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Qué Es La Cábala

La Cábala es una tradición de conocimiento espiritual que busca la conexión del ser humano con lo Divino y la realización de su esencia a través de técnicas de desarrollo personal. Aunque tiene raíces judías, se presenta como un camino universal que integra enseñanzas de diversas culturas y es relevante en el contexto contemporáneo. Su estudio permite una comprensión más profunda de la espiritualidad y de la relación entre el ser humano y el cosmos.
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Qué Es La Cábala

La Cábala es una tradición de conocimiento espiritual que busca la conexión del ser humano con lo Divino y la realización de su esencia a través de técnicas de desarrollo personal. Aunque tiene raíces judías, se presenta como un camino universal que integra enseñanzas de diversas culturas y es relevante en el contexto contemporáneo. Su estudio permite una comprensión más profunda de la espiritualidad y de la relación entre el ser humano y el cosmos.
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¿Qué es la Cábala?

Eduardo Madirolas Isasa

La Cábala (Cabalá, en pronunciación hebrea) es una tradición viva de


conocimiento. En el contexto de la espiritualidad universal presenta una
formulación propia de la sabiduría original acerca de Dios, del Ser Humano y
del Cosmos, incluyendo, de acuerdo con ese conocimiento, las distintas
técnicas de desarrollo y de transformación encaminadas a llevar al ser
humano a su pleno estatus como ser espiritual y cósmico. Lo espiritual no se
define por oposición con lo material, sino por su afinidad con lo Divino.
Según la Cábala, todas las Sefirot (elementos de la Creación/Manifestación)
son igualmente sagradas. La meta del cabalista no es evadirse ni escapar de
nada (ni incluso de su propia psique) sino llevar todo a su plena realización,
es decir, unir el Cielo con la Tierra. La Cábala es una vía universal, abierta a
todos. Toma a cada individuo en el estado evolutivo en que se encuentra en
ese momento y lo lleva más allá, a un nivel más completo de realización
personal. De un modo u otro, todos estamos en camino. Lo que define a un
cabalista es su grado de conexión con su verdadera naturaleza en el plano
de la esencia. Ésta a veces ha sido definida como Luz, una energía viva,
consciente, dadora y creadora. En el lenguaje de la Cábala, la emanación
directa del Fundamento Divino, comoquiera que se considere a éste según
las propias creencias, es llamada la LUZ INFINITA, y es considerada como la
verdadera sustancia de todo lo que existe. Cábala significa Recepción. ¿Qué
es lo que se recibe? Precisamente la conexión consciente con la Luz.

LA CÁBALA: CAMINO UNIVERSAL DE SABIDURÍA

La palabra cábala proviene de la raíz hebrea QBL, de donde deriva el verbo


“lecabel”, que significa recibir. La cábala es la tradición recibida en el sentido
de una enseñanza transmitida oralmente, si bien su marco teórico, así como
parte de sus técnicas, han sido puestas por escrito en diversos momentos de
la historia. Aunque, en realidad, el aspecto concreto de la transmisión no es
más que la superficie del tema. En toda recepción hay que considerar dos
factores: el continente, es decir, la vasija, y el contenido, lo que se recibe.
Todos los desarrollos y prácticas no tienen otro objetivo que preparar la
vasija para la recepción de algo que, de hecho, está siempre dado: la Luz
Infinita, la Luz del Fundamento Divino de la Creación que, como
Conciencia/Energía, permea y llena a rebosar al Ser y a todos y cada uno de
los seres, aunque en nuestro estado actual de conciencia permanece oculta.
Hemos, pues, de realizar un trabajo personal de apertura a ese nivel
profundo que no nos es directamente accesible. La verdadera recepción es
un proceso interior. Hay un ingrediente esencial que no puede faltar para
que una persona pueda ser considerada cabalista – mecubal, recibido – y es
precisamente ese factor de conexión espiritual consciente; conexión con la
Fuente Divina, con la raíz de la propia alma, con las energías metafísicas y
cósmicas que conforman el mundo y rigen los distintos aspectos de la vida.
El proceso ha recibido diversos nombres: Iluminación, Rúaj HaKódesh
(Espíritu Santo), Devekut (unión con Dios), etc.

La cábala es, pues, un conocimiento revelado que enseña el camino para la


conexión del hombre con lo Absoluto. Con este planteamiento podemos
entonces concluir que, si bien históricamente la cábala es la formulación
específica judía del sendero espiritual, es también cierto que constituye una
vía universal, válida para todos, que se integra en el tronco general de la
espiritualidad humana y tiene un alcance similar al de otras vías universales,
tales como el yoga, el budismo, el taoísmo, etc. Sin embargo, la cábala
resulta particularmente relevante para la mentalidad occidental, puesto que
de su núcleo han brotado las grandes religiones monoteístas. También, por
otra parte, constituye el fundamento de la llamada tradición (esotérica)
occidental de los misterios, con sus componentes místicas, mágicas y
herméticas. Respecto a su historia, hay que decir que el conocimiento
esotérico transmitido por el judaísmo no adopta el nombre público de Cábala
hasta el siglo XII en la Europa medieval. Sin embargo, resulta evidente – al
menos para el practicante comprometido – que existe una continuidad, una
corriente vital secreta y profunda, entre todas las formulaciones históricas
que ha adoptado el misticismo judío: la revelación mosaica, la profecía de los
tiempos bíblicos, los escritos de sabiduría salomónicos, la ascensión a los
Hejalot o palacios celestiales de los primeros siglos, los usos ontológicos y
meditativos del lenguaje (el Séfer Yetsirá, atribuido tradicionalmente al
propio Abraham), la teosofía del Zohar (S. XIII) y de Isaac Luria (S. XVI), el
jasidismo antiguo y moderno, etc. Hay que añadir además que, en su largo
recorrido histórico, la Cábala ha sabido asimilar de una forma constructiva
contenidos fundamentales de otras culturas y pueblos. Así, ha incorporado
en sí misma elementos de Egipto, Babilonia (en los periodos de exilio) y el
antiguo Oriente Medio. Ha asimilado también contenidos de la gnosis y de la
filosofía griega (fundamentalmente del neoplatonismo). Y esta vocación
integradora sigue vigente (ya que cada generación formula la sabiduría en el
lenguaje de su tiempo) expresando, por ejemplo, en la terminología de la
psicología moderna sus conceptos arquetípicos universales, que coinciden,
como es lógico, con los de la llamada filosofía perenne. Lo anterior debe
tomarse como un símbolo de vitalidad y de actualidad. La Cábala no sólo ha
sido, sino que sigue siendo una tradición viva. Si resulta particularmente
relevante estudiarla hoy en día no es sólo por su antigüedad – por lo que
haya podido ser en el pasado – sino por su capacidad actual de dar claves y
proporcionar respuestas a los planteamientos y necesidades del ser humano
de hoy en el contexto del desarrollo integral de la persona. Hay, sin
embargo, una serie de preguntas que se le presentan a la persona que
empieza a estudiar cábala y que resulta conveniente abordar desde el
principio como, por ejemplo, cuál es su relación con la Biblia, en general, y
con la religión judía en particular. ¿Es necesario ser judío religioso para
estudiar cábala y, si es así, no se contradice ello con el carácter universal
aludido antes? La tesis del presente escrito es que, como hemos dicho, la
cábala es una sabiduría universal, prejudaica en principio, aunque haya sido
después profundamente transformada y asimilada a ese ropaje religioso
(igual que sucedió con el sufismo y el Islam)1 .
1 Y de hecho podríamos preguntarnos si no ha sucedido a la inversa, que es esa sabiduría la que se ha
vertido exotéricamente en determinadas formulaciones religiosas, como el judaísmo o, incluso el
cristianismo.

De todos los esoterismos existe una historia académica y una historia que, a
falta de un nombre mejor, podemos llamar alegórica o mítica, es decir, un
conjunto de tradiciones internas que, si bien no son rigurosamente
demostrables, tienen un carácter arquetípico liberador de energía para el
adepto. Vista desde lo interno, la cábala no tiene tiempo. Parte de la
revelación básica de sabiduría recibida por el hombre-mujer arquetípico – el
Adam-Javá del Génesis – y transmitida a todo el mundo antediluviano
(tradiciones de Enok-Metatrón-Hermes) y postdiluviano (Shem-Melquisedek),
hasta ser recibida por Abraham (hace 4000 años aproximadamente) que, no
lo olvidemos, fue contemporáneo de la Torre de Babel y heredero de la
lengua única – el simbolismo universal codificado en el alfabeto hebreo – a
que hace alusión el texto bíblico. Abraham constituye el prototipo del
maestro, iniciador del linaje sagrado que está en el origen – y así es
reconocido por ellas – de las tres grandes religiones monoteístas de la
actualidad. La tradición señala a Abraham como el autor del Séfer Yetsirá, el
llamado Libro de la Creación, el primer tratado cabalístico conocido, un texto
de meditación basado en la correspondencia entre las letras hebreas como
vasijas metafísicas y las fuerzas tanto del macrocosmos como del ser
humano (microcosmos). Su objetivo es funcional: Mediante la comprensión,
clasificación y descripción de las energías divinas prefiguradas en las sefirot
y letras (que constituyen el modelo, arquetipo o paradigma de todo lo que
es, y que están representadas globalmente en el Árbol de la Vida), el
cabalista deviene en co-creador, pudiendo modificar no sólo su interior en
aras de alcanzar una perfección – entendida como la totalidad de su ser –
sino también de efectuar cambios en el mundo exterior, material y social. La
revelación de Moisés en la zarza ardiente tiene que ver con los Nombres de
Dios (Eheieh Asher Eheieh, Eheieh, YHVH, en el orden en que aparecen en el
texto bíblico relevante2 ). Ahora bien, ¡también los Nombres de Dios están
constituidos por letras! Dice el libro del Éxodo que Moisés “llevó las ovejas
detrás (más allá) del desierto y llegó al monte de HaElohim (Dios)”. Ahora
bien, la palabra “oveja” en hebreo, Tson – Tsadi, Alef, Nun – se considera un
acróstico de: Tseruf (permutación), Otiot (que empieza por Alef y significa
letras) y Nekudot (puntos vocálicos, tal como se escriben las vocales en
hebreo). Por otra parte, la palabra “desierto”, Midbar, tiene la misma raíz que
Dabar, palabra (Aní Medaber, significa, por ejemplo, yo hablo). Lo que quiere
decir que Moisés llevó las técnicas de meditación de permutación de letras
más allá de la palabra o pensamiento verbal, y entonces llegó al monte de
Dios, donde tuvo la revelación. La tradición señala a Moisés como el artífice
material de la Torá, recibida en el Sinaí. Ésta tiene tres apartados: la Torá
escrita (el Pentateuco), la Torá oral (registrada después en el Talmud) y la
Cabalá (el sod o secreto: el conjunto de enseñanzas esotéricas). La Torá es
un libro para todos, con sus cuatro niveles de interpretación – literal,
alegórico, metafísico y místico – de forma que todos y cada uno de los
niveles están cargados de poder espiritual, tal como ha demostrado la
historia. Sin entrar en el tema de la autoría real y de la fecha de composición
(nuevamente nos encontramos con las versiones académica y mítica
aludidas antes) es un hecho que el texto bíblico y la cábala están
inextricablemente ligados, de forma que sólo mediante la segunda se llega al
sentido último del texto. Así, el Zohar, el gran libro cabalístico – para muchos
el principal – esencialmente consiste en una lectura cabalística de los cinco
libros de Moisés. Por otra parte, no es lógico, pensar que no se haya dado un
esoterismo en el Templo de Jerusalén – un complicado entramado en el que
todo está medido y reglamentado – ligado al número, a la geometría
sagrada, a los sonidos, a los armónicos y, por supuesto, a la letra hebrea y a
la pronunciación de Nombres. Y la base profunda de ese esoterismo es la
misma prefigurada en el complejo Enok-Metatrón: la transformación del ser
humano en su arquetipo divino (Yo superior) representado mediante el
anthropos (el árbol sefirótico), también llamado el Hijo (el hijo del hombre,
Ben Adam). La cábala judía ha pasado por muchos avatares de popularidad y
desprestigio en diversas épocas de la historia. En el mundo actual, la cábala
ha sido rescatada, primero en los círculos académicos gracias al trabajo
pionero de personalidades como Gershom Scholem, seguido por muchos, y
después en los círculos religiosos y místicos – y en este campo la obra de
Arieh Kaplan ha sido una influencia decisiva – de modo que puede decirse
que hoy en día se haya en plena efervescencia. Independientemente de
posibles influencias mutuas a lo largo de los muchos siglos de diáspora judía
en medios cristianos y musulmanes – y lo que sucediera en la compleja
matriz cultural de la Provenza de los siglos XI y XII es muy difícil de dilucidar
– es evidente que en un momento dado la cábala pasa a ser objeto de
conocimiento y estudio por parte de autores cristianos – Marsilio Ficino, Pico
de la Mirándola, etc. – que ven en ella más o menos conscientemente el
fundamento dogmático de su propia religión. Aunque su trayectoria mental
fuera más bien la inversa – mediante la cábala tratar de demostrar la verdad
teológica de la figura de Jesús de Nazareth – no dejan de notar las grandes
similitudes estructurales entre ambas aproximaciones.
2 Una traducción sería: Yo soy quien yo soy, Yo soy, el Ser/Siendo (activo).

