José Antonio Pagola
JESUCRISTO
Catequesis Cristológicas
INDICE GENERAL
Introducción
1. Importancia de Jesucristo para el cristiano
2. El camino recorrido por los primeros creyentes
3. El camino que recorremos nosotros
Jesús de Nazaret
1. Algunos datos históricos
2. Jesús personaje inclasificable
3. Rasgos fundamentales de la actuación de Jesús
a) Jesús, hombre libre
b) Obediencia radical al Padre
c) Un hombre para los demás
d) Cercanía a los necesitados
e) Servicio liberador
f) Fidelidad hasta la muerte
4. El enigma de Jesús
a) La autoridad de Jesús frente a la Ley
b) La concesión del perdón a los pecadores
c) El comienzo de la liberación del hombre
d) La invocación a Dios como Padre
Para continuar el estudio de Jesús
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
La muerte de Cristo
1. La ejecución de Jesús de Nazaret
2. Jesús ante su propia muerte
3. La muerte de Jesús interpretada desde la fe en la resurrección
- La muerte del Profeta
- La muerte de Justo
- La muerte del Siervo
4. El valor redentor de la muerte de Jesucristo
5. Sentido cristiano de la muerte y el sufrimiento
- La muerte cristiana
- Sentido cristiano del sufrimiento
Para continuar el estudio de la muerte de Jesús
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
La resurrección de Jesucristo
1. Los documentos
- Las confesiones de fe y los cánticos
- La predicación misionera
- Los relatos evangélicos
2. El encuentro de los primeros creyentes con el Resucitado
- El Crucificado se deja ver vivo
- Un encuentro que afecta al hombre entero
- El descubrimiento del enigma de Jesús
- Acontecimiento transformador
- Llamada a una misión
- Experiencia prolongada en la vida
3. La resurrección de Jesús
- No es un retorno a su vida anterior
- No es una supervivencia de su alma inmortal
- No es una prodigiosa operación biológica
- No es una permanencia de Jesús en el recuerdo de los suyos
- Intervención resucitadora de Dios
4. La resurrección, punto de partida para descubrir a Cristo
- Legitimación de la vida y el mensaje de Jesús
- El valor salvador de la muerte de Jesús
- Jesús confesado como Mesías e Hijo de Dios
- El Señor vive para siempre en Dios
- El Resucitado vive en medio de los creyentes
- El retorno del Resucitado
5. La resurrección, buena noticia para los hombres
Para continuar el estudio de la resurrección de Jesús
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
La fe en Cristo resucitado
1. Una fe nueva en Dios, Padre de Jesucristo
- Dios, fiel a sus promesas
- Dios vencedor de la muerte
- Dios, futuro del hombre
- Dios, protesta contra el mal
2. Una fe nueva en Jesús, resucitado por el Padre
- Jesús, nuestro Salvador
- Jesús, Hijo de Dios vivo
- Jesús, vivo en su comunidad
- El encuentro con Jesús vivo
- Cristo resucitado, futuro del hombre
3. Una fe nueva en la vida del hombre
- El mal no tiene la última palabra
- La historia del hombre tiene una meta
- Una nueva fuerza liberadora
- La fuerza resucitadora del amor
4. Algunos rasgos de la esperanza cristiana
- Realismo
- Inconformismo
- Compromiso
- En comunidad
- Esperanza cristiana y esperanza humana
Para continuar el estudio de nuestra fe en Cristo resucitado
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
Jesús, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación
1. La fe en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre
- Jesús, experimentado como hombre
- Jesús, distinto del Padre
- La unión de Jesús con el Padre
- Jesús confesado como hijo de Dios
- La búsqueda de nuevas fórmulas de fe en Jesucristo
2. El gran gesto de Dios: hacerse hombre
- El acontecimiento decisivo de la historia
- Semejante en todo a nosotros
- Excepto en el pecado
3. Jesús, revelación del Dios Salvador
4. Jesús, revelación del verdadero hombre
- El hombre, imagen de Dios
- El hombre, lugar de encuentro con Dios
5. Algunas exigencias de nuestra fe en Jesucristo
Para continuar el estudio de la encarnación del Hijo de Dios
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
INTRODUCCION
Para un cristiano, Cristo es la verdad última de la vida, el criterio
supremo de actuación y la única esperanza de salvación y liberación
definitiva.
1. Importancia de Jesucristo para el cristiano
La fe cristiana no consiste en aceptar un conjunto de verdades teóricas
sino en aceptarle a Cristo, creerle a Cristo y descubrir en él la última
verdad desde la cual podemos iluminar nuestra vida, interpretar la
historia del hombre y dar sentido último a esa búsqueda de liberación
que mueve a toda la humanidad. El cristiano es, por tanto, un hombre
que en medio de las diferentes ideologías e interpretaciones de la vida,
busca en Jesucristo el sentido último de la existencia.
La fe cristiana no consiste tampoco en observar unas leyes y
prescripciones morales procedentes de la tradición judía (v. gr. los diez
mandamientos), sino aceptar a Cristo como modelo de vida en el que
podemos descubrir cuál es la tarea verdadera que debe realizar el
hombre. El cristiano es, por tanto, un hombre que frente a diversas
actitudes y estilos de vivir y comportarse, acude a Cristo como criterio
último de actuación ante el Padre y ante los hombres.
La fe cristiana no es tampoco poner nuestra esperanza en un conjunto de
promesas de Dios más o menos generales, sino apoyar todo nuestro
futuro en Jesucristo nuestro Salvador, muerto por los hombres pero
resucitado por Dios, el único del que podemos esperar una solución
definitiva para el problema del hombre. El cristiano es, por tanto, un
hombre que en medio de los fracasos y dificultades de la vida y frente a
diferentes promesas de salvación, espera de Cristo resucitado la
salvación definitiva del hombre.
Por eso, en cualquier época, los creyentes que deseen vivir fielmente su
fe cristiana, tendrán que preguntarse una y otra vez: ¿Quién fue Jesús de
Nazaret? ¿Quién es hoy Cristo para nosotros? ¿Qué podemos esperar de
Él?
2. El camino recorrido por los primeros creyentes
Jesús de Nazaret apareció en el pueblo judío como un personaje con
rasgos propios de profeta, que, después de la muerte de Juan el Bautista,
causó un fuerte impacto en la sociedad judía. La originalidad de su
mensaje y de su actuación despertó la expectación política y las
esperanzas religiosas dentro de su pueblo. Sin embargo, muy pronto se
convirtió en motivo de discusiones apasionadas, fue rechazado por los
sectores más influyentes de la sociedad judía y terminó su vida muy
joven, ejecutado por las autoridades romanas que ocupaban el país.
Jesús de Nazaret, terminado en el fracaso total ante su pueblo, los
dirigentes religiosos e incluso, ante sus seguidores más cercanos, parecía
estar destinado al olvido inmediato. Sin embargo no fue así. A los pocos
días de su muerte, el círculo de sus desalentados seguidores vivió una
experiencia única: aquel Jesús, crucificado por los hombres, ha sido
resucitado por ese Dios al que Jesús invocaba con toda su confianza
como Padre.
A la luz de la resurrección, estos hombres volvieron a recordar la
actuación y el mensaje de Jesús, reflexionaron sobre su vida y su muerte,
y trataron de ahondar cada vez más en la personalidad de este hombre
sorprendentemente resucitado por Dios. Recogieron su palabra no como
el recuerdo de un difunto que ya pasó, sino como un mensaje liberador
confirmado por el mismo Dios y pronunciado ahora por alguien que vive
en medio de los suyos. Reflexionaron sobre su actuación, no para
escribir una biografía destinada a satisfacer la curiosidad de las gentes
sobre un gran personaje judío, sino para descubrir todo el misterio
encerrado en este hombre liberado de la muerte por Dios.
Empleando lenguajes diversos y conceptos procedentes de ambientes
culturales diferentes, fueron expresando toda su fe en Jesús de Nazaret.
En las comunidades de origen judío reconocieron en Jesús al Mesías (el
Cristo), tan esperado por el pueblo, pero en un sentido nuevo que
rebasara todas las esperanzas de Israel. Reinterpretaron su vida y su
muerte desde las promesas mesiánicas que alentaban la historia de Israel.
Y fueron expresando su fe en Jesús como Cristo atribuyéndole títulos de
sabor judío (Hijo de David, Hijo de Dios, Siervo de Yahveh, Sumo
Sacerdote_) En las comunidades de cultura griega, naturalmente, se
expresaron de manera diferente. Vieron en Jesús al único Señor de la
vida y de la muerte, reconocieron en él al único Salvador posible para el
hombre y le atribuyeron títulos de sabor griego (Imagen del Dios
invisible, Primogénito de toda la creación, Cabeza de todo_)
De maneras diferentes, todos proclamaban una misma fe: en este
hombre Dios nos ha hablado. No se le puede considerar como a un
profeta más, portavoz de algún mensaje de Dios. Este es la misma
Palabra de Dios hecha carne (Jn 1, 14). En este hombre Dios ha querido
compartir nuestra vida, vivir nuestros problemas, experimentar nuestra
muerte y abrir una salida a la humanidad. Este hombre no es uno más.
En Jesús, Dios se ha hecho hombre para nuestra salvación.
3. EL camino que recorreremos nosotros
La primera comunidad fue descubriendo el misterio encerrado en Jesús
a partir de una doble experiencia: el contacto con Jesús durante su vida y
su exaltación después de la ejecución en la cruz.
Si queremos nosotros seguir los pasos de esta comunidad, debemos
evitar dos errores: 1) El partir únicamente de su resurrección, olvidando
totalmente quién fue Jesús de Nazaret, cómo actuó, qué postura adoptó
ante la vida, etc. En este caso, podríamos llegar a afirmaciones muy
solemnes sobre Jesús y llamarlo Señor, Mesías, Salvador, Hijo de Dios,
etc., pero desconoceríamos su personalidad concreta y no podríamos
aprender de él cómo debemos enfrentarnos a la vida para alcanzar un día
la resurrección. 2) El partir únicamente de su historia terrestre olvidando
la resurrección que da sentido a toda su vida y su muerte. En este caso,
nos informaríamos de la vida de un gran hombre, llamado Jesús, pero
nunca llegaríamos a descubrir su verdadera originalidad como liberador
definitivo de este hombre que termina siempre fatalmente en la muerte.
Por eso, recorreremos el siguiente camino:
1) Trataremos de recoger algunos aspectos fundamentales de Jesús de
Nazaret que nos ayuden a revivir de alguna manera la imagen de aquel
hombre que tanto impresionó a sus contemporáneos.
2) Trataremos de penetrar en la experiencia pascual de los primeros
cristianos para comprender mejor qué es creer en Cristo resucitado.
3) Trataremos de conocer mejor la fe de los cristianos que se atreven a
afirmar algo tan original como escandaloso: en Jesús de Nazaret Dios se
ha hecho hombre por nuestra salvación.
Jesús de Nazaret
1. Algunos datos históricos
2. Jesús personaje inclasificable
3. Rasgos fundamentales de la actuación de Jesús
a) Jesús, hombre libre
b) Obediencia radical al Padre
c) Un hombre para los demás
d) Cercanía a los necesitados
e) Servicio liberador
f) Fidelidad hasta la muerte
4. El enigma de Jesús
a) La autoridad de Jesús frente a la Ley
b) La concesión del perdón a los pecadores
c) El comienzo de la liberación del hombre
d) La invocación a Dios como Padre
Para continuar el estudio de Jesús
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
1. Jesús de Nazaret
Trataremos de trazar la imagen de Jesús de Nazaret recorriendo los
siguientes puntos:
1.- Algunos datos históricos.
2.- Jesús, personaje inclasificable.
3.- Rasgos fundamentales de la actuación de Jesús.
4.- El enigma de Jesús.
1. ALGUNOS DATOS HISTORICOS
Los evangelistas, preocupados de descubrir a sus lectores el misterio
encerrado en Jesús de Nazaret y en su mensaje, no nos han dejado de él
ninguna biografía. Los investigadores se esfuerzan hoy por conocer
algunos datos históricos sobre su vida. Son pocos los puntos en los que
se llega a un acuerdo mayoritario pero nos ofrecen ya un cuadro
histórico suficiente en donde podemos situar a Jesús de Nazaret.
Ningún investigador serio duda hoy de la existencia de Jesús de Nazaret.
Se discute sobre las fechas de su nacimiento y de su ejecución. Los
autores solo coinciden en que Jesús nació antes del año 4 a.C. Sobre su
muerte, son bastantes los que aceptan como fecha aproximada el año 30.
Jesús es judío. Su madre es María. Su patria es Galilea, una región
semipagana, despreciada por muchos judíos. Su lengua materna es el
arameo aunque conocería también el hebreo, la lengua litúrgica del
pueblo en aquella época.
Después de una vida ordinaria de trabajador, Jesús recibe el bautismo de
Juan y comienza, a continuación, una actividad de predicación por la
región de Galilea y más tarde por Judea y Jerusalén. Emplea un lenguaje
sencillo, concreto, agudo, que resulta inconfundible cuando se vale de
pequeñas parábolas extraídas de la observación atenta de la naturaleza y
de la vida. El tema central de toda su predicación es la llegada del
Reinado de Dios.
Jesús ha realizado curaciones que resultaban inexplicables para los
testigos y en donde sus contemporáneos ciertamente han visto la acción
salvadora de Dios. Los milagros ocupan un lugar tan importante en los
evangelios que es imposible rechazarlos todos como un invento posterior
de la comunidad cristiana. El estudio crítico de los relatos evangélicos
puede llevarnos a dudar de si tal hecho concreto ocurrió o no tal como es
relatado, pero, en conjunto, no es legítimo negar la actividad milagrosa
de Jesús.
Aunque muchos detalles del proceso y de la muerte de Jesús son objeto
de discusión, es un hecho seguro que Jesús ha sido crucificado en
Jerusalén, acusado de revolucionario político ante las autoridades
romanas.
Naturalmente, estos datos no son lo único que podemos saber con
certeza de Jesús y, sobre todo, no son lo más importante, como veremos
enseguida. Son únicamente algunos elementos que nos ayudan a
encuadrar históricamente su figura y que se pueden obtener de los
escritos evangélicos a pesar de que no han querido ofrecernos una
biografía de Jesús.
2. JESUS PERSONAJE INCLASIFICABLE
Todos los intentos de clasificar a Jesús dentro de los modelos de su
tiempo resultan vanos. No es posible encerrarlo en ningún grupo
determinado dentro de la sociedad judía.
Jesús no es un sacerdote judío. No pertenece a la alta clase sacerdotal de
Jerusalén ni a las modestas familias de la tribu de Leví que se ocupan del
culto judío. Jesús es un laico, un seglar dentro de la sociedad judía (Hb
7, 13-14). Sin embargo, se atreve a criticar la actuación de los sacerdotes
que han convertido la liturgia del templo en un medio de explotación a
los peregrinos (Mc 11, 15-19) y su despreocupación a la hora de
acercarse a los hombres verdaderamente necesitados de ayuda (Lc 10, 30
- 37 ).
