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La argumentación publica
La cuestión ambiental
La determinación de la llamada vida publica a partir de los medios de comunicación ha
transformado el sentido de la comunicación interpersonal, lo cual, como ya ha sido destacado
por diversos autores, es evidente a varios niveles. Sin embargo, aquello que aquí nos interesa
es el hecho de la pérdida de atención en los argumentos y la relevancia creciente de la imagen
y de la performance mediática por sí mismos. Los dichos públicos pierden en valoración
semántica y ganan en significado teatral (teatralidad, performance). Lo que se dice es
legitimado por el contexto mediático pero su validez argumentativa es escasa: los dichos sólo
cuentan como evento visual. Y es este el gran cambio, la evolución más radical del espacio de
la vida publica, y cuya consecuencia más inmediata es la gestión del Estado y sus
instituciones. La aparición mediática equivale así al hecho de las narraciones históricas y
políticas del pasado: por ello es flagrante la manera que argumentaciones, estadísticas y
pruebas escritas son descartadas y dejadas de parte por la simple exposición visual de un
personaje.
Bajo estas condiciones la aparición de Wikileaks es una reversión, es decir, el regreso
a un dominio tradicional de los argumentos pero que sucede, como decimos, en un contexto
de predominancia visual: es por ello que el resultado no puede ser sino una serie de detalles
que confirman algo que ya sabemos por omisión (colonialismo, tortura, estafa, extorsión
política, etc.). Wikileaks perturba sobre todo porque constituye una paradoja o, mejor dicho,
porque expone de forma ilustrada y visual la manera en que los argumentos son ignorados ex
profeso por el sistema de promoción visual. Wikileaks en realidad no expone nada nuevo ni
desconocido sino que pone imágenes a lo implícito, a aquello que no se nombra en current
affairs.
La argumentación pública es entonces el nombre con que podemos indicar a este
mecanismo por el cual todo argumento es transformado en evento visivo y su relevancia
semántica se reduce a la dimensión visual. Y lo visivo es gestionado por cadenas y
corporaciones, de manera que toda imagen posee un registro, un contexto institucionalizado.
Las imágenes no se registran por el contenido de aquello que podrían representar un
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político que afirma una cosa sino por el lugar enciclopédico-visual que la misma ocupa. De
esta manera los argumentos en sí, las tramas y los contenidos sólo son atendibles por el
procedimiento visivo del que emanan. Y lo paradójico es que, como nunca antes en la historia
política de Occidente, esto que indicamos como argumentación pública posee una
performatividad y eficacia social y política sin par, pero dicha eficacia no está dada, como
algunos analistas pronosticaban, por valores ideológicos sino por un funcionalismo financiero
y tecnológico. Aquello que es paradójico es precisamente que la profundización y expansión
de la argumentación pública no ha traído un desarrollo de ideas, de tolerancia y de alternativas
políticas, sino, por el contrario, un pensamiento único tamizado con novedosas formas de
terrorismo de Estado y de estados de excepción jurídica, tal como ya ha desarrollado con
agudeza Giorgio Agamben (Stato di Eccezione. Homo sacer, Vol 2/1 [Torino: Bollati
Boringhieri, 2003]). La irrelevancia política y social de la argumetación pública o su
equivalente en el pasado se vinculaba al hecho que la vida pública era dominada por actores
y no por medios, instrumentos o estructuras corporativas. Los cambios bruscos sociales o
políticos eran así una manisfestación de algo que no existía en la argumentación pública, en la
actualidad, por el contrario, es justamente la existencia mediática de algo dentro de la
argumentación pública aquello que genera modificaciones y cambios.
Los caracteres ambientales
Un mismo comportamiento, los mismos hechos, pueden ser considerados como réprobos,
incluso como pasibles de condena judicial, en una ciscunstancias mediáticas y, por el
contrario, en otras condiciones, como “business as usual”. La diferencia se sitúa a nivel de los
actores mediáticos: la justicia tradicional (el dominio jurídico) ya no posee relevancia alguna
en la definición de normalidad o legitimidad pública. Más aún, el sistema judicial ha sido
totalmente absorvido, de una parte, por la estructura carcelaria, por sus cuestiones, problemas
y características, mientras que, por otra parte, lo es por las estructuras policiales del Estado,
por sus cuestiones de logística, de autoridad y de procedimientos.
