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Historia 3° 1°

La Revolución Industrial transformó la economía europea de una basada en la agricultura a una industrial, comenzando en Inglaterra gracias a recursos naturales y capital acumulado. La invención del motor a vapor por James Watt permitió la instalación de fábricas en ciudades, creando una nueva clase social, la burguesía industrial, y un proletariado que enfrentó condiciones laborales difíciles. Este cambio también llevó a la Revolución Francesa, donde la lucha por derechos y poder político culminó en la ejecución de Luis XVI y el ascenso de Napoleón Bonaparte.

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Historia 3° 1°

La Revolución Industrial transformó la economía europea de una basada en la agricultura a una industrial, comenzando en Inglaterra gracias a recursos naturales y capital acumulado. La invención del motor a vapor por James Watt permitió la instalación de fábricas en ciudades, creando una nueva clase social, la burguesía industrial, y un proletariado que enfrentó condiciones laborales difíciles. Este cambio también llevó a la Revolución Francesa, donde la lucha por derechos y poder político culminó en la ejecución de Luis XVI y el ascenso de Napoleón Bonaparte.

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La revolución industrial

Hasta fines del siglo XVIII, la economía europea se había basado casi exclusivamente en la agricultura y el

comercio. Lo que hoy llamamos productos industriales eran por entonces artesanías como por ejemplo los tejidos,

que se fabricaban en casa particulares: el comerciante entregaba la lana a una familia y ésta la hilaba, la tejía y le

devolvía a su patrón el producto terminado.

Esta forma de producción se modificó notablemente entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX. El país en el

que comenzaron los cambios fue en Inglaterra. Allí se daban una serie de condiciones que hicieron posible que en

un período relativamente corto, se transformara en una nación industrial.

· Tenía importantes yacimientos de Carbón, el combustible más usado en la época, y de hierro, la materia prima

con la que se hacían las máquinas, los barcos y los ferrocarriles.

· La burguesía inglesa había acumulado grandes capitales a partir de su expansión colonial y comercial.

· Las ideas liberales (ver recuadro) muy difundidas en Inglaterra favorecían la iniciativa privada, con la garantía

de un parlamento que representaba también los intereses de esta burguesía industrial y comercial.

· La marina mercante inglesa era una de las más importantes del mundo, lo que les garantizaba a los productores

una excelente red de distribución a nivel mundial.

Una anécdota con consecuencias

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Una tarde de 1776 al escocés James Watt, un mecánico de la Universidad de Glasgow, mientras preparaba su té

como todos los días, se le ocurrió tapar el pico de la pava y notó que saltaba la tapa. Sin proponérselo había

descubierto la fuerza del vapor.

Watt no se quedó tranquilo mirando su pava, comenzó a experimentar y logró desarrollar el primer motor a vapor

que pronto pudo ser aplicado a la industria. Hasta ese momento se usaban molinos de agua para mover los

engranajes de las maquinarias, lo que determinaba que las fábricas sólo podían instalarse a las orillas de los ríos

caudalosos que no siempre quedaban cerca de los centros de distribución y consumo. A partir de la aplicación del

vapor las fábricas comenzaron a instalarse en las grandes ciudades como Londres o Liverpool. Comenzaba la

revolución industrial.

Ocupados y Desocupados
Las ciudades comenzaron a llenarse de establecimientos industriales y estas fábricas demandaban cada vez más

mano de obra. Muchos campesinos comenzaron a trasladarse hacia los centros urbanos en busca de trabajo. Los

campesinos tenían muchos hijos, porque en el campo significaban más brazos para trabajar, pero en las ciudades

las familias numerosas se veían en serias dificultades porque siempre la cantidad de puestos de trabajo era menor

a la cantidad de gente que lo necesitaba. La gente no paraba de llegar y esto empeoraba las cosas, porque los

salarios se regían por la ley de la oferta y la demanda: si había mucha gente que necesitaba trabajo los patrones

rebajaban los sueldos y hasta despedían a los que estaban trabajando para tomar niños y pagarles menos.

El capitalismo industrial

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El maquinismo exigió una importante inversión de capitales.
Hasta ese momento la burguesía lo destinaba a los bancos
y al comercio, pero notó el importante negocio que
significaba producir a bajo costo y en grandes cantidades.

Así nació la burguesía industrial, los dueños de las grandes fábricas, que pondrán fin a los pequeños

talleres artesanales. A los artesanos, que trabajaban por su cuenta, no les quedará otra opción que

trabajar para estas fábricas y cerrar sus talleres. A este sistema se lo llamó capitalismo industrial

porque la industria será el nuevo centro de producción del capital al que estarán lógicamente asociados

la banca, financiando la producción y las ventas, y el comercio.

La revolución industrial determinará entonces la aparición de dos nuevas clases sociales la burguesía

industrial (los dueños de las fábricas) y el proletariado industrial (los trabajadores). Se los llamaba

proletarios porque su única propiedad eran sus hijos o sea su prole.

Los avances técnicos


La revolución industrial le permitió a Inglaterra transformarse rápidamente en una gran potencia. El invento del

ferrocarril agilizó los traslados y abarató los productos, a la vez que acercó a las regiones mejorando la circulación

y las comunicaciones. Era muy difícil competir con los productos ingleses. Por ejemplo, en 1810, cuando después de

la revolución de Mayo Buenos Aires se abrió al comercio libre con Inglaterra, un poncho inglés costaba 10 veces

menos que uno de Catamarca. Pero Gran Bretaña no sólo exportaba productos textiles, también exportaba

maquinarias, capitales y técnicos para la construcción de ferrocarriles. Los países contratantes quedaban de por

vida dependiendo de Inglaterra, por las deudas contraídas y por las necesidades técnicas y de repuestos que sólo

proveían las empresas constructoras.

Los conflictos sociales

Con la revolución industrial también crecen los conflictos


sociales. A muchos capitalistas no les importaba que sus
trabajadores, a veces niños de siete años, trabajaran 12 o
14 horas por día en condiciones insalubres con graves
riesgos físicos.

Con la revolución industrial también crecen los conflictos sociales. A muchos capitalistas no les importaba que sus

trabajadores, a veces niños de siete años, trabajaran 12 o 14 horas por día en condiciones insalubres con graves

riesgos físicos.

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Su única preocupación era aumentar la producción al menor costo posible, es decir pagando el salario más bajo que

se pudiera, aprovechándose de la gran cantidad de desocupados que había. Esta situación de injusticia llevó a la

aparición de los primeros sindicatos de trabajadores y las primeras huelgas en demandas de aumentos de sueldo

y mejoras en las condiciones de trabajo. La unión de los trabajadores posibilitó la sanción de las primeras leyes

protectoras de sus derechos y el mejoramiento de su calidad de vida.

Del campo a la ciudad


En las sociedades preindustriales, aproximadamente el 80% de las personas vivía en el campo. En las ciudades

altamente industrializadas de la actualidad, como en los Estados Unidos, sólo el 3% de la población reside en áreas

rurales. Antes de la Revolución Industrial, las ciudades eran sitios donde la actividad económica más importante

era el intercambio comercial y la realización de ciertas manufacturas. A partir de ella, la ciudad se convirtió en

sede de la producción en masa de la mayor parte de los bienes que los hombres consumían. Esta modificación hizo

que la ciudad dejara de ser un consumidor de los excedentes que se generaban en las áreas rurales y comenzara

a ser ella misma una fuente productiva, donde el trabajo humano y el capital se combinaban organizando un proceso

de valoración más dinámico.

La Revolución Francesa

En 1789 Francia era una de las primeras potencias europeas; desde 1774 reinaba Luis XVI.

Los gastos militares y una serie de malas cosechas a partir de 1784, crearon una gravísima situación social. La

mayoría de la población se vio en la miseria mientras el lujo y el despilfarro del rey y la nobleza continuaban como

si nada ocurriera. Luis XVI se negó a realizar cualquier tipo de reforma y defendió los privilegios de la aristocracia

frente al hambre y la miseria de su pueblo que se estaba hartando de la injusticia.

La sociedad estaba compuesta por tres sectores sociales llamados estados. El primer estado era la Iglesia y lo

integraban unas 120.000 personas. Eran dueños del 10% de las tierras de Francia y no pagaban impuestos, sólo un

donativo voluntario a la Corona. Recibían de los campesinos el “diezmo”, es decir, la décima parte del producto de

sus cosechas. Controlaban el registro civil de la población: sólo la Iglesia podía legalizar casamientos, nacimientos

y defunciones. La educación francesa estaba en sus manos.

El segundo estado era la nobleza, integrada por unas 350.000 personas. Eran dueños del 30 % de las tierras.

Estaban eximidos de la mayoría de los impuestos y ocupaban todos los cargos públicos. Los campesinos les pagaban

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tributo y sólo podían venderles sus cosechas a ellos. Tenían tribunales propios, es decir que se juzgaban a sí

mismos.

El tercer estado comprendía al 98% de la población, y su composición era muy variada. Por un lado, estaba la

burguesía, formada por los ricos financistas y banqueros, que hacían negocios con el estado; los artesanos,

funcionarios menores y comerciantes. Por otra parte, existían campesinos libres, muy pequeños propietarios,

arrendatarios y jornaleros. El proletariado urbano vivía de trabajos artesanales y tareas domésticas. Finalmente

estaban los siervos, que debían trabajo y obediencia a sus señores.

El Tercer Estado carecía de poder y decisión política, pero pagaba todos los impuestos, hacía los peores trabajos

y no tenía ningún derecho. La burguesía necesitaba tener acceso al poder y manejar un estado centralizado que

protegiera e impulsara sus actividades económicas, tal como venía ocurriendo en Inglaterra.

Los burgueses difundieron las ideas de Rousseau y Montesquieu que proponían la soberanía popular, el fin del

absolutismo, la igualdad de derechos y la división de poderes (un ejecutivo, un legislativo y un judicial). Pronto el

tercer estado en su conjunto estuvo de acuerdo en cambiar las cosas.

Tras muchas presiones, finalmente Luis XVI accedió a convocar a los Estados Generales: una asamblea donde

estaban representados los diferentes estados. La sesión quedó inaugurada el 5 de mayo de 1789 en el palacio de

Versalles con la presencia de 1.200 diputados. En su discurso inaugural el rey no dijo nada nuevo y la impaciencia

fue creciendo. El tercer estado obtuvo el apoyo de parte de la Iglesia y logró que se formara una Asamblea

Nacional Constituyente con la aparente aprobación del rey. Pero en realidad Luis XVI quería ganar tiempo para

conspirar y dar un golpe de fuerza. Alertado el pueblo de París salió a la calle y tomó la prisión de La Bastilla,

símbolo del despotismo real, el 14 de Julio de 1789. La burguesía formó una milicia propia, la Guardia Nacional y el

gobierno de París cayó en manos de los revolucionarios.

El rey tuvo que aceptar la nueva situación y la Asamblea comenzó a producir cambios importantes.

En la Asamblea de París nacieron la izquierda y la derecha como distinciones políticas porque el presidente, que se

sentaba en el medio, decía “tiene la palabra el diputado de la izquierda” o “tiene la palabra el diputado de la

derecha”. Resultó que a la izquierda se sentaban los más revolucionarios y a la derecha los más conservadores y

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desde entonces izquierda y derecha designan a los partidarios de los cambios o a los que quieren que todo siga

igual, respectivamente.

El 27 de agosto de 1789 se proclamaron los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Allí se decía que todos los

hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. Se garantizaba la libertad, la propiedad, la seguridad

y la resistencia a la opresión. Se fijaba la igualdad ante la ley, la libertad política y religiosa y se establecía la

división de poderes.

En junio de 1791, Luis XVI intentó huir de Francia, pero fue detenido. Este fracaso monárquico impulsó a los

republicanos a apurar la sanción de una constitución democrática que incluía la declaración de los derechos del

hombre, la división de poderes y que dejaba el ejecutivo al rey y el legislativo, a la Asamblea. Quedaba establecida

la monarquía constitucional.

Tras nuevas maniobras de Luis XVI y el ataque de los ejércitos austríaco y prusiano, el pueblo volvió a levantarse

en armas y exigió la proclamación de la República el 10 de agosto de 1792. Los monárquicos fueron excluidos de la

nueva asamblea y Luis XVI fue juzgado y encontrado culpable. Fue ejecutado en la guillotina el 21 de enero de

1793. Tras una nueva crisis desatada en 1793 y ante la sospecha de traiciones dentro de la Revolución, el pueblo

de París se volvió a movilizar e impuso al sector más duro de la Convención, llamados montañeses o jacobinos. Sus

líderes fueron Robespierre, Marat y Dantón y llevarán adelante medidas populares como la imposición de precios

máximos, la devolución a los municipios de las tierras usurpadas por los nobles, y la abolición de los impuestos

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feudales. Todo esto molestó a los nobles, que se resistieron a acatar estas medidas. Esto desató la reacción de

los montañeses que hicieron cumplir sus disposiciones a la fuerza ejecutando una gran cantidad de nobles y

opositores en la guillotina.

Los montañeses impusieron un nuevo calendario a fines de 1793.Dividía el año en doce meses iguales de 30 días,

más cinco suplementarios dedicados al pueblo. Cada mes se dividía en tres décadas y el décimo día era feriado.

Los nombres de los meses, tomados del clima o la naturaleza, eran los siguientes: Vendimiario, Brumario, Trimario

(meses de otoño); Nivoso, Pluvioso y Ventoso (meses de invierno); Germinal, Floreal, Pradial (primavera); Mesidor,

Termidor y Fructidor (verano).

En 1795 una nueva constitución republicana había establecido en Francia un nuevo gobierno: el Directorio, que

estableció un poder ejecutivo integrado por cinco miembros designado como “Directores”.

