Portavoz de
la Gracia Número 53
La conciencia
“Y por esto procuro tener siempre una
conciencia sin ofensa ante Dios
y ante los hombres”.
Hechos 24:16
Nuestro propósito
“Humillar el orgullo del hombre, exaltar la gracia
de Dios en la salvación y promover santidad
verdadera en el corazón y la vida”.
Portavoz de la Gracia
53
La conciencia
Contenido
Carta pastoral .................................................................................. 1
Jeff Pollard
Nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo ................................ 3
Arthur W. Pink (1886-1952)
La naturaleza de la conciencia ........................................................ 8
Richard Sibbes (1577-1635)
Los deberes de la conciencia......................................................... 14
William Perkins (1558-1602)
Todos tenemos una conciencia ..................................................... 19
William Fenner (1600-1640)
Una conciencia corrupta ............................................................... 23
Arthur W. Pink (1886-1952)
Una conciencia cargada por el pecado .......................................... 28
John Flavel (c. 1630-1691)
Ministros y conciencias................................................................. 34
William Fenner (1600-1640)
Una conciencia condenada ............................................................ 37
John Flavel (c. 1630-1691)
Una buena conciencia ................................................................... 42
Arthur W. Pink (1886-1952)
Una conciencia en paz .................................................................. 47
J. C. Ryle (1816-1900)
Un poco de religión por el bien de la conciencia .......................... 51
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
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CARTA PASTORAL
Queridos hermanos,
E
DMUND Calamy (1600-1666) dijo: “En estos días sin conciencia... la
mayoría de la gente peca descuidadamente contra la conciencia. Al-
gunos han pecado tanto contra la conciencia por tanto tiempo que
han perdido toda conciencia de pecado”. Calamy estaba predicando a per-
sonas del siglo XVII. Pero su mensaje se lee como una ardiente visión pro-
fética de la corrupción moral y la perversión de nuestros días. Y con sus pa-
labras, debemos tener presente que “es tiempo de que el juicio comience por
la casa de Dios; y si primero comienza por nosotros, ¿cuál será el fin de aque-
llos que no obedecen al evangelio de Dios?” (1 P. 4:17). La lista de cosas que
se hacen “sin conciencia” es larga y condenatoria; así que, empecemos por
la casa de Dios. Pocos pastores tienen una conciencia cargada con la infali-
ble palabra de Dios, un corazón cargado con la presencia y el poder del Es-
píritu, una boca llena, tanto con la bondad como con la severidad de Dios,
el consuelo y el castigo de Dios, la gracia y la ley de Dios. ¡Sin conciencia!
Pocos son conducidos por el amor a Cristo tal como Él es, el hambre de san-
tidad para sí mismos o para el pueblo de Cristo, la agonía por las almas per-
didas que, seguramente, yacerán en las llamas del infierno sin Cristo. ¡Sin
conciencia! El número de predicadores famosos [“celebridades”], predicadores
y oficiales de iglesia adúlteros, líderes adictos a la pornografía, líderes y
miembros pedófilos, aumenta cada día. ¡Sin conciencia! Los miembros de la
iglesia manifiestan un mayor amor por el mundo; por sus vientres; por sus
comodidades; por su adoración a Disney, a sus ídolos de Hollywood, los de-
portes y la música, que por el crucificado y resucitado Señor de la gloria,
Jesucristo. ¡Sin conciencia! Hay poca o ninguna hambre por la palabra de
Dios, una vida de vibrante oración, la búsqueda de la santidad, el conoci-
miento de la doctrina bíblica básica o el amor por la adoración bíblica. ¡Sin
conciencia! El gobierno corrupto, los medios de comunicación mentirosos, la
ideología marxista, la tiranía médica, la perversión sexual de todo tipo con-
cebible en todas las instituciones de nuestra nación, desfilan con descaro y
desvergüenza. ¡Sin conciencia! Nuestra nación y nuestras iglesias parecen ha-
ber perdido toda conciencia de pecado.
¿Dónde, dónde están las conciencias del pueblo de Dios en nuestra
época sin conciencia? Pero amigo, tú tienes una conciencia. Dios te la dio.
Aunque está corrompida por tu sucio pecado, oscurecida por sentimientos
confusos y desorientada por falsa información. Nuestras conciencias nece-
sitan la sangre purificadora de Cristo, la iluminación del Espíritu Santo y
la infalible instrucción de las Escrituras. Nuestra cultura y sus institucio-
nes nunca funcionarán como Dios manda sin esos vitales remedios.
2 Portavoz de la Gracia • Número 53
Por esta razón, ofrecemos el Portavoz de la Gracia: La conciencia. Ora-
mos con todo nuestro corazón y alma para que el Espíritu de Dios lo use
para el bien eterno de todos los que lo lean. Arthur Pink introduce este
vital tema, definiendo la conciencia y describiéndola como nuestro me-
jor amigo o nuestro peor enemigo. Richard Sibbes explica, maravillosa-
mente, la naturaleza de la conciencia y por qué Dios nos la ha dado. Wi-
lliam Perkins enumera, útilmente, los deberes de la conciencia como dar
testimonio y juzgar. A continuación, William Fenner demuestra que to-
dos tenemos una conciencia y da otras razones por las que Dios nos la
dio. En un segundo artículo, Arthur Pink nos ayuda a comprender que
nuestra conciencia ha sido corrompida por el pecado, que sólo es capaz
de funcionar según la luz que tiene y que sus operaciones son defectuo-
sas. John Flavel nos adentra, profundamente, en la conciencia cargada
por el pecado y ¡qué viaje! Él escribe sobre el agobiante sentido del pe-
cado, los recuerdos de nuestro pecado y la condenación de la conciencia.
En su segundo artículo, William Fenner nos informa que los ministros
deben conocer el estado espiritual de sus rebaños para ministrar, correc-
tamente, la Palabra a la conciencia del pueblo de Dios. De nuevo, John
Flavel revela la miseria de una conciencia en el infierno —una concien-
cia condenada—. Sí amigos, las conciencias seguirán a los perdidos al
infierno. Misericordiosamente, en su tercer artículo, Pink nos lleva al
reconfortante reino de una buena conciencia: ¿cómo la obtenemos?,
¿cuáles son sus características y cómo la mantenemos? J. C. Ryle nos dice
que nada en nuestra guerra evangélica contra el pecado es más adecuado
para calmar, aliviar y reconfortar una conciencia enfurecida que la jus-
tificación por la sola gracia, mediante la sola fe en sólo Cristo. Por último,
Charles Spurgeon advierte contra el uso de prácticas externas y un poco
de religión para calmar nuestra conciencia: Eso puede ser eternamente
mortal. Como siempre, el gozo de la salvación y el paraíso terrenal de
una conciencia tranquila, sólo se encuentran en la obra consumada de
Cristo y en el poder regenerador del Espíritu Santo.
Oh precioso lector, “acerquémonos con corazón sincero, en plena
certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia y lava-
dos los cuerpos con agua pura. Mantengamos firme, sin fluctuar, la pro-
fesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió” (He. 10:22-
23) y con el corazón ardiendo de amor por Cristo, sigamos el ejemplo de
Pablo: “Por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante
Dios y ante los hombres” (Hch. 24:16).
Un tizón escapado del fuego,
Jeff Pollard
NUESTRO MEJOR AMIGO O
NUESTRO PEOR ENEMIGO
Arthur W. Pink (1886-1952)
“Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia,
deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).
L
conciencia es la facultad del alma que nos permite percibir la
A
conducta en relación con lo correcto y lo incorrecto, el principio
interno que decide sobre la legalidad o ilegalidad de nuestros de-
seos y acciones1. La conciencia ha sido, bien llamada, el sentido moral
porque corresponde a aquellas facultades físicas por las que tenemos co-
municación con el mundo exterior, a saber, los cinco sentidos de la vista,
el oído, el tacto, el gusto y el olfato. El hombre tiene un instinto ético,
una facultad o sensibilidad moral que le informa y le genera impresio-
nes. “Es mucho más elevada en escala y más aguda en sus percepciones
1
Nota del editor – Teólogos y comentaristas han definido la conciencia de numerosas maneras
a lo largo de la historia de la Iglesia. Por ejemplo: “La conciencia es una parte del entendi-
miento en todas las criaturas razonables, que determina sus acciones particulares, ya sea a
favor de ellas o en contra de ellas” (William Perkins). “El juicio que un hombre tiene de sí
mismo, de acuerdo con el juicio de Dios sobre él” (William Ames). “Es un poder delegado en
el alma del hombre por Dios, que recibe órdenes de Él y de su voluntad y Palabra reveladas,
y acusa o defiende al hombre, según Él lo indique” (James Durham). “¿Qué es la conciencia,
sino el alma misma reflexionando sobre sí misma?” (Richard Sibbes). Beeke y Jones resumen
el punto de vista puritano: “Los puritanos vieron la conciencia como la razón en acción en
asuntos prácticos y morales —es decir, la razón aprobando juicios sobre lo que está bien y lo
que está mal—. Así como los puritanos llamaron a la conciencia, ‘la diputada de Dios y vice-
regente dentro de nosotros’, ‘el espía de Dios en nuestro seno’ y ‘el sargento que Dios empleó
para arrestar al pecador’, no debemos descartar estas ideas como fantasías pintorescas. Re-
presentan un intento serio de hacer justicia a la concepción bíblica y humana de la conciencia
que nuestra experiencia representa: Ver la conciencia como el testigo declarando hechos (Ro.
9:1; 2 Co. 1:12); un mentor prohibiendo el mal y prescribiendo estándares (Hch. 24:16; Ro.
13:5) y un juez contándonos de nuestra mala deserción (1 Jn. 3:20-21). El Nuevo Testamento
confirma esta definición. Por ejemplo, Pablo testifica en Romanos 2:15: “Mostrando la obra
de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendién-
doles sus razonamientos”. En pocas palabras, los puritanos enseñaron que la conciencia fun-
ciona como un sistema nervioso espiritual, el cual usa la culpa para informarnos que algo
está mal y necesita corrección. Fallar en escuchar las advertencias de la conciencia, sólo
puede llevar a que se endurezca o se cauterice la conciencia, lo cual, al final, nos traerá des-
trucción. [Richard] Sibbes comparó la autoridad de la conciencia con un tribunal divino den-
tro del alma humana” (Joel R. Beeke y Mark Jones, Una Teología puritana: Doctrina para la
vida [A Puritan Theology: Doctrine for Life]. Grand Rapids, Reformation Heritage Books,
2012], 912).
4 Portavoz de la Gracia • Número 53
que cualquier mero sentido corporal. Hay un ojo interior que ve la natu-
raleza de lo correcto y lo incorrecto; un oído interior, sensible al más leve
susurro de obligación moral; un tacto interior que siente la presión del
deber y responde a él con simpatía”2.
La conciencia es el principio misterioso que da testimonio en nuestro
interior para bien o para mal. Por lo tanto, es el centro mismo de la res-
ponsabilidad humana porque aumenta en gran medida su condenación,
el que el hombre continúe pecando contra los dictados de este centinela3
interno. La conciencia nos proporciona auto-conocimiento y auto-juicio,
lo que da lugar a la auto-aprobación4 o auto-condenación, según nuestra
medida de luz. Es una parte del entendimiento en todas las criaturas
racionales que juzga todas las acciones, a favor o en contra de ellas. Da
testimonio de nuestros pensamientos, afectos y acciones porque refle-
xiona y sopesa todo lo que se propone a la mente y por medio de ella.
Que da testimonio de las emociones queda claro en: “Mi conciencia me da
testimonio en el Espíritu Santo, que tengo gran tristeza y continuo dolor
en mi corazón” (Ro. 9:1-2). Así también, leemos: “Tampoco apliques tu
corazón a todas las cosas que se hablan, para que no oigas a tu siervo
cuando dice mal de ti; porque tu corazón [conciencia] sabe que tú [inte-
riormente] también dijiste mal de otros muchas veces” (Ec. 7:21-22). El
alma oye su voz en secreto, informándonos sobre lo bueno y lo malo de
las cosas.
Que la conciencia existe en los no regenerados está claro por la decla-
ración de Pablo acerca de los gentiles: “Mostrando la obra de la ley es-
crita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o
defendiéndoles sus razonamientos” (Ro. 2:15). Aunque los paganos
nunca recibieron las Escrituras como Israel, sin embargo, tenían dentro
de sí, aquello que los acusaba o los excusaba. Hay en todo hombre (ex-
cepto en el idiota), aquello que le reprende por sus pecados, sí, por aque-
llos pecados más secretos de los que nadie está al tanto, excepto ellos
mismos. Los hombres malvados tratan de sofocar esas reprimendas in-
ternas, pero rara vez tienen éxito. “Los pecadores se asombraron en Sion,
espanto sobrecogió a los hipócritas” (Is. 33:14). Los hombres no regene-
rados carecen de fe, pero no de temor: “Huye el impío sin que nadie lo
persiga” (Pr. 28:1). Hay dentro del hombre, aquello que horroriza al pe-
cador más valiente, después de cometer cualquier grave maldad: Su pro-
pio corazón lo reprende.
El Creador ha dotado al alma humana de varias facultades, tales como
2
Arthur Tappan Pierson (1837-1911) – Predicador y autor presbiteriano.
3
Centinela – Soldado o guardia cuyo trabajo es estar de pie y vigilar.
4
Auto-aprobación – Auto-consentimiento.
Nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo 5
el entendimiento, los afectos y la voluntad; y también le ha otorgado este
poder de considerar su propio estado y acciones, tanto internas como ex-
ternas, constituyendo la conciencia tanto un vigilante como un juez den-
tro del propio seno del hombre —un vigilante para advertir del deber,
un juez para condenar por la negligencia del mismo—... Es una parte
intrínseca5 de nuestro propio ser. La conciencia anticipa la Gran Asam-
blea6 del Día venidero, pues obliga al hombre a emitir un veredicto sobre
sí mismo, dado que está sujeto al juicio de Dios. Reside en el entendi-
miento como queda claro en 1 Corintios 2:11, donde la conciencia es lla-
mada nuestro “espíritu”.
La presencia de la conciencia en el hombre, proporciona una de las
demostraciones más claras de la existencia de Dios. A este hecho, apela
el Espíritu Santo en Salmos 53: “Dice el necio en su corazón: No hay
Dios” (v. 1). Ahora, ¿cómo prueba que hay un Dios? Así: “Allí se sobre-
saltaron de pavor donde no había miedo” (v. 5). Aunque no había nin-
guna causa externa para el miedo, nadie tratando de hacerles daño, sin
embargo, incluso los que vivían de manera más atea, estaban bajo temor.
Una ilustración se ve en el caso de los hermanos de José, quienes se acu-
saron a sí mismos cuando no había nadie más para acusarlos: “Y decían
el uno al otro: Verdaderamente hemos pecado contra nuestro hermano”
(Gn. 42:21). Aunque un hombre se esconda de todo el mundo, no puede
escapar de sí mismo —su corazón lo perseguirá y lo condenará—. Ahora,
el mismo hecho de que exista un temor tan oculto en el hombre después
de pecar —que su corazón lo castigue por los crímenes cometidos en se-
creto— es una prueba de que existe un Dios.
Este temor se encuentra en los pecadores más obstinados y en aquellos
que, debido a su elevada posición y poder, están exentos de la justicia
humana. La historia registra cómo reyes y emperadores han seguido su
maldad sin interferencia; sin embargo, incluso el infame Calígula7, tem-
bló cuando tronó. No era un temor de que el hombre pudiera descubrir-
los y castigarlos porque, en algunos casos notables, este temor prevaleció
hasta tal punto que el castigo humano habría sido un alivio bienvenido
y, a falta del cual, se vieron obligados a recurrir a la violencia sobre sí
mismos. ¿Cuál puede ser la razón de esto, sino que temían a un Juez y
Vengador que les pediría cuentas? Como el Apóstol dijo a los paganos:
“...Quienes habiendo entendido el juicio de Dios” (Ro. 1:32): Hay un tes-
tigo en sus propias almas de que están sujetos a la justicia de Dios. Nota
la espantosa consternación de Belsasar: “Entonces el rey palideció, y sus
5
Intrínseco – Perteneciente a algo como característica básica y esencial de lo que es.
6
Gran Asamblea – Día del Juicio.
7
Calígula (12-41 d.C.) – Emperador romano, conocido por su tiranía y crueldad.
6 Portavoz de la Gracia • Número 53
pensamientos lo turbaron, y se debilitaron sus lomos, y sus rodillas da-
ban la una contra la otra” (Dn. 5:6).
“No hay nada en el hombre que desafíe más y exija una explicación
adecuada que su sentido moral. La conciencia es un tribunal que siem-
pre está en sesión y es imperativo en su convocatoria. Nadie puede eva-
dirlo o silenciar sus acusaciones. Es un tribunal completo. Tiene un juez
en su banquillo y ese juez no se dejará sobornar para que tome una deci-
sión laxa. Tiene su estrado de testigos y puede traer testigos de todo el
territorio de la vida pasada. Tiene su jurado, listo para dar un veredicto,
‘culpable’ o ‘no culpable’, en estricta conformidad con la evidencia; y
tiene su alguacil, el remordimiento, con su látigo de escorpiones, listo para
azotar al alma convicta. Lo más cercano en este mundo al tribunal8 de
Dios es el estrado de la conciencia. Y aunque por un tiempo esté drogado
en una apatía parcial o embriagado por el placer mundano, llega el mo-
mento en que, en toda la majestad de su autoridad imperial, este tribunal
llama a su estrado a todo transgresor y le pide cuentas estrictas”9.
Pero, aunque la presencia de la conciencia en nosotros da testimonio
de la existencia de un Dios santo, justo, que odia y rechaza el pecado, no
es correcto decir (como han hecho algunos) que la conciencia es la voz
de Dios que habla en el alma; más bien, es aquella facultad que responde
a lo que Él dice. Cuando Cristo declaró: “El que tiene oídos para oír,
oiga” (Mt. 11:15), se refería a aquel que tiene una conciencia en sintonía
con el Altísimo, que desea conocer su voluntad y someterse a su autori-
dad. La conciencia se sienta en el banquillo del corazón como vice-re-
gente10 de Dios, absolviendo o acusando. Así actúa en el hombre natural;
pero en el regenerado, es una conciencia piadosa, guiada en sus opera-
ciones por el Espíritu Santo, dando su testimonio a favor o en contra del
creyente, según su carácter y conducta, hacia Dios y hacia los hombres.
El término actual conciencia, se deriva de scio, “conocer”, y con, “con”.
