Parte 1: Soledad.
Era una fría noche de invierno, Verónica veía caer la nieve a través de la ventana más
pequeña de su habitación. En noches como esta, Verónica recordaba como hace ya tres
años que su esposo Héctor se había marchado de su hogar luego de que ella descubriera
que él le había estado siendo infiel con al menos cuatro mujeres del pueblo. Verónica no
deseaba que Hector se fuera, fue él quien dijo que eso era lo mejor y ella no dijo algo al
respecto porque no sabía qué decir.
En ese entonces ella había cumplido los quince años, sus padres le habían hecho casar
con Héctor, un hombre de 40 años, cuando ella apenas tenía 12. Aunque eso era algo
normal en su país: las mujeres podían ser vendidas para el matrimonio en cuanto tenían
capacidad de quedar embarazadas, independientemente de su edad; el precio podía
variar según el estatus social de la familia y las cualidades que poseía la chica en cuestión
y la familia podía establecer algún otro requisito para aceptar la propuesta pero la opinión
de la chica en cuestión no era tomada en cuenta. A pesar de esto, ella se sentía feliz
cuando se casó, le habían enseñado que su mayor propósito en la vida era casarse y tener
hijos y además Héctor tenía una muy buena posición económica.
Luego del matrimonio, a diferencia de muchas otras esposas, ella pudo continuar con
sus estudios. En su país, el esposo siempre puede decidir el futuro de su mujer y la
mayoría prefiere que ellas no pasen de ser amas de casa. Pero Héctor le dijo a ella que
debía seguir estudiando, que con eso aprendería más acerca de la vida y el mundo y
estaría preparada para seguir adelante incluso si un día la muerte los separaba y todo sin
necesidad de depender de un hombre.
Gracias a esto y a que Héctor desde un principio le enseñó a Verónica como dirigir una
pequeña empresa de fábrica de cojines que él había fundado hace una década y que antes
de marcharse la dejó legalmente a cargo de ella, con derecho a quedarse con el sesenta
por ciento de las ganancias, Verónica no tenía cosas de las que preocuparse en cuanto a
dinero aún después de que Héctor se había ido. En su país no existía el divorcio y se
consideraba mal visto que una mujer estuviera con otro hombre estando casada. Razón
por la cual Héctor le dijo a Verónica que se fuera a otro país. Sin embargo ella en lugar de
eso había escogido la soledad: la razón de esto era que pese a la traición de Héctor, en
otros aspectos él no era un mal esposo y más aún, hasta ahora la vida le había enseñado
que sin importar donde estuviera, difícilmente encontraría un hombre fiel a ella como
pareja.
Sin embargo, hace un mes había comenzaba a relacionarse con varias personas vía chat
para poder matar los ratos de aburrimiento, algunas de ellas eran de otros países y
casualmente, Esteban, uno de sus amigos vía chat, le había propuesto ir a conocerlo a su
país, incluso si él tenía que pagarle el pasaje. La propuesta era tentadora, tras tres años en
tan amarga soledad.
—Me pregunto si Esteban es en verdad un buen hombre o acabaré decepcionada —.
Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro de verónica.
Verónica dejó de mirar fijamente la ventana, entonces dio un paseo por la desolada
casa con su frio piso de cerámica, sus muebles chinos antiguos y paredes recién pintadas
de negro. Ella pudo sentir que en los últimos años esa casa tenía un ambiente muy triste.
—Sí, se empezó a sentir así desde que se marchó Héctor —. Estuvo llorando largo rato y
entonces pensó que el momento de avanzar había llegado—. Voy a conocerte, Esteban.
Tres días después, Verónica estaba en el avión rumbo a encontrarse con Esteban. Al
llegar al aeropuerto, tuvo que esperar varios minutos antes de bajar del avión y más aún
antes de recibir su maleta. Entonces se encontró con Esteban junto con los dos hijos y la
hija de èl.
Pese a su edad un tanto avanzada, Esteban conservaba una apariencia bastante joven,
además poseía unos hermosos ojos grises y buena musculatura; Verónica lo detallaba de
arriba hacia abajo para disipar las dudas de sí era realmente el hombre con quien
chateaba. Él le había ido a recibir llevando ropa muy formal con todo y saco y corbata;
mientras sus hijos y su hija estaban vestidos de forma muy casual.
—Hola, Verónica —. Esteban sonrió ampliamente, mostrando sus dientes blancos —.
