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El libreto de 'Julieta' presenta los diálogos entre Julieta, su ama y Romeo, donde se exploran los temas del amor, la identidad y el destino trágico. Julieta se debate entre su amor por Romeo, un Montesco, y su lealtad a su familia Capuleto, mientras que la tensión aumenta con la revelación de la muerte de Teobaldo y el destierro de Romeo. La obra refleja la intensidad de los sentimientos y las consecuencias de las rivalidades familiares en el contexto de un amor prohibido.

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El libreto de 'Julieta' presenta los diálogos entre Julieta, su ama y Romeo, donde se exploran los temas del amor, la identidad y el destino trágico. Julieta se debate entre su amor por Romeo, un Montesco, y su lealtad a su familia Capuleto, mientras que la tensión aumenta con la revelación de la muerte de Teobaldo y el destierro de Romeo. La obra refleja la intensidad de los sentimientos y las consecuencias de las rivalidades familiares en el contexto de un amor prohibido.

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Libreto Julieta

Acto 1
Escena III
(Julieta, Ama y Señora de Capuleto)
-​ ¿Quien me llama?
-​ Señora, aquí estoy dime que sucede.
-​ Callate ya; te lo suplico.
-​ Aún no he pensado en tanta honra
-​ Lo pensaré si es que el ver predispone a amar pero el dardo de mis
ojos solo tendrá la fuerza que le preste la obediencia.

Escena V
(Julieta y Romeo)

-​ El peregrino ha errado la senda aunque parece devoto, el palmero


solo ha de besar manos de santo.
-​ Los labios del peregrino son para rezar.
-​ El santo oye con serenidad las súplicas.
-​ En mis labios queda la marca de vuestro pecado.
-​ Besais muy santamente.

(Julieta y el Ama)

-​ Ama ¿sabes quién es este mancebo?


-​ ¿Y aquel otro que sale
-​ ¿Y el que va detrás… aquel que no quiere bailar?
-​ Pues trata de saberlo. Y si es casado, el sepulcro será mi lecho de
bodas.
-​ ¡Amor nacido del odio, harto pronto te he visto sin conocerte! ¡Harto
tarde te he conocido! Quiere mi negra suerte que consagrare mi
amor al único hombre a quien debo aborrecer.
-​ Versos, que me dijo uno bailando.
Acto 2

Escena II
(Julieta Ama y Romeo)