Hay algunas diferencias de opinión en cuanto a la aplicación precisa del
prefijo, si se trata de un conocimiento que tenemos en común con Dios
o de un conocimiento conforme a su Ley. En realidad, es una distinción
con poca diferencia. El “conocimiento” es de un solo individuo por sí
mismo, pero este “conocimiento con” es cuando, al menos dos, compar-
ten el mismo secreto, cualquiera de ellos lo conoce junto con el otro. La
conciencia, entonces, es esa facultad que une a dos y los asocia en el co-
nocimiento. Esto es entre el hombre y Dios. Dios conoce, perfectamente,
8
Tribunal – Lugar donde los jueces y abogados se sientan para juzgar los casos; en este caso,
ilustrando la silla de juicio de Dios.
9
Pierson.
10
Vice-regente – Persona nombrada para actuar como un diputado administrativo.
Nuestro mejor amigo o nuestro peor enemigo 7
todas las acciones de un hombre, por muy cuidadosamente que las
oculte; y el hombre, por esta facultad, también conoce, junto con Dios,
las mismas cosas de sí mismo. De ahí que leemos de la “conciencia de-
lante de Dios” (1 P. 2:19)... La conciencia es el vice-regente de Dios, que
actúa para Él y bajo Él.
Por tanto, como el propio término implica, la conciencia debe tener
una regla por la que regirse: “Conocimiento junto con”. No es sólo cono-
cimiento, sino conocimiento unido a una norma, según la cual se lleva a
cabo un proceso de juicio interior. Ahora, nuestra única norma adecuada
es la Palabra o voluntad revelada de Dios. Ésta está dividida en dos par-
tes: Lo que Dios dice al hombre en su santa Ley y lo que le dice en su
bendito Evangelio. Si la conciencia se aparta de esa regla, entonces es
una conciencia rebelde. Ha dejado de hablar y juzgar por Dios; entonces,
la luz se convierte en tinieblas en el hombre porque el ojo (interior) se
ha vuelto maligno (Mt. 6:23). En su condición primitiva, el hombre sólo
tenía la Ley. El trabajo propio de la conciencia, entonces, era hablar ad-
virtiendo y condenando en estricta conformidad con esa regla y no per-
mitir ninguna otra. Pero nuestros primeros padres escucharon la men-
tira de Satanás, quebrantaron la Ley y cayeron bajo su condenación.
Dondequiera que vayamos, la conciencia nos acompaña. Todo lo que
pensamos o hacemos, ella lo graba y lo registra [con vistas al] Día de las
cuentas. “Cuando todos los amigos te abandonen, sí, cuando tu alma
abandone tu cuerpo, la conciencia no te abandonará, no puede abando-
narte. ¡Cuando tu cuerpo está más débil y embotado, tu conciencia está
más vigorosa y activa! Nunca hay más vida en la conciencia que cuando
la muerte se acerca más al cuerpo. Cuando sonríe, alegra, absuelve y con-
suela, ¡oh, qué cielo crea en el hombre interior! Y cuando frunce el ceño,
condena y aterroriza, ¿cómo nubla, sí, oscurece todos los placeres, gozos
y deleites de este mundo?... Es, ciertamente, el mejor de los amigos o el
peor de los enemigos de toda la creación. Esto es la conciencia”11.
Tomado de Una exposición de Hebreos en Estudios en las Escrituras
(An Exposition of Hebrews, in Studies in the Scriptures), enero de 1938;
disponible en CHAPEL LIBRARY.
_____________________
Arthur W. Pink (1886-1952): Pastor, maestro bíblico itinerante y autor; nacido en
Nottingham, Inglaterra, Reino Unido.
11
John Flavel, Las obras completas del reverendo John Flavel (The Whole Works of the Reverend
John Flavel), vol. 4 (London; Edinburgh; Dublin: W. Baynes and Son; Waugh and Innes; M.
Keene, 1820), 272.
LA NATURALEZA DE LA CONCIENCIA
Richard Sibbes (1577-1635)
T
ODO hombre siente y sabe lo que significa la conciencia. Hay mu-
chas disputas rígidas sobre ella entre los escolásticos1... Tienen
muchas discusiones estridentes2 sobre la descripción de ella, si es
el alma misma, una facultad3 o un acto.
En una palabra, la conciencia es todo esto, de alguna manera, en di-
versos aspectos. Por lo tanto, no voy a discutir sobre ninguna opinión en
particular.
1. Pero, ¿qué es la conciencia, sino el alma misma reflexionando sobre sí
misma? Es una propiedad y una excelencia del alma racional que pueda
volver sobre sí misma. La bestia... no puede volver sobre sí misma y re-
troceder. Pero el alma de la criatura racional... se conoce a sí misma y
comprende su propia excelencia. Y dondequiera que hay entendimiento,
hay un acto de reflexión por el cual, el alma vuelve sobre sí misma y
conoce lo que hace. Conoce lo que quiere; conoce lo que esto afecta... Es
la propiedad del alma. Por lo tanto, la palabra original en el Antiguo
Testamento que significa el corazón, se toma para la conciencia4. La con-
ciencia y el corazón son una sola cosa. Estoy convencido en mi alma, es
decir, en mi conciencia; y el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, es
decir, a nuestra conciencia. La conciencia es llamada el espíritu, el cora-
zón, el alma porque no es otra cosa que el alma reflexionando y volviendo
sobre sí misma.
Por eso es llamada conciencia, es decir, un conocimiento unido a otro
porque la conciencia se conoce a sí misma y conoce lo que conoce. Co-
noce lo que es el corazón. No sólo se conoce a sí misma, sino que es un
conocimiento del corazón con Dios. Es llamada conciencia porque conoce
con Dios; porque lo que la conciencia conoce, lo conoce Dios, quien está
por encima de la conciencia. Es un conocimiento con Dios y un conoci-
miento del hombre de sí mismo. Y así, puede ser el alma misma, dotada
1
Escolásticos – Maestros de filosofía y teología de la Edad Media. Entre ellos se encuentran
Tomás de Aquino (1225-1274) y John Duns Escoto (c. 1265-1308).
2
Discusión estridente – Disputa ruidosa; debate polémico.
3
Facultad – Poder de la mente.
4
Nota del editor – “La palabra original en el Antiguo Testamento que significa corazón, se
toma para la conciencia”. Cf. Gesenius, Thesaurus philologicus criticus linguae hebraeae et chal-
daeae Veteris Testamenti, vol. 1-3, 1835.
La naturaleza de la conciencia 9
de esa excelente facultad de reflexionar y volver sobre sí misma. Por eso,
juzga sus propios actos porque puede volver sobre sí misma.
2. La conciencia también puede considerarse, en cierto modo, una fa-
cultad. La corriente común5 sostiene que es un poder. No es un poder
único, sino que la conciencia está en todos los poderes del alma porque
está en el entendimiento y allí gobierna. La conciencia es aquello por lo
que [el alma] se rige y guía. La conciencia no es más que una aplicación
de ella a algo en particular, a algo que conoce, a algunas reglas que co-
noce de antemano. La conciencia está en la voluntad, en los afectos, el
gozo de la conciencia y la paz de la conciencia, y así recorre toda el alma.
No es una facultad o dos, sino que está establecida en todas las faculta-
des.
3. Y algunos necesitarán tener un acto, un acto particular, y no un poder.
Cuando ejerce la conciencia, es un acto. Cuando acusa, defiende o testi-
fica, es un acto. En ese momento, es una facultad en acción. De modo
que no necesitamos discutir si es esto o aquello. Comprendamos lo mejor
que podamos en nuestras nociones: Es el alma, el corazón, el espíritu de
un hombre que vuelve sobre sí mismo; esto tiene algo que ver con todos
los poderes y es un acto en sí mismo cuando se mueve para acusar o para
excusar; para castigar a un hombre con temores y terrores, o para conso-
larlo con gozo y cosas semejantes.
Ahora, la conciencia es una cosa excelentísima —está por encima de
la razón y del sentido— porque la conciencia está bajo Dios y tiene siem-
pre los ojos puestos en Dios. Por lo tanto, un ateo no puede tener con-
ciencia porque elimina el fundamento de la conciencia, que es la mirada
puesta en Dios. La conciencia mira a Dios. Está puesta como delegada y
vice-regente de Dios en el hombre. Ahora, ésta está por encima de la ra-
zón en este aspecto. La razón dice [que] debes hacer esto: Es algo agra-
dable, es algo aceptable para los hombres entre los que vives y con los
que te relacionas, es propio de tu condición de hombre comportarte así,
concuerda con las reglas y principios de la naturaleza que hay en ti. Así
lo dice la razón y son buenos motivos de la razón. Pero la conciencia va
más allá. Hay un Dios a quien debo responder; hay un juicio —por lo
tanto, hago esto y, por lo tanto, no hago esto—. Es un poder más divino
y más excelente en el hombre que cualquier otra cosa —que el sentido,
la razón o lo que sea—. Así como Dios la plantó para un uso especial, así
también mira a Dios en todo.
5
Corriente común – Consenso de pensamiento sobre la conciencia.
10 Portavoz de la Gracia • Número 53
Por lo tanto, el nombre de la conciencia en griego y latín significa “un
conocimiento con otro” porque es un conocimiento con Dios. “Dios y mi
propio corazón lo saben. Dios y mi conciencia”6, como solemos decir.
Hay tres cosas unidas a la conciencia.
1. Es un conocimiento con una regla —una regla general—. Ese es siempre
el fundamento de la conciencia en un hombre. Porque hay una regla ge-
neral: Cualquiera que comete homicidio, cualquiera que comete adulte-
rio, cualquiera que es blasfemo, maldiciente, avaro, corrupto, “no here-
dará el reino de Dios” (1 Co. 6:9), como dice el Apóstol. He aquí la regla
general. Ahora la conciencia la aplica: “Pero yo soy ese tal, por lo tanto,
no entraré en el cielo”. Así pues, aquí la conciencia [se hace] práctica con
una regla. Es un conocimiento de esos detalles con una regla general. Y
entonces,…
2. Es un conocimiento de mí mismo —de mi propio corazón—. Conozco lo
que he hecho, conozco lo que hago y de qué manera, si con hipocresía o
sinceridad; conozco lo que pienso. Y luego,…
3. Es un conocimiento con Dios. Porque Dios conoce lo que conoce la
conciencia. Él conoce lo que se piensa o se hace. La conciencia está por
encima de mí y Dios está por encima de la conciencia. La conciencia está
por encima de mí y de todos los hombres del mundo porque está inme-
diatamente subyugada7 a Dios. La conciencia conoce más que el mundo
y Dios conoce mil veces más que la conciencia o el mundo. Es un cono-
cimiento con una regla general; pues donde no hay regla general, no hay
conciencia. Para hacer esto un poco más claro, todos tienen una regla.
Los que no tienen la Palabra, que es la mejor regla de todas, sin embargo,
tienen la Palabra escrita en sus corazones. Tienen una judicatura8 natu-
ral en sus almas: “Dando testimonio su conciencia, y acusándoles o de-
fendiéndoles sus razonamientos” (Ro. 2:15). Tienen una regla general:
“No debes hacer el mal; debes hacer lo que es correcto”.
En el alma hay un tesoro de reglas por naturaleza. La Palabra añade
más reglas —la Ley y el Evangelio—. Y la parte del alma que conserva las
reglas es llamado intelecto porque conserva las reglas. Todos los hombres
por naturaleza, las tienen grabadas en el alma. Por lo tanto, los paganos
eran exactos en las reglas de justicia, en los principios que por naturaleza
tenían injertados y plantados en ellos.
6
Nota del editor – El nombre de conciencia, en griego y latín, significa “conocimiento con otro”,
es decir, συνείδησις = Conocimiento con uno mismo, conciencia; y conscientia (con-scio) =
Conocimiento conjunto.
7
Inmediatamente subyugada – Está en sumisión directa.
8
Judicatura – Corte de justicia.
La naturaleza de la conciencia 11
Ahora, debido a que la copia de la imagen de Dios —la ley de Dios
escrita en la naturaleza— estaba muy distorsionada desde la Caída, Dios
dio una nueva copia de su Ley, que era más precisa. Por lo tanto, los
judíos, que tenían la palabra de Dios, deberían haber tenido más con-
ciencia que los paganos porque tenían una regla general mejor. Y ahora,
teniendo también el Evangelio, que es una regla más evangélica, debe-
ríamos ser más exigentes en nuestras vidas que ellos.
Pero todo hombre en el mundo tiene una regla. Si los hombres pecan
sin la ley, serán juzgados sin la ley (Ro. 2:12) por los principios de la
naturaleza. Si pecan bajo el Evangelio, serán juzgados por la Palabra y
el Evangelio. Entonces, la conciencia es un conocimiento con una regla,
[un conocimiento de] las acciones particulares que he hecho y un cono-
cimiento con Dios.
En una palabra, para aclarar esto aún más en cuanto a la naturaleza
de la conciencia, debes saber que Dios ha establecido un tribunal en el
hombre; y hay en el hombre todo lo que hay en un tribunal.
1. Hay un registrador9 para tomar nota de lo que hemos hecho. Además
de la regla general, que es la base y el fundamento de todo, está la con-
ciencia, que es un registro para anotar exactamente todo lo que hemos
hecho. La conciencia lleva un diario. Lo anota todo. Una vez la concien-
cia está despierta, no se olvida, aunque creamos que sí. Como en Jere-
mías 17:1: “El pecado de Judá escrito está con cincel de hierro y con
punta de diamante” sobre sus almas. Todo su ingenio y astucia no lo
borrarán. Puede ser olvidado por un tiempo por el furor de las concupis-
cencias o por una cosa u otra, pero hay un registrador que lo anota. La
conciencia es el registrador.
2. Y luego, están los testigos: El testimonio de la conciencia. La con-
ciencia atestigua: “Esto he hecho, esto no he hecho”.
3. Hay un acusador con el testigo. La conciencia acusa o defiende.
4. Luego, hay un juez. La conciencia es el juez. Allí juzga:
“Esto está bien hecho, esto está mal10 hecho”.
5. Luego hay un verdugo. La conciencia es esto también. Tras la acusa-
ción y el juicio, hay castigo. El primer castigo está siempre dentro del hom-
bre antes de ir al infierno. El castigo de la conciencia es un juicio antes del
juicio futuro. Hay un destello del infierno, inmediatamente después de
una mala acción. Los paganos pueden observar que Dios ha creado el co-
razón y el cerebro, de modo que haya una simpatía entre ellos. Todo lo que
9
Registrador – Funcionario o persona cuya actividad consiste en anotar en un libro las cuentas
de las transacciones, en particular, de los actos y procedimientos de los tribunales.
10
Mal – De manera malvada.
12 Portavoz de la Gracia • Número 53
está en el entendimiento que es bueno y cómodo, el entendimiento en el
cerebro lo envía al corazón y genera algún consuelo. Si el entendimiento
percibe cosas dolorosas, asuntos malvados, entonces el corazón se turba,
como “se turbó el corazón de David” (1 S. 24:5). El corazón se turba de
dolor por el presente y de temor por el tiempo venidero.
En las cosas buenas, una buena conciencia que no acusa, trae gozo en
el presente y esperanza para el tiempo venidero.
Dios ha establecido y plantado en el hombre, este tribunal de la con-
ciencia; y ésta es la sala de justicia de Dios, en la que celebra su primer
juicio, en la que celebra sus audiencias11. Y la conciencia hace todas las
partes. Registra, atestigua, acusa, juzga, ejecuta —lo hace todo—.
Además de su amor por nosotros para guardarnos del pecado y, luego
de azotarnos para llevarnos a la conversión y al arrepentimiento, apar-
tándonos de nuestros pecados y volviéndonos a Dios, un fin principal
entre los demás, es tener un juicio previo que da paso al juicio eterno de
Dios porque allí, las cosas son juzgadas antes. Cuando Dios abra el libro
de la conciencia, cuando esté escrito allí por ese registrador, tendremos
mucho que hacer para excusarnos o para alegar que necesitamos muchos
testigos porque nuestra conciencia nos acusará. Seremos auto-acusadores
y auto-condenadores, como dice el Apóstol. La conciencia tomará parte
con Dios y Dios tomará parte con la conciencia. Y Dios la ha plantado
con este fin principal para que Él pueda ser justificado en la condenación
de los hombres impíos en el Día del Juicio.
Ahora ves, en general, cuál es la naturaleza de la conciencia y por qué
Dios la ha plantado en nosotros.
Tomado de Las obras completas de Richard Sibbes (The Complete Works of Richard
Sibbes), vol. 3 (Edinburgh; London; Dublin: James Nichol; James Nisbet and Co.;
W. Robertson, 1862), 208-212, de dominio público.
_______________________
Richard Sibbes (1577-1635): Predicador de la época temprana puritana en Cam-
bridge y, más tarde, en Gray’s Inn, Londres; nacido en Tostock, Suffolk, Inglaterra,
Reino Unido.
La conciencia, en lo que respecta a nosotros mismos, es... el poder de entendi-
miento de nuestras almas examinando cómo están las cosas entre Dios y nosotros,
comparando su voluntad revelada con nuestro estado, condición y conducta en pen-
samientos, palabras u obras, hechas u omitidas, y emitiendo un juicio al respecto,
según lo requiera el caso. —David Dickson
11
Audiencias – Sesiones de una sala de justicia o tribunal.
La naturaleza de la conciencia 13
Dios y la conciencia anotan y observan todo. —Richard Sibbes
Hay cuatro clases de conciencias: Algunas malas e inquietas, otras malas y tranqui-
las, otras buenas e inquietas, otras buenas y tranquilas. ¡Que una conciencia sea mala
y tranquila es el peor temperamento que puede haber! Es mejor tener una conciencia
mala e intranquila que una mala y tranquila; mejor tener un [infierno] atormentador
en el alma que un paraíso de necios. El mejor estado de conciencia es la conciencia
buena y tranquila. Éste es un paraíso en la tierra... una mansión en la que puede
habitar la Trinidad. —Edmund Calamy
Quien toma el mejor y más sabio proceder bajo el cielo para preservar su buen nom-
bre en el mundo y mantener la paz de su conciencia, es el que más estudia y se es-
fuerza por abstenerse de toda apariencia de maldad (1 Ts. 5:22). —Thomas Brooks
En estos días sin conciencia... la mayoría de la gente peca, descuidadamente, contra
la conciencia. Algunos han pecado tanto contra la conciencia por tanto tiempo que
han perdido toda conciencia de pecado. —Edmund Calamy
La conciencia es el predicador de Dios en nuestro pecho y es una regla muy cierta
que el hombre que no respeta al predicador que lleva en su pecho, nunca respetará
al predicador en el púlpito. Y la razón por la que el predicador en el púlpito no hace
más bien es porque el predicador en el pecho es demasiado despreciado y descui-
dado. —Edmund Calamy
No debemos pecar con la esperanza de ocultarlo. Y si lo ocultas a todos los demás,
¿puedes ocultarlo a tu propia conciencia? Como bien dice alguien: “¿De qué te sirve
que nadie sepa lo que haces, si tú mismo lo sabes? ¿De qué le sirve al que tiene una
conciencia que lo acusa, si no tiene a nadie que lo acuse, sino él mismo? Él es mil
testigos de sí mismo”. La conciencia no es un testigo privado. Es mil testigos. Por lo
tanto, nunca peques con la esperanza de tenerlo oculto. Es mejor que todos los
hombres lo sepan a que tú mismo lo sepas. Un día todo estará escrito en tu frente.
