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Este documento está autorizado para utilizarse en el Programa de Gestión Directiva Aplicada en Salud * AMGEN Barranquilla, 2017

0-490-046
DP-82

UN BRILLANTE CIRUJANO

Al acabar sus estudios de medicina, Pedro Alvarez tenía claro lo que deseaba hacer.
Atrás quedaban, definitivamente olvidados, los ensueños de los primeros años de su carrera.
En su lugar, un más adecuado conocimiento de la realidad detenninaba nuevos deseos y
nuevos planteamientos para la vida profesional que ahora iniciaba.

Quería triunfar en su flamante profesión. Quería sentirse importante y respetado en


el sofisticado mundo de la medicina que había conocido y aprendido a valorar durante los
afios de su paso por la facultad y el hospital, y sabía el medio de lograrlo.

Su notable inteligencia y su tenacidad, que ya Je habían permitido lograr un brillante


expediente académico, le sirvieron también para acceder, en la primera convocatoria, a una
plaza de residente de cirugía en uno de los más prestigiosos hospitales del país.

Pedro se dedicó, intensamente, a fonnarse como cirujano. Estudió y trabajó con


ahínco, sin regatear esfuerzos, con la vista puesta siempre en sus deseos.

Hizo guardias, pasó consulta _operó dedicó horas y horas a la lectura de los
mejores texto y revista y no dejó de buscar y aprovechar oportunidad alguna de estar allí
donde se innovara, donde se hiciera investigación, donde estuvieran los más cualificados.

Pronto destacó, por todo ello, y comenzó a ser considerado un profesional valioso y
de gran futuro, encomendándosele cada vez tareas más importantes.

Al acabar su período de residencia, Pedro había logrado plenamente los objetivos


que se había propuesto en dicha etapa: competencia, reconocimiento y la satisfacción
personal de no haberse esforzado intensamente en vano, de haber acertado.

Caso de Ja Escuela Nacional de Sanidad.


Preparado por el Dr. Luis García Llata, con la colaboración del profesor Sandalio Gómez, del IESE, como base de
discusión y no como ilustración de la gestión, adecuada o inadecuada, de una situación detenninada. Junio de 1990.

Copyright © 1990, IESE.


Prohibida la reproducción, total o parcial, sin autorización escrita del IESE.
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Durante el último año de formación había contraído matrimonio con Ana Garrido,
hija mayor del jefe del departamento de cirugía, y su vida familiar era feliz.

A Pedro no le resultó difícil obtener una plaza de adjunto en el mismo hospital en


que había completado su residencia. Le animó a optar a ello tanto el haberse hecho ya en él
un hueco, con un status muy considerado, como sus nuevas circunstancias familiares.

Era una época en la que no existía la gran competitividad, derivada de la plétora de


médicos, que ha caracterizado el mercado español desde mediados de la década de los
setenta, y a nadie le pareció extraño que le fuera adjudicada la plaza.

Los años que siguieron fueron de intensa actividad y de particular satisfacción, en


todos los órdenes, para Pedro. Nacieron sus dos primeros hijos (Pedro y Arantxa), instaló su
hogar en un nuevo y espacioso piso y, aunque no se consideraba a sí mismo rico con el
sueldo que cobraba, su economía doméstica no era para él fuente de ningún problema, a
pesar de las ocasionales, pero no excesivamente vehementes, quejas de su esposa.

En el hospital trabajó duro. Además de a las tareas estríctamente clínico­


asistenciales, orientó sus esfuerzos, con entusiasmo, a las docentes y de investigación.

En este último campo se sentía especialmente a gusto. En particular le interesaba


cuanto se relacionara con la cirugía hepática y pancreática, y logró poner en marcha un
quirófano de experimentación en el queJ al frente de un pequeño grupo de profesionales
jóvenes y entusiastas, comenzó a investigar sobre estos temas.

Resultado de este trabajo fueron artículos publicados en revistas especializadas,


comunicaciones y ponencias en congresos, y el inicio de una buena reputación en el mundo
de la cirugía nacional.

