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UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE CHIAPAS

FACULTAD DE HUMANIDADES CAMPUS VI


LICENCIATURA EN PEDAGOGÍA

Marco normativo para la gestión pedagógica II

EL DERECHO A LA EDUCACIÓN EN EL ARTÍCULO 26 DE LA DECLARACIÓN


UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS Y SU RELEVANCIA EN LA
FORMACIÓN INTEGRAL DEL SER HUMANO

Yareny Arlet Rodríguez Pérez

Dr. Otilio Gómez Tellez

7° “A”

Ensayo

Tuxtla Gutiérrez, Chiapas; 19 de agosto de 2025


El derecho a la educación en el Artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos y su relevancia en la formación integral del ser humano.

El presente ensayo tiene como propósito analizar el Artículo 26 de la Declaración Universal


de los Derechos Humanos (DUDH), adoptada en 1948 por la Asamblea General de la Organización
de las Naciones Unidas. Este artículo reconoce la educación como un derecho humano
fundamental, inseparable de la dignidad inherente a toda persona, y establece principios rectores
que deben guiar las políticas educativas a nivel mundial: gratuidad en la instrucción elemental,
obligatoriedad de la educación básica, igualdad de oportunidades en el acceso a la educación
superior, formación integral de la personalidad, promoción de la tolerancia y la paz, así como el
derecho preferente de los padres a decidir la educación de sus hijos.

La importancia del tema radica en que la educación se concibe no solo como un medio para
adquirir conocimientos, sino como un proceso formativo que contribuye al ejercicio pleno de otros
derechos humanos. Como afirma el propio artículo: “La educación tendrá por objeto el pleno
desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a
las libertades fundamentales” (DUDH, 1948, art. 26, párr. 2). Es decir, no se limita a preparar a
individuos para el trabajo, sino que busca formar ciudadanos críticos, conscientes y solidarios.
Este análisis se vincula estrechamente con mi formación profesional en el campo de la
pedagogía, ya que comprender el alcance del derecho a la educación me permite dimensionar el
papel que los docentes, investigadores y especialistas en educación tienen en la construcción de
entornos escolares inclusivos, democráticos y respetuosos de la diversidad. Como futuros
profesionales de la educación, estamos llamados a garantizar que este derecho sea una realidad
tangible y no solo una declaración en documentos jurídicos.

El ensayo se estructura en tres apartados principales: primero, la fundamentación jurídica


y social del derecho a la educación; segundo, la dimensión ética y pedagógica que se desprende de
este derecho; y tercero, los desafíos actuales y las perspectivas de futuro para hacer efectivo lo
estipulado en el Artículo 26 de la DUDH. Finalmente, se plantea una conclusión reflexiva que
sintetiza los aportes del análisis y resalta la necesidad de asumir este derecho como una
responsabilidad compartida entre el Estado, la sociedad y los profesionales de la educación.
El derecho a la educación, consagrado en el Artículo 26, representa uno de los logros más
significativos de la comunidad internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. No es
casualidad que se proclamara en 1948, pues se reconoció que la falta de educación había facilitado
regímenes totalitarios, la manipulación ideológica y la violación sistemática de los derechos
humanos.
El párrafo primero del Artículo 26 establece que “la instrucción técnica y profesional habrá
de ser generalizada; el acceso a los estudios superiores será igual para todos, en función de los
méritos respectivos” (DUDH, 1948, art. 26, párr. 1). Esto revela una dimensión de justicia social:
la educación superior debe estar al alcance de todos los que posean méritos académicos, evitando
así que factores económicos o sociales se conviertan en barreras excluyentes.

Beiter (2006) sostiene que “el derecho a la educación tiene un carácter habilitador, pues
permite acceder a otros derechos fundamentales, como el trabajo digno, la participación
democrática y el desarrollo cultural” (p. 90). Esto significa que privar a una persona de educación
es condenarla a una vida de desigualdad y vulnerabilidad.
En América Latina, a pesar de los avances en cobertura, persisten desafíos de equidad. La
UNESCO (2021) afirma que “en la región, la educación sigue estando marcada por la desigualdad:
los estudiantes pobres, rurales e indígenas enfrentan mayores obstáculos para completar la
educación básica y acceder a la media superior y superior” (p. 31). Esto confirma que el derecho
proclamado en la DUDH todavía enfrenta grandes brechas en su cumplimiento real.

