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Pagès Larraya

Antonio Pogés Larraya reflexiona sobre la búsqueda de la identidad en la literatura argentina, destacando su evolución y la influencia de la historia y la cultura en su desarrollo. A través de ejemplos literarios, el autor subraya la importancia de la improvisación y la expresión individual en la creación literaria, así como la conexión entre la tierra y la identidad. El discurso se sitúa en un contexto crítico que evita dogmatismos y busca entender la literatura argentina como un fenómeno dinámico y en constante transformación.

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Pagès Larraya

Antonio Pogés Larraya reflexiona sobre la búsqueda de la identidad en la literatura argentina, destacando su evolución y la influencia de la historia y la cultura en su desarrollo. A través de ejemplos literarios, el autor subraya la importancia de la improvisación y la expresión individual en la creación literaria, así como la conexión entre la tierra y la identidad. El discurso se sitúa en un contexto crítico que evita dogmatismos y busca entender la literatura argentina como un fenómeno dinámico y en constante transformación.

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LA BUSCA DE LA IDENTIDAD EN LAS LETRAS

ARGENTINAS: NEXOS Y FOLIACIONES

Antonio Pogés Larraya

Al comenzar a hablar hoy ante ustedes -estudiosos,


enamorados y rabdomantes de la literatura argentina-, siento
que la misma emoción del encuentro me libera de la ritual
expectativa que es parte del oficio. A la vez se ensancha
mi agradecimiento a la Facultad de Filosofía y Letras que
me señaló para inaugurar este IV Congreso Nacional de Litera­
tura Argentina, cuya realización es un signo mas de la vitali­
dad cultural de la Universidad de Cuyo.
Antes de ofrecer testimonio de algunas reflexiones,
de algunas dudas, de algunas imágenes -que yo mismo cuestio­
no*sobre nuestra identidad literaria, ruego a ustedes acepten
unas palabras confidenciales.
Mientras se acercaba la fecha de nuestro encuentro,
surgían palpables en mi memoria dos visitas anteriores a
esta Universidad. La primera y más lejana coincide con
su inauguración en el año 1939. El rector Edmundo Correas
invitó a Ricardo Rojas para pronunciar la lección inaugural
de la nueva casa de estudios. Don Ricardo viajó con su esposa,
Julieta Quinteros. Yo los acompañó. Nunca se me ha borrado
lo esencial de aquel acto. Rojas habló con su pasmosa elocuen­
cia sobre "La idea de Universidad1* y creo que el hálito argenti-
nista y universal de su mensaje persiste en esta casa de
42 ANTONIO PAGES LARRAYA

estudios. La segunda visita fue hace exactamente quince


años -en 1972-, al cumplirse el centenario de £/ gaucho
Martín Fierro. Diserté a lo largo de seis días, por las tardes,
en la Biblioteca San Martín. Entre las sextinas de Hernández
se escuchaba el rumor musical de los carolinos de la Alameda.
Al fondo del salón, de pie, concentrado, con esa sonrisa
de inefable bondad que nunca, ni aun en el mayor dolor,
se borro de su rostro, estaba uno de mis más grandes amigos,
un escritor de genial creatividad: Antonio Di Benedetto.
Tomaba apuntes de vez en cuando. Yo esperaba no sin cierta
ansiedad sus crónicas en el diario. Eran brillantes, agudas
elipsis que salvaban el desorden y el tono menor de mis confe­
rencias. Siento que no transgredo las formalidades académicas
con estas remembranzas que de alguna manera infunden
a mis palabras el aliento de un maestro eminente y de un
amigo dilecto desde su niñez hasta su increíble muerte.
Este discurso es pues el testimonio de un escritor
mendocino que como tal siente la alegría de hablar en su
propia tierra y de admirar la energía y la paciencia afectuosa
que han puesto sus organizadores para realizar un Congreso
como el que ahora comienza y que da cuenta de las fuerzas
espirituales de la Universidad cuyana, de su intenso y veraz
reconocimiento de la diversidad y el riesgo que se conjugan
en el discurso crítico.
No escucharán ustedes una tesis cerrada. Mi indagación
estuvo y sigue estando puesta a prueba. Se trata de una
tarea de raíces joyceanas, "a work in progress”. Podría haber
encubierto su carácter contrapuntístico con la legalidad
-tantas veces abstrusa- de algunas de las jergas en que se
ampara el metadiscurso sobre la escritura. También he rehuido
la aspiración pretenciosa a una ontología textual.
Sin una selección arbitraria en el "corpus" de la litera­
tura argentina, he procurado que ciertas articulaciones profun­
das se manifiesten en esa búsqueda de la identidad literaria
como expresión de la identidad nacionaL El saldo de la expe­
riencia ha sido para mí enriquecedor y problemático: he
podido medir la abrumadora distancia entre mis reflexiones
y el propósito final que me fijé. De todas maneras nunca
cedí a la tentación de manipular lo exterior del discurso.
La identidad de nuestra literatura se borra si la metáfora
Letra» aroentiñas: nexos y filiaciones. 43

es reemplazada por la linealidad, si el sistema acumulativo


de las historias literarias logra interponerse y ocultar la
última y profunda desnudez de la escritura*
Paradojalmente en la nerviosa estructuración de
este collage empieza a manifestarse uno de los rasgos de
nuestra identidad literaria: la improvisación, el apresuramien­
to, lo que (según recordará el memorioso Adolfo Ruiz Díaz)
Carmelo Bonet, nuestro profesor de Introducción a la Literatu­
ra, llamaba l a plaga del repentismo"* De todas maneras,
quede, más como consuelo que como Justificación, el hecho
de que tantas obras argentinas -citemos al azar E l matadero.
La bolsa. La gran aldea; los poemas de Almafuerte, Las
enemigos del alma- resultan de escrituras exasperadas, anti­
clásicas, liberadas de modelos rígidos*
Considero expresión de una desmesura babélica intentar
una mirada totalizante a nuestra literatura* El afán de superar
la diacronía nos obliga a deslizamos por una frágil comise,
siempre amenazados por el caos* El sustento esencial de
mi discurso es que la literatura argentina posee una individua­
lidad irreductible, que precisa cualificarse» La búsqueda
es arriesgada y su posible rigor more arithmetico no pasa
de una inocente utopía*
Usualmente se emplea la palabra identidad como
sinónimo de originalidad; en nuestro caso ampliamos ese
límite semántico* A principios del siglo XIX, Friedrich Sche-
Uing presentó el sistema ontológico de la identidad en dos
obras: Exposición de m i sistema (1801) y Bruno o sobre el
principio natural y divino dé los cosos (1803)* El pensamiento
estético de Schelling se expandió universalmente; aun hoy
se reconoce que muchas de sus ideas no son anticuadas.
Theodor W* Adorno sostiene en su Dialéctica negativa (Madrid,
Taurus, 1975, p* 81) que "toda filosofía concreta se ha basado
desde Schelling en la tesis de la identidad". El mismo Adorno
declara que el concepto de identidad ha caído en una "tierra
de nadie". Y de allí procura rescatarlo con una crítica estimu­
lante y enriquecedora. En el caso de nuestro objeto (la litera­
tura argentina) no se trata de ofrecer una mediación rígida,
sino de situar al lector en esa actitud de asombro que la
misma escritura provoca.
La búsqueda de los signo; originales, cuya falibilidad
44 ANTONIO PASES LARRAYA

