MARTINI, Carlo María, Abraham, Nuestro Padre en La Fe, 1984
MARTINI, Carlo María, Abraham, Nuestro Padre en La Fe, 1984
MARTINI
ABRAHAN, NUESTRO PADRE EN LA FE
CARDENAL C. M. MARTINI
ABRAHAN, NUESTRO
PADRE EN LA FE
3." edición
EDICIONES PAULINAS
& Ediciones Paulinas 1984 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid) © Edizioni
Borla - Roma 1983
Título original: A bramo, nostro padre nella fede
Traducido por Alfonso Ortiz García
Fotocomposición: Marasán, S. A. San Enrique, 4. 28020 Madrid Impreso en
Artes Gráficas [Link]. Humanes (Madrid)
ISBN: 84-285-0964-6 Depósito legal: M.
2.344-1988 Impreso en España. Printed in
Spain
Primera Parte
MEDITACIONES
Primera meditación
Introducción
7
que comencemos esta actividad, este retiro,
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén”.
Para esta noche he pensado proponeros algunas reflexiones
sobre ciertas anotaciones de los Ejercicios ig- nacíanos: la
segunda anotación, algo de la vigésima y, ante todo, algo del
título de los Ejercicios (21) * que se encuentra antes del
“Presupuesto”.
9
Tres niveles de la experiencia de los Ejercicios
10
Dios y Dios se abre al hombre, y en esta apertura se alcanza
tanto el nivel moral como el nivel de la experiencia de sus
opciones.
Pero el nivel trascendental es el que lo domina todo; es el
comienzo, la raíz, el punto final; es el cuadro de todo lo que
van realizando los Ejercicios. Vencerse a sí mismo es superar
el miedo, la muerte, la desilusión, todo lo que en nosotros es
desconfianza, cerrazón, amargura; es abrirse a la plenitud de
Dios y quedar inundados de él en la verdad de nuestra vida
moral, de nuestra vida de opción, de nuestro mejor servicio a la
mayor gloria de Dios.
La vigésima anotación
11
miedo y la muerte, de la victoria sobre la desconfianza, para
abrirse a la palabra de Dios que nos llama.
Podríamos referirlo todo esto a la pregunta que hacen los
judios a Jesús en Jn 6,28: “¿Qué haremos para obrar según
Dios?”, y que podríamos parafrasear así: “¿Qué hemos de hacer
para realizar en los Ejercicios esto o aquello, para obtener una
mejoría en esta cosa o en aquella otra?” La respuesta de Jesús
nos sitúa inmediatamente en el nivel trascendente: “La obra de
Dios es ésta: creer en el que me ha enviado”.
De esta reflexión se deriva también la materia de las
meditaciones que me he propuesto desarrollar, tomando como
compañero de viaje al peregrino Abrahán: buscar a Dios, tocar
a Dios, ¿qué es lo que esto significa para nosotros?, ¿cómo se
verifica en nosotros? Por eso el título de estos Ejercicios será
“Abrahán, nuestro padre en la fe”.
12
que nos cierra cada día a Dios y a los demás, a todo lo que es
nuevo y verdadero, para ensimismamos en nuestra torre de
hábitos y de seguridades adquiridas? ¿Cómo vencemos todo
esto? Con la palabra de Dios. La palabra de Dios es la que libra
en nosotros la batalla de la fe. Y aquí recuerdo la segunda
anotación de los Ejercicios, que dice: “Hemos de dejamos
penetrar de la palabra de Dios”. El que da los Ejercicios no
debe dar de lo suyo o convencer, sino “narrar fielmente la
historia”, una historia que tenemos que aplicarnos a nosotros
mismos tomando el texto y preguntándonos: ¿qué es lo que nos
dice el texto a nosotros, a mí mismo? Interiorizándolo luego
cada uno de forma que se deje vencer por la palabra. Este texto
será para nosotros principalmente el de los capítulos 12 al 25
del Génesis, así como otros, entre ellos algunos del Nuevo
Testamento que se refieren más concretamente a Abrahán,
como Rom 4, Gál 3, Heb 11.
Es el anuncio de la palabra de Dios, el kerigma, el que
alcanza esta victoria. Nos vencemos a nosotros mismos si nos
dejamos penetrar por la palabra como palabra de Dios, es decir,
como fuerza de Cristo presente, resucitado, que actúa ahora en
esta situación.
Y aquí vuelvo al punto de la vigésima anotación, que se
refiere a la segregación, a la separación, al retiro. Quiero
subrayar dos aspectos: no tanto el de los frutos al que ya he
aludido, sino más bien al aspecto que podríamos llamar de
contenido. ¿De qué nos retiramos? Nos retiramos de muchas
cosas, pero especialmente de todos los pensamientos molestos.
13
que me preocupa, en lo que tengo que pensar y que estoy
buscando resolver”, él le dio esta respuesta: “Esto sucede con
frecuencia; entramos en los Ejercicios con algo que nos
obsesiona y nos preocupa, con algo que llevamos dentro, quizá
con un problema que pensamos dejar solucionado a la luz de
Dios. Pero, en realidad, no es así. Porque es la luz de Dios la
que ante todo hemos de dejar que penetre en nosotros. Ese pro
blema puede ser a veces un falso problema, que nos impide ver
y que restringe toda la dimensión de nuestra atención a la
palabra. Esas muchas cosas de las que tenemos que retiramos
no sólo son las ocupaciones que serían inadecuadas en esa
situación, sino también las preocupaciones que podrían parecer
importantes y que cierto discernimiento nos hace ver al final
como un obj etivo restringido, que impide la verdadera apermra
a la palabra. En vez de escuchar la palabra dentro de su marco,
nos preocupamos de una aplicación particular de la misma, de
un problema —mío o de los demás—, que no es la palabra”.
Esto para indicar algunas de las cosas de las que estamos
llamados a separamos, a abandonar enérgicamente, a cortar
aunque parezcan buenas. ¿Y de qué no nos separamos? Es
importante decirlo, ya que san Ignacio lo advierte en la
vigésima anotación cuando recuerda que hay que dar al
ejercitante la posibilidad de acudir al oficio divino, a las misas.
Evidentemente, no nos separamos de la palabra de Dios, que es
un interlocutor continuo. No estamos solos, no debemos estar
solos; más aún, estamos en un contacto continuado con la
palabra de Dios. No es un momento de soledad, sino un
momento de escucha. Y como no nos separamos de la palabra,
tampoco nos separamos de la Iglesia, estamos en la Iglesia,
hacemos experiencia de Iglesia, y la Iglesia está representada
para nosotros en las personas que están con nosotros. Por tanto,
no nos separamos de la experiencia comunitaria, sino que
hemos de vivirla con mayor profundidad.
14
Lo ideal sería vivir esta experiencia comprometiéndonos
cada vez más en lo que querríamos hacer. Por ejemplo: intentar
ponerse en segunda o tercera fila, no meterse en el círculo,
podría significar seguir nuestro deseo instintivo de no
comprometemos demasiado; por el contrario, situarse en
primera fila tiene, evidentemente, el significado externo de que
uno se compromete ante los demás, de que está con los demás.
No es más que un ejemplo para decir en qué consiste este
compromiso. Un compromiso que lleva a ponerse con todo lo
que somos delante de la comunidad, que nos conoce, que
conoce también nuestros defectos y que nos juzga y nos acoge;
por tanto somos conocidos y juzgados y hemos de actuar sin
demasiados fingimientos. Y esto puede acontecer en la oración,
en la liturgia, en las súplicas espontáneas, preguntas, consultas,
participación después del evangelio, reflexiones que creamos
que son también importantes para los demás. Se trata de otras
tantas pequeñas expresiones de compromiso, un compromiso
corporal, real y de importancia, ya que constituyen una
experiencia de comunidad más profunda. Estas son las cosas
que quería deciros esta noche y sobre las que volveremos
también mañana.
15
Segunda meditación
17
flexión y la lectura de estos días, antes de proponer la
meditación propiamente dicha.
Los informes introductorios se refieren a los dos puntos
primeros: el primero es una explicación del título de este retiro:
“Abrahán, nuestro padre en la fe”; el segundo es una breve
reseña de las fuentes de donde sacamos nuestro conocimiento
de Abrahán sobre el que hemos de meditar. Finalmente, el
tercer punto es la meditación propiamente dicha, que podría
expresarse así: ¿De dónde, unde, es decir, de qué conocimiento
de Dios partió Abrahán? En la meditación intentaremos
responder a esta pregunta.
18
Abrahán, padre de todos los que buscan a Dios
20
ficados, incluso un significado objetivo, de contenido. Abrahán
es nuestro padre por ser nuestro antepasado en esta
religiosidad, en este modo de expresar nuestra vida de fe.
Nuestra religiosidad es abrahámica, lo mismo que la islámica y
la judía, que no son más que características especiales de este
abrahamitismo. Es nuestro padre no sólo en la fe como vida
vivida, en la fe objetivamente considerada, como experiencia
global de fe, sino también y principalmente —como cada vez
destacan más los autores modernos— es nuestro padre por su
acto de fe, por su actitud radical de fe; es el modelo ejemplar
del hombre en actitud de acogida y de disponibilidad. En este
sentido es nuestro padre en la disponibilidad y en la apertura de
la fe y de la esperanza.
Y aquí podríamos parafrasear las palabras de los Ejercicios
en el Principio y fundamento: “Por lo cual es menester
hacemos indiferentes a todas las cosas creadas”, diciendo: “Por
eso es necesario hacemos como Abrahán”. Abrahán se nos
presenta como padre de la indiferencia, padre de la
disponibilidad, padre de la rendición frente a la palabra de
Dios; una rendición difícil, progresiva, como veremos,
atormentada; pero es precisamente esta rendición, esta
aceptación de la palabra, este creer y esperar contra toda
esperanza, lo que, según san Pablo, justifica a Abrahán. Por
tanto, es nuestro padre en este acto radical, fundamental de
nuestra vida cristiana, que es —como indica el concilio
Vaticano II en la Constitución sobre la divina revelación— “el
acto con que el hombre se confía a Dios total y libremente”
(DV5).
Pero Abrahán, además de ser nuestro padre en la
religiosidad y en el acto de fe, lo es también en el camino de la
fe, al que ayer aludíamos hablando de la Virgen: Maria in
peregrinatione fidei processit. También Abrahán fue
progresando en la fe y podemos meditar la vida de Abrahán
como una peregrinación de fe. Y aquí es donde yo veo posible,
aunque quizá sea sólo
21
•m
22
las fuentes, sobre todo porque —como disponéis estos días de
más tiempo— podréis por vuestra cuenta organizar las
meditaciones y las lecturas de forma más extensa. Pueden
citarse muchas fuentes sobre Abrahán; mencionaré cinco
grupos de fuentes a las que podemos acudir libremente. Son
fuentes muy ricas, de las que podemos sacar algo de cada una.
En primer lugar están las fuentes bíblicas, no solamente Gén
12-25, sino otros muchos pasajes del Antiguo y del Nuevo
Testamento.
23
Se le menciona 15 veces en los libros históricos, una vez en los
M acabeos. Podría decirse que la figura de Abrahán empezó a
tomar mayor importancia en la Biblia a partir del destierro.
24
Las fuentes judías e islámicas
25
que diremos algo si tenemos un poco de tiempo para ello.
26
mejor en la instrucción de esta tarde— prácticamente en la
primera semana. Anoche, al recordar el Principio y fundamento,
hice algunas alusiones a la finalidad que nos proponemos, al
nivel en que nos situamos, al fin que deseamos alcanzar. Ahora
entramos directamente en los Ejercicios con algunas
meditaciones, una hoy y otra mañana, que nos sirvan para
tomar conciencia de nosotros mismos a través del espejo de
Abrahán.
El tema de la meditación es el siguiente: ¿de dónde?, unde?
Es decir, se trata de señalar más claramente de qué
conocimiento de Dios partió Abrahán. Este tema puede tener un
“subtema” que expondría de este modo: “Valores y límites de
nuestra primera experiencia religiosa”. También nosotros
tenemos un punto de partida en nuestra vida religiosa, lo mismo
que Abrahán. Y lo mismo que en la meditación del reino con
templando al rey temporal reflexionamos en el Rey eterno, así
también contemplando el punto de partida de la religiosidad de
Abrahán reflexionaremos en el punto de partida de nuestra
religiosidad, de nuestro camino hacia Dios.
El libro de la Sabiduría
27
de la llamada, lo que se puede deducir de este texto es que la
religiosidad de Abrahán brotó de una experiencia de confusión
y de perversidad, en continuidad con Gén 14,22.
Es éste un capítulo muy misterioso incluso desde el punto de
vista de la crítica literaria, que todos los críticos sitúan aparte;
no entra dentro de las fuentes yavis- ta, elohísta ni sacerdotal;
es una fuente independiente, sin que se sepa de dónde viene.
Pero la verdad es que contiene datos antiquísimos. Los
descubrimientos de Ebla han demostrado que los nombres de
las cinco famosas ciudades citadas al comienzo de este
capítulo, en el versículo 2: “Hicieron guerra a Bara, rey de
Sodo- ma; a Bersa, rey de Gomorra; a Senab, rey de Adama; a
Semebar, rey de Seboim, y al rey de Bala, o sea de Segor”,
estos nombres, de los que no se conocía casi nada, se han
encontrado en este mismo orden en una tablilla de Ebla de dos
mil trescientos años antes de Cristo; esto quiere decir que entre
estas cinco ciudades existía ya un vínculo antes de que se
escribiera la Biblia; aquí la Biblia recuerda tradiciones que
habían desaparecido en la memoria común y que la gente ya no
podía verificar.
28
creador del cielo y de la tierra. Abrahán venía de un lugar
donde se cultivaba mucho la astrología y, por consiguiente,
debía tener muy profundo este sentimiento del cielo. En efecto,
cuando Dios le habla, una de las comparaciones que utiliza es
la de los astros: “Tu descendencia será tan numerosa como las
estrellas del cielo”. La invocación al Dios del cielo parece estar
ligada a una experiencia religiosa de un tiempo anterior.
Podríamos citar también las fuentes arqueológicas. Los
eruditos han cavilado decenios enteros para saber en qué
ambiente religioso nació Abrahán: politeísmo, culto a El, culto
a múltiples divinidades, culto al Dios único en Mesopotamia...
La verdad es que podrían hacerse muchas hipótesis, muchas
teorías, de las que sólo podríamos deducir lo que nos dice la
Sabiduría: procedía de un ambiente religioso enfermizo,
corrompido, difícil. Esto es lo que creo que puede afirmarse;
por lo demás, es lo que confirman la arqueología y la historia.
29
No sé cómo sale a relucir esto de los “cuarenta y ocho años”;
de todas formas, tampoco los rabinos están de acuerdo entre sí.
Pero ¿por qué los rabinos mencionan estas tres edades, un año,
tres años, cuarenta y ocho años? ¿Por qué no más? ¿Qué es lo
que quisieron decir? ¿Qué es lo que hay detrás de su intuición?
Es lo que he llamado el “cuándo”.
30
déos”. Los rabinos se preguntan: ¿Qué son esas llamas? ¿Acaso
un incendio en el que estuvo a punto de perecer? ¿O la
corrupción de los caldeos, de la que Dios lo salvó? Abrahán le
pide a Dios que lo socorra para que no vuelva a caer en el
error, que le indique todo lo que debe hacer. Y entonces viene
la voz de Dios. Por tanto, Abrahán debió tener un contacto con
Dios, un sentimiento de Dios que le permitió dirigirse a él y
escuchar su voz. Por eso algunos rabinos dicen que este
sentimiento de Dios le habría venido a Abrahán de su familia,
que lo educó; mientras que otros dicen que se rebeló contra su
padre, astrólogo; otros, finalmente, dicen que fue mirando el
cielo estrellado como tuvo una profunda experiencia religiosa
(y por eso cité Gén 14,22; cf Gén 15,5s).
Según estos últimos rabinos, mirando el cielo estrellado
Abrahán llegó a comprender claramente que no hay que servir
a los astros, sino al dueño de los astros, a quien los hizo. Es
una experiencia religiosa de tipo natural, la intuición que
diríamos hoy de la trascendencia, de la causalidad, del límite
de las cosas, lo que le abrió al sentido de Dios.
Todavía podría hacerse una última hipótesis según algunos,
probablemente aquellos que rondan los cuarenta y ocho años, y
es la siguiente: Abrahán vivió posiblemente en una idolatría
más bien pacífica, en un sentimiento genérico de Dios; pero la
palabra de Dios lo convirtió. Por tanto, su conocimiento de
Dios, el verdadero conocimiento de Dios, nació en el momento
de la llamada; es decir, se identificaron la conversión y la
vocación.
31
posibilidades de la existencia humana, y podemos decir que
describieron todas las que hay. Por eso mismo formularon de
manera más concreta la reflexión sobre el “cómo” y sobre el
“cuándo” y por eso me gustaría invitaros a vosotros y a mí
mismo a seguir precisamente este esquema que nos ofrecen los
rabinos: “¿Cuándo?” ¿Al primer año, a los tres años, a los
cuarenta y ocho años? “¿Cómo?” ¿En la familia, contra la
familia y el ambiente, a través de una experiencia religiosa in
terior, a través de la palabra de Dios, de un evangelio?
Todas estas son posibilidades importantes, cada una de las
cuales —éste es el “subtema” del tercer punto— tiene sus
valores y sus límites. Y es importante que nos examinemos
sobre los valores y los límites que llevamos, evidentemente,
con nosotros durante toda la vida de nuestras primeras
experiencias religiosas, de nuestro primer modo —un primer
modo que pudo durar incluso años y decenios— de acercamos
a Dios, considerándolo respecto .al mundo que concede la
primacía a la palabra, al modo evangélico; que conserva
siempre, sin embargo, en nosotros ciertos residuos, a veces
pesados, del primer modo. Por eso es importante este examen
sobre nosotros mismos.
32
nombre de Dios; empieza a acostumbramos a los símbolos
religiosos, a la señal de la cruz, al crucifijo; es la educación
familiar, diría en cierto sentido normal, que hemos recibido
casi todos nosotros. Se nace en una familia que, sin que
nosotros tengamos ninguna predisposición especial —como se
cuenta de san Estanislao, de san Luis— nos ha llevado a acoger
estos signos, a hacerlos nuestros, nos ha hecho entrar en una
comunidad de oración, en la iglesia, junto a la mamá, con los
padres, viéndolos rezar y acercarse a la comunión. Así
comienza realmente un profundo proceso religioso.
¿Qué significan, finalmente, los cuarenta y ocho años? Es el
itinerario fatigoso, a menudo aberrante, que pasa a través de
todas las posibles aberraciones del pensamiento, yendo un
poco, como san Agustín, de acá para allá, buscando por un lado
y por otro. Quizá en estos momentos podemos agradecer a Dios
el habernos dado una experiencia infusa inicial; hemos de darle
también gracias por toda la experiencia de maduración familiar
que nos ha dado. Pero hemos de planteamos también la
pregunta de si es posible que pasen cuarenta y ocho años sin
conocer al verdadero Dios. Pues bien, al menos en
determinados niveles, esto sucede también a veces en el mundo
cristiano.
Hace algún tiempo me impresionó lo que oí contar de un
sacerdote que había asistido a una catequesis neocatecumenal y
que fue luego a decirle al obispo con sorpresa: “¡Finalmente he
comprendido el kerigma!” El obispo contestó: “¿Es posible?
¿Usted que lleva tantos años predicándolo en la iglesia y que lo
enseña en el seminario?” Quiero decir que, efectivamente,
puede vivirse muchos años en una experiencia religiosa
genérica sin captar profundamente su sentido, permaneciendo
bastante extraño al mismo, casi ateo. Y me parece que esto es
más frecuente de lo que se piensa: una experiencia religiosa
que no entra en profundidad. No hay que decir que sea un mal,
pero el hecho es que Dios a veces llama después, que Dios nos
espera después.
33
Como también es cierto que los modos con que llegamos a una
verdadera experiencia religiosa, a la purificación de una
experiencia anterior, son múltiples e imprevisibles, no tienen
tiempo, pueden durar varios decenios. De aquí la importancia
de interrogamos: ¿cuáles fueron los comienzos, los “cuándo”?,
precisando ese tiempo, esos años, ese período, o bien esa larga
dificultad, esas luces y sombras que se fueron sucediendo con
pruebas de desolación, de ausencia de Dios, con nuevos
impulsos y recuperaciones. Deberíamos recordar brevemente
todo este período, ponerlo delante de Dios, pensando en la
experiencia original de Abrahán.
34
resulten banales, evidentes, obvias, sin relieve, exactamente
como aquel sacerdote que sabía muy bien predicar el kerigma,
conocía el Vaticano II, el misterio pascual, Cristo muerto y
resucitado, pero que no había dado ningún relieve a esta
experiencia. El cristianismo lo era todo: la democracia
cristiana, la comunión frecuente, la confesión, la liturgia, los
deberes eclesiásticos, todo un conjunto de cosas arduas que era
preciso seguir arrastrando; el kerigma podía pronunciarlo con
los labios y también con la mente, pero sin haber captado con
un cierto relieve fundamental la fuerza que tiene la palabra
evangélica de muerte y resurrección para dominar y cambiar
todo aquel panorama de tradición religiosa; que viene a
nosotros como un río, y, por tanto, sin diferencias, sin relieves,
sin claridades de puntos periféricos o puntos centrales.
Es la gran dificultad de una tradición religiosa recibida
como un gran tesoro, en el que todo tiene que observarse, en el
que todo va bien, todo es importante, todo es válido, todo debe
ser defendido. Pero es un tesoro que en un momento
determinado se convierte en un peso, es ambiguo e impide el
conocimiento de Dios, de modo que puede ser que hasta los
cuarenta y ocho años uno no tenga el conocimiento real de
Dios, por vivir de ese bagaj e pesado que es preciso sostener en
bloque, ya que si falta alguna cosa todo se viene abajo; no cabe
la posibilidad de un conocimiento limpio del centro del
misterio.
Esta es la ambigüedad del cristianismo de tradición.
No es que no sea fundamental, pero es tradición; y la
tradición que subyace al cristianismo puede también
oscurecerlo al mismo tiempo, precisamente por este
“desdibuj amiento”, impidiendo así psicológicamente que nos
demos cuenta de la fuerza del evangelio. El evangelio se
convierte en un nombre para todas las cosas, para todo lo que
se hace o se dice. Esta es la primera experiencia.
35
Valores y límites de una conversión
36
trología, pero sin fanatismo, como en algo evidente. Pero mira
las estrellas y siente que hay algo más, que la astrología no
satisface; debe haber alguien que dirija estas cosas, que las
tenga en la mano. Y así siente nacer en el corazón una
adoración profunda, luminosa, frente al misterio que fascina,
mysterium tremendum, el Distinto, el Otro, el Absoluto. Y de
esta forma va llegando gradualmente a esa experiencia
religiosa natural, profunda, riquísima, que tiene enormes
ventajas por ser personal, vivida interiormente, ligada a una
experiencia cósmica, capaz de guiar la vida.
¿Es también ambigua esta experiencia? Ciertamente que sí,
porque es una experiencia religiosa conquistada a través de la
pro fundí zación de sí mismo y, por consiguiente, limitada a una
relación entre Dios y el cosmos que nace de esta perspectiva.
Es verdad que los que han llegado a esta concepción metafísica
podrían también superarla hasta concebir la libertad de Dios de
forma plena, completa; pero se trata siempre, al menos en mi
opinión, de cierta manera de ver a Dios en relación con la
propia experiencia. Es una experiencia religiosa que en un
momento determinado es capaz de ser un velo, un obstáculo,
incluso un dique a la palabra de Dios, por estar ya satisfecha de
sus propias concepciones y, por-tanto, ilusionada con bastarse
a sí misma; una religiosidad vaga, genérica, un teísmo
intelectualista, confiado, pero que por eso mismo puede
empeñarse en sustituir a ,1a palabra de Dios. Cada uno de
nosotros llevamos a la espalda todas estas cosas, una u otra; es
decir, nuestra religiosidad es una mezcla de estas experiencias
nuestras profundas que todavía no se han convertido del todo,
que no se han clarificado, que no se han liberado de su
ambigüedad por obra de la palabra de Dios.
La palabra de Dios
Está, finalmente, la cuarta experiencia, la única ver
daderamente válida, definitiva, real: Abrahán que se
37
convierte bajo la experiencia de la palabra. Cuando comprende
que Dios es el Absoluto, el Otro, el Luminoso, el Fascinante,
que habla y actúa libremente, que irrumpe en su vida como
quiere y no como Abrahán se imaginaba, no en una medida
cósmica, sino de manera imprevisible, incognoscible, porque
Dios es el incognoscible, el incognoscible que actúa. Y aquí,
como veremos, nace toda una nueva revolución en el alma de
Abrahán.
Creo que esta última experiencia podemos vislumbrarla —
como indican muchos autores, basándose en parte en la
arqueología y en cierta interpretación de los textos antiguos—
en el paso que da Abrahán de El a Yavé. El: el gran Dios del
firmamento, pacífico, que lo tiene todo bajo su poder, que
regula el curso de las cosas, de las estaciones, de los astros, al
que nos acomodamos nosotros y que se acomoda a su vez a
nuestro ritmo de pastores o de agricultores; por consiguiente, se
trata de una religiosidad natural, sencilla. Yavé: el Dios que, si
es un Dios tribal tal como nos hacen pensar ciertas
descripciones de Ebla, es, sin embargo, un Dios que por así
decirlo sale de la montaña con violencia, se precipita, lo
conmueve todo, enfrenta los elementos unos contra otros,
cambia, exige y al mismo tiempo es misterioso, el Altísimo, el
Absoluto, el Inaccesible.
Este paso que realiza Abrahán de El a Yavé marcará el ritmo
de toda su vida, en el que irá encontrando tropiezos
continuamente, como veremos. Pero es la apertura a la palabra,
a la palabra imprevisible, incognoscible en la fuente de donde
proviene, porque a Dios no le conocemos, no lo hemos visto
jamás, no sabemos quién es; pero sabemos que actúa en
nosotros y nos fiamos de él sin conocerlo a fondo, arrastrados
como nos sentimos por ese mismo camino.
