INTRODUCCION
Es un hecho generalmente aceptado que la práctica regular de ejercicio físico
(incluyendo el entrenamiento de fuerza) es importante para obtener un normal
crecimiento y maduración del niño (Malina y Bouchard 1991; Borer 1995) y, además,
una herramienta muy útil, tanto en adultos como en niños, para prevenir el desarrollo
de enfermedades crónicas degenerativas como la osteoporosis y las enfermedades
cardiovasculares (Riddoch y col. 1991; Baranowski y col. 1992).
Sin embargo, en las últimas décadas, a raíz del significativo incremento observado en
volumen e intensidad de ejercicio de ciertos programas de entrenamiento diseñados
para jóvenes que practican deporte de competición (Mero y col, 1989; Malina y
Bouchard, 1991), diversas organizaciones científicas y profesionales han alertado
sobre algunos riesgos que podrían acompañar al desarrollo de estos programas de
entrenamiento (AMA y ADA, 1991; Malina, 1994). Así, en un comunicado conjunto
de la American Medical Association y de la American Dietetic Association (1991) se
puede leer: “algunos programas para la mejora de la aptitud física podrían ser
perjudiciales para los adolescentes si conllevan un tipo de ejercicio intenso y
prolongado y /o un porcentaje graso corporal muy bajo para optimizar sus márgenes
competitivos…. Estos regímenes podrían retrasar la maduración sexual, disminuir el
crecimiento óseo y, con ello, la estatura.
En definitiva, parece que algunos programas de entrenamiento podrían acompañarse
de ciertos desequilibrios hormonales, concretamente a nivel de las hormonas que
intervienen simultáneamente tanto en el crecimiento y maduración, como en la
respuesta al estrés provocada por el entrenamiento (AMA y ADA, 1991; Fry y col.
1993; Warren y Shangold, 1997). Es decir, un entrenamiento físico “excesivo” podría
tener un efecto adverso sobre el crecimiento establecido genéticamente para una
persona y, en general, sobre su normal desarrollo, desequilibrando los procesos
fisiológicos anabólicos comprometidos, por un lado, con las adaptaciones de los
tejidos a la actividad física, y por otro, con el crecimiento/ maduración (Cooper 1994;
Warren y Shangold, 1997).
CRECIMIENTO Y MADURACION DEL DEPORTISTA JOVEN
INFLUENCIA DEL EJERCICIO FÍSICO SOBRE EL CRECIMEINTO
Estatura y Peso
En lo que se refiere a la estatura, diversos estudios sugieren que la práctica regular de
una actividad física, o la participación en un programa de entrenamiento físico, no
influye en el crecimiento estatural del niño (Beunen y col, 1992; Malina 1989;
Seefeldt y col, 1986) porque en un niño bien alimentado la estatura está regulada,
principalmente, por su herencia genética. En realidad, la estatura media observada en
los deportistas jóvenes varía según el deporte. Entre las gimnastas y nadadoras, por
ejemplo, las primeras son más pequeñas que la media de las niñas de su edad y las
segundas más altas, y esto se observa ya antes de ser incluidas en los programas de
entrenamiento de ese deporte (Astrand y col, 1963; Peltenburg y col, 1984). Pero,
además, los padres de estas gimnastas son más pequeños que los de las nadadoras
(Peltenburg y col, 1984) lo que, efectivamente, apunta hacia un factor genético como
responsable principal de la estatura de una persona.
Sin embargo, en general, en estudios longitudinales desarrollados con chicos y chicas
que participan en diferentes deportes desde los 8 hasta los 18 años, se ha visto que
son, de media, más altos y también más pesados que los chicos y chicas que no
practican una actividad física regular. Este mayor peso probablemente resulta del
incremento de la masa muscular reflejo de una pubertad avanzada (el patrón de
crecimiento de los chicos, en la mayoría de los deportes, es el de una madurez
avanzada ya que se encuentra adelantada tanto la edad ósea como el PHV) y del
efecto del entrenamiento, sin olvidar la posible mejora del factor alimentación
Composición Corporal
En la regulación de la composición corporal intervienen de forma muy importante
tanto una actividad física regular como el entrenamiento específico para un deporte,
porque ambos se asocian con un descenso en el porcentaje graso y, ocasionalmente,
con un aumento de la masa muscular, más frecuentemente en varones (Boileau y col,
1985; Parizkova, 1974).
