Las Fundaciones en El Código Civil Y Comercial: Autor Cita
Las Fundaciones en El Código Civil Y Comercial: Autor Cita
COMERCIAL
Autor: Saux, Edgardo Ignacio
Cita: RC D 901/2017
Sumario:
1. Antecedentes históricos. 2. Su inserción constitucional. 3. El Derecho Comparado. 4. Las
fundaciones en el Código de Vélez, en la ley 19.836 y en los proyectos de codificación en el
Derecho argentino. 5. Clases. 6. Concepto. 7. Elementos, requisitos y caracteres. 8. Su
regulación en el Código Civil y Comercial de la Nación. a) Metodología. b) Concepto, objeto,
modo de constitución y patrimonio. c) Constitución, planes de acción y responsabilidad de los
fundadores. d) Gobierno y administración. e) Información y contralor. f) Reforma de los
estatutos y disolución. g) Fundaciones creadas por vía testamentaria. i) La autoridad de
contralor. 9. Las fundaciones en formación. 10. Las fundaciones extranjeras. 11. La fundación
como empresa. Bibliografía citada sobre fundaciones.
1. Antecedentes históricos
Si bien es cierto que se señala históricamente la existencia de fundaciones ya en el imperio
Egipcio o en Caldea [1] -fundamentalmente de orden religioso, dedicadas a rendir culto a los
dioses o a los muertos-, así como en la antigua Grecia y en el Derecho islámico, señala
Francisco Ferrara [2] que el diseño o concepto actual de ellas dimana de tres vertientes: el
Derecho Romano, el germánico y el Canónico, cada uno de los cuales elaboró en su momento
una concepción de las por entonces denominadas "corporaciones".
Probablemente, de ellas, la que mayor incidencia pudo haber tenido en el Derecho patrio fue
la universitas bonorum romana, primigeniamente vinculada al derecho sepulcral, por la cual se
adscribían tierras rentables cuyos frutos eran empleados para mantener el sepulcro y honrar la
memoria de personas ya fallecidas, generando una institución que aún a partir de un
basamento religioso o mítico, se institucionalizó jurídicamente, de manera singular no tanto
durante el Derecho Romano clásico, sino más bien en la época del imperio. A partir de ese
probable origen causal, y por influencia del Derecho Canónico, se va reconociendo la
existencia de fundaciones -a partir de la época justinianea- vinculadas a hospitales, orfanatos,
asilos de ancianos, establecimientos de caridad y albergues, además de iglesias y
monasterios [3]. Genéricamente, estos emprendimientos considerados pia casuæ son elevados
al rango de personas morales con vida propia e independiente, amparadas por la legislación
civil y religiosa, dotadas de acción judicial, representación y administradores, en relación a los
cuales el mandato prioritario se relacionaba con la prohibición de enajenar los bienes
integrativos de su patrimonio y el deber de acatar la voluntad del fundador.
Quizás una de las diferencias más importantes [4] entre el diseño romanista de las fundaciones
y su perfil actual pase por la circunstancia de que en aquéllas el patrimonio afectado al fin
fundacional seguía perteneciendo al fundador o benefactor, mientras que en éstas la fundación
es una persona jurídica autónoma e independiente, la que incluso puede hasta demandar al
fundador o benefactor en caso de incumplimiento de promesas de aportes o donaciones no
atendidas. En el Derecho germánico, por su parte, consigna Ferrara que ellas constituían una
suerte de patrimonio especial sujeto al fin fundacional, pero que no necesariamente
configuraban personas jurídicas autónomas.
Dentro de esa evolución -que al día de hoy evidencia la existencia de fundaciones como
medios operativos de múltiples propósitos, orientados (al menos, formal y legalmente) al bien
común, configurando junto con las asociaciones civiles y las simples asociaciones el extenso
entramado de organizaciones no gubernamentales o "tercer sector", que ha ido sustituyendo
por la iniciativa privada lo que en un tiempo se consideró rol exclusivo y excluyente del Estado-
esta figura jurídica que hoy denominamos "fundación" [5] tuvo su tiempo de ocaso o mirada
jurídica hecha con disfavor (singularmente durante el siglo XIX), en el entendimiento de que
generaba un mecanismo de mantenimiento (en especial en poder de la nobleza o de la Iglesia)
de bienes improductivos o "mano muerta", que poco aportaba al avance y la dinámica de la
economía [6].
Obviamente, y como lo consignáramos supra, al día de hoy el fenómeno fundacional no sólo se
ha expandido a nivel mundial -y nacional- de manera exponencial, mereciendo regulaciones no
sólo legales sino incluso constitucionales, sino que además, como lo recuerda Niel Puig [7], ha
generado hasta resoluciones del Parlamento Europeo sobre el tema [8], por las que se señala
que "...merecen apoyo especial las fundaciones que participen en la creación y desarrollo de
respuestas e iniciativas, adaptadas a las necesidades sociológicas de la sociedad
contemporánea; particularmente las que luchan por la defensa de las democracias, el
fenómeno de la solidaridad, el bienestar de los ciudadanos, la profundización de los derechos
humanos, la defensa del medio ambiente, la financiación de la cultura, las ciencias y prácticas
médicas y la investigación".
Es incontrastable que las fundaciones, junto con las asociaciones (entre nosotros, civiles y
simples asociaciones, vale decir, aquellas en las cuales el fin de lucro es del todo ajeno a su
objeto), configuran un segmento cada vez más relevante del quehacer cultural, científico,
investigativo, filantrópico, promotor de las artes, protector de la salud pública y del bienestar
general que otrora, durante los tiempos del Welfare State, se entendía como asignado casi
exclusivamente al Estado; y así como dentro del amplio marco de la personalidad jurídica las
sociedades comerciales con todos sus matices, variantes y vinculaciones son las que llevan
adelante la marcha de la economía a escala mundial, aquel primer grupo cumple un rol tanto o
más importante [9].
2. Su inserción constitucional
En un interesante trabajo relacionado al reflejo constitucional -en Derecho Comparado- del
fenómeno fundacional, Aída Kemelmajer de Carlucci [10], luego de recordar como dato
llamativo que la Constitución uruguaya de 1930 prohibía su existencia [11], pone de resalto que
más allá del reconocimiento del derecho a constituir fundaciones que en los textos
constitucionales que no hacen alusión expresa a éste dimana de las garantías de "reconocer
formaciones sociales" (como en Italia)
o de constituir personas jurídicas con aptitud para ser sujetos de derecho (Alemania), hay otro
grupo importante de cartas fundamentales en las cuales ese derecho aparece tutelado de
modo expreso.
Así, alude por ejemplo a que la Constitución de Portugal, si bien no afirma el derecho a crear
una fundación, declara que el Estado colabora con las fundaciones de fines culturales en
materia de fomento y apoyo a las organizaciones destinadas a promover la democratización de
la cultura. Menciona también la Constitución peruana que en su artículo 2°, inciso 13, entre los
derechos de la personalidad, alude al de "asociarse y constituir fundaciones y diversas formas
de organización jurídica sin fines de lucro"; haciendo lo propio el artículo 44 de la Constitución
colombiana al expresar que "es permitido formar compañías, asociaciones y fundaciones que
no sean contrarias a la moral o al orden social", agregando que "las asociaciones y fundaciones
pueden obtener su reconocimiento como personas jurídicas" [12].
En relación con la situación puntual del tema en España, luego de largos períodos de miradas
desfavorables al instituto que incluso tuvieran consagración normativa (la Constitución de
Cádiz, por ejemplo, ponía las Casas de Misericordia y demás establecimiento benéficos a
cargo de los Ayuntamientos, pudiendo memorarse la "Ley Desamortizadora" de 1820 y el
propio Código Civil de 1889, que contenía normas tendientes a evitar las vinculaciones)
evoluciona hacia una recepción del instituto (admitido ya por la Ley General de Beneficencia de
1849, así como por el art. 35 del Cód. Civ. español y, especialmente, por las leyes 30 de 1994
y 50 del año 2002), siendo relevante recordar que el artículo 34 de la Constitución de España
(en sus incs. 1° y 2°) reconoce el derecho a crear fundaciones "para fines de interés general",
"con arreglo a la ley". En la opinión de Kemelmajer [13], tal disposición reconoce el derecho a
crear fundaciones como "un derecho subjetivo de base constitucional", y lo regula como "una
manifestación de la facultad de disponer de los propios bienes, o sea, una consecuencia del
derecho de propiedad" (si bien admite que dicha tutela constitucional es menor que la conferida
al derecho a asociarse con fines lícitos, regulado en la Sección 1° del Capítulo 2° del Título I de
la Constitución española, y que por ende cuenta con la protección excepcional que suponen los
recursos sumario y de amparo previstos en el art. 53.2 para él -junto con otras garantías
también de rango constitucional-).
3. El Derecho Comparado
Hemos ya hecho referencia a que, en términos generales, la existencia de las fundaciones y el
derecho a crearlas (a "fundar", derecho uniformemente reconocido a personas humanas y a
personas jurídicas ya existentes, y en relación a las primeras tanto por acto de disposición
patrimonial entre vivos como por vía testamentaria) es al día de hoy uniformemente reconocido
en el Derecho Comparado.
Aludimos en el apartado precedente a la situación del tema en España [14], así como a las
previsiones de rango constitucional de varios países de la Europa central y de Iberoamérica.
El Código Civil francés de 1804, fuente inspiradora en muchos aspectos de nuestro Código
Civil argentino de 1871, no contempló las fundaciones -como no lo hizo este último, que recién
con la reforma de la ley 17.711 del año 1968 menciona a las fundaciones en su artículo 33,
apareciendo ellas reguladas más tarde por la ley 19.836 del mes de noviembre del año 1972-,
siendo éstas en el Derecho francés normadas por ley del año 1987; figurando el Código Civil
alemán de 1900 [15] como el primero que contempla una regulación orgánica de ellas -pese a
que, como menciona Kemelmajer [16], durante mucho tiempo la doctrina alemana puso en
duda la personalidad de las fundaciones, considerando que en ellas no hay un sujeto al que
corresponda el poder jurídico, porque no cabe considerar tales a los beneficiarios ni a los
administradores del patrimonio fundacional, siendo el fundador ajeno normalmente a su
estructura-.
