Unidad 5
Unidad 5
INDEMNIZACIÓN
ARTÍCULO 1738: “La indemnización comprende la pérdida o disminución del patrimonio de la víctima, el
lucro cesante en el beneficio económico esperado de acuerdo a la probabilidad objetiva de su obtención y
la pérdida de chances. Incluye especialmente las consecuencias de la violación de los derechos
personalísimos de la víctima, de su integridad personal, su salud psicofísica, sus afecciones espirituales
legítimas y las que resultan de la interferencia en su proyecto de vida”.
Daño emergente: Puede producirse tanto por la destrucción, deterioro o privación del uso o goce de
bienes materiales como por los gastos que la víctima ha debido realizar. Cuando se resarce el daño
emergente no se está indemnizando el valor del bien comprometido, sino el interés que aquel
satisfacía en la esfera patrimonial del damnificado;
Lucro cesante: Es la privación o frustración de un enriquecimiento patrimonial de la víctima. El Art.
1738 requiere, para que proceda el resarcimiento, que exista una probabilidad objetiva de obtención
del beneficio económico. Es necesario que la víctima aporte indicios precisos, graves y concordantes,
que permitan presumir la existencia del perjuicio cuyo resarcimiento se persigue.
Dentro de los diversos rubros que pueden quedar comprendidos en el ámbito del lucro cesante tiene
especial trascendencia la incapacidad sobreviniente;
Pérdida de chance: Se trata de un perjuicio autónomo, que surge cuando lo afectado por el hecho
ilícito es la frustración de la posibilidad actual y cierta con que cuenta la víctima de que un
acontecimiento futuro se produzca o no se produzca.
La pérdida de chance es un daño “fáctico” o “naturalístico”, es el menoscabo material, la privación de
un bien (la chance) del cual se extraen las consecuencias resarcibles, que pueden ser, por ende, tanto
de naturaleza patrimonial como extrapatrimonial;
Afectación de los derechos personalísimos de la víctima: El texto menciona la integridad personal, la
salud psicofísica, las afecciones espirituales legítimas, y las que resultan de la interferencia en el
proyecto de vida. Lo resarcible son las consecuencias de su afectación. La mención de esos derechos
personalísimos tiene el propósito de ratificar la tutela preferente que el Código otorga a la persona
humana;
DAÑO RESARCIBLE: El daño resarcible (esto es, lo que se indemniza) no es la lesión, sino las concretas
consecuencias perjudiciales de dicha lesión. El daño resarcible está constituido por las consecuencias de la
lesión, sean patrimoniales o espirituales.
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patrimonial o extrapatrimonial; y que se traduce en un modo de estar distinto del patrimonio producto
de ese hecho lesivo, y económicamente perjudicial;
El daño extrapatrimonial: Es una modificación disvaliosa del espíritu de una persona, también
producto de la lesión a un interés extrapatrimonial, que reposa sobre un derecho de naturaleza
patrimonial o extrapatrimonial; y que se traduce en un modo de estar de la persona distinto producto
de ese hecho lesivo, y anímicamente perjudicial;
ARTÍCULO 1739: “Para la procedencia de la indemnización debe existir un perjuicio directo o indirecto,
actual o futuro, cierto y subsistente. La pérdida de chance es indemnizable en la medida en que su
contingencia sea razonable y guarde una adecuada relación de causalidad con el hecho generador”.
Certeza del daño: El principal presupuesto para que el daño sea resarcible es que sea cierto, es decir,
que exista realmente y no se trate de un perjuicio meramente eventual o hipotético. Si se indemnizara
un perjuicio incierto y, finalmente, este no llegara a consumarse, existiría un enriquecimiento sin causa
por parte de la víctima.
si hay certeza, poco importa que el daño sea actual o futuro, pues en ambos casos procederá su
reparación;
Subsistencia del daño: Para que sea resarcible, el perjuicio debe subsistir al momento de dictarse la
sentencia, pues nadie puede reclamar la reparación de un daño que ya ha sido resarcido;
Personalidad del daño: El perjuicio, para ser resarcible, debe ser personal de quien reclama su
indemnización. Esto implica que únicamente la persona que sufrió el daño (aquella cuyos intereses
fueron lesionados mediante el hecho lesivo) puede requerir su reparación, y resulta inadmisible
reclamar a nombre propio la reparación de daños ocasionados a terceros;
* Si bien no es menester que el hecho lesivo conculque un derecho subjetivo de la víctima, se requiere al
menos que el interés vulnerado sea lícito, es decir, no reprobado por el ordenamiento jurídico. por ese
motivo, no es reparable, por ejemplo, el lucro cesante sufrido por quien a raíz del hecho se vio privado de
ganancias derivadas de una actividad ilícita, o que no contaba con la habilitación normativamente exigida.
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El proceso de estimación del daño
Probado el daño (art. 1744), probados los factores de atribución de responsabilidad, sean estos objetivos o
subjetivos (art. 1734) o la existencia de eximentes (art. 1718, 1720, 1729, 1730/1733) como la prueba de la
relación de causalidad (art. 1736), entre otras cosas, el juez estará en condiciones de evaluar el daño y
eventualmente de dictar sentencia. Para ello procederá a verificar todas las variaciones intrínsecas del daño,
pasadas y futuras como soporte de la extensión del deber de indemnizar el daño injusto que impondrá a su
autor.
