Procesos Diocesanos – Aparecida 5.
EL ACONTECER DE DIOS EN LA HISTORIA DE LA DIÓCESIS
SENTIDO TEOLÓGICO-ESPIRITUAL
1. La Diócesis, lugar privilegiado de la comunión: APARECIDA: 164-169
164. La vida en comunidad es esencial a la vocación cristiana. El discipulado y la
misión siempre suponen la pertenencia a una comunidad. Dios no quiso salvarnos
aisladamente, sino formando un Pueblo1. Este es un aspecto que distingue la
vivencia de la vocación cristiana de un simple sentimiento religioso individual. Por
eso, la experiencia de fe siempre se vive en una Iglesia Particular.
165. Reunida y alimentada por la Palabra y la Eucaristía, la Iglesia católica existe y
se manifiesta en cada Iglesia particular, en comunión con el Obispo de Roma 2.
Esta es, como lo afirma el Concilio, “una porción del pueblo de Dios confiada a un
obispo para que la apaciente con su presbiterio”3.
166. La Iglesia particular es totalmente Iglesia, pero no es toda la Iglesia. Es la
realización concreta del misterio de la Iglesia Universal, en un determinado lugar y
tiempo. Para eso, ella debe estar en comunión con las otras Iglesias particulares y
bajo el pastoreo supremo del Papa, Obispo de Roma, que preside todas las
Iglesias.
167. La maduración en el seguimiento de Jesús y la pasión por anunciarlo
requieren que la Iglesia particular se renueve constantemente en su vida y ardor
misionero. Sólo así puede ser, para todos los bautizados, casa y escuela de
comunión, de participación y solidaridad. En su realidad social concreta, el
discípulo hace la experiencia del encuentro con Jesucristo vivo, madura su
vocación cristiana, descubre la riqueza y la gracia de ser misionero y anuncia la
Palabra con alegría.
168. La Diócesis, en todas sus comunidades y estructuras, está llamada a ser una
“comunidad misionera”4. Cada Diócesis necesita robustecer su conciencia
misionera, saliendo al encuentro de quienes aún no creen en Cristo en el ámbito
de su propio territorio y responder adecuadamente a los grandes problemas de la
sociedad en la cual está inserta. Pero también, con espíritu materno, está llamada
a salir en búsqueda de todos los bautizados que no participan en la vida de las
comunidades cristianas.
169. La Diócesis, presidida por el Obispo, es el primer ámbito de la comunión y la
misión. Ella debe impulsar y conducir una acción pastoral orgánica renovada y
vigorosa, de manera que la variedad de carismas, ministerios, servicios y
1
LG 9
2
ChL 85
3
ChD 11
4
Cf. ChL 32
1
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organizaciones se orienten en un mismo proyecto misionero para comunicar vida
en el propio territorio. Este proyecto, que surge de un camino de variada
participación, hace posible la pastoral orgánica, capaz de dar respuesta a los
nuevos desafíos. Porque un proyecto sólo es eficiente si cada comunidad
cristiana, cada parroquia, cada comunidad educativa, cada comunidad de vida
consagrada, cada asociación o movimiento y cada pequeña comunidad se
insertan activamente en la pastoral orgánica de cada diócesis. Cada uno está
llamado a evangelizar de un modo armónico e integrado en el proyecto pastoral de
la Diócesis.
2. La Iglesia local, llamada a la santidad5
Es en la Iglesia, concretamente, en la "local", en la que debemos sentirnos llamados
como personas, grupos, asociaciones e instituciones a la santidad, en la
intercomunicación de los dones del Espíritu y hacia la santidad-unidad en Cristo
Jesús.
2.1. Desde el punto de vista de su origen, esa santidad no es otra cosa que el
intento de vivir, en comunión, la plenitud de vida que brota del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo. En la comunión con Dios, origen, que aceptado y compartido
mediante la fe, esperanza y caridad, es, al mismo tiempo, modelo y horizonte
absoluto de toda realización personal y comunitaria. El misterio de la Trinidad,
plenitud infinita y eterna de vida compartida, y el misterio de su apertura amorosa a
los hombres, a quienes se revela y comunica su vida en la Encarnación, son las
"verdades-acontecimientos" más originales de nuestra fe. Por ellos podemos decir
que el pueblo de Dios es santo: Dios, el Santo, ha hecho de él su morada o, mejor,
Dios ha elevado esa porción de la humanidad a su propia vida trinitaria, en el
dinamismo de su amor.
Ahí está en juego la naturaleza misma de la Iglesia como misterio, realidad humana
penetrada por una presencia divina (Pablo VI), con-vocada por Dios, santificada y
unificada por El y por la comunión con El.
