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CONVERSIÓN TOTAL

Carta a las Carmelitas Descalzas de la


Encarnación. Ávila.
POCATELLO (febrero de 1982)
Amadísima Madre en Cristo:
Como su carta de Navidad fue dirigida a
Moses Lake, deduzco que no saben aún que
he sido destinado a otro sitio. Al cumplir los
75 años aquí nos destinan a lugares de
menos trabajo físico, porque a tan avanzada
edad uno ya no tiene los bríos de la
juventud. Gracias a Dios sigo valiente.
¡Quién nos iba a decir que aquel hermano
mío a quien vieron conmigo en Ávila iba a
morir antes que yo! Ahora estoy en una
parroquia con otro Padre de 64 años. Como
hay pocos seminaristas y los viejos nos
vamos muriendo y los jóvenes salen para
casarse, la escasez de sacerdotes se irá
haciendo sentir cada vez más.
Los jesuitas –muchos de nosotros- creemos
que este Papa pondrá orden en la
Compañía. Desde hace varios años no pocos
jesuitas han salido por peteneras y han
dado mucho que decir. A ver si las cosas
vuelven a sus cauces normales: meditación,
penitencia, obediencia y mucho celo por la
salvación de las almas; y todo para la mayor
gloria de Dios que es nuestro lema. Las
Carmelitas Descalzas de California me
acaban de notificar que han recibido a una
postulante que yo les preparé aquí; una
universitaria de 21 años con sobresaliente
en todas las asignaturas, de descendencia
polaca, muy amiga de la contemplación.
Con ésta tienen 22 en la comunidad; pero
tienen una de 94 años que ya no se puede
mover, que fue Priora y Maestra de
Novicias en sus buenos tiempos y es
conocida como la Madrecita, porque ella
formó a las más de las monjas que han
pasado por el monasterio. Es otra Madre
Maravillas en el espíritu. Ninguna monja
recuerda haberla oído jamás una sola
palabra menos caritativa. Cuando a veces
en recreación alguna monja se lamentaba
en voz alta del escándalo que daban no
pocas almas consagradas a Dios, la
Madrecita en seguida cortaba diciendo
cariñosamente: «Hermanitas, cambiemos,
eso, no sea que se vaya a ofender nuestro
Señor». Ahora vive en una silla de ruedas y
no se puede valer, todas se disputan el
honor de atenderla. Dicen que se nota en su
alrededor un aura de paz celestial que hace
mucho bien al alma. La última vez que las
visité, me metieron en la clausura para
confesarla en la sacristía. Confesarla a ella
es como confesar a la M. Maravillas. Dios
me ha concedido en privilegio de
confesarlas a las dos, para espolearme a ser
más observante.
Con el cuarto centenario de la muerte de
Santa Teresa el pueblo cristiano recibirá
cierta sacudida espiritual. Ella supo juntar la
clausura con la vida actica según los planes
que Dios tuvo sobre ella. Lo mismo por los
caminos polvorientos de Andalucía que en
su celda donde un Serafín la traspasaba el
corazón con un dardo de fuego, la Santa
supo estar en la presencia de Dios hecha
ella misma un serafín. Empezó tarde, es
cierto, pero no tan tarde. Cuando dio el
gran paso de la entrega total al Señor, ya
nunca se volvió atrás. Esa es una de las
enseñanzas para nosotros. Yo llevo de
Jesuita 59 años, (en junio, D. m.), y puedo
hablar por experiencia. Todo es caminar
como si no tuviéramos rumbo fijo. Damos
saltos como los conejos. Todo se vuelve
conversiones y propósitos de la enmienda,
pero rara vez se da el gran paso de la
conversión total. NO niego que nuestras
conversiones sean sinceras y de verdad.
Todos tenemos días y aún temporadas
largas de una verdadera conversión; pero
cedemos tarde o temprano a los trucos de
Satanás que nos acecha y nos vamos
enfriando hasta que viene otra gran
conversión que por desgracia termina en
otro enfriamiento. Hace falta la
perseverancia que se obtiene con mucha
presencia de Dios sostenida día a día cueto
lo que cueste. Lo que cuesta es procurar no
distraerse uno tontamente con cosas
baladíes que poco a poco empañan el
espejo purísimo del alma con su aliento
mundano. Claro que el Señor conoce
nuestra miseria y debilidad y se hace cargo
y nos perdona; pero le hacemos fruncir el
entrecejo con nuestra frivolidad. El alma
entonces ve que ha vuelto a tirar al monte
como la cabra, y, por fortuna, vuelve al redil
y tiene lugar otra conversión. ¿Cuántas?
Pero mejor es convertirse uno 70 veces
siete que no echarlo todo por la borda y
desanimarse con un ¡aquí no hay remedio!
