EL CONTRATO SOCIAL DE ROSSEAU
1. ¿Qué es el Contrato social?
La obra "El Contrato Social" de Jean-Jacques Rousseau, publicada en 1762, se erige
como una de las piedras angulares del pensamiento político moderno. En ella, Rousseau
articula una visión de la sociedad que desafía las nociones prevalentes de poder y autoridad
de su tiempo. Su enfoque sobre la legitimidad política, la soberanía y los derechos de los
ciudadanos invita a una reflexión crítica que sigue siendo relevante en el contexto político
actual. A lo largo de este ensayo, se examinarán los elementos fundamentales de su teoría
del contrato social, enfatizando su propuesta de que la legitimidad del gobierno debe
emanarse de la voluntad general, y se reflexionará sobre las implicaciones de esta
concepción en la práctica política contemporánea.
Fundamento del Contrato: Un Acuerdo Social Transformador
Rousseau parte de la premisa de que el ser humano, en su estado natural, es un ser
independiente y libre; sin embargo, a medida que las sociedades se desarrollan, las
desigualdades inherentes surgen, generando conflictos y opresión. En este contexto, el
contrato social no es simplemente un acuerdo entre individuos, sino un pacto transformador
que permite a los ciudadanos renunciar parte de su libertad a cambio de seguridad y
estabilidad. Este acto de renuncia es fundamental, pues establece las bases de una
comunidad en la que las decisiones se toman en el marco de la voluntad general.
Al proponer que todos los ciudadanos actúan como parte de un cuerpo político,
Rousseau desafía las nociones jerárquicas de autoridad. En contraste con la idea de que los
gobernantes dependen de la herencia o la fuerza, Rousseau afirma que la soberanía reside
en el pueblo. Este principio democratiza el poder y establece que todos los ciudadanos
están obligados a seguir la voluntad general, subrayando que la autoridad política debe
reflejar los intereses y aspiraciones colectivas. Este enfoque, aunque idealista, es esencial
para el desarrollo de una sociedad justa y equitativa, en la que cada individuo tiene voz y
voto.
Soberanía y Voluntad General: Un Desafío a la Tiranía
Uno de los conceptos más revolucionarios que Rousseau introduce es la idea de la
soberanía popular, que sostiene que el poder legítimo debe basarse en la voluntad general.
Este principio no solo redefine la relación entre el gobierno y los ciudadanos, sino que
también establece un marco crítico para evaluar la legitimidad de cualquier régimen. Según
Rousseau, cuando el poder soberano actúa en contra de la voluntad general, este se
convierte en tiranía, y los ciudadanos tienen el derecho —incluso el deber— de resistir y
cambiar esa autoridad.
Desde una perspectiva crítica, esta idea resuena fuertemente en las luchas
contemporáneas por la democracia y los derechos humanos. En un mundo donde muchos
gobiernos actúan en el interés de elites específicas en lugar de servir al bien común, la
noción de que los ciudadanos deben participar activamente en la gobernanza es más
pertinente que nunca. La historia está llena de ejemplos de dictaduras que surgen cuando la
soberanía popular es ignorada, lo que reitera la advertencia de Rousseau sobre los peligros
de un gobierno despótico y la necesidad de que el poder permanezca en manos del pueblo.
Derechos y Deberes: La Paradoja de la Libertad y la Igualdad
Rousseau enfatiza que, dentro del marco del contrato social, todos los ciudadanos
son iguales, lo que implica que cada uno tiene tanto el derecho a participar en el proceso de
toma de decisiones como el deber de contribuir al bienestar de la comunidad. Esta relación
entre derechos y deberes plantea un desafío moral importante: la verdadera libertad no
puede existir sin responsabilidad colectiva. En este sentido, Rousseau critica las sociedades
que priorizan la libertad individual a expensas de la cohesión social, argumentando que la
libertad sin límites puede llevar al abuso de poder y a la desintegración social.
Sin embargo, este ideal de igualdad y libertad también enfrenta tensiones en la
práctica. La implementación de la voluntad general puede ser complicada, y la peligrosa
posibilidad de que las mayorías aplasten a las minorías se vuelve un punto de debate
crucial. Rousseau, aunque idealista, parece haber pasado por alto las complejidades de la
diversidad y la pluralidad en la vida social, lo que invita a reflexionar sobre cómo se puede
lograr una verdadera representación de la "voluntad general" sin excluir a aquellos que
pueden no estar alineados con la mayoría.
Violación del Pacto: Resistencia y Responsabilidad Cívica
El contrato social de Rousseau establece que, si el soberano actúa en contra de la
voluntad general, los ciudadanos tienen no solo el derecho, sino también el deber de
desafiar esa autoridad. Este llamado a la resistencia es una de las contribuciones más
provocativas de Rousseau a la teoría política. Sin embargo, se plantea la cuestión de cuándo
y cómo los ciudadanos deben actuar en defensa de sus derechos. La historia ofrece
numerosos ejemplos de movimientos de resistencia que, aunque inicialmente legítimos,
resultaron en consecuencias inesperadas, incluidas guerras civiles y violencia.
Rousseau nos hace conscientes de que la conciencia cívica y el compromiso con la
equidad son esenciales para la salud de cualquier sociedad. La historia de las luchas por la
libertad y la democracia muestra que, si bien la resistencia puede ser justificada, es crucial
considerar siempre las repercusiones de la misma. El desafío contemporáneo radica en
encontrar formas efectivas y pacíficas de resistencia que fomenten el diálogo y la inclusión,
en lugar de exacerbar divisiones y conflictos.
Conclusión: Un Legado Contemporáneo
En conclusión, la teoría del contrato social de Rousseau proporciona un marco
crítico para abordar las estructuras de poder en las sociedades modernas. Su énfasis en la
soberanía popular, la voluntad general y la igualdad de derechos y deberes resuena en los
debates contemporáneos sobre la legitimidad política y la justicia social. Sin embargo, es
importante reconocer las limitaciones de su pensamiento en la búsqueda de una
representación equitativa que cumpla con las expectativas de una sociedad pluralista y
diversa. La obra de Rousseau invita a la reflexión y el análisis crítico, desafiando a los
ciudadanos de hoy a participar activa y responsablemente en la construcción de un orden
social que preserve tanto la libertad individual como el bien común. En tiempos de crisis y
cambio, el legado de Rousseau sigue siendo un llamado a la acción, a la reflexión y al
compromiso con una ciudadanía activa que garantice que la voluntad general no se
convierta en una mera idea abstracta, sino en la realidad concreta de nuestras democracias.
2. ¿Cómo puede llegar a autoregularse una sociedad?
La autoregulación de una sociedad es un concepto trascendental que se refiere a la
capacidad de una comunidad para gestionar sus propios asuntos internos, resolver
conflictos y/o regular el comportamiento de sus miembros sin la necesidad de intervención
externa o coercitiva. Jean-Jacques Rousseau, en su obra seminal "El contrato social", ofrece
una perspectiva rica y matizada sobre cómo una sociedad puede llegar a autoregularse a
través de la formación de un pacto social. Este pacto, según Rousseau, no solo une a los
individuos en torno a un interés común, sino que también establece las bases para una
convivencia justa y equitativa.
La Formación del Pacto Social
En el inicio de su análisis, Rousseau plantea que los hombres, en su estado natural,
son libres e iguales. Sin embargo, a medida que las sociedades se desarrollan, surgen
desigualdades y jerarquías que desvirtúan esta igualdad inicial. Para Rousseau, la solución a
esta problemática reside en la voluntad general, que se manifiesta a través del contrato
social. Al unirse, los individuos crean un ente colectivo que no es más que la representación
de su voluntad común. Esta voluntad general actúa, entonces, como el principio
organizador de la sociedad, orientando las decisiones hacia el bien común.
La creación del contrato social implica que cada individuo debe renunciar a ciertos
derechos en favor de la comunidad. Este acto de entrega es crucial, ya que permite que cada
miembro se sienta partícipe de las decisiones colectivas. Rousseau argumenta que esta
renuncia a la libertad personal, lejos de significar una pérdida, puede convertirse en un
medio para alcanzar una forma superior de libertad: la libertad civil, donde se está sujeto a
las leyes que uno mismo ha ayudado a establecer.
La Voluntad General y el Bien Común
El concepto de voluntad general es fundamental para entender cómo un sociedad
puede autoregularse. Rousseau sostiene que la voluntad general solo puede ser efectiva
cuando refleja el interés común de todos los ciudadanos. Esto implica que las decisiones
tomadas en nombre de la comunidad deben ser, de manera inherente, justas y equitativas.
La legitimidad de cualquier ley proviene del hecho de que es respaldada por la voluntad
general; si un ciudadano se opone a ella, su resistencia no anula el contrato social, pero lo
coloca en un estatus de extranjero en medio de los ciudadanos. Este principio resalta la
importancia de la participación activa de todos los individuos en la vida política y social,
pues solo así será posible construir un orden que refleje verdaderamente el interés general.
Además, Rousseau advierte que la voluntad general no puede enajenarse; aunque el
poder puede ser transmitido, la voluntad permanece como un principio irrevocable de la
soberanía. La participación cívica se convierte, por ende, en un deber moral y ético que
cada ciudadano debe asumir para asegurar que la sociedad no se desvíe hacia la tiranía o el
autoritarismo, en donde privilegios o intereses particulares prevalecen sobre el bien común.
Igualdad y Justicia Social
La igualdad es un elemento vital en el proceso de autoregulación. Rousseau sostiene
que la desigualdad social, que se manifiesta en diversas formas de privilegio y poder, puede
socavar el sentido de comunidad y el compromiso con la voluntad general. Para que una
sociedad opere efectivamente en la autoregulación, debe existir un sentido compartido de
justicia y equidad entre todos sus miembros. La inclusión efectiva de todos en la toma de
decisiones es esencial, ya que cada voz es crucial para identificar y abordar las necesidades
colectivas.