Se trata de la experiencia de la conversión-vocación que en
un momento determinado de su vida tuvo Abrahán, pero que
tuvo que perfeccionarse y repetirse
38
día tras día. ¿Y nosotros? ¿Ha existido para nosotros esta
experiencia? ¿ Cuándo la tuvimos, cuándo se ha repetido?
¿Cómo tiene lugar? ¿Cuál es en este momento? ¿De qué
manera me encuentro ahora frente al misterio de Dios?
Aquí las maneras son muchas: conocimiento, rechazo,
negligencia, adhesión ambigua, adhesión cada vez más clara.
Todas estas maneras son posibles también en la vida religiosa;
más aún, creo que son muy propias de la vida religiosa, en
donde sale a flote mucho mejor todo lo que divide al hombre
de Dios. El odio a Dios, el desprecio, el rechazo, la
incapacidad para reconocerlo, el resentimiento, todas estas
actitudes brotan con mucha más energía, precisamente porque
Dios se convierte en el “partner” de la existencia y, por consi
guiente, se lleva a cabo una lucha con Dios.
Es importante reconocer esta lucha que se libra en nosotros,
lo mismo que se libró en Abrahán, y dejar que brote ante el
misterio de la palabra. Repitamos, por consiguiente, esta
búsqueda que Abrahán hizo de Dios, recitando por nuestra
cuenta algunos trozos del salmo 119:
“De todo corazón te ando buscando, Señor;
espero en tu palabra.
Deseo conocerte; haz
que te conozca,
haz que tu verdad se abra a misojos”.
39
TERCERA MEDITACIÓN
41
La fragilidad de Abrahán
42
Nuestra esclavitud bajo la ambigüedad
Para aclarar un poco más este pensamiento meditemos los
dos episodios, teniendo en cuenta el texto igna- ciano de
oración penitencial 'del triple coloquio, así como lo que nos
dice Heb 2,14-15, que es otro texto básico para determinar la
fragilidad del ser humano. Es el texto que dice: “Pues de la
misma manera que los hijos participan de la misma carne y
sangre, también él participó de modo parecido, para reducir a la
impotencia, mediante la muerte, a aquel que tiene el imperio de
la muerte, es decir, al diablo, y libeftar a todos aquellos que por
miedo a la muerte estaban sometidos durante toda su vida a la
esclavitud”.
Este texto es una interpretación genial de la esclavitud del
hombre bajo la ambigüedad, víctima de las potencias del
mundo, que son, además, las potencias del ambiente, de la
opinión pública, de lo que los demás esperan de nosotros, de
las cosas en que tenemos miedo de que nos critiquen, del
miedo a ser mal vistos, marginados, no considerados. Toda esta
esclavitud tiene sus raíces, nos dice san Pablo, en ese temor
fundamental que es el temor de la muerte entendido en sentido
amplio; o sea, el temor a vemos disminuidos, a vemos
divididos, a perdemos, a quedar mal, a quedar fuera de órbita
de lo que ocurre, a sentimos descartados.
Este temor, referido al objeto último que es la muerte, es
decir, la desaparición de la competición de la existencia,
subyace a todos los afanes del hombre en su lucha cotidiana y
está, por consiguiente, en el origen de toda conflictividad, en
donde el hombre intenta prevalecer, resistir, no quedar
marginado, incluso poner la zancadilla a los demás, aplastarlos,
no dejarse coger en la trampa, lograr crearse una vida segura.
Toda esta realidad es la que se nos describe en la carta a los
Hebreos 2,14-15; con toda sencillez podemos leer en ella lo
que aparece de esta realidad en los dos episodios de Abrahán.
43
1. El miedo de Abrahán por lo que le rodea
44
ve análisis del texto; luego, algunas preguntas: ¿de qué tiene
miedo Abrahán, qué es lo que teme, qué es lo que hace bajo el
impulso del temor?, ¿y qué es lo que hace Yavé? Y,
finalmente, añadiré dos preguntas que se refieren a nosotros:
¿Qué es lo que teme el hombre- Abrahán, como tipo del
hombre, en las situaciones difíciles, preocupantes, un tanto
peligrosas? ¿Qué es lo que siente entonces dentro de sí? ¿Qué
es lo que hace? ¿Cómo considera Dios a ese hombre? Creo que
son estos tres puntos los que caracterizan al texto para
hacemos comprender el episodio de que se trata.
En primer lugar haremos un breve análisis del contexto y de
la estructura.
45
sabemos, se repetirá también en tiempos de José. Es una de las
constantes de este flujo de Palestina a Egipto.
Segundo elemento del texto, versículos 11-13: el miedo.
Abrahán le dice a Sara: “Apenas te vean los egipcios se dirán:
Es su mujer. Y a mí me matarán”. Abrahán tiene miedo de
morir; a eso se debe su estratagema. “Di, pues, te ruego, que
eres mi hermana, para que me vaya bien gracias a ti y, por
amor tuyo, salve yo la vida”. Más aún, espera incluso ciertas
ventajas, o sea que de esta competición por su vida salga lleno
de premios, que no sólo no lo eliminen, sino que pueda crecer y
aumentar.
Este miedo, esta estratagema, son más o menos los mismos
en el capítulo 20,1-18, donde se expresan con un poco más de
retórica, como se ve en el versículo 11. Abrahán dice: “Yo dije
para mí: Seguramente no hay temor de Dios en esta tierra y me
matarán a causa de mi mujer”. Aquí el motivo es religioso: no
temen a Dios y entonces es preciso que yo piense en mí mismo:
tengo que defenderme. Por otro lado, Abrahán está preocupado
de salvar las apariencias cuando dice: “Además es verdad que
ella también es mi hermana, hija de mi padre, pero no de mi
madre, y ahora es mi mujer”. Esta tradición elohísta procura
situar a Abrahán bajo una luz mejor: es realmente hermana
suya, Abrahán tenía un buen motivo para hablar de este modo.
El relato yavista del capítulo 12 no nos da más detalles, por
lo que se han hecho varias hipótesis, ninguna verdaderamente
definitiva. Algunos se refieren a una costumbre mesopotámica.
Según otros habría una justificación en cuanto que era posible
declarar a la mujer hermana y elevarla al rango de tal, que era
un rango especial probablemente para dar una dignidad mayor
sobre las demás esposas, como persona no adquirida desde
fuera, sino más bien formando parte de una familia noble. Es
una de las hipótesis que se hacen para
46
salvar a Abrahán, como intenta hacerlo de algún modo el
capítulo 20. De todas formas, se trata ciertamente de una
estratagema que utiliza Abrahán.
47
aparece con toda claridad un juicio negativo sobre la
ambigüedad que llevó a Abrahán a una situación equívoca, a
cosas que no se deben hacer. Esta es, por consiguiente, la
estructura del texto.
48
derecho, con ciertas posibilidades jurídicas, cerrando los ojos a
los aspectos morales, ya que no podía obrar de manera distinta.
49
otras ambiguas, sobre todo cuando nos encontramos en
situaciones difíciles, en situaciones donde son muchas las
fuerzas hostiles. Si uno está tranquilo en su habitación, puede
hacer muchos planes; pero cuando se multiplican las
situaciones de tensión, de ambigüedad, de oposición, entonces
salta instintivamente el instinto de defensa y se intenta salir a
flote de cualquier modo, entrando a veces en la ambigüedad.
No mato, soy honrado, no hago daño a nadie; pero procuro
escaparme como puedo.
50
Nos queda aún otra pregunta final sobre este episodio. Es
verdad: Abrahán intentó hacer lo que podía, siguió adelante a
tientas, tomó el primer camino que se le presentó, a pesar de
que sentía ciertamente que no era el más bonito; pero de hecho
no podía actuar de otro modo; y Dios no se lo reprocha, Dios
tiene compasión de Abrahán. Pero hemos de preguntarnos:
¿Puede realmente Abrahán conocer a Dios en ese estado? Es
decir, ¿puede llegar al perfecto conocimiento del Dios que se
revela, entregándole toda su confianza en todas sus cosas?
Ciertamente que no, precisamente porque lo roen esas
ambigüedades, esos miedos, esos temores. Por tanto, las
ambigüedades, los miedos, los temores, aunque no sean
siempre moralmente negativos, en realidad llevan al hombre a
la incapacidad de conocer plenamente a ese Dios que se revela
solamente en la confianza plena en él, en la adhesión total, en
el abandono total del miedo y de las ansiedades. Abrahán se
queda allí, no progresa, queda bloqueado en su conocimiento
de Dios. Y entonces, al quedar bloqueado el conocimiento de
Dios, ¿qué es lo que ocurre? Ocurre lo que vemos en el
capítulo 16, versículos 1-6.
51
han adora a Dios, le da gracias, pero luego se deja llevar por el
miedo. El capítulo 16 sigue inmediatamente a la gran promesa y
alianza del capítulo 15, en donde Dios le dice a Abrahán: “No,
no será Eliecer de Damasco tu heredero; antes bien, uno salido
de tus entrañas te heredará... Levanta los ojos al cielo y cuenta
las estrellas... Así será tu descendencia”. “Creyó Abrahán a
Yavé y le fue reputado por justicia”. Así pues, Abrahán hizo un
acto perfecto de fe, se abandonó por completo al Dios de la
promesa, y este abandono quedó sellado por un luminoso
relato: el sacrificio de los animales, divididos en dos partes, una
llama que pasa por medio y la gran promesa de Dios: “A tu
descendencia doy esta tierra”.
Así pues, toda la seguridad que podía tener Abrahán de
carácter místico, de carácter simbólico, de carácter
verdaderamente experimental, la tuvo de hecho. Pero viene a
continuación el capítulo 16: “Sarai, la mujer de Abrahán”*, no
le había dado hijos. Pero Sarai, que tenía una esclava egipcia
llamada Agar, le dijo a Abrahán: “Mira, Yavé me ha hecho
estéril; ve, pues, a mi esclava. Quizá yo pueda tener hijos por
ella”. “Escuchó Abram a Sarai”. ¡Es curioso! Capítulo 15:
Abrahán escuchó la voz de Dios y creyó, y le fue reputado por
justicia. Capítulo 16: Abrahán escuchó la voz de Sarai. He aquí
la fragilidad, el miedo de nuestro gran padre en la fe, que había
recibido no sólo las promesas del capítulo 12, que se referían
claramente al hijo: “Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré”;
no solamente la promesa del capítulo 13: “Te daré esta tierra”,
sino incluso la gran alianza del capítulo 15. ¡Y ahora lo
tenemos de nuevo conquistado por el temor!
Este es el contexto del relato, el episodio de Abrahán
* Hasta el capítulo 17 del libro del Génesis, Abrahán y Sara son designados como
Abram y Sarai. Pero en el capítulo 17, Dios dice: “No te llamarás Abram, sino que tu
nombre será Abrahán, porque yo te constituyo padre de una muchedumbre de
pueblos... A Sarai, tu mujer, no llamarás más Sarai; su nombre será Sara” (17,5 -16).
52
tal como nos lo presenta la Escritura y que podemos
subdividir en tres partes. La primera se refiere al miedo de
Sara: “Yavé me ha hecho estéril; ve, pues, a mi esclava. Quizá
yo pueda tener hijos por ella”. La segunda es el miedo de Sara
que se transmite a Abrahán: “Escuchó Abram a Sarai”. La
tercera es Abrahán, que, debido a las protestas de Sara por el
comportamiento altivo de Agar, le restituye casi con desprecio
la esclava: “Mira, en tus manos está tu sierva; haz con ella
como mej or te parezca”. Abrahán, el hombre de la promesa,
queda bloqueado, su conocimiento de Dios se ve minado,
disminuido, no consigue verdaderamente vivir su realidad, su
vida con el Dios de la promesa.
53
jan moralmente libres, pero que al estar latentes corren
continuamente el riesgo de insertarse casi automáticamente,
instintivamente, en nuestra manera de obrar y de actuar.
Tenemos que hacer este examen como una contemplación; lo
mismo que Abrahán no consiguió destruir sus ataduras latentes
ni logró por eso eliminar de sí sus ambigüedades, tampoco
nosotros lo conseguimos. Y debemos estar tranquilos al saber
que Dios no nos lo reprocha ni nos echa en cara esta
fragilidad, sino que nos pide que la reconozcamos para que
podamos con una nueva confianza someternos al poder de su
palabra y preguntarle: “Señor, ¿qué hiciste con Abrahán?,
¿qué quieres hacer de nosotros?”
54
queado. Aquí hay incluso cierto conocimiento de Dios, que
bloquea al que se ha dejado invadir del miedo y se ha cerrado
entonces tras una especie de terror servil- religioso. La
palabra se ha bloqueado en él y no ha dado fruto. El miedo, el
miedo religioso de Dios concebido de cierta manera, bloquea
en nosotros su propia palabra.
Como oración del que se siente atado y quiere señalar a Dios
estas ataduras, sugiero el salmo 31, que puede recitarse en
este contexto:
“A ti, oh Señor, me acojo;
¡líbrame en tu justicia!,
¡date prisa a librarme!
Pues eres tú mi roca y mi fortaleza.
En tus manos mi espíritu encomiendo.
¡Piedad, Señor,
que la angustia me agobia!
Se consumen de tristeza mis ojos, mi
alma, mis entrañas.
De todos los que me oprimen me he
hecho el oprobio”.
Las cosas me van mal; sien iola tentación de salir de ello con
algún acto personal de autodefensa, cualq diera que sea. “Pero
me refugio en ti, Señor”.
Cuarta meditación
57
ha realizado ahora— que juró a Abrahán, nuestro padre”. Con
este espíritu vamos a reflexionar en algunos textos del Génesis
en donde se habla de Abrahán, a los que se refieren también
algunos pasajes de Pablo.
58
en su estructura. Segundo punto: tres preguntas que le
plantearemos a Abrahán teniendo presentes estos textos.
Tercer punto: una pregunta que haremos nosotros: ¿qué
afinidades y divergencias hay entre estos “evangelios” y el
evangelio del Nuevo Testamento? Cuarto y último punto:
¿cuáles son las afinidades, diferencias y relaciones entre estos
anuncios y el que se nos da en la meditación del Reino?
59
¿Qué es lo que comprende esta palabra de Dios?
Comprende en primer lugar —primer elemento— un
imperativo: “Sal, vete”. Aquí se puede advertir que este
“marcharse y dejar” es global: el país, los parientes, la casa del
padre, todo lo que constituía el ambiente de vida de Abrahán,
no sólo lo que formaba su pequeño ambiente familiar, sino
incluso todo cuando podía sostenerlo en su ambiente social: el
clan, la mentalidad, la cultura, etc. Deja todas esas cosas y
“vete” al país que yo te indicaré. No se identifica a este país,
sino que sólo se alude genéricamente al mismo; no se dice
cuál es, dónde está; es un misterio de Dios; lo indicará la
palabra de Dios, y esta palabra exige un acto de abandono
total.
60
hacia lo desconocido; pero es importantísimo destacar que
esta fe está sostenida por una palabra de consuelo, de
promesa, de perspectiva, capaz de llenar por completo el
corazón de Abrahán y que será el secreto de toda su vida. El
kerigma no es tanto la orden en sí misma de marchar, sino
esta orden vinculada a una plenitud de promesas y de
perspectivas, no en singular, sino global: se perfila todo un
gran pueblo, una humanidad nueva.
Las palabras “por ti serán bendecidas todas las naciones de
la tierra” pueden aparecer un poco oscuras. Algunos les dan
una interpretación más sencilla, entendiendo que las familias
de la tierra algún día se bendecirán entre sí diciéndose
mutuamente: “¡Bendita seas tú, como Abrahán!”; es decir, se
tratará de un modo de bendecirse, y Abrahán podrá sentirse
feliz de que así ocurra. Pero ya en el Antiguo Testamento el
Sirácida y luego los Setenta y el Nuevo Testamento lo
interpretaron de una manera más fuerte y más densa: en ti
serán bendecidos por Dios todos los hombres, esto es, tú serás
causa de bendición para todos. También lo interpreta así Pablo
en la carta a los Gálatas y otros autores. Por tanto tenemos en
perspectiva a un gran pueblo, la unidad de todos los hombres
que se logrará en Abrahán. Este es el mensaje, éste es el
kerigma y el evangelio para Abrahán.
Tercer elemento de esta escena: “Partió, pues, Abrahán”.
Partió con todos los suyos: es éste un detalle que nos servirá
pará comprender algo del Nuevo Testamento: “Tomó consigo
a Sarai, su mujer, y a Lot, su sobrino, con todas las cosas que
poseía y los siervos adquiridos en Jarán. Y así se pusieron en
camino hacia la tierra de Canaán”. Abrahán no parte pobre;
parte con todo lo que tiene, con toda una caravana; pero parte
con un acto de confianza total y, como dice la carta a los
Hebreos, no sabiendo adonde ir, se fió totalmente de la
palabra de Dios.
61
Tierra y descendencia
62
porta tener la tierra si carece de descendencia. Esta globalidad
de descendencia y de tierra especifican la promesa, que queda
ampliada, por así decirlo, sin límite alguno: una descendencia
“como el polvo de la tierra”. Pero se trata de una promesa para
el futuro y resulta conmovedor ver cómo Abrahán acoge en su
fe la invitación a recorrer el país, un país que no es suyo, a lo
ancho y a lo largo, para darse perfecta cuenta de lo que el
Señor habrá de darle.
Este acto de confianza de Abrahán en la palabra de Dios:
“Levántate y recorre a lo largo y a lo ancho esta tierra que te
daré” (13,17), podría compararse con el primer elemento de
12,1-5: “Deja, vete”. Este futuro “daré” resulta, sin embargo,
un poco ridículo, porque no es presente: “Te lo daré en
seguida; aquí lo tienes”. Te lo daré luego; entretanto,
recórrelo, conócelo bien, saboréalo en la fe, en la confianza,
en la esperanza; no es tuyo todavía, pero ve a informarte cómo
es. Abrahán se desplazó con sus tiendas, fue a establecerse “en
el encinar de Mambré, cerca de Hebrón, y allí levantó un altar
a Yavé”. Esta actitud demuestra la fe de Abrahán, que va
levantando altares por una y otra parte, es decir, piedras, para
decir: “El Señor está aquí”; primero en Siquén, luego en
Mambré, como para tomar posesión, al menos idealmente, en
primicia, en figura, de este país que ya es suyo: una toma de
posesión en la fe.
Fijémonos, finalmente, en el capítulo 15, que se presenta de
ordinario como un capítulo único, pero que prefiero dividir en
dos partes (vv. 1-6 y 7-18), ya que me parece que se trata de
dos episodios relacionados entre sí, pero que pueden
estructurarse por separado.
63
Abram, yo soy tu escudo. Tu recompensa será muy grande”
(15,1).
Aquí el kerigma cambia un poco, es de tipo consolatorio:
no temas, ten confianza, yo soy tu escudo. Es un kerigma más
personalizado; no se habla de tierra; es Dios el que hará algo
en favor de Abrahán; por tanto, debe confiar, porque su
recompensa será grande.
“Y Abram respondió: Señor Yavé, ¿qué vas a darme? Yo
estoy para morir sin hijos y será heredero de mi casa ese
Eliecer de Damasco. No me has dado descendencia y uno de
mis criados será mi heredero. Entonces Yavé le dirigió la
palabra y le dijo: No, no será él tu heredero; antes bien, uno
salido de tus entrañas te heredará. Después le llevó fuera y le
dijo: Levanta tus ojos al cielo y cuenta, si puedes, las estrellas,
y añadió: Así será tu descendencia. Creyó Abram a Yavé y le
fue reputado por justicia” (15,2-6). Observad el último
versículo, fundamental en toda la teología paulina.
Aquí la estructura del texto es la siguiente: consuelo de
Dios: no temas, yo estaré contigo; lamento de Abrahán: ¿de
qué me sirve si no tengo heredero?; nueva promesa de Dios:
mira las estrellas innumerables que hay en el cielo, así será tu
pueblo; y, finalmente, la ejecución de la palabra. Pero no se
trata ya de una ejecución, como antes, de algo material o
simbólico, o sea partir con sus posesiones, recorrer el país,
levantar altares; aquí tenemos tan sólo un acto interior:
Abrahán “creyó”. Entre todos los modos de ejecución de
Abrahán, Pablo escogió este último como el modo típico de
ejecución abrahámica: creyó, se fió de Dios, y esto se le
reputó como justicia.
El sacrificio de alianza
64
bajo otra forma y en otro contexto, es decir, en el de un
sacrificio: “Díjole después Yavé: Yo soy Yavé, que te sacó de
Ur Casdim para darte esta tierra en posesión. Abram le
preguntó: Señor Yavé, ¿cómo conoceré yo que la poseeré?
Yavé le dijo: Tráeme una ternera de tres años, una cabra de
tres años, un camero de tres años, una tórtola y una paloma.
Tomó él todos estos animales, los partió por la mitad y puso
una mitad frente a la otra... Las aves rapaces revoloteaban
sobre los cadáveres, pero Abram las ahuyentaba.
Cuando el sol estaba ya para ponerse, cayó un sopor sobre
Abram y fue presa de un gran terror. Entonces Yavé le dijo:
Sabe ya desde ahora que tus descendientes morarán como
extranjeros en una tierra extraña, en la que serán esclavos y se
verán oprimidos durante cuatrocientos años; pero yo juzgaré al
pueblo al que habrán servido y después saldrán de él con
mucha hacienda. Mas tú te reunirás en paz con tus padres y
serás sepultado en buena ancianidad. Tus descendientes
volverán acá a la cuarta generación, porque la iniquidad de los
amorreos no ha sido todavía colmada.
Cuando se puso el sol y entre densísimas tinieblas apareció
una hornilla humeante y una llama de fuego que pasó por entre
los animales partidos. Aquel día estableció Yavé una alianza
con Abram diciéndole: A tu descendencia doy esta tierra,
desde el torrente de Egipto hasta el gran río, el Eufrates”.
Se trata de una estructura compleja, en la que entran
diversos elementos. Empieza con una autopresenta- ción: “Yo
soy Yavé, que te sacó de Ur Casdim”. Dios se refiere a una
primera intervención, a su iniciativa primitiva con Abrahán.
Pero la respuesta de Abrahán encierra una queja: ¿Cómo podré
saber? Abrahán presenta sus dificultades, vacila, le cuesta
aceptar el kerigma. No es como la primera vez, cuando
obedeció en seguida. Y entonces viene la escena del sacrificio
con la revelación en medio del sueño. Una escena rica en sím
bolos misteriosos. Algunos dicen que las aves rapaces
65
representan un mal augurio de lo que habría de venir, es decir,
la bajada a Egipto. En todo caso nos encontramos con una
situación de temor, de pánico, que queda aclarada más tarde
con esta revelación en sueños y que tampoco es ninguna buena
noticia: tienes que morir, irán a Egipto, pero yo cuidaré de tu
pueblo.
El kerigma general en este caso se va haciendo más
específico: tendré cuidado de ti en algunas circunstancias
concretas de tu vida; no te asustes si las cosas no van de
pronto tal como tú te imaginas. Dios adapta continuamente el
anuncio, lo va aclarando en cada una de las circunstancias, lo
especifica según los momentos que va atravesando la vida de
Abrahán. Desgraciadamente, la revelación del sueño no es
muy halagüeña: todavía habrá que esperar mucho; pero yo
estaré con tu pueblo. Y, finalmente, el último momento de este
kerigma, la antorcha, la llama que pasa por medio de las
carnes inmoladas para significar la alianza y la promesa: “A tu
descendencia doy esta tierra”. Vuelven a aparecer aquí los dos
aspectos: la descendencia y la tierra. He aquí brevemente estos
cinco pasajes kerigmáticos, que nos presentan lo que Dios le
dijo a Abrahán.
66
Porque también para Abrahán fue necesario repetir las cosas,
aclararlas, aplicarlas, especificarlas; el kerigma es para
Abrahán fundamentalmente uno, pero se diversifica
aplicándolo a cada una de las circunstancias de su vida.
Estos anuncios, o evangelios, o promesas, son diversos
entre sí no sólo en la entidad de su contenido, sino también en
su estructura formal. En algunos de ellos predomina el
imperativo: “Sal, deja”; en otros prevalece el futuro: “Te daré
un pueblo, una tierra”; la ejecución que sigue es unas veces
inmediata, otras se compagina con algunas quejas, con
problemas que surgen; a veces hay otros aspectos, a saber: el
sacrificio de alianza, visión nocturna... Por consiguiente, es en
una variedad de palabras y de situaciones como Dios se revela
a Abrahán. Sin embargo, de todos estos modos expresivos se
deduce con claridad que —como es ya evidente en 12,1 —
estamos en la línea de los actos libres dreativos de Dios: Dios
está llevando hacia adelante libremente su plan de iniciativa
salvífica, Dios está actuando de nuevo en la tierra. Y esta
novedad es una descendencia, un gran pueblo. No se trata
simplemente de un anuncio de consolación personal en la vida
de Abrahán, sino la realidad de un gran pueblo, que vuelve a
aparecer de diversas maneras perfilándose en el horizonte de
la plenitud de las bendiciones divinas.
67
trabas tú, Abrahán, cuanto te alcanzó la palabra de Dios?—
Abrahán responderá: Estaba bastante bien, tenía ciertas
riquezas, incluso había alcanzado cierto equilibrio religioso;
sin embargo, seguía siendo nómada, es decir, no poseía tierras,
y, por tanto, no era como los demás que las poseían y que
podían contar con un lugar seguro donde residir. En Gén 11,27
se dice que Abrahán era de la descendencia de Sem, hijo de
Teraj, hermano de Najor y Aram: “Abram y Najor se casaron.
La mujer de Abram se llamaba Sarai y la de Najor Melca, hija
de Aram, padre de Melca y de Jesca. Sarai era estéril y no
tenía hijos” (ll,29s).