-​ ¡Ay de mi!
-​ ¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no reniegas
del nombre de tu padre y tu madre? Y si no tienes valor para tanto.
ámame y no me tendré por capuleto.
-​ No eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas ¿Y
que quiere decir montesco? No es pie ni mano ni brazo, ni semblante
ni pedazo alguno de la naturaleza humana ¿Porque no tomas otro
nombre? La rosa no dejaría de ser rosa, y de esparcir su aroma,
aunque se llamase de otro modo. De igual suerte mi querido Romeo,
aunque tuviese otro nombre, conservaría todas las buenas
cualidades de su alma, que no le vienen por herencia. Deja tu
nombre, Romeo y en cambio de tu nombre, que no es cosa alguna
sustancial, toma toda mi alma.
-​ ¿Y quién eres tú que, en medio de las sombras de la noche, vienes a
sorprender mis secretos?
-​ Pocas palabras son las que aún he oído de esa boca, y sin embargo
te reconozco. ¿No eres Romeo? ¿No eres de la familia de los
Montescos?
-​ ¿Cómo has llegado hasta aquí, y para que? Las paredes de esta
huerta son altas y difíciles de escalar, y aquí podrías tropezar con la
muerte, siendo quien eres, si alguno de mis parientes te hallase.
-​ Si te encuentran, te matarán.
-​ Yo daría un mundo porque no te descubrieran.
-​ ¿Y quién te guió aquí?
-​ Si el manto de la noche no me cubriera, el rubor de virgen subiría a
mis mejillas, recordando las palabras que esta noche me has oído.
En vano quisiera corregirlas o desmentirlas… ¡Resistencias vanas
¿Me amas? Se que me dirás que sí y que yo lo creeré. Y sin
embargo podrías faltar a tu juramento, porque dicen que Jove se ríe
de los perjuros de los amantes. Si me amas de veras Romeo, dilo
con sinceridad, y si me tienes por fácil y rendida al primer ruego,
dímelo también, para que me ponga esquiva y ceñuda, y así tengas
que rogarme. Mucho te quiero, Montesco, mucho y no me tengas por
liviana, antes he de ser más firme y constante que aquellas
desdeñosas porque son astutas. Te confesaré que más disimulo
hubiera guardado contigo, si no me hubieses oído aquellas palabras
que, sin pensarlo yo, te revelaron todo el ardor de mi corazón.
Perdoname, y no me juzgues con la ligereza este rendirme tan
pronto. La soledad de la noche lo ha hecho.
-​ No jures por la luna, que en su rápido movimiento cambia de aspecto
cada mes. No vayas a imitar su inconstancia.
-​ No hagas ningún juramento. Si acaso, jura por ti mismo, por tu
persona que es el dios que adoro y en quién he de creer.
-​ No jures. Aunque me llene de alegría verte, no quiero esta noche oír
tales promesas que parecen violentas y demasiado rápidas. Son
como el rayo que se extingue, apenas aparece. Alejate ahora: quizá
cuando vuelvas haya llegado a abrirse, animado por las brisas de
estío, el capullo de esta flor. ¡Adiós, y ojalá aliente tu pecho en tan
dulce calma como el mío!
-​ ¿Y qué otro puedo darte esta noche?
-​ Antes te la di que tú acertaras a pedirmela. Lo que siento es no
poder dártela otra vez.
-​ Si, para dártela otra vez, aunque esto fuera codicia de un bien que
tengo ya. Pero mi afán de dártelo todo es tan profundo y tan sin
límite como los abismos del mar. ¡Cuanto más te lo doy, más quisiera
darte!... Pero oigo ruido dentro. ¡Adios! No engañes a mi
esperanza… Ama, allá voy… Guárdame fidelidad, Montesco mío.
Espera un instante, que vuelvo enseguida.
-​ Solo te dire dos palabras. Si el fin de tu amor es honrado, si quieres
casarte, avisa mañana al mensajero que te enviaré, de cómo y
cuándo quieres celebrar la sagrada ceremonia. Yo te sacrificaré mi
vida e iré en pos de ti por el mundo
-​ Ya voy. Pero si son torcidas tus intenciones, suplicote que…
-​ Ya corro… Suplicote que desistas de tu empeño, y me dejes a solas
con mi dolor. Mañana irá el mensajero…
-​ Buenas noches.
-​ ¡Romeo! ¡Romeo! ¡Oh, si yo tuviese la voz del cazador de cetrería,
para llamar de lejos a los halcones! Si yo pudiera hablar a gritos,
penetraría mi voz hasta la gruta ninfa Eco, y llegaría a ensordecerla
repitiendo el nombre de mi Romeo.
-​ ¡Romeo!
-​ ¿A qué hora irá mi criado mañana?
-​ No faltara. Las horas se me harán siglos hasta que llegue. No se
para que te he llamado.
-​ Con el contento de verte cerca me olvidaré eternamente de lo que
pensaba, recordando tu compañía.
-​ Ya es de dia. Vete… Pero no quisiera que te alejaras más que el
breve trecho que consiente alejarse al pajarillo de la niña que la tiene
sujeto de una cuerda de seda, y que a veces le suelta la mano, y
luego le coge ansiosa, y le vuelve a soltar.
-​ ¿Y qué quisiera yo sino que lo fueras? Aunque recelo que mis
caricias habían de matarte. ¡Adios, adios! Triste es la ausencia y tan
dulce la despedida, que no se como arrancarme los hierros de esta
ventana.