Esta necesidad de igualdad también apela a un proceso educativo y de conciencia
cívica. Rousseau habla sobre la importancia de que los ciudadanos estén informados y
educados para participar de manera efectiva en la vida política. La educación juega un
papel clave en la formación de ciudadanos críticos que sean capaces de discernir sus
verdaderos intereses en relación con el interés colectivo. Sin un nivel adecuado de
conocimiento y conciencia cívica, los ciudadanos pueden caer en la trampa de los intereses
particulares que amenazan la cohesión social.
La Relación entre Individuo y Comunidad
Es igualmente importante señalar que la autoregulación implica no solo la creación
de normas y leyes colectivas, sino también un cambio en la percepción de la relación entre
el individuo y la comunidad. Rousseau plantea que mientras los individuos pueden tener
intereses particulares, deben ser capaces de reconciliarlos con el interés común. Esta
síntesis entre lo individual y lo colectivo es esencial para que la sociedad funcione
correctamente. Cuando los ciudadanos ven su felicidad y bienestar como inseparables de
los de sus vecinos, se fomenta un ambiente de solidaridad y colaboración, que a su vez
refuerza el tejido social.
Conclusión
En definitiva, la autoregulación de una sociedad, según Rousseau, no es un proceso
sencillo ni automático; requiere un compromiso activo de cada individuo en la construcción
de la voluntad general y el reconocimiento de la justicia y la igualdad. Este pacto social, al
proporcionar un marco para la convivencia civil, permite a los ciudadanos vivir en libertad
y dignidad. La educación, la participación activa y el respeto por el interés común son
fundamentales para que una sociedad se autoregule efectivamente, convirtiendo, así, la
teoría rousseauniana en una práctica viable y necesaria en la vida de las comunidades
contemporáneas. Con este enfoque, Rousseau no solo establece un modelo teórico, sino que
también invita a la acción y a la reflexión sobre nuestra responsabilidad colectiva en la
creación de una sociedad más justa y equitativa.
El tratado de la tolerancia de lucke
1. ¿Qué es el Contrato social?
El concepto de contrato social es un pilar fundamental en la filosofía política de
John Locke, un pensador cuya obra ha dejado una huella profunda en el desarrollo de las
teorías democráticas y liberales. En este ensayo, exploraremos el significado del contrato
social y sus implicaciones en la relación entre el individuo y el Estado, así como su
conexión con la noción de tolerancia que Locke articula en su "Carta sobre la tolerancia".
Además, se incluirán otros autores cuyas ideas complementan y contrastan con las de
Locke.
La Naturaleza del Contrato Social
El contrato social, en términos generales, es un acuerdo teórico mediante el cual los
individuos en un estado de naturaleza deciden formar una sociedad política. Para Locke,
este estado es un lugar primigenio de libertad e igualdad, pero donde la libertad se
encuentra amenazada por conflictos y la falta de una autoridad impartidora de justicia.
Contrario a la descripción hobbesiana del estado de naturaleza como un “estado de guerra
de todos contra todos”, Locke ofrece una alternativa más optimista que enfatiza la razón y
la moralidad como fundamentos del comportamiento humano.
Hobbes vs. Locke
Hobbes, en su obra "Leviatán", propone un gobierno autoritario que garantiza la paz
mediante el uso de la fuerza, indicando que la vida en el estado de naturaleza es "solitaria,
pobre, desagradable, brutal y corta". En contraste, Locke argumenta que el contrato social
no implica una rendición total de la libertad; más bien, es una delegación del poder que
debe ser limitada y basada en el consentimiento de los gobernados. Según Locke, la
autoridad política solo puede existir si es otorgada por la voluntad de los ciudadanos y, en
última instancia, para su propio beneficio.
Consentimiento y Tolerancia
La idea de consentimiento es esencial en la obra de Locke y se vincula directamente
con la noción de tolerancia. En su "Carta sobre la tolerancia", escrita en 1685, Locke busca
establecer que la verdadera religión no puede ser impuesta por la fuerza, y que la libertad
de conciencia es un derecho humano fundamental. A fin de cuentas, esta carta refuerza la
idea de que la autoridad civil no debe involucrarse en asuntos de fe personal, ya que esto
puede llevar a la discordia y la ruptura de la paz social que el contrato social pretende
mantener,.
Locke critica la imposición de una religión estatal y argumenta que la diversidad de
creencias debería ser aceptada por el bien común. Esto representa un giro importante en la
evolución del pensamiento político: el lenguaje del deber en relación a la religión es
reemplazado por el lenguaje del derecho a la libertad individual. A partir de Locke, la
tolerancia se convierte en un derecho fundamental que el Estado debe respetar, lo que
señala un avance significativo hacia el reconocimiento de los derechos humanos y las
libertades civiles.
Influencia de Otros Autores
Este enfoque de Locke tiene resonancias con las ideas de Rousseau, quien en "El
contrato social" examina cómo la voluntad general debe orientar la acción política. Aunque
Rousseau comparte con Locke la idea de que el consentimiento es esencial para la
legitimidad del gobierno, su concepto de voluntad general implica que los ciudadanos
deben estar subordinados al bien común, lo que podría interpretarse como una limitación a
la libertad individual en el ámbito de la conciencia. Esto pone de manifiesto un punto de
fricción entre las visiones de Locke y Rousseau sobre el equilibrio entre el individuo y el
Estado.
La Relevancia de Locke en el Mundo Moderno
El legado de John Locke presenta el pensamiento de un intelectual que ha ejercido
una influencia innegable, especialmente en la formación de las democracias modernas. Su
defensa de la tolerancia y el respeto al derecho religioso individual representan una clave
fundamental para el desarrollo del concepto de derechos humanos. Al transformar la
discusión sobre la religión de una cuestión de impuesto estatal a una cuestión de derechos
individuales, Locke sienta las bases para el pluralismo moderno y la aceptación de la
diversidad.
La obra de Locke desafía a los estados contemporáneos a reconsiderar la gestión de
la diversidad religiosa y cultural en sus sociedades. A medida que la globalización continúa
interconectando a diferentes culturas y creencias, los principios de tolerancia y respeto
establecidos por Locke son más relevantes que nunca, proporcionando un marco para que
las sociedades enfrenten los desafíos de la coexistencia pacífica.
El papel de la tolerancia en el pensamiento de John Locke es fundamental no solo
en su contexto histórico, sino también en su impacto duradero en la filosofía política y los
derechos humanos. Locke define la tolerancia no solo como un principio ético, sino como
un medio esencial para la paz y estabilidad social. En su "Carta sobre la tolerancia",
argumenta que la imposición de una religión por parte del Estado es ilegítima y perjudicial,
enfatizando que la verdadera fe debe ser un acto voluntario y personal. Este argumento
pone de manifiesto la intersección entre el contrato social y la tolerancia, subrayando que la
libertad religiosa es un componente clave de los derechos individuales.
Al abordar la intolerancia, Locke señala que esta no solo pone en peligro al
individuo, sino que socava la autoridad del gobierno, que debería estar fundamentada en el
respeto por los derechos de las personas. Su postura comienza a situar la tolerancia dentro
del contexto más amplio de los derechos humanos, una idea que posteriormente se
formalizaría en documentos como la Declaración de Derechos Humanos de 1948, donde el
respeto por la diversidad y el reconocimiento de los derechos individuales son piedras
angulares del orden democrático.
Locke también resalta las dinámicas entre conflicto y coacción. En sociedades
diversas, la imposición de valores que reflejen una única visión religiosa o ideológica puede
acentuar las divisiones y generar tensiones. Esta línea de pensamiento se manifiesta en la
crítica de Locke a la intolerancia como una amenaza para el orden social y la paz,
considerando que una sociedad donde se respete la diversidad de creencias es esencial para
lograr un contrato social efectivo. Estas ideas resuenan con las de Karl Popper, quien
enuncia que el pluralismo es vital para evitar el dogmatismo y la tiranía, sosteniendo que el
respeto por la diversidad de opiniones contribuye al desarrollo moral e intelectual de la
sociedad.
El concepto de legitimidad del gobierno también está radicado en la idea de
consenso, donde, si un gobierno no protege los derechos de sus ciudadanos, se legitima la
resistencia contra él. Esta noción de resistencia se entrelaza con la obra de Henry David
Thoreau en "Desobediencia civil", donde defiende que actuar contra la injusticia es un
deber moral, reflejando el pensamiento de Locke sobre la responsabilidad individual en la
lucha contra el abuso de poder.
El impacto del pensamiento de Locke se extiende más allá de su tiempo,
configurando el ideal de un gobierno responsable ante sus ciudadanos y cimentando la
noción de derechos individuales que caracteriza a las democracias modernas. Su defensa de
la tolerancia religiosa ha permitido el desarrollo de sociedades pluralistas, donde la
diversidad es no solo tolerada, sino celebrada, integrándose en un legado que ha
influenciado tanto la Ilustración como las revoluciones política en América y Francia.
2. ¿Cómo puede llegar a autoregularse una sociedad?
La autoregulación de una sociedad es un concepto fundamental que permite
entender cómo los grupos humanos pueden organizarse de manera eficiente y pacífica. Este
proceso se basa en la capacidad de los individuos para establecer normas, principios y
reglas que acepten y sigan de manera voluntaria, sin que sea necesaria la imposición de
autoridades externas. La autoregulación es clave para fomentar un entorno civilizado en el
que la paz, la cohesión social y el bienestar general puedan prosperar. En este sentido, la
obra de John Locke, especialmente su "Carta sobre la tolerancia", proporciona un marco
teórico trascendental que ilustra cómo se puede alcanzar esta autoregulación.