En Inglaterra las fundaciones no cuentan con personería jurídica porque no funcionan como
tales, sino a través de la figura del trust [17], mientras que en los EE. UU., si bien ellas
discurrieron originariamente bajo el cauce de dicho módulo (en particular, los
denominados charitable trusts), la corriente doctrinaria y jurisprudencial dominante posterior se
orientó a considerarlas personas autónomas bajo la figura de auténticas corporations, más
específicamente nonprofit corporations.
A nivel de normativa infraconstitucional, tienen reconocimiento expreso como personas
jurídicas autónomas en los Códigos civiles de Paraguay, Bolivia, Chile, Colombia [18], Ecuador,
El Salvador, Guatemala y en leyes especiales de Italia, Francia, Japón, Luxemburgo, Grecia,
Portugal, Bélgica, Holanda, Suiza, Uruguay, República Dominicana, Honduras, Costa Rica,
Brasil, Nicaragua y Panamá, entre otros países tributarios del sistema jurídico romanista.
4. Las fundaciones en el Código de Vélez, en la ley 19.836 y en los proyectos de
codificación en el Derecho argentino
Como se señala atinadamente [19], al tiempo de la redacción del Código de Vélez Sársfield,
predominaban las ideas centroeuropeas que tendían a hacer desaparecer las limitaciones a la
transmisión de la propiedad inmueble (en virtud de lo cual en él se prohibían las vinculaciones,
se desconoció la enfiteusis y el derecho de superficie y se admitieron los censos y rentas sólo
por un plazo de cinco años), con lo cual no resulta extraño que el Codificador decimonónico no
regulara las fundaciones, más allá de aludir, en el inciso 5° del artículo 33 y dentro de la
enunciación de las personas jurídicas, a "los establecimientos de utilidad pública, religiosos o
piadosos, científicos o literarios..." Pero sin ninguna otra referencia normativa subsiguiente
vinculada al instituto [20].
Dentro de los antecedentes más destacables relacionados al tema con carácter previo a la
sanción de la ley 19.836 que en el año 1972 consagra normativamente la primera regulación
normativa integral de la materia, podemos recordar que el Anteproyecto del doctor Juan
Antonio Bibiloni, inspirándose en el Código Civil alemán de 1900, incluía dentro del título
vinculado a las personas jurídicas un capítulo relacionado a las fundaciones, criterio que fuera
seguido por el Proyecto del año 1936 elaborado por la Comisión oportunamente designada
para su redacción.
Asimismo, el Anteproyecto de Código Civil de autoría del doctor Jorge Joaquín Llambías (año
1954) mencionaba dentro de los tipos de personas jurídicas a "las fundaciones religiosas o
piadosas, científicas o literarias u otras que promovieran el bien común" -incluyendo por
primera vez una regulación razonablemente integral del instituto-. Se menciona también como
antecedente previo a la ley 19.836 la labor regulatoria emanada de la Inspección General de
Justicia de la Nación, la cual, mediante resolución 116 del Ministerio de Justicia de setiembre
de 1967, proponía una conceptualización de ellas y una regulación vinculada al perfil del acto
constitutivo, la integración del patrimonio, el gobierno interno y el contralor estatal.
La ley de reformas del Código Civil 17.711 del año 1968 incorpora la referencia (en el art. 33,
segunda parte, inc. 1°, dentro de las personas jurídicas de carácter privado) a las "asociaciones
y fundaciones que tengan por principal objeto el bien común, posean patrimonio propio, sean
capaces por sus estatutos de adquirir bienes, no subsistan exclusivamente de asignaciones del
Estado, y obtengan autorización para funcionar".
Pero más allá de esa referencia normativa, es recién con la sanción de la mencionada ley
nacional 19.836 del año 1972 que aparece, por primera vez en el Derecho argentino, un
estatuto legal integralmente relacionado a la conceptualización de las fundaciones como
personas jurídicas privadas con objeto de bien común y sin fin de lucro, siendo las únicas que
no tienen origen en un contrato de organización, sino sólo en la voluntad del fundador, ya sea
éste una persona humana o jurídica, y ya sea esa creación generada por un acto entre vivos de
asignación de fines y bienes para llevar adelante esos fines, o bien por uno de última
voluntad [21].
La caracterización -en términos generales- que hace de las fundaciones la mencionada ley
(que dejara de tener vigencia autónoma al ser reguladas las fundaciones de manera singular
dentro del texto del Código Civil y Comercial de la Nación del año 2014, aspecto del cual nos
ocupamos infra) se ha mantenido básicamente en el diseño que este último les asigna, con lo
cual nos remitimos al análisis que de ello hacemos al tratar la vigente conforme al nuevo
Código.
En el interregno que media entre la citada ley 19.836 y el Código Civil y Comercial de la Nación
es de público conocimiento que existieron cuatro propuestas de modificación normativa de la
codificación civil y comercial (el Anteproyecto del año 1987, el Proyecto elaborado por la
Comisión designada por la Cámara de Diputados del año 1993, el Proyecto de la Comisión
designada por decreto 468/92 del PEN y el Proyecto elaborado por la Comisión designada por
decreto 685/95 del PEN, conocido como "Proyecto de 1998", el cual es singularmente relevante
como fuente normativa inspiradora del Código Civil y Comercial de la Nación sancionado en el
año 2014 y vigente desde el 1° de agosto de 2015) [22].
En términos muy generales, podemos mencionar, en cuanto concierne al tema ahora bajo
consideración, que en el Anteproyecto de 1987 no se preveía una regulación singular de las
fundaciones -manteniéndose así la vigencia de la ley 19.836-, tal como también acontecía con
el Proyecto de 1993 de la Comisión designada por la Cámara de Diputados de la Nación y con
el Proyecto (del mismo año) elaborado por la Comisión designada por decreto 468/92 del PEN.
A diferencia de ellos, el Proyecto de 1998 (que no implicaba modificaciones al Código por
entonces vigente, sino una propuesta de nuevo Código Civil unificado con el de Comercio), en
el Capítulo III del Libro Primero (que regulaba una Parte general), y en siete secciones, incluía
un régimen integral de las fundaciones (subsumiendo lo normado por la ley 19.836) que
ampliaba en varios aspectos la regulación de esta última y modificaba otras [23]; no replicando
la exigencia del artículo 7° de la ley mencionada relacionada a que las personas jurídicas
extranjeras necesitaran autorización expresa del Estado para funcionar, y no quedando claro el
régimen de responsabilidad de los fundadores y administradores de la fundación en la etapa
previa al otorgamiento de personería jurídica (como sí lo estatuía el art. 8° de la ley de marras),
y contemplando la obligación de la presentación de planes trienales de actuación (directiva
replicada en el nuevo Código).
No preveía -como tampoco lo hace el CCyCN vigente- la creación de un registro especial de
fundaciones, tal como sucede, por ejemplo, en el Derecho español, y en América en el
Uruguay, en Perú y en Venezuela.
5. Clases
Luis Daniel Crovi [24] señala que más allá de la diversidad de fundaciones que tanto el
Derecho nacional como el comparado ofrecen en punto a su objeto (asistencial, universitario o
docente, científico, cultural, benéfico, laboral, deportivo, etc.), hay dos grandes grupos o
categorías que básicamente permiten diferenciarlas entre fundaciones de interés general y
fundaciones de interés particular. Cada uno de ellos, a su vez, admite subespecies.
La mayoría de las legislaciones del Derecho Comparado occidental reconocen como elemento
caracterizante de las fundaciones la finalidad de interés general o bien común que deben
perseguir institucionalmente [25]. Dentro de ellas, y según el sujeto que las constituye, las
fundaciones pueden subclasificarse en públicas, privadas o mixtas.
Las fundaciones públicas son las constituidas por un organismo público [26]. En Derecho
nacional argentino, si bien durante la vigencia del artículo 33 del Código derogado quedaba
claro que las fundaciones no podían ser creadas por el Estado (en la medida en que dicha
norma, común a las personas jurídicas privadas que necesitaban autorización estatal para
funcionar, singularmente las asociaciones de bien común y las fundaciones, se disponía que no
podían "subsistir sólo de asignaciones del Estado"), al desaparecer tal referencia en el contexto
del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación podría evaluarse si tal perspectiva resultaría
factible, aunque en nuestra opinión más allá de la inexistencia de una prohibición expresa, la
propia naturaleza del instituto y las facultades de contralor de la autoridad pública -estatal,
concretamente la Inspección General de Justicia, a nivel nacional o provincial según el ámbito
donde se constituya la fundación- que dimanan del texto del artículo 221 excluirían la
posibilidad de la existencia de fundaciones públicas.
Las fundaciones privadas -que son las que frecuentemente conocemos, tanto a nivel nacional
como comparado- son las constituidas por la voluntad fundacional -de una persona humana o
jurídica- independiente como tal del Estado. A su vez, hay quien diferencia entre ellas a las
"fundaciones de capital" y las "fundaciones gerenciales", siendo las primeras las que se
conforman con un acto unilateral de dotación de bienes tendiente al logro de la dinámica y de la
consecución de los objetivos de bien común establecidos en los estatutos, y las segundas, las
que se crean con un capital mínimo y su objeto es la captación de elementos patrimoniales que
a su vez se destinen al logro de esos objetivos estatutarios, ya sea de la misma fundación, o
bien de otras [27].
Las fundaciones mixtas son aquellas constituidas por entidades públicas y personas privadas,
aunque, en realidad, como se ha mencionado supra, quizás la distinción haga más bien al
modo o forma de constitución que a su dinámica propia.
