UNIDAD 6
LA CONSTRUCCIÓN Y CONSOLIDACIÓN DEL ESTADO LIBERAL
(1833-1874)
A la muerte de Fernando VII se inicia el reinado de Isabel II (1833-1868), entendido como uno de los periodos más
convulsos de la historia de España en el que tuvo lugar un proceso de modernización en todos los aspectos (político,
económico y social) con la definitiva liquidación del Antiguo Régimen y la construcción de un Estado liberal.
Este proceso se llevó a cabo en el contexto europeo de revoluciones políticas (liberalismo y nacionalismo) y
económicas (industrial, agraria, de transportes…) así como el paso a una sociedad de clases.
Se trata de cambios irreversibles pero con cambios que se pueden considerar modestos: la industrialización no
alcanzó un gran desarrollo porque España siguió siendo un país agrario, el régimen parlamentario no alcanzó la
estabilidad y la burguesía española no fue tan fuerte como la europea.
El abrazo de Vergara. Fin de la primera guerra carlista. 1839.
En esta unidad:
Identificarás el ámbito geográfico del carlismo y explicarás su ideario y apoyos sociales.
Especificarás las causas y consecuencias de las tres guerras carlistas que tienen lugar durante el siglo XIX.
Describirás las características de los partidos políticos que surgieron durante el reinado de Isabel II.
Resumirás las etapas de la evolución política del reinado de Isabel II desde su minoría de edad, explicando el
papel de los militares.
Compararás las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, especificando los objetivos de una y otra.
Especificarás las características de la nueva sociedad de clases y las compararás con la sociedad estamental
propia del Antiguo Régimen.
Compararás los diferentes textos constitucionales del reinado de Isabel II.
Describirás las características esenciales de la revolución de 1868, el gobierno provisional y la Constitución
de 1869.
Resumirás el reinado de Amadeo de Saboya y la Primera República.
Identificarás los grandes conflictos del Sexenio y explicarás sus consecuencias políticas.
1. LA OPOSICIÓN AL SISTEMA LIBERAL: LAS GUERRAS CARLISTAS
1.1. Antecedentes: el problema sucesorio
En los últimos años del reinado y vida de Fernando VII, el 10 de octubre de 1830 había
nacido Isabel de Borbón. El rey finalmente había conseguido tener descendencia con su
cuarta esposa, María Cristina de Borbón. Unos meses antes del nacimiento, en previsión
de que el recién nacido no fuese un varón, Fernando VII había aprobado la Pragmática
Sanción que anulaba la Ley Sálica, ley impuesta desde Felipe V que excluía del trono a las
mujeres. Carlos María Isidro, hermano del rey y hasta entonces su sucesor, nunca
reconoció los derechos de su sobrina al trono pues la firma de la Pragmática Sanción
impedía su acceso a la corona y a sus derechos de ser rey de España.
Isabel II, niña (1830-1904)
Dos días después de la muerte de Fernando VII, el 1 de octubre de 1833, se iniciaron levantamientos armados a
favor del pretendiente don Carlos, quien se había autoproclamado Carlos V en un documento conocido como el
manifiesto de Abrantes. Este manifiesto se promulgó en el mismo momento en que María Cristina asumió la
regencia ya que su hija, la reina Isabel, no tenía ni 3 años. El aumento de las aspiraciones carlistas obligó a la reina
regente indirectamente a buscar el apoyo de los liberales, numerosos en el ejército, para satisfacer dos objetivos
principales: salvar el trono de su hija y enfrentarse a los carlistas sublevados.
1.2. La primera guerra carlista (1833-1840)
1.2.1. Ideario y apoyos del carlismo
Los primeros pasos del régimen liberal en España y la insurrección en armas de los partidarios
de don Carlos, los carlistas, durante la minoría de edad de Isabel II coincidieron con la primera
guerra carlista. Este conflicto fue el telón de inicio del liberalismo español.
El conflicto, en principio sucesorio, escondía un verdadero enfrentamiento que dividió política
y socialmente al país, tratándose de una contienda sucesoria-ideológica.
Don Carlos (1788-1855)
Cuestión sucesoria: La ilegitimidad de Isabel (y de las mujeres) para ocupar el trono. El heredero legítimo,
como decía ser el infante don Carlos, se amparó en la Ley Sálica y negaba la validez de la Pragmática Sanción.