Escena V
(Julieta y Ama)
-​ Las nueve eran cuando envíe al ama, y dijo que antes de media hora
volvería. ¿Si no la habrá encontrado? ¡Pero si! ¡Qué torpe y
perezosa! Solo el pensamiento debería ser anuncio del amor. El
corre más que los rayos del sol cuando ahuyentan las sombras de
los montes. Por eso pintan al amor con las alas. Ya llega el sol a
mitad de su carrera. Tres horas van pasadas desde las nueve a las
doce, y no vuelve todavía. Si ella tuviese sangre juvenil y alma,
volvería con las palabras de su boca; pero la vejez es pesada como
un plomo ¡Gracias a Dios que viene! Ama mía, querida Ama… ¿Qué
noticias traes? ¿Hablaste con él? Que se vaya Pedro.
-​ Y bien Ama querida. ¡Qué triste estás! ¿Acaso traes malas noticias?
Dímelas, a lo menos, con rostro alegre. Y si son buenas, no las
eches a perder con esa mirada torva.
-​ ¡Tuvieras tus huesos tu y yo mis noticias! Habla por Dios, Ama mia.
-​ ¿Como sin aliento, cuando te sobra para decirme que no lo tienes?
Menos que en volverlo a decir, tardarás en darme las noticias. ¿Las
traes buenas o malas?
-​ Calla, calla; eso ya me lo sabía yo. ¿Pero qué hay de la boda?
-​ Pero ¡Qué confusión! ¿Qué es en suma lo que te dijo Romeo?
-​ Si.
-​ ¡Y yo a mi felicidad! Ama mia.

Acto 3

Escena II
(Julieta y Ama)
-​ Corred, corred a la casa de Febo, alados corceles del sol. El látigo de
Fateon os lance al ocaso. Venga la dulce noche a tender sus
espesas cortinas. Cierra¡oh sol! Tus penetrantes ojos, y deja que en
el silencio venga a mi mi romeo, e invisible se lance a mis brazos. El
amor es ciego y ama la noche. Y a su luz misteriosa cumplen sus
citas los amantes. Ven majestuosa noche, motrona de humilde y
negra túnica, y enséñame a perder en el blando juego, donde las
vírgenes empeñan su castidad. Cubre tu con tu mano la pura sangre
que arde en mis mejillas. Ven, noche; amiga de los amantes y
vuélveme a mi Romeo. Y cuando muera, convierte tu cada trozo de
su cuerpo en una estrella relumbrante, que sirva de adorno a tu
manto, para que todos se enamoren de la noche, desenamorandose
del sol. Ya he adquirido el castillo de mi amor, pero aun no le poseo.
Ya estoy vendida, pero no entregada a mi señor. ¡Qué día tan largo!
Tan largo como víspera de domingo para el niño que ha de estrenar
en él un traje nuevo. Pero aquí viene mi ama, y me traerá noticias de
él. Ama, ¿Qué noticias traes? ¿Esa es la escala que te dijo Romeo?
-​ ¡Ay Dios! ¿Que sucede? ¿Por qué tienes las manos cruzadas?
-​ ¿Pero cabe en el mundo tal maldad?
-​ ¿Y quien eres tú, demonio, que así vienes a atormentarme? Suplico
igual solo debe de haberle en el infierno. Dime ¿Que pasa? ¿Se ha
matado Romeo? Dime que si, y esta palabra basta. Será más
homicida que mirada de basilisco. Di que sí o que no, que vive o
muere. Con una palabra puedes calmar o serenar mi pena.
-​ ¡Estalla, corazón mío, estalla! ¡Ojos míos, yacerán desde ahora en
prisión tenebrosa, sin tornar a ver la luz del día! ¡Tierra, vuelve a la
tierra! Solo resta morir, y que un mismo túmulo cubra mis restos y los
de Romeo!
-​ Pero ¡qué confusión es esta en que me pones! ¿Dices que Romeo
ha muerto, y que ha muerto Teobaldo, mi dulce primo? Toquen, pues,
la trompeta del juicio final. Si esos dos han muerto, ¿qué importa que
vivan los demás?
-​ ¡Válgame Dios! ¿Con que Romeo derramó la sangre de Teobaldo?
¡Alma de sierpe, oculta bajo capa de flores! ¿Qué dragón tuvo jamás
tan espléndida gruta? Hermoso tirano, demonio angelical, cuervo con
plumas de paloma, cordero rapaz como lobo, materia vil de forma
celeste, santo maldito, honrado criminal, ¿en qué pensabas,
naturaleza de los infiernos, cuando encerraste en el paraíso de ese
cuerpo el alma de un condenado? ¿Por qué encuadernaste tan
bellamente un libro de tan perversa lectura? ¿Cómo en tan magnífico
palacio pudo habitar la traición y el dolor?
-​ ¡Maldita la lengua que tal palabra osé decir! En la noble cabeza de
Romeo no es posible deshonra. En su frente reina el honor como
soberano monarca. ¡Qué necia yo que antes decía mal de él!
-​ ¿Y cómo he de decir mal de quien es mi esposo? Mató a mi primo,
porque si no, mi primo le hubiera matado a él. ¡Atrás, lágrimas mías,
tributo que erradamente ofrecí al dolor, en vez de ofrecerle al gozo!
Vive mi esposo, a quien querían dar muerte, y su matador yace por
tierra. ¿A qué es el llanto? Pero creo haberte oído otra palabra que
me angustia mucho más que la muerte de Teobaldo. En vano me
esfuerzo por olvidarla. Ella pesa sobre mi conciencia, cómo puede
pesar en el alma de un culpable el remordimiento. Tú dijiste que
Teobaldo había sido muerto y Romeo desterrado. Esta palabra
desterrado me pesa más que la muerte de diez mil Teobaldos. ¡No
bastaba con la muerte de Teobaldo, o es que las penas se deleitan
con la compañía y nunca vienen solas! ¿Por qué cuando dijiste: «ha
muerto Teobaldo», no añadiste: «tu padre o tu madre, o los dos»?
Aun entonces no hubiera sido mayor mi pena. ¡Pero decir: «Romeo
desterrado»¡ Esta palabra basta a causar la muerte a mi padre y a mi
madre, y a Romeo y a Julieta. «¡Desterrado Romeo!» Dime, ¿podrá
encontrarse término o límite a la profundidad de este abismo?
¿Dónde están mi padre y mi madre? Dímelo.
-​ Ellos con su llanto enjugarán las heridas. Yo entre tanto lloraré por el
destierro de Romeo. Toma tú esa escalera, a quien su ausencia priva
de su dulce objeto. Ella debía haber sido camino para mi lecho
nupcial. Pero yo moriré virgen y casada. ¡Adiós, escala de cuerda!
¡Adiós, nodriza! Me espera el tálamo de la muerte.
-​ Dale en nombre mío esta sortija, y dile que quiero oír su postrera
despedida.