La conciencia será muy comunicativa. Si no puede decir la verdad ahora, aunque sea
sobornada en esta vida, tendrá poder y eficacia en la vida venidera. Nunca peques,
por lo tanto, con la esperanza de ocultarlo. La conciencia es testigo. Tenemos el
testigo en nosotros y como dice Isaías: “Nuestros pecados han atestiguado contra
nosotros” (Is. 59:12). Es en vano buscar el secreto. La conciencia lo descubrirá todo.
—Richard Sibbes
La conciencia es un día del juicio privado antes del Día del Juicio público y es una
[mala señal] que la mayoría de las personas nunca se mantendrán en pie en el tribu-
nal del cielo porque son acusadas y condenadas en el tribunal de la conciencia.
—Edmund Calamy
LOS DEBERES DE LA CONCIENCIA
William Perkins (1558-1602)
L
AS acciones o deberes propios de la conciencia son dos: Dar testi-
monio o emitir juicio (Ro. 2:15).
Dar Testimonio: La conciencia da testimonio al determinar si
algo se hizo o no se hizo. “Dando testimonio su conciencia” (Ro. 2:15).
“Nuestra gloria es esta: el testimonio de nuestra conciencia” (2 Co. 1:12).
Aquí, debemos considerar tres cosas: (1) De qué cosas da testimonio
la conciencia; (2) de qué manera [y] (3) por cuánto tiempo.
Punto 1: La conciencia da testimonio de nuestros pensamientos, nues-
tros afectos [y] nuestras acciones externas. Que da testimonio de nues-
tros pensamientos secretos, aparece por la solemne protesta que, en al-
gún momento, usan los hombres: “En mi conciencia, nunca lo pensé”.
Con lo cual, dan a entender que piensan algo o que no lo piensan, y que
sus conciencias pueden decir lo que piensan. Tampoco esto debe parecer
extraño porque hay dos acciones del entendimiento: La una es simple, la
cual apenas concibe o piensa esto o aquello; [y] la otra es un reflejo o
duplicación de la primera, por la que el hombre concibe y piensa consigo
mismo lo que piensa. Y esta acción pertenece, propiamente, a la concien-
cia. La mente tiene un pensamiento, luego, la conciencia va más allá de
la mente y conoce lo que la mente piensa; así, si un hombre tratara de
ocultar a Dios sus pensamientos pecaminosos, su conciencia, como otra
persona dentro de él, lo revelaría todo. Por medio de esta segunda acción,
la conciencia puede dar testimonio, incluso de los pensamientos; y de
ahí, también parece tomar prestado su nombre porque la conciencia es
una ciencia (o conocimiento) unida a otro conocimiento, pues por ella
concibo y conozco lo que conozco.
De nuevo, la conciencia da testimonio de lo que son las voluntades y
los afectos de los hombres en cada materia. “Verdad digo en Cristo, no
miento, y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo, que tengo
gran tristeza y continuo dolor en mi corazón. Porque deseara yo mismo
ser anatema, separado de Cristo, por amor a mis hermanos” (Ro. 9:1-3).
Por último, da testimonio de lo que son las acciones de los hombres.
“Porque tu corazón sabe [es decir, la conciencia es testigo] que tú tam-
bién dijiste mal de otros muchas veces” (Ec. 7:22).
Punto 2: La manera que emplea la conciencia para dar testimonio se
basa en dos cosas. Primero, observa y toma nota de todas las cosas que
Los deberes de la conciencia 15
hacemos. Segundo, nos lo dice interna y secretamente en el corazón. En
este sentido, puede ser adecuadamente comparada con un notario1 (o un
registrador) que siempre tiene la pluma en su mano para anotar y regis-
trar todo lo que se dice o se hace, quien también, debido a que guarda los
rollos y registros del tribunal, puede decir lo que se ha dicho y hecho
muchos cientos [de] años atrás.
Punto 3: Por cuánto tiempo da testimonio la conciencia. Lo hace con-
tinuamente —no por un minuto, un día, un mes o un año, sino para siem-
pre—. Cuando un hombre muere, la conciencia no muere. Cuando el
cuerpo se está pudriendo en la tumba, la conciencia vive y está sana y
salva. Y cuando resucitemos, la conciencia vendrá con nosotros al tribu-
nal del juicio de Dios, ya sea para acusarnos o defendernos ante Dios.
“Dando testimonio su conciencia... en el día en que Dios juzgará por
Jesucristo los secretos de los hombres” (Ro. 2:15-16).
Mediante este primer deber de la conciencia, hemos de aprender tres
cosas. La primera [es] que hay un Dios. Y podemos ser conducidos a ver
esto, incluso, por la misma razón. Porque la conciencia da testimonio ¿de
qué? De tus acciones particulares. Pero, ¿contra quién o con quién da
testimonio? Puedes sentir en tu corazón que lo hace a tu favor o en tu
contra. ¿Y ante quién da testimonio? ¿A los hombres o a los ángeles? Esto
no puede ser porque ellos no pueden oír la voz de la conciencia. No pue-
den recibir el testimonio de la conciencia. ¡No, ellos no pueden ver lo
que hay en el corazón del hombre! Queda, por tanto, que hay una sus-
tancia2 espiritual, sapientísima, santísima, poderosísima, quien ve todas
las cosas, a quien la conciencia da testimonio y es Dios mismo. Que los
ateos ladren contra esto cuanto quieran. Tienen en ellos, aquello que los
convencerá de la verdad de la Divinidad, lo quieran o no, ya sea en la
vida o en la muerte.
Segundo, aprendemos que Dios vela por todos los hombres mediante
una providencia especial. Por esto, se sabe que el jefe de una prisión tiene
cuidado de sus prisioneros: Si envía guardianes con ellos para vigilarlos
y traerlos de vuelta a casa a su debido tiempo. Y así, el cuidado de Dios
para con el hombre se manifiesta en esto: Que cuando creó al hombre y
lo puso en el mundo, le dio conciencia para que fuera su guardián, para
que le siguiera siempre a los talones, para que lo persiguiera (como de-
cimos), para que husmeara en sus acciones y diera testimonio de todas
ellas.
Tercero, de aquí podemos observar la bondad y el amor de Dios hacia
el hombre. Si hace algo malo, Dios hace que su conciencia se lo diga
1
Notario – Secretario.
2
Sustancia – Esencia divina de Dios, de la que forman parte las tres Personas de la Trinidad.
16 Portavoz de la Gracia • Número 53
primero en secreto. Si entonces, él se enmienda, Dios lo perdona. Si no,
entonces después, la conciencia debe acusarlo abiertamente por ello en
el tribunal del juicio de Dios ante todos los santos y ángeles en el cielo.
Emitir juicio: La segunda obra de la conciencia es juzgar las cosas he-
chas. “Juzgar” significa determinar si una cosa está bien o mal hecha. En
esto, la conciencia es semejante a un juez que celebra una audiencia,
toma nota de las acusaciones y hace que el criminal más notorio levante
la mano ante el tribunal de su juicio. Es más, (es como si fuera) un pe-
queño dios sentado en medio de los corazones de los hombres, que los
procesa3 en esta vida como serán procesados por sus ofensas en el tribu-
nal del Dios eterno en el Día del Juicio. Por tanto, el juicio temporal que
emite la conciencia no es más que un principio (o un precursor) del jui-
cio final.
Por lo tanto, se nos advierte que prestemos especial atención a que
nada del pasado nos pese y que no carguemos nuestra conciencia en el
tiempo venidero con ningún asunto porque si nuestra conciencia nos
acusa, mucho más nos condenará Dios, dice san Juan, puesto que Él ve
todas nuestras acciones más claramente y las juzga más severamente de
lo que puede hacerlo la conciencia (1 Jn. 3:20). Convendrá, entonces, que
todos los hombres se esfuercen por decir con Pablo: “…Aunque de nada
tengo mala conciencia” (1 Co. 4:4), para que puedan estar ante Dios sin
culpa para siempre.
Aquí, debemos considerar dos cosas: Primero, la causa que hace que
la conciencia emita juicio [y], segundo, el modo de hacerlo.
1. La causa del juicio: La causa es el vinculante4 de la conciencia. El
vinculante es [todo lo que] tiene poder y autoridad sobre la conciencia
para ordenarla. El vinculante es para urgir, causar y constreñirla en cada
acción, ya sea para acusar por el pecado o defender por las buenas accio-
nes, o para decir que esto se puede hacer o no se puede hacer... Una vez
que el poder vinculante se establece sobre la conciencia, entonces, en
cada acción, necesariamente, debe acusar o defender. Así como un hom-
bre en una ciudad o pueblo, teniendo su libertad, puede ir arriba y abajo,
o no, ir donde y cuando quiera; pero si su cuerpo es detenido por el ma-
gistrado y encarcelado, entonces su libertad anterior es restringida y
[sólo] puede ir arriba y abajo dentro de la prisión o algún otro lugar per-
mitido.
3
Procesar – Llamado a comparecer ante un tribunal para responder a los cargos formulados
contra ellos.
4
Vinculante – En derecho o jurisprudencia, significa que algo debe ser observado o cumplido
por un sujeto específico para el que fue creado. Por ejemplo, un contrato vinculante es un
acuerdo que ambas partes deben cumplir, y si una no lo hace, la otra puede demandarla.
Los deberes de la conciencia 17
El vinculante de la conciencia es apropiado o inapropiado.
1. Lo apropiado: Lo apropiado5 es lo que tiene poder absoluto y sobe-
rano para vincular la conciencia. Y esa es la palabra de Dios escrita en
los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Razones: (1) Quien es el Se-
ñor de la conciencia por su Palabra y sus leyes, vincula la conciencia.
Pero Dios es el único Señor de la conciencia porque Él la creó, sólo Él la
gobierna y nadie más que Él la conoce. Por lo tanto, sólo su Palabra y sus
leyes vinculan la conciencia correctamente. (2) Aquel que tiene el poder
para salvar o destruir el alma por el cumplimiento o incumplimiento de
sus leyes, tiene el poder absoluto para vincular al alma y la conciencia
por las mismas leyes. Pero lo primero es cierto sólo de Dios. “Uno solo
es el dador de la ley, que puede salvar y perder” (Stg. 4:12). “Jehová es
nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él
mismo nos salvará” (Is. 33:22). Por lo tanto, sólo la palabra de Dios, por
un poder absoluto y soberano, vincula la conciencia. Puesto que este
punto es claro por sí mismo, no se necesitan más pruebas.
De ahí que se nos enseñen diversos puntos de instrucción. (1) Los que
entre nosotros son ignorantes, deben esforzarse por conocer la palabra
de Dios, porque ésta vincula la conciencia. Tampoco servirá de excusa el
argumento de la ignorancia porque, conozcamos o no las leyes de Dios,
ellas nos vinculan. Y no sólo estamos obligados a cumplirlas, sino que,
cuando no las conocemos, estamos obligados a no a ignorarlas, sino a
procurar conocerlas. Si no tuviéramos más pecados, nuestra ignorancia
sería suficiente para condenarnos. (2) La palabra de Dios debe ser obe-
decida, aunque ofendamos a todos los hombres, sí, perdamos el favor de
todos los hombres y suframos el mayor daño que pueda haber —incluso,
la pérdida de nuestras vidas—. Y la razón está a la mano porque la pala-
bra de Dios tiene esta prerrogativa6 de restringir, atar y refrenar la con-
ciencia. (3) Para cualquier cosa que emprendamos o tomemos en nues-
tras manos, debemos primero buscar si Dios nos da la libertad de con-
ciencia y la licencia para hacerlo. Porque si hacemos lo contrario, la con-
ciencia está obligada a acusarnos de pecado ante Dios. (4) Vemos aquí
cuán peligroso es el caso de todos los oportunistas7 que desean vivir a su
manera y no ser de una religión determinada hasta que se terminen las
5
Nota del editor – Para apropiado, el autor ofrece un análisis extenso de la Ley de Dios y el
Evangelio. Para inapropiado, ofrece un análisis más extenso de las leyes, los votos y las pro-
mesas humanas. Estos análisis son demasiado largos para incluirlos en este artículo; por lo
tanto, remitimos al lector al vol. 8 de Las obras de William Perkins [The Works of William
Perkins], págs. 14-55; disponible en Reformation Heritage Books, www.heritagebooks.org.
6
Prerrogativa – Privilegio exclusivo o derecho.
7
Oportunistas – Aquellos que se ajustan a opiniones actuales para obtener ventajas personales.
18 Portavoz de la Gracia • Número 53
diferencias y disensiones en ella, y tengan la determinación de un conci-
lio general. Porque, ya sea que sucedan o no sucedan estas cosas, es cierto
que ellos están obligados en conciencia, a recibir y creer la doctrina an-
tigua, profética y apostólica tocante a la verdadera adoración a Dios y el
camino a la vida eterna, lo cual es la verdadera religión. Lo mismo debe
decirse de todos los protestantes somnolientos y evangelistas tibios que
usan la religión, no con el cuidado y la conciencia que deberían, sino sólo
entonces y en la medida en que les sirve para sus propósitos, descuidando
o despreciando, comúnmente, las asambleas donde la Palabra es predi-
cada y, rara vez, frecuentando la mesa del Señor... Como tontos desdi-
chados, no ven ni sienten el poder restrictivo que la palabra de Dios tiene
en sus conciencias.
La palabra de Dios es Ley o Evangelio.
2. Inapropiado: El vinculante inapropiado es el que no tiene poder ni
virtud para vincular la conciencia, sino que lo hace sólo en virtud de la
palabra de Dios o de alguna parte de ella. Es triple: Las leyes humanas,
un juramento [y] una promesa.
Tomado de Las obras de William Perkins (The Works of William Perkins), ed. J. Ste-
phen Yuille, Joel R. Beeke and Derek W. H. Thomas, vol. 8 (Grand Rapids, MI:
Reformation Heritage Books, 2019), 10-14; usado con permiso.
_______________________
William Perkins (1558-1602): Influyente predicador y teólogo puritano inglés; na-
cido en Marston Jabbett, Bulkington, Warwickshire, Inglaterra, Reino Unido.
Jesucristo ha ofrecido una satisfacción tan completamente suficiente para todos los re-
clamos de la justicia herida que, ahora, Dios no tiene ninguna falta que encontrar en
sus hijos. “No ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel” (Nm.
23:21), ni se enoja con ellos a causa de sus pecados —estableciéndose una paz inque-
brantable e indescriptible por la expiación que Cristo ha hecho en su favor—. De aquí,
fluye una paz experimentada en la conciencia... porque cuando la conciencia ve que
Dios está satisfecho y ya no está en guerra con ella, entonces, también queda satisfecha
con el hombre; y la conciencia, que solía ser un gran perturbador de la paz del corazón,
ahora da su veredicto de absolución; y el corazón duerme en los brazos de la conciencia
y encuentra allí un lugar de tranquilo reposo. —Charles Spurgeon
Si mi conciencia me da testimonio de que soy partícipe de la preciosa gracia de la
salvación, ¡entonces, soy feliz! —Charles Spurgeon
TODOS TENEMOS UNA CONCIENCIA
William Fenner (1600-1640)
“Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su con-
ciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
C
UATRO proposiciones están contenidas en esa porción de la Escri-
tura que he escogido para hacer el tema de este subsiguiente tra-
tado. 1. Que todo hombre tiene una conciencia: “Dando testimo-
nio su conciencia”. Cada uno de ellos tenía una conciencia que le daba
testimonio. 2. Que la luz, por la cual la conciencia es dirigida a obrar, es
el conocimiento escrito “en sus corazones”. 3. Que el vinculante que rige
la conciencia del hombre es la ley de Dios: “Mostrando la obra de la ley
escrita en sus corazones”. 4. Que el oficio y el deber de la conciencia es
dar testimonio de nosotros mismos o contra nosotros mismos, acusándo-
nos o defendiéndonos a nosotros mismos o a nuestras acciones: “Dando
testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razona-
mientos”. Empiezo por la primera1.
Proposición I. Todo hombre tiene una conciencia. Todos los paganos
del texto tenían una conciencia. Cada hombre tiene una conciencia:
“Dando testimonio su conciencia”. Los escribas y fariseos tenían con-
ciencia: “Acusados por su conciencia” (Jn. 8:9). Los hombres buenos tie-
nen conciencia, como en Pablo: “Nuestra gloria es esta: el testimonio de
nuestra conciencia” (2 Co. 1:12). Los impíos tienen conciencia: “Su
mente y su conciencia están corrompidas” (Ti. 1:15). Así como es impo-
sible que el fuego carezca de calor, así es imposible que un hombre ca-
rezca de conciencia. De hecho, solemos 2 decir: “Tal persona no tiene
conciencia”, pero lo que queremos decir, realmente, es que no tiene
buena conciencia porque todos tenemos conciencia, sea buena o mala. El
Señor grabó la conciencia en el hombre cuando lo creó al principio. Es
cierto que, desde la caída del hombre, la conciencia se ha corrompido
miserablemente; pero el hombre nunca puede desprenderse de ella. La
conciencia permanece para siempre en todo hombre, sea que esté en la
tierra, en el cielo o en el infierno. Los más viles y diabólicos profanos3
del mundo tienen conciencia. Que la ahoguen o asfixien tanto como pue-
1
Nota del editor – Este artículo considera, solamente, la primera proposición.
2
Solemos – Estamos acostumbrados a.
3
Profanos – Aquellos que tienden a un comportamiento o discurso groseramente irreverente.
20 Portavoz de la Gracia • Número 53
dan, que la prostituyan o la manipulen o la embriaguen tanto como pue-
dan para satisfacer sus corazones; sin embargo, la conciencia continuará,
a pesar de sus intenciones.
1. La conciencia no se extingue con el tiempo. ¿Qué hizo que los her-
manos de José recordaran el trato cruel que le dieron a él, sino la con-
ciencia? Fue unos veinte años antes y, sin embargo, no pudieron extin-
guirla.
2. Ninguna violencia ni fuerza puede suprimir la conciencia, sino que
un día u otro se manifestará. ¿Qué hizo a Judas ir y devolver el dinero
por el que traicionó a nuestro Salvador y gritar: “Yo he pecado” (Mt.
27:4), sino la conciencia? No hay duda de que se esforzó por reprimirla,
pero no pudo.