Jesús no es un saduceo. No pertenece a esos grupos representantes de la
alta aristocracia judía que adoptaban una postura conservadora tanto en
el campo político como religioso. Por una parte, colaboraban con las
autoridades romanas para mantener el orden establecido por Roma que,
de alguna manera, favorecía sus intereses. Por otra parte, rechazaban
cualquier renovación en la tradición religiosa y cultural del pueblo. Jesús
es un hombre de origen modesto, que camina por Palestina sin un
denario en su bolsa, y que ha vivido muy alejado de los ambientes
saduceos. Su libertad frente a las autoridades romanas y su
enfrentamiento cuando se oponen a su misión (Lc 13, 31-33) no recuerda
la diplomacia saducea. Por otra parte, Jesús ha rechazado la teología
tradicional saducea (Mt 22, 23-33).
Jesús no es un fariseo. Los fariseos constituían un grupo no muy
numeroso(quizás unos 6.000) pero muy influyente en el pueblo. Muchos
de ellos pertenecían a la clase media y vivían formando pequeñas
comunidades, evitando el trato con gente pecadora. Se caracterizaban
por su dedicación al estudio de la Torá, su obediencia rigurosa a la Ley
(sobre todo el sábado), la observancia de prescripciones rituales, ayunos,
purificaciones, limosnas, oraciones, etc. Jesús ha vivido enfrentando a la
clase farisea adoptando un estilo claramente antifariseo. Se mueve
libremente en ambientes de pecadores, dejándose rodear de publicanos,
ladrones y gente de mala fama. Condena con firmeza la teología farisea
del mérito, de aquellos hombres que se sienten seguros ante Dios y
superiores a los demás (Lc 18, 9-14). Critica su visión legalista de la
vida y coloca al hombre no ante una Ley que hay que observar, sino ante
un Padre al que debemos obedecer de corazón (Mt 5, 20-48). Rechaza
violentamente la hipocresía de aquellos hombres que reducen la religión
a un conjunto de prácticas externas a las que no responde una vida de
justicia y amor (Mt 23).
Jesús no es un terrorista zelota ni ha tomado parte activa en el
movimiento de resistencia armada que ha ido cobrando fuerza en el
pueblo judío en su intento de expulsar del país a los romanos y
establecer con la fuerza armada el reino mesiánico. Jesús ha vivido en
ambientes en donde se respiraba esta esperanza. Además su libertad y su
actitud crítica ante las autoridades (Lc 13, 32; 20,25; 22, 25-26), ante los
ricos y poderosos (Lc 6, 24-25; 16, 19-31), y sobre todo, el anuncio del
Reinado de Dios hizo posible que fuera acusado de revolucionario. Pero,
Jesús no ha participado en la resistencia armada contra Roma. No ha
pretendido nunca un poder político-militar. Su objetivo no era la
restauración de la monarquía davídica y la constitución de un nación
judía libre bajo el único imperio de la Ley de Moisés. Su mensaje rebasa
profundamente los ideales del zelotismo.
Jesús no es monje de Qumrán. No pertenece a esta comunidad religiosa
que vive en el desierto, a orillas del Mar Muerto, separada del resto del
pueblo, esperando la llegada del reino mesiánico con una vida de
observancia rigurosa de la Ley, ayunos y purificaciones rituales. Jesús
no vive retirado en el desierto como Juan el Bautista. Sus discípulos no
ayunan (Mc 2,18). Jesús participa en banquetes con gente de mala fama
(Mt 9, 10-13). No ha querido organizar una comunidad de gente selecta,
separada de los demás. Su mensaje está dirigido a todo el pueblo, sin
distinciones. Incluso, se siente enviado a llamar especialmente a los
pecadores (Lc 5, 32). Aunque el hallazgo de los manuscritos de Qumran
en 1947 nos ha descubierto grandes semejanzas entre esta comunidad
judía y las primeras comunidades cristianas, debemos decir que la
postura de Jesús ante la Ley, la primacía que concede al amor y al
perdón, su predicación del Reino de Dios y su cercanía a los pecadores
lo distancian profundamente del ambiente que se respiraba en Qumran.
Jesús no es un rabino aunque algunos contemporáneos lo hayan llamado
así. Jesús, sin una sede doctrinal fija, rodeado de gente sencilla,
pecadores, mujeres, niños_ no ofrece la imagen típica del rabino de
aquella época. Ciertamente Jesús no es un rabino dedicado a interpretar
fielmente la Ley de Moisés para aplicarla a las diversas circunstancias de
la vida. Por otra parte, Jesús habla con una autoridad desconocida, sin
necesidad de citar a ningún maestro anterior a él, e, incluso, sin apelar a
la autoridad de Moisés. La gente era consciente de que enseñaba “como
quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1, 22).
Jesús no es un profeta más en la historia de Israel. Es cierto que fue
considerado por sus contemporáneos como un profeta de Dios (Mt 21,
11; 21, 46; Lc 7 16). Es cierto que Jesús adoptó en su actuación un estilo
profético como aquellos hombres portadores del Espíritu de Yahveh y
portavoces de la Palabra de Dios para el pueblo. Pero Jesús no es un
profeta más dentro del pueblo judío. Jesús no siente la necesidad de
legitimar su predicación aludiendo a una llamada recibida de Yahveh,
como hacen los profetas judíos (Am 7, 15; Is 6, 8-13; Jr 1, 4-10).
Tampoco emplea el lenguaje propio de los profetas que se sienten meros
portavoces de la palabra de Yahveh: (“Así habla Yahveh”, “Escuchad lo
que dice Yahveh”, “Es oráculo de Yahveh”); Jesús emplea una fórmula
típica suya, totalmente desconocida en la literatura profética y que
manifiesta una autoridad plena y sorprendente: “En verdad, en verdad yo
os digo_” (“Amén, amén). Además, Jesús no se mueve, como los
profetas, en el marco de la alianza entre Yavé e Israel para hablar al
pueblo de las exigencias de la Ley, de las promesas del Dios aliado con
el pueblo o de los castigos que les amenazan como consecuencia de la
inobservancia de la alianza. Jesús anuncia algo totalmente nuevo: el
Reinado de Dios empieza ya a ser realidad.
3. RASGOS FUNDAMENTALES DE LA ACTUACION DE JESUS
La lectura atenta de los Evangelios nos permite recoger los rasgos
fundamentales de Jesús de Nazaret y tomar conciencia de la imagen que
tenían de su personalidad los primeros creyentes.
a. Jesús, hombre libre
La libertad sorprendente de Jesús es el dato primero y mejor confirmado
tanto por la oposición de sus adversarios como por la admiración del
pueblo y la adhesión de sus seguidores. Jesús se impone como un
hombre libre frente a todo y frente a todos los que puedan obstaculizar
su misión.
Jesús es un hombre libre frente a sus familiares que tratan de apartarle de
su vida peregrinante de anuncio de una Buena Noticia (Mc 3,21. 31-35).
Jesús se mantiene libre frente al círculo de sus amigos que quieren
dictarle cómo debe ser su conducta, en contra de la voluntad última del
Padre (Mc 8, 31-33).
Jesús, salido de los ambientes rurales de Galilea, se atreve a enfrentarse
y criticar libremente a los escribas, especialistas de la Ley, las clases
cultas de la sociedad judía (Mt 23).
Jesús manifiesta una libertad total frente a la presión social ejercida por
las clases dominantes y, de manera especial, por los grupos fariseos que
retienen indebidamente el poder de interpretar la Ley.
Jesús es libre frente al poder político de las autoridades romanas sin
entrar en cálculos políticos y juegos diplomáticos (Lc 13, 31-32; Mt 20,
25-28). De la misma manera, se enfrenta con entera libertad a los
dirigentes religiosos del Sanedrín judío (Mc 14, 53-60).
Jesús no se deja arrastrar tampoco por la estrategia de las fuerzas de
resistencia a los ocupantes romanos (Mc 4, 26-29; Jn 6, 15) defraudando
así ilusiones de muchos que esperaban un reino judío mesiánico
dominador del mundo entero.
Jesús no se deja esclavizar por “las tradiciones de los antiguos” que
alejaban a los judíos de la verdadera voluntad de Dios (Mc 7, 1-12).
Tampoco se ata a las últimas corrientes rabínicas que circulan en la
sociedad judía (Mt 19, 1-9).
Jesús se manifiesta libre frente a ritos, prescripciones y leyes litúrgicas
que quedan vacías de sentido si se olvida que deben estar al servicio del
hombre (Mc 3, 1-6; 2, 23-28) y orientadas hacia un Dios que “quiere
amor y no sacrificios” (Mt 12, 1-8).
Esta libertad total de Jesús tanto en su palabra como en su actuación,
irrita a los defensores del sistema legal judío que desean asegurar su
interpretación de la Torá, despierta las esperanzas del pueblo que
comienza a descubrir un sentido nuevo a la vida y logra la adhesión de
algunos seguidores. ¿Dónde está el origen y la explicación de esta
libertad de Jesús?
b. Obediencia radical al Padre
Jesús es totalmente libre porque vive entregado enteramente a cumplir la
voluntad de un Dios al que él llama “Padre”. Hay una constante clara en
la vida de Jesús de Nazaret: su fe total en el Padre, su obediencia radical
al Padre. Lo que alimenta su vida y da sentido a toda su actuación es
hacer la voluntad del Padre (Jn 4,34).
Más concretamente, Jesús se descubre a sí mismo como llamado por el
Padre a anunciar una Buena Noticia a las gentes: “Dios está cerca del
hombre”. El objetivo último de toda su vida es arrastrar a los hombres
hacia una gran esperanza que le anima a él mismo desde dentro: hay
salvación para el hombre. Hay futuro. Dios mismo quiere intervenir en
la historia humana, adueñarse de la vida del hombre y hacer posible
nuestra verdadera liberación. “Llega ya el Reinado de Dios”.
Toda la vida de Jesús está orientada a anunciar a los hombres esta Buena
Noticia, la mejor que los hombres podían escuchar (Lc 4. 18-19). Porque
el Dios que viene a reinar en la vida del hombre no es un tirano, un
dictador, un señor vengativo o caprichoso, que busca su propio interés.
Es un Dios liberador, que busca la recuperación de todo hombre perdido
(Lc 15, 4-7). Un Dios que sabe preocuparse de los últimos (Mt 20, 1-16),
un Padre que sabe acoger y perdonar (Lc 15, 11-32), un Señor que llama
a una gran fiesta a todos los hombres por muy pobres, desgraciados y
perdidos que se encuentren (Mt 22, 1-14).
Marcos recoge bien esta misión a la que dedicó Jesús toda su vida:
“Anunciaba la Buena Noticia de Dios: El tiempo se ha cumplido y el
Reinado de Dios está cerca; cambiad de mentalidad y creed en esta
Buena Noticia” (Mc 1,15).
c. Un hombre para los demás
Jesús es un hombre libre para amar. Un hombre que da siempre la última
palabra al amor. Para Jesús ya no es la Ley la que debe determinar cómo
debemos comportarnos en cada situación. Es el hombre necesitado el
verdadero criterio de actuación. Y toda nuestra vida tiene sentido en la
medida en que servimos al hombre necesitado (Lc 10, 29-37).
Así ha vivido Jesús “no para ser servido, sino para servir” (Mc 10, 45).
Toda su vida es “desvivirse” por los demás. No encontramos nunca a
Jesús actuando egoístamente en busca de su propio interés. No se
preocupa de su propia fama (Mt 9, 10-13; 11,19). No busca dinero ni
seguridad alguna (Mt 8, 20; Lc 16, 13) No pretende ningún poder (Jn 6,
15). No vive para una esposa suya ni un hogar propio. Es un hombre
libre para los demás, un “hombre-para-otros”.
Su preocupación es el hombre necesitado. Lo que impulsa toda su vida
es el amor apasionado a los hombres a los que considera hermanos. Un
amor amplio, universal (Lc 10, 29-37). Un amor sincero, servicial (Lc
22,27). Un amor que se traduce en perdón a sus ejecutores (Lc 23,. 34;
Mt 55,44).
d. Cercanía a los necesitados
Jesús no es neutral ante las necesidades e injusticias que encuentra junto
a los pobres, los marginados, los desprestigiados, los enfermos, los
ignorantes, los abandonados. Siempre está de parte de los que más ayuda
necesitan para ser hombres libres.
Jesús se mueve en círculos de mala reputación, rodeado de gente
sospechosa, publicanos, ladrones, prostitutas_ personas despreciadas por
las clases más selectas de la sociedad judía (LC 7, 36-50).
Jesús se acerca con sencillez a los pequeños, los incultos, los que no
pueden cumplir la Ley porque ni siquiera la conocen, hombres
despreciados por los cultos de Israel (Jn 9, 34).
Jesús acoge a los débiles, a los niños (Mc 10,13-16), a las mujeres
marginadas por la sociedad judía (Lc 8, 2-3; 10, 38-42; 13,10-17).
Jesús se acerca a los enfermos, los leprosos, los enajenados, los impuros,
hombres sin posibilidades en la vida, considerados pecadores a los ojos
de todo judío (Mc 1, 23-28; 1, 40-45; 5, 25-34).
Jesús defiende a los samaritanos considerados como pueblo extraño e
impuro (Lc 9, 51-55; 10, 29-37).
Jesús se preocupa del pueblo humilde, la masa, las gentes desorientadas
de Israel (Mc 6, 34; Mt 9, 36), el pueblo agobiado por las prescripciones
de los rabinos (Mt 23, 4).
e. Servicio liberador
Jesús no ofrece dinero, cultura, poder, armas, seguridad_ pero su vida es
una Buena Noticia para todo el que busca liberación.
Jesús es un hombre que cura, que sana, que reconstruye a los hombres y
los libera del poder inexplicable del mal. Jesús trae salud y vida (Mt 9,
35).
Jesús garantiza el perdón a los que se encuentran dominados por el
pecado y les ofrece posibilidad de rehabilitación (Mc 2, 1-12; Lc 7, 36-
50; Jn 8, 2-10).
Jesús contagia su esperanza a los pobres, los perdidos, los desalentados,
los últimos, porque están llamados a disfrutar la fiesta final de Dios (Mt
5, 3-11; Lc 14, 15-24).
Jesús descubre al pueblo desorientado el rostro humano de Dios (Mt 11,
25-27) y ayuda a los hombres a vivir con una fe total en el futuro que
está en manos de un Dios que nos ama como Padre (Mt 6, 25-34).
Jesús ayuda a los hombres a descubrir su propia verdad (Lc 6, 39-45; Mt
18, 2-4), una verdad que los puede ir liberando (Jn 8, 31-32).
Jesús invita a los hombres a buscar una justicia mayor que la de los
escribas y fariseos, la justicia de Dios que pide la liberación de todo
hombre deshumanizado (Mt 6, 33; Lc 4, 17-22).
Jesús busca incansablemente crear verdadera fraternidad entre los
hombres aboliendo todas las barreras raciales, jurídicas y sociales (Mt 5,
38-48; Lc 6, 27-38).