En relación con la masa muscular, algunos estudios longitudinales (recogidos en
Malina 1994) muestran que niños activos, que entrenaban en un deporte 6 horas/
semana, a los que se siguió de los 11 a los 17 años, tenían una mayor masa muscular
y menos porcentaje graso que los niños con niveles bajos o moderados de actividad
física. Sin embargo, estas diferencias en la masa muscular reflejaban, en parte, una
diferencia asociada a una madurez avanzada (reflejado en la edad del PHV y en la
madurez ósea), puesto que los niños más activos eran más altos y pesados que los
niños de los otros dos grupos. Los niños moderadamente activos y los que mantenían
una baja actividad física no diferían en sus niveles de madurez; en los
moderadamente activos el porcentaje graso corporal era más bajo, aunque no se
diferenciaban en la masa muscular, lo que podría sugerir que es necesario un tipo de
entrenamiento físico más intenso para que se induzcan cambios en la masa muscular.
En lo que se refiere al porcentaje graso corporal, se ha visto que los niños y
adolescentes deportistas tienen un menor porcentaje graso, en relación con los no
deportistas. Este descenso del porcentaje graso depende, fundamentalmente, del gasto
calórico extra diario (minutos de entrenamiento x Kcal/ minuto = Kcal extras
gastadas), y de la restricción calórica que se pueda realizar a través, por ejemplo, de
una dieta. En los varones, tanto deportistas como no deportistas, se observa un
descenso en el porcentaje graso durante la adolescencia, aunque los deportistas
tienden a tener un porcentaje graso menor. En las chicas deportistas, no se observa un
aumento en la masa grasa corporal durante la adolescencia como ocurre en las no
deportistas
INFLUENCIA DEL EJERCICIO FISICO SOBRE LA MADURACION
En las ciencias del deporte, la madurez de una persona se mide habitualmente usando
uno o más de los índices con que se mide la madurez somática, sexual y ósea.
Aunque ninguno de ellos, de manera aislada, nos da una completa descripción del
tempo de crecimiento y maduración, existe una alta concordancia entre ellos (Beunen,
1989).
Maduración Ósea
Valoración de la Madurez Ósea
La maduración ósea es, quizá, el mejor método para la valoración de la edad
biológica o el estado de maduración de un niño. El progreso de maduración del
esqueleto (los huesos de mano y muñeca izquierda han sido tradicionalmente los más
utilizados para este propósito) puede ser monitorizado, y su evolución fácilmente
controlada y evaluada mediante la estandarización de placas de rayos X. La edad ósea
de un niño se relaciona siempre con su edad cronológica, y con ello se sabe si un niño
tiene una maduración ósea adelantada, retrasada o está en la media.
Los dos métodos más comúnmente utilizados para valorar la maduración ósea son el
Greulich- Pyle y el Tanner- Whitehouse. Básicamente, con el método Greulich- Pyle,
por ejemplo, se compara la radiografía de un niño con unos modelos estandarizados
de desarrollo para una edad concreta. De tal modo que si la radiografía de un niño de
7 años se ajusta con la radiografía standard para niños de 8 años, la edad ósea de ese
niño es de 8 años.
Influencia del Ejercicio Físico sobre la Maduración Ósea
El proceso de la maduración ósea de la mano y la muñeca no se ve afectado por el
entrenamiento deportivo. Estudios longitudinales con niños que entrenaban
habitualmente en diferentes deportes (gimnasia, tenis, ciclismo o remo) indican un
aumento paralelo en la edad cronológica y en la ósea durante un periodo de 3 a 4 años
(Kotulan y col, 1980; Novotny, 1981). Concretamente, en un estudio, alrededor del
80% permanecieron en la misma categoría después de 3 a 4 años de entrenamiento; y
aquellos que cambiaron de categoría lo hicieron sin un patrón muy consistente
(Novotny, 1981).
