Hola, Santiago ¿cómo estas?
Bueno, mi idea era ir enviando a final de
semana lo que tenía. La cosa es que no voy a estar en casa durante
semana santa así que me adelanto y te mando lo que tengo.
Basicamente son los primeros párrafos que te había mandado y le sumé
algo más. Una continuación. Todavía no se me ocurre como para que
lado agarrarlo. Lo que vos sientas me avisas. Por ahora tengo esto en
mente: la protagonista tiene el deseo de ser madre (todavía no lo
manifiesta mucho) y recurre a una tarotista. Hacen un ejercicio con una
vela y la tarotista la manda a buscar un amuleto. Una pata de conejo. La
protagonista viaja hasta Unquillo a buscar la pata de conejo y resulta
que en vez de una pata le dan el conejo vivo. La protagonista sabe que
tiene que cortarle la pata, pero no se anima. Hasta ahí mas o menos es
lo que tengo escrito. Se me ocurre que puede seguir en la casa de la
tarotista. La protagonista le dice que le corte la pata la tarotista, pero
esta tampoco se anima. Que se genere ese dilema. No sé. La semana
que viene seguro algo se va a aclarar. Todo lo que puedas decirme va a
estar bueno. Abrazos.
La vela se amontonó en el plato y las dos vieron la figura de un conejo.
Dona le preguntó dubitativa si realmente era eso y la psíquica se limitó a
responder que iba a necesitar una pata de conejo. Que siguiera con los baños
de huevo, pero que consiguiera la pata antes del primer estudio. Después anotó
en la parte de atrás de un folleto un numero de teléfono.
Dona Cortes, una abogada que había sido nombrada por el colegio de
abogados como joven promesa, pisó el acelerador de su Ford Ka y pasó en
amarillo. Tenía el estudio en el centro de la ciudad y cada vez que iba a
tribunales desayunaba en el Richmond. Levantó la mano y le preguntó al
mozo si podía usar el teléfono. Marcó el numero que había anotado la psíquica
y habló tapando el tubo. Sacó una lapicera roja con sus iniciales en dorado,
escribió una dirección y colgó. Dejó diez pesos de propina.
Estacionó una cuadra antes de tribunales y acomodó el espejo retrovisor
para mirarse. Ella sabía que ya no era tan joven, pero el caso Robles la iba a
ubicar en el lugar que merecía. Buscó en la cartera roja de Prune que hacía
juego con los zapatos, su lápiz labial Dior Rouge y lo deslizó por el contorno
de cada labio, luego refregó el uno con el otro, y al final los separó para
asegurar que no hubiese quedado ninguna mancha en sus dientes. Dio un
portazo que sonó a chapa y subió las escaleras.
--Son todos iguales —le dijo a la chica que atendía en el bar de tribunales,
mientras le hacía la seña para que le preparara un cortado chico—. Me acaban
de decir que en la reunión de esta mañana, el idiota de Prietto respondió que
yo me vestía elegante cuando el juez le preguntó si yo era buena abogada. —
En el fondo le había gustado que Prietto se fijase en ella. La chica de la barra
le respondió que ella había decidido no vincularse emocionalmente con nadie
más, y agregó con una mueca: «Solo sexo» .
Dona no respondió y revisó la agenda. Miró la fecha de los estudios. Sacó
del bolsillo el folleto y leyó la dirección. Tomó el café de un sorbo y manejó
hasta Unquillo.
En la ruta pensó en Prietto. Se preguntó si era casado. No recordó haber
visto una alianza en la mano. Se imaginó cómo sería un hijo de ella con los
rasgos de él. «Tiene linda boca», dijo en voz alta.
Había manejado unos 20 kilómetros por la E53 rodeada de un cielo que
comenzaba a oscurecer, cuando aparecieron las luces de una estación de
servicio. Abandonó la ruta y bajó la velocidad. Estacionó el Ford al lado de la
gomeria y se acercó al playero. Le mostró el papel y el pibe de la estación le
indicó por donde tenía que agarrar. Antes de que Dona se subiera al auto, el
playero le preguntó si sabía a dónde estaba yendo. Dona lo miró y no dijo
nada. Cerró la puerta y puso el auto en marcha.
