Resumen del Capítulo 4: Los resultados humanos de la Revolución
Industrial (Hobsbawm)
Eric Hobsbawm argumenta que analizar la Revolución Industrial simplemente en términos
de costos y beneficios económicos es un error. Fue, ante todo, un cambio social
fundamental que destruyó las viejas formas de vida sin ofrecer necesariamente un sustituto
adecuado.
Las Clases Altas y la Continuidad
La clase social que vio menos transformado su modo de vida fue la aristocracia y la
pequeña nobleza. Lejos de verse perjudicados, se beneficiaron enormemente en términos
materiales. Sus rentas aumentaron gracias a la creciente demanda de productos agrícolas y
a la expansión de ciudades, minas y ferrocarriles sobre sus tierras. Como su poder social y
económico ya estaba adaptado a los métodos comerciales, la industrialización no les
supuso una ruptura cultural o espiritual. De manera similar, la naciente clase media
comercial encontró en la aristocracia un patrón de vida al cual aspirar, buscando asimilarse
a través de la compra de casas de campo, la educación de sus hijos en Oxford o Cambridge
y la adopción de sus costumbres.
El Trabajo y la Ruptura de un Mundo
Para el trabajador pobre, la situación fue radicalmente distinta. Hobsbawm explica las
diferencias fundamentales entre el trabajo en la sociedad industrial y la preindustrial:
1. Proletarización: El trabajo industrial lo realizaban mayoritariamente "proletarios",
cuyo único ingreso era un salario en metálico. Esto contrastaba con el trabajo
preindustrial, donde las familias a menudo tenían acceso a medios de producción
propios (tierra, talleres), complementando sus ingresos. La compleja relación
humana entre "siervo" y "señor" fue reemplazada por el "nexo dinerario" entre
"operario" y "patrono".
2. La tiranía del reloj: El trabajo industrial impuso una regularidad, rutina y monotonía
dictadas por la máquina y el reloj. Esto chocaba con los ritmos preindustriales, que
dependían de las estaciones, el clima o la voluntad personal. Se impuso una
disciplina laboral severa, con salarios tan bajos que solo el trabajo ininterrumpido
garantizaba la subsistencia.
3. Urbanización destructiva: El trabajo se concentró cada vez más en las ciudades,
que crecieron de forma caótica, sin servicios básicos como sanidad o suministro de
agua. Estas ciudades, como el "Coketown" de Dickens, no solo eran insalubres, sino
que destruyeron la sociedad tradicional. Crearon una enorme distancia entre ricos
y pobres y convirtieron la vida del trabajador en una existencia anónima en un
"desierto pedregoso".
La Racionalidad Capitalista y la Pauperización Social
La nueva racionalidad económica capitalista tuvo un efecto devastador en la calidad
de vida de los trabajadores en comparación con la "economía moral" de las sociedades
precapitalistas. La "economía moral" se basaba en la idea de que todo hombre tenía
derecho a ganarse la vida y, si no podía, la comunidad debía mantenerlo. En cambio, el
capitalismo liberal sostenía que el individuo debía aceptar cualquier trabajo que ofreciera el
mercado y asegurarse su propio futuro mediante el ahorro.
El objetivo de la Ley de Pobres de 1834 fue la máxima expresión de esta nueva
mentalidad. Su finalidad no era ayudar a los desafortunados, sino estigmatizar la pobreza
y obligar a la gente a aceptar los empleos peor pagados antes que recurrir a la
beneficencia. Confinó la ayuda a las "casas de trabajo" (workhouses) semicarcelarias,
diseñadas para ser más desalentadoras que el salario más miserable, castigando así a los
pobres por su propia indigencia.
Esta destrucción de las redes de seguridad y de las formas de vida tradicionales es lo que
Hobsbawm denomina pauperización social. Sus consecuencias fueron un profundo
descontento y desesperación que se manifestaron en oleadas de agitación social (ludismo,
cartismo, huelgas). Los trabajadores se sentían "hambrientos en una sociedad opulenta y
esclavizados en un país que blasonaba de libertad".
Líderes y la Posición de Hobsbawm
Los líderes naturales de la organización de los trabajadores fueron los "artesanos" o
"mecánicos". Estos eran trabajadores cualificados, instruidos e independientes, que
representaban el ideal de libertad. A diferencia de otros grupos, no buscaban un simple
retorno al pasado, sino que elaboraron ideologías progresistas (radicalismo, socialismo
owenita) que contemplaban una sociedad futura más justa y tecnológicamente avanzada.
En el debate sobre el nivel de vida, Hobsbawm asume una clara posición "pesimista".
Reconoce que la pregunta de si los trabajadores mejoraron o empeoraron materialmente es
compleja y difícil de resolver con estadísticas. Sin embargo, argumenta que:
1. En términos relativos, el pobre se hizo más pobre mientras la riqueza de las clases
alta y media se disparaba.
2. Hubo un deterioro innegable para grandes grupos como los jornaleros agrícolas y
los tejedores a mano, destruidos por la competencia de las máquinas.
3. Lo más importante eran los aspectos "cualitativos" de la opresión: la monotonía
del trabajo, la insalubridad de las ciudades, la pérdida de la comunidad, la
independencia y la dignidad.
Para Hobsbawm, la industrialización fue una catástrofe social y humana para las primeras
generaciones de trabajadores. El hecho de que el debate sobre la mejora material sea
siquiera posible es, para él, una prueba de que no hubo una mejora significativa y
generalizada en sus condiciones de vida.