo
tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono de oro, la empujó de nuevo hacia Océano y no permitía para tan insignificante fin. Sólo hay otro
que unciera sus caballos de veloces pies, los que llevan la luz a los hombres, Lampo y Faetonte, losen la Mitología griega cuando Zeus
ejemplo
hizo que Helios invirtiera su curso para que
potros que conducen a Eos. Atreo reinara sobre Tiestes, ár. Eurípides,
Eletra, w. 726 y ss.
Entonces se dirigió a su esposa el muy astuto Odiseo: Comentario [SC286]: Son dos
nombres parlantes, «el que brilla» y «el que
«Mujer, no hemos llegado todavía a la meta de las pruebas, que aún tendremos un trabajo desmedido
alumbra». No hay
y difícil que es preciso que yo acabe del todo. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias el día en queque
confundir a este Faetonte con el hijo de
descendí a la morada de Hades, para inquirir sobre el regreso de mis compañeros y el mío propio.Helios
Pero -o de Eos según Hesiodo, Teogonía,
986 y ss.
vayamos a la cama, mujer, para gozar ya del dulce sueño acostados.»
Y le contestó la prudente Penélope:
«Estará en tus manos el acostarte cuando así lo desee tu corazón, ahora que los dioses te han hecho
volver a tu bien edificado palacio y a tu tierra patria. Pero puesto que has hecho una consideración -y
seguro que un dios la ha puesto en tu mente-, vamos, dime la prueba que te espera, puesto que me voy
a enterar después, creo yo, y no es peor que lo sepa ahora mismo.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Querida mía, ¿por qué me apremias tanto a que te lo diga? En fin, te lo voy a decir y no lo ocultaré,
pero tu corazón no se sentirá feliz; tampoco yo me alegro, puesto que me ha ordenado ir a muchas
ciudades de mortales con un manejable remo entre mis manos, hasta que llegue a los hombres que no
conocen el mar ni comen alimentos aderezados con sal; tampoco conocen estos hombres las naves de
rojas mejillas ni los manejables remos que son alas para las naves. Y me dio esta señal que no te voy a
ocultar: cuando un caminante, al encontrarse conmigo, diga que llevo un bieldo sobre mi ilustre
hombro, me ordenó que en ese momento clavara en tierra el remo, ofreciera hermosos sacrificios al
soberano Poseidón -un cabrito, un toro y un verraco semental de cerdas-, que volviera a casa y
ofreciera sagradas hecatombes a los dioses inmortales, los que poseen el ancho cielo, a todos por
orden. Y me sobrevendrá una muerte dulce, lejos del mar, de tal suerte que me destruya abrumado por
la vejez. Y a mi alrededor el pueblo será feliz. Me aseguró que todo esto se va a cumplir.»
Y se dirigió a él la prudente Penélope:
«Si los dioses nos conceden una vejez feliz, hay esperanza de que tendremos medios de escapar a la
desgracia.»
Así hablaban el uno con el otro. Entretanto, Eurínome y la nodriza dispusieron la cama con ropa
blanda bajo la luz de las antorchas. Luego que hubieron preparado diligentemente el labrado lecho, la
anciana se marchó a dormir a su habitación y Eurínome, la camarera, los condujo mientras se dirigían
al lecho con una antorcha en sus manos. Luego que los hubo conducido se volvió, y ellos llegaron de
buen grado al lugar de su antiguo lecho.
Después Telémaco, el boyero y el porquero hicieron descansar a sus pies de la danza y fueron todos
a acostarse por el sombrío palacio.
Y cuando habían gozado del amor placentero, se complacían los dos esposos contándose
mutuamente, ella cuánto había soportado en el palacio, la divina entre las mujeres; contemplando la
odiosa comparsa de los pretendientes que por causa de ella degollaban en abundancia toros y gordas
ovejas y sacaban de las tinajas gran cantidad de vino; por su parte, Odiseo, de linaje divino, le contó
cuántas penalidades había causado a los hombres y cuántas había padecido él mismo con fatiga.
Penélope gozaba escuchándole y el sueño no cayó sobre sus párpados hasta que le contara todo.
Comenzó narrando cómo había sometido a los cicones y llegado después a la fértil tierra de Comentario
los [SC287]: Hasta el v. 341
constituye un resumen completo y bastante
Lotófagos, y cuánto le hizo al Cíclope y cómo se vengó del castigo de sus ilustres compañeros a salvo algunos detalles, de todas
ajustado,
quienes aquél se había comido sin compasión, y cómo llegó a Eolo, que lo acogió y despidió las aventuras de Odiseo comprendidas en
los cantos VIII-XIII, pero aquí lógicamente,
afablemente, pero todavía no estaba decidido que llegara a su patria, sino que una tempestad lo cronológico. Algunos filólogos
en orden
arrebató de nuevo y lo llevaba por el ponto, lleno de peces, entre profundos lamentos; y cómo llegó a desacertadamente, que podría
han sugerido,
tratarse de un resumen mnemotécnico para
Telépilo de los Lestrígones, quienes destruyeron sus naves y a todos sus compañeros de buenas grebas.
uso de rapsodas.
Sólo Odiseo consiguió escapar en la negra nave. Comentario [SC288]: No murieron
todos. Quedaron los de la nave de Odiseo.