El pleito dinástico continuó ya que, tras la muerte de don Carlos, el sucesor fue su hijo Carlos VI y su nieto
Carlos VII.
Cuestión ideológica: Los carlistas eran absolutistas y católicos, defendían el tradicionalismo y el modelo del
Antiguo Régimen: una monarquía absolutista de origen divino. Más tarde reivindicaron el mantenimiento de
los fueros1 y privilegios tradicionales.
El lema del carlismo era Dios, Patria, Fueros, Rey.
Los principales elementos del programa político carlista fueron:
Oposición radical a las reformas liberales: inmovilismo.
Defensa de la monarquía tradicional y absoluta del Antiguo Régimen.
Tradicionalismo católico y defensa de los intereses de la Iglesia.
Defensa del medio rural2 y rechazo a una sociedad urbana e industrial.
Defensa de los fueros, amenazados por las reformas igualitarias y centralistas de los liberales. La cuestión
foral se ha presentado tradicionalmente como el rasgo más definitorio del movimiento carlista.
1
Recuerda que los fueros eran las instituciones propias de cada zona. Los de la Corona de Aragón fueron abolidos tras la guerra
de Sucesión, quedando solo los de las provincias vascas y Navarra. Esta es una razón por la que el alzamiento carlista se afianza
con gran facilidad en las zonas rurales de estas localidades.
2
Recuerda que una de las consecuencias de la guerra de la Independencia fue el asentamiento de la tradición guerrillera en las
zonas rurales de manera firme y que resurgiría en otros momentos de la historia española. Aquí tienes una muestra. Otro
ejemplo serán los maquis durante la Guerra Civil y los inicios de la dictadura franquista. Es importante no olvidar lo anterior ya
que nos ayuda a comprender un inmediato futuro.
Territorialmente, el carlismo fue apoyado en las zonas rurales de las provincias vascas, Navarra, Cataluña, el
Maestrazgo (Castellón y Teruel) y algunas pequeñas zonas rurales de Castilla. Esta distribución geográfica se
contempla en el contexto de un conflicto campo-ciudad ya que, en la zona vasco-navarra, las ciudades de Bilbao,
Pamplona y San Sebastián fueron liberales a lo largo de todo el enfrentamiento.
1.2.2. Los bandos
En el bando isabelino se agruparon las altas jerarquías del ejército, la Iglesia y el Estado. A ellos se unieron
los liberales, que vieron en la defensa de los derechos dinásticos de la niña Isabel el triunfo de sus ideales.
Internacionalmente fueron apoyados por Francia, Inglaterra y Portugal, países liberales que formaron la
Cuádruple Alianza en 1834. El principal líder isabelino fue el general Espartero.
En el bando carlista se agruparon todos los que se oponían a la revolución liberal: pequeños nobles rurales,
parte del bajo clero (que temía la desamortización) y muchos campesinos de determinadas zonas del país,
muy influenciados por los sermones de sus párrocos y para los que el liberalismo supondría un aumento de
los impuestos. Todos estos grupos aunaron sus intereses con la defensa de los derechos al trono del infante
don Carlos y los ideales que defendía el pretendiente: absolutismo e inmovilismo. Ya durante el reinado de
Fernando VII se habían agrupado los apostólicos, núcleo del absolutismo más intransigente. De manera
internacional recibieron ayudas de Austria, Prusia, Nápoles y el papado, que en 1836 había roto las
relaciones con el régimen liberal. Los principales líderes carlistas fueron Zumalacárregui, Cabrera y Maroto.
1.2.3. Las fases
La primera guerra carlista fue muy violenta y dramática (casi 200 000 muertos). Se distinguen tres fases:
Victorias carlistas (1833-1835): Carlos María Isidro alega el principio de legitimidad para ejercer como rey,
tratando de levantar a todo el país, pero solo triunfa en País Vasco y Navarra. Zumalacárregui se convierte
en el principal general que mueve las fuerzas carlistas, creando un ejército a partir de cuadrillas guerrilleras.
Los carlistas consiguen sitiar Bilbao pero no logran conquistarlo, tampoco Pamplona. La muerte de
Zumalacárregui en el asedio de Bilbao de 1835 supuso el inicio de una nueva fase en la guerra.