La apreciación del perjuicio debe abarcar todas sus modificaciones reconocibles tanto las ya ocurridas como
las que previsiblemente tendrán lugar en el futuro.
En el caso del daño pasado será frecuente alcanzar cierto grado de certeza en cuanto a su extensión y
cuantificación, pues el juicio versa sobre realidades ya consumadas. Por ejemplo, una incapacidad
permanente definitiva establecida en un determinado grado según baremo, al encontrarse consolidada
jurídicamente, sobre la base de un hecho ocurrido en el pasado, permitirá al Juez establecer con un grado de
certidumbre bastante cierto, el valor dinerario indemnizable, de conformidad a la prueba colectada en las
actuaciones.
En cambio en el caso del daño futuro casi siempre solo se podrá lograr una certeza relativa (probabilidad y
verosimilitud) tanto en el supuesto del daño emergente como en el del lucro cesante. Por ejemplo, en materia
de riesgos del trabajo, en el caso de grandes incapacidades, se prevé una etapa de provisionalidad –antes de
ingresar en la etapa definitiva de la incapacidad- cuyo objeto es atenuar o disminuir a través de los
respectivos tratamientos terapéuticos, sin descartar intervenciones quirúrgicas, el grado de incapacidad
estimado al inicio. También puede ocurrir que en lugar de atenuar, se agrave el estado de la lesión padecida,
lo cual importa para el juez, estimar con razonable previsibilidad, los gastos que insumirá en el futuro,
incluyendo la valoración de los actos médicos más complejos, si se encuentran justificados.
No obstante, como lo recuerda la Dra. Matilde M. Zavala de González “…la certeza sobre que debe existir
alguna cantidad resarcitoria no supone certeza sobre cuál, en concreto, deba ser esa cantidad. Por eso la
comprobación de un daño resarcible no agota el problema de fijar un monto indemnizatorio”.
Como lo recuerda la Dra. Matilde Zavala de González “… en los juicios de daños la sentencia no sólo debe
condenar a reparar, sino también cuantificar la reparación, si ello es factible a partir de prueba sobre el
perjuicio (requisito insoslayable) y de certeza siquiera relativa sobre el desvalor a compensar (recaudo
genérico pero no absoluto)”. Dentro de tal orientación se proyecta el art. 1° del nuevo Código y su relación
con el art. 165 CPCCN, en cuanto establece que la sentencia fijará el importe de los perjuicios reclamados
"siempre que su existencia esté legalmente comprobada, aunque no resultare justificado su monto".
Asimismo, el Juez al fijar la condena y expresarla en valores económicos, tendrá en cuenta la concurrencia de
factores agravantes de responsabilidad, como es el caso contemplado en el art. 1725 en cuanto dispone: “…
Cuanto mayor sea el deber de obrar con prudencia y pleno conocimiento de las cosas, mayor es la diligencia
exigible al agente y la valoración de la previsibilidad de las consecuencias”, agregando: “…Para valorar la
conducta no se toma en cuenta la condición especial, o la facultad intelectual de una persona determinada, a
no ser en los contratos que suponen una confianza especial entre las partes. En estos casos, se estima el
grado de responsabilidad, por la condición especial del agente”.
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En otras ocasiones, valorará la presencia de factores atenuantes que operan a favor del autor del ilícito, como
es el caso contemplado por el art. 1742 en cuanto dispone que: “…El juez, al fijar la indemnización, puede
atenuarla si es equitativo en función del patrimonio del deudor, la situación personal de la víctima y las
circunstancias del hecho. Esta facultad no es aplicable en caso de dolo del responsable”.
Como puede observarse, el Juez cuenta con criterios de valoración amplios, aunque no le sea admitido
ampliar la variada gama de conceptos que integran la indemnización –se ha producido una cierta uniformidad
conceptual- y a partir de allí, deberá analizar con las constancias y pruebas de la causa, cómo deberá integrar
una indemnización “Plena” y con qué valores dinerarios fijará la condena.
El daño compensatorio es aquel que se produce en razón del incumplimiento absoluto, y el daño moratorio, es
el derivado de la mora del deudor, y que es acumulable al compensatorio, de acuerdo a lo que dispone el art.
1747 del CCyC: “El resarcimiento del daño moratorio es acumulable al del daño compensatorio o al valor de la
prestación y, en su caso, a la cláusula penal compensatoria, sin perjuicio de la facultad morigeradora del juez
cuando esa acumulación resulte abusiva”.
Reparación plena
ARTÍCULO 1740: “La reparación del daño debe ser plena. Consiste en la restitución de la situación del
damnificado al estado anterior al hecho dañoso, sea por el pago en dinero o en especie. La víctima puede
optar por el reintegro específico, excepto que sea parcial o totalmente imposible, excesivamente oneroso
o abusivo, en cuyo caso se debe fijar en dinero. En el caso de daños derivados de la lesión del honor, la
intimidad o la identidad personal, el juez puede, a pedido de parte, ordenar la publicación de la sentencia,
o de sus partes pertinentes, a costa del responsable”.
