Panorama del Antiguo Testamento
Estudio 7: «Las promesas del pasado prevalecerán a pesar
de los problemas actuales» Números
Introducción
¡Bienvenido! Estamos a un cuarto del camino en nuestro
estudio acerca del Antiguo Testamento, analizando cada libro
desde una perspectiva de 15000 m para entender su mensaje y
temas principales.
Y siempre estamos mirando hacia el Nuevo Testamento
para ver cómo el Antiguo Testamento nos enseña acerca del
evangelio:
las buenas noticias de Jesucristo, su Iglesia, y el Cielo
venidero.
De hecho, al entrar en el estudio de esta noche de nuestro
cuarto libro de la Biblia, Números, estaremos viendo cada uno
de esos temas.
Contexto
Comencemos con el contexto. Números viene después de
Éxodo, cuando el pueblo de Dios, los israelitas, sale de
Egipto.
Y acaban de recibir los Diez Mandamientos en el Sinaí.
Pero aún no hemos llegado a la Tierra Prometida por lo que
todavía estamos antes que los libros de Deuteronomio y Josué.
En Números, veremos al pueblo de Israel empacar el
campamento al pie del monte Sinaí y avanzar hacia la tierra de
Canaán, la tierra fértil justo al este del mar Mediterráneo.
Si echa un vistazo a su folleto, verá un mapa del viaje
israelita. La ruta son solo 321 km, pero la narrativa
comprenderá 40 años, porque, como veremos, el pueblo no va
directamente a la tierra.
En cambio, deambula por el desierto. Al dividir los
capítulos geográficamente, vemos que:
- los capítulos 1-10 tratan acerca de empacar en el Sinaí,
- los capítulos 11-12 del viaje a Cades donde el pueblo se
revela.
- los capítulos 13-19 explican las peregrinaciones en el
desierto, y
- los capítulos 20-21 describen el viaje a las llanuras de
Moab.
- Finalmente, en los capítulos 22-36, veremos que Israel
está acampando a la orilla este del río Jordán, mirando al
otro lado del río, la Tierra Prometida.
Pero este libro no solo relata la búsqueda del pueblo de
Dios de un lugar para vivir.
Si ampliamos un poco más, recordaremos que esta historia
encaja en el panorama más amplio de cómo se cumplirán las
promesas de Dios a Abraham.
En Génesis 12 (y en los capítulos 15 y 17), Dios hace
muchas promesas a Abraham.
Permíteme resaltar los cuatro puntos claves que estaremos
viendo a lo largo de Números:
1. Él promete que su pueblo tendrá un lugar. «Porque
toda la tierra que ves, la daré a ti y a tu descendencia para
siempre» (Gn. 13:15).
2. Promete que los israelitas, su pueblo, la descendencia
de Abraham, será numerosa, «una nación grande» (Gn.
12:2), «como el polvo de la tierra» (Gn. 13:16), «como las
estrellas del cielo» (Gn. 15:5).
3. También promete su presencia (Gn. 15:1).
4. Por último, Dios promete que por medio de los
israelitas, todas las naciones serán bendecidas. «Bendeciré
a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan; ¡por
medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra!»
(Gn. 12:3).
El libro de Números es crucial para comprender la
historia redentora, porque es la primera vez (desde que Adán y
Eva estuvieron en el huerto del Edén) que vemos la
posibilidad de que estas cuatro promesas se cumplan.
El pueblo de Dios intenta habitar un lugar donde puedan
disfrutar de la presencia de Dios, y así ser una bendición a las
naciones.
Pero, por supuesto, estas cuatro promesas no tienen éxito
sino hasta Apocalipsis 21.
Así que sabemos de antemano que Números, en ese
sentido, es un comienzo en falso.
Pero lo que es significativo es por qué estas cuatro
promesas no prosperan. ¿Puede alguien responder esa
pregunta en una sola palabra? [Incredulidad].
Correcto. En resumen, dos ideas temáticas se juntan en el
libro de Números.
En primer lugar, los problemas actuales: la incredulidad,
la rebelión y la desobediencia del pueblo.
Entonces, frente a eso, está la fidelidad de Jehová a sus
antiguas promesas: su paciencia y gracia.
Y la gran pregunta que enfrentamos aquí es: «¿Qué
ganará?». «¿Prevalecerán las promesas de Dios en medio de la
desobediencia, la desconfianza y la incredulidad?
