Jesús Historico Trabajo Final
Jesús Historico Trabajo Final
Cristología
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salvífica de la vida del Nazareno hechos a la luz de la resurrección. Será necesario leerlos críticamente
para acceder a los datos anteriores a la Pascua.
Un camino es investigar qué conceptos y figuras utilizaron los discípulos antes de la Pascua para
comprender y expresar la identidad que le atribuían a Jesús, tomados de la teología y esperanza de
Israel, expresamente del Antiguo Testamento, que para ser aplicados a Jesús debieron ser modificados.
El estudio crítico de las fuentes, especialmente de los evangelios sinópticos, permiten identificar los
pocos elementos que pertenecen con seguridad histórica al Jesús del periodo prepascual. Algunos
elementos nos informan acerca de qué cría y qué pensaba Jesús sobre sí mismo. A esta búsqueda se le
llama la pretensión de Jesús o la cristología de Jesús. Por último, es indispensable conocer el contenido
del mensaje. También es necesario adentrarse en sus palabras y acciones.
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San Ignacio de Antioquia (martirizado en el año 107) destaca el carácter concreto e histórico del Jesús en
el que cree. En su Carta a los Tralianos (IX, 1) leemos: “Haceos los sordos cuando alguien os hable a no
ser de Jesucristo, el de la descendencia de David, el hijo de María, que nació verdaderamente, que
comió, que bebió, que fue verdaderamente perseguido en tiempos de Poncio Pilato”. Incluso el Credo
conserva el nombre de Pilato como ancla en la historia universal.
Esta afirmación cristiana produjo fuertes reacciones ya desde el inicio del cristianismo. Celso, filosofo del
siglo II, para el cual Dios actúa siempre, en todas partes y homogéneamente. La providencia divina no es
más que la naturaleza, es decir, la creación en marcha de acuerdo a sus propias leyes. Esto, sumado a su
visión cíclica del tiempo, se cierra a una verdadera novedad como lo es la encarnación. Por eso, la acción
de Dios que presentan los cristianos es un capricho y por lo tanto inaceptable. El centro de la
problemática de Celso contra los cristianos es la posibilidad de la revelación del Dios absoluto en la
historia.
Friedrich Schlegel (1772-1829) invita a estar abiertos a una novedad en la historia, y critica la visión del
mundo de aquellos que no están dispuestos a aceptarla realidad de una verdadera novedad.
Para aceptar la revelación cristiana, es necesario estar abiertos a una novedad en la historia. Para
aceptar la encarnación y la resurrección debemos estar abiertos a esta novedad en la historia. Puesto
que Jesucristo no pertenece a un tiempo primordial, fuera de la historia, el CVII, en su Dei Verbum,
señala que:”se realiza con palabras y hechos intrínsecamente conexos entre sí, de modo que las obras
realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la enseñanza y los hechos
significados por las palabras; las palabras, por su parte, proclaman las obras esclarecen el misterio
contenido en ellas. La sola fidelidad a una relación individual con la persona de Jesús no basta, si ella no
está enraizada en el hecho fundamental del cristianismo: la revelación histórica. Que es accesible a
nosotros por mediación de la comunidad visible de la Iglesia.
Historia y dogma no son irreconciliables. “Una manera dogmatica de considerar las cosas que no tenga
seriamente en cuenta el camino histórico seguido por la cristología durante los primeros decenios del
cristianismo primitivo, corre el peligro de caer en especulaciones abstractas” 1. El historiador del dogma
católico puede y debe investigar con la mayor libertad y espíritu critico, con la certeza de que jamás
habrá una verdadera contradicción entre la realidad histórica y lo auténticamente dogmatico.
1
M.Hengel, El hijo de Dios. El origen de la cristología y la historia de la religión judeo-helenista, Salamanca 1978,
pp. 9-10.
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2. Fuentes para conocer a Jesús.
a. Fuentes greco – romanas.
• Tácito (nacido por el 55-56): En su libro Anales (112), libro 14 al 16, dedicados a la época del
emperador Nerón (54-68), narra en particular el incendio de Roma y sus consecuencias. Ante el
rumo insistente que le acusaba de haber provocado el incendio él mismo, Nerón “supuso que
eran culpables y aplicó tormentos refinados a algunas personas que eran detestadas por sus
abominaciones y que la gente llamaba cristianos. Ese nombre les viene de Cristo, que bajo el
imperio de Tiberio, había sido entregado al suplicio por el procurador Poncio Pilato…” (15, 44).
Tácito transfiere aquí (cf. Hist V) su conocido anti-judaísmo a los “cristianos”, variante nominal
de los cristianos, reos de funesta superstición, enemigos del género humano, odiosos por sus
delitos, criminales y merecedores de las mayores penas, pero víctimas de la crueldad de uno
solo, es decir, dignos de piedad. A continuación describe las penas recibidas por los cristianos (la
hoguera, arrojarles a las bestias, etc.)
• Suetonio: En su libro De vita Caesarum, escrito en el 121, hablando de la expulsión de los judíos
de Roma, menciona a “Cresto”, que ocupaba el lugar de “Cristo”. Habla de él como si hubiera
sido el promotor activo y personal de los desordenes. Un testimonio impreciso, pero valido.
Cristo debió ser en realidad el casus belli de los contrastes entre seguidores y adversarios dentro
de las comunidades de la diáspora judía en Roma, agrupada en al menos cinco sinagogas:
“(Claudio) expulso de Roma a los judíos que estaban continuaban impulsando tumultos
organizados por Cristo” (Claudius, 25). En Nero 16 menciona el testimonio. recogido por Tácito.
• Dión Casio (155-235): Mismo testimonio que Suetonio, recogido en Hist 60, 6,6. Este no habla de
desordenes, sino solo de judíos que se multiplicaron notablemente en la ciudad.
Con todos estos testimonios podemos suponer que por el año 40 había ya en Roma un grupo cristiano
consistente, y todavía dentro de las sinagogas
• Plinio el Joven: Gobernador de Bitinia por los años 111-113. Mantuvo durante ese periodo un
rico intercambio epistolar con el Emperador Trajano. En una carta le pide normas sobre el modo
de portarse con los cristianos que denunciaban ante sus tribunales (Epist. 10, 96). Es interesante
que los cristianos en Bitinia practicaban una veneración cultual a Christus. Los cristianos eran un
grupo visible en la región, portadores de un nuevo culto contrario a la religión oficial y por eso
había que perseguirlo como “superstición irracional y desmesurada”. Sus expresiones religiosas
son dos: una por la mañana temprano aclamando con himnos a Cristo como a un dios y
pronunciando un juramento ético; y la otra de culto ritual de comida en común por la tarde.
Menciona también la noticia de mujeres cristianas comprometidas con un “ministerio eclesial”.
Trajano le responde fijando criterios de conducta con los cristianos (Epist. 10, 97).
• Marco Cornelio Frontón (100-160): discurso contra los cristianos recogido en el Octavius de
Minucio Félix, se burla del hecho de que “un hombre castigado por su delito con la pena
suprema y el leño de una cruz constituya la lúgubre substancia de su liturgia”, de esos cristianos
“unos forajidos sin ley” (9,4).
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• Luciano de Samosata (120-190): en su obra De morte peregrini recuerda a Jesús en dos
ocasiones, pero sin nombrarlo expresamente. Habla primero de él (11) como de un hombre que
había sido empalado, por haber introducido en el mundo un culto nuevo. Repite parcialmente en
el 13, indicando que el hombre en cuestión era un sofista, cuyas leyes seguían todavía los
cristianos de su tiempo.
• En un texto Siriaco de fecha incierta, probablemente del s. I o II, Mara Bar Sarapión, filósofo
estoico, le recuerda a su hijo que estudiaba en Edesa tres figuras ejemplares de la historia, que
fueron renegados pos su paisanos, siendo castigados por la venganza divina. bajo el apelativo de
rey sabio aparece una referencia a Jesús.
b. Fuentes judías.
• Flavio Josefo: judío aristocrático de familia sacerdotal. En el año 37 a. C. fue educado en la ley e
historias bíblicas. Cuando estalló la rebelión contra Roma en el 66 tenía 29 años, pero recibió el
mando de Galilea. Al ser sus tropas derrotadas, alagó al vencedor Vespaciano prediciendo que
llegaría a ser Emperador. En el 69 esto ocurrió y Tito el hijo de Vespaciano utilizó a Josefo como
intérprete y portavoz ante los defensores judíos de Jerusalén. Al concluir la guerra se estableció
en Roma con una casa y una pensión y, escribió la historia de la Guerra (la guerra judía (60),
luego las antigüedades judías (93), y la autobiografía y del contra Apión). Se reconoce
universalmente la autenticidad de su testimonio sobre Santiago, hermano de Jesús, condenado
ilegalmente en el 62 por el sumo sacerdote Anás, hijo de Anás II el viejo, del Anás de los
evangelios: “reunió un sanedrín, llevó ante él a Santiago hermano de Jesús llamado el Cristo, y a
algunos otros, acusándolos de haber transgredido la ley, y los mandó lapidar” (Antiq. 20,200-
203). Bastante discutido es, por el contrario su testimonio más difuso en Antiq. 18, 63-64: “por
aquél tiempo vivió Jesús, hombre sabio, si es que conviene llamarlo hombre; en efecto, realizaba
obras extraordinarias, enseñaba a los hombres que acogen con gozo la verdad, y convenció a
muchos judíos y griegos. Él era el Cristo. Y después que Pilato, por la acusación de los mayores
responsables de nuestro pueblo, lo condenó a la cruz, no desfallecieron los que desde el
principio lo habían amado. En efecto, se les apareció el tercer día nuevamente con vida,
habiendo dicho estas cosas y otras muchísimas maravillas los divinos profetas sobre él. Y todavía
hasta hoy no ha desaparecido la tribu de los cristianos, que toma de él el nombre”. Este pasaje
denominado testimonio flaviano, difícilmente puede ser atribuido a un autor judío, dado la
claridad de su cuño cristiano. Varios autores sostienen a entender el testimonio como una
interpolación cristiana, pero también hay quienes sostienen la teoría de una reelaboración del
texto.