La reparación integral del daño es un principio general del derecho que tiene, además, rango constitucional
(Art. 19 CN).
El principio de reparación integral: Se deduce del principio “alterum non laedere”, que resulta de una
interpretación a contrario sensu del art. 19 CN, a cuyo tenor las acciones que no perjudiquen a terceros están
exentas de la autoridad de los magistrados.
La reparación plena o integral supone la necesidad de una razonable equivalencia jurídica entre el daño y su
reparación.
Sin embargo, decir que debe indemnizarse todo el daño ocasionado no implica que todo perjuicio sea
resarcible, sino que solo lo es el admitido por el ordenamiento jurídico. se trata, entonces, de la plenitud
jurídica de la indemnización (derecho a ser reparado en toda la extensión establecida por la ley). Por ejemplo,
las consecuencias no previstas por las partes al momento de contratar pueden, desde un punto de vista
material, generar una disminución del patrimonio de la víctima, pero no serán resarcibles, pues exceden el
límite impuesto por el art. 1741 CCyC. En este sentido, y conforme a la jurisprudencia elaborada por nuestro
Cimero Tribunal, el principio de reparación plena se encuentra circunscripto al resarcimiento de los daños que
son admitidos por el ordenamiento jurídico. partiendo de esas premisas, es contraria al principio de
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reparación integral toda indemnización inferior al estándar que emana del CCyC, siempre que la restricción no
se encuentre justificada por motivos razonables.
La reparación en especie o por equivalente dinerario: El resarcimiento puede tener lugar en especie o por
equivalente dinerario. La primera de ellas implica volver las costas materialmente al estado que tenían con
anterioridad al hecho ilícito. La reparación por equivalente se configura cuando el responsable paga a la
víctima una suma de dinero que tiene por función recomponer su patrimonio y compensar el perjuicio
extrapatrimonial que sufrió. En lo que atañe al daño moral, el dinero es una forma de procurar a la víctima
satisfacciones sustitutivas que compensen las consecuencias espirituales del hecho ilícito. También es
concebible que la reparación tenga lugar parcialmente en especie, y otra parte en dinero.
El CCyC prevé que la víctima puede optar por la restitución de las cosas a su estado anterior, o por una
indemnización en dinero. Pero la primera opción no será de aplicación cuando la reparación in natura se haya
vuelto imposible (por ejemplo, cuando se trata de lesiones sufridas por la víctima en su integridad física o
moral), o cuando resulte excesivamente oneroso o abusivo.
La ejecución forzada es algo completamente distinto de la responsabilidad civil, dado que el acreedor
insatisfecho no necesita demostrar un daño para que ella resulte procedente, y le basta, en cambio, con
probar el título y alegar el incumplimiento, lo que desplaza sobre el deudor la prueba del pago.
La publicación de la sentencia: En los casos en que el hecho ilícito haya afectado el honor, la intimidad o la
identidad personal, el juez podrá ordenar la publicación de la sentencia, o de sus partes pertinentes, a costa
del responsable.
Se trata de una condena accesoria de la indemnización, que podrá computarse como una reparación parcial
en especie. Finalmente, la publicación de la sentencia se encuentra supeditada a un pedido expreso del
damnificado, por lo que el juez no puede disponerla de oficio.
Clases de valoración
Valoración convencional: Es la que las partes convienen, sea en una transacción judicial o extrajudicial,
o mediante un acuerdo previo materializado a través de la cláusula penal;
Valoración legal: En ciertos casos, las leyes disponen no sólo cuál es el daño, sino también su valor. Es
por ej, el de la indemnización por despido en la ley de contrato de trabajo;
Valoración judicial: Es la que, en defecto de las dos anteriores, el juez practica en base a las pruebas
producidas, y a las reglas que el ordenamiento dispone a tal fin;
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inequitativo, o falta de relación con las circunstancias del caso, en cuya hipótesis deberá argumentarse
debidamente para brindar una fundamentación razonable del fallo (cfr. art. 3º, Cód. Civ. y Com.).
Los cálculos financieros, y las pericias actuariales, se han empleado desde hace mucho tiempo en fallos
aislados en el fuero civil y comercial (en ocasiones, en forma implícita o subrepticia), y su uso se ha extendido
recientemente con motivo de la disposición expresa e imperativa del actual art. 1746 del Cód. Civ. y Com.,
incluso propiciándose su aplicación analógica a los casos de indemnización por fallecimiento, criterio que
también compartimos.
En este orden de ideas, para cuantificar el lucro cesante futuro corresponde considerar que este se proyecta
hacia el futuro, por lo que debe fijarse un límite temporal ([Link]., la edad promedio de vida, la fecha en que los
hijos del extinto habrían llegado a la mayoría de edad, etc.). Además, como la indemnización se entrega "por
adelantado" (o sea, antes de la oportunidad en que aquel se habría percibido) debe computarse que la víctima
goza de la productividad de dicho capital (intereses que puede lograr con su inversión). De ahí que sea
necesario incorporar un factor de amortización (sistema de renta capitalizada), para que el capital y sus
intereses se consuman al cabo de dicho período resarcitorio.
