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Laje

El documento analiza la situación de la infancia y adolescencia en contextos de exclusión social, destacando la construcción social del adolescente como un grupo heterogéneo afectado por desigualdades económicas y culturales. Se aborda el concepto de 'ciudadanía' como un marco para entender los derechos y la participación social de los jóvenes, quienes enfrentan barreras significativas para acceder a oportunidades y derechos plenos. La crisis económica y social ha exacerbado la vulnerabilidad de los jóvenes, creando una polarización en sus experiencias y oportunidades de vida.

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El documento analiza la situación de la infancia y adolescencia en contextos de exclusión social, destacando la construcción social del adolescente como un grupo heterogéneo afectado por desigualdades económicas y culturales. Se aborda el concepto de 'ciudadanía' como un marco para entender los derechos y la participación social de los jóvenes, quienes enfrentan barreras significativas para acceder a oportunidades y derechos plenos. La crisis económica y social ha exacerbado la vulnerabilidad de los jóvenes, creando una polarización en sus experiencias y oportunidades de vida.

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JÓVENES: EXCLUSIÓN O CIUDADANÍA

María Inés Laje*

Sumario: El presente trabajo pretende avanzar en la comprensión de la cuestión de la


infancia y la adolescencia, en especial de las situaciones de riesgos a las que esta categoría
de ciudadanos se enfrenta.

Se abordan en esta dirección dos dimensiones fuertemente autoimplicadas. Por un lado, la


idea de que la niñez constituye un sujeto social cuyas especificidades históricas solo pueden
comprenderse haciendo referencia a complejos procesos de tipo social y cultural. Se
entiende así que los grupos e individuos dan cuenta en sus concepciones y prácticas, de
marcos institucionales -culturales- y situaciones socio-económicas que condicionan sus
perspectivas y estrategias de vida. Las presentes notas intentan desagregar los elementos
más relevantes de esta dimensión del problema que nos preocupa.

A la luz de lo anterior, interesa en un segundo momento, entender a la adolescencia desde la


perspectiva de lo que se ha denominado “proceso de ciudadanización”. Las características
de este proceso, cuyas expresiones más plenas se produjeran en el seno de ciertas
sociedades europeas centrales, constituyen una de las dimensiones fundamentales del
proceso social y cultural que deriva en la configuración actual de la cuestión de la minoridad.

Como telón de fondo estas notas están permeadas por la persistente presencia de una larga
tradición de asistencialismo, basada en gran medida en la noción de irregularidad y en
concepciones de control social[i].

La construcción social del adolescente nos muestra un grupo social -los


adolescentes/jóvenes- como una población heterogénea, que encierra significaciones
complejas y a veces contradictorias. Esta población heterogénea, está sin embargo unida
entre sí solo por una cuestión biológica: la edad en un período dado. Esta cuestión biológica
conduce a una cuestión muchas veces explicada: los jóvenes no llegan normalmente a tener
“voz propia”, como tampoco actor colectivo que articule su representación.

En este sentido, la figura de “pasaje”, de “fase transitoria” entre la dependencia familiar y la


independencia, entre la escuela y el trabajo, constituye, como señala Margulis, un concepto
asociado a una lucha por el poder o el prestigio, que adquiere un desigual alcance y sentido
entre los diversos sectores sociales y en distintos momentos de la historia. Por lo tanto, la
condición de joven varía entre los diversos ámbitos sociales y en distintos momentos de la
historia.

El surgimiento de la adolescencia fue la consecuencia de nuevas condiciones demográficas


que exigían retrasar el acceso a la vida adulta, produciéndose un desfasaje entre la
maduración sexual y biológica, y la madurez social, generando un período con
responsabilidades postergadas, una moratoria respecto de la obligación de obtener ingreso y
fundar una familia.

Tal situación corresponde, para determinados sectores, a la condición de estudiante, que


prolonga esta fase para permitir un largo período de aprendizaje. Sin embargo, para
amplios grupos de la población por circunstancias económicas o tradiciones culturales, o la
combinación de ambas, al ingreso prematuro a la vida laboral, se une el inicio de su vida
reproductiva a temprana edad, dificultando enormente el proceso de maduración personal y
social.