Le contó el engaño y la destreza de Circe y cómo bajó a la sombría mansión de Hades para consultar
al alma del tebano Tiresias con su nave de muchas filas de remeros -y vio a todos sus compañeros Comentario
ya [SC289]: No vio a todas
sus compañeros, sino sólo a Elpenor.
su madre que lo había parido y criado de niño, y cómo oyó el rumor de las Sirenas de dulce canto y
llegó a las Rocas Errantes y a la terrible Caribdis y a Escila, a quien jamás han evitado incólumesComentario
los [SC290]: En realidad,
Odiseo evitó este camino que Circe le había
hombres. Y cómo sus compañeros mataron las vacas de Helios y cómo Zeus, el que truena arriba, señalado como alternativa de Escila y
disparó contra la rápida nave su humeante rayo -y todos sus compañeros perecieron juntos, pero él evi- cfr. XI1.G0 y ss.
Caribdis,
tó a las funestas Keres. Y cómo llegó a la isla de Ogigia y a la ninfa Calipso, quien lo retuvo en
cóncava cueva deseando que fuera su esposo; le alimentó y decía que lo haría inmortal y sin vejez para
siempre, pero no persuadió a su corazón. Y cómo después de mucho sufrir llegó a los feacios, quienes
le honraron de todo corazón como a un dios y lo condujeron en una nave a su tierra patria, después de
regalarle bronce, oro en abundancia y vestidos.
Esta fue la última palabra que dijo cuando el dulce sueño, el que afloja los miembros, le asaltó
desatando las preocupaciones de su corazón.
Entonces proyectó otra decisión Atenea, la diosa de ojos brillantes: cuando creyó que Odiseo ya
había gozado del lecho de su esposa y del sueño, al punto hizo salir de Océano a la de trono de oro, a
la que nace de la mañana, para que llevara la luz a los hombres. Entonces se levantó Odiseo del blando
lecho y dirigió la palabra a su esposa:
«Mujer, ya estamos saturados ambos de pruebas inumerables; tú, llorando aquí mi penoso regreso y
yo... a mí Zeus y los demás dioses me tenían encadenado con dolores lejos de aquí, de mi tierra patria,
pero ahora que los dos hemos llegado al deseable lecho, tú has de cuidarme las riquezas que poseo en
el palacio, que en cuanto a las ovejas que los altivos pretendientes me degollaron, muchas se las robaré
yo mismo y otras me las darán los aqueos hasta que llenen mis establos. Mas ahora parto hacia la finca
de muchos árboles para ver a mi noble padre que me está apenado. A ti, mujer, te encomiendo esto, ya
que eres prudente: al levantarse el sol correrá la noticia de la matanza de los pretendientes en el
palacio; sube al piso de arriba con las siervas y permanece allí, y no mires a nadie ni preguntes.»
Así dijo y vistió alrededor de sus hombros la hermosa armadura y apremió a Telémaco, al boyero y
al porquero, ordenándoles que tomaran en sus manos los instrumentos de guerra. Éstos no le
desobedecieron, se vistieron con el bronce, cerraron las puertas y salieron. Y los conducía Odiseo. Ya
había luz sobre la tierra, pero Atenea los cubrió con la noche y los condujo rápidamente fuera de la
ciudad.
CANTO XXIV
EL PACTO
Comentario [SC291]: Cilenio es un
Y Hermes llamaba a las almas de los pretendientes, el Cilenio, y tenía entre sus manos el hermoso
epíteto local de Hermes en Arcadia donde
caduceo de oro con el que hechiza los ojos de los hombres que quiere y de nuevo los despierta cuando
se sitúa el monte Cilene. También aparece
duermen. Con éste los puso en movimiento y los conducía, y ellas le seguían estridiendo. Como en el Himmo a Hermes, v. 318.
cuando los murciélagos en lo más profundo de una cueva infinita revolotean estridentes cuando se
desprende uno de la cadena y cae de la roca -pues se adhieren unos a otros- así iban ellas estridiendo
todas juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por los sombríos senderos. Traspusieron Comentario
las [SC292]: Es otro epíteto
extraño de Hermes, aunque ya aparecía en
corrientes de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron las puertas de Helios y el pueblo de los Sueños,
Ilíada, XVI.185, y reaparece en Hesiodo,
y pronto llegaron a un prado de asfódelo donde habitan las almas, imágenes de los difuntos. Fragm., 137 West.
Comentario [SC293]: Léucade es el
Allí encontraron el alma del Pelida Aquiles y la de Patroclo y la del irreprochable Antíloco ynombre
la dede varios promontorios y ciudades
costeras. Sin embargo, debe tratarse aquí de
Ayáx, el más excelente en aspecto y cuerpo de los dánaos después del irreprochable hijo de Peleo. un nombre mítico, puesto que está «más
Todos se iban congregando en torno a éste; acercóse doliente el alma de Agamenón el Atrida y,alláadesulas corrientes de Océano». Lo
mismo hay que decir de «Las puertas de
alrededor, las de cuantos murieron con él en casa de Egisto y cumplieron su destino. Helios» y del «Pueblo de los Sueños». Toda
A éste se dirigió en primer lugar el alma del Pelida: esta geografía infernal es ajena al resto de
los poemas homéricos, así como el carácter
«Atrida, estábamos convencidos de que tú eras querido por Zeus, el que goza con el rayo, por encima
de Psicopompo de Hermes y la forma en
de los demás héroes puesto que reinabas sobre muchos y fuertes hombres en el pueblo de los troyanos,
que bajan las almas al Hades. Toda esta
parte, hasta el v. 204, es la llamada segunda
donde sufrimos penalidades los aqueos. Sin embargo, también se había de poner a tu lado la luctuosa
Nekya y ya fue atetizada por Aristarco
Moira, a la que nadie evita de los que han nacido. ¡Ojalá hubieras obtenido muerte y destino como en señala
el el escoliasta. Cfr.
Introducción.
pueblo de los troyanos disfrutando de los honores con los que reinabas! Así te hubiera levantado una
tumba el ejército panaqueo y habrías cobrado gran gloria también para tu hijo. Sin embargo, te había
tocado en suerte perecer con la muerte más lamentable.»