Apretó el acelerador y las ruedas traseras resbalaron en la arena. La ruta se
había convertido en una franja negra y oscura. Un par kilómetros después vio
el cartel de entrada y agarró por el camino de tierra que le había indicado el
playero.
La penumbra aumentaba detrás de los arboles de algarrobo. Le daba la
sensación que había sido la única que manejaba por esa huella despareja en
mucho tiempo. Por momentos los faros del coche iluminaban alguna liebre
que se cruzaba. Por fin el camino se abrió y de lejos se vieron las luces de una
casa. Abrió la tranquera y condujo hasta el frente. Estacionó al lado de un auto
sin ruedas y marrón de oxido. Dona se bajó y caminó hasta la puerta. La
golpeó. Una de las ventanas estaba sellada con maderas. La casa entera
parecía caerse.
De adentro se escuchó una voz. Dona dijo en voz alta que habían hablado
por teléfono. Un tipo huesudo le abrió la puerta y le dijo que pasara. Dona
sintió que la voz del tipo no coincidía con el cuerpo. Se imaginó un hijo con
esos rasgos y tuvo escalofríos. Se presentó y el tipo la interrumpió para decirle
que tomara asiento y la esperara. Dona le aclaró que no hacía falta, que ya
había estado sentada varios kilómetros.
El recibidor estaba iluminado por unas velas y en la pared había varias
fotos. En una, el tipo posaba disfrazado de conejo de pascuas y varios niños lo
abrazaban. En otra sostenía un trofeo. Abajo de la foto había una leyenda.
Dona se acercó y leyó: campeonato nacional de Yoyo. Escuchó unos pasos y
se volvió al lado de la puerta. El tipo venía con un conejo.
—No, no —repitió, Dona—. Yo necesito solo la pata. En eso habíamos
quedado.
—Este tiene cuatro —interrumpió el tipo y le recordó el precio.
Dona le dijo que de donde venía también vendían conejos y que eran
mucho más baratos. Entonces el tipo agarró una de las velas y lo pasó por
encima del animal mientras decía unas palabras en un idioma que Dona
desconocía. Hizo unas señas y le pasó el conejo.
Dona lo sostuvo con una mano y con la otra le pagó. Salió apurada y se
subió al auto lo más rápido que pudo. Dejó el conejo en el piso del lado del
acompañante. Revolvió el bolso e insultó por no encontrar las llaves. Cuando
las vio, tardó un minuto entero en arrancar el motor: los faros alumbraron al
tipo. Parado sobre el marco de la puerta, la saludaba. Con la otra mano
deslizaba un Yoyo.
Dona hizo marcha atrás y luego giró en U. Volvió a mirar al tipo por el
espejo retrovisor, pero apenas se veía. Cruzó la tranquera y aceleró: el ka dio
un salto cuando agarró la huella del camino. Unos minutos después volvió a
mirar y notó que habían desaparecido las luces de la casa. Retomó la E53 que
a esa hora estaba cubierta de niebla. Bajó la velocidad y puso las luces altas.
El animal no se movía y Dona le quitó la vista.
Frenó en la misma estación de servició de la ida y caminó hasta el
mercado. Compró un paquete de galletas. Agarró un par, las trituró y las dejó
delante del conejo. El animal siguió sin moverse. Dona reclinó el asiento y se
dejó caer. Se levantó la camisa y se frotó la cicatriz del vientre. De lejos vio al
playero que le había indicado el camino que levantaba el pulgar. Ella hizo lo
mismo, luego puso el auto en marcha y regresó a la ruta. Quería ir más rápido,
pero la niebla se arremolinaba adelante de los faros. El velocímetro marcaba
50.
Se sacó los zapatos y caminó por el palier sin hacer ruido. Sabía que en el
edificio donde vivía no permitían animales. Subió por las escaleras hasta el
tercero. Abrió la puerta y soltó al conejo. Fue la primera vez que lo vio hacer
algo además de mover la nariz. Dio unos saltos y se quedó mirando la
alfombra. Después siguió hasta la cocina.
En la habitación, Dona se sacó el resto de la ropa. Se soltó el pelo y se puso
una remera que decía Planet Hollywood. Caminó descalza hasta el living y se
llenó una copa de vino. Prendió la tele y puso el canal de música. Sonaba
Torn, de Natalie Imbruglia. Dona se movió imitando el clip y se tiró sobre
sillón. Tenía la sensación que esa era la parte del día que más disfrutaba.
