El método PES (Planificación estratégica situacional).
Franco Huertas, entrevista a Carlos Matus (fragmento)
¿La planificación es útil? Parece algo del pasado, un concepto que ya no tiene
vigencia. Treinta años atrás surgieron las actuales oficinas de planificación y sólo
algunas de ellas sobreviven haciendo planes que pocos valoran. El más conocido
de los expertos en planificación de América Latina opina de una manera
completamente distinta.
Profesor, los gobiernos los partidos políticos y la planificación están en
desuso. Usted, contra la corriente, insiste con la planificación en un mundo
donde los políticos no quieren oir de ella, las oficinas de planificación que
sobreviven permanecen ancladas en los años 50 apegadas al desarrollo de
la planificación del desarrollo económico tradicional y nuestros presidentes
oscilan entre el barbarismo político del pasado y el barbarismo
tecnocrático de moda. ¿Por qué ocurre esto? ¿Dónde radica la confusión?
¿Quién está confuso, usted, los políticos o las oficinas de planificación?
Creo que en su cuadro faltan actores. Aquí estamos en una universidad, y las
universidades forman parte de esta confusión. Tampoco podemos dejar fuera a los
organismos de cooperación técnica internacional que, en este campo, también
muestran un atraso lamentable. Concuerdo. Hay una gran confusión, pero ella no
está en mi cabeza. He trabajado mucho en el tema, más que nadie en América
Latina, y leo mucho de lo que se investiga en el exterior. Estoy convencido que
encabezo una posición que se sitúa en las fronteras del conocimiento sobre las
ciencias y técnicas de gobierno. Lamentablemente no es una confusión sobre un
tema banal. Por el contrario, sin exageración, creo que en varios países del mundo
la democracia está en peligro por su ineficacia para mostrar resultados y a ese
principio de fracaso no es ajena la confusión sobre la planificación. En algunos de
nuestros países sólo un 30% de la población inscripta vota en las elecciones. Los
partidos políticos parecen clubes electorales. No saben que no saben gobernar. Y
nuestros Presidentes, rodeados de especialistas y con el soporte de oficinas de
planificación muy anticuadas cometen errores infantiles y carecen de las
herramientas de gobierno potentes para identificar y procesar los grandes
problemas. Nuestros sistemas de Alta Dirección son muy ineficientes. La salida es
obvia: cambiar el estilo de hacer política, cambiar nuestros sistemas de alta
dirección y reformar radicalmente nuestros sistemas de planificación. Pero, antes
hay que salir de la confusión. En ella juegan un rol muy importante nuestras
universidades y los organismos internacionales. Ambos tienen en este campo
entre 30 a 40 arios de atraso intelectual. Este es un tema complejo y me limitaré a
exponer mis puntos de vista en relación a una de las varias herramientas de alta
dirección estratégica que deberían conocer los políticos y los técnicos: la
planificación estratégica pública.
¿Qué es planificación? ¿Por qué es tan importante para usted?
Planificar significa pensar antes de actuar, pensar con método, de manera
sistemática; explicar posibilidades y analizar sus ventajas y desventajas,
proponerse objetivos, proyectarse hacia el futuro, porque lo que puede o no
ocurrir mañana decide si mis acciones de hoy son eficaces o ineficaces. La
planificación es la herramienta para pensar y crear el futuro. Aporta la visión que
traspasa la curva del camino y limita con la tierra virgen aun no transitada y
conquistada por el hombre, y con esa vista larga da soporte a las decisiones de
cada día, con los pies en el presente y el ojo en el futuro. Se trata, por consiguiente
de una herramienta vital. O sabemos planificar o estamos obligados a la
improvisación. Es la mano visible que explora posibilidades donde la mano
invisible es incompetente o no existe. Pero, sobre Ia planificación hay una
confusión costosa y terrible.
Pero, el neoliberalismo nos dice que la planificación no sólo es imposible
sino innecesaria si el mercado funciona bien. ¿Cuál es su comentario sobre
esta afirmación?
Es una afirmación muy superficial y expresa una confusión tan grande como
extendida. Es una confusión doble. Primero, asume que la planificación se refiere
sólo a lo económico y compite con el mercado, y segundo, supone que en los otros
procesos fundamentales de gobierno, tales como el político, las relaciones
internacionales de poder, la seguridad nacional, el desarrollo de la ciencia y la
tecnología, la competitividad económica, el equilibrio ecológico y muchos otros,
existen mecanismos automático y eficientes de regulación que hacen innecesaria
la planificación o deben ser dejados a la improvisación. Ambos supuestos son
falsos, para mí y también para cualquier neoliberal ilustrado. En relación al primer
supuesto puedo asegurar que hoy ningún economista de prestigio sostiene que el
mercado regula bien todo el proceso económico y menos aún, los aspectos
sociales de dicho proceso. El mercado es de vista corta, no resuelve bien los
problemas de mediano y largo plazo; es ciego al costo ecológico de los procesos
económicos, es sordo a las necesidades de los individuos y sólo reconoce las
demandas respaldadas con dinero, el hambre sin ingresos no vale, es deficiente
para dar cuenta de las llamadas economías externas, es decir cuando hay costos
o beneficios indirectos, es incapaz de lograr el equilibrio macroeconómico, opera
torpemente cuando en el sistema dominan los monopolios, se cierra la entrada a
nuevos competidores y las economías de escala son discontinuas, no puede lidiar
contra la falta de patriotismo, la corrupción y la deshonestidad, distribuye mal el
ingreso nacional y puede hacer más ricos a los ricos a costa de los pobres,
etcétera.