Con base en ello, y las variables antes mencionadas [principalmente, la edad de la víctima al momento de
fallecer y el promedio de vida, el porcentaje de beneficios destinados a los damnificados indirectos por el
parámetro de productividad mensual del fallecido), todo a lo cual se le adiciona un interés puro del orden del
4 al 8% anual, se determina el lucro cesante futuro según los algoritmos de diversas fórmulas aplicadas,
generalmente, por la jurisprudencia, a los supuestos de incapacidad psicofísica sobreviniente permanente.
Entre ellas, se hallan las siguientes: "Vuoto" [invalidada por la CS en el caso "Arostegui"], "Las Heras-Requena",
"Marshall", "Méndez", Acciarri, etc. Quedará a criterio del juzgador cuál de ellas, o de alguna otra, resulta ser
la más adecuada, conveniente y razonable para el caso a resolver.
La norma se refiere, en primer lugar, a los gastos necesarios para la asistencia y posterior funeral del fallecido,
que constituyen un daño emergente. Se encuentra legitimado para reclamar su reparación quien haya
realizado esas erogaciones.
El segundo inciso establece que integran la indemnización los alimentos del cónyuge, del conviviente y de los
hijos menores, hasta los 21 años de edad, con derecho alimentario, como así también de los hijos incapaces o
con capacidad restringida, aunque no hayan sido declarados tales judicialmente. Esto no quita que puedan
existir otros damnificados legitimados para demandar (por ejemplo, hijos mayores), aunque en tal caso les
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corresponde producir la prueba del perjuicio que han sufrido como consecuencia de la muerte de la víctima
directa. Para el cálculo de este rubro también debe recurrirse a una fórmula matemática.
En su tercer apartado, la norma menciona como resarcible a la pérdida de chance de ayuda futura como
consecuencia de la muerte de los hijos. Considera procedente el resarcimiento de este tipo de daño cuando,
como consecuencia del hecho ilícito, fallece el hijo menor de los demandantes. Se trata de situaciones en que
el hijo aún no realizaba efectivamente aportes a sus progenitores, pero en los cuales existía la posibilidad
cierta de que estos recibieran su ayuda en el futuro. Si, en contrario, el hijo fallecido ya hubiese estado
realizando aportes en favor de sus progenitores, se estaría ante un lucro cesante, y no una pérdida de chance.
ARTÍCULO 1745: “En caso de lesiones o incapacidad permanente, física o psíquica, total o parcial, la
indemnización debe ser evaluada mediante la determinación de un capital, de tal modo que sus rentas
cubran la disminución de la aptitud del damnificado para realizar actividades productivas o
económicamente valorables, y que se agote al término del plazo en que razonablemente pudo continuar
realizando tales actividades. Se presumen los gastos médicos, farmacéuticos y por transporte que resultan
razonables en función de la índole de las lesiones o la incapacidad. En el supuesto de incapacidad
permanente se debe indemnizar el daño aunque el damnificado continúe ejerciendo una tarea
remunerada. Esta indemnización procede aun cuando otra persona deba prestar alimentos al
damnificado”.
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MÉTODOS DE CUANTIFICACIÓN
FÓRMULA VUOTO: La formula aplicada en la causa “Vuoto” (1978) permite establecer un capital que invertido
a una cierta tasa de interés compuesto (interés del 6% anual), le permita a la víctima retirar periódicamente
un monto equivalente a la merma en sus ingresos que verosímilmente puede generarle la incapacidad
sobreviniente que padece durante el tiempo de vida que le resta su jubilación (65 años), instante en el cual
ese capital se agota por los retiros efectuados. Otras fórmulas denominadas “Marshall”, “Las Heras-Requena”
y similares son expresiones análogas de la misma fórmula Vuoto.
FÓRMULA MÉNDEZ: En abril de 2008 la Sala III de la Cámara Nacional del Trabajo recoge alguna de las críticas
que se desprendían del fallo “Arostegui”. La fórmula “Méndez” no es más que una réplica de la contenida en
“Vuoto” pero con algunas modificaciones:
1) Se modifica la edad productiva límite (75 años en lugar de 65);
2) Se modifica la tasa de descuento a un 4% (en lugar de 6%);
3) Se emplea un modo distinto de calcular la variable ingreso (intentando superar las críticas de la CSJN
en “Arostegui” –evitar congelar el ingreso de la víctima-);
FÓRMULA ACCIARRI: Comparte con las otras la idea de calcular el valor presente de una serie de capitales
futuros, pero tiene varias virtudes que superan a las demás: permite computar ingresos de la víctima que sean
variables (ej: que pueden incrementarse o disminuirse según las estimaciones del juez) y permite además
calcular la probabilidad de que esas variaciones se produzcan (lo que dependerá de cuán seguro está el juez
de esas estimaciones –chances vs. certeza-). Es la fórmula más avanzada que se ha diseñado al momento.