La respuesta es, y una buena oración temática para el
libro, sería…
Las promesas del pasado prevalecerán a pesar de los
problemas actuales.
Bien, eso es lo que veremos en este libro. Pero para
asegurarnos de que veamos este tiempo como algo práctico y
no solo como algo académico, hablemos un poco acerca de
esto:
¿Por qué tendríamos que recordar que las antiguas
promesas de Dios prevalecerán a pesar de los problemas
actuales?
Volvamos a Números. Dividiremos el libro en tres partes
en función de tres temas principales que sustentan la
declaración resumida que acabo de darle.
- Desde el capítulo 1 al capítulo 10 vemos que Dios
prepara a su pueblo para el cumplimiento de sus promesas.
- Desde el capítulo 11 al 16 vemos que Dios castiga a su
pueblo por su gran incredulidad y falta de fe en que sus
promesas se cumplan.
- Y desde el capítulo 17 al 36 vemos la paciencia de Dios
para con su pueblo.
Quizá lo más importante que aprendemos es que sus
promesas se cumplirán a pesar de todo lo que ha sucedido.
Entonces, primero, miremos estos capítulos iniciales y
veamos cómo la preparación de Dios preserva sus promesas
(1-10)
Al comienzo de estos diez primeros capítulos, el pueblo
de Dios todavía se encuentra al pie del monte Sinaí, listo para
levantar el campamento.
El ambiente es muy optimista. ¡Esto era todo! Habían
recibido las leyes, habían pactado con Jehová, él habitaba
entre ellos, y ahora iban a poseer la tierra de Canaán.
Estos capítulos están llenos de anticipación.
Profundicemos y veamos cómo se cumplen las tres primeras
promesas hechas a Abraham .
En primer lugar, con respecto al pueblo de Dios, vemos
que la promesa de Dios de una gran nación toma forma.
En el capítulo 1, leemos acerca de un censo para contar
cuántos hombres podían pelear en el ejército.
Como pueden ver en Números 1:46 (o 2:32), el pueblo de
Dios se está convirtiendo en una gran nación con «603 550»
hombres capaces de ir a la guerra .
En segundo lugar, vemos que la promesa de Dios de un
lugar también cobra forma. Una vez que se han hecho los
preparativos, vemos al pueblo de Dios en marcha.
Entre esos dos períodos de censo (capítulos 1-4) y ajuste
(capítulo 10), también vemos que el pueblo de Dios se prepara
para la plenitud de su presencia.
Como vimos en Éxodo, el pueblo no puede acercarse a
Dios a menos que esté limpio.
Así, en los capítulos 5 y 6 vemos que el campamento es
purificado; en el capítulo 7, el Tabernáculo es consagrado; y
en el capítulo 8, versículo 5, vemos que los sacerdotes son
incorporados en sus roles.
Sin embargo, los capítulos 9 y 10, también se centran en
la presencia de Dios con su pueblo mientras este avanza.
En el capítulo 9, vemos la presencia de Dios en forma de
fuego y nube sobre el Tabernáculo. Vea conmigo Números
9:15-17:
«15 El día que el tabernáculo fue erigido, la nube
cubrió el tabernáculo sobre la tienda del testimonio; y a la
tarde había sobre el tabernáculo como una apariencia de
fuego, hasta la mañana. 16 Así era continuamente: la nube
lo cubría de día, y de noche la apariencia de fuego. 17
Cuando se alzaba la nube del tabernáculo, los hijos de Israel
partían; y en el lugar donde la nube paraba, allí acampaban
los hijos de Israel».
Y como vemos en el capítulo 2, el campamento está
diseñado para que el Tabernáculo, y la nube o columna de
fuego adjunta, siempre estén en el medio.
Para que el pueblo recuerde siempre que Jehová está
habitando en medio de ellos justo en el centro de su
campamento.
Creo que es fácil para muchos de nosotros sentir algo de
celos de cuán cerca vivieron estas personas de la presencia
visible de Dios.
«¡Si tan solo pudiera vivir con esa nube ardiente siempre
a la vista!».
Pero, por supuesto, necesitamos recordar que como
cristianos no vivimos en un campamento habitado por Dios;
en nosotros mora su Espíritu.
Tenemos su Palabra en nuestras manos. Somos mucho
más afortunados que ellos.