Seis años después de obtener la plaza en el hospital, Pedro era jefe de servicio, se
había integrado a la docencia en la facultad de medicina y había leído su tesis doctoral sobre
transplantes de páncreas, obteniendo la más alta calificación.

Además, en tomo al quirófano de experimentación, del que era el alma, había


venido trabajando, muy satisfactoriamente, un número considerable de residentes,
estudiantes y algunos compañeros del hospital.

Su vida familiar transcurría, superadas algunas desavenencias de poca importancia,


sin problemas. Esperaba su tercer hijo y había aceptado la idea de cambiar de casa, yendo a
ocupar un pequeño chalé en las afueras.

Una fuente frecuente de disputas con su esposa, Ana, tenía su origen en el reproche
que ésta le solía hacer de preocuparse en exceso por su trabajo y poco por disponer de
tiempo para la casa y procurarse y procurar a la familia unos ingresos económicos más
acordes a su dedicación y a sus méritos.

A veces Ana le decía que no sabía hacerse respetar, y no perdía la oportunidad de


recordarle los casos de otros compañeros que, con menor cualificación y prestigio, habían
sabido encontrar métodos para obtener unos ingresos y llevar un nivel de vida muy
superiores a los suyos.
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Particularmente le insistía, apoyándose para ello en el criterio favorable de su padre,


que así lo había hecho muchos años atrás, en que abriera una consulta particular y
compatibilizara su trabajo en el hospital con la práctica privada.

Hasta entonces, sin embargo, Pedro no había considerado seriamente esta


posibilidad. Se sentía satisfecho con su trabajo y creía que la dedicación que exigía una
consulta de este tipo era incompatible con lo que venía haciendo.

No obstante, al preguntarse últimamente respecto a su futuro profesional, por


primera vez había sentido una sombra de incertidumbre y vacío.

Intuía que le iba a ser costoso mantener la ilusión y el entusiasmo que había tenido
hasta entonces, estimulado por el reto de lograr las metas que deseaba y que, aunque
difíciles, sabía posibles.

Le parecía que empezaba a estar un poco cansado.

En el hospital era poco probable que pudiera promocionarse jerárquicamente mucho


más a partir de los presupuestos meramente profesionales en que siempre se había movido y
que eran, en definitiva, los que le interesaban.

Por lo demás, la docencia y, sobre todo, la investigación, aunque le habían atraído y


le atraían mucho no lo hacían tanto como para .llevarle a plantearse dejar la clínica para
iniciar, a sus 37 años, una nueva ruta y una nueva aventura profesional.

Frecuentemente le venían a la mente las razones de Ana y se preguntaba, alguna vez,


si no tendría razón. Sobre todo desde que le habían hecho una oferta, económicamente muy
tentadora, para trabajar, encargándose de la cirugía, en un sanatorio privado de la ciudad.

Pedro no había tenido nunca dificultades para lograr los medios que el quirófano
experimental necesitaba. Aunque quienes trabajaban en él lo hacían voluntaria y
desinteresadamente, tanto los locales que ocupaban como el material que usaban eran del
hospital.

Los locales eran parte de un antiguo pabellón quirúrgico que había quedado fuera de
uso como tal en 1960, al inaugurarse un nuevo bloque de 7 plantas, al que se trasladó
íntegramente el departamento de cirugía. El pabellón venía dedicándose, desde entonces, a
almacenes, locales sindicales y despachos de trabajadores sociales, quedando aún bastantes
espacios sin utilización.

El aparataje instrumental, medicación y material desechable que usaban se pedía


desde y para el departamento de cirugía. Así se había dotado al quirófano de unos recursos
materiales adecuados a su finalidad, algunos costosos y específicamente adquiridos al efecto.
El necesario apoyo de servicios como mantenimiento, limpieza o secretaría, se obtenía del
personal del hospital, en el marco de su trabajo rutinario.

A finales de 1982 cambió el director del hospital. El hecho, aunque esperado,


provocó no poco revuelo en la plantilla y, durante algunos días, más allá, incluso, del estricto
ámbito de la institución.