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La variabilidad de la renta puede ser probable (chance vs certeza): Las variaciones que el operador
puede computar, sea con base en la prueba producida, en las estadísticas o en las máximas de la
experiencia, pueden también ser consideradas según a probabilidad de que ocurran. Un valor de 100%
de probabilidad considerará esa modificación como cierta en tanto que menos que 100% colocará a la
variación en el terreno de la chance;
Un aplicativo sencillo, fácil operación sin cuentas matemáticas (Excel): Para evitar las dificultades que
conlleva operar con la fórmula (aunque el operador comprenda las relaciones que ella implica), el
profesor Acciarri creó un aplicativo Excel de muy sencillo uso que permite trabajar de forma rápida y
accesible;
FALLO “ONTIVEROS”: La Corte, por mayoría, resolvió que una jueza víctima de un accidente laboral tiene
derecho a una indemnización que compense totalmente la pérdida de su capacidad aunque no haya perdido
su empleo
La Corte Suprema de la Nación revocó un fallo de la Suprema Corte de Justicia de Mendoza que había
reducido a menos de cuatrocientos mil pesos –a valores de 2012- la indemnización por los graves daños
provocados por el accidente de trabajo que Stella Maris Ontiveros sufrió en 2001 mientras cumplía funciones
como magistrada de primera instancia en la justicia local.
En el juicio quedó demostrado que cuando sufrió el accidente que provocó severas lesiones físicas y psíquicas
Ontiveros tenía 48 años y, además de desempeñarse como jueza, desarrollaba una amplia actividad social que
se vio disminuida después del accidente, así como también su capacidad para realizar los deportes que
practicaba.
Sin embargo, la corte mendocina le reconoció una indemnización por los daños sufridos de apenas $378.000
alegando que la incapacidad para el trabajo provocada por el accidente no era “total” sino del 60% y que,
además, mantuvo su cargo de magistrada y continuaba desempeñándolo sin merma en sus salarios.
Los Jueces Maqueda y Rosatti, en su voto conjunto, recordaron que el derecho a la reparación total encuentra
su fundamento en la Constitución Nacional y en los tratados internacionales incorporados a ella, y que la
integridad de la persona –tanto en su aspecto físico como en el psíquico y el moral– tiene en sí misma un valor
indemnizable. A partir de ello descalificaron el argumento dado por la corte provincial para reducir la
indemnización referido a que la demandante continuó en sus funciones de jueza después del accidente, sin
merma en su salario. Consideraron, al respecto, que aun en tal supuesto la incapacidad física o psíquica se
debe reparar pues influye sobre la posibilidad que tendría la víctima de reinsertarse en el mercado laboral, así
como sobre la posibilidad futura de ascender en su carrera. Sostuvieron también que resultaba irrazonable
que la corte mendocina “hubiese hecho un marcado hincapié” en que la incapacidad física que padece la
actora (del 60% según el peritaje médico) era solo parcial y no total, y destacaron el serio perjuicio que tal tipo
de padecimiento suele producir en la vida de relación y que repercute en la actividad social, deportiva, etc.,
por lo que debía ser objeto de reparación al margen de lo que correspondiese por el menoscabo de la
actividad productiva, debiéndose emplear igual perspectiva amplia también para fijar el valor de la
indemnización por el daño moral sufrido. Criticaron la adopción de un criterio injustificadamente restrictivo,
que llevó incluso a fijar como reparación “integral”, montos inferiores a los que preveía el sistema de la Ley de
Riesgos del Trabajo para la misma época.
En su voto concurrente el Juez Lorenzetti agregó que el derecho de toda persona a una reparación “integral” o
“plena” está recogido expresamente en el art. 1740 del Código Civil y Comercial de la Nación actualmente
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vigente, disposición que, aun cuando no se aplicase al caso –dado que al accidente por el que se reclamó
ocurrió bajo la vigencia de la legislación anterior–, condensa los parámetros ya aceptados por la doctrina y la
jurisprudencia. También criticó la reducción del rubro daño moral destacando que no se trata de una
especulación ilícita con los sentimientos, sino de darle a la víctima la posibilidad de procurarse satisfacciones
equivalentes a lo que ha perdido.
Por su parte el Juez Rosenkrantz sostuvo, diferenciándose de la mayoría, que algunas de las razones de la
corte provincial para reducir el monto de la indemnización eran apropiadas. Consideró correcto reducir la
indemnización en base a que la magistrada continuaba percibiendo sus remuneraciones sin merma alguna –
por lo que el accidente no afectó sus ingresos- y que, tratándose de una magistrada que goza de inamovilidad
mientras dure su buena conducta la probabilidad de que necesite reinsertarse en algún mercado laboral es
escasa y, por lo tanto, no indemnizable en los términos concedidos por los tribunales de grado. El Juez
Rosenkrantz entendió, no obstante, que la reducción dispuesta por la corte provincial era arbitraria al no tener
adecuadamente en cuenta la magnitud de los daños efectivamente sufridos. Consideró, además, que debía
efectuarse una nueva cuantificación de la indemnización pues la Suprema Corte de Justicia de la provincia de
Mendoza decidió en base a un criterio meramente genérico, limitándose a realizar una comparación con
pautas utilizadas por otros tribunales para situaciones supuestamente similares omitiendo considerar las
circunstancias específicas de la damnificada en el caso.