Lo cual es lógico, ya que el cristianismo es en su origen una secta judía que


precisamente surge de la apertura y popularización de lo que era el
esoterismo antiguo del Templo de Jerusalem, que había sido desplazado del
mismo cuando la rama de los descendientes de Tsadok (davídica) fue
sustituida por los sumos sacerdotes Jasmoneos. Aunque todo esto es
sumamente especulativo, es posible que una rama de los Tsedukim (los
saduceos evangélicos) se hubiera retirado al desierto a vivir intensamente su
esoterismo, dando lugar a lo que se conoce hoy como esenios. En cualquier
caso, además de por algunos medios religiosos cristianos, la cábala es
adoptada por los círculos herméticos, mágicos y esotéricos en general, que
hacen las adaptaciones pertinentes para adecuarla a sus sistemas. Aunque
también es una hipótesis más que razonable que, puesto que todas las artes
ocultas son ramas de un mismo tronco de sabiduría primordial y, puesto que
la cábala es una formulación ideal de ese tronco, mas que de encuentro
debamos hablar de reencuentro con la matriz original, con la fuente de los
diversos sistemas fragmentados. A veces sucede que, igual que ocurre con
los procesos consciente y subconsciente de la psique, lo que se censura por
un lado no desaparece sino que pasa a un tipo de subconsciente histórico y
vuelve a hacer acto de presencia de alguna forma en otros grupos o lugares.
Tenemos como, por ejemplo, algunos elementos de la religión de los
patriarcas no incorporados en la legislación mosaica aparecen de nuevo en
la religión musulmana. Y lo mismo ocurre con la cábala mágica. Prohibida y
censurada por el estamento “oficial” reaparece en la cábala occidental no
judía en primer plano, constituyendo una parte fundamental del sistema.
Merece la pena citar la gran labor de síntesis realizada por la Orden de la
Golden Dawn –la orden mágica madre, por así decir, de todas las escuelas
anglosajonas posteriores – que al utilizar la cábala como fundamento en
unos momentos en los que en medios judíos estaba prácticamente
abandonada, la revitalizó enormemente y la constituyó en piedra base del
ocultismo occidental. En este contexto la cábala ha experimentado un
enorme desarrollo, reformulándose en nuevos lenguajes y llegando a cada
vez más amplias capas de la población. Se puede hablar entonces con pleno
derecho de una rama específica que ha venido a ser llamada cábala
hermética. Algunos de sus logros importantes han sido el trabajo intensivo
en el Árbol de la Vida a todos los niveles y la formulación de la cábala en el
lenguaje de la psicología moderna occidental, junguiana y transpersonal, con
lo que se ha visto claro que el trabajo en uno mismo al nivel de una terapia
es una parte esencial del sendero místico. También el desarrollo de la
imaginación creativa como técnica de meditación ha sido una aportación
significativa de la cábala hermética. Por no hablar del trabajo mágico
rectamente entendido como un sistema para activar y actualizar la
verdadera voluntad del individuo, es decir, la voluntad de su Yo superior. La
cábala judía sigue siendo esencialmente religiosa y mística, practicable en su
integridad sólo en el contexto del judaísmo. De hecho, la cábala judía, tal
como se entiende hoy en día, es más bien cábala aplicada a las estructuras
de su religión, sustentándolas, dándoles sentido, proyectándolas al espacio
místico. La cábala no específicamente judía tiene una vocación más
universal. Por definición es para todos, habiendo recuperado su estatus de
vía universal hacia la sabiduría y el desarrollo completo del ser humano. Esta
afirmación, por supuesto, no va en menoscabo de la cábala específicamente
judía, así como tampoco de aquellos que apliquen la cábala para
fundamentar su aproximación al sentido interno de la religión cristiana o de
cualquier otra. La cábala, como metafórmula de lo real, refleja, por tanto, su
estructura profunda y se demuestra tan omniabarcante como mapa de
conciencia que resulta ser compatible con cualesquiera creencias y sistemas
de desarrollo personal. Todas las aproximaciones – en el fondo abstracciones
en el campo de lo finito de algo que en su esencia es infinito – tienen mucho
que aportar al entramado evolutivo del ser humano, individual y
colectivamente. Es posible que lo que se necesite en estos momentos de
cambio sea un nuevo paradigma que, respetuoso con todas las tradiciones
tanto religiosas como laicas (esto incluye la cosmovisión científica), utilice lo
mejor de ellas para ayudar a la humanidad a dar el paso hacia el nivel de
conciencia planetaria que los tiempos actuales demandan.

Una panorámica de la Cábala

En el amplio espectro de técnicas y caminos espirituales disponibles hoy en


día para el buscador sincero, la Cábala aparece poco representada. Pienso
que eso se debe fundamentalmente al desconocimiento de lo que esta vía
de desarrollo es en realidad, así como de la extensión y alcance de sus
planteamientos y sus métodos. A esto hay que añadir la ausencia de buenos
maestros fuera de lo que es el marco judaico, un mundo bastante cerrado en
sí mismo por lo general. A pesar de que, históricamente, la Cábala es la
formulación específica judía del sendero espiritual, con sus componentes
mágico-proféticas, místicas y filosóficas, es también cierto que, siendo un
modo de conexión y adhesión a lo Divino, constituye una vía universal,
válida para todos. Si así no fuera, simplemente no sería “verdadera”. Hay
que añadir además que, en su largo recorrido histórico, la Cábala ha sabido
asimilar de una forma creativa contenidos fundamentales de otras culturas y
pueblos. Que la Cábala incorpora elementos de Egipto, Babilonia y el antiguo
Oriente Medio es evidente. Que también asimila elementos de la gnosis y de
la filosofía griega (fundamentalmente del neoplatonismo) está claro. Y que
esta vocación integradora sigue vigente – ya que cada generación formula la
sabiduría en el lenguaje de su tiempo – se ve por ejemplo en la terminología
de la sicología junguiana y transpersonal con que hoy en día se expresan sus
conceptos arquetípicos, que coinciden, como es lógico, con los de la llamada
filosofía perenne. Lo anterior debe interpretarse como un síntoma de
vitalidad y actualidad, y no de falta de originalidad. La Cábala, afirma la
Tradición, parte de la revelación básica de sabiduría recibida por el hombre-
mujer arquetípico – el Adam-Javá del Génesis – y transmitida a todo el
mundo antediluviano (tradiciones de Enok-Metatrón-Hermes) y postdiluviano
(Shem-Melquisedek), hasta ser recibida por Abraham que, no lo olvidemos,
fue contemporáneo de la Torre de Babel y heredero de la lengua única a que
hace alusión el texto bíblico. La Cábala siempre ha sido y sigue siendo una
tradición viva, con su propio tronco, ramas y frutos – como por ejemplo, la
revelación mosaica, la profecía de los tiempos bíblicos, los escritos de
sabiduría salomónicos, la ascensión a los Hejalot o palacios celestiales de los
primeros siglos, la teosofía del Zohar (S. XIII) y de Safed (S. XVI), los usos
ontológicos del lenguaje (el Séfer Yetsirá, atribuido tradicionalmente al
propio Abraham) con todo el complejo asociado de técnicas del éxtasis, el
jasidismo antiguo y moderno, que ha sido comparado con el Zen, etc. A este
tronco principal se pueden injertar otras ramas (por lo compatible que
resulta con otros planteamientos), lo que trae consigo renovación,
completitud y más belleza ornamental. Y tan potente es la savia que circula
por la estructura cabalística, que los humanistas del Renacimiento
reconocieron que en ella estaba la clave esotérica de su propia religión, y
también del ocultismo occidental, que se ha servido desde entonces de la
Cábala para fundamentarse a sí mismo, y que constituye hoy en día – en sus
numerosos grupos y órdenes iniciáticas – una de sus modalidades
principales. En resumen, podemos decir que hoy en día merece la pena
conocer y estudiar la Cábala porque es una vía universal a la espiritualidad,
de gran antigüedad, de gran extensión o alcance – tanto en horizontal como
en vertical – y muy flexible y adaptable, siendo compatible con cualesquiera
creencias ya que puede ayudar a fundamentar a todas. Como occidentales,
puesto que la revelación cristiana parte esencialmente del esoterismo judío,
no es raro descubrir que, al estudiar Cábala, estamos encontrando y
profundizando en nuestras propias raíces. Hay esencialmente tres
aproximaciones a la Cábala, que son, por así decir, tres modos de conexión
con la Luz Infinita, siendo ésta a su vez un nombre para la Conciencia-
Energía subyacente a todo – el sustrato, si se quiere, de la Mente Única o
Divina –.

Estas vías son

1) el estudio (aproximación mental a la sabiduría),

2) la meditación, oración y demás técnicas de interiorización,

3) la acción, que incluye desde la actitud general y las prácticas específicas,


hasta el uso consciente del simbolismo en el ritual mágico y litúrgico.

A continuación, daremos unas pinceladas de cada una de ellas: El estudio –


no meramente intelectual, sino como medio de conexión con la Luz – es la
aproximación filosófico-teosófica al problema de la Realidad: ¿Cómo surge y
se mantiene lo finito en el seno de lo Infinito, lo múltiple en el seno de la
Unidad, lo relativo en el seno de lo Absoluto? La Cábala concibe la
Manifestación como una gran cadena orgánica del Ser que brota del mismo
seno de lo Divino y progresa en modos crecientes de complejidad y
diversificación, estando todo regado y mantenido por la misma savia, que no
es otra cosa que la Luz Infinita misma. Esto es lo que aparece codificado en
el gran símbolo del Árbol de la Vida, con sus sefirot o esferas de
manifestación de lo Real, y sus canales que las interconectan entre sí. En el
Árbol vemos desplegados en un todo único los diversos Mundos o ámbitos
del Ser (el Mundo Divino, de la naturaleza del no-ser, el Mundo de la
Creación o Mente Pura, el Mundo de la Formación o astral-psíquico y el
Mundo de la Acción o de los fenómenos espacio-temporales, de la materia y
la energía), todos con sus cielos, palacios, almas, jerarquías angélicas,
esferas planetarias, etc., hasta los propios dominios elementales de lo físico.
Quizá sorprenda el ver cómo están equiparados, en el segundo Mundo, la
Creación con el ámbito de lo Mental. Entramos aquí en el carácter ontológico
del lenguaje, típico de la Cábala, aunque no sólo de ella (véase, por ejemplo,
el uso de las letras en el Tantra). El propio Génesis presenta la creación como
una exteriorización del Pensamiento Divino mediante la Palabra (la actividad
del Espíritu de Dios). En ese sentido, las letras, las Letras de la Creación, son
realidades espirituales, vasijas metafísicas capaces de contener y canalizar
la Luz. Son así símbolos de primer orden (de hecho los canales del Árbol de
la Vida) y cables de conexión que transmiten la Luz mediante su contraparte
en el plano físico. Esto constituye uno de los pilares básicos de la meditación
cabalística. Parejo al concepto de la escalera de los mundos está el del Tikún:
el plan Divino de la evolución, del descenso y el ascenso por los distintos
niveles de la jerarquía del ser. Esto incluye la vida actual (la encarnación en
un cuerpo físico), los estados de después de la muerte (con la
conciencia/energía centrada en los niveles superiores del alma, ya que la
Cábala concibe al ser humano con una estructura de conciencia y presencia
en todos y cada uno de los mundos) y la rueda de las reencarnaciones hasta
completar la propia tarea o destino personal. En esencia, la meta de la
evolución es la participación del máximo bien y felicidad que es alcanzar la
afinidad (o similitud de fase) con lo Divino, en Poder, Amor y Sabiduría. Ello
se logra mediante el aprendizaje y el mérito que deviene del uso de la
libertad, que junto con la capacidad de dar, constituye una de las marcas de
fábrica de lo Divino. La Cábala es teosofía porque tanto en el proceso de
Creación, que se realiza en un intemporal y eterno Ahora, como en el de
Tikún – rectificación, transformación, iluminación, unión y canalización – lo
Divino se involucra como continente y contenido (diríamos que,
metafóricamente, la manifestación es hacia dentro, no hacia afuera de
ninguna parte). El propio Nombre principal impronunciable de Dios YHVH
consiste en hebreo en la raíz del verbo “ser” en presente con el prefijo de
tercera persona del “futuro”, indicando el concepto de “el Ser Activo del
universo”. Al mismo tiempo, la propia Creación es su Ser Pasivo, Presencia o
Shejiná, siendo uno de los motivos fundamentales de la Cábala (expuesto en
el Cantar de los Cantares) el de la unión o Bodas Místicas entre el aspecto
masculino y femenino de la Deidad, lo que completa el Tikún Cósmico.
Evidentemente, a imagen y semejanza de su arquetipo divino, éste es
también el paradigma del ser humano realizado. Posiblemente ya se habrá
intuido que el camino de la Cábala es, en primer lugar, hacia dentro de uno
mismo. Esta es la invitación dada por Dios a Abraham: “Vete de tu tierra y de
tu familia y de la casa paterna a la tierra que te señalaré”. Ese “vete”
aparece en el texto bíblico de una forma extraña: “Lej Lejá”, que literalmente
quiere decir “Ve para ti”. Los cabalistas interpretan, entonces, el versículo
como: “Sal de tus automatismos y programaciones y conócete a ti mismo
para alcanzar el estado de conciencia – tierra espiritual o tercera sefirá, y
que no es otra cosa que el alma espiritual o neshamá – que te mostraré”.
Entre las técnicas de interiorización, la meditación siempre ha ocupado un
lugar preponderante. Quizá algunos se extrañen de que hablemos de
meditación en épocas tan antiguas como los tiempos bíblicos. Conviene
recordar al respecto que en el antiguo Israel había escuelas organizadas de
profecía – el nombre que se daba entonces a la iluminación – en las que se
enseñaban y aplicaban técnicas avanzadas de meditación, y podemos
deducir que también disciplinas espirituales de todo tipo. Estas escuelas
eran numerosas, con multitud de estudiantes cabe suponer que en distintos
niveles o grados de realización. Según Abulafia, cabalista español del siglo
XIII y principal exponente de la llamada Cábala extática o profética, las
técnicas de meditación que él preconizaba – basadas en Nombres Divinos y
en diversas manipulaciones de las letras, junto con técnicas especiales de
respiración y concentración – eran herederas directas de la tradición
profética.

