0% encontró este documento útil (0 votos)
44 vistas8 páginas

Guion

La obra 'La cena de los invisibles' presenta a Alexander, quien recibe una invitación misteriosa para una cena en un ambiente desolado. Durante la cena, se revela que los otros comensales son figuras de su pasado, cada una con heridas y traumas relacionados con él, y lo acusan de sus acciones. A medida que la cena avanza, Alexander enfrenta su culpa y el peso de sus decisiones, culminando en un momento de desesperación y revelación sobre su papel en la vida de los demás.

Cargado por

nayemizuki
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
44 vistas8 páginas

Guion

La obra 'La cena de los invisibles' presenta a Alexander, quien recibe una invitación misteriosa para una cena en un ambiente desolado. Durante la cena, se revela que los otros comensales son figuras de su pasado, cada una con heridas y traumas relacionados con él, y lo acusan de sus acciones. A medida que la cena avanza, Alexander enfrenta su culpa y el peso de sus decisiones, culminando en un momento de desesperación y revelación sobre su papel en la vida de los demás.

Cargado por

nayemizuki
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Guión teatral

La cena de los invisibles

ACTO ÚNICO
Escena 1 — La invitación
(Luz suave de atardecer. Una calle tranquila, con un banco de madera a un lado, un par de
farolas y alguna puerta o ventana cerrada. No se ven personasr, parece un desierto. Sonido de
hojas movidas por el viento y algún ladrido lejano.)

ALEXANDER: (caminando, manos en los bolsillos, como alguien que vuelve de algún lado
sin apuro, murmura) Vaya día… tres horas esperando en la plaza y ni un alma. Parece que
todos decidieron desaparecer hoy.

(Se encoge de hombros, mira a ambos lados y sigue andando. Al pasar frente al banco, se
detiene al ver un libro y un sobre.)

ALEXANDER: (mira alrededor con curiosidad) ¿Y esto?

(Levanta el sobre. Es blanco, con un sello de cera roja. Lo examina curioso.)

ALEXANDER: (sonríe) Qué formalidad para… lo que sea que sea esto.

(Rompe el sello y lee en voz alta, con tono medio burlón.) “Esta noche. A las ocho. La mesa
está servida. No falte.”

(Se queda un momento mirando la hoja, luego la guarda.)

ALEXANDER: (encogiéndose de hombros) Supongo que siempre hay sitio para un plato
gratis… aunque no te inviten.

(Se aleja caminando, silbando una melodía despreocupada. Luz baja lentamente mientras se
proyecta, en la parte trasera, una silueta de una casa iluminada en la distancia.)
Escena dos — Llegada a la cena
(Gran comedor. Mesa rectangular con mantel blanco impecable, seis puestos, candelabros
encendidos. La luz es cálida, casi hogareña, pero el perímetro del escenario se pierde en
penumbra. Se oye un leve ding de campanilla. Entra ALEXANDER y ya están sentados
ELENA, ADAM, NATALIA, CRISTEL y ZOE.)

ELENA: ( se pone de pie con una sonrisa medida.) Pasa… ¡por fin! Las velas no deben esperar
más.

ALEXANDER: (sonrisa cortés, algo cohibido) Buenas noches. Disculpen si… interrumpo.
Encontré una invitación… afuera.

ADAM: (voz profunda, cordial) Aquí nadie interrumpe. Aquí se completa la mesa. Siéntate.

NATALIA: (señala la silla vacía, la más centrada, frente a ELENA.) ¿Vino? Es de la casa.
Bueno… de esta casa.

ALEXANDER: Gracias. (Se sienta. Observa el montaje con curiosidad.) Qué… bonito lugar.

ZOE: (jugando con su peluche, sin mirarlo del todo) Es bonito cuando hay gente.

CRISTEL: (retorciendo discretamente el puño de la blusa húmeda) Y hay sitio para todos…
cuando llegan a tiempo.

ALEXANDER: (ríe, trata de aligerar) Menos mal no soy el único que no sabe ser puntual.

(ADAM sirve el vino con precisión. ELENA toma la campanilla y la hace sonar suave.)

ELENA: Un brindis breve antes de empezar.

TODOS (menos Álvaro): Por la mesa.

ALEXANDER: (duda, luego se suma) Por la mesa.

(Se sirven entrada: pan y una crema.)

NATALIA: (inicia la conversación, mientras los demás comen) ¿Vienes de lejos?