Pero esto no había calmado los ánimos. Seguían las luchas internas y la amenaza permanente de las monarquías

europeas enemigas de la Revolución. El 9 de noviembre (18 brumario según el calendario revolucionario) de 1799,

un joven General llamado Napoleón Bonaparte da un golpe de estado, derriba al Directorio y se transforma primero

en Cónsul y luego en emperador. Gobernó Francia durante 15 años.

El Estado napoleónico
Desde el Consulado, Napoleón emprendió una reforma administrativa del Estado francés. En primer lugar, llevó a

cabo una fuerte centralización del poder: al frente de los departamentos designó prefectos, que fueron eficaces

ejecutores de las órdenes del Primer Cónsul. En 1800 creó el Banco de Francia. En 1801, para poner término a los

conflictos con la iglesia, Napoleón firmó con el Papa el Concordato, por el cual la religión católica fue reconocida

como la “religión de la mayoría de los franceses”.

En 1804, fue sancionado el código civil. Su importancia fue tal, que reguló las relaciones de los franceses hasta el

siglo XX.

Napoleón, emperador

Con el tiempo, Napoleón fue acrecentando su poder. En 1802 logró ser designado Cónsul vitalicio. Dos años más

tarde, se proclamó emperador de Francia, bajo el nombre de Napoleón I. las ambiciones del emperador de construir

un gran imperio debieron enfrentar la férrea resistencia de las otras monarquías europeas.

En 1814, Napoleón fue obligado a abdicar y exiliarse. En 1815, regresó a Francia y tomó nuevamente el poder. Sin

embargo, luego de 100 días, fue derrotado definitivamente por el general inglés Wellington en la batalla de

Waterloo.

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La Revolución Americana

De la Guerra de los Siete Años, concluida en 1763, Gran Bretaña emergió como la gran vencedora, obteniendo

inmensos territorios en Asia, África y América. La flema británica veía con orgullo flamear su bandera alrededor

del mundo, sin advertir que la extensión del imperio se convertiría en un verdadero talón de Aquiles. La guerra

dejó al gobierno británico al borde de la bancarrota, con una deuda de 130 millones de libras, mientras la

administración de las nuevas posesiones obtenidas multiplicaría los gastos por cinco, pasando de 70.000 a cerca

de 350.000 libras anuales. Alguien –y según la imperial costumbre, no Londres– tenía que levantar el muerto.

Al primer ministro George Grenville se le ocurrió aplicar “un plan de ajuste”, pero, como decíamos, no en Gran

Bretaña sino en las colonias americanas. Para ello, propuso que el gobierno fortaleciera el control económico y

político sobre sus posesiones imperiales norteamericanas. El gobierno inglés, pionero en un truco perdurable,

intentó disfrazar el ajuste, con la Ley de Ingresos de 1764, conocida como Ley del Azúcar, que reducía a la mitad

el arancel a las importaciones de melazas extranjeras, mientras gravaba nuevos productos como lino, seda, añil,

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café, limón y vinos extranjeros. Además, se ampliaba la lista de mercancías “enumeradas”, aquellas que sólo podían

exportarse a Inglaterra. Londres se convertía así en intermediaria de los productos coloniales, elevando su precio

y quedándose con jugosas ganancias.

Nuevas medidas contribuyeron a agitar el sentimiento antibritánico como la prohibición de imprimir papel moneda

en las colonias y la obligación de mantener, a expensas de los colonos, un ejército inglés de 10.000 hombres, cuya

obvia misión era la represión de quienes debían sostenerlo.

Pero la gota que colmó el vaso fue la Ley de Timbres, aprobada por el Parlamento en marzo de 1765. El impuesto

(Stamp Act) consistía en un sello –que debía imprimirse en testamentos, licencias, pólizas de seguro, etc.–, sin el

cual todo documento carecía de validez legal. El gravamen recaía también sobre periódicos, panfletos, volantes y

hasta naipes.

La Ley de Timbres se convirtió en un boomerang que en su regreso golpearía directamente al gobierno británico.

Lejos de contribuir a ensanchar las arcas de la corona, la medida significó el comienzo de la unificación de unas

colonias que se habían creado y prosperado en un singular aislamiento. Representantes de nueve de las trece

colonias se reunieron en octubre de 1765 y lograron que la medida fuera derogada. En marzo de 1770, un grupo de

colonos insultó y apedreó a un escuadrón británico. Los soldados abrieron fuego contra los colonos y mataron a

cinco de ellos, hecho que fue conocido como la “Masacre de Boston”.

El conflicto resurgió en 1773, cuando el Parlamento aprobó la Ley del Té (Tea Act), que otorgaba a la Compañía

Británica de las Indias Orientales el monopolio de la venta de ese producto en las colonias, desplazando a los

comerciantes locales. Las protestas no tardaron en llegar. En Boston, cuando el gobernador intentó forzar la

descarga de un embarque, un grupo de colonos disfrazados de “indios” tomó los barcos y arrojó la mercancía por

la borda. Gran Bretaña vio en este episodio –que pasó a la historia como el “Boston Tea Party”– un desafío

inadmisible para el orgulloso espíritu imperial y decidió dar un castigo ejemplar, aislando a la colonia rebelde.

Pero una vez más el tiro le saldría por la culata. En solidaridad con Massachusetts, las colonias establecieron el

boicot a los productos ingleses y crearon un ejército continental, al mando de George Washington, para enfrentar

a las tropas del rey. Inglaterra envió a mercenarios alemanes, además de las fuerzas regulares, para combatir a

los sublevados, aumentando el resentimiento de los colonos.

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A fines de 1774, los colonos convocaron en la ciudad de Filadelfia el primer Congreso Continental. Los congresistas

enviaron una carta al Rey Jorge III, en la que reclamaban el derecho de las colonias a sancionar sus propias leyes.

Ante el rechazo del reclamo y previendo los enfrentamientos, los colonos comenzaron a armarse. El primer

encuentro entre los británicos y las milicias tuvo lugar en Boston.

En mayo de 1775 se reunió el Segundo Congreso Continental, que designó a George Washington como comandante

en jefe del ejército continental. Además, los congresistas designaron una comisión encargada de redactar la

declaración de la independencia. Thomas Jefferson, oriundo de Virginia, redactó el primer borrador. El 4 de julio

de 1776, el congreso aprobó el documento definitivo, que declaraba la independencia de las colonias, a partir de

entonces, Estados libres y soberanos.

Los filósofos de la Ilustración, especialmente Rousseau, Locke y Montesquieu, impregnaron tanto la propaganda

rebelde como la Declaración de la Independencia y la Constitución, documentos fundacionales de la nación.

A principios de 1776, Paine publicó un incendiario panfleto, Sentido Común, que contribuiría a exacerbar los ánimos

contra los británicos: sostenía que un hombre honrado valía por “todos los rufianes coronados que hayan vivido”.

Se apreciaba, además, su escaso afecto por el rey Jorge III al que llamaba “la Real Bestia de la Gran Bretaña” y

señalaba el absurdo de que un continente fuese gobernado por una isla.

Parece increíble que el país que avasalló a lo largo de su historia imperial los derechos humanos de medio mundo,

base su sistema democrático en aquella romántica Declaración de la Independencia aprobada el 4 de julio de 1776,

que contiene conceptos como: “las leyes de la naturaleza”, que defiende los “derechos inalienables” como “la vida,

la libertad y la búsqueda de la felicidad” y el derecho del pueblo a “abolir o reformar” un gobierno que atente

contra esos derechos.

Tras la victoria de los colonos en la batalla de Saratoga, Francia firmaría la alianza con los rebeldes en febrero

de 1778 y entraría en guerra contra Gran Bretaña. España se sumaría a los franceses poco después (1779). Uno

de los combatientes franceses, el marqués de Lafayette reconoció en la revolución norteamericana el comienzo

de una nueva era: “La era de la revolución norteamericana, que puede considerarse como el principio de un nuevo

orden social para el mundo entero, es propiamente hablando la era de la declaración de los derechos”. Jacques

Pierre Brissot, uno de los líderes de la Gironda, profetizará: “La revolución americana ha producido la Revolución

Francesa: ésta será el foco sagrado de donde partirá la chispa que incendiará a las naciones cuyos amos se atrevan

a acercársela”.

Los crecientes costos de la guerra decidieron a los británicos a entablar conversaciones con los rebeldes. En 1783,

en la Paz de Versalles, los ingleses reconocieron la independencia de las colonias.

Los nuevos estados se organizaron como una liga de Estados independientes, unidos por los llamados Artículos de

la Confederación. Pero éstos sólo establecían una unión débil entre los Estados. Poco a poco fue creciendo la idea

de establecer un gobierno federal que fortaleciera la unión. Así en 1787, una convención comenzó a deliberar la

redacción de una constitución. El texto constitucional, sancionado en 1787, establecía un sistema federal, con un

gobierno central fuerte. La Constitución norteamericana haría suyo el principio de separación de poderes

propuesto por Montesquieu. El poder estaría dividido en tres: un ejecutivo, ejercido por un presidente; un

legislativo, compuesto por dos cámaras, y un poder judicial.

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LA ORGANIZACIÓN DEL IMPERIO ESPAÑOL
A lo largo de los siglos XVI y XVII, la Corona española creó un conjunto de instituciones para gobernar y

administrar sus posesiones americanas. Con el fin de organizar y controlar el comercio con las Indias, en 1503,

Isabel La Católica puso en funcionamiento, en la ciudad de Sevilla, la Casa de Contratación. En 1524, Carlos V creó

en la misma ciudad, el Consejo de Indias, máximo organismo del gobierno colonial en cuestiones eclesiásticas,

civiles, militares y comerciales.

También se crearon instituciones en el territorio americano, que fue dividido en dos virreinatos, el de Nueva

España (1535) y el del Perú (1543). La autoridad máxima de estas unidades políticas y administrativas era el virrey,

que representaba a la autoridad real.

Por debajo del virrey estaban los gobernadores que tenían a su cargo la administración de las gobernaciones en

las que se subdividían los virreinatos.

La administración de la justicia estaba a cargo de las Audiencias, concebidas como un contrapeso del poder de los

virreyes, con quienes compartían algunas funciones. Las audiencias tenían, además, atribuciones importantes en el

campo eclesiástico, como el control del cobro del diezmo. Al finalizar su mandato, los funcionarios coloniales eran

sometidos a un juicio de residencia, en el que se evaluaba su desempeño en el cargo.

El gobierno de las ciudades

Las ciudades eran el centro de irradiación de la conquista y de la colonización española. Grandes o pequeñas, la

mayoría de ellas contaba con un Cabildo. Esta institución tenía a su cargo el gobierno de la ciudad y de su entorno

rural.

Las funciones del cabildo eran de tipo administrativas y de tipo judicial. Las primeras eran ejercidas por Regidores,

que tenían bajo su égida la salud, las obras públicas, la inspección de los mercados y de los precios, la organización

de las festividades y las procesiones religiosas, y el control de la policía y de las cárceles. Las segundas estaban

en manos de los alcaldes, que actuaban en número de dos. Las grandes ciudades generalmente estaban divididas

en cuarteles o barrios, administradas por los alcaldes de barrio, que estaban subordinados a la autoridad del

Cabildo. La administración de las áreas rurales estaba en manos de los alcaldes de hermandad.

Los miembros del cabildo eran elegidos anualmente entre los vecinos, que eran los españoles peninsulares y los

criollos que poseían una casa habitada en la ciudad.

LA PRESENCIA DE LOS JESUITAS


A poco de iniciada la conquista, la Corona española autorizó la acción misional de diferentes congregaciones

religiosas. A mediados del siglo XVI, inició su actividad en América la Compañía de Jesús, a través del

establecimiento de misiones en Canadá, California, México, Ecuador, Brasil, Paraguay y el río de La Plata.

El núcleo misional más importante de los jesuitas se desarrolló en una zona que comprendía parte de los actuales

territorios de la Argentina y el Paraguay, donde llegaron a fundar treinta misiones. A mediados del siglo XVII, la

población de los pueblos que componían las misiones ascendía a las 100.000 personas.

18
La organización de las misiones
En cada una de las misiones la autoridad máxima era el padre superior, pero el gobierno civil estaba, en parte, en

manos de los nativos, que integraban cabildos con funciones similares a los de las ciudades coloniales. La

administración de justicia estaba generalmente a cargo de los religiosos.

La organización social y económica giraba en torno a la explotación de la tierra, dividida en parcelas adjudicadas

de forma hereditaria a los indios. Existían, asimismo, tierras de labor comunitaria y obligatoria. El excedente

productivo se distribuía en función de un orden de prioridades establecido por las autoridades misionales, que

imponían una disciplina laboral muy estricta. Con la fundación de las misiones, los jesuitas liberaron a los indios del

dominio de los colonos y de la encomienda. Con el tiempo, las misiones llegaron a convertirse en unidades económicas

autosuficientes: todo lo que necesitaban se producía en ellas. Además, fueron los productores más importantes

de algodón y yerba mate de la época. También se desarrolló la ganadería, y se cultivaron las cañas de azúcar,

cereales y frutales.

El notable desarrollo económico equiparaba al de las artes. Los pobladores de las reducciones perfeccionaron sus

técnicas originarias por medio de una sólida instrucción artesanal y artística. Las realizaciones de las misiones

jesuíticas ocupan un lugar preponderante en el arte colonial americano, y se destacan la arquitectura, la pintura,

el grabado y la platería.

