Futuro Imperfecto #27: Los nuevos ordenadores con neuronas
humanas
Escrito por Martín Sacristán
La idea de que la aparición de una máquina pensante siempre será una
amenaza para el ser humano comenzó con la invención misma de la palabra
robot. Creada por el escritor Karel Čapek sobre el checo robota, esclavo,
presentó en su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum), en 1920,
un drama donde androides con lo que hoy llamaríamos inteligencia artificial, y
que pueden ser confundidos con humanos, acaban iniciando una revolución
que destruye a la humanidad. Desde entonces la ficción se ha apegado a esa
idea, especialmente en el cine. En Metrópolis, 1926, su protagonista María II es
un esqueleto mecánico que se recubre de piel humana. Misma idea
en Terminator, 1984, con un gran ordenador líder en forma de IA, Skynet,
enviando los androides híbridos de acero y tejido biológico. Incluso Matrix,
1999, coqueteó con la idea de unir cuerpo vivo y máquina, esta vez para
solucionar el problema de abastecimiento energético, dando el profético paso
final hacia el presente.
Porque los primeros ordenadores mixtos, compuestos por chips de tejido
cerebral humano vivo y circuitos electrónicos convencionales, ya han
comenzado a funcionar con buenos resultados. Así como los primeros robots
que usan la emulación de un cerebro humano en miniatura, un organoide
cerebral, para sus funciones motrices. Incluso se ha logrado desarrollar una
cara con tejido humano vivo conectada a una matriz robótica. Todos estos
desarrollos tienen en común el mismo objetivo, que no es en realidad crear la
máquina mixta, sino reducir la energía que necesita cualquier computación
sofisticada, desde la inteligencia artificial a los superordenadores, así como los
robots androides, para funcionar.
Es uno de los mensajes que a Sam Altman le gusta transmitir en sus
apariciones públicas: no disponemos de suficiente electricidad para alimentar la
inteligencia artificial. En realidad lo que no tenemos, como civilización
tecnológica, al menos de momento, es un sistema de generación eléctrica que
permita poner la IA en el sistema operativo de cada uno de nuestros teléfonos,
momento en que su uso pasaría a ser definitivamente masivo. Precisamente lo
que necesitan las tecnológicas para que la IA sea rentable. Este es el
verdadero cuello de botella de la IA, y el mejor ejemplo está en que una sola
pregunta a chatGPT necesita usar diez veces más electricidad que una
búsqueda en Google. Así que no podemos sustituir los buscadores por chats
de IA.
Esta es también una preocupación acuciante para Microsoft, que ha apostado
porque Copilot, su software con la IA de OpenAI, sustituya paulatinamente a
Office en todos los ordenadores. La empresa sabe que no hay electricidad para
hacerlo posible, así que este año aseguraba a sus inversores que para 2028
empezaría a emplear la fusión fría. La promesa ha envejecido mal, porque esta
alternativa barata y limpia para conseguir energía, que emula el plasma del sol,
tenía en ITER su probable primer reactor de fusión. Este proyecto internacional
en que participan la Unión Europea, Estados Unidos, China, India, Japón,
Corea del Sur, y Rusia acaba de anunciar que no tendrá plasma hasta 2035.
Como pronto.
Y es en este escenario de carencia de energía donde radica el interés en
el wetware, o bioinformática, que adapta las neuronas del cerebro humano a
los impulsos de la corriente eléctrica, para que puedan recibir información de
un ordenador convencional, entender qué significan, y proporcionar una
respuesta. Une tejido biológico y máquina.
Acercarse a la eficiencia de nuestro cerebro es un sueño computacional y
energético, porque para hacer 10 000 billones de cálculos por segundo solo
necesita 20 vatios diarios, y apenas pesa 1,5 kg. El superordenador que más
se le acercará en capacidad de cálculo, el australiano DeepSouth, será un
gigante tan grande como un centro de datos, y sí, consumirá mucha menos
energía que un superordenador. Porque es del tipo neuromórfico, usa patrones
predefinidos en lugar del sistema binario de unos y ceros para computar. Eso
reduce enormemente su consumo eléctrico, pero no sirve para lo mismo que un
ordenador convencional, así que no lo sustituye, como sí podría hacer el
ordenador híbrido.