3. Ninguna grandeza ni poder puede sofocar la conciencia, sino que
un día, como un ‘bandog’4, volará a la cara del pecador. ¿Qué hizo clamar
al Faraón: “Yo y mi pueblo [somos] impíos” (Éx. 9:27), sino la concien-
cia? Era un gran rey y, sin embargo, no pudo dominar su conciencia.
4. Ni la música, ni la alegría, ni la jovialidad5 pueden hechizar la con-
ciencia pero, a pesar de todo esto, pueden ser el demonio para una mise-
rable alma. ¿Qué era el espíritu malo de la melancolía que se apoderó de
Saúl, sino la conciencia? Pensó en aplacarlo con instrumentos musicales,
pero aun así, volvía a aparecer.
5. La muerte misma no puede separar la conciencia de un pecador.
¿Qué es ese gusano que nunca morirá, sino la conciencia? Y en el in-
fierno, la conciencia es como ese fuego que nunca se apaga.
Confieso que algunos parecen haber perdido bastante la conciencia.
Pueden omitir los buenos deberes como si no tuvieran conciencia al-
guna. Pueden aplazar el arrepentimiento y el volverse a Dios como si no
tuvieran más conciencia que una bestia; pero un día, la conciencia apa-
recerá y mostrará, claramente, que estuvo presente con ellos cada mo-
mento de sus vidas, al tanto de todos sus pensamientos y todos sus cami-
nos, y pondrá delante de ellos, todas las cosas que han hecho. Aunque los
hombres estén tan seguros, insensatos y cauterizados por el presente, la
conciencia estallará, ya sea al principio o al final6. Ya sea aquí o en el
infierno, a todo hombre le parecerá que tiene y que siempre ha tenido,
una conciencia.
Ahora, las razones por las que el Señor plantó una conciencia en todo
4
Bandog – Término en inglés para perros grandes e imponentes que, por su ferocidad, infunden
miedo y, por lo tanto, deben estar atados o encadenados.
5
Jovialidad – Que hace fiesta.
6
Al principio o al final – Tarde o temprano.
Todos tenemos una conciencia 21
hombre viviente son [las siguientes]:
1. Porque el Señor es un Juez muy justo. Y así como Él ordena a los
jueces terrenales que no juzguen sin testigos, así, Él mismo no juzgará
sin testigos. Por lo tanto, Él planta una conciencia en cada uno para traer
evidencia a su favor o en su contra en el tribunal de Dios.
2. Porque el Señor es muy misericordioso. Somos maravillosamente7
olvidadizos, y sin conciencia de Dios y de nuestras propias almas. [No-
sotros] tenemos necesidad de ser avivados para cumplir con nuestros de-
beres; por eso, el Señor ha dado a cada uno de nosotros una conciencia
para que sea un vigilante continuo. A veces, nos olvidamos de orar y,
entonces, la conciencia nos recuerda que debemos ir a Dios. A veces so-
mos torpes en el deber y la conciencia es como un aguijón8 que nos aviva.
Algunas veces, nuestras pasiones están alteradas9 y, entonces, la concien-
cia controla10 y nos ordena refrenarlos. Nunca nos mantendríamos en or-
den, si no fuera por la conciencia. Por tanto, el Señor, en su misericordia,
nos ha dado una conciencia…
Uso 1. El primer uso es para condenar ese proverbio diabólico común
entre los hombres: “La conciencia está ahorcada hace mucho tiempo”.
¡No, no! Ahitofel puede ahorcarse, pero no puede ahorcar su conciencia.
Saúl puede suicidarse, pero la conciencia no puede ser asesinada. Es un
gusano que nunca muere (Mr. 9:44). Así como el alma racional del hom-
bre es inmortal, también la conciencia es inmortal.
Uso 2. En segundo lugar, esto condena a quienes se esfuerzan por re-
primir la conciencia. Su conciencia, de vez en cuando, los pone melan-
cólicos y taciturnos11, y tratan de sacudírsela. ¡Ay! ¿Por qué tratas de ha-
cer lo que es completamente imposible? Puedes suprimirla por un
tiempo y amordazarla por un tiempo, pero nunca podrás librarte de ella.
La conciencia se adhiere tan estrechamente que un hombre puede des-
prenderse tan fácil de sí mismo como de su conciencia. Y, de hecho, su
conciencia es él mismo. “Pruébese cada uno a sí mismo” (1 Co. 11:28),
es decir, a su conciencia. “Juzgad vosotros mismos” (1 Co. 11:13), es de-
cir, juzguen en sus conciencias.
Uso 3. En tercer lugar, esto refuta esa opinión de ebrios de que la con-
ciencia no es más que un ataque de melancolía12 presente. No, puede ser
que cause el presente ataque de melancolía, pero no lo es. La conciencia
7
Maravilloso – Sorprendentemente; extrañamente.
8
Aguijón – Dolor agudo causado al ser perforado con una punta fina; sensación de angustia.
9
Alteradas – Perturbadas; preocupadas.
10
Controla – Se detiene bruscamente y de repente.
11
Melancólico y taciturno – Triste y afligido.
12
Melancolía – Aflicción en espíritu.
22 Portavoz de la Gracia • Número 53
es un poder permanente en el hombre que siempre está con él, y siempre
lo juzgará y condenará si es culpable ante Dios. Estará con él cuando el
ataque de melancolía haya pasado. Que se ría y se alegre; pero la con-
ciencia está en el fondo de todo y “el término de la alegría es congoja”
(Pr. 14:13). Aunque el borracho sea muy jovial; [sin embargo] no le
creeré porque la conciencia en medio de esa ebria alegría, le causa cierta
tristeza interior y le dice que esa es una vida muy perversa. Que el hipó-
crita carnal cubra el asunto con buenos deberes, buenas oraciones y bue-
nas esperanzas; [sin embargo], sólo puedo creer que hay una conciencia
que yace en el fondo y le dice que está podrido, a pesar de todo esto.
Puedes ver esto en Caín (Gn. 4:5). Había estado cumpliendo con un buen
deber, sacrificando al Señor; pero su semblante decayó cuando terminó.
La conciencia estaba en el fondo y le dijo que Dios no lo aceptaba. La
conciencia está con los hombres malos en la iglesia —en el sermón, en el
sacramento— y les dice, secretamente, que no son las personas a quienes
pertenece la bendición de estas ordenanzas.
Uso 4. Por último, esto puede ser para exhortar a los piadosos a que
consideren que siempre tienen una conciencia dentro de ellos y que, por
lo tanto, se esfuercen siempre por mantenerla “sin ofensa”, que era el
proceder de Pablo (Hch. 24:16). Tengan cuidado de no ofender sus con-
ciencias en los deberes de piedad para con Dios: En su oración, en escu-
char, etc., no, ni en su vocación, en su comida, en su bebida, en sus liber-
tades, en su recreación. Cuiden siempre de no ofender sus conciencias
porque siempre están con ustedes. Cuando dos viven siempre juntos, no
tienen por qué ofenderse el uno al otro, pues de lo contrario, no habrá
tranquilidad. Ustedes y sus conciencias deben vivir siempre juntos. Si
las ofenden, les irá muy mal en la vida. Es mejor vivir con una mujer
regañona que con una conciencia ofendida. Es mejor ofender al mundo
entero que ofender a la conciencia. No hay nadie con quien deban vivir
siempre, pero con sus conciencias deben vivir siempre. No deben vivir
siempre con sus maridos, ni siempre con sus mujeres, ni siempre con sus
padres o amos. Hay un tiempo en que deben separarse, pero la concien-
cia y ustedes nunca se separarán. Por lo tanto, esfuércense por mante-
nerla sin ofensa. Y hasta aquí, la primera proposición: Todo hombre
tiene una conciencia.
Tomado de El espejo del alma, con un tratado sobre la conciencia (The Soul’s Loo-
king-glass, with a Treatise of Conscience). (Cambridge: Roger Daniel Printer, 1640);
de dominio público.
_______________________
William Fenner (1600-1640): Pastor puritano no conformista inglés.
UNA CONCIENCIA CORRUPTA
Arthur W. Pink (1886-1952)
S
hay una facultad del alma humana que pueda considerarse que
I
ha conservado la imagen original de Dios en ella, esa es, sin duda,
la conciencia. Tal punto de vista ha sido ampliamente defendido.
No pocos de los más renombrados filósofos y moralistas han sostenido
que la conciencia es, nada menos, que la voz divina misma que habla en
lo más íntimo de nuestro ser. Sin minimizar la gran importancia y valor
de este vigilante interno, ya sea en su oficio o en sus operaciones, debe
declararse enfáticamente que tales teóricos se equivocan, que incluso
esta facultad, no ha escapado de la ruina común de todo nuestro ser. Esto
es evidente por la clara enseñanza de la palabra de Dios. La Escritura
habla de una “débil conciencia” (1 Co. 8:12), de hombres “que teniendo
cauterizada la conciencia” (1 Ti. 4:2). Ella dice que sus “conciencias es-
tán corrompidas” (Ti. 1:15), que tienen “mala conciencia” (He. 10:22).
Examinemos el punto más de cerca.
Aquellos que afirman que hay algo esencialmente bueno en el hombre
natural, insisten en que su conciencia es enemiga del mal y amiga de la
santidad. Destacan el hecho de que la conciencia produce una convic-
ción interior contra el mal proceder, un conflicto en el corazón por el
pecado, una renuencia a cometerlo. Llaman la atención sobre el recono-
cimiento del pecado por parte de Faraón (Éx. 10:16) y de que a Darío “le
pesó en gran manera” su injusto acto de condenar a Daniel a ser arrojado
al foso de los leones (Dn. 6:14). Algunos han llegado incluso, a afirmar
que la oposición a crímenes mayores y más graves —la cual se encuentra
desde el principio en todos los hombres— difiere poco o nada de aquel
conflicto entre la carne y el espíritu descrito en Romanos 7:21-23. Pero
tal sofisma1 es fácilmente refutable. En primer lugar, si bien es cierto
que el hombre caído posee una noción general de lo que es correcto y lo
que es incorrecto, y que, en algunos casos, es capaz de distinguir entre el
bien y el mal, mientras no se haya regenerado, ese instinto moral nunca
le hace deleitarse verdaderamente en lo primero o aborrecer realmente
lo segundo. En cualquier medida que apruebe el bien o desapruebe el
mal, no lo hace por consideración a Dios.
La conciencia sólo es capaz de obrar según la luz que tiene. Y como
el hombre natural no puede discernir las cosas espirituales (1 Co. 2:14),
1
Sofisma – Método de argumentación que parece plausible, pero es inválido y engañoso.
24 Portavoz de la Gracia • Número 53
es inútil con respecto a ellas. ¡Cuán débil es su luz! Se parece más al
resplandor de una vela que a los rayos del sol —apenas suficiente para
hacer visibles las tinieblas—. Debido a la condición oscurecida del en-
tendimiento, la conciencia es terriblemente ignorante. Cuando descubre
lo que es adverso, lo indica débil e ineficazmente. En lugar de dirigir los
sentidos, la mayoría de las veces, los confunde. Cuán cierto es esto en el
caso de los incivilizados. La conciencia les da un sentimiento de culpa-
bilidad y entonces, los pone a practicar los ritos más abominables y, a
menudo, inhumanos. Les ha inducido a inventar y propagar las más im-
pías tergiversaciones de la deidad. Como un bálsamo para su conciencia,
a menudo, hacen de los mismos objetos de su adoración los precursores
y patrocinadores2 de sus vicios favoritos. El hecho es que la conciencia
es tan tristemente defectuosa que es incapaz de cumplir con su deber
hasta que Dios la ilumine, la despierte y la renueve.
Sus operaciones son igualmente defectuosas. La conciencia no sólo
tiene una visión defectuosa, sino que su voz es muy débil. ¡Cuán fuerte-
mente debería reprendernos por nuestra escandalosa ingratitud hacia
nuestro gran Benefactor! ¡Cuán fuerte debería protestar por el estúpido
descuido de nuestros intereses espirituales y nuestro bienestar eterno!
Sin embargo, no hace ni lo uno ni lo otro. Aunque ofrece algunos contro-
les sobre los pecados externos y graves, no ofrece resistencia a las obras
secretas más sutiles de la corrupción que mora en nosotros. Si impulsa
al cumplimiento del deber, ignora la parte más importante y espiritual
de ese deber. Puede inquietarse si no dedicamos el tiempo habitual cada
día a la oración privada, pero se preocupa poco por nuestra reverencia,
humildad, fe y fervor en la oración. Los de la época de Malaquías eran
culpables de ofrecer a Dios sacrificios defectuosos, pero la conciencia
nunca les inquietó por ello (Mal. 1:7-8). La conciencia puede ser escru-
pulosa3 en el cumplimiento de los preceptos de los hombres o de nues-
tras inclinaciones personales y, sin embargo, descuidar por completo las
cosas que el Señor ha ordenado, como los fariseos que no querían comer
mientras sus manos permanecieran sin el lavado ceremonial y, sin em-
bargo, hacían caso omiso de lo que Dios había ordenado (Mr. 7:6-9).
La conciencia es, lamentablemente, parcial. [Ignora] los pecados favo-
ritos y excusa los que más nos asedian. Todos esos intentos de excusar
nuestras faltas se basan en la ignorancia de Dios, de nosotros mismos, de
nuestro deber. De lo contrario, la conciencia daría el veredicto de culpa-
bilidad. A menudo, la conciencia se une a nuestras concupiscencias para
2
Precursores y patrocinadores – Ejemplos a seguir y defensores.
3
Escrupulosa – Minuciosa y extremadamente atenta a los detalles.
Una conciencia corrupta 25
alentar una acción malvada. La conciencia de Saúl le dijo que no ofre-
ciera sacrificios hasta que Samuel viniera; sin embargo, para complacer
al pueblo y evitar que lo abandonaran, lo hizo. Y cuando aquel siervo de
Dios lo reprendió, el rey trató de justificar su ofensa diciendo que los
filisteos estaban reunidos contra Israel y que no se atrevía a atacarlos
antes de invocar a Dios: “Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto” (1 S. 13:8-
12). La conciencia se esforzará por encontrar alguna consideración con
la que apaciguarse y aprobar el acto malo. Incluso cuando reprende cier-
tos pecados, encontrará motivos y descubrirá incentivos para cometerlos.
Así, cuando Herodes estaba a punto de cometer el asesinato de Juan el
Bautista, que era contrario a sus convicciones, su conciencia acudió en
su ayuda y le instó a seguir adelante, inculcándole que no debía violar el
juramento que había prestado ante los demás (Mr. 6:26).
La conciencia, a menudo, ignora los grandes pecados, mientras con-
siente los menores como Saúl fue duro con los israelitas por una viola-
ción de la ley ceremonial (1 S. 14:33), pero no tuvo escrúpulos en matar
a ochenta y cinco de los sacerdotes del Señor. La conciencia, incluso, in-
venta argumentos que favorecen los actos más atroces; así, no sólo es
como un abogado corrupto que defiende una causa malvada, sino como
un juez corrupto que justifica a los malvados. Los que clamaron por la
crucifixión de Cristo, lo hicieron bajo el pretexto de que era ordenada y
necesaria: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley debe morir,
porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Jn. 19:7). No es de extrañar que
el Señor diga de los hombres “que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno
malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz” (Is. 5:20). La
conciencia nunca mueve al hombre natural a cumplir sus deberes por
gratitud y agradecimiento a Dios. Nunca lo convence de la pesada culpa
de la ofensa de Adán que yace sobre su alma, ni de la falta de fe en Cristo.
Permite a los pecadores dormir en paz en su terrible incredulidad. Pero la
suya no es una paz sana y sólida porque no hay fundamento para ella; más
bien es la falsa seguridad de la ignorancia. Dice Dios de ellos: “No consi-
deran en su corazón que tengo en memoria toda su maldad” (Os. 7:2).
Las acusaciones de la conciencia son ineficaces. No producen ningún
fruto bueno, no producen ni mansedumbre, ni humildad, ni arrepenti-
miento genuino, sino más bien un terror de Dios como un Juez cruel u
odio hacia Él como enemigo implacable. Sus acusaciones, no sólo son
ineficaces, sino que, a menudo, son bastante erróneas. A causa de la os-
curidad sobre el entendimiento, la percepción moral del hombre comete
grandes errores. Como dijo Thomas Boston4 de la conciencia corrupta:
4
Thomas Boston, Las obras completas de Thomas Boston (The Whole Works of Thomas Boston),
ed. Samuel M‘Millan, vol. 8 (Aberdeen: George and Robert King, 1850), 82.
26 Portavoz de la Gracia • Número 53
“Así que, a menudo, se la encuentra como un caballo ciego y furioso que
se atropella a sí mismo, a su jinete y a todo lo que se encuentra en su
camino”. Un ejemplo temible de eso, aparece en la predicción de nuestro
Señor, en Juan 16:2, que recibió repetido cumplimiento en Hechos: “Os
expulsarán de las sinagogas; y aun viene la hora cuando cualquiera que
os mate, pensará que rinde servicio a Dios”. Del mismo modo, Saulo de
Tarso, después de su conversión, reconoció: “Yo ciertamente había
creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Naza-
ret” (Hch. 26:9). La conciencia no renovada es una guía muy poco fiable.
Aun cuando la conciencia del no regenerado es despertada por la
mano inmediata de Dios, y es golpeada con una profunda y dolorosa con-
vicción de pecado, lejos de mover al alma a buscar la misericordia de
Dios a través del Mediador5, la llena de futilidad y desconsuelo. Como
declara Job 6:4: “Porque las saetas del Todopoderoso están en mí, cuyo
veneno bebe mi espíritu; y terrores de Dios me combaten”. Anterior-
mente, este hombre podía haber hecho grandes esfuerzos para sofocar
las acusaciones de su juez interior, pero ahora no puede. En lugar de eso,
la conciencia se enfurece y ruge, poniendo a todo el hombre en una cons-
ternación6 espantosa, mientras es aterrorizado por un sentido de la ira
de un Dios santo y la ardiente indignación que devorará a sus adversa-
rios. Esto lo llena de tal horror y desesperación que, en lugar de volverse
al Señor, trata de huir de Él. Así fue en el caso de Judas, quien, cuando
se dio cuenta de la terrible gravedad de su vil acto, salió y se ahorcó. Los
fariseos en Juan 8:9, demostraron que la culpa del pecado dentro del
hombre natural hace que se aleje de Cristo, en vez de ir hacia Él. Ellos,
“acusados por su conciencia, salían uno a uno”.
La voluntad no es el señor, sino el siervo de las demás facultades que
ejecutan la convicción más fuerte de la mente o el mandato más tiránico
de nuestras concupiscencias porque no puede haber más que una in-
fluencia dominante en la voluntad al mismo tiempo. Originalmente, la
excelencia de la voluntad del hombre consistía en seguir la guía de la
razón correcta y someterse a la influencia de la autoridad apropiada.