Si quisiéramos resumir, de alguna manera, la actuación liberadora de
Jesús, podríamos decir que desde su fe total en un Dios que busca la
liberación del hombre, Jesús ofrece a los hombres esperanza para
enfrentarse al problema de la vida y al misterio de la muerte.
f. Fidelidad hasta la muerte
Jesús se nos ofrece en los relatos evangélicos como hombre fiel al Padre,
fiel a sí mismo y fiel a su misión hasta la muerte.
Jesús no murió de muerte natural. Fue ejecutado como consecuencia de
los conflictos que provocó con su actuación. Por una parte, su actitud
ante la Ley de Moisés ponía en crisis toda la institución legal del pueblo
judío privando a los dirigentes de Israel de su autonomía religiosa y
social. Por otra parte, el anuncio de un Dios abierto a todos los hombres,
incluso a los extranjeros y pecadores ponía en crisis el carácter
privilegiado del pueblo judío y su alianza con Yavé. El Dios que
anunciaba Jesús no era el Dios de la religión oficial judía. Además, Jesús
decepcionó profundamente la expectación mesiánica de carácter político
que su aparición pudo despertar en grandes sectores de la población.
La ejecución iba a poner a prueba toda la trayectoria de Jesús de
Nazaret. El rechazo de todos parecía desmentir, invalidar y reducir al
fracaso todo su mensaje de amor y fraternidad humana. Pero, Jesús,
abandonado por todos, grita hasta el final: “Padre, perdónales, porque no
saben lo que hacen” (Lc 22, 34). Además, la crucifixión parecía el signo
más evidente del abandono de Dios a su falso profeta, equivocado
lamentablemente y condenado justamente en nombre de la Ley. Sin
embargo, Jesús aún viéndose abandonado por Dios (Mc 15, 34) grita al
morir: “Padre, en tus manos pongo mi vida” (Lc 23, 46).
Jesús murió creyendo hasta el final en el amor del Padre y en el perdón
para los hombres. Sin embargo, su muerte en una cruz sellaba el fracaso
de un hombre libre y justo, y dejaba en total ambigüedad su mensaje de
la venida del Reino de Dios, que con tanta fe había anunciado.
4. EL ENIGMA DE JESUS
Jesús no se ha detenido mucho en hablarnos de sí mismo. Más bien, nos
ha hablado con hechos, actuando de una manera tan sorprendente,
enigmática y original, que la comunidad cristiana posterior se verá
obligada, a la luz de la resurrección, a utilizar diversos títulos que
expresen lo mejor posible el misterio encerrado en Jesús.
Ciertamente, Jesús no se ha designado nunca con ciertos títulos que más
tarde le atribuirán con razón las comunidades creyentes (Señor Salvador,
Hijo de Dios, Palabra de Dios, Imagen del Padre, Dios_). Tampoco es
fácil saber si Jesús se ha definido a sí mismo con el título de Hijo del
Hombre, aunque muchos piensen así, apoyados en buenas razones.
Más interesante es ver la actitud de Jesús ante el título de Mesías
(Cristo). Bastantes de sus contemporáneos han creído ver en Jesús el
Mesías esperado en Israel, es decir, el Enviado por Yavé para establecer
el reino davídico, liberando al pueblo judío de la dominación romana.
Sin embargo, Jesús no se designa a sí mismo con el nombre de Mesías y
adopta una postura de reserva cuando otros lo consideran como tal. No
niega nunca ser el Mesías pero tampoco acepta este título
indiscriminadamente (Mc 8, 29-33). Indudablemente, este título es
ambiguo y ambivalente. Jesús no rechaza para sí abiertamente este título
que encerraba tantas esperanzas de liberación para el pueblo. Pero,
tampoco lo acepta sin más, ya que para muchos evocaba la figura de un
liberador político-militar que Jesús no intenta ser. Más tarde, la
comunidad cristiana, sin peligro ya de caer en malentendidos o falsas
interpretaciones lo llamará así, y precisamente este nombre de Cristo se
convertirá en el más importante para recoger la fe de los creyentes que
ven en Jesús el verdadero liberador del hombre, el único que puede
responder a las esperanzas y aspiraciones de la humanidad.
El testimonio de Jesús sobre sí mismo no debemos pues buscarlo tanto
en los nombres que haya podido usar para definirse a sí mismo, sino en
la actitud sorprendente y enigmática que ha adoptado durante su vida.
a. La autoridad de Jesús frente a la Ley
Jesús se presenta como el único que puede interpretar legítimamente la
Ley de Moisés. Pero además, tiene la audacia de ponerse frente a esa
Ley que, para el pueblo judío, recoge de manera suprema la voluntad de
Dios. Con una autoridad y libertad sin precedentes, Jesús contrapone a la
Ley antigua su nuevo mensaje que contiene, según él, la verdadera
voluntad de Dios. (“Se dijo a los antepasados_ pero yo os digo” en Mt 5,
21-48).
Jesús no invita a sus contemporáneos a que obedezcan a la Ley de
Moisés, sino les pide que escuchen sus palabras (Mt 7, 24-27).
Esta actitud de Jesús es nueva, sorprendente, sin paralelismos en la
tradición judía. Al atribuirse una autoridad que rivaliza y desafía a la de
Moisés, Jesús se está colocando por encima de Moisés y está
pretendiendo conocer, con certeza suprema e inmediata la voluntad
verdadera del mismo Dios (Mt 11, 27). ¿Quién pretende ser Jesús?
¿Cómo puede estar seguro de conocer la verdadera voluntad de Dios?
¿De dónde le viene esta autoridad y libertad para adoptar esta actitud
inaudita?
b. La concesión del perdón a los pecadores
Uno de los datos mejor atestiguados sobre Jesús de Nazaret es que ha
compartido la misma mesa con pecadores a los que nunca un judío
piadoso se hubiera acercado (Mc 2, 15; Lc 15,2). Esta actitud de Jesús
no es solamente un desafío a las normas de convivencia y prejuicios de
los grupos “selectos” de Israel. No es solo un gesto de solidaridad de
Jesús hacia los más despreciados de su sociedad, ofreciéndoles su
confianza y amistad. Es algo más profundo. Según la mentalidad judía
de la época, compartir el mismo pan y participar juntos en la bendición
inicial de Yavé significa sentirse solidarios delante de Dios. Así, Jesús se
atreve a unirse a los pecadores delante de Dios y celebrar
anticipadamente la fiesta final porque está convencido de que los
publicanos y las prostitutas llegan antes al Reino de Dios (Mt 21, 31).
Además, Jesús ofrece el perdón de Dios a estos hombres y mujeres que,
según la teología oficial de la época, deberían huir de El (Mc 2m 1-12;
Lc 7, 36-50). Y lo hace de manera gratuita, sin exigirles una penitencia
previa, con lo cual adopta una actitud sin precedentes en la historia judía.
El mismo Bautista acoge a los pecadores pero para hacer penitencia.
Jesús los acoge para concederles el perdón de Dios.
Y cuando es criticado por la sociedad judía, Jesús justifica su actuación
apelando a la conducta misma de Dios: Dios es amor y perdón. Si él
acoge a los pecadores y los perdona es porque al obrar así no hace sino
actualizar el perdón de Dios a todo hombre perdido (Lc 15).
Con esta actitud, Jesús no solo se pone en contra de la Ley judía, sino
que pasa a ocupar un lugar que, según la convicción y la fe judía, solo
puede tener Dios. ¿Cómo puede estar seguro Jesús de que Dios actúa así
con los pecadores? ¿Con qué derecho identifica su actuación con la de
Dios? ¿Cómo puede pretender enseñar a los hombres a través de su
actuación cómo es Dios en realidad?
c. El comienzo de la liberación del hombre
De todos los judíos conocidos en la antigüedad, Jesús es el único que se
atreve a afirmar que el tiempo de salvación ya ha llegado. De manera
modesta, oculta, casi insignificante, pero con verdadera fuerza, el
Reinado de Dios en la vida del hombre se está abriendo camino ya ahora
(Mc 4, 30-32; Mt 13, 31-33).
Más concretamente, Jesús vive convencido de que con su actuación y su
mensaje, él mismo está ya haciendo realidad la acción salvadora de Dios
en medio de los hombres. Los que conviven con él están siendo testigos
de algo único (Lc 10, 23-24; 14, 31-32).
Jesús cree en la victoria salvadora de Dios no solo como una realidad
futura final, sino como algo que comienza con él, con sus gestos, con su
mensaje. Con él se ha asegurado ya la liberación del hombre pues Dios
está actuando ya en medio de la vida (Lc 11, 20; Mt 12, 28).
Esto significa que Jesús se considera un factor decisivo para la salvación
del hombre. La suerte final de los hombres depende de la postura que
adopten ante él (Lc 12, 8). Pero, ¿por qué? ¿Cómo puede Jesús decir:
“Quien quiera salvar su vida, la perderá. Pero, quien pierda su vida por
mí y por esta Buena Noticia, la salvará”? (Mc 8, 35). ¿Cómo puede
asegurar Jesús que Dios ha comenzado de manera decisiva a liberar al
hombre precisamente con él, a partir de él?
d. La invocación a Dios como Padre
Jesús, al dirigirse a Dios en su oración, emplea una expresión
sorprendente e inusitada. La sociedad que conoció Jesús veneraba tanto
la grandeza y majestad de Dios que se evitaba pronunciar el nombre
santo de Yavé. En la conversación ordinaria se acudía a otras
expresiones o giros (v. g. el Altísimo; el Santo, alabado sea; la Gloria; el
Señor de los cielos, etc). En la lectura litúrgica de las Escrituras era
sustituido por el término solemne de “Adonay” (nuestro Señor). Solo,
una vez al año lo pronunciaba el Sumo Sacerdote, y lo hacía en medio de
música y cantos litúrgicos que impedían se escuchara su voz.
En este ambiente, resulta todavía más sorprendente la actitud de Jesús
que se dirige siempre a Dios llamándole “Abba” (Mc 14, 36). Este
término no significa sencillamente “Padre”. Era una expresión infantil
empleada generalmente por los niños para dirigirse a sus padres
( papito). Jesús se dirige a Yavé con la misma confianza y familiaridad
con que un niño judío se dirigía a su padre. Ningún judío se habría
atrevido a llamar así a Yavé.
Esta actuación de Jesús causó tal impresión que los primeros cristianos
no han querido traducir esta palabra al griego; la han conservado en su
original arameo, tal como la pronunciaba Jesús: “Abba” (Rm 8, 15).
En su relación con Dios, Jesús manifiesta no solo una confianza
desconocida, sino, incluso, la conciencia de vivir en una relación única
con El, distinta de la que puedan tener otros hombres (Mt 11, 27). ¿Por
qué? ¿Dónde se apoya esta confianza absoluta en Dios? ¿Por qué se
atreve a invocar a Dios con conciencia especial de hijo? ¿Còmo puede
pretender una relación única con Dios distinta y superior a la de los
demás hombres?
PARA CONTINUAR EL ESTUDIO DE JESUS
1. Lectura
Se puede leer de manera seguida un evangelio íntegro: v. g. el de Lucas,
para tratar de obtener una visión de conjunto de la imagen que ofrece de
Jesús uno de los primeros cristianos. Es conveniente leer tratando de
recoger los rasgos fundamentales de la actuación de Jesús y las ideas
centrales que se repiten en su mensaje.
Se pueden también leer atentamente las citas que se ofrecen en esta
catequesis, con el fin de descubrir cada uno personalmente la figura de
Jesús a partir de los escritos evangélicos.
2. Preguntas para una reflexión
- ¿Qué se piensa sobre Jesús en los ambientes que tú conoces?
- ¿Qué aspectos del mensaje, la actuación o la personalidad de Jesús
resultan más difíciles de aceptar por el hombre de hoy? ¿Por qué?
- Para ti personalmente, ¿qué es lo más importante en Jesucristo? ¿Por
qué?
- Qué exigencias concretas plantea a nuestras comunidades creyentes el
seguimiento en serio a Jesús?
- Para ti, ¿qué significa concretamente hoy creerle a Jesús?
3. Bibliografía
Entre las muchas obras existentes sobre Jesús, señalamos algunas de
especial interés para lograr una visión más completa sobre Jesús.
G.H. DODD, El fundador del Cristianismo.
(Barcelona 1974). Ed. Herder.
Obra sencilla donde se recoge con claridad lo que fundamentalmente
podemos saber sobre Jesús.
J. BLANK, Jesús de Nazaret: Historia y mensaje.
(Madrid, 1973). Ed. Cristiandad.
Estudio que recoge con sencillez y precisión los resultados de la
investigación actual sobre Jesús.
Ch. DUQUOC, Jesús, hombre libre.
(Salamanca, 1976). Ed. Sígueme.
Síntesis sencilla de cristología. Una obra extraordinaria para conocer el
origen de la fe en Cristo.
W. TRILLING, Jesús y los problemas de su historicidad.
(Barcelona, 1970). Ed. Herder.
La mejor obra histórica de Jesús. Se trata de un estudio más técnico
aunque de lectura no demasiado difícil.
A. NOLAN, ¿Quién es este hombre?
(Santander, 1981). Ed. Sal Terrae.
Sugestiva obra sobre la personalidad humana de Jesús y la buena noticia
que él proclamó.
J.A.PAGOLA, Jesús de Nazaret. El hombre y su mensaje.
(San Sebastián, 1984). Ed. Idatz.
Estudio que recoge el trabajo de los investigadores y presenta de manera
clara la personalidad de Jesús en su contexto socio-político y la
alternativa que él ofrece con su vida y su mensaje.
La muerte de Cristo
1. La ejecución de Jesús de Nazaret
2. Jesús ante su propia muerte
3. La muerte de Jesús interpretada desde la fe en la resurrección
- La muerte del Profeta
- La muerte de Justo
- La muerte del Siervo
4. El valor redentor de la muerte de Jesucristo
5. Sentido cristiano de la muerte y el sufrimiento
- La muerte cristiana
- Sentido cristiano del sufrimiento
Para continuar el estudio de la muerte de Jesús
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
2. LA MUERTE DE CRISTO
1. La Ejecución de Jesús de Nazaret
Jesús no murió de muerte natural. Fue ejecutado como consecuencia
de los conflictos que provocó con su actuación. Pero ¿qué ha podido
suceder para que haya sido tan rápidamente denunciado, detenido por
las autoridades civiles y religiosas? ¿ Como ha podido provocar una
acción tan violenta?
Por una parte, la actitud de Jesús ante la Ley de Moisés ponía en crisis
toda la institución legal sobre la que se apoyaba la autoridad religiosa
y social de los dirigentes de Israel. Con la libertad propia de un
hombre que viene de Dios, Jesús se coloca por encima de la Ley y da
la última palabra al amor por encima de todas las tradiciones fariseas,
rabínicas, proféticas y apocalípticas que se justifican en último
término en el valor absoluto de la Torá.