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Las reformas borbónicas
Las reformas administrativas
Las reformas buscaban proteger territorios vulnerables y racionalizar la administración. Con ese fin, se crearon

dos virreinatos: el de Nueva Granada y el del Río de La Plata; dos capitanías generales, la de Chile y la de Venezuela,

y un sistema de intendencias. Las intendencias eran unidades administrativas menores, creadas para estimular las

economías regionales y para lograr que el poder real se ejerciera de manera efectiva en todo el territorio.

Para hacer frente a las amenazas externas y a las resistencias internas generadas por la aplicación de las

reformas, se conformó una poderosa fuerza militar, que incluía a los criollos. En el plano de la defensa territorial,

se registraron logros importantes, como la recuperación de la Colonia del Sacramento, en el Río de La Plata, y de

la Florida, en el actual territorio norteamericano. España ratificó, asimismo, su dominio sobre Sonora, Texas y

California, en el virreinato de Nueva España, y sobre la costa de los Mosquitos.

Las reformas económicas

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Las medidas impulsadas por Carlos III buscaban acrecentar los recursos productivos provenientes de las colonias,

mejorar los mecanismos de la recaudación fiscal y ejercer un control más efectivo sobre el intercambio comercial

para evitar el contrabando.

El Reglamento de Comercio Libre de 1778, que autorizaba el funcionamiento de trece puertos en España y de

veinticuatro en América, procuraba mejorar los mecanismos de control para frenar el contrabando, de modo tal

que las colonias consumieran productos elaborados en la metrópoli o comprados legalmente a otros países. Pero el

escaso desarrollo de las manufacturas españolas desvirtuó esos objetivos: a fines del siglo XVIII, la mayor parte

de los productos elaborados que se consumían en las colonias eran adquiridos por España a otros países o provenían

del contrabando.

La producción de las colonias aumentó sensiblemente en México y en Cuba, donde la plata y el azúcar registraron

niveles de crecimiento muy significativos. Al mismo tiempo, la simplificación del sistema tributario y el

nombramiento de funcionarios asalariados para hacer más efectiva la recaudación acrecentaron los ingresos

fiscales.

Las reformas religiosas y militares


Durante la conquista de América y su colonización, la iglesia desempeño un rol protagónico provocando la rivalidad con la Corona

y el celo de funcionarios, ministros y asesores. En 1767, Carlos III, influenciado por las ideas de la ilustración, decretó la

expulsión de los jesuitas del territorio americano. Por último, la Corona creó ejércitos en las colonias para que se defendieran

en el caso de una invasión externa.

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La creación del Virreinato del Río de La Plata
Los borbones intentaron consolidar la posición española frente a los tradicionales rivales, Portugal e Inglaterra.

Para cumplir con este objetivo, en 1776, Carlos III envió al Río de La Plata una expedición al mando de Pedro de

Cevallos buque aseguró el dominio hispano en la banda oriental del Plata. Un año después, el Tratado de San

Ildefonso fijó los límites entre las colonias portuguesas y españolas.

El rey le había concedido a Cevallos atribuciones de virrey para las provincias del Río de La Plata con carácter

provisional. El éxito de su misión le dio a la creación del virreinato carácter definitivo.

En 1782, se dictó una ordenanza que dividió el territorio del virreinato en ocho intendencias, con el objetivo de

controlar la administración a partir de unidades más pequeñas y con mayor capacidad ejecutiva.

22
El libre comercio y el crecimiento de Buenos Aires
Con la creación del virreinato, se profundizaron medidas que ya venían siendo adoptadas y que proporcionaban a

Buenos Aires los recursos económicos y administrativos para asegurar el poder español en el Río de La Plata. El

eje económico se trasladó desde el Pacífico hacia el Atlántico, y Buenos Aires se independizó de Lima, a la par que

consolidó su predominio como centro económico, político y administrativo sobre el resto del territorio rioplatense.

Entre esas medidas, la más importante fue la del Reglamento de Libre Comercio de 1778, que habilitó los puertos

de Buenos Aires y Montevideo al comercio de España, pero que mantuvo la prohibición de efectuarlo con naciones

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extranjeras. En 1794, se instaló el consulado, tribunal judicial y mercantil, y junta de protección del comercio,

integrado tempranamente por comerciantes y hacendados.

Los comerciantes se consolidaron en su rol de intermediarios entre España y el Río de La Plata, lo que les permitió

obtener no sólo beneficios económicos, sino también prestigio y poder político. Mientras algunos de ellos eran

partidarios del sistema comercial de monopolio español, otros comenzaron a bregar por la implementación del libre

comercio. Estos últimos vieron satisfechas sus demandas recién en 1809, cuando el virrey Cisneros autorizó el

comercio con los ingleses. En la práctica, los ingleses fueron logrando algunas franquicias e incrementando su

participación en los intercambios a través del contrabando.

El Interior y el Litoral
El Reglamento de Comercio Libre de 1778 eximía los derechos de entrada a España a los productos coloniales,

tales como carne salada, el sebo, la lana y las astas, y gravaba sólo ligeramente a los cueros. Paralelamente, ponía

trabas a toda aquella producción que compitiera con la metropolitana.

La región del Litoral (Buenos Aires, Santa Fe, sureste de Córdoba, Corrientes y Entre Ríos), productora de ganado,

se benefició enormemente con estas disposiciones. Así, junto con los comerciantes, también se afianzaron los

hacendados, que incrementaron y racionalizaron su producción. El ganado cimarrón fue desplazado por la expansión

de las estancias, y la tierra se fue concentrando en manos de militares, funcionarios, comerciantes y de los propios

hacendados, que incrementaron sus propiedades.

En el Interior, las situaciones eran diversas. Algunas ciudades resistieron los cambios gracias a su conexión con la

economía minera de Potosí, a pesar de que su decadencia ya se tornaba manifiesta. Salta lo abastecía de mulas y

combinaba la ganadería con los cultivos de trigo y los viñedos. Tucumán, centro comercial en la ruta entre Buenos

Aires y el Alto Perú, producía carretas, sebo y jabón. Córdoba proveía al Litoral de productos textiles.

Otras regiones, en cambio, alejadas de las rutas comerciales, sufrieron en mayor medida los embates del libre

comercio. Los vinos y aguardientes de San Juan, Catamarca y Mendoza decayeron frente a la competencia de la

producción española, si bien esta última mantuvo un activo comercio con Chile.

24
LAS INVASIONES INGLESAS
Los intereses ingleses

25
principios de siglo XIX, la alianza con Francia convirtió a España en enemiga de Gran Bretaña. Como consecuencia

de la derrota en Trafalgar, la Corona española perdió el control de las comunicaciones marítimas con sus colonias.

Al mismo tiempo, Gran Bretaña, que se hallaba en plena Revolución Industrial y necesitaba del mercado europeo

para colocar su producción, comenzó a padecer los efectos del bloqueo continental decretado por Napoleón. Esta

situación la obligó a buscar nuevos mercados en otros lugares del mundo. Fue así como eligió como objetivo las

posesiones españolas en el Río de La Plata, donde el monopolio español perjudicaba a los comerciantes británicos.

Así se conjugaban dos tipos de intereses, el militar y el comercial. Gran Bretaña quería asegurarse una base militar

para la expansión de su comercio y a la vez golpear a España en un punto débil de sus posesiones coloniales.

La primera invasión inglesa

En abril de 1806, sin autorización de la corona inglesa, tropas británicas emprendieron una expedición desde el

Cabo de Buena Esperanza, con el objetivo de ocupar Buenos Aires. Eran unos seis mil seiscientos hombres al mando

de Home Rigss Popham y Williams Carr Beresford. El 25 de junio desembarcaron en Quilmes, al sur de la ciudad.

Los jefes ingleses suponían que era una conquista fácil y que tendrían el apoyo de los criollos, a quienes pensaban

convencer con promesas de independencia y de comercio libre.

Ante las noticias del avance inglés, el virrey Sobremonte se retiró a Córdoba, en busca de ayuda militar que nunca

llegó. El 28 de junio, las tropas de Beresford ocuparon la ciudad. Las autoridades españolas no ofrecieron

resistencia y juraron fidelidad al monarca inglés Jorge III. Incluso entregaron parte de los caudales reales y los

depósitos militares, por miedo a que los invasores dispusieran de las fortunas privadas. En cambio, la mayoría de

los criollos no aceptó la presencia inglesa, en la que veían una nueva dominación colonial.

En su carácter de gobernador, Beresford decidió mantener todos los funcionarios y magistrados en sus cargos y

les aseguró que no tenía intención de favorecer la independencia. Además, implantó el libre comercio con bajas

tasas aduaneras y redujo los derechos que gravaban las exportaciones de cueros.

Mientras la ciudad se hallaba ocupada por los ingleses, el capitán de navío Santiago de Liniers (que era francés al

servicio de España), Juan Martín de Pueyrredón y Martín de Álzaga, organizaron tropas. Liniers reunió unos tres

26
mil hombres en La Banda Oriental, con los que desembarcó el 3 de agosto cerca de San Fernando, al norte de la

ciudad. El 12 de agosto entró en la ciudad para iniciar la Reconquista. Los

habitantes se sumaron a una intensa lucha callejera en el centro de la ciudad y en la zona de Retiro. Finalmente,

los británicos se rindieron.

El 14 de agosto los vecinos celebraron un Cabildo Abierto para decidir la crisis de autoridad que había producido

la conducta del virrey. Delegaron el mando militar en Liniers y los asuntos de gobierno en el presidente de la

Audiencia. Ante la posibilidad de una nueva invasión inglesa, Liniers organizó cuerpos de milicias y estableció la

obligación de prestar servicio de armas para los varones de entre 16 y 50 años.

La segunda invasión inglesa

En febrero de 1807, una nueva expedición inglesa al mando del brigadier Achmuty conquistó Montevideo.

Alarmados por la actitud del virrey Sobremonte, quien no interpuso resistencia alguna, el 10 de febrero los

habitantes de Buenos Aires exigieron su deposición frente al Cabildo. Liniers convocó a una Junta de Guerra que

resolvió destituir a Sobremonte y reponer a la Audiencia en el gobierno civil y a Liniers en el mando militar.

El 28 de junio, unos ocho mil soldados ingleses, dirigidos por el teniente general John Whitelocke, desembarcaron

en el puerto de Ensenada y avanzaron sobre Buenos Aires. Liniers intentó detenerlos, pero fue vencido, primero

en la zona del Riachuelo y luego, en los corrales de Miserere. El 5 de julio, los británicos penetraron en la ciudad,

que esta vez se hallaba preparada para la defensa. El comerciante peninsular Martín de Álzaga, alcalde del Cabildo,

organizó la resistencia de los habitantes de Buenos Aires, que lucharon junto a los milicianos desde trincheras que

cortaban las calles y desde los techos y las ventanas de las casas. Dos días después, sin haber ocupado la ciudad,

Whitelocke capituló, con la promesa de abandonar Buenos Aires y también Montevideo.

La militarización de Buenos Aires

27
La necesidad de defender Buenos Aires de los ataques ingleses produjo una militarización de la ciudad, con la

formación de milicias. Estos cuerpos armados tendrían un papel clave en los acontecimientos de la Revolución de

Mayo.

Las improvisadas fuerzas que se habían formado durante la primera invasión se convirtieron en cuerpos

organizados cuando Liniers asumió la jefatura de armas. A partir de la implementación del servicio militar se

organizaron otras milicias según los criterios étnicos propios de la época. Así Liniers estableció milicias de

españoles, milicias de criollos y milicias de indios, pardos y morenos. Las de españoles y de criollos estaban divididas

a su vez, según el origen geográfico de sus integrantes. Entre los españoles, estaban, por ejemplo, los catalanes,

los vizcaínos y los gallegos. Entre los criollos, los patricios, integrados por naturales de Buenos Aires, los húsares

de Pueyrredón y los arribeños, conformados por gente de las provincias de “arriba”, es decir, del norte.

Consecuencias de Consecuencias de las Invasiones Inglesas


Las invasiones inglesas produjeron consecuencias decisivas para el inicio de la revolución en Buenos Aires:

Revelaron la fragilidad del orden colonial, expresada, por un lado, por el comportamiento sumiso que adoptaron

las autoridades españolas frente a los ingleses, y por el otro, en la escasez de tropas regulares y la falta de milicias

locales eficientes para la defensa de la ciudad.

• La conducta del virrey Sobremonte puso en cuestión el sistema de autoridades y concedió protagonismo y

prestigio a instituciones como el Cabildo y a individuos como Santiago de Liniers y Martín de Álzaga.

• La militarización de la ciudad otorgó un nuevo status a los criollos, debido a su superioridad numérica en

las milicias, y abrió posibilidades de ascenso social para los sectores populares urbanos.

• La oficialidad criolla, elegida por los milicianos, se convirtió en un nuevo actor político de cuyo apoyo no

se pudo prescindir para gobernar.

• Se modificó la administración de los recursos. Parte del dinero que antes iba a España quedaba en Buenos

Aires para sostener los cuerpos de milicias. Además, parte de esos recursos se destinaron a los sectores

populares urbanos que integraban las milicias y recibían una paga mensual.

• El libre comercio, establecido por los ingleses en Buenos Aires y Montevideo, mostró a sus habitantes las

ventajas de este sistema y acentuó su rechazo por el monopolio español.

Liniers, virrey del Río de La Plata


En 1808, con el nombramiento de Liniers como virrey del Río de La Plata, se acrecentó la rivalidad con el Cabildo

por el control de las milicias. Los problemas se agravaron cuando se conoció la situación de España. A ello se le

sumó el reclamo de la infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII y esposa del regente de Portugal, que

buscaba ser reconocida como regente de los dominios españoles en América. Aunque Liniers rechazó la petición

de la infanta, los cabildantes lo acusaron de conspirar con los portugueses e ingleses. Luego, debido a su origen

francés, también dijeron que quería entregar el virreinato a Napoleón.