Y le contestó a su vez el alma del Atrida:
«Dichoso hijo de Peleo, semejante a los dioses, Aquiles, tú que pereciste en Troya, lejos de Argos y
en torno a ti sucumbían los mejores hijos de troyanos y aquéos luchando por tu cadáver, mientras tú
yacías en medio de un torbellino de polvo ocupando un gran espacio, olvidado ya de conducir tu carro.
Nosotros luchamos todo el día y no habríamos cesado de luchar en absoluto, si Zeus no te hubiera
impedido con una témpestad. Después, cuando te sacamos de la batalla y te llevamos a las naves, te
pusimos en un lecho tras limpiar tu hermosa piel con agua tibia y con aceite, y en torno a ti todos los
dánaos derramaban muchas, calientes lágrimas y se mesaban los cabellos.
«Entonces llegó tu madre del mar con las inmortales diosas marinas, después de oír la noticia, y un
lamento inmenso se levantó sobre el ponto. El temblor se apoderó de todos los aqueos y se habrían
levantado para embarcarse en las cóncavas naves, si no los hubiera contenido un hombre sabedor de
cosas muchas y antiguas, Néstor, cuyo consejo también antes parecía el mejor. Éste habló con buenos
sentimientos hacia ellos y dijo: "Conteneos, argivos, no huyáis, hijos de los aqueos. Esta es su madre y
viene del mar con las inmortales diosas marinas pára encontrarse con su hijo muerto." Así habló y ellos
contuvieron su huida temerosa.
«Entonces lo rodearon llorando las hijas del viejo del mar y, lamentándose, le pusieron vestidos
inmortales. Y las Musas, nueve en total, cantaban alternativamente un canto funerario con hermosaComentario [SC294]: Homero
habitualmente habla de Musa en singular
voz. En ese momento no habrías visto a ninguno de los argivos sin lágrimas: ¡tanto los conmovía laVIII.73, 481, 488. Este es el primer
(cfr. I.1,
sonora Musa! pasaje donde se habla de Nueve --aunque
más abajo vuelve al singular, que es, más
«Dieciocho noches lo lloramos, e igualmente de día, los dioses inmortales y los mortales hombres. Elcolectivo. A partir de Hesiodo
bien, un
día décimoctavo lo entregamos al fuego y sacrificamos animales en torno tuyo, bien alimentados (Teogonía, 915) ya se las considera hijas de
Zeus y de Mnernósine, y posteriormente se
rebaños y cuernitorcidos bueyes. Tú ardías envuelto en vestiduras de dioses y en abundante aceite y nombres y funciones. Pero Musa
les dieron
dulce miel. Muchos héroes aqueos circularon con sus armas alrededor de tu pira mientras ardías,procede
a piede montya y es, en el origen, una
divinidad de las montañas.
y a caballo, y se levantaba un gran estrépito. Después, cuando te había quemado la llama de Hefesto, al
amanecer, recogimos tus blancos huesos, Aquiles, envolviéndolos en vino sin mezcla y en aceite, pues
tu madre nos donó una ánfora de oro -decía que era regalo de Dioniso y obra del ilustre Hefesto. Comentario
En [SC295]: Es la segunda
vez que se cita a Dióniso (la primera en
ella están tus blancos huesos, ilustre Aquiles, mezclados con los del cadáver de Patrocio, el hijo deEs un dios que no goza de las
XI.325).
Menetio, y, separados, los de Antíloco a quien honrabas por encima de los demás compañeros, aunque
simpatías de la aristocracia, y, por tanto, de
la Épica, aunque sin duda en época
después de Patroclo, muerto también. Y levantamos sobre ellos un monumento grande y perfecto homéricael ya tenía una presencia importante
sagrado ejécito de los guerreros argivos, junto al prominente litoral del vasto Helesponto. Así podrás
en las capas populares.
ser visto de lejos, desde el mar, por los hombres que ahora viven y por los que vivirán después.
«Tu madre, después de pedírselo a los dioses, instituyó un muy hermoso certamen para los mejores
de los aqueos en medio de la concurrencia. Ya has asistido al funeral de muchos héroes, cuando al
morir un rey los jóvenes se ciñen las armas y se establecen competiciones, pero serla sobre todo al ver
aquel cuando habrías quedado estupefacto: ¡qué hermosísimo certamen estableció la diosa en tu honor,
la diosa de los pies de plata, Tetis, pues eras muy querido de los dioses. Conque ni aún al morir has
perdido tu nombre, sino que tu fama de nobleza llegará siempre a todos los hombres, Aquiles. En
cambio a mí...!, ¿qué placer obtuve al concluir la guerra? Zeus me preparó durante el regreso una
penosa muerte a manos de Egisto y de mi funesta esposa.»
Esto es lo que decían entre sí.
Y se les acercó el Mensajero, el Argifonte, conduciendo las almas de los pretendientes muertos a
manos de Odiseo. Ambos se admiraron al verlos y se fueron derechos a ellos, y el alma de Agamenón,
el Atrida, reconoció al querido hijo de Melaneo, el muy ilustre Anfimedonte, pues era huésped suyo
cuando habitaba su palacio de Itaca. Así que se dirigió a éste en primer lugar el alma del Atrida:
«Anfimedonte, ¿qué os ha pasado para que os hundáis en la sombría tierra, hombres selectos todos y
de la misma edad? Nadie que escogiera en la ciudad a los mejores hombres elegiría de otra manera.