La Cabalá en sus orígenes:

Al menos las personas de mi generación, cuando hemos querido buscar una


espiritualidad profunda que nuestra alma reclamaba, pero que las formas
estereotipadas de la religión en la que fuimos educados eran incapaces de
proporcionarnos, hemos tenido por necesidad que volvernos hacia la luz de
Oriente. Es mucho lo que hemos aprendido. Hemos encontrado sistemas
completos de desarrollo personal, libres del sentimiento de culpa en que se
basaba nuestra motivación ética. Sobre todo, nos hemos dado cuenta que la
espiritualidad – el sentimiento de unicidad con el Fundamento Divino de la
realidad, llámese como se llame – no es patrimonio exclusivo de ninguna
aproximación o vía, sino un estado de conciencia alcanzable por todos, de
hecho el estado de ser humano realizado. No hay nada mejor que salirse de
los lugares comunes para gozar de nuevas perspectivas. Podemos entonces
descubrir que lo que habíamos encontrado en otras tradiciones se halla
también en la nuestra, siempre que escarbemos lo suficiente en busca de
sus verdaderas raíces. ¿Y cuáles son estas raíces? ¿Cuál es la esencia de
nuestra tradición? Para responder a estas preguntas hemos de empezar por
remontarnos suficientemente lejos para ver si podemos mirar con nuevos
ojos el paisaje que, por otra parte, siempre habíamos contemplado. Para ello
vamos a adoptar el modo de visión de la Cabalá, la tradición esotérica de
cuyo núcleo han brotado las grandes religiones monoteístas de nuestro
entorno cultural y que, además, constituye el fundamento de la llamada
Tradición Occidental de los Misterios, con sus componentes místicas,
mágicas y herméticas. Tomemos, por ejemplo, un personaje bíblico
arquetípico, como el patriarca Abraham – Abraham abinu, nuestro padre – y
veamos si podemos, usando la metodología cabalística, aprender algo que
nos ayude en nuestra búsqueda. Como ocurre con tantos personajes de la
Biblia, parece que su vocación es algo gratuito, ya que toda referencia a un
trabajo personal queda convenientemente suprimida. Sin embargo, el
midrash considera que Abram (tal era su nombre antes de que Dios
introdujera en él la letra H del Nombre Divino YHVH) tuvo que superar diez
pruebas iniciáticas en correspondencia con las diez sefirot del Árbol de la
Vida. Todo ello aparece vestido en el texto con el ropaje de historias
corrientes, mas como muy adecuadamente recuerda el Zohar (el gran libro
de interpretación cabalística de la Torá – el Pentateuco – publicado en la
España del siglo XIII): “¡Ay del hombre que dice que la Torá presenta meros
relatos y palabras corrientes, porque, si este fuera el caso, nosotros mismos
en la actualidad podríamos componer una torá y hacerlo aún mejor!” Así se
lamenta el autor por boca de Rabí Shimón Bar Yojai1 . Y continúa explicando
que la Torá tiene un cuerpo, que son los preceptos, el cual aparece cubierto
con los ropajes de las narraciones de este mundo. Es de necios mirar sólo a
los vestidos, porque su valor reside en el cuerpo, y el de éste a su vez en el
alma: “Los que saben algo más miran al cuerpo debajo de la ropa. Pero los
sabios, los [auténticos] servidores del Rey Supremo, los que estuvieron en el
monte Sinaí, miran sólo al alma, que es el fundamento de todo, la verdadera
Torá. [Pero todavía hay un más allá] y en la vida futura están destinados a
contemplar el alma del alma de la Torá.” De hecho son cuatro los niveles de
interpretación de la Torá (la Biblia): el significado literal, el alegórico, el
metafísico y, por último, el significado místico, llamado también Sod, secreto,
simplemente porque es incomunicable por esencia. Cada
1 Un sabio del siglo II a quien el texto presenta como el verdadero autor del libro. Zohar III,
152 a.

uno de estos significados está en correspondencia con uno de los cuatro


mundos o niveles de existencia – o modos de conciencia, diríamos en un
lenguaje más actual – en que la Cabalá considera que se estructura la
Realidad. El mundo supremo – el nivel del sod – es el plano también llamado
Divino, y es el objeto último de toda la búsqueda y especulación cabalística.
La tradición señala a Abraham como el autor del Séfer Yetsirá, el llamado
Libro de la Creación. En el Séfer Yetsirá, el primer tratado cabalístico
conocido, aparecen ya los elementos fundamentales de lo que después van
a ser la teoría y práctica de la Cabalá: los Nombres de Dios, las sefirot o
dimensiones de lo real, las letras y su proyección creativa, las
correspondencias con el macrocosmos, el tiempo y el cuerpo vital humano,
las técnicas de meditación, etc. Se ha dicho que si todos los libros de Cabalá
desaparecieran salvo una copia del Séfer Yetsirá, todo podría ser
reconstruido. Abram había salido de Ur Kasdim, la luz de los caldeos (Ur, en
hebreo, tiene exactamente las mismas letras que Or, luz). La tradición dice
que Abram era astrólogo (conocimiento caldeo) y sabía por las estrellas que
no podía tener hijos: “¿Qué me darás si yo ando sin hijo...?” (Gen 15:2). “Y le
sacó (Dios) afuera y le dijo: Mira ahora a los cielos y cuenta las estrellas...”
¿Adónde le sacó para que hiciera algo tan trivial como contar los pocos miles
de estrellas que se ven a simple vista? En realidad, le sacó afuera de la
bóveda celeste para contemplar las estrellas desde arriba. Es decir, le sacó
de la influencia de la necesidad, de la ley natural representada por las
influencias astrales, para anunciarle algo imposible según ellas: su
descendencia. Quizá no se ha pensado lo suficiente en que
cronológicamente Abraham era contemporáneo de la Torre de Babel y que
conservó, por tanto, el conocimiento de la lengua original, la lengua sagrada
(el simbolismo universal codificado en el alfabeto hebreo), esa lengua de la
que Dios dijo: “He aquí un pueblo y una lengua... nada será imposible para
ellos”. Que Abraham era un maestro en estas técnicas queda explicitado en
el último párrafo del Séfer Yetsirá, que dice: “Y cuando Abraham, nuestro
padre, que descanse en paz, miró, vio, entendió, escrutó, grabó, talló
[técnicas meditativas de manipulación de letras] tuvo éxito en la creación
[es decir, las dominó con resultados concretos] tal y como está escrito: Y las
almas que había hecho en Jarán...”. Esta última cita del Génesis se aplica a
la emigración de Abraham desde Jarán a Canaán y se interpreta
comúnmente como que Abraham llevó consigo a los conversos a la religión
del Dios único que había conseguido en Jarán. Cabalísticamente, sin
embargo, el texto se refiere a que mediante las técnicas aludidas antes
había creado un golem, una metáfora del cuerpo de luz o de sabiduría (ya
que el valor numérico de la palabra golem – según la técnica de la guematria
– es 73, el mismo que el de Jojmá, Sabiduría). De hecho, en el texto se usa la
palabra alma, néfesh (alma), en singular (en vez de nefashot, plural), aunque
se traduce de forma colectiva como gente, o almas. ¿Qué otro sentido
pueden tener las correspondencias de las letras hebreas propuestas en el
Séfer Yetsirá con los distintos órganos y partes del cuerpo (de hecho con su
componente astral) sino el de – en correspondencia con las fuerzas
cósmicas, establecidas según las correspondencias estelares de las letras –
autogenerarse meditativamente como el Adam (hombre/mujer) celeste
arquetípico, tal como está escrito en el texto: “y haz que el Creador se siente
en su base (o lugar: Vehashab Yotser al mejonó)”? Se considera que la visión
profética del Trono Divino con el Hombre sentado en él2 – el llamado Kabod,
la Gloria o Presencia Divina – es la culminación de la maasé merkabá, la
parte de la Cabalá que trata de las técnicas meditativas y extáticas (en
complementaridad con la parte de especulación filosófica y teosófica –
maasé bereshit – y con la parte mágica llamada cabalá maasit). Y cuando los
cabalistas medievales – siguiendo precisamente las técnicas de meditación
con las letras – accedían a este estado descubrían que el rostro que veían en
el hombre sentado en el trono era el suyo propio, es decir, eran capaces de
realizar la naturaleza divina de su Yo superior. Mas no es simplemente una
visión o experiencia lo que se pretende, sino más bien la profunda
transformación interior que surge de la dedicación a la tarea de actualizar
esa forma divina que constituye nuestra esencia. Tal es la conexión luminosa
que Abraham Abinu (nuestro padre) transmitió para todo el género humano.
Y es que no hay Cabalá sin compromiso: puesto que tanto el mundo como el
propio ser humano – y por supuesto el yo – están contenidos y creados por
ese lenguaje sagrado (que procesa el campo unificado de conciencia/energía
llamado En Sof Or, la Luz infinita), el utilizarlo es por necesidad actuar sobre
sí mismo y el mundo. La meta es la devekut, la adhesión a la Fuente Divina.
La devekut es un mandamiento de la Torá: “ A Él te adherirás” (Deut 10:20).
En realidad, la traducción clásica de la palabra devekut como adhesión es
semánticamente un poco débil. Más bien se trata de una verdadera unión,
un pegado permanente de forma que ambas partes se tornan inseparables.
Los que alcanzan este grado, aun estando vivos gozan de la vida eterna,
pues se han hecho morada de la Presencia. Y, sin embargo, esta es la
verdadera vocación del ser humano, su herencia, la Tierra Prometida
arquetípica, que Dios juró a Abraham que daría a su descendencia espiritual,
es decir, a nosotros, a cualquiera que se esfuerce verdaderamente por
alcanzarla.

LAS LETRAS DE LA CREACIÓN

El primer capítulo del Génesis establece que Dios creó el mundo mediante
diez expresiones o palabras:

1. “Haya Luz”

2. “Haya un firmamento .por en medio de las aguas...”

3. “Acumúlense las aguas del firmamento en un solo conjunto...”

4. “Produzca la tierra vegetación...”

5. “Haya luceros en el firmamento...”

6. “Bullan las aguas de animales vivientes....”

7. “Produzca la tierra animales vivientes...”

8. “Hagamos al hombre...”

9. “Sed fecundos y multiplicaos...”

10. “Ved que os he dado toda hierba portadora de semilla...”

Si todo el Pentateuco - la Torá - se puede considerar como la plasmación del


Pensamiento Divino, solo que expresado en una forma recóndita y altamente
codificada, esto es particularmente cierto del primer capítulo del Génesis. En
él aparece prefigurada toda la estructura del Arbol de la Vida - el símbolo
fundamental de la Cabalá - que es a la vez un mapa del mundo, del ser
humano y del mismo Dios en su aspecto manifestado. El Arbol de la Vida
contiene treinta y dos elementos esenciales: diez esferas o Sefirot y
veintidós canales que las interconectan entre sí. Las diez esferas
corresponden a estados objetivos del Ser: son los arquetipos de
manifestación de lo Divino, que después se constituirán en modelo de todo
lo existente. Los veintidós canales ponen en comunicación las esferas o
niveles, integrándolos en un conjunto orgánico. Están en correspondencia
con las veintidós letras del alfabeto hebreo y podemos preguntarnos cuál es
el sentido de una atribución tan curiosa. ¿Qué tiene que ver un cable, un
instrumento de transmisión energética, que es la idea de un canal, con un
elemento lingüístico, tal como una letra, que permite estructurar los sonidos
en palabras comprensibles?