En Buenos Aires se formaron dos grupos políticos. Uno de ellos, conocido como el Partido de la Independencia,

integrado por criollos (entre ellos Juan José Castelli, Manuel Belgrano, Hipólito Vieytes y Antonio Berutti) quería

separarse de España. Para ello buscaba ayuda inglesa y aceptaba la posibilidad de una monarquía encabezada por

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Carlota Joaquina. El otro grupo, liderado por Martín de Álzaga, nucleaba a una mayoría de peninsulares (como

Antonio de Santa Coloma, Juan Larrea y Domingo Matheu) y a los criollos Julián de Leyva y Mariano Moreno; este

grupo deseaba la formación de una Junta bajo el control de los españoles.

El 1º de enero de 1809, una delegación del Cabildo se dirigió al Fuerte para exigir la renuncia del virrey. Las milicias

españolas rodearon la Plaza Mayor para pedir la creación de una Junta. Liniers ofreció su renuncia, pero el

comandante de los patricios, Cornelio Saavedra, se opuso a su destitución y le dio ayuda militar. A los pocos días

las autoridades juraron fidelidad a la Junta Central de Sevilla y las milicias de españoles que participaron en el

hecho fueron disueltas. Así disminuyó el poder del Cabildo y los militares españoles, en beneficio de las milicias

criollas.

LA REVOLUCIÓN DE MAYO
La situación española precipitó los acontecimientos revolucionarios en Buenos Aires en mayo de 1810. Pese
a la resistencia del virrey y de los demás funcionarios españoles, se formó una junta a nombre de
Fernando VII.
Inmediatamente el nuevo gobierno debió hacer frente a la guerra de independencia y a los desacuerdos
entre sus propios integrantes.

Cisneros, un virrey en problemas


El apoyo dado por los criollos a Liniers preocupó a la Junta Central de Sevilla, que decidió reemplazarlo en su

cargo. A mediados de 1809 arribó el nuevo virrey, Baltazar Hidalgo de Cisneros. Como manera de afirmar el

predominio español, Cisneros le devolvió el poder al Cabildo, disolvió algunas milicias criollas y restituyó las milicias

españolas que habían sido disueltas después del alzamiento contra Liniers.

El virrey debió enfrentar los levantamientos que se produjeron en las ciudades de Chuquisaca y La Paz en el Alto

Perú. En mayo de 1809, los integrantes de la Audiencia de Chuquisaca destituyeron al presidente de esa institución

y formaron una Junta, proclamando la lealtad al soberano y a la Junta de Sevilla. El movimiento se extendió a La

Paz, donde los criollos, con ayuda de los sectores populares, formaron una Junta con marcado tono antipeninsular.

La rebelión altoperuana fue derrotada por tropas enviadas desde Buenos Aires y Lima. Los jefes del levantamiento

fueron ejecutados, a los prisioneros se les impusieron duras condiciones de cárcel y sus bienes fueron confiscados.

En ese mismo año, Cisneros autorizó una mayor libertad comercial. Ante el pedido de introducción de mercaderías

formulado por dos comerciantes ingleses, el abogado criollo Mariano Moreno redactó un documento denominado

Representación de los Hacendados. En él propició el libre comercio para aumentar la recaudación y el tráfico

comercial y expuso por primera vez los principios que aconsejaban dedicarse a la producción ganadera para la

exportación. El 6 de noviembre Cisneros autorizó el comercio al por mayor con los ingleses mediante un Reglamento

Provisorio, pese a la oposición de algunos comerciantes y artesanos, que temían arruinarse por la competencia

inglesa. De todos modos, esta disposición mantenía el monopolio de los comerciantes españoles sobre el comercio

interno y la venta por menor.

Llegan noticias de España

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El 13 de mayo de 1810 llegó una fragata inglesa con la noticia de la disolución de la Junta Central y el asedio de los

franceses a Cádiz, último bastión de la resistencia española. Aunque la embarcación fue detenida y aislada en

Montevideo, pronto se difundieron las novedades.

Alarmado por la situación, el 18 de mayo Cisneros dio a conocer una proclama. En ella pedía a la población de Buenos

Aires que se mantuviera leal a las autoridades y al rey Fernando VII. Además los instaba a no tomar decisiones

sin acordar con las otras provincias del Virreinato y los demás Virreinatos de América.

Los integrantes del Partido de la Independencia y el comandante de los patricios, Cornelio Saavedra, no aceptaron

la propuesta del virrey y exigieron la convocatoria a un Cabildo Abierto para que todos los vecinos decidieran qué

hacer. El 20 de mayo, Saavedra y Belgrano presentaron el pedido formal para que esta reunión ante el Alcalde de

primer voto, Lezica. La falta de apoyo de las milicias y el descontento popular llevaron a Cisneros y al Cabildo a

conceder el permiso y convocar a los vecinos.

El debate del día 22


El Cabildo Abierto se celebró el 22 de mayo, con la presencia de solo 251 de los 450 vecinos invitados. Al inicio se

leyó una proclama del Cabildo, en la que se llamaba a la reflexión, a conservar la fidelidad al rey y a “no innovar”.

A continuación se procedió al debate para determinar si el virrey permanecería en su cargo. Los argumentos de

los oradores definieron posiciones divergentes.

El obispo Benito Lué representó la posición conservadora. Postuló la tesis de que mientras hubiera un

representante del rey en América, este tenía derecho a ejercer el gobierno por sobre los americanos, sin importar

lo que sucediese en España. Le respondió Juan José Castelli, quien, en una posición revolucionaria, argumentó que

en tanto el rey era prisionero de Napoleón, la soberanía había vuelto al pueblo. Por lo tanto el pueblo de Buenos

Aires podía darse el gobierno que quisiera, tal como habían hecho los españoles al formar juntas.

Por su parte, el fiscal de la Audiencia, Manuel Villota defendió la permanencia de Cisneros en el cargo con el

argumento de que el poder había vuelto al pueblo, pero no solo al de Buenos Aires sino a “los pueblos” de todo el

virreinato. En consecuencia, Buenos Aires no podía decidir por sí misma sino debía esperar la opinión de los otros.

El abogado criollo Juan José Paso replicó que ante una situación de urgencia, la capital del Virreinato podía decidir

por las otras regiones, como si fuera una tutora o hermana mayor.

Luego de la intervención de numerosos oradores, se efectuó la votación que dio como resultado la destitución de

Cisneros y la delegación del mando en el Cabildo, al que se consideraba el depositario de la soberanía en ausencia

del rey.

Al Cabildo Abierto concurrieron vecinos que tenían diferentes ocupaciones, en su


mayoría, comerciante y militares. Les seguían los sacerdotes, los abogados y los
funcionarios. En menor número se hallaban los que desempeñaban profesiones
como la de médico y la de escribano. La ausencia de hacendados se explica por la
urgencia con la que se convocó a la reunión, lo que no dio tiempo a que los que se
hallaban en el campo llegaran a la ciudad.
30
La reacción española
El día 24, el Cabildo formó una Junta integrada por cuatro vocales, dos españoles (Solá e Inchaurregui) y dos

criollos (Castelli y Saavedra), presidida por Cisneros. Esta decisión significaba la devolución del poder político y la

comandancia de las milicias al destituido virrey. De esta manera, los peninsulares conservaban el poder. Las

autoridades españolas se apresuraron a aceptar a la nueva junta, mientras que los revolucionarios forzaron a los

vocales criollos a presentar su renuncia.

Los actores de la Revolución

Durante la semana de mayo de 1810, la revolución fue eminentemente


urbana y se limitó a la ciudad de Buenos Aires. Con respecto a sus
protagonistas existe un mito muy difundido que supone la existencia de una
muchedumbre en la plaza reclamando la renuncia del virrey y la formación
de una junta.
Sin embargo, los testimonios de la época que se han conservado señalan
que no fue tanta la concurrencia. En cambio, fue decisiva la actitud
amenazante de las milicias, cuyos integrantes, en su mayoría
pertenecientes a los sectores populares, mantenían un vínculo

La formación de un gobierno criollo


El Cabildo rechazó las renuncias de los vocales criollos, pero la agitación popular y de las milicias criollas fue en

aumento.

Finalmente, en la noche del 24 debieron aceptar esas renuncias. En la mañana del día 25, los grupos criollos

reunidos en la Plaza Mayor exigieron la formación de otra Junta, de la que quedara excluido el virrey. A su vez,

las milicias amenazaron con usar la fuerza si no se accedía a esas demandas.

El Cabildo y Cisneros intentaron resistir y convocaron a los jefes de las milicias. Saavedra, en nombre de los jefes

criollos, argumentó que le era imposible frenar el descontento y les negó todo apoyo. A instancias del Cabildo,

Cisneros presentó su renuncia. Inmediatamente se conformó la Junta Provisional de Gobierno, conocida

posteriormente como Primera Junta. La presidía el comandante de los patricios, Cornelio Saavedra; sus

secretarios eran los abogados criollos Mariano Moreno y Juan José Paso. Con carácter de vocales se incorporaron

los abogados Manuel Belgrano y Juan José Castelli, el sacerdote Manuel Alberti, el militar Miguel de Azcuénaga y

los comerciantes librecambistas de origen español Juan Larrea y Domingo Matheu.

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A pesar de que algunos criollos eran partidarios de la independencia desde antes que se produjera la Revolución,

la Junta se proclamó autónoma del Consejo de Regencia pero juró fidelidad a Fernando VII. Esta decisión de

gobernar en nombre del rey prisionero es conocida como la máscara de Fernando, ya que la afirmación del vínculo

con el rey prisionero era un simulacro para ganar tiempo y evitar la reacción española.

LAS INTERNAS DE LA PRIMERA JUNTA

Proyectos enfrentados: morenistas y saavedristas


Las milicias criollas habían sido importantes protagonistas de las jornadas revolucionarias de mayo de 1810, razón

por la cual el más prestigioso de sus jefes obtuvo la presidencia de la Junta.

Sin embargo, la mayoría de los integrantes del nuevo gobierno no representaban al poder militar. Muchos de ellos,

especialmente los abogados, eran partidarios de las ideas de la Ilustración. Creían necesario reemplazar el pacto

de sujeción que ligaba a las colonias con la Corona española por conceptos más modernos, como el de soberanía

popular de las revoluciones norteamericana y francesa y la versión de Contrato Social de Rousseau. Estas ideas

los llevaron a pronunciarse a favor de la Independencia.

A partir de junio de 1810, Mariano Moreno, Secretario de Gobierno y de Guerra de la Junta, comenzó a dirigir un

periódico oficial, llamado La Gaceta de Buenos Aires. Desde esas páginas expuso sus principios independentistas,

republicanos y a favor del liberalismo económico. Moreno tomó numerosas decisiones en nombre de la Junta y

prontamente desplazó a un segundo plano al presidente Saavedra. Los jefes de las milicias se alarmaron por la

pérdida de poder de las fuerzas militares frente al secretario y comenzaron a planear su alejamiento del cargo.

Mientras que los partidarios de Moreno, identificados como morenistas, proponían medidas más duras para avanzar

en la revolución, los llamados saavedristas postulaban políticas moderadas que no implicaban la ruptura definitiva

con España. Algunos acontecimientos agravaron las relaciones entre ambos grupos. Si bien todos los miembros de

la Junta habían firmado la orden de fusilar a Liniers redactada por Moreno, tras la ejecución surgieron críticas

de los jefes militares y de dirigentes del interior, que encontraron eco en Saavedra. Las medidas contra los

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realistas y a favor de la supresión de la servidumbre indígena también crearon asperezas. Además Moreno se

oponía a que los diputados del interior se incorporaran a la Junta, ya que consideraba que debían reunirse en un

Congreso para proclamar la independencia.

En diciembre de 1810, Moreno redactó el Decreto de Supresión de Honores, que establecía la absoluta igualdad

entre todos los miembros de la Junta y quitaba el mando de las tropas al presidente, para ponerlo al mando del

conjunto de gobierno. Esta medida restaba poder a Saavedra, pero no fortaleció a Moreno. A los pocos días, se

puso a votación si los diputados del interior debían sumarse a la Junta. Saavedra aceptó que los propios interesados

votasen, con lo cual su incorporación al gobierno fue aprobada y se formó la llamada Junta Grande. De inmediato

Moreno renunció a su cargo y fue enviado en misión diplomática a Londres.

Revolución y contrarrevolución
Como la Revolución se había producido en la capital del Virreinato sin la participación de otras jurisdicciones, la

Junta debió asumir inmediatamente dos problemas. Por un lado, tenía que recabar la opinión de las provincias

interiores para saber si reconocían al nuevo gobierno. Por el otro, debía preparar tropas para defender el

territorio de la segura reacción española que llevaría a la guerra de independencia.

Dos días después de la Revolución, la Junta envió una circular en la que convocaba a las ciudades interiores a que

reconocieran su autoridad y enviaran diputados que se integrarían a este organismo a medida que llegaran. Estos

diputados serían elegidos por los vecinos de las ciudades, es decir que se mantenía la tradición española según la

cual los cabildos representaban la voluntad popular.

En el Interior hubo distintas respuestas ante la convocatoria de la Junta:

• Entre Ríos, Corrientes, Santa Fe, San Juan, La Rioja, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta,

Misiones y Jujuy reconocieron a la Junta.

• En Mendoza la situación se mantuvo indefinida hasta julio de 1810, cuando el envío de un cuerpo de

Arribeños desde Buenos Aires decidió la adhesión a la Junta.

• En el Alto Perú, solo Cochabamba adhirió a la revolución.

• En Paraguay, un Congreso general reunido el 24 de julio de 1810 decidió no subordinarse a Buenos Aires.