¿Es que os ha sometido Poseidón en las naves levantado crueles vientos y enormes olas?; ¿o acaso os
han destruido en tierra firme, en algún sitio, hombres enemigos cuando intentabais llevaros sus bueyes
o sus hermosos rebaños de ovejas, o luchando por la ciudad y sus mujeres? Dímelo, puesto que te
pregunto y me precio de ser tu huésped. ¿O no te acuerdas cuando llegué a vuestro palacio en
compañía del divino Menelao para incitar a Odiseo a que nos acompañara a Ilión sobre las naves de
Comentario [SC296]: Esta frase indica
buenos bancos? Durante un mes recorrimos el ancho mar y con dificultad convencimos a Odiseo, el
que Odiseo se negaba en un principio a ir a
destructor de ciudades». Troya. En los Cantor chipriotas, poema
épico tardío cuyo argumento recoge la
Cretamatía de Proclo, se afirmaba que
Y le contestó el alma de Anfimedonte: Odiseo se fingió loco, pero que Palamedes
descubrió su astucia sirviéndose de
«Atrida, el más ilustre soberano de hombres, Agamenón, recuerdo todo eso tal como lo dices. Te voy
Telémaco, recien nacido. Sin embargo, todo
a narrar cabalmente y con exactitud el funesto término de nuestra muerte, cómo fue urdido. ello parece un intento de justificar a priori
la ulterior enemistad entre ambos héroes.
En este pasaje se dice que fueron a buscar a
Odiseo solamente Agamenón y Menelao.
«Pretendíamos a la esposa de odiseo, largo tiempo ausente, y ella ni se negaba al odiado matrimonio
ni lo realizaba –pues meditaba para nosotros la muerte y la negra Ker-, sino que urdió en su interior
este otro engaño: puso en el palacio un gran telar e hilaba, telar suave e inacabable. Y nos dijo a
continuación: " Jóvenes pretendientes míos, puesto que ha muerto el divino Odiseo, aguardad, aunque
deseéis mi boda, hasta que acabe este manto -no sea que se me pierdan los hilos-, este sudario para el
héroe Laertes, para cuando le arrebate la luctuosa Moira de la muerte de largos lamentos, no sea que
alguna de las aqueas en el pueblo se irrite conmigo si yace sin sudario el que poseyó mucho. Así habló
y enseguida se convenció nuestro noble ánimo. Conque allí hilaba su gran telar durante el día y por la
noche lo destejía, tras colocar antorchas a su lado. Así que su engaño pasó inadvertido durante tres
años y convenció a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto año y transcurrteron las estaciones,
sucediéndose los meses, y se cumplieron muchos días, nos lo dijo una de las mujeres –ella lo sabía
bien- y sorprendimos a ésta destejiendo su brillante tela.
«Así fue como tuvo que acabarla, y no voluntariamente sino por la fuerza. Y cuando nos mostró Comentario
el [SC297]: Es la tercera vez
que se cuenta la historia del telar, cfr.
manto, tras haber hilado el gran telar, tras haberlo lavado, semejante al sol y a la luna, fue entonces
Tambien Ii.93-100 y XIX.138-156.
cuando un funesto demón trajo de algún lado a Odiseo hasta los confines del campo donde habitaba su
morada el porquero. Allí marchó también el querido hijo del divino Odiseo cuando llegó de vuelta de
la arenosa Pilos en negra nave y entre los dos tramaron funesta muerte para los pretendientes. Y
llegaron a la muy ilustre ciudad, Odiseo el último, mientras que Telémaco le precedía. El porquero
llevó a aquél con miserables vestidos en su cuerpo, semejante a un mendigo miserable y viejo apoyado
en su bastón, y rodeaban su cuerpo tristes vestidos. Ninguno de nosotros pudo reconocer que era él al
aparecer de repente, ni los que eran más mayores, sino que le maltratábamos con palabras insultantes y
con golpes. El entretanto soportaba ser golpeado e injuriado en su propio palacio con ánimo paciente;
pero cuando le incitó la voluntad de Zeus, portador de égida, tomó las hermosas armas junto con
Telémaco, las ocultó en la despensa y echó los cerrojos; después mandó con mucha astucia a su esposa
que entregara a los pretendientes el arco y el ceniciento hierro como competición para nosotros,
hombres de triste destino, y comienzo de la matanza. Comentario [SC298]: Este relato no
«Ello fue que ninguno de nosotros pudo tender la cuerda del poderoso arco; que éramos delresponde todo
que
a la Odirea que tenemos, por lo
algunos críticos han llegado a pensar
incapaces. Cuando el gran arco llegó a manos de Odiseo, todos nosotros voceábamos al porquero queque
quizá pertenezca a una redacción
primitiva en que Odiseo se da a conocer a
no se lo entregara ni aunque le rogara insistentemente. Sólo Telémaco le animó y se lo ordenó. Así que
Penélope y juntos traman la muerte de los
le tomó en sus manos el sufridor, el divino Odiseo y tendió el arco con facilidad, hizo pasar la flecha
pretendientes.
por el hierro, fue a ponerse sobre el umbral y disparaba sus veloces saetas mirando a uno y otro lado
que daba miedo. Alcanzó al rey Antínoo y luego iba lanzando sus funestos dardos a los demás,
apuntando de frente, y ellos iban cayendo hacinados.
«Era evidente que alguno de los dioses les ayudaba, pues, cediendo a su ímpetu, nos mataban desde
uno y otro lado de la sala. Y se levantó un vergonzoso gemido cuando nuestras cabezas golpeaban
contra el pavimento y éste todo humeaba con sangre.
«Así perecimos, Agamenón, y nuestros cuerpos yacen aún descuidados en el palacio de Odiseo, pues
todavía no lo saben nuestros parientes, quienes lavarían la sangre de nuestras heridas y nos llorarían
después de depositarnos, que éste es el honor que se tributa a los que han muerto.»