De esto va a tratar el presente artículo y nos acercaremos con ello a la


dilucidación de una de las claves más profundas de la Cabalá: el significado
y uso de las letras del alfabeto hebreo. Nos vamos a dejar acompañar en
este empeño de un antiguo y enigmático libro, el Sefer Yetzirá, que trata
justamente de la Creación y de las letras, y al que los estudiosos han
intentado arrancar sus secretos durante al menos los casi dos milenios de su
versión escrita. Es precisamente en el Sefer Yetzirá en donde aparecen por
primera vez claramente expresados los treinta y dos elementos de la
Creación, separados en dos grupos: diez Sefirot y veintidós letras, divididas
éstas, a su vez, en tres conjuntos de tres letras madres, siete dobles y doce
simples, respectivamente. El Sefer Yetzirá pretende ser una explicación del
primer capítulo del Génesis y, en efecto, esta estructura se encuentra
codificada en él de la siguiente manera: treinta y dos veces aparece
mencionado el nombre Elohim, traducido como Dios. Las diez palabras
explícitas de Dios, es decir, las diez veces en que directamente aparece la
expresión: “Dijo Dios”, y que han sido enumeradas al principio de este
artículo, corresponden a las diez sefirot o esferas. Hay siete veces en las que
se dice que “Dios vió”, lo cual corresponde a las siete letras dobles , tres
veces se menciona que “Dios hizo”, lo cual alude a las tres madres. Por
último, en doce ocasiones se describen otras acciones divinas, en
consonancia con las doce letras simples restantes. También en el Arbol de la
Vida, en su diseño actual comúnmente aceptado, aparecen siete canales
verticales, tres horizontales y doce oblicuos. Ahora bien, la Biblia es un libro
a la vez abierto y cerrado. Es abierto porque está escrito en un lenguaje
“corriente”, usando imágenes y realidades corpóreas espacio-temporales en
un sentido simple y coherente, que cualquier persona es capaz de
comprender. Esta es la interpretación literal, que ciertamente transmite un
significado espiritual profundo sobre el que se han construido, directa o
indirectamente, las tres grandes religiones monoteístas. Pero existen otros
niveles de interpretación, alegórico, metafísico y místico, que permanecen
sellados - insospechados incluso - si sólo nos ceñimos al significado literal de
las palabras. La Cabalá, que aspira precisamente a desentrañar el último
nivel, el significado místico, afirma que la Biblia, fundamentalmente la Torá
(el Pentateuco o los cinco libros de Moisés), si es sagrada es porque tiene su
raíz en la propia Deidad, siendo la plasmación en escritura y letra viva del
Pensamiento Divino creador. Es evidente, entonces, que lo que se está
narrando, en el primer capítulo del Génesis por ejemplo, no es ni siquiera la
estructura de un mundo, sino la esencia de todos los mundos, que se hallan
contenidos en estado arquetípico o ideal en el Pensamiento Divino. En este
nuestro plano, que es un mundo de ocultación, del mismo modo que la Luz
de la Presencia Divina no puede brillar directamente, tampoco las realidades
trascendentes pueden aparecer tal como son, sino más bien vestidas con los
ropajes de historias corrientes, de alto contenido moral y espiritual, por
supuesto, aún en su sentido más literal. Volviendo a la historia de la
Creación, muchas cuestiones de orden metafísico quedan sin aclarar en la
narración del primer capítulo del Génesis y es necesario recurrir a su
interpretación esotérica para intentar dilucidarlas: al Sefer Yetzirá, y también
a otros textos, como el Zohar, etc. Por ejemplo, ¿ cómo debemos interpretar
el hecho de que Dios “hable” y que, como resultado de esas palabras, tenga
lugar la Creación? ¿Debemos imaginarle como un monarca absoluto que
expresa su voluntad e inmediatamente se realiza su deseo? Pero, ¿por quién
y cómo? ¿Qué ministros ejecutan Su voluntad, si éstos pertenecen al dominio
de lo creado? ¿Sobre qué sustancia actúa la palabra de Dios? ¿Sobre el
“vacío”? ¿Sobre una materia preexistente? ¿En qué consiste el paso de la
nada al ser? El Sefer Yetzirá, nombre que, por cierto, significa “Libro de la
Creación “ (o, más literalmente, de la Formación), intenta responder a
algunas de estas cuestiones, tratando de establecer en qué consiste el acto
creativo y cuál es la mecánica de la creación. Y esto lo hace analizando el
despliegue del Pensamiento Divino, primero en números y letras, y luego en
nombres, empezando por el propio Nombre de Dios, que es el arquetipo
fundamental, ya que las palabras - los nombres - son la esencia de las cosas
y dan lugar a ellas. “Bereshit Bará Elohim Et HaShamaim VeEt HaAretz.” En-
principio creó Dios - los-cielos y- la-tierra Los cabalistas interpretan este
primer versículo del Génesis de la siguiente manera: Elohim, el Nombre
Divino utilizado, no es sino un aspecto de la Deidad manifestada,
particularmente referido a Biná, el Entendimiento o Inteligencia Divina, que
es la tercera Sefirá. En la frase en cuestión no está como sujeto, sino como
objeto directo, siendo, pues, el resultado de la primera acción “creativa”. Por
otra parte, la preposición “B-“ en hebreo, puede traducirse como “con”, y no
sólo como “en”.

Reshit, principio, es otro nombre de la segunda Sefirá, la Sabiduría. Y el


verdadero sujeto de la frase, que sería la primera Sefirá, La Voluntad Divina o
Corona, prácticamente identificada con el Infinito o Absoluto de la Deidad,
aparece tan sólo implícita, místicamente aludida en el versículo. El resultado
final sería el siguiente: “Por medio de la Sabiduría, el Misterioso
Incognoscible (bendito sea su Nombre) creó a Elohim...” También el Sefer
Yetzirá comienza con operaciones que tienen lugar en el propio seno de la
Deidad, como son el acto de “grabar su Nombre”, para después proyectar el
mundo; y así, su primer párrafo, con insuperable potencia expresiva, además
de con la precisión técnica que requiere su objetivo (el ser un manual de
meditación, o, mejor dicho, de conexión, tal como explicaremos luego) hace
la siguiente lectura del primer versículo del Génesis: “En treinta y dos
senderos secretos de Sabiduría, grabó YaH, Y/H/V/H Tsebaot, Dios de Israel,
Dios (Elohim) de Vida y Rey del Universo, Dios Todopoderoso (El Shaddai),
clemente y misericordioso, elevado y sublime, habitante eterno del arriba y
Santo, su Nombre y creó su Universo con tres sefarim (numeraciones): el
número, la letra y la narrativa. Diez Sefirot del vacío y veintidós letras
fundamento: tres madres, siete dobles y doce simples.” Sólo sobre este
párrafo se podría escribir todo un libro, y lo mismo, por supuesto, sobre el
primer versículo del Génesis, lo cual, por cierto, ya se ha hecho (en el Zohar,
por ejemplo). Hemos añadido los subrayados para enfatizar los dos
momentos del despliegue Divino a los que nos referimos antes y que, en
lenguaje cabalístico, corresponden a dos mundos o niveles completos de
manifestación: el mundo de las emanaciones o Atzilut, en el que Dios graba
su Nombre, y el mundo de la Creación propiamente dicha, Briá en hebreo. Es
decir, que por medio de 32 elementos, el principio absoluto, el Infinito e
incognoscible, graba su Nombre - proyecta una imagen/forma de Sí mismo,
lo que constituye la esencia interna de la Luz y la energía pura de su
Pensamiento - y crea su mundo: todo el universo manifestado. Y lo hace
mediante tres sefarim o modos de manifestación:

1.Números o Sefirot, que determinan la cantidad o intensidad de la energía


(no por disminución, sino por diferenciación);

2.Letras o moldes metafísicos, que determinan la cualidad de la misma, y

3. La combinación de ambas en narrativa o sonido compuesto: palabras


moduladas en intensidad por los distintos filtros sefiróticos.

¿Cuáles son estas Sefirot o números primordiales? El Sefer Yetzirá las


enumera: La primera, el dominio de la Unidad, es el Espíritu del Dios Vivo
(Rúaj Elohim Jayim) del que se dice que es la Vida de los mundos, la Voz, el
Aliento y la Palabra, y que éste es el Espíritu Santo. La segunda, que procede
de la primera, es el aire espiritual, en el que son grabadas y cinceladas las
veintidós letras como concreción del hálito divino, es decir, de la propia
fuerza creativa de la Deidad. Las letras no son nada sin ese hálito único que
las anima: el Rúaj haKódesh o Espíritu Santo. O, por decirlo aún de otra
forma, las letras son los moldes metafísicos o vasijas que contienen y
expresan la energía viva (Luz) del Espíritu Divino. Podemos preguntarnos si
hay alguna indicación (esotérica) en el primer versículo del Génesis sobre
esta formación de las letras. La encontramos en la cuarta palabra, Et, que
aparece también en sexto lugar: “Bereshit Bará Elohim Et haShamaim veEt
haAretz”. Esta palabra, Alef Tav, que desde el punto de vista gramatical es
puramente indicativa del objeto directo, es interpretada como representando
a todo el alfabeto: Alef es la primera letra y Tav la última, algo así como decir
en griego el alfa y el omega. Se nos dice entonces que hay una doble
creación: las letras celestes (Et haShamaim) y las letras terrestres (Et
haAretz). Dios ha dado el poder (mental) al hombre - y ésta es la clave de la
aplicación mística del Séfer Yetzirá - de operar en las letras de arriba
actuando sobre las letras de abajo. Sobre esto se hablará después. Antes, es
necesario abordar un problema con el que se encuentra todo estudiante de
Cabalá, y es el de las correspondencias. Posiblemente el lector conocerá ya
el Séfer Yetzirá, pero se ha encontrado con que le cuesta armonizar sus
predicamentos con la forma actual de las enseñanzas cabalísticas. La versión
moderna de las Sefirot y del Arbol de la Vida, desarrollada a partir del libro
Bahir (S. XII, C.E.) y del Zohar (S. XIII), no parece ajustarse al modelo que
describe el Séfer Yetzirá, que los antecede en varios siglos (aunque hay
controversia, se estima que fue escrito en los primeros siglos de la era
común). Se nos dice, entonces, que han surgido en contextos históricos
distintos, con necesidades filosóficas diferentes. El Séfer Yetzirá, presupone
un medio neopitagórico, mientras que el Bahir y, sobre todo, los trabajos
posteriores del círculo de Gerona y del Zohar, tratan de utilizar un lenguaje
emanativo y neoplatónico. Sin embargo, una razón tan académica deja
siempre insatisfechos a los estudiantes prácticos que necesitan usar un
único sistema. Es necesario, pues, profundizar, para encontrar los puntos
últimos de convergencia. El Séfer Yetzirá habla de la creación, no de los
procesos emanativos internos en el seno de la propia Deidad, que es lo que
describe la concepción actual del Arbol de la Vida. En ésta, las Sefirot son los
arquetipos o atributos de Dios manifestado - tan perfectos que apenas son
distinguibles de su propia esencia infinita no manifestada. ¿Cuáles son estos
arquetipos? La Sabiduría de Dios, su Entendimiento, su Misericordia, su
Poder, etc. Todas estas cualidades configuran un mundo - Atzilut - y se
presuponen en la descripción de la primera Sefirá del Séfer Yetzirá ( por
ejemplo, en las expresiones Voz, Aliento, Palabra, etc.). Las Sefirot en este
libro son más bien dominios, regiones o dimensiones en las que Dios opera.
Se dice de ellas que son Belimá, es decir, sin sustancia, del vacío. Porque
para poder actuar sobre algo “fuera” de El, Dios ha tenido que crear una
ausencia de Sí, un vacío dentro de Sí que posibilite la existencia de “otro”: la
Manifestación. Como dice el profeta Isaías (45:7): “Yo formo la Luz y creo la
oscuridad. Hago la paz y creo el mal”. Es decir, es la oscuridad lo que es
creado. Esta oscuridad representa la fase de recibir, la vasija, y es lo que da
forma a la luz infinita preexistente. Así, la segunda Sefirá es llamada “aire de
aire”, Rúaj merúaj (nosotros la hemos titulado aire espiritual para distinguirla
del aire elemental que corresponde a una fase energética mucho más baja).
Representa el choque primero del Espíritu Divino, que es una fase pura de
dar (y corresponde a Kéter/Corona en cualquier mundo) con la fase de recibir
o vasija (que corresponde a Maljut/Reino en cualquier mundo), lo que da
lugar a las letras (como el aire continuo exhalado por los pulmones choca
con las cavidades y estructuras de la garganta y la boca y produce los
diversos sonidos). La Creación es el dominio de la dualidad y por eso la Torá
empieza con la letra Beit de Bereshit, que representa el número dos:
cielos/tierra, luz/oscuridad, aguas superiores/aguas inferiores, etc. De ahí
que el Séfer Yetzirá presente siempre a las Sefirot en pares de opuestos
(“cinco frente a cinco”, como dice el propio texto): S. Y.: 1ª exposición S.Y.: 2ª
exposición Arbol de la Vida Una dim. temporal principio/fin agua/fuego
jojmá/biná Una dim. espiritual bien/mal espíritu/aire kéter/maljut arriba/abajo
arriba/abajo nétzaj/hod Tres dim. espaciales este/oeste este/oeste
tiféret/yesod sur/norte sur/norte jésed/guevurá. Lógicamente, las Sefirot son
sólo unas y debe haber una correspondencia entre los distintos conjuntos,
aunque representen distintas fases. La visión mística del mundo es
holográfica, en el sentido de que cada parte o fragmento, además de ser
algo en sí, refleja al todo, que en este caso es el Arbol de la Vida. Cada Sefirá
contiene un Arbol completo y cada uno de éste otro Arbol, y así
sucesivamente, estando todo en relación con todo. Son nuestros esquemas
mentales los que son lineales y limitados, incapaces de abarcar más de unos
pocos aspectos a la vez, pero no la Mente Divina, que es infinita. E igual que
cuando queremos dibujar en un papel una forma corpórea tridimensional
hemos de usar mecanismos de proyección a dos dimensiones, nuestro
diseño actual del Arbol de la Vida es una proyección a lo largo de la
dimensión espiritual (anímica); de ahí su verticalidad. Las correspondencias
del sistema actual con el del Séfer Yetzirá (en las dos versiones en que
aparecen enumeradas las Séfirot) se muestran en la Tabla 1. *** Volviendo a
nuestra lectura del Sefer Yetsirá, la tercera Sefirá es el agua que procede del
aire, es decir, el continuo sustancial que dará lugar a los mundos de la forma
y la materia (“Y la tierra era Tóhu y Bóhu...” Gen: 1:2). Para poder actuar las
letras deben fijarse sobre algo. Este algo es el agua, que es como la tinta
fluída que se adapta a la forma de las letras (las vasijas). A continuación
viene el fuego - cuarta Sefirá - en el que Dios funda su morada: el Trono de
Gloria y las huestes angélicas o formas espirituales. El Trono es una
representación colectiva del mundo del Ser en el que las potencialidades
inherentes a la materia prima del agua se expresan en su diferencia (aunque
no se separan todavía). En física moderna, el agua primordial sería como el
vacío mecánico-cuántico que es el máximo de energía potencial. Al hablar de
fuego damos el salto (Gran Explosión) a energías concretas, actuales. En el
segundo versículo del Génesis, esta Sefirá aparece oculta en la expresión
Rúaj Elohim ( el Aliento de Dios que se cernía sobre el rostro de las aguas). Si
consideramos el valor numérico de estas dos palabras (R+V+J = 200+6+8 =
214 y A+L+H+Y+M = 1+30+5+10+40 = 86 ; Total = 300 ) obtenemos el
resultado de 300, que es, a su vez, el número de la letra Shin. Esta letra
corresponde al fuego y dice posteriormente el Séfer Yetsirá que con ella
fueron creados los cielos. Por último, las seis Sefirot restantes corresponden
a los seis días de la Creación (ver el primer capítulo del Génesis). Son
presentadas en el Séfer Yetsirá como las seis caras de un cubo que es
sellado mediante las seis permutaciones de las tres primeras letras del
Nombre (YHV). Cinco breves notas sobre ello:

1. El valor numérico de cada una de estas permutaciones es 21 (Y=10, H=5,


V=6). Este es el valor también del Nombre Divino Eheié (A=1, H=5, Y=10,
H=5), que significa Yo soy (o Yo seré) y que Dios revela en la zarza ardiente
delante de Moisés. Así, cada fase de la Creación está escrita con el Nombre
de Dios que es una imagen de Sí mismo.