• En junio de 1810, las autoridades de Montevideo juraron fidelidad al Congreso de Regencia y plantearon la

ruptura con la capital del Virreinato. En febrero de 1811, los revolucionarios orientales, con apoyo de

Buenos Aires, se levantaron en las áreas rurales y el control realista quedó limitado a la ciudad de

Montevideo.

Comienza la guerra
Ante la falta de adhesión de muchos pueblos del Interior, la Junta envió expediciones militares al Alto Perú y al

Paraguay.

En su camino al Norte, el ejército el ejército enviado al Alto Perú debió enfrentar la contrarrevolución en Córdoba.

En esa intendencia, el gobernador, el obispo, el Cabildo y los jefes de milicias habían desconocido a la Junta y

jurado fidelidad al Consejo de Regencia. Para resistir a las autoridades instaladas en Buenos Aires, interceptaron

sus comunicaciones con el Norte y el envío de las recaudaciones. Además organizaron milicias con la ayuda de

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Liniers, el prestigioso defensor de Buenos Aires durante las Invasiones Inglesas. La Junta ordenó una dura

represión que culminó con la ejecución de los jefes opositores, incluido Liniers.

Las tropas revolucionarias siguieron su marcha hacia el Alto Perú, donde en noviembre de 1810 consiguieron el

triunfo de Suipacha frente a las tropas españolas. Como consecuencia, el Alto Perú, fuente de las riquezas mineras

y de la emisión de moneda, fue incorporado, momentáneamente, a la Revolución.

La expedición al Paraguay, dirigida por Manuel Belgrano, fue derrotada en marzo de 1811. Un armisticio dispuso el

retiro de las tropas revolucionarias, pero dos meses después, los criollos paraguayos depusieron a las autoridades

españolas y nombraron una junta de gobierno que no reconoció la autoridad de Buenos Aires. Paraguay se

constituiría en un país independiente.

La organización del gobierno patrio


Al tiempo que se realizaba la guerra entre realistas y criollos, se ponían en discusión diferentes alternativas para

dar respuesta al problema de la forma que debía asumir la organización del nuevo orden. Las disidencias eran

múltiples y se planteaban en diferentes planos. Los partidarios de la instalación de un gobierno republicano, como

Mariano Moreno, Juan José Castelli y Bernardo de Monteagudo, se enfrentaban con los partidarios de la monarquía

constitucional como Belgrano y Rivadavia. Por otro lado, a la idea de un poder centralizado se oponía la defensa de

las autonomías provinciales. Además, el origen local del movimiento independentista y su clara asociación con los

intereses de Buenos Aires provocaban resistencias en el interior.

Entre 1810 y 1820, se ensayaron diversos modos de organización del poder. Desde la Primera Junta y su ampliación

con la incorporación del Interior que dio origen a la Junta Grande, pasando por dos Triunviratos, hasta llegar en

1814 a una mayor centralización del poder encarnada en el Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de

La Plata.

Se dictó además, una gran cantidad de reglamentos y estatutos y se intentó sancionar una constitución. Estos

esfuerzos por institucionalizar el poder y resolver el modo en que se iban a elegir las autoridades se alternaron

con presiones de grupos militares y civiles, convocatorias a Cabildos Abiertos y constitución de grupos opositores

como la Sociedad Patriótica y la Logia Lautaro, que propiciaban la ruptura definitiva del vínculo con España.

Entre enero de 1813 y abril de 1815 sesionó la Asamblea del año XIII, reunida a instancia de los grupos más

radicales, orientados por los principios de la Revolución Francesa. Su objetivo era redefinir los vínculos con la

metrópoli y dictar una constitución, pero en ambos casos fracasó. Logró, en cambio, dictar una serie de medidas,

como el establecimiento de los símbolos patrios, la libertad de vientres y la supresión de los títulos y honores. Fue

así como, en enero de 1814, la Asamblea General Constituyente creó el Directorio. A partir de entonces, un

Director Supremo ejerció el Poder Ejecutivo, asesorado por un Consejo de Estado.

A fines de 1815, la restauración en el trono de Fernando VII aceleró el proceso revolucionario. Un Congreso

Constituyente reunido en Tucumán declaró la independencia en 1816. En 1819, sancionó una Constitución, que fue

rechazada por las provincias por sus características centralistas y aristocratizantes.

34
La Declaración de la Independencia
Desde los comienzos de la Colonia, San Miguel de Tucumán había sido una ciudad importante. Era el paso obligado

en la ruta que comunicaba el Potosí con el puerto de Buenos Aires.

Como en la región abundaba la madera, la ciudad se hizo famosa por la fabricación de carretas de excelente

calidad. También se producían ponchos, frazadas y fajas. Las tejedoras indígenas los realizaban con antiguas

técnicas y los teñían con tinturas vegetales de la zona.

Después de la revolución de mayo de 1810 y con el comienzo de las guerras de la independencia, la tranquila vida

tucumana se alteró completamente. En 1812 se libró una batalla en las afueras de la ciudad, muy cerquita: la batalla

de Tucumán. Durante los años siguientes se respiraba en el aire el olor a pólvora y todos temían un nuevo ataque

del enemigo. Por ese motivo, a las diez de la noche había que suspender las actividades: no se podía circular por

las calles, ni tampoco dejar ninguna lámpara encendida. A las diez en punto, Tucumán quedaba a oscuras.

El Congreso se reunió en Tucumán por varias son las razones. Pero la más importante quizás fue el hecho de que

los españoles estaban ganando batallas y recuperando territorio en las provincias del norte. Las tropas realistas

avanzaban desde el Alto Perú, y solamente estaba el general Martín Miguel de Güemes defendiendo el paso en

Salta. Si los españoles lograban llegar a Tucumán, era muy probable que pudieran avanzar hacia Buenos Aires.

Hacer el Congreso allí era, en cierto modo, una demostración de fuerza, una manera de defender la revolución.

Otra razón importante fue que los diputados del interior eran mayoría y querían ponerle un límite al poder de

Buenos Aires.

En ese tiempo San Miguel de Tucumán era una pequeña ciudad. La decisión de realizar allí el Congreso trajo algunos

inconvenientes: iban a llegar muchas personas de golpe y la ciudad no estaba preparada para dar alojamiento a

tanta gente. Tampoco había un lugar lo suficientemente grande como para realizar las reuniones del Congreso.

Pero las cosas finalmente se resolvieron. Algunos congresales fueron alojados en casas de familias tucumanas,

cerca de la Plaza Mayor y el Cabildo. Otros pudieron ubicarse en los conventos o en las casas de algunos sacerdotes.

Una señora tucumana, Francisca Bazán de Laguna, prestó su casa —la más grande de la ciudad— para que se

realizaran las sesiones del Congreso, y hasta permitió que se derribaran paredes interiores para conseguir una

sala más amplia.

¿Qué pasó el 9 de julio de 1816?


En 1816 convergieron dos hechos fundamentales para la historia nacional: la declaración de la Independencia y la

organización final del plan de guerra de José de San Martín, que sería el garante de esa Independencia y la llevaría

más allá de las Provincias Unidas.

El contexto internacional donde esto ocurría era complejo: España se había liberado de los franceses y el Rey

Fernando VII había vuelto al trono y se predisponía a recuperar los territorios americanos que estaban en manos

de los revolucionarios. El ejército realista había comenzado a avanzar por toda la región derrotando a una parte

de los movimientos independentistas americanos.

En medio de esa situación, las Provincias Unidas se juntaron para decidir qué hacer ante el peligro realista. Cada

provincia eligió un diputado cada 15.000 habitantes. Las sesiones del Congreso se iniciaron el 24 de marzo de 1816

35
con la presencia de 33 diputados de diferentes provincias de un territorio bien diferente a lo que hoy es Argentina.

Por ejemplo: Charcas, hoy parte de Bolivia, envió un representante. En cambio, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe

no participaron del Congreso porque estaban enfrentadas con Buenos Aires y en ese entonces integraban la Liga

de los Pueblos Libres junto con la Banda Oriental, bajo el mando del Gral. José Gervasio Artigas.

Lo fundamental del Congreso fue que el 9 de julio de 1816 los representantes firmaron la declaración de la

Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica y la afirmación de la voluntad de “investirse del alto

carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli” y “de toda otra

dominación extranjera”. De este modo, después del proceso político iniciado con la Revolución de Mayo de 1810,

se asumió por primera vez una manifiesta voluntad de emancipación.

La formación del ejército del libertador


Una de las primeras tareas de la Primera Junta, en 1810, fue la formación de un ejército regular, ya que las milicias

populares surgidas durante las invasiones inglesas habían demostrado ser más leales a sus jefes directos que al

gobierno. La necesidad de pelear contra los realistas en varios frentes, condujo a la militarización de la sociedad.

Debido a este fenómeno, los ejércitos comenzaron a intervenir en la política del Río de La Plata.

En 1812, San Martín, Alvear y otros militares formados en España, llegaron a Buenos Aires y ofrecieron sus

servicios al gobierno revolucionario. Además se incorporaron con entusiasmo a la vida política porteña a través de

la Logia Lautaro, una organización que imitaba el modelo europeo de las sociedades masónicas y liberales. La Logia

Lautaro había adoptado ese nombre en homenaje a un legendario cacique mapuche que había resistido a la conquista

española. El objetivo de la Logia era luchar por la independencia y, para ello, incorporaron a los dirigentes de la

Sociedad Patriótica, el club patriótico que agrupaba a los seguidores de Mariano Moreno. El poder de la Logia

Lautaro quedó en evidencia cuando el ejército depuso al Primer Triunvirato, en octubre de 1812.

San Martín, gobernador de Cuyo


El ejército patriota acumulaba más derrotas que victorias en los primeros enfrentamientos contra los realistas,

pero la llegada de los militares profesionales implicó una reforma del ejército que modificó el rumbo de la guerra

revolucionaria. José de San Martin creó el Regimiento de Granaderos a Caballo, que debía proteger la franja

costera del río Paraná. Con esa fuerza obtuvo una victoria en 1813, en el combate de San Lorenzo. El prestigio

obtenido por ese rápido triunfo llevó a la designación de San Martín como jefe del Ejército del Norte.

Sin embargo, San Martín logró convencer a las autoridades porteñas de que no debía concentrar sus fuerzas en

el Alto Perú, por lo que fue nombrado gobernador de Cuyo. Ese cargo le permitía organizar una fuerza

expedicionaria capaz de invadir Chile. Desde Mendoza, San Martín se abocó a la tarea de formar el Ejército de

Los Andes. Reunió en un solo ejército a los refugiados chilenos, afrodescendientes, milicias locales de Cuyo, gran

cantidad de voluntarios de su provincia y varios oficiales del Ejército del Norte.

36
El desarrollo de la guerra de independencia
El Alto Perú
El Alto Perú era una región de gran importancia económica por sus
minas de plata y porque allí se acuñaba moneda. También tenía
importancia estratégica, dado que se hallaba cerca de Lima, centro del
poder militar español. Por esas razones, los gobiernos revolucionarios
ordenaron tres campañas militares para recuperar esta zona. La
primera fracasó en 1811. La segunda (1812-1813), dirigida por Manuel
Belgrano comenzó con los importantes triunfos de Tucumán y Salta;
pero las tropas fueron derrotadas cuando se internaron en el territorio
altoperuano. Finalmente, una tercera campaña realizada en 1815
demostró que era imposible tener éxito frente a los españoles en esta
región, ya que podían renovar permanentemente sus recursos y tropas
desde el Perú.

Paraguay
Durante el virreinato, la economía del
Paraguay había estado subordinada a
Buenos Aires, que le cobraba altos
impuestos y controlaba el tráfico comercial,
por esa razón, en 1810 se negó a aceptar la
autoridad de la Primera Junta. Manuel
Belgrano, al frente de un pequeño ejército,
realizó una campaña en la que fue
derrotado. En mayo de 1811, los criollos
paraguayos declararon su independencia.

La Banda Oriental
Las autoridades revolucionarias realizaron dos sitios a la ciudad de Montevideo. El
primero fracasó en 1811 debido a la falta de una flota que hiciera frente a la
española y a las diferencias entre jefes porteños y José Gervasio Artigas. El segundo
sitio se inició en 1812. La victoria comandada por el almirante Guillermo Brown
permitió que las tropas porteñas tomaran Montevideo en 1814.

La independencia de América
Entre 1814 y 1824 se desarrolló la segunda etapa de la lucha por la independencia de la América
española. San Martín y Bolívar dirigieron acciones militares coordinadas que permitieron poner fin al
dominio español en América del Sur. En este período también se independizaron México, América Central y
Brasil.

La segunda etapa de la guerra de independencia


En 1814 comenzó, entonces, la segunda etapa de la lucha por la independencia, que se prolongó hasta 1824. Algunos

de los principales líderes de la independencia americana, entre los que se destacaban San Martín y Bolívar,

diseñaron un plan para la independencia de toda América del Sur.

San Martín emprendería sus campañas militares desde las provincias unidas, al sur y Bolívar desde Venezuela, al

norte. Ambas fuerzas debían converger en el principal bastión realista, el Perú. Para llevar a cabo este plan

continental tuvieron que organizar ejércitos más disciplinados y coordinar sus acciones.

37
Al mismo tiempo…
La segunda etapa de la guerra de independencia
hispanoamericana se desarrolló al mismo tiempo
que en Europa se producía la restauración
monárquica tras la caída de Napoleón.

Los preparativos de San Martín


Ante los sucesivos fracasos de las campañas al Alto Perú, San Martín concibió derrotar a los españoles, primero

en Chile y luego, por medio de una expedición marítima, en el Perú. Así se lograría aislarlos en el Alto Perú, región

que quedaría como el último lugar a liberar en América del Sur. Para formar el ejército que cruzaría la Cordillera

de Los Andes hacia Chile, asumió como gobernador de Cuyo en 1814. Desde 1816, el nuevo Director Supremo, Juan

Martin Pueyrredón colaboró activamente enviando dinero y recursos materiales para equipar las tropas.