Entonces, en resumen, ¡todo esto es emocionante! Todo
se ve bien. El numeroso pueblo es obediente y tienen a Jehová
guiándolos visiblemente a su tierra.
Pero luego, de repente, comenzando el capítulo 11, las
cosas cambian.
El castigo de Dios preserva sus promesas (11-16)
«Queja» es la palabra que aparece casi en cada uno de los
siguientes seis capítulos.
Pese a la razones para ser optimistas, el pueblo de Dios se
queja. En el capítulo 11:1, se quejan de sus «dificultades».
En Números 11:13, se quejan de la comida. En el capítulo
12, versículo 1, María y Aarón, hermanos de Moisés, «hablan
contra él».
Finalmente, en el capítulo 13, llegamos a la peor
transgresión, porque es aquí donde el pueblo demuestra que no
confía en que Dios les dará la tierra.
En este famoso capítulo, Jehová instruye a Moisés para
enviar espías a la tierra. Doces espías van. Al regresar, este fue
su reporte (versículos 27-28):
«Nosotros llegamos a la tierra a la cual nos enviaste, la
que ciertamente fluye leche y miel; y este es el fruto de ella.
Mas el pueblo que habita aquella tierra es fuerte, y las
ciudades muy grandes y fortificadas; y también vimos allí a
los hijos de Anac».
Ese no era exactamente el reporte que Moisés esperaba.
El reporte de Caleb en el versículo 30 sí lo era:
«Entonces Caleb hizo callar al pueblo delante de
Moisés, y dijo: Subamos luego, y tomemos posesión de ella;
porque más podremos nosotros que ellos».
¡Esas son palabras de fe y confianza en el Dios de
promesas!
Pero de los doce espías, solamente Caleb y Josué
respondieron con fe. Los otros diez espías se quejaron de que
la victoria era imposible.
Y, lamentablemente, los espías no eran los únicos que no
tenían fe. Escuche la respuesta del pueblo en el capítulo 14:
«1 Entonces toda la congregación gritó, y dio voces; y el
pueblo lloró aquella noche. 2 Y se quejaron contra Moisés y
contra Aarón todos los hijos de Israel; y les dijo toda la
multitud: ¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en
este desierto ojalá muriéramos! 3 ¿Y por qué nos trae
Jehová a esta tierra para caer a espada, y que nuestras
mujeres y nuestros niños sean por presa? ¿No nos sería
mejor volvernos a Egipto? 4 Y decían el uno al otro:
Designemos un capitán, y volvámonos a Egipto».
Entonces, ¡es un motín! Y peor aún, ¡quieren volver a la
esclavitud! Moisés y Aarón se apresuran en señalar que su
rebelión es contra Jehová (14:7).
No quieren ser un pueblo separado, no quieren una tierra
separada, no quieren bendecir a las naciones, ¡no quieren la
presencia de Dios!
Ahora bien, vale la pena hacer una pausa aquí para
reflexionar sobre las raíces de su pecado, y a menudo, nuestro
propio pecado.
Observe la constante conexión entre su insatisfacción y su
pecado. La queja revela un estado espiritual oculto.
El pueblo recibe comida sobrenatural por la que no tienen
que trabajar. Han sido rescatados milagrosamente de Egipto
sin tener que pelear una sola batalla.
Tienen un líder fiel. Tienen la ley de Dios. Es fácil ver
cuán bendecidos han sido y cuán inapropiada es su queja.
¿Pero con qué frecuencia tenemos una actitud similar?
La insatisfacción pecaminosa nos dice más acerca de
nuestras almas que nuestras circunstancias. Cuidado con el
descontento.
Entonces, de vuelta a Números, ¿cuáles son los
resultados de todo este descontento? Bueno,
cuando se trata de quejas en las dificultades, Dios envía
fuego para quemar el campamento (11:1);
cuando se trata de comida, Dios envía una plaga (11:33);
cuando María se queja, Dios envía lepra sobre su cuerpo
(12:10);
pero cuando se trata de una falta absoluta de fe en todas
las promesas de Dios, bueno, ¡Jehová no lo tolerará! Su ira se
enciende.
Mire cómo protege a Moisés y pronuncia su sentencia
contra el pueblo, capítulo 14:10-12. Escuche la ira de Dios por
su falta de fe:
«10 Entonces toda la multitud habló de apedrearlos.
