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Amistades para Dios

En 'Amistades para Dios', Mark Finley comparte principios de testificación aprendidos a lo largo de más de 50 años de evangelización, enfatizando que cada creyente tiene la responsabilidad de compartir su fe. El autor argumenta que testificar es una expresión natural del amor y transformación que se experimenta al conocer a Cristo. A través de este libro, Finley invita a los lectores a descubrir cómo compartir efectivamente su fe y el amor de Dios con los demás.

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Amistades para Dios

En 'Amistades para Dios', Mark Finley comparte principios de testificación aprendidos a lo largo de más de 50 años de evangelización, enfatizando que cada creyente tiene la responsabilidad de compartir su fe. El autor argumenta que testificar es una expresión natural del amor y transformación que se experimenta al conocer a Cristo. A través de este libro, Finley invita a los lectores a descubrir cómo compartir efectivamente su fe y el amor de Dios con los demás.

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MARK FINLEY

MARK FINLEY
Este libro es diferente de muchos de los más
de setenta libros que ha escrito Mark Finley. En
esta obra, expone los principios de la ganancia de
almas que ha descubierto durante más de medio
siglo de compartir el amor y la verdad de Cristo
en países de todo el mundo. A lo largo de las dé-
cadas, aprendió que testificar no es complicado,
que ciertamente no es la función de unos pocos
superdotados espirituales y que la testificación
no es uno de los dones espirituales enumerados

AMISTADES PARA DIOS


en las Escrituras.
Testificar es la función de cada creyente.
Cuando vamos a Cristo y somos transformados
por su gracia, y redimidos por su poder, no po-
demos quedarnos callados. Anhelamos contar la
historia del Cristo viviente a otros. Nuestro co-
razón arde dentro de nosotros para compartir lo
que Jesús hizo en nuestro favor. Testificar es el
resultado natural de conocer a Jesús.
Al leer este libro, andemos en los pasos de Je-
sús y descubramos los principios universales de
cómo compartir nuestra fe.

Mark Finley es un evangelista reconocido internacionalmen-


te. Fue vicepresidente de la Asociación General entre 2005 y
2010. Después de retirarse del empleo de tiempo completo, se
convirtió en asistente del presidente de la Asociación General.

AMISTADES
PARA DIOS
AMISTADES
PARA DIOS

Mark Finley

Asociación Gral. José de San Martín 4555, B1604


Casa Editora CDG Florida Oeste, Buenos Aires,
Sudamericana República Argentina
Amistades para Dios
Mark Finley

Título del original: Making Friends for God, Pacific Press Publishing Assosiation, Nampa ID, EUA,
2019.

Dirección: David Flier


Traducción: Rolando Itin
Diseño de tapa: Nelson Espinoza
Diseño del interior: Nelson Espinoza
Ilustración: Lars Justinen

Libro de edición argentina


IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina

Primera edición
MMXX – 6M

Es propiedad. Copyright de la edición en inglés © 2019 Pacific Press® Publishing Association,


Nampa, Idaho, USA. Todos los derechos reservados. Esta edición en castellano se publica con
permiso del dueño del Copyright.
© 2020 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.

ISBN 978-987-798-091-2
Finley, Mark
Amistades para Dios / Mark Finley / Dirigido por David Flier / Ilustrado por Lars
Justinen. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.
160 p. : il. ; 19 x 13 cm.

Traducción de: Rolando A. Itin.


ISBN 978-987-798-091-2

1. Vida cristiana. I. Flier, David, dir. II. Justinen, Lars, ilus. III. Itin, Rolando A.,
trad. IV. Título.
CDD 248.4

Se terminó de imprimir el 28 de febrero de 2020 en talleres propios (Gral. José de San Martín 4555,
B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).

Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su


manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios,
sin permiso previo del editor.
-111265-
CONTENIDO

Introducción................................................................................................ 7
Capítulo 1: ¿Por qué testificar?........................................................... 9
Capítulo 2: El poder del testimonio personal..........................20
Capítulo 3: Ver a las personas con los ojos de Jesús.............31
Capítulo 4: Interceder por otros.......................................................41
Capítulo 5: Testificación con el poder del Espíritu...............52
Capítulo 6: Posibilidades ilimitadas.............................................63
Capítulo 7: Compartir la Palabra.................................................... 74
Capítulo 8: Ministrar como Jesús..................................................85
Capítulo 9: Desarrollar una actitud ganadora........................96
Capítulo 10: Una manera emocionante de involucrarte......107
Capítulo 11: Compartir la historia de Jesús.............................121
Capítulo 12: Un mensaje digno de compartir......................... 132
Capítulo 13: Un paso de fe.................................................................144

5
INTRODUCCIÓN

A
veces me preguntan: “¿Cuánto tiempo le lleva es-
cribir un libro?” Por supuesto, eso depende de una
cantidad de factores, como el tema, la longitud del
libro y la investigación necesaria para confirmar los he-
chos. También depende de la audiencia a la que está di-
rigido: las personas que han de leer el libro. Este libro es
diferente. Me llevó 53 años escribirlo. Es correcto; no es un
error tipográfico: cincuenta y tres años.
Este libro es diferente de muchos de los más de setenta
libros que ya he escrito. En él expondré los principios de
la ganancia de almas que he descubierto en más de medio
siglo de compartir el amor y la verdad de Cristo en países
de todo el mundo. A lo largo de las décadas, he aprendido
que testificar no es complicado, que ciertamente no es la
función de unos pocos superinteligentes gigantes espiri-
tuales, y que la testificación no es uno de los dones espiri-
tuales enumerados en las Escrituras.
Testificar es la función de cada creyente. Cuando vamos
a Cristo y somos transformados por su gracia, y redimidos
por su poder, no podemos quedarnos callados. Anhelamos
contar la historia del Cristo viviente a otros. Nuestro cora-
zón arde dentro de nosotros para compartir lo que Jesús
hizo a nuestro favor. Testificar es el resultado natural de
conocer a Jesús. Así, acompáñenme en esta jornada mien-
tras caminamos en los pasos de Jesús y descubrimos los
principios universales de cómo compartir nuestra fe.

7
Capítulo 1

¿POR QUÉ TESTIFICAR?

E
n lo profundo del corazón de Dios hay un deseo de
que todas las personas sean salvas en su Reino. An-
hela que cada uno de sus hijos experimente el gozo
de la salvación y la vida eterna. Él ha liberado todos los
poderes del cielo para redimirnos. Sin ti, habría un espa-
cio vacío en el cielo, y por eso nada es más importante
para el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que tu salvación.
El apóstol Pablo deja esto bien en claro cuando afirma:
“Esto es bueno y agradable delante de Dios, nuestro Salva-
dor, el cual quiere que todos los hombres sean salvos y ven-
gan al conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:3, 4)1 . ¿Captas
la importancia de esta declaración? Dios tiene un anhelo
intenso, un deseo profundo, un propósito supremo en todo
lo que hace. Él quiere que tú y yo seamos salvos y vivamos
a la luz de esta verdad. Pedro declara que Dios no quiere
“que ninguno perezca” (2 Ped. 3:9). La salvación del hombre
es la prioridad del cielo. Jesucristo, el eterno, coexistente,
sabio y todopoderoso Hijo de Dios es nuestro Abogado. A su
orden, los ángeles vuelan desde las cortes celestiales para
hacer retroceder las fuerzas infernales que batallan contra
nosotros cada día. Diariamente, el Espíritu Santo impresio-
na nuestra mente y conduce nuestra vida.
A menos que se indique lo contrario, las referencias bíblicas corres-
1

ponden a la versión Reina–Valera 1960.

9
Amistades para Dios

Para llevar a cabo nuestra salvación, Jesús vino a esta


tierra a revelar el inmensurable amor del Padre por la hu-
manidad. Él vivió la vida perfecta que nosotros debería-
mos haber vivido, soportó la condenación por nuestros
pecados, y murió la muerte que nosotros debíamos morir.
En Cristo vemos el carácter del Padre. Jesús destruye el
mito de que Dios no nos ama. Hace mucho tiempo, Luci-
fer, un ser de deslumbrante brillo, tergiversó el carácter de
Dios. Sus mentiras distorsionaron la imagen de Dios ante
el universo entero (Juan 8:44). Jesús vino para corregir la
información, demostrando que Dios no es un juez venga-
tivo o un tirano lleno de ira. Él es un Padre amante que
desean reunir todos sus hijos en su casa.

El centro de toda testificación


Contar la historia de la redención es la misión de la
testificación. Esta comienza con una declaración de la fi-
delidad de Dios y termina con el triunfo de su amor. Por
medio de los creyentes, Dios alcanza a sus hijos perdidos.
En nuestras vidas y palabras, la gente ve su carácter lleno
de gracia. Nuestra testificación a otros llega a ser el mayor
gozo de la vida. Al crecer más a la semejanza de Jesús, el
servicio resulta de forma natural, y el egoísmo muere por
falta de cultivo. Cuanto más compartimos su amor, tanto
más crece nuestro amor a él.
Pero muchos hacen preguntas lógicas acerca de la tes-
tificación. ¿No está haciendo Dios todo lo que él puede
para salvar a las personas sin mi testificación? ¿Por qué
debería compartir mi fe? ¿Hace alguna diferencia la testi-
ficación en la salvación de un individuo?
En respuesta a la primera pregunta, es cierto que Dios
no está limitado a la testificación de los seres humanos. Él
se ha revelado de diversas maneras. David nota las mara-
villas de la creación:

10
¿Por qué testificar?

Los cielos cuenta la gloria de Dios,


Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.
Un día emite palabra a otro día,
Y una noche a otra noche declara sabiduría.
No hay lenguaje, ni palabras,
Ni es oída su voz
(Sal. 19:1, 2).
El diseño, el orden y la simetría del universo revelan un
Dios diseñador de inteligencia infinita.
Además, el ministerio del Espíritu Santo en nuestro
corazón crea un deseo de conocer a Dios. Este anhelo de
eternidad dentro de nosotros es evidencia convincente de
la existencia de Dios (Ecl. 3:11). Y, por supuesto, hay pro-
videncias especiales que nos llevan a reflexionar sobre la
realidad de la presencia de Dios. Cada vez que experimen-
tamos un amor inmerecido o una bondad inesperada so-
mos testigos de una revelación del carácter de Dios. Él es
persuasivo, procura atraernos a sí mismo.
Si esto es cierto, ¿por qué testificar? ¿Por qué no dejar
que Dios haga su obra y la concluya? El desafío de depender
de la naturaleza como testigo involucra el problema del pe-
cado. Arruinada por el mal, la naturaleza plantea mensajes
confusos. Aunque revelan el diseño de Dios, también reve-
lan destrucción y devastación. Huracanes, inundaciones,
incendios forestales, tifones y otros desastres naturales
azotan nuestro planeta. Miles de personas mueren repen-
tinamente. ¿Qué dicen estas tragedias acerca de Dios y la
gran controversia entre el bien y el mal? Esta pregunta sin
duda complica el testimonio de la naturaleza. La belleza y
la destrucción están juntas. El mundo natural incluye am-
bos aspectos de nuestra realidad; no obstante, no alcanza a
revelar la razón por la cual el bien y el mal son coexistentes.
La naturaleza y nuestra experiencia de vida envían
mensajes cruzados acerca de la bondad de Dios. En esto

11
Amistades para Dios

reside la razón para nuestra testificación. La historia de


Jesús, como aparece en la Biblia, reconcilia las incongruen-
cias de la naturaleza y nuestras luchas internas. Aunque la
naturaleza y las providencias de la vida presentan eviden-
cias de la existencia de Dios, no describen claramente su
carácter amante. Su testimonio es incompleto. Dios siem-
pre ha entendido este vacío, y planificó cuidadosamente
para que la más clara revelación de su carácter se pudiera
encontrar en la vida de Cristo, como se revela en la Biblia.
Cuando compartimos la verdad acerca de Jesús con otros,
les ofrecemos la mejor oportunidad de conocer y compren-
der el amor de Dios por ellos. En el conflicto cósmico entre
el bien y el mal, la Escritura presenta las respuestas finales
a las preguntas más importantes de la vida.
Además de esta verdad fundamental acerca de la testi-
ficación, contamos la historia porque sabemos que testifi-
car es el medio del Cielo para traer gozo al corazón de Dios
y capacitarnos para crecer espiritualmente. Cuanto más
lo amemos, tanto más compartiremos su amor, y cuanto
más compartamos su amor, tanto más lo amaremos. Al
compartir la Palabra de Dios con otros, somos atraídos
más cerca de él. La Palabra que transforma la vida no solo
cambia a aquellos con quienes estudiamos la Biblia, sino
también nos cambia a nosotros.
Hay un pasaje muy poderoso en El camino a Cristo que
analiza la relación entre la testificación y nuestro propio
crecimiento espiritual:
Si trabajas como Cristo ideó que sus discí-
pulos trabajen, y ganas almas para él, sentirás
la necesidad de una experiencia más profunda
y un conocimiento mayor de las cosas divinas,
y tendrás hambre y sed de justicia. Abogarás
con Dios, tu fe se robustecerá y tu alma beberá

12
¿Por qué testificar?

en abundancia de las corrientes que fluyen de


la fuente de salvación. El encontrar oposición
y pruebas te llevará a la Biblia y a la oración.
Crecerás en la gracia y en el conocimiento de
Cristo, y desarrollarás una rica experiencia.
El espíritu de trabajo desinteresado por
otros da al carácter profundidad, estabilidad
y amabilidad como las de Cristo, y trae paz y
felicidad a su poseedor. Las aspiraciones se
elevan. No hay lugar para la pereza o el egoís-
mo. Quienes así ejerciten las gracias cristianas
crecerán y se harán fuertes para trabajar por
Dios. Tendrán claras percepciones espirituales,
una fe firme y creciente, y un acrecentado po-
der en la oración. El Espíritu de Dios, que mue-
ve su espíritu, pone de manifiesto las sagradas
armonías del alma en respuesta al toque di-
vino. Los que así se consagran a un esfuerzo
desinteresado por el bien de otros ciertamente
están obrando su propia salvación.
El único modo de crecer en la gracia es ha-
ciendo desinteresadamente la obra que Cristo
ha puesto en nuestras manos: ocuparnos, en
la medida de nuestras capacidades, en ayudar
y beneficiar a quienes necesitan la ayuda que
podemos darles. La fuerza se desarrolla por
medio del ejercicio; la actividad es la misma
condición de la vida.2
Este pasaje penetrante ofrece cuatro lecciones sobre la
ganancia de almas:
2
Elena de White, El camino a Cristo (Buenos Aires: ACES, 2014), pp.
67, 68.

13
Amistades para Dios

1. Ganar almas nos conduce a sentir la necesidad de una


experiencia espiritual más profunda.
2. Ganar almas nos conduce a suplicar a Dios hasta que
nuestra fe se fortalezca.
3. Ganar almas nos da una profundidad, estabilidad y
amabilidad semejantes a las de Cristo.
4. Ganar almas nos da percepciones espirituales claras,
una fe estable y creciente, y un acrecentado poder en
la oración.
Además de llevarnos más cerca de Dios, la bendición de
la testificación es doble: provee un medio para que otros
sean salvos y alimenta nuestras almas debilitadas.

La testificación y el corazón de Dios


La motivación para la testificación proviene de apre-
ciar la pasión de Dios por salvar a los perdidos. Ningún
capítulo de la Biblia ilustra mejor esto que Lucas 15. Aquí,
el autor evangélico corre la cortina para mostrar el cora-
zón de Dios y revela tres fotografías de su amor. Él es el
incasable pastor que busca la oveja perdida hasta que la
halla. Es la mujer triste quien, sobre sus rodillas, busca la
preciosa moneda perdida de su dote. Es el ansioso padre,
que escruta el horizonte esperando el regreso de su hijo
perdido., En cada relato, cuando se encuentra lo perdido,
hay un gozo tremendo. Todo el cielo se regocija cuando
los hombres y las mujeres aceptan la salvación que Cristo
compró en el Calvario.
En la primera historia, la de la oveja perdida, Jesús en-
seña tres lecciones significativas. Primera, el amor de Dios
busca con afán al perdido. Lucas 15:4 declara que el pastor
va por la oveja perdida. Dios nunca se cansa de buscar a
sus ovejas. Él no deja fácilmente que sus ovejas se pierdan.
Él procura encontrarlas dondequiera que estén vagando.
Con amor incansable, él las busca. Segunda, notamos que

14
¿Por qué testificar?

el pastor busca a la oveja hasta que la encuentra. El amor


de Dios persevera. No renuncia fácilmente. No podemos
cansarlo. Él nunca abandonará su búsqueda. En los tiem-
pos de Cristo, si un pastor del Antiguo Cercano Oriente
perdía una de sus ovejas, se esperaba que él devolviera el
rebaño con la oveja perdida, o con el cadáver del animal
perdido. Tenía que demostrar que él había hecho todo lo
posible para encontrarla. Cada oveja era valiosa para el
pastor. Él conocía su rebaño tan bien que se daba cuen-
ta de inmediato cuando faltaba una oveja. Para Cristo, no
somos una masa de humanidad sin identificación; somos
individuos creados a su imagen y redimidos por su gracia.
Finalmente, cuando encuentra la oveja perdida, el pas-
tor lo celebra. “Gozaos conmigo, porque he encontrado mi
oveja que se había perdido” (vers. 6). El buen pastor no des-
cansa hasta que encuentra su oveja perdida, y cuando la
encuentra, hay un gozo tremendo. Este tema del gozo es
consistente con todas las parábolas de Lucas 15. Cuando
encuentra la moneda perdida, la mujer exclama con gozo:
“Gozaos conmigo, porque he encontrado la dracma que
había perdido” (vers. 9). Cuando regresa el hijo pródigo, su
padre grita de gozo y prepara una fiesta (vers. 22-24). Cada
una de estas parábolas concluye dramáticamente con el
gozo de encontrar lo perdido. Aunque muchas cosas en-
tristecen a Dios y traen lágrimas a sus ojos, su corazón se
llena de gozo cuando nosotros participamos en la ganan-
cia de almas. Cuando nos unimos a él en esta búsqueda
franca de encontrar a los perdidos, su corazón se llena de
un gozo indescriptible.
¿Has pasado horas para encontrar un regalo apropiado?
Tal vez el que buscas es para un cumpleaños, un aniversa-
rio, o un regalo de Navidad. Cuando finalmente encuen-
tras el regalo perfecto, estás emocionado. Es apropiado
para la persona y el evento. Apenas puedes esperar para

15
Amistades para Dios

compartirlo. Con gran expectativa, llega el día, el regalo es


desenvuelto y esa persona especial queda encantada. Sin
premeditación, arroja sus brazos a tu alrededor y te dice:
“¡Muchísimas gracias!”
¿Quién tuvo la alegría mayor? ¿Tú o quien lo recibió?
Por supuesto, ambos quedan entusiasmados, pero hay
una satisfacción excepcional cuando damos algo valioso
a otra persona. Un presente generoso crea un lazo sólido y
singular entre las personas.
Cuando compartimos el regalo más precioso de todos,
Jesucristo, un gozo puro llena nuestros corazones. Hay
una satisfacción profunda en saber que hemos marcado
una diferencia eterna en la vida de alguien. Elena de Whi-
te describe esa experiencia en El camino a Cristo:
El más humilde y el más pobre de los discí-
pulos de Jesús puede ser una bendición para
otros. Pueden no darse cuenta de que están
haciendo algún bien especial, pero por medio
de su influencia inconsciente pueden derra-
mar bendiciones abundantes que se extiendan
y profundicen, y cuyos benditos resultados ja-
más se conocerán hasta el día de la recompen-
sa final. Ellos no sienten ni saben que están
haciendo alguna cosa grande. No se les exige
cargarse de ansiedad por el éxito. Sólo tienen
que seguir adelante con tranquilidad, hacien-
do fielmente la obra que la Providencia de Dios
indique, y su vida no será inútil. Sus propias al-
mas crecerán cada vez más a la semejanza de
Cristo; son colaboradores de Dios en esta vida,
y así se están preparando para la obra más ele-
vada y el gozo sin sombra de la vida venidera.3
3
Ibíd., pp. 70, 71.

16
¿Por qué testificar?

Sigue siendo una verdad eterna que “más bienaventu-


rado es dar que recibir” (Hech. 20:35).

Tu círculo de influencia
Piensa en alguien de tu esfera de influencia que podría
estar dispuesto a conocer más acerca de Jesús. Un hijo o
una hija, tal vez un cónyuge, un compañero de trabajo, un
vecino, o un amigo. Imagínate el rostro de esa persona, y
pídele a Dios que genere una oportunidad para que pue-
das conducir la conversación en una dirección espiritual.
No creas que tienes que crear una oportunidad si esta no
aparece. La misión es de Dios. Nosotros no creamos opor-
tunidades, él lo hace. Nuestra función es ser sensibles a
las oportunidades y cooperar con él para entrar por las
puertas que él abre.
Una historia que escuché recientemente ilustra el valor
de interesarse especialmente por alguien. Marilyn Hellen-
burg enseñaba Inglés en el Instituto Estatal Universitario
Kearney. Un semestre ella tuvo un estudiante llamado
Kwan. El día de comienzo de las clases, ella les pidió a los
alumnos que escribieran un breve párrafo acerca de ellos
mismos. Kwan escribió: “Pienso que Inglés es latoso. Mi en-
tretenimiento principal es molestar a los profesores ton-
tos, y los profesores de Inglés son los más tontos de todos”.
Kwan estuvo molestando toda la hora de la clase. No
le importaban en lo más mínimo los sentimientos de los
demás estudiantes. Mientras Marilyn oraba esa noche, se
sintió impresionada profundamente de que debía ver a
Kwan a través de los ojos de Dios. Él fue creado por Dios,
era valioso para él, y Dios lo amaba. Ella oró pidiendo que
ella pudiera ver a Kwan como lo veía Cristo.
A medida que el semestre avanzaba, la profesora He-
llenburg trató de todas las maneras posibles hacer que
Kwan se sintiera aceptado en la clase. Pero ninguno de

17
Amistades para Dios

sus intentos dio resultado. Él seguía con su beligerancia


y sus molestias.
Un día, antes de leer un poema, ella le anunció a la cla-
se: “Kwan, este poema te lo dedico a ti”. El poema era “Más
listo que tú”, escrito por Edwin Markham.

Él trazó un círculo y me dejó afuera:


Hereje, rebelde, despreciable.
Pero el Amor y yo tuvimos ingenio para ganar:
¡Trazamos un círculo que lo incluyó!

Un día, después de clase, Kwan se quedó para hacer una


pregunta: “¿Por qué no me deja tranquilo?” Antes de que
Marilyn pudiera responder, él siguió: “No puedo permitir
que la gente se acerque demasiado. Mi deporte es tratar de
herirlos antes de que me hieran a mí. He sido rechazado
tantas veces, que no lo soporto más”.
En su composición final, Kwan escribió: “Hay tres cla-
ses de profesores. Los que son interesantes pero tontos, lo
que son inteligentes pero aburridos, y los que son tanto
aburridos como tontos, como mi profesora de Inglés”.
Cuando Marilyn leyó esta composición final en la quie-
tud de su oficina, estalló en lágrimas. “Señor, he tratado de
alcanzar a este muchacho, y ya no puedo más. Mis esfuer-
zos han sido vanos. He gastado tanta energía emocional
en él; estoy exhausta”.
Al devolverle su trabajo final, ella le dijo un último pen-
samiento: “Kwan, yo no puedo jugar deportes mentales
contigo. Me intereso en ti porque Dios te creó. ¡Tú eres su
hijo!”. Sin más comentarios, ella se dio vuelta y entró en su
oficina, puso la cabeza entre las manos y comenzó a sollo-
zar. Unos momentos más tarde, alguien golpeó la puerta.
Era Kwan, que se había emocionado por ese corazón bon-
dadoso. Simplemente dijo: “Nadie nunca se había preocu-

18
¿Por qué testificar?

pado por mí; si esto tiene algo que ver con su Cristo, quiero
saber más de él”.
¿Qué marcó la diferencia? La profesora Marilyn He-
llenburg creía profundamente que cada uno de sus alum-
nos fue creado a la imagen de Dios y que tenían, a la vista
de él, un potencial ilimitado. Ella creía en el potencial de
Kwan, lo vio a través de los ojos de Cristo y oró por él.
La gente en crisis o transiciones a menudo está abierta
a las realidades espirituales. Tal vez se les diagnosticó una
enfermedad seria, experimentaron la ruptura de una rela-
ción o perdieron el trabajo. Estas encrucijadas presentan
oportunidades de dar un testimonio personal acerca de la
fidelidad de Dios, de compartir una promesa de su Palabra
u ofrecer una breve oración. Estos gestos sinceros edifi-
can amistades y, como siempre ha sido el caso, ganamos a
nuestros amigos para Cristo, no a nuestros enemigos. Pri-
mero ocurre una amistad, luego un compañerismo cris-
tiano y, finalmente, resulta un amigo adventista del sépti-
mo día. Cuando esa es la meta de tu vida, Dios te guía en
una jornada excitante de descubrir perdidos y conducirlos
a una relación de salvación con él.

19
Capítulo 2

EL PODER DEL
TESTIMONIO PERSONAL

P
epe fue criado en un hogar adventista del séptimo
día. Asistió a la iglesia durante toda su niñez, pero
durante su adolescencia se apartó. Aunque desarro-
lló una carrera exitosa como comerciante, algo faltaba
en su vida. Había una carencia en su alma, un vacío que
no se podía llenar con dinero o cosas. Ahora, al llegar a
los cuarenta años, estaba buscando algo más, algo mejor
que lo que tenía. Desafortunadamente, él no sabía qué
era eso.
Al percibir su lucha interior, su madre le dio un ejem-
plar del libro El camino a Cristo. Mientras leía el primer
capítulo, “El amor de Dios por el hombre”, el Espíritu Santo
tocó su corazón, y él comenzó a ver a Dios con nuevos ojos.
Aquí había alguien que lo amaba más de lo que alguna
vez había podido imaginar. Aquí había un Dios que mira-
ba más allá de sus faltas, sus pecados y los errores de su
vida pasada. Un Dios que satisfacía sus necesidades más
profundas. Por primera vez en su vida, el plan de salva-
ción llegó a ser real. Quebrantado por su vida descarriada,
descubrió perdón, gracia, y ausencia de condenación en la
Cruz. En pocas palabras, Pepe fue hecho un hombre nue-
vo en Cristo. La Biblia llegó a ser un testamento precioso

20
El poder del testimonio personal

del amor de Dios. La oración pasó a ser una conversación


significativa con un Amigo que se interesaba en él. Todo
era nuevo.
Aquí está lo maravilloso. Pepe no se podía quedar quie-
to con el gozo recién encontrado en Cristo. Lo compartió
con su esposa. Sus asociados en el trabajo notaron el cam-
bio, también, mientras contaba alegremente la historia
de su conversión. Cuando Cristo llena el corazón, la vida
cambia, y el convertido no puede guardar silencio. En rea-
lidad, el testimonio más significativo y más persuasivo en
favor del evangelio es una vida transformada.

El poder del testimonio personal


Hay un poder increíble en un testimonio personal.
Cuando una persona acepta a Cristo, su vida cambia dra-
máticamente, y la gente lo nota. Algunas conversiones
son repentinas e instantáneas. Sin duda, habrás oído de
conversiones sorprendentes: drogadictos que aceptan a
Cristo; alcohólicos transformados por la gracia; líderes
en el mundo de los negocios, materialistas y egocéntricos
transformados por el amor de Dios; o adolescentes rebel-
des convertidos. Pero, muy a menudo, el Espíritu Santo
obra suave y gradualmente sobre el corazón humano.
Muchos criados en hogares piadosos tienen preciosas
historias para contar. Aunque pueden nunca haberse re-
belado abiertamente contra Cristo, tampoco estuvieron
completamente entregados a él. El vacío de su corazón
percibe la obra del Espíritu Santo, y se entregan totalmen-
te a Dios. Estas conversiones silenciosas son exactamente
tan poderosas como las historias más dramáticas de con-
versión. Ninguno nace como cristiano porque, como nos
recuerda claramente Jeremías, “engañoso es el corazón
más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”
(Jer. 17:9). El apóstol Pablo repite como un eco la triste con-

21
Amistades para Dios

dición humana: “Por cuanto todos pecaron, y están desti-


tuidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:23).
Si consideramos que cada uno de nosotros es pecador
por naturaleza y por elección, todos necesitamos la gracia
de Dios. La conversión no es para unos pocos elegidos. Es
para todos. A esto sigue que toda persona salvada por la
gracia tiene su historia singular para contar. Tu historia
no es mi historia, y mi historia no es la tuya. Cada uno
de nosotros, redimidos por la gracia de Dios y encantados
por su amor, tiene un testimonio personal para compartir
con el mundo. Te puedes preguntar: “¿Qué hay tan notable
en mi testimonio?” Esta es una pregunta razonable, y la
respuesta involucra tu testimonio. La historia de tu con-
versión puede parecerte insípida, pero se conectará con
alguien que Dios pone en tu vida. Tu testimonio atraerá
a nuevos creyentes a la paz, el perdón y la certeza que has
experimentado.
La Biblia muestra que Dios actúa dramáticamente,
pero también describe un progreso diario de acercarse
cada vez más a Jesús. Elena de White describe hermosa-
mente este proceso de conversión en El camino a Cristo:
“Una persona puede ser incapaz de decir el tiempo o lugar
exactos, ni poder reconstruir toda la cadena de circuns-
tancias del proceso de su conversión; pero esto no prueba
que no se haya convertido”.1
Como Nicodemo, la experiencia de tu conversión puede
haber sido un proceso gradual, una suave insistencia del
Espíritu Santo. O, como el ladrón en la cruz, pude ser dramá-
tica, un cambio milagroso en un momento clave en tu vida.
Cualquiera fuera el caso, hay una historia para contar: una
historia de salvación gratuitamente ofrecida por Cristo. Su
poder para transformar vidas es un tema destacado en el

1
Elena de White, El camino a Cristo, p. 49.

22
El poder del testimonio personal

Nuevo Testamento, y cualesquiera que sean las circunstan-


cias, una vida nueva en Jesús es profunda y duradera.

Los primeros misioneros


Aquí están las preguntas para el acertijo bíblico de hoy:
¿a quién envió Jesús como su primer misionero? ¿Fue a
Pedro, o tal vez a Santiago y Juan? ¿Tal vez sea Tomás, Fe-
lipe, o alguno de los otros discípulos? La respuesta puede
sorprenderte. No fue ninguno de los nombrados arriba. El
primer misionero que Cristo comisionó fue un exposeído
por un demonio, transformado por su gracia. Este testigo
improbable tuvo un fuerte impacto en Decápolis, las diez
aldeas a la orilla oriental del Mar de Galilea. El endemo-
niado había estado poseído por un demonio durante años.
Aterrorizaba la región, metiendo miedo en el corazón de
los aldeanos locales. Pero, en lo profundo de su corazón,
tenía un anhelo de algo mejor, un ansia que todos los de-
monios del infierno no podían apagar.
A pesar de las fuerzas demoníacas que mantenían en
esclavitud a este pobre hombre, Marcos 5 registra que,
cuando vio a Jesús, “corrió, y se arrodilló ante él” (Mar.
5:6). La Biblia dice que este hombre estuvo atormentado y
poseído por una “legión” de demonios. De acuerdo con la
Biblia de Estudio con datos Arqueológicos, una legión era
“la mayor unidad militar en el ejército romano [...]. Una
legión completa consistía en unos seis mil soldados”.2 En
el Nuevo Testamento, el término representa un número
grande, enorme. Jesús nunca perdió una batalla con los
demonios, no importa cuántos fueran. Cristo es nuestro
Señor victorioso y todopoderoso. Las fuerzas del infierno
tiemblan cuando se acerca el Rey del universo.

2
NIV Archaeological Study Bible [Biblia de estudio arqueológica, Nue-
va Versión Internacional] (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2005), p. 1.633.