FALLO “RUIZ DÍAS C KRIEMEYER”: habiéndose dictado un fallo reciente, el 18/8/16 por la Cámara en lo Civil y
Comercial de Mar del Plata, Sala II " Ruiz Díaz, José Aurelio c/ Kreymeyer, Iván y Otra - Daños y Perjuicios" el
que aplica - dice - su fórmula (Acciarri). De fallo puede extraerse, entre otros interesantes antecedentes que,
por una incapacidad del 5,87% en una persona de 42 años de edad, computándole el Salario Mínimo Vital y
Móvil como ingreso, arriba a una indemnización de $ 137.637,50.
¿Qué cambios introduce el Código Civil y Comercial respecto al valor vida y las indemnizaciones por
lesiones?
Respecto del "valor vida" no introduce sustanciales modificaciones, sino respecto de las personas legitimadas
a reclamarlo. En lo que nos interesa, cuantificación, es el artículo 1.745 el que fija las pautas que deben
considerarse para fijar la reparación; tiempo probable de vida de la víctima, sus condiciones personales y la de
los reclamantes. Quiero significar que, considerando las "pautas" normativamente impuestas, surge claro que
no está imponiendo la aplicación de fórmulas matemáticas a los fines de cuantificar el " valor vida" - como lo
hace para cuantificar la incapacidad psicofísica-.
El art.1738 CCyC norma que incluye especialmente las consecuencias de la violación de los derechos
personalísimos de la víctima, de su integridad personal, su salud psicofísica, sus afecciones espirituales
legítimas y las que resultan de la interferencia en su proyecto de vida.
Esta segunda parte tiene mayor relación con la indemnización de las consecuencias no patrimoniales o el
daño moral. Recordamos cuanto señalamos al comienzo con relación a los arts. 51 y 52 vinculados ambos a
los Derechos y Actos Personalísimos. No cabe duda que el menoscabo a la “Dignidad Personal” se produce en
cada ocasión en que la persona humana sufre las consecuencias descriptas por la norma del art. 1738 pero
también bajo las previstas en el art. 51 y 52 CCyC, o de ambas simultáneamente.
Mientras los derechos personalísimos de la víctima se encuentran referidos a la intimidad personal o familiar,
honra o reputación, imagen o identidad de la víctima, su integridad personal y salud psicofísica se refieren a
lesiones concretas en estas materias que deben ser probadas a través de las respectivas pericias. Por su parte
las afecciones espirituales legítimas, tienen relación a lo que se conoció hasta ahora como el Daño Moral que
con el nuevo código pasan a denominarse “consecuencias no patrimoniales”. Finalmente la interferencia al
proyecto de vida, se erige como un daño resarcible que consiste en la frustración de un concreto proyecto de
vida, entendido este por ejemplo, como la de ser un jugador profesional cuya vida deportiva es conculcada a
consecuencia del ilícito de un tercero, un padre de familia, o constituir una familia a través del matrimonio o
tipo de unión convivencial de las autorizadas por el CCyC. Tal el caso de una pareja de novios padece un
accidente de tránsito en el que pierde la vida uno de ellos, siendo que ambos tenía previsto contraer
matrimonio al día siguiente.
ARTÍCULO 1741: “Está legitimado para reclamar la indemnización de las consecuencias no patrimoniales el
damnificado directo. Si del hecho resulta su muerte o sufre gran discapacidad también tienen legitimación
a título personal, según las circunstancias, los ascendientes, los descendientes, el cónyuge y quienes
convivían con aquél recibiendo trato familiar ostensible. Página 11 de 14
La acción sólo se transmite a los sucesores universales del legitimado si es interpuesta por éste.
El monto de la indemnización debe fijarse ponderando las satisfacciones sustitutivas y compensatorias que
pueden procurar las sumas reconocidas”.
Puede definirse al daño moral como la lesión de un interés no patrimonial de la víctima que produce
consecuencias de la misma índole.
Puede reclamar el daño moral el damnificado directo, pero establece que los damnificados indirectos pueden
reclamar también la reparación del perjuicio extrapatrimonial en los supuestos en que la víctima directa,
como consecuencia del hecho, muera o sufra una “gran discapacidad”.
Los ascendientes, los descendientes y el cónyuge tienen legitimación “a título personal” por el perjuicio que
cada uno de ellos sufre personalmente como consecuencia de la muerte o gran discapacidad de la víctima
directa. Además, incluye la posibilidad de que ejerzan la acción resarcitoria quienes convivían con la víctima,
recibiendo trato familiar ostensible.
También regula el artículo la posibilidad de que la acción por resarcimiento del daño moral se transmita
mortis causa a los herederos de la víctima directa, pero requiere, que esta última la haya interpuesto en vida.
Finalmente, el art. 1741, en su último párrafo, se refiere al carácter sustitutivo y compensatorio de la
indemnización, y consagra el carácter netamente resarcitorio (y no punitivo). Señala que la suma otorgada
por este concepto debe mensurarse en función de los placeres o actividades que ella permita realizar a la
víctima y que sirvan como una suerte de compensación de los sinsabores o angustias, o bien del desmedro
existencial por ella sufrido.
