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Breve historia de la coma
Por Jerónimo Alayón El Nacional agosto 8, 2025 1:14 am
La puntuación es la gramática del silencio
David Crystal
La historia de la coma es tan fascinante como compleja. Con más de 2.000 años de
antigüedad, este signo de puntuación encarna la tensión entre la lógica gramatical y la
cadencia del habla. A pesar de su diminuto tamaño, la coma es un formidable
dispositivo cultural que no solo signa la transición de lo prosódico a lo sintáctico-
semántico (de una cultura oral a otra escritural), sino que pone en evidencia la
complejidad del pensamiento escrito.
El origen de la coma se remonta al período alejandrino de Grecia —más exactamente
a caballo entre los siglos III y II a. C.— y tuvo lugar en la Biblioteca de Alejandría.
Allí, uno de los primeros filólogos helenísticos, Aristófanes de Bizancio, desarrolló un
sistema de pausas retóricas para facilitar la lectura en voz alta de los textos.
La lengua griega helenística, mejor conocida como lengua koiné o lengua común,
heredó del griego antiguo una característica —denominada más tarde scriptio
continua (escritura continua, sin espacio entre las palabras)— que dificultaba su
lectura en voz alta: la ausencia total de signos de puntuación. Esto obligaba al lector,
suerte de profesional de la lectura en voz alta, a preparar el texto con mucha
antelación, pero entrañaba, además, el riesgo de que la interpretación del sentido
textual quedara en manos del lector, conforme a la cual hacía pausas discrecionales,
de manera tal que un mismo texto era susceptible de recibir varias interpretaciones y
lecturas.
Los orígenes de la puntuación, en consecuencia, se remontan al paso de los siglos III
al II a. C., y se pensó con la finalidad de resolver tres problemas concretos: 1) reducir
el tiempo de preparación de la lexis (estilo o modo de decir el discurso, según
Aristóteles), 2) mejorar la prosodia textual de la lexis y 3) unificar el valor sintáctico-
semántico del texto. Este último, generalmente negado a aquellos filólogos
alejandrinos por considerárselo un aporte de los gramáticos renacentistas, fue también
motivo de preocupación en aquellos albores de la filología.
Aristófanes de Bizancio estuvo entre los fundadores de la escuela filológica
alejandrina y fue maestro del severísimo crítico Aristarco de Samotracia (ambos
fueron, consecutivamente, directores de la Biblioteca de Alejandría). Aristófanes
desarrolló un sistema de pausas retóricas que tenía por finalidad unificar la lectura de
un texto en voz alta y, con ello, el sentido textual. Más tarde, Aristarco sumó al
sistema un conjunto de signos de valor crítico-filológico.
Así pues, el sistema de Aristófanes disponía un punto alto, período, para señalar una
pausa larga con entonación descendente (equivalente al actual punto), un punto
medio, kolon, para representar una pausa intermedia con entonación media (similar a
la del punto y coma, excepto por la entonación) y un punto bajo, komma, para marcar
una pausa breve de entonación ascendente (muy parecida a la de la coma). Como se
echará de ver, Aristófanes no inventó la coma tal cual es hoy —puesto que empleó
puntos—, pero sentó las bases para su aparición.
Más tarde, los rétores y gramáticos latinos mantuvieron el sistema de Aristófanes,
llamando a los signos distinctio ('distinción'), y a la coma,
específicamente, subdistinctio. En este sentido, en el siglo I d. C., Quintiliano destacó
por hacer en las Institutio Oratoria un enérgico reclamo sobre la necesidad del uso de
las distinciones en pro de evitar confusiones. De finales del Imperio romano, hacia el
siglo IV, destaca sobradamente el gramático Aelius Donatus (preceptor de san
Jerónimo), quien se dedicó a adaptar el sistema de Aristófanes al latín clásico.
Con la caída del Imperio romano y el surgimiento de la Edad Media, la actividad
escritural se trasladó a la Iglesia y a los monasterios cristianos, más específicamente, a
manos de los escribas monásticos. En este sentido, cabe resaltar la labor de Isidoro de
Sevilla (ss. VI-VII), último Padre de la Iglesia. En sus Etimologías, Isidoro retoma el
sistema de Aristófanes adaptado por Donatus y propone la comma como una parte de
la oración, otorgándole así una categoría conceptual en la teoría gramatical del
Medioevo.
