El ratón del granero
Érase una vez un ratón que vivía debajo de un granero. Las tablas que formaban el suelo del
granero tenían un agujerito, por el que, uno tras otro, los granos de trigo caían poco a poco a la
madriguera.
De ese modo vivía el ratón espléndidamente, estando siempre bien alimentado. Pero, al cabo de
algún tiempo, comenzó a mortificarlo la idea de que ninguno de sus amigos supiese lo bien que le
iba. Entonces se puso a roer la madera del granero, para agrandar el agujero de tal modo que
pudiesen caer más granos en su madriguera. Hecho esto, corrió en busca de los demás ratones de
los alrededores y los invitó a una fiesta en su granero.
Venid todos a mi casa -les decía-, que os voy a obsequiar.
Pero cuando llegaron los invitados, y quiso el ratón llevarlos hasta el agujero del granero, ya no
había ningún agujero en las tablas, y en el nido no se veía ni un solo grano.
El gran tamaño del agujero que el ratón había abierto en el suelo del granero, llamó la atención del
granjero. Y éste lo había tapado, clavándole una tabla
. El zorro y la cigüeña
Un día, el zorro invitó a la cigüeña a comer un rico almuerzo. El zorrito tramposo sirvió la sopa en
unos platos chatos, chatísimos, y de unos pocos lengüetazos terminó su comida.
A la cigüeña se le hacía agua el pico, pero como el plato era chato, chatísimo, y su pico era largo,
larguísimo, no consiguió tomar ni un traguito.
- ¿No le ha gustado el almuerzo, señora cigüeña? -le preguntó el zorro relamiéndose.
- Todo estuvo muy rico -dijo ella-. Ahora quiero invitarlo yo. Mañana lo espero a comer en mi casa.
Al día siguiente, la cigüeña sirvió la comida en unos botellones altos, de cuello muy estrecho. Tan
estrecho que el zorro no pudo meter dentro ni la puntita del hocico.
La cigüeña, en cambio, metió en el botellón su pico largo, larguísimo, y comió hasta el último
bocado. Después, mirando al zorro, que estaba muerto de hambre, le dijo riendo:
- Por lo visto, señor zorro, le ha gustado mi comida tanto como a mí me gustó la suya.
El zorro se fue sin chistar, con la cola entre las piernas. El tramposo no puede protestar cuando le
devuelven su trampita.
Jean de La Fontaine (Fábula)