Por otra parte, Jesús anuncia a un Dios Padre, abierto a todos los
hombres, incluso a los extranjeros y pecadores, con lo cual está
rechazando el carácter privilegiado del pueblo judío y su alianza con
Yavé. Jesús predica que se acerca el Reinado de Dios pero no como
un juicio para paganos y pecadores sino como una Buena Noticia de
perdón y de gracia. Este Dios que anuncia Jesús no es el Dios de la
religión oficial judía que ofrece su premio a los que obedecen a la
Torá. Jesús se presenta como un blasfemo que destruye la alianza y
contradice todas las esperanzas judías basadas en la pertenencia al
pueblo judío y en la obediencia a la Ley mosaica.
Además, la actuación libre de Jesús frente a toda autoridad, su
obediencia radical a Dios por encima de cualquier señor o césar, su
anuncio decidido del Reinado de Dios, ponía en peligro la “paz
romana”. Jesús se convertía en un perturbador del orden socio-político
establecido por Roma.
Y sin embargo, tampoco el pueblo le defiende. Jesús ha decepcionado
profundamente la expectación política que su aparición ha podido
despertar en grandes sectores de la población. El pueblo esperaba algo
más concreto, eficaz y espectacular. Algo que condujera a Israel a la
destrucción del imperialismo romano y su sustitución por el Reino
mesiánico judío.
2. JESUS ANTE SU PROPIA MUERTE
Jesús ha visto venir su muerte y la ha afrontado con lucidez. No la ha
eludido. No ha emprendido la huida. No se ha defendido. No ha
organizado una resistencia. No ha modificado su mensaje. No ha
querido deshacer los posibles malentendidos. Jesús ha temblado ante
su ejecución, pero se ha mantenido hasta el final fiel al Padre, fiel a sí
mismo y fiel a su misión.
Por eso en la cruz podemos descubrir con más hondura algunos rasgos
fundamentales de Jesús.
Ahora podemos conocer mejor la profundidad de la confianza de
Jesús en el Padre. Cuando todo fracasa y hasta Dios parece
abandonarlo como un falso profeta equivocado lamentablemente y
condenado justamente en nombre de la Ley, Jesús grita con fe:
“Padre, en tus manos pongo mi vida” (Lc 22, 46).
Ahora podemos descubrir mejor la radicalidad de Jesús y su libertad
total para entregarse al servicio del Reino de Dios, Jesús es libre no
solo para enfrentarse a los que se oponen a su misión, sino incluso,
para entregar generosamente lo que más quiere todo hombre: su
propia vida.
Ahora podemos comprender mejor la solidaridad de Jesús con los
hombres y su actitud de servicio. Jesús ha entendido su muerte como
el servicio último y supremo que él podía hacer a la causa de Dios y a
la salvación de los hombres.
Ahora podemos entender mejor la fuerza con que Jesús denunciaba el
odio, el egoísmo, la injusticia, la mentira humana y su fe total en que
solo el amor puede conducir a los hombres a su liberación definitiva.
Abandonado por todos, Jesús muere creyendo hasta el final en el amor
del Padre y en el perdón para los hombres: “Padre, perdónalos porque
no saben lo que hacen” (Lc 23, 34).
3 LA MUERTE DE JESÚS INTERPRETADA DESDE LA FE
EN LA RESURRECCIÓN
La resurrección de Jesús obligó a sus seguidores a reflexionar sobre la
muerte de aquel hombre abandonado por todos pero resucitado por
Dios. A la luz de la resurrección, se vieron obligados a descubrir el
significado profundo encerrado en la muerte de aquel hombre
condenado en nombre de la Ley como blasfemo, arreligioso,
perturbador del orden público, peligroso para la sociedad_, pero
resucitado por Dios.
Si Dios ha resucitado a Jesús, ¿por qué ha permitido su muerte? El
Dios que ha resucitado a Jesús ¿qué hacía en la hora de su ejecución?
¿Por qué lo ha abandonado en la cruz? Los primeros creyentes han
comprendido que la muerte de Jesús no ha sido un accidente más, una
injusticia cualquiera. Esta muerte ha tenido que estar prevista en los
designios de Dios. Esta muerte ha sido para la salvación del pueblo y
de la humanidad entera.
La muerte del Profeta
Los cristianos han descubierto que la muerte de Jesús, resucitado
ahora por Dios, no ha sido la muerte de un blasfemo sino la muerte
del Profeta. En Jesús se ha cumplido el destino trágico que parece
esperar a todo profeta que sabe luchar por la justicia, la libertad y la
dignidad del hombre.
El profeta muere a manos del pueblo y dentro del pueblo. Pero, el
profeta muere por amor al pueblo y su muerte es un servicio a la
comunidad ya que descubre en toda su profundidad el pecado del
pueblo y, de alguna manera, le posibilita su conversión y redención.
Pero, Jesús es más que un profeta. Los primeros creyentes han
comprendido que la muerte de Jesús tiene un valor único no solo para
el pueblo judío sino para la humanidad entera. En la muerte de Jesús,
el mismo Hijo de Dios ha muerto por amor a los hombres. Y su
muerte es el mayor servicio a la humanidad, pues no solo nos
descubre la profundidad de nuestro pecado sino que al mismo tiempo
nos abre la posibilidad de salvación y perdón.
La muerte del Justo
Los cristianos han descubierto que la muerte de Jesús, resucitado
ahora por Dios, no ha sido la muerte de un pecador impío, sino la
muerte del Justo. La resurrección les ha hecho ver que la justicia
definitiva de Dios termina por triunfar por encima de todas las
injusticias de los hombres.
En una sociedad injusta, el hombre justo resulta insoportable y su
actuación es condenada y perseguida incluso en nombre de la ley y de
la religión. Pero Dios no puede permitir que la justicia no triunfe y el
sufrimiento del justo se pierda inútilmente.
Ahora los cristianos descubren que en la cruz ha muerto el Hijo santo
de Dios, «aquel que no conoció pecado» (2 Co 5, 21). No era Jesús el
pecador. Somos nosotros los pecadores. Pero la muerte de Jesús no ha
sido inútil. La resurrección nos descubre que la injusticia, el mal y la
muerte no tienen la última palabra. La resurrección del crucificado
nos abre un camino de redención. Desde ahora podemos esperar
liberación si sabemos decir no a la injusticia con el mismo espíritu de
Jesús.
La muerte del Siervo
Los cristianos han comprendido también que la muerte de Jesús no ha
sido la muerte de un revolucionario judío que pretendía hacerse con el
poder, sino la muerte del Siervo que ha vivido la obediencia al Padre
y el amor a los hombres hasta el extremo.
Inspirándose en los cantos del Siervo de Yavé (sobre todo en Is 52,
13-53, 12), los creyentes han visto en la muerte de Jesús el servicio
salvador del Hijo de Dios que ha querido “llevar sobre sí” los pecados
de los hombres, sufrir por nuestras injusticias y dar la vida por nuestra
salvación.
Poco a poco y, cada vez con más claridad, irán descubriendo en la
ejecución de Jesús el gesto supremo de amor y reconciliación de Dios
con los hombres. El Hijo de Dios ha compartido nuestra muerte y
nuestra perdición para abrirnos la posibilidad de alcanzar la vida y la
resurrección.
4. EL VALOR REDENTOR DE LA MUERTE DE JESUCRISTO
Jesús ha vivido su muerte en una actitud de obediencia y fidelidad
total al Padre y, al mismo tiempo, en una actitud de amor y perdón a
los hombres.
Por eso, su muerte no ha sido una muerte de destrucción y de
perdición, una “muerte-ruptura”. La muerte de Jesús ha sido una
muerte de reconciliación y de amor. Una muerte que conduce a la
resurrección y la vida.
La muerte, que era la manifestación suprema del pecado y la ruptura
entre Dios y el hombre pecador, se ha convertido ahora en la
manifestación suprema del amor y la reconciliación entre Dios y los
hombres. Vivida por el Hijo de Dios en obediencia total al Padre y en
comunión total con los hombres, se ha convertido en fuente de vida
para todos nosotros. “Nuestro Salvador Cristo Jesús ha destruido la
muerte y ha hecho irradiar luz de vida e inmortalidad” (2 Tm 1, 10).
A lo largo de los siglos, los cristianos han empleado diversos
lenguajes para formular el valor salvador de la muerte de Cristo. Se ha
visto la cruz como un rito de sangre que ha apaciguado la ira de Dios,
como el sacrificio de la única víctima agradable al Padre, la pena con
la que ha sido expiado el castigo infinito merecido por nuestros
pecados, el rescate ofrecido por nuestra redención, la reparación
necesaria para satisfacer a Dios, etc.
Es indudable el valor y la verdad que se encierran en estas
interpretaciones si son bien entendidas. Sin embargo, nos pueden
conducir a deformaciones más o menos graves sobre la muerte de
Cristo. Partiendo de estas interpretaciones fácilmente podemos llegar
a concebir a Dios como un Señor que exige previamente una
reparación y el pago de una deuda para poder luego perdonar al
hombre.
Los primeros creyentes no pensaron así. Ha sido Dios el que por
propia iniciativa y movido por un amor totalmente gratuito ha
intervenido en la historia humana para salvarnos. La muerte de
Jesucristo es el gesto supremo en el que se nos revela el amor
reconciliador de Dios a los hombres. “En Cristo estaba Dios
reconciliando al mundo consigo y no tomando en cuenta las
transgresiones de los hombres” (2 Co 5, 10).
5. SENTIDO CRISTIANO DE LA MUERTE Y EL
SUFRIMIENTO
La muerte de Jesús en la cruz no es un acontecimiento aislado y
separado de su vida. Es el gesto que resume y en donde culmina toda
su vida. Es “terminar de morir”. Jesús ha ido muriendo para el Padre y
por los hombres día tras día, “desviviéndose” por hacer la voluntad de
su Padre y por liberar a sus hermanos. Por eso, desde el seguimiento
al crucificado vamos los cristianos dando sentido al sufrimiento de
cada día y a la muerte.
La muerte cristiana
La muerte, sin perder su carácter trágico, ha cambiado de signo para
el creyente. La muerte ya no es el final de todo. El cristiano no muere
para quedar muerto sino para resucitar. La muerte ya no tiene la
última palabra.
El cristiano afronta la muerte y la asume libremente como un
acontecimiento que puede ser vivido en comunión con Cristo muerto
y resucitado y en la misma actitud que El adoptó.
El cristiano, más que prepararse para una buena muerte, debe
aprender a “morir bien” en cada momento. Es decir, viviendo la vida
diaria como Jesús, “desviviéndose” por la construcción del Reino de
Dios y su justicia. Desde aquí el Bautismo cobra un sentido nuevo
como el gesto sacramental en el que nos comprometemos a vivir la
vida “muriendo en Cristo”, y la Eucaristía nos va ayudando a asimilar
el morir de Jesús para participar también un día de su resurrección.
Los cristianos vemos desde Cristo con una esperanza nueva no solo
nuestra muerte sino también la muerte de los demás, las muertes
grandes y las pequeñas, las muertes valientes y las cobardes, las
muertes significativas y las ridículas. Desde esta misma esperanza
aprendemos a afrontar con otro sentido el envejecimiento y la muerte
de las culturas, de las ideas, de la creación entera_ Todo lo que vive,
camina de alguna manera hacia la muerte. Pero Cristo ha vencido a la
muerte.
Sentido cristiano del sufrimiento
Seguir a Jesús es seguir a Alguien que ha terminado ejecutado por los
hombres. Ser fiel a Alguien que ha sido perseguido y condenado por
el escándalo provocado con su mensaje y su actuación.
Seguir al Crucificado no es buscar y amar el sufrimiento. Jesús no lo
ha amado ni para él ni para los demás. Seguir al Crucificado es
proseguir su obra, construir el Reinado de Dios, defender la causa del
hombre, ofrecer gratuitamente el perdón, servir al hermano y saber
que esta actuación nos traerá sufrimiento.
El creyente, pues, no ama el sufrimiento, pero tampoco evade el
problema del mal de manera ligera y superficial. El cristiano toma en
serio la inseguridad, el sufrimiento, la soledad, la alienación, el dolor,
el lado oscuro y negativo de la vida. Pero con Cristo y desde Cristo
descubre que también ahí puede haber salvación y liberación. Desde
Cristo trata de descubrir cuál es la manera más humana y liberadora
de asumir y vivir el sufrimiento propio y ajeno.
El creer en el Crucificado no suprime el mal. El mal continúa siendo
algo malo e inhumano, pero se puede convertir en el lugar más eficaz,
realista y convincente de vivir la fe en el Padre y la solidaridad con
los hombres. Por eso el cristiano cree no solo en la acción sino
también en la pasión. Desde su fe cristiana va descubriendo que
incluso el sufrimiento puede ser liberador cuando se vive con el
espíritu del Crucificado.
La cruz nos purifica y libera, pues es lo que más directamente se
opone a la esclavitud del pecado. Pecar es buscar egoístamente
nuestra propia felicidad rompiendo con Dios y con los hombres. Vivir
la cruz como Jesús, es, precisamente, todo lo contrario: buscar la
fidelidad a Dios y al servicio a los hombres, incluso en la ausencia de
felicidad.
Quizá sea necesario descubrir de manera concreta nuevas
posibilidades de seguir hoy al Crucificado, v.gr.: preferir sufrir
injustamente antes que colaborar con la injusticia; saber sufrir el mal
antes de hacer el mal; compartir el sufrimiento de los injustamente
maltratados; aceptar la inseguridad y los riesgos propios de una vida
consecuente con la fe cristiana; aceptar las consecuencias dolorosas
de una defensa clara y firme de la justicia, la verdad y la libertad;
aceptar la inseguridad, la falta de poder y la debilidad del que quiere
actuar con honradez humana y sencillez evangélica; saber comprender
el valor de una vida austera y equilibrada en medio de nuestra
sociedad de consumo y bienestar.
PARA CONTINUAR EL ESTUDIO DE LA MUERTE DE JESUS
1. Lectura
Estudiar los relatos evangélicos de la pasión de Jesús, tratando de
descubrir la enseñanza de los evangelistas (Mt 26-27; Mc 14-15; Lc
22-23; Jn 18-19).
2. Preguntas para una reflexión
- ¿Qué significado puede tener todavía hoy la cruz de Cristo en
nuestra sociedad?
- ¿Cuál te parece la actitud más humana ante el sufrimiento y la
muerte? ¿Por qué?
- ¿Qué puede significar hoy concretamente para ti el tomar la cruz de
Cristo cada día?
3. Bibliografía
H. COUSIN, Los textos evangélicos de la pasión.
(Estella, 1981). Ed. Verbo Divino
Sugestivo estudio sobre los relatos de la crucifixión, la muerte de
Jesús y el sepulcro abierto.
X. LEON-DUFOUR, Jesús y Pablo ante la muerte.
(Madrid, 1982). Ed. Cristiandad.
En la primera parte de la obra se nos ofrece un estudio lleno de interés
sobre la postura de Jesús ante su muerte inminente y su actuación en
la cruz.
L. BOFF, Pasión de Cristo. Pasión del mundo.
(Santander, 1981). Ed. Sal Terrae.