Pero la gloria de Jehová se mostró en el tabernáculo de
reunión a todos los hijos de Israel, 11 y Jehová dijo a
Moisés: ¿Hasta cuándo me ha de irritar este pueblo? ¿Hasta
cuándo no me creerán, con todas las señales que he hecho
en medio de ellos? 12 Yo los heriré de mortandad y los
destruiré, y a ti te pondré sobre gente más grande y más
fuerte que ellos».
Y así, al igual que con el becerro de oro en Éxodo, Jehová
está listo para destruirlos.
Un largo camino desde los diez primeros capítulos, ¿no
crees? ¡Qué tragedia! Y es por su falta de fe en las promesas
de Dios.
Pero aquí es donde tenemos otra oportunidad de ver el
ministerio del Señor Jesucristo, ya que Moisés prefigura a
Cristo por lo que hace a continuación.
Moisés suplica por el pueblo (versículos 13-19), y basa su
alegación en el deseo de Dios por su propia gloria y fama.
Como resultado, Dios los perdona, versículo 20, y no los
destruye.
No obstante, la incredulidad del pueblo es grave. Como
resultado hay serios castigos para el pueblo de Dios. Mire los
siguientes versículos, 21-23:
«21 Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena
toda la tierra, 22 todos los que vieron mi gloria y mis señales
que he hecho en Egipto y en el desierto, y me han tentado ya
diez veces, y no han oído mi voz, 23 no verán la tierra de la
cual juré a sus padres; no, ninguno de los que me han
irritado la verá».
De acuerdo, entonces, ¿qué conexión hay entre este
castigo y las promesas de Dios?
A simple vista, pareciera que el castigo de Dios estuviera
quebrantando sus promesas.
Pero debemos recordar que Dios, en Éxodo, declaró a este
pueblo que solo sería bendecido si cumplía su pacto y
obedecía. De lo contrario, sería maldecido.
Entonces, Dios está cumpliendo su promesa. Dios había
prometido castigar su falta de fe.
Pero, ¿y las promesas abrahámicas? ¿Dónde estamos
en relación con ellas?
Bueno, en relación con la promesa del pueblo de Dios,
parece que el pueblo de Dios ya no lo es.
Ninguno de ellos «verá la tierra de la cual juré a sus
padres; no, ninguno de los que me han irritado la verá»
(14:23).
Sin embargo, si pasamos al versículo 31 del capítulo 14,
vemos que Dios todavía va a cumplir las promesas hechas a su
pueblo.
El versículo 31 dice: «31 Pero a vuestros niños, de los
cuales dijisteis que serían por presa, yo los introduciré, y
ellos conocerán la tierra que vosotros despreciasteis».
¡Qué ironía! Y con esto aún hay esperanza.
Con esto en mente, el lugar prometido todavía sigue a la
vista. Pero la tierra no sería heredada por los incrédulos.
De hecho, en el versículo 25 del capítulo 14, quizá vemos
el versículo más deprimente en todo Números: «Volveos
mañana y salid al desierto, camino del Mar Rojo».
En otras palabras: «¡Vuelvan a lugar de donde
vinieron!». Así, la promesa de un lugar esperaría a otra
generación por su falta de fe.
Hebreos 3 aplica esta tragedia directamente a nosotros:
«16 ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le
provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto
por mano de Moisés? 17 ¿Y con quiénes estuvo él disgustado
cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos
cayeron en el desierto? 18 ¿Y a quiénes juró que no
entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron?
19 Y vemos que no pudieron entrar a causa de
incredulidad».
Hebreos dice que debemos tomar la experiencia de Israel
como una advertencia muy dura para nosotros.
Al igual que ellos, hemos escuchado el evangelio, pero lo
hemos escuchado mucho más claramente.
Puede estar expuesto a las riquezas de la gracia, a muchas
enseñanzas bíblicas, y aún así, perder el lugar de Dios.
Y, por supuesto, si perder el lugar de Dios pudo haberle
costado a los israelitas la Tierra Prometida; a nosotros nos
costaría el cielo.
Debe tener fe, y debe perseverar en la fe hasta el final. No
deje que el pecado y la incredulidad le engañen y le lleven a
naufragar en la fe.
No juegue con fuego; todavía no está en el cielo;
¡persevere en la fe!
Eso es todo acerca del lugar. Pero en tercer lugar, vale
la pena destacar que la presencia de Dios todavía está con
ellos. Dios no los ha abandonado.