En nuestro país la juventud ha experimentado cambios y transformaciones muy profundos


definidos por el particular contexto económico, social y político. Este puede ser caracterizado
según dos etapas: la modernizadora (1950-1980) y la de crisis (1980-1990).

En la primera, el patrón conceptual respondía a un modelo de juventud signado por el


paradigma del progreso social, coadyuvando al desarrollo de una actitud más crítica y más
segura frente a las autoridades, reforzando una genérica postura reivindicativa de obtención
de respeto como sujetos con voluntad y opinión propia.

Luego la recesión frenó y desarticuló la modernización, pasando la juventud a ser un grupo


de edad particularmente afectado por la exclusión social[ii].

La juventud actual crece y se desarrolla en un mundo que ha experimentado cambios


dramáticos con respecto a la generación de sus padres; se han producido modificaciones
políticas, económicas y sociales de enorme relevancia que han desarticulado las
explicaciones tradicionales sobre el mundo y la vida. Estos cambios repercuten obviamente
en la cultura y en lo que atañe a los jóvenes, influyen en las formas de construcción de su
identidad, en las modalidades de la sociabilidad y en las creencias y proyectos.

La crisis acentuó la tendencia a frenar o revertir los procesos de movilidad ascendente y


afectó especialmente a los jóvenes de sectores populares en diferentes dimensiones: junto
con la precaria y temprana incorporación al mercado de trabajo, se difiere el proceso de
incorporación al sistema de educación formal y se acelera la constitución de parejas o
familias.

La distribución desigual de los ingresos acentúa la diferencia entre sectores reducidos que
viven en la riqueza, sectores medios empobrecidos y un sector social creciente que vive en
condiciones de pobreza, dando lugar a una heterogeneidad social profunda. Señala Liebel,
que esta situación es asemejable sólo a las formas no institucionalizadas de la segregación
de razas, tratándose a los sectores pobres como pertenecientes a otra etnia.

Podemos hablar entonces de la juventud como de un grupo social con una existencia
fragmentaria, en donde las diferencias sociales, económicas y culturales, a través de las
ofertas y consumos, manifiestan modalidades de discriminación y exclusión.

En esta perspectiva, vemos distintas adolescencias con grados muy diversos de satisfacción
de sus necesidades, espectro que tiende a una creciente polarización. Para unos, la
ausencia de derechos propios es subsanada por la acción de sus familias e instituciones que
pueden proveerles de lo necesario. Mientras que para otros se agudiza su situación de
desprotección.

A su vez, la adolescencia está en medio de dos tendencias contradictorias de nuestra


sociedad: por un lado, una juventud vulnerable y pobre, sin ingreso, sin posibilidad de acceso
a las opciones del mercado, y por el otro, un mercado que en virtud de su diversificación,
ofrece modelos de identidad e independencia vía el consumo para aquellos adolescentes
que sí disponen de ingresos, por intermedio de sus familias.

Este tipo de ciudadanía, de creciente centralidad, tiene una fuerza excluyente. Se presenta
una gran divergencia entre la inclusión en la vida cultural, en compartir los valores y
aspiraciones comunes a todos y la exclusión en los standars de vida, por la carencia de los
medios de llegar a esos valores culturalmente legitimados. La cultura universal del consumo
implica, de hecho, una estratificación por la cual todos los que no tienen ingresos pasan a ser
ciudadanos de segunda o tercera.
Para expresar la paradigmática situación de los adolescentes pobres, compartimos con
Kessler los siguientes interrogantes: ¿qué puede hacer un adolescente pobre que busca
trabajo y no lo encuentra? ¿Adónde acude uno que tiene necesidad de atención psicológica
o un problema grave de adicción? ¿Cómo se transforma en usuario de los servicios de
salud? ¿Qué pasa con la prevención del sida y el acceso real al control ginecológico?
¿Dónde halla canales de participación social? ¿Y las necesidades de recreación en barrios
empobrecidos y abandonados? ¿A quién recurre un adolescente pobre si duda sobre la
utilidad de la educación que está recibiendo y empieza a pensar en desertar?

El malestar de la adolescencia pobre, puede expresarse con otros indicadores que señalan
cuestiones centrales que presentan coincidencias entre los investigadores. (Kessler, G.) Tales
son:

1. La visión de la escuela secundaria como una vía muerta, una institución que no responde
eficazmente ni a sus demandas actuales ni a sus necesidades de formación profesional.
(Kessler parafraseando a Auyero).