Antes de que Abrahán entrase en escena como destinatario
de la palabra de Dios, es designado ya como un hombre sin
hijos. Su situación desde el punto de vista social era la de ser
no sólo nómada, sin tierras propias, sino la de no tener
tampoco un porvenir. Por eso, ¿qué es lo que esperaba
Abrahán? Abrahán puede decir: Esperaba lo que todos
esperaban en aquel tiempo cuando un hombre no tenía tierras
ni hijos que le heredasen, es decir, un destino muy triste,
prácticamente acabar en la nada: las riquezas irían a manos de
otros, ésos las transmitirían a sus sucesores; pero yo, Abrahán,
no tenía porvenir, mi vida no tenía futuro. Esto era lo que
razonablemente podría esperar Abrahán.
¿Y el kerigma qué es lo que le da, lo que le dice? El
kerigma le dice todo lo contrario de eso, es decir, una tierra y
un pueblo: una tierra que no tiene y un pueblo al que no tiene
derecho, y todo ello en una medida ilimitada, como las
estrellas del cielo, como la arena en las orillas del mar. He
aquí, por consiguiente, el kerigma para Abrahán, la promesa,
lo que llena su vida, lo que acogido en la fe le permite dej ar su
patria, caminar, peregrinar, a pesar de no tener en aquel
momento lo que espera, ya que su corazón está lleno de la gran
palabra de Dios, que ha llenado su vida y que es el principio,
el punto de referencia de todas las demás tomas de posición.
Es el único punto que permite defi-
68
i nir el porqué de Abrahán: ¿Por qué actúa? ¿Por qué
obra así? ¿Por qué es capaz de hacer estas cosas? Es porque ya
ha recibido en la fe la participación en la plenitud de Dios.
69
interesante en esta ocasión la diferencia en las respuestas a
este kerigma: mientras que de Abrahán se decía que partió
llevándose consigo todo lo que tenía, aquí se dice que “dejaron
las redes”, es decir, se subraya que el seguimiento de Jesús se
lleva a cabo mediante un abandono más total todavía que el de
Abrahán. Este kerigma se refiere en cierto modo a una
situación particular, es decir, a la del apostolado, a la
condición de discípulo de Jesús.
En otro kerigma, el de Me 1,15: “Se ha cumplido el tiempo
y el reino de Dios es inminente. Arrepentios y creed en el
evangelio”, tenemos dos de los tres elementos señalados: el
elemento kerigmático, la gran noticia: “se ha cumplido el
tiempo”; está luego la condición, el imperativo: “convertios y
creed”. Hay muchos ejemplos de estos kerigmas en el
evangelio; sería interesante que los buscarais y que hicierais
una lista de todos ellos.
70
agotable en los cielos, adonde no llegan los ladrones ni roe la
polilla.
También aquí: el consuelo, el anuncio del kerigma y la
condición, que guarda siempre relación con el kerigma. Jesús
no les pide un acto heroico sin motivo; frente al “vended lo
que tengáis” está la promesa del reino. Otro ejemplo de
kerigma en donde prevalece el aspecto consolatorio es el de
Mt 11,28-29: “Venid a mí todos los que estáis cansados y
oprimidos, y yo os aliviaré. Cargad mi yugo sobre vosotros y
aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y
encontraréis descanso para vuestras almas”; primero, el
elemento imperativo —venid, cargad mi yugo, aprended—;
luego, el aspecto consolatorio: yo os daré aquella plenitud de
descanso, de vida y de experiencia que estáis buscando.
Otra forma de kerigma la encontramos en Le 10,21- 22, aun
cuando es más típicamente neotestam entari o: “En aquel
momento, lleno de gozo bajo la acción del Espíritu Santo,
dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque
habiendo ocultado estas cosas a los hombres sabios y hábiles
se las has revelado a los sencillos. Sí, Padre, porque así te
agradó. Mi Padre me ha entregado todo y nadie conoce quién
es el Hijo sino el Padre, y quién es el Padre sino el Hijo y
aquel a quien el Hijo quisiere revelárselo”. Aquí el anuncio
central es: el Padre será conocido a través del Hijo. Es un
anuncio de salvación, un cierto modo de presentar el anuncio,
el evangelio.
71
vive en aquel momento como plenitud de la promesa para él:
Cristo vive en mí.
En Col 1,27 tenemos un anuncio para los fíeles: “A
vosotros quiso Dios descubrir cuál es la riqueza de la creencia
de este misterio entre los gentiles, el cual es Cristo entre
vosotros, la esperanza de la gloria”. Se trata de la plenitud del
kerigma, del anuncio, que, evidentemente, tiene dimensiones
unas veces pastorales, otras veces apostólicas, de compromiso,
mientras que asume en ocasiones dimensiones cósmicas o bien
dimensiones a nivel de la plenitud del pueblo de Dios.
Podría citarse igualmente, entre los mejores ejemplos de
kerigmas neotestamentarios, el texto de Ap 21,1-5, que es un
anuncio hecho en forma de historia y que se refiere al pueblo
de Dios: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el
primer cielo y la primera tierra han desaparecido; y el mar ya
no existe. Y vi a la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que
bajaba del cielo del lado de Dios, dispuesta como una esposa
ataviada para su esposo. Y oí venir del trono una gran voz,
que decía: He aquí la morada de Dios con los hombres; él
habitará con ellos, ellos serán su pueblo, y Dios mismo morará
con los hombres. Se enjugará toda lágrima de sus ojos y no
habrá más muerte, ni luto, ni clamor, ni pena, porque el primer
mundo ha desaparecido. Y el que estaba sentado en el trono
dijo: He aquí que hago nuevas todas las cosas”. Es el elemento
central del kerigma para Abrahán referido a la plenitud
neotesta- mentaría: en ti serán bendecidas todas las naciones
de la tierra, es decir, habrá una plenitud de bendiciones para la
humanidad nueva.
72
1. Sustancialmente, el objeto del kerigma de Jesús es el
reino, el reino de Dios que está cerca. Pero se especifica de
diversas maneras según las diversas situaciones: unas veces se
subraya la manera consolatoria como respuesta a una duda, a
un problema; otras veces se destaca la mirada hacia el futuro:
la plenitud de la nueva Jerusalén; en otras ocasiones se piensa
más bien en una tarea que se le confía a una persona en este
reino. Pero toda esta riqueza y esta variedad se reduce
sustancialmente al tema del reino.
2. El tema del desprendimiento aparece más pronunciado
que en el kerigma a Abrahán. Dejándolo todo, lo siguieron;
anda, vende cuanto tengas y dáselo a los pobres. Esto quiere
decir que el kerigma neotestamen- tario es mucho más rico,
más completo, más total para el hombre, debido al
desprendimiento que propone y que requiere.
3. La insistencia del kerigma neotestam entari o unas
veces está en el presente, y entonces se ej ercita la fe, se vive
en la fe; otras veces se sitúa en el futuro, y entonces lo que
prevalece es la esperanza.
4. Todo está en relación con Jesús: Jesús presente, Jesús
que llama, Jesús a quien hay que seguir. Aunque no se le
mencione claramente, es evidente que el centro de todo es la
persona de Jesús, la riqueza que él representa para nosotros, el
pueblo que Jesús se constituye, la plenitud de la Jerusalén
celestial que se construye y que vive en tofno al Cordero.
No he citado hasta ahora la expresión fundamental del
kerigma neo testamentario, expresión única a la que se reducen
todas las demás, pero que es interesante poner de acuerdo con
ellas, porque de otra manera sigue siendo demasiado rica y
que podría dejar de especificar todas las virtualidades de los
otros textos; es la siguiente: Aquel que ha muerto, vive; Cristo
muerto y resucitado. Es el centro del kerigma, pero que se
especifica en otros mil aspectos.
73
Es importante que comprendamos la riqueza de esta fórmula
central, para hacer que no se convierta en un mero sonido
verbal. Para que conserve toda la riqueza que corresponde
realmente a la plenitud del reino, es preciso conjugar esta
fórmula central con otras muchas, tal como hizo Dios con
Abrahán, presentando la fórmula de muchos modos afínes
según las necesidades, pero dirigiéndolo todo, evidentemente,
al centro, que para Abrahán era la tierra y el pueblo, y que en
el Nuevo Testamento es Jesús, Hijo de Dios, que se hizo
hombre y resucitó por nosotros, la promesa de un reino, el
pueblo de Dios.
74
¿qué es para mí el evangelio, la buena noticia? Entre estos
aspectos neotestamentarios, ¿cuáles son para mí claros y
comprensibles, o con cuáles estoy en conflicto, como
Abrahán? Porque hemos de admitir que puede surgir también
algún conflicto con el kerigma, como ocurrió con Abrahán.
Por consiguiente, entrar también nosotros en diálogo con el
kerigma, tal como se nos manifiesta, con sus luces y con sus
sombras.
Como texto para la oración sugiero, entre otros muchos
posibles, el Benedictas, que es una alabanza por lo que Dios
está realizando según las promesas hechas a Abrahán. Sin
embargo, examinando precisamente el Benedictas, las
condiciones en que se dijo y la situación con la que se
relaciona —el nacimiento de Juan y su destino, que será
prácticamente el de morir decapitado—, vemos con claridad
cómo este kerigma asume un colorido especial en el
seguimiento de Cristo. Pero es siempre un momento de la
realización de las promesas hechas a Abrahán, incluso en
medio de situaciones difíciles como las que vivió Juan
Bautista, en donde la plenitud de esta promesa se manifiesta
de una forma bastante desconcertante. Pues bien, a los oj os de
la fe existe ya como anticipación verdadera y real esta pro
mesa hecha a Abrahán, la plenitud que Dios da de servirle sin
temor, en santidad y justicia. También éste es uno de los
aspectos de las promesas de Dios, en el que podemos
reflexionar y meditar.
Quinta meditación
El comportamiento social de
Abrahán: Abrahán v la justicia social
77
con los gemidos de la creación que menciona san Pablo en
Rom 8,22: “Toda la creación gime y está en dolores de parto
hasta el momento presente”. Todos los sufrimientos y gemidos
de la creación, no sólo de la creación inmaterial, sino de todo
lo creado, que sufre por una situación equívoca, injusta, sin
saber por qué; todos los gemidos del mundo de los hombres,
que viven una vida aparentemente sin sentido y que anhelan
por una vida sensata, por una vida que tenga un objetivo, un
mínimo de significado; Cullmann relaciona todos esos
gemidos con Rom 8,23: “También nosotros... gemimos dentro
de nosotros mismos, esperando la adopción filial”.
Nosotros damos voz y claridad a estos gemidos de la
creación, de la que formamos parte; gemimos también
nosotros por el sinsentido de las situaciones en que vivimos y
les damos expresión en la plegaria. Y en estas expresiones de
la plegaria “el mismo Espíritu intercede por nosotros con
gemidos inefables” (8,26), haciendo suyos, asumiendo los
gemidos del mundo y los nuestros en la perfecta adoración del
Padre. Y esta adoración, llegada a este límite de claridad, nos
impulsa ala verdadera justicia, al compromiso por la justicia.
Este creo que es el único motivo que nos permite
separamos de todas las cosas, recogemos algunos días
tranquilamente, en la oración. No se trata, como a veces
podríamos creer, de un lujo o de una cosa extraña; hay que
hacer tantas cosas en el mundo, hay tanta gente que sufre, iy
qué es lo que yo hago? Realmente, en la oración prolongada,
difícil, fatigosa, pero profunda, confiada en el Espíritu Santo,
nos unimos de manera misteriosa pero verdadera con los
gemidos de todos nuestros hermanos —es la doctrina que
podemos deducir de Pablo— con los que participamos
interiormente, liberando nuestro corazón para servirles en la
justicia.
Aquí es donde nace el verdadero servicio a los demás, que
no es simplemente expresión de una compa
78
sión inmediata o de un entusiasmo rápido que muy pronto se
viene abajo, como sucede con frecuencia; es un servicio que
ha ido madurando en un gemido profundo, que nace de la
contemplación de la insensatez de la situación humana y de la
apertura a los demás, que la fuerza de Dios suscita con su
evangelio y a la que aspiramos y nos gustaría arrastrar con
nosotros a todos los que de alguna manera participan de este
gemido interior de nuestra oración. Con ella participamos en
los sufrimientos tremendos de tantos hermanos nuestros, sobre
todo de los que andan en busca de un sentido que dar a su
propia vida y al mundo en que vivimos. Digo esto para
introducimos en estos pequeños episodios tan sencillos, pero
en los que aparece lo que, como indicaba, podríamos llamar el
comportamiento social de Abrahán: “Abrahán y la justicia”.
Estos episodios guardan relación con algunos otros que ya
hemos comentado en Gén 12: la vocación de Abrahán y la
estancia de Abrahán en Egipto.
Es interesante observar en la vocación de Abrahán la altura
de la llamada; luego, en Abrahán en Egipto, su ambigüedad; a
ello sigue en el capítulo 13, que leeremos, el episodio de la
generosidad de Abrahán. Por consiguiente, la vida de Abrahán
va un poco como la nuestra, es decir, con momentos de luz,
momentos de debilidad, y luego otra vez momentos de
recuperación; y así va creciendo lentamente hacia la plenitud
del conocimiento de Dios.
79
pidiendo para ello permiso a los habitantes del lugar después
de la cosecha. Esto es posible hasta cierto límite, más allá del
cual hay que separarse, pues de lo contrario empiezan a
plantearse problemas. Abrahán y Lot se han enriquecido
enormemente, y con la riqueza, como siempre sucede, surgen
los problemas. Mientras eran pobres o tenían menos asuntos
entre manos se ayudaban y marchaban de acuerdo; pero ahora
empiezan los motivos de disensión.
Esta es la primera parte del episodio. Sería interesante
entrar en detalles para destacar ciertos matices del texto. Pero
deteniéndonos en lo especial, vemos que surge una disputa no
ya entre Abrahán y Lot —el texto lo dice muy
delicadamente—, sino entre los pastores de Abrahán y los
pastores de Lot. Como suele suceder, las grandes
personalidades dejan que luchen los demás, no intervienen y
procuran mantener su dignidad por encima de las rencillas de
abajo. Pero está claro que en un momento determinado los dos
tenían que llegar a una clarificación de los problemas. La
disputa surge —nos dice el versículo 7 de este texto—
mientras “los cananeos y fereceos habitaban entonces en
aquella región”; por tanto, era una situación difícil, todavía
eran huéspedes, extranjeros, en peligro; y una discusión entre
ellos resulta ciertamente peligrosa, nefasta; podría destruir
todas sus riquezas.
Un ofrecimiento generoso
SO
Y, finalmente, la elección de Lot, descrita con mucha
amplitud. Como señala muy acertadamente Von Rad en su
comentario, se describe de manera corporal, visiva, el proceso
interior de la decisión de Lot: “Lot entonces levantó sus ojos y
vio toda la llanura del Jordán enteramente regada”. Ya la
había visto anteriormente, pero aquí se subraya este hecho
para indicar cómo se va decidiendo Lot, cuáles son los
motivos de su decisión. Mirando desde Betel hacia abajo, por
la parte de oriente, “—antes de que Yavé destruyera a Sodoma
y a Go- morra— aquella llanura hasta Segor era como el jardín
de Yavé, como la tierra de Egipto. Lot escogió para sí todo el
valle del Jordán y se marchó dirigiéndose hacia oriente” (vv.
10-11).
Después de la elección de Lot, la ejecución: “Así se
separaron el uno del otro. Abram se estableció en la tierra de
Canaán y Lot se fue a vivir a las ciudades del valle, llegando
con sus tiendas hasta Sodoma. Los habitantes de Sodoma eran
muy perversos y grandes pecadores ante Yavé”. Este es un
dato que nos prepara para lo que veremos luego en el capítulo
19, pero que nos permite ya intuir cuál es la realidad. Lot cree
que ha escogido lo mej or, y no sabe en dónde se ha metido y
hasta dónde habrá de llevarlo su codicia. Así pues, tenemos,
por una parte, la elección de Lot y, por otra, la aceptación
tranquila de Abrahán.
La última parte del episodio ya la hemos meditado: es la
segunda promesa. “Yavé dijo a Abram, después que Lot se
hubo separado de él: Alza tus ojos —Abrahán probablemente
se había quedado algo desilusionado: ahora el otro ha
escogido el lugar más fértil; ¿qué voy a hacer yo?— y desde el
lugar donde te encuentras mira al norte y al mediodía, a
oriente y a occidente. Toda la tierra que tú ves te la daré a ti y
a tu descendencia para siempre. Multiplicaré tu posteridad
como el polvo de la tierra...” Es la conclusión del episodio.
Así pues, los momentos del texto son los siguientes:
SI
Abrahán y Lot demasiado ricos, lucha entre los pastores,
propuesta de conciliación de Abrahán, aceptación de Lot y su
elección de la parte mejor, Abrahán acepta tranquilamente lo
que le queda, pero Dios vuelve a prometer a Abrahán en una
visión grandiosa, mucho mayor que la precedente, la tierra en
toda su extensión de los cuatro puntos cardinales.
Y ahora meditemos en este pasaje, tan rico de detalles
incluso psicológicos: es decir, cómo se comporta el alma del
hombre, cómo es posible portarse en las situaciones
conflictivas. No hago más que sugerir unas reflexiones muy
sencillas.
La generosidad de Abrahán
82
entre hermanos. Sin embargo, Abrahán le da los derechos de
primogénito, casi los de cabeza de familia: “Ve adonde
quieras; tienes ante ti todo este país”; yo escogeré lo que tú no
quieras.
Realmente, tratándose de un hebreo, codicioso o, por lo
menos, satisfecho de tener cierta posesión que ha adquirido
con sus propias manos, nos encontramos ante un ejemplo de
generosidad. Nos resulta verdaderamente asombrosa esta
liberalidad excepcional, esta humildad y desprendimiento de
Abrahán. Pero lo más sorprendente es que Abrahán acepta la
decisión de Lot y se establece en el país de Canaán. Cuando
nosotros hacemos estas propuestas generosas, lo hacemos
siempre para poner al otro en dificultades; es decir, creemos
que el otro comprenderá que tiene que escoger lo que le
corresponde y nada más; y nos irritamos seriamente cuando el
otro, sin comprender la situación, nos quita lo nuestro;
realmente, cuando ponemos la decisión en manos ajenas es
precisamente para que el otro acepte reducirse a sus propios
límites. Pero Abrahán no hace trampas, acepta libremente lo
que el otro rechaza, y lo toma con una enorme tranquilidad.
Esto nos sorprende mucho; lo que había hecho no era una
ficción, no era ese arte tan habilidoso de conseguir lo mejor
haciéndose generoso; era expresión sincera de la sencillez de
su corazón, algo que es muy raro entre los seres humanos.
83
dentro algo más, tiene un tesoro en el corazón; Lot no tiene la
promesa; es justo que ponga sus manos en la parte más rica;
Abrahán tiene la promesa. Esta promesa es para él más
preciosa que cualquier otra riqueza y lo hace un ser libre,
tranquilo, disponible, dispuesto a ceder al otro lo mejor.
Y que esto es así, aunque el texto no lo diga directamente,
puedo deducirlo del contexto, en el que hay que interpretarlo
todo en la línea de la riqueza de la promesa. Pero el texto no
nos ofrece ningún agarradero, como subraya algún exegeta. Si
comparamos las palabras de Abrahán a Lot: “¿No tienes toda
la tierra ante ti?” (13,9), con las palabras de Dios a Abrahán:
“Alza tus ojos...; toda la tierra que tú ves te la daré a ti y a tu
descendencia para siempre” (13,14s), observamos una singular
correspondencia; es decir, si Abrahán supo decirle a Lot:
“Aquí tienes toda esta tierra, escoge”, es porque Dios le había
dicho a Abrahán: “Mira, yo te doy no una porción de tierra,
sino todo el país, de oriente a occidente, desde el norte hasta
el mediodía, y haré que tu descendencia sea tan numerosa co
mo el polvo de la tierra”.
Me parece que hay aquí una correspondencia entre la
generosidad de Abrahán y la promesa de Dios, cuya presencia
es continua en su vida. Es decir, Abrahán tiene una riqueza
enorme, que es el kerigma, y esta enorme riqueza lo hace
libre, tranquilo, disponible, pacífico, generoso, servicial.
84
que no pertenece a ninguna de las fuentes (yavista, elo- hista,
sacerdotal); no se sabe de dónde viene. Contiene un conjunto
de datos antiguos extrañamente mezclados entre sí, con
algunas aparentes exageraciones. Es un capítulo que realmente
deja desconcertados a todos los exegetas, sobre todo en la
primera parte; la segunda parte, donde se habla de
Melquisedec, ha sido muy explotada, pero no la trataremos
aquí por ahora. En la primera parte parece ser que se narran
ciertas leyendas antiguas, historias de guerras truculentas,
grandiosas, entre grandes soberanos, en las que en un
determinado momento se inserta también al pequeño Abrahán.
La Biblia de Jerusalén dice de este capítulo: “Su valor ha sido
juzgado de muy diversas maneras. Parece ser que se trata de
una composición tardía que maneja la antigua... Es
históricamente imposible que Elam haya dominado alguna vez
sobre las ciudades al sur del mar Muerto”. De todas formas,
intentemos sacar algunos elementos teológicos de este
capítulo, que aparentemente no parece tener muchos. Lo
dividiré en cuatro partes.
85
— La segunda parte (vv. 4-7) narra cómo las pequeñas
tribus de Palestina estuvieron doce años sometidas a
Codorlaomor, rey el amita, pero se rebelaron el deci- motercer
año; entonces, el año decimocuarto los cuatro reyes del norte
se aliaron entre sí y derrotaron a los de Refaim en Astarot
Camaim, a los de Zuzim en Ham, etcétera, hasta El-Farán, que
está junto al desierto. Llegaron luego a En-Mispat, es decir,
Cades, y devastaron todo el territorio de los amalecitas y de
los amo- ireos. De este modo quedaron exterminadas las tribus
más belicosas y más fuertes.
— Como se ve, el cuadro de la situación es grandioso,
truculento e incluso se ha exagerado expresamente. Pero no
basta —es la tercera parte, en los vv. 9-12—, ya que los
reyezuelos del territorio de Sodoma y Go- morra intentan
resistir; también ellos son derrotados, y en la derrota es
capturado Lot, que después de haber escogido el terreno más
fértil se ve metido en problemas, porque —como dice el
texto— “se llevaron también a Lot, que habitaba en Sodoma,
con toda su hacienda”.
— La cuarta parte, versículos 13-16, dice simplemente que
“uno de los fugitivos vino a informar a Abram, el hebreo, que
habitaba en el encinar de Mambré (es decir, más al sur)... Este,
apenas enterado de que había sido hecho prisionero su
sobrino, armó a 318 de sus hombres más valientes nacidos en
su casa y persiguieron a los aprehensores hasta Dan. Divididos
en escuadras, él y sus hombres cayeron sobre ellos de noche;
así los venció y persiguió hasta Job, que está al norte de
Damasco (o sea, aquellos hombres recorrieron varios
centenares de kilómetros). Reconquistó todo el botín y
también a Lot, su sobrino, con toda su hacienda, mujeres y
gente”. Tenemos aquí una descripción evidentemente
grandiosa, exagerada adrede, pero que nos impone también
algunas reflexiones.
Las reflexiones que propongo sobre este texto son las
siguientes.
86
Tres reflexiones
87
mos un solo grupo en donde sea yo el que mande; ya ves que
no eres capaz de solucionar tú solo los problemas. Se lo
devuelve todo, lo deja en plena libertad, lo mismo que antes.
Si leemos todo el capitulo, nos enteramos además por los
versículos siguientes que Abrahán liberó no sólo a Lot, sino
también al rey de Sodoma, en cuyos dominios vivía Lot; y
también con el rey de Sodoma se porta Abrahán con una
generosidad increíble. Es el pasaje tan famoso que se ha
interpretado muchas veces mal según la Vulgata: Da mihi
animas et coetera tolle!, “dame las almas y quédate con lo
demás”. El rey de Sodoma le dijo a Abrahán: “Devuélveme las
personas y quédate con los bienes”. O sea, tú has hecho
muchísimo por mí; así pues, dividámonos el botín como es
justo. Pero Abrahán le dijo al rey de Sodoma: “Alzo la mano a
Yavé, que creó el cielo y la tierra. Yo no tomaré nada de lo
que es tuyo, ni siquiera un hilo ni una correa de tu zapato. Así
no podrás decir: Yo enriquecí a Abrahán” (14,23).
89
no a través de una vida purgativa, como en la primera semana,
sino a través de la riqueza que Cristo va dando interiormente.
90
muy clara de adonde quiere llegar; está lleno de gozo, y
entonces, sin preocuparse de lo que puedan decir o sospechar
los demás —¿por qué querrá vender?, ¿por qué necesita tan
pronto el dinero?, ¿quizá se ha metido en negocios sucios?—,
deja que hablen, porque al final le darán la razón, ya que
realmente está ante él aquel tesoro escondido que acabará
justificando su actitud, que será su justicia, la explicación de
sus actos. Por tanto, es evidente que lo debe vender todo por
eso.
91
eso es importante comprender cuál es mi kerigma, qué es,
dónde puedo verlo, dónde lo siento, ya que es la raíz de todo,
de todas las demás acciones, de todas las demás cosas, de
todas las otras decisiones; es el lugar donde Dios nos toca en
la fe, es la revelación que Dios nos hace de sí mismo en
nuestra intimidad, de su misterio trinitario, del Padre que nos
da a su Hijo, que es el kerigma por excelencia. Por eso san
Ignacio nos orienta cada vez más hacia Cristo Hijo del Padre,
que es el kerigma fundamental, a fin de hacer posibles todas
las demás opciones sin que nos dejemos determinar por lo que
es negativo, egoísta, opresivo y hasta insensato.
Una pregunta más: ¿Cuál es la fuerza que me permite actuar
en las circunstancias difíciles? ¿De qué tipo es esta alegría del
evangelio? ¿Es compatible esta alegría del evangelio con la
sabiduría según el Qohelet? Ya me he hecho esta pregunta y
todavía no he encontrado ninguna respuesta.
