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Adaptacion La Casa de Bernarda Alba

El acto primero de la obra presenta a Bernarda y su tiranía sobre su familia tras la muerte de su esposo, mientras La Poncia, la criada, expresa su descontento y frustración. Las hijas de Bernarda, atrapadas en un ambiente opresivo, lidian con las restricciones impuestas por su madre y la presión social. La obra explora temas de control, represión y el deseo de libertad en un contexto de luto y tradición.

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Adaptacion La Casa de Bernarda Alba

El acto primero de la obra presenta a Bernarda y su tiranía sobre su familia tras la muerte de su esposo, mientras La Poncia, la criada, expresa su descontento y frustración. Las hijas de Bernarda, atrapadas en un ambiente opresivo, lidian con las restricciones impuestas por su madre y la presión social. La obra explora temas de control, represión y el deseo de libertad en un contexto de luto y tradición.

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Realizada por Piafante Nefelibata

Acto primero
Se oyen doblar las campanas. (Mirar si se puede cantar, en modo Gregoriano, algo de esto durante la procesión de
camino a la casa: Bernarda: "Réquiem aeternam dona eis, Domine". Todas: "Et lux perpetua luceat eis")

La Poncia: Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes. Llevan ya más de dos horas de gori-gori. Han
venido curas de todos los pueblos. La iglesia está hermosa.

¡Ay! ¡Gracias a Dios que estoy sola. Así puedo comer un poco… ¡Si me viera Bernarda...! ¡Quisiera que ahora, que no
come ella, que todas nos muriéramos de hambre! ¡Mandona! ¡Dominanta!

Voz (Dentro): ¡Bernarda!

La Poncia: Está bien cerrada, con dos vueltas de llave. Pero hay que poner también la tranca. Tiene unos dedos como
cinco ganzúas.

Voz vieja: ¡Bernarda!

La Poncia: (A voces) ¡Ya viene! Si Bernarda no ve relucientes las cosas me arrancará los pocos pelos que me quedan.

¡Qué mujer! Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse encima de tu corazón y ver cómo te mueres
durante un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado! Sangre
en las manos tengo de fregarlo todo.
Ella, la más aseada; ella, la más decente; ella, la más alta. Buen descanso ganó su pobre marido.

(Cesan las campanas.)

Solo vinieron los de ella. La gente de él la odia. Vinieron a verlo muerto, y le hicieron la cruz. Desde que murió el
padre de Bernarda no han vuelto a entrar las gentes bajo estos techos. Ella no quiere que la vean en sus dominios,
maldita sea.

Treinta años lavando sus sábanas; treinta años comiendo sus sobras; noches en vela cuando tose; días enteros
mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento; vida sin secretos una con otra, y sin embargo,
¡maldita sea! ¡Mal dolor de clavo le pinche en los ojos! ¡Mujer! Pero yo soy buena perra; ladro cuando me lo dice y
muerdo los talones de los que piden limosna cuando ella me azuza; mis hijos trabajan en sus tierras y ya están los
dos casados, pero un día me hartaré.

Y ese día... Ese día me encerraré con ella en un cuarto y le estaré escupiendo un año entero. "Bernarda, por esto, por
aquello, por lo otro", hasta ponerla como un lagarto machacado por los niños, que es lo que es ella y toda su
parentela. Claro es que no le envidio la vida. La quedan cinco mujeres, cinco hijas feas, que quitando a Angustias, la
mayor, que es la hija del primer marido y tiene dineros, las demás mucha puntilla bordada, muchas camisas de hilo,
pero pan y uvas por toda herencia.

Yo tengo mis manos y un hoyo en la tierra de la verdad. ¡Ésa es la única tierra que nos dejan a las que no tenemos
nada!

(En la mesa) Este cristal tiene unas motas. Ni con el jabón ni con bayeta se le quitan.

(Suenan las campanas)


El último responso. Me voy a oírlo. A mí me gusta mucho cómo canta el párroco. En el "Pater noster" subió, subió,
subió la voz que parecía un cántaro llenándose de agua poco a poco. ¡Claro es que al final dio un gallo, pero da gloria
oírlo! Ahora que nadie como el antiguo sacristán, Tronchapinos. En la misa de mi madre, que esté en gloria, cantó.

1
Retumbaban las paredes, y cuando decía amén era como si un lobo hubiese entrado en la iglesia. ¡Dios lo haya
perdonado! (Canta)

Bernarda: (A la Poncia) ¡Silencio!