Tolerancia como base de la autorregulación
Locke enfatiza en su "Carta sobre la tolerancia" que la paz y la estabilidad social
son alcanzables solo en un entorno que fomente el respeto y la aceptación entre diferentes
creencias, ideas y opiniones. Al proponer que la tolerancia es esencial para la coexistencia
pacífica, Locke arroja luz sobre las consecuencias destructivas de la coerción. Esta
coerción, cuando se ejerce desde autoridades religiosas o civiles para imponer una única
verdad, genera desasosiego, divisiones y rupturas en el tejido social. No obstante, esta
problemática no se restringe únicamente al ámbito religioso; se extiende a todos los
aspectos de la vida social y política.
La capacidad de una sociedad para auto-organizarse eficazmente comienza con el
reconocimiento de la diversidad de pensamientos. Este reconocimiento es esencial, ya que
cada individuo trae consigo experiencias, creencias y perspectivas únicas que enriquecen el
entramado social. La implementación de una auténtica tolerancia permite que estas
diferencias sean valoradas en lugar de ser vistas como obstáculos. A medida que la sociedad
acepta y valora la diversidad, se crean espacios propicios para el diálogo y la convivencia,
lo que a su vez establece las bases para la resolución pacífica de conflictos.
La relevancia de la tolerancia en las interacciones sociales
La tolerancia va más allá de la simple aceptación; implica un compromiso activo en
la construcción de un entorno donde el respeto y el entendimiento mutuo sean
fundamentales. Este enfoque permite a los individuos participar en procesos de toma de
decisiones colectivas de manera más efectiva, promoviendo un sentido de pertenencia y
responsabilidad en la comunidad. En un contexto tolerante, los ciudadanos se sienten más
inclinados a expresar sus opiniones y a contribuir al bienestar común, ya que confían en que
sus voces serán escuchadas y respetadas.
Además, la tolerancia tiene el potencial de generar una cultura de paz. Cuando los
individuos y los grupos se ven como miembros de una comunidad más amplia, se puede
fomentar un sentido de solidaridad que trasciende divisiones superficiales. Esta cohesión es
esencial para prevenir la polarización y el conflicto, que a menudo surgen de la intolerancia
y la falta de entendimiento. De esta manera, la tolerancia no solo contribuye a la paz social,
sino que también se convierte en un motor para el progreso social, ya que permite a la
sociedad adaptarse y evolucionar en respuesta a las necesidades y deseos cambiantes de sus
miembros.
La relación entre tolerancia, derechos humanos y justicia social
El concepto de tolerancia se encuentra intrínsecamente vinculado con los derechos
humanos y la justicia social. Locke, al abogar por la libertad individual y la prerrogativa de
cada persona para seguir sus propias convicciones, establece una base ética sobre la cual se
puede construir una sociedad más equitativa y justa. La falta de tolerancia, por otro lado,
suele comportar la opresión de grupos minoritarios y la violación de derechos
fundamentales, lo que puede llevar a tensiones y conflictos sociales.
Así, para que una sociedad sea verdaderamente autorregulada, es imperativo que la
tolerancia se institutionalice en sus estructuras jurídicas y políticas. Esto requiere un
compromiso a largo plazo con la educación, la promoción de la equidad y el respeto por la
dignidad de cada individuo. La educación en valores democráticos y tolerantes es
fundamental para permitir que las nuevas generaciones comprendan la importancia de la
diversidad y aprendan a valorar las diferencias como algo positivo.
La participación activa de los ciudadanos y la legitimidad del gobierno resultan ser
conceptos interconectados y esenciales en la obra de John Locke sobre la tolerancia y la
gobernanza. Según Locke, un gobierno legítimo no puede existir sin el consentimiento de
aquellos a quienes gobierna, lo que establece una base democrática y representativa. Este
principio es fundamental, ya que promueve la idea de que los ciudadanos no son meros
sujetos de obediencia, sino agentes activos en la formación de su propio destino político.
Esto resuena con las ideas de Rousseau sobre la "voluntad general", donde la participación
de todos es vital para la creación de un cuerpo político cohesionado.
Locke sostiene que cuando las personas tienen la oportunidad de participar en el
proceso legislativo y en la toma de decisiones que afectan su vida diaria, se genera un
sentido de pertenencia y responsabilidad. Esta implicación no se limita a votar, sino que
abarca la creación de espacios inclusivos donde se escuchen diversas voces y se reconozcan
diferentes perspectivas. Tal inclusión no solo fomenta la cooperación entre ciudadanos, sino
que también promueve la paz social y el bienestar común, contribuyendo así a una
comunidad más unida y estable,.
Por otro lado, la educación y la moralidad son componentes indispensables para el
desarrollo de esta autorregulación. Locke enfatiza la educación cívica como una
herramienta para formar ciudadanos informados, críticos y responsables. Esta educación
debe centrarse en valores como la libertad, la responsabilidad y el respeto a los derechos
individuales. Una población que comprende la importancia de estos principios estará mejor
equipada para participar activamente en la vida social y política, sirviendo así como un
mecanismo de autorregulación que no depende necesariamente de fuerzas externas o
coercitivas.
Además, la moralidad juega un papel crucial en el funcionamiento de una sociedad
autorregulada. Un marco ético que prioriza el respeto mutuo y el entendimiento puede
facilitar la creación de normas y acuerdos consensuados, evitando la imposición violenta de
una religión o ideología, que históricamente ha causado división y conflicto. Locke critica
precisamente esta coerción, argumentando que la uniformidad forzada solo conduce al
malestar social,.
Así, tanto la participación activa como la educación y la moralidad se configuran
como pilares que no solo legitiman un gobierno, sino que también fomentan una cultura de
autorregulación en la que cada individuo se siente responsable de contribuir al bien común.
Esta visión de Locke refleja un avance significativo en la concepción de la ciudadanía y el
rol del individuo en la esfera pública, enfatizando la necesidad de un compromiso activo
hacia la construcción de una sociedad justa y pacífica.
Desafíos y consideraciones actuales en relación con la autoregulación representan
un panorama complejo y multifacético. A pesar de los avances en la inclusión y la
participación ciudadana, el camino hacia una verdadera autorregulación enfrenta una serie
de obstáculos significativos. Uno de los desafíos principales es la resistencia que los
sectores dominantes pueden mostrar ante la inclusión de voces no tradicionales o
disidentes. Esta dinámica suele surgir en contextos donde hay un monopolio del poder
político o social, que tiende a perpetuar el status quo y silenciar las opiniones alternativas.
John Stuart Mill, en su obra "Sobre la libertad", argumenta de manera elocuente que
la libertad de expresión es un ingrediente esencial para el progreso social. Él sostiene que la
opresión de opiniones diversas no solo es un acto inmoral, sino que también es imprudente,
ya que la diversidad de pensamientos y experiencias contribuye a la riqueza y fortaleza de
la comunidad. Esta pluralidad permite que las sociedades se enfrenten a sus errores y se
adapten a nuevas realidades, promoviendo así el desarrollo y la prosperidad,.
En este sentido, la censura y la represión de voces disidentes no solo limitan la
autorregulación, sino que también pueden llevar a un debilitamiento del tejido social en su
conjunto. La eliminación de opiniones críticas y la promoción de una única narrativa
pueden crear un entorno de conformidad que impide el debate abierto y constructivo. Sin la
posibilidad de cuestionar y desafiar las ideas establecidas, las sociedades corren el riesgo de
estancarse, tanto intelectual como éticamente.
Otro desafío radica en las nuevas formas de comunicación y expresión en la era
digital. Si bien las redes sociales han democratizado el acceso a plataformas de discusión y
participación, también han creado espacios donde la desinformación y el discurso de odio
pueden proliferar. La capacidad de las personas para expresar sus opiniones se ha ampliado,
pero también se enfrenta a la compleja tarea de navegar entre información veraz y falacias.
En este contexto, es fundamental fomentar una ciudadanía crítica y educada, que pueda
discernir entre distintos tipos de discursos y valorarlos de acuerdo a su justicia y veracidad.
Adicionalmente, en un mundo interconectado, las cuestiones de justicia social y
equidad global también deben ser consideradas. La autorregulación no puede limitarse a
fronteras nacionales, ya que existe una interdependencia creciente entre sociedades. La
manera en que se gestionan las diferencias y se incluye a las diversas voces en las
decisiones políticas puede tener un impacto significativo en la paz y la cooperación
internacional. En este sentido, el desafío se extiende más allá de la mera inclusión local,
abarcando también la justicia global, el respeto a los derechos humanos y la cooperación
entre naciones.
Por lo tanto, la autoregulación, aunque fundamental, no está exenta de
complicaciones y requiere un compromiso continuo por parte de todos los actores sociales.
Para avanzar hacia un modelo de sociedad más justo y equitativo, es esencial promover
constante reflexión crítica en torno a la libertad de expresión, el respeto mutuo y la
inclusión, asegurando así que todos los ciudadanos tengan la oportunidad de contribuir al
bienestar común y a la construcción de un futuro socialmente cohesionado. Esto resalta la
importancia de la educación cívica y moral, que debe adaptarse a los desafíos
contemporáneos para empoderar a los individuos en sus luchas por el reconocimiento y la
equidad
proceso de la Civilización de Norbert Elias La coacción social y la autocoacción
1. Qué es el Contrato social?
La perspectiva de Norbert Elias sobre el proceso civilizatorio ofrece un marco único
y profundo para comprender cómo las normas sociales y, por ende, el concepto de contrato
social, emergen y evolucionan a lo largo del tiempo. Elias argumenta que la civilización no
se desarrolla de manera lineal ni a través de un diseño consciente, sino como resultado de
interacciones complejas y dinámicas entre individuos y estructuras sociales. Este enfoque
desafía las nociones tradicionales del contrato social que asumen que los individuos,
actuando de manera racional, llegan a acuerdos específicos, premeditados y explícitos sobre
las reglas de su convivencia social.