Y le contestó el alma del Atrida:
«¡Dichoso hijo de Laertes, muy astuto Odiseo, por fin has recuperado a tu esposa con tu gran valor!
¡Así de buenos eran los pensamientos de la irreprochable Penélope, la hija de Icario! ¡Así de bien se
acordaba de Odiseo, de su esposo legítimo! Por eso la fama de su virtud no perecerá y los inmortales
fabricarán un canto a los terrenos hombres en honor de la prudente Penélope. No preparó acciones
malvadas como la hija de Tíndaro que mató a su esposo legítimo y un canto odioso correrá entre los
hombres; ha creado una fama funesta para las mujeres, incluso para las que sean de buen obrar». Comentario [SC299]: Aquí culmina la
syncrisis o comparación entre las familias
Esto era lo que hablaban entre sí en la morada de Hades, bajo las cavernas de la tierra. de Odiseo y Agamenón que ha sido un
Entretanto, Odiseo y los suyos bajaron de la ciudad y. enseguida llegaron al hermoso yleit-motiv bien de la obra. Por ello la segunda
Nekya no sólo no es innecesaria, como
cultivado campo que Laertes mismo había adquirido en otro tiempo, después de haber sufrido mucho. pretenden algunos, sino que ofrece un
Allí tenía una mansión y, rodeándola por completo, corría un cobertizo en el que comían, descansaban
paralelismo necesario a la primera: allí se
narraba la muerte de Agamenón y se
y pasaban la noche los esclavos forzosos que le hacían la labor. También había una mujer, la anciana
señalaba el carácter pérfido de
Sicele que cuidaba gentilmente al anciano en el campo, lejos de la ciudad. Clitemnestra; aquí se narra el triunfo de
Odiseo y se subraya la fidefidad de
Entonces dijo Odiseo su palabra a los esclavos y a su hijo: Penélope. Incluso el detalle de hacer
«Vosotros entrad ya en la bien edificada casa y sacrificad para la cena el mejor de los cerdos, que yo, a Penélope con Odiseo parece
colaborar
intencionado para oponerla a Clitemnestra.
por mi parte, voy a poner a prueba a mi padre, a ver si me reconoce y distingue con sus ojos o no me
reconoce por llevar mucho tiempo lejos.»
Así dijo y entregó a los esclavos sus armas, dignas de Ares. Estos entraron rápidamente en la casa,
mientras que Odiseo se acercaba a la viña abundante en frutos para probar suerte. Y no encontró a
Dolio al descender a la gran huerta ni a ninguno de los esclavos ni de los hijos; habían marchado a
recoger piedras para un muro que sirviera de cercado a la viña y los conducía el anciano. Así que
encontró solo a su padre acollando un retoño en la bien cultivada viña. Vestía un manto descolorido,
zurcido, vergonzoso y alrededor de sus piernas tenía atadas unas mal cosidas grebas para evitar los
arañazos; en sus manos tenía unos guantes por causa de las zarzas y sobre su cabeza una gorra de piel
de cabra. Y hacía crecer sus dolores.
Cuando el sufridor, el divino Odiseo lo vio doblegado por la vejez y con una gran pena en su interior,
se puso bajo un elevado peral y derramaba lágrimas. Después dudó en su interior entre besar y abrazar
a su padre, y contarle detalladamente cómo había venido y llegado por fin a su tierra patria, o
preguntarle primero y probarle en cada detalle. Y mientras meditaba, le pareció más ventajoso tentarle
primero con palabras mordaces; así que se fue derecho hacia él el divino Odiseo. En este mómento el
anciano mantenía la cabeza bàja y acollaba un retoño, y poniéndose a su lado le dijo su ilustre hijo:
«Anciano, no eres inexpertó en cultivar el huerto, que tiene un buen cultivo y nada en tu jardín está
descuidado, ni la planta ni la higuera ni la vid ni el olivo ni el peral ni la legumbre. Pero te voy a decir
otra cosa, no pongas la cólera en tu ánimo: tu propio cuerpo no tiene un buen cultivo, sino una triste
vejez al tiempo que estás escuálido y vestido indecorosamente. No, por indolencia al menos no se
despreocupa de ti tu dueño y no hay nada de servil que sobresalga en ti al mirar tu forma y estatura,
pues más bien te pareces a un rey o a uno que duerme muellemente después que se ha lavado y
comido, que ésta es la costumbre de los ancianos. Pero, vamos, dime esto -e infórmame con verdad-:
¿de qué hombre eres esclavo?, ¿de quién es el huerto que cultivas? Respóndeme también a esto con la
verdad, para cerciorarme bien si esta tierra, a la que he llegado, es Itaca como me ha dicho ese hombre
con quien me he encontrado al venir aquí (y no muy sensato, por cierto, que no se atrevió a darme
detalles ni a escuchar mi palabra cuando le preguntaba si mi huésped vive en algún sitio, y aún existe,
o ya ha muerto y está en la morada de Hades). Voy a decirte algo, atiende y escúchame: en cierta
ocasión acogí en mi tierra a un hombre que había llegado a mí. Jamás otro mortal venido a mi casa
desde lejanas tierras me fue más querido que él. Afirmaba con orgullo que su linaje procedía de Itaca y
que su padre era Laertes, el hijo de Arcisio. Lo conduje a mi casa y le acogí honrándole gentilmente,
pues en ella había abundantes bienes. Le ofrecí dones de hospitalidad, los que le eran propios: le di
siete talentos de oro bien trabajados, una crátera de plata adornada con flores, doce cobertores simples,
otras tantas alfombras y el mismo número de hermosas túnicas y mantos. Aparte, le entregué cuatro
mujeres conocedoras de labores brillantes, muy hermosas, las que él quiso escoger.»