38
En el campamento El Plumerillo, en Mendoza, fray Luis Beltrán dirigió un taller en el que hacían y reparaban armas.

Se reunieron provisiones para alrededor de un mes: ganado en pie, galletas, harina de maíz tostada, charqui (carne

salada) molido con grasa, queso, vino, yerba mate, azúcar y ají picante. Para el mareo que provoca la altura llevaron

ajos y cebollas. Se prepararon mantas y ponchos para abrigar a los hombres y animales y grandes zapatones

rellenos con trapos de lanas para evitar el congelamiento de los pies. Como el cruce debía ser hecho a lomo de

mula, se alistaron 7.359 mulas de silla, además de las 1922 para carga y para cuando hubiera que pelear, 1.600

caballos. Atento a la salud de sus hombres, San Martín llevó 47 médicos de campaña. El Ejército de los Andes llegó

a reunir más de 5.000 hombres.

La guerra de zapa
Con el fin de confundir a los
españoles de Chile, San Martin
preparó un sistema de
espionaje, al que denominó
“guerra de zapa”. Cuando
faltaba poco para el cruce, dio
información falsa sobre la
cantidad de soldados y las
rutas que seguirían a los
Pehuenches, los aborígenes que
controlaban los pasos al sur de
Los Andes. Tal como esperaba,
estos vendieron esa información
a los españoles. También envió
al ingeniero Alvarez Condarco a
Santiago de Chile para que
averiguara datos sobre las
fuerzas enemigas y reconociera
los pasos cordilleranos.

Las campañas de Chile y Perú


A mediados de enero de 1817, el Ejército de Los Andes comenzó el cruce de la cordillera por seis pasos diferentes.

Dos columnas principales atravesaron por los pasos de Uspallata, al mando de Gregorio Las Heras, y de Los Patos,

bajo las órdenes de San Martín y del militar chileno Bernardo de O'Higgins. Por los otros pasos -dos al norte y

dos al sur de los principales- marcharon pequeños grupos de cien y doscientos hombres. A principios de febrero,

las tropas llegaron a tierra chilena.

39
El 12 de febrero de 1817, el Ejército de Los Andes derrotó a los españoles en la batalla de Chacabuco. Este triunfo

permitió tomar Santiago de Chile. O'Higgins fue nombrado Director Supremo y el 12 de febrero de 1818 declaró

la independencia chilena. Pero en la noche del 19 de marzo de 1918, los realistas atacaron por sorpresa el

campamento patriota de Cancha Rayada. Hubo que hacer un gran esfuerzo para reorganizar las tropas. Finalmente,

con la intención de defender la capital chilena, el 5 de abril de 1818 San Martín enfrentó a los españoles en la

Batalla de Maipú. Fue una victoria tan importante que aseguró la libertad de Chile.

En 1820, una flota al mando del irlandés Thomas Cochrane partió de Valparaíso (Chile) rumbo al Perú, donde se

libró la guerra contra los realistas por mar y por tierra. En 1821, San Martín logró apoderarse de Lima. El 28 de

julio declaró la independencia peruana y fue nombrado Protector del Perú. En ese cargo tomó medidas liberales,

como la abolición de la esclavitud y del tributo indígena y la difusión de la educación pública.

Una independencia rápida


La independencia de Brasil fue un proceso más rápido y menos cruento que el del resto de Sudamérica. La corona

portuguesa, al huir de la invasión napoleónica, se había establecido en Río de Janeiro, donde residió hasta 1821.

Ese año, el rey Juan VI regresó a Portugal para afirmar su autoridad luego de una revolución liberal. Su hijo Pedro,

nombrado regente de Brasil, proclamó la independencia el 7 de septiembre de 1822. Tras una breve guerra, la

mediación británica llevó a que Portugal reconociera al nuevo Estado, a cambio de indemnizaciones.

Las campañas de Bolívar


Debido a la derrota de la revolución en Venezuela y en Nueva Granada, Bolívar se había exiliado en Jamaica. Luego,

se trasladó a Haití, desde donde organizó la reconquista de Venezuela. En 1816 desembarcó en la Isla Margarita

e inició sus campañas contra los realistas. Al año siguiente tomó Angostura, donde organizó la Tercera República

Venezolana. Para consolidar su poder, incorporó a los sectores populares al ejército: liberó a los esclavos que se

sumaron como soldados y pactó con los llaneros que, por entonces, tenían un nuevo jefe, José Antonio Páez.

En 1819 emprendió la campaña libertadora de Nueva Granada, para lo cual coordinó acciones con el jefe militar

Francisco de Paula Santander. Después de cruzar Los Andes colombianos, derrotó a los españoles en Boyacá y

ocupó Bogotá. A fines de ese año, Nueva Granada y Venezuela se unieron en una república, la Gran Colombia,

presidida por Bolívar. En 1821 emprendió la campaña para la independencia de Venezuela, que se consolidó con el

triunfo en la batalla de Carabobo. Al año siguiente incorporó Quito y Guayaquil a la Gran Colombia.

La entrevista de Guayaquil
Pese a la declaración de la independencia en el Perú continuaba la guerra contra los españoles. Las fuerzas

comandadas por San Martín no eran suficientes para derrotar a los realistas y existían divergencias políticas

entre los revolucionarios. San Martín buscó entonces el apoyo de Bolívar. El 26 y el 27 de julio de 1822, ambos

libertadores mantuvieron la entrevista de Guayaquil. Dado que la reunión fue secreta, no se sabe lo que hablaron,

pero si sus consecuencias: San Martín renunció a sus cargos políticos y militares, abandonó Perú y regresó a las

Provincias Unidas del Río de La Plata. Bolívar quedó a cargo de la etapa final de la independencia americana:

completó la campaña del Perú y liberó el Alto Perú que, desde 1825, se constituyó en un nuevo país: Bolivia.

40
LAS PROVINCIAS UNIDAS ENTRE 1820 Y 1832
Los enfrentamientos entre distintos proyectos de organización del país dominaron el panorama político de

las Provincias Unidas en la década de 1820. A pesar de los intentos de unificación, no se logró dictar una

constitución y resolver la cuestión de la forma de gobierno.

La disolución de las autoridades nacionales


La política centralista del Directorio y, en particular, la Constitución de 1819, agudizaron los conflictos entre el

gobierno central y las provincias. En junio de 1819, Pueyrredón renunció al cargo de Director Supremo y fue

reemplazado por José Roundeau, quien debió hacer frente a la oposición de las provincias del Litoral.

En febrero de 1820, Estanislao López y Francisco Ramírez, caudillos de Santa Fe y Entre Ríos respectivamente,

derrocaron al ejército dictatorial en la batalla de Cepeda. Los ganadores impusieron la disolución del Congreso

y la destitución del Director. En consecuencia, se puso fin al gobierno central y cada provincia asumió su propia

autonomía, es decir, se gobernó a sí misma. Así se establecieron los principios republicanos y federales, en

reemplazo del modelo centralista que encarnaba el Directorio.

A partir de ese año se organizaron los Estados


provinciales, alrededor de las ciudades cabecera y sus
campañas. Si bien al comienzo hubo numerosos
conflictos por el poder, finalmente cada provincia
sancionó su estatuto o constitución, mediante el cual
estableció sus instituciones: un gobernador (Poder
Ejecutivo), una legislatura o Junta de representantes
(Poder Legislativo) y jueces y tribunales de justicia
(Poder Judicial).
La crisis política en la provincia de Buenos Aires
Después de Cepeda, la provincia de Buenos Aires
atravesó una profunda crisis política. Un cabildo
abierto formó una Junta de Representantes que eligió
a Manuel de Serratea como gobernador. Este firmó
con López y Ramirez el Tratado del Pilar, acuerdo que
despertó la oposición de los dictatoriales, quienes se
negaban a someterse a los caudillos del Litoral.
La crisis se agudizó a tal punto que el 20 de junio de
1820 es conocido como "el día de los tres
gobernadores", debido a que Indelfonso Ramos Mejía,
el Cabildo y Estanislao Soler decían ejercer la máxima
autoridad en la provincia. El territorio provincial fue
invadido por las tropas santafesinas de López y se
sucedieron enfrentamientos armados. Finalmente, a
fin de año, una nueva Junta de Representantes,
integrada por los propietarios de la campaña y
comerciantes de la ciudad, eligió a Martín Rodríguez
como gobernador.

41
Entre el centralismo y el federalismo
Durante el período revolucionario (1810-1820) fracasaron los intentos de dictar una constitución y consolidar una

forma de gobierno estable. El enfrentamiento de distintos proyectos políticos, derivados de los intereses

divergentes de los grupos que constituían la sociedad llevó a que se fueran definiendo dos propuestas. Una de

ellas: el centralismo, consideraba que la organización política del país debía realizarse mediante un gobierno

central fuerte. La otra, el federalismo, reclamaba una organización política nacional en que las provincias

conservaran plena autonomía.

Entre 1820 y 1852, la historia de las Provincias Unidas estuvo signada por el enfrentamiento de los dos proyectos

derivados de estas propuestas: el unitarismo y el federalismo.

El proyecto unitario
Los unitarios sostenían una concepción política que provenía del centralismo del período revolucionario, por lo tanto

postulaban la necesidad de un gobierno central fuerte. Consideraban que la nación preexistía a las provincias y que

éstas eran simples divisiones internas sin derecho a la autonomía, de manera tal que los reclamos provinciales eran

vistos como una amenaza al orden necesario para el funcionamiento del Estado.

En materia económica querían mantener el librecambio y l hegemonía portuaria porteña, es decir, que Buenos Aires

siguiera siendo puerto único y que los ingresos de la aduana solo correspondieran a esa provincia.

Sus partidarios eran intelectuales –muchos de ellos influidos por las ideas liberales europeas-, comerciantes y

militares. Si bien la defensa del centralismo y de la hegemonía porteña favorecía a Buenos Aires, también hubo

unitarios en las provincias. Se trataba de sectores con vínculos económicos con el puerto, intelectuales de ideas

liberales o antiguas familias que habían perdido el control de las provincias por el ascenso de algún caudillo federal.

El principal intento de imponer el modelo unitario correspondió a la presidencia de Bernardino Rivadavia (1826-

1827).

El proyecto federal
Los federales concebían una forma de organización basada en la asociación voluntaria de las provincias, que

delegaban algunas atribuciones para constituir el poder central, pero conservaban su autonomía. Para ello se debía

sancionar una constitución federal, según la cual las provincias conservaban la capacidad de elegir a sus

autoridades, dictar constitución y leyes propias y administrar asuntos locales.

Los partidarios del federalismo constituían un grupo heterogéneo, en el que era predominante la adhesión de los

sectores rurales y de los hacendados. En materia económica existían diferencias regionales:

• Para los federales del Interior era necesaria una política aduanera proteccionista que favoreciera a las

producciones locales, y el reparto de los derechos de aduana entre todas las provincias.

• Los federales del Litoral reclamaban la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay y la apertura de

puertos, para desarrollar el comercio sin depender de Buenos Aires.

42
• Por su parte, los federales Porteños se negaban a la apertura de otros puertos y a compartir los ingresos

de la aduana con las otras provincias.

Los tratados interprovinciales


Los federales consideraban que mientras no se dictase una constitución, la unión nacional se aseguraría mediante

pactos interprovinciales. En 1820, Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe firmaron el Tratado de Pilar, por el cual

establecían la paz, se comprometían a reunir un futuro congreso constituyente y garantizaban la libre navegación

de los ríos Paraná y Uruguay. Ese mismo año, Buenos Aires y Santa Fe suscribieron el Tratado de Benegas, por el

que acordaban la paz y la reunión de un congreso en Córdoba. En 1822, el Tratado del Cuadrilátero, firmado por

Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes, retomó el tema del congreso y estableció una alianza militar y la

libre navegación de los ríos.

La “feliz experiencia” de Buenos Aires


Después de la disolución de las autoridades nacionales, en Buenos Aires se constituyó un grupo dirigente que incluía

políticos y miembros de los grupos económicos poderosos (comerciantes y hacendados). Se lo denominó Partido

del Orden porque su principal objetivo era realizar una serie de reformas que dieran paz y prosperidad a la

provincia después de la crisis política de 1820. Para llevar adelante su plan, estos hombres disponían de los recursos

antes absorbidos por la guerra de independencia y de los ingresos de la aduana.

El principal impulsor de estos cambios fue Bernardino Rivadavia, ministro de gobierno de Martín Rodríguez.

Algunos de sus contemporáneos llamaron a esta etapa la “feliz experiencia” porque consideraron que las reformas

favorecieron a la provincia.

Las reformas rivadavianas


Rivadavia propició la modernización de la provincia en función de ideas que había traído de Europa. Una serie de

reformas político-administrativas tuvo por objetivo superar la superposición de atribuciones y funciones que

venía de la era colonial y centralizar el poder en manos del grupo gobernante. Suprimió los dos cabildos existentes

en la provincia (los de Buenos Aires y Luján) y creó una Junta de Representantes como Poder Legislativo. Para la

elección de representantes se estableció el sufragio universal masculino, es decir, se convirtió en votantes a todos

los varones mayores de edad, sin importar cual fuera su condición social. Además se dictó una ley de retiro para

empleados civiles, con el objetivo de racionalizar la administración pública, y se exigió mayor capacitación al nuevo

personal.

