Golpe de Estado en Bolivia
(17 de julio de 1980)
Antecedentes históricos y contexto político, social y económico
La década previa al golpe de 1980 estuvo marcada por una profunda inestabilidad
política. Desde 1964 Bolivia vivió bajo regímenes militares interrumpidos por
efímeros períodos democráticos. Durante los años 1964-1982 gobernaron
sucesivamente generales como René Barrientos y Hugo Banzer, que aplicaron
medidas autoritarias y represivas (por ejemplo, la matanza de campesinos en San
Juan de 1967 o la de mineros en Tolata en 1974). El derrocamiento del general
Banzer en 1978 dio paso a un caos: en 1979 hubo cuatro gobernantes en un año.
En julio de 1979, Hernán Siles Zuazo ganó unas elecciones pero no alcanzó
mayoría; el Congreso nombró presidente interino al legislador Walter Guevara
Arze. Sin embargo, el 1 de noviembre de 1979 el general Alberto Natusch Busch
lo derrocó mediante un “golpe sangriento”, que desató la Masacre de Todos
Santos con más de 200 manifestantes asesinados. A los 12 días la presión
popular –liderada por la Central Obrera Boliviana (COB)– forzó la renuncia de
Natusch y el Congreso designó a Lidia Gueiler Tejada como presidenta provisional
(la primera mujer al mando del país).
El contexto económico y social era igualmente tenso. A fines de los ’70 la
economía boliviana estaba en crisis: la inflación era muy alta, las deudas
crecientes y el precio del estaño cayó drásticamente. Los movimientos sociales y
obreros estaban muy activos, mientras que el narcotráfico (vinculado al cultivo de
cocaína) se volvía un factor creciente de poder e influencia. En suma, a principios
de los ’80 Bolivia sufría una combinación de crisis económica y debilidad
institucional que dejó al país polarizado y exhausto.
Actores principales: Luis García Meza y otros militares
Luis García Meza (n. 8 ago 1932) era un general del Ejército Boliviano nacido en
La Paz. Participó en varias insurrecciones y golpes militares en los años 1970.
Para 1980 era comandante del Ejército y jefe del Estado Mayor. Se le describe
como un militar de línea dura con cercanías al mundo del narcotráfico; de hecho,
su sobrino político fue el conocido contrabandista Roberto Suárez Gómez. Al dar
el golpe se proclamó presidente de facto y promovió un plan de represión contra la
«subversión». Su gobierno de un año fue excepcionalmente brutal: con el
asesoramiento del nazi refugiado Klaus Barbie y del coronel Luis Arce Gómez
(ministro del Interior), García Meza orquestó una sangrienta represión contra
opositores políticos. Los recursos públicos fueron saqueados y el Estado toleró el
tráfico de cocaína hasta el punto de que en 1980 el negocio de la coca representó
unos 850 millones de dólares, el doble de las exportaciones legales del país.
García Meza prometió duras restricciones y llegó incluso a compararse con el
dictador chileno Pinochet, afirmando: «Me quedaré 20 años» en el poder. Sin
embargo, su mandato duró poco más de un año.
Luis Arce Gómez (1938-2020), primo del narco Suárez, fue el lugarteniente de
García Meza. Como coronel y jefe de la Dirección Nacional de Investigaciones,
luego fue nombrado ministro del Interior y “mano derecha” del dictador. Arce
Gómez personificó el carácter represivo de la dictadura: al asumir en julio de 1980
amenazó a todo opositor con llevar «el testamento bajo el brazo». Bajo su mando
operaron las brigadas paramilitares, las fuerzas especiales de seguridad (SES) y
colaboradores extranjeros para perseguir, torturar y matar disidentes. Durante el
régimen se le imputaron numerosos crímenes: atentados con explosivos,
asesinatos de dirigentes (incluidos el del padre Luis Espinal) y la organización de
masacres como la de la calle Harrington (enero 1981). Arce Gómez fue
extraditado a [Link]. en 1989 y cumplió pena por narcotráfico hasta 2009. Falleció
en 2020, aún preso en Bolivia.
Otros militares relevantes fueron el general Celso Torrelio (al que García Meza
cedió el poder en 1981) y el general Guido Vildoso (que asumió en 1982 para
encabezar la transición). Ambos fueron caracterizados por mantener el control
militar sin restaurar la democracia hasta finales de 1982. Cabe mencionar también
a Klaus Barbie, el ex oficial nazi refugiado en Bolivia, quien, según testigos,
coordinó comandos terroristas contra opositores en esos meses (aunque su papel
exacto está mejor documentado en fuentes como memorias judiciales). En
conjunto, el golpe de 1980 fue ejecutado por un pequeño grupo militar de ultra-
derecha con la complicidad de civiles vinculados al crimen organizado y el apoyo
tácito de las dictaduras vecinas.