Poncia: Bernarda

Bernarda: Debías haber procurado que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo. Vete y sirve limonada a
las mujeres y a los hombres. No es éste tu lugar. (La Poncia sale) Los pobres son como los animales. Parece como si
estuvieran hechos de otras sustancias.

Adela: Los pobres sienten también sus penas.

Bernarda: Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.

Adela: Comer es necesario para vivir.

Bernarda: A tu edad no se habla delante de las personas mayores.

Angustias: (A Adela) Niña, cállate.

Bernarda: No he dejado que nadie me dé lecciones.

(Pausa. Se abanican todas)

Martirio: Cae el sol como plomo. Hace años no he conocido calor igual.

(Pausa. Se abanican todas)

Bernarda: ¡¿Está hecha la limonada?!

La Poncia: (Entra con una gran bandeja llena de jarritas blancas, que distribuye.) Sí, Bernarda.

Bernarda: ¿Le diste a los hombres?

La Poncia: Ya están tomando en el patio.

Bernarda: Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen por aquí.

Angustias: Pepe el Romano estaba con los hombres del duelo.

Martirio: Allí estaba.

Bernarda: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver
la cabeza es buscar el calor de la pana.

La Poncia: (Entre dientes) ¡Sarmentosa por calentura de varón! (Sale)

Bernarda: (Dando un golpe de bastón en el suelo) ¡Alabado sea Dios! (Acá puede darse una imagen alterna de Pepe
con la bolsa de dineros a La Poncia)

Todas: (Santiguándose) Sea por siempre bendito y alabado.

Bernarda: ¡Descansa en paz con la santa compaña de cabecera!

2
Todas: ¡Descansa en paz!

Bernarda: Con el ángel San Miguel y su espada justiciera

Todas: ¡Descansa en paz!

Bernarda: Con la llave que todo lo abre y la mano que todo lo cierra.

Todas: ¡Descansa en paz!

Bernarda: Con los bienaventurados y las lucecitas del campo.

Todas: ¡Descansa en paz!

Bernarda: Con nuestra santa caridad y las almas de tierra y mar.

Todas: ¡Descansa en paz!

Bernarda: Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides y dale la corona de tu santa gloria.

Todas: Amén.

La Poncia: (Entrando con una bolsa) De parte de los hombres esta bolsa de dineros para responsos.

Bernarda: Dales las gracias, échales una copa de aguardiente y luego manda a todos a sus cuevas a criticar todo lo
que han visto. Ojalá tarden muchos años en pasar nuevamente el arco de mi puerta.

La Poncia: No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.

Bernarda: Sí, para llenar mi casa con el sudor de sus refajos y el veneno de sus lenguas.

Angustias: Madre, no hable usted así

Bernarda: Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el
agua con el miedo de que esté envenenada (A Adela) Niña, dame un abanico.

Adela: Tome usted. (Le da el suyo y ella saca uno de flores y colores. Se abanica)

Bernarda: (Arrojándole el abanico al suelo) ¿Es éste el abanico para un duelo? Aprende a respetar el luto de tu
padre. (Le entrega el abanico negro)
Martirio: Tome usted el mío.

Bernarda: ¿Y tú?

Martirio: Yo no tengo calor.

Bernarda: Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de
la calle. Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas. Así pasó en casa de mi padre y en casa
de mi abuelo. Mientras, podéis empezar a bordaros el ajuar. En el arca tengo veinte piezas de hilo con el que podréis
cortar sábanas y embozos. Martirio puede bordarlas.

Martirio: Malditas sean las mujeres.

Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando. Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón. Eso tiene la
gente que nace con posibles. (Sale Angustias)
3
Voz: ¡Bernarda!, ¡déjame salir!

Bernarda: (A Poncia) Dejadla salir ya (Sale Adela) (Acá escena de Angustias espiando a Pepe y Adela a Angustias)

Poncia: Pero Bernarda, me ha costado mucho trabajo sujetarla. A pesar de sus ochenta años tu madre es fuerte
como un roble.

Bernarda: Tiene a quien parecérsele. Mi abuelo fue igual.

Poncia: Tuve durante el duelo que taparle varias veces la boca con un costal vacío porque quería llamarte para que
le dieras agua de fregar siquiera, para beber, y carne de perro, que es lo que ella dice que tú le das.

Martirio: ¡Tiene mala intención!

Bernarda: (A Poncia) Déjala que se desahogue en el patio.

Poncia: Ha sacado del cofre sus anillos y los pendientes de amatistas, se los ha puesto y me ha dicho que se quiere
casar. (Las hijas ríen.)

Bernarda: Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.

Poncia: No tengas miedo que se tire.