Pero en el Edén, la voluntad del hombre rechazó la primera y se rebeló
5
Mediador – Literalmente, “uno que va entre”. Un intermediario. “Agradó a Dios, en su propósito
eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre am-
bos, para que fuera el Mediador entre Dios y el hombre; Profeta, Sacerdote y Rey; Cabeza y
Salvador de la Iglesia, el heredero de todas las cosas y Juez del mundo; a quien dio, desde toda
la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que, a su tiempo, lo redimiera, llamara,
justificara, santificara y glorificara” (Confesión de Fe Bautista de Londres de 1689. 8.1). Ver tam-
bién, Portavoz de la Gracia N° 23: Cristo el Mediador. Ambos disponibles en CHAPEL LIBRARY.
6
Consternación – Asombro y terror que supera las propias facultades.
Una conciencia corrupta 27
contra la segunda; y como consecuencia de la Caída, su voluntad ha es-
tado, desde entonces, bajo el control de un entendimiento que prefiere
las tinieblas a la luz y de afectos que apetecen el mal en lugar del bien.
Así, los placeres fugaces de los sentidos y los intereses insignificantes del
momento, excitan nuestros deseos, mientras que los deleites duraderos
de la piedad y las riquezas de la inmortalidad, reciben poca o ninguna
atención. La voluntad del hombre natural está sesgada por su corrupción
porque sus inclinaciones gravitan en dirección opuesta a su deber; por lo
tanto, está en completa esclavitud al pecado, impulsado por sus concu-
piscencias. Los no regenerados7, no sólo no quieren buscar la santidad,
sino que la odian inveteradamente8.
Desde que la voluntad se volvió traidora a Dios y entró al servicio de
Satanás, está completamente paralizada para el bien. Dijo el Salvador:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere” (Jn.
6:44). ¿Y por qué el hombre no puede venir a Cristo por sus propias fuerzas
naturales? Porque, no sólo no tiene la inclinación a hacerlo, sino que el
Salvador lo rechaza: Su yugo no es bienvenido, su cetro es repulsivo. En
relación con las cosas espirituales, la condición de la voluntad es como la
de la mujer de Lucas 13:11 que “andaba encorvada, y en ninguna manera
se podía enderezar”. Si tal es el caso, ¿cómo puede decirse que el hombre
actúa voluntariamente? Porque elige libremente el mal: “El alma del im-
pío desea el mal” (Pr. 21:10), llevando a cabo siempre ese deseo, excepto
cuando se lo impide la restricción divina. El hombre es esclavo de su co-
rrupción como un potro salvaje; desde su más tierna infancia, el hombre
es reacio a la restricción. La voluntad del hombre es uniformemente re-
belde contra Dios. Cuando la providencia frustra sus deseos, en lugar de
inclinarse con humilde resignación, se preocupa con inquietud9 y actúa
como un toro salvaje en una red. Sólo el Hijo puede hacerle “libre” (Jn.
8:36), pues sólo hay “libertad” donde está su Espíritu (2 Co. 3:17).
He aquí, entonces, las consecuencias de la depravación humana. La
Caída ha cegado la mente del hombre, ha endurecido su corazón, ha des-
ordenado sus afectos, ha corrompido su conciencia, ha incapacitado su
voluntad, de modo que “no hay en él cosa sana” (Is. 1:6), “en mi carne,
no mora el bien” (Ro. 7:18).
Tomado de Espigando en las Escrituras: La depravación total del hombre en Estu-
dios en las Escrituras (Gleanings in the Scriptures: Man’s Total Depravity, from Stu-
dies in the Scriptures), disponible en CHAPEL LIBRARY.
7
No regenerados – Aquellos que no han sido nacidos del Espíritu de Dios.
8
Inveteradamente – Por un hábito largo y profundamente arraigado.
9
Inquietud – Ansiedad o intranquilidad que hace que uno esté tenso e irritable.
UNA CONCIENCIA CARGADA
POR EL PECADO
John Flavel (c. 1630-1691)
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados,
y yo os haré descansar” (Mateo 11:28).
H
E aquí el estímulo que Cristo da a este deber [de acudir a Él:]
“Yo los haré descansar. Yo los aliviaré. Les daré descanso de su
trabajo. Sus conciencias serán tranquilizadas, sus corazones se-
rán descansados y sosegados en el perdón, la paz y el favor de Dios que
les procuraré con mi muerte”... Porque, aunque un hombre rompa su
corazón por el pecado, deje salir el llanto por sus ojos, se lamente como
una paloma y derrame tantas lágrimas por el pecado (si fuera posible)
como gotas de lluvia han caído sobre la tierra, si no viene a Cristo por la
fe, su arrepentimiento no le salvará ni todas sus penas le llevarán al ver-
dadero descanso. Por lo tanto, nota:
Algunas almas están cargadas con el pesado sentido del pecado. No
digo que todas lo estén porque “los necios se mofan del pecado” (Pr.
14:9). Está tan lejos de ser una carga para algunos que es como una di-
versión para ellos (Pr. 10:23). Pero cuando los ojos de un hombre son
abiertos para ver el mal que hay en el pecado y la miseria eterna que le
sigue (el pecado y el infierno están unidos con cadenas tan fuertes que
sólo la sangre de Cristo puede soltar), entonces, ninguna carga es como
la del pecado: “¿Quién soportará al ánimo angustiado?” (Pr. 18:14). Con-
sideremos la eficacia que tiene la ley de Dios sobre las conciencias de los
hombres cuando llega con su espiritualidad y poder a convencer y humi-
llar el alma de un pecador. Porque entonces,…
Primero, el recuerdo del pecado cometido hace mucho tiempo se re-
fresca y revive, como si hubiera sido ayer. Hay nuevos reconocimientos
de pecados cometidos y olvidados hace mucho tiempo, como si nunca
hubieran existido. Lo que hicimos en nuestra juventud es recordado de
nuevo y, por una nueva impresión de temor y horror, toman lugar en la
temblorosa conciencia. “¿Por qué escribes contra mí amarguras, y me
haces cargo de los pecados de mi juventud?” (Job 13:26). La conciencia
puede recordar los días pasados y formular una nueva acusación sobre la
cuenta de los pecados antiguos (Gn. 42:21). Todo lo que alguna vez hici-
mos, está registrado e inscrito en el libro de la conciencia y, ahora, es el
momento de abrir ese libro, cuando el Señor convencerá y despertará a
Una conciencia agobiada por el pecado 29
los pecadores. Leemos en Job 14:17 que se sellan las iniquidades en un
saco, lo cual es una alusión al secretario del tribunal, quien toma todas
las acusaciones que se hacen contra las personas en la audiencia y las sella
en un saco para un juicio. Éste es el primer oficio y trabajo de la con-
ciencia; sobre el cual,…
La segunda, es decir, sus acusaciones, sí dependen [de la conciencia].
Estas acusaciones de la conciencia son cosas terribles. ¿Quién puede
mantenerse ante ellas? Son completas, son claras y todas ellas se refieren
al juicio inminente del Dios grande y terrible.
La conciencia se sumerge en todos los pecados, tanto secretos como
manifiestos, y en todas las circunstancias y agravantes del pecado, como
si se cometieran contra la luz, contra la misericordia, contra los esfuer-
zos, advertencias y remordimientos de la conciencia. [Así] podemos de-
cir de la eficacia de la conciencia, como se dice de la influencia del sol:
“Nada hay que se esconda de su calor” (Sal. 19:6). “Venid, ved a un hom-
bre que me ha dicho todo cuanto he hecho” (Jn. 4:29). Cristo la convenció
de un solo pecado con su discurso; pero la conciencia, por ese único pe-
cado, le trajo a la luz y la acusó de todos los demás. Y así como las acu-
saciones de la conciencia son completas, también son claras e innegables.
El hombre se convence a sí mismo y no le queda ningún recurso, excusa
o súplica para defenderse. Mil testigos no pueden probar nada más cla-
ramente que un solo testimonio de la conciencia. “Mas él enmudeció”
(Mt. 22:12), mudo —amordazado (según es el significado de la pala-
bra)— por el claro testimonio de su propia conciencia. Estas acusaciones
son la segunda obra de la conciencia y dan paso a la tercera, a saber,…
En tercer lugar, la sentencia y condenación de la conciencia. Verdade-
ramente ésta es una carga insoportable. La condenación de la conciencia
no es otra cosa que la aplicación de la sentencia condenatoria de la ley a
la persona del hombre. La ley maldice a todo el que la transgrede (Gá.
3:10). La conciencia aplica esta maldición al pecador culpable, de modo
que sentencia al pecador en el nombre y la autoridad de Dios, en lo cual
no hay apelación. La voz de la conciencia es la voz de Dios; y lo que ella
pronuncia es en nombre y autoridad de Dios,1 Él lo confirmará y ratifi-
cará: “Pues si nuestro corazón [es decir, nuestra conciencia] nos re-
prende, mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las cosas” (1
1
Nota del editor – No se puede considerar que la conciencia sea la voz de Dios, aunque su pro-
pósito original era que estuviera de acuerdo con la palabra de Dios y, así, comunicara fiel-
mente la voz de Dios al alma del hombre. Pero, a causa de la caída, el pecado le impide hacerlo
con precisión y plenitud.
30 Portavoz de la Gracia • Número 53
Jn. 3:20). Éste es el tormento que ningún hombre puede soportar. Vea-
mos sus efectos en Caín, en Judas y en Spira2; ¡es un verdadero anticipo
de los tormentos del infierno! Éste es el gusano que nunca muere (Mr.
9:44). Porque mira, así como un gusano en el cuerpo es generado por la
corrupción que hay allí, así también, las acusaciones y condenaciones de
la conciencia son generadas en el alma por la corrupción y la culpa que
hay allí. Así como el gusano en el cuerpo ataca y muerde las partes tier-
nas, sensibles e internas, así también, la conciencia toca lo más vivo. Éste
es el tercer efecto u obra para sentenciar y condenar; y esto también da
paso a un cuarto, a saber, …
En cuarto lugar, reprender y reprochar al pecador en su miseria. Esto
convierte al hombre en un terror para sí mismo. Ser compadecido en la
miseria es algo de alivio, pero ser reprendido y reprochado, duplica nues-
tra aflicción. Ustedes saben que uno de los agravantes de los sufrimientos
de Cristo, fue ser vituperado por las lenguas de sus enemigos mientras
colgaba atormentado en el madero maldito; pero todas las burlas y repro-
ches, las amargas mofas y sarcasmos del mundo, no son nada comparados
con los de la propia conciencia de un hombre, que cortan hasta los huesos.
¡Oh! cuando la conciencia de un hombre le diga en un día de angustia,
como Rubén a sus afligidos hermanos: “¿No os hablé yo y dije: No pe-
quéis contra el joven, y no escuchasteis? He aquí también se nos de-
manda su sangre” (Gn. 42:22). Así, la conciencia: “¿No te advertí, ame-
nacé y convencí a tiempo contra estos males? Pero no quisiste escu-
charme; por lo tanto, he aquí que ahora debes sufrir por ello hasta la
eternidad. La ira de Dios se ha encendido contra tu alma por ello. Este
es el fruto de tu propia deliberada locura y obstinación. Ahora, conocerás
el precio de pecar contra Dios, contra la luz y la conciencia”. ¡Oh, esto es
terrible! Cada mordisco de la conciencia hace que una pobre alma se so-
bresalte y con un miedo terrible, grite: “¡Oh, el gusano! ¡Oh, el amargo
anticipo del infierno! “¿Quién soportará al ánimo angustiado?” (Pr.
18:14). Ésta es una cuarta herida de la conciencia y abre paso a una
quinta porque esto es como el derramamiento de los viales y el sonido de
las trompetas del Apocalipsis: Un ay ya pasó; he aquí viene otro (Ap.
9:12). Después de todos estos golpes mortales de la conciencia sobre el
2
Francis Spira o Francesco Spiera (1502-1548) – Famoso abogado protestante italiano; quien
murió bajo una terrible agonía de conciencia porque, por temor a la Inquisición, renunció a
la fe protestante. Más tarde, murió en una terrible desesperación. Charles Spurgeon dijo que
el caso de Spira fue “el caso más terrible, tal vez, excepto el de Judas, que está registrado en
la memoria de la humanidad”. Algunos creen que Spira fue el modelo para el ‘hombre en la
jaula de hierro’ de Bunyan, en la casa del Intérprete (El progreso del peregrino). Su historia se
cuenta en Un relato de la temible situación de Francis Spira de Nathaniel Bacon, muy conocido
por los puritanos.
Una conciencia agobiada por el pecado 31
corazón mismo de un pecador, viene otro tan terrible como cualquiera
de los que haya sido nombrado hasta ahora; y es, …
En quinto lugar, la temible expectativa de la ira venidera que se en-
gendra en el alma de un pecador culpable. De esto leemos: “Una ho-
rrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego” (He. 10:27). Y esto
hace que el más resuelto pecador desfallezca y se hunda bajo la carga del
pecado porque la lengua del hombre no puede declarar lo que es acos-
tarse y levantarse con esas temibles expectativas. El caso de tales peca-
dores es algo semejante a lo que se describe en Deuteronomio 28:65-67:
“Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá
reposo; pues allí te dará Jehová corazón temeroso, y desfallecimiento de
ojos, y tristeza de alma; y tendrás tu vida como algo que pende delante
de ti, y estarás temeroso de noche y de día, y no tendrás seguridad de tu
vida. Por la mañana dirás: ¡Quién diera que fuese la tarde! y a la tarde
dirás: ¡Quién diera que fuese la mañana! por el miedo de tu corazón con
que estarás amedrentado, y por lo que verán tus ojos”. Sólo difiere en
esto: En esta escritura, tienes el terror de aquellos descritos, cuya vida
temporal pende en dudoso suspenso; pero en las personas de las que es-
toy hablando, es un temblor bajo las aprensiones y las expectativas de la
venganza del fuego eterno.
Créanlo amigos, las palabras no pueden expresar lo que sienten esas
pobres criaturas que se acuestan y se levantan bajo estos temores y es-
pantos de conciencia. “Señor, ¡qué será de mí! Estoy abandonado entre
los muertos, sí, entre los condenados. Cuelgo del frágil hilo de una vida
momentánea, que se romperá y debe romperse pronto; y al romperse al
momento siguiente, [estaré] sobre las llamas eternas”. Ningún pan agra-
dable se ha de comer en estos días, sino lo que es semejante al pan de los
condenados.
Así, ya ven ustedes, cuál es la carga del pecado cuando Dios la hace
recaer sobre las conciencias de los hombres. ¡Ninguna carga de aflicción
se le compara! Las pérdidas de los parientes más queridos, las penas por
un hijo único, no son tan punzantes ni penetrantes como éstas. Por-
que,…
Ningún gozo de las criaturas es placentero bajo estas tribulaciones in-
ternas. En otras tribulaciones, pueden significar algo para el alivio de un
hombre; pero aquí, no son nada. ¡La herida es demasiado profunda para
ser sanada por algo que no sea la sangre de Jesucristo! La conciencia re-
quiere tanto para satisfacerse a sí misma, como Dios requiere para satis-
facerse a Él. “Cuando Dios esté en paz contigo”, dice la conciencia, “en-
tonces yo también estaré en paz contigo, pero hasta entonces, no esperes
de mí descanso ni paz. ¡Todos los placeres y diversiones del mundo no
32 Portavoz de la Gracia • Número 53
detendrán jamás mi boca! Ve adonde quieras, yo te seguiré como tu som-
bra. ¡Así sea tu porción en el mundo tan dulce como quieras, dejaré caer
hiel y ajenjo en tu copa, de modo que no probarás dulzura en nada hasta
que hayas obtenido tu perdón!”.
Estas tribulaciones internas por el pecado, alejan la mente de todos
los placeres y deleites pasados. No tiene más sabor ni más gusto para
ellos que la clara de un huevo. La música es desafinada. Todos los ins-
trumentos chirrean y gimen. Los adornos no tienen belleza. ¡Qué ánimo
tiene una pobre criatura para adornar ese cuerpo en el que habita un
alma tan miserable! ¡[No tiene ánimo] para alimentar y mimar ese cadá-
ver que ha sido el incentivo e instrumento del alma en el pecado y que
debe ser su compañero en la miseria eterna! ...
Si se pregunta, en último lugar, ¿por qué Dios hace que la carga del
pecado oprima tanto los corazones de los pobres pecadores? Nosotros
respondemos,
Primero, lo hace para divorciar sus corazones del pecado, dándoles una
prueba experiencial de la amargura y el mal que hay en el pecado. Los
corazones de los hombres están naturalmente apegados con deleite a sus
caminos pecaminosos; todas las razones y argumentos del mundo, son
demasiado débiles para separarlos de sus amadas concupiscencias. Los
bocados del pecado descienden suave y dulcemente; los hacen rodar con
mucho deleite bajo sus lenguas y es [necesario] que sean suministradas
pociones tan amargas como éstas “para hacer que sus estómagos se le-
vanten contra el pecado”. [Eso es lo que significa la] palabra usada por
el Apóstol en 2 Corintios 7:11: “Que hayáis sido contristados según
Dios”. Señala el levantamiento del estómago con ira, un enojo que llega
hasta la enfermedad; y ésta es la manera, la mejor y más eficaz, de sepa-
rar el alma de un pecador de sus concupiscencias porque, en estas tribu-
laciones, la conciencia dice, como en Jeremías 4:18: “Tu camino y tus
obras te hicieron esto; esta es tu maldad, por lo cual amargura penetrará
hasta tu corazón”.
Segundo, el Señor hace esto para que Jesucristo sea más bienvenido y
deseable para el alma. Cristo no es dulce hasta que el pecado es hecho
amargo para nosotros. “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino
los enfermos” (Mt. 9:12). Una vez Dios hiere el corazón de un pecador
con el sentido punzante del pecado, entonces nada en el mundo es tan
precioso, tan necesario, tan vehementemente deseado y anhelado como
Jesucristo. “¡Oh, si tuviera a Cristo, aunque anduviera en harapos, aun-
que no me alimentara con otra comida todos mis días, sino con el pan y
el agua de la aflicción!”. Éste es el lenguaje de un alma llena del sentido
del mal del pecado.
Una conciencia agobiada por el pecado 33
Tercero, el Señor hace esto para destacar las riquezas de su gracia gra-
tuita a los ojos de los pecadores. La gracia nunca se manifiesta como gra-
cia hasta que el pecado se manifiesta como pecado. Cuanto más pro-
fundo sea nuestro sentido de la maldad del pecado, más profunda será
nuestra comprensión de la gracia gratuita de Dios en Cristo... Así, has
tenido una breve descripción de lo que es la carga del pecado, cómo se
sostienen las almas bajo esa carga y por qué el Señor hace que el pecado
pese tanto sobre las almas de algunos pecadores.