Que es lo que el diablo quiere que digamos.
Sí lo hay. ¡Vaya si lo hay! Como Cristo con la
cruz camino del Calvario que se levantaba
cada caída, así tenemos que hacer nosotros
siempre que caigamos en la tibieza.
Veo que me ha tocado de capellana la H.N.,
la enfermera. A ver si rezamos mutuamente
y Dios nos escucha y nos ayuda no ya a
correr, sino a volar por el camino de la
perfección. Para mí el correr es muy
penoso; me fatigo pronto. Pero el volar es
mucho más fácil porque no volamos por
propia cuenta y con nuestro esfuerzo sólo,
sino que es Dios mismo el que nos lleva en
volandas si nosotros nos dejamos llevar.
Recuerden lo que dice San Juan de la Cruz…
«Apártalos, Amado, que voy de vuelo». Nos
entra el vértigo y no queremos volar ni que
nos vuelen. Preferimos arrastrarnos
rastreramente por esta tierra prosaica
donde nuestro egoísmo se siente más
seguro.
Esta ciudad de Pocatello tiene más de
50.000 habitantes, pero no hay más que 4
parroquias católicas, porque ésta parte de
la nación es donde se multiplican los
llamados Mormones, una secta especial que
ni siquiera es cristiana. Creen que los
matrimonios siguen en el cielo. Al principio
el hombre podía tener varias esposas; pero
el gobierno norteamericano se lo prohibió.
Tienen que contentarse con una. Es de
maravillar cómo se multiplican. Van a
misiones a Roma, a Bilbao, a Parías, etc,
dondequiera que hay católicos para
convertirlos. En ésta ciudad tienen arriba de
10.000 adeptos. Son gente de negocios y se
ayudan mucho. Se llaman iglesia como se
podían llamar cualquier cosa.
Hay muchos emigrantes mejicanos por aquí.
Como yo hablo las dos lenguas, hago a dos
manos y lo mismo me da predicar en inglés
que en español. Los hijos de mejicanos
nacidos aquí han corrompido el español y
salen con unas palabras graciosas, mitad
inglesas y mitad castellanas. Así mismo
algunas palabras castellanas comunes
tienen otro significado. Al automóvil lo
llaman mueble. A conducir el coche lo
llaman arrear el mueble. Averiguar es aquí
reñir. Los guisantes son aquí chícharos. La
remolacha es betabel. Helarse es cuajarse.
Engreírse es salirse uno con la suya. Dicen
que hay 20 millones de raza hispánica en
este país y yo lo creo. Para atenderlos hay
muchos frailes y monjas de habla hispana y
ya son 13 los obispos con nombres
españoles. Dos son arzobispos: Sánchez y
Flórez. Por eso yo no me he animado a
volver a España a dejar ahí los huesos;
porque aquí puedo hacer bien en las dos
lenguas. Mi familia tiene un panteón o
mausoleo en el cementerio y quieren que
yo lo ocupe hasta que venga la resurrección
de los muertos. Por una parte me gustaría
eso. Los japoneses llaman al morir
«convertirse en tierra japonesa». A mí me
gustaría convertirme en tierra leonesa, la
verdad: pero tal como se presentan las
cosas creo que me voy a convertir en tierra
estadounidense. Después de todo, la tierra
entera es de Dios; siendo de Dios, lo mismo
se queda uno con Dios en Pocatello que en
la Aldehuela cerca de la Madre Maravillas;
aunque ella parece que nunca se va a
convertir en tierra. En griego a Dios se le
llama santo porque es agios, es decir, no
terreno, sin tierra, el que no tiene nada de
tierra, celestial, espiritual, etc. A mí me da
mucha devoción pensar que la Sma.
Trinidad no tiene tierra, no se le pega el
polvo de los caminos como a nosotros.
Mientras menos tengamos de terrenos, más
nos aproximamos a la santidad de Dios. Por
otra parte Jesús y María fueron carne y
hueso como nosotros, pero pasaron por el
mundo tocándole con las puntas de los pies
por así decir; porque sus mentes estaban
siempre por encima de las nubes, allá arriba
en el seno de Dios. Ustedes las Carmelitas
hacen eso también. Metidas entre cuatro
paredes tienen bien poca tierra par
apegarse y los cielos castellanos invitan con
su color azul de día y con el centellear de las
estrellas de noche a elevarse a Dios
incesantemente.
Bueno, Madres y Hermanas carísimas, que
caigamos cerca en el cielo donde les
contaré muchas historias que he ido
recogiendo en mi largo caminar por estos
Nuevos Mundos. Sigamos
encomendándonos. Dios nos quiere mucho.
Que cada uno de nosotros le queramos más
a Él. Amén. Con mi bendición sacerdotal
para todas.
SEGUNDO LLORENTE, S.J.

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