2. La preocupación creciente por el futuro laboral, un mercado de trabajo cada vez más
contraído y en donde aparecen pocas oportunidades, lo cual se agrava por los crecientes
índices de desocupación, que crecen mientras se baja la escala social.

3. Experimentan la dolorosa vivencia del estigma, por ser parte de la juventud pobre,
discriminada en los lugares de esparcimiento, de donde muchas veces se los excluye
abiertamente, o donde el temor de que esa situación se repita ya sufrida en carne propia o en
pares, los impulsa a autoexcluirse y directamente no intentar concurrir[iii].

4. La estigmatización por parte de la policía que suele verlos como peligrosos y de la misma
sociedad que los ve además de jóvenes, pobres y peligrosos.

5. Los datos sobre maltratos y vejámenes que sufren adolescentes llevados a comisarías,
indican que son los más pobres las víctimas frecuentes de dichos abusos.

“...la percepción compartida de exterioridad con respecto a los derechos; la justicia vista
como una serie de dispositivos que si bien pueden ser usados contra ellos por los factores de
poder, no pueden ser usados por ellos ante necesidades o abusos de distinto orden.
Tienden a no verse como sujetos de derecho, sino como objeto de un derecho que, por lo
general, se vuelve en su contra. (Kessler, G. pág. 21)
Las prácticas estratégicas para sobrevivir de estos jóvenes, muchas veces no surgen sólo de
una situación de crisis económica, tienen que ver además, con una dimensión cultural en la
que se construyen identidades a partir de problemas: delincuencia, desarraigo, migración
familiar; traslados, mudanzas, desestructuración familiar y abandonos, estigmatización,
discriminación y diferentes situaciones de riesgo; drogadicción, embarazo adolescente, sida,
violencia familiar, etc. Estas temáticas hacen cuestionar los mecanismos de constitución de
la identidad.(Szulik, D. y otra)

La elección de vivir solamente fuera de las cánones legales y de lo que socialmente se


considera legítimo, no es sólo por la situación acuciante en que les ha tocado vivir, sino que
está atravesada intrínsecamente por una historia que los condiciona en una forma quizás
más determinante que a otros sectores sociales, e inclusive a otros grupos dentro de su
mismo sector social.

El futuro es experimentado como azar, los acontecimientos se presentan aleatoriamente con


una marcada sensación de regresión, de pesimismo, de estancamiento. Situación que se
refleja en un estilo de vida, en su específica forma de relacionarse con el mundo, lo que
implica entre otras cosas, una valoración particular de los acontecimientos en los que ellos
son protagonistas.

Son estos jóvenes los que develan paradigmáticamente la situación hoy.

No sorprende que exista un consenso creciente acerca de que la adolescencia ha sido


construída como una categoría de personas con derechos sociales reducidos y escaso poder
de demanda.

EL CONFLICTIVO ESPACIO DE LOS DERECHOS

La omisión de la adolescencia en la preocupación creciente por los derechos constituye una


paradoja de nuestra época que se repite -salvo escasas excepciones- en la mayor parte de
los países del mundo. La Argentina no es una excepción; es, sin embargo, una nación donde
los extremos de tal paradoja se presentan con un cariz muy marcado. No hay prácticamente
actores políticos, sociales, laborales, intelectuales, que hagan suya la preocupación por los
derechos de los adolescentes. (Kessler, G.)
Esto no es casual, sino que responde a la vigencia de concepciones vinculadas al
asistencialismo y proteccionismo, a las ideologías salvacionistas de principio de siglo, de
control social, en donde primaba un discurso de defensa social, de vigilancia de la infancia,
para evitar la comisión de delitos.

Con ello se legitima la intervención en la vida privada de este grupo social. Se produjo una
indiferenciación de las situaciones vinculadas a problemas económicos y sociales, dando
lugar a que el problema criminal se extienda a todos los ámbitos de la llamada minoridad.

A su vez, considerar al niño como incapaz, carente de autonomía, de madurez, orientó el


rumbo de las acciones que el Estado desarrolló respecto a él y su familia. El resultado de
esta intervención ha originado, más que una protección a la infancia, un proceso de
formación de situaciones de nuevos y mayores riesgos[iv].