Él continúa hablando a Moisés en el capítulo 15, y en el
capítulo 16, versículos 41-42, a pesar de las continuas quejas,
Dios se revela en gloria en una nube.
En esta sección, vemos poca interacción con otros
pueblos, aunque es notable que debido a la naturaleza del
pecado de los israelitas,
la posibilidad de ser una bendición para las naciones
queda bastante reducida.
¿Preguntas?
Muy bien, pasemos a nuestra última sección. Hasta ahora
hemos visto cómo Dios prepara al pueblo para el
cumplimiento de sus promesas en los capítulos 1-10.
Luego, en los capítulos 11-16, vimos que el pueblo
desconfía y, por tanto, cómo es castigado de acuerdo con las
promesas de Dios.
Sin embargo, en los capítulos finales vemos la paciencia
de Dios con su pueblo a fin de que sus promesas puedan
prevalecer.
La paciencia de Dios preserva sus promesas (17-36)
Puede que hayamos pensado que el castigo y la justicia de
Dios habrían sido suficientes para dominar la rebelión y la
insatisfacción en el campamento israelita.
No obstante, al comenzar esta nueva sección rápidamente
es evidente que el pueblo continúa en su pecado e
incredulidad.
En el capítulo 17, el pueblo tergiversa lo que Dios dice.
En el versículo 13, el pueblo grita: «¡Cualquiera que se
acercare, el que viniere al tabernáculo de Jehová, morirá!»,
lo cual claramente no es verdad.
Más adelante, en el capítulo 20, descubrimos que ni
siquiera Moisés es inmune a deshonrar pecaminosamente al
Señor,
ya que en un arrebato de ira, golpea una roca en lugar de
hablarle como Dios le había ordenado (versículos 8-12).
Y así, Moisés recibe el mismo castigo que esta generación
de Israelitas.
En Números 21, volvemos al centro de su descontento.
Empecemos leyendo el versículo 4:
«4 Después partieron del monte de Hor, camino del Mar
Rojo, para rodear la tierra de Edom; y se desanimó el pueblo
por el camino. 5 Y habló el pueblo contra Dios y contra
Moisés: ¿Por qué nos hiciste subir de Egipto para que
muramos en este desierto? Pues no hay pan ni agua, y
nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano».
Allí están otra vez quejándose contra Jehová y su líder
designado, Moisés.
Y como siempre, este pecado es castigado. Así que en el
versículo 6, Dios envía serpientes venenosas al campamento.
¿Qué sucede después? El pueblo se arrepiente y busca
un intercesor —Moisés—, para que acuda al Señor y pida
misericordia.
¿Puede ver el patrón aquí que aparece a lo largo de
todo el libro de Números? El pueblo peca;
Dios muestra su justa ira; se necesita un mediador; se
necesita la paciencia de Dios.
Bueno, ¿cómo mostrará este ejemplo la paciencia de
Dios? Veamos los versículos 8-9,
Jehová dice a Moisés: «8 Hazte una serpiente ardiente,
y ponla sobre una asta; y cualquiera que fuere mordido y
mirare a ella, vivirá. 9 Y Moisés hizo una serpiente de
bronce, y la puso sobre una asta; y cuando alguna serpiente
mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía».
Ahora bien, claramente lo que sucede en Números 21 es
un milagro. Jehová en su infinita paciencia sana
sobrenaturalmente al pueblo.
Pero mira por qué lo hace. «Mirar» a la serpiente es el
acto de obediencia que proviene de la fe en lo que Dios ha
provisto.
Es decir, si Dios ha dado esta serpiente de bronce como
medio de sanidad, simplemente mirarla,
como se les dice, es un acto de confiar en la provisión de
Dios para la sanidad y el perdón de pecados.
De la misma forma, somos llamados nuevamente a
confiar en la provisión de Dios para salvación.
La cruz de Jesucristo fue idea de Dios. Fue el diseño de
Dios.
Nos fue dada como la única manera de ser salvos de
nuestros pecados: la incredulidad, la desconfianza y la
desobediencia de las que somos culpables todo el tiempo.
Si busca algún otro medio de salvación, no funcionará.
Solo la fe en lo que Dios ha provisto, la muerte de su Hijo por
sus pecados, será suficiente para rescatarle del infierno.
