Cultura Woke
Literalmente Woke significa «desperté», una palabra que a pesar de contar con tan pocas letras a
desatado múltiples pasiones. Para unos, el término evoca igualdad, justicia, lucha contra el racismo.
Para otros, no es más que la enésima reformulación del viejo y divisivo eslogan «lo personal es
político». ¿Cuánto hay de cierto en estas posturas?
La política identitaria, la teoría crítica de la raza, el activismo por la «justicia social» –como se
conoce en EE.UU. la lucha contra la discriminación por razones de sexo, raza u orientación sexual–,
el movimiento Black Lives Matter (BLM), el Proyecto 1619, etc., todos ellos componen lo que se
ha dado en llamar la cultura o ideología woke: el sistema de ideas que hoy resume la visión moral
de una izquierda culta y de buen nivel socioeconómico.
La ideología woke ha alcanzado amplia repercusión en la opinión pública y en la cultura popular de
dentro y fuera de EE.UU. El fenómeno llegó a mediados de la década 2010. Fue entonces cuando
«un nuevo y curioso vocabulario» comenzó a ponerse de moda en determinados medios de
comunicación. «Términos que antes eran casi totalmente oscuros, se convirtieron de repente en
omnipresentes», entre otros ejemplos sacados de The New York Times, están: no binario,
masculinidad tóxica, supremacía blanca, queer, transfobia, blancura.
Sus manifestaciones más llamativas incluyen el derribo de estatuas; la quema de libros de Astérix,
Tintín o Lucky Luke; el sándwich LGTB de Marks & Spencer; las matemáticas con perspectiva de
género; el pulso entre Disney y el gobernador de Florida, Ron DeSantis, por la ley conocida como
«No digas gay»; o el cómic protagonizado por el hijo de Superman, un joven de 17 años que «lucha
contra el cambio climático, participa en protestas contra la deportación de refugiados y es bisexual»,
en palabras de la escritora Leila Guerriero.
Como se intuye por estos ejemplos, la revuelta woke no va solo de luchar contra el racismo. La
heteronormatividad, el «privilegio cisgénero», el modelo de familia nuclear, el capitalismo etc.
representan otros de los cuestionamientos formulados por esta ideología.
Pero hay que tener en cuenta que como en cualquier otro fenómeno social, ciertos ideales nobles
pueden verse mezclados con intereses diversos y sometidos a operaciones político-epistemológicas
con fines de manipulación ideológica para terminar justificando aquello mismo que se cuestiona.
Marx en relación a la naturaleza íntima de supervivencia del capitalismo sentenciaba: el capitalismo
destruye para crear y explota para acumular. De esta manera el economista alemán se refería a una
de las características más notables del capitalismo como sistema que le permitía sobrevivir a las
anomalías a enfrentase. Un mecanismo intrínseco de adaptación al medio y supervivencia del más
apto.
El agotamiento del socialismo como modelo alternativo al capitalismo en el mundo, la disolución
de la U.R.S.S., la caída del muro que permitió el avance de ideas fundadas en el fin de la historia y
la muerte de las ideologías; y la emergencia de un mundo unipolar y sus pretensiones globalistas
augurando un mundo sin fronteras y de plena libertad condensadas en los diez mandamientos del
Consenso de Washington; constituyo un escenario soñado por las elites globales para poner en
funcionamiento su proyecto.
Ante esta coyuntura histórica, el globalismo financiero o poscapitalismo rediseña nuevos esquemas
de sobre vida, reinventándose para disimular su naturaleza depredadora tal como lo afirmara Marx.
Para lograr este objetivo nada mejor que un buen lavado de cara acompañado de un buen discurso
pretendidamente progresista que desvíe el centro de atención de la cuestión económica hacia
aspectos de forma que no mueven en absoluto el amperímetro en la discusión fundamental
relacionada con la distribución de la riqueza. De esta manera el antagonismo principal permanece
latente, pero el enemigo de los pueblos esta muy bien camuflado.
Orígenes.
Hasta los años 60 y 70 del siglo pasado, la izquierda estadounidense se encuentra muy a gusto con
la «política de la solidaridad» (pone foco en lo común que nos conecta: nuestra propia naturaleza
humana, nuestra ciudadanía común, etc); una visión de la política cuyo nervio central es la
aspiración a construir un país en el que todos gocen de los mismos derechos, las mismas
oportunidades y la misma protección social, en la línea del New Deal de Franklin D. Roosevelt.