Desde otro punto de miras, contrastando con el designio de bien común que suele ser el
caracterizante del instituto, se menciona -en Derecho Comparado, toda vez que tal perspectiva
no ha sido receptada por la normativa jusprivatista argentina- a las denominadas "fundaciones
privadas", en las cuales el objeto se vincula a intereses que no se proyectan propiamente al
interés general (aun cuando se lo preordene singularizadamente a un segmento de él, como
puede ser la ayuda a determinado tipo de personas vulnerables por razones de salud,
económicas, culturales, educativas o artísticas, entre otras), sino a designios que hacen a
intereses particulares, normalmente de rango patrimonial familiar [28].
Las fundaciones familiares o fundaciones de familia son personas jurídicas de derecho privado,
a las cuales el o los fundadores les destinan un patrimonio o bienes para los fines específicos
señalados en el acta fundacional, pudiendo ser beneficiarios los mismos fundadores o sus
familiares, para que tengan vigencia desde su constitución o después de la muerte de el o de
los fundadores, estándoles vedado el ejercicio de actos de comercio [29].
De alguna manera, su objetivo se identifica con el designio de planificación tributaria y
patrimonial de activos familiares.
En la mayoría de los países en los cuales no están reguladas -como sucede en Argentina-,
esos designios suelen cumplirse mediante la constitución de sociedades anónimas familiares,
permitiendo que el eventual fallecimiento del titular de una masa patrimonial de cierta
relevancia no genere la fragmentación del emprendimiento empresarial o de la propiedad
inmobiliaria de que se trate, sino la mera transmisión de acciones por vía hereditaria; o bien a
través de la figura del fideicomiso, donde el fiduciante asigna al fiduciario el resguardo y ulterior
transmisión de los bienes al beneficiario o beneficiarios a quienes se quiere proteger.
De alguna manera también podría considerarse un supuesto de fundaciones especiales a las
denominadas "fundaciones laborales" [30], creadas para beneficiar exclusivamente a los
trabajadores de una corporación o empresa. La singularidad de ellas es que, a diferencia de las
fundaciones tradicionales, donde los beneficiarios aun pertenecientes a algún segmento de la
sociedad -enfermos de sida, o de leucemia, o personas con discapacidades motrices, o con
determinados problemas de salud, como ejemplos entre muchos otros- son indiferenciados,
son en este caso identificables individual o grupalmente por su pertenencia a la empresa que
instituye la fundación en su beneficio [31]. En Argentina tampoco existen como tales, siendo
cubiertas esas proyecciones por toda la infraestructura que desde mediados del siglo pasado
brindan a los trabajadores (no por empresa, sino por actividad) los sindicatos.
Finalmente, y como dato referencial, Crovi [32] alude a la creciente realidad europea de las
asociaciones de fundaciones, que las integran en instancias superiores del tercer sector
coordinando su accionar y potenciando sus propósitos [33]. Dicha realidad es todavía ajena a
nuestra experiencia fundacional.
6. Concepto
La noción conceptual de la fundación es más o menos uniforme -razonablemente, con matices
en orden al estricto apego de su objeto a designios de bien común o eventualmente a otros
más abiertos hacia el juego de la autonomía de la voluntad- en el Derecho Comparado y en la
doctrina [34].
Se alude así a que la fundación "es un patrimonio destinado a un cierto fin, por actos entre
vivos o mortis causa, con carácter de perpetuidad o de duración indeterminada, y al que la ley
reconoce como sujeto de derecho" [35]; o -para el mismo Crovi [36]- "una persona jurídica
nacida de un acto jurídico unilateral, por el cual una persona (física o jurídica) llamada fundador
dispone todo o parte de sus bienes (acto de dotación) para afectarlo al cumplimiento de una
finalidad de bien común no lucrativa, que requiere autorización estatal para poder funcionar
como tal".
Niel Puig [37] alude a que las fundaciones "son personas jurídicas privadas que nacen de un
acto jurídico unilateral inter vivos o de última voluntad otorgado por el fundador, que la dota de
un patrimonio inicial destinado a la consecución de una finalidad de bien común"; en tanto que
Llambías [38], siguiendo a Enneccerus, alude a que la fundación "es una organización para la
realización de un fin altruista, reconocida como sujeto de derecho, y que no consiste en una
unión de personas"; en tanto que para Borda [39], "las fundaciones son entidades creadas con
un objeto altruista y dotadas de un patrimonio para su cumplimiento"; mientras que para Julio
Rivera [40], "la fundación es una persona jurídica nacida de un acto fundacional por el cual una
persona (fundador), le atribuye un patrimonio (acto de donación) destinado a cumplir una
finalidad de bien común también definida por el fundador, para lo cual tiene una organización
administrativa, y que requiere autorización estatal". En Derecho español, De Castro y
Bravo [41], ante la ausencia de un concepto de fundación en el Código Civil español, postula
que "puede considerarse a la fundación como la personificación de la organización, instituida y
reglada por el fundador, para realizar el fin benéfico al que destina una masa de bienes".
En la comunicación sobre el fomento de las asociaciones y fundaciones en Europa del año
1997, la Comisión Europea las define como "los organismos que tienen su propia fuente de
ingresos, que se dedican, según su propio criterio, a proyectos o actividades de utilidad pública,
que son completamente independientes del gobierno u otras autoridades públicas y que son
gestionadas por consejos de administración independientes o por fiduciarios".
La ley 19.836 que rigiera en nuestro país la materia desde su sanción en el año 1972 hasta la
vigencia del Código Civil y Comercial de la Nación (agosto de 2015) declaraba en su artículo 1°
que las fundaciones "son personas jurídicas que se constituyen con un objeto de bien común,
sin propósito de lucro, mediante el aporte patrimonial de una o más personas, destinado a
hacer posible sus fines", agregando que para actuar debían requerir "la autorización prevista
por el artículo 45 del citado Código" (se refería al Código de Vélez).
El Código Civil y Comercial de la Nación en su artículo 193 dispone que "Las fundaciones son
personas jurídicas que se constituyen con una finalidad de bien común, sin propósito de lucro,
mediante el aporte patrimonial de una o más personas, destinado a hacer posible sus fines".
Agrega que se pueden constituir también por un acto de última voluntad del fundador, y que
para existir requieren constituirse mediante instrumento público y obtener autorización del
Estado para funcionar.
Como vemos -y como adelantamos en el primer párrafo de este apartado- los criterios
caracterizantes que permiten perfilar un diseño conceptual son, en principio, coincidentes.
A título personal, pensamos que ciñendo la propuesta de conceptualización al Derecho
argentino (lo cual integra a ésta los matices incluso formales de su constitución), podríamos
proponer que la fundación es una persona jurídica de derecho privado, no nacida de un
contrato de organización, sino de la voluntad uni o plurilateral de una o más personas humanas
o jurídicas también privadas, que mediante un aporte patrimonial destinado a solventarla (acto
de dotación) preordena su finalidad y redacta sus estatutos, que tiene un fin de bien común
(genérico o sectorizado), que no puede tener propósito lucrativo directo ni indirecto, que no
tiene miembros, sino administradores y beneficiarios, que requiere ser constituida por
instrumento público y obtener autorización estatal para funcionar, que no nace -
necesariamente- con una previsión temporal predeterminada de vigencia, y que es controlada
por el Estado en su faz genética y funcional.
7. Elementos, requisitos y caracteres
Vinculando el análisis singularmente a las fundaciones en el Derecho argentino (ya hemos
mencionado que, más allá de las líneas directrices generales que informan su
conceptualización, hay matices en el Derecho Comparado, tanto en relación a su objeto como
a su forma de constitución y a las clases de fundaciones posibles), parece interesante en orden
al análisis de sus elementos la sistemática propuesta por Niel Puig [42], quien diferencia entre
elementos constitutivos materiales y formales.
Entre los primeros, aparece como esencial el elemento patrimonial que es esencial no sólo a la
existencia misma de la fundación, sino también a la real perspectiva de que ella lleve a cabo el
cumplimiento de su finalidad según sus estatutos. El acto fundacional -que es aquel por el cual
el o los fundadores crean la nueva persona jurídica en cuestión- requiere la "dotación" (ya sea
por donación o por disposición testamentaria que así lo disponga) de una masa patrimonial, en
dinero o en otra clase de bienes generadores de recursos [43], que es la que va a solventar los
costos operativos de la nueva persona jurídica que se crea.
Ese aporte inicial puede consistir en una promesa de donación, pero la autoridad de control
debe evaluar, al tiempo de otorgar o no personería jurídica a la fundación, si esos bienes o
recursos son aptos para permitir el logro de los fines estatutarios de bien común, ya que
aunque este tipo de personas jurídicas cuentan con beneficios fiscales y tributarios (exenciones
impositivas e, incluso, hasta eventualmente subsidios), es esencial que ese autofinanciamiento
resulte efectivamente operativo, lo cual, además, aventa el riesgo -lamentablemente bastante
difundido- de generar fundaciones que no son más que pantallas para desgravaciones
empresariales o para servir de mera fachada a designios que lejos están de ese requerimiento
legal de búsqueda del bien común [44].
Como puntualiza Niel Puig, desde la situación de los acreedores del fundador, aquellos cuyo
título del crédito sea anterior a la constitución de la fundación (y por ende a la dotación
patrimonial) podrán considerar inoponible tal acto dispositivo que tenga forma de donación, en
tanto que para los que tengan fecha posterior a ella no habrá perspectiva de persecución, toda
vez que, constituida la fundación, esos bienes aportados forman parte de su capital propio, y
siendo de una persona jurídica distinta e independiente del fundador, no responderán por las
deudas asumidas por éste luego del acto de dotación; y en caso de tratarse de constitución (y
dotación) por acto de última voluntad (testamento), se aplicarán las reglas comunes en materia
sucesoria.
El segundo elemento material lo constituye el fin de bien común que el artículo 193 del Código
Civil y Comercial de la Nación declara como único posible. El tema merece no menos de tres
consideraciones relevantes.