Quizás la única.
Cuando el tema se terminó, Dona agarró el control remoto y bajó el
volumen. Tomó un sorbo y suspiró. Miró de reojo al conejo que se había
acomodado en la alfombra. Se puso de pie, descolgó el teléfono y llamó a la
psíquica. Dijo que la iba a visitar a primera hora y cortó. Se acercó al televisor
y subió el volumen. Buscó al conejo y lo alzó. Sacó un cuchillo del cajón de
los cubiertos y lo apoyó sobre la mesada. El reflejo del filo le espejó su rostro
entrecortado. Lo volvió a agarrar y lo guardó. Abrió la heladera y buscó entre
las verduras una zanahoria. Dejó el animal en el piso y, al lado de la
zanahoria, puso un recipiente con agua.
Dona tocó el timbre y esperó. Miró el reloj y golpeó la puerta con los
nudillos, con la palma y con el puño. De adentro se escuchó una voz que le
pedía que volviese más tarde. Pero Dona siguió golpeando. Cada vez con más
insistencia. Cada vez con más fuerza. La psíquica abrió sin sacar la cadena
traba puerta, y le dijo que estaba de franco. Dona le exigió que la dejara pasar
y le enseñó el conejo.
La psíquica quitó la traba y le preguntó qué hacía con un conejo. Dona le
respondió que se lo había dado el tipo de Unquillo. Que tenía que cortarle la
pata y que ella no lo iba hacer «se la vas a cortar vos», le dijo. Pero la psíquica
se empezó a reír. Después le dijo que ella tiraba las cartas, que no hacía
brujerías.
Dona pasó y soltó al conejo. Abrió la cartera y sacó un cuchillo. «Hacé lo
que tengas que hacer», le dijo con todo desafiante sin quitarle los ojos de
encima. Luego estiró el brazo y se lo alcanzó. La psíquica lo agarró y se fue a
la cocina. Le dijo que alzara al bicho y que la acompañara. Cuando Dona se
agachó para alzarlo, sonó el teléfono. La psíquica atendió y después de
preguntar quién era, le pasó el teléfono a Dona: «es para vos», le dijo,
extrañada.
Dona agarró el tubo y escuchó la voz pausada del tipo de Unquillo. Le
decía que no jugara con fuego y que dejara de perder el tiempo. El tipo cortó
sin despedirse.
Dona pensó que esa voz le recordaba a la voz de su padre. Sintió un frío en
el pecho que la obligó a suspirar. También recordó que de chica había tenido
un conejo y que se llamaba pelusa. Recordó que su madre se enojaba porque
el animal ensuciaba.
La psíquica interrumpió el pensamiento y le preguntó qué le había dicho el
tipo. También agregó que ella no lo conocía fisicamente, que se lo había
sugerido una conocida, que lo recomendaba porque se decía que nunca
fallaba, pero que se sabía, en el ambiente, que estaba medio loco.
Dona le respondió que sí estaba un poco loco, pero que no le había dicho
nada muy importante. Levantó el conejo y le avisó que se tenía que ir.
Afuera el cielo se había vuelto negro y sintió una gota sobre la cabeza.
Antes de que la lluvia cayera con más fuerza, Dona levantó la cartera y cubrió
al animal.
Abrió la puerta del acompañante y apoyó el animal en el piso. Dio la vuelta
y puso el motor en marcha. Miró, por la ventana empañada, la casa de la
psíquica. El frente se estaba llenando de charcos. Activó el limpia parabrisas y
manejó hasta el centro. Estacionó cerca de una veterinaria. Antes de bajar,
dejó las ventanillas entreabiertas para que pasara aire. Adentro preguntó qué
comían los conejos y compró un kilo de la bolsa que decía premium. La
guardó en el baúl. Sacó un puñado y se lo acercó al conejo. El animal la miró
y movió la nariz. Comió de la mano. Dona se limpió con la gamuza del auto y
arrancó. De camino a casa paró en el Richmond. Avisó por teléfono que no iba
a ir ni al estudio ni a tribunales. Aceleró el Ka por la Colón y cruzó las vías de
la estación Mitre. En el semáforo miró al conejo y le dijo que se quedara
tranquilo. Puso primera y encaró para su casa. Estacionó debajo del único
árbol. Abrió la cartera y metió al conejo. No se cruzó con nadie.