Escena V
(Romeo y Julieta)
-​ ¿Tan pronto te vas? Aún tarda el día. Es el canto del ruiseñor, no el
de la alondra el que resuena. Todas las noches se posa a cantar en
aquel granado. Es el ruiseñor, amado mío
-​ No es esa luz la de la aurora. Te lo aseguro. Es un meteoro que
desprende de su lumbre el sol para guiarte en el camino de Mantua.
Quédate. ¿Por qué te vas tan luego?
-​ Sí, vete, que es la alondra la que canta con voz áspera y destempla
da. ¡Y dicen que son armoniosos sus sones, cuando a nosotros viene
a separarnos! Dicen que cambia de ojos como el sapo. ¡Ojalá
cambiara de voz! Maldita ella que me aparta de tus atractivos. Vete,
que cada vez se aclara más la luz.
-​ ¡Ama!
-​ ¿Te vas? Mi señor, mi dulce dueño, dame nuevas de ti todos los
días, a cada instante. Tan pesados corren los días infelices, que
temo envejecer antes de tornar a ver a mi Romeo.
-​ ¿Crees que volveremos a vernos?
-​ ¡Válgame Dios! ¡Qué présaga tristeza la mía! Parece que te veo
difunto sobre un catafalco. Aquel es tu cuerpo, o me engañan los
ojos.
-​ ¡Oh, fortuna! te llaman mudable: a mi amante fiel poco le importan
tus mudanzas. Sé mudable en buen hora, y así no le detendrás y me
le restituirás luego.
-​ ¿Quién me llama? Madre, ¿estás despierta todavía o te levantas
ahora? ¿Qué novedad te trae a mí?
-​ Estoy mala.
-​ Dejadme llorar tan dura suerte.
-​ Llorando la pérdida, lloro también al amigo. Señora de Capuleto Más
que por el muerto ¿lloras por ese infame que le ha matado? Julieta
¿Qué infame, madre? Señora de Capuleto Romeo. Julieta (Aparte).
¡Cuánta distancia hay entre él y un infame! (Alto). Dios le perdone
como le perdono yo, aunque nadie me ha angustiado tanto como él.
-​ Sí, y donde mi venganza no puede alcanzarle. Yo quisiera vengar a
mi primo.
-​ Satisfecha no estaré, mientras no vea a Romeo... muerto... Señora,
si hallas alguno que se comprometa a darle el tósigo, yo misma le
prepararé, y así que lo reciba Romeo, podrá dormir tranquilo. Hasta
su nombre me es odioso cuando no lo tengo cerca, para vengar en él
la sangre de mi primo.
-​ ¡Buena ocasión para gratas nuevas! ¿Y cuál es, señora?
-​ ¿Y que día es ese?
-​ Pues te juro, por la iglesia de San Pedro, y por San Pedro purísimo,
que no se desposará. ¿A qué es tanta prisa? ¿Casarme con él
cuando todavía no me ha hablado de amor? Decid a mi padre,
señora, que todavía no quiero casarme. Cuando lo haga, con
juramento os digo que antes será mi esposo Romeo, a quien
aborrezco, que Paris. ¡Vaya una noticia que me traéis!
-​ ¿Enorgullecerme? No, agradecer sí. ¿Quién ha de estar orgullosa de
lo que aborrece? Pero siempre se agradece la buena voluntad, hasta
cuándo nos ofrece lo que odiamos.
-​ Padre mío, de rodillas os pido que me escuchéis una palabra sola.
-​ ¿Y no hay justicia en el cielo que conozca todo el abismo de mis
males? No me dejes, madre. Dilatad un mes, una semana el
casamiento, o si no, mi lecho nupcial será el sepulcro de Teobaldo.
-​ ¡Válgame Dios! Ama mía, ¿qué haré? Mi esposo está en la tierra, mi
fe en el cielo. ¿Y cómo ha de volver a la tierra mi fe, si mi esposo no
la envía desde el cielo? Aconséjame, consuélame. ¡Infeliz de mi!
¿Por qué el cielo ha de emplear todos sus recursos contra un ser tan
débil como yo? ¿Qué me dices? ¿Ni una palabra que me consuele?
-​ ¿Hablas con el alma?
-​ Asi sea.
-​ Por nada. Buen consuelo me has dado. Vete, di a mi madre que he
salido. Voy a confesarme con Fray Lorenzo, por el enojo que he dado
a mi padre.
-​ ¡Infame vieja! ¡Aborto de los infiernos! ¿Cuál es mayor pecado en ti,
querer hacerme perjura, o mancillar con tu lengua al mismo a quien
tantas veces pusiste por las nubes? Maldita sea yo si vuelvo a
aconsejar me de ti. Sólo mi confesor me dará amparo y consuelo, o a
lo menos fuerzas para morir.