Interesante obra donde se nos ofrece un buen resumen sobre la muerte
violenta de Jesús, las interpretaciones de esa muerte en las primeras
comunidades cristianas y el desarrollo posterior de la teología de la
redención.
La resurrección de Jesucristo
1. Los documentos
- Las confesiones de fe y los cánticos
- La predicación misionera
- Los relatos evangélicos
2. El encuentro de los primeros creyentes con el Resucitado
- El Crucificado se deja ver vivo
- Un encuentro que afecta al hombre entero
- El descubrimiento del enigma de Jesús
- Acontecimiento transformador
- Llamada a una misión
- Experiencia prolongada en la vida
3. La resurrección de Jesús
- No es un retorno a su vida anterior
- No es una supervivencia de su alma inmortal
- No es una prodigiosa operación biológica
- No es una permanencia de Jesús en el recuerdo de los suyos
- Intervención resucitadora de Dios
4. La resurrección, punto de partida para descubrir a Cristo
- Legitimación de la vida y el mensaje de Jesús
- El valor salvador de la muerte de Jesús
- Jesús confesado como Mesías e Hijo de Dios
- El Señor vive para siempre en Dios
- El Resucitado vive en medio de los creyentes
- El retorno del Resucitado
5. La resurrección, buena noticia para los hombres
Para continuar el estudio de la resurrección de Jesús
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
3. LA RESURRECCIÓN DE JESUCRISTO
“Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana también vuestra
fe”. Así escribía Pablo de Tarso hacia el año 55 a un grupo de cristianos
de Corinto. Si Cristo realmente no ha resucitado, la Iglesia se debe callar
porque no puede anunciar ninguna Buena Noticia de salvación para
nadie. Toda nuestra fe queda vacía de sentido. No tenemos ninguna
esperanza verdaderamente definitiva para aportar a ningún hombre. Solo
la resurrección de Jesús fundamenta y da sentido a nuestra fe cristiana.
Vamos a tratar de acercarnos a la experiencia que vivieron los primeros
creyentes para descubrir su fe convencida en la resurrección de Jesús y
para comprender mejor qué significa para nosotros, los cristianos, creer
en Cristo resucitado.
1. LOS DOCUMENTOS
Tendríamos que estudiar todos los escritos que nos han dejado los
primeros creyentes, pues en todos ellos se refleja la fe de estos hombres
que de diversas maneras y con lenguajes diferentes confiesan el
acontecimiento decisivo para los cristianos: Jesús, el Crucificado, ha
sido resucitado por Dios.
Sin embargo, esta fe en la resurrección de Jesús aparece expresada de
manera especial en:
Las confesiones de fe y los cánticos
Son fórmulas muy antiguas y estables, que han nacido en el entusiasmo
primero de las comunidades cristianas y en donde se resume lo más
fundamental de la fe sin recoger todos sus aspectos. Aquí, los creyentes
nos confiesan con toda sencillez y sobriedad que Jesús ha sido
resucitado por Dios sin detenerse a narrarnos sus apariciones o
encuentros con los discípulos (1 Co 15, 3-5; Rm 4, 25; 10, 9; Fp 2, 6-11,
etc).
La predicación misionera
Estos textos nos ofrecen una visión más completa de la fe de los
primeros cristianos, pues recogen la primera predicación de los
discípulos que proclaman a las gentes lo esencial de la fe cristiana. Estos
primeros predicadores anuncian una Buena Noticia: Dios ha cumplido
sus promesas de liberación, salvando a Jesús de la muerte y
confirmándolo como Mesías y liberador de los hombres. Este
acontecimiento nos debe hacer pensar a todos y nos debe empujar a
tomar una postura nueva ante la vida poniendo toda nuestra esperanza en
Jesucristo (Hch 2, 22-40; 3, 12-26; 4, 8-12; 5, 29-32; 10, 34-43; 13, 15-
41).
Los relatos evangélicos
Después de treinta o cuarenta años de vivir profundamente de la fe en el
Resucitado, los creyentes vuelven a reflexionar sobre la resurrección de
Jesús para evocar los primeros encuentros con el Resucitado,
comprender mejor el sentido de la resurrección, alimentar de nuevo su
esperanza, extraer las consecuencias más importantes para su vida
cristiana y meditar y celebrar con gozo este acontecimiento cuya fuerza
transformadora han podido ya experimentar en sus propias vidas.
Por eso, estas narraciones no son una “biografía” de Jesús resucitado. No
pretenden ofrecernos una información precisa que nos permita
reconstruir los hechos exactamente tal como han sucedido, a partir del
tercer día de la ejecución de Jesús. Son catequesis cristianas en las que
los creyentes, animados por una fe largamente experimentada en sus
vidas, evocan los primeros acontecimientos que dieron origen a la
comunidad cristiana, tratando de ahondar más en su fe en Cristo
resucitado (Mt 28; Mc 16; Lc 24; Jn 20-21).
2. EL ENCUENTRO DE LOS PRIMEROS CREYENTES CON EL
RESUCITADO
A partir de todo este material del que hoy podemos todavía disponer
nosotros, vamos a tratar de acercarnos a la experiencia que vivieron los
primeros discípulos.
Lo que primeramente observamos es la dificultad que experimentan
estos hombres para expresar y hacernos presentir un poco este
acontecimiento inesperado y desconcertante: Jesús, el crucificado, al que
ellos han podido ver muerto, ahora se les presenta lleno de vida. Se trata
de una experiencia compartida por bastantes, repetida en diversas
circunstancias y que ellos tratan de describir de alguna manera,
acudiendo a diversas expresiones y procedimientos narrativos (Jesús es
el de antes pero ya no es el mismo, está presente en medio de sus
discípulos pero no le pueden retener, es alguien real y concreto pero no
pueden convivir con él como antes_)
Estos hombres no nos describen nunca el acontecimiento mismo de la
resurrección. Ellos nos hablan de su encuentro con el ya resucitado que
se les impone lleno de vida y transforma totalmente sus personas.
Veamos algunos rasgos de su experiencia.
El Crucificado se deja ver vivo
La fórmula que emplean con más frecuencia indica que Jesús, que había
quedado oculto tras el misterio de la muerte, se deja ver, se hace visible,
se vuelve a encontrar con los suyos. Se trata de un encuentro cuya
iniciativa no está en los discípulos sino en Jesús. Es el mismo Jesús vivo
el que interviene en sus vidas, se les hace presente y se les impone lleno
de vida, obligándoles a salir de su desconcierto e incredulidad.
Un encuentro que afecta al hombre entero
No se puede describir adecuadamente estos encuentros llamándolos
sencillamente “visiones” o “apariciones”. Tampoco es acertado
preguntarse si se trata de visiones objetivas o subjetivas, externas o
internas. Según los discípulos, Jesús se les impone como alguien vivo,
en un encuentro que afecta la totalidad de sus personas.
Pablo llama a su experiencia “gracia”, regalo de Dios (1 Co 15, 10) y
cuando quiere describirla, nos dice que “ha sido alcanzado por Cristo
Jesús” (Flp 3,12) y que “ha descubierto el poder de su resurrección” (Flp
3, 10). Por eso, cuando los creyentes tratan de presentar esta experiencia
de manera narrativa, la describen con una gran variedad: Jesús
resucitado les saluda, les da la paz, los bendice, los llama, les enseña, los
consuela, los envía a una gran misión_ Es decir, el encuentro con el
Resucitado los ha cogido, los ha transformado y ha puesto en marcha la
fe de la pequeña comunidad.
El descubrimiento del enigma de Jesús
El encuentro con el Resucitado les ha descubierto a estos hombres el
misterio encerrado en Jesús. Así llama Pablo a su experiencia “el
descubrimiento de Jesús” (Ga 1, 12). Por eso, entiende así su encuentro
con el Resucitado: “Dios ha querido revelar en mí a su Hijo” (Ga 1, 16).
En este encuentro han descubiert o los discípulos que Jesús, a pesar de
haber terminado en una cruz, es el Cristo esperado por el pueblo, y,
todavía más, es el Señor de la vida y de la muerte porque en él ha
comenzado ya la resurrección, es decir, la liberación total y definitiva de
los hombres.
Acontecimiento transformador
Se trata de un acontecimiento que ha transformado totalmente a los
discípulos. Aquellos hombres que se resistían a aceptar el mensaje de
Jesús, comienzan ahora a anunciar el Evangelio con una convicción
total. Aquellos hombres cobardes que no habían sido capaces de
mantenerse junto a Jesús en el momento de la crucifixión, comienzan
ahora a arriesgar su vida por defender la causa del Crucificado.
Es particularmente significativo el caso de Pablo de Tarso. El encuentro
con Cristo resucitado lo ha convertido de perseguidor de las
comunidades cristianas en testigo y predicador de la Buena Noticia de
Cristo (Ga 1, 23; Filp 3, 5-14; Co 15, 9-10).
Llamada a una misión
Los discípulos viven el encuentro con el Resucitado como llamada a
anunciar el Evangelio. Los encuentros de los Once con el Resucitado
terminan invariablemente en una llamada a la evangelización (Mt 28,
18-20; Mc 16, 15; Lc 24, 28; Jn 20,21). Concretamente, Pablo entiende
su experiencia pascual como una exigencia pascual como una exigencia
a predicar la fe entre los gentiles (ga 1, 15-16). Si atendemos a los
primeros cristianos, encontrarse con el Resucitado es sentirse llamado a
anunciar la Buena Noticia de Cristo (Lc 24, 36; Jn 20, 17-18).
Experiencia prolongada en la vida
El encuentro con el Resucitado no es un momento privilegiado sin
continuidad posterior en sus vidas. Estos hombres reviven en su vida
diaria el destino doloroso de Jesús crucificado y el paso a la vida del
Resucitado. La resurrección del Crucificado les ayuda a entender y vivir
su vida difícil de cada día con otro sentido y otra profundidad. Desde su
propia vida comprenden y viven mejor el misterio de Cristo muerto y
resucitado. “Llevamos siempre en nuestros cuerpos el morir de Jesús, a
fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos” (2
Co 4,10).
3. LA RESURRECCION DE JESUS
Los primeros cristianos viven convencidos de que Jesús ha sido
resucitado por Dios. Pero, ¿qué significa esto para aquellos hombres?
¿Qué entendían por resurrección de Jesús? ¿Qué querían decir al hablar
de Cristo resucitado?
No es un retorno a su vida anterior
La resurrección de Jesús no es una vuelta a su vida anterior para volver
de nuevo a morir un día de manera ya definitiva. No es una simple
reanimación de su cadáver, como pudo ser el caso de Lázaro o la hija de
Jairo. La resurrección de Jesús no es como estas “resurrecciones”. Jesús
no regresa a esta vida sino que entra en la vida definitiva de Dios. Por
eso, los primeros predicadores dicen que Jesús ha sido “exaltado” por
Dios (Hch 2, 33), y los relatos evangélicos presentan a Jesús viviendo ya
una vida que no es la nuestra. Pablo nos dice con claridad que Cristo,
resucitado de entre los muertos, ya no muere más porque ahora vive en
Dios (RM 6, 9-10).
No es una supervivencia de su alma inmortal
Los cristianos no han entendido nunca la resurrección de Jesús como una
supervivencia misteriosa de su alma inmortal. Jesús resucitado no es “un
alma inmortal” ni un fantasma. Es un hombre completo, vivo, concreto,
que ha sido liberado de la muerte con todo lo que constituye su
personalidad. Para los primeros creyentes, a este Jesús resucitado que ha
alcanzado ahora toda la plenitud de la vida, no le puede faltar cuerpo.
No es una prodigiosa operación biológica
Los primeros cristianos no describen nunca la resurrección de Jesús
como una operación prodigiosa en la que el cuerpo y el alma de Jesús ha
vuelto a unirse para siempre. Su atención se centra en el gesto creador de
Dios que ha levantado al muerto Jesús a la Vida. La resurrección de
Jesús no es un nuevo prodigio, sino una intervención creadora de Dios.
No es una permanencia de Jesús en el recuerdo de los suyos
La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús y no a los discípulos.
Es algo que ha acontecido en el muerto Jesús y no en la mente o en la
imaginación de los discípulos. No es que “ha resucitado” la fe de los
discípulos a pesar de haber visto a Jesús muerto en la cruz. El que ha
resucitado es Jesús mismo. No es que Jesús permanece ahora vivo en el
recuerdo de los suyos. Es que Jesús realmente ha sido liberado de la
muerte y ha alcanzado la vida definitiva de Dios.
Intervención resucitadora de Dios
A los primeros cristianos no les gusta decir “Jesús ha resucitado”.
Prefieren emplear otra expresión: “Jesús ha sido resucitado por Dios”
(Hch 2, 24; 3,15_). Para ellos, la resurrección es una actuación del Padre
que con su fuerza creadora y poderosa ha levantado al muerto Jesús a la
vida definitiva y plena de Dios. Para decirlo de alguna manera, Dios le
espera a Jesús al otro lado de la muerte para liberarlo de la destrucción,
vivificarlo con su fuerza creadora, levantarlo de entre los muertos e
introducirlo en la vida indestructible de Dios.
Los primeros cristianos han empleado diversos lenguajes para sugerir de
qué se trata. Es interesante escucharle a Pablo. Según él, Jesús ha sido
resucitado por la fuerza de Dios que es la que le hace vivir su nueva vida
de resucitado (Ef 1, 19-20; 2 Co 13, 4). Jesús ha sido resucitado por la
gloria de Dios, es decir, por esa fuerza que nos descubre toda la
grandeza gloriosa de Dios (Rm 6, 4); por eso, Cristo resucitado posee un
“cuerpo glorioso” (Filp 3,21) que no significa un cuerpo luminoso,
majestuoso_ sino una personalidad llena de la fuerza transformadora de
Dios. Jesús ha sido resucitado por el Espíritu de Dios, es decir, por su
Aliento creador (Rm 8, 11); por eso, Cristo resucitado posee “un cuerpo
espiritual” (1 Co 15, 35-49) que no significa un cuerpo inmaterial,
etéreo, invisible_ sino una personalidad penetrada por el Aliento vital y
creador de Dios.
Este paso de Jesús de la muerte a la vida definitiva, es un acontecimiento
que desborda esta vida en que nosotros nos movemos. Por eso, no lo
podemos constatar y observar como hacemos con tantos otros
acontecimientos que suceden entre nosotros. Pero es un hecho real, que
ha sucedido. Más aún, para los creyentes es el acontecimiento más real,
importante y decisivo que ha sucedido para la historia de la humanidad.
4. LA RESURRECCION, PUNTO DE PARTIDA PARA
DESCUBRIR A CRISTO
A partir de la resurrección y a su luz, los primeros creyentes volvieron a
recordar la actuación y el mensaje de Jesús y, reflexionando sobre su
vida y su muerte, fueron descubriendo la verdadera personalidad de
Jesucristo.