Acorde con la doctrina mayoritaria, no se trata tanto de encontrar un monto pecuniario equivalente al
menoscabo sufrido, puesto que ello resulta no sólo dificultoso sino prácticamente imposible. La índole
extrapatrimonial del daño conspira contra la viabilidad de establecer ese quantum. No se trata, como suele
decirse, de ponerle un “precio al dolor” más bien lo que se intenta es descubrir aquellas prestaciones que
sirvan para mitigar las repercusiones negativas que el evento dañoso infligió a los intereses
extrapatrimoniales de la víctima. Una vez establecido aquello que puede servir para que el damnificado
obtenga algún placer compensatorio que aminore o reduzca el dolor, la angustia, la aflicción provocadas por
el suceso, pareciera que la operación de cuantificar el daño moral podría resultar más simple.
Una vez verificado un evento dañoso con afectación de los intereses extrapatrimoniales de una persona y
repercusiones en su equilibrio espiritual, se abre la etapa de valoración de ese daño producido y de
cuantificación de la indemnización a abonar.
De allí que se hayan adoptado distintos métodos o sistemas para evaluar y cuan- tificar el daño moral, los
cuales se han visto reflejados en distintos pronunciamientos jurisdiccionales.
En primer lugar, algunos tribunales se han inclinado por una cuantificación discrecional del daño moral. Es el
juez, usando las reglas de la experiencia y un particular sentido de la justicia -y por qué no de la empatía
también-, quien determina el quantum de las consecuencias extrapatrimoniales sufridas por la víctima. Pese a
que se trata de un enfoque absolutamente resistido por su subjetividad, por la imposibilidad de contralor y
por la ausencia de predictibilidad, no creó que, un método tal, deba ser necesariamente arbitrario y, menos
aún, que no pueda ser defendido.
Algunas posiciones que preconizan la aplicación de la ética de la virtud a la ética judicial, lejos de ver en la
subjetividad del juez una fuente de discrecionalidad y/o impredecibilidad ponen a las virtudes del magistrado
como condición necesaria de la justificación de la norma individual que implica una sentencia (18). Más aún,
apelar a criterios tales como que el juzgador puede evaluar subjetivamente, no necesariamente lleva a privar
de fundamentos a la sentencia. No es que el magistrado se halle eximido de brindar las razones del quantum
indemnizatorio, sino que éste no halla parámetro alguno donde medirse.
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En efecto, puesto que lo que se busca es resarcir el detrimento sufrido por el damnificado, la conducta
observada por el agente y su grado de reprochabilidad se vuelven, en principio, irrelevantes. Demás está decir
que el daño por las consecuencias extrapatrimoniales no atiende al carácter objetivo o subjetivo de la
responsabilidad. No importa si el agente actuó con dolo o culpa o si su agencia le es imputada objetivamente.
En cualquier caso, el daño moral infligido será resarcible.
También han caído en desuso las operaciones que vinculaban la cuantificación del daño moral con la del daño
patrimonial.
De este modo, el autor se inclina por una tarifación de tipo judicial y no legal donde los pronunciamientos de
los distintos tribunales, paulatinamente, vayan formando una especie de baremo de consulta para abogados,
litigantes y jueces. La propuesta supone la posibilidad de conformar una suerte de tabla decreciente que
correlacione distintas situaciones objetivas con un monto pecuniario no rígido, del cual el magistrado pueda
apartarse, en más o en menos, según las circunstancias del caso y de la víctima. Así, por ejemplo, apunta que
el vértice del índice debería estar ocupado por el supuesto en el que un padre pierde un hijo, situación que, en
abstracto, constituye el máximo dolor concebible y, por tanto, el mayor daño moral imaginable.
Por diversas razones, los hechos han demostrado que una práctica como la que supone el sistema de
tarifación judicial indicativa resulta de muy difícil conformación.
Por último, y no menos importante, existe un argumento de tipo normativo que, si bien no descarta de plano
este método, impone al magistrado una restricción al momento de cuantificar las consecuencias
extrapatrimoniales. En efecto, el artículo 1741 del Código Civil y Comercial dispone en su párrafo final que el
monto de la indemnización debe fijarse ponderando las satisfacciones sustitutivas y compensatorias que
pueden procurar las sumas reconocidas.
La teoría de los placeres o satisfacciones compensatorias asume, en primer lugar, que tal como la naturaleza
misma del daño lo indica se trata de repercusiones insusceptibles de apreciarlas económicamente. En segundo
lugar, comulga con la idea, derivada de la primera, de que el juez no debe ir en busca de una magnitud
económica para medir o mensurar el dolor o cualquier alteración espiritual que se pretenda resarcir. No se
trata de poner un precio al dolor, es lo que repite sistemáticamente la doctrina más moderna.
Sin embargo, sostiene que ello no vuelve imposible la compensación del daño moral. Quizás una suma de
dinero sea una manera deficiente o imperfecta de reparar el menoscabo espiritual, pero del hecho que el
daño extrapatrimonial no sea valuable en dinero no se sigue que sea imposible repararlo. “La finalidad
compensadora del resarcimiento puede alcanzarse sin acudir a cálculos numéricos sobre el daño, de suyo
imposibles frente a quebrantos del espíritu"(23).