Y le contestó su padre derramando lágrimas:
«Forastero, es cierto que has llegado a la tierra por la que preguntas, pero la dominan hombres
insolentes a insensatos. Los dones que le ofreciste, con ser muchos, resultaron vanos, pues si lo
hubieras encontrado vivo en el pueblo de Itaca, te habría devuelto a casa después de compensarte bien
con regalos y con una buena acogida; pues esto es lo establecido, quienquiera que sea el que empieza.
«Pero vamos, dime a informame con verdad: ¿cuántos años hace que diste hospitalidad a aquel
huésped tuyo desgraciado, a mi hijo -si es que existió alguna vez-, al malhadado a quien han devorado
los peces en el mar, lejos de los suyos y su tierra patria, o se ha convertido en presa de fieras y aves en
tierra firme? Que no lo ha llorado su madre después de amortajarlo ni su padre, los que lo
engendramos; ni su esposa de abundante dote, la prudente Penélope, ha llorado como es debido a su
esposo junto al lecho después de cerrarle los ojos, pues éste es el honor que se tributa a los que han
muerto.
«Dime ahora esto también tú con vérdad para que yo lo sepa: ¿quién eres entre los hombres?, ¿dónde
están tu ciudad y tus padres?, ¿dónde está detenida tu rápida nave, la que te ha conducido hasta aquí
con tus divinos compañeros?; ¿o acaso has venido como pasajero en nave ajena y ellos se han
marchado después de dejarte en tierra?»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Te voy a contar todo con detalle: soy de Alibante donde habito mi ilustre morada, hijo del rey
Afidanto, hijo de Polipemón, y mi nombre propio es Epérito. Ello es que un demón me ha hecho llegar
hasta aquí, aunque no quería, apartándome de Sicania; mi nave está detenida junto al campo, lejos Comentario
de [SC300]: Es el nombre
que Homero da a Sicilia, aunque conocía
la ciudad. Este es el quinto año desde que Odiseo marchó de allí y abandonó mi patria, el malhadado. también este último (Sikelía), como se ve
Desde luego las aves le eran favorables cuando marchó, estaban a la derecha; con ellas yo me alegré y de Laertes, llamada Sicele o
por la esclava
siciliana, cfr. también XX.383.
le despedí y él estaba alegre al marchar. Nuestro ánimo confiaba en que volveríamos a reunirnos en
hospitalidad y entregarnos espléndidos presentes.»
Así habló y una negra nube de dolor envolvió a Laertes, tomó polvo de cenicienta tierra y lo derramó
por su encanecida cabeza mientras gemía agitadamente. Entonces se conmovió el espíritu de Odiseo, le
salió por las narices un ímpetu violento al ver a su padre y de un salto le abrazó y besó diciendo:
«Soy yo, padre, aquél por quien preguntas, yo que he llegado a los veinte años a mi tierra patria. Pero
contento llanto y lamentos, pues te voy a decir una cosa -y es preciso que nos apresuremos:- ya he
matado a los pretendientes en nuestro palacio vengando sus dolorosos ultrajes y sus malvadas
acciones.»
Y le contestó Laertes diciendo:
«Si de verdad eres Odiseo, mi hijo, que has llegado aquí, muéstrame una señal clara para que me
convenza.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Contempla con tus ojos, en primer lugar, esta herida que me hizo un jabalí hundiéndome su blanco
colmillo cuando fui al Parnaso. Tú y mi venerable madre me enviasteis a Autólico padre de mi madre,
para recibir los dones que me prometió al venir aquí afirmándolo con su cabeza. Es más, te voy a
señalar los árboles de la bien cultivada huerta que me -regalaste en cierta ocasión. Yo te pedía cada
uno de ellos cuando era niño y te seguía por el huerto; íbamos caminando entre ellos y tú me decías el
nombre de cada uno. Me diste trece perales, diez manzanos y cuarenta higueras y designaste cincuenta
hileras de vides para dármelas, cada una de distinta sazón. Había en ellas racimos de todas clases
cuando las estaciones de Zeus caían de lo alto.»
Así habló y se debilitaron las rodillas y el corazón de éste al reconocer las claras señales que Odiseo
le había mostrado; echó los brazos alrededor de su hijo, y el sufridor, el divino Odiseo le atrajo hacia sí
desmayado. Cuando de nuevo tomó aliento y su ánimo se le congregó dentro, contestó con palabras y
dijo:
«Padre Zeus, todavía estáis los dioses en el Olimpo si los pretendientes han pagado de verdad su
orgullosa insolencia. Ahora, sin embargo, temo que los itacenses vengan aquí y envíen mensajeros por
todas partes a las ciudades de los cefalenios.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Cobra ánimos, no te preocupes de esto, pero vamos ya a la mansión que está cerca del huerto. Ya he
enviado por delante a Telémaco con el boyero y el porquero para que preparen la cena enseguida.»
Así hablando se encaminaron a su hermosa mansión. Cuando llegaron a la casa, agradable para
habitar, encontraron a Telémaco con el boyero y el porquero cortando abundantes carnes y mezclando
rojo vino. Entre tanto la sierva Sicele lavó al magnánimo Laertes, le ungió con aceite y le puso una
hermosa túnica. Entonces Atenea se puso a su lado y aumentó los miembros del pastor de su pueblo e
hizo que pareciera más grande y ancho que antes. Salió éste de su baño y se admiró su hijo cuando lo
vio frente a sí semejante a los dioses inmortales. Así que le habló dirigiéndole aladas palabras:
«Padre, sin duda uno de los dioses, que han nacido para siempre, lo ha hecho parecer superior en
belleza y estatura.»