¿Cuál es la sabiduría según el Qohelet? Es la de aquel que
dice: no hay nada nuevo sobre la faz de la tierra, todo irá
como ha ido siempre, las cosas van y vienen; entonces, ¿a qué
viene tanta fatiga? Una generación se va, otra viene, pero la
tierra sigue siendo siempre lo mismo; el sol se levanta, el sol
se pone, se apresura a refugiarse en el sitio de donde surgirá
de nuevo; el viento da vueltas y más vueltas para volver luego.
Es decir, la experiencia de quien, después de haber visto
muchas cosas, encuentra que no hay nunca mucho de verdad
en ellas.
¿Qué relación tiene todo esto con la alegría del evangelio?
También este Qohelet es un libro inspirado: ¿cómo poner de
acuerdo las dos cosas? Se trata, ciertamente, de un problema
serio, pues pienso que cada uno de nosotros, a medida que va
creciendo en la vida, nos acercamos cada vez más a esta
constatación del Qohelet. Las cosas no cambian mucho, ¿por
qué vamos a tomarlas tan en serio? ¿Qué significado tiene
entonces
92
la alegría del evangelio, su novedad, el compromiso que
plantea, el riesgo que anuncia? Es una pregunta que nos
tenemos que hacer.
Y, finalmente, la última reflexión que podría parecer un
poco extraña: los efectos del kerigma en Jesús. Está claro que
no se puede hablar propiamente de efectos del kerigma en
Jesús; Jesús es el kerigma. Pero podemos preguntamos:
¿cómo muestra Jesús el kerigma en sí mismo? Para responder
a esta pregunta propongo dos pasajes, que es interesante
relacionar con los textos de Abrahán. Uno es Flp 2,5s:
“Procurad tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo
Jesús, el cual, a pesar de tener la naturaleza gloriosa de Dios,
no consideró como codiciable tesoro el mantenerse igual a
Dios”. Hagamos una comparación con Abrahán. Abrahán, a
pesar de ser muy rico, superior a Lot, y pudiendo además de
alguna manera disponer de él, no consideró un tesoro
inalienable su riqueza y su superioridad, sino que se despojó
de ella y dejó que Lot hiciera su opción. Jesús como kerigma,
como evangelio, se muestra como disponibilidad gozosa para
darse. No podemos pensar que ese darse haya sido un
sacrificio para Jesús, un deber pesado. Es la riqueza
plenamente disponible del Padre que se da, es el evangelio
totalmente vivido —el evangelio por excelencia, la
quintaesencia del evangelio—, el don de amor del Padre, Dios
sumo amor que se entrega.
Pero me gustaría seguir adelante y hacer una especie de
crítica del texto de san Pablo en la versión citada en donde
dice: “a pesar de tener” la naturaleza de Dios; ese “a pesar de”
no figura en el texto griego, sino sólo: “teniendo la naturaleza
divina”. ¿Por qué poner en contraste el hecho de ser de
naturaleza divina con el de despojarse de dicha naturaleza? Yo
diría más bien: siendo tan rico, encontró en esta riqueza suya
la alegría y la plenitud de dar. Evidentemente hay cierto
contraste en la frase: “no consideró como codiciable tesoro el
mantenerse igual a Dios”. Pero lo que se quiere subra
93
yar es que pudo hacer esto gracias a su riqueza. Por
consiguiente, el kerigma da una riqueza, es la riqueza de Dios
como amor que se da.
94
me atrevo a hablar de él, porque lo encuentro realmente alto y
elevado. Sin embargo, señalo que se propone precisamente en
el momento en que, en la contemplación, el ejercitante se ve
ya enriquecido por la plenitud de Cristo, y, por consiguiente,
puede comprenderlo; de lo contrario, podría parecer una
especie de masoquismo espiritual, un acto heroico. Al
contrario, la realidad es que cuando uno se siente rico con la
plenitud de Cristo, cuando comprende a Cristo en su plenitud,
entonces el amor de Dios es perfecto y puede entregarse uno
generosamente y vaciarse también en la entrega.
Como textos de los salmos propongo el salmo 62 (61 según
el salterio hebreo): “Dios, única esperanza”. El deseo de Dios,
Dios que nos llena de sí mismo, permite la libertad ante las
demás cosas, permite practicar la justicia con las cosas que
nos atañen, que están a nuestro alrededor.
95
tener relaciones más profundas a pesar de esas diversidades
irremediables? El evangelio nos dice que existen vínculos
todavía más profundos que los de la educación y del
parentesco; son los vínculos de atención a la palabra de Dios y
de su puesta en práctica. Este texto fundamenta la posibilidad,
la única posibilidad, de hacer comunidades cristianas más allá
de los valores culturales, sociales, ambientales, que, por otra
parte, es importante poner en común, comparar, intentar
aproximar, hacer permeables. Esto es posible hasta cierto
punto y hay que reconocer que ciertas diversidades son conna
turales y que siempre se darán. Entonces, ¿no existirá nunca
una unidad cristiana? No, dice Jesús; existirá una unidad
todavía más perfecta —y es ésta su promesa— sobre la base de
la atención a la palabra y de su puesta en práctica; tal es el
dinamismo de la palabra de Dios: la palabra no sólo que se
escucha y que resuena, sino que se lleva a las decisiones y a
las opciones, crea vínculos de afinidad y de fraternidad mucho
más grandes que los que existen entre Jesús y sus parientes,
incluso entre Jesús y su madre.
Este concepto lo encontramos de otra forma en el Corán.
Hace algunos años uno de los dignatarios islámicos de los
“muftíes”, hablando del estudio de la Biblia, me dijo: “El
Profeta asegura: la ciencia hace amigos a quienes la
practican”, aludiendo a la ciencia del Corán. Es decir, el
conocimiento profundo de la palabra produce la amistad y la
fraternidad entre todos los que viven de esa palabra. Así pues,
éste es el fundamento único y real de la comunidad cristiana.
Sobre esta base cada uno podrá intercambiar ideas, pensa
mientos, mentalidades, culturas, que se enriquecen
mutuamente; pero la raíz de esta comunidad es el kerigma.
96
Sexta meditación
97
obrar con astucia; por ejemplo, en Gén 12,11-13, cuando tiene
que convencer a su mujer para que diga que es su hermana;
entonces incluso tiene un discurso bastante largo, uno de los
más largos de Abrahán; está también el otro del episodio
análogo de Abimelec. Habla muy poco, excepto cuando le
conviene. Por eso habla mucho con Sara, mucho para la
adquisición de la cueva de Macpela, demostrando que es un
buen comerciante; habla también cuando quiere mostrarse
generoso; por ejemplo, cuando quiere salvar a Lot, cuando
rechaza el ofrecimiento del rey de Sodoma y cuando se
encuentra con M el qui sedee.
Las palabras que se nos han transmitido de Abrahán son
muy pocas; por tanto, no se puede decir que haya sido un
profeta en palabras, que haya dejado enseñanzas especiales,
discursos parecidos a los de las parábolas del evangelio, al
sermón de la montaña, ¡nada! Abrahán es un gran silencioso,
que pasa por estas etapas, al menos aparentemente según el
texto, meditando en silencio. Sin embargo, notamos una
afinidad concreta entre la vida de Abrahán y la vida de Jesús,
y es la oración. Jesús reza. Abrahán reza. Así pues, he tomado
este aspecto que nos permite contemplar alguna escena de
Abrahán sobre el trasfondo de la escena de la vía iluminativa
de Jesús.
98
Como sabéis, Lucas recoge otros muchos trozos sobre la
oración de Jesús, pero cito sólo éste porque os puede servir
como punto de referencia. Hay un contraste entre el versículo
15: “Su fama se extendió mucho y se congregaban grandes
multitudes para oírlo y ser curados de sus enfermedades”, y el
versículo siguiente: “Pero él se retiraba a los lugares solitarios
pára orar”. Así pues, hay un contraste entre esta posibilidad de
éxito apostólico exterior que se le ofrece a Jesús y Jesús que
se retira. La oración es ciertamente una característica
importante de la misión de Jesús, profeta y Mesías, que
podemos tener presente; más aún, si alguno quiere, puede
meditar sobre estos textos o sobre algún otro que indique
sobre la oración en la vida de Jesús hasta Getsemaní. Yo
intentaré más bien reflexionar con vosotros sobre la oración de
Abrahán y sobre sus diversos estados de oración.
Como premisa señalo en seguida que los estados de oración
de Abrahán, sobre todo el segundo y el tercero, son, a mi
juicio, muy difíciles de comprender. A mí mismo me ha
costado bastante trabajo entrar en ellos, y puedo deciros que
me ha ayudado mucho el comentario de Von Rad, que citaré
alguna vez. Y la razón es la siguiente: no son estados de
oración propios de principiante, no son oraciones fáciles; las
plegarias de Abrahán son plegarias de una situación en donde
el conocimiento de Dios es muy refinado, muy profundo, casi
peligroso; es decir, los estados de oración de Abrahán, sobre
todo el segundo y el tercero, son propios de un hombre
maduro, comprometido y responsable, social mente metido en
los problemas, que lleva el peso de los demás y que siente
sobre sí el destino de su pueblo. Es la oración de un jefe, de un
responsable, de un presbítero; la oración de un hombre que
tiene responsabilidades y que por eso mismo tiene cierto
atrevimiento, cierta audacia, incluso un poco de desfachatez,
que habría resultado extraña en la oración del principiante. Es
también una oración, la de Abrahán, que supone crisis
99
de fe, y maduración de fe, y noches de fe; por consiguiente,
una oración que no es modelo de oración para los incipientes.
1. La oración de escucha
Así pues, con estas premisas pasemos a examinar tres
estados típicos de oración en Abrahán.
No me detendré en el primero, porque es evidente, aunque
es posible calificarlo como oración en sentido amplio. Como
ya hemos dicho, Abrahán no habla casi nunca; incluso en la
oración sus palabras son pocas de ordinario, excepto en un
caso que luego veremos. O sea, Abrahán escucha. Por tanto, la
primera gran actividad de Abrahán orante es escuchar. Dios
habla, repite, y él escucha y va, escucha y se mueve, escucha y
camina. Creo que es ésta la situación típica y fundamental que
explica también las demás. Si Abrahán puede ser tan atrevido,
casi un poco descarado, petulante, si a veces parece estar
regateando con Dios como si estuviera en un mercado durante
la oración, es porque ante todo es un hombre muy atento
reverencial mente a la palabra, es decir, un hombre que ha
apostado toda su vida por la palabra y vive de ella. Escucha la
palabra de Dios y la pone en práctica; es el ideal evangélico
del que establece unas relaciones de familiaridad con Jesús;
los verdaderos hijos de Abrahán son los que escuchan la
palabra de Dios y la ponen en práctica. No me detendré en este
punto, porque aquí está toda la vida de Abrahán.
2. La oración de lamentación
100
mo, entre comillas, de “lamentación”. Lo llamo así porque
tiene muchas semejanzas con los salmos que se llaman de
lamentación, que toman este tema y lo van desarrollando
despacio. Esta oración de lamentación podríamos llamarla
también oración de interrogación, ya que se basa muy a
menudo en una pregunta: ¿Por qué, Señor, por qué haces esto?
¿Por qué no vienes en mi ayuda? ¿Por qué me abandonas?
¿Cómo es posible que me dejes solo?
Dos preguntas típicas: ¿Por qué? ¿Cómo? La primera se
encuentra en Gén 15,2: “No temas, Abram, yo soy tu escudo.
Tu recompensa será muy grande. Y Abram respondió: Señor
Yavé, ¿qué vas a darme? Yo estoy para morir sin hijos; será
heredero de mi casa ese Eliecer de Damasco”. O sea, ¿qué es
lo que dices, Señor?; explícate; ¿por qué me hablas así, si mi
vida sigue adelante de este modo?
Todavía se ve esto mejor en el versículo 8, en la pregunta
de Abrahán: Señor, Dios mío, tú sigues empeñado en hablarme
de esta tierra, pero w¿cómo conoceré yo que la poseeré?”
Observemos que su oración es la de uno que está a la escucha
de Dios y que ha acogido ya su palabra; no es la palabra del
incrédulo que dice: ¿Cómo puede suceder esto? Es el “cómo
puede suceder” en la línea de María, y no en la de Zacarías.
Esta misma pregunta puede hacerse desde diversos puntos de
vista y tener resonancias diversas. Sin embargo, es ciertamente
una pregunta, un lamento que nace desde muy dentro y que,
por tanto, es dolorósa.
Nos encontramos luego, en el capítulo 17,16ss, con una
pregunta también dolorosa y un poco amarga, cuando Dios le
dice a Abrahán: “Te haré tener de Sara un hijo y con mi
bendición llegará a ser madre de naciones, y hasta reyes de
pueblos saldrán de ella”. “Cayó Abrahán rostro en tierra y se
puso a reír, diciéndose a sí mismo: ‘¿A un hombre de cien
años le podrá nacer un hijo y Sara a los noventa años podrá ser
madre?’ Y dijo Abrahán a Dios: ‘¡Ojalá viva Ismael de
101
lante de ti!’”. He aquí la oración de lamentación, de queja:
Señor, no vayas demasiado adelante, me contento con algo
menos; tú prometes mares y montes, pero déjame así, con lo
que tengo; dame un poco de salud, un poco de energías, que es
lo que ahora necesito; ayúdame en esta situación.
He aquí la oración de lamentación, la oración del hombre en
medio de la prueba; y Abrahán es el hombre en la prueba, que
lucha con Dios, el hombre que no comprende lo que le ocurre
a él ni a los demás. Esta oración podemos hacerla también
nosotros muchas veces: Señor, ¿por qué van las cosas así, por
qué nos esforzamos apostólicamente en conseguir algo, en
construir algo, y luego de repente se nos viene todo abajo? Es
la gran oración que van prolongando los salmos a través de
toda la historia de Israel: ¿por qué triunfan los malvados? ¿Por
qué se ven oprimidos los buenos? Esta oración de lamentación
puede ser mal entendida como oración de principiantes, puede
ser la oración de la poca fe. Pero en Abrahán, a mi juicio, es la
oración del que siente la necesidad, el impulso de penetrar
mejor en el plan de Dios. Es el “¿cómo sucederá esto?” de
María, que en María tiene un nivel altísimo de afinidad con
Dios, pero que ya en Abrahán tiene cierto nivel de amistad con
el Señor.
102
categoría última en la que pueden resumirse todas estas
preguntas de los salmos de lamentación, y en particular las
preguntas de Abrahán, la pregunta del hombre que vive en la
ambigüedad de la historia del mundo y que se interroga en la
oración: ¿por qué todo esto?, diría lo siguiente: el objeto que
hace saltar estas preguntas es el desnivel, al menos aparente,
entre la promesa y lo que se ve. Si no hubiera habido esa gran
promesa, seríamos fatalistas: las cosas tenían que ir así, no hay
más remedio que aceptarlas; diríamos: Dios se revela en todo,
¡tendrá que revelarse también en la nulidad de mi vida! Pero
hay una promesa, y la promesa es alegría, es plenitud, es
pueblo de Dios, es comunión fraternal entre los hombres.
Entonces, ¿por qué no se realiza esa promesa?
Por consiguiente, se trata del desnivel tan doloroso y tan
dolorosamente sentido por ese hombre de fe que es Abrahán,
el desnivel entre la promesa, altísima, repetida, continua,
remachada, y la realidad. He aquí el origen de la oración de
lamentación que, si se hace dentro del estilo de la amistad, es
un intento —como dicen los salmos: Doñee intravi in sancta
Dei (Sal 73,17)— de penetrar en el santuario de Dios y de
comprenderlo mejor: Dios mío, ¿quién eres? Puesto que tu
promesa es verdadera y no puedo dudar de ella, puesto que la
realidad es mezquina y tengo evidencia de ello, esto quiere
decir que la relación entre estas dos cosas la encontraré en un
nuevo conocimiento de ti; esto quiere decir que no te he
comprendido, que tengo que comprenderte mejor, y rezo para
comprenderte más, y te ofrezco mi sufrimiento de no
comprenderte todavía bien. Porque si tú fueses como yo, con
mi manera de ser, ya habrías realizado tu promesa, ya habrías
hecho lo que te pido por esa persona, por esa situación, por el
mundo, por la justicia... Pero no lo haces, mientras que
prometes hacerlo; esto quiere decir que no te he comprendido
todavía. Y entonces hazme comprenderte más.
103
Oración que podría parecer una blasfemia
104
3. La oración de intercesión
105
especula sobre una ciudad corrompida y que dice: ¿qué
ocurrirá con ella, cómo la mirará Dios? Es también eso, pero
se encuentra, además, con un compromiso terrible: Abrahán
reza por sus hermanos.
Veamos brevemente este episodio, leyéndolo con una brevis
et summaria declaratio, como dice san Ignacio, y con unos
puntos de reflexión.
106
de un gran pueblo, en la plenitud de su función; el amigo
íntimo al que no se le oculta nada —acordaos de Jn 15,15:
“Os he llamado amigos porque os manifesté todas las cosas
que oí de mi Padre”—; por tanto, el confidente, el que
participa de los designios de Dios sobre la historia humana.
Para ser verdaderamente jefe de un pueblo, Abrahán tiene que
entrar en el plan de Dios, no puede vivirlo desde fuera, como
si fuera puramente un espectador, sino que tiene que
participar en él íntimamente, comprendiendo los designios de
Dios.
Viene luego un segundo momento: “Dijo, pues, Yavé: El
clamor que llega contra So doma y G omorra es ciertamente
grande y su pecado es en verdad múy grave. Sí, descenderé
áhora y veré si realmente han obrado o no según el clamor que
ha llegado hasta mí; yo lo constataré”. Este segundo momento
es la gravedad del pecado de ambas ciudades, es la situación
típica del que está oprimido injustamente, del que está bajo la
opresión y la injusticia y se dirige al juez; y si el juez no le
hace justicia, entonces su grito llega hasta Dios, y Dios tiene
que intervenir. Es una situación claramente cósmica: Dios,
aquel Dios qué ha elegido a su pueblo, y el mundo con su
pecado, con su injusticia. Dios juzgará al mundo: ¿qué función
tendrá Abrahán, el amigo, en este juicio del mundo?
107
hacia Sodoma. Abrahán estaba todavía delante de Yavé” (v.
22).
Hay aquí un problema de crítica textual importante.
Entretanto, la escena se clarifica ya desde un punto de vista
incluso teológico: los tres hombres se convierten en dos
ángeles y el único que queda es Yavé y Abrahán delante de
él. El texto actual de la Biblia dice: “Abrahán estaba todavía
delante del Señor”, pero una nota masorética indica que aquí
tuvo lugar un cambio. La antigua tradición leía con toda
probabilidad: “Entretanto, Yavé estaba todavía delante de
Abrahán”, expresión ésta que evidentemente pareció poco
respetuosa —estar delante de uno quiere decir casi servirlo'—
, y por eso se cambió en lo contrario: “Abrahán estaba delante
de Yavé”. Sin embargo, hace observar acertadamente Von
Rad, “Yavé delante de Abrahán” es casi un Yavé que quiere
ser interrogado, un Yavé que desea que Abrahán le diga algo,
que le pida que le haga participar de sus designios, y se queda
allí, en silencio, dispuesto a recibir la palabra de Abrahán,
que le pregunta a Dios porque Dios mismo se le quiere mani
festar.
Y he aquí el principio jurídico que precede al trato:
“Abrahán se le acercó y le dijo: ¿Vas a hacer tú perecer al
justó juntamente con el pecador?” Es el mismo principio que
se recogerá más tarde: “¡Lejos de ti hacer tal cosa! ¡Hacer
morir al justo con el impío, tratarle como culpable! ¡Nunca
tal hagas! ¿El juez de toda la tierra no obrará según justicia?”
Abrahán apela a un concepto de justicia que —como
veremos— tiene ya un significado de fuerte superación
respecto alas concepciones ordinarias de la época.
Y luego, el trato
Basándose en este principio, Abrahán puede empezar a
regatear con Dios: “Quizá haya cincuenta justos dentro de la
ciudad, ¿los harás tú perecer o no perdo
108
narás, más bien, al lugar por amor de los cincuenta justos
que hay en él?” Abrahán habla apresuradamente; nunca ha
hablado tanto como en esta ocasión. “Yavé respondió: Si
hallare en Sodoma cincuenta justos dentro de la ciudad, yo
perdonaré a todo el lugar en consideración a ellos”. Se da un
salto cualitativo formidable en esta respuesta respecto a la
mentalidad de la época. Habiendo aceptado Dios el criterio
jurídico basado en el número, Abrahán está ahora seguro de
este punto de partida y va rebajando poco a poco, en cinco
momentos sucesivos, de 50 a 45, de 45 a 40, de 40 a 30, de 30
a 20, de 20 a 10.
Es interesante el paso entre estos momentos, ya que —si
exceptuamos el caso de 40— todos los demás van siendo
precedidos en cada ocasión de una afirmación de humildad:
“Soy en verdad muy atrevido insistiendo ante mi Señor, yo,
que soy polvo y ceniza. Quizá para ser cincuenta falten cinco,
¿destruirás por esos cinco toda la ciudad?” Y Dios respondió:
“No, no la destruiré si hallare cuarenta y cinco justos”. La
misma respuesta en el caso de encontrar 40. Luego de nuevo
la misma pregunta: “No se irrite mi Señor si sigo hablando.
Quizá sean solamente treinta”. Y respondió el Señor: “No lo
haré si hallare treinta”. Y así hasta diez: “No lo destruiré por
amor a los diez”. Y aquí el diálogo se cierra: “Terminado que
hubo de hablar con Abrahán, se fue. Yavé, y Abrahán se
volvió a su lugar”.
Y nosotros tenemos que quedamos con la curiosidad
insatisfecha: pero ¿por qué se quedó en diez? ¿Qué es lo que
ocurrió? La realidad es que Sodoma fue aniquilada.
109
muy bien llevado. Abrahán es un comerciante estupendo. En
primer lugar se asegura de la aceptación del principio general;
luego, apoyado en este principio, sigue adelante sacando las
consecuencias y afirmando que el principio sigue en pie,
aunque se reduzca el número. Es un trato no solamente muy
hábil, sino también obstinado. Abrahán no cede. ¿Por qué
motivo? La primera idea que se me ocurre es ésta: Abrahán
quiere llegar hasta el número de los miembros de la familia de
Lot; piensa que entre Lot, su mujer, sus hijas y algún que otro
amigo es fácil que se llegue al menos hasta diez; y se detiene
en este punto, porque sería realmente demasiado obtener algo
más.
Yo diría que es ésta la impresión que deja esta con
versación ante una lectura un tanto espontánea. Sin embargo,
recuerdo a este propósito una página de Von Rad que me
parece muy importante, ya que nos permite ir más allá. Nos
dice: esta conversación, que no carece, ciertamente, de cierta
ironía, desarrolla una cuestión muy seria de fe. Entra aquí
toda una teología del yavista. No se trata de una leyenda
antigua; es el mismo yavista el que considera aquí las
relaciones entre Dios y el hombre que ha escogido y el
mundo. No se trata solamente del caso de Sodoma y de salvar
a Lot. Sodoma es solamente un caso límite que sirve como
ejemplo para demostrar una tesis teológica. Sodoma ya no se
considera expresamente como una ciudad extraña al pueblo de
la alianza, como si pudiera perecer Sodoma con tal de que se
salve Israel. Al contrario, para el mismo Israel, Sodoma es el
tipo de una comunidad humana hacia la que se dirigen los
ojos de Yavé para juzgarla. Es un caso típico de cómo juzga
Yavé al mundo, de cómo se realiza el juicio de Yavé sobre el
mundo.
110
de Dios: “El clamor contra Sodoma y Gomorra es demasiado
grande, su pecado es demasiado grave”, es la que implica la
concepción del mundo antiguo, que considera a los grupos
solidarios entre sí; si se trata de un grupo en el que peca la
mayoría, ese grupo es un grupo pecador, ya que
concretamente la libertad personal es muy reducida y la
solidaridad es muy intensa: todos están comprometidos. Es la
mentalidad que también expresa muy claramente Abimelec en
el capítulo 20,9: “¿Qué nos has hecho, Abrahán? ¿En qué te
he ofendido para que hayas acarreado sobre mí y sobre mi
reino desgracia tan grande?” Por consiguiente, el pecado de
Abimelec es un pecado de todo el reino. Es decir, esta
solidaridad se vive hasta tal punto que, cuando en una ciudad
hay muchos pecadores, esa ciudad es pecadora. Por
consiguiente, en la idea de solidaridad del mundo antiguo, el
juicio recae sobre toda la ciudad, ya que el individuo
prácticamente sigue el pecado común y está comprometido en
él. No se admite que haya excepciones. Todos son solidarios
de todo lo que acontece en la ciudad y participan del pecado
de la misma.
Pues bien, frente a esta mentalidad nos encontramos ya
aquí con una primera superación de esta idea: “¿Vas a
destruir al justo con el malvado?” ¿Qué es lo que exige esta
primera superación? Exige algo que irá aflorando cada vez
más claramente en Israel: la responsabilidad individual; esto
es, no se condena a una ciudad por entero ante el hecho de
que ha prevaricado una gran parte de la misma; si en ella hay
justos, hay que dejar que salgan libres, porque la justicia pide
que se le reconozca a cada uno su propia responsabilidad.
Pero el diálogo de Abrahán con Dios va mucho más allá,
puesto que en las palabras de Abrahán: “¿Vas a hacer tú
perecer al justo juntamente con el pecador? ¿Vas a suprimir a
los cincuenta justos?”, nos encontramos todavía en el nivel
del que dice: ¡por lo menos, separa a los cincuenta justos!