• Los textos rabínicos del periodo tannaítico (75-200 d. C): se escribieron el talmud de Jerusalén y
el talmud de Babilonia. En este último (Sanhedrin 43a), evoca el proceso que hay que seguir en el
caso de lapidación de un transgresor de la ley y para el ejemplo se comenta la historia de un
condenado, con su nombre y apelativo: Jesús, el Nazoreo: “el viernes, la tarde de la parasceve
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fue empalado Jesús el Nazareno, y el pregonero salió delante él durante cuarenta días… lapidado
por haber practicado la magia, haber instigado a Israel (a la idolatría) y haberlo extraviado…”.
• Celso: filosofo de la segunda mitad del s II, en su obra contra los cristianos doctrina veraz de las
que nos quedan los pasajes citados por Orígenes en su contra Celso (178 d. C), menciona
rumores de origen de origen judío sobre el nacimiento de Jesús: “… lo acusa de haber inventado
la historia de su nacimiento de una virgen… ser natural de una aldea de Judea y de haber tenido
por madre a una pobre indígena, que se ganaba la vida hilando. Añade que la madre fue
repudiada por su marido, artesano… por haber sido acusada de adulterio… expulsada por su
marido… dio a luz a escondidas a Jesús y, además que éste impulsado por la pobreza fue a Egipto
a trabajar de jornalero, y habiendo aprendido una de aquellas artes secretas en las que son
célebres los egipcios, volvió a los suyos de las artes aprehendidas, y en virtud de ellas se
proclamó a sí mismo Dios” (28-32). “Jesús, hijo de Panthera”, es un motivo presente en la
literatura rabínica, que se nos presenta como una parodia del relato de Mateo 1, 18-25, sobre su
nacimiento virginal.
c. Fuentes cristianas.
• La Didaché: es un breve escrito judeocristiano de fines del s. I. es un documento precioso para
conocer algo de la liturgia cristiana más primitiva y de ella podemos deducir la centralidad de
Jesús en el culto cristiano primitivo (Didaché IX, 1-5).
• Ignacio de Antioquía, obispo martirizado en Roma en torno al año 107: nos trasmiten, sus cartas,
las convicciones cristológicas de este cristiano de origen pagano que, estuvo dispuesto a
entregar su vida por amor a su Señor. Insiste tanto en la realidad de la humanidad de Jesús como
en su divinidad (carta a los Tralianos, IX, 1-2; carta a los efecios, VII, 1-2; carta a los romanos VI,
1-3).
• Hegesipo: autor de la segunda mitad del s II, que en sus Memorias se convierte en portavoz de
una tradición cristiana, cuya fiabilidad es difícil de establecer, en relación con los parientes de
Jesús (Eusebio, Hist. Ecl. 3, 19-20, 1-6).
d. Fuentes extracanónicas.
• Los Ágrapha: se designan ciertas palabras de Jesús que no han sido trasmitidas por el canal de los
evangelios, sino paralelamente por vía oral. Se las conocen por su empleo en la liturgia, por las
citas de los padres de la Iglesia (Clemente de Alejandría, Eusebio de Cesarea, Orígenes) por las
colecciones en las que han encontrado finalmente su lugar especialmente los evangelios
extracanónicos.
• Tradición apócrifa: están constituidos por textos cristianos que no pertenecen a la Biblia, pero
que imitan los géneros literarios del NT, y se presentan como escritos por un personaje de la
época apostólica de gran autoridad. Reclaman su autoridad de una tradición oculta. Esta
literatura nace por dos motivos: a) por el deseo de alimentar la piedad de los fieles y saciar su
curiosidad, por medio de la composición de leyendas piadosas sin ningún valor histórico y llenas
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de datos pintorescos (El Evangelio Árabe de la Infancia del s. V); y, b) nace de motivaciones más
teológicas que buscan propagar una determinada imagen de Jesús, muchas veces proveniente
de algún grupo en particular (Evangelio de Felipe del s. II, Evangelios de Tomás del s. II con
fuentes de s. I, Evangelio de Judas del s. II).
3. Nuevo Testamento.
a. El texto del NT: Formación de los mismos: Es el texto mejor estudiado de la humanidad, llega a
nosotros a través de manuscritos, es el conjunto documental mejor transmitido de la antigüedad. Podemos dar
unas ideas al respecto:
1. Los primeros cristianos no escribieron una narración de la vida de Jesús, sino que más bien hicieron uso
de unidades individuales -pasajes cortos sobre sus palabras y obras—, y de ese modo las conservaron. Estas
unidades fueron más tarde cambiadas de sitio y organizadas por editores y autores. Esto significa que nunca
podemos estar seguros del contexto inmediato de los dichos y hechos de Jesús.
4. El evangelio de Juan es bastante diferente de los otros tres evangelios, y es principalmente en éstos
donde debemos buscar información sobre Jesús.
5. Los evangelios carecen de muchas de las características de una biografía, y debemos distinguirlos
especialmente de las biografías modernas.
• Los Cuatro evangelios canónicos: Mateo, Marcos, Lucas y Juan aparecieron en el s. II como los
únicos Evangelios reconocidos por la Iglesia. Lo prueba el canon muratorio (del 180 aprox.), que los
une entre sí bajo la fórmula de “evangelio cuadriforme”, y tienen como símbolo al hombre, al león,
al toro y al águila. Taciano (segunda mitad del s. II) redactó una versión unitaria de los mismos,
dando forma al Diatessaron, muy usado en las Iglesias de Siria. Anteriormente el término evangelio
no es original (este término indica el anuncio cristiano y la predicación del reino de Dios por Jesús).
Sus designaciones variaban por el ambiente cultural: dichos del Señor (Papías), memorias de los
apóstoles (Justino, Apol 1, 66, 3), recuerdo (Clemente de Alejandría citado por Eusebio, Hist. Ecl. 2,
15,1; Tertuliano, De jejunio 10,3).
• Anonimia: No sabemos quien escribió los evangelios. Actualmente tienen encabezamientos, peo si
estos hombres, de los cuales son discípulos de Jesús (Mateo y Juan) o seguidores de Pablo (Maros y
Lucas), no nos consta que hayan escrito realmente los evangelios. Las pruebas de que disponemos
indican que los evangelios permanecieron sin título hasta la segunda mitad del siglo II.
Anteriormente eran citados anónimamente, hasta que en el 180 d.C. los nombres aparecen de
repente, gracias al trabajo detectivesco de los eruditos cristianos del siglo II, que se remontaron a
las fuentes, investigaron los detalles de los evangelios que consideraron como pista de una autoría
en particular, para tener ideas sobre quién los escribió. Esto pudo darse, posiblemente, a que tenían
acceso a fuentes de las cuales no disponemos en esta época. Aunque todo esto son suposiciones,
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no sabremos realmente si fue escrito por el “Mateo”, discípulo de Jesús, o por un autor anónimo,
cuyo estilo remontaría al mismo Mateo.
• Los Evangelios Sinópticos: de syn-opsis, que significa “visión conjunta”, puesto que por sus
coincidencias permiten leerlos en columnas paralelas. Sus coincidencias hacen pensar que debe
existir alguna relación de dependencia literaria entre ellos. Así se plantea el problema sinóptico, que
consiste en saber cómo se las explican las semejanzas diferencias entre estos tres evangelios. Los
estudiosos consideran que la mejor manera de explica la semejanza y diferencia entre ellos es la
siguiente:
o El evangelio de Marcos es el más antiguo (fines de la década del 60 d.C), y tanto como
Mateo y Lucas lo conocieron y lo incorporaron casi por completo en sus obras. En tanto,
Mateo y Lucas no se conocieron entre ellos.
o Mateo Lucas de modo independiente conocieron, además, un documento que contenía
gran cantidad de palabras de Jesús, organizadas en forma de colecciones de dichos y
parábolas. Partes de ese documento (simbolizado por la sigla Q) habrían servido a estos
evangelistas para configurar algunos de los discursos de Jesús.
o Mateo y Lucas incorporaron también a sus obras capítulos de la infancia de Jesús, escenas
de apariciones del Resucitado y algunas otras unidades literarias propias. Un material
variado que cada uno habría hallado en la tradición de su comunidad. Es el genio de cada
uno de estos escritores que combina, ordena y sintetiza, de modo personal, el material del
que dispone.
o Marcos organizo todas las tradiciones, siguiendo un esquema que los misioneros cristianos
utilizaban para contar los principales acontecimientos de la vida de Jesús. Mateo y Lucas
siguieron el trazado básico de Marcos e incluyeron más a dicho texto, con tradiciones de su
propia comunidad.