La fundamentación jurídica no es suficiente sin la voluntad política y social de convertir


este derecho en políticas públicas efectivas. Como recuerda Latapí (2009), “un derecho no se
garantiza solo con leyes; requiere instituciones sólidas, financiamiento suficiente y compromiso
social” (p. 101).
El Artículo 26 también otorga a la educación una dimensión ética y pedagógica. El segundo
párrafo establece que “la educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de la personalidad
humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales;
favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones” (DUDH, 1948, art.
26, párr. 2).
Esto implica que la educación no puede limitarse a enseñar contenidos académicos, sino
que debe formar personas libres, críticas y solidarias. Paulo Freire (1970) lo expresó al señalar que
“la educación auténtica es praxis: reflexión y acción del hombre sobre el mundo para
transformarlo” (p. 47). Desde esta perspectiva, la educación no es neutra: puede reproducir
desigualdades o bien contribuir a superarlas.
Delors (1996), en su informe para la UNESCO, propuso los cuatro pilares de la educación
para el siglo XXI: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a vivir juntos y aprender a ser
(p. 23). Estos pilares conectan directamente con la visión de la DUDH, pues promueven una
educación integral orientada al respeto, la paz y la convivencia.

En el campo pedagógico, esto significa que los docentes tienen una responsabilidad ética:
garantizar que la enseñanza promueva la dignidad humana. No basta con transmitir conocimientos;
es necesario formar ciudadanos capaces de comprender la diversidad cultural, respetar los derechos
humanos y rechazar cualquier forma de discriminación.
La educación debe adaptarse a las características y necesidades de los estudiantes. Esto
implica reconocer la diversidad cultural, lingüística y cognitiva, asegurando que nadie quede
excluido. Como señala la UNESCO (2020), “la inclusión es un principio y un derecho: cada
estudiante debe ser valorado y apoyado para alcanzar su máximo potencial” (p. 18).

A pesar de los avances internacionales, el cumplimiento del Artículo 26 sigue siendo un


desafío. El tercer párrafo establece que “los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de
educación que habrá de darse a sus hijos” (DUDH, 1948, art. 26, párr. 3). Este principio garantiza
la libertad de elección, pero también plantea retos sobre el equilibrio entre el derecho de los padres
y la obligación del Estado de asegurar una educación respetuosa de los derechos humanos.
Uno de los retos más graves es la exclusión educativa. UNICEF (2020) indica que “258
millones de niños y adolescentes en el mundo permanecen fuera de la escuela” (p. 12). Las
principales causas son la pobreza, los conflictos armados, la migración forzada, el trabajo infantil
y la falta de infraestructura escolar.

Otro reto es la brecha digital, evidenciada durante la pandemia por COVID-19. La


UNESCO (2020) señaló que “más de 800 millones de estudiantes en todo el mundo no tuvieron
acceso a clases virtuales durante la pandemia por falta de conectividad” (p. 36). Esto revela que el
derecho a la educación en el siglo XXI no puede garantizarse sin acceso a las tecnologías de la
información.
En México, los retos son múltiples: falta de equidad en las zonas rurales, bajos niveles de
comprensión lectora, carencias en infraestructura y escaso reconocimiento a la labor docente.
Latapí (2009) advierte que “mientras la calidad educativa dependa de la condición socioeconómica
del alumno, no habrá justicia educativa” (p. 110).

Otro aspecto crucial es la educación inclusiva es que millones de estudiantes con


discapacidad aún enfrentan barreras físicas, curriculares y sociales que limitan su aprendizaje. El
cumplimiento del Artículo 26 exige una verdadera transformación pedagógica para atender la
diversidad.
Por último, está el reto de la educación para la paz. En un contexto de violencia,
intolerancia y polarización, el mandato del Artículo 26 de promover la amistad y la comprensión
entre los pueblos se vuelve urgente. Como advierte Gutiérrez (2018), “sin una educación que forme
para la convivencia pacífica, la humanidad corre el riesgo de repetir los errores del pasado” (p.
64).

Un aspecto esencial del Artículo 26 es que concibe la educación como un medio para
transformar la sociedad. No se trata únicamente de instruir en materias académicas, sino de formar
ciudadanos críticos capaces de participar activamente en la vida política, económica y cultural.
Como afirmó Nelson Mandela (citado en UNESCO, 2015), “la educación es el arma más poderosa
que puedes usar para cambiar el mundo” (p. 11).
La educación fomenta la movilidad social, una persona que accede a una formación integral
tiene mayores oportunidades de superar la pobreza, acceder a empleos dignos y contribuir al
desarrollo de su comunidad. En este sentido, Sen (1999) plantea que la educación es un factor de
“expansión de las capacidades humanas”, porque otorga libertades para elegir y construir
proyectos de vida (p. 77).