parcial es honesto prever, suscita un movimiento dominado


por la inmediatez, un intento por llegar a la parte vivente
del discurso^ a lo que Hegel llamaba su "sustancia silenciosa­
mente vigorosa" (Fenomenología del espíritu , México, Fondo
de Cultura Económica, 1981, p. 419)*
Parece innecesario, pero lo diré: la identidad no es
un museo de máscaras poéticas. Surge de creaciones vivas
que expresan las condiciones histórico-sociales y personales
que las engendraron. Rojas solía retener y citar con frecuencia
esa mención de Hegel a los "bellos genios nacionales cuya
morada es la lengua y cuyas creaciones, junto con la naturale­
za, alientan el espíritu del pueblo a una empresa común"
(Hegel, ob. cit., p. 421).
No existe ninguna escritura fija. Los textos se rehacen,
se ocultan; burlan a sus distintos receptores; bordean a veces
lo agónico. En cada lectura deberemos superar fronteras
ya trazadas. Por obstinado que sea el'Vínculo de una obra
con el momento de su producción fatalmente el tiempo la
desampara y la arriesga a un acto creativo implícito en
la esencia misma del discurso literario.
El César pregunta: "¿Y tu Eneida, mi Virgilio?". Her-
mann Broch precede la respuesta del poeta con estas reflexio­
nes: "Una vez más se anunciaba el tiempo y enfrentaba miste­
riosamente el entonces y el ahora, misterioso en su acción,
misterioso en su causalidad, fatal, en ambas" (La muerte
de Virgilio, Alianza Tres, p. 348). Debo confesar que este
clima situó mi discurso. Se inscribe en un camino hacia la
identidad totalmente opuesto a teorizaciones dogmáticas.
Nada más lejos de mi intención, aunque parezca meto­
dológicamente más productivo, que adoptar una decodificación
según lo que Jauss denomina "modelo del mundo" {Welt Mo -
dellh Ella nos colocaría fuera de los textos, lo que paradojal-
mente equivale a estar fuera de la historia. Y lo que identifica
a nuestra literatura, desde la elegía de Luis. de Miranda
a El matadero o desde Facundo a Los siete locos, es el entrela­
zamiento (desde los niveles más profundos de la expresión).
Para entender lo inesperado, para no disipar sus enigmas
ni desvanecerlos en la alteridad, es forzoso no ceder a lo
que Paul Zumthor llama "la tentación de lo universal" (Parler
du Mayen Age, París, ed. de Minuit, 1980, p. 79). Nuestro
Letras argentinas: nexos y filiaciones. 45

discurso procura conseguir su propia identidad, no clausurarse


en fórmulas retóricas que inevitablemente enmudecen ese
diálogo que funda la originalidad textual. Me siento apoyado
en una afirmación sutilmente fundamentada por el eximio
medievalista: "Un modele prétendant a l'universalité sera
tautologique ou absurde" (ob. cit.) .

En el principio fue ia eiegía

Con este título remarca Bernardo Canal Feijóo el


carácter más que inicial, iñiciático, que le otorga a la elegía
compuesta por el clérigo Luis de Miranda para lamentar
la destrucción de la primera Buenos Aires. Ese estudio perte­
nece a un libro arduo y numinoso como la elegía que lo inspira.
Se titula El canto de la ciudad y fue publicado en 1980. Es
la aldehuela miserable, destruida y abandonada la que llora
su "triste suerte", y no Miranda. El poeta solamente encarna
y verbaliza artísticamente el ser destruido de lq ciudad,
que habla con su voz expresando el terror al aniquilamiento
y hasta con una oscura fascinación trágica.
Esos versos, los primeros escritos en el Río de la
Plata y también los primeros escritos en todo el Nuevo Mundo
según lo investigado por Arturo Uslar Pietri, reúnen muchos
de los rasgos que señalan nuestra identidad literaria. Fue
uno de los tantos y valiosos aportes que se deben a la sensibili­
dad estética de Ricardo Rojas quien, en el primer capítulo
de Los coioniales (1918) estudió detenidamente el poema.
Hasta entonces sólo se lo reconocía como un documento
indiano, olvidado entre los 36.000 legajos del Archivo de
Indias. Después del estudio de Rojas los versos de Miranda
nos remontaban con radiante inexorabilidad a los orígenes
de la Argentina y, al mismo tiempo, alcanzaban un sentido
profético anunciando la persistencia del odio, la crueldad,
la muerte inexorable, ensañándose furiosamente en guerras
civiles, revoluciones y tragedias.
Las coplas de Miranda muestran un rasgo muy común
en nuestra poesía: el carácter innovador y artístico de la
versificación en contraste con el tema trágico.
46 ANTONIO PASES LARRAYA

Con sorprendente creatividad él poeta parece haber


calculado las posibilidades de introducir la prosopopeya
de Buenos Aires, trocada en hembra traidora, mediante
esos movimientos elípticos, casi espasmótfioos de su elegía*
En un brevísimo espacio literario aprieta sucesos y reflexiones
que cari siempre fueron estilizados en verso mayor y con
más amplitud. A veces, utilizando cuidadosas amplificaciones,
surgen sin énfasis los grandes temas medievales como el
del síc trartsit o el de la muerte igualadora ("Más tullido
el que más fuerte, / el más sabio el más perdido")» Buenos
Aires es sencillamente "la tierra" o, ya trocada en fatalidad
femenina, la "enemiga de marido", la "manceba", la Aseñora",
la "traidora”, la "cruel";
La identificacién de la tierra con la mujer es tan
antigua como la literatura y el mito. Mujer y tierra se asocian
por su fuerza germinativa -ubérrima telfus virgiliana-, por
su proximidad al mysterium tremendum, por su profundidad
multiforme. Mientras Tellumo no alcanzó a perdurar en
la religión romana como divinidad terrestre, la arcaica TeUus
alcanzo amplísima vigencia» Los métodos de la crítica arquetí-
pica aplicados por Northrop Frye en Fables o f Identity (1963)
son válidos para el análisis de este aspecto de la elegía de
Miranda.
Nos importa señalar en las coplas de Miranda dos
rasgos que constantemente caracterizan nuestra literatura:
la prosopopeya qué presenta a Buenos Aires como una mujer
y su carácter elegiaco.
Recordemos un paralelismo con Quevedo para quien
América es también, como era Buenos Aires para Miranda,
una hembra perversa ("Pues advertid que América es una
ramera rica y hermosa y que pues fue adultera a sus esposos,
no será leal a sus rufianes”, La hora de todos, 1660, cap.
XXXVI). No se trata de una imposible influencia sino de
una personificación de fuertes raíces culturales, de una
mirada de crueldad masculina frente a la misteriosa y extraña
América. Desde nuestra perspectiva crítica lo que interesa
destacar ss la perduración de esa imagen femenina en la
literatura de nuestro país, que muestra a Luis de Miranda,
nuestro primer poeta, como un genuino fundador. Para José
Hsméndez tierra y madre son términos equivalentes; deja
Letras argentinas: nexos y filiaciones. 47

oír así la queja filial por el desamparos "La provincia es


una madre / que no protege a sus hijos" (v. 3715 - 8).
Recordaremos Lo bahía del silencio (1940) de Eduardo
Mallea, cuyo relato se sostiene sobre el hilo tenso de una
confidencia a una mujer que es la patria misma; Argentina
te llamas (1934)9 de Eduardo Acevedo Díaz (tu); Descubrimien­
to de la patria de Leopoldo Marechal y la referencia de
Jorge Luis Borges al vínculo posesivo de sus abuelos criollos
con la pampa (n...y fue mujer sumisa a su querer la campaña")
en el poema "Dulcía linquimus arva*, que subtitula "Canción
de criollo final". Podría multiplicar estos ejemplos, cuya
convergencia, a pesar de los tratamientos diferentes y la
variedad de matices, sugiere la fuerza del poema que de
modo tan original compuso precursoramente (a mediados
del siglo XVI) Luis de Miranda.
El carácter elegiaco de estos versos escritos en el
mismo real de la primera Buenos Aires por quien "vido como
asentó pueblo y puerto", es otro rasgo que tendrá fuerte
continuidad en nuestra literatura. La elegía a Ana Valverde
expresa uno de los momentos de más depurado lirismo en
La Argentino (1602) de Centenera; Santos Vega, tema de
marchita vitalidad, surge como expresión elegiaca de nuestra
literatura gauchesca.
Con posterioridad, desde la sextina del "gringuito
cautivo" en el Martín Fierro (elogiada tan entusiastamente
por Vossler y Unamuno) hasta Elena Bellamuerte de Macedonio
Fernández, la elegía señala algunos de los momentos más
intensos de nuestra poesía. En Francisco Luis Bernárdez,
Ricardo Molinari, Leopoldo Marechal y en casi toda la poesía
del 40 prevalece lo elegiaco. El sustrato elegiaco de los
grandes libros argentinos (Martin Fierro, Don Segundo Sombra,
Todo verdor perecerá) se manifiesta con ímpetu romántico
o contención clásica, pero se revela como una de las constan­
tes más firmes de nuestra literatura. Las letras coloniales
señalan, también en este caso, signos anticipatorios.
La sobriedad con que Miranda poetiza escenas de
hambre y dolor, que Agustín Zapata Gollan vincula acertada­
mente con los Plantos y enterramientos de Quintín Masys
y Van der Goes (Las puertas de la tierra, Santa Fe, 1938,
p« 30-31), acentúa la emoción elegiaca: "Las cosas que allí
48 ANTONIO PASES LARftAYA