Por otro lado, en lo que se refiere a deportistas jóvenes de élite, se ha visto que las
chicas relacionadas con el ballet, la gimnasia y el atletismo tienden a presentar una
edad ósea retrasada, mientras las nadadoras, en general, presentan una edad ósea algo
avanzada con relación a su edad cronológica (Claessens y col, 1992; Malina y col,
1986; Malina, 1988; Warren, 1980). Por su parte, los chicos que destacan en el
beisbol, atletismo, natación, ciclismo y remo presentan, en general, una edad ósea
avanzada respecto a la edad cronológica (Malina y col, 1986; Malina, 1988).
Maduración Sexual
Valoración de la Madurez Sexual
La valoración de la madurez sexual está basada en el estudio del desarrollo de los
caracteres sexuales secundarios: eldesarrollo del pecho y menarquia (la primera regla)
en chicas; el desarrollo del pene y testículos en niños, y del vello pubiano en ambos
sexos. Estudiar la evolución en el desarrollo de estos caracteres sexuales secundarios
como indicadores del status de madurez obviamente limitan su utilización a la edad
puberal solamente, mientras que la maduración ósea permite el estudio de la madurez
biológica de una persona desde la niñez hasta la edad de adulto joven.
El estudio del desarrollo de los caracteres sexuales secundarios se resume
habitualmente en 5 estadios para cada uno de ellos. Los criterios habitualmente
utilizados para la maduración del pecho, vello pubiano y maduración genital son los
descritos por Tanner (1962). En esta escala de 5 estadios, el estadio 1 indica un estado
prepuberal de desarrollo (es decir, ausencia de desarrollo en ninguno de los caracteres
sexuales descritos). El estadio 2 indica que se ha iniciado el desarrollo de cada uno de
los caracteres sexuales secundarios (la elevación inicial de los pechos en las niñas, el
agrandamiento inicial de los genitales en el niño, y la aparición de vello pubiano en
ambos sexos). Los estadios 3 y 4 a veces son más difíciles de evaluar e indican una
continuidad en la maduración de cada uno de los caracteres. El estadio 5 está
relacionado con el estado adulto.
La clasificación en uno de los diferentes estadios de maduración sexual se realiza
habitualmente por medio de la observación visual en un examen clínico. Por lo tanto,
esta valoración puede tener sus limitaciones, porque el método requiere la invasión de
la intimidad de la persona; sobre todo teniendo en cuenta que este es un asunto de
especial importancia para muchos jóvenes en edad puberal.
En la práctica, la valoración de la maduración sexual se utiliza como sigue: una chica
puede estar situada en un estadio 2 de desarrollo del pecho (B2) y en el estadio 1 para
el vello pubiano (PH1). Esta valoración indica que el desarrollo del pecho ha
comenzado y que el vello pubiano no ha aparecido todavía. Con ello, se puede
considerar que esta chica está en el comienzo de la pubertad; esta elevación inicial de
los pechos (B2) es habitualmente el primer signo evidente de maduración sexual en
chicas. De modo parecido, un chico puede ser clasificado en el estadio 2 del
desarrollo genital (G2) y en el estadio 1 del vello pubiano (PH1). En este caso,
también se considera que ha comenzado la pubertad, porque el agrandamiento inicial
de testículos (G2) es el primer signo más común de maduración sexual en niños.
Por otro lado, la menarquia, el primer período menstrual, es el indicador de madurez
más comúnmente utilizado en las mujeres púberes.
Las edades a las que, por ejemplo, una chica alcanza los diversos estadios para el
desarrollo del pecho y vello pubiano, y alcanza la menarquia se obtienen
generalmente a partir de estudios longitudinales en los que esa chica será examinada a
intervalos pequeños durante su pubertad, habitualmente cada 3 meses
Influencia del Ejercicio Físico sobre la Maduración Sexual
Los estudios publicados sobre esta materia se centran fundamentalmente en la edad
de aparición de la menarquia en las chicas que practican deporte comparada en
relación con la de la población en general. Numerosos estudios han encontrado que,
de media, la edad de la menarquia de las chicas que entrenan en un deporte es más
tardía, concluyendo a partir de estos resultados que la práctica de un entrenamiento
físico regular conlleva un retraso en el comienzo de los ciclos menstruales (Malina,
1983). Por ejemplo, la edad de la menarquia en las chicas americanas sanas sucede,
de media, a los 12.3- 12.8 años, mientras que la mayoría de estudios señalan que en
las deportistas la menarquia comienza a los 13- 14 años o incluso más tarde (Rogol
1988). Algunos autores han apuntado que por cada año de entrenamiento antes de la
primera regla, en el caso de nadadoras, atletas y chicas que hacen ballet, la menarquia
se retrasa alrededor de medio año (Frisch y col, 1981; Hamilton 1988).