Expediciones militares (1835-1837): Fracasados los dos asedios de Bilbao, los carlistas cambian de idea.
Realizan una serie de expediciones militares con el fin de ampliar sus bases en el resto de España y así
alentar el alzamiento de los partidarios de don Carlos. Destacan la expedición del general Gómez en 1836
que recorre toda España en solo seis meses (desde Vizcaya hasta Cádiz) y la expedición Real dirigida por el
pretendiente en 1837 que llegó hasta las proximidades de Madrid. Al no conseguir su propósito, la guerra
quedó de nuevo restringida a las comarcas del norte.
Final de la guerra (1837-1840): El fracaso de las expediciones, así como las continuas derrotas y el
agotamiento carlista llevaron a una crisis y división en el movimiento en extremistas o apostólicos, dirigidos
por Cabrera y partidarios de continuar con la guerra y transaccionistas dirigidos por Maroto, partidarios de
llegar a un acuerdo con el ejército liberal.
1.2.4. El fin de la guerra
La primera guerra carlista acabó en el norte con el convenio de Vergara (abrazo de Vergara) el 31 de agosto de 1839
entre el liberal Espartero y el carlista Maroto. El general Cabrera resistió en la zona del Maestrazgo hasta que,
presionado por el ejército liberal, termina definitivamente el conflicto en 1840. El pretendiente don Carlos no aceptó
la derrota y se exilió en Francia.
En el convenio de Vergara, los liberales se comprometieron a debatir en Cortes el mantenimiento del régimen foral y
la integración de los militares carlistas en el ejército. Pese a lo acordado, los liberales solo respetaron parcialmente
estos privilegios forales. Se implantó un sistema de conciertos económicos y se elegían senadores y diputados con la
misma ley que en el resto de España. Como compensación, se dejó a la oligarquía tradicional el poder local por el
que habían luchado y perdieron.
1.2.5. La segunda y tercera guerra carlista
Esto no significó el fin del carlismo, ya que a lo largo del siglo XIX hubo otros dos conflictos:
La segunda guerra carlista (1846-1849) no tuvo el impacto ni la violencia de la primera. Se inició con el
rechazo de Isabel para casarse con el nuevo pretendiente carlista, Carlos VI. La segunda guerra se desarrolló
principalmente en el campo catalán (guerra de los matiners), aunque hubo episodios aislados en otras zonas.
La tercera guerra carlista3 (1872-1876) se inició durante el Sexenio Democrático (1868-1874) al ser elegido
rey Amadeo de Saboya. Esta tercera guerra finalizó cuando los carlistas reconocieron definitivamente como
rey a Alfonso XII, hijo de Isabel II.
1.2.5. Las consecuencias de las guerras carlistas
3
La tercera guerra carlista tocó su fin en la época de la Restauración borbónica. La centralización política del sistema acabó con
los resquicios del sistema foral vasco que tantos años había perdurado.
El carlismo, así como los conflictos que propició, supuso un problema muy grave para la estabilidad política de
España durante el siglo XIX. Aparte de los elevados costes humanos, las guerras carlistas tuvieron importantes
repercusiones políticas y económicas:
Inclinación de la monarquía hacia el liberalismo.
Protagonismo político de los militares: Ante la amenaza que suponía el carlismo, los militares se
configuraron como una pieza clave para defender el régimen liberal. Conscientes de su protagonismo, los
generales o espadones se colocaron frente a los recién creados partidos políticos y dominaron la vida
política. Así, la táctica del pronunciamiento se convirtió en una fórmula habitual para promover cambios de
gobierno o reorientar la política durante los reinados.
Enormes gastos de guerra: El déficit permanente de la Hacienda condicionó, en gran parte, algunas medidas
como las desamortizaciones. Retrasó la incipiente industrialización, dificultó el comercio y agravó los efectos
de las crisis agrarias posteriores.
El carlismo se convirtió así en un movimiento que incluso pervivió en el siglo XX 4, pero en una posición cada vez más
secundaria y paulatinamente en una fuerza residual.
Mapa de la primera guerra carlista (1833-1840). Historia de España 2.º Bachillerato. Vicens Vives.