La técnica más común de argumentación pública es aquella que implementan los
políticos norteamericanos, en particular los que se ocupan del área de política exterior. Esta
técnica fue popularizada por Henri Kissinger (n. 1923) en los años setenta cuando, al referirse
a Oriente Medio y los conflictos entre palestinos, árabes e israelitas, ponía el acento en las
formas de difusión de la información y nunca en el contenido de las mismas, de modo tal que
que los argumentos de un actor político nunca eran válidos excepto en el caso que el actor
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político reconociera justamente su rol de actor del libreto establecido por los media
norteamericanos. Tal situación de adecua a la perspectiva de Kissinger de considerar la
diplomacia, no ya como un procedimiento político ligado aun código administratico fuerte
tal como había sido dominante hasta entonces y por herencia francófona, sino, por el
contrario, como un dominio político dominado por una mentalidad financiera sin previos
códigos establecidos. Los tres volúmenes de Memories (1979, 1982, 1999) publicados por
Kissinger constituyen una ilustración excelente de esta perspectiva.
Lo innovador aquí no es el colonialismo político, que ya era conocido con anterioridad
a Kissinger, sino el hecho que este protagonismo mediático se antepone a cualquier ideología
o, mejor dicho, se convierte en la ideología única. Marshall McLuhan (Understanding Media:
The Extensions of Man [McGraw Hill, NY, 1964]; The Gutenberg Galaxy: The Making of
Typographic Man [Toronto; Toronto University Press, 1962] y Noam Chomsky
(Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media (with Edward Herman)
[New York: Pantheon Books, 1988]; Necessary Illusions: Thought Control in Democratic
Societies [Boston: South End Press, 1989]; El terror como política exterior de Estados
Unidos [Buenos Aires: Libros del Zorzal, 2005]) ya entonces señalaban esta situación,
sugiriendo incluso su alcance devastador en los años por venir.
El ejemplo de Richard Nixon (1913-1994), hablando en cadena nacional, en compañía
de sus perros, evitando referirse a sus actos ilegales, y poniendo énfasis en su condición
sentimental y familiar, es el modelo confesional que se ha desarrollado hasta límites extremos
con el tiempo. Como sostiene Richard Sennett, esta dictadura de la intimidad es aquello que
realmente gobierna el espacio público (R. Sennett, The Fall of Public Man [New York:
Knofpt, 1978]). La eficacia en este caso, como en los que le siguieron, fue indidable: Nixon
nunca fue judicialmente condenado.
Bajo estas condiciones la exposición pública de los hechos más aberrantes de una o
varias situaciones no poseen absolutamente ningula relevancia sus significados son
ignorados si no se los procesa de una manera mediática dominante. Bajo estas condiciones
la llamada “libertad de prensa” en realidad constituye una forma institucionalizada de control
de la palabra. El desarrollo de internet constituye en este sentido un ejemplo altamente
evolucionado de esta situación, tal como Douglas Rushkoff (n. 1961) destaca (Cyberia [New
York/London: Clinamen, 1994]), donde la tecnología y el corporativismo se complementan
perfectamete en detrimento de cualquier pluralidad de ideas o de perspectivas políticas.
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Primer Leading Case
El Citibank de Bélgica vendió a 4100 clientes productos financieros de la empresa Lehman
Brothers por un total de 128 millones de euros (L’Echo, “L’echo Week-End”, Brussels,
06.12.2010, página 4). Nada de aquello que públicamente Citibank propuso a sus clientes
acerca de los beneficios que este producto aportaba sucedió, por el contrario, con la quiebra
fraudulenta de Lehman Brothers ocurrió todo lo contrario. Citibank fue condenado
judicialmente en 2010 por “publicidad mentirosa”, sin embargo, aquello que resulta
interesante de este hecho son otras cuestiones:
(i) Con esta condena judicial en realidad Citibank “escapa” a otros cargos muchos
más graves, como blanqueo de dinero e infracción a la ley bancaria. La condena en
realidad permite al banco situar la noticia como una cuestión de marketing y no de
gestión financiera o bancaria.
(ii) Como muchos bancos han hecho durante años, el marketing de Citibank está
orientado a profundizar la confusión entre ahorro e inversión que parece ser la
única estrategia bancaria posible en la actualidad para captar los pequeños
ahorristas. Es decir, propuestas de ganancias importantes con condiciones
bancarias de ahorro todo lo cual, como era evidente, probó ser falso, no sólo
para Citibank sino para casi todos los bancos del los países centrales y sus
clientes. Tal situación, por otra parte, no es el resultado de un “error” o de una
“mala gestión” sino el resultado de una estrategia querida y específica. La
declaraciones públicas del entonces CEO de Citibank, consciente de la situación,
insisten sobre la teoría del “error” y la relación con la naturaleza humana (L’Echo,
“L’echo Week-End”, Brussels, 06.12.2010, página 4).