¿Cómo se alcanza esa finalidad compensadora entonces? A través de la estimación de un monto dinerario que
permita acceder a placeres o satisfacciones que puedan atenuar o mitigar el desequilibrio espiritual
provocado. El resarcimiento adquiere, así, un carácter paliativo, balsámico si se quiere, y la pregunta por la
cuantificación del daño moral, en lugar de concentrarse en hallarle un valor pecuniario al sufrimiento, se
centra en el precio de los bienes que permiten procurar su consuelo. En esta línea de pensamiento, a modo de
ejemplo, una suma pecuniaria suficiente para realizar un viaje de placer puede cumplir ese fin indemnizatorio,
más allá del destino que la víctima finalmente le dé al dinero.
Con este método, se pretende hallar una solución a la cuantificación del daño moral a la vez que se despoja a
dicha operación de la pretensión de "mercantilizar" el dolor. “Se trata, ante lo que se ha padecido, y siendo
que es imposible volver el tiempo atrás, de que con el dinero que se otorgue como indemnización el afectado
pueda realizar algo que le guste, que lo haga 'sentir bien, y que -en cierta manera- le permita tener algún
sentimiento que lo reconforte, lo aliente a seguir adelante, casi como un emoliente para el dolor, una suerte
de ‘caricia al alma' que en parte mitigue el padecimiento, y sea de la manera que sea" (24).
Se ha señalado que las prestaciones que pueden resultar útiles para definir el quantum del resarcimiento no
necesariamente deben consistir en la adquisición de bienes o servicios -entre ellos se enuncian a modo de
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ejemplo las distracciones ofrecidas por la asistencia a espectáculos, la práctica de deportes y juegos, el
incremento de comodidades del hogar o unas breves vacaciones-, también puede hallarse un alivio espiritual
en hacer bien a otros, involucrarse en obras de caridad (25).
Los doctrinarios destacan, en este supuesto, la importancia que adquiere la explici- tación de los placeres
compensatorios que interesan a la víctima en su demanda como guía que, luego al dictar sentencia, debe
tomar el juez para cuantificar el daño moral. Así, si el demandante posee algún interés especial cuya
satisfacción pueda contribuir al consuelo que se busca, debería ponerlo de manifiesto en la demanda y,
eventualmente, ser objeto de prueba (26).
La equivalencia entre indemnización y daño debería lograrse de manera más acabada a través de este
procedimiento. Si bien, por un lado, tiene un cariz más objetivo o particularista, porque conecta directamente
con los intereses de la víctima -que pueden variar grandemente de persona a persona-, por el otro, el planteo
oportunamente efectuado por el litigante proporciona un parámetro más objetivo al juez, ya que debe
resolver sobre una pretensión específica con la cual su resolución debe guardar correspondencia. Se
satisfacen, de este modo, las exigencias del principio de congruencia contenido en la mayoría de los códigos
procesales. Más aún si se han introducido elementos probatorios que den visos de razonabilidad a lo
solicitado en demanda.
Uno de los problemas que advertimos con facilidad es que, precisamente, el quantum de la indemnización
puede ser "sensible a la riqueza" (27). Los bienes o servicios que sirven de paliativo del dolor no suelen ser los
mismos según la víctima pertenezca la muerte de un hijo sufrida por dos damnificados de distinta extracción
social puede redundar en la condena de montos resarcitorios dispares. Como señala Ossola, entre otros: “Es
que si se trata de brindar satisfacciones sustitutivas y compensatorias, un criterio extremo (que desechamos
de manera terminante) podría postular que en el caso de personas de fortuna una suma equivalente -por
ejemplo- al valor de un inmueble podría resultarle poca indemnización; en tanto que para una persona
humilde podría significarle el acceso a la vivienda propia, siendo una satisfacción suficiente, ante situaciones
dañosas análogas (por ej. la muerte de un hijo). Cabe descartar de plano formulaciones como la indicada" (28).
La aplicación a la cuantificación del método de los placeres compensatorios posee, entonces, la ventaja de
permitir acercarse de manera más adecuada a la magnitud del daño infligido tal como es percibido por la
propia víctima (29). Se satisfaría, además, el principio de reparación integral que reclama un resarcimiento
justo del daño, entendido como proporcionado a la importancia del perjuicio.
Tal es lo que ocurre con las indemnizaciones tarifadas: como las del código aeronáutico (ley 17.285), de la Ley
de Navegación (Ley 20.094), del transporte multimodal (Ley 24.921), de la Convención de Viena sobre
accidentes de trabajo, ratificada por la ley 17.048, o, en fin, del régimen de accidentes de trabajo, desde la ley
9688 hasta la ley 24.028, luego sustituida por la ley 24.557, que estableciera un sistema de diferente perfil a
sus predecesoras, etc. En todos estos casos, el juez sólo debe aplicar los montos legalmente fijados y nada
más, a menos que considere y declare inconstitucionales a tales preceptivas.
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