4
El carlismo pervive aún en el siglo XXI y más concretamente hoy en día sigue existiendo un pretendiente carlista al trono
español. Se ha convertido en un movimiento residual pero que quedará como un resquicio de la historia española y pervivirá con
ella, marcándola para la eternidad.
2. LOS PARTIDOS POLÍTICOS DURANTE EL REINADO DE ISABEL II
Como en el resto de Europa, la implantación del régimen liberal fue un proceso largo y el resultado de un consenso
surgido entre los nuevos líderes y las élites del Antiguo Régimen. Todas las etapas políticas tuvieron gobiernos
liberales que acabaron dividiéndose y evolucionando en otras formaciones.
En España, este proceso quedó mediatizado por los siguientes aspectos:
Primero por el intervencionismo militar, la influencia de las camarillas cortesanas y la adulteración del
sufragio, censitario en las primeras constituciones y manipulado con métodos caciquiles a finales del siglo.
Segundo porque, independientemente de su formulación ideológica, las nuevas estructuras políticas,
económicas, sociales y culturales mantuvieron la pervivencia de los aspectos tradicionales.
Las características, evolución y actuación de los diferentes partidos que surgen en este periodo fueron
determinantes en la evolución política del mismo.
Durante la regencia de M.ª Cristina surgieron los dos primeros partidos políticos como formaciones que
canalizaban las dos grandes corrientes ideológicas del liberalismo inicial: el Partido Moderado y el Partido
Progresista.
Posteriormente, a mediados del siglo, ya en el reinado efectivo de Isabel II, aparecieron otros dos nuevos
partidos a partir de divisiones de los anteriores: el Partido Demócrata y la Unión Liberal.
Fuera de esta corriente ideológica del liberalismo y los sistemas políticos pervivía el carlismo, más como movimiento
que como partido en términos estrictos.
A partir de la segunda mitad del siglo XIX comienzan a configurarse nuevos movimientos populares que serán el
germen ideológico del movimiento obrero.
Los partidos políticos del siglo XIX eran muy distintos a los actuales. Consistían en agrupaciones de personas
influyentes y poderosas (notables) con una fuerte influencia de los líderes (generalmente militares) que derivaba en
enfrentamientos y divisiones internas. Casi todos estos partidos apenas tenían contacto con la realidad social, a la
que marginaban e ignoraban. Con un sistema electoral de sufragio censitario en el que participaban los mayores
contribuyentes, la escasa participación en las elecciones convertía al pueblo, con altos índices de analfabetismo y
pobreza, en un mero espectador de la vida política centrada en Madrid, sede del gobierno, la Corona y las
instituciones.
2.1. La formación de partidos: principios ideológicos y apoyos sociales
2.1.1. Partido Carlista
Retorno al Antiguo Régimen.
Absolutismo monárquico y soberanía real.
Privilegios forales y estamentales.
Restauración de la Inquisición.
Tuvieron el apoyo de la nobleza reaccionaria y los campesinos temerosos del liberalismo.
2.1.2. Partido Moderado (conservador)
Soberanía compartida entre las Cortes y el rey, pero con más atribuciones a la Corona.
Ante todo, defensa del orden social.
Estado y administración centralizados.
Reconciliación con la Iglesia, aunque aceptando las desamortizaciones.
Querían integrar a los carlistas pero consideraban finalizado el Antiguo Régimen.
Representaban a las clases más ricas, grandes terratenientes, alta burguesía y clase media alta.
Censo electoral del 1 al 3% de la población.
Líder principal: general Narváez.
Otros políticos de esta tendencia: Cea Bermúdez, Martínez de la Rosa, Alcalá Galiano…
2.1.3. Partido Progresista
Soberanía nacional, representada por las Cortes. El rey ejercía el poder ejecutivo.
Apoyaban el sufragio censitario, pero más amplio que los moderados.
Pretendían fortalecer los poderes locales y aspiraban a llevar las reformas lo más lejos posible.
Apoyaban la Milicia Nacional.
Su dogma económico se basaba en el librecambismo.
Su base social consistía en las clases medias y la pequeña y mediana burguesía.
Solo estuvieron en el poder por pronunciamientos o sublevaciones. La Corona siempre los marginó.
Líder: general Espartero.