La primera, que esa finalidad de bien común es en definitiva la que justifica la existencia de
este tipo de personas jurídicas de rango fundacional, con fuerte control estatal sustentado
precisamente en la necesidad de resguardar que ese objetivo altruista efectivamente se
cumpla, y que quienes aparecen formalmente como servidores de la voluntad fundacional no
encubran intereses lucrativos personales o empresariales directos o indirectos [45]. Las
fundaciones -junto con las asociaciones de bien común y las simples asociaciones- conforman
el extenso y relevante campo de lo que se denomina el "tercer sector", o las organizaciones no
gubernamentales que cumplen socialmente funciones más que relevantes, y que otrora eran
monopolizadas por el Estado. Ese objetivo de bien común es a su vez el que justifica el
marcado control estatal que se ejerce sobre las fundaciones, no sólo al tiempo de otorgarles
personería jurídica, sino durante la etapa funcional con la presentaciones de planes trienales
de actuación y con la efectiva supervisión de la Inspección General de Personas Jurídicas
sobre sus balances y el real cumplimiento de los fines estatutarios, y, como contracara, con
beneficios de rango fiscal (exenciones o incentivos) que buscan incentivar su gestión.
La segunda, que ese objetivo de bien común puede ser genérico o indiferenciado (v. gr.,
aludiendo a un supuesto de fundación que en Derecho Comparado es paradigmático por su
accionar, como lo es la Fundación sueca Albert Nobel, promoviendo genéricamente el
reconocimiento a quienes se destacan en las ciencias o en la gestión por la paz mundial), o
bien sectorizado (como suele suceder con la mayoría de las fundaciones), en las cuales el
designio legal se cumple propendiendo al bien común de un segmento o grupo o colectivo de
personas que se encuentran en una situación determinada (v. gr., enfermos de determinada
enfermedad o padecientes de determinada discapacidad, personas en situación de calle,
ancianos sin contención familiar o niños en situación de adoptabilidad, etc.).
La tercera, que -como lo hemos aludido supra- dentro del diseño de la personalidad jurídica en
general que dimana del Código Civil y Comercial de la Nación, las fundaciones han pasado a
ser las únicas que requieren como objetivo excluyente y exclusivo el bien común. Tal
requerimiento finalístico era, en la estructura del Código de Vélez (según la reforma que le
impusiera la ley 17.711 singularmente al art. 33), común a las "asociaciones de bien común"
(valga la redundancia, siendo en el nuevo Código denominadas como "asociaciones civiles") y
a las fundaciones, pero el artículo 168 del nuevo Código modificó tal diseño en relación con las
primeras, las que deben tener un objeto no lucrativo (ni para sí, ni para sus miembros, ni para
terceros) y que a su vez sea "no contrario al interés general o al bien común", interpretándose
este estándar como "el respeto a las diversas identidades, creencias y tradiciones, sean
culturales, religiosas, artísticas, literarias, sociales, políticas o étnicas que no vulneren los
valores constitucionales" [46].
Entre los elementos formales [47] se computan el dispositivo de actuación, consistente en
conjugar el aporte patrimonial del fundador junto con el diseño de las normas estatutarias que
regirán al ente, la designación de los miembros de las estructuras de administración y la
gestión de la autorización para funcionar (previa conformación mediante instrumento público),
todo lo cual hace posible el desenvolvimiento futuro de la fundación; y el sustento normativo,
vale decir, la adecuación del diseño fundacional al marco legal que el CCyCN preordena para
el instituto, tanto en orden a la constitución inicial y el aporte patrimonial indefectible, la
finalidad de bien común, la administración de los bienes, la ausencia de ánimo de lucro, la
gestión de la personería jurídica, los planes trienales de actuación, los estados contables y el
cumplimiento del fin estatutario.
Respecto de los requisitos y caracteres de la fundación (de alguna manera, unos están
imbricados en los otros), en general la doctrina es razonable conteste [48] en señalar los
siguientes:
La fundación es una persona jurídica privada, nacida de la voluntad unilateral (normalmente)
del fundador que, a diferencia de las personas jurídicas de carácter asociativo o societario, no
nace de un acuerdo de voluntades individuales (como tampoco sucede con la sociedad
unipersonal creada a partir de la misma ley nacional 26.994 del año 2014 que sancionara el
Código Civil y Comercial, por vía de la modificación al art. 1° de la Ley de Sociedades
Comerciales 19.550 del año 1984).
- Supone la afectación inicial de una masa patrimonial con carácter permanente destinada al
logro de sus fines estatutarios [49].
- Tiene una finalidad de interés general o bien común, inconciliable con el ánimo de lucro para
sí, para sus administradores o para terceros [50].
-Se constituye mediante un acto de disposición patrimonial gratuito entre vivos (donación) o por
una disposición testamentaria del fundador que así lo consagra (acto de dotación), emanado
del fundador.
-Además de ello, el fundador redacta los estatutos que la rigen, designa a sus administradores
(pudiendo reservarse un lugar en el consejo de administración, así como la facultad de
designar consejeros cuando se produzca el vencimiento de los plazos de designación o la
vacancia) y preordena la organización interna del ente para su funcionamiento, conforme a la
ley.
- Fuera de ello, el fundador es ajeno a la fundación e independiente de ella, la que incluso
hasta puede demandarlo por incumplimiento de promesas de donación de bienes hechas en el
acto fundacional [51].
- Debe constituirse por instrumento público, debiendo el fundador gestionar y obtener la
autorización del Estado para funcionar.
- Carece de miembros -a diferencia de las asociaciones y sociedades- y sólo tiene
administradores, que son servidores de la voluntad fundacional expresada estatutariamente, y
beneficiarios.
- No se constituye -en principio, salvo disposición estatutaria específica- por un tiempo
predeterminado, pudiendo producirse su disolución por circunstancias sobrevinientes: fusión
con otra fundación, retiro de personería o agotamiento de la finalidad estatutaria [52].
- No tiene órganos de control internos, sino que tanto su creación, funcionamiento y eventual
disolución están sometidos al control estatal, el cual, conforme al CCyCN, debe exigirles la
presentación de planes trienales de actuación así como la de los estados contables.
8. Su regulación en el Código Civil y Comercial de la Nación
Como consignáramos supra, el Código Civil y Comercial de la Nación en vigencia desde agosto
de 2015 incorpora dentro de la regulación de las personas jurídicas (en la Parte general, Libro
Primero, Título II, Capítulo 3, arts. 193 a 224) la inherente a las fundaciones, régimen que
desde la sanción de la ley 19.836 del año 1972 hasta ese hito temporal premencionado, se
encontraba previsto en dicha norma complementaria, ahora derogada.
En los Fundamentos del Código vigente, la Comisión redactora alude -respecto del tema- a que
"las fundaciones [...] no pueden estar ausentes del Código Civil", y que aun con algunas
modificaciones puntuales, "el articulado está basado en el texto de la citada ley" (se refiere a la
19.836). Concluye con una frase llamativa: "Ello indica que para el Código todo es nuevo pero
no es novedad para el sistema jurídica argentino" [53].
a) Metodología
La regulación que sobre las fundaciones propone el Código Civil y Comercial de la Nación
comprende 32 artículos -la ley 19.836 tenía 38-, y divide el tema en siete secciones: la primera
dedicada al concepto, el objeto, el modo de constitución y el patrimonio; la segunda, a la
constitución y autorización; la tercera, al gobierno y administración; la cuarta, a la información y
contralor; la quinta, a la reforma del estatuto y la disolución; la sexta, a las fundaciones creadas
por disposición testamentaria, y la séptima y última, a la autoridad de contralor.
Vamos a tratar de estructurar el análisis a partir de tal diseño, puntualizando los aspectos más
relevantes de cada subtema, así como las diferencias de matices que se constatan en relación
con la regulación precedente de la ley 19.836.
b) Concepto, objeto, modo de constitución y patrimonio
Ante todo, las fundaciones son personas jurídicas privadas, conforme lo dispone el artículo
148, inciso d, del Código Civil y Comercial de la Nación.
Respecto de su conceptualización, el artículo 193, excepcionando un criterio que en general
tiende a prescindir de la propuesta de de-finiciones legales -paradigmáticamente, y por
ejemplo, el CCyCN prescinde de hacerlo con la noción de persona, tal como lo hacía el artículo
30 del Código de Vélez-, propone un perfil de las fundaciones (al cual hemos hecho referencia
supra) según el cual "son personas jurídicas que se constituyen con una finalidad de bien
común, sin propósito de lucro, mediante el aporte patrimonial de una o más personas,
destinado a hacer posible sus fines"; agregando en los párrafos subsiguientes que requieren
para existir constituirse por instrumento público y solicitar y obtener autorización del Estado
para funcionar; y aludiendo a que si el fundador es una persona humana (si fuera una persona
jurídica, obviamente que sólo podría hacerlo por donación) ese aporte patrimonial puede
hacerse por donación o bien por disposición testamentaria [54].
Comparando la preceptiva con la regulación precedente de la ley 19.836, aparece una
exigencia formal reforzada (la citada ley permitía la constitución de la fundación por instrumento
público o privado con firmas certificadas por escribano público, alternativa ésta ahora
suprimida), manteniéndose la exigencia de peticionar y obtener autorización del Estado para
funcionar, la que se instrumenta a través de la Inspección General de Justicia, con la obvia
posibilidad de judicializar la eventual denegación. Al respecto, el CCyCN replica -con otra
metodología- la preceptiva contenida en el artículo 45 del Código de Vélez que así lo preveía
de modo expreso (para el supuesto de denegación administrativa de la personería, teniendo su
correlato en el art. 48 in fine para la sanción de su retiro, supuesto para el cual el nuevo Código
así lo contempla en su art. 164 dentro del capítulo inherente a la parte general de todas las
personas jurídicas), al consignar en su artículo 224 (analizado infra) que las decisiones
administrativas que denieguen la personería de una fundación o retiren la ya otorgada son
impugnables judicialmente si media ilegalidad o arbitrariedad.