se vieron / no se han visto en escritura...”. El poeta bloquea


(como si buscase una coincidencia total entre la opacidad
del tema y la renuncia a los colores rhetorici) todos los adornos
que le ofrecía la poética de su tiempo. Logra así que se
visualice con más nitidez la personificación que centra la
elegía. Aunque tal vez, más que la ausencia de retórica,
convendría hablar del empleo sutil de sus recursos de recompo­
sición estructural. De lo cual pueden surgir análisis iluminado­
res, comp, por ejemplo, el distinto tratamiento del mismo
tema del sitio, el hambre y la antropofagia que enlutaron
la primera Buenos Aires.
Mientras Luis de Miranda se ciñe a un ordo naturalis,
Ruy Díaz de Guzmán trata el mismo asunto desde una perspec­
tiva novelesca en el capítulo XII de La Argentina manuscrita
(1612), sub specie durationis. En Ruy Díaz de Guzmán compro­
bamos una ostensible elaboración novelesca, incluso con
derivaciones a lo imaginario, como la escena de la fugitiva
que se refugia en las barrancas de la costa de Punta Gorda,
en la cueva de nuna fiera leona que estaba en doloroso parto”.
Queda así bien delimitado el tratamiento artístico de un
mismo tema en prosa y poesía que surge en los comienzos
mismos de nuestra literatura* No se trata, en conclusión,
de documentos o ensayos frustrados o muertos desde un
punto de vista estético. Ese A llí de las ”Copla$ elegiacas”
(deixis en fantasma, según la denominación de Karl Bühler),
como ocurrirá después con el Aquí de Martin Fierro, señalan
nuestra tierra y aluden sensiblemente, desbordando la historia,
a lo que Le Corbusier califica con acierto de ”espacio indeci­
ble”. Hay, tanto en el poeta Luis de Miranda, como en el
prosista Díaz de Guzmán, una retórica heredada y una práctica
literaria que se ciñe a la realidad del Nuevo Mundo. Todo
un sistema de reglas debe ser puesto a prueba. La escritura
debe transformarse en función de una realidad nueva que
la rebasa semánticamente. La literatura, como todos los
aspectos de la cultura española, se altera en función de
la experiencia alucinante, ciertamente difícil de imaginar
en su compleja vastedad, que define la Conquista. No se
trata de una mutación retórica externa, de un juego mágico
de. figuras, sino de una verdadera "operación” lingüística
en el sentido hjelmsleviano, del surgimiento de un nuevo
Letras argentinas: nexos y filiaciones 49

lenguaje imaginario» Para el análisis amplio de la literatura


argentina contamos pues con textos cuya vitalidad es total­
mente ajena a la postergación o el desgano con que fueron
leídos durante tantos años, o aun a cierto desprecio cientificis-
ta propios de la crítica documental»
Releíamos las coplas elegiacas y surgían nuevas notas
que subrayaban su carácter precursor; su tremendismo patético
que de pronto las acercan a Los caranchos de lo <Florida o
Los lanzallamas: su carácter político y autobiográfico, pues
con ese doble valor fueron elevadas a la Corona, por lo cual
surgen parecidos con las autobiografías de Paz y Lamadrid
o los alegatos de José Hernández; las escenas en el real
donde la ferocidad extrema colinda con lo grotesco y lo
erótico en la recreación de La Misteriosa Buenos Aires,
de Mujica Láinez»
liaba esta curiosa intertextualidad cuando me llegó
de Mendoza un inesperado libro: Múdenos tan triste suerte,
de la profesora Beatfiz Curia» Me niego a pronunciar palabras
como casualidad, azar. ¿Sabía nuestra colega de Cuyo que
yo daba vueltas y vueltas a viejos y nuevos apuntes? ¿Cómo
agradecerle el que sacudiera esa "epojé", muy de las primave­
ras del Río de la Plata que seguramente conoció Luis de
Miranda? Canal Feijóo, con quien conversábamos en términos
esotéricos sobre ese fraile al que ya conocíamos demasiado,
me hizo ver qué fuerzas, tan invencibles como la misma
palabra del hombre, sosteníán el llanto de Miranda; ahora,
el diálogo con Múdenos tan triste suerte agrega más revelacio­
nes: Curia nos hace ver la presencia de leves despuntes o
notas de humor negro y comprender más otro rasgo, la extra­
ñeza, que la profesora Curia logra rescatar de la estricta
textualidad "fue la hambre más extraña / que se vion). Es
precisamente la extrafteza la que nos acerca y la que nos
distancia de muchos libros argentinos que se juegan la vida
a la reserva, al secreto, al contra-discurso (tareas de escape
y resguardo de las que fue fundador Macedoñio Fernández)»
Estas acotaciones elípticas y novedosas de Beatriz Curia
se subordinan a la invocación del título: Múdenos tan triste
suerte. El clérigo poeta acompaña con su ruego y se une
a nosotros, sus extraños contemporáneos» La elegía de Miranda
no es, en consecuencia, un olvidable alegato versificado
sino la primera fundación mitológica de Buenos Aires»
$0 ANTONIO PA6ES LARRAYA

La extráñete

Una misma extrañeza, en relación con la literatura


de su tiempo y con los rasgos de las propias creaciones es
la que suscita El matadero, relato trágico, de un fuerte
naturalismo "avant-la lettre", que no se publicó en vida
de Echeverría y Juan María Gutiérrez editó el año 1874,
en él tomo V de las Obras completas del poeta y amigo* Son
33 paginas cargadas de inmediatez, de agresividad y pintores­
quismo* Como en las coplas elegiacas de Miranda, vibra
en el texto un pathos trágico* También en este caso, como
en él de la obra de Miranda, es Ricardo Rojas quien en Los
proscriptos (1920, p. 204), vio en E l matadero un lejano Npunto
de arranque" y, junto a algunas páginas de Facundo, el antece­
dente "de los cuadros de 'Fray Mocho', de Joaquín V* González
y otros prosistas descriptivos de la época contemporánea"*
Los juicios de Gutiérrez expresados en la extensa
nota que acompaña la edición de E l matadero, destacan
el valor estético y testimonial del relato de Echeverría* Martín
García Mérou reconoció sus rasgos goyescos.
Casi sin sustento anecdótico, Echeverría presenta
el Matadero de la Convalecencia después de una larga lluvia*
El tropel mazorquero somete a vejaciones inicuas a un joven
unitario que muere estallando en sangre. Matarifes y negras
están manchadas de sangre y lodo; es brutal el espectáculo
de la matanza* El lenguaje soez, el niño sacrificado, son
aspectos que la literatura posterior ha ampliado y diversifica­
do. A más de trescientos años, El matadero se acerca al
primer canto de Miranda, incluso por sus pinceladas grotescas:
"La perspectiva del matadero a la distancia era grotesca,
llena de animación***"; a "la negra bruja" ladrona de achuras
le caen "sobre su cabeza sendos cuajos de sangre y tremendos
pelotazos de barro"; "era nuestra cara y lodo / todo uno",
anota Miranda.
La ridiculizadón del gringo para crear un anticlímax
paródico, la sangrienta crueldad, la crudeza salvaje, las
reencontramos en el Martin Fierro.
El conocimiento de El matadero data de 1874* No
es posible en consecuencia imaginar una influencia sobre
L tim irsontiAMt mxoi y filiaciones. SI