Y le contestó Laertes discretamente:
«¡Padre Zeus, Atenea y Apolo! ¡Ojalá me hubiera enfrentado ayer con los pretendientes en mi
palacio, las armas sobre mis hombros, como cuando me apoderé de la bien edificada ciudadela de
Nérito, promontorio del continente acaudillando a los cefalenios! Seguro que habría aflojado las
rodillas de muchos de ellos en mi palacio y tú habrías gozado en tu interior.» Esto es lo que se decían
uno a otro. Y después que habían terminado de preparar y tenían dispuesta la cena, se sentaron por
orden en sillas y sillones y echaron mano de la comida. Entonces se acercó el anciano Dolio y con él
sus hijos cansados de trabajar, que los salió a llamar su madre, la vieja Sicele, quien los había
alimentado y cuidaba gentilmente al anciano, luego que le hubo alcanzado la vejez.
Cuando vieron a Odiseo y lo reconocieron en su interior, se detuvieron embobados en la habitación.
Entonces Odiseo les dijo tocándoles con dulces palabras:
«Anciano, siéntate a la cena y dejad ya de admiraros; que hace tiempo permanecemos en la sala,
deseosos de echar mano a los alimentos, por esperaros.»
Así habló; Dolio se fue derecho a él extendiendo sus dos brazos, tomó la mano de Odiseo y se la
besó junto a la muñeca. Y se dirigió a él con aladas palabras:
«Amigo, puesto que has vuelto a nosotros que mucho lo deseábamos, aunque no lo acabábamos de
creer del todo -y los dioses mismos te han traído-, ¡salud!, seas bienvenido y que los dioses te
concedan felicidad. Mas dime con verdad, para que lo sepa, si está enterada la prudente Penélope de tu
llegada o le enviamos un mensajero.»
Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:
«Anciano, ya lo sabe, ¿qué necesidad hay de que tú te ocupes de esto?»
Así dijo y se sentó de nuevo sobre su bien pulimentado asiento. De la misma forma también los hijos
de Dolio daban la bienvenida al ilustre Odiseo con sus palabras y le tomaban de la mano, y luego se
sentaron por orden junto a Dolio, su padre.
Así es como se ocupaban de comer en la casa, mientras Fama recorría mensajera la ciudad
anunciando por todas partes la terrible muerte y Ker de los pretendientes. Luego que la oyeron los
ciudadanos, venían cada uno de un sitio con gritos y lamentos ante el palacio de Odiseo, sacaban del
palacio los cadáveres y cada uno enterraba a los suyos: en cambio a los de otras ciudades los
depositaban en rápidas naves y los mandaban a los pescadores para que llevaran a cada uno a su casa.
Y luego marcharon todos juntos al ágora, acongojado su corazón.
Cuando todos se habían reunido y estaban ya congregados, se levantó entre ellos Eupites para hablar
-pues había en su interior un dolor imborrable por su hijo Antínoo, el primero a quien había matado -el
divino Odiseo-; derramando lágrimas por él levantó su voz y dijo:
«Amigos, este hombre ha llevado a cabo una gran maldad contra los aqueos: a unos se los llevó en
las naves, a muchos y buenos, perdiendo las cóncavas naves y a su pueblo; y a otros los ha matado al
llegar; a los mejores con mucho de los cefalenios. Conque, vamos, antes que llegue rápidamente a
Pilos o a la divina Elide, donde mandan los epeos, vayamos nosotros, o estaremos avergonzados para
siempre, pues esto es un baldón incluso para los venideros si se enteran; porque si no castigamos a los
asesinos de nuestros hijos y hermanos, ya no me sería grato vivir, sino que preferiría morir enseguida y
tener trato con los muertos. Vamos, que no se nos anticipen a atravesar el mar.»
Así habló derramando lágrimas y la lástima se apoderó de todos los aqueos. Entonces se acercaron
Medonte y el divino aedo -pues el sueño les había abandonado-, se detuvieron en medio de ellos Comentario
y el [SC301]: La última vez
que vimos a Medonte y al aedo (XXII.380)
estupor se apoderó de todos. Y habló entre ellos Medonte, conocedor de consejos discretos: se habían ido al altar de Zeus. La frase «el
«Escuchadme ahora a mí, itacenses; Odiseo ha realizado estas acciones no sin la voluntad de sueñolos
les había abandonado» es una banal
frase de transición. También hay una
dioses. Yo mismo vi a un dios inmortal apostado junto a Odiseo y era en todo parecido a Méntor. El inconsecuencia: Medonte no pudo
pequeña
dios inmortal se mostraba unas veces ante Odiseo para animarle y otras agitaba a los pretendientesveryla se
muerte de los pretendientes porque
estaba debajo de un sillón y cubierto por
lanzaba tras ellos por el mégaron, y ellos caían hacinados.» una piel (cfr. XX11.361 y ss.)
Así habló y se apoderó de todos el pálido terror.
Entonces se levantó a hablar el anciano héroe Haliterses, hijo de Mástor, pues sólo él veía el presente
y el futuro; éste habló con buenos sentimientos hacia ellos y dijo:
«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy a deciros. Para nuestra desgracia se han realizado
estos hechos, pues ni a mí hicisteis caso ni a Méntor, pastor de su pueblo, para poner coto a las locuras
de vuestros hijos, quienes realizaban una gran maldad con su funesta arrogancia, esquilmando las
posesiones y deshonrando a la esposa del hombre más notable, pues creían que ya no regresaría.
También ahora sucederá de esta forma, obedeced lo que os digo: no vayamos, no sea que alguien
encuentre la desgracia y la atraiga sobre sí.»