Pedro escuchó los rumores que profusamente circulaban sobre el nuevo director.
Rumores en relación a su afiliación política, a la misión que traía de poner al descubierto y
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reprimir con severidad las presuntas irregularidades que se daban en el centro, a sus
propósitos de dureza y medidas disciplinarias, a su intención de acabar con los privilegios y
comportamientos de dudosa ética de mucha gente -comenzando por los jefes de
departamento-, a las consignas extraprofesionales que se le habían dato, etc.
A Pedro nunca le había interesado mucho la política. Se consideraba a sí mismo un
moderado. En sus años universitarios se había concentrado en el estudio y únicamente una
vez participó en una manifestación, en la que se libró de recibir golpe alguno. En las
últimas elecciones había votado al Partido Socialista porque había creído que era el único
que ofrecía algo esperanzador; pero dudó, hasta el último momento, en ir a votar.

Los rumores no le interesaron demasiado. Llegó a comentar, incluso, cuando


algunas personas de confianza le preguntaron qué pensaba sobre el cambio, que al hospital le
vendría bien una buena dosis de exigencia y moralización.
«Tengo que hablar contigo», le dijo su suegro, por la mañana, cuando le vio.

Habían pasado casi 3 meses desde la llegada del nuevo director. Poco después de
ésta comenzó a haber cambios en casi todos los puestos importantes de mando. Excepto en
un par de casos, vino gente de fuera a ocuparlos.
Pedro sabía que las últimas semanas el doctor Garrido, como jefe de departamento,
había asistido a numerosas reuniones con los nuevos directores. Le había notado preocupado,
aunque no había hecho ningún comentario.
Hablaron antes de la junta del departamento.

«La nueva dirección quiere que aumentemos el rendimiento asistencial. Cree


que en la actualidad es muy bajo y que ésta es la causa principal de que existan
listas de espera en nuestra especialidad y protestas de la gente.»

Pedro no dijo nada.


«Me han planteado como objetivos aumentar un 15% el número de
intervenciones, reducir la estancia media en un día y medio y poner en marcha un
programa que reduzca, en el plazo de 6 meses, a 30 días la lista de espera para
operaciones de determinadas patologías no graves pero invalidantes.»
«¿Y de qué medios nos van a dotar?» -preguntó Pedro-.
«De ninguno. Al menos por ahora. Es más, piensan que nos sobra personal
-médicos en concreto- y que lo que debemos hacer es organizamos mejor.»

Se hizo una pausa.


«Hombre. Yo creo que esforzándonos un poco podemos lograr sacar adelante
algo más trabajo del que venimos haciendo. La verdad es que en el departamento
hay cosas que pueden y deben mejorar», -dijo, por fin, Pedro-. «Si a la gente se la
aprieta un poco, sobre todo a determinada gente que todos conocemos, los
resultados mejorarán sin duda. Sin embargo, las cifras que nos piden me parecen
exageradas: imposibles de lograr ni siquiera en el mejor de los casos.»

«Pues hay que lograrlas. Me han insistido en que hay que hacerlo.»
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Pedro miró fijamente el rostro serio de su suegro. Le pareció cansado y preocupado.

«Sinceramente creo que eso no es posible. A no ser que dejemos todo lo que
estamos haciendo y nos dediquemos únicamente a quitar hernias y varices ...»

«Me parece que vamos a tener por lo menos que planteárnoslo», -contestó
pausadamente el doctor Garrido-.

«¿Qué quieres decir?»

«Que me temo que no va a quedar más remedio que dedicar menos tiempo a
la biblioteca, a la preparación de las clases y las sesiones, a los congresos y a los
casos interesantes, y echarlo, precisamente, en las consultas y en las varices.»

«¡Pero eso es una tontería! Es quitar cualquier interés al trabajo. Acabar


convirtiéndonos en profesionales de pésima calidad. Metemos en una cadena de
montaje...»

«Hay algo más: se trata del quirófano experimental.»

«¿Qué pasa con él?» -dijo Pedro desconcertado-.