el M artín Fierro cuya primera parte apareció en 1872* Resulta


sin embargo Incontestable su parecido tanto en la veracidad
de los sucesos salvajes como la intercalación de la ironía
(o lo que Hernández llama "diversión1*) en sus cuadros de
soledad, muerte y agonía.
Evidentemente los rasgos más singulares de nuestra
literatura no surgen de la continuidad techada de ciertos aspec­
tos. A l contrario, un examen estrictamente diacrónico impor­
taría un encubrimiento. La elegía de Luis de Miranda pasa
a constituirse en el poema fundador de nuestra lírica. E l
matadero, que se enriquece peso a paso con nuevas lecturas,
inicia nuestra narrativa. Ambos textos no son únicamente
testimonios del pasado. La crítica, con iluminación salvadora,
los rescata de su sueño. En él llanto de Miranda y en el san­
griento cuadro de Echeverría aparece esa misma Rueños
Aires recostada en el lecho de un río ancho como un mar.
La sangre y e f barro, la inextinguible violencia, su impetuoso
y sobrecogedor patetismo se abren a un silencio espectral,
donde ni los pájaros gorjean en una tierra inmóvil que ha
castigado el orgullo de sus conquistadores.
Focando, como M artín Fierro, son testimonio del
Nuevo Mundo y es imposible mirarlos como una continuidad
de la literatura española o según los modelos europeos más
prestigiosos. No colorean la realidad salvaje, no esconden
la crueldad. Sin una deslumbrante civilización indígena,
sin cortes virreinales fastuosas, estos confines remotos desmán
tieron trágicamente las quimeras, que inflamaron a los
conquistadores. Un abismo se abre entre los mitos del Rey
Blanco, lugares fabulosos como la Sierra de la Plata, y la
dura verdad del fracaso, la miseria, la muerte. El drama
de Atilio Betti, Fundación del desengaño. y, Las dos fundacio­
nes de Buenos Aires, de Enrique Larreta, teatralizan un
pasado que, lejos de extinguirse, se recrea constantemente
en nuestra literatura porque nos remonta ál origen, a la
tragedia de 1as fundaciones.
Pocos decenios después que Luis de Miranda escribiese
su elegía, otro fraile, el arcediano Martín del Barco Centenera,
editó en Lisboa (1602) su libro Argentina y conquisto del
R ío de ia Plata. Juan María Gutiérrez en su puntual estudio
a la edición facsimilar de la Junta de Historia y Numismática
52 ANTONIO PASES CAMAYA

(1912), se muestra perplejo frente al texto para el que no


encuentra clasificación posible: ntoda por el verso en que
está escrita la poesía, con la historia por la materia y con
la prosa más por la desnudez del estilo y el desaliño de la
locución”.
Cuando se destaca su falta de plan, su poca inspiración,
lo sentimos cerca dé ese Facundo que para su propio autor
era un "aborto de la literatura del más nuevo de los mundos”.
Centenera rompía con los cánones del buen gusto
y volcaba un material novelesco en un molde poético para
el que carecía de aptitud. Pero a sus muchos defectos formales
los supera por su actitud de aceptación veraz y cruda. Cente­
nera desnuda el crimen y el asalto a las mujeres, la depreda­
ción y la lujuria de los conquistadores, el despojo a los indios
es decir, un mundo infernal sin atenuantes. Ese mismo proce­
dimiento de aceptación franca lo sentimos en Facundo, en
Martin Fierro, en Excursión o los indios ranqueles. Presenta
con crudeza escenas de hambre, terror y soledad y se abre
también a "un espacio imaginario y a la acotación moralizante.
El mismo Centenera resume los motivos de su libro: "Hambre,
muerte, lacrimoso llanto / suspiros, gritos, lamentos”. Su
tremendo esfuerzo se explica en la voluntad reveladora,
el sesgo alucinado, el violento patetismo de ese memorial
que aspira, al elegir el verso para su expresión, a llegar
a lo más hondo del lector. Se siente al libro sacudido por
un tremendismo a veces macabro, a veces sensual; autobiográ­
fico, inconexo, personalísimo. "Sujetos a miseria y tristes
hados”, peregrinan seres para nada distintos de los que apare­
cen en Martín Fierro martirizados y hambrientos en los
fortines.
Como en nuestros grandes textos bárbaros la escritura
de Centenera se tiñe de rojo. Sangre de conquistadores y
sangre de indios. Dos charrúas enfrentan a los españoles

y entrambos tal estrago van haciendo


que las yerbas del campo van tiñendo.

su lanza sacó tal y tan bermeja


que el hierro pura sangre parecía
Latres argentinas: nexos y filiaeionoe* 53

El hierro de su lanza va tiñendo


su sangre con los sesos mixturada.

Vicente Fidel López en su crónica de estos sucesos


habla del "cansancio de matar" que agobiaba a veces a los
españoles.

Humor y fantasía

La Argentina de Centenera no fue sólo la crónica


de episodios heroicos o trágicos ni el deslumbrado poema
de la naturaleza americana. Sus octavas abundan en episodios
íntimos, en aventuras amorosas. En contraste con la veracidad
naturalista que no rehuye lo cruel y repugnante, aparece
el curioso imaginismo, el deslumbramiento por la opulencia
del mundo vegetal, la magnificencia de los ríos, la maravilla
del ave rara y la flor de curiosa contextura. Es el Paraná
de Centenera el que cantará Lavardán en su Odor (1301).
Su desenfrenada imaginación se abre hacia lo fantástico
como cuando cuenta el caso del gran marino Carreño que
hizo un viaje de Indias a España en tres días porque su nave
la tripulaba una legión de demonios. Resulta pues Centenera
no sólo el narrador de hambres y matanzas sino el primero
que pobló de canoas navegadas por ninfas cantoras, de mito
y poesía al "río de sueñera y de barro”.
Aunque prevalezca en nuestra literatura el tono elegia­
co, el verídico testimonio de episodios sombríos, no faltan
las expresiones de humor y la magia. Chisporrotean en Martín
Fierro, nuestro libro más doloroso, surgen en el grotesco
de £7 Matadero e inspiran obras de un criollismo juguetón
como E l casamiento de Laucha. Aceptemos pues ese "Reverso
humorístico de la tristeza criolla" que Canal Feijóo analizó
en nuestro folklore y que aflora también en la literatura
escrita. Mucho de nuestra mejor literatura (en Mujica Láinez,
en Cortazar, en Borges) nace de esos brotes de humor que
Martel llamaba "chisporroteos maliciosos de la terminología
criolla".
54 ANTONIO PAOE8 LARRAYA

Una lectura actual Ce Centenera ensancha el significado


de otros libros argentinos. Antiguas huestes, antiguas luchas,
antiguas pasiones, vuelven con un resplandor nuevo* La inter-
textualidad permite recobrar el apoyo de signos que no han
envejecido. No se trata de armar un corpas inmenso, una
parodio de historicidad, sino, exactamente de lo contrario:
vivir esos mensajes de Centenera, Miranda, Echeverría o
Sarmiento i'n praesentia, y proximidad en la escritura contem­
poránea, sacudir la materia inerte de su escritura sin preten­
der, en busca de la identidad, una metasemiosis cerrada*
De pronto en Río de las congojas (1981) de Libertad Dimitrópo-
los (más ampliamente, como dice Blas de Acufia "río de
las congojas y los descubrimientos") él protagonista recorre
caminos que se abren entre los mismos espacios de Centenera
o se pone a "acompañar a sus muertos" desde que bajá al
Sur per él río maldito, "traga-hombres".
Alucinadas memorias de Laura del Castillo en Borrasca
en las clepsidras (1980) nos emplazan en espacios mágicamente
próximos a la ribera y a los altos del Paraná, y se remontan
a los tiempos ancestrales de los Seguí y los Viseaba, en los
que "vive todavía la honda inmoralidad de la conquista"
(p. 194).
En la misma trama puede liarse Los que se comieron
a Solis de María Esther de Miguel, donde se entrecruza lo
real y lo mitológico, Las puertas de la tierra (1938) donde
Agustín Zapata Gollan anima el recorrido hacia el presente
desde los días en que él "Río de la Plata tenía ya una historia
trágica" y Zama frente a su doble muerte o su doble vida*
Zama contempla él paisaje y su futuro desde las barrancas
del Paraná, pone un papel dentro de un frasco y lo arroja
al río* Y así, expectante, confía en que algún mendocino
vagabundo al distraer sus ojos en el Guaymallén, rescate
ese mensaje llegado por vías mágicas a estas tierras de su
biógrafo, nuestro inolvidable Antonio Di Benedetto*