Conforme entonces con lo premencionado, vemos que en el concepto de fundación propuesto
por el Código aparecen todos los elementos materiales y formales a los que oportunamente
hemos hecho referencia desde la pura dogmática, vale decir, el rango de persona jurídica
privada a partir de su constitución por instrumento público y el reconocimiento estatal de
personería, su nacimiento por un acto de dotación patrimonial del o de los fundadores
(personas humanas o jurídicas), su fin exclusivo de bien común [55], su carencia de miembros
y la mera existencia de administradores (como servidores de la voluntad fundacional) y
beneficiarios, y el control estatal genético y funcional.
Hemos dicho ya que en Derecho argentino las únicas personas jurídicas privadas que nacen
de la pura voluntad unilateral son la fundación y la sociedad unipersonal, lo cual marca una de
las diferencias más importantes entre las fundaciones y aquellas otras personas jurídicas que
se originan en un contrato de organización donde confluyen múltiples voluntades individuales
en pos de un fin común (las asociaciones, ya sean civiles o simples asociaciones, y las
sociedades, ya sean mutuales, cooperativas o las sociedades comerciales reguladas en la ley
respectiva).
Otro rango singularmente distintivo es el fin exclusivo de bien común, en orden a lo cual las
fundaciones son las únicas personas jurídicas privadas a las cuales la ley les impone tal
recaudo.
Y, finalmente, ya se ha hecho mención a que así como las sociedades y asociaciones son
autónomas en tanto tienen miembros y ellas se dan sus propias reglas -y las modifican- a
través de sus estatutos, las fundaciones son heterónomas -puesto que reciben sus normas
regulatorias a través de la voluntad del fundador, y si hay que modificarlas interviene
directamente el Estado-, no teniendo miembros sino, como se ha dicho, servidores de la
voluntad fundacional y beneficiarios [56].
El modo de constitución es formal -se requiere instrumento público, que implica su acreditación
mediante escritura pública otorgada por un escribano con registro en el lugar de creación- y
exige autorización del Estado para funcionar (lo que ubica a las fundaciones dentro de las
personas jurídicas que tienen origen en el sistema de concesión, como las asociaciones civiles
según art. 169 del CCyCN, con la diferencia respecto de estas últimas de que además del
instrumento público constitutivo y de la autorización estatal, deben registrarse, requisito no
previsto normativamente para las fundaciones); y respecto de su patrimonio, el artículo 194
dispone que éste (el inicial, vale decir, aquel dotado por el fundador, sin perjuicio de los aportes
patrimoniales ulteriores que la fundación consiga allegar mediante los recursos que sus
estatutos permitan de futuro) debe "posibilitar razonablemente" (ello será tema de apreciación
por la autoridad de contralor) el cumplimiento de los fines propuestos, "siendo ello
indispensable para obtener la autorización judicial" [57].
El CCyCN no prevé la registración de las fundaciones, como sucede en el Derecho español, y
en Iberoamérica en el Derecho uruguayo, el peruano y el venezolano. Personalmente, somos
de la opinión de que la creación legal de dicho registro especial hubiera sido positiva y
facilitaría el control estatal y la publicidad de la existencia de ellas, de su nombre, domicilio,
capital y objeto frente a los terceros, y además guardaría correlación con similar exigencia
impuesta por el mismo Código para las asociaciones civiles (según art. 169) [58].
Va de suyo que esa dotación patrimonial puede provenir de una donación, de una promesa de
donación o de un compromiso de aporte económico del fundador o de terceros, o bien de un
acto de última voluntad que instituya a la futura fundación como beneficiaria.
De cualquier manera, y reiterando un diseño que proviene de la ley 19.836, el CCyCN
establece al respecto que en la consideración de esa suficiencia del patrimonio inicial aportado
por el fundador se pueden tener en cuenta los compromisos de integración futura, ya sea
proveniente del o de los fundadores o de terceros [59]; agregando que sin perjuicio de ello la
autoridad de contralor puede resolver favorablemente la solicitud de reconocimiento de
personería en atención a "los antecedentes de los fundadores o de los servidores de la
voluntad fundacional comprometidos por la entidad a crearse", así como el programa a
desarrollar según los estatutos, todo ello a fin de valorar "la aptitud potencial para el
cumplimiento de los objetivos previstos en los estatutos" (art. 194) [60].
c) Constitución, planes de acción y responsabilidad de los fundadores
La fundación, como se ha consignado supra, nace con el acto fundacional, otorgado por el o
los fundadores o por apoderado especial de ellos para tal extremo si es entre vivos, o por
autorización del juez del sucesorio si se la crea mediante disposición de última voluntad.
El instrumento público mediante el cual se constituye la fundación (escritura pública si es entre
vivos, o testamento o legado autorizado por el juez del sucesorio) debe ser presentado ante la
autoridad de contralor (la Inspección General de Personas Jurídicas) para su aprobación, y
además, obviamente, del aporte patrimonial o compromiso de aportes futuros [61], del fin de
bien común, de los estatutos -redactados por el fundador- y eventualmente hasta de la
designación de los miembros del consejo de administración si así lo dispusieran el o los
fundadores, el CCyCN preordena una serie de requisitos o recaudos a cumplir (art. 195), entre
los cuales se mencionan los datos de los fundadores (si es o son personas humanas, nombre,
nacionalidad, documento de identidad, estado civil, profesión, domicilio; y si interviniera un
apoderado especial, los propios de él; y si es una persona jurídica la razón social, el domicilio,
su existencia legal, su inscripción registral y la representación orgánica de quienes comparecen
por ella); el nombre y domicilio de la fundación [62]; la designación precisa de su objeto; el
patrimonio inicial y la integración y recursos futuros [63]; el plazo de duración si lo hubiera
previsto inicialmente [64]; la estructura y organización del consejo de administración, la
duración de los cargos, el régimen de reuniones y el procedimiento para la designación de sus
miembros; las cláusulas atinentes al funcionamiento de la entidad; el procedimiento y régimen
para la reforma de los estatutos [65]; la fecha de cierre del ejercicio anual; las cláusulas de
disolución y procedimiento atinentes a la liquidación y destino de los bienes [66], y el plan
trienal de acción [67].
Se ha señalado con acierto [68] que el acto constitutivo y el estatuto son dos instrumentos que
necesariamente deben diferenciarse, y que en el texto del Código (como en el de la ley 19.836)
hay cierta confusión relativa a los recaudos que deben contener uno y otro. El acto constitutivo
es el que da origen a la fundación, y los estatutos son una parte necesaria de él. Estos últimos
son los que regulan la estructura interna y la vida futura del ente, y si bien son redactados por
el fundador y aprobados por el Estado, su proyección temporal no se limita al inicio de la
existencia de la persona jurídica, sino más bien a su faz funcional futura.
En el acto constitutivo el fundador debe designar los integrantes del primer consejo de
administración, y, en su caso, las personas a quienes él designe para gestionar la autorización
para funcionar.
Asimismo, conforme a lo normado por los artículos 196 a 198, durante la tramitación de la
autorización para funcionar , el dinero en efectivo o los títulos valores que conforman el
patrimonio inicial de la fundación deben ser depositados en el banco al respecto por la
autoridad de contralor dentro de la jurisdicción en que ella se pretende constituir, y respecto de
los aportes no dinerarios debe confeccionarse un inventario con sus respectivas valuaciones,
suscripto por un contador público nacional. Y las promesas de donación hechas por el fundador
en favor de la fundación se tornan irrevocables (por él mismo, o por sus herederos en caso de
muerte) a partir de la fecha de la resolución que autoriza a la fundación para funcionar;
pudiendo la fundación ya constituida demandar su cumplimiento (conforme art. 198),
limitándose las defensas oponibles por el donante o sus sucesores mortis causa [69].
Con relación a los planes de acción, ya se ha hecho referencia a que conforme a lo normado
por el artículo 199 del CCyCN, al constituirse la fundación se debe presentar el plan operativo
correspondiente al primer trienio, con indicación de la naturaleza, característica y desarrollo de
las actividades necesarias para el cumplimiento del objeto fundacional, así como las bases
presupuestarias para su concreción; y cumplido esto, se debe proponer por el consejo de
administración el correspondiente al trienio siguiente, y así sucesivamente [70].
Finalmente, con relación a la responsabilidad de los fundadores y administradores durante la
etapa de gestación de la fundación (la responsabilidad de los miembros del consejo de
administración durante la etapa funcional del ente está prevista en el art. 211), el artículo 200
dispone que ellos (fundadores y administradores) son solidariamente responsables frente a
terceros por las obligaciones contraídas hasta el momento en que se otorga la personería
jurídica, aunque -como también se lo dispone con relación a los administradores de las simples
asociaciones en el artículo 191-, cuando esa responsabilidad compromete sus bienes
personales, éstos sólo pueden ser agredidos por los acreedores de la entidad en gestación una
vez satisfechos los acreedores personales del fundador o administrador, lo cual constituye un
privilegio legal en favor de estos últimos que no está mencionado en la nómina de privilegios
especiales del artículo 2582 del mismo Código.
d) Gobierno y administración
Siendo que la fundación, a diferencia de las asociaciones y sociedades, no tiene miembros,
sino una estructura interna de servidores de la voluntad fundacional (diseñada por la ley, pero
con la facultad para el fundador de eventualmente designar a quienes originariamente la
conformarán, incluyendo en ello la posibilidad de autodesignarse como miembro del consejo de
administración y de incluso nombrar consejeros cuando venciera el plazo de su designación o
se produjere alguna vacancia -art. 202-, todo lo cual hace a su rango de entidad heterónoma y
no autónoma, como las primeras), el gobierno y administración del ente se diseña básicamente
en dos estamentos colegiados: el ya mencionado consejo de administración, integrado al
menos por tres personas humanas y con las facultades y condiciones que les asigne el
estatuto; y -eventualmente, ya que éste no es de existencia necesaria, sino posible- del comité
ejecutivo, que actuará por delegación del primero cuando así se lo disponga.