23
Amistades para Dios

Una vez que el endemoniado fue liberado, lo encontraron


“sentado, vestido y en su juicio cabal” (Mar. 5:15). ¿De dónde
consiguió la ropa? Es posible que los discípulos compartie-
ran sus mantos exteriores con él. Ahora estaba atento, sen-
tado a los pies de Jesús, escuchando sus palabras, ansioso
de verdades espirituales. Estaba íntegro física, mental, emo-
cional y espiritualmente. Su único deseo ahora era seguir a
Jesús. Él anhelaba llegar a ser uno de los discípulos de Jesús.
En el versículo 18 de Marcos 5, el evangelio registra que
“le rogaba” a Jesús que le permitiera entrar en la barca y
viajar con él. Rogaba es una palabra fuerte. Indica un deseo
apasionado. El vocablo original puede ser traducido tam-
bién como imploraba, suplicaba, o clamaba. Es algo lleno de
emoción. Es pedir con intensidad. Es una insistencia persis-
tente. El endemoniado transformado deseaba solo una cosa:
estar con aquel que lo había librado de las garras del malig-
no. Podía cantar con el autor cristiano: “Sublime gracia [...].
Mis cadenas rompió, así me libertó”.3
La respuesta de Jesús a la conversión del endemoniado
es sorprendente. Jesús sabía que el endemoniado, converti-
do, transformado, podía hacer más en esa región que él o
sus discípulos. El prejuicio contra Cristo era grande en esta
región gentil, y los ciudadanos estarían tal vez más dispues-
tos a escuchar a uno de ellos, especialmente a alguien con
la reputación de este endemoniado. Aunque las personas
se pueden alejar de la enseñanza bíblica más explícita, es
mucho más difícil resistir al testimonio de una vida trans-
formada. Cristo sabía que, después de que los habitantes de
Decápolis oyeran el testimonio del endemoniado transfor-
mado, ellos estarían listos para recibir su mensaje cuando él
volviera más tarde.

3
Stan Roto Walker, David Prichard-blund, Christ Tomlin y Louie Gi-
glio, “Amazing Grace” [Sublime gracia].

24
El poder del testimonio personal

Y así, Jesús dijo: “Vete a tu casa, a los tuyos, y cuéntales


cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha te-
nido misericordia de ti” (Mar. 5:19). La respuesta del hombre
fue inmediata. Él “se fue, y comenzó a publicar en Decápolis
cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se ma-
ravillaban” (vers. 20). La palabra griega que se tradujo como
“publicar” es kerysso, y puede ser traducida como “procla-
mar” o “pregonar”. En el breve tiempo que el endemoniado
pasó con Jesús, su vida fue transformada tan radicalmente,
que él tenía una historia para contar. Tenía un testimonio
para dar. Tenía una experiencia increíble para compartir.
Solo podemos imaginar el impacto de su testimonio sobre
los miles de habitantes en la región de Gadara.4 Cuando Je-
sús regresó unos nueve o diez meses más tarde, la mente de
los habitantes de esta población mayormente gentil estaba
lista para recibirlo.
Esta historia enseña una verdad eterna que no debe ser
pasada por alto. No debería ser ensombrecida por la con-
versión dramática, milagrosa, sensacional y un tanto dra-
mática del endemoniado. Cristo desea usar a todos los que
vienen a él. El endemoniado no tuvo la ventaja de pasar
tiempo con Jesús, como la tuvieron los discípulos. No tuvo
la oportunidad de escuchar sus sermones o presenciar sus
milagros, pero tuvo el ingrediente indispensable para expe-
rimentar una vida transformada: el conocimiento personal
del Cristo viviente. Tenía un corazón lleno de amor por su
Señor. Esta es la esencia de la testificación del Nuevo Tes-
tamento. Como lo declara apropiadamente Elena de White:
Nuestra confesión de su fidelidad es el agen-
te escogido por el Cielo para revelar a Cristo al
mundo. Debemos reconocer su gracia como fue
Elena de White, El Deseado de todas las gentes (Buenos Aires: ACES,
4

2014), pp.306-308.

25
Amistades para Dios

dada a conocer por los santos de antaño; pero


lo que será más eficaz es el testimonio de nues-
tra propia experiencia. Somos testigos de Dios
mientras revelamos en nosotros mismos la obra
de un poder divino. Cada persona tiene una vida
distinta de todas las demás, y una experiencia
que difiere esencialmente de la suya. Dios desea
que nuestra alabanza ascienda a él marcada por
nuestra propia individualidad. Esos preciosos
reconocimientos para alabanza de la gloria de su
gracia, cuando están respaldadas por una vida
semejante a la de Cristo, tienen un poder irresis-
tible que obra para la salvación de las almas.5
Los creyentes del Nuevo Testamento testificaron de
Cristo por medio de la singularidad de sus propias perso-
nalidades. Sus encuentros distintivos con Cristo los lleva-
ron a compartirlo con entusiasmo con otros. Las circuns-
tancias de sus conversiones pueden haber sido diferentes,
pero los resultados fueron los mismos: corazones trans-
formados por el amor de Dios. Cuando Cristo cambia tu
vida y eres transformado por su gracia, no puedes guardar
silencio. Lleno del amor de Cristo, Juan, el discípulo ama-
do, testifica: “Lo que era desde el principio, lo que hemos
oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos
contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo
de vida (porque la vida fue manifestada, y la hemos vis-
to, y testificamos, y os anunciamos la vida eterna)” (1 Juan
1:1, 2). Aquí está lo que Juan quiere decir: los discípulos no
estaban proclamando algo teórico. Estaban compartiendo
a un Cristo a quien conocían personalmente, el Cristo de
las relaciones. Su encuentro personal con el Cristo viviente
era el poder de la testificación del Nuevo Testamento.
5
Ibíd., p. 313.

26
El poder del testimonio personal

Considera la experiencia de las mujeres que fueron a


la tumba para embalsamar el cuerpo de Cristo. Lo último
que habían visto de Jesús era su cuerpo sangriento que
fue bajado de la Cruz. Piensa en la desesperación y chas-
co que deben haber experimentado en ese momento. Las
horas del sábado deben haber sido las más miserables que
alguna vez hubieran pasado. Con sus propios ojos, habían
visto sus sueños destrozados.
Ahora, con corazones temerosos y ansiosos por el fu-
turo, fueron hacia la tumba, esperando poder pasar más
allá de la guardia romana y ungir el cuerpo de su Señor.
Todavía no tenían idea de cómo moverían la roca que ta-
paba la entrada a la tumba, pero de alguna manera su
temor no paralizó su fe. No sabían cómo ocurriría, pero
creían que la piedra sería quitada. Sencillamente hacían
lo que se necesitaba hacer y confiaban que Cristo bende-
ciría su misión.
Al llegar a la tumba, se sorprendieron. Los soldados ro-
manos no estaban, no se los veía por ninguna parte. La
piedra había sido quitada y, para su sorpresa, la tumba
estaba vacía. Sobresaltadas por un ser angélico, queda-
ron mudas, escuchando su anuncio: “Ha resucitado [...]. Id
pronto y decid a sus discípulos” (Mat. 28:6, 7). El registro
afirma: “Entonces ellas, saliendo del sepulcro con temor y
gran gozo, fueron corriendo a dar las nuevas a sus discípu-
los” (vers. 8). Y mientras corrían para contar su historia, el
Señor resucitado se encuentra con ellas y exclama: “¡Sal-
ve! [...] id, dad las nuevas a mis hermanos, para que vayan
a Galilea, y allí me verán” (vers. 9, 10). Como ven, las buenas
noticias son para compartir. Los corazones llenos de la
gracia de Dios y encantados con su amor no pueden guar-
dar silencio. En la presencia del Cristo resucitado, la tris-
teza se cambia en gozo. Sus corazones rebozan de alegría.
No pueden esperar para contar la historia de su Señor re-

27
Amistades para Dios

sucitado. Han sido transformadas para siempre. El Cristo


resucitado se les ha aparecido, y ellas tienen que contar
la historia. Desde ese momento en adelante, el tema re-
currente en el Nuevo Testamento es el de la testificación.
Los apóstoles y los discípulos testificaron acerca del Cris-
to que habían conocido, y a quien habían experimentado
personalmente.
No eran testigos falsos. Suponte que fueras llamado a
un tribunal legal como testigo de algún accidente o cri-
men. Supongamos, además, que no estuviste presente en
la escena e inventaste una historia para ayudar a un ami-
go. Podrían mandarte en la cárcel por mentir ante el juez.
El juez y el jurado solo están interesados en testigos que
hayan experimentado personalmente los eventos. Quie-
ren testigos genuinos y no impostores.
Solo el cristianismo auténtico y genuino puede captar
la atención de esta generación. A menos que tengamos
una experiencia real y personal con Jesús, nuestra testi-
ficación caerá en oídos sordos. No podemos compartir un
Cristo que no conocemos.
Pedro, Juan y otros creyentes del Nuevo Testamento
hablaron con convicción desde corazones convertidos:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y
oído” (Hech. 4:20). Antes de la Cruz, Pedro era un discípulo
vacilante, aunque seguro de sí mismo. Después de la cru-
cifixión y la resurrección de Cristo, fue un hombre trans-
formado. Antes de la Cruz, Juan era uno de “los hijos del
trueno”, un joven impetuoso y obstinado. Después de la
resurrección, él también fue un hombre transformado, y
que contaba la historia de la gracia transformadora.
La verdad del poder de la gracia transformadora nos
presenta un punto importante. Nuestro testimonio no se
centra en nuestra bondad o maldad anteriores a nuestro
encuentro con Jesús. Es todo acerca de Jesús. Es acerca de

28
El poder del testimonio personal

su amor, su gracia, su misericordia, su perdón y su poder


eterno para salvar. El apóstol Pablo nunca se cansaba de
testificar acerca de lo que Cristo había hecho por él, pero
no se concentraba en cuán malo era. Se concentraba en
cuán bueno era Dios. Él se regocijaba en las buenas noti-
cias del evangelio. Se dice que un renombrado predicador
dijo que el evangelio “le dice a los hombres rebeldes que
Dios está reconciliado; que la justicia ha sido satisfecha;
que el pecado ha sido expiado; que el juicio de los culpables
puede ser revocado, cancelada la condenación del pecador,
borrada la maldición de la ley, cerradas las puertas del in-
fierno, abiertos de par en par los portales del cielo, some-
tido el poder del pecado, sanada la conciencia culpable,
consolado el corazón quebrantado, deshecha la tristeza y
la miseria de la caída”.6
La esencia de todos los testimonios del Nuevo Tes-
tamento es la buena nueva de la salvación por la gracia
tan libremente ofrecida en Cristo. El apóstol Pablo nos
amonesta a mirar a Jesús, “el autor y consumador de la
fe” (Heb. 12:2). ¿Qué vemos cuando lo miramos a él? Vemos
al Jesús que nos redimió. Él perdonó nuestros pecados. Él
nos quitó la culpabilidad. Él silenció la voz acusadora en
nuestra mente. Vemos al Jesús que le dijo a la mujer halla-
da en adulterio: “Vete, y no peques más” (Juan 8:11). Vemos
al Jesús que le dijo al ladrón moribundo: “Estarás conmigo
en el paraíso” (Luc. 23:43). Vemos a Jesús, muriendo en la
Cruz, clamando al Padre: “Perdónalos, porque no saben
lo que hacen” (vers. 34). Vemos al Jesús que transformó a
Pedro de un pescador fanfarrón en un poderoso predica-
dor. Vemos al Jesús que libertó a los endemoniados de su
esclavitud. Vemos al Cristo, suficiente para todo, que nos

6
A. B. Simpson, The Christ of the 40 Days [El Cristo de los 40 días]
(New Kensington, PA: Whitaker House, 2014), p. 58.

29
Amistades para Dios

libra tanto de la penalidad como del poder del pecado. En


él tenemos paz, libertad y esperanza.
Este encuentro personal con Cristo es el que nos cam-
bia de espectadores pasivos a testigos activos. La gracia
transformadora de Dios es la que brilla desde nuestras vi-
das para iluminar la oscuridad de este mundo. El amor que
fluye de la cruz del Calvario rebosa en nuestro corazón,
hacia otros. Las buenas nuevas son para compartir. Como
declara Elena de White en El camino a Cristo: “Cuando el
amor de Cristo es atesorado en el corazón, al igual que la
dulce fragancia no puede ocultarse. Su santa influencia
será percibida por todos aquellos con quienes nos relacio-
nemos. El espíritu de Cristo en el corazón es semejante a
un manantial en un desierto, el cual fluye para refrescarlo
todo y despertar, en los que ya están por perecer, ansias
de beber del agua de la vida”.7 El agua de vida ha saciado
nuestra alma sedienta y no podemos seguir en silencio.
Tenemos una historia que contar, un testimonio que dar y
un mensaje que compartir.
¿Ha transformado Cristo tu vida? ¿Has experimentado
personalmente su abundante gracia? ¿Estás asombrado
por su amor? ¿Por qué no le pides que te guíe a una aven-
tura en misión? Será el viaje más excitante de tu vida. Hay
alguien en tu esfera de influencia que él puede alcanzar
por medio de ti. Puede ser un miembro de tu familia, un
compañero de trabajo, un amigo o una persona que has
conocido, pero si tu vida está abierta a la influencia del Es-
píritu Santo, te emocionarás por las oportunidades que se
presentarán. Las puertas se abrirán milagrosamente. ¿Por
qué no pasar unos minutos, ahora mismo, para considerar
el increíble amor de Cristo por ti? Pídele que traiga a tu
vida alguien con quien compartir su amor.

7
White, El camino a Cristo, pp. 65, 66.

30
Capítulo 3

VER A LAS PERSONAS


CON LOS OJOS DE JESÚS

M
e encontré con Enrique una tarde hace más de
cuarenta años en un pequeño pueblo del nores-
te de Massachusetts, Estados Unidos. Estaba
visitando a la gente de puerta en puerta, animándolos a
estudiar la Biblia. Enrique expresó interés en estudios bí-
blicos futuros y me invitó a regresar la semana siguiente.
Al comenzar con las lecciones semanales, Enrique dejó en
claro una cosa: aquel era su hogar y él haría lo que quisie-
ra durante nuestros estudios bíblicos. A menudo, durante
las primeras jornadas, Enrique encendía un cigarrillo. A
veces, bebía su cerveza favorita. Si alguna vez hubo un in-
teresado en estudiar la Biblia que parecía que difícilmente
respondería, ese era Enrique. No obstante, en lo profundo
de su corazón, anhelaba algo mejor. Al avanzar con los es-
tudios, el Espíritu Santo actuó en forma poderosa en su
vida. Llegó el día en que abandonó el cigarrillo y la bebida.
Después de algunos meses, aceptó las verdades de las Es-
crituras, comenzó a asistir a la iglesia y con el tiempo fue
bautizado. Durante años, Enrique permaneció como un
fiel cristiano adventista del séptimo día. Jesús a menudo
nos sorprende, y los interesados más improbables llegan a
ser los cristianos más comprometidos.

31
Amistades para Dios

El tema de este capítulo, ver a las personas con los ojos


de Jesús, se concentra en la importancia de ver a todos
como alcanzables para Cristo, no importa sus circunstan-
cias. Jesús veía a la gente no como era, sino como podía
llegar a ser, refinada y ennoblecida por su gracia. Veía
su potencial para el Reino de Dios. Percibía los anhelos
divinos en el corazón de cada persona. Creía que ningu-
no estaba más allá de la gracia de Dios. Jesús no miraba
simplemente a las personas; percibía sus necesidades, sus
tristezas y sus anhelos más profundos.
Cuando vemos a las personas con los ojos de Jesús, las
vemos como alcanzables para Cristo porque fueron crea-
das a su imagen. A pesar de las circunstancias de sus vi-
das, ellas tienen un deseo interior de conocerlo. Este deseo
estaba presente en la mujer samaritana, el eunuco etíope,
el ladrón en la cruz, el centurión romano y una hueste de
otros buscadores del Nuevo Testamento. Hay un vacío en
el alma sin Cristo. Hay una aridez de espíritu sin Jesús. La
vida tiene poco sentido aparte de él. Él es el Pan de Vida
que satisface nuestro corazón hambriento. Él es el Agua
de Vida que apaga la sed de nuestra sedienta alma. Él es la
Roca sólida que forma el fundamento de nuestra fe. Él es
la Luz que ilumina nuestra oscuridad. Él es quien nos lle-
va de la desesperación a las delicias del discipulado. Él es
el omnipotente y todopoderoso Hijo de Dios, quien puede
transformar radicalmente cualquier vida.
Reconocer esta verdad eterna nos capacita para ver a
las personas con nuevos ojos. Tanto si ellas lo perciben o
no, tienen un vacío con la forma de Dios en su vida. Más
allá de sus necesidades autopercibidas, tienen un anhelo
eterno de conocer a Dios, un hambre oculta en el alma que
solo Dios puede satisfacer. Los hombres y las mujeres del
siglo XXI están desfalleciendo de hambre por falta del co-
nocimiento de Dios.

32
Ver a las personas con los ojos de Jesús

Es el plan de Dios que cada uno de nosotros aproveche


las oportunidades que nos rodean y conduzcamos a nues-
tros amigos a Jesús. Muchas personas nunca irán a su en-
cuentro, a menos que las llevemos a él. En el Nuevo Tes-
tamento, más de la mitad de los milagros de curación que
hizo Jesús fue hecha para personas que fueron llevadas a
él por otra persona. Dios se deleita en usar a las personas
para alcanzar a otras personas.
A veces, nuestro prejuicio se interpone en el camino de
nuestra testificación. Nuestras ideas preconcebidas acer-
ca de los otros limitan nuestra capacidad de alcanzarlos.
Pero no pienses que la gente que te rodea no tiene interés
en cosas espirituales. Pon ese mito a un lado y compren-
de que la gente está interesada genuinamente en asuntos
espirituales. Como Jesús, considera a la gente como alcan-
zable, y ve cómo responden al Espíritu Santo.

Jesús sana al ciego en Betsaida


Para comprender mejor la idea de considerar a las perso-
nas como “ganables”, consideremos la curación en dos eta-
pas que hizo Jesús en favor del ciego en Betsaida. Primero,
es importante notar la ubicación de esta sanación. Aunque
se debate sobre la ubicación exacta, se cree que Betsaida se
encontraba en la orilla norte del Mar de Galilea. La ciudad
se menciona con frecuencia en los evangelios, junto con Je-
rusalén y Capernaum. Allí fue donde Jesús llamó a Felipe,
Pedro y Andrés para que fueran sus discípulos. El nombre
Betsaida se traduce como “casa o morada de peces”. Jesús
llamó a sus primeros discípulos en una aldea pesquera a
orillas del Mar de Galilea, precisamente, para ser pescado-
res de hombres. Y, en la curación del ciego de Betsaida, Je-
sús revela compasión por el sufrimiento humano.
En Marcos 8:22, la narración evangélica registra: “Vino
luego a Betsaida; y le trajeron un ciego, y le rogaron que le

33
Amistades para Dios

tocase”. Nota que el hombre fue llevado por sus amigos.


Siendo ciego, no podría haber encontrado a Jesús por sí
mismo. Deambulando en la oscuridad, él no tendría idea
de en qué dirección ir. Hoy, muchas personas están en la
misma situación, vagando en oscuridad espiritual, y nece-
sitan que alguien los guíe a Jesús. Lo segundo que hay que
notar acerca de este texto es que los amigos de este ciego
“rogaron” a Jesús que lo sanara. La palabra griega tradu-
cida “rogaron”, parakaleo, es una palabra fuerte. Significa
pedir con pasión, suplicar fervientemente, o apelar con vi-
gor. Los ganadores de almas exitosos ven a las personas
como alcanzables (“ganables”) y cooperan con el Espíritu
Santo al llevarlos a Jesús.
Jesús sanó a este ciego en dos etapas por razones im-
portantes. Dado que es la única vez en los evangelios que
el milagro de Jesús no fue instantáneo, debe haber algu-
na significación especial en este milagro que no se ve en
otros lugares de las Escrituras. Primero, un estudio cui-
dadoso de los detalles de la historia revela la preocupa-
ción especial de Jesús por las personas. ¿Has salido de una
habitación oscura a otra con luz muy fuerte? Por un mo-
mento, quedaste ciego. Tomó un tiempo para que tus ojos
se acomodaran a la luz si habías estado en la oscuridad. Si
fueras ciego, el brillo repentino de la luz afectaría aún más
tus ojos. Jesús sanó al hombre en dos etapas de modo que
sus ojos se ajustaran gradualmente a la luz. Jesús está lle-
no de gracia. Él comprende nuestra condición y ministra
con todo amor nuestras necesidades.
Además de su compasión por este ciego, puede ser que
Jesús estaba enseñando lecciones más profundas a sus
discípulos con respecto a la testificación efectiva. Él de-
seaba que ellos reconocieran que había muchas personas
necesitadas alrededor de ellos, las cuales se abrirían al
evangelio si se atendieran primero sus necesidades físi-

34
Ver a las personas con los ojos de Jesús

cas. El método de Cristo de ganar almas era atender las


necesidades percibidas de las personas de modo que sus
mentes se abrieran a las realidades divinas.
Cuando compartimos la luz de la verdad de Dios con
nuestros amigos, es bueno recordar que “la senda de los
justos es como la luz de la aurora, Que va en aumento
hasta que el día es perfecto” (Prov. 4:18). Así como el sol
se levanta gradualmente, dispersando la oscuridad, así la
luz de la verdad de Dios gradualmente ilumina nuestras
mentes hasta que caminamos a su luz plena. Sin embargo,
la luz puede tanto enceguecer como iluminar. Recordarás
que Jesús les dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas co-
sas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero
cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la
verdad” (Juan 16:12, 13). Un principio eterno de la ganan-
cia de almas es revelar la verdad bíblica gradualmente, no
más rápido de lo que las personas puedan captarla. Jesús
entendió este principio y, en la curación en dos etapas de
este ciego, dejó a sus discípulos un ejemplo vívido de cómo
presentar la verdad.
También es posible que Jesús deseara revelar a sus
seguidores que cada uno de nosotros necesita un segun-
do toque. Demasiado a menudo estoy parcialmente cie-
go. Veo a la gente como “árboles, pero los veo que andan”
(Mar. 8:24). Cuando el Espíritu Santo haga caer las esca-
mas de nuestros ojos, veremos claramente a quienes nos
rodean. En forma significativa, Marcos nota que Jesús
“le puso otra vez las manos sobre los ojos, y le hizo que
mirase; y fue restablecido, y vio de lejos y claramente a
todos” (vers. 25). La palabra griega traducida “claramente”
es telaugos, que se traduce mejor como “radiantemente” o
“a plena luz”. Cuando Cristo sana nuestra ceguera espiri-
tual, vemos a los demás como Cristo los ve a la plena luz
de su amor.

35
Amistades para Dios

El segundo toque es la unción del Espíritu Santo, de


modo que veamos a todos los seres humanos como alcan-
zables para Cristo. Cada individuo es un candidato para el
Reino de Dios. Todos son ciudadanos potenciales del cielo.
Por medio de la cruz del Calvario, Jesús ha redimido a toda
la humanidad. Nuestro rol es compartir esta maravillosa
gracia de modo que la gente pueda aceptar la salvación
que él ofrece gratuitamente. Dado que Cristo ve a toda la
humanidad a través de los ojos de la compasión divina, él
nos invita a verlos a través de las lentes de su gracia.

Jesús ministra a la mujer samaritana


Con divina compasión, a través de los lentes de la gra-
cia, Jesús vio a la mujer samaritana. La animosidad entre
los judíos y los samaritanos en esa época era muy alta, y la
mujer era una candidata muy poco probable para el Reino
de Dios. Intencionalmente, Jesús eligió su ruta a través de
Samaria, el camino más directo de Jerusalén a Galilea. Por
causa de su aversión a los samaritanos, los judíos evitaban
ese camino. Regularmente tomaban la ruta más larga y
con muchas vueltas a través del valle del Jordán. Juan 4:4
afirma que a Jesús “le era necesario pasar por Samaria”.
No perturbado por la intolerancia de los judíos, él “nece-
sitaba” ir a Samaria porque tenía una cita divina junto al
pozo con una mujer samaritana, una cita que marcaría
una diferencia eterna en la vida de ella.
Jesús deseaba quebrantar los muros de prejuicio entre
los judíos y los samaritanos. Él quería mostrarles a sus dis-
cípulos que los samaritanos estaban abiertos al evangelio.
Observó a esta mujer afligida a través de los ojos de la com-
pasión divina, notando que ella venía al pozo al mediodía,
la parte más calurosa del día. La hora del mediodía era ex-
traña para ir a sacar agua. Las mujeres de la aldea iban en
las primeras horas de la mañana. Allí se reunían, sociali-

36
Ver a las personas con los ojos de Jesús

zando mientras sacaban agua para el día. Evidentemente,


esta mujer quería evitar a las otras mujeres, prefiriendo no
escuchar sus comentarios acerca de su estilo de vida.
Probablemente ella se sentía avergonzada. Su vida li-
cenciosa la convertía en paria. Era bien conocida y quería
evitar el contacto tanto como le fuera posible. Su único
deseo era recoger rápidamente el suministro de agua que
necesitaba y volver a su casa. Preocupada por su misión,
se sorprendió de ver a este judío galileo extraño junto al
pozo. Más sorprendida quedó cuando él le habló. Los ju-
díos no tenían trato con los samaritanos, y cuando Jesús
le pidió un favor, ella no pudo rehusarse a concederlo. En
las tierras áridas del Cercano Oriente todavía se cree que
el agua es un don de Dios. Negar un vaso de agua a un
viajero cansado es una ofensa contra el Todopoderoso.
Suavemente, aunque en forma imperceptible, Jesús
derribó las barreras de prejuicio que los separaban. Ganó
la confianza de ella, y luego apeló directamente a sus an-
helos interiores, de estar libre de culpabilidad y gozar la
promesa de vida eterna. Ella reconoció a Jesús como un
hombre justo, aceptando que él era más que un maestro
religioso. Mientras el Espíritu Santo despertaba impulsos
divinos dentro de su alma, ella sintió que Jesús tenía que
ser el Mesías (vers. 11, 15, 19, 25).
Entusiasmada por este encuentro casual, ella se ol-
vidó de la razón de su ida al pozo y corrió para contar
la historia de su conversación con Cristo. Su testimo-
nio produjo un reavivamiento espiritual en toda la zona
(vers. 39-41). Cuando los discípulos regresaron de su ex-
cursión para comprar alimentos, Jesús les dijo que los
samaritanos estaban abiertos y receptivos al evangelio.
Para los discípulos, esto era casi increíble y, como es fácil
de conjeturar, lo mismo ha permanecido como un desa-
fío para cada generación. La naturaleza humana no está

37
Amistades para Dios

inclinada a creer que Dios puede manifestarse a todos


los pueblos y todas las culturas. Pero mantén tus ojos
abiertos y verás la operación providencial del Espíritu
Santo en la vida de aquellos que quizá tú no esperarías
que recibieran el evangelio (vers. 35-38). A menudo hay
personas a tu alrededor que están abiertas a las buenas
nuevas de la salvación.

Recoger fresas y ganar almas


La idea de que el evangelio es para todas las personas
está hermosamente ilustrada por un sueño fascinante
dado a Elena de White. La noche del 29 de septiembre de
1886, ella tuvo un sueño acerca de cosechar fresas y ganar
almas.1 Junto con un grupo grande de jóvenes, fueron en
un carruaje a un lugar donde había matorrales de un tipo
de arándanos. Esas pequeñas frutas son rojas o azul oscu-
ro y son bastante deliciosas. Además, son saludables, pues
tienen muchos antioxidantes.
Elena notó los arbustos llenos de frutas cerca del ca-
rruaje y comenzó a recogerlas. Pronto había llenado dos
baldes. Los otros del grupo se esparcieron por todas par-
tes y volvieron después de un tiempo con los baldes va-
cíos. Ella los reprendió, diciendo que habían estado bus-
cando las frutas lejos del carro cuando cerca de él había
muchas; las habrían visto si hubieran abierto sus ojos. El
mensajero celestial impresionó su mente con la idea de
que su sueño contenía una lección vital acerca de ganar a
otros para Cristo. Ella explicó el significado del sueño con
estas palabras: “Deben ser diligentes, recoger primero la
fruta que esté más cerca, y luego buscar la que está más
lejos; después pueden volver y trabajar de nuevo cerca, y

1
Elena de White, Servicio cristiano (Buenos Aires: ACES, 2014), pp.
59-62.

38
Ver a las personas con los ojos de Jesús

así tendrán éxito”.2 A la luz de este consejo, pide a Dios que


te dé ojos iluminados divinamente para ver a la gente en
tu esfera de influencia, gente lista para recibir la verdad
de Dios.

Comienza donde estás


Jesús animó a sus discípulos a comenzar a compartir el
evangelio donde se encontraban. No hay mejor lugar para
comenzar que el lugar donde estás. Los discípulos debían
compartir el evangelio primero en Jerusalén, Judea y Sama-
ria; y luego hasta lo último de la tierra. Hay personas alre-
dedor de nosotros que buscan la paz y el propósito que solo
Cristo puede dar. Jesús nos invita a comenzar a compartir
su amor en nuestras familias, nuestro vecindario, y nues-
tro lugar de trabajo, así como en nuestras comunidades.
Andrés comenzó con su propia familia y compartió el
evangelio con su hermano Pedro. En otra ocasión, desarro-
lló una amistad con un niñito. Ganó su confianza y, cuando
hubo una necesidad, este muchachito le dio su almuerzo.
Andrés, a su vez, se lo dio a Jesús, quien realizó el milagro
de alimentar a cinco mil personas. Poco, en las manos de
Jesús, es mucho; y lo pequeño, en sus manos, es grande. Je-
sús siempre comienza con lo que él tiene. Alimentó a cinco
mil personas en las colinas de Galilea con solo cinco panes
y dos peces. Andrés no era tan extrovertido como Pedro.
No tenía las mismas cualidades de liderazgo, pero conecta-
ba a las personas con Jesús. Cada vez que leemos acerca de
Andrés, lo encontramos presentando a alguien a Jesús. En
Juan 12, cuando unos griegos deseaban ver a Jesús, Andrés
y Felipe los condujeron al Salvador.
Los evangelios están llenos con historias de cómo Je-
sús compartía el amor de Dios con una persona a la vez.

2
Ibíd., p. 62.

39
Amistades para Dios

Un escriba judío, un recolector de impuestos romanos,


una mujer cananea, un líder religioso judío y un joven la-
drón, todos experimentaron su amante toque. La gracia
de Dios los transformó.
Piensa acerca de tu esfera de influencia. ¿Con quién
podrías compartir el amor de Dios? ¿Quién de tu familia
o de entre tus amigos podría ser receptivo al evangelio?
Comienza allí y pídele a Dios que te impresione con aque-
llos que lo están buscando a él. Los resultados pueden sor-
prenderte. Él abrirá puertas de oportunidad para compar-
tir con aquellos que pensaste que nunca serían receptivos.

40
Capítulo 4

INTERCEDER POR
OTROS

C
uando mi madre católica y mi padre protestante se
casaron, él le prometió al sacerdote que educaría a
sus hijos en la fe católica. Sin embargo, ocurrió que
Dios tenía otros planes. Mi padre trabajaba en el turno no-
che en una fábrica que producía engrampadoras, pareci-
das a las que se usan en las oficinas y las escuelas. El jefe
del turno diurno, Al Lyons, era adventista del séptimo día
y, con los años, desarrollaron una estrecha amistad. Cada
tardecita, cuando papá se presentaba a Al para saber cuáles
eran las prioridades para el turno de la noche, Al compar-
tía su fe con él. Después de dos años de intensos estudios
bíblicos con Al y otros, papá fue bautizado en la Iglesia Ad-
ventista del Séptimo Día. De inmediato, comenzó a orar por
su familia, y Dios respondió sus oraciones de una manera
notable. Unos pocos años más tarde, yo fui bautizado, y con
el tiempo siguieron mi madre y mis hermanas.
Desde el comienzo, las oraciones de mi padre por su
familia nunca cesaron. Cincuenta años más tarde, la ima-
gen de mi padre sobre sus rodillas, orando por mí, todavía
está vívida en mi mente. Papá amaba a su familia, y quería
que todos sus miembros estuviéramos juntos en el cielo.
Era un ferviente guerrero de oración.