• El documento Q: Tanto Mt como Lc dependen de Mc en gran porcentaje. Pero no todo lo que ellos
escribieron es gracias a Mc. Los estudiosos ven que otra fuente estuvo presente a la hora de la
redacción de los evangelios. Es conocida como la fuente de los dichos o documento Q, que proviene
del alemán Quelle (fuente), y se cree que el texto y el orden de su material eran ordinariamente
más cerca de la versión de Lucas que la de Mateo. Por eso, al ser citada se utiliza la numeración del
tercer evangelio y se la reconstruye a partir de las versiones lucana y mateana el probable texto
original. Es una fuente casi exclusiva de dichos de Jesús, enmarcados en breves relatos llamados
también apotegmas chreiai; por eso su género literario es el de una colección de frases. Se
diferencia por tanto de Mc, que destaca los hechos del Señor, pero también de Mt y de Lc que unen
los unos y los otros. A Q le falta un relato de la pasión y de las apariciones pascuales, pero esto se
debe por el tipo de género literario. Hoy es un objeto de intensas investigaciones y es altamente
valorado, no sólo como portavoz de un movimiento característico de cuño carismático de los
orígenes cristianos, sino también como fuente preciosa de información sobre Jesús. Se puede
discutir de la definición de Q como Evangelio, ya que todo depende de la idea que tengamos de él,
pero queda irme el hecho de que se trata esencialmente de una colección de palabras de Jesús. La
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perspectiva profética y escatológica califica a la obra de los “autores” o “autor” de Q, dirigida a
recoger y a interpretar las tradiciones precedentes, poniendo el material de que disponen al servicio
del propio interés teológico primario: la sabiduría divina envió primero a los profetas, luego a Jesús
y con él a sus discípulos, a los que el pueblo israelita en su mayoría reservó una acogida hostil. Esta
es una concepción cristológica original de Q, al ver la imagen de Jesús como último enviado de la
sabiduría divina al pueblo israelita que lo rechaza (Q no conoce la misión a los paganos). Los autores
– o el autor – de Q insertaron el material tradicional, que ellos habían estructurado, dentro de un
marco concreto de interpretación teológica. Esto vale también de la fuente, tan sólo hipotética, de
la que Lucas sacó la parte más gruesa de su material exclusivo, que no deriva ni de Marcos ni de Q,
unas cincuenta perícopas, señalada con la sigla L. Se trata de un escrito caracterizado sobre todo
por frases, pero también por narraciones, que son de un género literario mixto, sin embargo une los
dichos y los relatos. Tampoco L conoce la misión al mundo de los gentiles. La enseñanza de Jesús no
se inspira en el tema de la sabiduría, característico en Q, sino en motivos estrictamente éticos; es,
por tanto, no sólo un maestro de palabras, sino también y por sobre todo de hechos, que no excluye
las curaciones de pobre enfermos. También Matero tiene material propio, unas treinta perícopas,
que ha sido tomado de otra fuente (la sigla M), pero por su carácter heterogéneo no parece
probable la existencia de un conjunto ben estructurado como un todo armónico.
• Los “otros Evangelios”: Ya hemos tocado estos evangelios, conocidos también como apócrifos. Sólo
nos interesa hablar de un evangelio, conocido como el Evangelio de Tomás, en donde aparecen
algunas palabras o logion de Jesús, probablemente tomadas de Q. Es considerado, entre todos los
evangelio extracanónicos, el que ofrece más visos de probabilidad en lo que se refiere a la
autonomía (independencia de los evangelios canónicos) y antigüedad de tradiciones, tanto así que
por eso es considerado un testigo más fiable del Jesús terreno. No hay relatos, sino dichos. Jesús es
el revelado divino que manifiesta al apóstol Tomás una enseñanza esotérica y cargada de valor
salvífico. No se menciona a Jesús de Nazaret, no se habla del pasado; son palabras del Viviente que
transmite ahora su palabra vivificante a unos destinatarios privilegiados (los monachoi, los
creyentes individuales) a los cuales exhorta a la búsqueda del Reino. La antropología subyacente y a
veces manifiesta es de un carácter dualista, lo que confirmaría sus matices gnostizantes.
• El Evangelio de Juan: es el que tiene la cristología más elaborada. Contiene amplios discursos de
Jesús, cuya identidad es explicita para los discípulos desde primer capítulo. Es el menos utilizado en
la reconstrucción histórica. Contiene una tradición histórica muy antigua, independiente de los
sinópticos. Aun si la redacción final del texto es tardía (década de los 90), contiene mucho material
antiguo que ha sido introducido y reelaborado a la luz de la reflexión eclesial de la comunidad de
Juan.
• Formación de los Evangelios: El Concilio Vaticano II, en la Dei Verbum n. 19, sobre la revelación,
enfrentó el tema de la formación de los evangelios, y de acuerdo con el texto magisterial, habría
que distinguir tres etapas en la configuración de los Evangelios: a) Las acciones y enseñanzas de
Jesús, b) La predicación de los apóstoles y c) La redacción de los Evangelios. El género literario de
estos relatos no es el de una cronología, sino el del anuncio (kerigma), porque la intención original
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de estos textos no fue ofrecer material a los historiadores, sino suscitar y alimentar la fe de los
creyentes. R. Bauckham (Jesús and the Eyewitnesses. The Gospel as Eyewitness Tetimony) insiste en
la cercanía entre los escritos evangélicos y los testigos directos de Jesús. Al tempo de escribirse los
evangelios, quienes gozaban de la mayor autoridad en la transmisión de los hechos y palabras del
Señor eran los discípulos de Jesús, o quienes habían escuchado directamente a los apóstoles. Por
ello, un obispo del siglo I-II, en aquel tiempo, decía que se prefería el testimonio oral que el libro
escrito, entendiéndose el testimonio oral el del contacto directo, de primera mano, con quienes
fueron testigos oculares de Jesús o con los discípulos de ellos. Por eso, para preservar ese
testimonio, se los puso por escrito. Es muy razonable pensar que durante ese periodo de la
redacción de los evangelios, varios seguidores directos de Jesús y muchos testigos directos de la
predicación de los apóstoles estuvieran vivos; así nos confirma el prologo de Lucas, el cual nos
confirma que su evangelio se basa en los que “desde el principio fueron testigos oculares
servidores de la palabra” (Lc 1, 2). Luego la tradición de Jesús no paso de boca en boca a través de
numerosas comunidades colectivas y anónimas antes de ser puesta por escrito en los evangelios; es
decir, hay una relación mucho más estrecha entre los testigos oculares y los redactores de los
evangelios. Por otra parte, es necesario valorar los evangelios con su propio propósito, el cual no es
proporcionar una cronología de hechos proporcionar datos al historiador moderno, sino proclamar
la revelación de Dios en Jesús de Nazaret. Y como la revelación se ha dado en la historia, la
proclamación tiene forma de narración, porque se anuncia de que, en Jesús, Dios ha actuado en la
historia.
• Diferencias entre los Evangelios Sinópticos y el Evangelio de Juan: Al pasar de los esquemas
narrativos a los contenidos, volvemos a comprobar que Juan y los sinópticos son muy diferentes:
1) En los sinópticos, muchas de las curaciones de Jesús (de hecho, algunas en torno a las cuales
gira la historia) son expulsiones de demonios. En Juan no hay tales expulsiones.
2) En los sinópticos, cuando se le pide un "signo" de su autoridad, Jesús se niega a darlo (Mc
8,11s). Entre los aspectos más destacados de Juan está una serie de "signos" de la condición y
autoridad de Jesús (Jn 2,11.23; 3,2; 4,48.54; 6,2.14; 7,31; 9,16; 11,47; 12,8.37; 20,30).
3) El Jesús sinóptico pregunta a los discípulos quién dice la gente que es él (Mc 8,27), pero no
hace comentarios explícitos sobre ese tema. Cuando le interrogan acerca de su autoridad, simplemente
pregunta por la autoridad de Juan el Bautista y se niega a decir nada sobre la suya propia (Mc 11,27-
33). En Juan, por otro lado, el asunto principal de los discursos de Jesús es él mismo -su condición, su
identidad y su relación con Dios y con los discípulos—. Estas no son comunicaciones privadas a sus
seguidores; son la esencia de su enseñanza pública.
4) El tema principal del material de dichos sinópticos es el Reino de Dios. En Juan, este término
solamente aparece en 3,3-5.
5) Quizás lo más sorprendente sea la diferencia en el estilo de la enseñanza. En los sinópticos
encontramos dichos breves sobre temas diversos. Los únicos discursos importantes consisten en series
de esos dichos. La otra forma literaria principal es la parábola, en la cual una historia simple sirve para
establecer una idea acerca de Dios y su Reino. La comparación queda indicada por la expresión "es
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como": el Reino de Dios se parece a la historia que sigue. Desde un punto de vista literario, las
parábolas sinópticas se basan en el símil, y muchas son simplemente símiles ampliados. En Juan hay
largos y enrevesados discursos metafóricos, en los que resulta llamativa la ausencia de la palabra
"como", y por tanto no hay símiles. Lo más característico de los discursos metafóricos de Juan son los
dichos "yo soy"; por ejemplo, "yo soy la vid verdadera" (Jn 15,1). Se trata de una metáfora en la cual el
autor identifica a Jesús con la realidad indicada por el símbolo. Una vid es símbolo de vida; Jesús es la
vid verdadera; por tanto, Jesús es vida. No es como algo -en este caso, como la vid-, sino que es más
bien la única vid verdadera. Asimismo, Jesús es el pan (Jn 6,35), esto es, el único pan real; todo lo
demás llamado pan es solamente una imitación vil. A diferencia de lo que encontramos en el material
sinóptico de enseñanza, en Juan no hay historias ni acciones que ilustren cómo se relaciona Dios con
los hombres. Del mismo modo que en Juan no hay símiles o parábolas del tipo sinóptico, en los
sinópticos no hay metáforas simbólicas.
• Detractores y objeciones a la confiabilidad de los Evangelios:
o Herman Reimarus (1694-1768). La teoría del engaño: es el iniciador de la crítica más dura
contra la confiabilidad de los evangelios. Defendió una religión racional en oposición a la fe
de las iglesias. distingue entre el propósito de Jesús y el de los discípulos. El mensaje de
Jesús se reducía a anunciar el arrepentimiento, porque “el reino esta cerca”, ser Mesías no
involucraba nada metafísico, se trataba de un Mesías humano. Jesús no pretendía morir,
sino liberar al pueblo de la opresión Romana, pero falló la ayuda de Dios y fracasó. Los días
posteriores a la muerte de Jesús los discípulos estaban desorientados y como una forma de
superar este fracaso optaron por otro tipo de mesianismo; comenzaron a hablar de una
liberación espiritual e inventaron la resurrección. Los milagros podían explicarse
naturalmente.
o David F. Strauss (1808-1874): El Evangelio como mito: Su investigación supuso que el Jesús
real debió ser muy diverso al que nos presentan los evangelios. Había que liberar a Jesús de
las cadenas del dogma eclesial. según él la cristología se desarrolla por impulsos de la
esperanza mesiánica. La convicción de que Jesús era el mesías llevo a inventar los relatos
de los cristianos. Así según este autor, ¨¨un millar de relatos como estos pudieron ser
compuestos de buena fe, pero sin un átomo de verdad histórica¨¨ los evangelios seria
relatos míticos carentes de verdad histórica.
o Wilheim Bousset: La teoría del malentendido: propone que el origen de la fe de la divinidad
de Jesús es el resultado de influjo de las ideas de las religiones paganas al interior de la
comunidad cristiana. La fe en la divinidad de Jesús es posterior al año 70. Entones, la
divinidad de Jesús es fruto de una especie de mal entendido. Según este autor la figura
mesiánica de Jesús que fue interpretada por mentes griegas, habituadas al culto de los
semidioses y los héroes divinizados, fue comprendido como un dios pagano.