Es lo que ha conseguido durante los últimos cuatro años Neuroplatform, un
servidor cuyos chips de silicio han sido sustituidos por organoides cerebrales
creados a partir de neuronas humanas. Conectados entre sí en red, son
capaces de recibir datos en forma de impulsos eléctricos y generar respuestas
de vuelta, que son enviadas a una Raspberry Pi y a un PC, generando datos
binarios que se almacenan en un disco duro. Es decir, los chips cerebrales
«piensan» ejecutando tareas y devuelven una respuesta. Así es como han
generado 18TB de datos, procedentes de diferentes experimentos, incluido uno
de aprendizaje profundo, muy similar al que se emplea para entrenar los
modelos de las inteligencias artificiales.
El problema es que la bioinformática está sometida a las mismas limitaciones
que los organismos vivos, necesitan ser alimentados, envejecen, y mueren.
Estos chips neuronales son alimentados con un microfluido en el que flotan, y
que se reemplaza cada cuarenta y ocho horas. Durante sus cuatro años de
funcionamiento, Neuroplatform ha precisado de 1000 organoides cerebrales
para sustituir los que iban muriendo. La mayoría no llega a mantenerse vivo
más de una semana, aunque algunos han alcanzado una duración de cien
días.
Un desarrollo muy similar al descrito es el que han aplicado en la Universidad
de Tianjin, China, creando un organoide cerebral conectado a un robot para
facilitar el aprendizaje de sus movimientos. La coordinación de manos, brazos,
piernas y pies, especialmente dificultosa para los robots androides, se vuelve
más eficaz con el organoide. Usándolo, el robot aprendió a agarrar objetos y
evitar obstáculos. En la foto podemos observar el minicerebro, y el fluido que lo
alimenta en el recipiente inferior. Por la parte superior se aprecia el enlace
entre las neuronas y el circuito eléctrico convencional.
Un organoide no es un cerebro, sino la emulación de uno. Son una de las
revoluciones recientes de la biotecnología, y es lo más parecido a generar un
órgano interno humano en laboratorio. Fueron desarrollados para realizar
investigaciones biomédicas en laboratorio sobre un tejido prácticamente igual al
original, sin la limitación del consentimiento ético o el sufrimiento de los
pacientes humanos. Aunque los primeros se lograron en 2006, ha sido en el
período que transcurre entre los años 2013 a 2020 cuando se ha conseguido
por fin emular cerebros, hígados, páncreas, pulmones, riñones y próstatas,
entre otros. Este avance en un desarrollo pensado originalmente para la
medicina ha permitido que los bioinformáticos puedan conectar el tejido
neuronal a un chip de ordenador. Además los organoides pueden ser creados
de formas distintas, en los ejemplos citados tenemos los chips cerebrales de
Neuroplatform, cultivados a base de neuronas humanas comercializadas; y el
organoide chino, que fue cultivado a partir de células madre, modificadas para
convertirse en neuronas.
Las posibilidades de desarrollo de esta tecnología son tantas que mientras
preparaba esta entrega se presentó en la Universidad de Tokyo el primer tejido
facial humano vivo, que conectado a una malla robótica es capaz de sonreír. Ya
conocíamos híbridos de máquina y tejido biológico, pero es la primera vez que
este incluye ligamentos, y por tanto que puede hacer muecas similares a las de
nuestro rostro. Según Shoji Takeuchi, director de la investigación, el objetivo
de su trabajo es conseguir rostros de tejido vivo para los robots androides, a fin
de que los sintamos tan cercanos a nosotros como una persona real. No
imagino un desarrollo tecnológico y científico que se haya aproximado más a
una ficción, la de la saga Terminator, cuando Arnold
Schwarzenegger reparaba la piel de su rostro y su ojo ante el espejo. Y en
realidad ese es el objetivo de la biotecnología informática, implantar algo
parecido a un cerebro humano en una máquina.
Si le has dado al play, habrás comprobado que el resultado es tan pesadillesco
como prehistórico. Terminator y Matrix aún están muy lejos en el futuro.
Objetivamente, estamos solo en los inicios de un avance tecnológico que
pretende sumar la inteligencia artificial, la robótica y la biotecnología para crear
al robot tal como llevamos imaginándolo, gracias a la ficción, desde los años
veinte. Tanto el ordenador como el robot descrito son tímidos pasos en
el wetware que están muy lejos de acercarse a la capacidad
del software convencional. Pero como en cualquiera de los avances que hemos
visto en las últimas décadas, hay un punto de inflexión al cabo del cual todo va
muy rápido. Pasó con internet, ha pasado con la IA, y podría pasar antes de lo
que imaginamos con los robots y ordenadores híbridos.