2.2. Desde el punto de vista de su actuación histórica, esa santidad consiste –
superando, cada cristiano y cada grupo eclesial, toda tendencia al individualismo y a
la cerrazón en sí mismo – en poner todas las propias potencialidades, de cualquier
género, en común y a disposición de los demás, dejándose a la vez enriquecer y
fecundar por las potencialidades y valores de todos los demás. Lo opuesto a esta
comunión es pecado; y no sólo pecado moral, porque va contra la misma ontología
de la Iglesia. Dinamismo de esta comunión es la conversión-renovación-
reconciliación permanentes.
5
J. B. CAPPELLARO, Edificándonos como Pueblo de Dios. Proyecto Diocesano de Renovación y
Evangelización – PDR/E. Propuesta Pastoral Teoría y Práctica de una experiencia. CELAM,
Colección Formación Pastoral 7-12, Santafé de Bogotá 1999. 2ª. Edición en el 2001. Cuaderno No.
3: Parte Segunda: El Modelo Ideal. Sección 1ª. Algunos principios teológico-espirituales, cap. 2. .
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Ahí está en juego la naturaleza de la Iglesia como Comunión-comunidad, Pueblo y
Familia, Esposa y Cuerpo, Templo, unificada en Dios y por la comunión en El.
2.3. Desde el punto de vista de la misión, esa santidad consiste en que todo en la
Iglesia se subordine, y todos en ella vivamos, al cien por cien, al servicio de la
realización del Plan de Dios de salvación universal e integral. En esa actitud de
servicio, coordinado y de conjunto, de toda la Iglesia, a la evangelización, la Iglesia
encuentra su misma razón de ser y, por lo mismo, también de la existencia y de la
santidad de cada uno de sus miembros, todos ellos enviados.
Ahí está en juego la naturaleza de la Iglesia como sacramento de Dios para la
actuación de su proyecto de unidad salvífica, signo e instrumento de esa salvación
en la unidad, para todo el mundo.
2.4. Mirando a su destino último, la santidad comunitaria no es otra cosa que la
comunión de los santos en el UNICO Santo. Es el reino eterno y universal: "reino de
verdad y de vida; reino de santidad y de gracia; reino de justicia, de amor y de paz".
Reino misteriosamente presente en esta tierra, que la Iglesia debe anunciar e
instaurar en todos los pueblos y del que la Iglesia en la tierra es el germen y el
principio (cfr. LG 5), y cuya perfección se consumará cuando venga el Señor (cfr.
GS 39).
3. El Espíritu Santo, principio de unidad y de diversidad 6
La Iglesia "acontecimiento", comunión entre Dios y la humanidad, peregrinante
hacia su plenitud en Cristo, la santidad-unidad de Dios Trino, tiene su punto de
partida en Pentecostés. En realidad, la Iglesia es obra del Espíritu Santo. Por ello, a
lo largo de este trabajo se volverá varias veces a este punto de partida. Por ahora,
basta recordar este principio en sus afirmaciones más fundamentales.
El Concilio Vaticano II ha antepuesto la unidad (Cfr LG cap. 1 y 2) a la diferenciación
jerárquica (Cfr. LG cap. 3 y 4) y con ello ha realizado una revolución cuyas
consecuencias aparecen en el modelo ideal, en el "deber ser" de la Iglesia local,
que ahora se explicita: la primacía corresponde a la "vida en el Espíritu" del conjunto
del pueblo de Dios. Es el pueblo reunido por El como sacramento de la unidad del
mundo (LG 1).
3.1. El don del Espíritu
El Espíritu Santo, caridad increada, encuentro entre el Padre y el Hijo, actúa a
través de todos los bautizados en la medida en que estos, fundados en la fe,
sostenidos por la esperanza, viven la caridad – amor de Dios compartido entre los
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J. B. CAPPELLARO, Edificándonos como Pueblo de Dios. Proyecto Diocesano de Renovación y
Evangelización – PDR/E. Propuesta Pastoral Teoría y Práctica de una experiencia. CELAM,
Colección Formación Pastoral 7-12, Santafé de Bogotá 1999. 2ª. Edición en el 2001. Cuaderno No.
3: Parte Segunda: El Modelo Ideal. Sección 1ª. Algunos principios teológico-espirituales, cap. 3.
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hermanos – y actúan en coherencia con la misma. Caridad que es vivencia y
efusión del Espíritu en la intercomunicación de la fe según los dones de cada uno.
Caridad que es vocación a la perfección en la santidad de vida en la unidad salvífica
tanto de la persona cuanto del pueblo de Dios.
Es así como "el Espíritu construye la Iglesia de manera vasta y profunda; no sólo a
través de la acción de la jerarquía, sino también a través de todas las fuerzas y
personas (Cfr LG 4, 12; AG 4).
