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Discurso de Poder

Roland Barthes en 'El placer del texto' explora la relación entre poder y lenguaje, argumentando que el poder se infiltra en todas las formas de discurso y que la libertad solo puede encontrarse fuera del lenguaje. La literatura, según Barthes, actúa como un medio para desafiar y desplazar el poder inherente al lenguaje, a través de sus tres fuerzas: Mathesis, Mímesis y Semiosis. Además, propone que la semiología, como ciencia de los signos, se enfrenta a la complejidad del lenguaje y su relación con el discurso, revelando la interconexión entre ambos.

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Discurso de Poder

Roland Barthes en 'El placer del texto' explora la relación entre poder y lenguaje, argumentando que el poder se infiltra en todas las formas de discurso y que la libertad solo puede encontrarse fuera del lenguaje. La literatura, según Barthes, actúa como un medio para desafiar y desplazar el poder inherente al lenguaje, a través de sus tres fuerzas: Mathesis, Mímesis y Semiosis. Además, propone que la semiología, como ciencia de los signos, se enfrenta a la complejidad del lenguaje y su relación con el discurso, revelando la interconexión entre ambos.

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Serrano Urdanibia Fernando

MATERIAL CON FINES DIDACTICOS

R. Barthes (1914)
“EL PLACER DEL TEXTO: LECCIÓN INAUGURAL”

El poder (libido dominandi) está allí agazapado en todo discurso que se sostenga así
fuere a partir de un lugar fuera del poder. Barthes sostiene que la “inocencia”
moderna habla del poder como si fuera uno, de un lado los que lo poseen, del otro los que
no lo tienen. Habíamos creído que el poder era un objeto político, y ahora creemos que es
también un objeto ideológico que se infiltra hasta allí donde no se lo percibe a primera
vista, en las instituciones, en las enseñanzas, pero que al final siempre es uno.

Barthes dice que el poder está presente en los más finos mecanismos del intercambio
social: no sólo en el estado, las clases, los grupos sino también en las modas, los
espectáculos, los juegos, los deportes, las relaciones familiares públicas y privadas, hasta
en los accesos liberadores que tratan de impugnarlo: el autor refiere con discurso de
poder a todo discurso que engendra la falta, y por ende la culpabilidad del que lo
recibe.

La verdadera guerra está en contra de los poderes, porque, plural en el espacio social, el
poder es simétricamente, perpetuo en el tiempo histórico (hay una revolución para
destruirlo y reaparece en un nuevo estado). La razón de esta resistencia y ubicuidad es
que el poder es el parásito de un organismo transocial, ligado a la entera historia del
hombre, no solamente política. Aquel objeto en el que se inscribe el poder, desde la
eternidad, es el lenguaje o, para ser más precisos, su expresión obligada: la lengua.

El lenguaje es una legislación, la lengua es su código. No vemos el poder que hay en la


lengua porque olvidamos que toda lengua es una clasificación, y que toda clasificación es
opresiva. Cómo Jakobson lo ha demostrado, un idioma se define menos por lo que permite
decir que por lo que obliga a decir. Así, la lengua implica una fatal relación de
alienación, es una acción rectora generalizada. No es reaccionaria, ni progresista, es
simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a
decir.
Desde que es proferida, la lengua ingresa al servicio de un poder. En ésta se dibujan dos
rúbricas:
• La autoridad de la aserción: la lengua es asertiva. La negación, la duda, la
posibilidad, la suspensión del juicio requieren operadores particulares que son
retomados en un juego de máscaras de lenguaje, llamados modalidad, que no
es más que un suplemento de la lengua, resaltando su implacable poder de
comprobación.
• La gregariedad de la repetición: los signos de qué está hecha la lengua sólo
existen en la medida en que se repiten, el signo es seguidista, gregario.

A partir del momento en que enuncio algo se reúnen estas dos rúbricas por lo que
soy amo y esclavo, no me conformo con repetir lo que se ha dicho y alojarme en la
servidumbre de los signos, sino que también yo digo, afirmo, confirmo lo que repito.