Son numerosos los campos en que el mercado es ineficiente. Así, y con todas sus
limitaciones, el mercado es una maquinaria maravillosa, insustituible, agil y
sensible a los cambios en la oferta y la demanda. Por eso, la planificación /la se
opone al mercado sino que lo complementa y corrige en sus deficiencias más
protuberantes. Naturalmente, asumo que la planificación opera con inteligencia y
tacto, sin desmesura ni torpeza, lo que no ocurre siempre con la planificación
tradicional. Todo esto quiere decir que, aún en el limitado ámbito económico la
planificación es necesaria; yo diría indispensable.
En relación al segundo supuesto, a mi me parece obvia la necesidad de la
planificación. Esta se refiere al cálculo que precede y preside a la acción en
cualquier ámbito del juego social y en todos los otros ámbitos, no existe el
equivalente de la famosa mano invisible del mercado a que aludía Adam Smith. La
política, las relaciones de poder internacional, el poder económico liderado por la
propiedad de la ciencia y la tecnología, la seguridad nacional y la consideración
del ambiente deben ser planificados. El desarrollo económico mismo, como
proceso diacrónico que genera relaciones internacionales de poder, también debe
ser planificado, porque allí la mano invisible opera en el sentido contrario: da
muchas ventajas a los que ya tienen ventajas.
Por consiguiente, la planificación no es otra cosa que el intento del hombre por
gobernar su futuro, por imponer la razón humana sobre las circunstancias. Ningún
mecanismo automático y determinístico resuelve el destino del hombre. Si lo que
digo es correcto, la planificación es válida en cualquier sistema social
democrático. Pero, para comprender esta afirmación debemos tener la capacidad
de distinguir tres modos de planificación: 1) planificar la realidad centrado en el
diseño de las reglas del juego social para afinar esas reglas hasta que el sistema
opere con eficiencia y eficacia, 2) planificar la estrategia del juego mismo, para
anticipar o prever las grandes jugadas marcantes de los resultados futuros, y 3)
planificar en detalle y con intento de precisión cuantitativa cada jugada,
invadiendo el campo de la creatividad de cada jugador.
Yo creo en los dos primeros modos de planificación. El primero exige equipos de
alto nivel constantemente preocupados por mejorar las reglas de juego sin crear
condiciones de inestabilidad e inseguridad; exige también un árbitro que aplique
las reglas imponiendo las sanciones pertinentes. El segundo modo se preocupa
por los posibles desarrollos del juego y requiere formular planes que nos preparen
para ellos, anticipando problemas, oportunidades y amenazas.
Si lo entiendo bien Profesor, usted nos dice que bajo la etiqueta de la
palabra planificación se esconden conceptos muy distintos.
Efectivamente
Creo que todavía subsiste una duda. Usted ha argumentado a favor de la
necesidad de la planificación. Pero, también existen intelectuales de nota
que afirman que la planificación es imposible, que es un sueño cartesiano,
que el futuro es demasiado incierto, que la planificación es del pasado.
¿Cómo defiende usted la posibilidad de la planificación?
El futuro es demasiado incierto, complejo y plagado de sorpresas. Eso es cierto.
Pero no veo como eso se relaciona con la imposibilidad de la planificación, salvo
que se trate de la planificación tradicional y determinística fundamentada en el
cálculo de predicción. Efectivamente yo también he escuchado esas afirmaciones
en boca de gente culta e inteligente y me asombra que caigan en lo mismo que
critican: la rigidez del pensamiento determinístico. Me parece fácil rebatir esa
argumentación, tanto en el plano pragmático como en el teórico.
Primero, examinemos una práctica compleja e incierta: la guerra. Ella está
plagada de incertidumbre y sorpresas, y todavía no he encontrado un militar serio
que declare que la planificación de la guerra es imposible y se declare partidario
de la improvisación. Veamos el caso del Príncipe Andrey, en Guerra y Paz de
Tolstoi. El Príncipe Andrey asume que será atacado por las fuerzas enemigas,
pero no sabe cuándo, a qué hora, ni por cuál flanco, ni con cuánta fuerza.
Entonces razona con escenarios y dice: si el enemigo ataca por el flanco
izquierdo, yo me preparo con el plan A; pero si el enemigo ataca por el centro, yo
he dispuesto el plan B. El estratega no intenta predecir lo que hará el oponente,
sólo trata de enumerar posibilidades a fin de prepararse para enfrentarlas. Este es
un caso típico en que la planificación no descansa en la capacidad de predicción,
sino de previsión.