Coacción Social
La coacción social es un mecanismo fundamental que ejerce influencia sobre el
comportamiento y la conformidad de los individuos respecto a las normas y valores de su
sociedad. A continuación, se amplían sus principales formas de manifestación:
1. Sanciones Legales y Sociales: Las sanciones legales son medidas explícitas
instituidas por un sistema jurídico que establece consecuencias para aquellos que infringen
las normas. Esta forma de coacción es particularmente efectiva porque se basa en la
amenaza de castigos que afectan directamente la libertad y la estabilidad económica de los
individuos. Por ejemplo, el sistema penal trata de disuadir comportamientos delictivos
como el robo o la violencia a través de cárcel, multas y otras penalizaciones. Las normas
sociales, aunque menos formalizadas, pueden ser igual de poderosas. Las expectativas de
comportamiento derivadas de la cultura, la familia y la comunidad crean un entorno donde
la conformidad se premia y la desviación conlleva un costo social. El rechazo, el ostracismo
o las críticas públicas son ejemplos de cómo la desaprobación social puede afectar la vida
de un individuo, incentivándolo a alinear sus acciones con las normas generales.
2. Presión de Grupos: Dentro de la dinámica social, la presión de grupo puede
ser un poderoso moderador del comportamiento individual. A menudo, las personas sienten
la necesidad de conformarse a las expectativas de su grupo social, lo que puede llevarlas a
modificar sus actitudes y acciones para evitar el rechazo. Este fenómeno se manifiesta en
situaciones como la conformidad en decisiones grupales o en comportamientos de riesgo,
donde una persona puede actuar de manera contraria a su juicio moral o personal solo para
alinearse con el grupo. Esto demuestra cómo la necesidad de aceptación social puede
superar los principios éticos individuales y resalta la influencia del entorno social en la
toma de decisiones.
3. Monopolización de la Violencia: Elias destaca la importancia de la
monopolización de la violencia en la evolución de las sociedades, que permite a un estado
controlar el uso de la fuerza. En sociedades primitivas, la violencia era ejercida por
individuos sin restricciones, lo que generaba un entorno de continua amenaza y caos. A
medida que las sociedades se civilizaron, el control de la violencia se formalizó, lo que
llevó a una disminución de la violencia interindividual y un aumento en la previsibilidad
del comportamiento humano. Este cambio permitió la instauración de un orden social más
estable y regulado, ya que la amenaza de la violencia se desplazó hacia un marco legal que
garantiza la seguridad, promoviendo así la paz y la cohesión social.
Autocoacción
Por otro lado, la autocoacción representa un proceso interno de regulación del
comportamiento, donde los individuos ejercen control sobre sus acciones gracias a la
interiorización de normas sociales. Esta autocontrol se expresa de múltiples maneras:
1. Internalización de Normas: Desde una edad temprana, las personas son
expuestas a un conjunto de normas y valores por medio de la educación, la familia y la
interacción social. A medida que los individuos crecen, estas normas se incorporan en su
identidad personal. Así, la persona comienza a actuar conforme a estas normas no porque
exista una sanción externa, sino como resultado de una responsabilidad interna. Este
proceso implica que el individuo no solo sigue las reglas por miedo a ser castigado, sino
que ha llegado a considerar estas normas como parte integral de su propio ser, lo que les
brinda un sentido de pertenencia y responsabilidad hacia su comunidad.
2. Desarrollo del Superyó: Siguiendo las líneas de la teoría psicoanalítica de
Freud, el "superyó" es la parte de la personalidad que internaliza las expectativas morales y
sociales. Este constructo psicodinámico se desarrolla a medida que el individuo navega por
las normas y estándares de su cultura, creando un sistema de valores que guía su
comportamiento. Este autocontrol se manifiesta en la capacidad de autorregular sus deseos
y emociones, lo que no solo ayuda a mantener el orden social, sino que también permite al
individuo enfrentar conflictos internos sobre lo que es aceptable y lo que no lo es en sus
interacciones.
3. Estrategias de Autorregulación: La autocoacción implica el desarrollo de
competencias que permiten al individuo manejar sus comportamientos y emociones de
manera eficaz. Esto incluye la habilidad de reflexionar sobre las consecuencias a largo
plazo de sus acciones, el establecimiento de metas personales y la regulación de sus
emociones. Por ejemplo, una persona que espera una promoción 可能 controlará su
impaciencia en situaciones de estrés en el trabajo, priorizando las acciones que benefician
su carrera a largo plazo. Estas estrategias no solo limitan acciones impulsivas, sino que
también ayudan a los individuos a adaptarse mejor a su entorno social, fomentando así
relaciones interpersonales más saludables y un sentido de bienestar personal, lo que es
crucial para el funcionamiento armónico de la sociedad.
La interacción entre coacción social y autocoacción crea un marco complejo que
influye en la conducta individual y colectiva, permitiendo una coexistencia de control
interno y externo que es esencial para el orden social y el desarrollo humano.
Contrato Social Como Manifestación de Dinámicas Sociales
1. Normas Sociales como Producto Histórico: Elias argumenta que las normas
sociales no surgen de una única consideración racional o de un acuerdo deliberado, sino
que son el resultado de un proceso histórico dinámico. Esto sugiere que el contrato social
debe entenderse en el contexto de la evolución de la sociedad en sí misma. Cada sociedad
desarrolla un “contrato” distinto, basado en sus propias necesidades, interacciones y
conflictos históricos. Este enfoque resitúa el concepto de contrato social en un eje temporal,
reconociendo que está en constante cambio y adaptación a medida que las sociedades
evolucionan.
2. Reflejo de Relaciones Sociales: La noción de que las coacciones externas se
transformen en autocoacciones implica que el contrato social es un reflejo no solo de las
reglas que rigen la conducta, sino también de la historia compartida y las experiencias
colectivas de un grupo. Esto implica que los valores y normas que los individuos adoptan
no son solo cuestión de elección personal, sino que están moldeados por su contexto social,
incluyendo factores como la cultura, la economía y la estructura política. La evolución del
contrato social, por tanto, no es un fenómeno individual, sino una manifestación de las
dinámicas sociales que ha transformado vidas y comportamientos a lo largo del tiempo.
Implicaciones de la Teoría de Elias
Evolución del Contrato Social: Elias argumenta que conforme las sociedades se
vuelven más complejas y diferenciadas, las normas sociales tienden a surgir de manera más
implícita que explícita. En este proceso evolutivo, el contrato social se transforma de una
serie de acuerdos conscientes y racionalizados hacia un conjunto de normas que los
individuos interiorizan y aceptan como parte de su identidad y comportamiento cotidiano.
Este fenómeno está ligado a la noción de autocoacción, donde los individuos se regulan a sí
mismos en base a normas que antes podrían haber sido impuestas desde una estructura
externa. Esto se relaciona con la idea de que la transformación de las costumbres y formas
de conducta no son necesariamente el resultado de un diseño racional, sino emergen de un
proceso civilizatorio más amplio,.
Mantenimiento del Orden Social: El mantenimiento del orden social, por tanto,
depende de la coexistencia equilibrada entre coacción social y autocoacción. La coacción
externa, que puede manifestarse a través de leyes, instituciones y expectativas sociales,
proporciona un marco normativo que establece las consecuencias para comportamientos
desviados. Simultáneamente, la autocoacción permite a los individuos internalizar estas
normas, actuando de acuerdo a ellas incluso en ausencia de coacción externa. Esto implica
que el éxito del contrato social reside significativamente en esta interrelación; las normas
no son solo observadas por miedo a la sanción, sino que también son comprendidas y
aceptadas como parte del orden moral y social del individuo,.
Implicaciones para la Modernidad: En un contexto contemporáneo, esta dinámica
entre coacción y autocoacción se vuelve crucial al analizar problemas como la
criminalidad, la falta de cumplimiento de normativas sociales y los conflictos dentro de la
sociedad. La comprensión de que un equilibrio adecuado entre estas fuerzas es necesario
puede llevar a estrategias más efectivas para lidiar con el comportamiento desviado. Una
sociedad que busca fomentar el orden social debe, por tanto, trabajar hacia un equilibrio
donde los individuos se sientan no solo obligados a seguir las normas, sino también
motivados internamente para hacerlo. Esto puede implicar un enfoque educativo y social
que refuerce la autocoacción, promoviendo la internalización de normas como parte
intrínseca del comportamiento social
2. ¿Cómo puede llegar a autoregularse una sociedad?
La autoregulación de una sociedad es, sin duda, un fenómeno multifacético que
requiere una comprensión profunda de su funcionamiento a través de diferentes
dimensiones. La obra de Norbert Elias revela cómo esta autoregulación se teje en el tejido
social a partir de dinámicas históricas, culturalmente específicas y psicológicas que han
evolucionado a lo largo del tiempo. Esta comprensión nos permite ver la autoregulación no
solo como un conjunto de reglas o normas impuestas externamente, sino más bien como un
proceso interno que los individuos adoptan y adaptan continuamente a sus contextos.
Desde una edad temprana, las personas son inmersas en un sistema de socialización
que les enseña las normas y expectativas de su cultura. Elias enfatiza que esta educación
social comienza en la infancia, donde los niños son gradualmente expuestos a
comportamientos que la sociedad considera deseables. Por ejemplo, las interacciones
familiares y educativas juegan un papel crucial en la formación de estos patrones de
comportamiento, instilando en los individuos un sentido de lo que se espera de ellos en
diferentes situaciones. A medida que crecen, comienzan a internalizar estas enseñanzas
convirtiéndolas en autocoacciones, un término que Elias utiliza para describir los controles
internos que imponen las normas sociales.