▪ Las cartas de San Pablo: Las autenticas llevan una fecha muy antigua (escritos por el año 50 d.C.),
pero ofrecen un testimonio esporádico y pobre, aunque bastante significativo. Ante todo, la
memoria tradicional de la última (1 Co 11, 23-25). Se pueden registrar además, por diversas partes,
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de sus palabras preceptivas: la prohibición del divorcio(1 Co 7, 10-11), la norma para los
predicadores del evangelio (1 Co 9, 14), el mandamiento del amor a los enemigos (Rm 12, 14), la
tradición de la descendencia davídica de Jesús (Rm 1, 3). Finalmente, Pablo se refiere varias veces a
su muerte, especificándola como crucifixión (1Co 1, 13.17.18.23; 1Co 2, 2.8; etc.). Estos pocos
testimonios se combinan con otros tantos silencios (Pablo no habla de Jesús como taumaturgo y
exorcista, falta el material de la Pasión, las parábolas, etc.); los escritos paulinos muestran un
mensaje más cristológico, en comparación con los evangelios, cuyo tinte es más bien teológico, de
la muerte y resurrección de Cristo (Bultmann). ¿Por qué esto? Porque para Pablo la atención la
centra principalmente en el acontecimiento de la cruz y de la resurrección, entendida como
revelación operativa de la acción salvífica de Dios (cf. 1Co 15, 3-5). Aunque no niega la humanidad
de Cristo, pues vemos en los textos de Ga 4, 4-5: “Pero cuando el tiempo llegó a su plenitud, Dios
envió a su hijo, nacido de mujer, nacido bajo el dominio de la ley, para rescatar a los que estaban
bajo el dominio de la ley y para que recibiésemos la adopción filial”, y Flp 2, 5-11, que son temas
centrales de la cristología paulina. Pablo, según J. Gnilka, es el teólogo más decisivo del NT. Su
teología se basa en:
a) en la Escritura La Escritura, puesto que proviene el mundo judío,
b) en su vocación – revelación, y
c) en las tradiciones que recibe de la comunidad cristiana anterior a él.
Debemos distinguir, por eso, tres clases de materiales usados por Pablo:
a) Material prepaulino: cantidad breves de afirmaciones y cánticos que provienen de las
comunidades cristianas más primitivas, anteriores a las cartas, y que Pablo recibió e integró en sus
escritos;
b) Material propiamente paulino: lo que escribió o dictó personalmente (cf. Ga 6, 11), tales
como 1 Tesalonicenses, 1 y 2 Corintios, Romanos, Gálatas, Filemón y Filipenses. No son claros si son
paulinas o déutero-paulinas Colosenses y Efesios; y
c) Material déutero – paulino: cartas que fueron redactadas después de su muerte, por sus
discípulos y con ideas propias de Pablo. En la antigüedad, el concepto de autor era más amplio que
el nuestro. 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Timoteo, y Tito posiblemente son posteriores a Pablo. La Carta a
los Hebreos ciertamente no es de Pablo.
4. El Contexto Histórico
Una investigación histórica sobre Jesús no pretende establecer directamente qué es lo que dijo e hizo en
concreto; intenta determinar qué es lo que escribieron de él los testimonios que poseemos, valorados según el
grado de fiabilidad histórica que merecen. Y sólo como resultado de esta búsqueda podemos representarnos
de alguna manera, con aproximación, algunos rasgos característicos de su existencia histórica y reconstruir una
imagen unitaria de su persona.
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Roma era la sucesora de imperios anteriores: el persa, el de Alejandro Magno y los diversos imperios
helenísticos que sucedieron a Alejandro. Aunque los imperios se levantaban y caían, los sistemas imperiales no
cambiaban mucho. Las naciones sometidas pagaban tributo al poder imperial, y a cambio eran protegidas de
las invasiones y se les permitía vivir en paz. Los Estados súbditos eran regidos unas veces por gobernantes
locales "independientes", y otras por un gobernador imperial que utilizaba a los jefes locales para el ejercicio
cotidiano del poder.
Desde el siglo VI a.C hasta la segunda mitad del II a.C, los judíos de Palestina constituían una nación muy
pequeña dentro de uno de los grandes imperios. Estaba gobernada por el sumo sacerdote y su consejo, que
debían rendir cuentas ante el gobernador imperial o directamente a la capital misma. Durante este período de
aproximadamente 400 años, no hubo conflictos importantes entre Judea y el poder imperial.
En el 175 a.C, con la ascensión de Antíoco IV Epífanes al trono del imperio seléucida, cuyo centro estaba en
Antioquía, esa situación empezó a cambiar. En Jerusalén, algunos de los sacerdotes aristocráticos quisieron
adoptar un estilo de vida más helenístico, lo cual entrañó la creación de un gymnasion. Esto ponía de
manifiesto una diferencia importante entre la cultura helenística y la judía: los varones judíos eran
circuncidados como signo de la alianza entre Dios y Abraham (Gn 17), mientras que los griegos, que creían en
una mente sana en un cuerpo sano, abominaban de la circuncisión como de una mutilación. Algunos judíos se
operaban para disimular su circuncisión (1 Mac 1,14s).
Estas medidas extremas provocaron una reacción. Los judíos no se habían opuesto a todas las formas de
influencia extranjera, puesto que conducía a la eliminación del signo de la alianza. La reacción judía acarreó
medidas directas de Antíoco IV para forzar la helenización de los judíos. El Templo de Jerusalén fue profanado
por sacrificios paganos, los judíos fueron obligados a sacrificar a los dioses paganos, y algunos incluso se vieron
forzados a comer cerdo y a transgredir la ley de otras maneras. Esto, a su vez, provocó una revolución,
acaudillada por los asmoneos, una familia sacerdotal a menudo llamada "macabea" por ser ése el apodo de
Judas, "el martillador", uno de los hermanos que encabezó la revuelta. El movimiento asmoneo acabó por
triunfar gracias a las guerras dinásticas que se desencadenaron en el imperio seléucida después de la muerte
de Antíoco IV.
Los asmoneos establecieron una nueva dinastía. Gobernaron la Palestina judía como sumos sacerdotes y
finalmente adoptaron también el título de "rey". El Estado judío completamente independiente duró unos cien
años, durante los cuales los reyes-sacerdotes asmoneos ensancharon enormemente su territorio, hasta que
llegó a tener el mismo tamaño que el reino de David. El final de la independencia judía llegó como resultado de
la lucha de aniquilación mutua entre dos hermanos asmoneos, Hircano II y Aristóbulo II. Durante su lucha por
el poder, ambos recurrieron al general romano Pompeyo, el cual respondió conquistando Jerusalén y
desmembrando algo del territorio recientemente ganado por conquista (63 a.C). Designó a Hircano II sumo
sacerdote y etnarca ("gobernante de la nación", título inferior al de "rey"), y también instaló a un idumeo,
Antípatro, como gobernador militar. Antípatro designó posteriormente a dos de sus hijos, Fasael y Herodes
(más tarde conocido como Herodes el Grande), gobernadores de Judea y Galilea, respectivamente.
La invasión de Pompeyo cambió el régimen jurídico del gobierno judío. Ya no siguió siendo completamente
independiente, sino que en vez de eso pasó a ser semiindependiente. Pagaba tributo a Roma y estaba obligado
a prestar su apoyo a las directrices romanas y a las acciones militares que se efectuaran en el Mediterráneo
oriental. A cambio, se le permitía la autonomía dentro de sus fronteras, y Roma se comprometía tácitamente a
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protegerle y a mantenerle en el cargo. Aristóbulo II no quedó satisfecho con este arreglo. El y su hijo, Antígono,
se rebelaron. Aristóbulo fue asesinado por los amigos de Pompeyo, pero su hijo continuó la lucha aliándose con
los partos. En el 40 a.C, éstos invadieron el Oriente Próximo, capturaron a Hircano II y a Fasael, y establecieron
a Antígono como rey y sumo sacerdote. Herodes huyó y consiguió llegar a Roma. Apoyado por Marco Antonio y
Octavio (César Augusto posteriormente), Herodes fue declarado rey de Judea por el Senado romano y recibió
también el apoyo de las tropas romanas para poder reivindicar su corona.
Eligieron a Herodes porque era fuerte, un soldado excelente y leal a Roma; pero también porque Herodes
había sido partidario de Hircano II. Herodes, con las tropas romanas, ganó la guerra civil. El rey victorioso envió
a Antígono a Marco Antonio, quien lo hizo ejecutar, y para el año 37 había establecido de nuevo la Palestina
judía como un Estado "independiente”.
Herodes y su familia eran idumeos, procedentes de una región justo al sur de Judea que había sido conquistada
por las armas judías durante el período asmoneo. Muchos judíos lo consideraban solamente medio judío y
estaban disconformes con su reinado. Además, había suplantado a la familia asmonea, la cual todavía contaba
con la lealtad de gran parte del pueblo. Herodes se casó con Mariamme, una princesa asmonea, pero se dio
cuenta de que esto no era suficiente para granjearse las simpatías de la nación. Temía una rebelión, y en el
transcurso de varios años eliminó a los asmoneos que quedaban, entre ellos a Mariamme y a los dos hijos de
ésta.