Otros políticos importantes fueron Mendizábal y Madoz.
Del Partido Progresista surgen los demócratas (1848) y los republicanos (1856).
2.1.4. Unión Liberal
Surgieron en la década de 1850.
Eran un término medio entre los moderados y los progresistas.
Defendían la soberanía compartida entre las Cortes y el rey.
Defendían el orden social.
Representaban a los sectores más acomodados de la sociedad.
Partido con vocación centrista que aspiraba a ser una alternativa política distante de los progresistas
radicales y de los moderados reaccionarios.
Líder: general O’Donnell.
2.1.5. Partido Demócrata
Fundado en 1848 publicando su programa en un manifiesto.
Integraba a progresistas radicales, republicanos e incluso simpatizantes del incipiente socialismo.
Soberanía popular y sufragio universal masculino.
Limitación del poder real al mínimo.
Amplia defensa de las libertades individuales y sociales: libertad de conciencia, derecho de reunión y
asociación, enseñanza primaria universal y gratuita…
Fuerte apoyo a la Milicia Nacional.
Defensa de los poderes locales elegidos democráticamente.
Contaron con el apoyo de las clases medias y bajas, así como destacados intelectuales.
Por su oposición a la monarquía de Isabel II, no participaron nunca en su sistema político.
3. EVOLUCIÓN POLÍTICA DEL REINADO DE ISABEL II (1833-1868)
En la evolución política del largo reinado de Isabel II se diferencian dos fases:
Hasta 1843, las regencias de María Cristina y Espartero (minoría de edad de Isabel II). En esta fase el cambio
se dirige esencialmente a desmantelar el orden legal del Antiguo Régimen.
Entre 1843 y 1868, el reinado efectivo de Isabel II (mayoría de edad). Esta fase significa la consolidación del
sistema liberal dirigido por gobiernos moderados, predominantes durante su reinado. Se trata de un periodo
en el que se hicieron frecuentes los pronunciamientos militares, principalmente progresistas, para acceder al
poder.
MINORÍA DE EDAD DE ISABEL II: LAS REGENCIAS (1833-1843)
3.1. Regencia de María Cristina de Borbón (1833-1840)
Coincidió con la primera guerra carlista, por lo que su regencia estuvo completamente ligada y
vinculada a ella. En su gobierno se sucedieron tanto gobiernos progresistas como también
moderados, siendo preferentes los últimos. Los gobiernos de la regencia de María Cristina se
caracterizaron por su corta duración, claro reflejo de la inestabilidad política, y el predominio
del Partido Moderado. Sin embargo, los cambios más importantes se debieron a gobiernos
progresistas. Su regencia podemos dividirla en tres etapas según los gobiernos actuantes:
M.ª Cristina (1806-1878)
El paso al liberalismo y el Estatuto Real (1833-1835): Los primeros meses del gobierno de la reina regente
estuvieron dirigidos por monárquicos con influencia en el reinado anterior (Cea Bermúdez) donde destaca la
división territorial de Javier de Burgos en 1833. Ante la insurrección carlista y el inmovilismo e intransigencia
de los ministros de la última etapa de Fernando VII, María Cristina llamó a Fernández de la Rosa, un liberal
moderado, a formar un gobierno para hacer frente a los carlistas y defender el trono de su hija Isabel.
Martínez de la Rosa emprendió una serie de reformas muy moderadas, entre las que destaca el Estatuto
Real de 1834.
El Estatuto Real es una carta otorgada, sin la intervención de las Cortes, donde la Corona tiene amplias atribuciones
de carácter muy conservador y es una mera convocatoria de Cortes, por primera vez, bicamerales.
El gobierno progresista (1835-1837): El Estatuto Real fue inmediatamente rechazado por los liberales
progresistas, pues exigían una mayor participación. En agosto de 1836 tiene lugar la sublevación de los
sargentos en La Granja, que obligan a la reina a realizar un cambio de gobierno y volver temporalmente a la
Constitución de 1812 mientras se redacta una nueva. Las actuaciones más destacadas del nuevo gobierno
fueron la ley de desamortización eclesiástica de Mendizábal en 1836 y la Constitución de 1837, progresista y
similar a la de Cádiz.