Como ya sabes, este es mi hijo mayor, Antonio —. Señaló al joven rubio de ojos grises
atrás de su derecha—. Este otro es mi hijo menor, Tomas —. Señaló al joven rubio de ojos
azules a su lado izquierdo —. Y esta belleza es mi hija, la mayor de los tres, Susana —. Se
aparató un poco para mostrarle con detalle a la chica blanca de ojos verdes y cabello
negro que estaba un poco alejada de ellos.
Ninguno de los tres se tomó la molestia de hablar con Verónica; ellos no tenían interés
en conocerla, sólo vinieron por obligación, muy en especial Susana. Ella apenas tenía 25
años pero había conocido a muchas mujeres que su padre tuvo luego de la muerte de su
madre hace ya diez años y ninguna la había agradado. Tampoco la sorprendía que
Verónica tuviera apenas dieciocho años o que fuera extrajera: su padre generalmente
prefería mujeres muy jóvenes y si eran extrajeras mejor.
En cuanto a Antonio, solía llevarse bien con casi todas las mujeres con las que se había
relacionado amorosamente su padre, pero el hecho de que esta vez hubiera llegado al
extremo de escoger a una que incluso era más joven que Susana, en definitiva era algo
desagradable para él.
Tomas en cambio era neutral en el asunto: no estaba en contra pero tampoco tenía
interés en conocerla; incluso si ellos se casaban, como había hecho su padre ya en dos
ocasiones luego de la muerte de la madre de ellos, a la larga su relación, al menos
basándose en las experiencias anteriores, no podría durar más de dos años.
—Encantada de conocerlos —. Susana sonrió llena de profunda alegría —. Es natural
que se sientan incomodos, pero prometo que si mi relación con su padre llega lejos, seré
una buena madrastra para ustedes.
Al ver esa sonrisa, por algún motivo los ojos de Antonio brillaron. En cambio Susana y
Tomas no mostraron algún cambio. En cuanto a Esteban, sintió que esa sonrisa le
transmitía felicidad. Ese fue el comienzo de la nueva vida de Verónica.
Parte 2: Todo tiene un precio
Había pasado una semana desde la llegada de Verónica, Esteban le había dicho a
Verónica que en ese país algo como que una mujer fuera vendida en matrimonio era algo
ilegal y más aun siendo sólo una niña; también se había tomado su tiempo para enseñarle
los sitios turísticos de la ciudad donde vivía; todo iba muy bien entre ellos dos. Pero
Verónica necesitaba conocer un aspecto más de Esteban antes de llegar más lejos con él.
Era de noche y Estaban se encontraba solo en su cuarto mirando la enorme televisión
acostado sobre su cama matrimonial. Él estaba viendo una película de zombies y entonces
Verónica entró en el cuarto.
Verónica estaba desnuda de la cintura para arriba y abajo sólo llevaba una pequeña
tanga negra: esto dejó a Esteban sorprendido pues sabía que algo así pasaría tarde o
temprano pero aún le parecía pronto y más aún, nunca una mujer había tomado la
iniciativa con él. Esteban se quedó atónito mirando los senos pequeños con pezones
rosados de ella y luego pasó lentamente su mirada a través del delgado abdomen hasta
fijarla en su vagina; resultaba demasiado emocionante el sólo hecho de ver a Verónica
desnuda.
—Quiero probar como eres para esto —. dijo Verónica mientras miraba al suelo
sintiéndose avergonzada de sus propias acciones—. Mi expareja me enseñó que no todos
los hombres saben hacerlo y que es importante la compatibilidad entre ambos —. Se
sonrojó —. Además aunque nunca haya estado con otro hombre, me parece que a la larga
una relación de pareja seria insoportable si esto no es bueno —. Relajó los hombros y alzó
su mirada —. Si no lo disfruto pues, simplemente quedaremos como amigos y quizá igual
te vuelva a visitar, ¿quieres hacerlo ahora?, no es obligatorio.
—Ven a acá —. Esteban palmeó dos veces el lado izquierdo de la cama.
Verónica se acostó al lado de Esteban. Ella se sentía sumamente nerviosa porque nunca
había estado con un hombre que no fuera Hector. Esteban se colocó encima de ella y
comenzó a acariciarle los senos, centrándose en la parte de los pezones.
—Sí lo haces bien esta vez, habrá otras veces y puede que me vuelva tu novia a modo
de prueba —. dijo Verónica a la vez que cerrada los ojos para concentrarse en la sensación
que le estaba produciendo Esteban.
Habían pasado cinco minutos durante los cuales Esteban sólo se dedica a pasar sus
manos y lengua por cada parte del cuerpo de Verónica de arriba hacia abajo y entonces
comenzaron a besarse. Ella no podía evitar notar que eso se sentía bien pero no era
comparable a como lo hacía Hector y se sintió triste pensando en el hombre que había
perdido.