En la lengua servilismo y poder se confunden ineluctablemente. Al hablar de libertad no


nos referimos solo a la capacidad de sustraerse el poder, sino también la de no someter a
nadie. En ese sentido, no puede haber libertad sino fuera del lenguaje. El autor reconoce
que desgraciadamente el lenguaje humano no tiene exterior: es a puertas cerradas, sin
Serrano Urdanibia Fernando
MATERIAL CON FINES DIDACTICOS
embargo podemos hacerle trampas a la lengua. Aquello que permite escuchar la lengua
fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, es: la
literatura.
Barthes considera la literatura, no en tanto cuerpo de obras, sino en tanto grafía compleja
de las marcas de una práctica, la práctica de escribir. Se centra, entonces en el texto, el
tejido de significantes que constituye la obra. El texto es el afloramiento de la lengua, y
ésta sólo puede ser combatida dentro de sí misma, no teniendo en cuenta el mensaje del
que es instrumento, sino por el juego de palabras cuyo teatro constituye.
Las fuerzas de libertad que se hallan en la literatura no dependen de la persona civil o
compromiso político del autor, sino del trabajo de desplazamiento que ejerce sobre la
lengua.
Barthes señala tres grandes fuerzas de la literatura: Mathesis, Mímesis, Semiosis.

• Mathesis:
La literatura toma a su cargo muchos saberes. Todas la ciencias están presentes en el
monumento literario. Por esto puede decirse que la literatura, cualquiera fueren las
escuelas en cuyo nombre se declare, es absoluta y categóricamente realista, ella es el
resplandor mismo de lo real. Hace girar los saberes, les otorga un lugar indirecto y preciso.
Por un lado, permite designar unos saberes posibles-insospechados, incumplidos. Por otro
lado, el saber uela moviliza jamás es ni completo ni final, la literatura no dice que sepa
algo, sino que sabe de algo, que sabe mucho de los hombres. Lo que conoce sobre ellos
es lo que podría llamarse la gran argamasa del lenguaje que ellos trabajan y que los
trabaja.
En la medida en que se pone en escena al lenguaje, en lugar de simplemente utilizarlo,
engrana el saber en la reflexibilidad. A través de la escritura, el saber reflexiona sin cesar
sobre el saber, según un discurso que ya no es epistemológico sino dramático.
Desde la perspectiva del lenguaje, la oposición entre las ciencias y las letras, pone de
relieve diferentes lugares de la palabra. Según un discurso de la ciencia el saber es un
enunciado; en la escritura, es una enunciación.
• El enunciado, objeto ordinario de la lingüística, es dado como el producto de una
ausencia del enunciador.
• La enunciación, al exponer el lugar y la energía del sujeto (su carencia que no es
su ausencia) apunta a lo real mismo del lenguaje, asume la tarea de hacer
escuchar a un sujeto insistente e irreparable, desconocido pero reconocido según
una inquietante familiaridad: las palabras ya no son concebidas ilusoriamente
como simples instrumentos, sino lanzadas como proyecciones, la escritura
convierte al saber en una fiesta.
Este paradigma sugiere que la escritura se encuentra doquier las palabras tienen sabor
(saber y sabor tienen en latín la misma etimología). En el orden del saber, para que las
cosas se conviertan en lo que son, hace falta ese gusto de las palabras que torna profundo
y fecundo al saber.