Ante los siguientes interrogantes ¿cómo entender entonces la adolescencia desde la


perspectiva de los derechos? ¿Cómo tener una mirada que dé cuenta de la heterogeneidad
actual y sobre todo de las desigualdades al interior del grupo? Kessler sugiere trabajar esta
perspectiva desde el concepto de ciudadanía: la que es entendida como el conjunto de
prácticas jurídicas, políticas, económicas y culturales que definen a una persona como
miembro competente de una sociedad, la que tiene su fuente de legalidad y legitimidad en
la titularidad de derechos y que configura el flujo de recursos accesibles a distintas personas
y grupos sociales.

“En la base de la ciudadanía hay una serie de derechos y obligaciones que son
implícitamente transmitidos por la edad. La adolescencia puede ser vista, en términos
ideales, como el período durante el cual se produce la transición a la ciudadanía, es decir a
la total participación en la sociedad”.

Por ello, ciudadanía ofrece un marco más útil que adultez para comprender el “producto final”
adolescencia. Permite considerar el proceso al mismo tiempo que las desigualdades, dado
que mientras los “derechos” ciudadanos se adquieren gradualmente con la edad, el “acceso”
al goce efectivo de dichos derechos, -incluyendo la participación total en la sociedad- es
determinada en gran medida por las estructuras sociales de desigualdad, tales como la clase
social, género, lugar de residencia, discapacidades y desventajas diversas, etc.” (Kessler, G.
pág.22)

Este autor señala que, hablar de ciudadanía hoy remite a tomar como punto de partida un
modelo que distingue tres elementos de ciudadanía: la ciudadanía civil, la política y la social.
A simple vista, este orden cronológico que guardan los tres elementos de la ciudadanía en
relación a la historia global, tienen su correlato en el curso de las historias individuales.
Algunos derechos civiles, como el derecho a trabajar o ciertas responsabilidades ante la ley,
derecho al voto se alcanzan antes que la mayoría de edad. Luego con la mayoría de edad -
21 años- se alcanza la capacidad plena de ejercicio de algunos derechos políticos. Pero
¿qué sucede con los derechos sociales? Diversos autores destacan la no linealidad de las
distintas esferas de la ciudadanía,

La pregunta ¿cómo se transforma un joven en titular de estos derechos? Existe, en general,


cierto consenso que sólo con un empleo formal a tiempo completo, puede traer
independencia y el derecho a participar de la vida nacional. En Argentina también es válido
donde por razones históricas; la mayoría de los derechos sociales se desprenden,
justamente de la condición de asalariado. (Kessler, G.)

Esta realidad nos lleva a plantear la cuestión central en la actualidad, cuando el mercado de
trabajo está cambiando, y el pleno empleo no es una realidad presente, ni razonablemente
futura, cuando los que están entrando al mercado de trabajo no encuentran ocupaciones,
surge el interrogante sobre la posición de los jóvenes en la sociedad. Si no se transforman en
asalariados de tiempo completo, ¿cómo y cuándo pueden llegar a ser ciudadanos plenos?[v]

Además del ingreso propio y el acceso a beneficios sociales, la experiencia de trabajo en


relación con otras personas, el vínculo con instituciones que los representaban y la
posibilidad de ejercicio profesional a lo largo del tiempo, han posibilitado históricamente la
adquisición de aptitudes indispensables para incursionar el mundo del trabajo y ha sido la
base de formación de ámbitos de autonomía e independencia, donde la ciudadanía se iba
configurando como principio de identidad y solidaridad colectiva, por un lado y por el otro,
como base legítima para la demanda por la titularidad de nuevos derechos y/o por la
provisión de aquellos derechos de los que se tiene ejercicio, pero no provisión por parte de
aquellos grupos particulares que sufren algún tipo de exclusión. (Kessler, G.)

Mientras se es niño y adolescente, se habla normalmente de posesión de ciudadanía social


por intermediación, se accede a los derechos sociales por intermedio de los padres y luego,
una vez adulto, por legítimo derecho. Dentro de un modelo de derechos sociales vinculados
al trabajo, presupone, que en la familia, haya un adulto,empleado en el mercado formal de
trabajo.