Sin embargo, el retraso de la menarquia en las deportistas sigue siendo un tema
controvertido porque realmente sigue sin saberse si es una consecuencia directa del
entrenamiento. Frisch y Ravelle (1971) propusieron hace ya bastantes años que el
ejercicio físico intenso antes de la pubertad crea un consumo excesivo de energía que
evita que las chicas alcancen un peso corporal “crítico” o un porcentaje graso mínimo
necesarios para desencadenar el comienzo de los ciclos menstruales.
De acuerdo con esta teoría, se necesita un peso (48 Kg) y un % graso (17%) mínimos
para que una chica sea capaz de concebir y ser madre, pero el entrenamiento físico
previene o retrasa que muchas deportistas alcancen este umbral. Hasta hoy no se
entiende muy bien el mecanismo fisiológico, incluso esta teoría tiene sus detractores;
sin embargo, es generalmente aceptada porque existen numerosos datos que apoyan
el papel jugado por los cambios de la composición corporal y por el estrés que supone
el propio ejercicio en el normal desarrollo de los ciclos menstruales (Vanderbroucke
y col, 1983)
Madurez Somática.
Valoración de la Madurez Somática
El indicador más utilizado de madurez somática en estudios longitudinales de la
pubertad es la edad en la que sucede el pico de velocidad de crecimiento (PHV), o
edad de máximo crecimiento durante la etapa del “estirón” del adolescente (Ver
Figura 7).
Figura 7. Un ejemplo de una curva de crecimiento de la estatura en un niño. Los
puntos indican las diferentes estaturas observadas (izquierda) y la velocidad de
crecimiento (derecha). La edad del inicio del “estirón” del adolescente para este niño
son los 11.8 años, y la edad del PHV son los 13.8 años (el Lozy 1978; en: Malina y
Bouchard, 1991)
Influencia del ejercicio físico sobre la Maduración Somática
La edad en la que sucede el PHV y la magnitud de este pico no se ven afectadas por
la práctica de una actividad física regular o por el entrenamiento deportivo (Beunen y
col, 1992; Kobayashi y col, 1978).
Clasificación de los Niños según su Status de Madurez (Malina y Bouchard
1991)
Una persona en edad prepuberal o puberal puede ser agrupada, generalmente, dentro
de una de las siguientes tres categorías de madurez: avanzada, en la media o
retrasada. Y esta clasificación se realiza en base a su edad ósea, a la edad de la
menarquia, a la edad del PHV o de un carácter sexual secundario.
Si se utiliza la edad ósea como criterio para diferenciar el grado de madurez de un
grupo de chicos, por ejemplo, tendremos que aquel cuya edad ósea esté en ±1 año con
relación a su edad cronológica estará dentro del grupo clasificado como de madurez
dentro de la media. Un chico cuya edad ósea sea >1 año con relación a su edad
cronológica será clasificado como de madurez temprana o avanzada. Finalmente, un
chico cuya edad ósea sea <1 año con relación a su edad cronológica será clasificado
en el grupo de madurez tardía o retrasada.
De forma similar, un grupo de chicas de las que disponemos su edad de menarquia
puede ser subdividido en las tres categorías reseñadas. Asumiendo que la edad media
de la menarquia para el grupo es 13 años, aquellas chicas cuya edad de menarquia
esté comprendida en ± 1 año de esta edad (esto es, entre los 12 y 14 años) son
clasificadas como de madurez dentro de la media. Las chicas con una edad para la
primera regla por debajo de los 12 años son clasificadas como de madurez temprana,
y las que estén por encima de los 14 años son clasificadas como de madurez tardía.
De igual manera se procede cuando se trata de comparar la edad del PHV o la de un
carácter sexual secundario. Es evidente que esta manera de proceder tiene sus
limitaciones y un cierto grado de arbitrariedad; sin embargo, sirven para ilustrar las
variaciones asociadas a la maduración relacionadas con el crecimiento y el
rendimiento físico.