Esta internalización es fundamental, ya que transforma las presiones sociales
externas en motivaciones internas. Así, un niño que aprende a compartir o a esperar su
turno no solo lo hace para evitar el desagrado de otros, sino que empieza a sentir un sentido
de responsabilidad personal que guía su comportamiento. Este cambio de la coerción
externa a la auto-observación e auto-regulación no solo fomenta la conformidad, sino que
también facilita la construcción de un orden social más estable. La efectividad de este
proceso de socialización y autocoacción se basa en la complejidad creciente de las
relaciones interpersonales en sociedades diferenciadas.
El concepto de diferenciación social es clave en la obra de Elias. A medida que las
sociedades evolucionan, se desarrollan también cadenas de interdependencias más
complejas. La funcionalidad de estas cadenas exige que los individuos sean capaces de
manejar una variedad de roles sociales y expectativas. Así, la autoregulación no es solo un
acto de control individual, sino que se convierte en un mecanismo fundamental para la
cohesión grupal. Cada individuo, operando bajo un marco social que está en constante
cambio, se integra en diversos contextos (familiar, laboral, comunitario) que requieren
diferentes niveles y formas de autocontrol.
En este entorno, los individuos no solo actúan según expectativas externas, sino que
también negocian y redefinen sus comportamientos a través de interacciones. La
complejidad de las redes sociales en sociedades modernas significa que los individuos
deben ser flexibles, adaptando su autocontrol a nuevas situaciones y normas que pueden
cambiar con frecuencia. Lo que Elias describe es un proceso vivo, donde la autoregulación
se alimenta de la dinámica social y viceversa, contribuyendo a la creación de normas más
sofisticadas y diversificadas que guían el comportamiento.
Adicionalmente, la autoregulación se relaciona íntimamente con el concepto de
identidad social. Cuanto más se internalizan las normas y valores sociales, más se integra el
individuo en el colectivo. Esto no solo estructura su autocontrol, sino que también influye
en su sentido del yo. La presión social para actuar de acuerdo con los estándares aceptados
puede dar lugar a conflictos internos, pero también proporciona una base para el desarrollo
de una identidad coherente y sostenible en un contexto social. La identidad se convierte en
un ancla que solidifica el comportamiento regulado y ayuda a los individuos a encontrar su
lugar en la interdependencia social.
Finalmente, al analizar la autoregulación desde la perspectiva de Elias, es crucial
considerar sus implicaciones para la cohesión social y el orden en general. La
transformación de la violencia y la coerción externa en mecanismos de autocontrol interno
no solo protege la integridad del individuo, sino que también garantiza que una sociedad
mantenga su funcionalidad y estabilidad. A medida que los individuos aprenden a gestionar
sus impulsos y a actuar en concordancia con las expectativas colectivas, se fomenta un
entorno donde la paz y la cooperación son posibles. Así, la autoregulación se revela como
un pilar fundamental de la vida civilizada, permitiendo que los seres humanos coexistan en
un espacio social donde el respeto y la consideración por el otro priman sobre acciones
impulsivas que podrían perturbar la armonía social.
En conclusión, la autoregulación en una sociedad es un proceso intrincado que
refleja la interconexión entre factores individuales y colectivos. Norbert Elias nos
proporciona un marco valioso para entender cómo funciona esta dinámica, iluminando el
papel crucial que desempeña la socialización, la diferenciación social y la identidad en la
construcción de comportamientos regulados que sustentan el orden y la cohesión en un
contexto social en constante cambio. Este enfoque nos invita a reflexionar sobre la
importancia de un entorno que fomente la autoregulación y ofrezca las condiciones
necesarias para que los individuos prosperen tanto a nivel
La monopolización de la violencia, como observa el sociólogo Norbert Elias, es
central en el proceso de civilización de una sociedad. En contextos donde la violencia física
se encuentra regulada y controlada por entidades como el Estado, se establece un entorno
en el que los individuos pueden desarrollar un "superyó" social, que actúa como una brújula
moral. Este concepto, que Engels toma del psicoanálisis freudiano, destaca el impacto de
las fuerzas externas sobre la psique individual, sugiriendo que una vez que estas fuerzas se
internalizan, se transforman en mecanismos de autocontrol.
En sociedades con un marco legal sólido, el comportamiento de las personas tiende
a ser menos reactivo y más reflexivo. Con la violencia monopolizada y su regulación
institucionalizada, la necesidad de reacciones violentas espontáneas disminuye
considerablemente. Esto permite a los individuos concentrarse en regular sus emociones y
comportamientos, lo que a su vez promueve un entorno más pacífico y ordenado. La
internalización de estas normas de convivencia, facilitadas por la coacción social que se
convierte en autocontrol, crea un espacio donde las acciones impulsivas son mitigadas en
favor de un comportamiento que respete las convenciones establecidas.
Además, Elias sostiene que la presión social, así como las sanciones legales y
culturales, son mecanismos cruciales para la autorregulación de los individuos. Estos
factores influyen de manera significativa en el comportamiento de las personas, llevándolas
a alinear sus acciones con las expectativas del grupo al que pertenecen. Este fenómeno se
relaciona con los estudios de Émile Durkheim, que también enfatizan la importancia de la
cohesión social y de la internalización de normas colectivas, como medio para fomentar
conductas prosociales y reducir la desviación. De esta forma, el individuo consciente de las
implicaciones de sus propias acciones dentro de una red social, esta menos inclinado a
actuar de forma perjudicial, en parte porque busca evitar la desaprobación social y, en parte,
porque se ha habitado a un comportamiento que privilegia el bienestar colectivo.
La autoregulación, aunque fundamental para el funcionamiento de una sociedad
civilizada, no implica la eliminación de conflictos internos o externos. De hecho, en la obra
de Norbert Elias, se enfatiza que los individuos a menudo enfrentan tensiones considerables
entre sus deseos instintivos y las exigencias sociales. Esta lucha interna se convierte,
entonces, en una característica distintiva de la experiencia humana, donde el individuo debe
negociar continuamente entre lo que su naturaleza instintiva le dicta y lo que la sociedad
espera de él. Estas oscilaciones en la regulación emocional son menos pronunciadas en
sociedades altamente organizadas, donde las estructuras sociales establecidas desempeñan
un papel crucial en la modulación del comportamiento y las emociones.
En comparación, en sociedades más primitivas, donde las normas y expectativas
sociales pueden ser menos claras o menos interiorizadas, los individuos tienden a sentirse
más desbordados por sus impulsos naturales. En este contexto, los deseos instintivos
pueden manifestarse con mayor fuerza, y las herramientas para el autocontrol suelen ser
menos desarrolladas. Este punto de vista se alinea con las teorías psicoanalíticas de
Sigmund Freud, que subraya la necesidad de gestionar los instintos dentro de un marco
social que soporte y facilite una autoregulación efectiva. Según Freud, el conflicto entre el
ello (los impulsos instintivos) y el superyó (las normas internalizadas) es esencial en la vida
psicológica del individuo, y la habilidad para navegar esta tensión es fundamental para el
desarrollo personal y social.
En conclusión, el proceso de autoregulación en una sociedad es dinámico y emerge
de la interacción constante entre los mecanismos internos de autocontrol y las estructuras
externas de coacción social. La civilización, tal como la describe Elias, implica una
evolución hacia una mayor diferenciación social en la que los individuos no solo aprenden
a adaptarse a sus entornos, sino que también internalizan normas y valores que refinan su
capacidad para actuar de maneras socialmente aceptables. Este proceso de internalización
es esencial para salvaguardar la cohesión social y crear un ambiente donde se promueva
tanto la estabilidad como la funcionalidad. Así, las reflexiones de Elias y otros teóricos
sobre la violencia, la moralidad y las normas sociales subrayan que solo a través de esta
autoregulación puede una sociedad prosperar y alcanzar una estabilidad duradera
Debate de las tres conceptualizaciones
El concepto de "contrato social" ha sido un tema central en la filosofía política
desde su formulación en el siglo XVII y XVIII, con pensadores como Thomas Hobbes,
John Locke y Jean-Jacques Rousseau aportando diferentes visiones que continúan
condicionando nuestro entendimiento del Estado, la autoridad y la ciudadanía. Estas teorías
no solo sentaron las bases del pensamiento político moderno, sino que también provocaron
debates que resuenan en la actualidad, planteando interrogantes sobre la legitimidad del
poder y los derechos individuales frente a la colectividad.
El contrato social se refiere a un acuerdo implícito o explícito mediante el cual los
individuos establecen una sociedad política en la que renuncian a ciertas libertades a
cambio de seguridad y orden. A través de este marco teórico, los autores mencionados
ofrecen diferentes perspectivas sobre la naturaleza humana, las motivaciones detrás de la
creación del Estado y los derechos y deberes de los ciudadanos. Hobbes, por ejemplo,
describe un estado de naturaleza conflictivo, donde la vida sin un gobierno fuerte es
“solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”, justificando así la entrega de libertades a un
soberano absoluto que garantice la paz. Por otro lado, Locke presenta una visión más
optimista, donde el estado de naturaleza es un lugar de libertad y razón, pero que se ve
amenazado por la falta de autoridad. Para Locke, el contrato social representa la mejor
manera de proteger los derechos naturales de los individuos.
Rousseau introduce una mirada más radical al afirmar que la verdadera libertad solo
puede ser alcanzada a través de la voluntad general, cuestionando así la noción de libertad
individual si esta no se entiende en el contexto del bien común. Su propuesta establece que
la soberanía reside en el pueblo y que es su voluntad la que debe guiar la acción política, un
concepto que genera tanto admiración como críticas debido a sus implicaciones para la
pluralidad en las sociedades contemporáneas.
