El nombre del Padre
Es importante aclarar que si bien tanto Freud como Lacan se refieren a “El padre” y “La
madre”, están hablando de funciones y no de una persona ni de un género en particular
Dos versiones del padre: El padre gozador (padre primitivo) y el padre de la ley
(Moises)
Freud presentó en dos textos distintos (Tótem y tabú – El hombre Moisés y la religión
monoteísta) construcciones acerca del Padre. Entre ambos hay rasgos comunes y
diferencias.
Freud plantea en el mito que solamente es el padre de la horda primitiva quien tenía acceso
ilimitado al goce, no así sus hijos. De esta manera, el asesinato del padre primigenio no
solamente implica que ya nadie accederá al goce absoluto, sino que esto se debe al pacto
entre los hermanos: la ley y el goce absoluto son así antitéticos.
Contrapuesto a este padre de la horda primitiva, aparece el dios de Moisés. Se trata de una
religión que propone valores éticos.
Lo que se hace interesante aquí es que Moisés no es entonces un padre gozador, sino que
es un padre que transmite la ley. Moisés no es Dios, es decir, está sometido a la castración.
Pues si hay un sólo Dios, entonces nadie puede ser Dios, lo que equivale a decir que todo
el mundo está sometido a la castración, a la renuncia a la satisfacción absoluta. Lo que
Moisés trae es una religión ética, siendo el padre transmisor de la castración, y como tal,
castrado también
La muerte del padre imaginario (rival) y del simbólico
Freud señala que el asesinato del padre de la horda primitiva se repite con el asesinato de
Moisés. Pero hay diferencias.
Lo que retorna con el padre muerto es la ley que acota el goce. Es decir, mientras que lo
que retorna del asesinato del padre gozador es un goce mortífero, del asesinato del padre
de la ley retorna la ley misma.
Su lugar en el orden simbólico
El padre como eje, ubica al niño en un orden genealógico, en una línea de filiación; de este
modo, surge el sujeto en un mundo que está ordenado por lo simbólico.De este modo,
define al padre como aquello que simboliza en la estructura subjetiva el orden genealógico y
que ubica al niño en el mundo. El niño va a ubicarse en el mundo que está organizado por
el orden simbólico (gracias a la castración)
Metáfora paterna, que sustituye a ese Otro que aloja en su deseo
Postula que el padre es un significante que viene a sustituir al primer significante que se
introduce en la simbolización: el significante materno. Queda así planteada la metáfora
paterna como sustitución del significante materno (DM - deseo de la madre) por el
Nombre-del-Padre (NP). Igualmente cuando Freud y Lacan hablan de “La madre” se están
refiriendo a la función, a ese Otro que aloja en su deseo al sujeto en constitución.
Nombre del padre
Refiere al orden simbólico del padre, “no al padre natural” sino a la marca simbólica del
padre en la estructura subjetiva, que operará como ley ordenando las pulsiones, es decir,
poniendo un límite al caos pulsional. No hace falta el cuerpo ni la imagen presente de un
padre para que se pueda cumplir esta función, sino que se lleve a cabo una función
simbólica.
La problemática del goce y su límite
Lo paradójico es que al mismo tiempo que limita al goce, este padre también lo presentifica.
El padre debe ser asesinado para regular el goce, como se plantea en los mitos freudianos,
porque este asesinato es el equivalente de la castración. Entonces es un padre que tiene
efectos como padre muerto. Se funda, entonces, tras el asesinato, la ley.
Con la lectura lacaniana, el énfasis va a estar en lo que la castración habilita, y no sólo en lo
que quita o produce como pérdida. Dicho de otra manera: no es solamente porque para
ganar hay que perder algo, sino que sin pérdida (castración) estamos frente a lo horroroso.
El padre se reordena según los tres registros de Lacan
Padre real: Padre de la realidad familiar, con sus virtudes y dificultades. No
solamente la cultura tiene expectativas acerca del comportamiento de este padre, sino que
también hay una historia singular en juego. Lo que se espera de él es que pueda hacer
valer la ley, que sea su portador y transmisor. Es un padre carente y humillado. La ley es
remitida a un padre simbólico al que ningún padre real puede igualar. Al padre real le toca
ser quien permite el acceso al deseo sexual.
Padre simbólico: Aquel a quien la ley es remitida. De este modo podemos decir
que se trata de una referencia, de un significante, de un nombre del padre. Es una
referencia que retoma la idea freudiana del padre muerto: se funda la prohibición del incesto
en su nombre, en la culpabilidad de los hijos tras su muerte.
De esto concluimos que es porque hay nombre-del-padre hay castración. Porque esta es
una operación que limita el goce y ordena el deseo. No se trata de una mutilación real, sino
de efectos del lenguaje sobre el sujeto.
Padre imaginario: es aquel al cual el niño atribuye la privación de la madre, es
decir, a partir de él la madre queda privada de ese falo simbólico con el que el niño se ha
identificado. Aunque el padre aparezca como bondadoso, este rol de privador le
corresponde igualmente
Los tres tiempos del Edipo
Estos tiempos son lógicos y no cronológicos, como se estructura para el sujeto la relación
con la ley y el deseo. Desde una supuesta completud imaginaria hasta su pérdida y el
modo posterior de recuperación de algunas ganancias (posición deseante del sujeto) que ya
no podrá ser nunca la completud original
Primer tiempo
No comenzamos planteando la relación niño-madre como dual, sino triádica:
niño-falo-madre. Puesto que esta madre es la que introduce ese objeto privilegiado de su
deseo que es el falo imaginario
El niño en este punto depende del deseo de la madre. Ese planteo se complejiza aquí
porque la madre interesa al niño en tanto él se propone como su falo, el objeto de su deseo.