Y de esa manera, Cristo es un gran Salvador, el camino de
salvación que Dios ha provisto para todos los que quieran
creer.
Solo escuche lo que Jesús dice en Juan 3:14-15, los
versículos antes de uno de los versículos más famosos en toda
la Biblia: «14 Y como Moisés levantó la serpiente en el
desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea
levantado, 15 para que todo aquel que en él cree, no se
pierda, mas tenga vida eterna».
Así, las promesas del Señor continúan prevaleciendo en
medio de los problemas actuales.
De hecho, a partir de este momento en adelante, vemos la
increíble paciencia de Dios con su pueblo, la cual permite que
se cumplan sus antiguas promesas hechas a Abraham.
Veamos nuevamente esas cuatro promesas claves y
rastreémoslas en los 15 capítulos restantes.
En relación con el pueblo, vemos que la paciencia de Dios
permite que el pueblo de Dios prospere y crezca en tamaño.
Por el extraño relato de Balaam en los capítulos 22-24.
Al pueblo de Dios se le promete bendiciones futuras,
incluso en un contexto de horrorosa idolatría e inmoralidad en
Moab, en el capítulo 25.
De hecho, cuando llegamos al capítulo 26, vemos que el
pueblo de Dios, a pesar de las plagas, los incendios y la
guerra, todavía es considerado una nación.
Este segundo censo revela (versículo 51) que hay
«601,730» hombres, que es casi exactamente el mismo
número que teníamos en Números 1.
En segundo lugar, vemos que la paciencia con su pueblo
hace que se alcance el lugar de Dios.
En el capítulo 27, descubrimos que Josué conducirá al
pueblo de Dios a la tierra.
En efecto, en el capítulo 32, las primeras tribus se
establecen justo al este de la Tierra Prometida.
Más adelante, en el capítulo 34, Dios le da al pueblo
instrucciones para asignar la tierra a los clanes israelitas.
En el capítulo final, capítulo 36, vemos cómo se hacen
provisiones especiales acerca de cómo la tierra permanecerá
con cada tribu. Las antiguas promesas de Dios están llegando.
Con respecto a la presencia, ¡Dios todavía está con
ellos!
En el capítulo 29, descubrimos que habrá una fiesta de
trompetas, donde (versículo 1) los israelitas recordarán la
presencia de Dios con todo un día de trompeta.
Pero, ¿y la promesa de Dios de bendecir a las
naciones? Si algo vemos, es al pueblo de Dios siendo una
maldición para las naciones.
Después de todo, en el capítulo 21, los cananeos y los
amorreos son destruidos por el pueblo de Dios,
en los capítulos 22-24, los moabitas pierden sus
posesiones ante el pueblo de Dios, y en el capítulo 31, se
hacen venganzas contra los madianitas.
Sin embargo, debemos volvernos nuevamente al pacto
abrahámico, Génesis 12:3 dice: «Bendeciré a los que te
bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán
benditas en ti todas las familias de la tierra».
Balaam, en Números 24:9, expresa casi exactamente lo
mismo cuando dice a los israelitas: «Benditos los que te
bendijeren, y malditos los que te maldijeren».
Bienaventurados los que te bendijeren, y malditos los que
te maldijeren».
La implicación es que las naciones que traten a Israel
generosamente, que no rechacen a su pueblo y su Palabra,
serán bendecidas.
Conclusión
Bueno, entonces, hemos llegado al final del libro y es
hora de concluir.
El mensaje de Números es este: Dios prepara a su pueblo
para el cumplimiento de sus promesas, pero el pueblo es
castigado porque no cree en sus promesas.
Sin embargo, la paciencia de Dios ve que sus promesas
prevalecerán y se cumplirán.
Como pueblo de Dios, actualmente enfrentamos
problemas similares.
A veces nos sentimos tentados a cuestionar si las
promesas de Dios se harán realidad. Tal vez nos preguntemos
si Dios nos usará en la construcción de su pueblo, la Iglesia.
Cuestionamos la realidad del cielo dadas todas las
dificultades que la tierra tiene para ofrecer.
Olvidamos que Dios está con nosotros. Por tanto, al igual
que Hebreos nos dice, debemos recordar a este pueblo como
un ejemplo,
un ejemplo de lo que no debemos hacer, para que
podamos confiar en nuestro Dios. Porque tal como vemos en
Números, sus promesas siempre prevalecerán.