41
Amistades para Dios

La oración es un arma poderosa


En el gran conflicto entre el bien y el mal, la oración
intercesora es un arma poderosa (2 Cor. 10:4, 5). No es me-
ramente una trivialidad piadosa para hacernos sentir
cálidos por dentro. Como dice Elena de White, “orar es el
acto de abrir nuestro corazón a Dios como a un amigo”.1 Es
compartir con él tus gozos y tristezas, luchas y victorias,
sueños y chascos. En la oración nos conectamos con Dios
en el nivel más profundo. Por medio de la intercesión, en-
tramos en la guerra espiritual y rogamos al Todopoderoso
por la salvación de las personas que amamos. En esos mo-
mentos tranquilos de oración, nuestro corazón se enlaza
con el corazón de Dios. Por medio de la oración, Dios nos
da la sabiduría para alcanzar a quienes nos rodean, y por
medio de la oración el Espíritu Santo actúa poderosamen-
te para influir en su vida.
Dios está haciendo todo lo que puede para alcanzar a
la gente sin nuestras oraciones, pero está lleno de gracia
y nunca viola su libertad de elección. Sin embargo, nues-
tras oraciones pueden marcar una diferencia, porque hay
reglas básicas en el conflicto entre el bien y el mal. Una de
las leyes eternas del universo es que Dios ha dado a cada
ser humano la libertad de elección. Todos los demonios del
infierno no pueden obligarnos a pecar, y todos los ángeles
del cielo nunca nos forzarían a hacer lo recto. Dios ha de-
cidido autolimitarse y respetar nuestras elecciones. Él no
usa la fuerza para motivar nuestro servicio a él.
Cuando intercedemos por alguien, permitimos a Dios
actuar de maneras que él no podría usar si no oráramos.
En el conflicto cósmico entre las fuerzas del cielo y las le-
giones del infierno, Dios honra nuestra libertad de elec-
ción de orar por otros al obrar poderosamente en favor de

1
Elena de White, El camino a Cristo, p. 79.

42
Interceder por otros

ellos. Él nunca fuerza la voluntad, pero envía su Espíritu


para actuar sobre sus corazones de maneras más podero-
sas. Él envía ángeles celestiales de los mundos distantes
para rechazar las fuerzas del infierno para que la persona
por la que estamos orando tenga una mente clara para to-
mar una decisión correcta. Bajo la inspiración del Espíri-
tu Santo, Elena de White declara la eficacia de la oración
intercesora en esta declaración notable: “Los ángeles mi-
nistradores esperan junto al trono para obedecer instan-
táneamente el mandato de Jesucristo de contestar cada
oración ofrecida con fe viva y fervorosa”.2
Mientras nuestras oraciones ascienden al trono de Dios,
Jesús comisiona ángeles celestiales para descender ins-
tantáneamente a la tierra. Les da poder para rechazar las
fuerzas del infierno que batallan por la mente de la persona
por la que estamos intercediendo. La persona tiene la liber-
tad de elegir a Cristo o a Satanás. Nuestras oraciones no
fuerzan ni manipulan la voluntad; proveen la mejor opor-
tunidad para que la persona vea los problemas claramente,
dándoles la mejor posibilidad de elegir la vida eterna.
La oración abre nuestros corazones a las influencias di-
vinas, y nuestras oraciones abren puertas de oportunidad
para que Dios actúe más poderosamente en favor de otras
personas. Él respeta nuestra libertad de elección y derra-
ma su espíritu por nuestro intermedio para influenciarlos
para su Reino. Libera los poderes del cielo en favor de ellos.
Nuestras oraciones llegan a ser canales por medio de los que
Dios influye poderosamente sobre otros para vida eterna.

Un pasaje poderoso sobre la oración intercesora


Uno de los pasajes bíblicos más poderosos sobre la ora-
ción intercesora se encuentra en 1 Juan 5:14 al 16. El pasaje

2
White, Mensajes selectos (Buenos Aires: ACES, 2015), t. 2, p. 471.

43
Amistades para Dios

comienza con la seguridad de que Dios escucha nuestras


oraciones: “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si
pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye”
(vers. 14). La palabra confianza significa “fuerte seguri-
dad”. Transmite un sentido de certeza. La confianza es lo
opuesto a la duda o la incertidumbre.
Nota que nuestra confianza no está en nuestras oracio-
nes; está en Dios, quien responde a nuestras oraciones. La
promesa de Dios de contestar la oración no está sin con-
diciones. Cuando nuestra voluntad está modelada por la
voluntad de Dios, podemos tener la seguridad absoluta de
que él nos oye. Siempre es la voluntad de Dios perdonar
nuestros pecados. Siempre es la voluntad de Dios darnos
la victoria sobre los poderes del mal. Siempre es la volun-
tad de Dios de proveernos con el don de la salvación, y
siempre es la voluntad de Dios conducir al conocimiento
de su Palabra a aquellos por quienes oramos. De hecho,
aquellos por quienes estamos orando tienen la posibilidad
de aceptar o rechazar la salvación que Cristo ofrece gra-
tuitamente, pero Dios está obrando por medio de nuestras
oraciones para hacer todo lo posible por salvarlos.
Por la fe, creemos que las promesas de Dios son fieles.
Por la fe, creemos que él contestará nuestras oraciones.
Por fe creemos que él está obrando de maneras que no
podemos ver y de modos que no entendemos, procurando
salvar a aquellos por quienes oramos. Y, precisamente, 1
Juan 5:16 describe lo que sucede cuando oramos. Descorre
la cortina y nos da una vislumbre de la actividad divina de
Dios por medio de nuestras oraciones: “Si alguno viere a
su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá,
y Dios le dará vida; esto es para los que cometen pecado
que no sea de muerte”. Aquí Juan enumera dos clases de
pecado; pecados que conducen a la muerte y pecados que
no conducen a la muerte.

44
Interceder por otros

La mayoría de los comentadores entienden que el pe-


cado que conduce a la muerte es el pecado imperdonable.
En ese sentido, Dios nos estimula a orar por las personas
que no han cometido el pecado imperdonable. Al pedir no-
sotros que Dios los salve, él nos da “vida [...] para los que
cometen pecado que no sea de muerte” (vers. 16).
¿Qué significa que Dios da a quien ora, al intercesor,
vida para otros? El Comentario bíblico adventista sugie-
re que “Cristo dará vida al cristiano que ora para que la
transmita a esos pecadores que no han endurecido defi-
nitivamente su corazón [...]. El cristiano no tiene poder si
está fuera del Salvador. Por eso, después de todo, es Cristo
el que da la vida, aunque la oración de intercesión puede
haber sido el instrumento mediante el cual se concedió
esa vida”.3 Nuestras oraciones llegan a ser el canal para
que la vida de Dios fluya hacia los corazones que anhelan
la salvación. El río del agua de vida fluye a través de nues-
tras oraciones para tocar las vidas de otros. El poder de
nuestras oraciones por otros es un pensamiento fantás-
tico. A veces apenas podemos reconocer el poder la ora-
ción intercesora. Es aún más poderosa cuando dos o tres
personas se unen para orar. Aquí hay dos declaraciones
importantes de la mensajera de Dios de los últimos días:
“¿Por qué no sienten los creyentes una preocupación más
profunda y ferviente por los que no están en Cristo? ¿Por
qué no se reúnen dos o tres para interceder con Dios por la
salvación de alguna persona en especial, y luego por otra
aún?”4 En otra parte, Elena de White cita Mateo 18:19, 20,
añadiendo un comentario importante:

3
Francis D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista (Boise, ID: Publi-
caciones Interamericanas, 1990), t. 7, p. 696.
4
Elena de White, Joyas de los testimonios (Buenos Aires: ACES, 2015),
t. 3, p. 90.

45
Amistades para Dios

“Si dos de vosotros se pusieren de acuerdo


en la tierra acerca de cualquiera cosa que pi-
dieren, les será hecho por mi Padre que está en
los cielos. Porque donde están dos o tres con-
gregados en mi nombre, allí estoy yo en medio
de ellos” (Mat. 18:19, 20). “Pidan, y yo responde-
ré vuestros pedidos”.
Se hizo la promesa con la condición de que
se ofrezcan oraciones unidas de la iglesia, y
en respuesta a estas oraciones puede espe-
rarse un poder mayor que el que vendría en
respuesta a oraciones privadas. El poder dado
será proporcional a la unidad de los miembros
y a su amor a Dios y los unos a los otros.5
La oración intercesora hace una diferencia. Cuando
oramos solos, Dios responde a nuestras oraciones, pero
cuando oramos juntos por otros, hay un “poder mayor”. La
iglesia primitiva experimentó este poder cuando oraron
juntos en el aposento alto (Hech. 1:13, 14).

La vida de oración de Jesús


Los evangelios detallan en términos bastante especí-
ficos la vida de oración de Jesús. Una de las facetas de la
vida de Jesús que se destaca en alto relieve son los tiem-
pos que pasaba solo con Dios en oración. El evangelio de
Lucas se concentra en la vida de oración de Jesús más
que cualquier otro libro en la Biblia. Lucas era un médi-
co gentil, dedicado a Cristo, que anhelaba compartir las
eternas verdades de la salvación tanto con judíos como
con gentiles.

5
Elena de White, Manuscript Releases [Manuscritos liberados], t. 9,
p. 303.

46
Interceder por otros

El Evangelio de Lucas fue escrito a una creciente comu-


nidad cristiana alrededor del año 60 d. C. Enfatiza nuestra
relación con Dios y los unos con los otros. Significativa-
mente, se dirige a Teófilo, nombre que significa “amante de
Dios” o “amigo de Dios”. El propósito de Lucas es el de con-
ducir al lector a llegar a ser “amigo de Dios”. También es fas-
cinante notar que el evangelio de Lucas destaca la vida de
oración de Jesús. Los griegos creían que los dioses estaban
separados de la humanidad y bastante distantes de ella.
No tenían el concepto de que los seres humanos pudieran
desarrollar una relación con los dioses. En su evangelio,
Lucas presenta una idea revolucionaria. Jesús, el divino
Hijo de Dios, vivió en carne humana y, en su humanidad,
desarrolló una relación íntima con Dios en oración.
Lucas lo dice de esta manera: “Pero él se apartaba a lu-
gares desiertos para orar”. (Luc. 5:16, RVR 95). En el capí-
tulo 9, Lucas añade: “Aconteció que mientras Jesús oraba
aparte [...]” (vers. 18). Mateo describe varias veces en las que
Jesús se retiró de las multitudes para orar. Cuando el des-
tino del mundo estaba en la balanza, Jesús suplicó a Dios
en el Getsemaní pidiendo fuerzas para afrontar el enorme
desafío que tenía por delante. (Mat. 26:36-39).
El evangelio de Marcos comienza con una descripción
precisa de la vida de oración de Jesús. Después de un sába-
do agitado en Capernaum, Jesús se levantó temprano y “se
fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Mar. 1:35). Se pueden
notar tres cosas acerca de los detalles de la vida de oración
de Jesús. Primera, tenía un tiempo para orar. A menudo, la
mañana temprano lo encontraba en tranquilos momentos
a solas con Dios. Segunda, tenía un lugar para orar. Jesús
tenía sus lugares favoritos donde podía tener comunión
con el Padre, lejos de la agitada actividad de las muche-
dumbres que con tanta frecuencia lo rodeaban. Tercera,
las oraciones secretas de Jesús no eran necesariamente

47
Amistades para Dios

oraciones silenciosas. Tres veces en la oración del Getse-


maní, el evangelio de Mateo registra que Jesús cayó sobre
su rostro “diciendo” (Mat. 26:39, 42, 44). El libro de Hebreos
registra que Jesús “ofreció ruegos y súplicas con gran cla-
mor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue
oído a causa de su temor reverente” (Heb. 5:7, RVR 95).
En una ocasión, los discípulos oyeron orar a Cristo, y
se conmovieron tanto por sus oraciones personales que
le pidieron que les enseñara a orar (Luc. 11:1). Elena de
White añade esta declaración aguda: “Aprended a orar en
voz alta cuando únicamente Dios puede oíros”.6 Algunas
personas están preocupadas acerca de orar en voz alta
porque tienen miedo de que Satanás las escuche y des-
cubra el contenido de sus oraciones. Razonan que, como
Satanás no puede leer nuestros pensamientos, es mejor
orar en silencio. Orar en silencio en nuestra mente es cier-
tamente apropiado, pero el silencio también puede hacer
que nuestra mente divague.
Hay algo especial acerca de la oración en voz alta que
nos mantiene concentrados. Cuando tenemos un tiempo
señalado para encontrarnos con Dios y un lugar desig-
nado para ello, nuestras oraciones audibles llegan a ser
más significativas, y nuestra vida de oración mejora. No
tenemos que preocuparnos acerca de que Satanás escu-
che nuestras oraciones, porque al sonido de una oración
ferviente toda la hueste de Satanás tiembla y huye. Cuan-
do buscamos a Dios en oración, los ángeles del cielo nos
rodean. Los ángeles malos son rechazados y podemos co-
mulgar con Dios con toda confianza.
Cuando oramos por otros, nuestras oraciones se unen
con las oraciones de Cristo, nuestro poderoso Intercesor,
ante el trono de Dios. Él inmediatamente emplea todos los

6
White, Nuestra elevada vocación (Buenos Aires: ACES, 1962), p. 132.

48
Interceder por otros

recursos del cielo para influir positivamente sobre aque-


llos por quienes oramos. Jesús oró en favor de Pedro nom-
brándolo. Oró para que Pedro experimentara una conver-
sión profunda. (Ver Luc. 22:31, 32). Las oraciones de Jesús
fueron contestadas, y Pedro llegó a ser el poderoso predi-
cador del Pentecostés (Hech. 2).
El apóstol Pablo oró, por nombre, por las iglesias de los
efesios, los colosenses y los filipenses. También oraba a
menudo por nombre por sus compañeros de ministerio.
Mediante la oración, ellos estaban en su corazón y en sus
labios. Junto con Jesús, el apóstol Pablo intercedió por
aquellos con quienes trabajaba y en favor de aquellos por
quienes trabajaba.
Aunque la elección es difícil, sin duda uno de los gran-
des gigantes del Antiguo Testamento fue Daniel. Su in-
tercesión por Israel está registrada en Daniel 9 y 10. La
oración intercesora es bíblica y poderosa. Las oraciones de
Daniel, sentidas en el corazón, son un ejemplo para la igle-
sia actual del poder de la intercesión. La oración interce-
sora es parte del plan de Dios para transformar nuestras
vidas y alcanzar a los perdidos.
¿Te gustaría tener una vida oración más vibrante? ¿Te
gustaría llegar a ser un poderoso intercesor para Dios?
Aquí hay algunos pasos prácticos que puedes dar:
1. Determina un tiempo y un lugar para buscar a Dios por
la salvación de otros.
2. Pide a Dios que te señales qué personas necesitan tus
oraciones. Pasa tiempo pensando en aquellos que es-
tán en tu esfera de influencia y necesitan de tus oracio-
nes. El Espíritu Santo te impresionará con aquellos que
están luchando y tienen necesidad de oración.
3. Haz una lista de aquellos sobre los que sientes la im-
presión de orar por ellos. Sigue el método de Jesús y ora
por ellos en voz alta, por nombre.

49
Amistades para Dios

4. Mientras buscas a Dios en oración, invita a otros a unir-


se contigo en tus tiempos de intercesión. Jesús invitó a
Pedro, Santiago y Juan, a su círculo íntimo, para pasar
tiempo en oración ferviente. Orar junto con otros es
un método poderoso de mantenerte concentrado en la
oración. Nuestras oraciones se unen con las de Cristo, y
todo el Cielo responde.
Hacia fines de la década de 1980, yo estaba dirigiendo
una serie de reuniones evangelizadoras en Londres. Cada
día nos trasladábamos al centro de la ciudad con el tren,
durante una hora, desde nuestro hogar en Saint Albans.
Enseñaba en las mañanas, visitaba personas interesadas
en la tarde y predicaba cada noche. Después de la reunión,
tomábamos el subterráneo hasta el tren y viajábamos a
casa. El trabajo de días de doce horas durante semanas me
estaba dejando exhausto. Un día, estaba subiendo lenta-
mente las escaleras para comenzar otra jornada de ense-
ñanza en el Centro Nueva Galería, la sede central de nues-
tras reuniones, y observé en una sala lateral a un grupo de
mis alumnos orando. Me detuve un instante y escuché sus
oraciones. Mi corazón se conmovió. Mi alma se emocionó.
Mi espíritu se elevó mientras ellos oraban: “Querido Señor,
el pastor Mark se ve muy cansado esta semana, por favor
dale un poco de energía extra”. Sus oraciones me dieron
nuevas energías ese día y subí rápidamente las escaleras,
listo para enseñar. Es maravilloso saber que alguien está
orando por ti.
El saber que tu cónyuge está orando por ti da una sen-
sación de paz a tu vida. A los niños, saber que sus padres
oran por ellos les da estabilidad en su vida y les provee
un fundamento sólido para su fe. Tener amigos que es-
tán orando por ti te liga a ellos con las divinas cuerdas
del amor. Es algo maravilloso saber que alguien se preo-
cupa y ora por ti, pero aquí hay algo más increíble: saber

50
Interceder por otros

que Jesús está orando por ti en el cielo ahora mismo. Tu


nombre está en sus labios, tus preocupaciones están en su
corazón, y tus ansiedades, temores y preocupaciones son
importantes para él.

51
Capítulo 5

TESTIFICACIÓN CON EL
PODER DEL ESPÍRITU

S
u nombre era Nicodemo. Era un judío fariseo y miem-
bro del Sanedrín, un concilio de élite de los judíos. De-
volvía el diezmo, seguía la Reforma Prosalud, era un
aristócrata que guardaba el sábado religiosamente, pero
muy en su interior había algo que le faltaba. Había un an-
helo que toda su religiosidad no podía satisfacer. Había un
ansia dolorosa en su alma. El Espíritu Santo lo convenció
de que tal vez, solo tal vez, este predicador itinerante, Jesús
de Nazaret, tenía la respuesta que tan desesperadamente
anhelaba. El evangelio de Juan nos presenta su historia en
estas palabras: “Este vino a Jesús de noche” (Juan 3:2). Vino
de noche porque quería una audiencia privada con Jesús.
No deberíamos condenar a Nicodemo por presentarse
de noche. Dado su trasfondo judío ortodoxo, después de
todo, es un milagro que haya ido. Jesús sintió inmediata-
mente el anhelo del corazón de Nicodemo, y cuidadosa-
mente explicó el proceso del nuevo nacimiento, haciendo
esta sorprendente declaración: “El viento sopla de donde
quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni
adónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu”
(vers. 8). Aquí Cristo revela que el agente en el nuevo naci-
miento es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es quien nos

52
Testificación con el poder del Espíritu

convence de pecado. El Espíritu Santo es quien atrae nues-


tro corazón a Jesús. El Espíritu Santo es quien impresiona
nuestra mente con la verdad, y el Espíritu Santo es quien
transforma nuestra vida. Tal como el viento invisible tie-
ne efectos altamente visibles, así el Espíritu Santo tiene
un impacto dramático en nuestras vidas.

La cooperación con el Espíritu Santo


Nuestro éxito en ganar a otros para Cristo depende de
nuestra cooperación con el Espíritu Santo. Antes de que
hablemos a una persona acerca de Cristo, o antes de que
testifiquemos a ella de cualquier modo, el Espíritu Santo
ya impresionó su mente con cosas eternas. Cooperamos
con Cristo en testificar a las personas perdidas al unirnos
con él y ser dotados del poder del Espíritu Santo. Sin el po-
der y la conducción del Espíritu Santo, nuestros esfuerzos
de testificación no tienen eficacia. Podremos ser capaces
de convencer a alguien de ciertas verdades bíblicas, pero
sin la profunda acción del Espíritu Santo en su vida, ocu-
rrirán pocos cambios. Pueden cambiar sus creencias, pero
no su corazón. Puede haber una conformidad externa con
la verdad, pero no habrá una transformación que cambia
la vida a la semejanza de Cristo.
En este capítulo, estudiaremos el papel del Espíritu
Santo en la testificación y su tremendo poder para cam-
biar vidas. Nuestro estudio considerará ejemplos espe-
cíficos registrados en el libro de los Hechos que revelan
la notable obra del Espíritu Santo en la vida de los incré-
dulos. Estos incrédulos vinieron de diversos trasfondos
culturales. Sus experiencias de vida fueron diferentes.
Algunos eran educados, y otros sin educación formal. Al-
gunos fueron ricos, y otros pobres. Algunos eran judíos, y
otros eran gentiles. Procedían de diversos continentes y
cosmovisiones diferentes, sin embargo, todos fueron im-

53
Amistades para Dios

pactados por el Espíritu Santo. El Espíritu Santo no hace


acepción de personas. Él puede transformar toda perso-
na abierta a su influencia. El propósito principal de este
capítulo es el de revelar que, al cooperar con el Espíritu
Santo, nosotros también veremos este poder que realiza
milagros en las vidas de aquellos a quienes testificamos.
Antes de sumergirnos en el poder del Espíritu Santo en el
libro de los Hechos, es necesario repasar la enseñanza de
Jesús acerca del Espíritu Santo en el evangelio de Juan.

La enseñanza de Jesús sobre el Espíritu Santo


El discurso de Jesús en Juan, capítulos 14 al 16, es la prin-
cipal enseñanza del Nuevo Testamento acerca del ministe-
rio del Espíritu Santo. En el capítulo 16 de Juan, Jesús hizo
esta notable declaración a sus discípulos: “Pero yo os digo la
verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera,
el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo
enviaré” (vers. 7). Los discípulos deben haberse sorprendi-
do por las palabras de Jesús. ¿Cómo era posible que fuese
“conveniente” para ellos que Jesús se fuera y los dejara solos
en la tierra? Nota que Jesús no se refiere al Espíritu como
una cosa, sino como una persona. El Espíritu Santo es la
tercera persona de la Deidad. No limitado por el tiempo o el
espacio, él tiene todo el poder de la Divinidad. Al asumir la
naturaleza humana, Jesús podía estar solo en un lugar a la
vez, pero el Espíritu Santo podía estar presente con los dis-
cípulos con la plenitud del poder divino, dondequiera que
ellos peregrinaran en su testificación por Cristo.
El Espíritu Santo es nuestro Ayudador. La palabra grie-
ga que Jesús usa para describirlo es paraklete, que signifi-
ca “el que viene junto a nosotros”.1 El Espíritu Santo es el

1
“Paraclete”, tomado de: [Link]
nary/paraclete/ [consultado el 13 de diciembre de 2019].

54
Testificación con el poder del Espíritu

que viene junto a nosotros para dar poder a nuestra tes-


tificación, guiar nuestras palabras y motivar nuestro ser-
vicio por Cristo. La testificación nunca se centra en noso-
tros. Siempre el foco es Jesús. El propósito del ministerio
del Espíritu Santo es “testificar” de Jesús. Nuestro Señor
expresó claramente: “Pero cuando venga el Consolador,
a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el
cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y
vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado
conmigo desde el principio” (Juan 15:26, 27).
Nota que el Espíritu Santo da testimonio y testifica,
y nosotros también damos testimonio. Matthew Henry
afirma: “La obra del Espíritu no es reemplazar nuestra
obra, sino comprometerla y estimularla”.2 Nuestra obra es
cooperar con el Espíritu Santo en guiar a la gente a Jesús y
su verdad. La obra del Espíritu Santo es la de convencer y
convertir. Es revelar la verdad y la justicia. La obra del Es-
píritu Santo es poner dentro de nuestro corazón un deseo
de hacer lo recto y el poder para elegir rectamente.

Una explosión de crecimiento en Hechos


Cuando Jesús les dijo a sus discípulos que el poder del
Espíritu Santo vendría sobre ellos y ellos testificarían acer-
ca de él hasta el fin de la tierra (Hech. 1:8), ellos deben haber-
se preguntado cómo sería posible esto. ¿Cómo podría im-
pactar al mundo este pequeño grupo de creyentes? ¿Cómo
sería posible cumplir el mandato de Cristo: “Id por todo el
mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Mar. 16:15)?
Ellos eran un pequeño grupo de creyentes, mayormente sin
educación. Tenían pocos recursos financieros y una tarea

2
Matthew Henry, Matthew Henry Bible Commentary on the Whole
Bible [Comentario de la Biblia completa de Matthew Henry] (Woods-
tock, Ontario, Canadá: Devoted Publishing, 2018), t. 5, p. 282.

55
Amistades para Dios

enorme; algunos dirían, imposible. Sin embargo, compren-


dieron que, por medio del ministerio del Espíritu Santo con
el poder de Dios, nada sería imposible (ver Mat. 19:26).
Pero los primeros creyentes oraron. Buscaron a Dios.
Confesaron sus pecados. Se arrepintieron de sus actitudes
egoístas. Derribaron barreras, y se acercaron a Dios y entre
ellos. Durante diez días en el aposento alto, fueron trans-
formados. Ahora estaban listos para el derramamiento del
Espíritu Santo. Como lo prometió, Dios derramó su Espíri-
tu en una medida abundante en Pentecostés. Tres mil se
convirtieron en un día. Hechos 4 registra que el número de
los que creyeron fue de como cinco mil hombres (Hech. 4:4).
Si se cuentan las mujeres y los niños, el número de los que
creyeron crece hasta unas quince o veinte mil personas. En
poco tiempo, el crecimiento de la iglesia estalló.
En los versículos 31 al 33, captamos una breve vislum-
bre de la experiencia espiritual continuada de los primeros
creyentes y el ministerio de la iglesia. “Cuando termina-
ron de orar, el lugar en que estaban congregados tembló; y
todos fueron llenos del Espíritu Santo y hablaban con va-
lentía la palabra de Dios” (vers. 31, RVR 95). Nota aquí tres
hechos. Ellos oraron y buscaron fervientemente a Dios de
rodillas. Fueron llenos del Espíritu Santo, y poder de lo
alto inundó sus vidas. Y salieron del crisol de la oración y
predicaron la Palabra de Dios con confianza. El versículo
33 añade: “Y con gran poder los apóstoles daban testimo-
nio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia
era sobre todos ellos”. El verbo griego traducido “daban”
en este pasaje es apodidomi, que se puede traducir como
“entregaron lo que debían entregar”.3

3
“Apodidomi”, [Link]., tomado de: [Link]
com/lexicons/greek/nas/[Link] [consultado el 14 de noviembre
de 2019].

56
Testificación con el poder del Espíritu

Redimidos por su gracia y transformados por su amor,


los discípulos sintieron un impulso interior de compartir
su fe. No podían guardar silencio. Entregaron el mensa-
je que el mundo necesitaba. Eran deudores a la cruz de
Cristo. El apóstol Pablo lo dice con elocuencia: “A griegos
y no griegos, a sabios y a no sabios soy deudor. Así que,
en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio”
(Rom. 1:14, 15). Cuando la gracia de Dios transforma nues-
tra vida, el Espíritu Santo nos convence de nuestra necesi-
dad de compartir las maravillas de su gracia y la gloria de
su verdad con otros. El Nuevo Testamento floreció porque
los creyentes del siglo I no podían guardar silencio acerca
de su relación con Cristo. Como declaró el apóstol Pablo:
“El amor de Cristo nos constriñe” (2 Cor. 5:14). El amor de
Cristo llenaba su corazón y rebosaba hacia todos los que
los rodeaban. El Espíritu Santo transformó su vida, trajo
poder a su testimonio, y cambió el mundo.
Comentando Hechos 4:33, el Comentario bíblico adven-
tista afirma: “El testimonio de los apóstoles fue presenta-
do no con su propia fuerza sino con un poder que nunca
podrían haber producido dentro de sí mismos. El que les
daba energía era el Espíritu divino”.4 El Espíritu Santo es
quien siempre empodera el testimonio auténtico y genui-
no y lo hace eficiente en los corazones de los incrédulos.
El testimonio de los creyentes del Nuevo Testamento
cruzaba las barreras culturales. Los impelía a atravesar
continentes. Los condujo a ciudades y aldeas, a traspasar
desiertos estériles, a través de mares tempestuosos y por
empinados senderos montañosos.
Llenos del Espíritu Santo, estos creyentes del Nuevo Testa-
mento plantaron iglesias (Hech. 9:31), quebraron tradiciones

4
Francis D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista (Boise, ID: Publi-
caciones Interamericanas, 1988), t. 6, p. 174.

57
Amistades para Dios

sociales y costumbres culturales (Hech. 10-15), y esparcieron


el mensaje evangélico por todo el mundo Mediterráneo. El
Espíritu Santo los condujo en una notable jornada de fe que
resultó en la conversión de miles que aceptaron a Jesús.
Al comentar acerca del ministerio del Espíritu Santo en
la iglesia del Nuevo Testamento, Elena de White dice:
Sobre los discípulos que esperaban y oraban
vino el Espíritu con una plenitud que alcanzó
a todo corazón. El Ser Infinito se reveló con po-
der a su iglesia. Era como si durante siglos esta
influencia hubiera estado restringida, y ahora
el Cielo se regocijara en poder derramar sobre
la iglesia las riquezas de la gracia del Espíritu.
Y bajo la influencia del Espíritu, las palabras
de arrepentimiento y confesión se mezclaban
con cantos de alabanza por el perdón de los pe-
cados. Se oían palabras de agradecimiento y de
profecía. Todo el Cielo se inclinó para contem-
plar y adorar la sabiduría del incomparable e
incomprensible amor. Extasiados de asombro,
los apóstoles exclamaron: “En esto consiste
el amor”. Se asieron del don impartido. ¿Y qué
siguió? La espada del Espíritu, recién afilada
con el poder y bañada en los rayos del cielo, se
abrió paso a través de la incredulidad. Miles se
convirtieron en un día.5

El Espíritu Santo abre y cierra puertas


Hay ocasiones en que el Espíritu Santo cierra una puer-
ta, solo para abrir otra. La providencia del Espíritu Santo

5
Elena de White, Los hechos de los apóstoles (Buenos Aires: ACES,
2009), p. 31.

58
Testificación con el poder del Espíritu

se ilustra en la vida del apóstol Pablo. En su segundo viaje


misionero, “les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar
la palabra en Asia” (Hech. 16:6).
Perplejo y preguntándose adónde lo estaba guiando
Dios, Pablo, junto con su equipo evangelizador, viajó a
través de Asia decidido a predicar el evangelio en Bitinia,
pero “el Espíritu no se lo permitió” (vers. 7). La motivación
de Pablo era solo servir a Cristo y predicar el evangelio,
pero, por otro lado, las puertas se cerraron ante sus nari-
ces. Entonces, en una visión, “un varón macedonio estaba
en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúda-
nos” (vers. 9). En esa ocasión, Dios cerró la puerta a una
región geográfica específica en Asia, porque la puerta de
un continente entero estaba abierta al evangelio. Cuando
el Espíritu Santo cierra una puerta, abre otra.
Dios es el Dios de la puerta abierta. Una de las funcio-
nes del Espíritu Santo es abrir corazones al evangelio. Él
convence al mundo de pecado, de justicia y de juicio. El
mismo Espíritu Santo que abrió el corazón de Lidia, una
niña esclava, del carcelero romano, de un juez romano,
de Dionisio y Crispo –el alto dignatario de una sinago-
ga judía–, todavía está abriendo corazones y mentes al
evangelio en la actualidad. El mismo Espíritu Santo que
preparó una comunidad de retiro romana, Filipos, para la
testificación de Pablo, está preparando comunidades hoy
en día. El mismo Espíritu Santo que fue delante de Pablo
a Tesalónica, una comunidad de trabajadores comunes, ha
ido delante de nosotros para preparar el camino para re-
uniones evangelizadoras públicas hoy en nuestras ciuda-
des. El mismo Espíritu Santo que actuó en la sofisticada
Atenas y la Corinto decadente, todavía está actuando en
las ciudades de nuestro mundo para crear receptividad al
evangelio. El mismo Espíritu santo que actuó en tiempos
pasados anhela traer poder a tu testimonio por Cristo. Él

59
Amistades para Dios

está esperando llenar nuestras iglesias con el poder del To-


dopoderoso para testificar en sus comunidades. Elena de
White claramente afirma: “La promesa del Espíritu Santo
no se limita a ninguna edad ni raza. Cristo declaró que la
influencia divina de su Espíritu estaría con sus seguidores
hasta el fin. Desde el día de Pentecostés hasta ahora, el
Consolador ha sido enviado a todos los que se han entre-
gado plenamente al Señor y a su servicio. A todo el que ha
aceptado a Cristo como Salvador personal, el Espíritu San-
to ha venido como consejero, santificador, guía y testigo”.6
La promesa del Espíritu Santo es para nosotros hoy. To-
davía hay poder en la Palabra de Dios para transformar
vidas por el poder del Espíritu Santo. De acuerdo con el
apóstol Pedro, la Biblia fue escrita por “los santos hombres
de Dios [que] hablaron siendo inspirados por el Espíritu
Santo” (2 Ped. 1:21). El mismo Espíritu Santo que inspiró la
Biblia actúa por medio de la Palabra de Dios para cambiar
la mente y transformar la vida cuando compartimos la
Palabra. El poder de la testificación del Nuevo Testamen-
to era el poder del Espíritu Santo por medio de la Palabra
de Dios para cambiar vidas. Los apóstoles compartieron
la Palabra. Eran estudiantes de la Palabra, y su devoción
a ella permitió que el Espíritu Santo actuase por medio de
ellos con gran poder.