«Si tan sólo él hubiera respetado nuestro matrimonio» pensó Verónica sumergida en la
tristeza.
Al cabo de otros diez minutos la vagina de Verónica apenas y si se había humedecido lo
suficiente para albergar el pene de Esteban, el cual ella aún no había visto ni sentido.
Esteban levantó la sabana que los cubría a ambos y se acomodó para penetrar a Verónica;
mientras él abría las piernas de ella, Verónica vio el pene de él y se sorprendió de forma
negativa al darse cuenta que este no era tan largo ni grueso como el de Hector.
Entonces Esteban penetró su vagina y empezó a moverse lentamente. Al principio
Verónica estaba arrepentida de venir porque la sensación de placer era demasiado leve,
pero al cabo de los primeros veinte minutos, en los que el ritmo de penetración era lento
y Esteban se detenía de vez en cuando para acariciar suavemente los senos de ella y
lamerle los pezones; ella empezó a disfrutarlo un poco más y fue entonces cuando
Esteban aumentó la fuerza y velocidad de la penetración. Ella estaba disfrutando bastante
para ese punto aunque tenía que reconocer que aun así no había punto de comparación
con respecto a lo que le hacía sentir Hector.
Entonces Verónica decidió recompensarlo tomando un papel más activo y rodeó las
piernas de Esteban con las suyas. Entonces Estaban se salió y le hizo ponerse apoyada
boca abajo sobre sus manos y rodillas. Él la volvió a penetrar de golpe, esta vez a un ritmo
mucho más rápido y fuerte. Ella se movía con una habilidad destacada, producto de las
enseñanzas de Hector.
El acto se prolongó por diez minutos más y ella empezó comenzó a sentir acercarse su
primer orgasmo de esa ocasión. Esteban aumentó el ritmo una vez más y y al cabo de
otros siete minutos, alcanzaron el orgasmos al mismo tiempo.
Ellos estaban acostados respirando agitados y Esteban sonreía orgulloso de haberla
hecho acabar. Verónica, sin mediar palabra alguna, se acercó al pene de él y le empezó a
lamer y masturbar son suavidad hasta que este se empezó a poner duro y entonces se lo
metió en la boca y lo chupó a la vez que lo acariciaba con la lengua disfrutando el sabor
de ese miembro mezclado con el semen y el fluido vaginal. Ella continuó así hasta que ese
pene estuvo totalmente erecto una vez más.
—Penétrame de nuevo —. pidió verónica.
Esteban no se hizo de rogar y la colocó acostada boca abajo y volvió a penetrar su vagina
llena del semen del anterior coito. En ese punto, Verónica sentía mucho más placer y
Esteban desde el inicio estaba penetrándola a todo ritmo, pero cuando ella estaba por
alcanzar su segundo orgasmo, a pesar de que sólo llevaban siete minutos, Esteban
eyaculó. Él se acostó al lado de ella y se veía agitado y agotado totalmente.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Verónica a modo de reclamo con una expresión de
decepción en su rostro.
Pero Esteban no le respondió, en lugar de eso le dio la espalda y se echó a dormir.
Verónica se tuvo que masturbar para acabar por segunda vez y se acostó sintiéndose
molesta.
A la mañana siguiente. Ella se levantó temprano y se preparó su desayuno, que incluía
una taza de té. Cuando desayunaba, vio de reojo como Esteban entraba al comedor.
—Lo de anoche fue decepcionante. —dijo mientras se levantaba tras comer y beber
rápidamente.
Esteban se acercó para pedirle una explicación del porque ella pensaba eso. Ella no
quería entrar en detalles así que trató de apartarse pero él le agarró con excesiva fuerza el
brazo izquierdo.
—Explícame —. Esteban mostraba incredulidad e ira en su rostro.
En ese momento, Antonio y Tomas estaban entrando en la cocina, ambos se detuvieron
al observar la escena. Ella miró con desprecio a Esteban.
—Eres mediocre para el sexo, no sirves como hombre. Ahí tienes tu explicación. —
Verónica liberó su brazo izquierdo.
—¡A mí nadie me habla así! —gritó Esteban y la abofeteó con tanta fuerza que la tiró al
suelo.
Verónica se empezó a levantar mientras sobaba su mejilla y sentía el sabor a sangre de
su labio roto. Ella sólo se había sorprendido al principio pero Esteban no se detuvo ahí y
empezó a patear su costado izquierdo. Él continuo así hasta dejarla inmovilizada y casi
inconsciente; entonces se detuvo y le escupió en la cara.