Las carencias y desventajas que en un adolescente pueden ser temporarias, en la adultez


posiblemente se transformen en privaciones y desventajas definitivas. Por eso la
preocupación por la adolescencia vulnerable, radica en la certeza de que ello convierte a sus
miembros en firmes candidatos a ser adultos excluídos.

La exclusión puede cobrar distintas formas: hay una exclusión total, asimilable a la imagen
de la marginalidad, con toda su carga estigmatizante y perturbadora, mientras que otra, la
exclusión relativa que se inspira en Bourdieu (“la miseria del mundo”), lo es a esferas
específicas de la vida social (exclusión de los servicios de salud, de la formación profesional,
de la vida cultural, de ciertos bienes colectivos, etc.) que sin definir la exclusión total, van
conformando una degradación de las condiciones de vida. (Margulis, M.)

La falta de derechos sociales, en términos de su acceso y de su exigibilidad, particularmente


en la adolescencia pobre, potencia los riesgos a los que ésta se enfrenta, la torna más
vulnerable. Las situaciones conflictivas casi habituales -que en otros sectores pudieran ser
resueltos por sus propios medios o los de su familia-, aquí viabiliza la intervención del
Estado en la esfera privada, debido a las dificultades de las familias pobres para cumplir con
sus roles. (Carencia de contactos institucionales y de una red social eficaz).

La internación se institucionaliza como modalidad típica de intervención ante la


infancia/adolescencia carenciada y/o desamparada, significando la reclusión y separación de
su familia, la ruptura de lazos afectivos y comunitarios, la interrupción del proceso de
construccón de identidad y de socialización.

Si la invalidación de algunos derechos impugna la misma noción de ciudadanía, los


adolescentes no tienen estatuto de ciudadanos. Se trata de invertir los términos y no quedar
ahogados por las demandas socialmente institucionalizadas y propiciadas. Se trata de
promover y calificar las demandas adolescentes ubicándolos a ellos como los verdaderos
protagonistas, activos y conscientes. (Efrom, R.)

La adolescencia constituye un momento clave en la existencia del hombre, durante el cual se


va dando forma a la identidad y al proyecto de vida.

Para muchos jóvenes y en especial para los más pobres, el proceso de ensayo y error que
permite ir modelando a la persona durante esa etapa no está acompañado, en general, por
dispositivos sociales educativos y recreativos adecuados que permitan desarrollar esta
búsqueda.

Se va conformando un vacío que los coloca en una situación de gran vulnerabilidad, al borde
de la exclusión. Esta situación conduce a la pasividad, pero también se puede instrumentar
reactivamente con mecanismos opuestos, de ahí las diferentes modalidades de actuación y
violencia.

“...la exclusión lleva a la anomia, al borramiento de las referencias identificatorias, incluso a la


falta de sentido de la misma existencia”. “...La exclusión destroza las posibilidades de
singularización, de ser cada uno sujeto de un proyecto genuino gestado desde el propio
deseo. De ahí la necesidad de promover demandas subjetivantes, singularizadoras,
activantes y emancipadoras”. (Efrom, R. p.17)

Reconocer la singularidad social y cultural de los sujetos, y de sus posibilidades de


interacción -ver a los jóvenes como sujetos- y de construcción conjunta de la sociedad;
identificar el conflicto que surge del establecimiento de la diferencia, como explicación del
movimiento social, y como naturaleza de las relaciones entre sujetos sociales; asumir la
pertinencia de construir representaciones del conflicto adecuadas, como base del diálogo
entre sujetos sociales. Adoptar para la resolución del conflicto estrategias definidas por el
civismo, como fundamento de la democracia, pueden constituir las bases de una nueva ética
y práctica social e institucional alrededor de la cuestión de los jóvenes.

REFERENCIAS

* Licenciada en Antropología Social, ENAH México. Ex-becaria de CONICET y CONICOR.


Investigadora por concurso del Centro de Investigaciones Jurídicas y Sociales, Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales . Doctorando de la Facultad de Filosofía y Letras de la U.B.A.
Coordinadora del Seminario de Investigación sobre los Derechos del Niño – CIJS.
Coordinadora Académica del CIJS.

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