La reforma en la administración de justicia creó dos instancias judiciales. La primera, letrada y rentada, era

ejercida por dos jueces en la capital y tres en la campaña. La segunda, lega y gratuita, correspondía a los jueces

de paz. Para organizar la seguridad, se creó el Departamento de Policía.

Una importante reforma militar buscó reducir los excesivos gastos de guerra y poner fin a la politización de los

cuerpos militares, que en varias ocasiones se habían levantado contra los gobiernos civiles. Una ley dispuso el

retiro de muchos militares; pero como resultó difícil cubrir las vacantes, se recurrió al reclutamiento “forzoso de

43
vagos y mal entretenidos”. Al nuevo ejército se le asignaba como tarea principal la defensa de la frontera y de la

campaña contra los ataques indígenas, asunto que era de máximo interés para los propietarios rurales.

La reforma eclesiástica produjo enfrentamientos entre la autoridad civil y la religiosa. El gobierno suprimió el

diezmo y algunas órdenes religiosas, cuyos bienes (propiedades rurales y urbanas y esclavos) pasaron al Estado

provincial, y estableció la secularización del clero regular.

Las reformas culturales favorecieron el surgimiento de nuevos periódicos y la creación de asociaciones como la

Sociedad Literaria y la Sociedad de Beneficencia. En 1821, el gobierno fundó la Universidad de Buenos Aires, a la

que encargó también la educación primaria y la secundaria.

El gobernó de Martín Rodríguez, a instancias de Rivadavia, también introdujo innovaciones económicas que

buscaban favorecer las actividades agroexportadoras y comerciales. Así creó el Banco de Descuentos, la primera

institución de este tipo en el país, destinado a generar operaciones de crédito, y fomentó la importación de ovejas

para diversificar la producción ganadera. También promovió la expansión de la frontera para incorporar nuevas

tierras a la producción.

El Congreso General Constituyente de 1824-1827


El intento unitario de organizar el país bajo un régimen centralista ocupó los años que siguieron a la administración

de Martín Rodríguez. Un conflicto exterior, la guerra con el Brasil, resultado de la expansión imperialista de aquel

Estado, creó una nueva situación sin contribuir a afianzar la unidad nacional quebrada por el enfrentamiento de

unitarios y federales. En tal medio se desarrolló la presidencia de Rivadavia.

El 2 de abril de 1824, al terminar el mandato de Martín Rodríguez, la Legislatura de la provincia de Buenos Aires

eligió como gobernador de la misma a Juan Gregorio Las Heras. Eficaz colaborador de San Martín en sus campañas.

Intentó conservar los mismos ministros de la anterior administración y sólo Rivadavia no aceptó continuar en el

cargo y el 26 de junio se embarcó para Europa.

En diciembre de 1824 el Congreso comenzó a sesionar en Buenos Aires y las resoluciones que adoptó estuvieron

estrechamente relacionadas con el desarrollo que tuvo el conflicto con el Brasil. Durante los primeros meses, el

acuerdo entre las provincias pareció posible.

En enero de 1825, el Congreso sancionó la Ley Fundamental. En ella, los representantes declaraban la voluntad

unánime de mantener unidas las provincias y asegurar su independencia. Declaraban que el Congreso era

constituyente pero que la futura Constitución sólo sería válida después de la aprobación de todas las provincias.

Encomendaban en forma provisional al gobierno de Buenos Aires el manejo de las relaciones exteriores, y al mismo

tiempo afirmaban el principio de las autonomías provinciales, ya que el gobierno de las provincias continuaba a

cargo de sus propias instituciones hasta la aceptación de la nueva Constitución. Pero la iniciación de la guerra

contra el Brasil hizo necesarias rápidas resoluciones.

Rivadavia presidente
Para llevar adelante la guerra con el Brasil, a principios de 1826 el Congreso dictó una Ley de Presidencia. Se

creaba así un nuevo gobierno central, y para el cargo fue nombrado Bernardino Rivadavia. Este representante de

las ideas unitarias tuvo una fuerte oposición de los federales, tanto del Interior como de Buenos Aires. En

44
particular, los federales porteños rechazaban la Ley de Capitalización aprobada por el Congreso. Esta norma

declaraba a Buenos Aires capital del poder nacional recientemente creado, al que se subordinaba un territorio que

iba desde Tigre hasta el puente de Márquez y desde este hasta Ensenada, en línea paralela al Río de La Plata. De
El primer préstamo
esta manera, la provincia perdía la principal franja para el comercio ultramarino y los recursos aduaneros, que

pasaban a manos del gobierno nacional. Además, esta ley dejaba a Buenos Aires sin autoridades propias

(gobernador y Junta de Representantes). Los grandes comerciantes y los hacendados se opusieron firmemente a

la pérdida de autonomía, razón por la cual le quitaron apoyo político a Rivadavia.

En 1824, el gobierno de la provincia de Buenos Aires recibió un préstamo de la empresa inglesa Baring
Brothers. Rivadavia se proponía emplear ese dinero en fomentar la modernización de la ciudad mediante la
construcción del puerto y la instalación de un servicio de aguas corrientes; además pretendía fundar tres
pueblos en la frontera. Del millón de libras esterlinas pedido, solo llegaron 560.000 libras, ya que el resto
fue utilizado para pagar los comisionistas y para adelantar el pago de intereses. Los recursos nunca se
dedicaron al desarrollo económico sino a la especulación financiera y a los gastos militares (guerra con el
Brasil y guerra civil). La Argentina terminó de pagar esta deuda recién en 1904.

La guerra del Brasil


Con la creación del imperio del Brasil, en la Banda Oriental se reavivó el intento por terminar con la ocupación

extranjera. En 1825, partió desde Buenos Aires la expedición de los 33 orientales, encabezada por Juan Antonio

Lavalleja, que proclamó la reincorporación del territorio a las Provincias Unidas. El Congreso, luego de la victoria

de Lavalleja en Sarandí, aceptó a los diputados orientales. Esta decisión dio inicio a la Guerra con el Brasil. Pese

al importante triunfo de Alvear en la Batalla de Ituzaingó (1827), el conflicto se convirtió en una larga guerra de

desgaste. Los gastos militares y el bloqueo del río por la flota brasileña produjeron un creciente deterioro

económico y político. Tanto los comerciantes y hacendados locales como los comerciantes ingleses reclamaron el

fin de las hostilidades en beneficio de sus actividades.

Una nueva disolución de las autoridades nacionales


Las relaciones entre Rivadavia y las provincias se agravaron luego de la sanción de una Constitución Centralista,

en diciembre de 1826. Este documento establecía que los gobernadores provinciales serían elegidos por el

presidente. Además restringía el derecho al voto: criados, peones, jornaleros, soldados de línea y “vagos” quedaban

excluidos de la participación política. Las provincias en su mayoría rechazaron esta constitución.

El poder de Rivadavia se debilitó aún más cuando su enviado a firmar la paz con Brasil aceptó entregar la Banda

Oriental a este país. Rivadavia renunció y el Congreso nombró a Vicente López y Planes como presidente

provisional y restituyó sus autoridades a la provincia de Buenos Aires. Manuel Dorrego, un federal con amplio

apoyo en los sectores populares urbanos, asumió como gobernador. Al poco tiempo, carente del respaldo de las

provincias, López y Planes renunció, lo que puso fin a otro intento por restablecer autoridades nacionales. El

45
Congreso se disolvió y la provincia de Buenos Aires se hizo cargo del manejo de la guerra y las relaciones

exteriores.

La guerra civil se extiende


Dorrego enfrentó una fuerte oposición de los grupos unitarios que habían sido desplazados del poder, pero también

de los federales del Interior que no confiaban en él porque era porteño. Para concluir la guerra con el Brasil debió

firmar un acuerdo que aceptaba una propuesta diplomática británica. Por este tratado, la Banda Oriental se

convertía en Estado independiente, con el nombre de República Oriental del Uruguay.

Los unitarios, dispuestos a recuperar el poder, ganaron para sus planes a dos generales que habían vuelto de la

guerra con el Brasil: Juan Lavalle actuaría en Buenos Aires y el Litoral y José María Paz en el Interior. El 1 de

diciembre de 1828, Lavalle dirigió un golpe de Estado. Una asamblea organizada por los unitarios al margen de las

leyes vigentes lo nombró gobernador. Por presión de los dirigentes unitarios, Lavalle decidió el fusilamiento de

Dorrego, sin juicio previo. Esta drástica decisión hizo que se extendiera la guerra civil en el territorio bonaerense.

A principios de 1829, Lavalle debió enfrentar a fuerzas federales santafesinas y bonaerenses. El hacendado

federal Juan Manuel de Rosas propició un levantamiento de campaña contra el nuevo gobierno. Las causas de esta

movilización fueron el temor a la reimplantación de la leva militar (reclutamiento de soldados para el ejército), las

penurias económicas derivadas de una sequía, la sobreoferta de mano de obra tras el regreso de las tropas del

Brasil y la ejecución de Dorrego, quién había beneficiado a los sectores rurales con la suspensión de la leva. En

abril, Lavalle fue derrotado. Para poner fin a las hostilidades, firmó con Rosas dos acuerdos sucesivos. El primero,

el Pacto de Cañuelas, convocaba a elecciones de la Legislatura con una lista conjunta de unitarios y federales.

Como los dos bandos rechazaron esta condición, mediante el Pacto de Barracas, eligieron a Juan José Viamonte

como gobernador interino.

ÉPOCA DE ROSAS ¿Quién era Rosas?

Juan Manuel de Rosas (1793-1877) pertenecía a una rica familia de hacendados bonaerenses. Fue un temprano

conocedor de la vida de campo y convivió con gauchos e indios en la estancia familiar del Rincón de López, en el

actual partido de Magdalena. A los dieciocho años asumió la administración de esa propiedad. Poco tiempo después

se asoció con Juan Nepomuceno Terrero para desarrollar la producción ganadera y saladeros de pescados y de

carne. Cuando el Directorio cerró los saladeros, Rosas y su socio se dedicaron a la cría de ganado en gran escala:

compraron campos en la Guardia del Monte y fundaron la Estancia Los Cerrillos. Durante los acontecimientos de

1820, intervino con sus milicias, los Colorados del Monte, a favor de Martín Rodríguez. En 1825, Las Heras le

encomendó que estableciera alianza con los indígenas en la frontera Sur. En 1827, López y Planes lo designó

comandante General de Milicias de Campaña y presidente de la Comisión Pacificadora de Indios.

Rosas gobierna Buenos Aires

46
Luego del interinato de Viamonte, la legislatura de Buenos Aires eligió, en diciembre de 1829, a Juan Manuel de

Rosas como gobernador de la provincia. Contaba con el apoyo de grupos sociales altos –hacendados y comerciantes-

y de los sectores populares del campo y la ciudad.

Dadas las circunstancias de violencia política de la etapa anterior y de los enfrentamientos que persistían del

Interior, a nuevo gobernador se le concedieron facultades extraordinarias, es decir, la posibilidad de suspender

las garantías individuales (por ejemplo, la libertad de expresión). También se le otorgó el título de Restaurador

de las Leyes, por haber restablecido las instituciones provinciales.

Rosas ordenó las finanzas provinciales y controló el gasto público. Su gobernación fue un período de prosperidad

económica en Buenos Aires. Al mismo tiempo, siguió una política intransigente con respecto a sus enemigos

políticos, los unitarios, y persiguió a la prensa opositora a su gobierno. Como

símbolo de la Federación estableció el uso de la divisa punzó, obligatoria para empleados civiles, eclesiásticos y

militares.

La Liga del Interior y el Pacto Federal

Mientras Rosas negociaba con Lavalle, Paz derrotó al gobernador de Cérdoba, Juan Bautista Bustos y tomó el

poder en esa provincia. También derrotó al caudillo riojano Facundo Quiroga en las Batallas de La Tablada y

Oncativo. Así, Paz, extendió su poder a otras provincias, con las que formó la Liga del Interior, de ideología

unitaria en 1830.

Al mismo tiempo, en el Litoral se consolidó otro bloque. En 1831, Buenos Aires, Entre Ríos y Santa Fe establecieron

una alianza denominada Pacto Federal. Sus objetivos eran enfrentar a las fuerzas unitarias del Interior y formar

una Comisión Representativa de los gobiernos del Litoral, con facultades para celebrar la paz, declarar la guerra

e invitar a las demás provincias a unirse bajo el sistema federal.

En mayo de 1831, cuando Paz se disponía a atacar a las fuerzas santafesinas, fue sorprendido por un grupo de sus

enemigos, que lo tomó prisionero. En los meses siguientes, los ejércitos federales dirigidos por López y Quiroga

se impusieron a la Liga del Interior, con una serie de victorias que terminaron en Tucumán. Hacia fines de 1831,

todas las provincias habían adherido a Pacto Federal.

Como resultado de esta guerra civil, tres caudillos federales pasaron a controlar la situación: Facundo Quiroga en

el Interior, Estanislao López en el Litoral y Juan Manuel de Rosas en Buenos Aires.

La incorporación de tierras

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El principal obstáculo para el desarrollo de la ganadería bonaerense lo constituían los indígenas, ya que ocupaban

gran parte del territorio de esa provincia. Además realizaban malones contra las estancias y fortines. En la década

de 1820, alentados por la demanda externa, los hacendados de Buenos Aires comenzaron un proceso de expansión

de la frontera. Con ese fin, el gobernador Martín Rodríguez realizó en 1823 una expedición militar llamada

campaña al desierto, que le permitió extender la frontera hasta Tandil. Las tierras ganadas a los nativos fueron

vendidas o cedidas por el gobierno a particulares: hacendados, militares, grandes comerciantes y partidarios de

la política oficial.