(iii) Siguiendo la misma técnica hecha popular por Richard Nixon en los años setenta,
el CEO del Citibank no se refiere al hecho en cuestión o al comportamiento
técnico o financiero del banco sino que habla de “sorpresa”, de “desilución”, del
hecho que “hemos tratado a uestro clientes de manera correcta”, etc. (L’Echo,
“L’echo Week-End”, Brussels, 06.12.2010, página 4): la idea es sentimentalizar el
asunto o, dicho más correctamente, aquello que se hace es humanizar el argumento
en los términos con que la noción de humanidad es considerada en los talk show
televisivos. Podemos llamar entonces a esta situación el efecto Jerry Springer, es
decir, para el caso que nos ocupa, la aceptación lisa y llana que aquello que es
computable en términos legales y técnicos no lo será en el dominio público, el cual
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es siempre reglado en términos de impresiones, intuiciones, sentimientos, etc. El
CEO del Citibank es el verdadero humanista de nuestro tiempo.
(iv) Otro mecanismo fantástico que el caso del Citibank permite observar pero que
funciona en toda argumentación pública es el hecho que un acuerdo aún si
forzado, aún si originado por conductas criminales constituye un blanqueo de
todos los actores como tales respecto del pasado imediato. Por ello el CEO del
Citibank, cuando defiende su posición asocia ex profeso aceptación de un acuerdo
de partes con corrección en los procedimientos del banco (L’Echo, “L’echo Week-
End”, Brussels, 06.12.2010, página 4). Esta es otra de las grandes leyes financieras
de nuestro tiempo: la veracidad y significado de las cosas está dada por acuerdos
circunstanciales y de parte, nunca por principios o reglamentaciones.
(v) Otra consecuencia, sin duda la más relevante del efecto Jerry Springer, es el hecho
que, al ignorar todo argumento que no sea a favor de un humanismo, se produce
una revisión del pasado de manera que los hechos y eventos desaparecen, como si
nunca hubieran ocurrido. Por ello el CEO del Citibank asegura “este proceso
[judicial] nunca tendría que haber tenido lugar” (L’Echo, “L’echo Week-End”,
Brussels, 06.12.2010, página 4) o, más relevante aún, que aquello que el tribunal
ha dictaminado “no es real” (L’Echo, “L’echo Week-End”, Brussels, 06.12.2010,
página 4).
(vi) Por ultimo, aquello que queda largamente establecido en las intervenciones del
CEO del Citibank es que en el dominio público, en la argumentación pública, no
hay lugar para otra cosa que marketing y “public relations”, ni siquiera en
publicaciones especializadas en economía y finanzas como es el caso que aquí
citamos. Esta condición de la información, que ya M. McLuhan describiera en
detalle, posee en actualidad un turn tan radical como previsible: la financialización
de la comunicación, es decir: no sólo la actividad del banco es producir dinero sino
que la manera de afrontar la publicidad de sus operaciones, de sus problemas y de
sus actividades, debe también ser establecido a partir de un esquema de pérdidas y
réditos. Llamaremos a esta situación McLuhan en la City.
Segundo Leading Case
Es evidente que ningún lector o televidente cree que Jérôme Kerviel pudo manejar 50.000
millones de euros solo y sin que nadie en la Societé Générale de Francia supiera nada o no
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tuviese responsabilidad compartida alguna. También es evidente que el fallo del tribunal de
París está destinado a proteger la integridad de la empresa y la del mercado financiero francés:
“Es evidente que se quiere proteger al banco y a París como plaza financiera. Para eso había
que cargarse a Jérôme Kerviel.” (El País, “Entrevista”, Madrid, 21.11.10, página 6).
Sin embargo, no es allí donde se encuentra lo más interesante de este caso. Tanto los
abogados del banco, como el juez del tribunal de París, funcionan como si la estructura
institucional que promueve a Kerviel, así como el proceso y mecanismo que hacía posible su
trabajo diario, nunca hubieran tenido lugar, como si no hubieran existido. Aquí volvemos a
encontrar el síndrome de Nixon: “no presten atención a mis delitos, mieren por el contrario
cuánto me quieren mis perros”.