Una vez que hubo conquistado Palestina, la gobernó eficazmente hasta su muerte, treinta y tres años más
tarde. Las tropas romanas que le habían ayudado en su conquista se fueron a otra parte, y Herodes quedó
dueño y señor de su propia casa. Por supuesto, no podía actuar contra los intereses de Roma. En cuestiones
decisivas, Augusto tenía la última palabra, pero por lo demás Herodes manejaba su reino a su antojo. Se dedicó
a grandes proyectos de construcción que emplearon a decenas de miles de trabajadores, incrementó el
comercio e hizo más prósperas las tierras de la corona, y suprimió implacablemente toda oposición, incluso las
protestas sin importancia.
Al final de su vida, había ejecutado a tres de sus hijos porque sospechó que le traicionaban. Augusto, que había
aprobado el juicio de los dos primeros hijos, comentó que prefería ser el cerdo de Herodes antes que su hijo;
Herodes guardaba la ley judía con bastante cuidado y no comía cerdo.
En conjunto, Herodes fue un buen rey porque consiguió dar a la Palestina judía nueva importancia en todo el
mundo, continuó la política de su padre de obtener beneficios para los judíos fuera de Palestina, no permitió la
guerra y mantuvo separados a los ciudadanos judíos y las tropas romanas.
Cuando Herodes murió, en el 4 a.C, Augusto tuvo en consideración sus testamentos (dejó dos) y decidió dividir
el reino entre tres hijos. Arquelao recibió el título de "etnarca" y fue designado para gobernar Judea, Samaría e
Idumea. Antipas y Filipo fueron designados "tetrarcas", "gobernantes de una cuarta parte"; Antipas heredó
Galilea y Perea, mientras que Filipo recibió las partes más remotas del reino de Herodes. Antipas demostró ser
un buen gobernante cliente y rigió Galilea durante cuarenta y tres años, hasta el 39 d.C. A Arquelao le fue peor:
sus subditos protestaron contra algunas de sus actuaciones y fueron vindicados cuando Roma lo depuso y lo
exilió (6 d.C). Augusto designó entonces a un funcionario romano para gobernar Judea, Samaría e Idumea.
Herodes fundó una dinastía menor, y, al parecer, su nombre fue adoptado por sus sucesores (o asignado a
ellos). Del mismo modo que a los sucesores de Julio César se les llamó "César", a los sucesores de Herodes se
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les llamó "Herodes". La consecuencia es que en el Nuevo Testamento se llama Herodes a varias personas
diferentes. La nota siguiente cataloga a los diversos "Herodes" del Nuevo Testamento.8 Yo nombraré siempre a
los hijos y nietos de Herodes por sus nombres propios.
Aproximadamente del 4 a.C al 30 d.C, las circunstancias políticas eran las mismas que antes de la muerte de
Herodes. Antipas gobernó Galilea como su padre había gobernado un Estado mucho mayor, y en los mismos
términos y condiciones. Fue, como su padre, bastante observante de la ley judía. En ninguna de las fuentes hay
indicio alguno de que tratase de imponer las costumbres y organizaciones grecorromanas al pueblo judío. Las
instituciones de pueblos y aldeas eran enteramente judías. Los evangelios presuponen que había sinagogas en
todos los pueblos pequeños y aldeas. Las escuelas eran judías, y magistrados judíos juzgaban los casos de
acuerdo con la ley judía.
Antipas fue un buen tetrarca. Cumplió satisfactoriamente las condiciones principales de un gobierno con éxito.
Desde el punto de vista de Roma, esto significaba que pagaba el tributo, no permitía disturbios entre la
población y defendía sus fronteras. Por consiguiente, Roma no tuvo que intervenir en Galilea, y Antipas evitó
que los ciudadanos judíos y las tropas romanas entraran en conflicto.
Josefo no registra ningún caso en el cual Antipas tuviera que recurrir a la fuerza para reprimir un
levantamiento. El hecho indica dos cosas: una es que no se mofó públicamente de la ley judía y lo otro es que
Antipas no fue excesivamente opresor y que no recaudó impuestos exorbitantes. Además, como su padre,
acometió grandes proyectos de construcción que contribuyeron a reducir el desempleo. Los galileos del tiempo
en que vivió Jesús no tenían la sensación de que estuvieran seriamente amenazadas las cosas más queridas
para ellos: su religión, sus tradiciones nacionales y sus medios de vida.
Antipas, sin embargo, cometió al menos un error: atañe a Juan el Bautista, que bautizó a Jesús, e ilustra la
condición de Antipas como gobernante cliente "independiente”. Antipas quedó prendado de Herodías, su
media sobrina, que ya estaba casada con otro de sus tíos, uno de los hermanastros de Antipas. Para acoger a
Herodías como su nueva esposa, Antipas se propuso despedir a la anterior. Esta huyó junto a su padre, Aretas,
un rey árabe que, encolerizado, invadió el territorio de Antipas y le infligió una severa derrota antes de
retirarse. Aretas no tuvo que enfrentarse con tropas romanas, sino con el ejército de Antipas; más tarde Roma
utilizó sus tropas estacionadas en Siria para tomar represalias en nombre de su gobernante cliente. Tanto el
Nuevo Testamento como Josefo conectan estos acontecimientos con Juan el Bautista.
Según Mc 6,17-29, Juan había criticado abiertamente a Antipas por casarse con la mujer de su hermano, y eso
le valió la ejecución. Según Josefo, Antipas tenía miedo de que Juan, que contaba con muchos seguidores,
incitara a una rebelión, y por eso lo ejecutó. Estaba generalizada la creencia de que Juan era un profeta, y el
pueblo vio la derrota de Antipas ante Aretas como el justo castigo de Dios al tetrarca por ejecutar al Bautista.
Aproximadamente en el 39 d.C la ambición de Herodías provocó la caída de Antipas. No estaba satisfecha con
el rango de tetrarca que éste poseía y le instó a buscar el título de rey. Antipas fue a Roma a pedir este
ascenso, pero había acusaciones contra él. Se le halló culpable de almacenar armas y fue depuesto. Él y
Herodías marcharon al exilio.
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Judea, que constaba de tres regiones geográficas: Samaría, Judea (incluida Jerusalén) e Idumea, tuvo una
historia bastante diferente en la época de Jesús. El sucesor de Herodes, Arquelao, tuvo serias dificultades con
el pueblo a causa de algunas de las actuaciones de su padre casi al final de sus días. No supo manejar el asunto
con habilidad, dado que las protestas públicas hicieron que al final los romanos lo destituyeran. Debemos hacer
notar que su parte de Palestina era más difícil que la de Antipas, pues incluía tanto Jerusalén como Samaría.
Los judíos eran muy sensibles a lo que ocurría en Jerusalén y, además, en esta ciudad las grandes asambleas
públicas que se formaban durante las fiestas religiosas creaban unas circunstancias muy propicias para el
estallido de disturbios. La hostilidad entre judíos y samaritanos era grande, y también esto provocaba disputas.
Augusto decidió nombrar un gobernador (6 d.C), a un funcionario romano de la clase de los caballeros (una
aristocracia inferior, por debajo del orden consular y pretoriano). Una inscripción encontrada recientemente
indica que durante el período del 6 al 41 d.C dicho funcionario fue "prefecto", mientras que desde el 44 hasta
el 66 EC fue "procurador". El prefecto (ése era su título en la época de Jesús) vivía en Cesarea, ciudad de la
costa mediterránea, tenía a su disposición unos 3.000 soldados. Había una pequeña guarnición romana en la
fortaleza Antonia de Jerusalén, y otras fortalezas de Judea contaban también con una pequeña guarnición,
pero en realidad Roma no gobernaba Judea en su día a día. Los pueblos y las aldeas se regían con un pequeño
grupo de ancianos, de los cuales uno o más desempeñaban la función de magistrados. Las dificultades que
podían provocar derramamiento de sangre hacían que los ciudadanos principales mandasen un mensaje al
prefecto. Las convulsiones importantes requerían la intervención del legado de Siria, que era el superior del
prefecto de Judea y tenía a su disposición grandes contingentes de fuerzas (cuatro legiones que totalizaban
aproximadamente 20.000 soldados de infantería y 5.000 de caballería). Durante las fiestas principales, el
prefecto romano iba a Jerusalén con tropas de refuerzo para asegurarse de que las grandes muchedumbres no
se desmandaban.
Con una sola excepción, únicamente el prefecto tenía derecho a condenar a alguien a muerte, no sólo era
exclusivo, sino también absoluto; podía ejecutar incluso a un ciudadano romano, y no tenía que formular una
acusación que pudiera mantenerse ante un tribunal de Roma. En este puesto avanzado del imperio, el prefecto
tenía que ser capaz de hacer cuanto considerase necesario para el bien de Roma, y esto incluía el poder de
someter a disciplina al ejército. La mayoría de los prefectos eran juiciosos y no condenaban caprichosamente a
muerte a la gente.
Jerusalén estaba gobernada por el sumo sacerdote judío y su consejo. El sumo sacerdote, a menudo de común
acuerdo con "los jefes de los sacerdotes", a veces con "los poderosos" o "los ancianos" (laicos influyentes),
estaba al mando de la policía ordinaria y de los procedimientos judiciales, y aparece mucho —solo y en las
combinaciones que acabamos de mencionar— en los evangelios, en Hechos y en Josefo.
El sacerdocio era hereditario; los sacerdotes judíos hacían remontar su linaje hasta Aarón, el hermano de
Moisés, considerado el primer sacerdote (por ejemplo, Ex 28,1). Durante los períodos persa y helenístico, los
sumos sacerdotes, que gobernaban la nación, eran miembros de la familia de Sadoq, el sacerdote que ungió
rey a Salomón (1 Re 1,28-45). Los asmoneos fueron sacerdotes hereditarios; pero no eran sadoquitas. Sin
embargo, cuando llegaron al poder, el miembro principal de la familia fue declarado sumo sacerdote. Cuando
Simón el asmoneo ascendió al sumo sacerdocio (1 Mac 14,41-49), la familia sadoquita que gobernó con
anterioridad fue depuesta, aunque el sistema de gobierno a cargo del sumo sacerdote se mantuvo idéntico.