Legitimación de la vida y el mensaje de Jesús
La muerte de Jesús en la cruz, abandonado por todos y condenado en
nombre de la Ley, parecía dejar claro que Jesús era un falso profeta
abandonado también por Dios. Ahora los discípulos comprenden que no
es así. Dios lo ha resucitado desautorizando a todos los que lo habían
rechazado (Hch 2, 23-24). Al resucitarlo, Dios le ha dado la razón y ha
legitimado y confirmado con su gesto vivificador, el mensaje y la
actuación de Jesús.
Jesús tenía razón, Dios está con él. Los discípulos comprenden que en la
vida y el mensaje de este hombre se encierra algo único e incomparable,
que es necesario anunciar a todos los hombres: Jesús ofrece verdaderas
garantías para alcanzar una liberación definitiva, incluso, por encima de
la muerte.
El valor salvador de la muerte de Jesús
Si Dios ha resucitado a Jesús, ¿por qué ha permitido su muerte? El Dios
que ha resucitado a Jesús, ¿qué hacía en la hora de su ejecución? ¿Dónde
estaba en el momento de su asesinato? Los discípulos han comprendido
que la muerte de Jesús no ha sido un accidente, una desgracia cualquiera,
una injusticia más_ Esta muerte ha sido algo previsto y preparado en los
designios de Dios. Esta muerte ha sido para salvación del hombre.
Este Dios que en la resurrección se ha manifestado plenamente
identificado con Jesús, estaba también con él en la cruz. Al abandonar a
Jesús, en realidad, se estaba abandonando a sí mismo por amor a los
hombres. En Cristo, moribundo en la cruz, estaba Dios compartiendo
nuestra vida humana hasta el fracaso y la destrucción total, y realizando
el máximo gesto de su solidaridad y su amor salvador al hombre. “En
Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19)
Jesús confesado como Mesías e Hijo de Dios
Si Jesús ha sido resucitado por Dios, los discípulos comprenden que no
deben seguir esperando a ningún otro Mesías. Las promesas de Dios han
encontrado ya su cumplimiento en Jesús. Es Jesús el Mesías esperado,
pero lo es de una manera que ha rebasado todas las esperanzas del
pueblo.
En este Mesías resucitado se encierra algo inesperado. La muerte de
Jesús ha dejado claro que el Mesías es un hombre débil, mortal como
nosotros. La muerte nos iguala a todos y, si Jesús ha muerto, quiere decir
que es hombre como todos nosotros. Pero, la resurrección, nos descubre
en Jesús algo nuevo, que ciertamente Israel no esperaba. Si Jesús ha
resucitado quiere decir que es un hombre que vive una relación única
con Dios. En Jesús hay algo que no se puede encontrar en los demás
hombres. A partir de la Resurrección, los discípulos descubrirán cada
vez con más claridad, que Dios estaba en él, que Dios en este hombre ha
querido compartir nuestra vida humana (véase siguiente catequesis).
El Señor vive para siempre en Dios
La muerte de Jesús no ha sido su destrucción, sino su paso a la vida del
Padre. Jesús estuvo muerto pero ahora está vivo (Ap 1, 17-18).
Resucitado, vive en una condición nueva junto al Padre (Filp 2, 8-11).
Con razón, se le puede llamar ya Señor de la vida y de la muerte (Rm 14,
7-9). Los cristianos ya no se sienten solos. Cristo no es un difunto. Los
creyentes saben que junto al Padre tienen a Cristo intercediendo y
preocupándose por todos los hombres (Hb 7, 25; Rm 8, 34).
El Resucitado vive en medio de los creyentes
El Señor no solo vive ahora para los hombres, sino entre los hombres.
Los discípulos viven animados por la presencia viva del Resucitado (Lc
24, 13-35). Cuando hablan del Resucitado no están hablando de un
personaje del pasado, sino de alguien vivo que anima, vivifica y llena
con su espíritu y su fuerza a la comunidad creyente. “Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
La comunidad creyente no se siente huérfana. El Resucitado camina con
nosotros como “jefe que nos lleva a la vida” (Hch 3, 15). Es necesario
saber descubrirlo en nuestras asambleas (Mt 18, 20), saber escucharlo en
el Evangelio (Mt 7, 24-27), dejarnos alimentar por él en la cena
eucarística (Lc 24, 28-31), saber encontrarlo en todo hombre necesitado
(Mt 25, 31-46).
El retorno del Resucitado
Cristo, resucitado por el Padre, solo es el “primero que ha resucitado de
entre los muertos” (Col 1, 18-19). El se nos ha anticipado a todos para
alcanzar esa vida definitiva que nos está también reservada a nosotros.
Su resurrección es fundamento y garantía de la nuestra (1 Co 15, 20-23).
Uno de los nuestros, un hermano nuestro, Jesús de Nazaret, ha
resucitado abriendo una salida a esta vida nuestra que termina fatalmente
en la muerte. Su resurrección nos abre la posibilidad de alcanzar la
liberación última y total (1 Co 15, 22; Ef 2, 4-6). Si vivimos desde
Cristo, un día resucitaremos con El. “Dios que resucitó al Señor, también
nos resucitará a nosotros por su fuerza” (1 Co 6, 14).
Por eso, los creyentes, en medio de las luchas, los sufrimientos y las
dificultades de cada día, ponen su mirada en el Resucitado que un día
volverá a consumar y llevar a su término todos nuestros esfuerzos de
liberación: “Ven, Señor, Jesús” (Ap 22, 20)
5. LA RESURRECCION,
BUENA NOTICIA PARA LOS HOMBRES
La resurrección de Cristo es la mejor noticia que podíamos recibir los
hombres.
Ahora sabemos que Dios es incapaz de defraudar las esperanzas del
hombre que le invoca como Padre. Dios es Alguien con fuerza para
vencer la muerte y resucitar todo lo que puede quedar muerto (2 Co 1,9;
Ef 1, 18-20). Dios es Alguien que no está conforme con este mundo
injusto en el que los hombres somos capaces de crucificar al mejor
hombre que ha pisado nuestra tierra. Dios es Alguien empeñado en
salvar al hombre por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.
Ya el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. La vida
no es un enigma sin meta ni salida. Conocemos ya de alguna manera el
final. A esta vida crucificada vivida con el espíritu de Jesús, solo le
espera la resurrección (Rm 8, 11). Todos aquellos que luchen por ser
cada día más hombres, un día lo serán. Todos aquellos que trabajen por
construir un mundo más humano y justo, un día lo conocerán. Todos los
que, de alguna manera hayan creído en Cristo y hayan vivido con su
espíritu, un día sabrán lo que es VIVIR.
“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá. Y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees tú
esto?” (Jn 11, 25).
PARA CONTINUAR EL ESTUDIO DE LA RESURRECCION DE
JESUS
1. Lectura
Estudiar los relatos evangélicos de la resurrección de Jesús, tratando de
descubrir las enseñanzas para nuestra fe (Mc 16; Mt 28; Lc 24; Jn 20-
21).
2. Preguntas para una reflexión
- La fe en la resurrección de Jesús, ¿puede tener algún interés para un
hombre enfrentado a los problemas diarios de nuestra sociedad? ¿Por
qué?
- La fe en Cristo resucitado, ¿debe influir concretamente en nuestra
visión de la vida? ¿Cómo?
- Señala algunos rasgos que deberían caracterizar la esperanza de un
cristiano.
3. Bibliografía
H. SCHLIER, De la resurrección de Jesucristo.
(Bilbao, 1970). Ed. Desclée de Brower.
Pequeño estudio que recoge bien lo más esencial de nuestra fe en Cristo
resucitado.
X. LEON-DUFOUR, Resurrección de Jesús y mensaje pascual.
(Salamanca, 1973). Ed. Sígueme.
El estudio más completo y reciente realizado por un exégeta católico.
Obra de carácter técnico, escrita por un especialista.
L. BOFF, La resurrección de Cristo. Nuestra resurrección en la muerte.
(Santander, 1981). Ed. Sal Terrae.
Una relectura de la resurrección de Jesús y de sus implicaciones para
nuestra propia resurrección.
La fe en Cristo resucitado
1. Una fe nueva en Dios, Padre de Jesucristo
- Dios, fiel a sus promesas
- Dios vencedor de la muerte
- Dios, futuro del hombre
- Dios, protesta contra el mal
2. Una fe nueva en Jesús, resucitado por el Padre
- Jesús, nuestro Salvador
- Jesús, Hijo de Dios vivo
- Jesús, vivo en su comunidad
- El encuentro con Jesús vivo
- Cristo resucitado, futuro del hombre
3. Una fe nueva en la vida del hombre
- El mal no tiene la última palabra
- La historia del hombre tiene una meta
- Una nueva fuerza liberadora
- La fuerza resucitadora del amor
4. Algunos rasgos de la esperanza cristiana
- Realismo
- Inconformismo
- Compromiso
- En comunidad
- Esperanza cristiana y esperanza humana
Para continuar el estudio de nuestra fe en Cristo resucitado
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
4. La Fe en Cristo Resucitado
La ejecución en una cruz puso en entredicho todas las pretensiones de
Jesús. La cruz parecía dejar las cosas claras: Jesús había sido un hombre
bueno y justo quizás, pero un hombre iluso totalmente equivocado. Si de
verdad Jesús tenía razón al anunciar un mensaje de salvación a los
hombres, al garantizar el perdón a los pecadores y al invocar a Dios
como Padre, solo Dios lo podía decir. Si en Jesús se encerraba algo
único, solo Dios lo podía confirmar. Y lo ha hecho resucitando a Jesús
de la muerte.
La resurrección de Jesús es la mejor noticia que podíamos recibir los
hombres. Es la resurrección de Jesús la que sostiene y da sentido a
nuestra fe. “Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana
también vuestra fe_ Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra
esperanza en Cristo, somos los más desgraciados de todos los hombres.
Pero no, ¡Cristo resucitó de entre los muertos!” (1 Co 15, 14-20).
La resurrección de Jesús ha sido el acontecimiento decisivo para la fe
cristiana. A partir de la resurrección, los cristianos creemos en Dios con
una luz nueva, vivimos nuestra fe en Jesús con una profundidad nueva,
comprendemos nuestra existencia y nos enfrentamos a ella con una
esperanza nueva. Vamos a tratar de comprender un poco la novedad que
nos aporta la resurrección de Jesucristo.
1. UNA FE NUEVA EN DIOS, PADRE DE JESUCRISTO
A partir de la resurrección de Jesús, los creyentes podemos creer en Dios
con una luz nueva.
Dios, fiel a sus promesas
Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que Dios es fiel a sus
promesas. Dios es incapaz de abandonar en la muerte al que le invoca
con fe, como Padre. Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que Dios
no abandonará a los hombres, no defraudará nunca la esperanza que los
hombres pongan en El, no permitirá jamás el fracaso final de aquellos
que le invoquen como Padre. En Cristo resucitado, Dios se nos descubre
como un Padre fiel a sus promesas de salvar al hombre, un Padre
dispuesto a salvar al hombre por encima de la muerte.
Dios, vencedor de la muerte
En Cristo resucitado descubrimos que Dios es capaz de resucitar lo
muerto. Dios no es solamente el Creador. Dios es un Padre, lleno de
amor y de vida, capaz de superar el poder destructor de la muerte y dar
vida a lo que ha quedado muerto (Ef 1, 18-20).
Se entiende la fe de los primeros creyentes que mantienen su esperanza
en medio de esta vida en que todo camina, de alguna manera, hacia la
muerte. “No pongamos nuestra confianza en nosotros mismos sino en
Dios que resucita a los muertos” (2 Co 1, 9).
Dios, futuro del hombre
Si Dios ha resucitado a Jesús, quiere decir que Dios no es un Dios de
muertos sino de vivos. Dios no quiere la muerte sino la vida de los
hombres. Al resucitar a Jesús, Dios se nos descubre como Alguien que
no permitirá que una vida humana vivida en el amor termine en el
fracaso de la muerte. Dios es el futuro que le espera al hombre que sabe
amar.
Los primeros cristianos han vivido convencidos de que Dios no
permitirá jamás que un hombre que ha vivido como Jesús, desde el amor
y para el amor, entregado al Padre y a los hermanos, termine su vida en
la muerte. Así escribe uno de ellos: “Nosotros sabemos que hemos
pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos” (1
Jn 3,14)
Dios protesta contra el mal
Al resucitar a Jesús, Dios se nos descubre como Alguien que no está de
acuerdo con nuestra existencia actual, llena de sufrimientos y dolor, y
destinada fatalmente a una muerte que rompe todos nuestros logros y
proyectos.
Todavía más. En Cristo resucitado. Dios se nos descubre como Alguien
que no está conforme con un mundo injusto en el que los hombres
somos capaces de crucificar al mejor hombre que ha pisado nuestra
tierra. Al resucitar a Jesús, Dios nos descubre su reacción y su protesta
final ante un mundo de injusticia y de violación de la dignidad humana.
Así predicarán los primeros creyentes: “Vosotros lo matásteis_ pero
Dios lo resucitó” (Hch 2, 23-24).
2. UNA FE NUEVA EN JESUS, RESUCITADO POR EL PADRE
A partir de la resurrección, los creyentes vivimos con una fe nueva
nuestro seguimiento a Jesús.
Jesús, nuestro Salvador
En la resurrección descubrimos los cristianos que Jesús es nuestro único
Salvador. El único que nos puede llevar a la liberación y a la vida. “No
hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros
debamos salvarnos” (Hch 4, 12).
El mensaje de Jesús tiene un valor muy distinto al que puedan tener los
mensajes de otros profetas. La actuación salvadora de Jesús tiene un
valor muy distinto al que pueden tener las de otros liberadores. Dios no
ha resucitado a cualquier profeta o a cualquier liberador. Dios ha
resucitado a Jesús de Nazaret.
En la resurrección de Cristo hemos descubierto que nuestra vida tiene
salida. Hay un mensaje, hay un estilo de vivir, hay una manera de morir,
hay Alguien que nos puede llevar hasta la vida eterna: Jesucristo. “A
éste le ha exaltado Dios con su derecha como jefe y Salvador” (Hch 5,
31).
Jesús, Hijo de Dios vivo
La resurrección nos ha descubierto que la muerte de Jesús no ha sido una
muerte cualquiera. Su muerte ha sido el paso a la vida de Dios. La
resurrección nos ha descubierto que Jesús no era un hombre cualquiera.
Dios, realmente es su Padre. Un Padre del que Jesús recibe toda su vida.
Por eso, Jesús no ha quedado abandonado en la muerte.
A partir de la resurrección, los cristianos creemos en Jesús, el Hijo de
Dios vivo, lleno de fuerza y creatividad, que vive ahora junto al Padre,
intercediendo por los hombres e impulsando la vida hacia su último
destino (Hb 7, 25; Rm 8, 34).
Jesús, vivo en su comunidad
Si Jesús ha resucitado no es para vivir lejos de los hombres. El
Resucitado está presente en medio de los suyos. “Sabed que yo estoy
con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20).