111
Un Dios que quiere salvar perdonando a todos
Pero la respuesta que Dios da supera en mucho a la
pregunta: “Si hallare en Sodoma cincuenta justos, yo
perdonaré a todo el lugar en consideración a ellos”. Entra
entonces en juego una concepción muy distinta: no se trata
únicamente de separar a los justos de los impíos, sino de tener
en cuenta a unos cuantos justos por encima de una multitud
de pecadores; se trata de pasar de la solidaridad a la
vicariedad, de salvar a toda la ciudad teniendo ante la vista a
unos cuantos. Y de este modo se establece, evidentemente, un
nuevo concepto de justicia: no es ya la justicia que quiere
darle a cada uno lo suyo y que pone a los pecadores de una
parte y a los justos de otra, sino una justicia que intenta salvar
a todos, que para ello se sirve de los justos y que se apoya en
ellos. Pero nosotros nos seguimos preguntando: ¿por qué
Abrahán se detiene en diez? También se lo pregunta Von Rad,
y dice: para el redactor yavista no era posible llegar más allá;
el número diez le parecía un mínimo absoluto. De hecho, la
solución que Dios sigue es la de la responsabilidad
individual, es decir, salva a Lot justo y destruye a la ciudad
pecadora. En esta perspectiva pedir algo más parecía
inalcanzable. Era algo incomprensible que por diez personas
se salvara toda una ciudad.
Pero tenemos aquí labase de esa teología que surgirá más
tarde con toda su fuerza en Isaías 53: por un solo justo, Dios
salvará a todo el pueblo. Por consiguiente, Abrahán lucha por
un nuevo conocimiento de Dios, del Dios de la salvación, es
decir, de aquel Dios que tiene tantas ganas de salvar que por
uno solamente está dispuesto a perdonar a todos y que
procura que venga ese uno para perdonar a todos. Aquí
realmente la oración es al mismo tiempo lucha. Resulta
verdaderamente extenuante para Abrahán este regateo hasta el
fondo; y es una teología, es decir, un nuevo conocimiento de
Dios lo que se desarrolla y se expresa en la teología del
yavista.
112
Von Rad, intentando expresar esto, dice: Yavé mantiene
también unas relaciones de comunión con Sodoma; estas
relaciones quedan rotas por los pecados de la mayor parte de
sus habitantes e incluye también a los pocos inocentes que
quedan en ella; sin embargo, la justicia de Yavé con Sodoma
se manifiesta precisamente en el hecho de que con vistas a
estos inocentes se respeta a la ciudad. Es verdad, dice también
Von Rad, que esto no está expresado por Abrahán ante la
mirada de Dios como si se tratase de un postulado teológico,
sino más bien bajo la formulación de una petición humilde y
con un corazón angustiado. La excitación le hace subir a los
labios muchas palabras. Es evidente que en su ánimo luchan
el sentimiento de respeto que se debe a Dios y la urgencia del
problema que le plantea la fe. Y aquí cita a Jer 12,1, que me
parece interesante leer dentro de este contexto: “Harto justo
eres tú, Yavé, para que yo trate de litigar contigo. No obstante
querría ventilar sólo un caso de justicia”. Es una oración de
intercesión y de penetración teológica: Señor, me gustaría
conocer un poco mejor tu justicia. Luego comienza: “¿Por
qué los impíos prosperan en sus caminos?”, y así toda una
señe de preguntas.
113
inmensa mayoría de culpables; y de este modo está en
disposición de firmar su sentencia.
Por consiguiente, podemos concluir diciendo: ¿Quién es
Abrahán? ¿Cómo se presenta aquí Abrahán? Abrahán es el
amigo de Dios que llega hasta el descaro en su atrevimiento,
ya que desea conocer a Dios hasta el fondo; casi podríamos
decir que, en este descaro al que se atreve, se le perdonó
mucho porque amó mucho; es decir, quiso amar a Dios
intensamente y quiso comprenderlo y justificarlo hasta tal
punto a los ojos de sí mismo y del mundo que llegó a hacer
las preguntas más audaces. Abrahán lucha también con Dios
porque se siente responsable delante de Dios de su hermano y
de la ciudad en donde vive su hermano, con la cual está, por
consiguiente, ligado; y lucha con Dios con la misma
obstinación con que luchó con sus 318 hombres en contra de
los cuatro reyes.
Lucha y oración. Abrahán se metió en la lucha hasta la
muerte para salvar a Lot y aquí se mete en la oración casi
hasta la falta de reverencia; pero lo hace en la plenitud de la
fe para comprender los designios de Dios y para conocer el
problema de fondo de la justicia de Dios con el hombre. Por
este motivo he relacionado en el título de esta meditación la
“oración-lucha-teolo- gía”; teología, es decir, conocimiento
de Dios. A través de todas estas realidades el hombre intenta
comprender quién es el Dios de la salvación, el Dios
verdadero; no el que yo me imagino y pienso, sino el Dios
que actúa, que juzga, que obra y que salva.
114
que hablan de las oraciones dramáticas que Pablo les pide a
las comunidades o que él mismo hace por ellas. Es el mismo
sentido de responsabilidad que Pablo tiene por el plan de
Dios, de corresponsabilidad de los cristianos por este plan, de
compromiso en la oración de intercesión, a fin de que este
plan de Dios se aclare, se manifieste, y la palabra corra, etc.
Creo que puede resultar interesante meditar en la oración de
intercesión verdadera del cristiano, como fue la de Abrahán y
como fue la de Moisés cuando dijo: “Bórrame del libro de la
vida, pero salva a este pueblo”. Y como lo hace Pablo: “Me
gustaría ser anatema por mis hermanos”. La oración que
supone este compromiso con los demás supone
necesariamente un afecto muy profundo por todos ellos.
No es la simple oración que a veces hacemos por alguna
intención: “te lo pedimos, Señor”, y que nos compromete
hastá cierto punto. La oración hecha por aquellas personas
sobre las que tenemos una grave responsabilidad, cuyo peso
hemos asumido, con las que participamos en un riesgo, es la
oración que nos lleva a esta penetración atrevida y descarada
en los designios de Dios. Porque si no conocemos esos
designios, ¿cómo podemos pedir que se cumplan? Y no los
conocemos porque no conocemos a Dios. Así pues, pedimos
conocerlo, para que sus designios se cumplan, para que la
palabra corra, para que la palabra se manifieste, para que se
abran las puertas al evangelio, etc., frases todas éstas de
Pablo en este contexto.
Para ampliar todo esto podemos recordar el tema sobre la
plegaria de intercesión de Jesús en Heb 5,7, hecha por el
mundo con gritos y lágrimas. Es un texto que hay que
interpretar meditando en la agonía de Getsemaní; también es
un texto muy instructivo para el compromiso dramático de
Jesús en la oración. Finalmente, el salmo 42-43, que es uno
de los salmos de lamentación más hermosos: “¿Por qué triste
he de andar? ¿Por qué, alma mía, desfalleces?”
115
Un pasaje evangélico alternativo podría ser el texto muy
breve de Le 3,21-22 sobre el bautismo de Jesús. Según Lucas,
Jesús está en oración, y cuando Jesús reza adorando al Padre
intercede por el mundo, y en esta oración se revela el Padre
mientras él se compromete en el bautismo con nuestra
situación humana. Yo diría que es un texto fundamental sobre
el compromiso de Jesús con nosotros en la oración, sobre su
participación y su solidaridad con los hombres.
Otro texto evangélico que se podría meditar es el de Le
11,1-13, sobre la insistencia, la urgencia, la importunidad de
la oración, la insensatez de la oración, que me parece reflejar
muy bien lo que se dice de Abrahán. Como texto de lectura
podría ser útil la oración que pide Pablo en 2 Cor 1,6-11 para
una situación dramática de su vida, comprometiendo a la
comunidad en sus temores y en sus sufrimientos.
116
SÉPTIMA MEDITACIÓN
117
mas, crea dificultades, puede crear también escándalo y
burlas. Un texto del que tenemos la sensación que
comprendemos muy poco, a pesar de que en él las cosas están
claras como el agua; un relato de fuente elo- hísta, casi sin
"mancha alguna desde el punto de vista literario formal, sin
arruga, probablemente algo tardío, y, por consiguiente,
reflejo de un arte literario y de una capacidad de narrar
realmente consumada. Hay también algunos añadidos
posteriores que perturban un poco, desde el punto de vista
literario, la unidad del conjunto, pero que convergen y
aclaran el significado del episodio. Sin embargo, a pesar de
su limpieza, el episodio nos parece preocupante, duro, difícil.
Me parece que Lutero decía: comprendo de él menos de lo
que comprendía la pata del burro de Abrahán que se detuvo
en la falda del monte; el burro no subió al monte ni vio nada
de lo que ocurría.
Más delicadamente, Kierkegaard habla de un hombre que
oyó relatar esta narración cuando era niño, que se lo repetía
muchas veces en su mente con un entusiasmo cada vez
mayor, pero que encontraba cada vez más difícil la
comprensión de este relato; y concluye con su acostumbrada
ironía: aquel hombre no era un sabio, un exegeta, no entendía
el hebreo; si hubiera entendido el hebreo, quizá le habría
resultado fácil la historia de Abrahán. Realmente, incluso los
que entienden el hebreo encuentran esta historia igualmente
difícil. ¿Qué hacer? Haremos sencillamente lo que nos
aconseja san Ignacio: presentar la historia tal como es, cum
brevi vel summaria declaratione (2), con alguna indicación de
lectura. Así pues, haremos primero un breve análisis del
texto, de su estructura, y luego diremos algo sobre las
múltiples interpretaciones de esta historia, para acabar con
algunas reflexiones a modo de conclusión.
118
1. La prueba de Abrahán: análisis del texto
119
Los cuatro elementos del texto
120
holocausto y se encaminó hacia el lugar que Dios le había
dicho”. Fijaos en los detalles: poner las albardas al asno,
cortar la leña, tomar dos siervos. El autor insiste en detalles
mínimos, casi vulgares, en contraste con el drama que se está
desarrollando y del que ninguno de los protagonistas se
atreve a hablar. Los comentaristas se muestran asombrados:
¡Pero Sara se enteraría! ¿O quizá no? ¿Lo entendió? Algunos
describen a Sara mirando desde la ventana. Nada de todo esto
en el relato. Se descarta todo lo que sabe a sentimiento.
“Al tercer día, alzando los ojos, alcanzó a ver de lejos
Abrahán el lugar”. Aquí se dice implícitamente que el viaje
duró tres días y tres noches; por consiguiente, cada vez
plantar el campamento, levantarse de mañana y de nuevo en
camino, etc. “Y dijo a sus siervos: Quedaos aquí con el asno,
mientras el muchacho y yo subimos arriba. Haremos
adoración y después regresaremos a vosotros”. Abrahán
comprende que va a suceder algo inaudito entre él y Dios
solos, no quiere testigos, ni siquiera el asno; nadie debe estar
presente, nadie tiene que guardar en los ojos el reflejo de lo
que va a acontecer.
121
garon al lugar que Dios le había indicado”. Y aquí de nuevo la
acción se hace más lenta: “Levantó Abrahán un altar, preparó
la leña y seguidamente ató a su hij o Isaac, poniéndolo sobre el
altar encima de la leña. Extendió luego la mano y tomó el
cuchillo para inmolar a su hijo”. Se describe en sus más
pequeños detalles la preparación para el sacrificio.
En los versículos 11-14 estamos en el tercer momento de la
intervención divina: “Entonces el ángel de Yavé le llamó
desde el cielo y le dijo: ¡Abrahán, Abrahán! Este respondió:
¡Heme aquí! Y el ángel le dijo: No extiendas tu mano sobre el
muchacho ni le hagas mal alguno. Ya veo que temes a Dios,
porque no me rehusaste tu hijo, tu unigénito”. La intervención
divina se especifica en el versículo siguiente: “Entonces alzó
Abrahán los ojos y vio a sus espaldas un camero trabado por
sus cuernos a un matorral. Tomó el camero y lo ofreció en
holocausto en lugar de su hijo. Abrahán llamó aquel lugar con
el nombre de Yavé provee, y por ello aun hoy se dice: El
monte de Yavé provee”.
Repetición del juramento (vv. 15-18). En la última parte del
texto se lee de nuevo el juramento: “Luego llamó el ángel de
Yavé por segunda vez a Abrahán y le dijo: Juro por mí
mismo, palabra de Yavé, que, por cuanto has hecho esto y no
me has rehusado tu único hijo (por tercera vez se insiste: tu
único hijo), te colma- ' ré de bendiciones y multiplicaré tanto
tu descendencia, que será como las estrellas del cielo y como
la arena que hay a la orilla del mar, y tu estirpe poseerá las
puertas de sus enemigos (sus ciudades). Por tu descendencia
serán benditas todas las naciones de la tierra, porque
obedeciste mi voz”.
“Volvió Abrahán a sus siervos y se encaminaron hacia
Berseba, y habitó Abrahán allí” (v. 19).
Hace observar un comentarista: ninguna palabra de alegría,
de júbilo, de entusiasmo, todo en un tono velado. Un
comentarista rabínico dice que cuando Isaac volvió a casa se
lo contó todo a su madre, Sara, que
122
lanzó seis grandes gritos y cayó muerta. A los comentaristas
siempre les gusta ampliar, ver qué es lo que hay detrás,
cuales son los sentimientos que animan a las personas. Pero
el texto no nos lo dice.
Considerando el texto en su conjunto vemos que todo está
colocado dentro de un marco teológico muy claro: “Dios
quiso probar a Abrahán” (v. 1); “ya veo que temes a Dios,
porque no me rehusaste tu hijo” (v. 12b). Es el marco
teológico de la prueba, de la experiencia, algo así como
probar con una carga la construcción de un puente para ver si
resiste.
Dentro de este marco teológico se inserta el relato, en el
que se relacionan estrechamente dos órdenes contradictorias:
“Ofrece en holocausto a tu hijo, al que tanto amas” (v. 2) y
“No extiendas tu mano sobre el muchacho ni le hagas mal
alguno” (v. 12). El centro de la narración está comprendido
entre estas dos órdenes. Hay luego una frase que se repite dos
veces, en dos sentidos diversos, pero que se compenetran
entre sí: “Dios proveerá el cordero para el holocausto, hijo
mío” (v. 8), y luego de nuevo: “Abrahán llamó a aquel lugar
con el nombre de Yavé provee, y por ello aun hoy se dice el
monte de Yavé provee” (v. 14). Esta frase dicha antes de la
confusión, de la amargura, y luego en la claridad, me parece
que expresa el momento crucial en el que se organizan todos
los demás temas de la prueba de Abrahán.
123
maticidad religiosa narrada sin comentarios, casi sin in
dicaciones psicológicas, emotivas ni teológicas; precisamente
por eso se presta a un montón de reflexiones. Cada uno toma
este episodio en su sentido y lo revive según su propia
experiencia religiosa, según sus propias experiencias límite.
Porque está claro que estamos ante un caso límite, que supone
un salto cualitativo, un salto de nivel en la experiencia de
Abrahán del conocimiento de Dios.
Entre estas interpretaciones hay algunas suavizantes, que
intentan desdramatizar el relato; dicen: el objetivo del texto
es demostrar que Dios no quiere sacrificios humanos. Pero se
trata de una manera un tanto cruda de demostrarlo. Desde una
perspectiva arqueológica se dice que el texto alude a una
antigua tradición de sacrificios humanos con ocasión de la
erección de algún santuario; aquí se intenta decir que fue
entre los hebreos como dejaron de hacerse así estas cosas.
Pero aunque arqueológicamente es posible remontarse a la
prehistoria de la narración, este texto no alude para nada a
lugares de culto o al menos no los menciona claramente,
excepto en el proverbio “Yavé provee” como nombre de aquel
monte.
Según otra interpretación suavizante, Abrahán se equivocó,
es decir, creyó que Dios le pedía el sacrificio de su hijo; había
visto los sacrificios humanos de los cananeos, y considerando
que esos sacrificios tenían algo de heroico, se dijo: también
yo debería hacer lo mismo; se equivocó, hasta que por fin
Dios lo iluminó. Pero podemos preguntamos por qué no lo
iluminó antes, por qué le hizo llegar hasta aquel punto. Se
trata de interpretaciones que intentan leer el texto según óp
ticas posteriores y que pueden tener cierta legitimidad.
A estas interpretaciones suavizantes se oponen las in
terpretaciones más bien duras, que insisten en la fe, en la fe
hasta el absurdo. Aunque puede parecer un poco simplista la
forma de resumirlas, me parece que es Kierkegaard el que
mejor expresa estas interpretacio
124
nes duras cuando habla de la necesidad de la fe como
condición para una superación, para una suspensión del
momento ético impuesto por el momento religioso: se trata
del drama en el que el juicio sobre lo que parece ser
éticamente razonable, justo, obligado, o bien éticamente
macabro e injusto como el holocausto de un hijo, queda
suspendido frente a una instancia más alta.
Interpretaciones sarcásticas
125
todo en la época moderna, en sus aspectos individualistas,
éticos, psicológicos, intentando comprender qué es lo que
pensó Abrahán, qué es lo que le dijo a Isaac, si habló con él
de lo que pensaba hacer, si no le dijo nada...
Sobre estos interrogantes recojo también otra observación
de Kierkegaard: Abrahán no le dijo nada de esto a Isaac,
prefirió que su hijo lo considerase un asesino antes de que su
hijo perdiese la fe; si se lo hubiera explicado, su hijo no
habría llegado a entenderlo. Es una de tantas complicaciones
psicológicas con que nos topamos cuando vamos más allá del
texto, que de suyo sigue siendo muy sencillo, lejos de todas
las especulaciones.
126
se trató de probar su lealtad y su fortaleza, en donde las cosas
no fueron como deberían haber ido; o en el momento de
separarse de Lot, cuando la prueba fue sobre su templanza en
la posesión de bienes y él supo mantenerse en donde debía.
Aquí la prueba es más profunda, la prueba es sobre el temor
de Dios, sobre cómo acoge Abrahán al Dios de la salvación,
al Dios de la libre iniciativa y de la promesa, de la que ahora
depende toda su vida.
Además de este significado, la Escritura nos da otros más
amplios y numerosos. Por ejemplo, en 1 Mac 2,52: “¿No fue
Abrahán hallado fiel en la prueba y le fue apuntado como
justicia?” La frase sobre la fidelidad de Abrahán en la prueba
me parece que quiere significar aquí que no se cansó de
obedecer en la fe, sino que perseveró en esa obediencia
incluso cuando aquello parecía imposible.
Otros pasajes más conocidos insisten principalmente en la
fe como tal. Por ejemplo, Heb 11,17-19: “Por la fe, Abrahán,
puesto a prueba, ofreció a Isaac: e inmolaba a su hijo único, a
aquel que había recibido las promesas, a aquel de quien le
había sido dicho: 'Por Isaac tendrás una descendencia que
llevará tu nombre’. Porque pensaba que Dios tiene poder
incluso para resucitar los muertos. Por eso recibió a su hijo, y
por él un símbolo”. Aquí se insiste precisamente en el objeto
central de la promesa y de la fe de Abrahán: la descendencia;
Abrahán se ve tentado en el objeto central de la promesa, que
se le había dado, y acepta la prueba en este objeto.
También en Heb 6,15 se insiste en la perseverancia: “Por la
perseverancia, Abrahán alcanzó la realización de la promesa”.
Otros textos insisten, por el contrario, en la ejecución
obediente del mandato de Dios; así en Sant 2,21: “Abrahán,
nuestro padre, ¿no fue justificado por las obras cuando
ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?” Santiago subraya el
hecho de obeceder en sí mismo, la ejecución como tal de la
obediencia, mi en
127
tras que en Hebreos, en mi opinión, se subraya más bien la
intención con que obedece Abrahán. El libro de la Sabiduría
(10,5) destaca la fortaleza de Abrahán; se trata entonces de
una tentación sobre las virtudes cardinales: “La Sabiduría lo
sostuvo fuerte contra el entrañable amor a su hijo”.
Como veis, hay en la Escritura diversos matices, varios
acentos que se perciben en estas pruebas. ¿Qué hemos de
decir nosotros? Simplemente, sin pretender hacer una
exégesis muy profunda, tenemos que excluir como no
perfectamente adecuadas al texto las interpretaciones
modernas, especialmente a partir de Kierke- gaard, quizá muy
fascinantes en sí mismas, que apelan al concepto de
superación de la ética o del conflicto entre varios deberes: el
hombre aplastado entre dos deberes, el deber de conservar a
su hijo y el deber de obedecer a la voz de Dios que le dice
que lo suprima. Este conflicto de deberes, que nos
desconcierta tremendamente a los modernos, parece que no se
mostraba como tal a la mente del israelita. Recordemos que
en las civilizaciones antiguas, incluso en la época romana, se
consideraba que el padre tenía derecho de vida y muerte sobre
sus hijos. Pero este conflicto ético no me parece que se
deduzca del texto ni está subrayado por la mentalidad del
texto. Se insiste más bien en un conflicto de cariño, de amor,
pero no entre dos leyes contrarias, entre dos cosas opuestas
queridas por Dios, entre las que se encuentra desgarrada el
alma. No me parece que la superación del plano ético
corresponda a la teología del autor, precisamente porque no se
plantea un problema ético de base.
128
ñas, un poner al hombre frente a un caso límite, en donde el
hombre demuestra verdaderamente lo que es, lo que hay en
él. Algo parecido a lo que ocurrió con Job: Job, llevado hasta
un caso límite, demuestra lo que es. ¿Cuál es este caso límite?
Es una provocación hasta casi la imposibilidad en absoluto,
ya que, como dice la carta a los Hebreos (11,9), Abrahán
creía en la resurrección, aunque esta idea es probablemente
en parte una anticipación neotestamentaria. Pero es cierta
mente una provocación hasta los límites de lo inverosímil, de
lo demasiado difícil, que tiene que aceptar Abrahán. La fe de
Abrahán se ve provocada hasta el límite extremo.
Intentando hacer hablar a Abrahán con Dios sin demasiada
psicología, con mucha sencillez, Abrahán diría: “En una
palabra, me lo has prometido todo, he estado esperando
mucho tiempo y, finalmente, me diste un comienzo de ese
pueblo que me prometiste, un comienzo necesario, ya que sin
él no se empieza; me lo diste, lo tengo conmigo como signo
de tu benevolencia, como esperanza de mi futuro, como
prenda de que tú eres mi Dios, y ahora me dices que yo
mismo tengo que quitarlo de en medio. ¿Qué será entonces de
mí?” Del ánimo de un Abrahán llevado así hasta el límite de
la provocación de la fe no pueden menos de surgir preguntas
como ésta: “¿Pero quién es ese Dios que parece
contradecirse? ¿Ese Dios que después de haberme llevado por
cierto camino, donde me parecía que había hecho un
discernimiento justo, me obliga en un determinado momento
a hacer lo contrario? Se ve que Dios no me ha comprendido.
¿O seré yo el que se ha metido en un mar de escrúpulos
religiosos?”
Pero Abrahán no llega a esto. Somos nosotros, los
modernos, los que llegamos a estos planteamientos. Sin
embargo, el límite de la prueba me parece que está aquí. Es
realmente una prueba de fe, una prueba de fe que afecta a la
promesa, que no afecta solamente al cariño por un hijo, sino
que afecta a toda la posteridad
129
que se le había prometido en ese hijo. Abrahán tiene en sus
manos esa pequeña prenda en la que ve la bendición de Dios.
Y ahora se le quita. ¿Dónde está entonces la bendición de
Dios? ¿Dónde estará? Me parece que ahí es donde se puede
vislumbrar de alguna manera, desde el punto de vista de la
Biblia, el caso límite hasta donde ha sido llevado Abrahán.
Nuestras pruebas
130
tamente. Por ejemplo, un deber un poco ingrato que cumplir
puede resultar antipático, -pero no se trata de una prueba que
afecte a la intimidad del hombre; lo mismo ocurre con una
enfermedad molesta, fatigosa; hay que tener un poco de
fuerza para superar esta prueba, pero no toca todavía al
cuadro fundamental; o bien una circunstancia desagradable,
una situación ridicula, una equivocación cometida; son
ciertamente pruebas, pero que afectan a las virtudes
cardinales, afectan a la fortaleza, a la justicia, a la prudencia,
a la templanza; pruebas contra la castidad, tentaciones de
varios tipos, que tocan a esta virtud, pero que no llegan a
tocar la intimidad de nuestra actitud para con Dios.
131
hombres?” Y otras mil preguntas que tocan al corazón mismo
de nuestra identidad religiosa. Estas pruebas pueden ser tanto
físicas como morales: ciertas agonías interminables, ciertas
muertes desgarradoras, que hacen percibir la ausencia de
Dios. Dios no acude en ayuda, deja que la persona se degrade
en el sufrimiento; ciertas degradaciones de personas que
hemos amado, que hemos seguido, que vivieron con nosotros
una vida de fe y que luego vemos cómo se hunde: ¿Pero por
qué? ¿Por qué ocurre esto?; situaciones de injusticia que
sufren las personas inocentes: ¿Por qué no interviene Dios?
Se trata del problema del mal, que es el común de
nominador de todas las objeciones sobre Dios; pero si vuestro
Dios existe realmente, ¿por qué permite esto, y esto, y esto?
Y la lista no termina nunca. Y no sólo en el terreno de las
experiencias del mundo, de las realidades de este mundo, sino
también en la Iglesia: lentitud, escándalos, hipocresía, obras
apostólicas que parecían prometedoras y que se vienen abajo
ante los recelos o los errores de los hombres de la Iglesia.
¿Pero cómo es posible que el evangelio no actúe, que el
Señor no se mueva, que siga bloqueada esta situación? Tengo
la impresión de que muchos abandonos del sacerdocio
debidos a crisis de fe nacen de este desnivel entre lo que
había esperado el j oven sacerdote en el seminario (la palabra
de Dios llena de eficacia, la Iglesia llena de la fuerza de
Cristo) y la realidad de las cosas, hecha de tristeza,
cansancio, frustración, estancamiento, mezquindad, avaricia:
¿Cómo es posible esta situación frente a todo lo que nos
habían prometido? Y entonces empieza a fallar la misma fe
en Dios, tal como se le había conocido.