Mantente conectado con el poder de Dios


Se cuenta la historia de un matrimonio que encargó
un refrigerador nuevo. Todo parecía andar bien cuando
el hombre que hizo la entrega puso el refrigerador en su
lugar. Llenaron la nevera con alimentos y se fueron de la
casa para unas vacaciones de dos semanas. Cuando re-
gresaron al hogar y abrieron el refrigerador, sintieron un

6
Ibíd., p. 40.

60
Testificación con el poder del Espíritu

hedor terrible. La leche se había agriado. Las frutas y ver-


duras se habían echado a perder. Algo había andado mal.
No demoraron mucho en descubrir que se había producido
un apagón mientras estuvieron afuera. La falta de poder
había arruinado la comida, y tuvieron que tirarla.
Del mismo modo, cuando el poder del Espíritu Santo
ya no fluye a través de nuestra vida, nuestra testificación
resulta inefectiva; se echa a perder. No podemos producir
el fruto del Espíritu Santo en la vida de los incrédulos si el
fruto del Espíritu no se manifiesta en nuestra propia vida.
Si estamos “desenchufados” de Dios, no tenemos poder. Je-
sús invita a cada uno a abrir su corazón para ser llenados
con el Espíritu Santo. Esta dotación dará poder a nuestra
testificación. Sin ella, los programas de la iglesia y la pu-
blicidad serán inefectivos. Todo el dinero del mundo no
producirá resultados duraderos a menos que el Espíritu
Santo esté disponible en toda su plenitud de poder divino.
Considera cuidadosamente esta promesa: “El trans-
curso del tiempo no ha cambiado en nada la promesa de
despedida de Cristo de enviar el Espíritu Santo como su
representante. No es por causa de alguna restricción de
parte de Dios por lo que las riquezas de su gracia no fluyen
a los hombres sobre la tierra. Si la promesa no se cumple
como debiera, se debe a que no es apreciada debidamente.
Si todos lo quisieran, todos serían llenados del Espíritu”.7
Hay tres pasos sencillos para recibir el Espíritu Santo
en su plenitud: pide el Espíritu Santo (Luc. 11:13; Zac. 10:1),
arrepiéntete de cualquier pecado conocido (Hech. 2:38;
3:19) y está dispuesto a hacer cualquier cosa que Cristo te
pida que hagas (Hech. 5:32; Juan 14:15, 16). Cuando hayas
cumplido estas condiciones, Dios cumplirá su Palabra y
derramará su Espíritu en tu vida.

7
Ibíd., p. 41.

61
Amistades para Dios

Reflexiona en las preguntas siguientes y ora:


1. ¿Estás conectado con la Fuente de todo poder? ¿Qué
significa estar llenos del Espíritu Santo?
2. ¿Hay alguna barrera entre ti y alguna otra persona que
estorbaría la efectividad de tu testificación?
3. ¿Has intentado alguna vez testificar con tus propias
fuerzas en vez de hacerlo con el poder del Espíritu
Santo?
4. ¿Cuál es tu actitud hacia la testificación? ¿Crees que el
Espíritu Santo está abriendo puertas de oportunidad
en tu comunidad? ¿Está él abriendo puertas de oportu-
nidad regularmente para ti en la vida de la gente con la
que te encuentras todos los días?
5. Piensa en personas específicas en tu esfera de influen-
cia y ora silenciosamente para ver oportunidades de
compartir el amor y la verdad de Dios con ellas.

62
Capítulo 6

POSIBILIDADES
ILIMITADAS

E
ra una de esas llamadas que quedan en la memoria.
Mi amigo pastor en el otro extremo de la línea esta-
ba agitado. Durante meses, él había intentado pasar
su iglesia al “modo misión” para alcanzar a su comunidad
para Cristo. Había predicado sermones sobre la importan-
cia de la testificación y estimulado a sus feligreses a invo-
lucrarse activamente en los ministerios para ganar almas
en la comunidad. Como remate de su énfasis en la ganan-
cia de almas, culminó su serie de sermones sobre la testi-
ficación invitando a un especialista en cuanto a los dones
espirituales a dirigir un seminario de fin de semana. La
expectativa era grande.
A las reuniones de ese fin de semana asistió mucha
gente. Los feligreses respondieron positivamente a las
pruebas acerca de los dones espirituales. Cuando me des-
cribía sus esfuerzos, me preguntaba por qué estaba tan
preocupado. Entonces hizo este comentario: “Hemos des-
cubierto que los feligreses de mi pequeña congregación
tienen 26 dones del Espíritu, pero no tengo idea de qué
debo hacer ahora. ¿Puedes ayudarme? ¿Qué hago ahora?
Estoy bastante frustrado por no saber cómo seguir”. Mi
pastor amigo no está solo.

63
Amistades para Dios

Muchos cristianos tienen preguntas prácticas acerca


de los dones del Espíritu. ¿Qué son los dones espirituales?
¿Están reservados para unos pocos supercristianos? ¿Son
para todos los creyentes? ¿Cómo descubro cuáles son mis
dones espirituales? ¿Cuál es el propósito de los dones del
Espíritu? Una vez que descubra mis dones, ¿cómo puedo
usarlos en el servicio a Cristo? En este capítulo, explorare-
mos respuestas a estas preguntas y haremos sugerencias
prácticas que pueden marcar una diferencia significativa
en tu vida.

¿Qué son los dones espirituales?


Los dones espirituales están íntimamente conectados
con el ministerio del Espíritu Santo. La razón por la que
las Escrituras los llaman dones espirituales es porque son
dones, capacidades o talentos impartidos por el Espíritu
Santo a cada creyente para la gloria de Dios. No han de ser
usados en un exhibicionismo egoísta para mostrar cuán
talentosos somos, o para atraer la atención hacia nosotros.
Correctamente comprendidos, todos los dones impartidos
por el Espíritu Santo se dan con dos propósitos esencia-
les: nutrir o fortalecer el cuerpo de Cristo, y cumplir la mi-
sión de Cristo de alcanzar al mundo con el Evangelio. Los
dones espirituales son dones de servicio. Son dones para
bendecir la comunidad de creyentes y la más amplia co-
munidad mundial.
Cada creyente recibe dones espirituales, y estos dones
tienen diferentes funciones. En Cristo todos tenemos
igual valor, pero no tenemos los mismos roles o dones.
Esta diversidad de dones fortalece la iglesia y posibilita
su testificación al mundo. Estas diferencias son una for-
taleza y no una debilidad. El Espíritu Santo elige qué do-
nes impartirá a cada creyente basado en su trasfondo, su
cultura y su personalidad. El Espíritu Santo otorga dones

64
Posibilidades ilimitadas

que traerán satisfacción en el servicio de Cristo y mayor


bendición a la iglesia y al mundo.
El apóstol Pablo comienza 1 Corintios 12 con estas pa-
labras: “No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los
dones espirituales” (vers. 1). La razón por la que el após-
tol Pablo ocupa todo el capítulo 12 de 1 Corintios, la mayor
parte de Romanos 12, y una gran porción de Efesios 4 al
tema de los dones espirituales es porque una compren-
sión correcta de los dones espirituales es vital tanto para
la alimentación como para el crecimiento de la iglesia. Los
dones espirituales están en el corazón mismo de una efec-
tiva ganancia de almas. Son el fundamento de una iglesia
que testifica.
Respondamos primero algunas preguntas básicas con
respecto a los dones espirituales. ¿Qué son los dones espi-
rituales? ¿Cómo se diferencian de los talentos naturales?
¿Quién recibe dones espirituales? ¿Cuál es su propósito y
por qué se los da?
Los dones espirituales son cualidades divinamente
otorgadas por el Espíritu Santo para edificar el cuerpo de
Cristo y capacitar a los creyentes para ser testigos efec-
tivos en el mundo. Los dones espirituales son el canal a
través del que fluye nuestro ministerio para Cristo. Los
incrédulos pueden tener muchos talentos naturales, pero
no se los usa para la edificación del reino de Cristo. A me-
nudo se los usa para beneficiarse a sí mismo.
Por supuesto, todas nuestras habilidades, seamos cre-
yentes o incrédulos, vienen de Dios. Cada talento que
poseemos nos fue dado por Dios. Los dones espirituales
difieren de los talentos naturales de dos maneras claras:
primera, por la forma en que se usan y, segunda, por dón-
de se los usa. La motivación para usar las habilidades
naturales a menudo es el desarrollo personal. La motiva-
ción para usar los dones espirituales es siempre la gloria

65
Amistades para Dios

de Dios. Los talentos naturales a menudo se usan para


avanzar posiciones en el mundo. Los dones espirituales se
usan abnegadamente para bendecir y expandir la iglesia
de Dios. La importante diferencia entre los dones espiri-
tuales y los talentos naturales es su foco. Los talentos na-
turales pueden atraer la atención hacia la persona que los
posee. Los dones espirituales los da el Espíritu Santo para
dar gloria a Dios.
Se prometen dones espirituales a todo el que dedica su
vida a Cristo. Al analizar los dones espirituales, el após-
tol Pablo declara: “Pero todas estas cosas las hace uno y
el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular
como él quiere” (1 Cor. 12:11).
Cuando dedicamos nuestra vida a Jesús, el Espíritu
Santo imparte dones para testificar y servir. Las personas
no convertidas pueden tener talentos naturales en algún
área de su vida. Cuando se convierten, el Espíritu Santo a
menudo redirige o da un propósito nuevo a esos talentos
naturales para la gloria de Dios y el progreso de la causa
de Cristo.
También hay ocasiones en que el Espíritu Santo impar-
te a una persona dones que nunca tuvo o imaginó que po-
dría tener. Ahora, estas personas encuentran satisfacción
en usar sus dones recientemente descubiertos para el ser-
vicio de Cristo. Como parte del cuerpo de Cristo, encuen-
tran gozo en hacer su contribución en edificar la iglesia de
Cristo y participar en su misión.
De acuerdo con nuestro pasaje en 1 Corintios 12:11, el Es-
píritu Santo distribuye dones espirituales “a cada uno en
particular como él quiere”. El Espíritu Santo no imparte el
mismo don a todos, sino da dones diferentes a cada cre-
yente. No pasa por alto a ninguna persona. Cada creyente
comparte los dones del Espíritu. Elena de White subraya
esta verdad vital: “A cada persona se entrega algún don o

66
Posibilidades ilimitadas

talento peculiar que ha de ser usado para el progreso del


reino del Redentor”.1
Pienso en mi madre. Mi padre tenía el don de la ense-
ñanza. Era un excelente estudiante de la Biblia, extrover-
tido, ingenioso, y un maestro natural, pero mamá era una
persona que uno difícilmente sabía si estaba presente o
no. Mamá se sentía incómoda si alguien le pedía que le-
yera un texto bíblico en la iglesia y, ciertamente, enseñar
en la Escuela Sabática estaba fuera de su pensamiento.
Cuando mi madre llegó a ser adventista del séptimo día,
Dios le dio el talento del estímulo. Ella buscaba a las per-
sonas que se sentaban aisladas y las animaba. Ella escu-
chaba con sensibilidad las necesidades de las personas y
las atendía de acuerdo con sus posibilidades. Ella tenía un
agudo sentido para elegir las personas que necesitaban
un empujón extra y las animaba de acuerdo con esto. El
Espíritu Santo le otorgó el don del estímulo.
Como mi madre, cada feligrés ha recibido dones espi-
rituales singulares por medio del ministerio del Espíritu
Santo. Si creemos en la Palabra de Dios, podemos agrade-
cer a Dios por los dones que nos ha dado y orar para que
nos los revele, todo para su gloria. El Espíritu Santo no da
dones a unos pocos elegidos y descuida o pasa por alto a
otros que parecen ser menos talentosos. El Espíritu Santo
imparte dones de Dios a cada persona como él quiere.

El Espíritu Santo escoge los dones


Supongamos que es el cumpleaños de un amigo. ¿Quién
elige el regalo que le darás? Tú, por supuesto. Recuerdo
que, como muchacho, hacía mi lista de cumpleaños, pero
mis padres, en última instancia, eran los que elegían mi

1
Elena de White, Testimonios para la iglesia (México: APIA, 1996), t.
4, pp. 611, 612.

67
Amistades para Dios

regalo. La mayor parte del tiempo, la elección de ellos era


mucho mejor que la mía. Ellos sabían mejor que yo lo que
me haría feliz.
El Espíritu Santo sabe qué dones impartir a cada creyen-
te para glorificar mejor a Jesús en su vida. El Comentario bí-
blico adventista dice: “El Espíritu Santo distribuye sus dones
a los creyentes de acuerdo con el conocimiento que tiene de
sus facultades y de la necesidad de cada individuo. No es
una distribución arbitraria, sino que está basada en la com-
prensión y el conocimiento de Dios”.2 Esta certeza debiera
ser una fuente de mucho ánimo para cada uno de nosotros.
Tenemos la seguridad absoluta de que el Espíritu Santo ha
impartido los dones exactos que necesitamos para llegar a
ser testigos efectivos para Cristo. Los dones que tienes son
los que el Espíritu Santo ha considerado necesarios para tu
crecimiento espiritual y en la causa de Cristo.

Dones variados para el cuerpo de Cristo


Como la iglesia es un cuerpo, está formado por una
variedad de miembros, y todos contribuyen a la meta de
revelar a Cristo al mundo. Al escribir a los feligreses de
la Iglesia de Roma, el apóstol Pablo declara: “Así nosotros,
siendo muchos, somos un cuerpo en Cristo, y todos miem-
bros los unos de los otros. Tenemos, pues, diferentes dones,
según la gracia que nos es dada” (Rom. 12:5, 6, RVR 95). El
apóstol amplía este pensamiento en 1 Corintios [Link] “Así
como el cuerpo es uno, y tiene muchos miembros, pero to-
dos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo
cuerpo, así también Cristo”.
En los seres humanos, cada parte del cuerpo tiene una
función. No hay miembros inactivos del cuerpo. Cada uno
ha sido ubicado en el cuerpo para desempeñar un papel

2
Francis D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista, t. 6, p. 766.

68
Posibilidades ilimitadas

específico. Cada uno tiene una tarea singular. Cada miem-


bro del cuerpo humano contribuye al bienestar general
del cuerpo entero. Del mismo modo, la iglesia necesita
miembros activos que estén dedicados a contribuir a la
salud general de la iglesia, el cuerpo de Cristo.
En 1 Corintios 12, Romanos 12 y Efesios 4, la Biblia nos
da ejemplos de algunos de los dones que Dios ha puesto en
su iglesia. Algunos de estos dones son dones de liderazgo,
como los de apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y
maestros. El propósito de estos dones de liderazgo es facili-
tar la unidad, fomentar el crecimiento espiritual y equipar
a los miembros de la iglesia para la misión. Estos mismos
pasajes también hablan de dones que son para ministrar,
dados a cada creyente. Unos pocos ejemplos son el de hos-
pitalidad, el de liberalidad, el de ayuda, el de misericordia
y el de sanidad.
Muchos de estos dones son cualidades de un corazón
convertido. Cada uno de nosotros debería exhibir hospita-
lidad hacia otros en nuestro andar diario con Cristo. Cada
creyente es llamado a ser liberal en su forma de dar. Cada
cristiano debería ser una ayuda y un sostén para otros.
Hemos de buscar maneras de bendecir y ministrar la gra-
cia sanadora de Dios a todos los que nos rodean. Si estas
cualidades son la respuesta natural del corazón converti-
do, ¿por qué son considerados dones espirituales escogi-
dos por el Espíritu Santo para algunos y no dados a otros?
La respuesta es sencillamente esta: aunque cada creyen-
te es llamado a revelar un espíritu acogedor lleno de gracia
en su vida, no todo creyente es llamado a un ministerio
especial de hospitalidad. Aunque todos somos llamados a
ser liberales, no todos somos llamados a un ministerio en
el que la liberalidad llega a ser nuestra manera de servir
a Cristo. La conversión produce cambios en nuestra vida.
Anhelamos revelar diariamente las cualidades de una vida

69
Amistades para Dios

semejante a la de Cristo. El Espíritu Santo amplifica y ex-


pande esas cualidades, y al hacerlo, algunas de ellas llegan
a ser nuestros canales de servicio en la iglesia de Cristo. A
veces, él imparte nuevas cualidades como dones espiritua-
les, ayudándonos a descubrir nuestro rol más satisfactorio
y productivo en la iglesia. Como lo declara el apóstol Pablo,
esto hace que todas las partes “se ayudan mutuamente” y
el cuerpo “recibe su crecimiento para ir edificándose en
amor” (Efe. 4:16).
Si el Espíritu Santo imparte dones espirituales a todos
los creyentes para la edificación de la iglesia de Dios y su
testificación en el mundo, ¿cómo podemos descubrir nues-
tros dones espirituales? Aquí damos algunos pasos sen-
cillos que te ayudarán a descubrir tus dones espirituales.
Primero, pide a Dios que él te revele los dones que él
te ha impartido. La Escritura dice: “Toda buena dádiva y
todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las lu-
ces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación”
(Sant. 1:17). El Dios que imparte sus dones preciosos a cada
uno de nosotros también los revelará por medio de su Es-
píritu Santo (ver Luc. 11:13).
Segundo, busca el consejo de líderes espirituales respe-
tados. Diles cómo Dios te está guiando en tu vida, y pre-
gúntales qué áreas de servicio podrían estar disponibles
para ti.
Y finalmente, comienza usando tus dones para ayudar
al cuerpo de Cristo. El propósito de los dones de Dios es el
servicio. Al comenzar a usar los dones que él te ha dado,
ellos se expandirán, y tus capacidades aumentarán. Los
dones espirituales no llegan plenamente desarrollados;
se vuelven más efectivos al usarlos. Elena de White des-
cribe maravillosamente este proceso: “El que se entregue
plenamente a Dios será guiado por la mano divina. Puede
ser humilde y sin talentos al parecer; sin embargo, si con

70
Posibilidades ilimitadas

corazón amante y confiado obedece toda indicación de la


voluntad de Dios, sus facultades se purificarán, ennoble-
cerán y vigorizarán, y sus capacidades aumentarán”.3
Al usar los dones que Dios nos ha dado, encontraremos
gozo y satisfacción. Otros confirmarán que tenemos esos
dones en un área específica, y la iglesia será bendecida.
Recuerda, los dones espirituales no llegan completamente
desarrollados. El Espíritu Santo imparte dones y los ben-
dice cuando son puestos en uso.
Aquí hay un ejemplo práctico. Yo no tenía idea de que
pudiera tener el don de la “predicación” o la “proclamación”.
Como estudiante universitario de Teología, estaba suma-
mente nervioso en cualquier ocasión que me tocara ha-
blar en público. A menudo, me perdía y no sabía por dónde
iba en mis notas, y después me sentía avergonzado de mi
presentación. Pero ocurrió algo notable. A medida que se-
guía predicando, mi nivel de confianza iba en aumento. El
don que Dios me había dado floreció. Yo sé que fue mucho
más que pasar horas estudiando la preparación de mis
sermones. Fue mucho más que practicar su presentación.
Fue mucho más que adquirir más experiencia. Aunque es-
tas cosas fueron necesarias, lo más importante fue darme
cuenta de que Dios me había dado ese don, y que él estaba
cumpliendo su promesa de equiparme para el ministerio.
Elena de White nos da esta seguridad divina: “Dios lla-
ma a su pueblo, muchos de los cuales apenas están medio
despiertos, a levantarse, y a ocuparse fervientemente en
la tarea, orando por fuerza para servir. Se necesitan obre-
ros. Reciban el Espíritu Santo, y sus esfuerzos tendrán
éxito. La presencia de Cristo es lo que da poder”.4 A medida

3
White, Los hechos de los apóstoles, p. 233.
4
Elena de White, “Power for Service” [Poder para el servicio], The
Central Advance, 25 de febrero de 1903.

71
Amistades para Dios

que usamos los dones que Dios nos ha dado, ellos crecen.
Alguien ha dicho con razón: “Si no lo usas, lo perderás”. El
corolario es: “Al avanzar, creceremos”. Al ponernos a tra-
bajar para Cristo, creceremos en nuestra capacidad para
hacer su obra. El cristianismo no es un deporte de espec-
tadores. Somos llamados a servir. El Dios que nos llama a
su servicio nos equipa para ese servicio. El Espíritu Santo
no llama a los calificados; califica a los que llama.
A lo largo de todo el libro de los Hechos, el Espíritu
Santo guía, dirige, enseña y fortalece a los creyentes en
su testificación al mundo. Dios no está buscando perso-
nas súper inteligentes o súper talentosas; busca personas
súper consagradas. Personas que dependan enteramente
del Espíritu Santo. Personas que reconozcan que, sin el
poder del Espíritu, su testimonio no tiene poder. Dios no
busca habilidades. Él busca disponibilidades. Su palabra
es clara: “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espí-
ritu, ha dicho Jehová de los ejércitos” (Zac. 4:6). El Espíritu
Santo es esencial para la testificación efectiva. Él prepara
un pueblo para la proclamación del evangelio, haciendo
que corazones y mentes sean receptivos a la influencia de
la Palabra de Dios. El Espíritu Santo imparte dones espiri-
tuales a cada creyente y capacita a cada uno para desarro-
llar estos dones a medida que los usa en el servicio. De este
modo, se logra un impacto duradero en las vidas de otros.
Más que cualquier otra cosa, Dios está buscando hom-
bres y mujeres, niños y niñas, jóvenes y adultos jóvenes
que estén completa y plenamente consagrados a compar-
tir su amor con un mundo perdido. Cuyos corazones estén
entretejidos con su corazón, y cuyas mentes estén al uní-
sono con la suya. Su mayor deseo es compartir su amor de
modo que la gente pueda recibir el don de la vida eterna.
Dios quiere que sus hijos estén comprometidos a usar sus
dones para el progreso de su causa.

72
Posibilidades ilimitadas

Sobre tus rodillas, buscando a Dios, ¿le has pedido que


te impresione con los dones que él te ha dado? ¿Has abierto
tu corazón al Cristo viviente, y le has pedido que te revele
tu lugar de servicio? ¿Estás dispuesto a hacer la siguiente
oración sencilla?
“Querido Señor, reconozco que, sin tus dones y el poder
del Espíritu Santo, mi testificación es ineficaz. Te agradez-
co porque has prometido dar dones a cada creyente, y me
comprometo a usar los dones que me has dado en el servi-
cio a tu iglesia y a la gente que me rodea. Humildemente
pido que me reveles el lugar donde quisieras que yo sir-
va y me des poder para usar mis dones bajo la dirección
del Espíritu Santo. Gracias por los dones del Espíritu y tu
conducción al usarlos en forma efectiva en tu causa. En el
nombre de Jesús. Amén”.

73
Capítulo 7

COMPARTIR LA
PALABRA

B
eto era miembro rudo de una pandilla agresiva en
una gran ciudad. A menudo pasaba los sábados por
la noche yendo de un bar a otro, bebiendo y buscan-
do peleas para entretenerse. No era infrecuente que rom-
piera una botella de cerveza en un mostrador y se pusiera
a pelear a botellazos con un miembro de otra pandilla. Su
meta era herir al otro antes de que lo hirieran a él. Beto era
rudo, realmente rudo. Pero su metro ochenta, su aspecto
corpulento, músculos desarrollados y apariencia de no te-
ner miedo a nada solo enmascaraban un doloroso anhelo
de encontrar paz y un verdadero propósito para su vida.
Un día, un amigo adventista lo invitó a una de nuestras
reuniones evangelizadoras. Hacia allí fue en su motocicle-
ta Harley-Davidson, con su campera de cuero negro, jeans
desgastados y botas de motociclista: no tenía la apariencia
de sentir algún interés espiritual. Pero había algo acerca
de Beto que iba más allá de las apariencias. Eran sus ojos.
Parecían indicar hambre de algo mejor.
Beto estaba buscando algo que satisficiera el anhelo de
su corazón, y noche tras noche ansiosamente escuchaba la
Palabra de Dios que era proclamada con poder. Su corazón
fue tocado. Su vida cambió. El Cristo de la Palabra llegó a

74
Compartir la Palabra

ser su Salvador personal. Las profecías de las Escrituras le


dieron una nueva confianza en un Dios que guía el futuro.
Las enseñanzas de la Biblia cambiaron su vida. El Espíritu
Santo lo transformó del airado miembro de una pandilla a
un creyente cristiano amante y lleno de gracia.

El poder de la Palabra
La inspirada Palabra de Dios contiene principios que
dan vida. Cuando aceptamos por fe las cristocéntricas
enseñanzas de la Biblia, nuestras vidas se transforman.
El poder creativo de la Palabra de Dios ilumina nuestra
oscuridad. Nos cambia. Cuando Dios habló la palabra en
la Creación, nuestro planeta llegó a existir. Él creó este
mundo por su palabra todopoderosa. El salmista afirma:
Por la palabra de Jehová fueron
hechos los cielos,
Y todo el ejército de ellos por el aliento
de su boca.
Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió
(Sal. 33:6, 9).
La palabra de Dios es creativa. Lo que él dice existe por-
que su palabra es poderosa, crea lo que afirma. La palabra
audible, que procede de la boca de Dios, crea materia tan-
gible. Tú y yo podemos declarar lo que es, pero sólo Dios
puede manifestar lo que no es y lo que no está. Cuando
Dios habla, su palabra hace que así sea. Hablando de la
concepción de Sara y Abrahán siendo ancianos, Pablo
afirma esta verdad admirable: “Dios [...] llama las cosas que
no son como si fueran” (Rom. 4:17, RVR 95). Antes de que
Sara concibiera un hijo, la palabra de Dios declaró que ella
quedaría embarazada en la ancianidad. Este pronuncia-
miento divino llegó a ser una realidad, porque la palabra
de Dios tiene el poder de realizar lo que Dios afirma.

75
Amistades para Dios

Aquí hay una verdad maravillosa, que transforma la


vida: el poder creativo de la palabra hablada está en la
Palabra escrita. El apóstol Pablo declaró: “La palabra de
Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de
dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las
coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y
las intenciones del corazón” (Heb. 4:12). La Biblia es la Pala-
bra viviente de Dios. Por medio del ministerio del Espíritu
Santo, llega a estar viva en nuestro corazón y a cambiar
nuestra vida. Otros libros pueden ser inspiradores, pero
la Palabra de Dios es inspirada. Otros libros pueden ilumi-
nar la mente, pero la Palabra de Dios no solo nos ilumina,
también nos transforma. Elena de White capta el asom-
broso poder de la palabra de Dios en esta declaración: “En
la palabra de Dios está la energía creadora que llamó los
mundos a la existencia. Esta palabra imparte poder; en-
gendra vida. Cada orden es una promesa; aceptada por la
voluntad, recibida en el alma, trae consigo la vida del Ser
infinito. Transforma la naturaleza y vuelve a crear el alma
a imagen de Dios”.1 Piensa por un momento en esta decla-
ración. Cuando compartimos la Palabra de Dios con otros,
la Creación ocurre otra vez. El poder de la Palabra satisfa-
ce las almas sedientas y alimenta los corazones hambrien-
tos. Re-crea el alma a la imagen de Dios.

Jesús: la Palabra viva


El tema central de la Biblia es Jesús. Los profetas del
Antiguo Testamento testificaron de él. Cada libro de la Bi-
blia es una revelación de su amor. Mientras hablaba a los
fariseos, Jesús declaró: “Ustedes estudian con diligencia
las Escrituras porque piensan que en ellas hallan la vida
eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor!”

1
Elena de White, La educación (Buenos Aires: ACES, 2009), p. 126.

76
Compartir la Palabra

(Juan 5:39, NVI). El Antiguo Testamento habla del Cristo


que vendrá, y el Nuevo Testamento revela al Cristo que
ya vino. Toda la Biblia “testifica” de Jesús. En la Escritu-
ra, Jesús es el Cordero moribundo, el Sacerdote viviente, y
el Rey venidero. Él es quien nos justifica, nos santifica, y
un día nos glorificará. Jesús es nuestro Salvador y Señor
perdonador, misericordioso, compasivo que transforma la
vida. Jesús es el Gran Obrador de milagros. Él es un trans-
formador de vidas. “De modo que si alguno está en Cristo,
nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son he-
chas nuevas” (2 Cor. 5:17, RVR 95).
La Biblia no es meramente un manual práctico de la
vida cristiana; es la Palabra viva de Dios que transforma
vidas. Considera algunos de los símbolos bíblicos de la Pa-
labra, como la luz, un fuego, un martillo, semillas y pan.
Estas diferentes imágenes tienen una cosa en común:
revelan el poder de la Palabra de Dios para transformar
nuestra vida. Cuando compartes la Palabra de Dios con la
gente en tu esfera de influencia, es como una luz que los
guía a través de los oscuros valles de su vida. Es como un
fuego que arde dentro de su alma. Es como un martillo
que rompe su duro corazón. Es como una semilla que si-
lenciosamente crece y produce el fruto del Espíritu en su
vida. Es como el pan que alimenta su hambre espiritual.

Símbolos de la Palabra de Dios


El salmista David declara: “Lámpara es a mis pies tu
palabra, Y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105). También
añade: “La exposición de tus palabras alumbra; hace en-
tender a los sencillos” (vers. 130, RVR 95). La luz siempre
involucra la eliminación de la oscuridad. Si estuvieras en
un sendero oscuro de noche sin una luz, fácilmente po-
drías desviarte del camino. Una linterna poderosa marca-
ría toda la diferencia en el mundo.

77
Amistades para Dios

Del mismo modo, la Palabra de Dios ilumina el camino


de los seguidores de Cristo. Los guía a casa. Jesús es la “luz
del mundo” (Juan 8:12) que ilumina nuestra oscuridad por
medio de su Palabra. Cuando compartimos la Palabra de
Dios con otros, disipa la oscuridad que envuelve su vida e
ilumina su sendero al Reino de Dios.
Mi esposa y yo vivimos a poco más de un kilómetro de
la Iglesia Adventista del Séptimo Día “La esperanza viva”.
A menudo, después de un programa evangelizador, vamos
a casa caminando. Nuestra jornada a casa nos lleva a lo
largo de senderos no iluminados del bosque. Algunas ve-
ces, hemos caminado por ese sendero en oscuridad casi
total, y es todo un desafío mantenernos en el camino co-
rrecto. Hemos aprendido por experiencia que tener una
linterna marca la gran diferencia. Cuando la luz ilumina
el sendero, el camino a casa es bastante placentero. Sin la
luz, andamos a tientas en la oscuridad. Jesús anhela lle-
varnos a casa, así que ha provisto sus palabras como una
lámpara para iluminar el camino.
Jeremías 23:29 compara la Palabra de Dios tanto con
un fuego como con un martillo. Se compara con un fuego
porque consume. Cuando compartimos la Palabra de Dios
con otros, el fuego de la Palabra de Dios arde dentro de su
alma, consumiendo el error. Como el oro refinado en fue-
go, la escoria es consumida. El proceso de refinación no
siempre es placentero, pero es necesario eliminar toda la
escoria en su carácter. La Palabra de Dios es como un mar-
tillo. El término martillo parece ser un término extraño
para referirse a la Biblia. Los martillos se usan para clavar
cosas. También rompe cosas. El martillo de la Palabra de
Dios rompe en pedazos los corazones duros. Piensa en los
cambios dramáticos que ocurrieron en la vida de los ende-
moniados, del centurión romano, del ladrón en la cruz, y
de una hueste de otras personas en el Nuevo Testamento.

78
Compartir la Palabra

La Palabra de Dios golpea su corazón hasta que esos cora-


zones duros se rompen por el martillo del amor.
En uno de los símbolos más comunes en las Escrituras,
la Biblia se compara con semillas. En Lucas 8:11, Jesús de-
clara: “La semilla es la palabra de Dios”. Hay vida en una
semillita. Cuando la semilla de la Palabra de Dios es plan-
tada en el suelo de la mente, produce una abundante cose-
cha en la vida. Jesús a menudo usó el símbolo de la semilla
para describir el crecimiento de su Reino. La Palabra de
Dios esparcida como semillas por todo el mundo produci-
rá una cosecha abundante. Jesús amplía este tema en una
de sus parábolas agrícolas. “Así es el reino de Dios, como
cuando un hombre echa semilla en la tierra. Duerma y
vele, de noche y de día, la semilla brota y crece sin que él
sepa cómo” (Mar. 4:26, 27, RVR 95).
El comentarista Matthew Henry, al exponer este pasa-
je, hace esta aguda observación: “[La semilla] brotará; aun-
que parezca perdida y enterrada bajo los terrones, encon-
trará o se abrirá paso por entre ellos. La semilla arrojada a
la tierra brotará. Dejemos que la palabra de Cristo tenga el
lugar que debería en un alma, y se mostrará, como la sabi-
duría de arriba lo hace en una buena conducta”.2 El punto
que presenta el Dr. Henry es claro. La Palabra de Dios pue-
de parecer enterrada en algún lugar de la mente, cubierta
por los terrones del pecado, pero, si es acariciada, brotará
a una vida nueva. Cambiará radicalmente nuestra actitud,
nuestra conversación y nuestro estilo de vida. Una semilla
da vida. Podemos no ver que la semilla crece, pero crece
debajo del suelo. Al sembrar la semilla de la Palabra de
Dios en la vida de las personas que están en nuestra esfera
de influencia, puede parecer que está sucediendo poco en

2
Matthew Henry, Matthew Henry’s Commentary on the Whole Bible
[Comentario de la Biblia completa de Matthew Henry], t. 5, p. 198.