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Herodes como rey modificó el sistema. No podía pretender ser descendiente de una familia sacerdotal.
Mientras fue rey, se limitó a designar a los sumos sacerdotes. Cuando Roma depuso a Arquelao y envió un
prefecto para gobernar Judea, también empezó a designar al sumo sacerdote. Durante el período del 6 al 66
d.C, los sumos sacerdotes fueron elegidos siempre de una de las cuatro familias de sacerdotes aristocráticos.
Los sumos sacerdotes, como funcionarios políticos sujetos a nombramiento, no tuvieron el mismo prestigio ni
autoridad que los sumos sacerdotes de períodos anteriores (los sadoquitas, seguidos por los asmoneos), pero,
no obstante, tuvieron algún prestigio y mucha autoridad. Por lo general, gobernaron Jerusalén con éxito
durante sesenta años (del 6 al 66 d.C).
En Jerusalén, aun cuando Judea estuvo formalmente bajo mandato romano "directo", los dirigentes judíos
controlaban las cuestiones cotidianas. Los magistrados eran judíos y decidían según la ley judía, las escuelas
eran judías y la religión era judía. El sumo sacerdote y su consejo tenían una amplia gama de responsabilidades.
Por ejemplo, se les exigía que organizaran el pago del tributo y que hicieran llegar el dinero y los bienes a la
persona adecuada. El sumo sacerdote era un gobernante adecuado por tres razones: el gobierno del sumo
sacerdote era tradicional; los judíos reverenciaban su cargo; el prefecto romano lo consideraba portavoz oficial
de y ante la población de Jerusalén.
Al pueblo no le gustaron algunos de los individuos que desempeñaron el cargo de sumos sacerdotes durante el
período romano; la turba dio caza y mató a un antiguo sumo sacerdote cuando la rebelión contra Roma estalló
en el 66 d.C. Otros sumos sacerdotes, no obstante, fueron respetados. El primer gobierno revolucionario,
elegido por aclamación popular, fue encabezado por dos antiguos sumos sacerdotes; la turba sabía distinguir al
bueno del malo. Pero tanto si el sumo sacerdote era personalmente querido como si no, la reverencia por su
cargo era profunda y auténtica. Era realmente importante quién controlaba las vestiduras y el cargo; era
importante porque el hombre que ocupaba el cargo era intermediario no sólo entre Roma y la plebe, sino
también entre Dios y su pueblo. Era el único que el día de la expiación entraba en el Santo de los Santos y quien
realizaba la expiación por los pecados del pueblo de Israel.
A finales de los años veinte y principios de los treinta, la Palestina judía no se tambaleaba al borde de la
rebelión. Josefo trató de describir el desgobierno romano y la agitación judía en una línea de intensificación
continua a lo largo de las décadas anteriores a la rebelión, que estalló en el 66. Escribió con la perspectiva del
tiempo transcurrido, y necesitaba que la frecuencia de los desórdenes y la violencia aumentasen conforme la
guerra se acercaba. Las sublevaciones se producían cuando había cambios en la jefatura o en los
procedimientos de gobierno. Hubo estallidos de violencia cuando murió Herodes, cuando Arquelao trató de
afirmarse como sucesor de Herodes y cuando Roma depuso a Arquelao. Una vez que Roma tuvo
perfectamente controlada la situación, las cosas se tranquilizaron. Las principales protestas que se produjeron
en torno a los años en que vivió Jesús fueron en gran parte no violentas.
Cuando la rebelión finalmente estalló en el 66, es casi seguro que muchos se unieron a ella porque creían que
Dios estaba dispuesto a liberarlos. El tumulto y el derramamiento de sangre que entonces se produjeron
fueron lo bastante serios para forzar al legado de Siria a marchar sobre Jerusalén. Inexplicablemente, levantó el
asedio, dio media vuelta y se retiró, y sus tropas sufrieron una emboscada. Esto debió de parecerles a muchos
una señal del cielo. Pocos judíos, por no decir ninguno, pensarían que podían rebelarse con éxito con sus solas
fuerzas. Sin embargo, Dios los había liberado en el pasado y, cuando estuviera dispuesto, volvería a hacerlo
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(Flavio Josefo, Vida, 290). Muchos estaban deseosos de empuñar las armas cuando los signos de los tiempos
fueran lo suficientemente claros. El resultado sería (pensaban) que Dios intervendría y les daría la victoria.
Tales esperanzas de asistencia divina no requerían la expectación de un "Mesías", ni siquiera requerían la
expectación de que el Reino final y definitivo de Dios estuviera a punto de establecerse, sin embargo, que
todos esperaban la asistencia de Dios. Los judíos pensaban que Dios controlaba la historia y decidía el resultado
de todos los acontecimientos importantes. La situación cambiaría decisivamente sólo si Dios intervenía.
Algunos, quizás sólo unos pocos, pensaban que en un futuro cercano establecería su propio reino en la tierra.
b) El final trágico.
El dato mas cierto que poseemos es su muerte en cruz por el prefecto romano de aquel tiempo. Estos datos
están en los escritos cristianos y en los historiadores paganos (cf. Tacito). Poncio Pilato fue prefecto romano de
la región de Judea en los años 26-36, como atestigua Flavio Josefo en Antig 18, 89: “Vitelio (año 36) mandó
entonces a Marcelo, amigo suyo, a administrar Judea y ordenó a Pilato que regresase a Roma para rendir
cuentas al emperador de las acusaciones de los samaritanos contra él. D este modo Pilato, después de haber
pasado diez años obedeciendo las órdenes de Vitelio, dado que podía rechazarlas. Pero antes de su llegada a
Roma, se había ido Tiberio (año 37)”. Es discutido también la participación de las autoridades judías, pero hoy,
por fortuna, la pregunta recae no sobre quién lo mató, sino sobre cuál fue el motivo de su crucifixión. En el
terreno histórico no hay que hablar de culpa, sino de responsabilidad jurídica y real.
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basaba en la fecha de la muerte de Herodes, ganó el apoyo general en el siglo VI y en los siglos posteriores; a
eso se debe que ahora los estudiosos daten el nacimiento de Jesús algunos años "antes de Cristo".
Más difícil resulta pronunciarse sobre el lugar de nacimiento. Es verdad que el testimonio de Lucas y Mateo (Lc
2, 4; Mt 2, 1) está de acuerdo en situarlo en Belén. Pero hay que tener en cuenta otros datos. Leyendo a Mateo
se saca la impresión de que José y María estaban en su propia casa en Belén, aparentemente vivían allí (Mt 2,
1). El evangelista les atribuye la intención de volver allá después de su estancia forzosa en Egipto; renuncian a
este proyecto sólo al saber que Arquelao había sucedido a su padre Herodes y de haber recibido del cielo la
consigna de establecerse en Galilea, en Nazaret (Mt 2, 19-23). La imagen que nos da Lucas es muy distinta:
para él la patria de los padres de Jesús es Nazaret (Lc 1, 26.39; 2, 4). Y es sin duda este toponímico el que
aparece en todos los evangelios y en los Hechos de los Apóstoles cuando se trata de precisar de donde era
natural Jesús. Los informes de Lucas sobre el viaje a Belén no son muy convincentes. Indica que la razón del
desplazamiento fue un censo organizado bajo la autoridad de Quirino (Legado de Siria, o sea, Gobernador de
todo el territorio que incluía Palestina), que estuvo al cargo unos doce años después de la fecha requerida (a
partir del año 6 d.C), y fue en ese momento cuando se pensó en el censo.
¿Por qué Belén? Por la dimensión teológica que se le puede atribuir, en virtud de la tradición bíblica (cf. Miq 5,
1), conviene que el hijo de David nazca en Belén, la ciudad de David; por consiguiente, la elección del lugar
seria una intuición teológica.
Durante el reinado de Herodes el Grande, un Judío llamado YESHÚA (Jesús) nació, quizá en Belén de Judea,
pero más probablemente en Nazaret. Aunque la afirmación de los relatos de la infancia respecto a que Jesús
nació en Belén podría ser un teologúmeno (una idea teológica narrada como un acontecimiento histórico) para
simbolizar su condición de Mesías de estirpe real davídica. Prescindiendo de cual fuese su exacto lugar de
nacimiento, Jesús creció en Nazaret y fue identificado con ese pueblo.
d) Su nombre
En las fuentes más antiguas, cristianas y judías, se utiliza para nombrarlo en forma griega Iȇsous, de donde
deriva su nombre en nuestras lenguas. Los primeros testimonios paganos le atribuyen el nombre de Cristo o
Cresto. Jesús era un nombre habitual en el judaísmo del siglo I (Para este siglo Flavio Josefo menciona a unas
diez personas con ese nombre: “Los guiaba un tal Jesús, hijo de Safat, el hombre más famoso de aquella
pandilla de bandoleros”. Bell 3, 450). El nombre tiene un origen bíblico: Josué, el que derribó Jericó, “la antigua
ciudad que fue la primera en quedar sometida en la tierra de los cananeos por Jesús, hijo de Nace, cabecilla de
los hebreos” (Bell 4,459). En el Nuevo Testamento también Josué recibe el mismo nombre, de la forma Iȇsous
(cf. Hch 7, 45; Hb 4, 8). El nombre hebreo se presenta bajo varias formas: la forma plena (escritos más antiguos
de la Biblia hebrea), Yehȏšua̒, y la otra más sencilla, Yešua̒, atestiguada después del destierro. Pero en la
literatura rabínica aparece la abreviación Yȇsȗ, nombre que se aplica sólo a Jesús de Nazaret (ha-nȏserí).
Al ser un nombre muy difundido, se le añadían determinaciones de diversos estilos: “llamado Cristo” (Flavio
Josefo); “de Nazaret de Galilea” (Mt 21, 11); “el nazareno” o “nazoreo” (Jn 1, 45). “Jesús el Cristo”, “Jesús el
Señor” son formulas teológicas.