Abrió la puerta del departamento y soltó al animal. Vio que el contestador
titilaba. El primero de los mensajes era de la psíquica: le decía que el tipo de
Unquillo había vuelto a llamar. El segundo también era la psíquica. Le
contaba que el tipo había ido a la casa, y que ella, se había escapado por el
patio para no atenderlo. El tercer mensaje era una respiración: brusca y breve.
Dona, sin cambiarse, sacó la valija y la llenó con lo primero que manoteó
del placard. Metió al conejo en la cartera. Cuando abrió la puerta vio que en el
piso había un plato: en el medio estaba un recorte que el diario había sacado
del caso Robles. Dona aparecía en la foto con lentes de sol. Por encima del
articulo había algo que parecía sal. Arriba de la cara de Dona había una cruz
hecha con ceniza. También unas ramas y gotas de una vela negra. Dona se
quedó congelada, pero solo le duró un minuto. Golpeó el plato con el taco del
zapato y luego lo pateo. Desde la reja del ascensor, vio todo el contenido
desparramado en el palier. Se puso lentes los lentes de sol y bajó.
Arriba del auto, por el espejo retrovisor, le pareció haber visto al tipo de
Unquillo adentro de una camioneta oxidada. Dona arrancó y encaró para la
avenida. Noto que la camioneta venía detrás. Dobló y la chata hizo lo mismo.
No lograba ver con claridad quien la manejaba. Era una F100 vieja. Volvió a
doblar y la camioneta hizo lo mismo. Cruzó la avenida y se metió en Nueva
Córdoba. En Chacabuco tuvo que frenar porque había una manifestación de
taxistas. No dejaban pasar a nadie. Dona se puso una saco debajo de la camisa
y empezó a gritar. Le dijo a uno de los manifestantes que iba a ser madre y
acababa de romper bolsa. Le hicieron lugar y la dejaron pasar. Dona, entre
lagrimas, le agradeció. Salió de la multitud y encaró para la la E53. La
camioneta ya no la seguía.
La tarde estaba cayendo y de lejos, la luna se veía transparente, sin
proyectar ninguna luz en el cielo. Atrás no venía nadie. Delante tenía un
camión. En el paragolpes decía: mejor desear la nada que no desear. Dona
puso el guiñe y lo pasó. Tocó bocina y el camionero la saludó tocándose la
gorra.
Unos kilómetros más adelante frenó en la misma estación de servicio,
donde había parado antes de buscar al conejo. Compró un sánguche de miga y
una botella de agua mineral. Buscó al conejo y se sentó atrás del
estacionamiento. El césped parecía recién cortado y dejó que el animal
caminara por encima. dividió el sánguche y lo dejó en la palma de la mano. El
conejo se acercó y comió, nuevamente, de su mano. Con la otra, Dona le
acarició la cabeza.
Escuchó una voz que le preguntaba cómo se llamaba. Se dio vuelta y vio al
playero que señalaba al conejo. Dona le dijo que no tenía nombre. El pibe se
arrodilló y empezó a mimarlo. Le contó que de chico había tenido un conejo
que se llamaba Pelusa. Dona le respondió que le gustaba ese nombre. El
playero le dijo que era lindos los conejos. Después le preguntó si estaba
teniendo problemas con el brasilero. «¿El que hace magia?», respondió Dona.
El chico le respondió que el tipo hacía cualquier cosa menos magia. Después
agregó que en el pueblo se la tenían junada. Dona lo miró y, sonriendo, le
preguntó a qué hora salía.
Las ruedas levantaron una nube de polvo y el Ka retomó la E53. La noche
se hacía negra y los faros que venían de frente la encandilaban. Dona bajó la
velocidad y agarró el camino de tierra. El auto dio unos saltos hasta que se
estabilizó en la huella. Cuando vio la luz anaranjada de la casa, apagó las
luces. Estacionó de culata antes de la tranquera y se bajó. Caminó unos metros
y la puerta de la casa se abrió. El tipo se paró en la entrada. Tenía una botella
de Coca en la mano. Apoyado en el marco, la terminó. Antes de tirarla, la
sopló. La botella hizo un silbido que pareció suspenderse en el aire durante
varios segundos. Dona se frenó y le dijo que le sacara el hechizo al conejo,
que no lo iba a matar. El tipo le respondió que lo hecho, hecho estaba.