Tomado de Las obras completes del reverendo John Flavel, (The Whole Works of the
Reverend John Flavel), vol. 2 (London; Edinburgh; Dublin: W. Baynes & Son;
Waugh & Innes; M. Keene, 1820), 158-162, 164-166; de dominio público.
_______________________
John Flavel (c. 1630-1691): Ministro presbiteriano inglés; nacido en Bromsgrove,
Worcester, Inglaterra, Reino Unido.
Mi conciencia está cautiva de la palabra de Dios. No puedo ni quiero retractarme de
nada porque ir en contra de la conciencia no es ni correcto ni seguro. —Martin Lutero
La conciencia cauterizada: Así están los que han dado su nombre a Cristo, pero le-
vantan su calcañar contra Él, de los cuales el Apóstol habla: “Teniendo cauterizada
la conciencia” (1 Ti. 4:2), es decir, teniendo una conciencia corrupta y putrefacta que
tiene la marca del diablo sobre ella. Claramente, una conciencia cauterizada es una
conciencia podrida, venenosa, ulcerada, pestilente, sucia y gangrenada. No cumple
ninguna de sus funciones, sino que, incluso, ya no es sensible. [Podría haber estado]
en el hospital de Cristo sometida a la cura de las enfermedades del alma; pero a través
de la indulgencia del pecado y no siendo capaz de soportar las convicciones agudas,
las reprensiones amargas y las exhortaciones finales de la Palabra, su conciencia se
apaga hasta una insensibilidad sin sentido (Jer. 44:16-19). Me refiero a este rango de
pecadores libertinos, a todos aquellos que frecuentan las ordenanzas, así como a
aquellos que las rechazan; que hacen profesión de religión, así como aquellos que
odian la profesión y, sin embargo, tienen una reserva de pecado de la cual no se quie-
ren separar. El dolor (tú lo sabes) corresponde a quien necesita cura... Para curarse:
Oponte, seriamente, a esas peculiares maneras de pecar que te han llevado a esto. Tú
las conoces. No hay nadie que tenga la conciencia cauterizada, que no sepa o pueda
saber, fácilmente, cómo llegó a eso. Sólo uno o dos tipos de pecados son eminente-
mente perjudiciales para sus almas en este caso. Aunque una conciencia cauterizada
es peor que una conciencia adormecida, como es más fácilmente discernible, ¡es ra-
zonable que se pongan a curarla más rápida y vigorosamente! Cuídense de considerar
pequeño cualquier pecado, no sea que al final, no consideren grande ningún pecado.
Señores, Dios ha sido su Médico y ha usado una variedad de remedios. Si ninguno
prevalece y ustedes se esfuerzan industriosamente por cauterizar sus conciencias
para volverlas insensibles, tan cierto como que Dios es veraz, Él los hará conscientes
de su pecado por medio de quemaduras eternas. —Samuel Annesley
MINISTROS Y CONCIENCIAS
William Fenner (1600-1640)
“El cual he enviado a vosotros para esto mismo, para que conozca lo que a voso-
tros se refiere, y conforte vuestros corazones” (Colosenses 4:8).
O
BSERVACIÓN:Los ministros deben indagar por el estado de su
pueblo. La razón: [Es moralmente necesario que] cada uno con-
sidere ahora en qué estado se encuentra ante su Dios1. Ésta es
una gran cuestión que nosotros, los ministros, debemos exigir a nuestro
pueblo para conocer su estado, …
Primero, porque somos pastores y estamos obligados a mirar bien
cómo está nuestro rebaño. Si no nos esforzamos por conocer su estado,
nunca podremos vigilar bien sus almas. Consideren este pasaje en Pro-
verbios: “Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cui-
dado por tus rebaños” (Pr. 27:23). [Allí,] el hombre sabio, primero, re-
quiere que miremos bien a nuestros rebaños y, luego, [él] nos indica
cómo, viz.2, siendo diligentes para conocer su estado [y] cómo están al
respecto.
Segundo, somos obreros de Dios. Debemos saber en qué estado se en-
cuentra nuestra obra, pues de lo contrario, ¡podríamos trabajar y traba-
jar, y todo sería en vano! Podemos predicar, exhortar y llamar a nuestra
gente a oír, creer y obedecer; y todo esto podría ser en vano, si no pre-
guntamos en qué estado se encuentran. Ésta es la razón por la que Pablo
no podía dejar de enviar a alguien a preguntar cómo estaban los tesalo-
nicenses (1 Ts. 3:5) —en qué estado se encontraban, cómo iba su fe, si la
guardaban o no, no fuera que el tentador los hubiera tentado y su labor
hubiera sido en vano—. Porque eso habría ocurrido en toda su predica-
ción y enseñanza, si no hubieran estado en buena condición. Por tanto,
envió a preguntar para saberlo.
En tercer lugar, debemos de cuidar y encargarnos de sus almas. Ahora,
entonces, ¿cómo podemos estar tranquilos si no sabemos en qué estado
se encuentran sus almas? Un buen padre no puede estar tranquilo si no
sabe cómo están sus hijos. ¿Y si están enfermos? ¿Y si no están bien? Oh,
sería un consuelo para un buen padre saber que sus hijos están bien. Pero
si fuera de otra manera con ellos, aunque le afligiera mucho, preferiría
saberlo que no saberlo porque si lo sabe, puede saber mejor qué hacer.
1
Que estado… ante Dios – Cuál es la condición espiritual delante de Dios.
2
Viz. – Del latín videlicet: es decir; a saber.
Ministros y conciencias 35
Así sucedía con el Apóstol; su mismo corazón anhelaba a los filipenses.
“Oh, mi pobre pueblo”, pensaba él, “me pregunto en qué estado se en-
cuentran. ¿Y si vacilan? ¿Y si fracasan? ¿Y si el diablo los ha tentado a
pecar y a apostatar? ¿Y si tienen problemas de conciencia?”. Nunca ha-
bría podido estar en paz hasta que supiera en qué estado se encontraban.
“Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo tam-
bién esté de buen ánimo al saber de vuestro estado” (Fil. 2:19). Él tenía
un gran cuidado de sus almas y, por lo tanto, reconfortaría su corazón
saber en qué estado se encontraban.
En cuarto lugar, somos maestros y, por lo tanto, debemos conocer el
estado de nuestro pueblo. De lo contrario, ignoramos qué doctrina pro-
porcionarles, qué puntos tratar con ellos. Pablo, en esta epístola a los
colosenses, conociendo sólo su estado en general, les da abundantes pre-
ceptos generales y exhortaciones. Les describe el misterio de Cristo, los
amonesta a permanecer firmes en Él, a abrazar la predicación de la Pa-
labra, a guardarse de la filosofía, y de las vanas tradiciones y argumentos
engañosos de los hombres, a cuidarse de la excesiva afición a las ceremo-
nias que finalizaron todas en Cristo, a poner sus afectos en el cielo, a
mortificar las obras de la carne, a despojarse del viejo hombre. Les ad-
vierte que sean amorosos y humildes. Ordena a las esposas que cumplan
sus deberes para con sus maridos y a los maridos que amen a sus esposas,
a los hijos que obedezcan a sus padres y a los padres que alienten a sus
hijos. A los siervos [les ordena], que obedezcan a sus amos; a los amos, que
traten bien a sus siervos y a todos que perseveren en la oración, en la vigi-
lancia y en la acción de gracias. [Les ordena] que anden sabiamente con
los de afuera, que se cuiden de comunicarse piadosa y santamente. Así,
conociendo su estado sólo en general, les enseña en general, y por eso,
ahora concluye, como si dijera: “Hablo algo en general porque no conozco
vuestro estado en particular; por lo tanto, les envío a Tíquico, un ministro
fiel y bueno, para que conozca vuestro estado y les trate debidamente.
Puede ser que a algunos de ustedes les falten corrosivos3; puede ser que a
algunos les falten cordiales4; puede ser que algunos tengan necesidad de
ser examinados y humillados, o animados y consolados. Le he enviado
para que averigüe vuestro estado y para que haga lo que corresponda”. “El
cual he enviado a vosotros para esto mismo, para que conozca lo que a
vosotros se refiere, y conforte vuestros corazones” (Col. 4:8).
El uso de esto es triple:
1. Primero, para instrucción. Por lo tanto, podemos ver que un minis-
tro no hace más que su deber cuando indaga sobre los estados de los
3
Corrosivos – Remedios médicos que corroen por acción química.
4
Cordiales – Medicinas o tónicos que animan o estimulan el corazón.
36 Portavoz de la Gracia • Número 53
hombres y cómo están delante de Dios. No es fisgonear en los asuntos de
otros hombres. No es ser un entrometido en los problemas de otros hom-
bres. No es un espíritu de intromisión. ¡No! Un ministro sólo cumple con
su deber cuando lo hace. ¿Cómo puede un médico aplicar un tratamiento
médico verdadero y apropiado, a menos que indague el estado de los
cuerpos de los hombres? (Jer. 8:11). Ahora, un ministro es un médico de
las almas de los hombres y, por lo tanto, él debe indagar por el estado de
las almas de los hombres y cómo están delante de Dios. Son hombres de
Belial los que dicen: “¿Qué? ¿Debe saberlo todo el ministro?” y “¿no
puede hacerse nada sin que el ministro se entere?”. Estos son discursos
muy malvados. El ministro no hace más que su deber cuando indaga.
2. El segundo uso puede ser para reprender. Si es el deber de un mi-
nistro indagar acerca del estado de los hombres ante Dios, entonces
aquellas personas que no dan a conocer su estado, son culpables. ¿Cuál
es la razón de que tantos hombres permanezcan en un estado podrido, si
no es porque se resisten a revelar, verdadera y plenamente, lo que son a
los ministros de Dios? No, muchos son como los del profeta Isaías que
dicen a los videntes: “No veáis” (Is. 30:10). No quieren que los ministros
de Dios vean lo que hacen ni vean lo que son. Confieso que hay algunos
que revelarán algo sobre su estado, pero no todo lo que saben por sí mis-
mos. Se guardan lo esencial, como algunos clientes tontos que informan
mal a su abogado, presentando su caso mejor de lo que en realidad es y
así, su causa fracasa. Así, algunos se guardan lo que daría más luz para
juzgar su estado. Pero esto no debería ser así. Puedo darles un ejemplo
de uno que, estando preocupado por su situación ante Dios, [dijo] con
algunos ministros que estaban presentes: “Oh”, dijo él, “les diré todo lo
que sé de mí mismo. No les ocultaré ni una sílaba. Y si en verdad no soy
mejor que un miserable, les suplico que me digan, claramente, que lo soy.
Y si estoy en Cristo, les suplico que me lo demuestren claramente”. Este
hombre tomó el camino correcto y así, por la misericordia de Dios, llegó
en poco tiempo a la seguridad de su propio bendito estado y condición.
3. Tercero, para exhortación. Permite que los ministros de Dios co-
nozcan tu estado para que puedan hablarte en consecuencia. De este
modo, podrán hablarte las palabras a su debido tiempo... Si no tuvieras
más que un corte en un dedo, ¿no te alegrarías de tener el vendaje ade-
cuado? Y si tuvieras una fiebre ardiente, ¿no desearías el remedio ade-
cuado? ¿Cuánto más para curar la enfermedad del alma?
Tomado de El espejo del alma, con un tratado sobre la conciencia (The Soul’s Loo-
king-glass, with a Treatise of Conscience). (Cambridge: Roger Daniel Printer, 1640);
de dominio público.
UNA CONCIENCIA CONDENADA
John Flavel (c. 1630-1691)
E
espíritu del hombre es una criatura muy tierna, sensible y
L
aprensiva: El ojo del cuerpo no es tan sensible al tacto, un nervio
del cuerpo no es tan sensible al pinchazo como lo es el espíritu
del hombre al más mínimo toque de la indignación de Dios sobre él.
“¿Quién soportará al ánimo angustiado?” (Pr. 18:14). Otras heridas ex-
ternas infligidas al cuerpo por el hombre o por Dios son tolerables, pero
la que toca, directamente, el espíritu del hombre es insufrible. ¿Quién
puede soportarla o aguantarla?
Y así como el espíritu del hombre tiene el sentido más delicado y ex-
quisito de la miseria, así también, tiene una vasta capacidad para recibir
y dejar entrar en él la plenitud de la angustia y la miseria. Es un vaso
grande, llamado vaso de ira “preparado para destrucción” (Ro. 9:22). La
gran capacidad del alma se ve en esto: ¡Ninguna de las criaturas del
mundo tiene el poder para satisfacerla y llenarla! Puede beber, como de-
cimos, todos los ríos del bien creado, y su sed no se sacia con semejante
trago1; sino que, después de todo, clama: “¡Dame!, ¡dame!” (Pr. 30:15).
Nada, sino un Dios infinito puede calmar y satisfacer su apetito y su
furiosa sed.
Y así como es capaz y receptivo de más bien del que se encuentra en
todas las criaturas, también es capaz de más miseria y angustia de la que
todas las criaturas pueden infligir. Que todos los elementos, todos los
hombres en la tierra, sí, todos los demonios y condenados en el infierno,
conspiren y se unan en un designio para atormentar al hombre, sin em-
bargo, cuando lo hayan hecho todo, su espíritu es capaz de un grado más
de tormento —un tormento tan superior a él como un potro2 está más
allá de una cama dura o la espada en sus entrañas está más allá del ras-
guño de un alfiler—. Los demonios son, de hecho, los verdugos y ator-
mentadores de los condenados; pero si eso fuera todo lo que son capaces
de sufrir, el tormento de los condenados sería comparativamente suave
y apacible para lo que ellos son. Oh, la grandeza del entendimiento del
hombre —¡qué no abarcará en su vasta capacidad!—.
Pero añádase a esto que las almas condenadas tienen todos aquellos
afectos sumidos en un sueño profundo y eterno, cuyos ejercicios serían
1
Trago – Sorbo grande de bebida; acto de beber o tragar.
2
Potro – Instrumento de tortura consistente en un marco sobre el cual se estiraba a la víctima
mediante rodillos giratorios a los que se le ataban las muñecas y los tobillos.
38 Portavoz de la Gracia • Número 53
aliviados, vaciando sus almas de cualquier parte de su miseria y todas
aquellas pasiones, completa y eternamente despertadas, que aumentan
sus tormentos. Los afectos de alegría, deleite y esperanza están yertos3
en ellos y profundamente dormidos, para no ser despertados nunca más.
En las Escrituras, se dice que su esperanza perece, es decir, que perece de
tal manera que, después de la muerte, nunca volverá a actuar por toda la
eternidad. La actividad de cualquiera de esos afectos, sería como una
ventisca refrigerante o un manantial refrescante en medio de sus tormen-
tos... Y así como estos afectos están dormidos, así sus pasiones están des-
piertas y están completamente despiertas para atormentarlos —tan des-
piertas que nunca más duermen—. Las almas de los hombres son, a ve-
ces, sacudidas4 y sobresaltadas en este mundo por las obras o varas5 de
Dios, pero en seguida, duermen de nuevo y lo olvidan todo; pero de aquí
en adelante, los ojos de sus almas se mantendrán continuamente despier-
tos para contemplar y considerar su miseria; sus entendimientos serán
claros y muy aprensivos; sus pensamientos fijos y determinados; sus con-
ciencias activas y eficaces6; y por todo esto, su capacidad para asimilar lo
más profundo de su miseria, se ampliará al máximo.
La ira, la indignación y la venganza de Dios derramadas como justa
recompensa por el pecado, sobre las espaciosas almas de los condenados,
son la parte principal de su miseria en el infierno... Las almas de los
condenados pueden soportar más miseria que la que todas las criaturas
pueden infligirles. Cuando el alma sufre por la mano del hombre, sus
sufrimientos son por simpatía con el cuerpo o, si son directos, no son
más que un ligero golpe que la mano de una criatura puede dar. Pero
cuando tiene que ver con un Dios vengador del pecado y eso, directa-
mente, este golpe corta el espíritu del hombre como se ha expresado (Sal.
88:16).
El cuerpo es el vestido del alma. La mayoría de las flechas disparadas
contra el alma en este mundo, no hacen sino clavarse en la ropa, es decir,
alcanzan al hombre exterior; pero en el infierno, el espíritu del hombre
es el blanco7 al que Dios mismo dispara. Todas sus flechas envenenadas
alcanzan el alma, la cual, después de la muerte, queda desnuda y descu-
bierta para ser herida por la mano de Él. Al morir, el alma de todo hom-
bre malvado cae, inmediatamente, en las manos del Dios vivo. “Ho-
rrenda cosa es caer en manos del Dios vivo” como dice el Apóstol (He.
10:31). Su castigo es ser “excluidos de la presencia del Señor y de la gloria
3
Yerto – Tieso o rígido, especialmente, a causa del frío o de la muerte.
4
Sacudidas – Agitadas.
5
Varas – Disciplinas de Dios.
6
Eficaces – Que producen el efecto previsto.
7
Blanco – Objetivo, diana (algunos objetivos antiguos tenían una diana blanca).
Una conciencia condenada 39
de su poder” (2 Ts. 1:9). No son entregados a sus semejantes para ser
castigados, sino que Dios mismo lo hará y glorificará su poder, así como
su justicia, en su castigo. La ira de Dios recae, inmediatamente, sobre
sus espíritus y ésta es la ardiente indignación que devora a sus adversa-
rios (He. 10:27) —un fuego que consume el mismo espíritu del hombre—
. “¿Quién conoce el poder de [su] ira?” (Sal. 90:11). Lo insoportable que
es, se puede percibir un poco por esa expresión del profeta Nahum: “Los
montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se con-
mueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. ¿Quién
permanecerá delante de su ira?, ¿y quién quedará en pie en el ardor de
su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas”
(Nah. 1:5-6).
Y, como si el enojo y la ira no fueran palabras de suficiente filo y agu-
deza, se llama indignación ardiente y venganza, palabras que denotan el
grado más intenso de la ira divina porque, en verdad, su poder ha de ser
glorificado en la destrucción de sus enemigos y, por lo tanto, ahora Él lo
hará a propósito. Ahora, los toma en sus propias manos. Ninguna cria-
tura puede atacar al alma directamente: Esa es prerrogativa de Dios. Y
ahora, Él tiene que tratar con ella con furia y la venganza es derramada.
“¿Estará firme tu corazón? ¿Serán fuertes tus manos en los días en que
yo proceda contra ti?” (Ez. 22:14). ¡Ay! El espíritu se acobarda8 y muere
bajo ella. Éste es el infierno de los infiernos.