Filón indica el significado de este nombre con una etimología de forma hebrea: “Jesús salvación del Señor” (De
mutatione nominum 21, 121). En los evangelios de la infancia se dice que el nombre tiene un origen divino,
anunciado por el ángel a José y a María (Mt 1, 21; Lc 1, 31).
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e) Los Padres, José y María
Las fuentes documentales presentan a Jesús como “el hijo de José” (Lc 3,23; 4,22 y Jn 6,42) “hijo de José, el de
Nazaret” (Jn 1,45), es decir, como “el hijo del carpintero” (Mt 13, 55), pero también como “el hijo de María”
(Mc 6,3). José y María forman un matrimonio legítimo, y esto se expresa en diferentes textos que llaman a José
el “esposo” de María (Mt 1,16.19).
En resumen, Jesús es un niño concebido y, alumbrado fuera de la relación conyugal entre sus padres, José y
María, legamente casados, pero que todavía no conviven bajo el mismo techo.
Los evangelios presentan a José y María como los padres de Jesús durante su infancia y adolescencia en
Nazaret. El último episodio en el que aparecen los tres juntos es con motivo de peregrinación a Jerusalén “por
la fiesta de Pascua, cuando Jesús tenía doce años” (Lc 2,41-42). Mucho tiempo después, cuando, cumplidos ya
los treinta años, Jesús sale de Nazaret y empieza a predicar por toda Galilea, ya no se menciona a José; solo a
María, su madre. La causa más verosímil que explica el silencio sobre José es que, en aquel momento, el padre
legal de Jesús ya había muerto. Solo así, se comprende que los textos no citen al cabeza de la familia. Así pues,
es probable que José muriera en Nazaret a una edad indefinida, entre los cincuenta y los setenta años.
En cuanto a María, ha sobrevivido algún tiempo a su hijo. Mientras Jesús recorre Galilea, su madre continua
residiendo en Nazaret con el resto de la familia, y mantiene contactos estrechos con los hermanos y las
hermanas de Jesús. La estancia de María en Nazaret se prolongará hasta el final de la vida de Jesús, cuando se
desplaza a Jerusalén y, según parece, se queda a vivir allí.
Los dos Evangelios de la infancia intentan subrayar la concepción virginal de Jesús. En el primer plano no está la
virginidad de María, naturalmente implicada, sino una creencia cristológica: Jesús no fue fruto de la tierra, sino
de la prodigiosa acción divina que suscita vida, don de Dios al mundo, nacido del Espíritu Santo, y por tanto de
María Virgen (cf. Mt 1, 18-25; Lc 1, 34-35). Esto se da mediante un anuncio, al puro estilo veterotestamentario,
como el nacimiento de Sansón (Jc 13); la de nacimiento de Moisés por un escriba al faraón, como de “una
persona que acabaría con la hegemonía de los egipcios y exaltaría a los israelitas”, atestiguado por Josefo
(Antiq 2,205). El motivo, común a diversos ambientes, del gran personaje glorificado desde su concepción y su
nacimiento extraordinarios se repite aquí, pero solo en términos generales. En divergencia con los relatos
mitológicos, los Evangelios de la infancia e incluso los evangelios apócrifos (cf. Proto-evangelio de Santiago)
Dios no sustituye sexualmente al varón (cf. Nacimiento de Rómulo y Remo en Tito Livio, Hist. 1, 3-4; y muchos
ejemplos más).
Lo interesante es que esta tradición está ausente en los escritos cristianos más antiguos, las cartas de Pablo, en
los evangelios de Marcos y Juan y en la fuente Q. El apócrifo Evangelio de los Ebionitas, según el testimonio de
Epifanio, critica explícitamente la concepción virginal de Jesús: “Su narración afirma que Jesús fue engendrado
por semen humano escogido luego por Dios; por esta elección divina es como fue llamado hijo de Dios, por el
Cristo que entró en él desde lo alto en forma de paloma. Niegan que haya sido engendrado por Dios Padre,
pero afirman que fue engendrado como uno de los ángeles”.
Decir que Jesús fue o no concebido de manera virginal es algo que está fuera del campo de la investigación
histórica. Hecho histórico es lo siguiente: esta creencia nació en unos ambiente protocristianos particulares y la
hicieron suya las comunidades que están en el fondo de los Evangelios de Mateo y Lucas, y más tarde la
comunidad judeocristiana a la que se remonta el Protoevangelio de Santiago.
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f) Jesús, del linaje de David
Los textos repiten una y otra vez que José, el padre legal de Jesús, es descendiente de David. A través de José,
Jesús se convierte en descendiente de David (Mt 1,6.16.20; Lc 1,27; 2,4; 3,23.31).
Jesús ha nacido del linaje de David según la carne (Rm 1,3). En las dos genealogías de los evangelios se
pretenden justificar el linaje de Jesús. Las genealogías evidencian que la comunidad primitiva ha procurado
enmarar a Jesús en el linaje davídico, reconstruyendo su ascendencia y justiciando así, de manera significativa,
su pertenencia al linaje de David y al pueblo de Abrahán. Lucas ha ampliado el horizonte y, haciendo llegar la
genealogía de Jesús hasta Adán, la ha insertado en la historia de toda la humanidad.
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Estas cuatro posibilidades no tienen el mismo peso específico, tal como se puede observar cuando se las
confronta con las fuentes históricas de las que disponemos.
h.1) El Hogar
Los aprendizajes y la formación en un primer momento se realizaban en casa y a través de la familia, y en un
segundo momento, en la Sinagoga. La familia introducían al niño en la fe de Israel, le enseñaban a orar y a
querer y observar la Ley de Dios. Quedaban reforzado por el aporte del resto del núcleo familiar, los parientes
próximos y lejanos y, en general, toda la gente del pueblo.
En el caso de Jesús, sus padres, José y María, pudieron acompañarle hasta que entró en la mayoría de edad
según la Ley, es decir, hasta que cumplió los doce años.
j) La Formación
Durante la infancia: Jesús se crío en un pueblo pequeño habitado por familia judías que practicaban
activamente la religión de Moisés y donde el centro de la vida colectiva era la sinagoga. Familia y sinagoga son,
pues, los dos ámbitos en los que Jesús se formó.
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La iniciación a la práctica de la Ley se realizaba en la familia. Tanto así que no pocos niños, antes de llegar a la
mayoría de edad legal, ya guardaban muchos mandamientos de la Ley, sobre todo en el caso de las familias
más religiosas. Los padres enseñaban a los hijos a recitar de memoria las oraciones más sencillas, a guardar el
sábado, a observar las leyes de pureza ritual, etc.
La educación que se recibía en familia era de tipo religioso, ya que la religión cubría y permeabilizaba todos los
ámbitos de la vida judía: la familia era, y es, el lugar donde se celebraba la cena pascual, el ritual litúrgico más
importante del judaísmo, que era presidido por el padre.
j.1) Durante la juventud y la edad adulta: Después de los doce años, Jesús lleva a cabo una profundización
interior y personal de la educación recibida en la sinagoga de Nazaret sin dirección ni instrucción alguna, que
sepamos, de un maestro reconocido. Jesús era un buen conocedor de las escrituras y estaba al corriente de las
cuestiones más importantes que preocupaban a los maestros de la Ley o rabinos de aquella época.
Hay que mantener el itinerario que sugieren los cuatro evangelios, es decir, que Jesús se crío y creció en
Nazaret, donde vivió y trabajó hasta la edad adulta. Eso implica que no fue discípulo de ningún rabino.
j.2) Conocer las Escrituras: La gente, amigos y enemigos, llaman habitualmente a Jesús con los apelativos de
rabino, señor y maestro. El hecho de que Jesús sea denominado rabino indica que en su comportamiento hay
elementos que lo justifican, sobre todo un conocimiento suficiente de las escrituras que le permite dialogar y
discutir interpretaciones de la Ley o Torá con otros rabinos.
Jesús tiene un conocimiento notable de las Escrituras. Jesús se ha formado como oyente, lector y,
probablemente, escritor a partir de la Torá, de la Escritura judía, tal como se leía en la sinagoga
j.3) Carpintero y herrero: Jesús crece y vive hasta la edad adulta en un medio rural, en un pueblo de la Baja
Galilea donde las familias, fundamentalmente, trabajan en el campo. La agricultura y, en un grado menor, la
ganadería son las ocupaciones habituales de la gente en Nazaret. Por tanto, la mayoría de los parientes de
Jesús son campesinos, y el mismo es miembro de una sociedad agraria. Sin embargo Jesús no es agricultor sino
artesano. Se gana la vida con un oficio cualificado y singular en un pueblo pequeño (inferior a los 500
habitantes). Su oficio es el mismo que el de su padre José, y probablemente, es la única familia que lo ejerce en
el pueblo. Así se deduce de Marcos 6,3 y Mateo 13,55, en que Jesús es llamado, “el carpintero” y “el hijo del
carpintero”.
Jesús es, un artesano de la madera y del hierro, un hombre que sabe trabajar ambos materiales y que se gana
la vida en un taller, herencia de su padre y equipado con las herramientas y el instrumental necesarios. El oficio
de Jesús requiere inteligencia, habilidad y una cierta robustez física, y presupone una inversión en materiales e
instalaciones, además de una casa con un espacio relativamente grande para trabajar el hierro y la madera.
k) Su religión.
k.1) Judaísmo tradicional
1. Monoteísmo: Los judíos creían que solamente existía un Dios verdadero. Había creado el mundo y todavía lo
gobernaba. Muchos judíos creían en otros seres sobrenaturales, ángeles y demonios. El apóstol Pablo, que
representa la opinión judía habitual sobre estos temas, consideraba que las deidades paganas eran demonios
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(1 Cor 10,20). E incluso llegaba a denominar al archidemonio, Satanás, el "dios de este mundo" (2 Cor 4,4; 2 Cor
11,14). Tales creencias, en la mentalidad de los judíos del siglo I, no constituían una negación del monoteísmo.