En ese momento se escuchó un crujido en el piso y, un par de segundos
después, un golpe que sonó como una campana. El tipo cayó en seco al piso.
El playero tiró la pala y le gritó a Dona que adentro había gallinas y más
conejos. Los dos entraron y rompieron las jaulas. El playero los espantó para
que se escaparan. Dona revisó la casa y encontró un libro negro. Prendió una
de las velas que había en la mesa y quemó las primeras hojas. El libro entero
empezó a arder. Lo tiró y salió de la casa. Cuando pasó por al lado del tipo
sintió una mano que le agarraba el pie. Dona se cayó. Se dio vuelta, se
flexionó y, sin dudarlo, se sacó el zapato. Le clavó el taco en el ojo. Se paró,
se sacudió y corrió descalza hasta el auto. El playero subió del otro lado y le
pidió que acelerara. Después alzó al conejo y lo apoyó en la falda. A mitad de
camino, Dona frenó y los dos se dieron vuelta. La luz anaranjada del foco se
mezclaba con la llamas de que salían de adentro. El playero le dijo que tuviese
cuidado con el bache que había en la huella. Después agregó que se llamaba
Ernesto. Ella dijo que se llamaba Dona. Sonrió e imaginó un hijo suyo, con los
ojos de él.
Le preguntó dónde vivía y él le dijo que cruzara la ruta. Había pocas luces
en el pueblo. Una calle empinada y el ladrido constante de unos perros. Se
bajó del auto y se saludaron. Dona abrió el baúl y juntó un puñado de
alimento. Se sentó y el conejo comió de la mano. Abrió la agenda y miró la
fecha de los estudios. Bajó la ventanilla y le preguntó al playero si tenía planes
la próxima semana. Él le recordó a qué hora salía y ella puso el motor en
marcha. Los faros iluminaron la calle vacía. De lejos se veía la ruta: las luces
que iban y venían.
Núcleos de la devolución:
Las potencialidades del material:
1) Cuestión del deseo. Qué hacer con el deseo en un personaje. El deseo como
principio estructurante. Concretamente, qué desea ella? Tener un hijo sola?
Conseguir pareja para después tener un hijo? Si es lo primero, por qué sin
pareja? ¿Ella está decidida hace tiempo a ser madre y no logra quedar
embarazada? ¿O los gualichos de la psíquica son para que consiga novio-
marido, o para quedar embarazada? ¿Cuánto hace que está haciendo este
“tratamiento”? ¿Por qué tiene una cicatriz en el vientre?
(Nota del deseo).
2) Espacios potentes: “consultorio” de la psíquica / casa del “conejero” /
departamento de Dona. Entre esas tres referencias espaciales podría acontecer
el relato. (Nota del primer párrafo). A esta serie de espacialidades se podría
sumar: la ruta.
3) Tono de thriller. Sensación de que está por pasar algo grave. Mujer conejo
cuchillo noche. Mujer sola con el conejo. Conejo: fragilidad. Conejo:
animalidad. El mundo “abogadil” le quita capacidad a este tono, me parece.
Al menos como asoma hasta ahora. Demasiado diurno, demasiado
burocrático. En cambio, todo lo demás (tarot, prácticas esotéricas para lograr
algo, conejo, lo sacrificial, noche) son condimentos que van bien en ese
sentido. Abonan el thriller.
Lo que sobra:
- referencias al mundo abogadil. todo el tiempo y espacio dedicado a las referencias
al universo de su profesión como abogada, no me resultan interesantes. Sí creo que puede
funcionar la marca de referenciacion social (abogada de clase media-alta/alta, profesional
exitosa, buena presencia, buen sueldo, etc.) para propiciar una ubicación social en tensión
con lo subjetivo del personaje, pero no mucho más. O sea, ella es una abogada
independiente exitosa aún joven, punto. ¿Por qué necesitamos saber más de lo relacionado
con su labor profesional? Me parece que la fuerza de la historia estaría ubicada más en
relación con el llamado profundo de su deseo (ser madre) y algo en tensión con ello (hay
que crearlo) y ver cómo ella resuelve esto haciendo tarot-brujo.
- aclaraciones innecesarias. (detalles banales: cartera rouge playero café etc.)