La vuelta al gobierno moderado y el fin de la regencia (1837-1840): Aplicando la nueva ley electoral que
establecía el sufragio censitario, las elecciones dieron el triunfo a los moderados. Los últimos años de la
regencia de María Cristina se vieron condicionados por la presión de los militares progresistas, la deuda
económica y la guerra carlista. Los diversos problemas de la vida privada de la reina, así como la oposición a
la ley de ayuntamientos, la forzaron a renunciar a la regencia y marchar hacia el exilio en septiembre de
1840. Tras su victoria en la guerra carlista, Espartero fue proclamado nuevo regente.
Sublevación de los sargentos en La Granja. Agosto de 1836.
3.2. Regencia de Espartero (1840-1843)
Al finalizar la guerra carlista se inició el llamado régimen de los generales o espadones en el que
destacaron tres figuras: Espartero, Narváez y O’Donnell. Son considerados los tres líderes
políticos del reinado de Isabel II.
El general Espartero tenía una gran reputación. Fue considerado un héroe popular tras su
reconocimiento gracias al triunfo en el conflicto civil (convenio de Vergara), por lo que Espartero
entró a formar parte del gobierno5.
Su regencia se caracterizó por una gran mano dura. Impuso un régimen de liberalismo
autoritario apoyado en el ejército. Poco a poco fue perdiendo el apoyo militar, la lógica
oposición de los moderados y, sorprendentemente, de los propios progresistas.
Espartero (1793-1879)
Retomó las leyes progresistas como la desamortización eclesiástica y la abolición del diezmo.
En 1842, su intento de firmar un acuerdo de libre comercio con Gran Bretaña provoca una revuelta en Barcelona por
la burguesía que se consideraba perjudicada y los obreros de las fábricas por problemas laborales. La dura represión
de esta sublevación, basada en el bombardeo de la ciudad, debilitó fuertemente su gobierno.
Las protestas contra su política fueron constantes, mediante varios pronunciamientos moderados sin éxito.
Finalmente, en julio de 1843, un nuevo pronunciamiento del general moderado Narváez unido a una serie de
militares progresistas derrotó a las tropas del gobierno en Torrejón de Ardoz. Espartero abandona la regencia y se
exilia en Londres.
MAYORÍA DE EDAD DE ISABEL II: EL REINADO EFECTIVO (1843-1868)
Tras la caída de Espartero y, ante la falta de regente, las Cortes decidieron adelantar la mayoría de edad de Isabel II,
que iba a cumplir 13 años. En su reinado podemos distinguir tres etapas:
Década moderada (1844-1854)
Bienio progresista (1854-1856)
Gobiernos de la Unión Liberal (1856-1863)
Crisis final del reinado (1863-1868)
Los 25 años del reinado efectivo de Isabel II estuvieron marcados por la alternancia en el poder de los partidos
liberales moderado y progresista.
Debido a las preferencias de Isabel II, hubo un predominio de gobiernos moderados. Los progresistas solo pudieron
acceder al poder mediante pronunciamientos.
Desmantelado ya el Antiguo Régimen, se procedió a la construcción del nuevo Estado liberal definido como
centralista, oligárquico y censitario.
Se llama régimen de los generales o etapa de los espadones en el que los militares participan en la política:
Espartero, Narváez, O’Donnell, Prim, Serrano…
A lo largo del siglo surgieron otros partidos, entre los que cabe destacar la Unión Liberal (de centro), el Partido
Demócrata (que defendía el sufragio universal) y el Partido Republicano, de ideología federalista y socialista.
3.3. Década moderada (1844-1854)
La llamada década moderada fue una fase crucial para la reorganización y consolidación del
nuevo Estado. Con el gobierno moderado del general Narváez 6 fue una etapa de estabilidad
política, con reformas destinadas a mantener el orden social. Las Cortes fueron suspendidas
muchas veces y comienza el desarrollo del falseamiento electoral marginando a los
progresistas. Las medidas más importantes que se adoptaron fueron:
Narváez (1799-1868)
La Constitución de 1845, que adaptaba el sistema político a los intereses del Partido Moderado.
La reforma de la Hacienda en 1845. Conocida como la reforma de Mon-Santillán, significó una
modernización del sistema fiscal, simplificando impuestos pero que perjudicaba a las clases populares. Esta
5
Espartero exigió ser regente único.