Una manera de morir

¿Cómo llegar al punto donde una escritura se cruza


con otra y genera la intertextualidad? una extrafteza común
Letras argentinas: nexos y filiaciones» 55

las reúne» En las secretas entrelineas de Facundo encontramos


una y otra vez mensajes librados al porvenir» Los poetas
del martinfierrismo en la década del 20 salvaron creativamen­
te el espacio vacío y superaron el conocimiento formal de
Facundo. Molinari, Güiraldes y sobre todo Borges recrearon
el sabor popular de muchas de sus páginas pero penetraron también
en zonas donde Sármiento parece revelar un misterio»
Hay en Facundo un inesperado momento textual en
el que Sarmiento se aparta de la descripción de la naturaleza
y del apunte costumbrista» En un vuelo catártico, sacude
su angustia frente a guerras y matanzas inservibles, y se
acerca al gaucho como protagonista de una cultura de la
violencia y la muerte» Se refiere Sarmiento a "la inseguridad
de la vida que es habitual y permanente en las; campañas1*
y sostiene que hay

"en el carácter argentino cierta resignación estoica


para la muerte violenta, que hace de ella uno
de los percances inseparables de su vida, que es
habitual y permanente en las campañas una manera
de morir como cualquier otra, y puede quizás
explicar en parte la indiferencia con que dan y
reciben la muerte"

Caracteriza así al argentino por su manera estoica de morir


más que por sus rasgos como criatura viviente» ¿Conoció
Borges o no estas reflexiones de Sarmiento? Sin la posibilidad
de responder a este interrogante nos interesa destacar la
asombrosa, casi desmesurada dimensión que el tema asume
en su literatura»
Sorprende en la obra de Borges la serie de gauchos
o malevos que se juegan porque sí en un duelo apetecido.
Hay un dejo de altanera gaucha en ciertas coplas de Muerte
de Buenos Aires: "La vida no es otra cosa / que muerte que
anda luciendo" (O.C. p. 158)» Recordamos la pelea entre
gauchos descripta en sus crueles minucias por Francisco
Javier Mufiiz; confluyen otros duelos como los de Martín
Fierro o Don Segundo Sombra y tantos otros que a éstos
se vinculan en una irradiación imaginaria. El arte de los
payadores encubre un desafio donde se juega la vida. La
56 ANTONIO PA0E8 LARRAYA

aprehensión de la literatura no puede convertirse en el "espa-


d o de una memoria infinitesimal91 al que alude Jean Baudri-
llard, espacio que "no olvida nada ni es memoria de nadie19.
Gauchos y malevos suburbanos pueblan nuestra literatura.
Su única singularidad -que los unifica profundamente-es que
practican "la dura y ciega religión del coraje", siempre dis­
puestos a "matar o morir" ÍO.C., p. 168). Cómo omitir el
franco desafío existencial del protagonista de "El Sur99 que
resuelve "morir en una pelea a cuchillo, "a cielo abierto y
acometiendo", como "si hubiera sido una liberación para
él, una felicidad, una fiesta" ÍO.C. p. 530).
No extenderé las citas. También en L a guerra gaucha
thay atroces testimonios donde la impavidez frente a la sangre
fortalece el patriotismo.

Espejos inmóviles

La ciudad fue creciendo; en sus arrabales convivían


gauchos y compadritos que salvaron en nuestra literatura
su realidad o su leyenda.
Si acudimos a los "espejos inmóviles" que según Colé-
ridge permiten recrear de una manera visionaria todo lo
que se reflejó en ellos aparecerá, junto a nuestra sagas hermo­
sas y terribles, la epopeya porteña Adán Buenosrayres orienta­
da por una arquitectura cósmica, o E l sueño de ios héroes,
en cuyos pliegues esotéricos se revela el rasgo criollo funda­
mental, expresado en 1845 por Sarmiento y que Bioy Casares
enuncia así: "...el mito del hombre solo y valiente que en
un lance de llanura o del arrabal se juega la vida con el cuchi­
llo".
El lector argentino encuentra siempre un sitio imagina­
rio donde la muerte estoica no se olvida. Rescata exilios
y no exonera a nuestra historia de aflicciones Implacables.
Los romances anónimos del cancionero popular sobre Barranca
Yaco brotan del mismo manantial expresivo que la saga de
los caudillos de Ricardo Moünari, cuyo lamento elegiaco
se extiende sin tiempo: "¡Ay, Argentina,/ cuánta sangre
arde en tus venas!".
Letras argentinas: nexos y filiaciones. 57

Facundo constituye la trama inicial de una semiosis


muy diversa que no se expresa en tópicos fijos. A partir
de Facundo se ordenan textos que ponen de relieve en el
fondo del carácter argentino una apuesta a la trascendencia.
Facundo reclama una lectura vertical, paradigmática, que
abarque sus complejos registros expresivos, lectura como
la sugiere A. J. Greimas (Du Sens) para el cuento popular.
Al intentarla, asi sea parcialmente, surgen los vínculos acróni­
cos, los límites imprecisos de su escritura. En esa visión
del texto es cuando se percibe mejor su afinidad con Amafia,
Excursión a los indios ranquetes, Martin Fierro, Don Segundo
Sombra, las Memorias de Paz, El matadero, y otros textos
ligados a esa omnipotencia del país salvaje que late en la
secreta memoria de todo argentino.
Releemos el olvidado Don Calaz de Buenos Aires
(1938) de Mujica. Láinez y en sus imágenes sobrecoge la
misma quimera trágica de la conquista que estremece otras
páginas. La naturaleza se vuelve más nuestra, como si la
marea de la escritura desbordara el tiempo; volvemos al
río ("el río, el río y su misterio y su andar de serpienten),
reviven El Dorado, las posesiones del Rey Blanco, la maldita
fascinación convertida en una guerra oscura y sin grandeza.
No ha pasado mucho tiempo y no es preciso ventear
la imaginación para incorporar a la indescifrable eternidad
de los textos el concilio porteño de Los premios, la melancolía
de Barrio gris o de Mal de ciudad.
La escritura salva todo lo yerto del mundo. No es
herencia pasiva. Busca siempre llegar a la secreta identidad
argentina, la que escapa a las cronologías históricas, a la
ordenación impuesta desde afuera. Logra así traspasar los
lím ites prohibidos. A l acercarnos a nuestra escritura en
una actitud totalmente refractaria a la homogeneización
van surgiendo imágenes imprevistas.