—Ahora puedes largarte de mi hogar —dijo Esteban —. No quiero volver a verte por
aquí.
Esteban se estaba marchando del comedor cuando se dio cuenta de que sus hijos le
habían observado pero no se detuvo.
—Papá acaba de golpear a su novia —. Antonio apenas y sí podía creer lo que acababan
de ver sus ojos.
—La muy zorra se lo merecía —. dijo Tomas.
Tomas caminó hasta donde se encontraba Verónica que apenas aún estaba en el suelo
incapaz de levantarse.
—Te mereces esos golpes por hablarle así, aunque comprendo que para ti seguro mi
padre no es ni medianamente satisfactorio en lo sexual —. Tomas mostraba una expresión
de total desprecio.
Verónica hizo un esfuerzo por levantarse pero apenas podía apoyarse en sus manos: el
cuerpo lo sentía demasiado aturdido por el dólar aún. Ella miró a Tomas y él le agarró por
el cabello y la arrastró hasta el jardín atrás de la mansión.
—No quiero que mi padre se meta en problemas por golpear a una perra como tú —.
comentó Tomas —. Así que supongo que voy a matarte y luego te enterraré aquí.
Tomas agarró una rama larga y gruesa del suelo y Verónica sintió pánico ante la
inminente muerte.
—¡Espera, por favor no me mates, haré lo que tú quieras! —Gritó verónica suplicante y
desesperada.
Para sorpresa de ella, Tomas soltó la rama. Él levantó a Verónica sosteniéndola del
cuello.
—No quiero que acuses a mi padre. —Tomas enterró sus ojos, su mirada estaba llena de
odio
—¡No lo haré, sólo déjame ir! –exclamó Verónica.
Tomas la soltó y le hizo un gesto con la mano derecha a una Verónica que apenas podía
sostenerse de pie, para que ella le siguiera y entonces él empezó a caminar hacia donde
estaba estacionado el auto deportivo marca Nisan que le regaló su padre el año pasado.
—Te sacaré de aquí, sube —. dijo Tomas —. Luego vendré por tus cosas, te proveeré de
un sitio para quedarte mientras reservas tu vuelo para regresar tu país.
Ella se subió al auto por la puerta derecha delantera y él por la izquierda delantera.
—Gracias —. dijo Verónica mientras se le escapaba una lágrima por su ojo derecho.
—No me agradezcas, el hospedaje no será gratis en absoluto —. respondió Tomas
mientras fruncía el ceño.
Tomas encendió el auto y comenzó a conducir. Ellos no hablaron en todo el camino. Al
cabo de dos horas, llegaron hasta una casa grande de tres pisos; al entrar fueron recibidos
por tres sirvientas rubias con uniformes color rosa con encajes.
—Bienvenido, señor ¿Quién le acompaña? –preguntó la que se veía mayor de entre las
jóvenes sirvientas.
—Una sucia puta que hizo molestar a mi padre —. respondió Tomas mientras cerraba los
ojos —. Gloria, quiero que la lleves al cuarto de huéspedes —. Abrió sus ojos y señaló las
escalaras que llevaban al segundo piso.
Verónica no dijo nada ante el insulto de Tomas: ya tenía suerte de que él no la matara.
Tomas se marchó de ña casa y al cabo de dos horas y media regresó con todo el equipaje
de Verónica. Él subió hasta el segundo piso y entró en la habitación de ella; al entrar la vio
llorando, pero eso no le importó.
—Aquí tienes tus cosas. —. Dijo Tomas —. Por esta noche me basta con ochocientos
dólares por el hospedaje, tendrás derecho a todo, incluyendo dar órdenes a mi
servidumbre.
—Está bien —. El tono de ella estaba quebrado por el llanto.
—El resto de días costará igual pero asegúrate de irte en máximo tres días —. Tomas
guardó sus manos en los bolsillos de su chaleco y entrecerró los ojos.
—¿Y sí no consigo vuelo para irme antes del cuarto día? —. preguntó preocupada
Verónica.
—En ese caso mejor lárgate a un hotel —. Dijo Tomas.
—¡Los hoteles en este país son caros hasta para mí! —exclamó Verónica.
—¡No es mi maldito problema lo que te suceda! —. Tomas escupió al suelo.
Tomas se fue cerrando la puerta de la habitación.
—Estás advertida. —gritó Tomas.
Verónica lloró sin consuelo alguno: nunca había esperado que todo resultara así.
Parte 3: tiempo límite