2. Estas tres letras, Y, H y V, se dice que encierran el secreto de las tres


madres, las cuales, a su vez, corresponden a las tres fases anteriores de aire,
agua y fuego. Lo que varía es, entonces, la preponderancia de uno u otro
factor.

3. Precisamente el movimiento del Espíritu Divino (1ª Sefirá, a la que


tradicionalmente corresponde el Nombre Divino Eheié) es lo que se plasma
en las combinaciones y permutaciones de letras, con lo cual se nos está
explicando la esencia del acto creativo. De paso se nos da una formidable
técnica de meditación con letras : la de permutación o Tseruf.

4. El movimiento del Espíritu alcanza un punto de descanso en el centro del


cubo, que corresponde a la cuarta letra del Nombre (2ª Hé) y que es,
obviamente, el Shabbat o séptimo día, en el que Dios descansó (y santificó
ligándolo a su Nombre). Esta última fase recoge todas las influencias de las
anteriores e inicia el nuevo ciclo (2º capítulo del Génesis).

5. El cubo metafísico también prefigura la interpretación de las letras: la


tridimensionalidad del espacio, uniendo entre sí las caras opuestas,
corresponde a las tres letras madres. También podemos representarlas como
circunscribiendo al cubo mediante tres círculos máximos (ecuador más dos
meridianos perpendiculares entre sí).

Las seis caras más el centro corresponden a los siete dobles. Y las doce
aristas, a las doce letras simples. Sobre este tema concreto no vamos a
tratar aquí. Baste decir que con el principio espiritual de cada una de las
letras el Creador conforma un poder específico sobre el cual regirá la letra.
Este poder es macrocósmico (planetas y signos del zodíaco), temporal (la
energía interna que despliega cada día de la semana y cada mes solilunar
del calendario hebreo) y microcósmico (en el nefesh o cuerpo vital del
hombre: la contraparte astral de los órganos físicos), con lo que la Creación
queda completada. De todo ello trata ampliamente la segunda parte del
Séfer Yetsirá. *** Quizá ya el lector se haya percatado a estas alturas del
inmenso poder de las letras del alfabeto hebreo como los agentes creativos
de Dios. Lo tremendo es que el ser humano - imagen y semejanza del
Creador - puede también usar ese poder (con permiso divino). Y ello en una
doble dimensión: mágico-creativa y mística. El aspecto mágicocreativo lo
tenemos en su máxima expresión en las leyendas sobre el Golem: el
homúnculo moldeado con arcilla sobre el que el cabalista proyecta la forma
espiritual completa creada mediante las técnicas del Séfer Yetsirá. El aspecto
místico es el de conexión con la Luz Divina; tiene como meta el desarrollo
espiritual del practicante y usa las letras como canales, en correspondencia
con los elementos expresados anteriormente y los senderos del Arbol de la
Vida. Más interesante que crear un golem externo es dar forma espiritual al
propio cuerpo de luz con el que, por ejemplo, poder ascender en meditación
a los mundos superiores. Todo esto constituye la sabiduría del patriarca
Abraham, a quien la Tradición atribuye la autoría del Séfer Yetsirá. Abram (tal
era su nombre antes de que Dios introdujera en él la Hé del Nombre Divino)
no se quedó en el conocimiento exterior de las cosas, sino que buscó el
poder nuclear que rige todas las manifestaciones cósmicas. Fue así el
primero en usar el Nombre Adonai (Gen 15: 2 y 8) que expresa la soberanía
divina sobre toda la creación. Dios le había llamado y le había dicho: “Véte
(Lej-lejá) de tu tierra y de tu familia y de la casa de tu padre...(Gen 12:1).
Esta expresión, Lej-lejá, literalmente significa “vé para tí”, y se puede
interpretar como “vé hacia dentro de tí, conócete a tí mismo”. Abram había
salido de Ur Kasdim, la luz de los caldeos (Ur tiene exactamente las mismas
letras que Or, luz). Abram era astrólogo (conocimiento caldeo) y sabía por las
estrellas que no podía tener hijos: “¿Qué me darás si yo ando sin
hijo...?”(Gen 15:2). “Y le sacó (Dios) afuera y le dijo: Mira ahora a los cielos y
cuenta las estrellas...” La pregunta es: ¿Tuvo Dios que sacarle de su tienda
para un conocimiento tan trivial como que las estrellas del cielo son muchas?
¿De dónde le sacó exactamente? La respuesta lógica es que le sacó afuera
de la bóveda celeste para contemplar las estrellas desde arriba. Es decir, le
sacó de la influencia de la necesidad, de la ley natural representada por las
influencias astrales para anunciarle algo imposible según ellas: su
descendencia. La Biblia no dice nada sobre cuál era el grado de
conocimiento alcanzado por Abraham, pero la Tradición nos dice que era la
ciencia de las letras, tal como ésta se expone en el Séfer Yetsirá. Quizá no se
ha pensado lo suficiente en que cronológicamente Abraham era
contemporáneo de la Torre de Babel y que conservó, por tanto, el
conocimiento de la lengua original, la lengua sagrada (el hebreo), esa lengua
de la que Dios dijo: “He aquí un pueblo y una lengua... nada será imposible
para ellos”. Y así, el enigmático versículo bíblico : “y tomó a Sarai... y al alma
(HaNefesh, puede interpretarse como almas, si se toma en sentido genérico)
que habían hecho en Harán...”, se interpreta como que Abraham había
usado las técnicas meditativas del Séfer Yetsirá para hacer un golem. Es
decir, que antes de que Dios se le apareciera, Abraham había ya dominado
las técnicas del Séfer Yetsirá. La traducción estándar del versículo es que
Abraham y Sara habían hecho conversos a la religión del Dios único. En
cualquier caso, el párrafo final del Séfer Yetsirá (en alguna de sus versiones)
es explícito sobremanera. Merece la pena citarlo añadiendo paralelamente
algún comentario entre paréntesis: “Y cuando Abraham nuestro padre, que
descanse en paz, miró, vio, entendió, escrutó, grabó y talló ( técnicas
meditativas de manipulación de letras) tuvo éxito en la creación (las dominó)
tal y como está escrito: “y las almas que habían hecho en Harán”. De
inmediato se le reveló el Maestro de todo (Adon HaKol, en hebreo. La
explicación es que fue capaz de alcanzar el Fundamento o Raíz divina. Kol,
Todo, es un nombre cabalístico de la sefirá Yesod, el Fundamento, y
representa el poder generativo de la Deidad, así como la conexión con la Luz
Divina o Arbol de la Vida), sea su Nombre bendito por siempre...Hizo alianza
con él entre los diez dedos (Sefirot) de la mano - ésta es la alianza de la
lengua - y entre los diez dedos (Sefirot) de los pies - ésta es la alianza de la
circuncisión ( el poder creativo de la palabra y de la carne son equiparados:
se entiende así toda la disertación anterior sobre el poder tener un hijo. En
hebreo, “milá” significa palabra y también circuncisión)...”

Y algunas versiones añaden también a este párrafo final la cita del profeta
Jeremías (1:5), en el sentido de que Dios aplicó a Abraham el versículo:
“Antes de que te formara en el útero (Biná, la tercera Sefirá) te conocí ( es
decir que Abraham había alcanzado el nivel de Jojmá, la Sabiduría primordial,
la segunda Sefirá, y se había hecho uno con el Pensamiento Divino), y antes
de que emergieras de él (para ser arquetípicamente Jésed, una de las
Carrozas de la Shejiná, la Presencia divina), te santifiqué y te hice profeta
para las naciones(para volver a traer la Shejiná a la tierra)”. La conexión
luminosa de Abraham está abierta para todos. Es de esperar que a nadie se
le ocurrirá comprar un Séfer Yetsirá e intentar crear un golem. Sería mejor
que antes empleara unos cuantos años trabajando sobre sí mismo (Lej-lejá) y
su desarrollo espiritual. En ello puede resultarle de gran ayuda la meditación
sobre los misterios del Séfer Yetsirá. El propio libro invita a ello: “Instaura
cada cosa en su esencia y sienta al Creador en su base (o lugar)”, repite en
varios lugares. Muchos de sus asertos son alusiones veladas a técnicas
concretas de meditación. Pero desarrollar esto de una forma que resulte útil
al buscador moderno será, si Dios quiere, tema de otro artículo. Tan sólo una
cita final de un autor contemporáneo (A. Green, Your Word Is Fire) que en
pocas palabras resume el camino y la meta: “Entra en cada letra con toda tu
fuerza. Dios mora dentro de cada una; al entrar en ella, te haces uno con El.”

Torá y Cabalá

La Cabalá es la tradición esotérica y mística del judaísmo. Ahora bien, toda la


sabiduría de Israel se encuentra contenida en la Torá, palabra que designa a
la ley revelada, dada por Dios a Moisés en el monte Sinaí, pero que
literalmente significa guía, instrucción y enseñanza. Estos términos hay que
comprenderlos en un sentido integral, al modo de la sabiduría antigua. De
hecho, haríamos justicia al verdadero concepto de la Torá si le diéramos los
significados complementarios de camino espiritual, sentido último de las
cosas, ley que todo lo rige y manual de instrucciones para la conciencia
superior. El intentar dar un sentido comprensible a estos asertos es el
objetivo del presente artículo. Si bien de un modo restringido la Torá son los
cinco libros de Moisés o Pentateuco, la primera de las tres secciones en que
se divide la Biblia hebrea (aunque por extensión viene a designar a toda ella)
la tradición considera que ésta es sólo su parte escrita (Torá Sebijtav). Son
necesarias para su comprensión y aplicación toda una serie de exposiciones
e instrucciones que eran transmitidas de boca a boca, de ahí su nombre de
Torá oral (Torá Sebeal pé), y que se considera que también fueron reveladas
a Moisés. Finalmente fueron puestas por escrito en el Talmud, ya que corrían
el peligro de perderse tras la destrucción del segundo templo y la dispersión
del pueblo judío. La parte más interna, la más recóndita u oculta del sistema,
que también formaba parte de la Torá oral, siguió sin embargo siendo
esotérica, enseñándose sólo de modo personal, a uno o a unos pocos
discípulos. Eso es lo que constituye todo el conjunto de enseñanzas místicas
y técnicas de desarrollo espiritual, algo así como la guinda que corona la
tarta del judaísmo, y que más tarde afloraría bajo el nombre de Cabalá. Esta
palabra significa recepción, lo que alude, sin duda, al modo de transmisión,
pero también al acto de “revelación” interior que abría las puertas hacia las
experiencias místicas límite llamadas “mundos superiores”. Sólo entonces el
aspirante era considerado mecubal, es decir, recibido. Mientras que en
algunos momentos de la historia ciertas partes de la Cabalá también fueron
puestas por escrito, éstas se refieren sobre todo a los aspectos teóricos y
especulativos, que además podían ser vertidos en el lenguaje de los tiempos.
La parte práctica, las claves psicológicas y las técnicas de elevación
espiritual (así como las propias experiencias personales de los cabalistas), se
mantenían en secreto en el seno de pequeños grupos o sociedades y eran
enseñadas sólo a unos pocos discípulos dignos de ello. No siempre ha sido
así. En tiempos bíblicos, durante la época de Salomón, el Talmud nos informa
de que literalmente había millones de individuos introducidos en los
misterios proféticos

1 . Por lo críptico del propio texto sobre las circunstancias personales de los
profetas, parece como si éstos surgieran de la nada, por una elección divina,
sin ningún esfuerzo o trabajo previo por su parte. Esta es una de las muchas
ideas falsas preconcebidas con que nos enfrentamos a la interpretación del
Tanaj, o Biblia hebrea. Nada más lejos de la realidad. Eran necesarios años
de intensa práctica y disciplina antes de poder concentrar y canalizar el
poder espiritual suficiente para siquiera tener la oportunidad de ser
“elegido”. Está atestiguado que había escuelas especializadas en la
enseñanza de la profecía y otros estadios de iluminación conocidos
genéricamente como Rúaj HaKodesh (Espíritu Santo). Porque la profecía era
quizá el último estadio de la escala mística, y aún dentro de ella había
numerosos grados de realización. En general, las experiencias místicas y
espirituales personal no eran raras en aquellos días. Ciertamente, los
profetas bíblicos deben ser contados entre los grandes místicos de todos los
tiempos. Sus elevadas técnicas de meditación, entre las que se encuentra
toda la tradición de los Nombres de Dios y, por supuesto, del poder de las
letras hebreas como instrumentos de meditación, son prácticamente
desconocidas, habiendo sólo sobrevivido en parte en la Cabalá.
Precisamente, una de las principales ramas de ésta recibe el nombre de
“profética”, por dejar en un segundo plano la especulación teosófica para
concentrarse en las prácticas conducentes al éxtasis. En general, los
profetas asumían funciones de guías del pueblo y esto es de lo que trata la
parte conservada de sus escritos. El hecho es que, en parte por su
compromiso político, enfrentado al poder establecido (político y religioso), en
parte por las desviaciones populares fáciles hacia la idolatría, el ocultismo y
la hechicería, con sus peligros inherentes (lo podemos ver en la proliferación
actual de cultos y sectas), las escuelas proféticas fueron perseguidas y
finalmente abolidas. Sólo unos pocos grupos, pequeños y cerrados, pudieron
mantener viva y activa la cadena de la recepción. El proceso de ocultación
se realizó con tanto éxito que cuando algunas partes de la Cabalá salieron
finalmente a la luz muchos objetaron que esta tradición no formaba
verdaderamente parte de la revelación sinaítica (y por tanto de la Torá), que
era una elucubración personal, en todo caso una elaboración muy posterior,
reflejando, o incorporando incluso, influencias no judías. Sin negar las
posibles influencias, probablemente en ambos sentidos, nos atenemos a lo
escrito en el tratado Pirké Avot, escrito en la época talmúdica, en donde
leemos que hubo una cadena de transmisión constante: “Moisés recibió
(Kibel, de donde deriva la palabra Cabalá) la Torá en el Sinaí, y se la
transmitió a Josué, y Josué la transmitió a los ancianos y los ancianos a los
profetas y los profetas la transmitieron a los sabios de la Gran Asamblea”