Más allá de estas facultades que la ley le reconoce al fundador, una vez autorizada la
existencia de la fundación, la separación de personalidades entre ésta y el o los fundadores es
total, y no sólo, como hemos aludido, la fundación puede demandar al fundador por
cumplimiento de promesas de donaciones o aportes incumplidas (art. 198), sino que el artículo
212 estatuye que todo contrato entre la fundación y los fundadores o sus herederos -excepto
esas donaciones- debe indefectiblemente ser sometido a aprobación de la autoridad de
contralor, y es ineficaz de pleno derecho sin ella; ineficacia que se proyecta también hacia toda
decisión del consejo de administración que directa o indirectamente origine en favor del
fundador o sus herederos un beneficio no previsto en los estatutos.
El consejo de administración estará conformado por personas humanas en número de al
menos tres [71], designadas originariamente por el fundador, o, en su caso, por quienes sean
designados a tal fin por instituciones públicas o entidades privadas sin fines de lucro (arts. 202
y 203), siendo su rol permanente o transitorio (según lo dispongan los estatutos, pudiendo
éstos determinar que los miembros permanentes tengan voto decisivo en determinadas
cuestiones relevantes, o que pueden designar a los segundos) [72], teniendo ese cargo
carácter honorario y sólo pudiendo reclamar el reembolso de gastos (arts. 204 y 206). Los
miembros del consejo de administración pueden ser removidos por el voto de al menos dos
tercios de los integrantes del cuerpo, y el estatuto puede prever la caducidad automática de sus
mandatos por ausencias injustificadas reiteradas (art. 209). En caso de acefalía "en grado tal
que su funcionamiento se torne imposible" (art. 210), no siendo posible designar nuevos
miembros conforme al estatuto, o cuando los designados rehúsen el cargo, la autoridad de
contralor debe reorganizar la administración de la fundación, designando nuevas autoridades y
modificando el estatuto en las partes pertinentes.
Los miembros del consejo de administración se rigen, respecto de su cometido, por la ley, las
normas reglamentarias emanadas de la autoridad de contralor, los estatutos y,
subsidiariamente, por las reglas del mandato; siendo pasibles -en caso de violación de sus
deberes funcionales- de la pertinente acción por responsabilidad que pueden promover contra
ellos tanto la fundación como la autoridad de contralor, sin perjuicio de las sanciones
administrativas que ésta pueda adoptar con relación a la fundación o a los miembros del
consejo (art. 211).
El comité ejecutivo, que si el estatuto lo prevé puede conformarse por delegación de funciones
que haga el consejo de administración, estará conformado por determinados miembros de éste
o por terceros (que pueden cumplir funciones de tipo gerencial, o incluso designar gerentes si
así fuera menester conforme a la entidad de la labor a cumplir), y de acuerdo con esa magnitud
de las labores que le son inherentes (relacionadas a la dimensión de la fundación), el estatuto
puede prever una forma de remuneración para ellos (art. 205).
El estatuto debe prever el régimen de reuniones ordinarias y extraordinarias del consejo de
administración y, en caso de existir, del comité ejecutivo si él es pluripersonal [73], así como el
procedimiento para la convocatoria. Más allá de lo que ellos (los estatutos) puedan disponer, el
Código (art. 207) prevé que el quórum para funcionar debe ser por lo menos de la mitad más
uno de sus miembros, debiendo labrarse acta de las deliberaciones en un libro especial; en
tanto que para la toma de decisiones se requiere la mayoría absoluta de los miembros
presentes, salvo que la ley o el estatuto prevean mayorías calificadas (según la trascendencia
de la decisión a adoptar); y en caso de empate el presidente del consejo de administración o
del comité ejecutivo tiene doble voto [74]; agregando el artículo 208 que esas mayorías no se
requieren para la designación de nuevos integrantes del consejo de administración cuando su
concurrencia se ha tornado imposible.
Lo actuado se debe documentar en actas que se llevan en un libro especial, donde se resuma
todo lo actuado en la convocatoria con los detalles más relevantes de lo actuado [75].
Con respecto a la contabilidad del movimiento patrimonial del ente, la ley 19.836 preveía en
cuatro artículos (23 a 26) lo inherente al tema. En el Código Civil y Comercial de la Nación
dicha preceptiva no fue replicada, por cuanto se incorpora una sección (la 7ª del Capítulo 5 -
Actos jurídicos- del Título IV del Libro Primero, arts. 320 a 331) que regula todo el régimen de
la contabilidad y los estados contables que es común a "todas las personas jurídicas privadas y
quienes realizan una actividad económica organizada o son titulares de una empresa o
establecimiento comercial, industrial, agropecuario o de servicios", dentro de lo cual,
obviamente, quedan involucradas las fundaciones.
Por último, y dentro de las previsiones que el Código contiene relacionadas con el gobierno de
la fundación, el artículo 213 dispone que las fundaciones "deben destinar la mayor parte de sus
ingresos al cumplimiento de sus fines", estando permitida la acumulación de capital sólo para
afrontar objetivos precisos -como programas futuros de mayor envergadura, siempre
relacionados a su fin estatutario de bien común-, debiendo informarse a la autoridad de
contralor sobre ellos, así como la realización de gastos que importen una disminución
importante de su patrimonio [76].
e) Información y contralor
Coincidentemente con lo que estatuían los artículos 27 y 28 de la derogada ley 19.836, el
Código Civil y Comercial de la Nación dispone (arts. 214 y 215) que las fundaciones tienen el
deber de proporcionar a la autoridad de contralor de su jurisdicción toda la información que ella
les requiera, así como que las reparticiones oficiales tienen a su vez el deber de suministrar a
la misma autoridad la información y el asesoramiento que ésta las requiera para una mejor
apreciación de los programas y planes de acción propuestos por las fundaciones (se refiere a
los planes trienales de actuación que impone el art. 199 del CCyCN).
Señala al respecto Crovi [77] que es una constante en la historia la función pública de control
sobre la vida de la fundación por parte de la autoridad pública, que primariamente fuera
confiado a las autoridades eclesiásticas y luego a las civiles. Señala que en Derecho
Comparado se discute si el Estado sólo debe "controlar" el cumplimiento de los fines altruistas
y tratar de que se respete la voluntad del fundador, o si además debe asumir la función de
"protectorado", asesorando y prestando todo tipo de ayuda a las fundaciones para el logro de
sus fines, no estando este rol específicamente asignado en el Derecho argentino.
Respecto de la obligación de las reparticiones oficiales de suministrar a la autoridad de
contralor información vinculada al desenvolvimiento de las fundaciones, cabe recordar que la
Administración Federal de Ingresos Públicos realiza un permanente control sobre las
asociaciones y las fundaciones, y aunque no exista formalmente un registro de estas últimas, sí
hay en ella un régimen general de empadronamiento que se vincula con su exención o
desgravación impositiva, relacionada a su objeto no lucrativo y, normalmente, de bien común.
La Resolución IGJ 7/2005 [78] impone la obligación y el deber de la Inspección General de
Justicia de fiscalizar en forma permanente el funcionamiento y ejercer el control de legalidad de
los actos sometidos a su aprobación o autorización previa, pudiendo exigir modificaciones de
los estatutos cuando sea menester.
f) Reforma de los estatutos y disolución
También coincidentemente con lo que preveía la ley 19.836 (en sus arts. 29 a 31), el CCyCN
contempla en sus artículos 216 a 218 lo inherente al tema. Tal regulación -que no existe para
las asociaciones civiles ni las simples asociaciones, donde la reforma de los estatutos está
dentro de las facultades inherentes a la asamblea de socios y, eventualmente, para las
primeras, sometida a la autorización pública si altera su fin lícito y no lucrativo- se relaciona con
la naturaleza misma de las fundaciones, en las que -como se ha dicho-, siendo ellas
heterónomas (vale decir, dependientes en su existencia y regulación, dentro del marco legal,
de lo dispuesto por el fundador que es quien redacta los estatutos), el Estado debe tener
necesaria ingerencia en el supuesto de modificación de los estatutos y disolución del ente.
Se dispone legalmente que cuando la fundación cambia de objeto -salvo disposición estatutaria
en contra- (recuérdese que los arts. 207 y 208 del mismo Código, y más allá de las previsiones
estatutarias que pudieran existir en materia de convocatorias y mayorías en las reuniones del
consejo de administración, sienta determinados quórum especiales para determinados
supuestos especiales, a los cuales aludiéramos supra), se requiere el voto favorable de los dos
tercios de los integrantes del consejo de administración, así como cuando se dispone la fusión
con entidades similares o la disolución del ente; agregándose como exigencia que la
modificación del objeto sólo es procedente cuando lo establecido por el fundador
originariamente ha llegado a tornarse materialmente imposible. Cuando la modificación no
involucra el cambio de objeto, el quórum exigido por la ley es el de la mayoría absoluta de
votos de los miembros del consejo de administración.
En caso de disolución [79], los bienes que pertenecían a la fundación deben asignarse a una
entidad de carácter público o privado cuyo objeto sea de utilidad pública o de bien común, que
no tenga fin de lucro y que se domicilie en la República, con la salvedad de que esta
disposición no se aplica, por razones lógicas, a las fundaciones extranjeras que actúen en el
país. Esa disposición patrimonial requiere, previamente, la aprobación de la autoridad de
contralor. Personalmente entendemos -no lo dice la ley- que estatutariamente el fundador
podría incluir una previsión al respecto, indicando, por ejemplo, qué entidad sería beneficiara
de los bienes en caso de disolución, y siempre que se adecuara al perfil que el Código
establece para ser donatario de esos bienes [80].
La disolución y consecuente traspaso de los bienes de la fundación motivados en cambio de
las circunstancias que hagan imposible el cumplimiento de sus fines no autoriza, en principio, la
revocación de la donación que diera origen al ente (tanto por parte del fundador como de sus
herederos, si falleciera), a menos que en esa donación se impusiera como condición resolutoria
el cambio de objeto de modo expreso.