79
Amistades para Dios

su vida. Algunas veces aun puede parecer que la semilla


se desperdició, pero ¿notaste la declaración de Jesús? Aquí
está el punto del Maestro. Nosotros sembramos la semilla,
y Dios hace crecer la semilla. Nuestra responsabilidad no
es hacer crecer la semilla; es sembrarla.
La Biblia también usa el término pan para describir la
Palabra de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el pan de vida” (Juan
6:35). Añade: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda
palabra que sale de la boca de Dios” (Mat. 4:4). El pan era
un alimento vital en la antigüedad y es hoy uno de los ali-
mentos básicos de nuestro planeta. Es un elemento esen-
cial en nuestra dieta. Una persona pude sobrevivir mucho
tiempo solo con pan y agua. Al usar la ilustración del pan,
Jesús está declarando que él es esencial para la vida.
Luego del milagro de la alimentación de los cinco mil,
en su bien conocido sermón del Pan de vida, Jesús declara:
“El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eter-
na” (Juan 6:54). Esta parece una declaración extraña. ¿De
qué podría estar hablando Jesús? No estaba hablando de
comer literalmente su carne y beber su sangre. Alimen-
tándonos con su Palabra, sus enseñanzas llegan a ser una
parte verdadera de nuestra vida. Ser alimentados por la
Palabra es lo que quería decir Jeremías cuando declaró
gozosamente:
Fueron halladas tus palabras, y yo las comí;
y tu palabra me fue por gozo y por alegría de
mi corazón; porque tu nombre se invocó sobre
mí; oh Jehová, Dios de los ejércitos (Jer. 15:16).
La Palabra de Dios, como un trozo de pan integral, sa-
tisface nuestra hambre escondida. ¿Has notado alguna
vez que los productos altamente refinados no satisfacen
ni son llenadores? La Palabra de Dios es el sustento de la
vida. Nutre nuestra alma. Y por supuesto, las Escrituras

80
Compartir la Palabra

son como el agua pura y refrescante. Satisfacen com-


pletamente. No hay nada que sea tan gratificante como
el descubrimiento de la verdad acerca de Jesús en cada
enseñanza de la Escritura. Cuando compartimos las her-
mosas verdades de Jesús y las promesas animadoras de
su Palabra, otros a nuestro alrededor son bendecidos
abundantemente.

Discernir la receptividad en otros


Cuando las personas están pasando por una transición
en su vida, es más probable que estén abiertas al evange-
lio. Pueden estar afrontando desafíos de salud, una crisis
de trabajo, un problema de relaciones, o alguna otra difi-
cultad en su vida. Pide a Dios que te ayude a ser sensible a
las personas que te rodean y te dé la sabiduría para discer-
nir si están abiertas a la Palabra de Dios.
Jenny recién se había mudado a otra ciudad. Su espo-
so había fallecido, y ella se estaba desilusionando con su
fe. A su puerta llegó una tarjeta que invitaba a estudiar la
Biblia. Un año antes de la llegada de la tarjeta, ella pudo
no haber estado muy interesada en un estudio profun-
do de la Palabra de Dios. Ahora ella estaba pasando por
una transición en su vida y buscaba algo mejor. Tenía un
hambre escondida que no podía ser satisfecha con una fe
superficial. Ella respondió enviando la tarjeta por correo,
y estudió las lecciones ofrecidas. Hoy se regocija en la ver-
dad de la Palabra de Dios.
Como he enfatizado a lo largo de este capítulo, lo fan-
tástico acerca de la Palabra de Dios es que lleva consigo
el poder de realizar lo que ofrece. La Palabra de Dios es
viva. Otros libros pueden ser inspiradores, pero la Biblia
es inspirada y contiene el poder del Dador de la vida. No
contiene meramente verdades, es la verdad en su esencia.
Las verdades vivientes de la Biblia no solo declaran lo que

81
Amistades para Dios

es, sino realizan lo que ellas afirman en las vidas de aque-


llos que creen (ver Heb. 3:19; 4:12).
La Escritura nos asegura que, por medio de la Palabra
de Dios, llegamos a ser “participantes de la naturaleza di-
vina” (2 Ped. 1:4), nuestra alma se salva mediante la pala-
bra implantada (Sant. 1:21), y recibimos una “herencia con
todos los santificados” (Hech. 20:32). Cuando por fe acep-
tamos la Palabra de Dios como la viva Palabra de Cristo,
todo lo que Jesús nos prometió llega a ser nuestro. Su Pa-
labra es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir,
para instruir en justicia” (2 Tim. 3:16).
Nuestra meta principal al compartir la Palabra con
otros es comunicar una visión exaltada de la Palabra ins-
pirada de Dios, y animarlos a compartir las promesas y las
enseñanzas de la Palabra con otros. Nuestro papel no es
convertir a la gente; ese es el rol del Espíritu Santo. Nues-
tra función es compartir las enseñanzas transformadoras
de la Palabra de Dios, y permitir que el Espíritu Santo im-
presione esas enseñanzas en la vida de los otros.
Las promesas de la Palabra de Dios son como cheques
de viajero. A veces, cuando las personas se van de vacacio-
nes a un país extranjero y no quieren arriesgarse a llevar
consigo dinero en efectivo, compran cheques de viajero de
un banco. Estos cheques están libres de riesgo. Si pierdes
uno o te lo roban, son respaldados por el banco. Cuando
compras los cheques, los firmas, y cuando los entregas en
una compra, los firmas de nuevo.
Las promesas de Dios están respaldadas por todas las
riquezas de su gloria. Las riquezas inagotables del cielo
nunca se acaban. Pero lo mejor es que sus beneficios ya
han sido comprados para nosotros en la Cruz. Todo lo que
hacemos es aceptar las provisiones de sus promesas por
fe, y aun la fe misma es un regalo que él nos da.
Aquí hay algunas promesas para fijar en tu mente:

82
Compartir la Palabra

• “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para


perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda mal-
dad” (1 Juan 1:9).
• “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea
humana, pero fiel es Dios, que no os dejará ser tenta-
dos más de lo que podéis resistir, sino que dará también
juntamente con la tentación la salida, para que podáis
soportar” (1 Cor. 10:13).
• “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Fil. 4:13).
• “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a
sus riquezas en gloria en Cristo Jesús” (Fil. 4:19).
• “Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedi-
mos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y
si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pida-
mos, sabemos que tenemos las peticiones que le haya-
mos pedido (1 Juan 5:14, 15).
Escribe cada una de estas promesas en una tarjeta y
léelas varias veces cada día para memorizarlas. Pide a
Dios que te ayude a compartirlas con alguien que lo nece-
site, alguien cuyo corazón se sienta atraído a él.
Finalmente, comparte con uno de tus amigos cristia-
nos cómo Dios te ha usado esta semana. Por ejemplo, hace
varios años, yo estaba aconsejando a Carmen, una mujer
que estaba luchando para abandonar el cigarrillo. Ella ha-
bía comenzado a fumar en su adolescencia. Ahora, en su
vida adulta, ella parecía no tener esperanza de abandonar
la adicción. Ella tenía poca confianza en que pudiera de-
jarlo. Todos sus esfuerzos anteriores solo la habían dejado
más desanimada.
Estudiamos juntos el Nuevo Testamento, concentrán-
donos mayormente en las curaciones milagrosas de Jesús.
En un momento, leí 1 Juan [Link] “Y esta es la confianza que
tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su
voluntad, él nos oye”.

83
Amistades para Dios

Le pregunté a Carmen dónde dice el texto que está


nuestra confianza. ¿Está en el poder de nuestra voluntad?
¿Está en nosotros mismos? No, nuestra confianza está en
él. Encontramos nuestra fortaleza en Jesús. Señalé que
el texto no dice: “Esta es la confianza que tenemos en él,
que si pedimos alguna cosa de acuerdo con su voluntad,
excepto dejar de fumar, él nos oye”. Ella sonrió. Cuando le
pregunté: “¿Es la voluntad de Dios que dejes de fumar?”,
ella respondió: “Pastor, por supuesto que lo es”. Ella se afe-
rró a la promesa de Dios por fe. Fiel a su palabra, Jesús
la liberó. Sí, ella tuvo una lucha, pero la gracia fue mayor
que el pecado. La fe triunfó sobre la duda. El poder de Dios
llenó su vida, y ella llegó a estar libre del tabaco.
Hay poder, poder transformador, en la Palabra de Dios.
Al compartir la Palabra de Dios con otros, experimentarás
gozo al ver una nueva creación cuando el mismo Espíritu
Santo que inspiró la palabra transforme vidas por medio
de la Palabra.

84
Capítulo 8

MINISTRAR COMO
JESÚS

H
an Zicheng sobrevivió a la invasión japonesa, la
guerra civil China, y la Revolución Cultural, pero
él sabía que no podría soportar la tristeza de vi-
vir solo. En un helado día de diciembre, el abuelo chino
de 85 años reunió algunos trozos de papel blanco y escri-
bió un pedido de ayuda en tinta azul: “Busco alguien que
me adopte, un viejo solitario en sus ochenta. De cuerpo
fuerte. Puedo comprar, cocinar, y cuidarme solo. No tengo
ninguna enfermedad crónica. Me retiré de un instituto de
investigación científica en Tianjin, con una pensión de 6
mil yuanes [unos 950 dólares] por mes –escribió–. No quie-
ro ir a un geriátrico. Mi esperanza es que una persona o
familia de corazón bondadoso me adopte, me alimente en
mi vejez, y sepulte mi cuerpo cuando me muera”.1
Pegó una copia en una parada de ómnibus en su vecin-
dario congestionado. Una mujer joven vio el aviso y le sacó
una foto con su teléfono. Cuando la puso en las redes so-
ciales, se volvió viral. Han recibió muchas llamadas, pero
desafortunadamente, antes de que él pudiera ser adoptado,
murió con el corazón quebrantado por la soledad. Al pensar
1
Emily Rauhala, “The Lonely Grandpa” [El abuelo solitario], Winnipeg
Free Press, 12 de mayo de 2018.

85
Amistades para Dios

en la historia de Han, pensé que millones de personas des-


esperadas en nuestro mundo están aguardando un abra-
zo amoroso. Anhelan una palabra bondadosa, una nota de
ánimo y el gozo de saber que alguien se preocupa por ellos.

Jesús es el modelo de amor abnegado


El ministerio de Jesús de amor abnegado reveló la na-
turaleza del Reino de Dios. Sus palabras tienen impacto
porque su vida altruista estuvo en armonía con sus di-
chos. Sus enseñanzas dejaron una marca porque resul-
taron en acciones amantes. Si las acciones de Cristo no
hubieran estado en armonía con sus palabras, hubieran
tenido muy poca influencia sobre la gente que lo rodeaba.
Los oficiales del templo informaron al jefe de los sacer-
dotes y a los fariseos: “¡Jamás hombre alguno ha hablado
como este hombre!” (Juan 7:46). Comentando este pasaje,
Andrew Pink añade:
¡Qué testimonio de parte de incrédulos! En
lugar de arrestarlo, ellos habían sido atrapados
por lo que habían oído. ¡Noten otra vez cómo
esto magnifica a Cristo como ‘la Palabra’! ¡No
fueron sus milagros lo que los había impresio-
nado más, sino su hablar! ‘Jamás hombre algu-
no habló como este hombre’. Realmente su tes-
timonio fue verdadero, porque ¡Aquel a quien
habían escuchado era más que un ‘hombre’: ‘la
Palabra era Dios’! Ningún hombre habló algu-
na vez como Cristo porque sus palabras eran
espíritu y vida (Juan 6:63).2
2
Andrew Pink, “Chapter - Christ in the Temple (Concluded)” [Capí-
tulo – Cristo en el templo (Conclusión)], Bible [Link], tomado de:
[Link] [consulta-
do el 30 de enero de 2020].

86
Ministrar como Jesús

Las palabras de Jesús estaban respaldadas por sus ac-


tos. Si él no hubiera vivido como vivió, no podría haber ha-
blado como habló. Esto es ciertamente verdad cuando se
refiere a nuestro testimonio cristiano. Nuestras palabras
tienen poder cuando son apoyadas por una vida piadosa.
Este capítulo subraya la importancia de un servicio ab-
negado que se centra en otras personas. Un servicio que
deja una impresión duradera en sus vidas. Examinaremos
el fluir del amor del corazón de Jesús como su medio más
efectivo de testificar.

El amor responde a las acusaciones de Satanás


Hace mucho tiempo, en el vasto ámbito celestial del es-
pacio, Lucifer se rebeló contra Dios. Alegó que Dios era in-
justo, era parcial y no era amante. Sin embargo, Jesús vino
a la tierra, demostró el inmenso amor de su Padre y refutó
las acusaciones de Satanás. Cada milagro de sanidad reve-
laba el amor del Padre. Cada vez que una persona poseída
por demonios era liberada, ese hecho hablaba del amor del
Padre. Cada vez que Jesús alimentaba a los hambrientos,
consolaba a los afligidos, perdonaba a los culpables, forta-
lecía a los débiles, o resucitaba a los muertos se revelaba el
amor del Padre.
Hoy la iglesia es el cuerpo de Cristo, atendiendo las ne-
cesidades de la gente en nombre de Jesús, revelando su
amor y ministrando a la comunidad. Por medio de la igle-
sia, el mundo observa y el universo espera ver el carácter
lleno de gracia de Dios. Así como Cristo testificó acerca de
la veracidad de sus palabras por sus actos abnegados, así
llama a su iglesia a avanzar más allá de las trivialidades
piadosas y a ocuparse en servir.
Cristo nos llama a comprometernos con el mundo, no
a distanciarnos de él. Somos llamados a iluminar la oscu-
ridad con la luz del amor de Cristo. La luz disipa la oscu-

87
Amistades para Dios

ridad. El apóstol Pablo lo afirma hermosamente: “Porque


Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz,
es el que resplandeció en nuestros corazones, para ilumi-
nación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de
Jesucristo” (2 Cor. 4:6).
¿Captaste la importancia de la enseñanza de Pablo? La
luz del amor de Dios resplandece desde nuestras vidas a
los que están en la oscuridad. Por medio de nosotros, la
gloria de Dios llega al mundo con un conocimiento de su
carácter amante.
La Biblia también usa la imagen de la sal para ilustrar
el rol de la testificación cristiana en nuestro mundo. La
sal no les dará mucho sabor a los alimentos si permanece
dentro del salero. Solo cuando la sal es añadida a la comi-
da puede darle sabor y conservarla. Hace unos pocos años,
leí el libro de Rebecca Manley Pippert titulado Out of the
Salt Shaker [Fuera del salero]. En él, ella presenta la evan-
gelización no como un evento sino como un estilo de vida.
El tema central del libro es sencillo: si has de producir un
impacto en el mundo que te rodea, involúcrate en la vida
de la gente. Los cristianos que permanecen juntos en los
cómodos confines de sus iglesias y tienen poco contacto
con el mundo tendrán pocas oportunidades de influir so-
bre ese mundo para Cristo.
Un día estaba bromeando con mi esposa y le dije: “Es-
toy tentado a escribir un nuevo libro, titulado ‘Por qué es-
toy dejando la iglesia’ ”. Ella respondió de inmediato: “¿En
qué estás pensando?” Le contesté: “Mira, no puedes ganar
almas si permaneces en el edificio de la iglesia. Tienes que
interactuar con tu comunidad. Yo estoy dejando el edificio
de la iglesia para salir y testificar al mundo”. Si la iglesia
llega a ser una orden monástica en vez de un movimiento
misionero, no logrará su destino eterno y dejará de reali-
zar la comisión de Cristo.

88
Ministrar como Jesús

Un movimiento misionero
El movimiento monástico de la Edad Media considera-
ba al mundo como malo. Los monjes creían que el camino
a la santidad era abandonar las cosas de este mundo. Al-
gunos de ellos fueron a grandes extremos para evitar el
contacto con el mundo.
En su intento de alcanzar la santidad y estar separado
de este mundo, Simeón Estilita vivió en lo alto de una serie
de pilares durante 37 años, en una pequeña aldea cercana
a Alepo, Siria. Como monje ascético, pasaba sus días me-
ditando, orando y contemplando lo divino. A menudo la
gente se reunía alrededor de los pilares donde estaba. Mi-
raban fijamente a este “hombre santo” y a veces le pedían
consejo. Su fama se extendió por toda el área circundante,
y otros monjes imitaron su estilo de vida. Creían que la
unidad con Dios se alcanzaba por medio de la separación
del mundo.
Aunque las Escrituras nos llaman a cada uno a la ora-
ción, la meditación en la Palabra y la separación del mal,
el propósito de pasar tiempo con Cristo es que podamos
ser testigos a los demás. Los monjes a menudo perdían
de vista este aspecto vital de la fe cristiana. Dejaban de
comprender que el poder de un testimonio cristiano es
más potente cuando los creyentes están conectados con
su comunidad.
La gran oración intercesora de Jesús en Juan 17 lo dice
de este modo: “No ruego que los quites del mundo, sino
que los guardes del mal” (vers. 15). Alguien ha dicho que
los cristianos son como un bote en el agua. Todo está
bien si el bote está en el agua y no hay agua dentro del
bote. Los cristianos están en el mundo para influenciar
al mundo para Cristo, pero cuando el mundo está en los
cristianos, absorbiendo su tiempo, su atención y sus ener-
gías, algo anda mal.

89
Amistades para Dios

Jesús se lanzó a este mundo pecador y rebelde para re-


velar el amor de Dios y redimir a la humanidad. Él consi-
deraba a cada persona con los ojos de la compasión divina.
De un oficial militar romano dijo: “Ni aun en Israel he ha-
llado tanta fe” (Mat. 8:10). Es sorprendente que animó a un
escriba judío, diciendo: “No estás lejos del reino de Dios”
(Mar. 12:34). Mientras que los discípulos pueden haber que-
rido debatir con este escriba, Jesús eligió creer lo mejor
acerca de él. Él veía a cada persona como un candidato
para el Reino de Dios.

Palabras de esperanza
De acuerdo con la profecía de Isaías, Jesús no quebra-
ría la “caña cascada” ni apagaría “el pábilo que se extingue”
(Isa. 42:3, RVR 95). En otras palabras, Jesús bondadosa-
mente sanaría a la gente herida. Y, durante su ministerio
terrenal, no condenó a las personas. Piensa en las pene-
trantes palabras de condenación que Jesús podría haber
dicho en contra de la mujer tomada en adulterio, o a la
samaritana junto al pozo. Piensa en la reprensión que le
podría haber dado a Simón Pedro después de su negación,
o la severa crítica que le podría haber hecho al ladrón en
la cruz. Pero Jesús no hizo nada de esto. Sus palabras fue-
ron de esperanza. Fueron palabras de gracia, misericordia
y perdón. Nos amonesta: “Sea vuestra palabra siempre
con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis
responder a cada uno” (Col. 4:6). Como lo dijo muy clara-
mente Elena de White: “El amor se despierta únicamente
por el amor”.3 Ella añade: “El maravilloso amor de Cristo
enternecerá y subyugará los corazones cuando la simple
exposición de las doctrinas no lograría nada”.4 Cuando las

3
Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 13.
4
Ibíd., p. 767.

90
Ministrar como Jesús

palabras amables se combinan con actos reflexivos que


atienden las necesidades humanas prácticas, los corazo-
nes no convertidos son transformados.

Atender necesidades
El método de evangelización de Jesús era encontrar
una necesidad y atenderla. Su triple ministerio abarca-
dor de predicar, enseñar y sanar transformaba vidas. Los
evangelios revelan a Jesús mientras atendía las necesida-
des “autopercibidas” por las personas, de modo que podía
tocarlas en el punto de su necesidad espiritual más pro-
funda. Las necesidades autopercibidas son las necesida-
des que una persona percibe que tiene en un momento de-
terminado en el tiempo. Además de nuestras necesidades
percibidas, cada uno de nosotros tiene anhelos eternos
profundamente plantados. El Espíritu Santo pone deseos
espirituales dentro de nuestro corazón. Al atender las ne-
cesidades percibidas de la gente, sus prejuicios se rompen,
se forman relaciones, y ganamos el derecho de ser escu-
chados. Jesús atendió las necesidades percibidas de la
gente, de modo que ellos estaban dispuestos a escuchar
las verdades eternas que él compartía.
Considera el Evangelio de Juan. En Juan 1:37, dos dis-
cípulos se encontraron con Jesús. Inmediatamente, Jesús
les preguntó: “¿Qué buscáis?” (vers. 38). Estas dos palabras
llegaron a ser el procedimiento de su ministerio. Siempre
atendía a la gente donde se encontraba, nunca donde se
encontraba él. Comenzaba con sus necesidades físicas,
mentales, sociales y espirituales, no con las de él mismo.
En Juan 2, en la celebración de las bodas en Caná de Ga-
lilea, Jesús atendió necesidades sociales, evitando la ver-
güenza del anfitrión al acabarse el vino. En Juan 3, Jesús
se encontró con el hambre de una fe auténtica en el co-
razón de Nicodemo. La religión formal no satisfacía las

91
Amistades para Dios

necesidades del fariseo. Jesús sintió su anhelo interior,


e hizo una apelación espiritual directa. En Juan 4, Jesús
trató a la samaritana con respeto y dignidad, atendiendo
su necesidad emocional de estima propia. Aunque ella
era una mujer de mala reputación que había tenido cinco
maridos, Jesús vio más allá de su situación inmediata. En
forma bondadosa, le habló a sus anhelos más íntimos. Por
primera vez en su vida, ella sintió el amor genuino.
En Juan 5, Jesús atendió necesidades físicas en la cura-
ción milagrosa de un hombre desesperadamente enfermo
que había yacido sin esperanza junto al estanque de Betes-
da durante 38 años. El nombre Bethesda significa “casa de
misericordia”. A cada lugar donde iba Jesús, él ministraba
misericordia. Lucas, el médico del Nuevo Testamento, cita
a Pedro, quien dijo de Jesús que “anduvo haciendo bienes”
(Hech. 10:38). Demasiado a menudo nosotros solo “anda-
mos”, pero Jesús nos invita a cambiar nuestro paradigma.
La vida es acerca de mucho más que andar. Involucra “an-
dar haciendo bienes”.
Otro ejemplo de esto se encuentra en Juan 6, cuando Je-
sús partió el pan y alimentó a cinco mil personas hambrien-
tas. Jesús estaba preocupado por sus oyentes, y atendió sus
necesidades sentidas. No es sorprendente que la multitud
quedara entusiasmada y quisiera hacerlo rey (vers. 14, 15).
¿Que hizo que la popularidad de Jesús estuviera tan
alta en este momento? El mundo nunca había visto a al-
guien con tal amor abnegado. Nunca había experimenta-
do a uno que podía atender necesidades físicas, mentales,
emocionales y espirituales. Aquí en Juan 6, Jesús predi-
có el poderoso sermón del Pan de vida. Por primera vez,
muchos de sus oyentes comprendieron que él estaba lla-
mándolos a un compromiso espiritual profundo, un com-
promiso que hizo que muchos se alejaran, no dispuestos a
rendir su vida a Jesús (vers. 66).

92
Ministrar como Jesús

La preocupación de Jesús por las necesidades “perci-


bidas” de la gente constituía buenas relaciones públicas
para la iglesia cristiana. Sin embargo, su misión era mu-
cho más que la de una organización filantrópica. Jesús
había venido con el propósito de “buscar y [...] salvar lo que
se había perdido” (Luc. 19:10). Después de sanar a veinte-
nas de personas un sábado por la noche, Jesús se levantó
temprano a la mañana siguiente, buscando al Padre en
oración. Aunque había muchas más personas para sanar,
Jesús dijo: “Vamos a los lugares vecinos para que predique
también allí, porque para esto he venido” (Mar. 1:38).
No hay nada más importante para Jesús que salvar a
las personas perdidas. Él no alivió las enfermedades para
que las personas tuvieran más energía para vivir vidas de
indulgencia egoísta. Él alivió el sufrimiento físico para re-
velar el amor del Padre y para proveer evidencia tangible
de su capacidad de sanar corazones. Todos los milagros de
Jesús sirvieron para ilustrar su poder divino de librar de
la esclavitud del pecado.

El hombre con la llave de oro


Mi esposa y yo tuvimos el gozo de vivir en Inglaterra
desde 1985 hasta 1990. Aquellos fueron de los años más fe-
lices de nuestra vida. Tradicionalmente, las familias ingle-
sas son extremadamente cercanas. En aquellos años, las
veladas a menudo las pasaban ayudando a los niños con
sus deberes escolares, o jugando sencillos juegos de mesa.
Un juego tradicional que los niños ingleses gozaban mu-
cho era uno en el que hay que recortar figuras de escenas
de teatro y de música. En el juego, había muchos persona-
jes, y los niños podían armar sus escenas de teatro junto
con la orquesta, coros y actores.
Cada juego contenía un “hombre con la llave de oro”. El
hombre con la llave de oro podía abrir cualquier puerta

93
Amistades para Dios

y tenía acceso a la solución de cualquier problema. Jesús


es algo así. Él es el hombre con la llave de oro, que provee
soluciones para nuestras necesidades más profundas y los
problemas más importantes. Para él, las puertas cerradas,
las habitaciones cerradas con llave, y las cámaras más
oscuras no son problema. Su amor es la llave de oro que
transforma vidas. Su amor nos conduce desde los confi-
nes de nuestros propios intereses claustrofóbicos al gozo
irremplazable de atender las necesidades de otros. Elena
de White ofrece este resumen preciso del ministerio de
Cristo: “Solo el método de Cristo será el que dará éxito
para llegar a la gente. El Salvador trataba con los hombres
como quien deseaba hacerles bien. Les mostraba simpatía,
atendía sus necesidades y se ganaba su confianza. Enton-
ces les pedía: ‘Sígueme’ ”.5
Piensa durante algunos minutos en alguien de tu es-
fera de influencia que tenga una necesidad real que po-
drías atender. Tal vez es una madre sola que necesita que
alguien le cuide los niños por una velada. ¿Qué podrías
hacer para darle “una noche libre a esa mamá”? ¿Cómo
podrías entablar una amistad con ella? ¿Puedes invitarla
a tu casa para una comida? ¿O tal vez cambiarle el aceite
a su automóvil?
¿Hay algún viudo que vive del otro lado de tu calle?
¿Está solo y necesita amistad? ¿Qué cosas prácticas po-
drías hacer para él? ¿O qué hay de esa pareja joven que
acaba de mudarse a un departamento en tu edificio o a
una casa en tu cuadra? ¿Cómo puedes ayudarlos a ingre-
sar más fácilmente en la comunidad?
Piensa en las personas en tu esfera de influencia que
necesitan tener mejor salud. Tal vez deseen dejar de fumar,

5
Elena de White, El ministerio de curación (Buenos Aires: ACES,
2008), p. 102.

94
Ministrar como Jesús

adoptar una dieta más sana, perder peso, reducir el estrés,


hacer más ejercicio o mejorar su estilo de vida. ¿Cómo po-
dría tu iglesia desarrollar un programa regular y abarca-
dor de salud en la comunidad? Las oportunidades de servi-
cio son interminables, y el Espíritu Santo te guiará en tus
esfuerzos para aliviar el sufrimiento de la humanidad.
Si estamos ansiosos de caminar en los pasos de Jesús,
deberíamos considerar maneras concretas de atender las
necesidades de la comunidad en su nombre. Si hemos de
ser seguidores de Jesús, amemos como él amó, ministre-
mos como él ministró, y sirvamos como él sirvió.

95
Capítulo 9

DESARROLLAR UNA
ACTITUD GANADORA

L
os niños son nuestros mejores maestros, y los nie-
tos son los mejores de todos. Cuando Dyson, nuestro
nieto, estaba en segundo grado, estaba en la fila es-
perando que tocara la campana matutina para entrar a
su sala de clase. La niñita delante de él miró para abajo a
sus zapatos nuevos, vaciló un momento, y luego dijo: “Creo
que tus zapatos son feos”. Sin pensar más, nuestro nieto
miró los zapatos de ella y comentó: “Creo que tus zapatos
son hermosos”. De inmediato, la actitud de ella cambió. La
bondad fomenta la bondad. El hombre sabio estaba en lo
cierto: “La respuesta suave aplaca la ira” (Prov. 15:1).
Nuestra actitud hacia otros a menudo determina su
respuesta hacia nosotros. ¿Notaste alguna vez que cuan-
do sonríes a alguien, esa persona generalmente responde
con una sonrisa? ¿Has notado que cuando respondes con
un cumplido inesperado, otras personas generalmente res-
ponden en forma positiva? Cuando crees lo mejor acerca
de otros, los elevas espiritualmente y animas su corazón.
Jesús comprendía este hecho acerca de la naturaleza
humana. El Evangelio de Juan declara que Jesús, “la luz
verdadera que alumbra a todo hombre, venía a este mun-
do” (Juan 1:9). En lo profundo de nuestro ser mismo hay

96
Desarrollar una actitud ganadora

un anhelo de verdad eterna. Cuando nos acercamos a las


personas con este conocimiento, podemos atraerlos con
confianza, sabiendo que, se den cuenta o no, su alma tiene
hambre de Dios.
Dado que comprendía que cada ser humano tiene ham-
bre de Dios, Jesús no tenía problemas en creer en la gente.
No se desanimaba con los que parecían menos interesa-
dos en su mensaje. Se acercó a una mujer samaritana, a
un escriba judío, a un soldado romano, a una cananea y a
una mujer de mala reputación. En cada caso, Jesús miraba
lo mejor. Presentaba la verdad, pero siempre con amor. El
fundamento de su mensaje era aceptación, perdón, gracia
y la esperanza de una vida nueva. Nunca minimizó el va-
lor de la verdad, pero siempre presentaba la verdad de una
manera redentora. Elena de White presenta un hermoso
retrato de la interacción de Jesús con la gente:
Jesús no suprimió una palabra de verdad,
pero siempre profirió la verdad con amor. En
sus relaciones con la gente ejercía el mayor
tacto y la atención más cuidadosa y misericor-
diosa. Nunca fue áspero, nunca habló una pa-
labra severa innecesariamente, nunca produjo
en un corazón sensible una pena innecesaria.
No censuraba la debilidad humana. Hablaba
la verdad, pero siempre con amor.1
El blanco de este capítulo es descubrir cómo aplicar los
métodos de Jesús en nuestra testificación diaria.