Bernarda: No es por eso... Pero desde aquel sitio las vecinas pueden verla desde su ventana. (Sale la Criada)

Martirio: Me voy a cambiar la ropa.

Bernarda: Sí, pero no el pañuelo de la cabeza. (Entra Adela.) ¿Y Angustias?

Adela: (Con retintín.) La he visto asomada a la rendija del portón. Los hombres se acababan de ir.
Bernarda: ¿Y tú a qué fuiste también al portón?
Adela: Me llegué a ver si habían puesto las gallinas.

Bernarda: ¡Pero el duelo de los hombres habría salido ya!

Adela: (Con intención) Todavía estaba un grupo parado por fuera.

Bernarda: (Furiosa) ¡Angustias! ¡Angustias!

Angustias: (Entrando.) ¿Qué manda usted?

Bernarda: ¿Qué mirabas y a quién?

Angustias: A nadie.

Bernarda: ¿Es decente que una mujer de tu clase vaya con el anzuelo detrás de un hombre el día de la misa de su
padre? ¡Contesta! ¿A quién mirabas? (Pausa.)

Angustias: Yo...

Bernarda: ¡Tú!

Angustias: ¡A nadie!

4
Bernarda: (Avanzando con el bastón) ¡Suave! ¡dulzarrona! (Le da)

La Poncia: (Entra corriendo) ¡Bernarda, cálmate! (La sujeta) (Angustias llora.)

Bernarda: ¡Fuera de aquí todas! (Salen)

La Poncia: Ella lo ha hecho sin dar alcance a lo que hacía, que está francamente mal. ¡Ya me chocó a mí verla
escabullirse hacia el patio! Luego estuvo detrás de una ventana oyendo la conversación que traían los hombres, que,
como siempre, no se puede oír.

Bernarda: ¡A eso vienen a los duelos! (Con curiosidad) ¿De qué hablaban?

La Poncia: Hablaban de Paca la Roseta. Anoche ataron a su marido a un pesebre y a ella se la llevaron a la grupa del
caballo hasta lo alto del olivar.

Bernarda: ¿Y ella?

La Poncia: Ella, tan conforme. Dicen que iba con los pechos fuera y Maximiliano la llevaba cogida como si tocara la
guitarra. ¡Un horror!

Bernarda: ¿Y qué pasó?

La Poncia: Lo que tenía que pasar. Volvieron casi de día. Paca la Roseta traía el pelo suelto y una corona de flores en
la cabeza.

Bernarda: Es la única mujer mala que tenemos en el pueblo.

La Poncia: Porque no es de aquí. Es de muy lejos. Y los que fueron con ella son también hijos de forasteros. Los
hombres de aquí no son capaces de eso.
Bernarda: No, pero les gusta verlo y comentarlo, y se chupan los dedos de que esto ocurra.

La Poncia: Contaban muchas cosas más.

Bernarda: (Mirando a un lado y a otro con cierto temor) ¿Cuáles?

La Poncia: Me da vergüenza referirlas.

Bernarda: Y mi hija las oyó.

La Poncia: ¡Claro!

Bernarda: Ésa sale a sus tías; blancas y untosas que ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo. ¡Cuánto
hay que sufrir y luchar para hacer que las personas sean decentes y no tiren al monte demasiado!

La Poncia: ¡Es que tus hijas están ya en edad de merecer! Demasiada poca guerra te dan. Angustias ya debe tener
mucho más de los treinta. Bernarda: Treinta y nueve justos.

La Poncia: Figúrate. Y no ha tenido nunca novio...

Bernarda: (Furiosa) ¡No, no ha tenido novio ninguna, ni les hace falta! Pueden pasarse muy bien.

La Poncia: No he querido ofenderte.

Bernarda: No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar a ellas. Los hombres de aquí no son de su
clase. ¿Es que quieres que las entregue a cualquier gañán?
5
La Poncia: Debías haberte ido a otro pueblo.

Bernarda: Eso, ¡a venderlas!

La Poncia: No, Bernarda, a cambiar... ¡Claro que en otros sitios ellas resultan las pobres!

Bernarda: ¡Calla esa lengua atormentadora!

La Poncia: Contigo no se puede hablar. ¿Tenemos o no tenemos confianza?

Bernarda: No tenemos. Me sirves y te pago. ¡Nada más!

Poncia: (Por la ventana) Ahí viene don Arturo, que viene a arreglar las particiones.

Bernarda: Voy a atenderle (A la Poncia.) Y tú ve guardando en el arca grande toda la ropa del muerto.

La Poncia: Algunas cosas las podríamos dar...