Pueden ser también otras cosas más sencillas, personales:
el desnivel entre mi esfuerzo apostólico, lo que hago por el
servicio a las almas, y el resultado tan pobre que obtengo y
que, si se prolonga demasiado tiempo, crea cierto malestar,
incertidumbre, desánimo,
132
frustraciones; ¿es que acaso estoy fuera de mi lugar?,
¿realmente me quiere Dios aquí?; entonces, ¿por qué no me
ayuda?; si estoy en la obediencia, ¿por qué no me van bien
las cosas?, ¿es que me ha engañado la obediencia?, ¿por qué
ha permitido Dios este engaño? Lo mismo ocurre con la
aparente inutilidad de la oración; sabemos hasta qué punto
pueden ser terribles las pruebas de la oración para los que
rezan de verdad; pueden ser pruebas de fe formidables, las
más pavorosas que existen, según nos describen los que las
han probado. Y, en general, todo lo que denota falta de sen
tido, falta de significado en lo que uno está haciendo.
Entonces esta falta de sentido produce una depresión moral,
psíquica, que hace dudar incluso del fundamento último que
le da significado a todo, es decir, la promesa de Dios.
He aquí algunos ejemplos de estas pruebas, que cada uno
podrá multiplicar según sus propias experiencias. Gracias a
Dios, generalmente las pruebas, que nunca faltan, se refieren
solamente sobre todo a las virtudes cardinales: la prudencia,
la justicia, la fortaleza y la templanza, que nos comprometen
a ser fuertes, mortificados, prudentes, honestos, valientes; no
tocan al fondo; pero puede haber casos en los que tocan más o
menos al fondo.
3. Reflexiones finales
133
típica del creyente? Hemos de decir que Dios nos prueba, la
prueba nos espera, y, como dice muy bien el Sirácida: “Hijo,
si te decides a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba;
endereza tu corazón y mantón- te firme y en tiempo de
infortunio no te inquietes. Pégate a él, no te alejes, para que
tengas buen éxito en tus postrimerías...” (Eclo 2,1-3). Es un
capítulo muy hermoso: el temor de Dios en medio de la
prueba.
Por consiguiente, la prueba existe, la prueba nos espera.
¿Por qué nos espera?, ¿por qué misteriosa necesidad hemos
de sufrir la prueba? Evidentemente, porque, estando el mundo
bajo el signo del malvado, es decir, estando el hombre en un
estado histórico de degradación, el que se pone a obrar bien
es fatal que se encuentre con obstáculos. Tenemos pruebas en
la justicia, la fortaleza, la templanza; es difícil ser justos,
castos, moderados, honrados, en un mundo que tiende a lo
contrario; por tanto, la prueba es absolutamente inevitable en
esta vida.
Pero podría decirse algo más: ¿por qué la prueba?; y sobre
todo, ¿por qué la prueba límite o que tiende al límite? Voy a
dar una respuesta que no sé si es del todo correcta: porque
Dios es Dios, es decir, Aquel que se entrega en la fe, que se
da a través de un camino de fe, y este camino de fe supone la
superación de una idea original de Dios muchas veces
equivocada, al menos en parte, y que entonces es preciso
corregir y que, por consiguiente, supone crisis sucesivas de
nuestra idea de Dios y de nuestra identidad delante de Dios. Y
esta prueba es terrible; es la prueba fundamental. Así pues,
hay un motivo de fondo: Dios es el Dios de la promesa, de la
salvación, de la libre iniciativa, de la palabra; sin embargo, a
nosotros instintivamente nos gusta un Dios de la seguridad,
de fundamentos claros y evidentes, de quien lo sepamos todo,
del que podamos preverlo y programarlo todo a nuestra
medida. El choque entre estas dos cosas es la prueba: es decir,
comprender que
134
Dios es distinto de como lo había comprendido. Efecti
vamente, a menudo el razonamiento que está implícito en la
prueba es el siguiente: “¿Cómo es que Dios no me ayuda? ¡O
no he comprendido a Dios o Dios no existe!” He aquí
entonces la prueba: hay que optar entre estas dos cosas.
La prueba existe; la prueba nos aguarda. Diré incluso que
la prueba es prueba; o sea, que también se cae. Por eso la
prueba es peligrosa, porque se puede caer en ella; y hay
algunos que caen, incluso en la fe; y también nosotros
podemos caer cada día en la fe, como dice san Pablo: aquél
(Alejandro) y algunos más naufragaron en la fe. Se puede
naufragar en la fe en cualquier situación, incluso siendo papa.
Como dice muy bien san Ignacio, el demonio no respeta
ningún estado o condición de las personas, no se salva nadie:
la prueba es para todos. Más aún, yo diría que cuanto más
comprometida está una persona en las cosas de Dios, más
tentada se ve respecto a la imagen de Dios, ya que tiene
mayor necesidad de purificar esa imagen. Caen hasta los
cedros del Líbano; ¿qué será de nosotros, que no somos
cedros del Líbano?
135
Es difícil expresar esto, pero me parece por lo menos a mí que
dice algo, sobre todo si lo leemos a la luz de lo que es la
prueba suprema, o sea la muerte. La muerte es todo lo
contrario de la promesa de vida de Dios. La muerte indica
degradación, decadencia, todo lo contrario de lo que Dios nos
ha prometido; es la prueba que mejor presenta su carácter
absurdo, de cierta incomprensibilidad, y esto la convierte en
un riesgo, en un peligro, ya que cuando la hemos
comprendido, la prueba se acabó.
136
22: “Quiso Dios probar a Abrahán”; es decir, la prueba es
prueba. Una vez que uno ha comprendido esto, la prueba
cambia por completo de significado; muchas veces lo oímos
decir: Sí, me encuentro en este estado; pero si supiera que es
una prueba, esto le daría un significado a lo que me sucede.
El evangelio más fundamental es éste precisamente: la prueba
es prueba de Dios, en cuyas manos estoy. Incluso en el colmo
de la oscuridad de Dios —hasta decir, como creo que decía
santa Teresa del Niño Jesús en los últimos meses de su vida:
“He ocupado un puesto en la mesa de los incrédulos”, o sea
que había llegado precisamente al límite de la prueba de fe—,
incluso en medio de los mayores sufrimientos, ante la muerte
inminente, mientras que por su propia naturaleza la prueba
tiende a hacerme decir que Dios me ha abandonado, que no
existe Dios, el evangelio, por el contrario, me dice: “Estás en
la prueba, pero Dios te tiene en sus manos”. Y de este modo
se tiende a referirlo todo a la dinámica de la promesa y del
abandono en la palabra.
Es lo que nos sugiere san Ignacio en la regla séptima sobre
el discernimiento (320): “El que está en desolación considere
cómo el Señor le ha dejado en prueba en sus potencias
naturales para que resista...; pues puede con el auxilio divino,
el cual siempre le queda”. Hay que saber comprender que es
Dios el que prueba, aunque muchas veces esto sea muy difícil
de comprender. Lo comprendemos de los demás, pero no tan
fácilmente de nosotros; para nosotros representa una
calamidad que nos ha venido encima, una situación dramática
de la que no se sale; y entonces nos fallan todas las energías
para aclararla.
Podemos todavía preguntamos: ¿adonde va, dónde termina
el evangelio de la prueba de Abrahán? La respuesta nos la da
la carta a los Romanos (8,32): “Si Dios está por nosotros,
¿quién contra nosotros? El que aun a su propio Hijo no
perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no
nos dará gratuitamente con
137
él todas las cosas?”, que hay que leer en un paralelismo
inmediato con Gen 22,12: “Ya veo que temes a Dios, porque
no me rehusaste tu hijo, tu unigénito”.
La tradición neotestamentaria ha leído en la historia de
Abrahán el amor de Dios que, al damos a su Hijo, nos
asegura que ninguna prueba de ningún tipo podrá llegar nunca
más allá de la prueba, es decir, separarnos como tal del amor
de Dios. La prueba por parte de Dios se quedará en prueba y
no se convertirá en escándalo. “¿Quién nos separará del amor
de Cristo? ¿La tribulación o la angustia, la persecución o el
hambre, la desnudez, el peligro o la espada? Según está
escrito que 4por tu causa somos entregados a la muerte todo el
día, somos considerados como ovejas destinadas al ma
tadero’. Pero en todas estas cosas salimos triunfadores por
medio de aquel que nos amó. Porque estoy persuadido que ni
la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las
cosas presentes, ni las futuras —todo lo que podría ser para
mí una prueba en el cielo o en la tierra—, ni las potestades, ni
la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá
separarnos del amor de Dios que está en Cristo Jesús, nuestro
Señor” (Rom 8,35-39). La prueba es piueba de un Dios que
nos tiene bien agarrados de su mano.
138
Octava meditación
139
Tres momentos de tentación
140
La segunda: ¿Cuál es la estructura literaria, formal, y cuál es
el objeto de la tentación en cada caso? La tercera pregunta:
¿Dónde está la victoria sobre la tentación en estos tres casos?
Finalmente, un momento de reflexión para nosotros: ¿Qué es
lo que está en juego para Jesús en el desierto, en el huerto de
Getsemaní y en la cruz? ¿Y qué es lo que está en juego para
nosotros en las situaciones análogas de nuestra vida?
141
entréis en tentación”; se supone que la tentación está allí,
inminente, y que hay que reaccionar contra ella con energía.
En Mt 26,38 se dice algo más: “Triste está mi alma hasta la
muerte. Quedaos aquí y velad conmigo”. Aquí el tentador es
la tristeza, la pesadez. Y luego, más tarde, en el versículo 41:
“Velad y orad para que no entréis en tentación”. El espíritu
está dispuesto, pero la carne es débil”. Aquí se pone de
relieve la pesadez de la carne. No es fácil interpretar esta
frase de Jesús. Yo no vería en ella la oposición paulina entre
la “carne” y el “espíritu”, sino la carne entendida como el
hombre privado de la esperanza de la gracia, que abandonado
a sí mismo cae en la culpa. Yo la entendería en el sentido
joaneo del Verbo que se ha hecho carne, es decir, la fragilidad
humana: el espíritu está dispuesto, pero el hombre siente su
fragilidad. También Jesús sintió esta fragilidad, esta tristeza,
aburrimiento, disgusto, tedio, que como tales no tienen nada
de negativo; son la pesadez de lo corpóreo; es el hombre que
tiene delante de sí unos cargos superiores a sus fuerzas, que le
parecen demasiado pesados para sus espaldas. Es el tentador
de la segunda escena.
142
que era?; o bien el pueblo en su conjunto; Lucas evita hablar
de toda esta gente, como si quisiera decir que respetaba y
amaba en el fondo a Jesús. Están luego los jefes, o sea los
responsables, los sumos sacerdotes, los escribas y ancianos,
los hombres religiosos que habían sido designados para
aclarar, para pulir, para presentar auténticamente la palabra de
Dios; los depositarios de la sabiduría de Israel, del
conocimiento que Israel se había imaginado tener del Dios de
Abrahán, de Isaac y de Jacob. Además, los soldados, las
fuerzas del orden, los ejecutores, los que prosiguen y
sostienen la visión del mundo que tienen los jefes. Y,
finalmente, un ladrón, o sea uno de aquellos desesperados, de
aquellos marginados, que han perdido todo conocimiento del
sentido de su vida y hacen desembocar esta desesperación
sobre una persona cuyas acciones no comprenden.
Es un cuadro muy amplio todo este- mundo de la
tentación, en el que también entramos un poco nosotros, o sea
los intelectuales, los hombres religiosos, los que poseemos el
conocimiento justo de Dios; es decir, todo un parentesco de
clase que no puede menos de desconcertamos con algunos de
los que insultaban a Jesús al pie de la cruz.
143
los privilegios anejos a esta cualidad; y entonces, haz esto, o
sea realiza obras de poder. Es análoga la tentación en la cruz,
también en forma condicional, con diversas hipótesis que
representan la communis opinio, la “opinión” de la gente que
pasa por delante de la cruz: los jefes, los sumos sacerdotes,
los ancianos y también los mismos soldados y el pobre
desgraciado crucificado al lado de Jesús: si eres un gran
hombre, demuestra lo que eres.
La segunda tentación en el desierto, que ocupa un lugar
central en Lucas, es más desconcertante, también en
condicional, pero de una forma un tanto distinta en la
hipótesis: “Te daré todo este imperio y la gloria de estos
reinos, porque me han sido entregados y se los doy a quien
quiero; si, pues, te postras ante mí, todo será tuyo”. Aquí la
hipótesis parte de un dato fundamental: todo es mío; si te
postras, todo será tuyo. Es la presunción de mucha gente; o
sea, las llaves de la historia están en manos de la gente lista,
de los que manejan el poder; por consiguiente, si es así, lo
mejor es aliarse con ellos; es la tentación de aliarse con los
que parecen tener en sus manos las cartas decisivas de la
historia, incluso con muy buenas intenciones; si eres mi
aliado haremos, harás grandes cosas, podrás alcanzar gran
renombre, será escuchado tu mensaje. Está en juego la
imagen de una cierta manera de actuar en el mundo cuando
uno se alia con quien tiene el poder en cualquiera de sus
formas.
144
rio; si eres el amigo, el predilecto de Dios, entonces el
privilegio de Dios es éste y todos esperan que hagas según
este privilegio. Si realmente quieres obtener algo, has de tener
en cuenta las fuerzas que actúan en el mundo, tienes que saber
mirar quiénes son los que pueden ayudarte y los que pueden
impedir que te aplaste la conflictividad humana.
Objeto de esta primera tentación es también una cierta
manera de ser Mesías, lo cual a su vez implica una cierta
imagen del Dios que envía a ese Mesías: ¿cómo podrás
representar a Dios, el grande, el poderoso, aquel que hace
saltar como cabritillos a los montes y doblega a los cedros
del Líbano, si no realizas algunas obras de poder? Está en
juego la manera con que Jesús tiene que presentar a los
hombres el concepto de Dios, sus prerrogativas, su prestigio.
¿Cuál es el objeto de la tentación en el huerto de
Getsemaní? Evidentemente es una tentación muy distinta de
la anterior; sin embargo, yo veo entre ellas cierta afinidad y
algunas analogías. Examinemos la oración de Jesús, que está
también en condicional. En Lucas: “Si quieres”; en Mateo:
“Si es posible, pase de mí este cáliz”. ¿Qué es lo que quiere
decir: si quieres, si es posible? Quiere decir: si entra dentro
de tu plan de salvación, oh Dios, me gustaría en mi debilidad
no beber esta amargura.
En el desierto se trataba del prestigio del Hijo de Dios;
aquí se trata de la debilidad humana del mismo Hijo. Hay una
vinculación directa entre la opción que hace en el desierto de
no utilizar el prestigio del Hijo y la opción del huerto de los
Olivos que lo lleva necesariamente a someterse a las
consecuencias de la debilidad. Si en el desierto habría podido
escoger la conversión de las piedras en panes, en el huerto de
los Olivos, sintiéndose triste hasta la muerte, habría podido
utilizar los medios para salir de aquella tristeza. Por el con
trario, al decir: estoy triste hasta la muerte, ya no puedo más,
mi debilidad ha llegado hasta el límite, hasta el
145
límite de mis fuerzas físicas y psíquicas, Jesús demuestra que
quiere vivir esos momentos terribles, tan difíciles de
comprender, algo así como la nube que envolvía el monte
Moriah, en donde no era posible penetrar hasta el fondo.
Jesús hace en Getsemaní la opción de la debilidad, lo
mismo que hizo en el desierto la opción de rechazar los
privilegios; pero siente toda la amargura de esta opción. Dios
no hizo el milagro de darle un mesianismo feliz; por eso Jesús
escogió el camino del mesianismo humilde y tiene que cargar
con sus consecuencias hasta el fondo, hasta decir: ¡ya no
puedo más!
146
gravemente contra el deber más alto; si no lo mata, peca
contra Dios. Y aquí está metido en un callejón sin salida del
que no sabe cómo escapar, al menos en nuestra mentalidad
moderna. Mientras que la orden de las obligaciones éticas le
dice con claridad que no toque a su hijo, el imperativo de la
palabra de Dios parece decirle que lo sacrifique. Aquí es
donde está el drama y la prueba de Abrahán, que se encuentra
entre dos realidades contradictorias.
Este drama de Abrahán nos lo podemos imaginar a medida
de nuestras experiencias personales; cada uno, al releerlo, nos
sentimos afectados por él de diversas maneras. Para Cristo, el
drama es mucho más claro, en cuanto que se desarrolla en la
línea de los grandes términos teológicos de la salvación:
Dios-Mesías, rey me- siánico, salvador, todos los términos
que el mismo Jesús ha desencadenado en la mente de quienes
lo escucharon y que ahora se expresan de forma dialéctica en
el dilema, ridículo en su lógica, pero dramático en su
realidad: “Si baj as de la cruz, te creerán y reconocerán que el
Dios de Israel ha mandado al salvador”.
147
nada; porque, si hiciera algo, negaría su misión, negaría su
imagen de Dios.
Jesús vive en su propia carne el escándalo de un Dios que
no sabe salvar. Le dice el ladrón: si eres hijo de Dios, sálvate
a ti mismo y sálvame a mí; si no puedes, si no quieres
salvarte tú, sálvanos por lo menos a nosotros, haznos sentir tu
poder. Los paganos, dice un salmo, suplican a un Dios que no
puede salvar. Jesús vive en sí mismo el escándalo terrible de
manifestar frente a la inteligencia de Israel la imagen de un
Dios como la del Dios de los paganos, un Dios que no sabe
salvar.
148
está escrito que no sólo de pan vive el hombre; que hay que
servir y adorar al Señor, nuestro Dios; que no hay que tentar
al Señor, Dios nuestro. También en el huerto de Getsemaní la
victoria se lleva a cabo a través de la obediencia: Dios mío,
que se haga tu voluntad, que se cumpla tu plan de salvación,
sea cual sea.
Jesús no quiere entrar en disquisiciones, ya que se trata de
cosas que no se explican con palabras, sino que se explican
cuando la obediencia ha sido propuesta y ha sido aceptada.
Jesús tampoco se pone a razonar consigo mismo, sino que se
sumerge en la obediencia. Más aún, en la cruz ni siquiera
pronuncia una palabra. Probablemente habría podido bajar de
la cruz y decir: ahora os voy a explicar la misteriosa
debilidad de Dios, el verdadero concepto de Dios que os he
estado revelando. Al obrar de ese modo, Jesús habría
desmentido la debilidad de Dios; por eso no hace nada, sino
permanecer donde estaba, aceptando las críticas, el insulto, la
incredulidad; aceptando que lo rechacen y lo entiendan
indebidamente. Lo único que hace es un acto de amor y de
amistad, asegurándole al ladrón que confió en él su entrada
en el paraíso. Según los otros evangelistas, Jesús no dice
nada; por su parte, Lucas recoge sus últimas palabras: “Padre,
en tus manos encomiendo mi espíritu”, ese espíritu con el que
había llevado su obediencia hasta el fondo.
149
tres grados de humildad de san Ignacio, o los tres grados de
obediencia, de sumisión, de amor, el más perfecto de los
cuales llega a aceptar por amor a Dios la imagen de Dios que
se revela en Jesucristo despojado de sus privilegios. La raíz
última de todo esto nos la manifiesta Jesús en el evangelio de
san Juan y Pablo en su carta a los Gálatas. Jn 15,15ss: “Nadie
tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos... Yo
os he llamado amigos”; Gal 2,20: “El Hijo de Dios me amó y
se entregó a sí mismo por mí”.
Es verdad, Abrahán destacó por su fe; la palabra “amor” no
figura en su historia, pero toda su vida se presenta como la
vida de un amigo de Dios. Dios lo considera amigo suyo y
confía en él. El amor y la fe en el Nuevo Testamento
aparecen estrechamente vinculados entre sí, especialmente en
la carta a los Romanos (5,1), en donde se cierra el episodio de
Abrahán (c. 4): “Justificados, pues, por la fe, tengamos
nosotros paz con Dios..., porque el amor de Dios ha sido
derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu que
nos ha sido dado”.
El tema del amor de Dios que se ha derramado en nosotros
recibe toda su claridad en el tema de la obediencia, del
abandono, de la entrega, en el tema de la fe, que es la victoria
que vence a la tentación, que vence al mundo.
150
Novena meditación
151
breve reflexión sobre Lucas 24, es decir, el capítulo en donde
Jesús consuela a los discípulos de Emaús y que en cierta
manera puede servimos como punto de referencia en la
historia de la tumba de Abrahán.
1. La tumba de Abrahán
152
promesa de Dios, la respuesta, la fe de Abrahán), desperdicia
luego tantas palabras para describir cómo se celebran los
contratos entre los orientales, sus astucias, sus diversas
maniobras, sus manipulaciones?, ¿por qué todo esto? Esto es
precisamente lo que intentaremos ver con brevedad, primero
con la lectura del capítulo 23 —narrar fielmente la historia,
como dice san Ignacio— y luego estudiando este pasaje en su
estructuración, en sus diversas partes, para hacer, finalmente,
algunas reflexiones.
¿Cuál es la importancia de este trozo? ¿A qué se debe
tanta preocupación por describir la adquisición de la tumba?
El relato comienza con una promesa: la muerte de Sara, el
luto por Sara; pasa luego al contrato de compra de la tumba
en cuatro tiempos, debidamente ritmados, muy bien divididos
entre sí. Muerte de Sara: “Sara vivió ciento veintisiete años.
Esos fueron los años de su vida”. El relato es del Sacerdotal,
pero utiliza un documento más antiguo, como dice también la
Biblia de Jerusalén. “Sara murió en Quiriat Arbe, que es
Hebrón, en la tierra de Canaán —observad la alusión
dolorosa: Canaán es un país extraño—. Vino Abrahán —que
quizá estaba lejos pastoreando con sus rebaños— a llorar a
Sara y a hacer duelo por ella”. Esta es la premisa: Sara muere
en tierra extranjera; para ella no se ha verificado la promesa.
Luego comienza el trato, dividido, como decía, en cuatro
partes. La primera parte es la petición; la segunda, la
insistencia; la tercera, la fijación del precio; la cuarta,
finalmente, la conclusión y el contrato.
La petición
153
consiguiente, deja el llanto—, habló así a los hijos de Jet”.
Hijos de Jet o hititas era el nombre genérico que se daba a la
población local; no creo que tenga ninguna relación con los
hititas históricos, cuyas huellas se han encontrado en las
excavaciones de Turquía; se trata de un nombre que se hizo
común debido a vicisitudes históricas precedentes.
El discurso de Abrahán dentro del marco de la promesa es,
ciertamente, un discurso lleno de dolor: “Yo soy extranjero y
peregrino entre vosotros —Abrahán está allí, en tierra
extraña, a pesar de ser el depositario de la promesa sobre
aquella tierra; sin embargo, tiene que decir: soy un forastero y
estoy de paso entre vosotros—; dadme una sepultura en
propiedad para levantar mi muerta y enterrarla”. Una petición
llena de humildad: dadme la posibilidad de sepultar a un ser
querido que se me ha muerto. Hemos de suponer que Abrahán
vivía como nómada, pero en buenas relaciones con la
población local; tenía permiso para pastorear allí con sus
rebaños, permiso que había que solicitar en cada ocasión, y la
población lo apreciaba; así pues, había buenas relaciones
sociales.
Sin embargo, Abrahán era considerado como forastero, y
para realizar aquel acto importante de propiedad, de sepultar a
un mué'to en un terreno concreto, visible, que pudiera luego
reconocer y venerar, era necesario el consentimiento de la
población. La gente comprendía que con este acto comenzaba
una propiedad, cierto paso en las condiciones jurídicas de
Abrahán; por consiguiente, Abrahán tiene que hablar, como se
deduce de lo siguiente, ante la asamblea reunida junto a la
puerta de la ciudad.
“Y los hijos de Jet respondieron a Abrahán: ‘Escú chanos,
señor; tú eres entre nosotros un príncipe de Dios —el estilo es
elevado, como el que corresponde ante una persona a la que
se concede honores muy altos; fijaos en la diferencia entre lo
que significa para la gente “príncipe de Dios”, una forma de
adular a un
154
hombre que ha mostrado cómo Dios lo favorecía, y lo que
significa ese título en el marco de la promesa: Abrahán
depositario de la promesa de Dios—; sepulta a tu muerta en la
mejor de nuestras tumbas. Ninguno te negará la suya para que
puedas enterrar a tu muerta”. La respuesta es claramente
negativa, a pesar de las efusiones de cortesía; es decir, todos
nuestros sepulcros están a tu disposición para tus difuntos,
pero no puedes tener un sepulcro propio; sí, te apreciamos
mucho, pero sigue siendo un huésped entre nosotros, sigue
siendo un forastero.
La insistencia
155
texto: “Efrón se encontraba presente entre los hijos de Jet, y
respondió Efrón el hitita a Abrahán ante los hijos de Jet y
ante todos los que entraban por la puerta de la ciudad —los
contratos se llevaban a cabo en la puerta de la ciudad, como
un acto público, frente a la asamblea popular—: No, señor
mío; antes bien, escúchame: yo te doy el campo y la caverna
que hay en él; delante de los hijos de mi pueblo te lo doy;
sepulta a tu muerta” (vv. 10-11). ¿Qué es lo que entiende
Abrahán? De las palabras de Efrón comprendió que aquel
terreno le era muy apreciado, pero que accedía a vendérselo
como un amigo; Abrahán se da cuenta de que es posible
llegar a un trato, pero que le pedirá un precio muy alto que
será menester establecer de antemano.
156
¿Qué otra cosa podría haber hecho Abrahán? El precio
parecía demasiado alto; seguramente suponía un gran
sacrificio para Abrahán pagar aquella cantidad. Pero el texto
dice: “Se convino Abrahán con Efrón”. Había deseado tanto
llegar a adquirir aquel terreno, que no insiste, no da ningún
paso más y cierra en seguida el trato. “Le pagó el precio que
le había pedido en presencia de los hijos de Jet: cuatrocientos
sidos de plata de moneda corriente entre los mercaderes” (v.
16).