Descubramos el método de Jesús


Hemos analizado el encuentro de Jesús con la samari-
tana junto al pozo en otro capítulo. Sin embargo, hay un

1
Elena de White, El camino a Cristo, p. 10.

97
Amistades para Dios

aspecto adicional de ese encuentro que es crucial para


nuestra comprensión de cómo compartir nuestra fe. En
la historia, Jesús y la mujer entablan una conversación, y
ella finalmente lo pone a prueba con una discusión muy
conocida entonces entre judíos y samaritanos: “Señor, me
parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en
este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar
donde se debe adorar” (Juan 4:19, 20). El lugar apropiado
de adoración era un problema que dividía a sus respecti-
vos pueblos. Judíos y samaritanos no se llevaban bien, y
la controversia tenía que ver con la adoración a Dios. El
monte Gerizim, el lugar de adoración de los samaritanos,
llegó a ser el principal punto de divergencia entre ellos,
impulsando a un sabio judío a plantear y responder la
pregunta: “¿En qué momento pueden los samaritanos ser
aceptados en el judaísmo? Cuando rechacen su creencia
en el monte Gerizim”.
Aquí está el trasfondo del debate. Los samaritanos
quisieron participar con los judíos en la construcción del
templo en Jerusalén pero, por causa de sus casamientos
mixtos con los habitantes de las naciones que los rodea-
ban, los líderes judíos no les permitieron participar en la
construcción del templo. En consecuencia. Ellos decidie-
ron construir su propio templo en el monte Gerizim.
Jesús podría fácilmente haber entrado en un debate
teológico con esta mujer sobre la adoración auténtica, pero
él miraba más allá de su pregunta intelectual y atendió la
necesidad de su corazón. La mayor necesidad de ella no
era la respuesta a su pregunta religiosa. Su necesidad era
encontrar aceptación, perdón, y una vida nueva que solo
Jesús podía dar. Como resultado de la conversión de esta
sola mujer, toda Samaria recibió un impacto. Jesús perma-
neció dos días en este lugar aparentemente inaccesible,
con esta gente aparentemente inalcanzable. Los resulta-

98
Desarrollar una actitud ganadora

dos fueron notables. El Evangelio de Juan declara: “Cre-


yeron muchos más por la palabra de él [de Jesús]” (4:41). La
conversión de muchos samaritanos fue solo el comienzo
de una cosecha espiritual en lo que parecía tierra estéril.
Samaria estaba madura para la siega y, unos pocos años
más tarde, respondió a la predicación de Felipe, recibiendo
“la palabra de Dios” (Hech. 8:14).
¿Qué hubiera sucedido si Jesús habría discutido con la
samaritana? ¿Qué crees que hubiera ocurrido si pasaban
todo el tiempo argumentando acaloradamente sobre dón-
de adorar? Muy probablemente, aquello no hubiera termi-
nado bien. Afortunadamente, Jesús miró más allá de su
comentario, a sus necesidades. La testificación exitosa por
Cristo tiene una disposición amigable y una actitud gana-
dora. Quienes la desarrollan ven lo mejor en los otros.
Considera la interacción de Cristo con la mujer cana-
nea. Los cananeos eran un pueblo idólatra que veneraba
a los muertos mediante dioses familiares. También adora-
ba a las deidades paganas como Baal, El, Asera, y Astarté.
Estos cultos de la fertilidad eran usualmente para dioses
y diosas de la vegetación y la cosecha. Muchos eruditos
creen que los ritos religiosos cananeos incluían también
sacrificios humanos, especialmente, el sacrificio de niños.
Si un judío consideraba a alguien como un paria, un in-
tocable e inalcanzable, habría sido una mujer cananea.
Considerando este prejuicio, el enfoque de Jesús con esta
mujer es magistral y poco convencional.
En su divina sabiduría, guiado por el Espíritu Santo, la
alcanzó de una manera que parecería contraria a su na-
turaleza. Ella clamó por misericordia para ella y su hija,
rogándole que librara a su hija de la posesión demoníaca
(Mat. 15:22). Jesús respondió a esta emotiva apelación con
silencio. Él pareció ignorarla, y sus discípulos le rogaron
que la despidiera, pero ella persistía, impulsando a Jesús

99
Amistades para Dios

a hacer esta declaración asombrosa: “No soy enviado sino


a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (vers. 24). El re-
chazo de Jesús a su pedido puede sonar a discriminación.
Parecería que vino a salvar a unos pocos escogidos.
Sorprendentemente, la mujer desesperada no aceptó el
“no” como respuesta. Ella apeló: “¡Señor, socórreme!” (vers.
25). Jesús ahora parece rechazarla totalmente, al decir:
“No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los pe-
rrillos” (vers. 26).
Sin desanimarse por el rechazo de Jesús, ella lo afron-
to tenazmente con una apelación final: “Aun los perrillos
comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos”
(vers. 27).
En esta conversación con la mujer cananea, las respues-
tas de Jesús nacieron de una estrategia divina. Él la estaba
atrayendo continuamente a su fe más profunda y reve-
lando a sus discípulos la necesidad de ver la fe profunda
en alguien que ellos hubieran despedido. Al final, Cristo
dijo claramente a la mujer, en presencia de los discípulos:
“ ‘¡Mujer, grande es tu fe!; hágase contigo como quieres’. Y
su hija fue sanada desde aquella hora” (vers. 28). Notable-
mente, Jesús vio lo que otros no veían. Él vio la “gran fe” de
esta mujer cananea.
La testificación efectiva por Cristo ve el amanecer de la
fe en el corazón de la gente en lugares inesperados. Dios a
menudo nos sorprende. Él trabaja de maneras y en lugares
que no esperaríamos. Si tenemos ojos para ver, oídos para
oír y mentes para comprender, percibiremos la actuación
del Espíritu Santo en la vida de personas a nuestro alre-
dedor. Las escamas caerán de nuestros ojos, y veremos a
otros a través de los ojos de Jesús. Cristo vio la gente no
como era, sino como podía llegar a ser: refinados y enno-
blecidos por su gracia. Él creía en ellos, así que ellos se ele-
vaban para alcanzar las expectativas de Jesús.

100
Desarrollar una actitud ganadora

Jesús concordaba con las personas donde podía, las


aceptaba como eran, y las afirmaba cuando podía hacer-
lo. Se relacionaba mostrando interés por la gente, y en el
contexto de estas relaciones sembraba las semillas de fe
y compartía verdades divinas. Como tan agudamente lo
expresa Elena de White:
No debemos limitar la invitación del evan-
gelio y presentarla solamente a unos pocos
elegidos que, suponemos nosotros, nos honra-
rán aceptándola. El mensaje ha de darse a to-
dos. Cuando Dios bendice a sus hijos, no es tan
solo para beneficio de ellos sino para beneficio
del mundo. Cuando nos concede sus dones, es
para que los multipliquemos compartiéndolos
con otros.2
Para Jesús, el campo era el mundo, y toda persona en
él era un candidato potencial para el Reino de Dios. Com-
pró cada persona con el precio de su sangre, y esas son
las buenas nuevas que hemos sido llamados a compartir.
Nuestra apelación a la gente de este mundo es a aceptar la
salvación que Cristo ofrece tan libremente.

El evangelio: la base de toda aceptación


El fundamento de toda aceptación es el evangelio. Cris-
to nos ha aceptado de modo que podemos aceptar a otros.
Podemos perdonar a otros porque Cristo nos ha perdo-
nado. Podemos tener misericordia hacia otros porque
Cristo tuvo misericordia hacia nosotros. Cristo ve lo me-
jor en nosotros para que podamos ver lo mejor en otros.
Jesús vio al ladrón en la cruz no como un joven rebelde,
sino como un buen muchacho que tomó algunas malas

2
Elena de White, El ministerio de curación, p. 69.

101
Amistades para Dios

decisiones. Él vio a María Magdalena como una joven que


buscaba un amor divino que llenara su corazón con paz
y gozo. Jesús vio al centurión romano no como un miem-
bro rudo, sediento de sangre de la oposición, sino más bien
como alguien que buscaba a un verdadero líder que pu-
diera proveer más de lo que Roma podía ofrecerle. Jesús
miraba a los parias, a los contaminados, a los inmorales, a
los ladrones, al borracho y a los ricos aristócratas, a todos,
a través de los ojos del cielo. Jesús veía tierra fértil donde
otros solo veían suelo estéril. Jesús vio posibilidades don-
de otros solo veían problemas. Jesús vio lo que el Espíritu
Santo podía hacer cuando otros veían solo lo que los peca-
dores individuales habían hecho.
El apóstol Pablo lo dice de este modo: “Por tanto, reci-
bíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió,
para gloria de Dios” (Rom. 15:7). El apóstol también declaró:
“Antes sed bondadosos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdo-
nó a vosotros en Cristo” (Efe. 4:32, RVR 95). La ley de la
bondad gana corazones; la ternura de corazón, aceptación
y perdón abre las mentes al evangelio. Tratar a otros como
Cristo nos ha tratado a nosotros marca toda la diferencia
en nuestra testificación.
Hace un tiempo, una mujer golpeada por la pobreza
deambulaba por la calle una noche fría de invierno. Cuan-
do pasó frente a la Iglesia Adventista del Séptimo Día,
notó que las luces estaban encendidas. Ansiosamente en-
tró a la sala de jóvenes, sin idea de lo que podría encon-
trar. La vida había sido extremadamente dura con ella.
Ella había pasado recientemente por varias experiencias
traumáticas.
Había allí una clase de cocina en pleno desarrollo. En-
contró un asiento en la parte posterior de la sala, se sen-
tó, bajó su gorro de lana sobre la frente y se arropó en su

102
Desarrollar una actitud ganadora

abrigo. Ella era una rareza en medio de las demás mujeres


sofisticadas que asistían a la clase esa noche. Afortuna-
damente, algunas de las damas se acercaron a ella. La hi-
cieron sentir bienvenida. No se detuvieron a pensar en su
pobreza y valoraron su persona. Pasaron por alto el hecho
de que ella se puso a revolver el basurero buscando algo
para comer cuando terminó la clase. Dijeron poco, pero
trataron de suplir sus necesidades.
Ella siguió asistiendo a las clases, y entabló varias
amistades. Ella comenzó a integrarse con algunas de las
damas y, al pasar las semanas –impresionada por la bon-
dad, el amor y la aceptación que había experimentado–,
comenzó a asistir a la iglesia cada semana, y siguió con
estudios bíblicos.
Debajo de la superficie, había una mujer inteligente y
talentosa. De niña, había tomado clases de piano y era una
pianista experimentada. Antes de que pasaran dos años,
ella se convirtió en un miembro activo de la iglesia y en
una de sus pianistas. Ver a las personas no por lo que son
sino por lo que pueden llegar a ser marca toda la diferen-
cia. Jesús tenía una actitud ganadora, y nosotros también
podemos tenerla.
La amistad abre las puertas de los corazones, pero
usualmente no gana personas a Cristo sin nuestra testi-
ficación intencional. Las relaciones positivas crean con-
fianza, pero en sí mismas ellas no ganan a las personas si
no son relaciones centradas en Cristo. Jesús es “el camino,
y la verdad y la vida” (Juan 14:6), y él nos llama a seguir “la
verdad en amor” (Efe. 4:15).

Algunas sugerencias prácticas


Piensa en los siguientes escenarios. ¿Cómo actuarías
en cada caso? Atrévete a mirar a través de los ojos de
Cristo, y responde: ¿Qué ves?

103
Amistades para Dios

Escenario 1. Un hombre sin hogar acampa en el esta-


cionamiento de tu iglesia. Ha estado allí por tres noches.
¿Cuál es la forma apropiada para relacionarse con él?
¿Cómo puedes actuar en forma redentora sin transfor-
mar el estacionamiento en un campamento de refugiados
para las personas sin hogar, e impactar negativamente en
el vecindario?
Escenario 2. Un conocido tuyo de negocios, católico,
acaba de perder a su esposa debido a un agresivo cáncer
de mama. Él está afligido con el pensamiento de que ella
pueda estar sufriendo en el purgatorio. ¿Cómo puedes
presentar la verdad acerca del estado de los muertos de
una manera consoladora, sin ofenderlo?
Escenario 3. Un matrimonio joven que conoces no es
adventista del séptimo día, y acaban de perder a un hijo
de doce años en un accidente de tránsito. ¿Cómo puedes
comunicarles la esperanza del regreso de Cristo sin trivia-
lizar la muerte de su hijo?
Basado en este estudio de la manera en que Cristo se
acercaba a la gente, aquí hay algunas sugerencias para de-
sarrollar una actitud que atraiga a las personas y pueda
conducirlos a la salvación:
1. Pide a Jesús que te dé la convicción de que todas las per-
sonas tienen anhelos espirituales y pueden ser ganadas
para Cristo.
2. Procura desarrollar relaciones positivas, centradas en
Cristo, con los que están en tu esfera de influencia.
3. Ora pidiendo oportunidades de compartir la verdad.
4. Presenta verdades bíblicas en el contexto de relaciones
amantes.

Cristo llama a todos los creyentes


La testificación no es un evento para unas pocas sú-
per estrellas evangelizadoras. El llamado de Cristo es para

104
Desarrollar una actitud ganadora

todos los creyentes. Él nos invita a participar consigo en


la obra más excitante y satisfactoria del mundo. Elena de
White afirma claramente:
Todos pueden encontrar algo que hacer.
Nadie debe considerar que para él no hay si-
tio donde trabajar por Cristo. El Salvador se
identifica con cada hijo de la humanidad. Para
que pudiéramos ser miembros de la familia ce-
lestial, él se hizo miembro de la familia terre-
nal. Es el Hijo del hombre y, por consiguiente,
hermano de todo hijo e hija de Adán. Los que
siguen a Cristo no deben sentirse separados
del mundo que perece en derredor de ellos.
Forman parte de la gran familia humana, y el
Cielo los considera tan hermanos de los peca-
dores como de los santos.
Millones y millones de seres humanos, su-
midos en el dolor, la ignorancia y el pecado, no
han oído hablar siquiera del amor de Cristo por
ellos. Si nuestra situación fuera la suya, ¿qué
quisiéramos que ellos hicieran por nosotros?
Todo eso, en cuanto dependa de nosotros, de-
bemos hacerlo por ellos.3
Dios no solo nos llama, sino que también nos equipa y
nos entrega dones para servir. Él crea oportunidades pro-
videnciales para que compartamos su amor con otros. Al
escribir a los corintios, el apóstol Pablo menciona que Dios
milagrosamente abrió el camino para que él proclamara
el evangelio en el continente europeo: “Cuando llegué a
Troas para predicar el evangelio de Cristo, aunque se me
abrió puerta en el Señor” (2 Cor. 2:12). El apóstol reconocía
3
Ibíd., pp. 71, 72.

105
Amistades para Dios

que el Espíritu Santo había hecho una obra que él nunca


podría realizar. Solo el Espíritu puede crear receptividad
en las mentes de las personas. Solo el Espíritu Santo pue-
de abrir los corazones para recibir el evangelio, y solo el
Espíritu santo puede liberar a los hombres y las mujeres
de sus prejuicios, nociones preconcebidas e ideas falsas.
Día tras día, al dedicarnos a participar con Jesús en alcan-
zar a los perdidos, descubriremos puertas de oportunidad
abiertas por el Señor.

Pedido diario
¿Por qué no haces cada mañana esta oración sencilla?
“Querido Señor, hoy me consagro a ti. Úsame en tu servi-
cio. Trae a mi vida a alguien con quien pueda compartir tu
amor. Ayúdame a no estar tan preocupado conmigo mis-
mo y mis inquietudes, que deje de ver las oportunidades
de compartir tu verdad con otros. Señor, estoy dispuesto.
Señor, estoy disponible. Soy tu siervo. Úsame en tu mi-
sión para guiar a alguien a ti. Amén”. Si haces esta sencilla
oración, Dios te usará poderosamente en la aventura más
emocionante de tu vida.

106
Capítulo 10

UNA MANERA
EMOCIONANTE DE
INVOLUCRARTE

C
reo en el ministerio de los grupos pequeños porque
los grupos pequeños son transformadores. Miles de
feligreses por todo el mundo están activamente in-
volucrados en grupos pequeños, y están experimentando
su poder transformador de vidas. Los grupos pequeños
aumentan el número de miembros involucrados. Proveen
un lugar seguro para los que no son de la iglesia, donde
pueden compartir sus preocupaciones, permitiéndoles
crecer en su fe mediante la oración, el estudio de la Biblia
y la conversación.
Los grupos pequeños no son un concepto nuevo. Son
tan antiguos como el libro del Génesis y han sido realiza-
dos durante los siglos. Clarence Gruesbeck, en su artículo
del número de abril de 1982 de la revista Ministry, compar-
te las historias de tres personas poderosamente impacta-
das por estar involucradas en grupos pequeños de estudio
de la Biblia.
Presten atención a lo que tres personas, que
no pertenecían a ninguna iglesia, dicen acerca
del efecto en su vida, por medio del Espíritu

107
Amistades para Dios

Santo, de los grupos pequeños de estudio de la


Biblia. “Cuando mi esposa sugirió que yo asis-
tiera a su grupo de estudio de la Biblia, no esta-
ba interesado. Pero fui porque había visto un
cambio increíble en ella. Estoy contento de ha-
berlo hecho, porque encontré algo que faltaba
en mi vida. He aceptado a Jesucristo como mi
Salvador y Señor, y me estoy preparando para
el bautismo”.
Otro dice: “Lo que me impactó en el grupo
de estudio de la Biblia fue darme cuenta de que
aquí había personas que estaban experimen-
tando una verdadera relación con Jesucristo.
Dios estaba actuando en la vida de ellos, por
eso me aceptaron a mí, aunque yo era indigno
de ser amado”.
Y otro: “Me impresionó la manera en que
los miembros del grupo se ayudaban mutua-
mente. Era obvio que estas personas estaban
llenas de amor genuino. No se ve mucho de eso
en estos días y yo quería ese amor en mi vida.
He descubierto que da muchas satisfacciones
y que es muy provechoso”.1

Base de crecimiento y evangelización


En algunas partes del mundo, los grupos pequeños for-
man la base de la iglesia para el crecimiento espiritual y la
evangelización. En otras partes del mundo, hay pocos gru-
1
Clarence Gruesbeck, “Small Group Evangelism” [Evangelismo de gru-
pos pequeños], Ministry, abril de 1982, tomado de: [Link]
[Link]/archive/1982/04/small-group-evangelism [consulta-
do el 31 de enero de 2020].

108
Una manera emocionante de involucrarte

pos pequeños en las congregaciones locales. Históricamen-


te, los grupos pequeños han sido siempre centrales para el
crecimiento espiritual y se puede trazar sus raíces al tiem-
po de Moisés. En el Éxodo, fueron parte del plan organiza-
tivo de Moisés para Israel, y en el Nuevo Testamento actua-
ron en el ministerio de Jesús y en la iglesia del primer siglo.
Los grupos pequeños sirven para múltiples funciones
en la Biblia. Algunos son grupos de alimento espiritual
que enfatizan la oración y el estudio de la Biblia. Otros
grupos se centran en la testificación y la extensión. To-
davía otros proveen compañerismo cristiano y la oportu-
nidad de compartir problemas comunes. El rasgo más ca-
racterístico en las Escrituras es que los grupos pequeños
reúnen la oración, el estudio de la Biblia, el compañerismo
y la testificación. Los grupos pequeños de éxito incluyen
todos estos cuatro elementos.
Los grupos pequeños sin una concentración en la mi-
sión no sobreviven por mucho tiempo. Los grupos peque-
ños con su foco solo en la misión y con poco o nada de ora-
ción, estudio de la Biblia o compañerismo pronto agotan a
sus miembros con la incesante actividad.

Una teología de los grupos pequeños


En este capítulo, daremos una breve mirada a los gru-
pos pequeños del Antiguo Testamento, pero pasaremos la
mayor parte del tiempo repasando el ministerio de grupos
pequeños de Jesús y el dinámico ministerio de los grupos
pequeños en el libro de los Hechos.
El primer versículo de la Biblia usa la palabra plural
para Dios: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”
(Gén. 1:1). La palabra traducida “Dios” es el sustantivo he-
breo Elohim. A lo largo de toda la historia cristiana, los
eruditos han visto en este versículo el concepto de la Dei-
dad en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

109
Amistades para Dios

La idea de la Deidad es aún más clara en Génesis [Link]


“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra ima-
gen, conforme a nuestra semejanza”. Aquí el nombre plural
de Dios (Elohim) se combina con los pronombres plurales
“nuestra”, además del verbo en plural, indicando otra vez
la pluralidad de la Deidad. Génesis 1, combinado con la re-
velación adicional de las Escrituras, provee una evidencia
sólida de la unidad indivisible y la operación conjunta en
diversos roles para crear el mundo y el cosmos (ver Gén.
1:1,2; Efe. 3:9; Heb. 1:1-3; Col. 1:13-17).
La Biblia enseña que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo
existieron juntos desde toda la eternidad en compañeris-
mo íntimo, abundante en amor mutuo. El amor reflejado
en la relación de los miembros de la Deidad y su coopera-
ción en la Creación y la redención es un ejemplo para los
grupos pequeños de hoy.
Vemos este modelo en el Nuevo Testamento, especial-
mente en el ministerio de Jesús y sus discípulos. Lucas
6:12 y 13 registra que Jesús escogió a doce discípulos de
entre sus seguidores. Antes de su selección, él “pasó la no-
che orando a Dios” (vers. 12). Por la impresión del Espíritu
Santo, escogió a doce hombres para llegar a formar parte
de su grupo pequeño. Dentro de ese grupo pequeño, los
integrantes de su círculo íntimo –Pedro, Santiago y Juan–
fueron los más cercanos a él. Jesús oró con sus discípulos
y por ellos. Compartió la Palabra de Dios con ellos. Comie-
ron juntos, compartieron su vida, y participaron en la mi-
sión de Cristo.
Aunque eran hombres de diversos trasfondos, perso-
nalidades y temperamentos, Jesús fue capaz de reunirlos
tras su resurrección e infundirles el foco único de alcan-
zar el mundo con el evangelio. Juntos eran espiritualmen-
te más fuertes que si hubieran estado solos. En la unidad
hay fortaleza, y en la división, debilidad. Cuando los feli-

110
Una manera emocionante de involucrarte

greses están organizados en grupos pequeños y llegan a


estar unidos en la misión, llegan a ser un testimonio po-
deroso ante el mundo.
Considera algunos ejemplos del ministerio de grupos
pequeños en el libro de los Hechos. Hechos 2 registra que
tres mil personas se bautizaron el día de Pentecostés.
¿Cómo fueron alimentados estos nuevos cristianos? ¿Qué
mantuvo saludable a la iglesia cristiana? El registro decla-
ra: “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la
comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en
las oraciones” (vers. 42).
Nota que estos nuevos conversos fueron alimentados
en grupos pequeños por medio de la oración, el compañe-
rismo social y el estudio de la Biblia. Su vida fue llena de
“gozo” y “alabanza”. La comunidad fue conmovida por el
testimonio de sus palabras y la testificación de su vida.
Esta testificación fue tan poderosa, que “el Señor añadía
cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (vers. 47).
Una iglesia unida y organizada para servir es un testimo-
nio poderoso en la comunidad.
En Hechos 6 se cuenta de un problema que surgió
dentro de la iglesia con respecto a la alimentación de un
grupo de viudas. Hubo “murmuración” de que las viudas
griegas eran descuidadas en la distribución diaria de ali-
mentos (vers. 1). Este problema tenía el potencial de dividir
la iglesia.
¿Cómo se resolvió el problema? Se estableció un gru-
po pequeño de hombres, llamados diáconos, para atender
la necesidad de las viudas y procurar el bien del cuerpo
de Cristo. Fueron instruidos para presentar una solución.
Como resultado de los esfuerzos unidos de estos hombres,
dotados de dones, el problema fue resuelto.
En Hechos 12, se registra que Herodes encarceló a Pe-
dro, sellando su suerte. La iglesia formó un grupo peque-

111
Amistades para Dios

ño de oración en un hogar, donde los miembros buscaron


fervientemente a Dios, y Pedro fue liberado. Un grupo
pequeño de creyentes dedicados a la oración marcó una
diferencia eterna.
En Hechos 16, el apóstol Pablo organizó un equipo mé-
dico-misionero para evangelizar Grecia. Este equipo in-
cluía al Dr. Lucas y a algunos de los jóvenes a su cargo.
Las iglesias establecidas en Filipos, Tesalónica y Corinto
testifican de la efectividad de su trabajo.
Los ejemplos mencionados muestran que los grupos
pequeños en el Nuevo Testamento eran bastante variados.
El grupo de Hechos 6 trabajó principalmente dentro de la
iglesia. El grupo de Hechos 12 fue un grupo de oración. Y
en Hechos 16, el grupo se concentró en la evangelización.
Este modelo sugiere que debemos ser cautos en no
hacer que todos los grupos pequeños sean iguales. En el
Nuevo Testamento, los grupos pequeños atendieron nece-
sidades diferentes y realizaron ministerios diversos, todo
para el bien de la iglesia entera.
Cada grupo estaba involucrado en la oración, el compa-
ñerismo, el servicio y el estudio de la Biblia, pero el minis-
terio de los grupos variaba, basado en el don de sus miem-
bros. Algunos grupos fueron predominantemente grupos
de atención dentro del cuerpo de Cristo, mientras otros
grupos fueron primordialmente misioneros, concentra-
dos en ganar a los perdidos para Cristo.

El cuerpo de Cristo
En 1 Corintios 12, el apóstol Pablo usa la imagen del
cuerpo de Cristo para describir la estructura organizativa
de la iglesia. Cada miembro es esencial para el funciona-
miento del cuerpo. Cuando pensamos en el cuerpo huma-
no, reconocemos que los diferentes miembros, o partes del
cuerpo, están organizados en sistemas. Estos sistemas no

112
Una manera emocionante de involucrarte

funcionan independientemente. El cuerpo humano está


compuesto por once sistemas vitales para el funciona-
miento efectivo del cuerpo entero. Unos pocos ejemplos
son el sistema digestivo, el sistema circulatorio, el sistema
nervioso y el sistema respiratorio.
Imagina el sistema respiratorio como un grupo peque-
ño con diferentes miembros que proveen oxígeno a las cé-
lulas. El grupo estaría compuesto por la nariz, la boca, la
laringe, la tráquea, los bronquios y los pulmones. El siste-
ma respiratorio lleva vida al cuerpo entero mediante sus
pasajes de aire. ¿Puedes comenzar a entender por qué el
Espíritu Santo impresionó al apóstol Pablo a usar el cuer-
po como una ilustración de la iglesia?
Él afirma: “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y
miembros cada uno en particular” (vers. 27). Los miem-
bros organizados en grupos pequeños, donde cada uno
contribuye con sus dones al todo, crean un ambiente sano
para el crecimiento espiritual de los demás miembros. El
resultado natural de su crecimiento es la testificación po-
sitiva de la iglesia en la comunidad.
Cuando piensas en el cuerpo humano, cada miembro
tiene una función. No hay espectadores ociosos. Cada
miembro del cuerpo tiene un papel que desempeñar. Los
versículos 20 al 22 presentan este punto muy claramente.
“Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es
uno solo. Ni el ojo puede decir a la mano: No te necesito, ni
tampoco la cabeza a los pies: No tengo necesidad de voso-
tros. Antes bien los miembros del cuerpo que parecen más
débiles, son los más necesarios”.
Cada miembro de la iglesia es vitalmente importante.
Cada uno ha recibido dones para servir dentro del cuer-
po. Los grupos pequeños llegan a ser el vehículo que Dios
usa para concentrar la testificación de cada miembro para
el bien del cuerpo entero. Estos grupos interrelacionados,

113
Amistades para Dios

con roles y responsabilidades variados, proveen el funda-


mento de una iglesia saludable. Involucrarse en un grupo
pequeño fomenta el compromiso cristiano, la confianza
y la responsabilidad. El cristianismo no es un acto solita-
rio. Somos cristianos en comunidad, y contribuimos a la
causa al usar nuestros dones en la comunidad y para ella.
Dios ha puesto la combinación precisa de dones en tu igle-
sia para cumplir su misión en la comunidad.

Dones combinados
Además de nuestra testificación personal por Cristo,
los grupos pequeños proveen una oportunidad para que
los dones combinados de cada miembro sean usados a su
máxima capacidad. No todos son llamados a hacer lo mis-
mo, pero somos llamados a usar los dones que Dios nos ha
dado. Los grupos pequeños son una manera emocionan-
te de involucrarnos. Aquí hay algunos grupos pequeños
para considerar:
1. Unidades de acción de la Escuela Sabática. Las clases de
adultos de la Escuela Sabática pueden fácilmente lle-
gar a ser grupos pequeños efectivos. Ya están organi-
zados, y el paso siguiente es hacer planes de reunirse
una noche por semana para orar, tener compañerismo,
compartir una comida, estudiar la Biblia y hacer planes
para actividades de extensión. En algunas partes del
mundo, estas unidades de acción de la Escuela Sabática
son el fundamento del crecimiento de la iglesia.
2. Grupos para ministrar. Los grupos de ministerios se
concentran en la extensión hacia otros. Son impul-
sados por la misión. Grupos pequeños de seis a doce
miembros de la iglesia con dones e intereses similares
se unen para realizar una tarea misionera específica.
Por ejemplo, un servicio de extensión del ministerio
de salud podría incluir clases de cocina, seminarios de

114
Una manera emocionante de involucrarte

control del estrés o seminarios sobre el estilo de vida.


Otros ejemplos podrían ser ministerio de vida familiar,
ministerio joven, ministerio de estudios bíblicos. En
cada uno de estos ministerios, el Espíritu Santo con-
duce a los miembros con intereses similares a formar
grupos pequeños y usar sus dones para alcanzar a la
comunidad.
3. Grupos de alimento espiritual. Grupos pequeños de seis
a doce personas se concentran en atender y fortalecer
la fe de los miembros de iglesia existentes. A menudo se
reúnen en hogares durante tres a seis meses para com-
partir mutuamente los gozos, las tristezas, las luchas y
los triunfos.
4. Grupos misioneros. Los grupos misioneros consisten en
seis a doce personas que regularmente se reúnen para
orar, estudiar la Palabra de Dios, tener compañerismo
y crecer en Cristo y en la comprensión de su Palabra.
Difieren de los grupos de alimento espiritual en el sen-
tido de que su enfoque es hacia afuera. Cada miembro
invita a un amigo o conocido para asistir al grupo con
ellos. Estos grupos están dirigidos hacia los no creyen-
tes. Una vez que crecen a más de doce, se dividen y co-
mienzan otro grupo.

Estructura de un grupo pequeño


Los grupos pequeños generalmente se reúnen por una
hora, o una hora y cuarto. Están compuestos por los si-
guientes elementos:
1. Tiempo de compartir. Durante el tiempo de compartir,
el líder invita a los miembros a contar cómo ha esta-
do su semana. Puede preguntar si alguno tiene algún
agradecimiento para compartir. ¿Hay desafíos que al-
guno tuvo que enfrentar esta semana? ¿Hay alguien
que tenga un pedido de oración?

115
Amistades para Dios

2. Tiempo de oración. Es un tiempo de abrir el corazón, de


unos a otros y a Dios, pidiéndole al Señor que atienda
nuestras necesidades y agradeciéndole por la manera
en que guía nuestra vida. Los miembros del grupo se
unen en un compañerismo sagrado al orar juntos los
unos por los otros.
3. Tiempo de estudio. Los grupos pequeños tienen estu-
dios bíblicos interactivos, y exploran temas específicos
o estudian un libro de la Biblia. Es vital para el ambien-
te de los grupos pequeños crear una atmósfera donde
cada participante se sienta cómodo al compartir sus
pensamientos. Típicamente, los estudios duran unas
doce semanas. Los grupos pequeños se comprometen a
asistir a las reuniones cada semana, a menos que surja
una circunstancia imprevista.
4. Tiempo de compañerismo. Al terminar el estudio de la
Biblia, pueden conocerse mejor en un ambiente disten-
dido. A veces, sugerimos servir un jugo de frutas o una
infusión.
5. Planificación de la misión o la evangelización. Cualquiera
que sea el tipo de grupo que elijas establecer, el foco en
la misión es importante. Sin un énfasis en la evangeli-
zación, el grupo pronto puede transformarse en un gru-
po encerrado en sí mismo. Los grupos sin un propósito
pueden fácilmente centrarse en problemas. Los grupos
con foco en la misión tienden a prosperar, mientras que
los que se centran en sí mismos tienden a morir. Elige un
proyecto de extensión y observa cómo tu grupo prospera.

Liderazgo de grupos pequeños


En su valioso libro sobre el liderazgo de grupos peque-
ños, titulado 8 hábitos clave de los líderes de grupos peque-
ños, David Earley bosqueja los hábitos efectivos de los lí-
deres de grupos pequeños:

116
Una manera emocionante de involucrarte

Los ocho hábitos pueden llevar a un líder


de grupos pequeños, y a aquellos que lo acom-
pañan, a un nivel nuevo. Sea un líder apren-
diz, un líder novicio de grupos pequeños, un
líder experimentado, un consejero de líderes
de grupos pequeños, un director de un distri-
to de grupos pequeños o un pastor de un gran
ministerio de grupos pequeños, los ocho há-
bitos funcionan. Estos hábitos llevan a tener
frutos y a la multiplicación. Los ocho hábitos
ayudarán a los líderes y a los que están con él
a experimentar una mayor satisfacción en el
ministerio.2
Los ocho hábitos de los líderes efectivos de grupos pe-
queños que Dave Earley describe son:
1. Soñar con liderar un grupo sano, creciente y
multiplicador.
2. Orar diariamente por los miembros del grupo.
3. Invitar a personas nuevas a visitar el grupo cada
semana.
4. Contactar regularmente a los miembros del grupo.
5. Preparar la reunión del grupo.
6. Actuar como mentor de un líder en formación.
7. Planificar actividades de compañerismo
8. Comprometerse a crecer personalmente.

Si crees que Dios te está llamando a dirigir un grupo


pequeño, repasa estas características de liderazgo de gru-
pos pequeños y pide su dirección.
2
Dave Earley, 8 Habits of Effective Small Group Leaders: Transfor-
ming Your Ministry Outside the Meeting [8 hábitos de líderes efectivos
de grupos pequeños: Transformando su ministerio fuera de la reunión]
(Houston, TX: Cell Group Resources, 2001), p. 15.