No sería, sin embargo, hasta los siglos VII al VIII, en Gran Bretaña e Irlanda, cuando
los copistas abandonarían la scriptio continua incorporando el espacio entre las
palabras. Este simple hecho significó un profundo cambio en la concepción gráfica
del texto que dio como consecuencia el reforzamiento del punto bajo o comma. Este
evolucionó por entonces a una suerte de raya oblicua (/) llamada en latín virgula
suspensiva, cuyo uso era marcar una pausa prosódica, no pocas veces asociada a las
pausas de la liturgia o el canto coral. La virgula puede considerarse, pues, el primer
antecedente gráfico de nuestra actual coma.
La invención de la imprenta de tipografía móvil por Johannes Gutenberg a mediados
del s. XV significó la estandarización de las tipografías y, con ello, de los signos de
puntuación. Así pues, entre finales del s XV y principios del XVI, el impresor
veneciano Aldo Manucio creó en su Imprenta Aldina la coma tipográfica, tal y como
la conocemos hoy, recortando el trazo de la virgula, curvándolo ligeramente y
bajándolo a la línea base. También creó el punto y coma en sustitución del kolon o
pausa intermedia, todo lo cual estuvo alineado con la idea de facilitar la tarea al lector
silencioso. La coma tipográfica fue bien acogida y pronto se difundió a otros editores
de Europa.
Casi al mismo tiempo que Manucio en Italia, Nebrija, en España, fijaba
definitivamente la categorización gramatical de la coma en lengua española. En
su Gramática de la lengua castellana (1492), Nebrija analizó el vínculo explícito
entre la estructura sintáctico-semántica y la necesidad prosódica de pausas,
específicamente, en el caso de la coma como signo que expresa el carácter no
conclusivo de una sentencia. Con Nebrija, la coma entró definitivamente a los tratados
de ortografía y gramática en lengua española.
El paso definitivo de la coma de signo retórico a delimitador sintáctico-semántico
tuvo lugar durante la Ilustración (ss. XVII-XVIII). El nuevo enfoque racionalista
favoreció una concepción lógica más rigurosa, que fue la causa de un desarrollo
preceptivo en el uso de la coma. Tratados en el mundo de habla inglesa como English
Grammar (1795), de Lindley Murray, u Ortografía de la lengua castellana (1741), de
la Real Academia Española, en el mundo de habla española, normaron, ya de manera
sofisticada, el uso de la coma como un signo eminentemente gramatical.
Así llegamos al s. XXI, cuando la coma se la emplea —manteniendo el diseño de
Manucio— como un delimitador de grupos sintácticos, en los que la marca de uso
predominante es la no ruptura de la unidad sintáctica. Sin embargo, la tendencia a
complejizar cada vez más el pensamiento escrito en el ámbito académico, aunada al
uso de las TIC y la llegada de la inteligencia artificial, suponen retos permanentes no
solo al uso de la coma, sino del sistema de signos de puntuación en general.
Problemas como el cuestionamiento de la coma Oxford (coma serial antes de la y en
series homogéneas, actualmente rechazada en español: ⊗Azúcar, leche, y café) y los
desafíos de la función estilística y enfática en el uso de la coma (coma optativa) abren
sendos campos de discusión en los que no pocas veces asoma la tentación de regresar
a un primigenio uso retórico de la coma, quizás porque, en el fondo, cada cosa tiene
en su origen parte esencial de su razón de ser, y la coma no es la excepción.
La historia de la coma, en conclusión, es parte del entramado histórico de la escritura
occidental. Desde su frágil origen como punto bajo en viejos manuscritos
alejandrinos, pasando por su transformación en la virgula medieval y la
estandarización tipográfica de Aldo Manucio durante el Renacimiento, hasta alcanzar
la sistematicidad académica, la coma es la protagonista del paso de una textualidad
oral a otra silenciosa, formando parte de eso que David Crystal ha llamado la
gramática del silencio.
@JeronimoAlayon