La conclusión del contrato es considerada por los exegetas
como un verdadero y propio acto catastral, en el que se
describe la cosa comprada, cómo y dónde se encuentra y
quién es el nuevo propietario: “De este modo el campo de
Efrón, que estaba en Macpela, el campo y la caverna que
había en él y todos los árboles que bordeaban su término,
pasaron a ser propiedad de Abrahán, en presencia de todos
los hijos de Jet y de todos los que entraban por la puerta de la
ciudad” (vv. 17-18). Un contrato en plena regla, debidamente
legalizado y con todas las indicaciones precisas de lugar.
“Después de esto Abrahán enterró a Sara en la caverna del
campo de Macpela, enfrente de Mambré, en la tierra de
Canaán. Así el campo y la caverna que hay en él fueron
adquiridos por Abrahán de los hijos de Jet, como concesión
funeraria” (vv. 19-20). Aquí acaba el texto, que concluye
subrayando cómo aquella pequeña posesión en la tierra de
Canaán pertenece a Abrahán.
157
poco, sobre todo en la concepción patriarcal; si hubiese
tenido doce hijos, como Jacob...; pero sólo tiene uno, algo
muy frágil, que puede morir en cualquier momento y por
cualquier incidente; pero en este hijo ve y espera a todo un
pueblo, en él tiene la prenda y el signo del favor de Dios
hasta tal punto que, como sabemos por Gén 25,1, Abrahán se
sintió consolado después de la sepultura de Sara: “Abrahán
tomó después otra mujer, llamada Quetura, que le parió a
Zimrán, Jocsán, Medán, Madián, Jesboc y Sue. Jocsán, a Saba
y a Dadán. Hijos de Dadán fueron los Asurim, los Litu- sim y
los Laumim. Los hijos de Madián fueron Efa, Efer, Janoc,
Abida y Elda. Todos estos fueron los hijos de Quetura” (vv.
1-4). Así pues, ¡ya lo creo que Abrahán tuvo descendencia!
Pero dice el texto: “Mas Abrahán dio todos sus bienes a
Isaac. A los hijos de sus concubinas les hizo donaciones y,
todavía él en vida, los envió lejos de Isaac, su hijo, hacia
levante, a la tierra oriental” (vv. 5-6). O sea, a Abrahán le
basta con Isaac.
Habría podido poner juntos a todos sus hijos y establecer
una alianza entre todos ellos, poniendo a Isaac al frente de
aquella confederación. Pero no, Isaac tiene que quedarse solo;
él es el hijo de la promesa; Dios proveerá en él. Isaac es aquel
que fue motivo de risa —nos lo dice su mismo nombre:
motivo de alegría—, una risa primero irónica de Sara, pero
luego motivo de risa de alegría, el hijo de la consolación.
Como a Abrahán le basta un solo hijo, como señal y prenda,
fianza y anticipación del pueblo, también un pequeño trozo de
tierra le basta como señal y prenda de la promesa, que es ya
suya de alguna manera. Dios le ha dado ya una posesión,
aunque sea muy pequeña.
Dicen los Hechos de los Apóstoles en el discurso de
Esteban: “Salió entonces Abrahán de la tierra de los caldeos y
habitó en Jarrán. Y allí, después de la muerte de su padre,
Dios lo trasladó a esta tierra en que vosotros habitáis ahora; y
no le dio propiedad en esta re
158
gión, ni siquiera un pie de tierra; pero prometió dársela en
posesión a él y a su descendencia después de él, aunque no
tenía hijos” (He 7,4-6). Abrahán se paseó por toda la tierra de
la promesa, pero no era suyo ningún centímetro en donde
ponía el pie, nunca pisó un trozo de tierra que pudiera llamar
suyo; finalmente, sin embargo, tenía un pequeño terreno, en
donde su fe veía ya anticipada toda aquella tierra. Sara muere
en el país de Canaán, pero no fue sepultada en tierra de Ca-
naán, porque la tierra de su sepultura era ya tierra de
Abrahán. Y Abrahán, su cuerpo, será sepultado en su propia
tierra. Al menos en anticipación, como figura, Abrahán posee
ya algo. Y ese algo es para él motivo de un inmenso
consuelo. Es decir, para el que cree, para el que ha jugado su
vida por la palabra de Dios, incluso una pequeña señal, un
anticipo que a los ojos de los demás puede parecer muy poca
cosa, es una alegría inmensa, ya que ese poco es la garantía
del amor de Dios que lo promete todo.
159
Santo que nos ha sido dado”. Y también en Rom 8,11: “Si el
Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita
en vosotros, el que resucitó a Cristo Jesús de entre los
muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por
obra de su Espíritu, que habita en vosotros”. Y, finalmente en
la carta a los Colosenses 1,27: vosotros habitáis ya con Cristo
en Dios, “Cristo es entre vosotros la esperanza de la gloria”;
así pues, lo tenéis ya todo, aunque aparentemente tengáis
poco. La gente dice: ¿Pero qué es un cristiano? ¿De qué se
alegra? ¿Qué es lo que tiene de distinto? Aparentemente,
poco; pero, en realidad, tiene ya la prenda y la garantía de la
promesa en su plenitud, lo tiene todo, porque tiene el don de
Cristo anticipado y la presencia del Espíritu.
¿Qué es lo que nos dice entonces esta primera reflexión?
Nos dice que tenemos que dejamos consolar también nosotros
por los signos, por las anticipaciones, por las prendas de la
promesa. Es verdad, tenemos que seguir atentos a la plenitud
de la promesa, pero tenemos también que mirar la alegría del
presente, todas esas indicaciones que en el presente nos dan
ya la certeza de que el amor de Dios se ha derramado en
nuestros corazones.
160
Pero me parece que el ser sepultado, el tener una tumba, en
un tro cito de tierra prometida nos hace mirar hacia nuestro
estar sepultados en Cristo. Cristo es el lugar, la tierra
prometida en la que hemos sido sepultados con el bautismo,
como nos recuerda Rom 6,4: “Fuimos sepultados juntamente
con él por el bautismo en la muerte —Cristo es nuestra tierra
prometida, hemos sido injertados en él— para que, como
Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del
Padre, así también nosotros caminemos en nueva vida”. Y es
a partir de esta indicación, que ciertamente apenas resulta
embrional, como propongo, después de haber meditado junto
al sepulcro de Abrahán, que pasemos a meditar junto al
sepulcro de Cristo, el lugar en donde se anuncia la plenitud
del consuelo, en aquel que representa la plenitud del
consuelo.
161
sos? Veámoslo en el encuentro con los discípulos de Emaús,
revelándose poco a poco, partiendo de su tristeza, de su
escepticismo, del derrotismo al que han llegado hasta el punto
de que incluso la más grande de las noticias no les dice nada.
Sí, algunas mujeres dicen que lo han visto, lo han visto los
apóstoles; pero todo aquello había quedado sumergido en un
escepticismo que lo roía todo. Jesús parte de esta situación y
gradualmente los va consolando con su presencia hasta que,
finalmente, se les manifiesta en la fracción del pan. De esta
manera es él mismo, Jesús, el kerigma, la promesa hecha a
Abrahán que se ha realizado, la buena noticia personificada y,
como dice san Pablo, el “sí de Dios, en el que se verifican
todas las promesas” (2 Cor 1,20).
Al ver a Cristo consolador, cómo se va acercando
gradualmente a los discípulos de Emaús, haciéndoles cambiar
de humor y calentándoles el corazón, podemos hacer una
comparación negativa con Abrahán. Abrahán no sabe
consolar; de Abrahán, decíamos, no se conserva ninguna
palabra profética o de consolación, a no ser aquella ligerísima
alusión a Isaac en Gén 22,8: “Dios proveerá, hijo mío”.
Abrahán es un solitario; obedece a los mandatos de Dios, pero
no es un hombre capaz de ayudar a los demás, de crear
comunidad; lo espera todo de Dios, pero no es un consolador.
Pero Jesús es todo lo contrario; no es un solitario; es por su
propia naturaleza un consolador, uno a quien le gusta estar
con los demás, que va en busca de la gente, que corre detrás
de los discípulos de Emaús, que se une a ellos en el camino,
que crea en ellos un nuevo entusiasmo, que hace que también
ellos corran a dar la noticia, a buscar a los otros; Jesús es
aquel que hace comunidad. Abrahán, por su parte, se contenta
con ser fiel a la palabra, con tenerla en el corazón, con
intentar convencer en lo posible a su ambiente familiar, por
ejemplo, a Sara, pero sin conseguir demasiado: Sara se reía de
las promesas de Dios. Jesús es aquel que difunde a su
alrededor el consuelo, la comunión, la confian
162
za, el que logra recrear rápidamente de una masa de
desconfiados un grupo de hombres llenos de gozo, llenos de
paz, que se alegran de su presencia, que reciben sus palabras
y que con su espíritu llevarán por todas partes su nombre y
serán a su vez consoladores.
Y aquí podríamos volver a meditar en la exclamación de
san Pablo en 1 Cor 13,13: grande es la fe, grande es la
esperanza, ¡pero lo más grande es la caridad! Ciertamente fue
grande, inmensa, la fe de Abrahán; pero mayor es la caridad
de Cristo, que logra formar una comunidad a partir de unos
cuantos hombres sin confianza, dándoles su impulso, su
entusiasmo, su sentido de la plenitud de Dios.
3. El “principio y fundamento” de la
historia de Abrahán
163
las palabras de la Escritura, el principio y fundamento de la
historia de Abrahán con el texto de Gen 14,22 —un versículo
un tanto aislado de los demás, que da la impresión de ser un
mensaje precedente de la misma historia—, en donde
Abrahán, hablando con el rey de Sodoma, rechaza el botín y
le dice: “Alzo la mano a Yavé, que creó el cielo y la tierra”.
Dios creador del cielo y de la tierra, Dios creador del hombre;
es decir, Gen 1 me parece que reproduce aquel principio y
fundamento que el ciclo sacerdotal y el ciclo yavista pusieron
por delante de la historia de Abrahán. Creo que esto nos
invita a buscar de una forma que podríamos llamar
retrospectiva, en la absoluta plenitud de Dios, del Dios de la
gloria y creador de todas las cosas, el principio y el
fundamento de toda esta historia y de toda la historia de la
salvación.
Esto mismo es lo que me indica también Hechos 7,2, que
hace comenzar la historia de Abrahán con una frase que no
figura al comienzo de la narración en Gen 12: “Hermanos y
padres, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro
padre Abrahán”. Así pues, la historia de Abrahán se abre con
el Dios del poder, cuya gloria se manifestó ante todo en la
creación de las cosas. Y es lo que señala también Rom 4,17,
donde se establece una comparación entre el poder de la resu
rrección, en el que creyó Abrahán, y el poder creador de Dios:
“Abrahán, nuestro padre, creyó en el Dios que da la vida a los
muertos y llama a las cosas no existentes como si existieran”.
Ese Dios que llama a la existencia a las cosas que todavía no
existen, que da la vida a los muertos, es el principio y
fundamento del camino de fe de Abrahán.
¿Qué es lo que quiero decir al ver retrospectivamente a
Dios creador como el comienzo de todo en la historia de
Abrahán? Quiero decir que Dios, precisamente por ser
creador y sobre todo creador del hombre, de la persona del
hombre, es decir, en cuanto que no es extraño a nosotros, en
cuanto que es fundamento últi
164
mo e inmediato de mi existencia personal, es aquel cuya
voluntad buena y amorosa me hace ser lo que soy, es decir,
una persona llamada por él con su nombre; y este Dios,
precisamente en virtud de esta intimidad primordial, me
puede llamar hijo dándome la promesa que se realizó en su
propio Hijo, o —si queremos usar las palabras de san
Ignacio— “poniéndome con el Hijo”. La contemplación de
esta promesa de Dios en Jesucristo nos permite comprender
cómo la historia de Abrahán es la historia de la obra de Dios
en Dios, de Dios que me pone con el Hijo, que es la raíz de lo
que yo soy. Y en esta raíz última de lo que yo soy recibo una
nueva palabra creadora del amor de Dios, que me sumerge en
su misma vida divina.
165
e infinito poder del mismo modo que los rayos bajan del sol y
las aguas manan de la fuente. Sabemos muy bien que esta
perspectiva es peligrosísima teológicamente, pues podría
llevar a una concepción de tipo panteísta. Pero me parece que
san Ignacio, en su sencillez, después de haber partido de la
trascendencia absoluta de Dios y de haber captado que en esa
trascendencia se revela el amor de Dios y nuestro “estar
puestos” con Cristo, lo ve todo bajo una luz divina y
realmente sin peligro alguno, reconociendo todas las cosas
como rayos que reflejan ese infinito poder; y sobre todo
reconoce nuestra existencia personal como gracia, como
promesa realizada por Cristo en nosotros, no como algo que
nos sitúa a distancia o en una simple obediencia, sino como
comunión indescriptible con el Dios de la promesa.
Me parece que este tercer punto puede dar paso a una cierta
contemplatio ad amorem que tenga en cuenta lo que la
experiencia de Abrahán y la experiencia de Cristo nos han
hecho comprender de nuestro conocimiento de Dios.
166
Segunda Parte
INSTRUCCIONES
Primera instrucción
169
todas las meditaciones. ¡Qué poco conozco a Dios en
realidad! Cuanto más creía conocerlo, tanto más me doy
cuenta ahora de que no lo conocía. En cierto sentido Dios se
va haciendo cada vez más misterioso, más inaferrable.
170
¿Cuál es la importancia extrema de este proceso dinámico
de la palabra, que también nos propone san Ignacio en el
libro de los Ejercicios y que puede analo- garse con Isaías 55
y con Lucas 8? La palabra de Dios, que es una pequeña
semilla y, por tanto, una cosa muy frágil, se ahoga y se muere
si no se la desarrolla. Es inútil lanzarla y relanzarla
continuamente, si se queda siempre en el primer momento de
la meditación contemplativa, si no pasa a ser oración, oración
comunicada, participada, llevada a las opciones, a las
decisiones, etcétera.
En esta dinámica es donde es posible reconocer a Dios
como “Dios”, es «decir, como santo; la palabra de Dios puede
ser conocida como “palabra de Dios” solamente cuando se
deja que cumpla en nosotros su curso. De lo contrario queda
ahogada y el conocimiento de Dios se convierte entonces en
conocimiento objetivante, genérico, en todas esas formas de
religiosidad aberrantes de que hablaremos también
brevemente con una indicación bíblica.
171
sonancia sin opción y sin decisión verificada. Es decir, estos
elementos tienen un equilibrio que hay que conservar. Y
cuando no se conserva este equilibrio, se resiente por ello la
experiencia de Dios y sufre la experiencia religiosa.
— Y no sólo sufre con ello el equilibrio, sino también el
ritmo, porque los diversos momentos tienen que alternarse;
hay que saber cuándo llega el momento de pasar de la
contemplación al coloquio, del coloquio a la resonancia, de la
resonancia a la opción.
— Todo esto, además de un ritmo sucesivo, tiene que
tener medida. Medida quiere decir que se puede exagerar en
la resonancia, como ocurre en esos grupos en donde sólo se
habla, se habla siempre de la palabra de Dios, que al final se
queda en nada porque continuamente está fuera y no se
interioriza. O bien puede haber una falta de medida si se
centra todo en la verificación, en la verificación de lo que se
hace, de lo que se ha hecho; todo se centra en la insuficiencia.
O bien hay falta de medida si todo se centra intelec
tualmente en la contemplación de la palabra, en la subdivisión
del texto, en el análisis de su contexto, de su estructura, y esto
al final acaba ahogando la palabra; la palabra, por así decirlo,
se mata a sí misma y muere.
De aquí vienen los desequilibrios, las arritmias, las faltas
de medida que atenúan y bloquean el proceso de la palabra y
cierran al conocimiento de Dios, por lo que al final se llega a
un teísmo práctico: se admite a Dios porque hay que
admitirlo, pero no tiene ya una resonancia concreta en la
existencia, precisamente por- • que ese proceso de la palabra,
esa circulación de la palabra no ha tenido lugar y se ha
bloqueado.
Podríamos citar otro texto importante del Nuevo
Testamento sobre la dinámica de la palabra en los Ejercicios.
Es el texto de Col 3,16s: “La palabra de Dios viva ricamente
entre vosotros —es decir, ponga su casa en vosotros y se os
haga familiar—, enseñán
172
doos y amonestándoos mutuamente por medio de toda
sabiduría, con salmos, himnos, cánticos divinos, cantando y
complaciendo en vuestros corazones a Dios. Y todo cuando
de palabra u obra realicéis, hacedlo en nombre del Señor
Jesús, dando gracias por su intercesión a Dios Padre”.
También aquí tenemos un magnífico itinerario de la palabra:
la palabra viene, la palabra habita, la palabra resuena, es
cantada, repetida, dominada por unos y por otros, expresada
en cánticos y en obras, y todo redunda en gloria de Dios
Padre. He aquí la experiencia de Dios a través del itinerario
del dinamismo de la palabra.
Me gustaría hacer una tercera observación partiendo de los
Ejercicios, o sea una ampliación de la meditación de hoy a
dos textos bíblicos que he encontrado en las lecturas del
sábado de la vigésimo segunda semana y que me han
impresionado mucho.
173
Este apellotriomenos suele traducirse por “extraño” o
“extranjero”, pero en realidad quiere decir “víctima de
alienación religiosa”. Representa precisamente el punto de
partida de Abrahán en su búsqueda de Dios.
Muy acertadamente, la Biblia de Jerusalén dice en este
punto que “extranjeros” —en la Vulgata se habla de
abalienati— debe referirse a Dios, no a Israel, y cita a este
propósito un pasaje paralelo de Ef 4,18, que es también muy
importante, porque se refiere poco más o menos al punto de
partida, al unde, al “de dónde”: “No andéis ya como andan los
gentiles, conforme a la vanidad de sus pensamientos, que
tienen su razón oscurecida, apartados de la vida de Dios por
la ignorancia que hay en ellos a causa del endurecimiento de
su corazón”. Son palabras muy fuertes. En griego la palabra
que corresponde a nuestro “oscurecida”, eskotomenoi, llenos
de skotos, de puntos negros, en el conocimiento de Dios,
llenos de alienaciones, de ignorancia de Dios, de
desviaciones; es el conocimiento pagano que se describe
como conocimiento tenebroso, alienado, oscurecido,
desviado. Palabras muy graves, si se piensa que los paganos
eran religiosísimos, personas que mencionaban a Dios todo el
día, que vivían en continua acción de sacrificios, de
agradecimiento, de súplicas, de plegarias. Esta descripción de
la tendencia desviada de nuestro esfuerzo en la búsqueda de
Dios, tal como nos la presenta con tanta fuerza san Pablo, me
parece muy importante.
174
Esta es la situación de la que partimos a menudo, aunque
ahora hayan cambiado las cosas, como dice también Pablo en
Col 1,22: “Ahora, en fin, os reconcilió completamente...,
siempre que al menos perseveréis sólidamente asegurados en
la fe y estables e inconmovibles en la esperanza del evangelio
que oísteis”. ¿Qué es lo que quiere decir este texto? Quiere
decir que, si no está siempre delante de nosotros el evangelio
en toda su claridad, volvemos al estado en que antes estába
mos. Es una amenaza continua este estado de alienación
religiosa, de entenebre cimiento, de oscuridad, de puntos
negros en el conocimiento de Dios; cada vez que nos
alejamos de la claridad focal, de ese foco tan bien calibrado
de la luz evangélica, volvemos a caer en una religión
legalista, farisaica, que se afierra a las formas y que intenta
fotocopiar la autenticidad religiosa apoyándose en situaciones
y en tradiciones exteriores. Esa es muchas veces nuestra
historia concreta.
Me parece que es posible deducir de estos textos que toda
religiosidad, incluso la religiosidad cristiana, dejada a sus
propias fuerzas se ve como sometida a cierto peso, a cierta
entropía, hacia el culto de la ley o el culto de las formas, y,
por tanto —hasta cierto punto—, es capaz de ofuscar el
conocimiento del verdadero Dios, a pesar de quedarse con su
nombre, su culto, sus ceremonias. Es la realidad sobre la que,
a mi juicio, es interesante pensar dentro del clima de la
primera semana, reflexionando no sólo sobre la moralidad o
inmoralidad de ese estado, 'sino sobre la realidad del mismo.
No es culpable, pero es el estado real de dificultad que expe
rimentamos concretamente en el conocimiento de Dios. Es el
difícil camino de Abrahán.
175
reprocha Jesús la ausencia de libertad religiosa de los fariseos
por el hecho de que criticaban a los discípulos que
desgranaban unas espigas en día del sábado. Tenemos aquí
claramente enfrentados los dos conocimientos: el
conocimiento de Dios que tiene Jesús, que es un
conocimiento liberador, y el conocimiento farisaico, que cae
en el legalismo y que, en nombre de Dios, se opone al
conocimiento que tiene Jesús de Dios. Tenemos claramente el
punto de partida y el punto de llegada: la religiosidad astral
de Abrahán, la religiosidad que intenta apoyarse en las
formas, y la religiosidad de Jesús.
Mañana por la mañana meditaremos un poco más sobre
este tema, desplazándonos del nivel religioso al nivel moral,
procurando ver de qué manera cierto conocimiento no claro
de Dios se refleja también en la ambigüedad del
comportamiento. Intentaremos verlo mejor en el ejemplo de
Abrahán.
176
Segunda instrucción
177
afectos desordenados, captar la verdadera ordenación de la
vida, de donde saca una nueva luz la victoria de la fe.
Si tiene algún valor este intento de estructurar el título de
los Ejercicios, me parece que a la pregunta de dónde hay que
colocar la meditación de las dos banderas habría que
responder: se ha de colocar en cada uno de los momentos
cruciales de los Ejercicios, cuando se trata ya de sacar el fruto
de algunas meditaciones, como, por ejemplo, las
meditaciones sobre la vida de Jesús con vistas a una próxima
elección. En otras palabras, esta meditación responde, a mi
juicio, a la pregunta: ¿Cuáles son los impedimentos más
engañosos, los impedimentos de orden categorial en el ámbito
de la vida cotidiana, las “redes y cadenas” que más me
acechan? La respuesta que da es la siguiente: las insidias más
engañosas —precisamente porque no son insidias abiertas,
como en la primera semana, es decir, faltar a los
mandamientos, actuar mal de manera palpable— son: la
posesión, el orgullo, el poder, el tener más, el ser más, el
poder más. En estas asechanzas tropiezan todas las formas y
estados de vida, las diversas condiciones de personas, sin
excluir ninguna.
178
afectos desordenados, se trata de hacer una opción adecuada,
libre de constricciones y de toda función obsesiva.
Por el contrario, la meditación que hemos hecho sobre Gén
22 —a mi juicio, análoga, aunque puede ser que no se vea
una analogía— se coloca en un nivel que trasciende la
experiencia categorial de las afecciones desordenadas
concretas para llegar hasta la raíz de la victoria de la fe. Y
entonces la pregunta es ésta: ¿Cuál es el impedimento
trascendental, fundamental, básico, que impide la victoria
cristiana? En otras palabras, si tuviéramos que imaginamos
en la primera parte de la meditación de las banderas qué es lo
que Sanatás le susurra al oído a Abrahán mientras va
subiendo lentamente hacia el monte Moriah, las palabras de
Satanás serían: “No te fíes, Abrahán, coge bien lo que tienes;
tienes en las manos algo que representa la garantía de la
promesa de Dios; con esa promesa tienes atado a Dios; ¡no te
fíes!” ¿Y qué es lo que a nosotros nos puede sugerir Satanás?
En este punto, dada la dificultad que tantas veces puede
presentar la oración —me refiero a la oración prolongada,
típica de los Ejercicios—, me gustaría exponer con brevedad
dos pensamientos sobre esta forma de oración.
179
sólo se avece a resistir al adversario, más aún, a derrocarle”
(13).
Este modo de expresarse de san Ignacio, típico de su forma
de afrontar los problemas, nos hace ver cómo de suyo resulta
difícil durar en la oración sin una ayuda particular, que
fundamentalmente puede ser una ayuda externa o la ayuda
interna de la consolación. Y resulta difícil por motivos que
conocemos muy bien: la aridez, el sentimiento del desierto,
del vacío, de la materia que no me impresiona, que no me
dice nada; por consiguiente, me pongo a vagar de acá para
allá, buscando algo que me remueva, pero sin encontrarlo;
resulta difícil por la desolación, que es ausencia del sentido
de Dios, un Dios lejano, una pared entre mi espíritu y Dios; la
oración no me dice nada, no la siento, no me entran ganas de
hacerla, me inclino más bien a lo contrario; y, por
consiguiente, la tercera dificultad, que es efecto de la
segunda, pero que es mejor nombrarla por separado: la
repugnancia, el rechazo de la oración.
Me parece que estas tres dificultades se manifiestan
siempre que nos ponemos en la oración prolongada, pero no
cuando no hacemos esa oración prolongada; de aquí la
tentación continua de no hacerla, precisamente para eludir
esas dificultades; mientras que la experiencia enseña que
solamente en estas dificultades es como logramos comprender
qué es lo que significa dirigirse a Dios en un coloquio que
nos compromete de verdad, hasta el fondo de nosotros
mismos.
Esta es la victoria de la fe en la oración, que hemos de
pedir a Dios con la misma oración, ya que es sumamente
difícil, por no decir imposible, conseguirla nosotros solos, en
cuanto que supone la fe, que es únicamente don de Dios. Este
es el primer pensamiento: la oración prolongada es difícil,
tenemos que contar con estas dificultades y saber incluso que
se presentarán.
180
“Entrar” en la oración:
a) La “confessio laudis”
181
Es ya una descripción panorámica de lo que somos delante
de Dios; estamos llenos de gratitud por muchas cosas; por
tanto, fiémonos hasta el fondo, soltemos amarras.
Ahora unas palabras sobre otro punto de los Ejercicios: los
avisos ad emendcmdam et reformandam pro- priam vitam et
statum, “para enmendar y reformar la propia vida y estado”
(189), que san Ignacio pone después de la elección
propiamente dicha, que sería de suyo la elección de estado.