Se muestra así la fórmula por la cual el deseo del sujeto es el deseo del otro.
Es porque ese objeto es imaginario es que hay posibilidad de identificarse a él, en tanto
imaginariamente se adquiere un ser (lo simbólico introduce, por el contrario, la falta en ser).
Es de esta forma que se constituye la posición de ser el falo, que sostiene a su vez la idea
de una madre no castrada. Lacan refiere este lugar como la posición de súbdito.
Padre (real) velado: el padre va a aparecer de un modo velado; por su parte, el falo está
planteado en relación al deseo de la madre,
No habría chance de intervención para el padre en el circuito madre-hijo si no fuese porque
esta identificación al falo materno es imaginaria.
Segundo tiempo. (privación)
De esta posición se sale por la intervención del padre. Esto es, el niño sólo se encuentra
con la intervención paterna porque la madre le hace lugar en su discurso. Esta se pone en
juego en la medida que aparece en la madre un deseo de otra cosa que no es el niño. Y
donde mira es hacia el lado del padre. Allí donde la madre mire, el niño propondrá que se
trata de su rival. Rival ante el deseo de la madre. Es por lo tanto un personaje imaginario,
que es el registro de la rivalidad.
La madre tiene un papel fundamental en este “pase” al padre, en el lugar que debe darle, al
que debe referirse, y esto está relacionado con la posición de ella respecto del Edipo, es
decir que haya operado la castración en la madre, la función del padre en la madre que nos
remite a su propia resolución Edípica
La operación que aquí se lleva a cabo no es la castración sino la privación. Esta es una
operación real realizada por un agente imaginario sobre un objeto simbólico. Un objeto
simbólico porque en ella operó la ecuación simbólica pene=niño.
Aquí se juega algo sumamente importante y es que en el niño se va a jugar si acepta o no
esta privación de la madre. Dice Lacan que este momento es esencial, el niño lo asume o
no, acepta o rechaza.
El segundo tiempo puede ser calificado de negativo, en el sentido de que el niño se
confronta con la privación de la madre, con su castración, con lo que ella no tiene. Con la
prohibición misma. Pero no hay ganancia. En el segundo tiempo el niño se había
encontrado con la ley del padre, persiguiendo el deseo de la madre, pero era imaginaria,
una ley concebida imaginariamente como privadora de la madre.
Tercer tiempo (castración)
Ante esta ausencia se le presenta al sujeto una incógnita respecto del deseo materno, dado
que en su ausencia la madre desea algo más allá del niño. Este deseo aparece como
opaco, enigmático para el sujeto en constitución, es una incógnita. Lo que da sentido al
deseo de la madre es el Nombre-del-Padre, un orden simbólico que está más allá del deseo
materno. La metáfora paterna es una legalidad válida para todos los sujetos, en el sentido
que introduce el orden general de la cultura
En el tercer tiempo el padre interviene como aquel que tiene el falo, y no como el que lo es.
Entonces da lugar para el deseo nuevamente porque la madre desea algo que él tiene. Hay
una habilitación a desear y también una habilitación a tener: si él tiene algo que ella desea,
entonces desear no está prohibido para ella. Y entonces así como él tiene algo (y no lo es)
el niño también queda habilitado a tenerlo. Como es sabido, esta habilitación a tener no es
inmediata sino que queda en reserva para el niño. Como algo que ha sido dado para
utilizarse cuando llegue el momento.
El padre como donador, es un padre que tiene el falo y por lo tanto puede darlo, es el pasaje
del ser al tener. En este tiempo se produce la identificación al ideal del yo, ya que el padre
“se hace preferir” a la madre, dicha identificación ubica al sujeto en una posición sexual
inconsciente, produciéndose la elección del objeto sexual y como menciona Lacan, a partir
de allí el niño va a tener “los títulos en el bolsillo” para poder ubicarse como varón frente a
una mujer.
Se reprime el origen del deseo (por eso el deseo es Icc)
También hace a la importancia de la metáfora paterna el hecho de que el niño sigue
significando al objeto fundamental de su deseo, pero sin saberlo, porque el significante del
deseo materno ha quedado reprimido. El sujeto siempre seguirá designando el objeto
primordial de su deseo.
El goce mortifero
Lacan va a dejar abierta la cuestión de la ética referida a las elecciones del sujeto. Este
aspecto podemos articularlo con la no-renuncia a lo pulsional abordada por Freud en “El
sepultamiento del complejo de Edipo”38 como falla ética de un sujeto que opta por “el mal”,
opción que lo deja sometido a la violencia de la pulsión de muerte. La cuestión ética se
orienta y se articula respecto de “(...) la ubicación del hombre en relación con lo real (...)”
optar por el goce -y también por la violencia- es una decisión que va en el sentido del mal,
afectando tanto al otro como al propio sujeto
El padre como un modelo a seguir
El complejo de Edipo significa que la relación imaginaria, conflictual, incestuosa en sí
misma, está prometida al conflicto y a la ruina. Para que el ser humano pueda establecer la
relación (...) es necesario que intervenga un tercero, que sea la imagen de algo logrado, el
modelo de una armonía (…) hace falta una ley, una cadena, un orden simbólico, la
intervención del orden de la palabra, es decir del padre. No del padre natural, sino de lo que
se llama el padre. El orden que impide la colisión y el estallido de la situación en su conjunto
está fundado en la existencia de ese nombre del padre