Desarrollo del golpe de Estado (17 de julio de 1980)
La operación golpista comenzó en la madrugada del 17 de julio de 1980. Escriben
los historiadores que «aquella mañana el rugir de los tanques y las botas
militares» inundó La Paz. A las 7:30 am, decenas de efectivos armados
irrumpieron en la sede de la Central Obrera Boliviana (COB), donde sindicalistas y
políticos de izquierda se reunían en el Comité Nacional de Defensa de la
Democracia (CONADE) para organizar la resistencia al golpe inminente.
Encabezados por un comando de choque (llamado después “Novios de la
Muerte”), avanzaron bajo ametralladoras y granadas. En esa acción asesinaron
en el acto al líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz (tras obligarlo a rendirse)
y al dirigente minero Gualberto Vega Yapura. Otros participantes resultaron
heridos: el diputado trotskista Juan Carlos Flores Bedregal fue gravemente herido
y arrojado a un helicóptero militar, de cuyo destino final nada se supo (se lo
declaró desaparecido). El asalto al local de la COB se extendió varias horas y dejó
decenas de heridos; paralelamente se atacó el periódico Hoy y otros centros de
prensa cercana a la izquierda.
Al mismo tiempo, unidades militares y de policía sitiaron el Palacio Quemado
(Casa Presidencial). Miembros de las fuerzas armadas tomaron los accesos con
blindados y patrullas. La presidenta Lidia Gueiler fue sorprendida en la mañana
en su residencia oficial: un teniente ebrio, Luis Estrada, trató de entrar a culatazos
a su dormitorio el 7 de junio previo (según fuentes), y el 17 de julio la obligaron
directamente a renunciar. Bajo custodia militar y con cañones apuntándole,
Gueiler firmó una carta de dimisión y fue enviada al exilio. Poco después, el
general Luis García Meza apareció en televisión proclamándose «jefe del gobierno
de transición». Así, en pocas horas el gabinete de García Meza —con Arce
Gómez al frente del Ministerio del Interior (que pronto fue apodado de “Terror”)—
había tomado control absoluto del Estado.
La rapidez del golpe buscó evitar la reacción popular: al aprender de la
insurrección del año anterior (golpe de Natusch) los golpistas concentraron sus
ataques en los sindicatos y partidos de izquierda. Sin embargo, organismos como
la COB, partidos y ONG de derechos humanos ya habían cerrado filas en la
clandestinidad. Durante las siguientes semanas hubo protestas aisladas, huelgas
parciales y escasas demostraciones, muchas veces enmascaradas para eludir la
represión. En resumen, el 17 de julio significó la toma por la fuerza del poder y el
comienzo de un régimen militar sin preaviso, sustentado en el terror.
Reacciones nacionales e internacionales
El golpe encontró inmediata condena interna entre los partidos políticos
democráticos, los sindicatos restantes y el clero progresista. Muchos líderes
opositores (como Jaime Paz Zamora, del partido de Siles) ya habían sufrido
atentados pocos días antes; el día del golpe los principales periódicos nacionales
denunciaron el derrumbe constitucional. Familias de las víctimas organizaron
vigilias y homenajes: por ejemplo, la Asamblea Permanente de Derechos
Humanos de Bolivia (APDHB) se movilizó desde el mismo 17 de julio para
demandar información sobre los desaparecidos. En la calle, la COB hizo llamados
a la resistencia pacífica; aunque reprimidas, movilizaciones ocasionales obligaron
a los golpistas a permanecer a la defensiva. Documentos de la época y análisis
posteriores señalan que «la resistencia, golpeada pero no vencida, comenzaba a
reorganizarse en la clandestinidad». De hecho, los asesinatos del propio 17 de
julio –como el del líder Marcelo Quiroga– se convirtieron en símbolos de la lucha
contra la dictadura. Con el tiempo, la sociedad civil boliviana recordaría este día
como un «golpe terrible» anunciado por asesinatos políticos previos (p. ej. el padre
Luis Espinal en marzo de 1980).
En el plano internacional el golpe también fue rechazado. Los países vecinos y
organizaciones multilaterales denunciaron la ruptura democrática. En particular, se
menciona que el régimen de García Meza estaba emparentado con el narcotráfico,
lo que generó repudio adicional en Estados Unidos y Europa. Naciones Unidas y
la OEA emitieron comunicados de preocupación por las “graves violaciones de
derechos humanos”. Pronto [Link]. suspendió la ayuda militar y económica, y
varios países europeos impusieron sanciones financieras. La prensa internacional
llamó al acontecimiento “coup of the cocaine” (“golpe del narcotráfico”),
subrayando la participación de intermediarios como Roberto Suárez y los oficiales
del régimen. En palabras del historiador Carlos Mesa (expresidente boliviano), la
dictadura “expresó la irracionalidad, la violencia, la corrupción y los vínculos con el
narcotráfico” de la época. En suma, la comunidad global condenó enérgicamente
el golpe, aislando diplomáticamente a Bolivia y profundizando su crisis interna.
Consecuencias políticas, sociales y económicas
Políticamente, el golpe terminó abruptamente el proceso electoral de 1980.