«Me han dado a entender que podemos estar metidos en un buen lío. No hay
ningún papel, nada, que autorice su existencia y funcionamiento. Se ha gastado en
él bastante dinero y abundante material y trabajo de gente del hospital. No sé quién
les ha dado la información, pero creo que estaban convencidos de que hay en el
quirófano algo fraudulento o, en el mejor de los casos, que responde exclusivamente
a intereses particulares... aprovechando el hospital.»

Pedro sintió que la sangre le encendía las mejillas.

«Pe, pero...»

«No. No te preocupes. No va a pasar nada. Les he explicado la realidad y me


parece que les he convencido de que no es como pensaban. En cualquier caso, no
habrá ninguna medida disciplinaria.»

«¿Pero pensaban sancionarme?»

«Exactamente pensaban abrir una investigación.»

«¡Pues que la abran!» -gritó Pedro fuera de sí-. «¡Esta sí que es buena: un
montón de años trabajando como un negro para la Seguridad Social, y de buenas a
primeras te recompensan con un expediente por chorizo...!»

«Mira, es preferible que no se haga nada. En eso tienen razón. Nunca nos
hemos preocupado por la burocracia y los papeles. Y todo ello nos podría traer
ahora problemas difíciles de resolver... Lo que sí les he dicho es que el quirófano
iba a desaparecer.»

Pedro intentó ser recibido por el director, pero su secretaria le dijo que no podía
atenderle y que expusiese su problema al subdirector.
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La entrevista con éste, que comenzó, tal vez por el nerviosismo de Pedro, con un
notable contenido de tensión, acabó finalmente con mayor cordiabilidad, aunque no resolvió
en la práctica mucho.

El subdirector, un hombre joven llegado apenas unas semana antes ju tificó la


medidas en base a la necesidad de poner orden en el hospital. Dijo que la situación que habían
encontrado era caótica, cada cual haciendo lo que más le apetecía y en algunos ca os, enfatizó
transgrediendo normas éticas fundamentales, mientras los rendimientos eran baji imos.

Tras las explicaciones de Pedro reconoció que era posible que, sin quererlo, pagasen
alguna vez justos por pecadores.

Le indicó que en los próximos meses querían definir, tras un cuidadoso estudio, las
líneas de investigación que el hospital, oficialmente, debía asumir. Que el departamento le
podía proponer como miembro de la comisión que iba a encargarse de trabajar sobre este
tema. Que podía en todo caso hacer cuantas propuestas quisiera. Y que el quirófano que
habían montado debía er desmantelado, inventariándose su contenido y haciéndose cargo
del mismo la ad.mini tración del centro, ya que, además, el pabellón en que se encontraba iba
a ser adaptado como unidad de hospitalización.

Pedro quedó muy afectado por todo aquello. No lograba entender qué modelo de
trabajo era el que se quería de ellos. En cualquier caso, no sentía atractivo ni interés alguno
por el que pensaba que le era impuesto.

En el departamento los ánimos estaban revueltos y las críticas y quejas eran


constantes. El ambiente resultaba poco grato. Pedro procuraba mantenerse al margen.

Al plantearse de nuevo si merecía la pena lo que estaba hacíendo, por vez primera
se encontró cansado y sin ánimo.

Transcurridos 6 meses, aún no se habían definido las líneas de investigación


prioritarias para el hospital.

Pedro había enviado al subdirector un detallado escrito con propuestas en la línea de


lo que había venido haciendo en el cerrado quirófano de experimentación.

Había acudido, representando al departamento, a las 2 únicas reuniones que la
nueva comisión de investigación del hospital mantuvo tras su creación. Hacía 4 meses, sin
embargo que no se convocaba.

Las obras de adaptación del pabellón donde se encontraba el quirófano de


experimentación no habían comenzado.

Fue noticia de interés, en la prensa especializada, la concesión a Pedro del premio a


la mejor labor investigadora del año de la revista «Novedades Médico Quirúrgicas», por sus
estudios sobre transplante de páncreas. D

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