Siguiendo esta perspectiva es interesante también observar que técnicamente en este
caso no ha habido fraude ya que para que el mismo exista tiene que haber beneficio personal
la cataloguización incluso de “fraude involuntario” hubiera reducido la condena a una cifra
penal irrisoria y no aceptable ni para el juez ni para la Societé Générale. Sin embargo, Kerviel
fue pre-juzgado por conducta fraudulenta. El tribunal funcionó en términos argumentativos
como si dos o tres leyes pudiesen ser extraídas del contexto jurídico y ser empleadas caeteris
paribus lo cual debiera funcionar en sentido contrario y, por ende, el contexto de
juzgamiento jurídico ser parte de la ley que juzga, tal como establece la tradición en filosofía
del derecho. Justamente esta situación de suspenso parcial de la norma es aquello que
Giorgio Agamben denomina “estado de excepción” (Stato di Eccezione. Homo sacer, Vol 2/1
[Torino: Bollati Boringhieri, 2003]).
En los considerandos de la condena el juez considera probado que hubo por parte de
Kerviel “deslealtad, falsificación y manipulación con fines de engaño” (El País, “Entrevista”,
Madrid, 21.11.10, página 6). Teniendo en cuenta que Kerviel ocupaba un cargo no ejecutivo y
teniendo asimismo en cuenta las condiciones materiales cotidianas en las que los corredores
de bolsa operan en la actualidad, el comentario del juez no puede producir sino risa. Por ello
se entiende que Kerveil protestara diciendo que “me limité a aplicar los métodos que ya
existían en el banco y que había aprendido allí” (El País, “Entrevista”, Madrid, 21.11.10,
página 6-7).
Siguiendo la estrategia de Kissinger, que consistía en transformar a sus opositores
políticos en terroristas, la Societé Générale hace lo mismo con Kerveil: “Daniel Boston, el
presidente del banco para el que trabajaba, dijo que usted era un terrorista porque había
arriesgado 50.000 millones de euros con sus negocios especulativos” (El País, “Entrevista”,
Madrid, 21.11.10, página 7). Situación que, en el contexto actual de obsesión con la
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seguridad, entendida como esquema policial burocrático y logístico, funciona a las mil
maravillas para la estrategia de la Societé Générale: el problema no es el sistema o la
estructura del banco sino un terrorista individual.
Otro elemento interesante aquí es que, al igual que lo que sucede en otras áreas, el
problema es netamente bancario pero públicamente nadie habla de procesos bancarios, de
procedimientos, etc., sino de banalidades biográficas o de cotilleos de oficina, como la que se
refiere al supuesto estado mental y psicológico de Kerviel. El argumento, el contenido,
interesa menos que la forma o la pura performance. El ejemplo casi perfecto de esta situación
sucede durante el proceso en París a Kerviel, cuando el juez, en un interrogatorio a su superior
inmediato, el interesado aduce distracción y “error humano”: “También él quería salvar la
piel. Cuando el juez le leyó un mensaje de correo electrónico dirigido a él, en el que se trataba
de una de mis operaciones por valor de mil millones de euros, pretendió no haber leído el
segundo párrafo, que era el decisivo. Sólo los parrafos 1 y 3. Durante toda la vista judicial
pasaron cosas como esas. Los responsables dijeron siempre que, por desgracia, no habían
leído con atención los detalles, que ellos no eran operadores” (El País, “Entrevista”, Madrid,
21.11.10, página 7). En el mismo tenor, el fiscal del proceso, pone la gravedad del asunto en
una cuestión humanística: “El fiscal afirmo ante el trinubal: ‘Ha engañado a sus superiores, a
sus amigos, a sus colegas’.” (El País, “Entrevista”, Madrid, 21.11.10, página 7). El accionar
de Kerveil es y no puede ser que bancario mientras que el de sus acusadores es humano por
excelencia: la cuestión de este caso, como la del leading case anterior, y el paradigma volitivo
que predomina en la actualidad mediática, es ser o no ser situado más allá de la humanidad en
los términos que bien describiera el CEO de Citibank.
Aquello que finalmente resulta una innovación respecto de los análisis y predicciones acerca
de los media, or parte de autores como Chomsky y McLuhan, es que todos los actores
mediáticos humanos o no poseen una visibilidad y, por ende, un capital simbólico que le
es asignable. Y la argumentación pública es así el reino de un capitalismo simbólico cuyos
orígenes sólo avizoramos en sus comienzos.
Londres, 10 de enero, 2011.