Además, el análisis de Norbert Elias sobre la evolución del contrato social sugiere
que este concepto no es estático, sino que se adapta y transforma conforme las sociedades
evolucionan. Elias postula que a medida que las sociedades se vuelven más complejas, las
normas y expectativas alrededor del contrato social se interiorizan, transformándose en
autocoacciones que rigen el comportamiento cotidiano de los individuos.
Este ensayo tiene como objetivo explorar y contrastar las posturas de Rousseau,
Locke y Elias sobre el contrato social, apuntando a los conceptos que cada uno utiliza para
definirlo y cómo estas visiones pueden ser integradas en un debate crítico que arroje luz
sobre el significado del contrato social en el mundo contemporáneo. Abordaremos cómo
cada uno de estos autores conceptualiza la relación entre los individuos y el Estado, así
como las implicaciones de sus teorías para entender la legitimidad política y la naturaleza
de la libertad. Al examinar estas diferentes perspectivas, buscamos no solo entender su
relevancia histórica, sino también su aplicabilidad en el análisis de desafíos actuales, tales
como la polarización política, la erosión de los derechos civiles y la búsqueda de una
gobernanza más justa y representativa.
Para Rousseau, el contrato es un acto radical y transformador. El ser humano, libre
en el estado de naturaleza, se ve forzado a renunciar a parte de esa libertad para constituirse
como parte de un cuerpo político regido por la voluntad general. Este momento marca una
ruptura, un antes y un después: lo natural da paso a lo civil.
Locke, en contraste, ve el contrato como una decisión racional pero conservadora:
se forma para proteger derechos preexistentes (vida, libertad, propiedad) que ya pertenecen
a los individuos por naturaleza. No hay aquí un cambio ontológico del sujeto, como en
Rousseau, sino una delegación funcional: los individuos forman sociedad no para
reinventarse, sino para asegurar lo que ya les pertenece.
Elias, por su parte, desmantela esta idea fundacional. Para él, el contrato social no
tiene un momento inaugural, sino que es el resultado de un largo proceso evolutivo. Las
normas de convivencia no emergen de un acuerdo explícito, sino de interacciones
históricas, de mecanismos de coacción social y autocoacción que se sedimentan en la
cultura y en la conducta. No hay ruptura entre naturaleza y civilización, sino un continuo de
transformación.
Aquí surge la primera tensión crítica: ¿puede fundarse una comunidad política en un
acto racional y libre, como creen Rousseau y Locke, o debemos entenderla como una
construcción social acumulativa e inconsciente, como plantea Elias? Mientras los dos
primeros suponen un sujeto fundante, Elias propone que es el sujeto el que ha sido fundado,
moldeado por procesos históricos que lo condicionan incluso en su libertad.
II. El sujeto del contrato: ¿el pueblo soberano, el individuo propietario o el sujeto
socializado?
Esta diferencia sobre el origen del contrato tiene consecuencias directas sobre el
sujeto político. ¿Quién firma ese contrato? ¿Quién lo sostiene? ¿Quién lo puede romper?
Rousseau sostiene que el sujeto del contrato es el ciudadano, un ser colectivo que se
expresa a través de la voluntad general. Este ciudadano no es un individuo aislado, sino una
parte inseparable del cuerpo político. Por eso, cuando se somete a la ley, no se somete a
otro, sino a sí mismo, como parte de un todo. Pero esta fusión entre individuo y comunidad
no está exenta de riesgos: ¿qué ocurre cuando la voluntad general oprime a quienes
disienten de ella?
Locke ve al sujeto como un individuo autónomo, poseedor de derechos naturales
que ningún poder legítimo puede anular. Su libertad no depende de la integración al cuerpo
político, sino que lo precede. Por eso, su consentimiento es clave: sin él, el contrato no tiene
validez. Esta visión ha sido la base del liberalismo moderno, pero también ha sido criticada
por su visión excesivamente atomizada del sujeto, incapaz de explicar los vínculos
solidarios o comunitarios más allá del interés propio.
Elias introduce aquí un giro decisivo. Para él, el sujeto no es ni autónomo como en
Locke, ni enteramente subsumido en la voluntad general como en Rousseau. Es un ser
moldeado por la coacción social (normas, sanciones externas) y por la autocoacción
(normas interiorizadas, autocontrol). El sujeto es producto de la civilización. Así, el
contrato social no es algo que se firma libremente, sino algo que se “incorpora”
culturalmente, incluso sin plena conciencia.
En este debate, Elias problematiza la idea de autonomía tan cara a Locke y, a la vez,
pone en cuestión la fusión idealizada de lo individual y lo colectivo que propone Rousseau.
Nos obliga a ver al sujeto no como punto de partida, sino como resultado de un proceso que
combina estructuras, afectos, educación y disciplina.
III. La libertad: ¿entregada, protegida o modelada?
En el centro del debate sobre el contrato social está la noción de libertad. Para
Rousseau, la paradoja de la libertad consiste en que uno solo es verdaderamente libre
cuando obedece la ley que él mismo se ha dado como parte del cuerpo político. Así, al
someterse a la voluntad general, se libera del egoísmo y se integra en una comunidad justa.
“El hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado”, afirma al comienzo
de su obra. Su solución es transformar la libertad natural en libertad civil, basada en el
autocontrol y la igualdad.
Locke, por el contrario, considera que la libertad no debe ser entregada ni
transformada, sino resguardada. Su contrato social existe para proteger esa libertad frente a
los abusos del poder. De ahí su defensa de la tolerancia, especialmente religiosa: el Estado
no tiene derecho a intervenir en la conciencia de las personas. El respeto por la libertad
individual es el límite del poder político, no su resultado.
Elias, nuevamente, introduce un tercer camino. La libertad, para él, no es ni anterior
ni posterior al contrato, sino una condición emergente del proceso civilizatorio. A medida
que las sociedades evolucionan, los individuos desarrollan formas más sofisticadas de
autorregulación. Esta “libertad”, entonces, es en realidad una forma de autocoacción
interiorizada. El sujeto moderno es libre, sí, pero dentro de un marco de normas
profundamente internalizadas. La libertad, así entendida, no se opone al control, sino que es
su culminación.
En esta triada de visiones, se revela una pregunta fundamental: ¿queremos una
libertad que se expresa en la ley común (Rousseau), una libertad protegida del Estado
(Locke), o una libertad que es producto de disciplina interna (Elias)?
IV. Legitimidad y poder: ¿qué hace válido al contrato?
Otra dimensión crítica del debate es la legitimidad del poder que surge del contrato.
Para Rousseau, el único poder legítimo es aquel que expresa la voluntad general. En cuanto
esta voluntad es traicionada, el poder se convierte en tiránico. De ahí su énfasis en la
participación ciudadana activa y el derecho a la resistencia.
Locke también defiende la legitimidad basada en el consentimiento, pero con una
diferencia: no se trata de una voluntad colectiva abstracta, sino del consentimiento
individual. Si un gobierno no protege los derechos de sus ciudadanos, estos tienen el
derecho a derrocarlo. Aquí aparece la idea de resistencia civil, que influenció fuertemente a
pensadores como Thoreau y los movimientos democráticos modernos.
Elias no habla directamente de “legitimidad”, pero sí muestra cómo el poder se
legitima a través del proceso de internalización de normas. Cuando las normas dejan de
sentirse impuestas desde fuera y se convierten en convicciones personales, el orden social
se mantiene no por la fuerza, sino por el consenso tácito. Desde esta perspectiva, un
gobierno puede perder legitimidad no solo cuando actúa contra la voluntad o los derechos,
sino cuando deja de generar sentido común, identificación y obediencia simbólica.
Este cruce plantea una pregunta clave para el presente: ¿la legitimidad depende de
la voluntad popular, del consentimiento racional o de la estabilidad emocional y cultural de
las normas?
V. Aportes para una teoría contemporánea del contrato social
La riqueza del debate entre Rousseau, Locke y Elias no reside en elegir a uno sobre
los otros, sino en pensar críticamente a partir de sus tensiones. Hoy, cuando el contrato
social parece resquebrajarse frente al auge del autoritarismo, la desigualdad, el
individualismo extremo y la pérdida de sentido común, resulta necesario articular estos tres
enfoques.
Del idealismo político de Rousseau, podemos rescatar la necesidad de una voluntad
colectiva orientada al bien común, pero evitando caer en el dogmatismo o la exclusión de
las minorías.
Del liberalismo de Locke, recuperamos el valor de la libertad de conciencia, la
protección de los derechos humanos y la defensa de la diversidad como condiciones básicas
de legitimidad.
De Elias, comprendemos que sin procesos de educación, socialización y
autocoacción, ningún contrato social podrá sostenerse. El contrato no es solo jurídico ni
moral: es también cultural, emocional, histórico.
En definitiva, el contrato social, más que una fórmula política, es un campo de
tensiones entre el individuo y la comunidad, la libertad y el control, la voluntad y la
historia. Entender estas tensiones es fundamental para replantear los términos del pacto que
sostiene nuestras democracias, y evitar que la idea misma de sociedad se desintegre bajo la
presión del miedo, la desconfianza o la indiferencia.
este concepto abre un debate complejo sobre el origen del orden social, la
constitución del sujeto político, la naturaleza de la libertad y la legitimidad del poder. En
este análisis, se confrontarán sus ideas con el fin de ofrecer una visión crítica que trascienda
la simple exposición teórica, dando paso a una comprensión más matizada del pacto que
organiza la vida en sociedad.