ALEXANDER: De… allá. (Señala vagamente hacia fuera.) Caminé un rato. La ciudad está
muy vacía hoy.
ADAM: (sonríe) Hay días así. Uno trabaja, mira el reloj, y… ¡clock! (Golpecito rítmico en la
mesa.) Todo se detiene.

ELENA: A mí me gusta cuando se detiene. La noche se queda quieta… el aire también.

CRISTEL: (sin levantar la vista) Y el agua. Cuando está quieta, refleja mejor.

ALEXANDER: ¿Reflejar qué?

CRISTEL: Lo que uno no quiere mirar.

(Pequeña pausa. ZOE rompe el clima.)

ZOE: ¿Te gusta jugar? Quiero jugar contigo.

ALEXANDER: (aliviado) Claro. ¿A qué jugamos?

ZOE: (sonríe apenas) A “Recuerda o miente”.

NATALIA: (con humor seco) Es entretenido. Y útil.

(Se sirve el plato principal. Huele a estofado; el vapor sube recto.)

ELENA: No cocinamos nada complicado. La cocina simple es… honesta.

ADAM: (mostrando las manos con manchas antiguas de grasa) Antes, en el taller, decían: “Si
Adam lo arregla, queda como nuevo”. No siempre era verdad.

ALEXANDER: Todos exageran un poco lo que hacen.

NATALIA: (mirándolo a los ojos) Algunos más que otros. Por ejemplo, prometer rápido,
silencioso y limpio… y no cumplir ninguno.

(Breve silencio. ALEXANDER bebe un sorbo grande. CRISTEL deja caer una gota de su
cabello sobre el mantel.)

ALEXANDER: (medio riendo) ¿Está lloviendo?

CRISTEL: A veces el agua llega donde quiere, aunque la puerta esté cerrada.

ZOE: A mí me dijeron que contara hasta diez. Llegué a ocho… y me faltó aire.

(ELENA repica la campanilla.)

ELENA: Regla simple: alguien dice algo del pasado. Si recuerdas, respondes “recuerdo”. Si
mientes… otro hablará por ti.
ZOE: (muy bajito) Era de noche, sin faroles. Me dijiste: “no grites”.

ALEXANDER: No…recuerdo.

(La campanilla suena sola, leve.)

ADAM: Golpeaste dos veces. A la tercera, dejaste de mirar.

NATALIA: Llamaste tres veces a mi puerta. A la tercera entraste.

CRISTEL: (hace el gesto de empujar hacia abajo con la palma) Metiste mi cabeza bajo el
agua. Contaste: uno, dos, tres…

ELENA: (llevándose los dedos a los labios) Cerraste las ventanas. Apagaste el amanecer.

ALEXANDER: (se pone de pie del todo) Yo no— ¡No los conozco!

CRISTEL: (erguida, por primera vez lo mira directo) A mí me conociste en el río. Dijiste que
sabías nadar “mejor que nadie”. Metiste mi cabeza. El agua estaba helada. Yo pateé. Tú
contaste: uno… dos… tres… y esperaste a que dejara de moverme. Eso sí lo recuerdas.

ALEXANDER: (torpe) No… recuer— (se interrumpe, jadea.)

ZOE: (temblando, pero firme) Me dijiste “shhh”. Me dolían los dedos. Yo quería gritar tu
nombre, pero no sabía cuál usar.

NATALIA: (abre el saco apenas: se ve herida, manchando su vestido) Yo pensé que iba a doler
menos si mirabas a otro lado. Equivocación mía.

ELENA: (respira hondo, como con dificultad) Cuando cerraste las ventanas pensé que tenías
frío. Era otra cosa. El gas no huele si te acostumbras.

(Pausa larga. Se oye la campanilla sola, tres veces: ting… ting… ting.)

ALEXANDER: (estalla) ¡Esto es una locura! ¡Yo no— yo… no soy…! (Busca una salida con
la mirada. No hay puertas visibles.)

ADAM: (avanza un paso) Mírame.

ALEXANDER: (no puede, evita mirarlo) No quiero.

NATALIA: Siempre fuiste valiente con la espalda de los demás.

CRISTEL: Y medías el tiempo con los pies de otro.

ELENA: Y callabas también su voz.


ZOE: (un hilo de voz) Yo… no quería dejar a mi mami sola.

(Los cinco rodean la mesa sin tocarlo aún. La luz cálida se extingue; queda una luz más fría
desde arriba.)

ADAM: No veniste por casualidad. Viniste porque te llamamos.