Los cristianos creemos que Cristo vive en medio de nosotros. No
estamos huérfanos. Cuando nos reunimos dos o tres en su nombre, allí
está El (Mt 18, 20). La Iglesia no es una organización solitaria, una
comunidad que camina sola por la historia. Es el “cuerpo de Cristo”
resucitado. Es Cristo resucitado el que anima, vivifica y llena con su
espíritu y su fuerza a la comunidad creyente (Ef 4, 10-12).
El encuentro con Jesús vivo
Jesús resucitado no es un personaje del pasado. Para los cristianos,
Cristo es Alguien vivo que camina hoy junto a nosotros en la raíz misma
de la vida (Jn 14, 13-14). Creemos que Jesús no es un difunto. El actúa
en nuestra vida, nos llama y nos acompaña en nuestra tarea diaria (Lc
24, 13-35).
Por eso, creer en el Resucitado es dejarnos interpelar hoy por su palabra
viva, recogida en los evangelios. Palabras que son “espíritu y vida” para
el que se alimenta de ellas (Jn 6, 63). Creer en el Resucitado es verlo
aparecer vivo en el último y más pequeño de los hombres. Es decir,
saber acoger y defender la vida en todo hermano necesitado (Mt 25, 31-
46).
Cristo resucitado, futuro del hombre
Jesús, resucitado por el Padre, solo es “el primero que ha resucitado de
entre los muertos” (Col 1, 18-19). El se nos ha anticipado a todos para
recibir del Padre esa vida definitiva que no está también reservada a
nosotros. Su resurrección es el fundamento y la garantía de la nuestra (1
Co 15, 20-23).
No podemos creer en la resurrección de Jesús sin creer en nuestra propia
resurrección.
“Dios que resucitó al Señor, también nos resucitará a nosotros por su
fuerza” (1 Co 6, 14). En Cristo resucitado se inicia nuestra propia
resurrección porque en El se nos abre definitivamente la posibilidad de
alcanzar la vida eterna.
3. UNA FE NUEVA EN LA VIDA DEL HOMBRE
A partir de la resurrección de Jesús, los cristianos comprendemos la vida
del hombre de una manera radicalmente nueva y nos enfrentamos a la
existencia con su horizonte nuevo.
El mal no tiene la última palabra
Si hay resurrección, ya el sufrimiento, el dolor, la injusticia, la opresión,
la muerte_ no tienen la última palabra. El mal ha quedado “despojado”
de su fuerza absoluta.
Si la muerte, último y mayor enemigo del hombre, ha sido vencida, el
hombre no tiene ya por qué doblegarse de manera irreversible ante nada
y ante nadie. Las muertes, las luchas, las lágrimas de los hombres
continuarán, pero, si se vive con el espíritu del Resucitado, no
terminarán en el fracaso. Los cristianos nos enfrentamos al mal y al
sufrimiento de la vida diaria, sabiendo que a una vida “crucificada” solo
le espera resurrección. Nos sostiene la palabra de Jesús: “En el mundo
tendréis tribulación, pero, ánimo, yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).
La historia del hombre tiene una meta
Con la resurrección de Jesús se nos ha desvelado el sentido último de la
historia. Ahora sabemos que la humanidad no camina hacia el fracaso, la
historia de los hombres no es algo enigmático, oscuro, sin meta ni salida
alguna. La vida de los hombres no es un breve paréntesis entre dos
vacíos silenciosos. En el Resucitado se nos descubre ya el final, el
horizonte que da sentido a la historia humana.
Una nueva fuerza liberadora
La fe en la resurrección es fuente de liberación. El que cree en la
resurrección tiene una nueva fuerza de liberación ya que su vida no
puede, en definitiva, ser detenida por nada ni por nadie. La fe en la
resurrección puede y debe dar a los creyentes capacidad para vivir
entregados sin reservas, con el espíritu de Jesús, de manera
incondicional y sin presupuestos. La fe en la resurrección se debe
convertir para el creyente en una llamada a la liberación individual y
colectiva.
La fuerza resucitadora del amor
En la resurrección de Jesús descubrimos la fuerza resucitadora del
Espíritu. Lo que ha resucitado a Jesús y lo ha levantado de la muerte es
el Espíritu que lo animó a lo largo de su vida. Y es ese mismo Espíritu y
ese mismo amor el que nos resucitará a nosotros si vivimos impulsados
por él (Rm 8,11).
Una vida animada por el Espíritu de Jesús no terminará en la muerte.
Resucitaremos en la medida en que hayamos vivido con el Espíritu de
Cristo. De todos nuestros esfuerzos, luchas, trabajos y sudores,
permanecerá lo que haya sido realizado en el Espíritu de Jesús, lo que
haya estado animado por el amor (Ga 6, 7-9).
4. ALGUNOS RASGOS DE LA ESPERANZA CRISTIANA
Vamos a señalar brevemente algunos rasgos de la esperanza cristiana
Realismo
Los creyentes han sido acusados con frecuencia de irrealismo La única
postura válida y realista será enfrentarse a la realidad presente sin soñar
con un futuro que todavía no existe y que no sabemos si existirá alguna
vez.
Los cristianos creemos que la única manera realista de acercarnos a la
vida es tomando en serio todas las posibilidades que se hallan encerradas
en la historia de los hombres. El creyente se acerca a la realidad como
algo inacabado, algo que está en camino de realizarse, algo que está en
construcción. El que se aferra a la realidad tal como es, el que se instala
y se establece en esta vida tal como actualmente es, no es realista pues
excluye el futuro, niega el porvenir y, por lo tanto, niega las
posibilidades que encierra la historia de los hombres. Solo desde la
esperanza cristiana buscamos nosotros un significado pleno a la vida.
Inconformismo
El que de verdad cree, espera y ama el futuro último de Dios para los
hombres no puede conformarse con el mundo actual tal como está. La
esperanza no tranquiliza al creyente sino que le inquieta, ya que nos
descubre la distancia enorme que todavía nos separa del futuro último de
Dios que nos está reservado.
El cristiano, precisamente porque cree en un mundo nuevo, no puede
tolerar la situación actual llena de odio, mentira, inquietud, injusticia,
opresión, dolor y muerte. Su esperanza le obliga a cambiar, renovar,
transformar, dejar atrás todo esto. La esperanza cristiana, bien entendida,
desinstala e impulsa al creyente a adoptar una actitud de inconformismo,
protesta, lucha, transformación y renovación. El que no hace nada por
cambiar la tierra es que no cree en el cielo, pues acepta el presente como
algo definitivo (Ef 5, 8-11).
Compromiso
La esperanza cristiana debe impulsar al creyente a configurar la realidad
actual a la luz del futuro que se nos promete en Cristo, para crear ya, en
lo posible y lo mejor posible, lo que estamos llamados a vivir
definitivamente.
Los creyentes deben luchar ahora contra toda injusticia, esclavitud, odio,
deshumanización, pecado_ que esté en contradicción con lo que
esperamos para el hombre. La esperanza cristiana debe destruir en
nosotros toda falsa resignación ante el mal instaurado en nuestra
sociedad o en nuestras personas.
En comunidad
La esperanza cristiana no se puede vivir aisladamente sino en
comunidad. Todos los creyentes formamos “un solo cuerpo y un solo
Espíritu como una es la esperanza a la que hemos sido llamados” (Ef 4,
4). Por encima de nuestros conflictos, divergencias y enfrentamientos,
los cristianos deberíamos exigirnos mutuamente una cosa: “esperar
contra toda esperanza” en Jesucristo.
Esperanza cristiana y esperanza humana
El creyente no puede mantenerse ajeno e indiferente ante tantos hombres
que no comparten su fe, pero que se esfuerzan por mejorar la sociedad,
animados por otras esperanzas y objetivos más inmediatos.
Pero, el cristiano tampoco se identifica sin más con cualquier
movimiento transformador. Por una parte, sabe relativizar esas
esperanzas siempre limitadas y orientarlas hacia el futuro último que le
espera al hombre.
Por otra parte, el cristiano rechaza la presunción que puede encerrarse en
una lucha que pretende realizar de manera definitiva la historia en un
momento determinado de la misma. Las metas que logramos los
hombres son siempre provisionales, penúltimas. Nuestra meta última
está en Dios, Padre de nuestro Señor Jesús.
PARA CONTINUAR EL ESTUDIO DE NUESTRA FE EN CRISTO
RESUCITADO
1. Lectura
Estudiar el relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13-35) tratando de
ver cómo el descubrimiento del Resucitado se realiza escuchando su
palabra y participando en su cena.
2. Preguntas para una reflexión
- ¿Qué dificultades encuentras para vivir en nuestros días, la esperanza
cristiana?
- ¿Dónde descubres signos para mantener y enriquecer tu esperanza
cristiana?
- ¿Cómo acrecentar de manera concreta nuestra fe en Cristo resucitado?
3. Bibliografía
K. LEHMANN, Jesucristo resucitado, nuestra esperanza
(Santander, 1982). Ed. Sal Terrae.
Obra sencilla donde de forma meditativa, pero profunda, se nos presenta
a Cristo resucitado como fundamento de nuestra esperanza.
G. LOHFINK, A. VOGTLE, R. SCHNACKENBURG, W.
PANNENBERG, Pascua y el hombre nuevo
Diversos artículos de interés sobre el significado de la Pascua y su
importancia para el hombre actual.
Jesús, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra salvación
1. La fe en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre
- Jesús, experimentado como hombre
- Jesús, distinto del Padre
- La unión de Jesús con el Padre
- Jesús confesado como hijo de Dios
- La búsqueda de nuevas fórmulas de fe en Jesucristo
2. El gran gesto de Dios: hacerse hombre
- El acontecimiento decisivo de la historia
- Semejante en todo a nosotros
- Excepto en el pecado
3. Jesús, revelación del Dios Salvador
4. Jesús, revelación del verdadero hombre
- El hombre, imagen de Dios
- El hombre, lugar de encuentro con Dios
5. Algunas exigencias de nuestra fe en Jesucristo
Para continuar el estudio de la encarnación del Hijo de Dios
1. Lectura
2. Preguntas para una reflexión
3. Bibliografía
5. Jesús, Hijo de Dios hecho hombre por nuestra Salvación
Ante los rasgos sorprendentes que caracterizaron la vida de Jesús de
Nazaret (ver 1 a. catequesis) y, sobre todo, ante el hecho inaudito de la
resurrección (ver 3a. catequesis), la comunidad cristiana confiesa, llena
de fe, el hecho más original y central del cristianismo: en Jesús de
Nazaret el Hijo de Dios se ha hecho hombre por nuestra salvación.
Vamos a tratar de descubrir qué significa esto para un creyente.
1. LA FE EN JESUCRISTO, HIJO DE DIOS HECHO HOMBRE
Jesús, experimentado como hombre
Los contemporáneos de Jesús, los discípulos que convivieron cerca de él
y todos sus seguidores vieron en Jesús un hombre, en el sentido propio y
pleno de esta palabra. Un hombre cuya vida es semejante a la nuestra.
Basta recorrer las páginas de los evangelios para ver cómo Jesús pasa
hambre y sed, frío y calor como nosotros (Mt 4,2; Jn 19, 28); llora y
goza como nosotros (Jn 11, 35; Lc 10,21); se indigna (Mc 1, 41; 6, 34),
se sorprende (Mc 6,6), se compadece (Mc 1, 41; 6,34), se desilusiona
(Mc 8, 17; 9,19), hace preguntas para informarse (Mc 6, 38; 9, 16; 9, 21;
9,33), ignora cuándo llegará el último día (Mc 13, 32); le entra una
angustia mortal ante la proximidad de su muerte (Mc 14, 34) _
Jesús, distinto del Padre
Jesús es un hombre que no puede ser confundido con Yavé, el Dios de
Israel. en los escritos de las primeras comunidades cristianas, Jesús
aparece siempre como alguien claramente distinto de ese Dios a quien
Jesús llama Padre, a quien ora con fe y confianza en sus largas horas de
silencio y soledad (Mc 1, 35; Lc 5, 16), a quien obedeció hasta la muerte
(Mc 14, 36) y en cuyas manos abandonó su vida al dar el último aliento
(Lc 23, 46).
La unión de Jesús con el Padre
Ya el comportamiento y la personalidad excepcional de Jesús obligan a
preguntarse quién es este hombre que actúa de manera tan sorprendente
y única. ¿Cómo puede Jesús descubrir a sus contemporáneos la
verdadera voluntad de Dios con una autoridad tan soberana, tan
inmediata, derivada directamente de Dios? ¿Cómo puede Jesús con su
palabra, sus gestos y su vida hacer presente ya entre los hombres el
Reinado de Dios? ¿Cómo puede Jesús intervenir en la vida de los demás
curando sus males y concediendo el perdón del mismo Dios? ¿Cómo
puede confrontar a todos directamente con Dios presentándose como
factor decisivo de la salvación de los hombres? ¿Cómo puede invocar a
Dios como Padre y vivir con El una relación única e incomparable?
¿Qué misterio encierra su persona?
Pero además, este hombre al morir no ha quedado abandonado en la
muerte sino que ha sido resucitado por el mismo Dios. Ante este
acontecimiento único y sorprendente, surge obligadamente una pregunta:
¿Quién es este hombre cuya vida, ya desconcertante por sí misma, no ha
terminado en la muerte como la de los demás hombres sino en
resurrección?
La Resurrección descubre a los cristianos que Dios se hace presente en
la vida y en la muerte de este hombre de una manera única, que supera
todo lo que nosotros podemos concebir de otros hombres. No se puede
hablar de Jesús como de un hombre cualquiera. En ningún otro
encontramos una unión parecida con Dios. Ningún otro vive tan
inmediatamente desde Dios y para Dios. Desde este hombre, Dios nos
habla y se dirige a nosotros de manera tan directa e inmediata que a
Jesús no se le puede considerar como un mero profeta o enviado de
Dios. En la vida de este hombre, la Palabra de Dios y su actuación
salvadora están tan totalmente presentes que debemos decir que el
mismo Dios se nos presenta, se nos descubre y se nos acerca en Jesús de
Nazaret de una manera única e irrepetible.
Jesús confesado como Hijo de Dios
Los primeros creyentes tratan de expresar esta realidad acudiendo a
lenguajes diferentes y variados. Trataremos de entender algunas de sus
expresiones más significativas.
Aquel Dios que había hablado tantas veces y de tantas maneras al
pueblo, ahora ha hablado su última palabra desde Jesús (Hb 1, 1). Dicho
con más profundidad, en Jesús no escuchamos simplemente una palabra
de Dios. Jesús mismo es la Palabra de Dios hecha carne, hecha vida
humana (Jn 1, 14). Jesús es Dios hablándonos a los hombres desde la
vida concreta de un hermano.
Aquel Dios que tantas veces y de tantas maneras había intervenido para
liberar a los hebreos, ahora ha actuado en Jesús y desde Jesús de una
manera única y definitiva para salvar a todos los hombres. “En Cristo
estaba Dios reconciliando al mundo consigo” (2 Co 5, 19).
Ese Dios que nos resulta lejano, misterioso e inaccesible, ahora se nos ha
hecho cercano y visible, de alguna manera, en la vida concreta de Jesús.