Sentido trágico y literatura m ilitante

Con ese extraño sentido profético que tantas veces


asume su palabra, Ricardo Rojas, al concluir La literatura
argentina, en el resumen de Los Modernos, expresas "A través
58 ANTONIO PAGE8 LARRAYA

de nuestra historia literaria hemos visto el proceso trágico


de la argentinidad”.
Es la nuestra una literatura teñida de partidismos, de
pasión. Los libros ambiguos sin fuego ni sangre, se marchitan
y desaparecen. Sarmiento, en un artículo de 1841 publicado
en Chile, se refiere a los pruritos preciosistas de escritores
que prestan "una atención pueril a las formas y a la correc­
ción” frente a un pueblo sin cultura suficiente para apreciarlas.
Domingo F. Sarmiento opina que el escritor debe, ante todo,
ser un obrero de la palabra. nEl escritor americano -dice-
debe sacrificar al autor en beneficio del adelanto de su
país, el amor propio en las aras del patriotismo; hacer brillar
la buena intención sin curarse de la fama de buen literato".
En nuestro país, hasta hoy, sólo han quedado como "clasicos"
los libros sacudidos por la pasión y el combate. El matadero,
Facundo, Excursión a Jos indios ranqueles, Martín Fierro,
La argentinidad, Historia de una pasión argentina. Radiografía
de la pampa, fueron protestas, gritos desgarrados de batalla;
*libro y espada a un tiempo”, llamó un crítico a la novela
Amalia (1851). El afán pedagógico y reformista prevalece
en nuestros escritores. "Cuando la literatura no es más que
literatura, es miseria”, apunta Alberdi, haciendo suya una
afirmación del admirado Larra.
Siempre se cantó y se contó "opinando" en nuestro
país. La literatura es una inquisición horizontal y vertical
de la Argentina. Los escritores lanzan voces en el desierto
de una patria traicionada por invasores y mercaderes. "Soldado
con la pluma o la espada”- se llama Sarmiento en las páginas
del Ejército grande, y agrega esta confesión: "cansado para
poder escribir, que escribir es pensar; escribo como medio
y arma de combate, que combatir es realizar el pensamiento".
El escritor argentino extrae su jugo dramático de
circunstancias intransferibles. Demasía y simetría, instinto
y razón, primitivismo y refinamiento chocan porque choca
un mundo desparejo, en hervor, desnudo, con la aspiración
platónica de la belleza armoniosa. De ese desacuerdo surgen
disyuntivas y conflictos nunca resueltos.
Desde la descripción asombrada hasta el sondeo
crítico, desde la resurrección de seres y conflictos hasta
Letras argentinas: nexos y filiaciones. 59

la intuición de las almas, nuestra literatura surge en identidad


profunda con la nación. En esa materia prima aquilatada
y transfigurada a través de tantas páginas como se han escrito
desde los días del primer deslumbramiento junto al Río de
la Plata, la palabra va forjando al país.
Lo más sólido, lo más vivo, lo más venturoso y secreto
de nosotros, está en nuestros libros. Para la crónica opaca
de la Argentina burocrática se desvanecen las memorias
ignominiosas y cóbrese de olvido él dolor desgarrado. Pero
de todo -tradición, osadía,’ injusticiar pulsación y lucha-
queda testimonio en nuestros libros. La literatura ofrece
a lo más arcano y viviente del país, y a lo más hermoso del
mundo, el lugar de una misteriosa coincidencia. Lo pasajero
y lo eterno se cifra en ellas. Si tenemos una identidad nacional,
la idiomática brota de la mágica vertiente de la escritura.
Los crueles apuntes de El matadero, la elegía de
Luis de Miranda, el poema de Centenera, Facundo, Martín
Fierro, adquieren sentidos nuevos si se supera la correlación
histórica y se los ve orientados hacia la búsqueda de la singula­
ridad de nuestra literatura. Va constituyéndose así una rica
intertextualidad.
Las precursoras historias de la literatura de Wilhem
Scherer y George Gervinus, escritas con minuciosidad catalo-
gal, se construyeron según el modelo del discurso histórico.
Los textos no fundaban una interpretación. Si aceptamos
que la escritura no se agrega inerte, como un objeto más,
al momento de su producción, sino que posee una doble histori­
cidad; la de su nacimiento y la de su lectura en épocas distin­
tas, destruimos la actitud anacrónica de admitirla, solamente
como pasado. No se reduce el significado de El matadero
por haber sido fechado en 1874 y leído por primera vez en
el clima de la presidencia de Avellaneda.
Jóvenes críticos del 80 verían El matadero como
antecedente de una especie de naturalismo argentino. Su
escritura encierra afinidades remotas y actuales. Su recorrido
seco, su revelación de espacios desconocidos reúne el cuento
de Echeverría con muchos otros textos. Citaré dos novelas;
No se turbe vuestro corazón de Eduardo Belgrano Rasjson
y Emma la cautiva de César Aira.
60 ANTONIO PASES LARRAYA

Ricardo Rojas vio claramente» después de trazar


el primer esquema de su Literatura argentina <1912) según
los modelos europeos» que» finalmente» aun sustrayéndose
a la tentación evolucionista de Brunetiére o del deterninismo
tan sutilmente matizado por Taine» su obra no pasaría de
ser una larga serie sincrónica con las circunstancias políticas
o culturales. Por eso el método que finalmente adopta para
la literatura argentina {sin desconocer la historia ni abandonar
el sincronismo para precipitarse en el caos)» se sostiene
en la búsqueda de una esencia común» próxima a la que los
escolásticos latinos llamaron quidditas, y que Rojas utiliza
en una perspectiva fenomenológica» ya muy influido por
la estética idealista de Hegel.
Lo cualitativo pertenece insalvablemente al discurso
literario pero no lo refuta ni lo sustituye. Está en el texto
(quid est res) y el texto rescata una libertad muy activa
-apoyándonos nuevamente en el esquema de la lectura medie­
val-entre los extremos de la lectio» donde ya ni el auctor
ñi las glosas valían para la disputatio según el movimiento
de la escritura. La propia existencia de la escritura depende
de la firmeza con que se la desligue de determinaciones
que se presentan como irrefutablemente unidas al discurso.
Solamente la identidad surgida de la trama de la
escritura puede estimular una respuesta a la desafiante
y angustiosa pregunta de Sarmientos "Argentinos ¿desde
cuándo y hasta dónde? Bueno es darse cuenta de ello".
Ricardo Rojas intentó responderle a través del mito
heroico de Biasón de Plata y La argentinidad. Más tarde
fundó en el influjo del estudio de la historia la posibilidad
de una paideia argentina» creadora a su vez de una identidad.
El siguiente paso, que involucra una decepción frente al
historicismo» lo condujo a forjar su Literatura argentino .
No excluyó ningún discurso, además de los géneros tradiciona­
les, se ocupó de ensayos, biografías, autobiografías, obras
científicas, discursos. Incluyó y estudió la literatura folklórica,
oral y escrita. No eliminó con rigor esteticista una obra
como Sin rumbo de Cambaceres o la curiosa novela histórica
de Alberdi, Peregrinación de luz del día (1871), sátira mordien­
te que se vaciaría de' sentido apartándola de la realidad
que encubre su escritura. Ese criterio que provenía del propósi-
Letras argentinas: nexos y filiaciones. 61

to esencial de afirmar nuestra originalidad nacional fue


fecundo. La Literatura argentina fue la primera historia
literaria de un país sudamericano; muchos han sido los recono­
cimientos. Hace muy poco tiempo, Luis Alberto Sánchez,
al incorporarse a nuestra Academia Argentina de Letras
declaró que la Historia de Rojas lo fascino intelectualmente
y que se sintió atraído por el método y por su falta de limita*
ción a las llamadas entonces "bellas artes”.
A través de muy distintas variantes sémicas nuestra
literatura busca el reconocimiento del país. Las tramas
intertextuales crean posibilidades nuevas a la lectura y se
abren a espacios significativos donde las orillas de Saavedra
en A dan Buenosoyres están próximas a las calles de barrio
donde erigen sus mitologías los personajes de E l sueño de
los héroes. La identidad brota de la doble perspectiva que
imponen el movimiento del autor hacia el texto y la invención
receptiva.
Considero necesarias estas aclaraciones al enunciar
algunos rasgos que creo expresan originalidad en nuestra
literatura. Muy claramente: rehuyo remontar el Arbol de
Porfirio cuyo gracioso esquema gráfico ofrece Ferrater
Mora en su inevitable Diccionario de Filosofía. Sé que en
mi caso nunca alcanzaría sus quiméricos frutos. Porque
el primer rasgo de un verdadero lector es su vacilación,
su duda, muchas veces su angustioso temblor. Cuando al
escribir este discurso aparecían asociaciones no previstas
pensaba en ese anillo mítico de Río de las congojas que embe­
lleció las manos de muchas mujeres desde su viajes desde
el Viejo Mundo, y que después de dormir tantísimos años
en la tierra resurgía con su fascinación intacta. La argentini*
dad no es un artificio. Cuando Juan María Gutiérrez o Ricardo
Rojas buscaban en bibliotecas o archivos los olvidados textos
de nuestra literatura, desenterraban el anillo mítico. A pesar
de sus deficiencias palmarias pienso que Gutiérrez, al leer
por primera vez el manuscrito de E l matadero, sintió, en
el silencio del archivo, una voz crispada, un sacudimiento
desconocido. Ya por esos años el recuerdo era para los argenti­
nos un acto penoso. Rosas estaba en el destierro, había sido
sofocada la fiebre amarilla, legiones de hombres nuevos
llegaban a la Argentina. De pronto estallaba en la Verde
62 ANTONIO M 0 E B LARRAYA