2 . Fue en este periodo de reconstrucción, al retornar del exilio babilónico,


cuando se declaró “oficialmente” cerrada la etapa de la profecía. Siguieron
unos siglos de silencio y después afloraron las experiencias visionarias de la
Mercavá, pero en los “cabezas de academia”, en los más sobresalientes
individuos llamados “lámparas de la Torá”, es decir, de forma muy
minoritaria y extremadamente selecta. Ahora bien, la pregunta es la
siguiente: Si la revelación sólo consistió en los preceptos literales, que
Moisés consignó en unos libros, junto con unas instrucciones verbales para
practicarlos, ¿qué sentido tiene decir que le transmitió la Torá a Josué, etc.,
puesto que ya era pública, ya que todos debían cumplirla? Es evidente que lo
que transmitió es la parte interna de la misma, la conexión efectiva con los
mundos superiores, y en particular con su vértice superior, llamado la fuente
divina de todas las cosas. El poder espiritual es precisamente lo que se
“recibe”, el verdadero sentido de la palabra Cabalá. Pues un cabalista no es
un erudito, alguien versado en libros, incluso que conociera de memoria
todas las interpretaciones místicas de la Torá. Como hemos apuntado antes,
no hay cabalista sin revelación interior, sin estar conectado y transmitiendo,
ya que, por seguir con el símil eléctrico, como sabe todo el que intenta
transitar las sendas del espíritu, el que está enchufado y no transmite,
cortocircuita. Y el instrumento de conexión es precisamente la Torá,
entendida y vivenciada de un modo particular, en un compromiso total con
ella. Así se comprende que su estudio sea el precepto fundamental del
judaísmo, ya que, en principio, la revelación del Sinái fue pública, abierta a
todos, y todo judío, por definición, está llamado a un alto grado de desarrollo
espiritual:” Pueblo de sacerdotes y nación santa”, en palabras de la propia
Torá

3 . A una mentalidad que ha pasado por la crítica de la razón y la revolución


científico tecnológica le puede resultar absurdo (o insensato) este punto de
vista total, especificado en la vieja enseñanza rabínica de que toda la
sabiduría se encuentra contenida en la Torá. ¿Cómo se puede hablar de
sabiduría en un sentido absoluto en un texto tan polifacético, que incluye
relatos de teofanías y otras manifestaciones espirituales, preceptos de
conducta ética, documentos de historia, política y antropología, así como
fragmentos de filosofía y cosmovisiones primitivas? Pero la respuesta es que
la Torá es pluridimensional, con muchas lecturas e interpretaciones bajo la
apariencia de una narrativa lineal que la hace aparecer un libro cerrado y
sellado. Aquellos que simplemente la contemplan a la luz del flujo entrópico
de la historia, se quedan en los vestidos (por utilizar la metáfora del Zohar),
apenas perciben el cuerpo, y menos aún el espíritu que lo anima. “¡ Ay del
hombre que dice que la Torá presenta meros relatos y palabras corrientes,
porque, si este fuera el caso, nosotros mismos en la actualidad podríamos
componer una torá y hacerlo aún mejor!”, se lamenta el Zohar por boca de
Rabí Shimón Bar Yojai

4 . Y continúa explicando Bar Yojai, uno de los más grandes místicos de la


humanidad, que la Torá tiene un cuerpo, que son los preceptos, el cual
aparece cubierto con los ropajes de las narraciones de este mundo. Es de
necios mirar sólo a los vestidos, porque su valor reside en el cuerpo, y el de
éste a su vez en el alma: “Los que saben algo más miran al cuerpo debajo de
la ropa. Pero los sabios, los (auténticos) servidores del Rey Supremo, los que
estuvieron en el monte Sinaí (en cualquier tiempo y lugar) miran sólo al
alma, que es el fundamento de todo, la verdadera Torá. (Pero todavía hay un
más allá) Y en la vida futura (entendida como un estado atemporal del ser o
como un nivel de conciencia superior) están destinados a contemplar el alma
del alma de la Torá

5 . Es evidente que si se quiere comprender algo de lo que aquí se está


hablando, hay que abandonar la dimensión relativa y entrar, siquiera como
hipótesis de trabajo, en otra categorización de la realidad, que se va a basar,
a la vista de todo el uso hermenéutico del texto bíblico como preparación
para la experiencia mística, en otra forma de entender el lenguaje. Hay que
darle a éste un papel no neutro en el acto del conocimiento, admitiendo que
entre conocedor y conocido hay una superficie de contacto que actúa como
filtro, y que está constituída por el nivel descriptivo de la realidad, el cual
selecciona, limita, configura en suma, lo que es la experiencia de esta
realidad. Si se admite esto, se puede vislumbrar que diferentes modelos de
la realidad (o diferentes estratos de significación de un mismo modelo)
puedan mostrar, y de hecho muestren, de una forma no trivial, distintos
paisajes gnoseológicos y vitales. El punto de vista aceptado es que el
lenguaje es un espejo, más o menos translúcido de la realidad. ¿No puede
ocurrir a la inversa, que la realidad sea como un “modelo” del lenguaje (en el
significado semántico del término), es decir, una estructura que verifica o
valida las proposiciones lingüísticas? Después de todo, ¿dónde sucede el
mundo? ¿Ahí afuera, o en el sistema nervioso? ¿Qué resulta ser, por tanto,
exterior y qué interior? Hay un nudo gordiano que enlaza inextricablemente
a los vértices del triángulo objeto/lenguaje/sujeto. La filosofía antigua da
preponderancia al objeto, y es tildada de realista ingenua. La filosofía
moderna parte del sujeto, y termina en un idealismo a ultranza. La filosofía
contemporánea - y posiblemente la futura - necesita enfatizar el tercer
término, el lenguaje, pero en sus tres campos de semántica (relación con el
objeto), pragmática (relación con el sujeto) y sintaxis (relación consigo
mismo). La ciencia contemporánea (léase física cuántica) se halla perpleja
ante las paradójicas intersecciones de los tres términos. El cabalista opta
radicalmente por una visión monista, devolviendo a la palabra su estatus
ontológico y creador. Los tres vértices son uno y el mismo. Existen
actualmente como “separados” para determinado nivel de conciencia, el
cual es una fase de desarrollo o desenvolvimiento de un “algo” único
omniabarcante. Este es el modo en el que considera al lenguaje (sagrado) en
el cual está escrita la Torá. Quizá si utilizamos la palabra “programa” (de
software) en vez de “lenguaje” y consideramos a la realidad como un
metaprograma (pues todo orden conlleva inherentemente una cantidad de
información) procesado por la “maquinaria cósmica” tendremos una imagen
plástica de lo que se quiere decir. En lugar de maquinaria, y ya que ella
misma debe formar parte del programa, habría posiblemente que utilizar
conceptos como “inteligencia universal” o “mente divina”, dejando estos
términos sin especificar más que por analogía. Y así, la hipótesis es que, en
forma codificada, la Torá es ese programa. En sus propios términos, el
presupuesto de partida es que la Torá es palabra directa de Dios. Y es, hasta
cierto punto, indiferente cómo se entienda este concepto de Dios - a qué se
aplica exactamente - ya que todo el mundo sabe que es un velo, o un fondo,
puesto delante de lo incognoscible. A algunos les resultará sugerente, sin
duda, alguna imagen evocadora, como, por ejemplo, la imagen del gran polo
positivo de la batería cósmica, y considerar el mundo como energía (en el
fondo todos esos términos son también elementos lingüísticos). La energía
no sería puramente física -esa sería su circunferencia exterior - sino una
energía viva, consciente, dadora y creadora (estamos empezando a construir
otro modelo), a la que los antiguos llamaban Luz, entre otras cosas por su
carácter intelectivo. De ella derivarían todas las energías particulares, ya
sean espirituales, mentales o físicas, en un continuo que rompe sus simetrías
y diferencia sus elementos (metáfora de la Gran Explosión). No podemos
evadirnos de usar imágenes y, al menos, éstas se expresan en términos de
uso corriente hoy. Lo que parece lógico es que todas las propiedades de lo
generado deben dimanar de algo equivalente en el dimanador - aunque en
otro orden de magnitud mucho más exaltado, y eso porque la mente no
puede pensar más que en un número finito de categorías - lo que justifica los
antropomorfismos usados: cuerpo, mente, palabra, pensamiento de Dios. Y
el camino lógico, de nuevo, es el que invierte los términos: no es que el ser
humano, que piensa, mediante una proyección primitiva, atribuya esta
característica a un ser superior (proyección así mismo de su propio ser). Es
más bien que el pensamiento humano es una contracción (tsimtsum, en
lenguaje cabalístico) de la propiedad equivalente divina. Y así
sucesivamente. En esta concepción, si la Torá es la concreción (o
contracción) del programa divino, contiene al mundo y a todas sus leyes, si
se sabe leer. Como dice el Midrash de los Salmos (sobre el tercero): “Si los
capítulos de la Torá se hubieran dado en su orden correcto( entiéndase si la
Torá estuviera escrita en forma abierta, no cifrada), cualquiera que los leyera
podría crear un mundo, hacer milagros y resucitar a los muertos. Por eso, el
verdadero orden de la Torá fue ocultado y lo conoce solamente Dios”.
También la Torá contiene al ser humano, e incluso a la propia dinámica
divina. Porque, como dice Gershom Scholem6 : “La Torá no es en realidad
otra cosa que el gran Nombre del propio Dios. En ella Dios expresa su propio
ser en cuanto éste tiene que ver con la creación y en cuanto puede
manifestarse a través de la creación7 ”. Así, por encima de la torá oral y de
la torá escrita, está la Torá primordial, que es como decir la sabiduría, el
espejo de la verdad divina, en el que Dios se mira a sí mismo (y de ahí la
referencia al Nombre de Dios) y conoce todas las cosas en un eterno ahora:
un estado de omniconciencia, descrito como pura luz, en el que todas las
cosas existen atemporalmente como ideas vivientes, como en su arquetipo,
antes de ser creadas en los mundos. Esta es la Torá que, según la tradición,
Dios consultó durante dos mil años (una referencia a la primera letra del
Génesis) para crear el mundo (y que no es otra cosa que su Pensamiento).
Las letras de la Torá no son, por tanto, las letras escritas sobre pergamino
(de la misma forma que un interruptor no es la corriente a que da paso), sino
las distintas configuraciones primordiales que ha asumido la luz o energía
divina (su Pensamiento), algo así como los distintos tipos de fuerza que
existen. Las combinaciones de letras, en nombres, palabras, versículos, etc.,
en cuanto concreciones lingüísticas del pensamiento creador, son el agente
formativo de la realidad. Esta es lenguaje y, en última instancia, reducida por
las técnicas meditativas cabalísticas de construcción y de destrucción
semánticas (para hacer audible la música del pensamiento puro, en palabras
de Scholem), la realidad se torna conocimiento, sabiduría, conciencia pura,
luz. No se trata, por supuesto, de negar los acontecimientos históricos o la
validez de las prescripciones éticas. Los distintos estratos interpretativos, y
la tradición considera cuatro - literal, alegórico, metafísico y místico - no
pueden ser contradictorios entre sí, sino más bien complementarios. Lo que
se pretende es abrir una ventana a lo eterno en medio del tiempo. Espacio y
tiempo, desde el punto de vista místico, son relativos: son instrumentos
separadores (o diferenciadores) de elementos que, arquetípicamente, están
unidos. Dios piensa en arquetipos. Este es el lenguaje que el cabalista se
esfuerza por aprender. Su objetivo es vivir con un pie en cada mundo,
haciendo de puente entre ellos. Todo lenguaje especializado, sea formal o
simbólico, requiere un aprendizaje. La Cabalá, el lenguaje interno de la Torá,
no es distinta en ese sentido. Pero hay una diferencia y es que no hay Cabalá
sin compromiso: puesto que el mundo y el propio ser humano está contenido
en ese Lenguaje que procesa el campo unificado de conciencia/energía,
utilizar ese lenguaje es actuar sobre sí mismo y el mundo. Es como si una
parte de un acelerador de partículas elementales fuera volitiva y
autoconsciente, y pusiera por sí misma en funcionamiento el sistema del
cual forma parte, incorporándose al flujo de energía que actualiza las
ecuaciones físicomatemáticas de las interacciones entre partículas. Eso hace
el ser humano con su pensamiento, con su concentración, con sus técnicas
de meditación, con sus acciones éticas y simbólico-rituales intencionadas. Un
Nombre Divino, por ejemplo, es como una ecuación: sus letras son
operadores que actúan sobre determinadas configuraciones de esa energía
que estamos considerando y que en Cabalá recibe el nombre de En Sof Or, la
Luz infinita, procesándola y haciéndola, por así decir, más activa. Y
actualizándola, el ser humano se hace cada vez más transparente, más
poroso a esa Luz, saltando cuánticamente a órbitas de comportamiento y de
ser cada vez más energéticas, más espirituales, transformándose por
completo en el proceso. Este camino está abierto a todos, si se está
dispuesto a trabajar lo suficiente. Por cierto que, por involucrar el todo de la
persona, tiene sus riesgos y peligros: no hay más que ver los términos
impresionantes en que viene descrita la experiencia del Sinaí8 - el fuego, la
nube, la densa humareda... - y que representan barreras mentales que el
meditador tiene que atravesar para alcanzar los planos espirituales. O las
cuatro cáscaras de la visión de Ezekiel que encierran en su interior el núcleo:
el viento tempestuoso del norte, que representa todas las agitaciones de la
mente ordinaria (y que en estado de meditación se amplifican al infinito); la
gran nube, que representa el estado de opacidad mental que sobreviene al
transcender el anterior; el fuego relampagueante, o luz oscura , también
llamada fuego del purgatorio, en el que el ser se ve claramente y tiene que
purificar toda traza de negatividad; y, por último, el resplandor, que ya deja
atravesar una cierta luz, pero que no permite ver claramente. Y en medio del
resplandor, el jashmal, o silencio hablante, la fuente de la verdadera visión,
análoga a la voz silenciosa del profeta Elías después de atravesar estadios
similares a los descritos anteriormente. O la experiencia de los cuatro
rabinos talmúdicos que entraron en el Pardes (acrónimo que significa que
practicaban las artes místicas): uno murió (se quedó en el significado literal),
otro se volvió loco (se quedó en el significado alegórico), otro apostató (se
quedó en el significado metafísico), tan sólo Rabí Aquivá supo entrar en paz
y salir en paz (alcanzó el significado místico). Evidentemente hay muchos
niveles de realización y no todos pueden alcanzar las mismas alturas. Quizá
las experiencias cumbres, hasta la llegada de la era mesiánica (edad de oro),
sean patrimonio de unos pocos. Pero el mínimo - y nos hallamos actualmente
muy por debajo del mínimo - es para todos. Porque un cierto grado de
conexión, elevado incluso, es accesible. Esta es la recepción, la cabalá, la
llamada devekut o adhesión a la fuente divina. La devekut es un
mandamiento de la Torá: “ A El te adherirás”9 . Por tanto, obliga a todo el
que la sigue. Ese momento de dicha, la devekut, de comprensión sin límites,
que resuelve no sólo la ecuación del mundo, sino también la propia - la del
propio ser y destino - es el estado de conciencia que de partida corresponde
a Adam, el ser humano arquetípico, del que la tradición afirma que podía ver
de un extremo al otro del universo. La tradición afirma que la Torá es el Árbol
de la Vida que nos hace retornar al Edén, otro nombre de la Sabiduría. Pero
antes de poder comer de él, y vivir para siempre, es necesario pasar por la
espada del keruv, hecha del fuego del jashmal, que se halla en el fondo de la
propia mente.