<< En él reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente >> ( Col
2, 9). Este hombre es Dios viviendo una vida humana como la nuestra.
Por eso, en la persona y en la vida concreta de Jesús “se nos ha
descubierto la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor a los
hombres” (Tt 3,4).
En Jesús, Dios se ha acercado a los hombres y se ha identificado con
nuestros problemas hasta tal punto que a este hombre hay que llamarlo
«Enmmanuel», es decir, «Dios-con-vosotros» (Mt 1,23). Dios ahora es
para nosotros Jesús. Sólo en Jesús y desde Jesús se nos ofrece Dios
como Salvador.
La comunidad cristiana ha sentido la necesidad de atribuir a Jesús
diversos nombres y títulos que, dentro de sus limitaciones, tratan de
recoger la fe de los creyentes. Recordaremos algunos: Jesús es el
único Mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2, 5). El es el
único Salvador en el que podemos poner nuestras esperanzas (Hch 5, 31;
13, 23; 4,12). Más aún, Jesús es confesado como “Señor”, con el mismo
nombre que se le da a Dios entre los judíos de lengua griega. Jesús es el
Señor, es decir el que vive ahora resucitado realizando toda la actividad
salvadora que el pueblo le atribuye a Dios.
Quizás el título más significativo y el que irá adquiriendo una
profundidad cada vez mayor es el de “Hijo de Dios”. Por una parte, nos
indica que Jesús es Hijo obediente y fiel al Padre. Pero, por otra parte es
Hijo de Dios, es decir, alguien que tiene su origen no en sí mismo sino
en Dios, alguien que habla, actúa, vive y existe no desde sí mismo sino
desde su Padre.
La búsqueda de nuevas fórmulas de fe en Jesucristo
Al entrar en contacto con otras corrientes de pensamiento distintas al
judaísmo y ante la aparición de diversas deformaciones o visiones
incompletas de Cristo, los creyentes se vieron obligados a hacer un
esfuerzo mayor para buscar nuevas fórmulas que recogieran
adecuadamente su fe en Jesucristo. No es posible seguir aquí con detalle
el camino muchas veces difícil y doloroso que tuvieron que recorrer. Los
grandes Concilios de Nicea (325), Constantinopla (381), Efeso (431) y
Calcedonia (451) marcan los momentos más importantes de esta
búsqueda.
Este último Concilio de Calcedonia fue la conclusión de todos los
esfuerzos realizados en siglos anteriores y se ha convertido en punto de
partida que orienta toda la reflexión posterior de los creyentes: En
Jesucristo no podemos suprimir ni su carácter plenamente humano
(semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado), ni su condición
divina (verdadero Hijo de Dios nacido del Padre). Pero esto, lo debemos
entender de tal manera que no destruyamos esa unión plena y perfecta
que se da en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre por nuestra
salvación.
Naturalmente, este Concilio reflexiona sobre Cristo desde los problemas
que se planteaban en aquella época y habla sobre El con el lenguaje
propio de aquella cultura. Sería una equivocación el limitarnos a repetir
monótonamente, por pereza o seguridad, aquellas fórmulas antiguas que
quizás nos pueden resultar hoy difíciles de aceptar en su verdadero
significado. Pero, sería una equivocación mayor tratar de pensar nuestra
fe en Cristo, prescindiendo del contenido que se encierra en la enseñanza
de estos Concilios.
2. EL GRAN GESTO DE DIOS: HACERSE HOMBRE
Nunca hubiéramos sospechado nosotros hasta qué extremos Dios ama al
hombre y se preocupa por nosotros. Pero, en Cristo ha sucedido algo
que, bien pensado, resulta desconcertante y solo puede explicarse por
amor: Dios ha querido hacerse hombre, compartir nuestra propia vida y
saber por experiencia propia qué es ser hombre y qué es vivir esta vida
dura, dolorosa y difícil (1 Jn 4, 9.16).
El acontecimiento decisivo de la historia
En Jesús de Nazaret, Dios ha decidido de una vez para siempre ser
hombre, con todas sus consecuencias. Ya no hay un Dios cuya vida
pueda discurrir al margen de la humanidad, independiente de nuestra
vida. Dios ya no es Alguien que desconoce nuestra vida y no sabe
“ponerse en nuestro lugar”. Dios ha querido ser para siempre hombre,
con nosotros y para nosotros.
Esto quiere decir que el Creador no ha querido ser solamente fuente y
origen de la vida creatural. Ha querido, además, conocer personalmente
cómo es la vida débil de la criatura. En Jesucristo, Dios se ha acercado al
mundo creatural de una manera única, insuperable, irrepetible. En Jesús,
Dios vive y se hace presente de una manera tan total, tan inmediata y
personal, que de este hombre no podemos decir solamente que es
“imagen de Dios” como nosotros. En este caso, tenemos que confesar
que es “Hijo de Dios”, es decir, Jesús es Dios viviendo nuestra vida
humana, Dios compartiendo nuestra existencia débil de criaturas.
Para nosotros, éste es el acontecimiento decisivo de toda la historia. No
ha sucedido ni podrá suceder en el mundo nada más importante. Dios ha
querido, de verdad, ser nuestro hermano, pertenecer a la especie humana
Dios ha querido ser uno de los nuestros y ya no puede dejar de amar y de
preocuparse por esta humanidad en la que se ha encarnado y a la que El
mismo pertenece.
Semejante en todo a nosotros
Dios ha querido ser hombre con todas sus consecuencias y vivir nuestra
experiencia humana hasta el fondo, deteniéndose solo ante lo imposible.
La Encarnación no ha sido un teatro bien montado ni un paseo de Dios
por el mundo, vestido con ropaje humano. Dios no ha querido jugar a ser
hombre. No ha querido vivir una vida de “super-hombre”, una vida que
no sea la nuestra. Dios ha querido conocer nuestra vida.
Por eso, Dios ha querido saber lo que es ir haciéndose hombre a lo largo
de la vida, ir creciendo en edad, en conocimiento y en madurez, ir
descubriendo la vida progresivamente cada vez con mayor claridad y
lucidez, ir aprendiendo a vivir escuchando a los demás, dejándose
enseñar por los acontecimientos, recordando la historia de su pueblo,
meditando las Escrituras_ (Lc 2, 40. 52).
Dios ha querido saber qué es para un hombre gozar y sufrir, trabajar y
luchar, esperar y desalentarse, confiar en un Padre y experimentar su
abandono (Mc 15, 34). Ha querido conocer cómo se vive desde una
conciencia humana la ignorancia, la duda, la incertidumbre, la búsqueda
dolorosa de la propia misión (Mt 4, 1-11); Mc 14, 32-42). Ha querido
tener experiencia humana de lo que es nuestra pobre vida acosada de
preguntas, miedos, esperanzas y expectativas.
Dios ha querido comprobar personalmente el sufrimiento, las
limitaciones, los riesgos, tentaciones y dificultades que encuentra un
hombre para ser verdaderamente humano (Hb 2, 18; 4, 15). Se ha visto
sometido a los condicionamientos de carácter biológico, sicológico,
histórico, cultural_ que sufre todo hombre. Por eso, ha tenido que vivir
su libertad humana con esfuerzo, con lucha, con trabajo, con vigilancia y
oración_
Ha sufrido en su propia carne y en su propia alma las consecuencias del
egoísmo, la injusticia y la agresividad que domina a los hombres. Dios
sabe ahora por experiencia que el amor más limpio, generoso y servicial
a los hombres puede ser siempre rechazado por ellos. Más aún. Ha
querido saber cómo se vive desde la conciencia oscura y limitada de un
hombre la experiencia de la fe en un Padre que parece abandonarnos en
el momento del sufrimiento y de la muerte (Hb 5, 8; Mc 15, 34; Lc 23,
46).
Excepto en el pecado
En Cristo, Dios ha compartido esta vida nuestra cotidiana y desquiciada
por el pecado, pero Cristo no puede ser contado entre los pecadores. En
Jesús debemos excluir necesariamente todo aquello que pueda suponer
desobediencia al Padre o complicidad con el pecado. Y no porque Dios
no haya querido solidarizarse con el hombre hasta las últimas
consecuencias sino porque en Dios es inconcebible la experiencia del
pecado, ya que pecar es preferirse egoístamente a uno mismo ante que a
Dios.
Lo que necesitábamos los hombres no era un Dios que nos acompañara
en el pecado, el egoísmo y la injusticia, sino un Dios que se solidarizara
con nosotros para liberarnos del mal.
3. JESUS, REVELACION DEL DIOS SALVADOR
Si Dios se ha hecho hombre en Jesús, tenemos que decir que Jesús es
para nosotros el rostro humano de Dios, es decir, el que nos descubre a
Dios con rasgos humanos.
Ese Dios al que nadie ha visto jamás, en Jesús adquiere un rostro
humano y se deja ver. Quien ve a Jesús está viendo al Padre (Jn 14, 9).
El Dios silencioso y oculto, cuya última realidad siempre se nos escapa
ahora, en Jesús se nos aclara, nos habla y nos dirige su palabra hecha
lenguaje humano. El que escucha las palabras de Jesús está escuchando
la Palabra del Padre (Jn 14, 24).
Jesús es la manera humana que tiene Dios de existir y de presentarse
ante los hombres. Todo lo que nosotros sabemos de Dios lo conocemos
en Jesús y desde Jesús. A través de su vida, sus gestos, su actuación, su
mensaje y su muerte en la cruz, descubrimos lo que es Dios para
nosotros, cómo reacciona ante el hombre, cómo se interesa por nosotros,
cómo busca nuestra salvación.
Uno de nuestros esfuerzos principales como creyentes, debería ser el
irnos liberando de ese Dios falso y ambiguo, producto de nuestra
imaginación, nuestros sueños, miedos o egoísmos, para ir descubriendo
el rostro de Dios en Jesús de Nazaret.
Descubrir en Jesús que Dios es un Padre que ama al hombre
desinteresadamente, sin buscar su propia utilidad. Que Dios no es un
rival del hombre sino alguien interesado solamente en su liberación y
salvación total. Que es alguien que sabe perdonar siempre. Que no busca
ser servido sino servir. Que se pone siempre a favor del pobre, del débil,
del maltratado, del que necesita ayuda. Que defiende siempre la justicia
y la verdad. Que se preocupa de la salud y la felicidad última del
hombre, que es capaz de ir hasta la muerte por ser fiel a su voluntad de
salvar a la humanidad_
4. JESUS, REVELACION DEL VERDADERO HOMBRE
En Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, no solo descubrimos
quién es Dios, sino que vamos aprendiendo también qué es ser hombre y
a qué se le puede dar el nombre de humano. En Jesús descubrimos dónde
está la verdadera grandeza del hombre, cuáles son nuestras
posibilidades, donde está el secreto último de la vida, cómo vivir incluso
lo que nos parece más inhumano: el dolor y la muerte.
El hombre, imagen de Dios
Si Dios se ha encarnado en el hombre Jesús, esto quiere decir que el
hombre puede traducir, revelar y expresar de manera humana el misterio
de Dios. Se nos descubre así a los creyentes la gran dignidad del
hombre: ser imagen de Dios.
Vivir desde Dios y para Dios no es algo deshumanizador o alienante. La
vida de Jesús es verdaderamente humana no “a pesar de” sino
precisamente porque vive enteramente desde Dios y para Dios. Nosotros
somos humanos en la medida en que el amor, la verdad, la justicia, la
libertad y el perdón de Dios se van manifestando en nuestra vida.
El hombre, lugar de encuentro con Dios
Si Dios se ha hecho hombre, los creyentes sabemos, a la luz de Cristo,
que Dios puede y debe ser encontrado en el hombre. No es necesario
abandonar el mundo y alejarnos de los hombres para buscar a Dios en la
lejanía del cielo. A Dios lo podemos encontrar dentro de los límites de la
existencia humana.
Si Dios se ha hecho hombre en Cristo, aceptarnos plenamente como
hombres y luchar por ser humanos es ya acoger a Dios. Tomar la vida
humana en serio es empezar a tomar en serio a Dios. Quien acepta la
vida con sus sufrimientos y alegrías, con sus trabajos e interrogantes,
con sus problemas y misterios, está aceptando, de alguna manera, a ese
Dios que se ha encarnado en nuestra misma humanidad.
Si Dios se ha hecho hombre en Cristo, acoger al otro hombre es ya, de
alguna manera, acoger a Dios. Donde hay amor sincero, incondicional y
desinteresado al hombre, allí hay amor al Dios que se ha querido hacerse
hombre (Mt 25, 40. 45; 1 Jn 3, 17; 4, 7-8. 20).
5. ALGUNAS EXIGENCIAS DE NUESTRA FE EN JESUCRISTO
No podemos terminar esta breve catequesis sobre Jesucristo sin apuntar
alguna de las exigencias que implica nuestra fe cristiana.
No es posible creer en un Dios que se ha hecho hombre buscando la
liberación de la humanidad, y no esforzarse por ser más hombre cada día
y trabajar por un mundo más humano y más liberado.
No es posible creer en un Dios que ha querido compartir nuestra vida
para restaurar todo lo humano, y al mismo tiempo, colaborar en la
deshumanización de nuestra sociedad, atentando de alguna manera
contra la dignidad y los derechos de la persona.
No es posible creer en un Dios que se ha entregado hasta la muerte por
defender y salvar al hombre y al mismo tiempo pasarse la vida sin hacer
nada por nadie.
No es posible creer en un Dios que se ha hecho solidario de la
humanidad y, al mismo tiempo, organizarse la propia vida de manera
individualista y egoísta, ajeno totalmente a los problemas de los demás.
No es posible creer en un Dios que busca para el hombre un futuro de
justicia, liberación y amor, y al mismo tiempo no hacer nada ante la
situación actual tan lejana todavía de esa meta final.
PARA CONTINUAR EL ESTUDIO DE LA ENCARNACION DEL
HIJO DE DIOS
1. Lectura
Leer la 1 Carta de San Juan, tratando de descubrir las exigencias de
nuestra fe en un Dios encarnado.
“En esto hemos conocido lo que es amor: en que El dio su vida por
nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn
3, 16).
2. Preguntas para una reflexión
- Ante la vida y el mensaje de Jesucristo, ¿cuáles te parecen las
deformaciones más importantes de nuestra imagen corriente en un Dios
“desencarnado” ?
- ¿Qué exigencias concretas puede tener para un cristiano de nuestra
sociedad la fe en un Dios totalmente comprometido y solidarizado con el
hombre?
- ¿Cómo ir descubriendo día a día, desde Cristo, lo que es una vida
verdaderamente humana?
3. Bibliografía
L. BOFF, Encarnación. La humanidad y la jovialidad de nuestro Dios.
(Santander, 1980). Ed. Sal Terrae.
Obra sencilla y sabrosa sobre el proyecto de Dios de hacerse hombre
para encontrarse con la humanidad.
J.I. GONZALEZ FAUS, Acceso a Jesús.
(Salamanca, 1979). Ed. Sígueme.
Los temas fundamentales de la cristología presentados de manera
clarividente e incisiva para el hombre de hoy.