Desde la perspectiva de Rousseau, el contrato social constituye un acto fundacional
de gran trascendencia. No se trata simplemente de un convenio entre individuos, sino de un
salto cualitativo desde el estado natural hacia una condición cívica. El ser humano,
originalmente libre e independiente, accede a una forma de libertad más elevada al
integrarse en una comunidad regida por la voluntad general. Esta voluntad no representa
una suma de voluntades particulares, sino una expresión colectiva del bien común. En este
marco, la comunidad política adquiere unidad, y cada individuo se convierte en ciudadano,
coautor de las leyes a las que se somete. El contrato, en este sentido, transforma no solo el
orden externo, sino también la naturaleza misma del sujeto.
Locke, en cambio, plantea una visión distinta. Para él, el contrato no implica una
transformación ontológica del individuo, sino una decisión racional para preservar derechos
naturales ya existentes. La vida, la libertad y la propiedad son atributos inherentes al ser
humano, y la sociedad civil se instituye precisamente para resguardarlos frente a los
peligros del estado de naturaleza. A diferencia de Rousseau, Locke no considera que el
individuo deba fundirse en un cuerpo colectivo; al contrario, el contrato debe garantizar su
autonomía. Esta concepción ha sido fundamental para el desarrollo del pensamiento liberal
y la teoría de los derechos individuales.
Norbert Elias, desde una perspectiva sociológica e histórica, introduce una crítica
profunda a estas visiones fundacionales. A su juicio, el contrato social no es un hecho
puntual ni una decisión deliberada. Se trata, más bien, de un proceso acumulativo de
configuración social. Las normas que rigen la convivencia no emergen de un pacto
racional, sino de la interacción progresiva de mecanismos de coacción social (como las
sanciones o las leyes) y de autocoacción (es decir, la internalización de esas normas por
parte de los individuos). Para Elias, la civilización implica una transformación gradual de
las costumbres, donde el orden no se impone solo desde fuera, sino también desde el
interior del sujeto.
En este punto, emerge una tensión central: mientras Rousseau y Locke parten de un
sujeto prerracional o racional que acuerda voluntariamente el contrato, Elias sugiere que
ese sujeto es el resultado de una larga historia de modelamiento social. La libertad, por
ejemplo, no sería una condición previa al pacto, sino una construcción cultural adquirida a
través de procesos de disciplina social y emocional. Esta perspectiva desmonta la idea de
un individuo completamente autónomo y destaca la función de las estructuras sociales en la
configuración de la subjetividad.
A la hora de determinar quién es el verdadero sujeto del contrato, las diferencias
entre los autores se agudizan. Rousseau propone al ciudadano como un ser colectivo cuya
voluntad se expresa en las leyes comunes. No hay, en su teoría, lugar para el individuo
aislado: la libertad se alcanza en la obediencia a la ley que uno mismo ha contribuido a
crear. Esta idea, si bien poderosa en términos democráticos, encierra el riesgo de que la
"voluntad general" se convierta en una forma de opresión sobre las minorías disidentes.
Locke, al situar al individuo como titular de derechos inalienables, establece que el
consentimiento es la base de toda legitimidad política. El sujeto del contrato no es el
ciudadano colectivo, sino el individuo libre y racional. Esta visión es clave para
comprender las democracias liberales modernas, pero ha sido criticada por su escasa
consideración de los vínculos sociales que exceden la pura racionalidad individual.
Elias, a su vez, se distancia de ambas posturas al considerar que el sujeto no es
anterior al contrato, sino producto del mismo. La figura del sujeto autónomo es, en gran
medida, una ficción moderna que oculta las complejas redes de coacción y autocoacción
que moldean el comportamiento. Así, el contrato social no es algo que se firma o acuerda,
sino algo que se aprende, se incorpora y se reproduce a través de la socialización.
La concepción de libertad es otra arista esencial del debate. Para Rousseau, la
libertad no consiste en hacer lo que se quiera, sino en someterse a una ley que exprese la
voluntad general. Esta libertad civil es superior a la libertad natural, porque garantiza la
igualdad y el bien común. No obstante, su propuesta ha sido criticada por el riesgo de
uniformidad ideológica que puede surgir de una voluntad general mal entendida.
Locke, por su parte, entiende la libertad como un derecho prepolítico que el contrato
debe salvaguardar. La intervención del Estado tiene límites claros: no puede coartar la
libertad de conciencia ni interferir en los asuntos religiosos del individuo. Esta defensa de
la tolerancia ha sido crucial en la historia de los derechos humanos, aunque también ha sido
señalada por no ofrecer herramientas suficientes para el abordaje de la desigualdad
estructural.
Elias ofrece una lectura más ambigua: la libertad no es un dato, sino un resultado.
Surge en la medida en que los individuos internalizan normas de conducta que les permiten
autorregularse. En este sentido, la libertad no se opone al control, sino que se basa en él.
Cuanto mayor es la capacidad de autocoacción, más civilizada es la sociedad. Esta idea
permite explicar cómo sociedades complejas logran orden sin recurrir constantemente a la
violencia externa.
En lo que respecta a la legitimidad del poder, los tres autores ofrecen respuestas
divergentes. Para Rousseau, el poder solo es legítimo si emana de la voluntad general.
Cuando un gobierno actúa en contra de ella, pierde toda autoridad. De ahí que la
participación activa del pueblo sea indispensable para evitar la tiranía.
Locke también cree que la legitimidad proviene del consentimiento, pero no de una
voluntad general, sino del individuo. Si un gobierno traiciona su misión de proteger los
derechos, el pueblo tiene derecho a derrocarlo. Esta concepción ha dado origen a la idea
moderna de resistencia civil.
Elias, sin hablar directamente de legitimidad, propone que el orden se mantiene no
solo por imposición externa, sino por el asentimiento implícito que los individuos otorgan
al interiorizar las normas. La legitimidad, entonces, se mide por la capacidad de una
sociedad para reproducir sus valores sin recurrir constantemente a la fuerza.
En última instancia, el contrato social no debe ser entendido como una receta única
o un acuerdo universal. Más bien, constituye un espacio de tensiones y debates donde
confluyen distintas lógicas: la del idealismo político de Rousseau, que apuesta por una
comunidad cohesionada y participativa; la del liberalismo de Locke, que subraya la
importancia de los derechos individuales; y la de Elias, que enfatiza los procesos históricos,
culturales y emocionales que hacen posible la convivencia. Solo mediante la articulación
crítica de estas perspectivas podremos repensar los vínculos sociales en un mundo donde el
pacto fundacional parece cada vez más erosionado.
2. ¿Cómo puede llegar a autoregularse una sociedad?
La posibilidad de que una sociedad llegue a autorregularse ha sido una preocupación
constante en la teoría política y social. Bajo esta pregunta subyacen múltiples interrogantes
sobre el papel de las instituciones, la conducta de los individuos, las normas compartidas y
las formas de poder legítimo. Este texto analiza críticamente cómo puede lograrse dicha
autorregulación a partir del pensamiento de tres autores fundamentales: Jean-Jacques
Rousseau, John Locke y Norbert Elias. Si bien sus concepciones divergen profundamente,
el diálogo entre sus ideas permite construir una perspectiva amplia y matizada sobre los
mecanismos que sostienen el orden social.
Antes de abordar cómo puede una sociedad autorregularse, es necesario esclarecer qué se
entiende por autorregulación en cada uno de los tres autores. En Rousseau, este proceso
está directamente vinculado al concepto de voluntad general. Para él, la autorregulación se
manifiesta cuando los individuos, al integrarse en un cuerpo político, dejan de actuar
guiados por intereses particulares y adoptan como guía el bien común. Esa voluntad general
no es simplemente la suma de todas las voluntades individuales, sino la expresión racional
y moral de lo que conviene al conjunto. En consecuencia, una sociedad es capaz de
autorregularse en la medida en que sus miembros han interiorizado un principio común que
los trasciende: el de la ley elaborada colectivamente, obedecida voluntariamente y orientada
a la justicia y la igualdad.
Por otro lado, John Locke introduce una noción distinta de autorregulación, articulada en
torno a los conceptos de consentimiento y respeto mutuo. En su pensamiento, el orden
social se sostiene cuando los individuos reconocen sus derechos naturales (vida, libertad,
propiedad) y aceptan convivir respetando los límites que esos derechos implican. Para
Locke, el contrato social no implica una transformación moral del sujeto, sino una
delegación racional de funciones hacia una autoridad que garantice la seguridad de esos
derechos. La autorregulación, por tanto, se basa en el ejercicio consciente de la libertad
individual dentro de un marco jurídico legítimo. Aquí, el consentimiento —explícito o
tácito— no solo otorga validez al poder político, sino que permite que el orden se mantenga
sin coerción constante.
En contraste con ambos enfoques, Norbert Elias no parte de un modelo contractual ni de un
sujeto racional como punto de partida. Su mirada sociológica redefine la autorregulación
como el resultado histórico del proceso civilizatorio. El término que introduce es
autocoacción, y lo define como la capacidad que desarrollan los individuos de controlar sus
impulsos en función de normas sociales interiorizadas. A diferencia de la coacción externa
—que proviene del Estado o de las instituciones—, la autocoacción es una forma de control
que opera desde el interior del sujeto. Esta capacidad no es innata ni pactada, sino que se
construye a lo largo de generaciones mediante la educación, las relaciones sociales, los
afectos y la cultura. En la visión de Elias, una sociedad se autorregula cuando sus miembros
han incorporado profundamente las expectativas normativas de su entorno y actúan de
manera previsible y cooperativa sin necesidad de sanciones explícitas.
Estas tres concepciones de la autorregulación no solo difieren en sus fundamentos, sino
también en su idea del sujeto. Para Rousseau, el sujeto es un ciudadano moralmente
comprometido con la colectividad, cuya libertad se expresa en la obediencia a la ley que él
mismo ha contribuido a crear. Por ello, la voluntad general opera como principio ordenador
de la conducta: solo una ciudadanía activa y educada en la virtud cívica puede sostener una
comunidad autorregulada.