INFLUENCIA DEL EJERCICIO FISICO SOBRE LOS TEJIDOS OSEO Y MUSCULAR
Tejido Óseo
Estudios realizados en adultos indican que aquellos que tienen una historia de
actividad física regular o han participado en un entrenamiento físico durante su niñez
y juventud tienen más masa ósea (Bailey y col, 1986; Bailey y McCulloch, 1990), lo
que en principio nos indicaría que la mineralización del hueso se ha visto favorecida
por la práctica de ejercicio físico durante los primeros años de vida.
Desgraciadamente, los estudios realizados directamente en niños son muy limitados.
En el trabajo de Watson (1975) se observa que los jugadores de beisbol amateurs
tienen un mayor contenido mineral en el húmero del brazo dominante. Además, esta
diferencia entre brazos sigue aumentando con la edad, lo que sugiere un efecto de
entrenamiento, asumiendo que los más mayores participaron más tiempo en la
actividad específica de lanzar la bola. Aunque limitadas, estas observaciones son
importantes porque el contenido mineral del hueso alcanzado durante la niñez y
juventud puede ser determinante para el contenido mineral del hueso del adulto/
anciano (Bailey y McCulloch, 1990).
Efectivamente, sabemos que la masa ósea de una persona aumenta durante la infancia
y la adolescencia, alcanza un pico en la tercera o comienzo de la cuarta década de la
vida y, a partir de ese momento, comienza a descender progresivamente (Ver figura
8). Por otro lado, también se conoce que, en una persona joven y sana, este pico de
Masa Osea está estrechamente ligado a hábitos de vida como el ejercicio físico y el
consumo de Calcio, Tabaco y Alcohol (Valimaki y col, 1994).
Tejido Muscular
Los datos existentes sobre el efecto del entrenamiento físico sobre el tejido muscular
del niño que está creciendo, aunque escasos, indican cambios que van en la misma
dirección de los observados en los adultos jóvenes (Malina, 1994). Estos cambios son
específicos del tipo de programa de entrenamiento. En chicos adolescentes
generalmente se observa una hipertrofia muscular después de entrenamiento de
fuerza, mientras que en chicos preadolescentes esta adaptación muscular puede
manifestarse de forma menos evidente, o puede no manifestarse. Además, no está
nada claro que en un deportista preadolescente pueda modificarse la distribución del
tipo de fibra (I, IIa, IIb) como resultado del entrenamiento físico (Eriksson y col,
1974; Fournier y col, 1982).
MADUREZ BIOLOGICA Y RENDIMIENTO FISICO
Durante la adolescencia, el rendimiento físico está relacionado con la madurez
biológica. Sin embargo, esta asociación es más manifiesta en los chicos que en las
chicas. En los niños prepúberes, la relación estadística entre rendimiento físico y los
índices de la maduración ósea y sexual tiende a ser modesta (Beunen y col, 1981);
mientras que entre los chicos de 13 y 16 años de edad esta relación tiende a ser más
marcada. Por el contrario, las correlaciones entre la madurez ósea y sexual y el
rendimiento físico en las chicas son bajas, y en muchos casos negativas (Beunen y
col, 1976).
Una posible explicación a estas diferencias entre sexos podría estar relacionada con el
mayor aumento de tamaño de la masa muscular en el niño, como consecuencia de la
pubertad, comparado con un mayor incremento del porcentaje graso en las niñas. El
peso del músculo de los niños prepúberes supone sólo alrededor del 25 al 30% del
peso total, mientras que con la pubertad, como consecuencia de la influencia
androgénica, este porcentaje sube hasta un 40- 45% en comparación con alrededor de
un 35 al 38% en las chicas. (Wells 1985) (Ver figura 13).
La ganancia de grasa en las niñas no contribuye a incrementar el VO2 max, ni la
fuerza o la potencia, como lo hace el incremento extra de músculo en el niño. Este
hecho, junto a una mayor concentración de SHD en las fibras de los músculos activos
de los chicos (Pate y Kiska, 1984) y a unos niveles inferiores de hemoglobina en
sangre de las chicas, entre otros posibles factores (Bale 1992), pueden explicar en
gran parte el “deterioro” del rendimiento físico de las chicas en comparación con los
chicos.