Va de suyo -aunque no esté expresado en la sección relativa a reforma del estatuto y
disolución de las fundaciones, cabe admitir su operatividad por estar prevista, entre otras, como
causal de disolución para las personas jurídicas de carácter privado en general en el artículo
163- que la disolución puede provenir no de una decisión adoptada por el consejo de
administración con las mayorías premencionadas, sino de un acto de la autoridad de contralor
que dispone el retiro de la personería jurídica, ora como sanción por incumplimiento de los
estatutos, ora como respuesta ante una situación fáctica que torna inviable la continuidad del
ente [81].
g) Fundaciones creadas por vía testamentaria
Ya se ha aludido a que tanto la creación de la fundación como la dotación patrimonial que la
hace posible pueden provenir de uno o más fundadores -normalmente, es uno, persona
humana o jurídica-, y esta última se materializa por vía de donación (o promesa de donación,
ya sea del fundador o de un tercero), o bien por un acto de última voluntad (testamento o
legado testamentario), el cual, obviamente, sólo puede provenir de una persona humana.
Siguiendo la metodología ya propuesta por la derogada ley 19.836 (que en sus arts. 32 y 33
trataba el tema), el Código Civil y Comercial de la Nación regula en sus artículos 219 y 220 las
fundaciones creadas por disposición testamentaria.
Al respecto, se estatuye que cuando la disposición de bienes para la constitución de la
fundación se hace por ese medio [82], incumbe al Ministerio Público, juntamente con los
herederos del disponente y con el albacea -si existiere-, "asegurar la efectividad de su
propósito" (art. 219); agregando el artículo 220 (ya no en relación al acto de dotación, sino
específicamente al de constitución) que si los herederos no se ponen de acuerdo entre sí o con
el albacea "en la redacción del estatuto y del acta constitutiva" [83], las diferencias serán
resueltas por el juez [84], "previa vista al Ministerio Público y a la autoridad de contralor".
i) La autoridad de contralor
En la Sección 7ª (y última en materia de fundaciones), el Código Civil y Comercial de la Nación
(siguiendo la metodología de la ley 19.836 en sus arts. 34 a 37) regula, dentro de los artículos
221 a 224, la actuación de la autoridad de contralor en materia de fundaciones, especificando
sus atribuciones y facultades, su actuación en los casos de cambio de objeto, fusión y
coordinación de actividades, y los recursos que se pueden interponer contra sus decisiones.
Hemos hecho ya referencia a que la denominación genérica de "autoridad de contralor" que
emplea el Código involucra las distintas configuraciones que la fundación asuma, conforme a la
jurisdicción en la cual ejerza ese contralor. En el orden nacional, la Inspección General de
Justicia es la que ha asumido ese rol -en relación con las entidades que conforme a la
autorización para funcionar que oportunamente gestionara, y al ámbito material de
cumplimiento de su cometido, se desempeñan a nivel nacional-, evidenciando una larga y
proficua tarea regulatoria que, hasta la sanción del Código Civil y Comercial de la Nación, ha
suplido carencias que en tal sentido tenía el Código de Vélez, y que no fueran salvadas (en el
caso puntual de las fundaciones) por la ley 19.836 [85]. En otras jurisdicciones [86] la
designación y funcionamiento de la autoridad de contralor dependerá del diseño constitucional,
legal o político correspondiente en cada caso [87].
Además, como consigna Crovi [88], la referencia expresa que el Código Civil y Comercial de la
Nación (al igual que su precedente ley 19.836) hace de esas facultades regulatorias respecto
de las fundaciones, por parte de la mencionada autoridad de contralor, no es más que la
histórica misión de vigilancia que su propia naturaleza y su finalidad de bien común le asignan
al Estado, lo cual sólo ha ido cambiando en su contenido y alcance a través del tiempo, pero no
en su esencia [89].
Entre esas atribuciones y facultades el CCyCN declara que la autoridad de contralor aprueba
los estatutos de la fundación y su eventual reforma [90], fiscaliza su funcionamiento y el
cumplimiento de las obligaciones legales y estatutarias a las que se halla sujeta la fundación,
incluyendo en ello los supuestos de disolución y liquidación. Puede además (conforme
previsión expresa del art. 222) solicitar judicialmente la designación de administradores
interinos cuando no se llenen las vacantes de sus órganos de gobierno con perjuicio para su
desenvolvimiento normal; suspender (en caso de urgencia) el cumplimiento de deliberaciones o
resoluciones de esos órganos de gobierno (en particular, el consejo de administración)
contrarias a las leyes o a los estatutos, peticionando ante el juez su anulación; solicitar -
entendemos que también judicialmente, aunque la norma no lo diga, por cuanto implica un
supuesto de conflicto con los administradores de la fundación- la suspensión o remoción de los
administradores que hubieran violado los deberes a su cargo y la consecuente designación de
administradores provisorios, y convocar al consejo de administración a petición de alguno de
sus miembros o cuando se compruebe la existencia de graves irregularidades.
Agrega el artículo 223 que en los supuestos de cambio de objeto, fusión y coordinación de
actividades con otras entidades afines (en orden a lo cual cabe recordar que el art. 216
contempla, sin perjuicio de normas estatutarias previstas, mayorías calificadas de votos en el
consejo de administración), corresponde a la autoridad de contralor fijar el nuevo objeto de la
fundación cuando el establecido estatutariamente deviene de cumplimiento imposible o ha
desaparecido, procurando respetar en lo posible la voluntad del o de los fundadores,
adecuando para ello los estatutos; así como disponer la fusión o coordinación de actividades
de dos o más fundaciones cuando las circunstancias así lo hagan conveniente.
El artículo 224 (el último dedicado a la regulación del tema bajo tratamiento) regula lo inherente
a los recursos que pueden interponerse contra las decisiones administrativas que denieguen la
autorización pedida para conformarse la fundación como persona jurídica, o que retiren la
personería jurídica ya otorgada antes, pudiendo judicializarse el reclamo mediando "ilegitimidad
y arbitrariedad" [91]. Agrega la norma que con similar recurso cuentan las fundaciones
extranjeras en similares casos [92].
En relación con lo que respecta a la instrumentación operativa del recurso (cabe recordar que
el Código Civil y Comercial contiene numerosas normas que en puridad son de rango
procesal [93], y que la doctrina judicial de la Corte federal ha estimado constitucionales en tanto
estén, aun contenidas en leyes de fondo, a resguardar derechos sustanciales [94]), el CCyCN
en su artículo 224 dispone que éste se debe sustanciar con arreglo al trámite más breve que
rija en la jurisdicción que corresponda [95], por ante el tribunal de apelación con competencia
en lo civil correspondiente al domicilio de la fundación [96].
Señala al respecto Crovi [97] que la intervención de los entes de control en estos recursos no
los convierte en partes del proceso en el sentido dispuesto por los Códigos procesales [98], "ya
que no actúan en defensa de un interés propio sino como poder público en defensa de la
legalidad de un acto administrativo de interés general"; y además, con cita de
jurisprudencia [99], recuerda atinadamente que como regla el acto administrativo de que se
trate goza de la presunción de autenticidad; la carga de la prueba del vicio de ilegalidad o
arbitrariedad está en cabeza de la entidad recurrente.
Concluye el artículo de marras declarando que los órganos de la fundación (el consejo de
administración o, en su caso, el comité ejecutivo) pueden deducir igual recurso contra las
resoluciones que dicte la autoridad de contralor en la situación "prevista en el inciso b, del
artículo 223" (que se disponga la fusión o coordinación de actividades de la fundación con otra
de análogo objeto) [100].
9. Las fundaciones en formación
Si bien el artículo 200 del Código Civil y Comercial de la Nación -analizado supra- alude a la
responsabilidad de los fundadores y administradores durante la etapa de gestación del ente
(estableciendo la responsabilidad solidaria de ellos ante terceros, pero priorizando los créditos
de sus acreedores personales), el tema de las fundaciones "en formación" comprende al
menos dos figuras diferentes que han sido analizadas por la doctrina [101], sin perjuicio de
otras que existen en el Derecho Comparado [102] .
Al respecto, se distingue entre la "fundación en formación" o in fieri, vale decir, en su etapa
gestacional y que discurre desde que el fundador decide constituirla hasta que la autoridad de
contralor le reconoce personería, y la "fundación de hecho", que es aquella que no se inscribió
o que no fue autorizada, aun cuando funcione irregularmente en tal carácter.
En orden a ellas, se menciona como referencia comparatista que la ley española 30/94 en su
artículo 11 dispone que en el interregno que media entre la escritura fundacional y la
inscripción en el registro de fundaciones (asiento no previsto en Derecho argentino), los
órganos de gobierno sólo pueden realizar aquellos actos que resulten indispensables para la
conservación del patrimonio fundacional y los que no admitan demora, cuyas consecuencias
serán imputadas al ente cuando obtenga la personería jurídica; y en caso de no inscripción la
responsabilidad consecuente se hará efectiva sobre el patrimonio fundacional, y no alcanzando
éste, responderán solidariamente "los patronos".
En el régimen jurídico de las fundaciones en formación conforme al Derecho argentino, el
artículo 8° de la ley 19.836 contenía una regulación similar a la plasmada en el citado artículo
200 del Código Civil y Comercial de la Nación (con el agregado, en este último, de la
preferencia de los acreedores individuales de los fundadores y administradores por sobre los
acreedores de la fundación; y la supresión de lo que era el último párrafo de la norma en la ley
derogada: "...salvo su recurso contra ella, si hubiere lugar"). Conforme a lo que resultaría una
interpretación lógica de la normativa en cuestión, parece claro que como en su momento lo
consignara Carranza [103], se debe diferenciar la responsabilidad asumida por el o los
fundadores (antes del reconocimiento de personería jurídica de la fundación) con relación al
ente (v. gr., promesas de aportes o de donación) [104], de las obligaciones que los
administradores o fundadores han tomado con terceros antes del reconocimiento estatal. En
este supuesto, si el reconocimiento se materializa, esas obligaciones pasan a ser de la
fundación, pero si no fuera así, a tenor de lo dispuesto por el artículo 200, ellos serían
solidariamente responsables ante esos terceros, quienes podrían ejecutar los bienes ofrecidos
como dotación patrimonial del ente que no llegó a corporizarse, los cuales en puridad no son
de la fundación (que no llegó a existir), sino del promitente de la donación o aporte.