La educación tiene un papel central en la prevención de la violencia y la construcción de


paz. El mandato del Artículo 26 de “favorecer la comprensión, la tolerancia y la amistad entre
todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos” (DUDH, 1948, art. 26, párr. 2) resulta
fundamental en contextos donde la violencia y la discriminación amenazan la convivencia.
Gutiérrez (2018) sostiene que “la educación para la paz no es un complemento, sino una condición
esencial para garantizar sociedades democráticas” (p. 64).
Debe destacarse que la educación no solo transforma a nivel individual, sino que impulsa
cambios estructurales en la sociedad. La UNESCO (2021) enfatiza que “los sistemas educativos
tienen el poder de reducir las desigualdades si garantizan el acceso, la calidad y la pertinencia
cultural de la enseñanza” (p. 29).

La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, aprobada por la ONU en 2015, retoma y
actualiza el espíritu del Artículo 26 de la DUDH. En particular, el ODS 4 establece: “Garantizar
una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante
toda la vida para todos” (ONU, 2015, p. 18).
Este objetivo reconoce que la educación es el motor de los demás ODS: sin educación no
es posible erradicar la pobreza, lograr la igualdad de género, garantizar empleos dignos o enfrentar
el cambio climático. La educación es, por tanto, un derecho y al mismo tiempo una condición de
posibilidad para el desarrollo sostenible.

La UNESCO (2020) reporta que, aunque se han logrado avances en la matrícula escolar,
“las desigualdades de acceso y aprendizaje persisten en todas las regiones del mundo,
especialmente en África subsahariana y Asia meridional” (p. 36). Esto muestra que cumplir el
ODS 4 requiere esfuerzos extraordinarios, tanto en inversión como en innovación pedagógica.

En México, la Nueva Escuela Mexicana incluye dentro de su marco filosófico la visión de


equidad, inclusión y excelencia, en sintonía con lo que establece el ODS 4. Sin embargo, los retos
siguen siendo enormes, particularmente en comunidades rurales e indígenas, donde los recursos
son limitados y la infraestructura educativa insuficiente.
La relación entre la DUDH y los ODS demuestra que el derecho a la educación no es un
asunto cerrado en 1948, sino una tarea en permanente construcción que se actualiza según los
desafíos contemporáneos.
En conclusión, el análisis del Artículo 26 de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos permite comprender que la educación es la llave maestra que abre el camino al ejercicio
pleno de todos los demás derechos.

Si la educación es reconocida como gratuita, obligatoria y accesible en sus niveles básicos,


entonces los Estados tienen la responsabilidad de garantizarla sin distinción. Si la educación busca
el pleno desarrollo de la persona y la convivencia pacífica, entonces corresponde a los docentes
diseñar procesos de enseñanza que fortalezcan la dignidad, la justicia y el respeto.

Si la educación es un factor de movilidad social y de transformación cultural, entonces las


políticas públicas deben orientarse a que nadie quede excluido, especialmente los grupos más
vulnerables. Y si la educación es un requisito para el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo
Sostenible, entonces el mundo entero tiene un compromiso ético y colectivo para hacerla realidad.
Así, si toda persona tiene derecho a la educación, por lo tanto, excluir a alguien de ella
significa violar su dignidad y negar su humanidad.

La reflexión final es que el Artículo 26 no debe entenderse únicamente como un texto


jurídico, sino como un proyecto ético de humanidad. Garantizarlo implica asegurar que la
educación sea accesible, equitativa, inclusiva y transformadora. Solo así podremos hablar de
sociedades verdaderamente democráticas, donde cada persona tenga la posibilidad real de ser, de
aprender y de convivir en paz.
REFERENCIAS

Beiter, K. (2006). The protection of the right to education by international law. Brill Academic

Publishers.

Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH). (1948). Artículo 26. Naciones Unidas.

Delors, J. (1996). La educación encierra un tesoro. UNESCO.

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Gutiérrez, C. (2018). Educación para la paz y derechos humanos. Editorial Trotta.

Latapí, P. (2009). La educación en México: reflexiones y propuestas. Fondo de Cultura

Económica.

ONU. (2015). Transformar nuestro mundo: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible.

Naciones Unidas.

Sen, A. (1999). Desarrollo y libertad. Planeta.

UNESCO. (2015). Educación para todos, 2000-2015: logros y desafíos. UNESCO.


UNESCO. (2020). COVID-19 y educación: la interrupción más grande en la historia de la

enseñanza. UNESCO.

UNESCO. (2021). Reimaginar juntos nuestros futuros: un nuevo contrato social para la educación.

UNESCO.

UNICEF. (2020). Estado mundial de la infancia 2020. UNICEF.

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