117
Amistades para Dios

John Wesley y los grupos pequeños


John Wesley, el fundador del metodismo, estableció
grupos pequeños como la base de su ministerio y ofreció
poderosas vislumbres sobre su valor. Los principios me-
todistas de los grupos pequeños han sido aplicados efec-
tivamente por educadores seculares y líderes religiosos
desde que Wesley los introdujo. Durante su ministerio, se
dividía a los metodistas en clases de diez a doce miem-
bros. El líder de la clase (asignado de entre ellos) tenía que
encontrarse con cada miembro de su clase por lo menos
una vez por semana. El líder era responsable por el cuida-
do espiritual de los miembros de su grupo. Ellos debían
averiguar cómo prosperaban sus almas, aconsejarlos y
amonestarlos, y recibir lo que estaban dispuestos a dar
para el alivio de los pobres.
El Rev. W. H. Fitchett escribió: “En las sociedades wes-
leyanas [...] comenzó a existir una hermandad nueva y de
amplio alcance. Se esparció como una red viva por toda
Inglaterra. Vinculaba a hombres y mujeres, separados por
amplias diferencias de educación y posición social, de ri-
queza y pobreza, en una familia común. [...] Las clases eran
una hermandad; una hermandad entretejida de lazos es-
pirituales, y así hechas indestructibles”.3
De acuerdo con Albert Wollen, cada reavivamiento im-
portante ha recibido la influencia de un fácil acceso a la
Biblia y de la reunión de los creyentes en grupos peque-
ños e íntimos.4 Lo que sucedió en Inglaterra durante el

3
W. H. Fitchett, Wesley and His Century: A Study in Spiritual Forces
[Wesley y su siglo: un estudio acerca de las fuerzas espirituales] (Lion-
dres: Smith, Elder y Co., 1906), p. 224.
4
Albert J. Wollen, Miracles Happen in Group Bible Study [Los mila-
gros ocurren en el estudio bíblico grupal] (Glendale, CA: Gospel Light,
1976), p. 32.

118
Una manera emocionante de involucrarte

tiempo de Wesley puede ocurrir en nuestra sociedad. Los


grupos pequeños son como una familia, en la que proveen
identidad y compañerismo a los solitarios. El extraño es
aceptado sin tener en cuenta su trasfondo cultural, ético
o religioso. No importa cuál sea su pecado o su piel, se lo
ama, ¡y eso hace que la vida valga la pena vivirla!
John Wesley no fue el mayor predicador de sus días,
pero su amigo ocasional y algunas veces su enemigo,
George Whitefield, lo era. Se dice que él expresó este la-
mento: “Mi hermano Wesley actuó sabiamente”. Y también
dijo: “Las almas que fueron despertadas durante su minis-
terio las reunía en clases [grupos pequeños], y así conser-
vaba el fruto de sus labores. Yo descuidé esto, y mi pueblo
es una soga de arena”.5
El punto que presenta Whitefield nos hace pensar. Está
diciendo, en esencia, que un cristianismo casual que solo
necesita escuchar las predicaciones –no importa cuán
poderosa sea la predicación– puede fácilmente conducir
a una iglesia llena de espectadores, cuya fe es como una
soga de arena. Si deseas tener una fe vibrante y creciente,
involúcrate en un grupo pequeño o, mejor aún, inicia uno.
Aquí hay tres preguntas prácticas para que consideres
con oración:
1. ¿Has pensado alguna vez comenzar un grupo pequeño
en tu hogar?
2. ¿Hay algún grupo de ministerio al que el Espíritu San-
to te haya impresionado que deberías unirte?
3. ¿Qué pensarías de tu clase de Escuela Sabática si llega-
ra a ser una unidad de acción que se reúna una vez al

5
Holland M. McTyeire, History of Methodism [Historia del metodismo]
(Nashville: Publishing House of the M. E. Church, South, 1904) p. 204,
citado en D. Michael Henderson, John Wesley’s Class Meeting: A Model
for Making Disciples (Wilmore, KY: Rafiki Books, 2016), p. 30.

119
Amistades para Dios

mes para orar, tener compañerismo, estudiar la Palabra


y planificar una actividad misionera?
En la iglesia cristiana del Nuevo Testamento, no había
espectadores. El mismo modelo es válido hoy. Involúcrate
en un grupo pequeño y crecerás en Cristo, en tus relacio-
nes, y en tu testimonio al mundo

120
Capítulo 11

COMPARTIR LA
HISTORIA DE JESÚS

U
no de los misioneros más grandes del siglo XIX fue
Adoniram Judson. Él y su esposa pasaron la mayor
parte de su vida en Birmania, donde dominaron el
idioma y tradujeron la Biblia al birmano. Adiestró pasto-
res, plantó iglesias, entró en territorios nuevos, y dirigió
reuniones evangelizadoras. Su vida se consumió compar-
tiendo al Cristo que él amaba con los birmanos. En una
ocasión, fue encarcelado y torturado por su fe. El testimo-
nio de su esposa y la defensa valerosa de la verdad que ella
hizo durante el encarcelamiento de él es legendario.
En una ocasión, el periódico local publicó un artículo
favorable sobre su ministerio, comparándolo con un após-
tol bíblico. Cuando su esposa le contó acerca de ese in-
forme, contestó: “No quiero ser como Pablo o algún mero
hombre. Quiero ser como Cristo. Quiero solo seguirlo a él,
copiar sus enseñanzas, beber de su Espíritu, y poner mis
pies en sus pisadas. ¡Oh, quisiera ser más como Cristo!”1 El
poder de la evangelización es el poder del Cristo viviente
que actúa a través del testigo vivo para transformar vidas.
1
Fuente desconocida, “Ser como Cristo”, [Link]¸ tomado de:
[Link] [consultado el 4 de no-
viembre de 2019].

121
Amistades para Dios

El poder de la testificación del Nuevo Testamento es el


poder del testimonio personal. Los creyentes del primer
siglo compartían al Cristo que conocían por experiencia.
El apóstol Pablo presenta este punto claramente en su
epístola a los Filipenses: “Pero cuantas cosas eran para
mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de
Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como
pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Je-
sús, mi Señor” (Fil. 3:7, 8). Pablo conocía a Cristo personal y
experimentalmente. De esa relación íntima con Cristo, su
testimonio rebosaba para transformar al mundo.
Los que fingen ser cristianos nunca transformarán
al mundo. Cuando Cristo mora en nuestro corazón por
medio del ministerio del Espíritu Santo, nuestra vida es
transformada. De este contexto de una vida cambiada flu-
ye esa testificación auténtica.
Testificar es una tarea pesada si se toma meramente
como un deber o una obligación religiosa. Es deliciosa si
procede de un corazón que rebosa de amor por Cristo, el
Redentor. Cuando estamos enamorados, nos agrada ha-
blar acerca de quien amamos. Esto es cierto del amor hu-
mano, y sin duda es verdad del amor divino. El poder de
la testificación del Nuevo Testamento era precisamente
este: los creyentes compartían espontáneamente al Cristo
que amaban. La testificación no era un requisito legalista;
era la respuesta del corazón al sacrificio de Cristo en la
Cruz. Elena de White dice:
Cuando el amor de Cristo es atesorado en
el corazón, al igual que la dulce fragancia no
puede ocultarse. Su santa influencia será per-
cibida por todos aquellos con quienes nos rela-
cionemos. El Espíritu de Cristo en el corazón
es semejante a un manantial en un desierto, el

122
Compartir la historia de Jesús

cual fluye para refrescarlo todo y despertar, en


los que ya están por perecer, ansias de beber
del agua de la vida.
El amor a Jesús se manifestará en un deseo
de trabajar, como él trabajó, para bendición y
elevación de la humanidad. Nos impulsará a
amar, a ser tiernos y a tener simpatía por todas
las criaturas que gozan del cuidado de nuestro
Padre celestial.2
En este capítulo, redescubriremos el poder que un tes-
timonio personal tiene de influenciar a otros hacia Cristo.
El poder transformador de nuestro testimonio no está en
contar cuán malos fuimos o cuán buenos somos ahora.
Es acerca del Cristo que vino a este mundo maldito por
el pecado en una misión redentora de amor. Podemos tes-
tificar con seguridad, no por causa de quién somos, sino
por causa de quién es él. Nuestra seguridad no reside en
nuestros actos buenos, sino en la perfecta justicia de Cris-
to. Estamos seguros, no en nuestras manchadas buenas
obras, sino en su vida inmaculada.

La gracia: base de toda testificación


El fundamento de nuestra testificación es sencillamen-
te esta: Cristo nos amó antes que lo amáramos a él. Por
medio de su vida, su muerte y su resurrección, él nos da
lo que no merecemos de modo que podamos compartir la
gracia de Dios con otros que no la merecen. Esta gracia,
este favor inmerecido, es lo que nos salva. La salvación es
un don que viene a nosotros por medio de su vida sin pe-
cado, su sacrificio expiatorio, su gloriosa resurrección y su
ministerio siempre presente en el Santuario celestial en

2
Elena de White, El camino a Cristo, pp. 76, 77.

123
Amistades para Dios

nuestro favor. Una de las declaraciones más poderosas al-


guna vez escritas acerca del plan de salvación se encuen-
tra en El Deseado de todas las gentes. Es sencilla, directa, e
increíblemente profunda:
Cristo fue tratado como nosotros merece-
mos, para que nosotros pudiésemos ser trata-
dos como él merece. Fue condenado por causa
de nuestros pecados, en los que no había parti-
cipado, con el fin de que nosotros pudiésemos
ser justificados por medio de su justicia, en
la cual no habíamos participado. Él sufrió la
muerte que era nuestra, para que pudiésemos
recibir la vida que era suya. “Gracias a sus he-
ridas fuimos sanados”.3
Motivados por su amor, encantados por su gracia y re-
dimidos por su sacrificio, somos transformados. En Cristo,
las ataduras del pecado son rotas en nuestras vidas. Como
pecadores culpables, somos librados tanto de la condena-
ción del pecado como de su esclavitud (Rom. 8:1, 15). La gra-
cia nos libera. Nos da libertad. Pone un canto nuevo en
nuestro corazón y un gozo nuevo en nuestra vida. Ahora
somos hijos e hijas de Dios, adoptados en su familia y he-
rederos de su Reino (vers. 14-17).

La gracia nos transforma


La gracia nos transforma. Santiago y Juan, a veces co-
nocidos como los “Hijos del trueno”, fueron transforma-
dos por la gracia. Una persona no gana el apodo de Hijo
del trueno por ser suave, sumisa y humilde. No, Santiago y
Juan eran personas enérgicas que podían ser de tempera-
mento rápido e impacientes. Eran competitivos y buscaban

3
Elena de White, El Deseado de todas las gentes, pp. 16, 17.

124
Compartir la historia de Jesús

cargos en el nuevo reino de Cristo. Sin embargo, el amor


sacrificado de Cristo los transformó en todo su ser. Santia-
go murió como mártir y Juan, quien vivió hasta tener más
de noventa años, nunca se cansaba de contar la historia
del amor que transformó su vida. Un escritor comentó que
“Juan escribió con su pluma sumergida en amor”.4
El apóstol Pablo experimentó el mismo amor y declaró
que “el amor de Cristo nos constriñe” (2 Cor. 5:14). En otras
palabras, el amor de Cristo impulsa al creyente a contar la
historia de la salvación. Elena de White lo afirma de esta
manera: “El amor es un atributo celestial. El corazón natu-
ral no puede originarlo. La planta celestial florece donde
Cristo reina en forma suprema. Donde existe el amor, hay
poder y verdad en la vida. El amor hace el bien, y nada más
que el bien. Aquellos que aman llevan fruto para santidad,
y al final, para vida eterna”.5
En Efesios 2, el apóstol Pablo describe el cambio que
ocurre cuando una persona acepta a Cristo. Declara: “An-
duvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este
mundo, [...] vivimos en otro tiempo en los deseos de nues-
tra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensa-
mientos; y éramos por naturaleza hijos de ira” (vers. 2, 3).
La expresión “hijos de ira” significa que somos pecadores
por naturaleza y dignos solo de la ira y el juicio de Dios. El
profeta Jeremías declara que “engañoso es el corazón más
que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Isaías añade que
aun nuestra justicia es “trapo de inmundicia” (Isa. 64:6). La
razón de que nuestras justicias son descritas como trapos
sucios es que proceden de un corazón manchado por el

4
Harold Penninger, Walking With God [Caminar con Dios] (Brushton,
NY: Teach Services, 1996), p. 97.
5
Elena de White, “Because He First Loved Us” [Porque él nos amó
primero], Youth’s Instructor, 13 de enero de 1898.

125
Amistades para Dios

pecado. Sin Cristo, estamos desesperadamente perdidos y


somos esclavos de nuestra naturaleza pecaminosa.
Pablo sigue su análisis del plan de salvación declaran-
do que “Dios, que es rico en misericordia [...] nos dio vida
juntamente con Cristo”, nos “resucitó, y asimismo nos hizo
sentar en los lugares celestiales” (Efe. 2:4-6). Él nos salvó
por su gracia y no por causa de nuestras buenas obras
(vers. 8). Por su gracia nos perdona de la culpabilidad del
pecado y nos libra de las garras del pecado. Por su gracia,
nos salva de la penalidad del pecado y nos libra de su po-
der. La salvación por gracia nos libera de la condenación,
la esclavitud y dominio del pecado. Nosotros, que una
vez estuvimos muertos en transgresiones y pecados, aho-
ra estamos vivos en Cristo. La expresión traducida en el
versículo 5 “nos dio vida”, significa un “nuevo nacimiento”.
En Cristo es como si naciéramos de nuevo con una nueva
identidad. Con este nuevo caminar en Cristo, somos “he-
chura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las
cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos
en ellas” (vers. 10). La palabra griega traducida como “he-
chura” es poiema, de la que viene nuestra palabra castella-
na poema. Cuando Cristo nos re-crea para la gloria de su
nombre, él transforma nuestra vida en un poema median-
te el poder del Espíritu Santo.

Gracia para todos


Aquí hay buenas noticias increíbles. La gracia de Dios
está disponible para más que unos pocos elegidos. El
apóstol Pablo expresa que es libremente dada a todos. Él
afirma: “Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro
tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la
sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos
pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de se-
paración” (vers. 13, 14). La expresión “pared intermedia de

126
Compartir la historia de Jesús

separación” es notable. Los judíos no permitían que nin-


gún no judío entrara en el Templo. Había una barrera de
piedra, de unos 135 cm de alto, con trece placas de piedra
escritas en griego y latín con una advertencia a los genti-
les, o extranjeros, de que, si pasaban más allá de ese atrio
exterior, lo hacían con riesgo para sus vidas. El historiador
judío Josefo expresa claramente esta advertencia: “Había
un muro de separación, de piedra [...]. Su construcción era
muy elegante; sobre ella había pilares, equidistantes unos
de otros, declarando la ley de pureza, algunos en letras
griegas y otros en letras romanas, de que ‘ningún extran-
jero debía entrar al santuario’ ”.6 Los gentiles no tenían
acceso a la presencia de Dios en el santuario judío. Cris-
to cambió todo eso. Su gracia proporciona acceso directo
al Padre. Todos los que por fe reciben la salvación que él
ofrece gratuitamente tendrán entrada en el Reino eterno.
El evangelio es para todos. La salvación es para todos.
El perdón, la misericordia, y la gracia son para todos. Los
creyentes del Nuevo Testamento captaron la maravilla de
su gracia, y no pudieron guardar silencio. Comprendieron
la seguridad de la vida eterna en Cristo. Vivieron para con-
tar la historia de su abundante gracia. Cuando captemos
la significación de su gracia, también nosotros viviremos
para contar la historia de Cristo.

Compartir a Jesús
Contar la historia de Jesús es contar la historia de
cómo su gracia actuó en nuestra vida. El testificar no es
un don espiritual dado a unos pocos elegidos; es el rol de
cada cristiano. Compartir a Jesús es sencillamente con-
tar lo que Cristo ha hecho por ti. Entusiasma hablar de

6
Josefo, Guerras, 5.5.2, citado en NIV Archaeological Study Bible [Bi-
blia de estudio arqueológica, Nueva Versión Internacional], 1917.

127
Amistades para Dios

la paz y el propósito que han llegado a tu vida por medio


de Jesucristo.
Ora pidiendo oportunidades de contar a quienes te ro-
dean acerca del gozo que tienes al seguir a Jesús. Cuéntales
cómo te aferraste a sus promesas por la fe y encontraste
que son verdaderas. Comparte respuestas a tus oraciones
o las promesas bíblicas que son más significativas para ti.
Te sorprenderá cuán bien reaccionan las personas a la fe
genuina.
En un capítulo anterior mencionamos a los endemo-
niados. Imagínate el poder de su testimonio cuando com-
partían lo que Cristo había hecho por ellos. ¿Quién podría
discutir un testimonio tan real? Vidas transformadas son
el testimonio más fuerte posible. Algunos discutirán lo
que crees. Debatirán tu teología y cuestionarán tu lógica.
Pero pocas personas discutirán la evidencia de una vida
transformada. Como lo declara tan bien Elena de White:
“El argumento más poderoso en favor del evangelio es un
cristiano amante y amable”.7 Los críticos quedaron silen-
ciados frente a los cambios fantásticos de los endemonia-
dos. Cuando el amor de Cristo fluya a través de tu vida,
otros serán impulsados a buscar al Cristo que te transfor-
mó y te dio tal paz y gozo.
Hace varios años, estaba dirigiendo reuniones evange-
lizadoras en un auditorio cívico en uno de los Estados de
Nueva Inglaterra. El líder de una pandilla de “motoqueros”
recibió, de un amigo adventista, una invitación a nuestras
reuniones. Este líder era conocido como uno de los hom-
bres más rudos de la ciudad. Regularmente se pasaba las
noches emborrachándose y peleando con miembros de
otras pandillas en distintas tabernas. Se enorgullecía de
nunca haber perdido una pelea. No obstante, algo le fal-

7
Elena de White, El ministerio de curación, p. 373.

128
Compartir la historia de Jesús

taba en su interior. Tenía un vacío interior. Anhelaba paz,


libertad de culpa, y un propósito en la vida.
Al asistir a las reuniones, el mensaje de la Cruz cam-
bió su vida. Se encontró con alguien que era más fuerte
que él, alguien que lo amaba más de lo que podría imagi-
nar. En Cristo encontró perdón, gracia, misericordia y un
nuevo poder para vivir. Sus amigos pandilleros quedaron
asombrados. Notaron el cambio de inmediato. Pronto, la
mayoría de ellos estaban asistiendo a nuestras reuniones
evangelizadoras, y algunos de ellos aceptaron a Cristo
y su mensaje de verdad para los últimos tiempos. La in-
fluencia de este líder estableció una diferencia dramática
en la vida de quienes lo rodeaban.
Historias como ésta se repiten. Cuando Cristo cambia
una vida, él usa esa vida para influir sobre otras vidas
para el Reino de Dios. Cuando tenemos la certeza de la
vida eterna en Cristo, anhelamos compartir con otros la
seguridad que hemos hallado en Cristo.

Seguridad cristiana
¿Cómo responderías si alguien te preguntara: “¿Tienes
vida eterna?” Tu respuesta, ¿sería vaga o específica? ¿Di-
rías algo como: “Espero que sí”, “me gustaría saberlo” o “no
estoy seguro”? Jesús quiere que tengas la seguridad de la
vida eterna. El apóstol Juan declara: “Dios nos ha dado
vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Juan 5:11). Luego
añade palabras demasiado claras como para ser mal en-
tendidas: “El que tiene al Hijo tiene la vida [...]. Estas cosas
os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo
de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (vers. 12,
13). Mientras tengamos a Jesucristo viviendo en nuestras
vidas, el don de la vida eterna es nuestro. Él es vida, y en él
tenemos vida. Esta seguridad es la que da poder a nuestra
testificación.

129
Amistades para Dios

Algunos cristianos adventistas están preocupados


acerca de aceptar la enseñanza bíblica de la seguridad de
la salvación por la declaración de Elena de White que in-
dica que nunca deberíamos decir que estamos salvados.8
Un análisis cuidadoso de esta declaración revela que ella
estaba hablando en el contexto de “una vez salvo, siempre
salvo”. Ella hablaba de la falsa seguridad de la confianza
propia, la idea de que cuando voy a Cristo, nunca podré
caer y perderme. Esta doctrina rápidamente conduce a la
complacencia en nuestra vida cristiana y a la justificación
de una conducta pecaminosa. La gracia de Dios no es “ba-
rata”. Cambia nuestra vida. Con respecto a la seguridad de
la salvación en Jesús, Elena de White fue clara: “Cada uno
de ustedes puede saber por sí mismo que tiene un Salva-
dor viviente, que es el ayudador y Dios de ustedes. No ne-
cesitan llegar al punto en que digan: ‘No sé si soy salvo’.
¿Crees en Cristo como tu Salvador personal? Si lo crees,
entonces regocíjate”.9
Aunque Elena de White aconsejó y hasta advirtió fuer-
temente contra una falsa seguridad, ella escribió exacta-
mente lo opuesto a una mujer que era una dedicada se-
guidora de Cristo pero que estaba experimentando una
depresión a causa de una enfermedad que la debilitaba.
Ella escribió estas palabras consoladoras a esa mujer
sufriente que se torturaba entre la incertidumbre y el
desánimo:
El mensaje de Dios para usted es: “Al que
a mí viene, no lo echo fuera” (Juan 6:37). Si no
tiene otra cosa para suplicar a Dios que esta
8
Elena de White, Palabras de vida del gran Maestro (Buenos Aires:
ACES, 2011), 120.
9
Elena de White, “The Need of Missionary Effort” [La necesidad de
esfuerzo misionero], General Conference Bulletin, 10 de abril de 1901.

130
Compartir la historia de Jesús

promesa de su Señor y Salvador, puede tener la


seguridad de que nunca, nunca, será rechaza-
da. Puede parecerle que está dependiendo de
una sola promesa, pero aprópiese de esa única
promesa, y esta le abrirá toda la casa del tesoro
de las riquezas de la gracia de Cristo. Aférre-
se a esa promesa y estará segura. “Al que a mí
viene, no lo echo fuera”. Presente esta certeza
a Jesús, y estará segura como si estuviera den-
tro de la ciudad de Dios.10
Aferrados a esta promesa de Dios, podemos vivir con
confianza, compartiendo su amor con todos aquellos con
quienes nos encontramos.

Aplicación a la vida
Podemos ser testigos efectivos para Cristo porque la se-
guridad de la salvación es nuestra en él. Podemos compar-
tir a Cristo con otros porque él es nuestro Amigo, nuestro
Salvador y nuestro Señor. Podemos contar a otros acerca
de vivir una vida llena de gozo en Cristo, porque sabemos
que el don de la vida eterna es nuestro.
Si vivimos con ansiedad e incertidumbre acerca de
nuestra seguridad de la vida eterna, nuestro mensaje a
otros será debilitado por nuestra incertidumbre. Si tienes
alguna duda acerca de la seguridad de la salvación hoy,
permite que el Espíritu Santo te conduzca a un arrepenti-
miento sincero, a la convicción de pecado y a la confesión.
Reclama las promesas de Jesús de perdón y aceptación.
Camina hacia el futuro con la certeza de que eres de Cris-
to, y él es tuyo. Por medio de él, tu testificación dejará un
impacto poderoso sobre el mundo que te rodea.
10
Elena de White, Manuscript Releases [Manuscritos liberados] (Sil-
ver Spring, MD: Ellen G. White Estate, 1990), t. 10, p. 175.

131
Capítulo 12

UN MENSAJE DIGNO DE
COMPARTIR

E
l 11 de septiembre de 2001 está grabado para siem-
pre en el corazón de los norteamericanos, y tal vez
de muchos otros, quienes se despertaron con la in-
descriptible tragedia de ese día. Presenciaron la manera
en que los edificios del World Trade Center [Centro de Co-
mercio Mundial] se desmoronaron a causa de un ataque
terrorista, que mató a más de tres mil personas. Pero, in-
mediatamente después de ese desastre, surgió una histo-
ria notable y milagrosa de heroísmo. Es la historia de dos
sobrevivientes, como se relata en el libro Creature of the
Word: The Jesus-Centered Church:
Unos pocos de los que fueron enterrados
por los escombros sobrevivieron milagro-
samente a la caída de las torres. Dos de esas
personas fueron Will Jimeno y John McLou-
ghlin, un par de empleados de la Autoridad
Portuaria que reaccionaron ante los ataques y
estaban en el piso inferior cuando la torre sur
comenzó a caer. Corrieron al hueco de un as-
censor y sorprendentemente sobrevivieron al
colapso de los cien pisos a su alrededor, pero
quedaron sepultados por docenas de metros

132
Un mensaje digno de compartir

de escombros. Atrapados, sin agua, respirando


aire lleno de humo, tanto Will como John te-
nían pocas esperanzas de sobrevivir.
No obstante, mientras quedaron allí acos-
tados, debajo de una montaña de escombros,
algo ocurrió en el interior de un contador en
Connecticut que nunca habían visto.
Dave Karnes, que había pasado 23 años de
servicio activo en el cuerpo de Marines, estaba
mirando la escena en el televisor, así como el
resto de nosotros. Pero más que meramente
permitir que lo perturbara, él decidió hacer
algo acerca de ello. Se fue a ver a su jefe y le
dijo que demoraría un poco en volver.
Dave se fue a una peluquería, pidió que le
cortaran el cabello muy corto, luego pasó por
su casa para ponerse su uniforme militar de
fajina, esperando que el uniforme le permitie-
ra el acceso al área bloqueada que rodeaba al
Ground Zero [“Zona cero”, donde se encontra-
ban las Torres Gemelas]. Atravesó Manhattan
a 190 kilómetros por hora y llegó allí hacia el
fin de la tarde. Mientras los rescatistas eran
llamados a abandonar la pila de escombros
por causa del peligro, Dave pudo quedarse por
el poder y las credenciales que procedían de su
uniforme militar. Se encontró con otro marine,
y ambos caminaron juntos por la montaña de
escombros, procurando salvar a los perdidos.
Después de una hora de búsqueda, oyeron
el débil sonido de golpes hechos a unos caños y
gritos. Will y John habían estado ya atrapados

133
Amistades para Dios

durante nueve horas, totalmente incapaces de


liberarse por sí mismos. No obstante, en medio
de los escombros, un marine, que había estado
esa mañana trabajando con una planilla en
Connecticut, los encontró. De las 20 personas
extraídas de la montaña de restos del World
Trade Center, Will Jimeno y John McLoughlin
fueron los números 18 y 19. Y todo porque Dave
Karnes se quitó su traje, se puso ropa de traba-
jo, y entró a la desesperación y la oscuridad del
Ground Zero.
Del mismo modo (pero en un grado infini-
tamente mayor), Dios se quitó su manto real,
descendió a nuestra cultura oscura y degrada-
da y fue nuestro siervo. Estábamos sepultados
en las profundidades y bajo los escombros de
nuestra propia tontera, con cero posibilidades
de sacarnos de nuestro propio pecado.1
En estas páginas, hemos descrito el rescate divino que
Jesús proveyó para nosotros. La testificación es la histo-
ria de cómo él dejó el ámbito de la gloria y la majestad del
cielo para redimirnos. La testificación se refiere a la mane-
ra en que Cristo nos arrancó de la basura de este mundo y
nos liberó de una muerte segura.
Nos hemos concentrado en Jesús como nuestro ejem-
plo de amor sacrificado al relacionarse con la gente, reve-
lando el carácter de Dios, y explicando las verdades eter-
nas de su Reino. Su testimonio no fue solo el testimonio
de sus palabras. Fue el testimonio de su vida. Sus actos

1
Eric Geiger, Matt Chandler, y Josh Patterson, Creature of the Word:
The Jesus-Centered Church [Criatura de la Palabra: la iglesia cristocén-
trica] (Nashville, TN: B&H Publishing Group, 2012), pp. 64, 65.

134
Un mensaje digno de compartir

revelaron la veracidad de sus palabras. Su vida fue un tes-


timonio de que lo que enseñaba era verdad. Cuando Jesús
ministró abnegadamente a los que lo rodeaban, los cora-
zones fueron tocados. Las barreras del prejuicio fueron
quebrantadas, y multitudes respondieron a su llamado a
la salvación.
Toda testificación efectiva fluye de un corazón que está
lleno con el amor por Cristo y su Palabra. Los creyentes del
Nuevo Testamento eran apasionados acerca de su testifica-
ción porque eran apasionados acerca de Jesús. La verdad
acerca de Jesús era verdad presente que ardía en su cora-
zón. En Cristo, veían el cumplimiento de las profecías. En
su vida y enseñanzas presenciaron la gloria de Dios. Al des-
cribir la experiencia de la iglesia primitiva, el apóstol Pe-
dro dice que estaban establecidos en “la verdad presente”
(2 Ped. 1:12). Verdad presente es una expresión que el apóstol
usa para definir la verdad que es relevante y urgente para
esa generación. Cristo había venido. No había nada más im-
portante para estos creyentes del Nuevo Testamento que
proclamar que Cristo, quien era el cumplimiento de la pro-
fecía; Jesús, el Mesías, era la consumación de las esperan-
zas y los sueños de todos los creyentes fieles a lo largo de los
siglos. Por medio de la vida, la muerte y la resurrección de
Cristo, la salvación estaba disponible para todos.

El mensaje de Jesús de los últimos días


Así como Cristo levantó a Juan el Bautista para prepa-
rar al mundo para su primera venida, también envió un
mensaje especial para preparar al mundo para su segun-
da venida. En este capítulo estudiaremos el mensaje final
de Jesús para un mundo moribundo. Descubriremos su
mensaje de “verdad presente” para una generación al final
del tiempo que se prepara para su retorno. Exploraremos
el mensaje de su amor eterno, su gracia abundante y su

135
Amistades para Dios

verdad eterna en el último libro de la Biblia. Más específi-


camente, estudiaremos los mensajes de los tres ángeles de
Apocalipsis 14:6 al 12.
El libro del Apocalipsis es la revelación de Jesucristo
(Apoc. 1:1). Cada profecía del último libro de la Biblia des-
cubre gemas de verdad acerca de Cristo. Esto es especial-
mente cierto en el mensaje final de Jesús en Apocalipsis
14. Los primeros cinco versículos del capítulo describen al
pueblo redimido de Dios, muy por encima de los conflictos
y las pruebas de la tierra, viviendo en el cielo con Jesús
para siempre. Los últimos ocho versículos del capítulo
describen la segunda venida de Jesús y la siega final de la
tierra. La sección central, versículos 6 al 12, están estraté-
gicamente situados entre estos dos eventos. Contiene el
mensaje de Dios para el tiempo final, para preparar a los
habitantes de la tierra para que estén listos para el regreso
del Señor y la vida eterna con él.
Apocalipsis 14:6 y 7 afirma: “En medio del cielo vi volar
otro ángel que tenía el evangelio eterno para predicarlo
a los habitantes de la tierra, a toda nación, tribu, lengua
y pueblo. Decía a gran voz: ‘¡Temed a Dios y dadle gloria,
porque la hora de su juicio ha llegado!’ ” (RVR 95).
Aquí hay un mensaje urgente. El ángel vuela por el me-
dio del cielo para que todos lo vean. Es eterno; el ángel tie-
ne el evangelio eterno. Y es universal; el mensaje ha de ser
proclamado a toda nación, tribu, lengua y pueblo.

El evangelio eterno
La frase “evangelio eterno” habla del pasado, del pre-
sente y del futuro. Cuando Dios creó la humanidad con
la capacidad de tomar decisiones morales, anticipó que
harían elecciones erradas. Una vez que sus criaturas tu-
vieron la capacidad de elegir, tenían la capacidad de rebe-
larse contra su naturaleza de amor. El plan de salvación

136
Un mensaje digno de compartir

fue concebido en la mente de Dios antes de que nuestros


primeros padres se rebelaran en Edén (Apoc. 13:8).
Elena de White dice: “El plan de nuestra redención no
fue una reflexión ulterior, un plan formulado después de
la caída de Adán. Fue una revelación ‘del misterio que por
tiempos eternos fue guardado en silencio’ [Rom. 16:25, VM].
Fue una manifestación de los principios que desde las eda-
des eternas habían sido el fundamento del trono de Dios”.2
La frase “evangelio eterno” habla de un Dios que ama tanto
a los seres que había creado que, aunque sabía plenamente
las consecuencias de sus elecciones, él hizo provisión para
su rebelión futura antes de que pecaran. El evangelio es
la increíble “buena noticia” de que Jesús nos librará de la
penalidad y del poder del pecado. Por fe en su sangre de-
rramada y en el poder de su resurrección somos liberados
de la culpa y de las garras del pecado. Como dice el apóstol
Pablo: “No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo” (Rom.
6:12). Aunque a veces en nuestra humanidad caemos, ya no
estamos bajo el dominio del pecado. El plan de Cristo de li-
brarnos del dominio del pecado no fue una reflexión poste-
rior. Dios no fue tomado por sorpresa.
Hay otro sentido en el cual el evangelio es eterno. Para
una generación hambrienta de amor genuino y auténtico,
de anhelo de relaciones significativas, el evangelio habla
de aceptación, perdón, pertenencia, gracia, y poder trans-
formador. Habla de un Dios que se interesa tan profunda-
mente que hará todo lo posible para redimir a sus criatu-
ras. Él las quiere con él para siempre.