el enfrentamiento trágico con cerca de 4.000 muertos. Tál


vez pensó Gutiérrez en olvidar ese cruel dibujo que el propio
autor no había querido publicar, tal vez quiso destruirlo
como se destruye todo signo del mal o de la culpa propia.
Pronto rehuyó esa intromisión en el destino que le revelaba
El matadero. Escribió unas acotaciones y fueron a incorporarse
al tomo V de t e Obras Completas de Echeverría que estaba
imprimiéndose en la imprenta de Mayo. No .es verdad pues
que, como afirmaba escépticamente Virgilio, el texto no
tenga seductores. Nosotros tenemos hoy y aquí una prueba
que puede llenarnos de optimismo. Es la literatura argentina
la que nos congrega. Viajamos hacia la montaña desde comar­
cas distintas y traemos notas, papeles, extrañamente leves,
misteriosamente distintos, pero reunidos todos en él mismo
propósito: conocer mejor, así sean muy débiles todas nuestras
fuerzas, la literatura argentina, y en di mismo acto, ayudar
a que no enmudezca, a que acepte nuestras lecturas y subraya­
dos, por extraños que sean, como una mediación numinosa
entre el país y la palabra que k> crea y nos crea.
A veces ocurre que el sueño del peota trasciende
y redime la miseria, el dolor. Su palabra no necesita retorcerse
ni refugiarse en los libros leídos para decir la realidad, el
vértigo, el ensueño de nuestro país. No pretendemos acercar
estas reflexiones a esas genealogías y líneas simétricas tan
gratas a los que gustan alinear cómodamente los textos.
Para afirmar esa independencia de ataduras (que no suponen
ignorancia ni mal gusto) me place situar juntos unos versos
del cielito escrito en su idioma por Bartolomé Hidalgo y
dirigidos a su "amigo Rey" Femando VII: "Cielito, cielo que
sí, / guárdense su chocolate, / aquí somos indios puros/ y
sólo tomamos mate", con la afirmación, orgullosa y ciertamen­
te molesta para los que miran de afuera nuestra literatura
y nuestro país; de Leopoldo Lugones, en Romances de Río
Seco: "Acaso alguno desdeñe / por lo criollo mis relatos.
/ Esto no es para extranjeros, / cajetillas ni pazguatos."
Impuestos por un sentimiento común (¿localismo,
desafío, resentimiento, provocación?), un mismo fuego caldea
la intimidad de esas coplas. Otro tanto podría decirse en
él mismo sentido sobre la "fractura del misterio" que separa
ciertas predilecciones lingüísticas argentinas de las españolas.
Letras argentinas: nexos y Filiaciones. 63

Nuestra literatura se expresa a través de signos


en incesante movimiento que dicen siempre» por lo menos
en el momento de la percepción» algo nuevo* Esa semiosis
indetenible dilata interiormente a la patria» porque es cada
vez nueva en cada lectura de Papeles de reden venido o
de Rayuelo, o de La Argentina o de La dudad Junto al río
inmóvilf para citar textos distintos y distantes. La relación
entre conciencia» voz y territorio no es solamente expresiva
sino ontológica* Y hay una implacable sensación de vacío
cuando esos vínculos se debilitan o se rompen* Un país sin
voz es un país seco» estéril.
Que muchos significados literarios sean duros, trágicos
y se unifiquen tan extrañamente parece haber sido propósito
de quienes, como Hernández, unían la voz a la sangre* (Pues
sólo no tiene voz/ el ser que no tiene sangre), el sentimiento
al "jundamento". Por espectrales y dolorosos que parezcan
tienen más autenticidad que los sueños eglógicos o las quime­
ras o la desmesura iluminista que convertía a Buenos Aires
en la Atenas del Plata o enfatizaba, con orgullo infundado,
el mito de la grandeza material* "País inmenso, virgen, rico
y venturoso” llama Cabello y Mesa a nuestra patria, como
adelantándose a la visión exageradamente optimista de las
Odas seculares.
Extremos de dolor y esperanza, de elegía y de celebra­
ción, revelan en contraste, oposiciones desgarradoras de
nuestra conciencia estética* El poeta surge así como el testigo
sufriente, como el invocador originario que, según Heidegger,
llama a las cosas del mundo en su ausencia y en su presencia.
Es también, aun en el mayor desamparo, el que funda, y
con vigor nada abstracto, la morada y los nombres de nuestro
ser como nación, con lo cual viene a confirmar la misión
que le asignaba Shakespeare: "And gives to airy nothing/
A local habitation and a name . . (Midsummer„., 1, V, 14).
¡Cuántas variantes más en ese paralelismo extraño
que nos unifica hacia arriba en amor de cielo y estrellas
y hacia abajo, con ese reino oscuro que suscita páginas como
"El pozo" de Giiiraldes, "Sosandra" de Carmen Gándara,
"Patagonia vieja" de Dalmiro Sáenz o Matar la tierra de
[Link]íguez!
64 ANTONIO PASES LARRAYA

Presencia de la pampa

La presencia de la pampa marca a nuestra literatura


y es parte activa de su identidad. Enfrentando a la pampa,
a su horizonte y sus constelaciones, se apaga toda espectacular
ridad, todo es privación: "Lo pampo sans un pli, sans un nid, sans
un bruit," que recordará Jules Superviene (Sécheresse dans
la pampa, 1910). Y es de esa dimensión ausente, de esa
inmensidad metafísica, de donde mana un inagotable manantial
poético. Esa pampa, real y sobrenatural, con las lanzas y
los gritos salvajes que nunca se borran del viento, es la que
irrumpe en Adán BuenosoyreSj bajo la Cruz del Sur, en los
mismos límites de Saavedra, "libre y anchurosa", símbolo
de "aquella patria inmensa, de aquella patria desnuda y virgen,
de aquella patria niña y como brotada recién de manos de
su creador". Y de su espacio sudamericano, de su insondable
profundidad, nace Don Segundo Sombra, esa continuidad
ideal y poética de Martín Fierro, otro personaje sombra,
hombre de peregrinaciones y soledades, de estoicismo y ocaso.
Con lo cual, y al cabo de una trayectoria de activa y desvelada
búsqueda, venía a confirmarse, en un sentido que no escapó
a su vaticinio y que él mismo no logró abarcar en La cautiva,
la afirmación de Esteban Echeverría en el prólogo de sus
Rimas U837): "El desierto es nuestro más pingüe patrimonio
y debemos poner conato en sacar de su seno no sólo riqueza
para nuestro engrandecimiento y bienestar, sino también
poesía para nuestro deleite moral y fomento de nuestra
literatura nacional".
La pampa se vuelve desde La cautiva un integrante
arquetípico del alma argentina. En el apego a la pampa se
mezcla el éxtasis y la nostalgia. Esa vida, "de vastos amanece*-
res y de jornadas que tiene el olor del caballo" es la que
se le aparece de pronto al compadrito Benjamín Otálora,
el personaje de "El muerto" de Borges. Un oscuro destino
lo ata al desierto como a Brian en Lo cautiva . Borges introduce
un paréntesis confesional: "Esa vida es nueva para él, y a
veces atroz, pero ya está en su sangre porque lo mismo que
loa hombres de otras naciones veneran y presienten el mar,
así nosotros (también el hombre que entreteje estos símbolos)
ansiamos la llanura inagotable que resuena bajo los cascos".
("El muerto", en El Aleph, Bs. As., Losada, 1949, p. 31).
Letras argóntinas: naxos y filiaciones. 65