¡Qué gemidos desoladores9 y lamentos hemos oído de los hijos más
queridos de Dios cuando sólo unas pocas gotas de su enojo han sido ro-
ciadas sobre sus almas aquí en este mundo! Pero, ¡ay!, no hay compara-
ción entre el enojo o la disciplina paternal de Dios sobre los espíritus de
sus hijos y la indignación derramada desde el principio de las venganzas
sobre sus enemigos.
El espíritu abandonado de un hombre condenado se convierte en un
atormentador para sí mismo por los diversas y eficaces acciones de su
propia conciencia, las cuales son una parte especial de su tormento en el
otro mundo. La conciencia, que debería haber sido el freno del pecador
en la tierra, se convierte en el látigo que debe azotar su alma en el in-
fierno. Tampoco hay ninguna facultad o poder perteneciente al alma del
hombre, tan apto y capaz para hacerlo como su propia conciencia. La
que fue sede y centro de toda culpa, se convierte ahora, en sede y centro
de todos los tormentos. La suspensión de su poder atormentador en este
mundo es un misterio y una maravilla para todos los que lo consideran
debidamente. Porque, ciertamente, si el Señor dejara que la conciencia
8
Acobarda – Siente miedo.
9
Gemidos desoladores – Tristeza; aflicción.
40 Portavoz de la Gracia • Número 53
de un pecador viniera sobre él con furia, en medio de sus pecados y pla-
ceres, lo pondría en un infierno sobre la tierra como vemos en los tristes
casos de Judas, Spira, etc. Pero, generalmente, Él mantiene una mano de
restricción sobre ellos en esta vida y permite que duerman tranquilos con
una conciencia apenas susurrando de descontento o cauterizada que se
acuesta junto a ellos como un león dormido y los deja solos.
Pero tan pronto como el alma sin Cristo es expulsada del cuerpo y
arrojada [al infierno] por la eternidad, ante el tribunal de Dios, la con-
ciencia se despierta y se enfurece para no ser apaciguada nunca más.
Ahora, atormenta y tortura al alma miserable con su máxima eficacia y
actividad. Los meros presagios y presentimientos10 de la ira por parte de
las conciencias de los pecadores en este mundo, les hacen yacer con una
palidez espantosa en sus rostros, con un temblor universal en todos sus
miembros, con un horror sudoroso y frío sobre sus pechos jadeantes
como hombres que ya están en el infierno. Pero esto, todo esto, no es más
que el sudor de las piedras antes de que caiga la gran lluvia. Las activi-
dades de la conciencia (especialmente en el infierno) son diversas, vigo-
rosas y espantosas de considerar, tales son sus reconocimientos, acusacio-
nes, condenas, reprensiones, vergüenzas y temibles expectativas.
1. La conciencia de los condenados reconocerá y recordará con fres-
cura en sus mentes, los pecados cometidos en este mundo. Porque, ¿qué
es la conciencia, sino un registro o libro de actas, en el que cada pecado
se clasifica en su lugar y orden apropiados? Este acto de la conciencia es
fundamental para todos sus otros actos porque no puede acusarnos, con-
denarnos, reprendernos o avergonzarnos por lo que ha olvidado, lo cual
no tiene sentido. “Hijo, acuérdate” (Lc. 16:25), dijo Abraham a Divas11,
en medio de sus tormentos. Este recuerdo de los pecados pasados, de las
misericordias pasadas, de las oportunidades pasadas, pero, especial-
mente, de la esperanza pasada y desaparecida con ellos, para no ser re-
cuperada nunca más, es como ese fuego no atizado que los consumirá
(del que habla Zofar en Job 20:26) o la punta resplandeciente que saldrá
por su hiel (Job 20:25).
2. Presenta cargos y acusa al alma condenada. Sus cargos son cargos
directos, positivos y evidentes. Mil testigos legales e intachables12, no
pueden confirmar ningún punto, más de lo que puede hacerlo un testigo
en el pecho de un hombre. Les hace convictos13 y les cierra la boca, de-
jándoles sin excusa ni disculpa alguna. Justos y rectos son los juicios de
10
Presagios y presentimientos – Señales de que algo sucederá y sentimientos de cosas malas por venir.
11
Divas – (Vulgata latina) hombre rico a cuya puerta yacía Lázaro (Lc. 16:19-31).
12
Intachable – Que no puede ser criticado u objetado. Sin tacha.
13
Convicto – Un reo cuyo delito ha sido probado, aunque no lo haya confesado.
Una conciencia condenada 41
Dios sobre ti, dice la conciencia. En todo este océano de miseria, no hay
ni una gota de injuria o maldad. El juicio de Dios es conforme a la ver-
dad.
3. Condena, así como acusa y testifica, y lo hace con una sentencia
terrible. Respaldando y aprobando la sentencia y el juicio de Dios (1 Jn.
3:21), todo aquel que se auto destruye será auto condenado. Ésta es una
parte primordial de su miseria.
4. Los reproches de la conciencia en el infierno son terribles e insufri-
bles. [Si no nos arrepentimos, seremos] continuamente golpeados en los
dientes y reprendidos por nuestra locura, terquedad y obstinación como
la causa de toda esa miseria eterna que hemos hecho caer sobre nuestras
propias cabezas. ¿Qué es esto, sino frotar la herida con sal y vinagre? De
este tormento, tuvo miedo el santo Job y, por lo tanto, resolvió hacer lo
que estaba en su poder para evitarlo, cuando dice: “No me reprochará mi
corazón [es decir, la conciencia] en todos mis días” (Job 27:6). ¡Oh, los
reproches y los escarnios de la conciencia son heridas y latigazos crueles
para el alma!
5. Las vergüenzas de la conciencia son tormentos insufribles. La ver-
güenza surge de la vileza14 de las acciones descubiertas. Si las inmundi-
cias secretas de algunos hombres se hicieran públicas en este mundo, eso
los confundiría. ¿Qué sucederá, entonces, cuando todo quede al descu-
bierto, como será después de esta vida [cuando] sus propias conciencias
arrojen sobre ellos la vergüenza de todo? No sólo serán burlados por Dios
(Pr. 1:26), sino también por sus propias conciencias.
Tomado de Las obras completas del reverendo John Flavel (The Whole Works of the
Reverend John Flavel), vol. 3 (London; Edinburgh; Dublin: W. Baynes and Son;
Waugh and Innes; M. Keene, 1820), 135-139; de dominio público.
14
Vileza – Carácter vergonzoso; perversión moral.
UNA BUENA CONCIENCIA
Arthur W. Pink (1886-1952)
“Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia,
deseando conducirnos bien en todo” (Hebreos 13:18).
E
STAexpresión, “una buena conciencia”, aparece en varios otros
pasajes del Nuevo Testamento. Debido a su profunda importan-
cia, requiere nuestra mayor atención. Mucho se dice en la Palabra
acerca de la conciencia y mucho depende de que tengamos y conserve-
mos una buena conciencia. Por lo tanto, nos corresponde dar nuestra
mejor consideración a este importante tema. No sólo es de gran impor-
tancia práctica, sino que es especialmente oportuno, en vista de la época
sin conciencia en que vivimos...
Ahora, la conciencia es buena o mala, según esté gobernada por la vo-
luntad revelada de Dios. Brevemente, primero, la mala conciencia: Ésta
es de varias clases. Está la conciencia ignorante y oscurecida, relativa y
no absolutamente, porque todos… poseen racionalidad y la luz de la na-
turaleza. Ésta es la condición de los paganos y, por desgracia, de un nú-
mero cada vez mayor en la cristiandad, los cuales son criados en hogares
donde se ignora por completo a Dios. Luego, está la conciencia desca-
rada1 y desafiante que se niega, abiertamente, a someterse a la voluntad
conocida de Dios; tal fue el caso de Faraón. En el caso de Herodes, vemos
una conciencia sobornada, simulando que su juramento, le obligaba a
decapitar a Juan el Bautista. La conciencia cauterizada e insensible (1
Ti. 4:2) pertenece a los que se han resistido durante mucho tiempo a la
luz y han sido entregados por Dios a una mente reprobada2. La concien-
cia desesperanzada y desesperada lleva a su poseedor a poner violentas
manos sobre sí mismo.
En el nuevo nacimiento, la conciencia es renovada, siendo grande-
mente vivificada e iluminada por el Espíritu Santo. A través del ejercicio
de la fe, la conciencia es purificada (Hch. 15:9), siendo limpiada por una
apropiación de la sangre de Cristo (He. 9:14). Una buena conciencia
puede definirse como aquella que está dispuesta a agradar a Dios en todas
las cosas, pues odia el pecado y ama la santidad. Está gobernada por la
Palabra, estando en sujeción a la autoridad de su Autor. Su regla obliga-
toria es la obediencia a Dios y sólo a Él, negándose a actuar separado de
1
Descarada – Desvergonzada.
2
Reprobada – Rechazada por Dios.
Una buena conciencia 43
su luz. En consecuencia, cuanto más consciente es el cristiano, más re-
chaza todo dominio (las tradiciones y opiniones del hombre) que no sea
divino y lo más probable es que se gane la reputación de engreído e in-
tratable3. Sin embargo, cada uno de nosotros debe estar muy en guardia
para no confundir el orgullo y la voluntad propia con una conciencia
escrupulosa. Hay una gran diferencia entre la firmeza y un espíritu no
enseñable, como la hay entre la mansedumbre y la volubilidad4.
¿Cómo se obtiene una conciencia buena y pura? Brevemente, infor-
mándola correctamente y expulsando su inmundicia mediante la confe-
sión penitencial5. La primera gran necesidad de la conciencia es la luz,
pues la ignorancia la corrompe. “El alma sin ciencia6 no es buena” (Pr.
19:2). Así como un juez que no entiende las leyes de su país no es apto
para emitir juicio sobre cualquier asunto que se le presente o como un
ojo entenebrecido no puede desempeñar debidamente su oficio, así tam-
bién una conciencia ciega o desinformada es incapaz de juzgar acerca de
nuestro deber ante Dios. La conciencia no puede ponerse de parte de
Dios, a menos que conozca la voluntad de Él y para conocerla plena-
mente, debemos leer y escudriñar, diariamente, las Escrituras. “¿Con
qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Sal. 119:9).
¡Oh, que podamos decir: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera
a mi camino” (Sal. 119:105)!
Mencionemos ahora, algunas de las cualidades o características de
una buena conciencia. Primero, la sinceridad. Ay, qué poco queda de esta
virtud en el mundo: Cuántas farsas e hipocresía hay ahora por todas par-
tes —en el ámbito religioso, político, comercial y social—. Ésta es una
generación sin conciencia; en consecuencia, hay poca o ninguna hones-
tidad, fidelidad o veracidad. Lo que ahora regula a la persona promedio
es una conveniencia7 temporal, en lugar de actuar de acuerdo a princi-
pios. Pero es diferente con los regenerados8. El temor del Señor ha sido
plantado en su corazón; por lo tanto, puede decir con el Apóstol: “Con-
fiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en
todo” (He. 13:18). Una conciencia sincera desea, genuinamente, conocer
la voluntad de Dios y está verdaderamente determinada a someterse a
3
Intratable – Terco; difícil de tratar; inmanejable.
4
Mansedumbre y volubilidad – Humildad y volatilidad de carácter.
5
Penitencial – Expresando dolor por el pecado.
6
Ciencia – Conocimiento, luz.
7
Conveniencia – Cualidad de ser conveniente y práctico, a pesar de ser, posiblemente, impro-
pio o inmoral; inclinación hacia métodos que son ventajosos, en lugar de justos o equitativos.
8
Regenerados – Aquellos que han nacido de nuevo por el Espíritu Santo.
44 Portavoz de la Gracia • Número 53
ella. El engaño9 ha recibido su herida de muerte y el corazón está abierto
a la luz, dispuesto a ser escudriñado por ella.
La sensibilidad es otra propiedad de la buena conciencia. Por esta cua-
lidad, se entiende un corazón despierto que castiga el pecado en todas
las ocasiones que se le presentan. Lejos de ser indiferente a las exigencias
de Dios, el corazón es sumamente sensible cuando [la conciencia] ha
sido ignorada. Incluso, por lo que muchos consideran cosas insignifican-
tes, una conciencia sensible reprenderá y condenará. Job resolvió preser-
var una conciencia sensible cuando dijo: “No me reprochará mi corazón
en todos mis días” (Job 27:6). Además, podemos entender esta caracte-
rística a partir de su opuesto, es decir, una conciencia cauterizada (1 Ti.
4:2) que se adquiere por una práctica habitual de lo que es malo y el
corazón se vuelve tan duro como la carretera pública. Ora con frecuencia
por una conciencia sensible, querido lector.
Fidelidad. Cuando la conciencia desempeña fielmente su oficio, hay
un constante juicio de nuestro estado ante Dios como una medición de
nuestros caminos por su Santa Palabra. Así, el apóstol Pablo pudo decir:
“Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de
Dios hasta el día de hoy” (Hch. 23:1). El juicio favorable que otros pue-
dan tener de él no dará satisfacción a un hombre recto, a menos que tenga
el testimonio de su conciencia de que su conducta es recta a los ojos de
Dios. No importa cuál sea la tendencia del momento o la costumbre co-
mún de sus semejantes, alguien, cuyo corazón late fiel a Dios, no hará
nada a sabiendas en contra de su conciencia. Siempre dirá: “Juzgad si es
justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios” (Hch 4:19).
Por otra parte, su oración frecuente es: “Examíname, oh Dios, y conoce
mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí ca-
mino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Sal. 139:23-24).
Tranquilidad. Ésta es la recompensa segura de la sinceridad y la fide-
lidad porque los caminos de la Sabiduría (en contraste con los de la ne-
cedad) “son caminos deleitosos, y todas sus veredas paz” (Pr. 3:17). Una
conciencia ofendida nos ofenderá y “¿quién soportará el ánimo angus-
tiado?” (Pr. 18:14). El cristiano puede esperar tanto tocar una brasa en-
cendida sin dolor como pecar sin problemas de conciencia. Pero una con-
ciencia limpia está tranquila, no condena, no está cargada por la culpa
del pecado. Cuando caminamos estrechamente con Dios, hay una sere-
nidad de mente y paz de corazón que es todo lo contrario al estado de los
que están en anarquía y desobediencia. “Los impíos son como el mar en
tempestad, que no puede estarse quieto” (Is. 57:20). La tranquilidad de
9
Engaño – Fraude, argucia.
Una buena conciencia 45
una buena conciencia es una prueba de la calma imperturbable que nos
espera en lo alto.
Pero hay que señalar que no toda conciencia tranquila es buena, ni
toda conciencia inquieta es mala. La conciencia de algunos está tran-
quila porque es insensible. “Cuando el hombre fuerte armado guarda su
palacio, en paz está lo que posee” (Lc. 11:21). Esa es una conciencia tran-
quila y mala porque [ha sido] adormecida por los opiáceos10 de Satanás.
La verdadera tranquilidad de conciencia debe determinarse a partir de
las otras propiedades: Debe surgir de la sinceridad, la sensibilidad y la
fidelidad o, de lo contrario, es una conciencia cauterizada. No debemos
considerar cuánta paz interior tenemos, sino cuánta causa. Como en un
edificio, no se debe considerar la belleza de la estructura, sino sus cimien-
tos. Por otra parte, una conciencia sensible está expuesta a equivocarse
por falta de luz suficiente y a escribir, innecesariamente, cosas amargas
contra sí misma, la cual es una “conciencia débil” (1 Co. 8:12) porque
también, podemos estar atribulados por pecados ya perdonados.
Ahora, una buena conciencia, sólo puede mantenerse mediante una
diligencia constante: “Por esto procuro tener siempre una conciencia sin
ofensa ante Dios y ante los hombres” (Hch. 24:16). El Apóstol se ocu-
paba, diariamente, de mantener limpia su conciencia para que no pu-
diera acusarle justamente de nada, de modo que tuviera el testimonio en
su propio corazón de que su carácter y conducta eran agradables a los
ojos del Santo. El mantenimiento de una buena conciencia es una parte
esencial de la piedad11 personal. “Este mandamiento, hijo Timoteo te en-
cargo... manteniendo la fe y buena conciencia” (1 Ti. 1:18-19). Éste es el
resumen de la piedad personal —la fe es el principio de las cosas que
debemos creer y la conciencia es el principio de las cosas que debemos
hacer—. La fe y la buena conciencia se relacionan de nuevo en 1 Timoteo
1:5 y 3:9 porque no podemos tener la una sin la otra.
Si el lector vuelve a Hechos 24, encontrará que Pablo estaba respon-
diendo a las acusaciones que se le imputaban. En los versículos 14-16, él
hace su defensa, dando en ella, un breve epítome12 del cristianismo prác-
tico y experiencial. Como fundamento, da cuenta de su fe: “Creyendo
todas las cosas… que están escritas”, como la prueba inmediata de ello,
“teniendo esperanza en Dios” y, luego, un breve relato de su conducta:
“Por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa”. Un conoci-
miento salvador de la verdad, entonces, es una creencia en las Escrituras
que produce una esperanza de vida eterna, lo cual se evidencia por un
10
Opiáceos – Narcóticos, psicofármacos.
11
Piedad – Devoción.
12
Epítome – Resumen o relato condensado de algo.
46 Portavoz de la Gracia • Número 53
cuidado del corazón con toda diligencia. Lo mismo se enumera de nuevo
en “el fin del mandamiento” (el designio de la institución del Evangelio),
[que] es ese amor [que] cumple la Ley, que nace de un corazón que late
fiel a Dios (1 Ti. 1:5).
“Por esto procuro”: Debemos hacer de ello, nuestro esfuerzo constante.
Primero, escudriñando, diligente y diariamente, las Escrituras para po-
der descubrir la voluntad de Dios. Somos exhortados: “No seáis insensa-
tos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor” (Ef. 5:17) y esto,
para que podamos determinar lo que le agrada, de modo que no lo ofen-
damos ni en la creencia ni en el culto. Una conciencia mal informada es,
en el mejor de los casos, una conciencia débil e ignorante.
Segundo, mediante una seria indagación sobre el estado de nuestro co-
razón y nuestros caminos: “Temblad, y no pequéis; meditad en vuestro
corazón estando en vuestra cama, y callad” (Sal. 4:4). Necesitamos cues-
tionarnos y pedirnos cuentas a nosotros mismos con frecuencia. Si que-
remos que la conciencia nos hable, debemos hablarle a menudo. Se nos
ha dado por esta misma razón, para que podamos juzgar nuestro estado
y nuestras acciones con respecto al juicio de Dios. Entonces, “escudriñe-
mos nuestros caminos” (Lm. 3:40). Tómate tu tiempo, querido lector,
para dialogar13 contigo mismo y considerar cómo están las cosas entre tú
y Dios. Las cuentas cortas evitan los errores, así que revisa cada día y
corrige lo que se ha interpuesto entre tú y Dios.
Tercero, un curso uniforme de obediencia: “En esto conocemos que so-
mos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él” (1
Jn. 3:19).