• Mimesis:
Refiere a su fuerza de representación. La literatura se afana por representar lo real. Sin
embargo, lo real no es representable, y es debido a que los hombres quieren sin cesar
representarlo mediante palabras que existe una historia de la literatura. Es precisamente a
esta imposibilidad topológica a la que la literatura no quiere someterse.
Los hombres no se resignan a esa falta de paralelismo entre lo real y el lenguaje, y es ese
rechazo, tan viejo como el lenguaje mismo, el que produce la literatura.
Serrano Urdanibia Fernando
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La literatura es categóricamente realista en la medida en que solo tiene a lo real como
objeto de deseo, pero Barthes reconoce que también es obstinadamente irrealista: cree
sensato el deseo de lo imposible. Esta función es denominada función utópica.
Si bien a menudo se le reprocha al escritor, intelectual, no escribir en la lengua de “todo
el mundo”, el autor plantea que es bueno que los hombres, dentro de un mismo idioma,
tengan varias lenguas. Estas constituirían una reserva en la cual los sujetos se sentirían
libres de abrevar según la verdad del deseo. Tal libertad es un lujo que toda sociedad
debería procurar a sus ciudadanos. Sin embargo, reconoce la utopía en su proposición
dado que ninguna sociedad está dispuesta a aceptar que existan diversos deseos. Lo ideal
sería que una lengua, la que fuere, no reprima a la otra, que se hable una u otra según las
perversiones y no según la Ley.

• Semiosis:
Obcecarse significa afirmar lo Irreductible de la literatura: lo que en ella resiste y
sobrevive a los discursos tipificados que la rodean. Esto quiere decir mantener hacía todo
y contra todo la fuerza de una deriva y de una espera. Y precisamente porque se obceca
es que la escritura es arrastrada a desplazarse. Puesto que el poder se adueña del goce de
escribir, cómo se adueña de todo goce, para manipularlo y tornado en un producto
gregario para producir en su provecho soldados y militantes.
Desplazarse puede significar entonces colocarse allí donde no se los espera o abjurar
(pero no forzosamente de lo que se ha pensado) de lo que se ha escrito cuando el poder
gregario lo utiliza y lo serviliza.
Obcecarse y desplazarse pertenecen en suma y simultáneamente a un método de juego.
Así no debemos sorprendernos si en el horizonte imposible de la anarquía del lenguaje se
encuentra algo que guarda relación con el teatro. La tercera fuerza de la literatura, la
semiótica, reside en actuar los signos en vez de destruirlos, en instituir, en el seno mismo
de la lengua servil, una verdadera heteronimia de las cosas.

LA SEMIOLOGÍA

Puede definirse canónicamente como la ciencia de los signos, esta ha surgido de la


lingüística. Sin embargo, el autor plantea que la misma lingüística está a punto de estallar,
dado que su objeto no tiene límites: la lengua es lo social mismo. En ese sentido, por
exceso de ascesis o de hambre, la lingüística se deconstruye. A esta deconstrucción de la
lingüística es a lo que Barthes denominará semiología.
Si bien el autor reconoce que podemos considerar a la lengua y el discurso como
indivisibles ya que se deslizan según un mismo eje de poder, en los comienzos de esta
disciplina la distinción entre ambos brindó grandes servicios, dándole a la semiología el
aliento para comenzar. Mediante tal oposición, se tendía a reducir el discurso, minimizarlo
en ejemplos de gramática. Pero, no son solamente los fonemas, las palabras y las
articulaciones sintácticas los que se hallan sometidos a un régimen de libertad vigilada,
no se los puede combinar de cualquier modo, sino que toda la capa del discurso se
encuentra fijada por una red de reglas, masivas y vagas en el nivel retórico, sutiles y
agudas en el nivel gramatical; la lengua afluye en el discurso, el discurso refluye en la
lengua, persisten uno bajo el otro. La distinción entre lengua y discurso solo aparece
entonces como una operación transitoria; algo, en suma, de lo que se debe “adjurar”.
De manera que, la lingüística venía trabajando con ese señuelo, un objeto que ella tornaba
abusivamente limpio y puro; la semiología recoge la impureza de la lengua, el desecho de
la lingüística, la corrupción inmediata del mensaje: temores, deseos, muecas, excusas, las
músicas de las que está hecha la lengua activa.
Serrano Urdanibia Fernando
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