Dice: “Acerca de los que están constituidos en prelatura o en
matrimonio —y no tienen ya que elegir estado—, quier
abunden mucho de los bienes temporales, quier no, donde no
tienen lugar o muy pronta voluntad para hacer elección de las
cosas que caen debajo de elección mutable, aprovecha mucho,
en lugar de hacer elección, dar forma y modo de enmendar y
reformar la propia vida y estado de cada uno de ellos”.
Estas formas y modos se describen muy brevemente con
algunos ejemplos particulares. En sustancia se nos pide “no
querer ni buscar otra cosa alguna sino en todo y por todo
mayor alabanza y gloria de Dios nuestro Señor”. Es decir, una
opción prejudicial, que excluya las situaciones de malestar y
de embarazo, que son a su vez fuente de pecado. No es
necesario distinguir exactamente dónde hay culpa y dónde no
la hay; es importante y suficiente que una situación pese en
mi ánimo, que yo la viva como una especie de cerrazón
delante de Dios, que no me deje en libertad; esa antipatía, esa
situación que no me atrevo a afrontar, ese deber un tanto
pesado que voy soslayando; no será un pecado formal, pero
me disgusta, me crea cierto sentimiento de malestar, no me
siento libre delante de Dios y, por tanto, expreso delante de
Dios mi situación tal como es. Tras esto viene la segunda
indicación: la confessio fidei.
182
b) La “confessio fidei ”
183
sión y quedan iluminados bajo la luz de la misericordia de
Dios.
184
nea, más serena, más libre, y una cierta transparencia de vida
comunitaria. Se trata de algo fundamental, sin lo cual es
imposible que exista una comunidad cristiana. La comunidad
cristiana es una comunidad de personas que cada día se
perdonan mutuamente, porque saben que son frágiles y saben
que pueden contar con la comprensión de los otros sobre su
fragilidad. No es una comunidad necesariamente de gente
perfecta, sino una comunidad de personas que aprenden cada
día, ante el perdón recibido de Dios, que han de perdonar de
corazón a los otros.
Este me parece que es un elemento muy importante para la
vida comunitaria, incluso porque —a pesar de que nos
esforcemos con toda seriedad— siempre hay en nosotros
defectos invencibles, formas inconscientes de
comportamientos ligeramente desviados, de los que nunca
nos curaremos, porque son instintivos y salen a la luz antes
de que nos demos cuenta. Los demás sí que se dan cuenta en
seguida, pero nosotros demasiado tarde, y nos cuesta mucho
trabajo admitirlo. Por eso solamente una comunidad en donde
el perdón ocupa el primer lugar puede hacer que todos sus
miembros —todos nosotros— encuentren un poco de respiro,
se sientan acogidos incluso en lo que tienen de menos po
sitivo, y que acojan con buen gusto a los demás. Me parece
que existen relaciones importantes entre el espíritu
penitencial y la promoción dé una verdadera comunidad
cristiana. Que no es un idilio, que no es un lugar ideal, sino
un lugar de gente realista, que se perdona mutuamente las
propias deficiencias, las propias debilidades, y que, por
consiguiente, ayuda mutuamente a todos sus miembros a
crecer juntos en la fe y en la esperanza.
185
Tercera instrucción
187
puesto de aquél. Era una muchedumbre inmensa la que él
presidía. Pero —continúa el mismo Qohelet— los que
vendrán después no estarán contentos con él” (vv. 15-16). Es
ésta una manera de juzgar las cosas humanas; parece como si
hubiera ocurrido quién sabe qué portento, pero sabemos
adonde irá a parar todo aquello.
188
truir y hacer surgir cierto equilibrio, incluso en los pasajes de
amargura, que son los más bellos, los más sabrosos, los más
floridos, los que más se recuerdan y dejan mayor impresión.
A mí este libro me gusta mucho; es uno de los libros que más
me atraen; se lee con mucho gusto, se vuelve a leer, se
saborea incluso como dicción, como música y poesía.
Pero externamente el libro tiene un significado más
amplio, ya que, escrito al terminar el Antiguo Testamento,
representa la pobreza del espíritu humano, incluso del mejor
de esos espíritus, frente al poder misericordioso de Dios que
cambia todas las cosas. Es como la más alta preparación
negativa para el mensaje evangélico. El hombre puede hacer
muy poco, tendrá siempre muy poco que esperar de sí mismo;
pero ahí está el evangelio que crea, que lo hace todo nuevo,
que lo transfigura todo. En este contexto bíblico, el Qohelet
es como el cansancio del sabio, que deja todos los libros
escritos, en gran parte libros sagrados —y no sé si aquí habrá
también una especie de crítica a esa multiplicidad de rollos—
y dice: son útiles, pero... hasta que empiece a resonar la
palabra de Dios: Juan Bautista, Jesús, que anuncia el reino ya
próximo de Dios. Aquí es donde tenemos el verdadero
“anticlímax” del libro, que parece en cierto sentido el que
está más cerca de la manifestación de la revelación del poder
de Dios y de la novedad de vida en el Señor.
189
mismo y de los demás porque en el fondo está seguro de tener
cierto equilibrio; al contrario, el pesimismo de Jesús es mucho
más amargo: “¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta
cuándo estaré con vosotros, hasta cuándo os soportaré?”
Por eso mismo, si tomamos las expresiones de Jesús —por
no hablar de las del Bautista: “Raza de víboras, ¿quién os ha
enseñado a escapar de la ira que va a venir?”—, por ejemplo,
las palabras tan amargas de Jn 6,26: “No me buscáis porque
visteis milagros, sino porque comisteis de los panes hasta
hartaros”, vemos que el pesimismo de Jesús es mucho más
radical, más profundo, más riguroso que el del Qohelet; éste,
en definitiva, se sostiene en su pesimismo, mientras que Jesús
pierde todo su equilibrio, ya que precisamente está llamado a
sufrir en su cuerpo todas las consecuencias de este pesimismo
sobre el hombre, es decir, a experimentar del hombre no
solamente —como el Qohelet— la necedad, el infantilismo, el
conformismo, la incapacidad para producir proyectos
grandiosos, sino incluso la malicia, la mezquindad, la
crueldad. El pesimismo de Jesús en su grito desde la cruz:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt
27,46), supera mil veces el pesimismo del Qohelet. Es una
condenación casi drástica del hombre, de la situación humana
abandonada de Dios, que no se habría atrevido a hacer nunca
el Qohelet.
¿Y por qué no se habría atrevido a ello el Qohelet? ¿Cómo
es que el Qohelet se mantiene en esa crítica suya tan elegante
y tan sutil de sí mismo y de los demás que no acaba de
alterarlo? Porque, evidentemente, la esperanza del Qohelet
era una esperanza pequeña, y por tanto también su crítica era
una crítica pequeña: a una pequeña esperanza corresponde
una pequeña crítica. La gran crítica es la que da miedo y la
que desequilibra, porque no tiene una esperanza que le
corresponda y se cierra entonces totalmente a la esperanza. A
todos nosotros nos gusta reír, hacer un poco de humo
190
rismo sobre nosotros mismos, hasta donde sabemos que
podemos mantenernos dentro de cierto equilibrio. Pero en
contra del humorismo crítico, en contra de la contestación,
que corre el riesgo de comprometer este equilibrio, que nos
asusta, que nos da miedo, entonces la censura salta
inmediatamente, con toda rapidez.
191
se hacen contra mí o contra nuestro grupo —críticas,
decimos, en la línea del Qohelet, es decir, un poco de
pesimismo, sin demasiada confianza de que puedan cambiar
las cosas— en las que se juega un poco con el humorismo,
entre lo serio y lo ridículo; entonces es posible mantener
cierto recato. Pero cuando se supera esa medida y me veo
convertido en objeto de críticas violentas, inmediatamente
salta en mi interior un grito: ¡Basta! O bien acuden en
seguida a mi espíritu argumentos contrarios: no, no es eso,
usted está mal informado. Es decir, me pongo a cerrarla boca
del que me está hablando.
Pero creo que a medida que vamos creciendo en la
esperanza, vamos siendo más capaces de escuchar un cierto
tipo de crítica o de ponernos a nosotros mismos en cuestión,
no para cambiar de la cabeza a los pies, ya que esto es
imposible y no se hace, sino porque una medida más grande
de esperanza nos permite juzgarnos con un realismo superior
a ese pesimismo que viene del hombre, de las situaciones, de
las cosas. El gozo evangélico no es un problema de alegría,
de serenidad; es la capacidad de pasar por todos los grados de
la muerte con Cristo, por todos los grados del sufrimiento
humano con la esperanza que Cristo, habiendo bajado hasta el
último de esos grados, lleva consigo en su propia persona,
aunque en algunos momentos nos dé la impresión de que no
la lleva, y allí es donde tocamos lo que es el misterio de su
pasión.
Resumiendo: a una pequeña esperanza corresponde una
capacidad de aceptar pequeñas críticas; a una gran esperanza
corresponde la capacidad de aceptar grandes críticas, de saber
valorarlas con libertad, con gozo, de no defenderse
inmediatamente, de no reaccionar con contraataques
rapidísimos, que demuestran precisamente cómo esas críticas
—no necesariamente verdaderas, porque pueden ser falsas—
me han tocado en lo más vivo de mis seguridades de
sobrevivir, que no van acompañadas de una esperanza
suficiente para equili
192
brarlas. Es una reflexión que os ofrezco para ayudaros a
profundizar en lo que estamos meditando: los efectos del
kerigma, el gozo del evangelio.
Me gustaría, además, añadir una breve instrucción, que
quizá os sorprenda, sobre otro tema más sencillo, más
modesto, más familiar, pero que creo que tiene cierta
importancia.
El rosario
193
Como la oración “de Jesús
194
pado en esta oración. Se trata realmente de una fórmula muy
rica, quizá demasiado rica, y quizá por ello no tenga esa
influencia, esa capacidad interiorizante, que tiene la otra
oración oriental más sencilla.
195
de robustecerlo, lo mismo que hace también la oración
oriental “de Jesús”. He aquí una breve indicación sobre una
oración que puede ayudamos a penetrar, en unión con María,
en los misterios de la vida del Señor.
196
Cuarta instrucción
Discernimiento de espíritus
El discernimiento de espíritus
197
sión”. Son tres cosas que, a mi juicio, habría que considerar
juntamente. Respecto al segundo tema subrayo que se trata de
reglas para sentir en la Iglesia, no con la Iglesia, como
muchas veces se dice. No son reglas para sentir con la Iglesia
o con la Jerarquía, sino reglas para sentir en verdad, para
tener una sensación justa y profunda, el sentido exacto de las
cosas en la Iglesia.
De este discernimiento sólo tocaré algún punto que yo
mismo llevo más en el alma y que quizá brota en mí
polémicamente, ya que se habla mucho de él, subrayando en
cada ocasión alguno de sus aspectos. Quizá sea un poco
minimalista en lo que voy a decir.
¿Qué es el discernimiento? El discernimiento no es la
decisión. A menudo se dice: he hecho un discernimiento, para
decir: he decidido. Es una equivocación; el discernimiento es
algo muy distinto, que de suyo no entra en la decisión: se
puede hacer un discernimiento sin tomar ninguna decisión.
Son dos cosas que hay que separar por completo y que sólo
en un segundo momento puede verse cómo se interfieren
entre sí. Cuando se dice: “He hecho un discernimiento”,
intentando decir: “He decidido, porque me ha parecido así”,
se hace una caricatura del discernimiento.
La definición que os voy a dar es un poco larga y
complicada, pero quizá exprese adecuadamente lo que quiero
decir: “El discernimiento es un juicio prudencial sobre
nuestra afectividad religiosa, en cuanto instrumento y lugar
de meditación corpórea de la gracia invisible”. Es una
definición un tanto polémica, que quizá no dice todo lo que
tendría que decir, y por eso la explicaré a continuación.
198
opción, no es una decisión. En efecto, san Ignacio dice:
“Regulae ad sentiendum et ad cognoscendum aliquo modo ”
(313), reglas para conocer y para sensibilizarse de alguna
manera (obsérvese la delicadeza de san Ignacio) y para que
sensibilizados de esa forma podamos hacer ciertas
valoraciones.
El discernimiento es precisamente un cierto conocimiento
valorativo, hecho con vistas a la acción, aunque la acción sea
inmediata; es decir, como indica san Ignacio, se trata de la
acción de “conocer las varias mociones que en el ánima se
causan: las buenas para recibir y las malas para lanzar”. Por
consiguiente, se queda en el nivel que he llamado de la
“afectividad religiosa”, sobre la que el discernimiento intenta
dar de algún modo un “juicio prudencial”, es decir, un juicio
basado en una cierta reflexión y experiencia no infalibles. Es
una cierta manera de intentar comprender esta afectividad con
un deseo sincero, pero con cierta aproximación. He hablado
de “juicio prudencial” sobre nuestra “afectividad religiosa”.
El terreno donde actúa el discernimiento quizá se determine
aquí de una manera un tanto restringida; pero tomamos la
palabra “afectividad religiosa” en sentido muy amplio, o sea
eso que san- Ignacio llama los movimientos, las mociones que
se causan en el alma en nuestras relaciones con Dios.
199
corpóreas, integradas en la persona viva y concreta, que
parten del misterio invisible, intocable, accesible sólo a las
miradas de Dios, que habla en la intimidad del hombre de la
fe, de la esperanza y de la caridad. No toca de suyo
directamente a la interioridad de la fe, sino a su expresión en
los movimientos afectivos, que pueden ser muy ricos: deseos,
afectos, impulsos, sentimientos, emociones, todo lo que
pertenece al campo de la interioridad cognoscitiva, afectiva,
integrada en la persona viva.
Todos estos movimientos, vinculados siempre en ciertos
aspectos a la corporeidad, pueden tener, evidentemente, un
signo positivo, y entonces son portadores de alegría, de paz,
de consuelo, de entusiasmo, de aliento, de anhelo de obrar, de
darse a todos, de comprometerse, de llegar hasta el martirio,
etc.; o tener, por el contrario, un signo negativo: repulsa,
disgusto, rabia, resentimiento, sentimiento de distancia de
todo lo que de alguna manera recuerda o representa el mundo
divino, etc.; es decir, toda la gama de resonancias afectivas,
entendiendo esta palabra en sentido amplio, tanto
cognoscitivo como volitivo, tanto de signo positivo como de
signo negativo.
200
invisible”, el don de la fe, la presencia del Espíritu que actúa
y que mueve, recibido a través de toda esta ebullición o falta
de ebullición, en sentido positivo o negativo, en la vida
corpórea del hombre concreto.
Pero aquí surge un problema muy delicado que podría
hacer de este discernimiento de espíritus un instrumento
peligroso o difícil de manejar: todos esos movimientos
interiores de nuestro espíritu que he descrito —impulsos,
sentimientos, emociones, o bien miedos, disgustos, repulsas,
etc.— no solamente están sometidos al factor íntimo de la fe
que necesita tomar cuerpo, sino, además, a otros muchos y
diversos factores que proceden más bien de fuera, aunque en
gran parte tengan asiento en nuestro interior, y que llamamos
los humores, la salud, la digestión, el tiempo, las circunstan
cias que nos perturban, todo lo que de alguna manera
representa una vicisitud que intenta insertarse en nuestro
psiquismo y determinarlo de algún modo. Y es entonces
cuando se presenta la dificultad de discernir de verdad cuál
es el movimiento interior que la fe nos permite reconducir a
la acción de Dios que nos transforma y cuál es meramente
una expresión de nuestra vitalidad: hay aire puro, se respira
bien, y entonces estamos contentos, empezamos a rezar con
gusto, todo es hermoso, porque se palpa esa vitalidad
exterior.
Es verdad que en una visión providencial de las cosas todo
esto se puede llamar también don de Dios y puede, por
consiguiente, entrar en sentido amplio dentro del
discernimiento; pero se resiente demasiado de los factores
humorales o exteriores y no es el mundo de la afectividad
religiosa que, como tal, surge más bien de la intimidad de la
persona. Y esto vale de manera especial para los humores
negativos. Podemos estar de muy mal humor, pero estar bajo
la influencia profunda de la gracia, si ese humor tan malo se
debe a circunstancias externas, como cuando tenemos dolor
de cabeza
o nos encontramos en situaciones difíciles que hacen que la
base psíquica no esté en disposición de recibir
201
bien las influencias de la gracia; sin embargo, la persona vive
muy profundamente esta realidad.
De este intento de definición se deduce una primera
conclusión. En el discernimiento se necesita —como da a
entender san Ignacio en el inciso “de algún modo”— mucha
sobriedad. Cuando uno dice: Dios quiere esto de mí, o el
Señor me hace comprender que..., digo en mi interior:
“¿Cómo lo sabe? Menos mal que él lo comprende así; a mí no
me resulta tan fácil entender estas cosas”. Pero cuando esas
frases están vinculadas a ciertos deseos, a ciertas ansias, a
ciertos entusiasmos, mi primera reacción es de desconfianza;
es decir, no podemos llegar tan pronto a esas frases; está muy
bien que lleguemos, y seguramente llegaremos a ellas, pero
no pueden ser, desde luego, una primera conclusión de
masiado rápida.
202
través de qué discernimiento tuvo que pasar Abrahán para
conocer que no tenia que llevar a cabo el holocausto de su
hijo? Un discernimiento no de gozo, ni de paz, ni de
tranquilidad, sino más bien de tremenda ansiedad, de choque
violentísimo. Por consiguiente, la regla vale, pero vale en su
finalidad escatológica abierta al reino de Dios; y de este
modo se la puede aplicar en las demás circunstancias, pero
con la debida prudencia y la necesaria atención.
A este primer principio teológico: Dios quiere llevarlo
todo a la salvación, al shalom, a la plenitud del gozo, de la
paz, de los bienes mesiánicos, para poder apreciarlo hasta el
fondo, yo le añadiría un segundo principio: Dios actúa en la
intimidad de mí mismo, intimior intimo meo, y actúa de
manera invisible, imperceptible, pero realísima; porque lo
mismo que recrea mi persona con su acción constante,
también me recrea como hijo con una acción constante
similar, perenne, que es la raíz de todo lo que en mí se lleva a
cabo en el terreno de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Esta acción de Dios está en la base de todo lo que podemos
decir de nosotros mismos en la vida cristiana. A partir de esta
acción del Padre, que me da su Hijo, y del Hijo que me da su
Espíritu, y del Espíritu Santo que forma en mí al hijo y me
pone en manos del Padre; a partir de esta acción, que va
formando mi personalidad cristiana más íntima y de la que se
deriva todo lo demás que yo soy y lo que puedo pensar o
decir o hacer; a partir de esta acción invisible, intocable,
inve- rificable, objeto solamente de la fe y don recibido en la
fe, se deriva un dinamismo interior, el dinamismo misterioso
de la fe que irradia en la persona entera. En un momento
determinado es posible captar estas irradiaciones; y aquí es
donde me parece que es donde actúa el discernimiento de
espíritus: al captar las irradiaciones de la fe, no ya la fe en sí
misma, sino las irradiaciones de esa fe.
A estos elementos es preciso reducir todas las reglas
ignacianas del discernimiento de espíritus sobre la con
solación y la desolación; es decir, se trata de aplicaciones
varias, de consejos prácticos muy importantes, de
indicaciones psicológicas más concretas de estos dos
principios fundamentales.
Pero estos elementos no bastan. Hay un tercer elemento sin
el cual los dos primeros no están aún debidamente calibrados
y pueden conducir precisamente a esos discernimientos
“salvajes” de los que se imagina uno que pueden salir qué sé
yo cuántas cosas, pero que al final no sale nada realmente
importante. El tercer elemento es el siguiente: Dios no
solamente actúa inti- mior intimo meo en la creación de mí
mismo como sujeto de fe, de esperanza y de caridad, sino que
construye todo un mundo nuevo en Jesucristo. Y yo acojo en
la fe como don, como promesa, el compromiso de Dios de la
nueva alianza de construir este mundo nuevo. Y esta
construcción de un mundo nuevo en Jesucristo debe ser tenida
también en cuenta en el momento de discernir.
204
Quinta instrucción
205
la unidad de comunión sobre estos grandes valores finales.
206
medida y los criterios con que hay que hacer esas cosas y
resolver esas cuestiones. Eso que llamamos malentendidos,
divergencias comunitarias, diversidad de perspectivas, con
las tensiones que todo ello puede producir, son por así decirlo
el pan cotidiano de la vida en común y hay que aceptarlo; no
hemos de pensar que la comunidad ha de hacerse eliminando
esas tensiones, porque entonces no se haría jamás. Es el
perdón repetidamente esperado y ofrecido de todos los
errores, de todos los malentendidos, de todas las
incoherencias; es el diálogo humilde y abierto sobre las
diferencias en el modo de actuar lo que hace la comunidad;
las mismas crisis comunitarias tienen que contribuir a crear
esta comunidad. No debemos confundir los dos órdenes; el
hecho de que estemos de acuerdo en el orden superior, que es
ciertamente muy hermoso, no elimina los conflictos, no
impide que de alguna manera nos pisemos los pies. Es
imposible vivir juntos sin que a veces sucedan esas cosas.
Hay que aceptarlas; es uno de los aspectos de la vida en
común.
207
modo velada; pero ésta existe en concreto y en un de
terminado momento tiene que salir fuera, y sería extraño que
no sucediera esto. Alguno se escandalizará: ¿Pero cómo? Esas
comunidades que hablan tanto de amor, de hermandad,
¡resulta que están divididas sobre puntos de prestigio, de
dirección de este o aquel grupo, de quiénes tienen derecho,
etc.!
Son cosas que pasan. Y solamente la confusión de los dos
órdenes es lo que motiva el escándalo. Y hemos de decir que
precisamente por esto el decreto 11 insiste tanto en los dos
órdenes, es decir, el orden de las verdades trascendentes y el
orden de la praxis, para que se influyan y se beneficien
mutuamente. Está claro que el orden de los Ejercicios, como
hemos visto, con la concentración en la promesa y en la fe, da
inspiración, gozo y paz incluso en el orden de la vida diaria y
tiende, por consiguiente, a reconducir los conflictos al campo
de la razón, del diálogo, de la sensatez, de la humildad, de la
aceptación, de la concreción, cosas que quizá no sería posible
adquirir de otra manera. Por su parte, el orden pragmático de
las cosas cotidianas le quita al orden de los Ejercicios el
peligro de quedarse en simples palabras, en palabras
proclamadas, pero no realmente encarnadas, en luz que no
calienta, en moneda que no circula. Por tanto, es necesario el
shock de la vida diaria, con sus limitaciones, con sus
aparentes mezquindades, con su vulgaridad, para que la
palabra contemplada sea realmente vivida en la carne; no hay
otra forma de vivirla más que en cotidianidad. Por eso
concluiría de este modo:
1. No hemos de hacernos ninguna ilusión, ya que la vida
diaria es difícil y lo será siempre; es una máquina inexorable
que va machacando muchas ideas bonitas, muchos buenos
propósitos.
2. Sin embargo, sería una equivocación no tener
esperanza, ya que la fe vence al mundo y la semilla de la
palabra da fruto precisamente cuando ha sido ma
208
chacada y triturada. Precisamente esta trituración que la
semilla de la palabra recibe en la vida de cada día, con las
pequeñas experiencias de las dificultades, de las in
comprensiones, de las cosas que no van, de los problemas sin
resolver, de las frustraciones, y que nos dejan un poco
angustiados, precisamente todo esto me parece que es lo que
encarna la semilla de la palabra en la realidad de cada día y
nos permite sentir la fuerza, el poder de esta palabra. Así
pues, pidamos unos por otros para que podamos vivir de
veras en la vida diaria la fuerza de la palabra de Dios.
209
INDICE
PRIMERA PARTE
MEDITACIONES
Págs.
1. Introducción............................................................ 7
El título de los Ejercicios espirituales................. 8
Tres niveles de la experiencia de los Ejercicios . 10
La vigésima anotación......................................... 11
“Abrahán, nuestro padre en la fe”....................... 12
Pero, sobre todo, escuchar la palabra de
Dios....................................................................... 13
2. ¿Quién era Abrahán?............................................. 17
1. Abrahán, nuestro padre en la fe...................... 18
Abrahán, un prototipo para nosotros... 18 Abrahán,
padre de todos los que buscan
a Dios............................................................ 19
Abrahán, padre que nos enseña el camino .. 19
Padre también en la peregrinación de la fe.. 20
2. Las fuentes: iqué sabemos de Abrahán?. 22 ¿Qué
nos dice de Abrahán el Antiguo
Testamento?................................................. 23
¿Qué nos dice de él el Nuevo Testamento? 24
Las fuentes judías e islámicas..................... 25
213
Págs.
214
Págs.
215
6. Estados de oración de Abrahán: ora
ción, lucha, teología.................................... 9"
Abrahán, hombre de pocas palabras........... 9;
Oración de Jesús, oración de Abrahán .... 9É
1. La oración de escucha .............................
100
2. La oración de lamentación...................... 10C
Está provocada por el desnivel entre la
promesa y los hechos................................ 102
Oración que podría parecer una blasfemia.... 10¿
3. La oración de intercesión.................................... 10*
El episodio de Lot y los suyos en
Sodoma...................................................... 106
El argumento “jurídico” de Abrahán.... 107
Y luego, el trato........................................... IOS
El significado de este episodio para
nosotros..................................................... 109
Una pecaminosidad colectiva........................
........................................................................110
Un Dios que quiere salvar perdonando
a todos....................................................... 112
Abrahán se anima cada vez más.................... 112
Un tipo de oración que también se
encuentra en el Nuevo Testamento.... 114
7. La prueba de Abrahán y nuestras
pruebas........................................................... 1
1. La prueba de Abrahán: análisis del texto. 119
Los cuatro elementos del texto ..................... 12C
2. Las interpretaciones del texto............................ 122
Interpretaciones sarcásticas.......................... 12*
¿Qué dice la Escritura? ................................. 12í
El hombre frente al caso límite..................... 12S
Nuestras pruebas............................................ 13C
La prueba que sacude nuestra fe................... 131
3. Reflexiones finales................................................ 132
216
Págs.
217
Págs.
SEGUNDA PARTE
INSTRUCCIONES
218
Págs.
219