Pero a finales de los 60 se produce un boom de movimientos fascinados por el eslogan «lo personal
es político»: el feminismo, el movimiento queer, el Black Power… cambian las prioridades de la
izquierda y la ponen a defender la «política de la diferencia»; esto es, una manera de hacer política
centrada en los derechos de grupos que arrastran una discriminación histórica: las mujeres, los
negros, los homosexuales…
A estos movimientos –que cabe encuadrar dentro de la Nueva Izquierda posmoderna–, no les
interesa tanto la igualdad ante la ley como si la igualdad de resultados, en franca alineación con “la
igualdad de posiciones” en la sociedad, a la que también llaman «equidad» o «justicia social». Y lo
justo y equitativo –sostienen– es corregir la desventaja de la que parten esos grupos.
Raíces y referentes filosóficos.
El movimiento woke tiene, en primer lugar, referentes marxistas. La nueva izquierda en EE.UU.
(posmodernista) se ha centrado en las últimas décadas en los intereses de los grupos culturales y
minoritarios –feminismo, movimiento queer, LGTB, black power–, enarbolando la bandera del
identitarismo. Lo expresó el politólogo de izquierda Mark Lilla, profesor en Columbia: «La
izquierda ha abandonado a la clase trabajadora, y la ha sustituido por un nuevo proletariado». Este
nuevo proletariado son las minorías históricamente discriminadas del que el activismo woke se sirve
no «para perseguir el objetivo de la igualdad, como ocurría en la lucha de los negros por los
derechos civiles en los años 60, sino la justicia, para corregir unas desventajas de partida frente a los
grupos dominantes (blancos, varones, heterosexuales)» «Cambian la lucha de clases por la lucha de
identidades»
En este sentido, se apropian del concepto de justicia social, acuñado por el liberalismo clásico,
surgido para defender los derechos, las libertades y la igualdad de oportunidades, y lo redefinen,
convirtiéndolo en instrumento de lucha de identidades particulares: «Las minorías oprimidas, que se
enfrentan al nuevo enemigo designado: hombre blanco heterosexual». Entiéndase bien: hombre-
blanco-heterosexual.
La teoría crítica fue el marco filosófico. Dicha teoría surge de los estudios originados en la
denominada Escuela de Fráncfort que en sus inicios se volcó al análisis de las causas del fracaso de
la revolución comunista de 1918 en Alemania, pero luego bajo la orientación de Horkheimer, a
partir de 1931, dejó de lado el estudio del capitalismo exclusivamente como un sistema económico
y pasó a estudiar su superestructura: el capitalismo como sistema de dominación cultural.
Esta corriente inspirará años más tarde la elaboración de diversas «teorías críticas»: la teoría
poscolonial, la teoría queer, la teoría crítica de la raza, el feminismo interseccional y las teorías
críticas del capacitismo y la gordura (los llamados fat studies). Y todas ellas terminarían inspirando
el activismo político de la nueva izquierda de Estados Unidos.
Otro referencia adoptada por la cultura woke será el comunista italiano Antonio Gramsci. En los
años 30, en la misma época en que en Alemania la Escuela de Fráncfort estaba teorizando, Gramsci
escribe los Cuadernos de la cárcel (1929-1935), en los que sostiene que una revolución comunista
como la de 1917 no puede triunfar en Occidente y que la gran transformación puede alcanzarse por
otro camino, siendo necesario antes desarrollar lo que denominará «la hegemonía cultural». «La
conquista del poder cultural es previa a la del poder político –afirma–. Esto se logra mediante la
acción concertada de los intelectuales llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de
comunicación, de expresión y universitarios».
Su influencia se dejó sentir en Occidente mucho después de su muerte, cuando en los años 70 se
reeditaron los Cuadernos de la cárcel y su obra caló en círculos intelectuales y universitarios de
Europa y Estados Unidos. Y por supuesto, en la nueva izquierda norteamericana.
Para Gramsci «La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras
controla la realidad», afirmó. Y el lenguaje es justamente el instrumento con el que los filósofos
posmodernos franceses de los años 60 y 70 (Michel Foucault, Jacques Derrida, Jacques Lacan,
Gilles Deleuze, etc.) pretenden deconstruir la realidad.
Para estos pensadores «No hay nada fuera del texto» habilitando de esta manera todo tipo de
cuestionamiento de lo real, reduciendo el mundo a un juego de lenguaje, difuminando los límites
entre lo objetivo y lo subjetivo, la verdad y la creencia, los sexos y el género»
La llamada French Theory (cuestionar lo real) saltó a los campus universitarios norteamericanos, lo
que sirvió de base para los estudios de género y la teoría queer.
En las últimas décadas del siglo XX, se mezclaron las dos corrientes de pensamiento, las de corte
neomarxista de la Escuela de Fráncfort –a través, sobre todo, de Marcuse– y las teorías de los
posmodernistas franceses. Estas tendrán marcada influencia en dos frentes de la revolución woke:
«La lucha entre identidades y la lucha entre razas»