Bernarda: Nada. ¡Ni un botón! ¡Ni el pañuelo con que le hemos tapado la cara! (Sale lentamente apoyada en el
bastón y al salir vuelve la cabeza y mira a su criada. La criada sale después)

(Entran Adela y Martirio.)

Adela: ¿Has tomado la medicina?

Martirio: ¡Para lo que me va a servir!

Adela: Pero la has tomado.

Martirio: Yo hago las cosas sin fe, pero como un reloj.

Adela: Desde que vino el médico nuevo estás más animada.

Martirio: Yo me siento lo mismo.

Adela: ¿Te fijaste? Adelaida no estuvo en el duelo.

Martirio: Ya lo sabía. Su novio no la deja salir ni al tranco de la calle. Antes era alegre; ahora ni polvos echa en la
cara.

Adela: Ya no sabe una si es mejor tener novio o no.

Martirio: Es lo mismo.

Adela: De todo tiene la culpa esta crítica que no nos deja vivir. Adelaida habrá pasado mal rato.

Martirio: Le tienen miedo a nuestra madre. Es la única que conoce la historia de su padre y el origen de sus tierras.
Siempre que viene le tira puñaladas el asunto. Su padre mató en Cuba al marido de primera mujer para casarse con
ella. Luego aquí la abandonó y se fue con otra que tenía una hija y luego tuvo relaciones con esta muchacha, la
madre de Adelaida, y se casó con ella después de haber muerto loca la segunda mujer.

Adela: Y ese infame, ¿por qué no está en la cárcel?

Martirio: Porque los hombres se tapan unos a otros las cosas de esta índole y nadie es capaz de delatar.
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Adela: Pero Adelaida no tiene culpa de esto.

Martirio: No, pero las cosas se repiten. Y veo que todo es una terrible repetición. Y ella tiene el mismo sino de su
madre y de su abuela, mujeres las dos del que la engendró.

Adela: ¡Qué cosa más grande!

Martirio: Es preferible no ver a un hombre nunca. Desde niña les tuve miedo. Los veía en el corral uncir los bueyes y
levantar los costales de trigo entre voces y zapatazos, y siempre tuve miedo de crecer por temor de encontrarme de
pronto abrazada por ellos. Dios me ha hecho débil y fea y los ha apartado definitivamente de mí.

Adela: ¡Eso no digas! Enrique Humanes estuvo detrás de ti y le gustabas.

Martirio: ¡Invenciones de la gente! Una vez estuve en camisa detrás de la ventana hasta que fue de día, porque me
avisó con la hija de su gañán que iba a venir, y no vino. Fue todo cosa de lenguas. Luego se casó con otra que tenía
más que yo.

Adela: ¡Y fea como un demonio!

Martirio: ¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos les importa la tierra, las yuntas y una perra sumisa que les dé de
comer.

Adela: ¡Ay! (Amago de salir)

Martirio: A dónde vas?

Adela: Me pondré un poco más cómoda (Sale)

(Entra Poncia)

Poncia: ¿Qué hacéis?

Martirio: Aquí.

Poncia: ¿Y Adela?

Martirio: ¡Ah! Se ha ido ha poner el traje verde que se hizo para estrenar el día de su cumpleaños

Poncia: ¡Pobrecilla! Es la más joven de vosotras y tiene ilusión

(Pausa. Angustias cruza la escena con unas toallas en la mano.)

Angustias: ¿Qué hora es?

Martirio: Ya deben ser las doce.

Angustias: ¿Tanto?

Poncia: ¡Estarán al caer! ((Sale Angustias. Con intención.) ¿Sabéis ya la cosa...? (Señalando a Angustias.)

Martirio: No.

Poncia: ¡Vamos!

7
Martirio: ¡No sé a qué cosa te refieres...!

Poncia: Mejor que yo lo sabéis las dos. Siempre cabeza con cabeza como dos ovejitas, pero sin desahogaros con
nadie. ¡Lo de Pepe el Romano!

Martirio: ¡Ah!

Poncia: (Remedándola.) ¡Ah! Ya se comenta por el pueblo. Pepe el Romano viene a casarse con Angustias. Anoche
estuvo rondando la casa y creo que pronto va a mandar un emisario.

Martirio: ¡No me alegro! Es buen hombre.

Poncia: Angustias tiene buenas condiciones.

Martirio: Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría, pero viene por el dinero.
Aunque Angustias es mi hermana aquí estamos en familia y reconocemos que está vieja, enfermiza, y que siempre
ha sido la que ha tenido menos méritos de todas nosotras, porque si con veinte años parecía un palo vestido, ¡qué
será ahora que tiene cuarenta!

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