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Fragmentos

El documento explora la lucha interna de un individuo que enfrenta traumas familiares y personales, simbolizados por una 'zanahoria invisible' que representa expectativas no cumplidas. A través de imágenes vívidas y metáforas, se describe su angustia y la sensación de estar atrapado entre su pasado y su presente, mientras observa la vida a su alrededor. La narrativa refleja la desesperanza y la búsqueda de conexión en medio de la soledad y el sufrimiento.

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Fragmentos

El documento explora la lucha interna de un individuo que enfrenta traumas familiares y personales, simbolizados por una 'zanahoria invisible' que representa expectativas no cumplidas. A través de imágenes vívidas y metáforas, se describe su angustia y la sensación de estar atrapado entre su pasado y su presente, mientras observa la vida a su alrededor. La narrativa refleja la desesperanza y la búsqueda de conexión en medio de la soledad y el sufrimiento.

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Mi amigo espera meses bajo una nube oscura, esperando que sus

padres lo confronten. Y nunca lo hacen. Nunca. Incluso ahora,


que ha crecido, esa zanahoria invisible cuelga sobre cada cena de
Navidad, cada fiesta de cumpleaños. Cada búsqueda de huevos
de Pascua con sus hijos, los nietos de sus padres, esa zanahoria
fantasma se cierne sobre ellos. Ese algo demasiado espantoso
para ser nombrado.

Es cera, así que se imagina que se derretirá adentro y la meará.


Ahora le duele la espalda. Los riñones. No puede pararse
derecho.

A lo que me metió en problemas a mí lo llamo “Bucear por


perlas”. Esto significaba masturbarse bajo el agua, sentado en el
fondo de la profunda piscina de mis padres. Respiraba hondo,
con una patada me iba al fondo y me deshacía de mis shorts. Me
quedaba sentado en el fondo dos, tres, cuatro minutos.

Ese solía ser mi mayor miedo en el mundo: que mi hermana


adolescente virgen pensara que estaba engordando y diera a luz a
un bebé de dos cabezas retardado. Las dos cabezas me mirarían a
mí. A mí, el padre y el tío. Pero al final, lo que te preocupa
nunca es lo que te atrapa.
Y después dejo que suceda. Los grandes globos blancos se
sueltan. Las perlas. Entonces necesito aire. Pero cuando intento
dar una patada para elevarme, no puedo.

Con el pie pateo el fondo. Me estoy liberando pero al no tocar


el concreto tampoco llego al aire. Todavía pateando bajo el
agua, revoleando los brazos, estoy a medio camino de la
superficie pero no llego más arriba. Los latidos en mi cabeza
son fuertes y rápidos.

Esa es la única forma en que tiene sentido. Algún horrible


monstruo marino, una serpiente del mar, algo que nunca vio la
luz del día, se ha estado escondido en el oscuro fondo del
desagüe de la pileta, y quiere comerme.

Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían


entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del
patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo
de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las
piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el
pantalón.
No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse.
Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no
darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta
inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o
cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían
entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de
frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero
no se pudo obtener nada más.

Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que
le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de
redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó
afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es
patrimonio específico de los corazones inferiores.

Siempre, cuando pasaban delante de los puestos, le preguntaba


a ella si quería algo. Era desprendido con el dinero, lo llevaba
arrugado en los bolsillos, como si fuera facturas viejas, ni siquiera
alisaba los billetes cuando los daba.
La puerta necesitaba aceite; los goznes chirriaron cuando se abrió.
Las paredes del departamento no tenían adornos y estaban
amarillentas, los alféizares estaban polvorientos. En la pileta de la
cocina había una taza sucia. Un gato persa blanco saltó de un sofá
en la sala de estar. Estaba abandonado, como un lugar donde ya
no viviera nadie; olor a humedad, ningún signo de teléfono,
ninguna foto, adornos, árbol de Navidad.

—Ya sé lo que necesitas —le dijo él—. Necesitas que te cuiden.


No hay una sola mujer en el mundo que no necesite que la
cuiden.

—Eres un amante generoso —le dijo ella más tarde, pasándole un


cigarrillo—. Eres muy generoso y punto. El gato se trepó a la
cama y la sobresaltó. Había algo escalofriante en ese gato.

Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las


mínimas distracciones.

Amigos y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le


repetían que lo hallaban muy bien. Dahlmann los oía con una
especie de débil estupor y le maravillaba que no supieran que
estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos.
A la realidad le gustan las simetrías y los leves
anacronismos.

La primera frescura del otoño, después de la opresión del


verano, era como un símbolo natural de su destino rescatado
de la muerte y la fiebre. La ciudad, a las siete de la mañana,
no había perdido ese aire de casa vieja que le infunde la
noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como
patios.

Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a


pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato
que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad
desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza
de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había
sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro
pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como
separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo,
en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la
eternidad del instante.

Mañana me despertaré en la estancia, pensaba, y era como si


a un tiempo fuera dos hombres: el que avanzaba por el día
otoñal y por la geografía de la patria, y el otro, encarcelado
en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres.

Vio casas de ladrillo sin revocar, esquinadas y largas,


infinitamente mirando pasar los trenes; vio jinetes en los
terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda; vio largas
nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas
eran casuales, como sueños de la llanura. También creyó
reconocer árboles y sembrados que no hubiera podido
nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era
harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.

Ya el blanco sol intolerable de las doce del día era el sol


amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo.

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