Acto 4
Escena I
(Fray Paris y Julieta)

-​ Lo seré cuando me case.


-​ Será lo que sea.
-​ Con vos me confesaría, si os respondiera.
-​ No os negaré que quiero al padre.
-​ Más valdría tal confesión a espaldas vuestras, que cara a cara.
-​ Poco hacen mis lágrimas: no valía mucho mi rostro, antes que ellas
le ajasen.
-​ Señor, en la verdad no hay injuria, y más si se dice frente a frente.
-​ Vuestro será quizá, puesto que ya no es mío. Padre, ¿podéis oírme
en confesión, o volveré al Ave-María?
-​ Cerrad la puerta, padre, y venid a llorar conmigo: ya no hay
esperanza ni remedio.
-​ Padre, no me digáis que dicen tal cosa, si al mismo tiempo no
discurrió, en vuestra sabiduría y prudencia, algún modo de evitarlo. Y
si vos no me consoláis, yo con un puñal sabré remediarme. Vos, en
nombre del Señor, juntasteis mi mano con la de Romeo, y antes que
esta mano, donde fue por vos estampado su sello, consienta en otra
unión, o yo amancille su fe, matáranos este hierro. Aconsejadme
bien, o el hierro sentenciará el pleito que ni vuestras canas ni vuestra
ciencia saben resolver. No os detengáis: respondedme o muero.
-​ Padre, a trueque de no casarme con Paris, mandadme que me arroje
de lo alto de una torre, que recorra un camino infestado por
bandoleros, que habite y duerma entre sierpes y osos, o en un
cementerio, entre huesos humanos, que crujan por la noche, y
amarillas calaveras, o enterradme con un cadáver reciente. Todo lo
haré, por terrible que sea, antes que ser infiel al juramento que hice a
Romeo.
-​ Dadme la ampolleta, y no hablemos de temores.
-​ Vi a ese caballero en la celda de Fray Lorenzo, y le concedí cuanto
podía concederle mi amor, sin agravio del decoro.
-​ Ama, ven a mi cuarto, para que dispongamos juntas las galas de
desposada.