Primer recorrido por el Árbol de la Vida cabalístico

La originalidad de la Cábala respecto del Árbol de la Vida – un símbolo


universal que aparece en numerosas culturas y pueblos – estriba en la gran
riqueza simbólica con que ha vestido cada uno de sus elementos. Se puede
construir un Árbol de prácticamente todas las cosas en el campo de lo
místico, mágico, esotérico, religioso, ético, psicológico, científico, etc., y en
cada caso se obtienen significados iluminadores sobre el tema en cuestión.
La clave de su éxito está en que, posiblemente, el Árbol de la Vida es la
fórmula sintética que mejor representa la naturaleza profunda de lo real. Se
trata de un mapa de la Conciencia/Energía, que se puede leer en sus
diversos lenguajes de interpretación dentro de cualquiera de los dominios
enunciados antes. Dicho de otro modo: El Árbol de la Vida es una
metafórmula válida y completa de Dios, del universo y del ser humano. Su
estructura es simple: Consta de diez círculos o esferas, llamadas sefirot en
hebreo, y de veintidós canales o senderos que las conectan entre sí. Hay una
esfera más, señalada en el gráfico con línea de puntos, que se considera
virtual o implícita, por lo que no aparece numerada.
En una primera aproximación, las diez esferas representan los diez
arquetipos básicos del Espíritu (y, por tanto, los diez estados básicos del ser),
a saber:

1. Unidad omniabarcante.

2. Sabiduría aformal o Conciencia pura.

3. Espíritu activo (que realiza el acto de Creación propiamente dicho)

4. Amor divino (fuerza expansiva del universo)

5. Poder absoluto (fuerza contractiva del universo)

6. Conciencia de sí o Self.
7. Eternidad de lo arquetípico (afirmación constante de sí)

8. Esplendor de la Luz (manifestación de la verdad del ser)

9. Potencia generativa y vital.

10. Completitud o realización final.

Esta es una definición. Caben otras perspectivas o matizaciones. La sefirá


que aparece implícita – de algún modo síntesis de todo el Árbol y presente
en todo él – se llama Conocimiento, y alude al estado de unión que se
alcanza con la experiencia. Este es el sentido que da la Biblia al
Conocimiento, tal como está escrito: “Y Adam conoció a Eva”. En la
Cosmogénesis, las sefirot o esferas devienen en estados objetivos del ser.
Los 22 senderos o canales son sus interrelaciones, así como las fórmulas de
paso de uno a otro por parte de la conciencia/energía. Podemos tener la
imagen del Árbol de la Vida como el campo de fuerzas de un gran átomo de
conciencia con diversas órbitas (las sefirot) Los senderos serían las
frecuencias básicas o “fotones” de ese campo único. De ahí que sean las
“letras” o energías básicas en las que se formula la Energía única del
Pensamiento Divino. Las 22 letras del alfabeto hebreo (cada sendero
correspondiendo a una letra) son su contraparte en el plano del pensamiento
humano. La manipulación cabalística de letras no genera sólo significados,
sino que mueve energías arquetípicas. Este es uno de los pilares de la
Cábala. ¿Qué lectura básica podemos hacer de las sefirot en el plano
humano? Haciendo un gran esfuerzo de traducción de los significados
anteriores – el lector comprenderá que sobre el Árbol de la Vida se han
escrito cientos de libros – llegamos a los siguientes conceptos clave:

10. Maljút, Reino: Cuerpo, sentidos, cerebro, lo físico, conciencia externa


objetiva.

9. Yesod, Fundamento: Instinto, imaginación creativa, lo onírico, lo astral, la


conciencia subjetiva, el ego como: a) mecanismo de filtro entre la conciencia
y la subconciencia, y b) centro de referencia de las representaciones
conscientes. El yo mental. Lo que me creo que soy.

8. Hod, Gloria: Pensamiento, intelecto, lógica, razón, comunicación, voluntad,


lo social.

7. Nétsaj, Victoria: Sentimiento, emociones, pasión, fuerzas de la naturaleza,


comunión, éxtasis.

6. Tiféret, Belleza: Equilibrio, armonía, integración, centro, el self o sí mismo,


el yo auténtico, existencial, centáurico (integración físico-psíquica), el
verdadero centro de la totalidad de mi mismo, lo que soy de verdad, etc.
También, la Chispa de Luz Divina individualizada.

5. Guevurá, Fuerza: El poder personal, las pruebas, el deseo profundo, la


líbido (energía psíquica), juicio, discriminación, limitación, disciplina,
autodominio, control.

4. Jésed, Misericordia: Expansión, construcción, amor, bondad, capacidad de


dar, la grandeza (del propio camino), el perdón (la superación y limpieza de
todos los karmas), el placer, la satisfacción, plenitud, alegría de vivir.

3. Biná, Entendimiento: Conexión con el Yo Superior (Espiritual, Sutil – Daát,


la sefirá invisible –, Causal) El tikún: nuestra tarea o destino personal.
Nuestra percepción de la Ley Cósmica. La Liberación final: reintegración en
el Uno y en el Todo, como una gota en el océano de la existencia, con una
conciencia personal/transpersonal.

2. Jojmá, Sabiduría: Conciencia pura inherente a todos los estados de la


mente (y por tanto del ser), el espejo de la Mente Divina (en el que Dios se
conoce a Sí mismo): una omnisciencia u omniconciencia luminosa y
transparente en el que todas las cosas se hallan implicadas, en su raíz,
participando como ideas vivientes de la propia esencia divina, en un estado
atemporal de plenitud y éxtasis. La Vida verdadera. La fuente de toda
revelación e inspiración.

1. Kéter, Corona: Estado último de conciencia, Unidad absoluta: el Uno y el


Único. El Ser de los Seres y, al mismo tiempo, el No Ser más allá del Ser: No
Ser infinito, luminoso y radiante, No Ser afirmativo, carente de límites y
condiciones. Identidad entre el Ser y la Nada (la Forma y el Vacío) Sí mismo
absoluto, el Centro de todos los centros, calma y beatitud completas.

Entre todos los aspectos anteriores hay una continuidad; eso es lo que
expresa el simbolismo del árbol, una única vida orgánica: ¿Puede decirse que
está más vivo el tronco que las raíces, la rama que la flor? Es la mente la que
hace las distinciones. Un principio cabalístico afirma que todas las sefirot son
igualmente sagradas. Todas están al mismo nivel. No es más santo lo
espiritual que lo físico. Hay ocultación y manifestación. Hay evolución. Y
como dice el Séfer Yetsirá, el primer libro cabalístico conocido: “Diez sefirot
de la Nada. Su fin está contenido en su principio y su principio en su fin,
como la brasa está unida al carbón. Porque el Creador es uno, y no tiene
segundo, y antes del uno, ¿qué vas tú a contar?”

Algunos principios para una teoría del desarrollo personal:


1. La evolución es en conciencia.

2. La conciencia es energía (y viceversa). Hablamos, pues, de


conciencia/energía.

3. Hay diferentes estados de conciencia: ordinarios (dormir, soñar, vigilia,...)


y no ordinarios (ensueño, trance, inspiración creativa, éxtasis,...). El estado
de vigilia es uno entre varios de la franja “consciente”. Los demás
permanecen en el ser humano como potenciales subconscientes.

4. También en la región subconsciente (cuya frontera es difusa) se dan


distintos estratos: prepersonales (instintivos), personales (dependientes de
la propia biografía) y transpersonales (superconscientes, en lenguaje
clásico).

5. Hay una continuidad entre los distintos estados de conciencia, si bien la


toma de conciencia del paso de uno a otro puede ser discontinua.

6. La energía sigue al pensamiento (consecuencia del postulado 2, ya que el


pensamiento es una forma de conciencia formulada). Puesto que cada cual
es dueño de su pensamiento, cada uno es responsable de su propia
evolución en última instancia.

7. La evolución es en el sentido de la individualidad creciente. Es, por tanto,


un proceso natural, que puede ser acelerado o catalizado por distintas
experiencias y/o técnicas.

8. La individuación se realiza por integración dinámica en un todo orgánico


de factores contrapuestos.

9. El estado ideal del ser humano es de una totalidad centrada. Al hablar de


totalidad nos referimos a los aspectos tradicionalmente conocidos como
físicos, emocionales (incluyendo la emocionalidad profunda, la unidad de
sentimiento que llamamos alma) mentales (incluyendo la facultad de la
mente abstracta, a veces confundida con el espíritu) y espirituales
(incluyendo los aspectos trascendentes en espacio y tiempo del fundamento
último de la realidad o fundamento divino).

10. Cada nivel está incluido o integrado en el siguiente. El estado último


contiene, así, a todos los anteriores. Ese estado es plenitud, gozo, felicidad,
verdad y certidumbre, sabiduría y entendimiento, compasión, amor,
empatía, unidad de todo y con todo, etc.

11. En el desarrollo personal, la máxima individualidad coincide con la


universalidad. Lo individual es un modo particular de ser de lo arquetípico.
No existe tal cosa como desarrollo de uno sólo, en lo social, en lo planetario,
en lo cósmico.
12. El Árbol de la Vida cabalístico es un mapa de conciencia de la totalidad:
Dios, el universo, el ser humano. Su lenguaje es el del simbolismo, nexo de
unión entre las mentes consciente y subconsciente. Una vez bien establecido
en la psique actúa como un lenguaje de programación: dispara y pone en
marcha procesos.

13. Utilizando el Árbol de la Vida como mapa, se pueden distinguir cuatro


grados o niveles de desarrollo personal:

a) Desarrollo de las tríadas inferiores. Capacidades básicas. Individuación.


Hasta Tiféret.
b) Desarrollo de la tríada “hombre solo” (Jésed, Guevurá y Tiféret):
Trabajo ético. Esculpido anímico (el hacer talla al ser). Autorrealización.
c) Desarrollo de la tríada “Dios en hombre”. La Merkabá. El Rúaj
HaKódesh (Espíritu Santo. Daát de Yetsirá). El cuerpo de luz.
d) Devekut: Unión con Dios. El Fundamento Divino (Daát de Briá).
Integración en el estado último de conciencia. El cuerpo de “vacío”.

14. Es necesario trabajar en los cuatro desde el principio. Ello es posible


porque Yesod es el receptáculo de todas las emanaciones. Pero no se puede
uno saltar ningún nivel: a) Ni el trabajo sobre la personalidad psicológica
(terapia, etc.) b) Ni el trabajo sobre la individualidad (realización
personal/expresión del self) c) Ni el trabajo sobre la personalidad briática
(alma/neshamá) d) Ni el trabajo de absorción en la Chispa Divina (Yejidá, la
raíz del alma en la Mente Divina, el self transpersonal)

15. En lenguaje cabalístico, Kéter (la 1ª sefirá, el ser en estado de máxima


unidad y simplicidad) está en Maljut (la 10ª sefirá, el ser en el estado de
máxima multiplicidad y diversificación) y Maljut está en Kéter. La meta del
cabalista es “unir el cielo con la tierra”. Lo espiritual y lo material no están
reñidos y nunca han estado separados.