ALEXANDER: La carta… era para cualquiera.

NATALIA: Para cualquiera que supiera leer entre líneas.

CRISTEL: Para el que cuenta hasta tres.

ELENA: Para el que apaga los amaneceres.

ZOE: Para el que dice “shhh”.

ELENA: (toma la campanilla. En lugar de hacerla sonar, la deja en el plato de ALEXANDER.)


El juego terminó.

ADAM: (a ALEXANDER, despacio) Nos miraste a todos… hasta que dejamos de mirar. Es tu
turno.

NATALIA: No hay más mesa para ti. Serás un asiento vacío.

CRISTEL: Una sombra sin agua.

ELENA: Una ventana cerrada.

ZOE: Invisible.

ALEXANDER: (retrocede, tropieza con su silla) No. No, no… yo—

ADAM: (se yergue, sentencia) Te haremos invisible.

(Las velas se apagan una a una. Un golpe seco de la campanilla—nadie la toca. Oscuro total.
Una respiración acelerada —ALEXANDER— queda sola en la oscuridad.)

Escena tres — Banquete de la culpa


(El escenario está en completa oscuridad salvo un foco frío que ilumina a ALEXANDER desde
arriba. La mesa y los demás han desaparecido; solo él camina lentamente, respirando con
dificultad. Se escuchan murmullos suaves, susurros apenas audibles, que parecen venir de todas
direcciones.)
ELENA: (su voz es un susurro, distante) Nos prometiste… el amanecer.

CRISTEL: ( habla temblorosa) Contaste: uno… dos… tres… y esperaste… que ya no respire.

NATALIA: (casi un lamento) No miraste atrás. Nos dejaste…

ADAM: (dice con voz profunda, severa) Me golpeaste… y yo confiaba en ti.

ZOE: (pequeño hilo de voz) Me callaste… y no pude gritar…

(ALEXANDER se cubre el rostro con las manos, respirando agitado. Da un paso al frente,
dirige la mirada hacia el público.)

ALEXANDER: (con voz intensa, como justificándose ante todos) No… no lo hice por placer.
Cada uno de ellos… cometió errores que nadie más podía corregir. Vivían en un mundo que no
entendía sus límites, y ellos mismos… no los reconocían. Mentían, engañaban, ignoraban lo
que era correcto. Si los dejaba seguir… habrían destruido más de lo que podían reparar. Yo…
yo tuve que demostrarles las consecuencias. Era un experimento moral… una prueba de verdad.
Para que aprendieran, aunque fuera demasiado tarde.

(Comienza a percibir humedad en su ropa. Primero una mancha roja en la manga, luego se
extiende al torso.)

ALEXANDER: Zoe… pequeña, nunca escuchó que la vida es frágil… se escapaba de todo, y
nadie la guiaba. Adam… pensó que sus manos podían arreglarlo todo, hasta que aprendió que
los errores pesan. Natalia… creyó que las heridas se olvidan solas, pues yo no lo hice. Cristel…
pensó que el agua limpia el alma, lo que haces, pero el olvido ahoga. Y Elena… prometió
silencio, y lo rompió… incluso en la muerte. Todos ellos necesitaban entender… la lección… y
yo era quien debía enseñarla.

(La sangre comienza a expandirse sobre su ropa. Alexander se tambalea, gira sobre sí mismo,
intentando limpiar las manchas con las manos, pero reaparecen más intensas. Los susurros se
superponen, mezclando lamentos, acusaciones y risas.)

ADAM: Golpeaste, miraste… y seguimos contando.

CRISTEL: Soy un cuerpo más en el agua.

ELENA: Una ventana cerrada, para quemarme, borrarme.

NATALIA: Una promesa rota.


ZOE: Invisible.

ALEXANDER: (gritando, desesperado hacia el público) ¡Era necesario! Cada error debía ser
mostrado… cada miedo enfrentado… cada silencio roto… todo formaba parte del
experimento… de la verdad que nadie quería ver. Yo… yo tenía que hacerlo… ellos no podían
aprender por sí mismos… y ahora… ahora soy yo… el que aprende demasiado tarde…

(La sangre cubre totalmente su ropa, gotea por sus manos y rostro. Alexander cae de rodillas,
respirando con dificultad. La luz se atenúa lentamente hasta un solo foco sobre su rostro
manchado de rojo. Las voces se apagan gradualmente, dejando solo su respiración agitada y el
eco de su culpa.)
LA CENA DE LOS
INVISIBLES

También podría gustarte