6
No solo fueron los gobiernos del general Narváez. Otros políticos moderados importantes de la época como Bravo Murillo y
González Bravo accedieron a la presidencia. Sin embargo, el líder político más significativo del Partido Moderado se le atribuye a
la persona del general Ramón María Narváez. Su muerte en la primavera de 1868 agudizó la crisis que padecía el partido mucho
más y, por tanto, evidenció el fin del reinado de Isabel II.
reforma estabilizó los presupuestos del Estado, aunque siguieron siendo deficitarios y con una fuerte deuda
pública.
Medidas destinadas a fortalecer la centralización del Estado:
o Control de la administración: creación de la Guardia Civil (1844), la figura del gobernador civil para
controlar las provincias y una nueva ley municipal en la que el gobierno nombra a los alcaldes de las
ciudades y el gobernador civil a los de los municipios más pequeños.
o Unificación legislativa: regulando el sistema de pesas y medidas (métrico decimal), nuevo Código
Penal (1848), proyecto de un nuevo Código Civil y regulación de la instrucción pública mediante las
leyes Pidal y Moyano en 1857, ya en la última etapa del reinado de Isabel II, el segundo periodo
moderado.
Concordato con la Iglesia católica en 1851. Significó un acercamiento a la Iglesia debido a la suspensión de la
venta de bienes de la desamortización. A cambio, el Estado se comprometió a reservar parte de su
presupuesto a dotar a culto y clero y para pagar los gastos eclesiásticos. Con este concordato se compensó
en cierta manera a la Iglesia por lo perdido en las desamortizaciones de Mendizábal y Espartero.
Las revoluciones liberales europeas de 1848 provocan un aumento en el autoritarismo del gobierno. En estos años
surge el Partido Demócrata.
Se inicia un nuevo levantamiento de los carlistas que propicia la segunda guerra carlista (1846-1849). Aumenta la
permanente crisis financiera, a la que se unen los escándalos de corrupción provocados por la concesión de licencias
para la construcción del ferrocarril.
Narváez dimite y los siguientes presidentes como Bravo Murillo gobernaron por decreto sin el control de las Cortes,
ya que estas habían sido suspendidas.
3.3.1. Final de la década moderada
El malestar social y político por la tendencia conservadora y excluyente del ejército se concretó en un
pronunciamiento militar en 1854 conocido como la Vicalvarada y protagonizado por los progresistas, que vieron en
la insurrección la única forma de hacerse con el poder. Este pronunciamiento fue dirigido por el moderado O’Donnell
que dio un golpe militar con las tropas acuarteladas en Vicálvaro seguido del general Serrano. Ambos firman el
manifiesto de Manzanares, cuyo texto fue redactado por Antonio Cánovas del Castillo. En el manifiesto solicitaban
una reforma de la ley electoral y de imprenta, la descentralización del poder estatal y el restablecimiento de la
Milicia Nacional.
Episodio de la revolución de 1854 en la Puerta del Sol. Eugenio Lucas Velázquez.
3.4. Bienio progresista (1854-1856)
El bienio progresista se inició con un pronunciamiento militar que unió a progresistas y
demócratas con un amplio apoyo de las clases populares.
La proclama triunfó en las grandes ciudades, donde se formaron Juntas revolucionarias. En
Madrid, la participación popular levantó barricadas.
Madoz (1806-1870)
Isabel II encarga a Espartero formar gobierno consiguiendo detener las reivindicaciones democráticas y populares.
Por aumento de los conflictos sociales derivados de las nuevas reformas se ve forzado a dimitir y la reina llama a
O’Donnell a gobernar. El moderado O’Donnell crea un partido considerado de centro: la Unión Liberal.
3.4.1. Reformas del bienio progresista
Las reformas fueron principalmente de tipo económico: desamortización civil de Madoz, aprobación de la Ley
General de Ferrocarriles (1855) y la creación del Banco de España.
En el aspecto político se restauraron las leyes e instituciones de la década de 1830: ley de imprenta, ley electoral,
gobierno local y Milicia Nacional. También se inició la redacción de una nueva constitución que no llegó a ser
promulgada, la Constitución progresista non nata de 1856.
3.4.2. Final del bienio progresista