Cuarto, mediante una vigilancia constante: “Velad y orad para que no
entréis en tentación” (Mt. 26:41).
Quinto, mediante una seria resistencia y mortificación14 del pecado:
Cortándose la mano derecha y sacándose el ojo derecho.
Sexto, mediante un sincero arrepentimiento y confesión cuando se es
consciente de la falta.
Séptimo, mediante la apropiación, por la fe, de la sangre purificadora
de Cristo.
Tomado de Estudios en las Escrituras (Studies in the Scriptures), enero 1938;
disponible en CHAPEL LIBRARY.
13
Dialogar – Discutir.
14
Mortificación – Dar muerte. Ver Portavoz de la Gracia N° 29: Mortificación. Disponible en
CHAPEL LIBRARY.
UNA CONCIENCIA EN PAZ
J. C. Ryle (1816-1900)
C
RISTO, en una palabra, ha vivido por el verdadero cristiano. Cristo
ha muerto por él. Cristo ha ido a la tumba por él. Cristo ha resu-
citado por él. Cristo ha ascendido a lo alto por él y ha ido al cielo
a interceder por su alma. Cristo ha hecho todo, ha pagado todo, ha sufrido
todo lo necesario para su redención. De ahí surge la justificación del ver-
dadero cristiano —de ahí su paz—. En sí mismo, no tiene nada; pero en
Cristo, tiene todas las cosas que su alma puede requerir (Col. 2:3; 3:11).
¡Quién puede expresar la bendición del intercambio que tiene lugar en-
tre el verdadero cristiano y el Señor Jesucristo! La justicia de Cristo es
puesta sobre él y sus pecados son puestos sobre Cristo. Cristo ha sido con-
siderado pecador por causa de él y, ahora, él es considerado inocente por
causa de Cristo. Cristo ha sido condenado por él, aunque no había ninguna
falta en Él, y, ahora, él es absuelto por causa de Cristo, aunque está cu-
bierto de pecados, faltas y defectos. ¡Aquí está, ciertamente, la sabiduría!
Dios puede ahora ser justo y, sin embargo, perdonar al impío. El hombre
puede sentirse pecador y, sin embargo, tener una buena esperanza del
cielo y sentir paz interior. ¿Quién entre los hombres podría haber imagi-
nado tal cosa? ¿Quién no debería admirarlo cuando lo oye? (2 Co. 5:21).
Leemos en la historia del Evangelio, acerca de una manifestación de
su amor… Leemos tocante a Jesús, el Hijo de Dios, descendiendo a un
mundo de pecadores, quienes no se preocuparon por Él antes de que vi-
niera ni lo honraron cuando apareció. Leemos de Él, descendiendo a la
prisión y sometiéndose a ser atado para que nosotros, los pobres prisio-
neros, pudiéramos ser libres. Leemos que se hizo obediente hasta la
muerte —y muerte de cruz— para que, a nosotros, los indignos hijos de
Adán, se nos abriera una puerta a la vida eterna. Leemos de Él que se
complació con llevar nuestros pecados y nuestras transgresiones para
que pudiéramos vestir su justicia y caminar en la luz y la libertad de los
hijos de Dios (Fil. 2:8, 15).
¡Esto bien puede llamarse un amor que “excede a todo conocimiento”
(Ef. 3:19)! De ninguna manera, la gracia gratuita podría haber brillado
tan intensamente como en el camino de la justificación por Cristo.
Éste es el antiguo camino por el cual, sólo los hijos de Adán que han
sido justificados desde el principio del mundo, han encontrado su paz.
Desde Abel en adelante, ninguna persona ha recibido jamás una gota de
misericordia, excepto por medio de Cristo. A Él apuntaba cada altar que
48 Portavoz de la Gracia • Número 53
se erigió antes del tiempo de Moisés. A Él dirigían, los hijos de Israel,
todos los sacrificios y ordenanzas de la ley judía. De Él dieron testimonio
todos los profetas. En una palabra, si se pierde de vista la justificación
por Cristo, una gran parte de las Escrituras del Antiguo Testamento se
convertirá en un laberinto enredado y sin sentido.
Éste es el camino de justificación que satisface, exactamente, los deseos y
requisitos de la naturaleza humana. Aún queda una conciencia en el hom-
bre, aunque es un ser caído. Hay un tenue sentido de su propia necesidad
que, en sus mejores momentos, se hará oír y que nada, sino Cristo, puede
satisfacer. Mientras su conciencia no esté hambrienta, cualquier juguete
religioso satisfará el alma de un hombre y lo mantendrá tranquilo. Pero
una vez que su conciencia esté hambrienta, nada lo tranquilizará, sino el
alimento espiritual —y ningún alimento, sino Cristo—.
Hay algo dentro de un hombre cuando su conciencia está realmente
despierta que le susurra: “Debe pagarse un precio por mi alma o no ha-
brá paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo.
Cristo ya ha pagado un rescate por su redención. Cristo se entregó a Sí
mismo por él. Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por
nosotros maldición (Gá. 2:20; 3:13).
Hay algo dentro de un hombre cuando su conciencia está realmente
despierta que le susurra: “Necesito alguna justicia o título para el cielo, o
no tendré paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo.
Él ha traído una “justicia perdurable” (Dn. 9:24). “Porque el fin de la ley
es Cristo, para justicia” (Ro. 10:4). Su nombre es “Jehová, justicia nuestra”
(Jer. 23:6). Dios, “al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado,
para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21).
Hay algo dentro del hombre cuando su conciencia está realmente des-
pierta que le susurra: “Debe haber castigo y sufrimiento por mis pecados
o no habrá paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con
Cristo. Cristo padeció por el pecado, “el justo por los injustos, para lle-
varnos a Dios” (1 P. 3:18). Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo
sobre el madero. Por su herida fuimos nosotros sanados (1 P. 2:24).
Hay algo dentro del hombre cuando su conciencia está realmente des-
pierta que le susurra: “Debo tener un sacerdote para mi alma o no tendré
paz”. De inmediato, el Evangelio le sale al encuentro con Cristo. Cristo
está sellado y designado por Dios el Padre para ser el Mediador entre Él
y el hombre. Él es el Abogado ordenado para los pecadores. Él es el Con-
sejero y el Médico acreditado de las almas enfermas. Él es el gran Sumo
Sacerdote, el todopoderoso Absolvedor, el bondadoso Confesor de los pe-
cadores agobiados (1 Ti. 2:5; He. 8:1).
Sé que hay miles de cristianos profesantes que no ven ninguna belleza
Una conciencia en paz 49
peculiar en esta doctrina de la justificación por Cristo. Sus corazones
están enterrados en las cosas del mundo. Sus conciencias están paraliza-
das, entumecidas y mudas. Pero cuando la conciencia de un hombre co-
mienza, realmente, a sentir y a hablar, verá algo en la expiación y en el
oficio sacerdotal de Cristo que nunca antes había visto. La luz no se
adapta al ojo ni la música al oído más perfectamente de lo que Cristo se
adapta a las necesidades reales de un alma pecadora. Cientos pueden
testificar que la experiencia de un pagano convertido en la isla de Raia-
tea en el Océano Pacífico Sur, ha sido exactamente la de ellos. “Vi”, dijo,
“una montaña inmensa, con laderas escarpadas, que traté de escalar,
pero cuando había alcanzado una altura considerable, perdí el equilibrio
y caí al fondo. Exhausto por la confusión y la fatiga, me alejé y me senté
a llorar; y mientras lloraba, vi caer una gota de sangre sobre aquella mon-
taña y, en un momento, se disolvió”. Se le pidió que explicara qué signi-
ficaba todo aquello. “Esa montaña”, dijo, “eran mis pecados y esa gota
que cayó sobre ella, era una gota de la preciosa sangre de Jesús, por la
cual la montaña de mi culpa se derritió”1 .
Éste es el único y verdadero camino hacia la paz: La justificación por
Cristo. Cuidado, no sea que alguno los desvíe de este camino y los lleve a
alguna de las falsas doctrinas de la religión de Roma. ¡Ay, es asombroso
ver cómo esa [tradición] ha construido una casa de gran error junto a la
casa de la verdad! Aférrate a la verdad de Dios sobre la justificación y no
te dejes engañar. No escuches nada de lo que puedas oír sobre otros me-
diadores y ayudantes de la paz. Recuerda que no hay sino un solo mediador
—Jesucristo— no hay purgatorio para los pecadores, sino uno —la sangre
de Cristo— no hay sacrificio por el pecado, sino uno —el sacrificio que se
hizo una vez en la cruz— ni obras que puedan merecer algo, sino la obra
de Cristo; ni sacerdote que pueda absolver verdaderamente, sino Cristo.
Permanece firme y en guardia. No des a otro la gloria que se debe a Cristo.
¿Qué sabes de Cristo? No dudo de que hayas oído hablar de Él de oí-
das... Tal vez, estés familiarizado con la historia de su vida y muerte.
Pero, ¿qué conocimiento experiencial tienes de Él? ¿Qué uso práctico
haces de Él? ¿Qué tratos y transacciones ha habido entre tu alma y Él?
Oh, créanme, ¡no hay paz con Dios excepto por medio de Cristo! La paz es
su don peculiar. La paz es el legado que sólo Él tuvo el poder de dejar
tras de Sí cuando dejó el mundo. Cualquier otra paz aparte de ésta, es
una burla y un engaño. Cuando el hambre pueda ser aliviada sin comida,
la sed apagada sin bebida y el cansancio eliminado sin descanso, enton-
ces, y solo entonces, los hombres encontrarán paz sin Cristo.
1
John Williams, Una narración de las empresas misioneras en las islas del Mar del Sur (A Narra-
tive of Missionary Enterprises in the South Sea Islands). (London: J. Snow, 1837), 370-371.
50 Portavoz de la Gracia • Número 53
Ahora, ¿es ésta tu paz? Comprada por Cristo con su propia sangre,
ofrecida por Cristo, gratuitamente, a todos aquellos que están dispuestos
a recibirla, ¿es ésta tu paz? ¡Oh, no descanses! No descanses hasta que
puedas dar una respuesta satisfactoria a mi pregunta: ¿TIENES PAZ?
Tomado de Sendas antiguas: Declaraciones claras sobre algunos de los asuntos más im-
portantes del cristianismo (Old Paths: Being Plain Statements of Some of the Weightier
Matters of Christianity) London: Charles J. Thynne, 1898), 221; de dominio público.
_______________________
J. C. Ryle (1816-1900): Obispo de la Iglesia Anglicana; nacido en Macclesfield, con-
dado de Cheshire, Inglaterra, Reino Unido.
El gozo de la conciencia es el mayor gozo, como la tribulación de la conciencia es la
mayor tribulación. Cuando la conciencia da su testimonio con nosotros y por noso-
tros, ¡cuán llena de gozo está el alma, aun en medio de las penas más profundas y de
los mayores sufrimientos! Una buena conciencia tiene confianza segura y el que la
tiene, se sienta como Noé —tranquilo en el más grande fuego; liberado, si no de la
destrucción común, sí de la distracción común—. Una buena conciencia es una for-
taleza inexpugnable... Hará a un hombre capaz de resistir contra las más feroces ba-
terías de hombres y demonios. Una buena conciencia, llenará a un hombre de valor
y consuelo, en medio de todos sus problemas y angustias. Pablo tenía bastante que
decir en su favor cuando se presentó ante el concilio: “Varones hermanos, yo con toda
buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy” (Hch. 23:1-2). Y
aunque tan pronto como lo dijo, Ananías ordenó que le golpearan en la boca, él se
mantuvo firme porque su conciencia no lo golpeó, sino que lo absolvió... Una buena
conciencia es un paraíso en un desierto; es riqueza en la pobreza, salud en la enfer-
medad, fortaleza en la debilidad, libertad en las prisiones y vida en la muerte (Is.
38:3). Una buena conciencia hará triunfar a un hombre sobre innumerables males,
sí, sobre la muerte misma. Para una persona así, la muerte no es el rey de los terrores,
sino el rey de los deseos (Fil. 1:23). Una buena conciencia será la mejor amiga del
cristiano en los peores momentos: Será una espada para defenderlo, un bastón para
sostenerlo, una columna de fuego para guiarlo, un José para alimentarlo, una Dorcas
para vestirlo, una Canaán para refrescarlo y un banquete para deleitarlo: “El de co-
razón contento tiene un banquete continuo” (Pr. 15:15). Ahora, no hay nada que
pueda hacer a un hombre divinamente alegre, salvo que tenga una buena conciencia.
“Una buena conciencia”, dice alguien, “es el lecho de Dios, el palacio de Cristo, la
morada del Espíritu Santo, el paraíso de las delicias y donde todo árbol ofrece un
banquete”. “La tranquilidad de la conciencia y la seguridad de la inocencia, superan
todas las cosas que el mundo considera buenas”. El que tiene una buena conciencia
goza de una serenidad continua y se sienta, continuamente, en ese banquete bendito,
en el que los benditos ángeles son cocineros y mayordomos, como dice Lutero, y las
tres personas en Trinidad, huéspedes alegres. Todos los demás festejos de una buena
conciencia a éste, son hambre absoluta... La mejor manera en este mundo para que
un hombre convierta toda su vida en una alegre fiesta, es conseguir y conservar una
buena conciencia. —Thomas Brooks
UN POCO DE RELIGIÓN POR EL
BIEN DE LA CONCIENCIA
Charles H. Spurgeon (1834-1892)
H
AY todavía otra clase1 de personas y cuando me haya referido a
ellos, no las mencionaré más. Estas son las personas que se de-
dican a la religión con el fin de tranquilizar su conciencia y es
asombroso cuán poco de religión logra, a veces, eso.
Algunas personas nos dicen que, si en tiempo de tormenta, los hombres
vertieran botellas de aceite sobre las olas, se produciría de inmediato, una
gran calma. Nunca lo he intentado y lo más probable es que nunca lo haga,
pues mi órgano de credulidad no es lo suficientemente grande como para
aceptar una afirmación tan exagerada. Pero hay algunas personas que
piensan que pueden calmar la tormenta de una conciencia atribulada, ver-
tiendo sobre ella un poco del aceite de una profesión de religión2. ¡Es asom-
broso el maravilloso efecto que esto realmente tiene! He conocido a un
hombre que se emborrachaba muchas veces durante la semana y que ob-
tenía su dinero de manera deshonesta; sin embargo, siempre tenía la con-
ciencia tranquila por ir regularmente los domingos a su iglesia o capilla.
Hemos oído hablar de un hombre que podía devorar “las casas de las viu-
das” (Mt. 23:14) —un abogado que podía tragarse todo lo que se cruzaba
en su camino— y, sin embargo, nunca se iba a la cama sin decir sus ora-
ciones. Eso tranquilizaba su conciencia. Hemos oído hablar de otras per-
sonas, especialmente entre los romanistas, que no se opondrían al robo,
pero que consideraban el comer cualquier cosa, excepto pescado en vier-
nes, como un pecado terrible, suponiendo que, al ayunar el viernes, todas
las iniquidades de todos los días de la semana serían borradas.
Ellos quieren las formas externas de la religión para mantener tranquila
la conciencia porque la conciencia es uno de los peores huéspedes que se
pueden tener en casa cuando se pone beligerante. No se puede permanecer
con ella. Es un mal compañero de cama —malo al acostarse e, igualmente,
molesto al levantarse—. La conciencia culpable es una de las maldiciones
del mundo —apaga el sol y quita el brillo al rayo de luna—. Una concien-
cia culpable lanza una exhalación nociva a través del aire, quita la belleza
1
Nota del editor – El autor ha mencionado clases de personas que adoptan una religión por
diferentes razones: Aquellos que lo hacen para ser respetables, quienes desean ser considera-
dos santos preeminentemente y quienes la adoptan por lo que pueden obtener de ella.
2
Profesión de religión – Hacerse religioso, seguir una religión, sus preceptos y normas.
52 Portavoz de la Gracia • Número 53
del paisaje, la gloria del río que fluye, la majestad de las aguas ondulantes.
No hay nada bello para el hombre que tiene una conciencia culpable. No
necesita que le acusen, todo le acusa. Por eso, la gente se dedica a la reli-
gión, sólo para tranquilizarse. Toman el sacramento algunas veces; van a
un lugar de culto; cantan un himno de vez en cuando; dan una guinea3 a
una obra de caridad; se proponen dejar una parte en su testamento para
construir casas de beneficencia y, de este modo, la conciencia es adorme-
cida. La arrullan de un lado a otro con observancias religiosas hasta que
allí duerme, mientras le cantan la canción de cuna de la hipocresía, y no
despierta hasta que se despierte con aquel hombre rico que estaba aquí
vestido de púrpura, pero que, en el otro mundo, alzó los ojos en el infierno,
estando en tormentos sin una gota de agua para refrescar su lengua ar-
diente (Lc. 16).
¿Por qué, entonces, debemos correr en esta carrera? Pues por el cielo,
la vida eterna, la justificación por la fe, el perdón del pecado, la acepta-
ción en el Amado y la gloria eterna. Si corren por cualquier otra cosa que
no sea la salvación, si ganaran, no vale la pena correr por lo que han
ganado. ¡Oh! ¡Les suplico a cada uno de ustedes que se aseguren de tra-
bajar por la eternidad! Nunca se contenten con nada menos que una fe
viva en un Salvador vivo; no descansen hasta que estén seguros de que el
Espíritu Santo está obrando en sus almas. No piensen que lo exterior de
la religión puede serles útil: Es sólo la parte interior de la religión lo que
Dios ama. Procuren tener un arrepentimiento del que no haya necesidad
de arrepentirse —una fe que mire únicamente a Cristo y que los apoye
cuando lleguen a las crecidas aguas del Jordán—4. Procura tener un amor
que no sea como una llama pasajera, que arde por un momento y luego se
apaga; sino una llama que aumente y aumente, y siga aumentando, hasta
que tu corazón sea tragado por ella y que sólo el nombre de Jesucristo sea
el único objeto de tu afecto. Al correr la carrera celestial, no debemos po-
ner ante nosotros nada menos que lo que Cristo puso ante Él. Él se propuso
el gozo de la salvación delante de Sí mismo y luego, corrió despreciando
la cruz y soportando la vergüenza. Así, hagámoslo nosotros; y ¡que Dios
nos dé buen éxito para que, por su buen Espíritu, alcancemos la vida
eterna mediante la resurrección de Jesucristo nuestro Señor!
Tomado de un sermón predicado un viernes por la tarde, el 11 de junio de 1858, en
la Tribuna del Hipódromo de Epsom.
_______________________
Charles H. Spurgeon (1834-1892): Influyente predicador bautista inglés.
3
Guinea – Moneda de oro que se acuñaba en el Reino Unido.
4
Crecidas aguas del Jordán – La muerte.