16. El valor de la realización espiritual se mide por su grado de realización en


lo físico. En esencia, la Cabalá es un modo de vida. La vida es la gran
iniciadora.

17. La ley principal del Árbol de la Vida es la ley del equilibrio. Esto se aplica,
en particular, al equilibrio entre misericordia y severidad. Sólo nosotros
mismos podemos hacer el trabajo que es para nosotros mismos. No hay
desarrollo personal sin una medida de esfuerzo. Como dice el Talmud: “No te
esforzaste y encontraste, ¡no te lo creas! Te esforzaste y encontraste,
¡créetelo!

18. A pesar de todo, Guevurá (el rigor) es la 5ª sefirá. Antes viene Jésed (la
misericordia, el perdón y la gracia), que es la 4ª sefirá. Biná (la creación, la
ley cósmica) es la 3ª sefirá. Antes viene Jojmá (la sabiduría y la creatividad),
que es la 2ª. Siempre hay un camino. Siempre hay esperanza. La 1ª sefirá es
Kéter (voluntad y unidad) que trasciende todos los opuestos.

¿Cómo se ven desde la Cábala la psicología y la iluminación? Desde el punto


de vista de la cábala, la psicología en sentido estricto – el mundo de la
psique – constituye un mundo intermedio o mediador entre el plano de lo
físico (espacio – tiempo – materia) y el plano del espíritu, término que
lógicamente habrá que definir de alguna manera. Decimos en sentido
estricto, porque de un modo amplio la psicología puede abarcarlo todo, ya
que siempre podemos interpretar el llamado mundo del espíritu (claro que el
de la materia también) como un estado de conciencia. De hecho, muchos de
las disquisiciones metafísicas acerca de lo espiritual – como el de la
existencia de Dios como ente – quedan relativizadas si consideramos
también el plano divino como un estado de conciencia. Ya que si nos
preguntamos cuál es el postulado fundamental de la cábala es el de la
unidad esencial de todas las cosas. Y un corolario del principio de unidad es
el de continuidad. Es decir, el Absoluto o Infinito o Vacío o la Nada, la Deidad
manifestada, los mundos superiores, la psique y el mundo material, todo
está en continuidad. Desde el punto de vista de la cábala, la discontinuidad
es una apariencia. El mundo parece dual, como una banda de Möbius vista
desde lejos, aunque en realidad es una superficie con una sola cara que se
puede recorrer completamente sin levantar el lápiz del papel.

De ahí que el símbolo fundamental de la cábala para representar al


conjunto de la manifestación es el de un árbol, el Árbol de la Vida: Una
única realidad, un todo orgánico, con sus raíces en el fértil suelo de lo
inmanifestado, y mostrando en sus elementos – ramas, hojas, frutos – las
distintas configuraciones del ser. Y por ese árbol circula una única savia,
que en cábala se llama la Luz Infinita, y que se manifiesta como
conciencia, como vida, como bien, como organización o estructura.
Esencialmente el Árbol de la Vida es un mapa del Universo, del ser
humano en todas sus dimensiones y del propio Dios. Y todo ello lo
englobamos diciendo que el Árbol es un mapa de la Conciencia. Es decir,
tomamos a la conciencia como el principio fundamental. Como en la
anécdota de Rabí Hillel a quien un centurión romano había puesto a
prueba diciéndole: “Me convertiré al judaísmo si puedes explicarme toda
la Torá a la pata coja” y Hillel contestó con la famosa frase: “No hagas a
los demás lo que no quieras que te hagan a ti. Ese es el todo de la Torá, el
resto no es sino comentario. Ahora ve y estudia”. Si alguien nos pidiera
que explicáramos toda la cábala con una sola palabra, mi respuesta sería
esa: Conciencia. Vamos a verlo haciendo un rápido recorrido en sentido
ascendente por las esferas del Árbol de la Vida:
Partimos de Maljut, la décima esfera, que representa la conciencia
corporal, sensorial, cerebral. Es el plano de la materia, pero no como la
realidad primordial, sino como la circunferencia exterior de la energía, que
es también conciencia. En Maljut hablamos de un ego corporal, que es
posiblemente el todo de la identidad en una fase evolutiva de la infancia
temprana. En la siguiente esfera, Yesod, tenemos los procesos
subyacentes a lo biológico, manifestados como instintos. Es el psicoide,
en palabras de Jung, sobre el que se asienta el llamado ego mental o ego
a secas. Tenemos un principio mental de autoconciencia que
experimentamos en parte como separado o por encima de lo físico. ¿Qué
es el ego? Una imagen de uno mismo con el que la conciencia se
identifica. Pues un principio fundamental de la conciencia es el de su
adherencia a la forma, es decir, se identifica con algún o todo el
contenido de esa conciencia. Hay que ver esta esfera de Yesod como un
espejo, como el espejo de la conciencia, de la cual, en este nivel, el ego
es su filtro o mecanismo censor. Porque este ego construye una imagen
parcial de uno mismo, con el que la conciencia se identifica, rechazando
otros aspectos de sí misma. Se establece así una barrera o cortina y la
psique se divide en consciente e inconsciente. A este inconsciente van
gran parte de las energías del psicoide, que forman por así decir un
personoide, un alter ego, llamado la sombra. Por otra parte, las energías –
las partes de uno mismo – con las que se identifica el ego reciben el
nombre de la persona, con el significado tradicional de máscara, la
máscara que solemos mostrar al mundo exterior. Las dos esferas
siguientes, Hod y Nétsaj, son funcionales. Aportan, por así decir, los
materiales con los que se construye y experimenta el psiquismo del
individuo. Son, respectivamente, Hod: la esfera del pensamiento, y
Nétsaj: la esfera del sentimiento. O si se quiere, conciencia analítica,
lógica, racional y conciencia sintética, emocional, del valor subjetivo de
las cosas. Ambas vierten en Yesod y son experimentadas en parte de una
forma consciente y en parte son inconscientes. Contribuyen a la
formación de esa imagen de uno mismo que es el ego. Imagen que si bien
ha cristalizado sigue siendo dinámica. La hemos construido a base de
interacción con el entorno, introyección materno/paterna, grupos de
referencia sociales y por supuesto nuestra propia constitución genética y
elaboración mental: lo que creo que soy, lo que siento que soy, lo que me
han dicho que soy. La siguiente esfera es Tiféret y representa un estado
de conciencia por encima del ego. Y aquí encima se debe entender como
abarcante. El paso de Yesod a Tiféret es el paso de una conciencia
restringida a una conciencia expandida. Porque Tiféret representa la
totalidad de uno mismo, lo que Jung llama el arquetipo self. Tiféret es lo
que uno es de verdad, su “yo” auténtico, el centro de las propias
energías, la autoconciencia emergente cuando se integran en la
conciencia los distintos arquetipos, como la sombra, en un proceso que
Jung ha definido como la individuación. El self es el arquetipo del ego, su
núcleo energético, de ahí la fuente de la verdadera identidad personal. Es
necesario decir que no se renuncia al ego, del mismo modo que la
conciencia egoica no anula la conciencia corporal. Sólo se le pone en
perspectiva. Se experimenta Tiféret como un nacimiento a un nuevo
estado de conciencia – de ahí la imagen arquetípica del niño – porque
Tiféret nos abre la puerta a un mundo nuevo: el mundo del ser puro, el
mundo del espíritu. Quizá la representación más cercana que tengamos
de ese plano es compararlo con el mundo de las ideas platónico. Desde
Tiféret estoy en conexión con todas las cosas y además estoy en mi
centro, estoy centrado. Un centro estable, no como el ego, caracterizado
por su volatilidad. Tiféret es así el primer paso hacia lo que llamamos
conciencia iluminada que, como vemos, no es ajena a la psicología de la
personalidad, sino su corona natural. Las dos esferas siguientes, Jésed y
Guevurá, son al self lo que Nétsaj y Hod eran al ego: sus palancas
funcionales. Guevurá es Juicio y es Poder. Juicio de ver las cosas como
son, sin los filtros de la personalidad egoica, y poder de ser uno mismo y
de realización en la vida. Guevurá sabe de disciplina y control, que brota
del conocimiento de la ley de limitación. Nada que ver con represión.
Desde esta esfera no estoy condicionado por ideas sobre el mundo y
puedo estar por encima de mis sentimientos, pero no de una forma
neurótica, sino con poder. Jésed es emocionalidad profunda, en un arco
superior respecto de Nétsaj, lo que llamamos en general amor. Es amor
que es energía motora, que expande nuestros horizontes, que es
devoción a la vida, que abre el propio camino y lo dota de corazón, de
energía anímica. Es la esfera del verdadero humanismo, del altruismo, del
amor impersonal, sin negar en absoluto la esfera de lo personal, sino
dotándola de una dimensión más profunda. No se puede estar en Jésed
sin una preocupación genuina por los demás. Hay personas que están en
este nivel de Jésed, Guevurá y Tiféret. Los percibimos como mahatmas,
almas grandes. Pero según la cabalá éste es el sentido de la evolución.
Pero no es el nivel último de conciencia. Por encima de Tiféret está lo que
llamamos esfera de Dáat, Conocimiento. El nombre se refiere al
conocimiento que se destila cuando ha experimentado el todo de algo y lo
ha incorporado, por así decir, a su propia sustancia. En este caso es el
conocimiento que resulta de la experiencia de la totalidad de uno mismo.
Dáat es el primer paso hacia el self transpersonal. Se alcanza Dáat
cuando somos capaces de reunir self y mundo en una unidad de
experiencia. En Dáat se abren las capacidades perceptuales superiores.
Hablamos de inspiración, incluso de profecía. Cómo no, si el self está al
unísono con la mente universal, los arquetipos del inconsciente colectivo
en la terminología jungiana. Y esto no sólo a un nivel estático, sino del
proceso del mundo, mundo que incluye al self. Porque a partir de Dáat se
da, por así decir, el colapso de la función de onda en sujeto y objeto,
conocedor y conocido, en una unidad transpersonal de conocimiento. Y
este estado de conciencia y su iluminación concomitante es lo que en
cábala se llama Rúaj haKódesh, Espíritu Santo. Cruzando Dáat pasamos a
otro mundo, llamémosle esencial o divino. Estamos en la polaridad causal.
Las dos sefirot siguientes reciben el nombre de Sabiduría y
Entendimiento, conciencia pura – o vacío, Ayin en hebreo, la Nada – y
contenido de la conciencia – lo lleno, el Yesh en hebreo, el Ser, la Creación
– como una pareja de amantes que nunca se separan. A la conciencia
pura, inherente, que subyace a todos los estados de la mente y de la no-
mente, llamamos sabiduría. Y a la capacidad de concebir de la conciencia
en abstracto, que es la energía de la Creación y la madre del mundo,
lamamos entendimiento. Y el dar a luz de esa pareja yang y yin de
fuerzas supramentales se llama Dáat, Conocimiento. Y el proceso de
desarrollo de ese Dáat con la división primordial en conciencia subjetiva y
conciencia objetiva – Tiféret y Maljut – se llama el Nombre de Dios o
Tetragrámaton, es decir, el Nombre de cuatro letras: YHVH, siendo la Yod
el operador de conciencia pura, la He el principio manifestante o creador,
la Vav el principio de identidad o conciencia subjetiva y la He el principio
de manifestación como conciencia objetiva que llamamos mundo. Y nos
fijamos que, en su grafía hebrea, la segunda y la cuarta letra son la
misma, y la tercera es una extensión o proyección de la primera una vez
pasada por el filtro de la He, como si la conciencia pura se individualizara
para sumergirse en la Creación. En Nombre de Dios es una ecuación, una
metafórmula que conlleva su propia solución. Si digo E = mc2 , para
actualizar esta fórmula necesito una tecnología, una máquina que la
procese. El procesamiento de la energía subyacente al Nombre de Dios es
toda la Creación, de forma que el Nombre es una ecuación que incluye su
propia solución. Nosotros mismos somos parte de esa máquina, de forma
que pronunciar con conciencia el Nombre de Dios es poner en marcha,
actualizar, el proceso cósmico. De ahí que el propio Nombre, en Cábala,
sea un instrumento de conexión y meditación en aras de alcanzar la
iluminación y liberación finales. La gran pregunta es entonces: ¿Quién?,
detrás de todo este despliegue. Como dice el Zohar, ese es el objeto
eterno de toda búsqueda. Siempre terminamos en el Qué. No hay un Mi,
un quién, distinto de un Mah, un qué, como buscador. Utilizamos este
juego de palabras en hebreo porque la “i” de mi y la “a” de qué –
nuevamente sujeto y objeto – son las dos primeras letras del nombre de
Dios: Yod y He. Pero incluso la letra Yod, una pequeña coma en el borde
superior de la escritura – letra que es llamada origen porque es el
principio de todas las letras – tiene un principio en el pequeño trazo de su
ápice superior. Un principio que dimana de lo absoluto. Representa a
Kéter, la primera esfera del Árbol, llamada Corona, y que es el estado
último de la conciencia y de la realidad, la identidad de forma y vacío en
lenguaje budista, la liberación final. Kéter es el self supracósmico e
impersonal. Sin embargo, el self detrás de todo self, incluido el de todo el
universo, el sujeto detrás de todo sujeto, el círculo cuya circunferencia
está en todas partes y cuyo centro no está en ninguna, Eheieh Asher
Eheieh, Yo Soy quien Yo Soy, el Ser en total continuidad, diríamos
identidad, con la Nada, en el que todas las polaridades se integran en un
estado de unidad superabundante. Es la Corona de la conciencia, pero el
Rey, el destinado a llevar la Corona es Tiféret, la conciencia iluminada, y
su Reino es Maljut, nuestro plano, nuestro mundo, llamado el Reino de
Dios cuando la materia se hace completamente transparente a la luz de la
conciencia en vez de apantallarla.

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