"La referencia al Espíritu, como don por excelencia de Cristo, está constantemente
relacionada con las categorías de "riqueza" y de "variedad" de dones, distribuidas
en vistas a la construcción de la Iglesia como cuerpo (cuerpo entendido no sólo
como expresión viva de la presencia histórica de Cristo sino también como sinónimo
de armonía dinámica de múltiples funciones). La referencia es siempre a la plenitud
de Cristo, que está en Cristo, respecto a la cual la Iglesia está llamada a ser espejo
y reflejo según el modelo de María." El Espíritu aparece así como principio de
unidad en la que se integran las diferencias y como principio de diferenciación y de
renovación (cfr. L. Sartori, Carismi, Dizionario di Teologia, E.P. 1979, pág. 2).
De la efusión del Espíritu en pentecostés nace la Iglesia; El efunde el don de la
caridad (1Cor 13; 2Cor 6, 6; Gal 5, 22; Rom 5, 5); El reúne a todos en la unidad (Ef
4, 4); El es Espíritu de comunión (Ef 4, 3; Fil 2, 1) y edifica la unidad (1Cor 12, 13);
El mora en la Iglesia y en el corazón de los fieles como en un templo (cfr. 1Cor 3,
16; 6, 19); El guía la Iglesia hacia la verdad completa (cfr. Jn 16, 13) y la unifica en
la comunión y en el servicio (cfr. LG 4).
3.2. El Espíritu, principio de unidad
El Espíritu Santo es el principio de la unidad de la Iglesia porque él es "uno y único"
y por lo mismo no se pueden separar dos términos que a veces se presentan
antagónicos: la experiencia del Espíritu y la experiencia de la Iglesia. Ser Iglesia y
vivir según el Espíritu se exigen mutuamente hasta identificarse.
Por esto, quien quiera vivir en el Espíritu debe poder vivir la experiencia de
integración de las diferencias en la unidad. Para ello, deben existir y, si es
necesario, hay que crear los espacios para ello.
La Iglesia como realidad visible debe crear, a su vez, las condiciones óptimas para
que todos los bautizados puedan históricamente tener experiencia de integrarse con
"otros" o, mejor, donde las diversidades, cualesquiera que sean, se encuentran,
experimentan su complementariedad y se edifican en la unidad del único Espíritu.
3.3. El Espíritu, principio de diversidad
Al mismo tiempo, el Espíritu "provee (a la Iglesia) de diversos dones jerárquicos y
carismáticos, con los cuales la dirige y la embellece con sus frutos (cfr. Ef 4, 11-12;
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1Cor 12, 4ss; Gal 5, 22)" (LG 4). A cada uno se le ha dado la manifestación del
Espíritu para bien de todos (Cfr. 1Cor 12, 7), de modo que todos los dones y
carismas desde los más extraordinarios hasta los más simples y comunes sean
"útiles a la renovación de la Iglesia y al desarrollo de su construcción" (LG 12). El
Espíritu que es uno manifiesta su infinita riqueza por medio de los que son muchos.
Estos dones o carismas pueden ser personales o relacionados con estados de vida
como las familias religiosas, con tradiciones globales (en el plano teológico,
espiritual, jurídico, litúrgico), con servicios apostólicos, con determinadas formas de
espiritualidad y oración, y con tradiciones de Iglesias locales2. Esto exige a la Iglesia
evitar todo lo que mortifica, nivela, empequeñece, uniforma o que provoca temor o
sospecha frente a la variedad de dones y valores que el Espíritu suscita en su
interior. Más aún, esta catolicidad interior a la Iglesia es condición para su
catolicidad misionera. Ella debe presentarse al mundo como promotora de las
legítimas diferencias para presentarse como lugar de la auténtica libertad en la
caridad3. Como repetía Juan XXIII: "en lo necesario unidad; en lo dudoso, libertad;
en todo, caridad". (UR 4; GS 92).
Pero los carismas, por ser otorgados para la renovación de la Iglesia, "cuando se
orientan a un servicio preciso, estable y vitalmente requerido por la comunidad, con
verdadera responsabilidad, y son reconocidos por la Iglesia con un acto de
institución, se convierten en ministerios instituidos" (Bruno Forte). "El ministerio
aparece como un carisma en estado de servicio". (idem). Así, todo ministerio es
carisma pero no todo carisma es un ministerio.
3.4. El Espíritu, principio de renovación permanente
Del mismo modo, el Espíritu Santo, por ser principio de unidad y diversidad, es
principio al mismo tiempo de renovación permanente. De hecho el dinamismo de la
unidad y diversidad vivido en relación con el tiempo, entre el pasado y el futuro por
venir, se expresa en la tensión dialéctica entre fidelidad y renovación. El Espíritu
mueve a la Iglesia a la fidelidad creciente al evangelio, a la santidad, de acuerdo
con las condiciones mutables de los tiempos. Por lo mismo, el Espíritu está en el
origen de todo esfuerzo por reexpresar el modelo de la Iglesia de un tiempo
mediante otro que sea más auténtico y más acabado. Es el Espíritu que renueva la
faz de la tierra.
5
22.(cfr. L. Sartori, Carismi, Diz. di Teologia, E.P. 1979, pág. 93)
33.(cfr. l.c. pág. 93