Cuando Rivadavia solicitó el préstamo a la casa inglesa Baring Brothers, puso como garantía las tierras públicas de

la provincia, que por esa razón no podían ser vendidas hasta no saldar la deuda. Para obtener provecho de ellas,

dictó la

Ley de Enfiteusis, es decir, de alquiler de esas tierras por largo plazo. Mediante esa ley se impulsó el poblamiento

rural hasta el río Salado. A pesar de que Rivadavia se propuso alentar la producción agrícola y el acceso a la tierra

de pequeños propietarios, el resultado fue el incremento de la gran propiedad ganadera. Los mismos grupos que

ya poseían tierras vieron la oportunidad para aumentar su patrimonio.

Luego de completar su primer mandato como gobernador (1829-1832), Rosas emprendió una nueva campaña que

llegó hasta el Río Colorado. Logró incorporar 2.900 leguas cuadradas de tierras a la producción ganadera y frenar

los ataques indígenas mediante alianzas con algunas comunidades. Las nuevas tierras fueron repartidas de modo

similar al que se había utilizado anteriormente pero, en este caso, a favor de los partidarios de Rosas.

El comercio porteño

48
En los primeros años de la década de 1820, luego de la disolución de las autoridades nacionales y en pleno uso de

su autonomía, la provincia de Buenos Aires intensificó sus vínculos comerciales con Gran Bretaña. Entre las

importaciones británicas pueden distinguirse textiles, carbón, hierro, acero y productos de ferretería. Partes de

estas mercaderías competían con la producción del interior, lo que dio lugar a la polémica sobre el manejo de la

aduana por el gobierno bonaerense.

En 1825, el gobierno de la provincia, ante la falta de autoridades nacionales, firmó el Tratado de Amistad, Comercio

y Navegación entre Gran Bretaña y las Provincias Unidas. Este documento implicaba el reconocimiento de la

Independencia de las Provincias Unidas y aseguraba las relaciones comerciales entre ambos países. Además

establecía perpetua

amistad entre los dos Estados y recíproca libertad de comercio y navegación. A los ingleses que residieran en el

Río de La Plata se les aseguraba la libertad de culto, se los eximía del servicio militar y de los empréstitos forzosos.

En este período también aumentaron las importaciones provenientes de los Estados Unidos, entre las que se

hallaban armas, barcos, municiones, sombreros, calzados, monturas, muebles, tejidos de lana y algodón, harina y

pescado.

Glosario Una polémica que hizo época


Durante el primer gobierno de Rosas, en ocasión de
Malón: Ataque realizado por un grupo de
las reuniones para la firma del Pacto Federal, se
indígenas a estancias y poblaciones de la
produjo un debate acerca de cuál era la política
zona de frontera con el objetivo principal
económica más conveniente. El representante
de obtener ganado.
porteño, José María Roxas y Patrón, se opuso a la
Desierto: los blancos llamaban desierto a
política económica proteccionista porque
los territorios que pertenecían al margen
consideraba que las restricciones afectaban al
de su civilización, bajo dominio de los
comercio exterior y constituían un obstáculo al
indígenas de la pampa. La literatura del
desarrollo de la ganadería, “la industria natural del
siglo XIX popularizó la imagen del desierto
país”. Sostuvo también la centralización de las
como un territorio hostil y misterioso,
rentas de la aduana de Buenos Aires. Por su parte,
tanto por sus habitantes como por las
Pedro Ferré, representante de Corrientes, expresó
características del paisaje..
la opinión de las provincias del Litoral y del

Interior: la necesidad de una política

proteccionista, la habilitación de otros puertos y la

distribución de los ingresos aduaneros, hasta

entonces monopolizados por Buenos Aires.

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LA CONFEDERACIÓN ARGENTINA (1835-1852)
En 1835, Rosas asumió por segunda vez el gobierno de la provincia de Buenos Aires. Mediante un sistema que
combinaba alianzas y represión de los opositores, logró dirigir una confederación de las provincias argentinas.
Permaneció en el poder hasta su derrota en 1852.

Los desacuerdos entre los federales de Buenos Aires


En 1832, la legislatura bonaerense eligió a Rosas para un segundo período de gobierno. Pero el restaurador rechazó

el cargo porque no le renovaron las facultades extraordinarias. Prefirió en cambio, alejarse de la ciudad y realizar

la campaña del desierto de 1833.

En Buenos Aires asumió como gobernador federal Juan Ramón Balcarce, quien debió enfrentar serios problemas

económicos y la división de los federales. Los federales netos o apostólicos, organizados por Rosas y su esposa,

Encarnación Ezcurra, mantuvieron su fidelidad a Rosas, en tanto los lomos negros, doctrinarios o cismáticos

fueron sus opositores. La disidencia se manifestó en los periódicos que defendían una u otra posición.

Un juicio contra el periódico rosista El Restaurador de las Leyes dio lugar a una maniobra política de los federales

apostólicos, quienes convencieron a los sectores populares de que Rosas sería juzgado. Alentados por Encarnación

Ezcurra, en noviembre de 1833, sus partidarios produjeron un levantamiento conocido como Revolución de los

Restauradores. La legislatura tuvo que ceder y reemplazó a Balcarce por Juan José Viamonte. Este no pudo

conciliar a los dos sectores del federalismo y renunció en junio de 1834. El gobierno quedó en manos del presidente

de la Legislatura, Manuel Vicente Maza.

La confederación rosista

Rosas ejerció un férreo poder en su provincia. Con medidas represivas persiguió toda oposición y contó con

instituciones dóciles, como la legislatura, que se renovaba anualmente con el sistema de lista única. Cada cinco años

era reelecto en el cargo de gobernador, como una mera formalidad.

Una vez consolidado su predominio en Buenos Aires, y ante la falta de caudillos opositores poderosos, fue

extendiendo su influencia en las provincias. Impuso, entonces, la idea de no convocar un Congreso Constituyente y

de conformar una unidad mediante la delegación del manejo de las relaciones exteriores en su persona. De esta

manera, se conformó la Confederación Argentina durante la etapa rosista.

Consenso y oposición

Rosas, al igual que en su primer gobierno, contó con una gran consenso de la provincia de Buenos Aires. Hacendados,

comerciantes, militares, sectores medios y clases bajas de la ciudad y la campaña apoyaron su gestión, convencidos

de su papel como promotor del orden y la prosperidad bonaerense. Adhesiones similares obtuvo en las provincias

al formarse la Confederación.

Sin embargo, para Rosas el restablecimiento del orden implicaba acallar toda voz opositora, ya se tratara de los

unitarios o de los federales contrarios a sus políticas. Dispuso numerosas cesantías de empleados, militares y

miembros de la iglesia señalados como enemigos de la causa federal. Impuso el uso obligatorio de la cinta punzó,

como símbolo de la incondicionalidad política.

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Contaba con la Sociedad Popular Restauradora, un grupo de rosistas incondicionales organizados como club político

por su mujer durante su campaña al desierto en 1833. Algunos integrantes de esta sociedad formaban un grupo

que realizaba acciones represivas contra los enemigos políticos, la Mazorca. Lo llamaron asó porque la proximidad

de los granos en la espiga de maíz simbolizaba la unión entre sus miembros.

Debido a la persecución del régimen rosista, muchos opositores optaron por emigrar. Montevideo fue el centro

principal donde se reunieron los unitarios, los federales cismáticos y los jóvenes de la Generación de 1937 que

huían de la represión.

El romanticismo en el Río de
La Plata
El romanticismo, movimiento cultural
desarrollado en Europa, llegó al Río de La
Plata en la década de 1830. Se manifestó
en la producción intelectual de la llamada
Generación del ’37, integrada por jóvenes
influidos por el liberalismo. Esteban
Echeverría, quien había conocido las
nuevas ideas en Europa, lideró el grupo del
que también formaban parte Juan María
Gutiérrez, Juan Bautista Alberdi, Miguel
Cané (padre), Vicente Fidel López y
Valentín Alsina. Se reunían en el Salón
Literario, ubicado en la trastienda de la
librería de Marcos Sastre, y publicaban
una revista llamada La Moda. Intentaron
influir en el rosismo con sus ideas de
reorganización democrática, pero fueron
perseguidos como opositores y debieron
emigrar.

Los levantamientos en el Litoral y en el Interior


Rosas continuó con la política de puerto único, que perjudicaba los intereses comerciales de las provincias del

Litoral. Por esa razón, en 1839, el gobernador correntino, Juan Genaro Berón de Astrada, inició un levantamiento

que fue derrotado por las tropas de Rosas.

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Ese mismo año, con apoyo francés y de los emigrados de Montevideo, Lavalle invadió Entre Ríos para iniciar una

campaña contra el gobernador de Buenos Aires. Derrotado en esa provincia en julio de 1840 y sin el apoyo que

esperaba de la población del Litoral, se dirigió al Norte, donde se había producido un levantamiento.

Agobiadas por las políticas intervencionistas de Rosas y por el estancamiento económico, las provincias de

Tucumán, Salta, Jujuy, Catamarca, La Rioja y Córdoba habían formado la Coalición del Norte contra el

Restaurador. Lavalle avanzó sobre Córdoba para plegarse a las fuerzas de esta alianza, pero fue derrotado en

Quebracho Herrado por las tropas rosistas, en noviembre de 1840.

A partir de ese momento, Rosas tuvo el control de la Confederación a través de sus aliados, como los gobernadores

Felipe Ibarra, de Santiago del Estero, Nazario Benavídez de San Juan y Pascual Echagüe y Justo José de Urquiza

de Entre Ríos. Solo Corrientes, periódicamente opondría resistencia.

Los conflictos internacionales


Rosas, quien había recibido de las provincias la delegación de las relaciones exteriores, enfrentó conflictos

armados con países extranjeros. Los principales fueron con Francia e Inglaterra.

A partir de 1830, Francia estaba interesada en ampliar su influencia en América Latina y en particular, aumentar

su presencia en el comercio rioplatense. En 1838, una escuadra de guerra bloqueó el puerto de Buenos Aires,

exigiendo para los ciudadanos franceses residentes en la Confederación la eximición del servicio militar, tal como

sucedía con los súbditos ingleses. El conflicto se resolvió con la firma del tratado Mackau-Arana que estableció

que los desacuerdos entre dos Estados sólo se podían resolver por la vía diplomática.

En 1845, los exiliados unitarios pidieron la intervención de Francia y Gran Bretaña con el fin de detener el avance

de Rosas y su aliado, el general Manuel Oribe, en el Uruguay. Estas potencias europeas vieron, entonces, la

oportunidad de presionar para obtener la libre navegación de los ríos Paraná y Uruguay que convenía a sus intereses

comerciales. Entre 1845 y 1848 llevaron adelante un nuevo bloqueo al Puerto de Buenos Aires. El 20 de noviembre

de 1845, cuando une escuadra anglofrancesa intentó navegar el Río Paraná por la fuerza, se produjo el combate

de la Vuelta de Obligado. Después de una lucha desigual, en la que las fuerzas rosistas trataron de impedirles el

paso, las naves extranjeras continuaron su recorrido. Sim embargo, no encontraron el mercado que esperaban: las

provincias del Litoral estaban empobrecidas y poco era lo que podían comprar.

El tratado Arana-Southern-Lépredour de 1849 puso fin a este conflicto. Los países europeos reconocían a Oribe

como presidente del Uruguay y la libre navegación de los ríos quedaba como un tema de soberanía argentina.

La alianza contra Rosas

Hacia 1850, la Confederación Argentina estaba en paz y Rosas mantenía un control personalista sobre todas las

provincias. Esta forma de organización había dado unidad al país durante un largo período, pero la resistencia de

Rosas al dictado de una Constitución era un obstáculo para la consolidación de las instituciones del Estado. Además,

su negativa de abandonar el sistema de puerto único era vista por las provincias del Litoral como la causa de la

postergación de su desarrollo económico.

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El 1 de mayo de 1851, el general Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, publicó un pronunciamiento en

el que se expresaba la decisión de su provincia de reasumir el ejercicio de las relaciones exteriores e invitaba a

los demás gobiernos provinciales a organizar constitucionalmente la Nación. Solo la provincia de Corrientes adhirió

a su propuesta.

Entre Ríos y Corrientes carecían de recursos para formar un ejército que enfrentara con éxito al de Buenos Aires.

Por eso, Urquiza buscó el apoyo del Brasil, país que deseaba el fin de la influencia de Rosas sobre la cuenca del

Plata. Así, el gobernador entrerriano logró que se formara una alianza entre su provincia, la de Corrientes, el Brasil

y el Uruguay. Los emigrados adhirieron inmediatamente a la causa.

La caída de Rosas

En Buenos Aires, las acciones de Urquiza despertaron una reacción popular en favor de Rosas. Por su parte, el

gobernador porteño no creía que su poder corriese peligro y, por eso, no ordenó preparativos militares especiales.

Mientras tanto, la alianza había llegado a armar el llamado Ejército Grande, compuesto por unos 30.000 hombres.

Al frente de esa fuerza y con el apoyo de la escuadra brasileña en el río Paraná, Urquiza inició la campaña contra

Buenos Aires. Finalmente, las tropas de ambos ejércitos se enfrentaron en la Batalla de Caseros, el 3 de febrero

de 1852. Rosas fue derrotado. Entonces, presentó su renuncia ante la legislatura y solicitó asilo al encargado de

negocios británico en Buenos Aires. Poco después partió hacia Inglaterra, donde residió hasta su muerte, en 1877.

Urquiza, tras su victoria en Caseros, convocó a los gobernadores de las demás provincias a

reunirse para acordar la convocatoria a un congreso constituyente. Fue así que, el 31 de mayo de 1852 firmaron el

Acuerdo de San Nicolás, que citó a dicho congreso para organizar constitucionalmente el país bajo un sistema

federal.

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