Hernán Siles Zuazo, electo presidente unos días antes, fue expulsado del poder
antes de asumir. El país retornó a una dictadura abierta, la última de la
“República Militar” boliviana. Durante el año siguiente, la estructura del Estado civil
colapsó: se suprimió la libertad de prensa, se disolvieron los sindicatos (la COB
fue ilegalizada) y se persiguió a todos los partidos de izquierda. Políticos
opositores fueron encarcelados, exiliados o asesinados. Socialmente, la represión
dejó un saldo de muertos, desaparecidos y perseguidos que marcó a toda una
generación. Organizaciones de derechos humanos calculan varias docenas de
asesinados y centenares de detenidos en 1980-81. Muchos bolivianos se exiliaron
en el extranjero; otros sobrevivientes sufrieron torturas y secuelas psicológicas. El
temor generalizado y la censura silenciaron la protesta popular durante casi dos
años.
En el plano económico, la dictadura de García Meza no logró estabilizar la crisis.
Por el contrario, profundizó la corrupción y el saqueo de recursos públicos. Se
estima que el narcotráfico sustentó buena parte del ingreso de divisas durante
1980, duplicando las exportaciones formales como lo indica el valor de 850 MUSD.
El gobierno promovió gastos excesivos en seguridad y proyectos estatales
ineficientes, sin reformas productivas. La combinación de sanciones
internacionales y malos manejos internos condujo a inflación galopante y
desabastecimiento. Aunque el país mantenía una economía basada en la minería
y la agricultura, esos sectores siguieron decayendo. En términos sociales, el golpe
frustró la reivindicación agraria y urbana de la década anterior y exacerbó
tensiones étnicas y de clase que venían acumulándose.
A largo plazo, la experiencia dejó cicatrices profundas. La restauración
democrática posterior enfrentó el legado de desconfianza institucional y la deuda
social: hubo demandas de verdad y justicia que permanecerían insatisfechas
durante años. Hasta mediados de los ’80, los bolivianos sufrieron además una
hiperinflación histórica, en parte arrastrada desde la crisis pre-golpe. Sin embargo,
algunos sectores económicos ligados al contrabando prosperaron al menos
temporalmente. En el aspecto jurídico, se creó conciencia cívica sobre la
importancia de los derechos humanos; así, en años posteriores organizaciones de
víctimas (como familiares de desaparecidos) mantendrían viva la memoria de los
caídos y resistirían el olvido.
Restauración democrática y juicio a los responsables
La dictadura de García Meza terminó finalmente cuando enfrentó fisuras internas.
El 4 de agosto de 1981 el propio general García Meza fue forzado a renunciar por
sus pares militares. Le sucedió el general Celso Torrelio, quien continuó el
régimen sin planes democráticos. En julio de 1982 se intentó otro golpe fracasado,
lo que precipito la caída de Torrelio y la llegada al mando del general Guido
Vildoso, encargado de preparar la transición. En septiembre de 1982, una huelga
general convocada por la COB paralizó el país y puso al gobierno en jaque. Ante
la presión de huelgas y negociaciones políticas, la cúpula militar entregó el poder
al Congreso en octubre de 1982. En ese momento se reconocieron válidas las
elecciones de junio de 1980: así Hernán Siles Zuazo asumió la presidencia el 10
de octubre de 1982, marcando el regreso de un gobierno civil. El periodo 1982-85
(Gobierno de Siles) fue turbulento pero permitió restaurar libertades
fundamentales, normalizar relaciones internacionales y convocar a elecciones
posteriores.
En paralelo se inició la persecución penal de los delitos de la dictadura. En 1987 la
Corte Suprema boliviana abrió el Juicio de Responsabilidades contra los
cabecillas. En ese proceso se enjuició a 49 altos oficiales y policías implicados,
entre ellos García Meza y Arce Gómez. Los testimonios revelaron torturas,
masacres y una estructura de desapariciones. El 21 de abril de 1993 la Corte
Suprema condenó a Luis García Meza y a sus colaboradores más cercanos a 30
años de prisión sin indulto. El propio García Meza estuvo presente en el inicio
del juicio pero huyó clandestinamente en 1989; fue localizado y extraditado desde
Brasil en 1994 para purgar su pena. Luis Arce Gómez fue extraditado a Estados
Unidos en 1989 por narcotráfico y regresó a Bolivia en 2009 para cumplir el resto
de su sentencia. Varios otros militares (como Celso Torrelio) nunca fueron
llevados ante la Justicia. Organizaciones de derechos humanos han criticado que
muchos ejecutores materiales de crímenes (paramilitares, sicarios) quedaron
impunes.
En 2018 falleció García Meza en un hospital militar de La Paz, y en 2020 murió
Arce Gómez, ninguno de los cuales pudo terminar de cumplir su sentencia por los
asesinatos y torturas cometidos. El golpe de 1980, por tanto, es recordado en
Bolivia como uno de los episodios más oscuros del siglo XX: dejó un «golpe
terrible» (en palabras de la APDHB) con consecuencias políticas y sociales de
largo alcance.