Así habló y se levantó con gran tumulto más de la mitad de epos, pero los demás se quedaron allí,
pues no agradó a su ánimo la palabra, sino que obedecieron a Eupites. Y poco después se precipitaban
en busca de sus armas. Después, cuando habían vestido el brillante bronce sobre su cuerpo, se
congregaron delante de la ciudad de amplio espacio, y los capitaneaba Eupites con estupidez: afirmaba
que vengaría el asesinato de su hijo y que no iba a volver sino a cumplir allí mismo su destino.
Entonces Atenea se dírigió a Zeus, el hijo de Cronos. Comentario [SC302]: Este tránsito
repentino de la asamblea itacense al Olimpo
«Padre nuestro Cronida, el más excelso de los poderosos, dime, ya que te pregunto, qué esconde no tiene paralelo en Homero. Es otro rasgo
ahora tu mente. ¿Es que vas a levantar otra vez funesta guerra y terrible combate, o vas a establecer
que halahecho sospechoso este canto a los
analíticos, cfr. Introducción.
amistad entre ambas partes?»
Y Zeus, el que reúne las nubes, le contestó:
«Hija mía, ¿por qué me preguntas esto? ¿No has concebido tú misma la decisión de que Odiseo se
vengara de aquéllos al volver? Obra como quieras, aunque te voy a decir lo que más conviene: una vez
que el divino Odiseo ha castigado a los pretendientes, que hagan juramento de fidelidad y que reine él
para siempre. Por nuestra parte, hagamos que se olviden del asesinato de sus hijos y hermanos. Que se
amen mutuamente y que haya paz y riqueza en abundancia.»
Así hablando, movió a Atenea ya antes deseosa de bajar, y ésta descendió lanzándose de las cumbres
del Olimpo.
Y después que habían echado de sí el deseo del dulce alimento, comenzó a hablar entre ellos el
sufridor, el divino Odiseo:
«Que salga alguien a ver, no sea que ya vengan cerca.»
Así habló y salió un hijo de Dolio, por cumplir lo mandado, y fue a ponerse sobre el umbral; vio a
todos los otros acercarse y dijo enseguida a Odiseo aladas palabras:
«Ya están cerca, armémonos rápidamente.»
Así habló y se levantaron, vistieron sus armaduras los cuatro que iban con Odiseo y los seis hijos de
Dolio. También Laertes y Dolio vistieron sus armas, guerreros a la fuerza, aunque ya estaban canosos.
Cuando ya habían puesto alrededor de su cuerpo el brillante bronce, abrieron las puertas y salieron
afuera, y los capitaneaba Odiseo.
Entonces se les acercó la hija de Zeus, Atenea, semejante a Méntor en cuerpo y voz; al verla se
alegró el divino Odiseo y al punto se dirigió a Telémaco, su querido hijo:
«Telémaco, recuerda esto cuando salgas a luchar con los hombres donde se distinguen los mejores:
que no deshonres el linaje de tus padres, los que hemos sobresalido por toda la tierra hasta ahora en
vigor y hombría.»
Y Telémaco le contestó discretamente:
«Verás si así lo desea tu ánimo, querido padre, que no voy a avergonzar tu linaje, como dices.»
Así habló; Laertes se alegró y dijo su palabra:
«¡Qué día éste para mí, dioses míos! ¡Qué alegría, mi hijo y mi nieto rivalizan en valentía!»
Y poniéndose a su lado le dijo la de ojos brillantes, Atenea:
«Arcisíada, el más amado de todos tus compañeros, suplica a la joven de ojos brillantes y a Zeus, su
padre; blande tu lanza de larga sombra y arrójala.»
Así habló y le inculcó un gran valor Palas Atenea. Suplicando después a la hija de Zeus, el Grande,
Comentario
blandió y arrojó su lanza de larga sombra e hirió a Eupites a través del casco de mejillas de bronce. El [SC303]: Eupites es el
padre de Antínoo. Es lógico que sea él
casco no detuvo a la lanza y ésta atravesó el bronce de lado a lado; cayó aquél con gran estrépito y
también el primero en morir en la refriega y
resonaron las armas sobre él. que lo haga precisamente a manos de
Laertes.
Se lanzaron sobre los primeros combatientes Odiseo y su brillante hijo y los golpeaban con sus
espadas; y habrían matado a todos y dejádolos sin retorno si Atenea, la hija de Zeus portador de égida,
no hubiera gritado con su voz y contenido a todo el pueblo:
«Abandonad, itacenses, la dura contienda, para que os separéis sin derramar sangre». Comentario [SC304]: También es
ajeno a Homero el que todo un ejército oiga
Así habló Atenea y el pálido terror se apoderó de ellos; volaron las armas de sus manos, la voz de un dios. El terror masivo lo suele
aterrorizados como estaban, y cayeron al suelo al lanzar Atenea su voz. Y se volvieron a la ciudad producir Atenea con la égida, no con sus
palabras, cfr. XXII.297 y ss.
deseosos de vivir.
Gritó horriblemente el sufridor, el divino Odiseo y se lanzó de un brinco como el águila que vuela
alto. Entonces el Cronida arrojó ardiente rayo que cayó delante de la de ojos brillantes, la de poderoso
padre, y ésta se dirigió a Odiseo:
«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico en ardides, contente, abandona la lucha igual para
todos, no sea que el Cronida se irrite contigo, el que ve a lo ancho, Zeus.»
Así habló Atenea; él obedeció y se alegró en su ánimo. Y Palas Atenea, la hija de Zeus, portador de
égida, estableció entre ellos un pacto para el futuro, semejante a Méntor en el cuerpo y en la voz.
FIN