Al final, todos los demás poderes cederían ante el único Dios (1 Cor 15,24-26; Flp 2,10s). Mientras tanto,
solamente ese Dios era digno de adoración. Los judíos, eran los receptores de la revelación y les estaba
estrictamente prohibido tener trato con los dioses paganos.
2. La elección divina y la ley: Los judíos creían que Dios había elegido a Israel y había establecido una alianza
con el pueblo judío, una alianza que obligaba al pueblo a obedecer a Dios y obligaba a Dios a guiar y proteger al
pueblo. Los tres momentos más importantes en la historia de esta alianza fueron la llamada de Abraham (Gn
17), el éxodo de Egipto (Ex 14) y la revelación de la ley divina a Moisés en el monte Sinaí (desde Ex 19,16 hasta
el final de Deuteronomio). Los hechos que establecieron la alianza dieron a Israel su carácter decisivo, pero la
revelación de Dios a la nación, y su actuación en favor de ésta, no terminó con Moisés. Dios dio la tierra de
Palestina a los israelitas. Posteriormente habló a través de profetas. Los israelitas eran el pueblo propio de
Dios; él había prometido defenderles y hacerlos grandes, y aseguró su redención. Esta promesa era parte
esencial de la elección.
3. Arrepentimiento, castigo y perdón: Quienes transgredían la ley debían hacer reparación si sus delitos
perjudicaban a otros, arrepentirse y ofrecer un sacrificio. Las transgresiones que no perjudicaban a otros (como
trabajar por descuido en sábado) exigían arrepentimiento y sacrificio. Dios siempre perdonaba al pecador
arrepentido. Quienes no se arrepentían quedaban sujetos al castigo divino, que se manifestaba, por ejemplo,
en la enfermedad. Si aceptaban esto como correctivo divino por sus delitos, seguían siendo dignos miembros
de la alianza. El mismo sistema se aplicaba a la nación en su conjunto. Sus transgresiones conducían al castigo
nacional, como la cautividad de Babilonia, y las calamidades conducían a la contrición humilde. Dios siempre
redimía a su pueblo, y, pese a sus faltas, su pueblo siempre permanecía fiel a él.
En el siglo I, "redención" tenía diversos significados. Unos judíos esperaban la redención nacional en un sentido
bastante mundano, socio-político; otros esperaban la redención individual a la hora de la muerte; otros más,
un gran acontecimiento que transformaría el mundo, exaltaría a Israel por encima de las demás naciones y
convencería a los gentiles para que se convirtieran. Mientras esperaban, los judíos tenían que observar la ley
de Dios y buscar el perdón de Dios si la transgredían.
Estas creencias constituían el núcleo de la "ortodoxia" ("la opinión correcta") judía. Inherente a ellas es la
exigencia de la "ortopraxis" ("la práctica correcta"). A continuación vamos a enumerar algunas de las
principales prácticas que caracterizaban a los judíos observantes, señalando también de manera especial lo que
distinguía a los judíos de los gentiles.
1. Los judíos tenían que adorar o servir a Dios (Segundo de los diez mandamientos, que prohíbe "el servicio" a
los otros dioses: Ex 20,4; Dt 5,8). Suponía, sobre todo, adorarle en el Templo de Jerusalén. La Biblia exige que
los varones judíos acudan al Templo tres veces al año, en las fiestas de peregrinación. Acudieran o no, los
judíos pagaban el impuesto del Templo, que sufragaba los sacrificios ofrecidos en nombre de toda la
comunidad. El culto judío, sin embargo, no estaba limitado al Templo. Dt 6,4-6 exige que los judíos recuerden
los mandamientos principales dos veces al día ("cuando te acuestas y cuando te levantas"). La mayoría de los
judíos probablemente obedecían las instrucciones de este pasaje: lo primero que se hacía por la mañana, y lo
último por la noche, era repetir lo esencial del texto de Dt 6 (la oración del Shemá) y algunos de los
mandamientos más básicos. La mayoría de las comunidades judías, si no todas, tenían sinagogas, llamadas
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generalmente en griego "casas de oración", donde el pueblo se reunía el sábado para estudiar la ley y orar. Así,
además de adorar a Dios ocasionalmente en el Templo de Jerusalén, los judíos lo adoraban diariamente en sus
casas y semanalmente en la sinagoga.
2. Los judíos circuncidaban a. sus hijos varones al poco de nacer. Este fue el requerimiento impuesto al pueblo
por la alianza con Abraham (Gn 17).
3. Los judíos no trabajaban en sábado, el séptimo día de la semana (cuarto mandamiento, Ex 20,8-11; Dt 5,12-
15). La Biblia hace extensivo el día de descanso a la familia entera, a los siervos, a los extranjeros que vivían en
poblaciones judías y al ganado. Cada año séptimo los agricultores judíos de Palestina se abstenían de cultivar
sus campos, y hasta la tierra descansaba.
4. Los judíos evitaban ciertos alimentos por considerarlos "impuros" y "abominables" (Lv 11; Dt 14). El cerdo y
los mariscos son los dos alimentos más famosos prohibidos por la Biblia, pero hay muchos otros, como las aves
de presa, los roedores y la carroña.
5. Antes de entrar en el Templo, los judíos tenían que purificarse. Las principales fuentes de impureza eran el
semen, la sangre menstrual, otras emisiones de la zona genital (como las causadas por la gonorrea y el aborto),
el parto y los cadáveres (Lv 11; 15; Nm 19).
l.1) La opción de Jesús: Jesús, inmerso desde el primer momento en una relación personal y de gran inmediatez
con Dios, el Padre, participa de ese mismo planteamiento. Su vocación profética, que solo se manifestará en
una edad madura de la vida, se encuentra al origen de una opción voluntaria por el celibato.
Su opción era realmente singular e inhabitual y no podía ser vista con muy buenos ojos por la gente de su
pueblo. Debía provocar extrañezas y desconcierto. El mismo Jesús da la explicación de este celibato en una
sentencia bastante enigmática que se recoge en Mt 19,12. Jesús ha decidido no casarse a causa del Reino, es
decir, se ha hecho eunuco porque ha orientado su vida a Dios y a su Reino de manera exclusiva y total. Ha
renunciado a ejercer la sexualidad y la capacidad de engendrar hijos e hijas porque, al igual que Moisés, ha
dado una primacía absoluta al diálogo con Dios, su Padre, y a la misión de anunciar el Reino.
l.2) Situación de Jesús como laico: Jesús nació como judío laico, ejerció su ministerio público como judío laico y
murió como judío laico. No hay ninguna tradición histórica fiable que le atribuya origen levítico o sacerdotal. En
la epístola a los hebreos y solo en ella en el Nuevo Testamento, Jesús es llamado sacerdote y sumo sacerdote
pero adquirió esa categoría, según la visión cristiana, solo por su muerte y exaltación (.
Jesús en Nazaret era una persona corriente hasta el extremo; en su condición de laico corriente, carecía de
credenciales religiosas y de una “base de poder”.
m) Su personalidad.
Hombre fuerte, viril, y con una superioridad que lo hacía admirable. Sus parientes piensan que perdió el juicio
(Mc 3, 21). Si algo llamó la atención en los Evangelios es su gran fuerza de voluntad. Tiene un carácter fuerte,
que lo hará cumplir hasta el final la voluntad del Padre. Los evangelistas no ven a un Jesús vacilante, apurado ni
indeciso. La sinceridad y energía que transmitía lo descubrían (Mt 14, 14) hasta sus enemigos. Está en contra de
la hipocresía (Mc 10, 32). Fue un verdadero jefe o líder. Incluso le hacen reaccionar de manera violenta (Mt 4,
4; Mt 16, 21s)
Está completamente marcado por su fuerte vida interior. En el campo de la oración que realiza muchas veces,
busca el trato íntimo con el Padre. Se puede llegar a pensar que Jesús es un tipo blando, pero está claro que su
fuerza interior no es sentimentalismo, sino que es carácter, y esa fuerza le hace responder con fuerza. No se
cansa fácilmente. Es fuertemente racional, que se nota cuando se encuentra con sus enemigos. La compasión
es uno de los rasgos incomparables de su vida interior. Busca la forma de dar una respuesta, de procurar algo
bueno a los demás. Su amor a los hombres no tolera excepción ni diferencia ni preferencia. Viene a cumplir la
promesa del Padre, primero a los judíos y después a los gentiles.
El amor hacia los pobres y desposeídos es para hacer notar la misericordia del Padre. Se abre a las alegrías y al
regocijo humano: va a una boda (Jn2, 1-11), no tiene problema en que sus enemigos lo llamen comilón y
borracho, porque no tiene dificultad para compartir con quién sea la persona. En su contemplación de la
naturaleza, aparece como un poeta, y de esta contemplación saca sus temas para sus parábolas.
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Toda esta vida interior nos hace ver que Jesús es generalmente humano, que tiene alma racional, y que está
dotado de una verdadera consciencia humana.
n) Ciencias de Cristo.
En la ciencia humana de Cristo englobamos tanto los conocimientos adquiridos por experiencia como los
adquiridos por origen infuso y sobrenatural.
a) Visión beatífica: es la visión intuitiva de Dios (1 Co13, 12; 1 Jn 3, 2). Es un conocimiento intuitivo que no
abarca toda la esencia divina. Resulta imposible para la mente humana, por más perfecta que sea no
abarca todo el ser divino. La opinión común es que Jesús conoce todo lo presente, lo pasado y lo futuro
que afecta a su misión específica de Salvador.
b) Ciencia infusa: es aquella que no se adquiere por el trabajo y la razón, sino que es infundida por Dios en
la persona (Jn 1). Es un conocimiento sobrenatural, que en Cristo estaban limitado al campo de su
misión.
c) Ciencia adquirida: Jesús tiene inteligencia humana y adquiere conocimientos progresivamente como
todo hombre. Este es el modo del conocer humano, de carácter experiencial-receptivo-discursivo, que
lo poseyó también Cristo.
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Bibliografía utilizada.
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