Ocho años después de las Rimas, Sarmiento recordara


la experiencia ndel joven poeta Echeverría” y en Facundo
(1845), sin haberla visto ofrecerá una imagen nada difusa
de la pampa marcada por la extensión, la soledad, el peligro»
La palabra inmensidad cobra ese alcance tan sutilmente
profundizado por Bachelard y que para los antiguos constituía
una "abstracción realizada". ¿Qué impresiones ha de dejar
en e! habitante de la República A [Link] pregunta Sar­
miento- el simple acto de clavar los ojos en el horizonte,
y ver.„? No ver nada; porque cuanto más hunde los ojos
en aquel horizonte incierto, vaposo, indefinido, más se alejo,
mas lo fascina, lo confunde y lo sume en la contemplación
y la duda. Tal vez, cuando Gttiraldes se declara "discípulo
literario del gaucho", retiene, junto a Martin Fierro, estas
imágenes de Sarmiento y su elogio de la poesía y el canto
natales. En el primer capítulo de Los gauchos. Rojas centra
en la llanura el núcleo de inspiraciones estéticas más vital
de nuestro país.
Bajo el signo del poema de Hernández se agrupa,
hacia 1920, una de las generaciones de más inventiva, de
más pujante fuerza creadora en nuestra breve historia litera­
ria. Si hay un magisterio es el del admirado Leopoldo Lugones,
quien, finalmente, tal vez muy tarde ya, fuera reconocido
en su potente y casi alucinatorio poder poético. Borges comen­
ta que daba la impresión de haber agotado la literatura.
El propio Lugones había recorrido, desde Las montañas del
oro a Poemas solariegos: y los Romances de Rio Seco, el
mismo camino a la patria lejana, el mismo regreso que va
de Raucho (que vuelve "sonando con su tierra") a Don Segundo
Sombra. Rubén Darío, en pleno delirio modernista, supo
ver, con ojos de augur, que Lugones tenía, bajo su insaciable
curiosidad y tensa experimentación formal, "el alma de
un gaucho". Muchos años pasarán hasta que acepte que de
su propia voz mana el canto natal y que de 'la pobreza del
habla viva, oral, afinada en lentas centurias de aislamiento,
puede nacer la mayor riqueza literaria. En*”el Giiiraldes que
declara su vuelco religioso a la tierra ("Espinillo arisco
o tala pobre, yo quiero ser un árbol de la tierra en que nací")
aparece definida ya una trayectoria estética nacionalista
que, al fundarse después en un intenso sondeo lingüístico,
66 ANTONIO PASES LARRAYA

fundamenta la severidad y la singularidad de Don Segundo.


El estoicismof la sobriedad» el coraje del gaucho» su culto
a la amistad viril» su fatalismo» su gracia» su reserva» están
unidos al mismo espacio real y poético de Martín Fierro
y subordinados a una perspectiva muy opuesta al antihumanis-
mo o deshumanización de que por ese entonces tanto se
alardeaba.
Toda literatura» y la nuestra no es excepción, trascien­
de la posibilidad de fijarla a un sustratum significativo inmóvil,
y menos a la predilección por ciertos signos, por ciertas
alegorías que, en su conjunto, sí, dan ese espíritu tan clara­
mente perceptible y tan difícil de definir a las letras de
un país. Lo cierto es que nada sensibiliza y ahonda tanto
la conciencia del país como la escritura. Por vía de la voz
el país se vuelve sustancia palpable, viento (ónemosh que
nos rodeá y empuja con irresistible pujanza. Por eso su territo­
rio espiritual no es simétrico con su territorio físico y sí,
acaso, se asemeje, a esa geografía mágica que Jean-Pierre
Richard descubre en la poesía de Nerval (Poésie et profondeur,
1656).
¿Qué es la literatura si no ese trastocamiento numino~
so que crea otra tierra, despojada y distinta, con algo del
ensueño y la profecía1 dentro de nosotros? Otra tierra se
une en vínculo eterno a la otra, y es así nuestra posesión
inalienable, nuestro espacio sagrado, nuestro reino interior.
¿Qué es, ademas, la literatura, sino un clamor, un llamado,
una búsqueda? No es sereno el rostro de la literatura argenti­
na, pero en su mirada anhelosa, en su temblor secreto, en
su verdad de testigo insobornable, ventea la llama del verbo
y esa llama agita, sobre los tiempos, la esperanza. Por eso,
cuando todos los caminos parecen cerrados y oscuros, la
palabra de los antiguos y nuevos poetas, nuestras novelas
y nuestros ensayos, aun las escrituras más precarias nos
restituyen a un ¿re común que hace posible la vida. La vida,
claro, en las ilimitadas proporciones de su libertad y de
su originalidad. Caladura ctónica y ascenso hacia las alturas,
palabras hechas de la misma materia de lo humana Siempre
al borde del abismo, en búsqueda desvelada, nuestra literatura
crea también el territorio, como morada del hombre, con
su suelo y su cielo, su realidad humana y su historia carnal»
Letra* argentinas: nexos y filiaciones* 67

No es ya el territorio la nuda natura a la que se suele exaltar


con cierto vago panteísmo, sino la tierra, sencillamente
la tierra: cuna, tumba, sustancia eterna y transfigurada
de nuestro ser.
La literatura patentiza la conciencia desgarrada,
ese padecer por la totalidad, esa resistencia al vacío en
la que la tenue y fugitiva palabra acude en nuestra única
ayuda.
El manantial de la escritura brota incesantemente.
Nunca se agota su diálogo misterioso con el país. Acaso
por sentirlo así, en una hora de chatura moral, cuando parecían
borrarse los más límpidos signos de lo argentino, Leopoldo
Lugones, muy cerca ya de su muerte, hizo una agónica apela­
ción a lo que llámó "Rehallazgo del país". Lugones convocaba
a descubrir de nuevo la belleza genuina de nuestra tierra.
Cerrados otros caminos, confiaba en que la Argentina pobre
y heroica de la Independencia recuperase su alma a través
de la creación artística. De la voz y la imagen carnales
surgiría la vida nueva. Tal vez esa ilusión lo amparó en su
despedida.
Le Corbusier ha observado que cuando una forma
llega a su máxima intensidad surge un espacio indecible.
Ese espacio indecible es el de la tierra que besa Martin Fierro
cuando vuelve de las tolderías; el que se abre en E l payador
y Don Segundo Sombra; el a llí de las coplas elegiacas de
Luis de Miranda y el aquí de Martín Fierro y los antiguos
payadores. En ese ámbito físico y a la vez numinoso nunca
se apagan las estrellas. Y en él la Cruz del Sur señala una
esperanza que ningún olvido podrá quebrantar. Surge otra
dimensión que se dilata incesantemente, donde hombre,
territorio y canto persiguen como máximo anhelo el rehallazgo
del país. Y es esto, nada menos que esto, lo que llamamos
búsqueda de la identidad del ser que somos: .el contrapunto
con la palabra en el que arriesgamos nuestro existir.

Academia Argentina de Letras


68 ANTONIO PABE8 LARRAYA

Algunos trabajos míos anteriores se vuelven


olvidables después de la impaciente exposición de
hoy. Creo que es un acto inútil recordar viejos
ensayos míos sobre el tema: 1) Legado de la literatura
colonial argentina (Montevideo, universidad efe T a
República, Departamento de Literatura Iberoamericana,
1960), 2) "Peculiaridad de las letras argentinas"
(en* Miscellanea di Studi Ispanici, Pisa, N° 1,
1962, p p . 14Ú-»lé¿), 1) Perduración dél romanticismo
en la literatura argentina {México, Ünive rs idaa
Nacional Autónoma, Biblioteca de la Facultad de
Filosofía y Letras, 1963), 4) "Rasgos de la literatura
argentina" (en La Torre, Río Piedras, Universidad
de Puerto Rico, a. \7llí, N° 51, set-dic. 1965, pp.
85-107), 5) "Perfil de las letras argentinas" (Cuader­
nos hispanoamericanos, Madrid, N° 178, oct. 1904,
pp. i-3d), "Literatura argentina y conciencia territo­
rial" (en La conciencia territorial y su déficit
en la Argentina Actual, Buenos Aíres, CoNlCÉT, oikos,
1978, pp. 109-125T.----

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