A todo el mundo
De acuerdo con el mensaje urgente del tiempo del fin,
el del primero de estos tres ángeles, el “evangelio eterno”

2
Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 13,

137
Amistades para Dios

ha de ser proclamado a cada nación, tribu, lengua y pue-


blo. Aquí hay una misión tan grandiosa, tan enorme y tan
abarcadora, que consume todo. Demanda nuestros mejo-
res esfuerzos y requiere una dedicación total. Nos conduce
de una preocupación por nuestros intereses propios a una
pasión por el servicio de Cristo. Nos inspira con algo más
grande que nosotros, y nos saca de los estrechos confines
de nuestra agenda terrenal a una visión más grandiosa.
No hay nada más inspirador, que dé más satisfacciones
o que recompense más que ser parte de un movimiento
divino, providencialmente levantado por Dios para reali-
zar una tarea mucho más grande que la que algún ser hu-
mano podría realizar por sí mismo. La comisión dada por
Dios descrita en Apocalipsis 14 es la mayor tarea alguna
vez otorgada a la iglesia.

Temed a Dios
El anciano apóstol Juan, prisionero en Patmos, conti-
núa su apelación urgente en Apocalipsis [Link] “Temed a
Dios, y dadle gloria, porque la hora de su juicio ha llega-
do; y adorad a aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y
las fuentes de las aguas”. La palabra griega en el Nuevo
Testamento traducida como “temer” en el versículo 7 es
fobeo. El sentido en el que se usa aquí no es el de tener
miedo de Dios; es en el sentido de reverenciarlo, respetar-
lo, percibir su majestad. Transmite la idea de una lealtad
absoluta a Dios y una entrega total a su voluntad. Es una
actitud de la mente que está centrada en Dios en vez de
estar centrada en el yo. La esencia de la Gran Controver-
sia gira alrededor de la sumisión a Dios. Lucifer estaba
centrado en sí mismo. Rehusó someterse a ninguna au-
toridad fuera de la suya propia. Más bien que someterse
a aquel que estaba sobre el trono, Lucifer deseaba gober-
nar desde el trono.

138
Un mensaje digno de compartir

El mensaje del primer ángel nos llama a hacer de Dios


el centro de nuestra vida. En una época llena de materia-
lismo y consumismo, cuando los valores seculares han
hecho del yo el centro, la apelación del cielo es a volverse
de la tiranía del egocentrismo a la paz de la salvación y el
servicio.

Dar gloria a Dios


Nota el contraste. Temer a Dios habla de nuestras acti-
tudes. Dar gloria a Dios habla de nuestros actos. Temer a
Dios tiene que ver con lo que pensamos. Dar gloria a Dios
tiene que ver con lo que hacemos. Temer a Dios trata sobre
la dedicación interior a hacer de Dios el centro de nuestra
vida. Dar gloria a Dios trata acerca de cómo nuestras con-
vicciones interiores se traducen en un estilo de vida que
honra a Dios en todo lo que hacemos.
El apóstol Pablo explica lo que significa dar gloria a Dios
en su apelación urgente a la iglesia de Corinto. “Si, pues,
coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la
gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). Cuando nuestro corazón está
centrado en Dios, nuestro único deseo es darle gloria a él
en cada aspecto de nuestra vida: la alimentación, el vesti-
do y nuestros entretenimientos; todos reflejarán nuestra
dedicación a Dios. Le damos gloria si revelamos su carác-
ter de amor al mundo mediante vidas dedicadas a hacer
su voluntad.

Un juicio en el tiempo del fin


El pasaje dice: “Temed a Dios, y dale gloria, porque la
hora de su juicio ha llegado” (Apoc. 14:7). Los problemas en
el gran conflicto entre el bien y el mal serán finalmente
resueltos. El universo verá que Dios es tanto misericor-
dioso como justo. Es tanto amante como recto. Es tanto
compasivo como equitativo. El Juicio revela que Dios hizo

139
Amistades para Dios

todo lo posible para salvar a cada ser humano. Revela ante


un mundo anhelante y un universo expectante que Dios
hará todo lo posible para salvarnos. No hay nada más que
podría haber hecho para redimirnos. El Juicio descorre
las cortinas y revela el drama cósmico de la gran contro-
versia entre el bien y el mal. Revela el carácter de amor
abnegado de Dios en contraste con la ambición egoísta de
Satanás. En el Juicio, todos los males serán corregidos. La
justicia triunfará sobre el mal. Los poderes del infierno se-
rán derrotados. La injusticia no tendrá la última palabra;
Dios la tendrá. Todas las inequidades de la vida habrán
desaparecido para siempre.

Adorad al Creador
Apocalipsis 14:7 termina con la apelación: “Adorad a
aquel que hizo el cielo y la tierra, el mar y las fuentes de
las aguas”. Este es un llamado fuerte y claro a adorar al
Creador en un tiempo en que la mayor parte del mundo
científico y religioso ha aceptado la teoría de la evolución
darwiniana.
La creación habla de nuestro valor a la vista de Dios.
Habla de nuestro valor para él. No estamos solos en el uni-
verso, ni somos un punto en el polvo cósmico. Él nos creó
y nos formó. No evolucionamos. No somos una mutación
genética. La Creación está en el centro de toda verdadera
adoración, y el sábado del séptimo día, como fue estableci-
do en la Creación, es la señal eterna de la autoridad crea-
dora de Dios (Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; Eze. 20:12, 20).
El sábado habla del cuidado de un Creador y del amor
de un Redentor. Nos recuerda que no somos huérfanos
cósmicos en este globo rocoso giratorio. Nos señala a un
Creador que nos creó con un propósito y nos amó dema-
siado como para abandonarnos cuando nos alejamos de
ese propósito. El sábado nos recuerda a aquel que ha pro-

140
Un mensaje digno de compartir

visto todas las cosas buenas de la vida. El sábado es un


símbolo eterno de nuestro reposo en él.
El verdadero reposo sabático es el reposo de gracia en
los amantes brazos de aquel que nos creó, aquel que nos
redimió, y aquel que está por venir otra vez por nosotros.
Es el eslabón eterno entre la perfección del Edén en el pa-
sado, y la gloria de los cielos y la tierra nuevos en el futuro.
Los mensajes de los tres ángeles presentan el evangelio en
el ambiente del tiempo del fin, que atiende las necesidades
del corazón de una generación posmoderna, desesperada
por pertenecer, de tener identidad, comunidad, propósito,
equidad, justicia y compasión.

La verdad presente marca una diferencia


Toda verdad presente es “presente” porque marca una
diferencia en nuestra vida en el presente. Los cristianos
del Nuevo Testamento que creyeron que las profecías del
Antiguo Testamento testificaban de Cristo como el Mesías
fueron radicalmente transformados. Creyeron que el men-
saje de la vida de Cristo, su muerte, su resurrección y su mi-
nisterio sumosacerdotal establecieron una diferencia eter-
na. La razón por la que fueron tan apasionados acerca de
la testificación es que el mensaje que compartían dejó una
marca en su propia vida. Los mensajes de los tres ángeles
son verdad presente urgente para esta generación. Revelan
las verdades eternas de Dios a un mundo de confusión re-
ligiosa. Hablan con tono de trompeta de la gracia de Dios,
la obediencia a su ley, la importancia eterna del sábado, su
pronto regreso y su apelación final a toda la humanidad. En
una generación que busca la verdad, procura encontrar un
propósito y se esfuerza por encontrar significado, el mensa-
je de Apocalipsis 14 habla con relevancia creciente.
Para muchos en esta generación, la verdad es relativa.
No hay absolutos. No hay brújula moral.

141
Amistades para Dios

En una encuesta hecha a comienzos de


1991, se preguntó a los entrevistados: “¿Está
de acuerdo fuertemente, un poco de acuerdo,
un poco en desacuerdo o en fuerte desacuer-
do, con la siguiente declaración?: ‘No hay tal
cosa como verdad absoluta; diferentes perso-
nas pueden definir la verdad de maneras con-
flictivas y sin embargo ser correctas’ ”. Solo el
28 % de los que respondieron expresaron una
fuerte creencia en la “verdad absoluta”; y lo
que sorprende más: ¡solo el 23 % de los nacidos
de nuevo, o cristianos evangélicos, aceptaron
tal idea! ¡Qué expresión más reveladora! Si
más del 75 % de los seguidores de Cristo dicen
que nada puede conocerse con certeza, ¿pare-
ciera eso indicar que no están convencidos de
que Jesús existió, que él es quien pretende ser,
que su Palabra es auténtica, que Dios creó los
cielos y la tierra, o que la vida eterna espera
al creyente? Eso es lo que parecen indicar los
resultados de la encuesta. Si no hay verdad ab-
soluta, entonces por definición nada puede ser
absolutamente cierto. Aparentemente, para
la mayoría, todo es relativo. Nada es certero.
Podría ser. Podría no ser. ¿Quién lo sabe con
seguridad? ¡Haz tu elección, y espera lo mejor!3
Los adventistas del séptimo día han sido levantados
por Dios en esta última generación para proclamar el
3
“Situational Ethics” [Ética situacional], ilustraciones para sermones,
carta de James Dobson en 1991 citando estadísticas de What Ameri-
cans Believe [Lo que creen los norteamericanos], encuesta de Geroge
Barnas, tomad de [Link]
situational_ethics.htm [consultado el 5 de noviembre de 2019].

142
Un mensaje digno de compartir

evangelio eterno en la gloriosa luz de los mensajes bos-


quejados en Apocalipsis 14. Tenemos un destino proféti-
co. No somos sencillamente otra denominación entre las
muchas iglesias. Somos un movimiento levantado por
Dios para proclamar su mensaje final a toda la humani-
dad. Tenemos un mensaje urgente del tiempo del fin para
compartir, el mensaje del pronto retorno de nuestro Se-
ñor. No es por accidente que fuiste traído al escenario de
la historia humana en este tiempo. No es casualidad que
hayas sido guiado por Dios para comprender las verdades
eternas del Apocalipsis. Como tan bien lo dicen las Escri-
turas: “A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho
se le demandará” (Luc. 12:48).
Tú y yo hemos sido llamados por Dios en esta hora
crítica de la historia de la Tierra para ser testigos de él.
Somos embajadores de su gracia y heraldos de su verdad.
Tenemos un propósito mucho más grande para vivir que
solo tomar nota del paso del tiempo en esta vieja tierra.
Somos testigos del Cristo eterno. ¿Te unirás conmigo en
dedicar tu vida a algo mucho más grande que tú mismo?
¿Te unirás conmigo para compartir las buenas nuevas
de este mensaje del tiempo del fin con el mundo que nos
rodea?

143
Capítulo 13

UN PASO DE FE

D
urante su reinado, el rey Federico Guillermo III de
Prusia se encontró en dificultades. Las recientes
guerras habían sido costosas y, al tratar de levantar
la nación, estaba seriamente corto de finanzas. No podía
desilusionar a su gente y capitular ante el enemigo; aquello
era impensable. Después de una reflexión cuidadosa, deci-
dió pedir a las mujeres de Prusia que trajeran las joyas de
oro y plata para ser fundidas en bien de su país. Por cada
joya recibida, él decidió dar a cambio un adorno de bronce
o hierro como símbolo de gratitud. Cada adorno tendría
inscritas las palabras, “Yo di oro a cambio de hierro, 1813”.
La respuesta fue abrumadora. Pero, más importante,
las mujeres apreciaron más los regalos del rey que sus an-
tiguas joyas. Por supuesto, la razón es clara. Los adornos
eran prueba de que habían hecho un sacrificio para su rey.
De hecho, llegó a estar fuera de moda usar joyas, y así se
estableció la Orden de la Cruz de Hierro. Los miembros no
usaban ornamentos excepto una cruz de hierro que todos
pudieran ver. Nosotros también, como cristianos, declara-
mos que ningún sacrificio es demasiado grande por aquel
que dio tanto por nosotros. Nos motiva su amor para com-
prometer toda nuestra vida a su servicio.
La fe genuina siempre conduce a la acción. La iglesia
del Nuevo Testamento era apasionada por la testificación.

144
Un paso de fe

Compartir a Cristo era el resultado natural de su relación


con él. Estaban preparados para hacer el sacrificio supre-
mo por su causa. Muchos de ellos sufrieron persecución,
encarcelamiento y aun la muerte. Ningún sacrificio era
demasiado grande por Jesús, quien dio tanto por ellos.
Su dedicación a Cristo a menudo los llevó a dar un salto
de fe. Cristo los llamó a que salieran de su zona de confort.
La tarea que debían realizar era demasiado grande, pero
no era grande Dios, ya que para él no hay imposibles. Ellos
se aferraron a las promesas de Dios y con fe salieron para
cambiar al mundo.
La tarea que tenemos por delante hoy está mucho más
allá de nuestra capacidad. Cristo nos está llamando a dar
un salto de fe. En este capítulo repasaremos la dedicación
transformadora de la iglesia del Nuevo Testamento a la
luz del compromiso de Cristo para redimirnos. Jesús esta-
ba totalmente entregado a la voluntad del Padre. El foco
único de su vida era la salvación de la humanidad. Ningún
sacrificio era demasiado grande para alcanzar esa meta.

Amor abnegado
Filipenses 2:5 al 11 es uno de los pasajes más magníficos
de toda la Biblia acerca de la condescendencia de Cristo.
Algunos llaman a este pasaje “El cántico de Cristo”. Todo el
libro de Filipenses se concentra en tres temas principales:
regocijo, humildad y fe. El capítulo 2 destaca el tema de
la humildad. Jesús dejó las magníficas glorias de su con-
dición exaltada en el cielo, se despojó de los privilegios y
prerrogativas como alguien igual a Dios, entró en el ámbi-
to de la humanidad como un siervo y murió la muerte más
degradante en la Cruz. El apóstol Pablo usa este ejemplo
de Jesús como modelo para la vida cristiana. La vida de
sacrificio de Cristo, de ministerio abnegado, es el modelo
para toda la fe cristiana. Él dejó el Reino celestial, y vino

145
Amistades para Dios

a la tierra como el “siervo infatigable de las necesidades


del hombre”.1 En la introducción del libro de Filipenses, la
Biblia de Estudio de Andrews ofrece esta vislumbre adicio-
nal: “Los cristianos se despojan de sus derechos a la igual-
dad, y rinden servicio los unos a los otros en amor y hu-
mildad para impedir que aflore el espíritu de rivalidad. A
través de este acto de humillación personal, los cristianos
también se distinguen de la gente del mundo, que busca
afirmar sus derechos y enredarse en luchas para alcanzar
la igualdad con sus pares y superiores”.2
Un análisis cuidadoso de Filipenses 2:5 al 11 revela jo-
yas de verdad para nuestras vidas hoy. El pasaje comienza
con estas palabras memorables: “Haya, pues, en vosotros
este sentir que hubo también en Cristo Jesús” (vers. 5).
Anteriormente en el capítulo, Pablo había presentado la
necesidad de unidad y humildad abnegada. Ahora enfoca
a Cristo como nuestro ejemplo de vida sacrificial y minis-
terio. La mentalidad de Cristo es la mentalidad de servicio.
Jesús estaba consagrado a ministrar a las necesidades
de quienes lo rodeaban. Jesús tenía la forma (vers. 6), o la
misma esencia de Dios. Poseía todas las características y
cualidades eternas de Dios. De acuerdo con el Comentario
bíblico adventista, “esto coloca a Cristo en igualdad con el
Padre y muy por encima de todo otro poder. Pablo lo des-
taca para describir más vívidamente las profundidades de
la humillación voluntaria de Cristo”.3 Cristo no pensó que
fuera una “usurpación” el ser “igual a Dios”.
En otras palabras, reconoció su naturaleza eterna y su
unicidad con el Padre, pero voluntariamente abandonó

1
Elena de White, El ministerio de curación, p. 11.
2
“La Epístola de San Pablo a los Filipenses: Mensaje”, Biblia de estu-
dio de Andrews, RV95 (ACES, IADPA, Pacific Press, 2014), p. 1.478.
3
Francis D. Nichol, ed., Comentario bíblico adventista, t. 7, p. 160.

146
Un paso de fe

su posición al lado del Padre y se “despojó a sí mismo”. La


traducción literal de esta frase en el versículo 7 es “se va-
ció”. Se despojó de todo el reino de gloria. Renunció (dejó
latentes), para nuestro bien, a todas las características y
cualidades inherentes que eran suyas por su naturaleza
y unidad con Dios. Él vino no a un palacio real, como hijo
de la realeza, sino como un siervo humilde y obediente. En
griego, la palabra para siervo es doulos, que significa “es-
clavo”. Pablo está contrastando dos condiciones, la forma
de Dios y la forma de un siervo. Jesús pasó de la condición
más elevada a la más baja, por nosotros. Renunció a su so-
beranía divina a cambio de una vida de sacrificio. Tener la
mente de Cristo es tener la mente de un sacrificio propio
amante por la salvación de otros. La mente de Cristo es de
ministerio y servicio. Es de misericordia, compasión, per-
dón y gracia.
La muerte de Cristo en la Cruz revela su corazón de
amor. El amor genuino siempre nos lleva a hacer sacrifi-
cios por los que amamos. El amor es un compromiso. Es
tomar la decisión de buscar lo mejor para otros. El amor
nos impulsa a hacer sacrificios en nuestra vida para el
Reino de Dios. Nos conduce a usar los dones que nos dio,
avanzando por fe para bendecir a otros.

Las demandas del amor


Después de su crucifixión y resurrección, Jesús se re-
unió con un pequeño grupo de sus discípulos a orillas del
Mar de Galilea. Su meta esa mañana temprano era re-
construir a un hombre. Pedro recientemente lo había ne-
gado tres veces, y Jesús esperaba evocar una respuesta de
amor del corazón de Pedro, dándole un nuevo sentido de
perdón, aceptación y propósito. Después de una noche de
pesca en la que estos pescadores experimentados no atra-
paron ni un solo pez, Jesús realizó un milagro divino. Sus

147
Amistades para Dios

redes estaban llenas con una pesca maravillosa. Sentados


alrededor del fuego esa mañana en Galilea, Jesús le dirigió
a Pedro esta pregunta pertinente:
“–Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?
“Le respondió:
“Sí, Señor; tú sabes que te quiero.
“Él le dijo:
“–Apacienta mis corderos” (Juan 21:15, RVR 95).
En el lenguaje original del texto, aquí hay dos palabras
para amar y querer, al igual que en castellano. Cuando Je-
sús le hizo la pregunta a Pedro, le dijo: “¿Me amas (agape)?”
La palabra agape se refiere al amor que fluye del corazón
de Dios. Es de origen divino. Es puro, abnegado.
Cuando Pedro responde a Jesús, no usa la palabra
agape; dice: “Sí, Señor; tú sabes que te quiero”. La palabra
griega que usa Pedro es fileo, una palabra que se refiere
a un profundo vínculo humano. Por ejemplo, la palabra
filadelfia significa “amor fraternal”. La respuesta de Jesús
fue decirle “apacienta mis corderos”. En otras palabras, en-
trega tu vida en servicio abnegado. Ve a trabajar por mí y a
ministrar a otros. Jesús le hace a Pedro otra vez la misma
pregunta en el versículo 16, usando las mismas palabras,
pero la tercera vez, en el versículo 17, Jesús cambia la pa-
labra querer en lugar de amar al hacerle la pregunta. Esto
no es evidente en todos los idiomas (sí en el castellano,
como en el original). Jesús ya no le pregunta a Pedro “¿me
amas?” con el agape [amor] divino. Le pregunta, “¿me fileo
[quieres]?”. Pareciera que Jesús le está diciendo: “Pedro, sé
que tu amor por mí fluye a través de los débiles canales de
tu humanidad. Me has negado tres veces, pero te perdo-
no. Mi gracia es tuya. Comienza donde estás. Ve a trabajar
por mí, y tu amor por mí crecerá y se expandirá hasta un
profundo amor divino por otros”. Pedro le falló a Jesús en
un momento muy crítico en la vida de Cristo, pero esto

148
Un paso de fe

no descalificó a Pedro para servir. Jesús envió a un Pedro


perdonado, transformado, a trabajar por él en la salvación
de almas.
A semejanza de Pedro, nuestro amor por Cristo crece-
rá al servir a otros. Cuanto más amemos a Jesús, más de-
searemos compartir ese amor con la gente que nos rodea.
Cuanto más compartamos su amor con la gente a nuestro
alrededor, tanto más crecerá nuestro amor por Jesús. Elena
de White comparte esta verdad eterna en su libro clásico El
camino a Cristo: “El espíritu de trabajo desinteresado por
otros da al carácter profundidad, estabilidad y amabilidad
como las de Cristo, y trae paz y felicidad a su poseedor”.4
Cuando damos el paso de fe y llegamos a estar activamente
involucrados en la testificación, crecemos espiritualmente.
Los gozos mayores de la vida vienen al compartir el amor
de Dios con otros. Al buscar diariamente oportunidades de
compartir lo que Cristo significa para nosotros, veremos
oportunidades providenciales. El Espíritu Santo traerá a
nuestra vida personas que están buscando a Dios.
Muchas personas dejan de testificar porque no están
seguros de qué deben decir. Otros temen el rechazo, ser
avergonzados. La testificación no es discutir con otros. Es
compartir lo que Cristo ha hecho por nosotros. Nos amis-
tamos con ellos, luego los hacemos amigos cristianos, lue-
go los hacemos amigos cristianos adventistas.
Hay una hermosa declaración de la mensajera de Dios
para estos días finales que nos asegura que nuestra tes-
tificación más poderosa es nuestro testimonio. “Nuestra
confesión de su fidelidad es el agente escogido por el Cie-
lo para revelar a Cristo al mundo. Debemos reconocer su
gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño;
pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra

4
White, El camino a Cristo, p. 79.

149
Amistades para Dios

propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras re-


velamos en nosotros mismos la obra de un poder divino”.5

El sacrificio de los pioneros adventistas


En una colección de relatos de pioneros adventistas,
los editores de la Adventist Review [Revista Adventista]
escribieron:
Hay relatos increíbles de fe y heroísmo
demostrados en la vida de nuestros pioneros
adventistas. Muchos de nuestros antepasados
espirituales soportaron fríos intensos, calor
opresivo, lluvia, nieve, comida de calidad po-
bre y escasa, habitaciones llenas de humo y
la separación de la familia, a fin de llevar el
evangelio a regiones lejanas, viajando en bo-
tes, trineos, trenes, carruajes o a pie. ¿Cómo
fue posible que un puñado de visionarios sin
riquezas construyeran iglesias y establecie-
ran casas publicadoras, hospitales y escuelas
en los primeros años de nuestro movimiento?
Las historias de milagros, de la intervención
divina unida a su fe y sacrificio por su pueblo,
abundan.6
Estos primeros adventistas salieron por fe, dando todo
lo que tenían para compartir las buenas nuevas del pron-
to regreso de Jesús. James White y Elena de White a me-
nudo estaban en estrecheces financieras en los primeros
días del movimiento. James importaba bienes del oeste de

5
Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 313.
6
“Pioneer Stories” [Historias de los pioneros], Adventist Heritage
Ministries, tomado de [Link]
pioneer-stories [consultado el 5 de noviembre de 2019].

150
Un paso de fe

los Estados Unidos para vender en el este del país y así


tener unos pocos ingresos adicionales. En una ocasión,
comenzó un taller de fabricación de escobas para ganar
un dinero extra. Compró y vendió cueros de animales. En
su condición debilitada debido a su enfermedad, segó un
campo de heno por unos pocos dólares por día. Los White
usaban los pocos dólares que ganaban para sobrevivir, y
para hacer avanzar la causa de Cristo.
Como padre viudo, John Nevins Andrews viajó a Euro-
pa con sus dos hijos en 1874, para hacer avanzar la causa
de Cristo. Andrews era un erudito brillante que hablaba
con fluidez siete idiomas, y podía repetir el Nuevo Testa-
mento de memoria. Trabajó incansablemente por la causa
de Cristo en Europa y murió a la edad de 54 años, habiendo
entregado todo por el Maestro.
Joseph Bates, el veterano capitán marino, aceptó el
mensaje adventista y llegó a ser uno de sus ardientes de-
fensores. El capitán Bates fue uno de los primeros promo-
tores del mensaje de salud entre los adventistas del sépti-
mo día. Como capitán de mar, vio los efectos perjudiciales
del alcohol y el tabaco entre sus marineros, y con el tiem-
po prohibió fumar y beber alcohol en sus barcos.
Se interesó en el sábado cuando leyó un folleto de T. M.
Preble sobre la naturaleza eterna de la Ley de Dios y del
sábado. Después de visitar a la familia Farnsworth en Was-
hington, Nueva Hampshire, se convenció de que el sábado
fue dado en la Creación, ordenado por los Diez Mandamien-
tos, observado por los verdaderos seguidores de Dios en el
Antiguo Testamento y en el Nuevo Testamento, y guarda-
do por Jesús. (Ver Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; Eze. 20:12; Luc. 4:16;
Juan 14:15). La dedicación de Bates a la verdad bíblica y su
creencia en la pronta venida de Cristo lo motivaron para
salir por fe, vender su casa y usar el dinero para hacer avan-
zar la causa de Cristo.

151
Amistades para Dios

Abram La Rue: motivado por la misión


Mi punto no es que salgamos y vendamos lo que tene-
mos. Dios no está llamando a cada uno de nosotros a hacer
eso ahora mismo, pero nos está llamando a dar un paso de
fe con el deseo apasionado de testificar por Cristo. Pode-
mos encontrar un modelo en Abram La Rue. Este baluarte
de la fe solicitó a la Asociación General que lo enviara a
China. La Asociación General declinó su pedido debido a
la falta de recursos y a la edad de La Rue. Tenía más de
sesenta años en ese momento. Recién convertido a la fe
adventista, no se desanimó. Usó sus propios recursos y
compró un pasaje en un barco que salía hacia Hawaii. Una
vez allí, vendió publicaciones adventistas en la isla hasta
que tuvo lo suficiente para comprar un pasaje a China.
Llegó a Hong Kong el 3 de mayo de 1888. Estaba solo
y no tenía contactos chinos, pero comenzó a desarrollar
relaciones y a vender publicaciones adventistas a los ma-
rineros británicos en el puerto. Algunos marineros acep-
taron el mensaje adventista y llevaron la esperanza ad-
ventista de regreso a Inglaterra. Un informe compartía
esta experiencia acerca de la fe y la dedicación de La Rue:
El hermano La Rue comenzó su misión en
la calle Arsenal, cerca del mar. “La habitación
grande se usaba como sala de reuniones evan-
gelizadoras, y una buena cantidad de libros
religiosos y Biblias se exhibían en forma atra-
yente. Entre los soldados, marineros y viajeros,
el lugar pronto llegó a conocerse como la ofici-
na central de cualquier hombre que necesitara
un amigo. La semilla sembrada en medio de
la arena cambiante de tal suelo echó raíces en
algunos casos, y no pocos hombres volvieron
a sus casas, en los cuatro ángulos de la Tierra,

152
Un paso de fe

agradeciendo a Dios por el faro establecido en


este punto estratégico de la gran carretera al
Lejano Oriente”.7
Abram La Rue trabajó solo durante quince años en Chi-
na, en los últimos años de su vida. Finalmente, en 1902,
los primeros nueve conversos fueron bautizados por el re-
cientemente llegado misionero, el pastor J. N. Anderson.
Por fin, La Rue vio los primeros frutos de sus labores.
¿Qué lo motivó a él y a otros pioneros adventistas a
viajar a los confines de la Tierra para proclamar el pron-
to regreso de Jesús? ¿Qué los instó a dejar a sus amigos y
parientes para ir a tierras algunas veces hostiles? ¿Qué los
indujo a hacer tantos sacrificios personales y financieros?
¿Por qué salieron por fe y se entregaron enteramente a la
causa de Cristo? Hay solo una razón: fueron transforma-
dos por la gracia de Jesús. El mensaje adventista cambió
su vida, y ellos fueron impulsados a salir por fe para com-
partir el amor de Dios con otros.

El sacrificio de Cristo motiva nuestras acciones


David Livingstone una vez comentó:
La gente habla del sacrificio que he hecho
al pasar gran parte de mi vida en África. ¿Pue-
de llamarse sacrificio a eso que sencillamente
salda una pequeña parte de una gran deuda
con Dios, que nunca podremos pagar? ¿Es ese
un sacrificio que trae su propia recompensa
bendita en una actividad saludable, la con-
ciencia de hacer el bien, la paz mental y una

7
Wu Chook Ying, “Abram La Rue”, Adventism in China, tomado de:
[Link]
[consultado el 2 de febrero de 2020]

153
Amistades para Dios

brillante esperanza de un destino glorioso


de aquí en adelante? Declaro rotundamente
que no se trata de un sacrificio. Digamos que
es un privilegio. La ansiedad, la enfermedad,
el sufrimiento o el peligro, de vez en cuando,
dejando de lado las comodidades comunes de
esta vida, pueden hacer que nos detengamos,
y que el espíritu vacile y el alma se hunda;
pero que esto sea solo por un momento. Todo
esto no es nada comparado con la gloria que
de aquí en adelante se revelará en nosotros.
Nunca hice un sacrificio. De esto no debemos
hablar, cuando recordamos el gran sacrificio
que hizo Cristo al dejar el trono de su Padre
en lo alto para entregarse por nosotros.8
David Livingstone entendió claramente que el sacrifi-
cio de Jesús por él fue mucho mayor que cualquier sacrifi-
cio por la causa de Cristo que él hiciera.
Como declaró apasionadamente el apóstol Pablo: “El
amor de Cristo nos constriñe” (2 Cor. 5:14). A la luz del
amor de Cristo y de su pronto regreso, David Livingstone
y los primeros creyentes adventistas fueron impulsados a
compartir el mensaje de su amor. Creyeron las palabras de
Cristo: “Y será predicado este evangelio del reino en todo
el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces
vendrá el fin” (Mat. 24:14).
Considerando la herencia de los fieles creyentes del pa-
sado, y con la esplendorosa luz de la eternidad delante de
8
William Garden Blaikie, The Life of David Livingstone, Chiefly From
His Unpublished Journals and Correspondence in the Possession of His
Family [La vida de David Livingstone, principalmente a partir de sus
diarios inéditos y correspondencia en posesión de su familia] (Londres:
John Murray, 1903), p. 190.

154
Un paso de fe

nosotros, Jesús nos invita a dar un paso de fe y a consa-


grar toda nuestra vida a su servicio. Su amor nos impulsa
a dar todo lo que tenemos y somos a su causa. ¿Te deten-
drás un momento y dedicarás tu vida a compartir su amor
y verdad con la gente en tu esfera de influencia? ¿Dedica-
rás tu vida para testificar de él en esta hora de crisis de la
historia de la tierra? ¿Por qué no inclinas tu cabeza y le
pides a Jesús que ponga en tu corazón la pasión ardiente
de ser un embajador para él?

155
Este libro es diferente de muchos de los más
de setenta libros que ha escrito Mark Finley. En
esta obra, expone los principios de la ganancia de
almas que ha descubierto durante más de medio
siglo de compartir el amor y la verdad de Cristo
en países de todo el mundo. A lo largo de las dé-
cadas, aprendió que testificar no es complicado,
que ciertamente no es la función de unos pocos
superdotados espirituales y que la testificación
no es uno de los dones espirituales enumerados
en las Escrituras.
Testificar es la función de cada creyente.
Cuando vamos a Cristo y somos transformados
por su gracia, y redimidos por su poder, no po-
demos quedarnos callados. Anhelamos contar la
historia del Cristo viviente a otros. Nuestro co-
razón arde dentro de nosotros para compartir lo
que Jesús hizo en nuestro favor. Testificar es el
resultado natural de conocer a Jesús.
Al leer este libro, andemos en los pasos de Je-
sús y descubramos los principios universales de
cómo compartir nuestra fe.

Mark Finley es un evangelista reconocido internacionalmen-


te. Fue vicepresidente de la Asociación General entre 2005 y
2010. Después de retirarse del empleo de tiempo completo, se
convirtió en asistente del presidente de la Asociación General.

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