Escena III
(Julieta Ama y señora de Capuleto)

-​ Sí, ama, sí: este traje está mejor, pero yo quisiera quedarme sola
esta noche, para pedir a Dios en devotas oraciones que me ilumine y
guíe en estado tan lleno de peligros.
-​ No, madre. Ya estarán escogidas las galas que he de vestirme
mañana. Ahora quisiera que me dejaseis sola, y que el ama velase
en vuestra compañía, porque es poco el tiempo, y falta mucho que
disponer.
-​ ¡Adiós! ¡Quién sabe si volveremos a vernos! Un miedo helado corre
por mis venas y casi apaga en mí el aliento vital. ¿Les diré que
vuelvan? Ama... Pero ¿a qué es llamarla? Yo sola debo representar
esta tragedia. Ven a mis manos, ampolla. Y si este licor no produjese
su efecto, ¿tendría yo que ser esposa del Conde? No, no, jamás: tú
sabrás impedirlo. Aquí, aquí le tengo guardado. (Señalando el puñal).
¿Y si este licor fuera un veneno preparado por el fraile para matarme
y eludir su responsabilidad por haberme casado con Romeo? Pero
mi temor es vano. ¡Si dicen que es un santo! ¡Lejos de mi tan ruines
pensamientos! ¿Y si me despierto encerrada en el ataúd, antes que
vuelva Romeo? ¡Qué horror! En aquel estrecho recinto, sin luz, sin
aire... me voy a ahogar antes que él llegue. Y la espantosa imagen
de la muerte... y la noche... y el horror del sitio... la tumba de mis
mayores... aquellos huesos amontonados por tantos siglos... el
cuerpo de Teobaldo que está en putrefacción muy cerca de allí... los
espíritus que, según dicen, interrumpen... de noche, el silencio de
aquella soledad... ¡Ay, Dios mío! ¿No será fácil que al despertarme,
respirando aquellos miasmas, oyendo aquellos lúgubres gemidos
que suelen entorpecer a los mortales, aquellos gritos semejantes a
las quejas de la mandrágora cuando se la arranca del suelo... ¿no es
fácil que yo pierda la razón, y empiece a jugar en mi locura con los
huesos de mis antepasados, o a despojar de su velo funeral el
cadáver de Teobaldo, o a machacarme el cráneo con los pedazos del
esqueleto de alguno de mis ilustres mayores? Ved... Es la sombra de
mi primo, que viene con el acero desnudo, buscando a su matador
Romeo. ¡De tente, Teobaldo! ¡A la salud de Romeo!

Acto 5

Escena III

-​ Padre, ¿dónde está mi esposo? Ya recuerdo dónde debía yo estar y


allí estoy. Pero ¿dónde está Romeo, padre mío?
-​ Yo aquí me quedaré. ¡Esposo mío¡ Mas ¿qué veo? Una copa tiene
en las manos. Con veneno ha apresurado su muerte.¡Cruel! no me
dejó ni una gota que beber. Pero besaré tus labios que quizá
contienen algún resabio del veneno. Él me matará y me salvará. Aún
siento el calor de sus labios.
-​ Siento pasos. Necesario es abreviar. ¡Dulce hierro, descansa en mi
corazón, mientras yo muero!
FIN

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