Locke, en cambio, concibe al sujeto como un individuo autónomo y racional, poseedor de
derechos inalienables. La autorregulación no depende de un principio moral colectivo, sino
del reconocimiento individual de que la convivencia solo es posible si todos aceptan ciertos
límites. El consentimiento —base del poder legítimo— garantiza que la autoridad no se
imponga, sino que sea reconocida. El respeto por la libertad de conciencia, especialmente
en materia religiosa, refuerza esta idea de una autorregulación fundada en el pluralismo y
en la autonomía individual.
Elias ofrece un giro radical al proponer que el sujeto no preexiste a la sociedad, sino que es
configurado por ella. La autorregulación no nace de una decisión racional ni de un pacto
explícito, sino de una progresiva incorporación de normas y hábitos a través de procesos de
socialización. La autocoacción no es una virtud, sino una consecuencia funcional de la vida
en sociedad. Cuanto mayor sea el grado de complejidad de una sociedad, más necesita que
sus miembros se regulen a sí mismos de forma emocional, simbólica y conductual. Desde
esta perspectiva, la educación emocional, la disciplina afectiva y el autocontrol se vuelven
condiciones indispensables para que el orden social se mantenga sin recurrir
constantemente a la fuerza o al castigo.
Las implicaciones de estas visiones son múltiples. Rousseau exige cohesión moral,
participación activa y educación para la ciudadanía. Locke demanda un marco legal claro,
instituciones legítimas y respeto mutuo entre individuos diversos. Elias subraya la
importancia de los procesos invisibles de formación del carácter social y del
comportamiento regulado. En todos los casos, se afirma que la sociedad puede sostener su
orden sin depender exclusivamente de la coacción externa, pero los caminos para lograrlo
son radicalmente distintos.
Hoy, en un contexto de crisis institucional, fragmentación social e incremento de la
polarización, estos tres enfoques ofrecen claves valiosas. La voluntad general de Rousseau
interpela a construir un sentido compartido del bien común. El consentimiento de Locke
recuerda la necesidad de proteger la libertad individual y de legitimar el poder a través del
acuerdo social. Y la autocoacción de Elias pone en evidencia que sin procesos culturales
profundos de interiorización normativa, ninguna estructura legal puede sostenerse a largo
plazo.
La posibilidad de que una sociedad llegue a autorregularse ha sido una preocupación
constante en la teoría política y social. Bajo esta pregunta subyacen múltiples interrogantes
sobre el papel de las instituciones, la conducta de los individuos, las normas compartidas y
las formas de poder legítimo. Este texto analiza críticamente cómo puede lograrse dicha
autorregulación a partir del pensamiento de tres autores fundamentales: Jean-Jacques
Rousseau, John Locke y Norbert Elias. Si bien sus concepciones divergen profundamente,
el diálogo entre sus ideas permite construir una perspectiva amplia y matizada sobre los
mecanismos que sostienen el orden social.
Para Rousseau, la autorregulación de una sociedad solo es posible si existe un principio
superior que articule las voluntades individuales en una voluntad común. En su obra "El
contrato social", Rousseau plantea que los seres humanos, originalmente libres e iguales en
el estado de naturaleza, se ven forzados a pactar entre sí para formar un cuerpo político.
Este pacto no consiste simplemente en proteger intereses individuales, sino en crear un
sujeto colectivo: el pueblo soberano. La sociedad se autorregula, entonces, cuando cada
individuo se somete a la voluntad general, la cual expresa el bien común. Obedecer la ley se
convierte en un acto de libertad, porque esa ley ha sido elaborada por todos y para todos.
Sin embargo, esta concepción exige una alta cohesión moral, y plantea tensiones en
sociedades plurales donde no hay consenso sobre lo que constituye ese bien general.
Locke ofrece una visión distinta. Para él, la autorregulación social no requiere la fusión de
los individuos en un cuerpo colectivo, sino el respeto a ciertos principios universales: la
vida, la libertad y la propiedad. En su filosofía, las personas nacen con derechos naturales
que deben ser protegidos por el Estado. El contrato social no es un acto de transformación
moral, sino una delegación de poder: los individuos ceden ciertas funciones al gobierno con
la condición de que este actúe bajo el consentimiento de los gobernados. La sociedad se
autorregula cuando sus miembros reconocen mutuamente esos derechos y se comprometen
a no violarlos, y cuando el Estado cumple con su función de juez imparcial. Locke refuerza
esta idea a través del principio de tolerancia, particularmente en el ámbito religioso, ya que
considera que la diversidad de creencias no debe impedir la convivencia pacífica. Su visión
está en la base del liberalismo contemporáneo, pero ha sido criticada por no tener en cuenta
suficientemente las desigualdades estructurales que limitan la autonomía real de muchas
personas.
Elias, por su parte, no formula una teoría del contrato social, pero sí ofrece una explicación
sociológica sobre la regulación de las sociedades a largo plazo. En su obra "El proceso de la
civilización", propone que la autorregulación no es fruto de un acuerdo consciente entre
individuos, sino de un proceso histórico que transforma los hábitos, las emociones y los
modos de interacción. A través de la coacción social (leyes, sanciones, instituciones) y la
autocoacción (el autocontrol interiorizado), las sociedades van logrando un orden estable.
Las normas se incorporan en la conducta de los individuos desde la infancia, a través de la
educación y la socialización. La sociedad se autorregula en la medida en que sus miembros
internalizan expectativas compartidas y desarrollan la capacidad de autocontrol. Desde esta
perspectiva, el orden no depende exclusivamente de estructuras políticas o de decisiones
racionales, sino de procesos culturales y emocionales profundamente arraigados.
Las diferencias entre estos tres enfoques se pueden observar con claridad en la manera
como conciben al sujeto que participa de la autorregulación. En Rousseau, el sujeto se
transforma en ciudadano cuando deja de pensar solo en su interés particular y asume el bien
común como guía de su acción. La moralidad es un componente esencial de esta visión: sin
virtud cívica, la voluntad general degenera en voluntad de todos, es decir, en suma de
egoísmos. Por eso, para Rousseau, la educación ciudadana y la participación activa son
pilares de una sociedad autorregulada.
En Locke, en cambio, el sujeto es un individuo autónomo con derechos inalienables. La
autorregulación social no se basa en la fusión de las voluntades, sino en el respeto mutuo
entre individuos racionales. El Estado actúa como garante de ese respeto, interviniendo solo
cuando se vulneran los derechos. La libertad de conciencia, especialmente en materia
religiosa, es central en su propuesta: si cada persona puede decidir en conciencia, el orden
social puede mantenerse sin necesidad de imposiciones autoritarias. Sin embargo, este
modelo supone que todos los individuos tienen igual capacidad de ejercer esa libertad, lo
cual no siempre ocurre en contextos de desigualdad.
Elias propone una concepción distinta del sujeto. No lo imagina como un ser racional y
autónomo que pacta libremente, sino como un producto de las relaciones sociales. La
autorregulación no es solo una decisión individual, sino el resultado de una larga cadena de
interdependencias sociales que generan comportamientos predecibles. A través del proceso
civilizatorio, los individuos aprenden a controlar sus impulsos, a sentir culpa por el
incumplimiento de normas y a guiarse por valores compartidos. Elias muestra que sin esa
interiorización, cualquier contrato social resultaría ineficaz.
Un punto de convergencia crítico entre los tres autores está en la relación entre libertad y
control. Rousseau ve la libertad como obediencia a la ley que uno mismo ha establecido
colectivamente. Locke entiende la libertad como ausencia de coacción externa siempre que
no se violen los derechos de otros. Elias, en cambio, ve la libertad como una conquista
cultural que presupone la capacidad de autolimitarse. Para él, una sociedad solo es libre
cuando sus miembros pueden controlar sus deseos sin recurrir a la violencia. Esta visión
complejiza las ideas más clásicas de libertad, porque muestra que el autocontrol es tan
importante como la ausencia de imposición.
La pregunta sobre cómo puede autorregularse una sociedad también conduce a
interrogarnos sobre la legitimidad del poder. En Rousseau, el poder solo es legítimo si
representa la voluntad general. En Locke, si protege los derechos de los ciudadanos y
cuenta con su consentimiento. En Elias, el poder es legítimo cuando no necesita imponerse
constantemente, porque ha sido internalizado como parte del orden simbólico. Estas
diferencias son fundamentales para pensar la gobernanza en contextos democráticos:
mientras Rousseau exige participación activa, Locke propone límites al poder, y Elias exige
un proceso educativo y cultural sostenido.
En la actualidad, los aportes de estos pensadores pueden iluminar problemas concretos. Por
ejemplo, en contextos de polarización política, la propuesta de Rousseau invita a buscar
consensos amplios que superen los intereses individuales. En escenarios de intolerancia
religiosa o ideológica, el enfoque de Locke promueve el respeto a la diversidad como base
de la paz social. Y ante la crisis de valores compartidos, la teoría de Elias permite
comprender por qué la autorregulación requiere más que leyes: necesita culturas de
convivencia, modelos de educación emocional y vínculos sociales que refuercen el
autocontrol.
En síntesis, una sociedad puede autorregularse si logra combinar distintas dimensiones:
instituciones justas, normas compartidas, educación para la ciudadanía, respeto mutuo y
procesos culturales de interiorización del orden. El contrato social no es solo un acto
fundacional ni un conjunto de leyes, sino un entramado complejo de prácticas, emociones,
ideas y relaciones. Solo articulando las distintas dimensiones propuestas por Rousseau,
Locke y Elias es posible imaginar una sociedad verdaderamente capaz de gobernarse a sí
misma.