Segundo, la planificación es un cálculo que precede y preside la acción para crear
el futuro, no para predecirlo. ¿Y cómo se hace eso? ¿Por inspiración, tradición,
olfato, simple intuición, sin método alguno? ¿Basta con el sentido común? Como
sostiene el PES, el futuro es y será siempre desconocido para nosotros y la
planificación moderna no se refiere a adivinarlo ni predecirlo, sino a prepararse
para intentar crearlo con imaginación en base a las posibilidades futuras que
somos capaces de imaginar y descubrir. Y, en la misma medida que actuamos con
convicción y eficacia, no sólo creamos algo del futuro, sino que somos capaces de
hacer una previsión más acertada de sus posibilidades. Si todos actuamos como si
algo fuera a ocurrir, ese algo ocurre. Es algo similar a la profecía autocumplida. Y
esto es posible porque el plan es una apuesta estratégica, no es una apuesta de
azar. Esto quiere decir que quien planifica influye sobre los resultados futuros,
aunque no controla totalmente los resultados de su acción. Se requieren
herramientas potentes para lidiar con la incerteza, prever posibilidades,
describirlas y anticipar respuestas. Eso es planificación. La planificación se
refiere a hacer caminos para transitar hacia al futuro, no a predecir el futuro.
Tercero, la planificación moderna es capaz de lidiar con las sorpresas, es decir el
extremo de la incertidumbre. En general, lo que nos sorprende de las sorpresas no
es siempre su novedad, ya que éstas son muy repetitivas (terremotos, erupción de
volcanes, avalanchas, inundaciones, sequías, secuestros, asesinatos,
emergencias políticas, etcétera), sino su oportunidad, intensidad, particularidad y
posibles efectos. En su momento podemos hablar de las modernas técnicas de
planes de contingencia para lidiar con las sorpresas. Y, en los casos de las
sorpresas inimaginables, aún nos queda, aunque con menos efectividad, el
recurso siguiente.
Cuarto, aun si la capacidad de previsión es baja, de todas maneras podemos
planificar la manera de reaccionar con velocidad ante lo imprevisto, y esta
reacción no puede ser improvisada. Suponga el caso del cuerpo de bomberos de
esta ciudad, ¿cómo planifica la manera de enfrentar los incendios? Su capacidad
de predicción y previsión es prácticamente nula, pero no por ello el cuerpo de
bomberos improvisa, renuncia a la planificación o apela al simple sentido comÍlIl.
En realidad, si improvisara, no llegaría a tiempo para apagar ningún incendio.
Exactamente planifica la manera de reaccionar con alta velocidad en caso de
incendio y para ello requiere de planes, entrenamiento, ensayos y un muy buen
sistema de alarmas para detectar los incendios en tiempo real, sin atraso. Esta
capacidad de reacción veloz es también capacidad de corrección del cálculo
sobre el futuro.
Quinto, aún si reaccionamos tardíamente ante los hechos imprevistos, no
debemos aceptar pagar el costo de los errores varias veces, basta con una sola
vez. Pero para ello debemos aprender de los errores. Ahora bien, ¿Se aprende de
los errores simplemente cometiéndolos? La respuesta es negativa, también se
requieren métodos para aprender de los errores. Lo que el PES llama análisis de
confiabilidad de un plan, como examen previo a la realización del mismo para
descubrir sus posibles, errores, ex-post es un buen método para aprender de los
errores y no volverlos a cometer, a lo menos de manera similar.
Sexto, si la planificación fuera imposible, veamos que ocurre con sus posibles
sustitutos. La improvisación es completamente deficiente, y lo mismo vale para la
simple experiencia, la intuición y el sentido común. El puro arte no hasta. No
desconozco su valor, sólo afirmo que la improvisación, la intuición, la experiencia
y el arte valen según el capital intelectual con que se hacen. En todo caso son un
complemento y no un sustituto de la planificación. Las llamadas políticas públicas
se satisfacen en enfoques parciales que no reemplazan a la planificación. Por
consiguiente, no veo sustitutos de valor capaces de dar buen soporte para la toma
de decisiones. Pero, lo más decisivo, es que esos sustitutos menos efectivos
tropiezan con el mismo tipo de incertidumbre y nebulosidad del futuro que debe
enfrentar la planificación. No veo, entonces que podamos prescindir de la
planificación y tampoco veo las razones para declararla obsoleta o imposible.
Creo, finalmente, que el problema no es otro que la ya comentada confusión sobre
la planificación. Los que la declaran imposible u obsoleta sólo conocen la
planificación tradicional determinística o la mala planificación estratégica
corporativa,
Este mal entendido sobre la planificación no es intranscendente. Por ejemplo en
mi país, la planificación ha prácticamente desaparecido, El Ministerio de
Planificación -primer error, un equipo de estado mayor transformado en
Ministerio-- se dedica a la cooperación técnica, al enfrentamiento de la pobreza
crítica y al manejo de un Banco de Proyectos de Inversión. La razón de ello reside
en que mi país fue invadido por una epidemia de pragmatismo y sin mayor análisis
se declaró impracticable la planificación. Todo esto debilita el soporte a la toma de
decisiones y facilita la comisión de errores.