10. Las fundaciones extranjeras
A su vez, y en relación con el tema de las fundaciones extranjeras -fundaciones constituidas y
domiciliadas en otro país, pero que actúan de manera habitual o aislada en la Argentina-,
hemos ya aludido a que el artículo 7° de la ley 19.836 contenía una previsión que no ha sido
replicada en el Código Civil y Comercial de la Nación, conforme a la cual ellas podían operar en
el territorio nacional "registrando ante la autoridad administrativa de control la autorización de
que gozan, estatutos y demás documentación", así como el nombre de sus representantes,
poderes de los cuales ellos estuvieran investidos y presentación de los planes de acción a los
que aludía el artículo 9° de la citada ley. Aclaraba dicho artículo que no podían iniciar sus
actividades sin la previa autorización o aprobación de dicha entidad, quedando sometidas al
régimen vigente para las fundaciones constituidas en el país, y siendo su patrimonio local
garantía "preferente" para el cumplimiento de las obligaciones contraídas en la República.
En la sistemática sobre el tema del Código Civil y Comercial de la Nación, se suprimió la
regulación específica premencionada [105], disponiendo al respecto el artículo 150 en su último
párrafo (y con carácter general para todas las personas jurídicas de carácter privado) que "las
personas jurídicas privadas que se constituyen en el extranjero se rigen por lo dispuesto en la
Ley General de Sociedades".
Esa Ley General de Sociedades es la ley nacional 19.550, la cual, en lo que concierne a la
situación de las sociedades constituidas en el extranjero, dispone a través de su artículo 118
que "La sociedad constituida en el extranjero se rige en cuanto a su existencia y forma por las
leyes del lugar de constitución". A continuación, la misma norma declara que cabe diferenciar
(en relación con la actuación de esas sociedades extranjeras) si realizan en el país meros
actos aislados (en cuyo caso se hallan habilitadas para llevarlos a cabo, e incluso estar en
juicio) o si lo hacen de manera habitual, supuesto en el cual deben acreditar la existencia de la
sociedad conforme a las reglas de su país de origen; fijar domicilio en la República, cumpliendo
con la publicación e inscripción exigidas por la misma ley para las sociedades constituidas en la
República, y justificar la decisión de crear dicha representación y designar la persona a cuyo
cargo ella estará; agregando finalmente que si se tratara de una sucursal, se debe determinar
además el capital que se le asigne cuando corresponda por leyes especiales [106]. Por su
parte, la Inspección General de Justicia mediante resolución 8/95 -vinculada a las sociedades
comerciales, pero extensiva al régimen de las fundaciones por la remisión del artículo 150 del
CCyCN- dispone en su artículo 3° que "...Las sociedades constituídas en el extranjero deberán
informar, bajo la firma de su representante, los datos de su inscripción a los fines del artículo
118 o 123 de la ley 19.550, según corresponda, su sede social fijada en la República y los
datos personales de sus representantes". Y en la ya mencionada resolución 7/2005 (art. 375)
dispone que las representaciones de las fundaciones constituídas en el extranjero, una vez
autorizadas conforme al artículo 368, deben rubricar los libros que sean necesarios para llevar
la contabilidad separada, incluidos a tal fin los libros inventario, balance y diario.
Por su parte, se ha hecho ya alusión a que el artículo 217 del CCyCN estatuye que a las
fundaciones extranjeras no les es aplicable la disposición del mismo precepto legal en cuanto
al destino de los bienes en caso de disolución y liquidación.
A título personal, somos de la opinión de que aun cuando no se prevea un sistema de
registración de las fundaciones constituídas en el país -como sucede, por ejemplo, en la ley
española sobre la materia, lo que creemos que hubiera sido altamente positivo-, no sería lógico
mantener la normativa de la ley 19.836 que así lo imponía para las extranjeras; la previsión
específica que contenía el artículo 7° de la derogada ley de fundaciones, por una parte, no se
contradecía con la regulación general que para las sociedades comerciales extranjeras incluye
la Ley de Sociedades Comerciales, y por la otra, diseñaba un sistema más acotado de
contralor de su inserción en el tráfico jurídico nacional, con lo cual nos parece que hubiera sido
positivo reiterarlo.
11. La fundación como empresa
Por último, es atinado cerrar el análisis sobre las fundaciones exponiendo algunas breves
consideraciones sobre el fenómeno de ellas cuando actúan como empresas, tema que ha sido
abordado por calificada doctrina [107], aun cuando en puridad, como lo consigna Crovi, en
nuestro país no haya tenido todavía demasiado espacio, limitándose a alentar las técnicas del
denominado fund raising, vale decir "la aplicación del management a las instituciones sin fin de
lucro" [108].
La cuestión en síntesis es si, ante la creciente complejidad de la interacción de las fundaciones
como miembros relevantes del tercer sector que ha ido progresivamente asumiendo roles que
históricamente fueron del Estado en relación con actividades de bien común no lucrativas, así
como a la singular magnitud que muchas de ellas han adquirido a nivel nacional e
internacional, sin apartarse del objetivo legal y estatutario de búsqueda de ese interés general,
es controversial analizar si algunas de ellas no requieren afrontar alguna manera de actividad
empresarial (de hecho, es hasta frecuente que como modo de mantener su patrimonio
operativo sean titulares de acciones en sociedades comerciales de capital), de la cual se
deriven utilidades que, obviamente, se proyecten con exclusividad hacia el logro de esos fines
estatutarios altruistas, tal como lo impone el ya citado artículo 213 del CCyCN.
Esa magnitud -en ciertos casos- de algunas fundaciones hace indefectiblemente que su
dinámica operativa no pueda ser solventada sólo con las rentas de sus activos fijos, ni con los
aportes de eventuales benefactores o del Estado, siendo necesario obtener recursos a través
de actividades lucrativas (para la fundación, no para sus administradores) y gestionarlos con
eficacia empresarial.
Como consigna acertadamente Crovi [109], los beneficios fiscales que recibe esta categoría de
personas jurídicas de bien común (a través de incentivos o desgravaciones) constituyen la
contracara de la delegación de fines públicos que en ellas hace el Estado, "...pero si queremos
que las fundaciones no agoten sus recursos rápidamente o deban estar condenadas a subsistir
de la beneficencia de sus miembros benefactores, tenemos que admitir que deben manejarse
en la sociedad igual que el resto de las empresas" (aun cuando, va de suyo, con un fuerte
control estatal respecto del destino final de esas utilidades, a diferencia de las empresas
conformadas como sociedades comerciales que los redistribuyen entre sus miembros).
En Derecho Comparado se discute si esa perspectiva de admitir la gestión empresarial de las
fundaciones es predicable para cualquier tipo de emprendimiento económico que le reditúe
beneficios (siempre, va de suyo, en el campo de la licitud), o si como lo postula
mayoritariamente la doctrina italiana, se admite en tanto en cuanto la actividad empresarial
afrontada se relacione, directa o indirectamente, con el fin fundacional (criterio que ha sido
plasmado en la reciente ley española de fundaciones).
En definitiva: como consigna con acierto el autor al que referimos en el tema [110], "...la
fundación puede quedarse esperando ser receptora de recursos o generarlos a partir de su
propia actividad", aspecto este último que puede resultar positivo en la medida en que no
encubra un interés empresarial espurio, que blanquee rentas no declaradas o pretenda
meramente beneficiarse con el régimen fiscal y tributario especial con que las fundaciones son
tratadas por el Estado para alentar su existencia.
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[1] Conf. CROVI, Luis Daniel, Fundaciones. Régimen jurídico y actuación empresarial, Abeledo-Perrot, Buenos Aires,
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reforma de la ley 19.836, en L. L. 1984-B-659.
[2] Teoría de las personas jurídicas, trad. de Eduardo Ovejero Maury, Comares, Granada, 2006, p. 16.
[3] RIVERA, Julio César, Instituciones de Derecho Civil. Parte general, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1993, t. II, ps.
336 y ss. Esa finalidad altruista, orientada singularmente hacia la caridad, entiende mayoritariamente la doctrina que
ha trabajado sobre el tema tanto en Derecho nacional como comparado, tiene su impronta genética en el Derecho
Canónico, que tuvo el mérito de haber perfilado su autonomía a partir de la noción de "causa pía", la cual, con el
tiempo, abandona su cuna puramente eclesiástica para proyectarse hacia emprendimientos artísticos o culturales, como
lo evidencia el fenómeno renacentista que desde la baja Edad Media evoluciona lentamente hasta su "explosión"
cuantitativa en el siglo XIX.
[5] No lo hacía así, por caso, el Código de Vélez, el que aludía a las "corporaciones" en el art. 33, inc. 5º, sin mayores
especificaciones incluso dentro de la escueta regulación que sólo en diecinueve artículos hacía del fenómeno general
de la personalidad jurídica.
[6] Crovi (Fundaciones. Régimen jurídico... cit., ps. 27 y 28) trae a cita en Derecho español los estudios sobre el tema de
De Lorenzo García, que recuerda que a fines del siglo XVIII en España se daba el fenómeno de escasez de tierras
productivas por la proliferación de este tipo de asignaciones de fundos, produciendo lo que se denominó
"desamortización" o "desvinculación" de las tierras.
[7] NIEL PUIG, Luis, Personas jurídicas privadas, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2014, p. 237.
[8] R. A. 304/93.
[9] CROVI, Luis Daniel, Naturaleza jurídica y finalidad de las fundaciones, en Revista de Derecho Privado y
Comunitario, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, Nº 2004-3, p. 39, señala esa singular relevancia del fenómeno fundacional a
nivel mundial en el tiempo que discurre, enfatizando que "...si el Estado quiere compartir la pesada carga de atender
ciertas necesidades sociales, debe fomentar el desarrollo del sector privado, o el «tercer sector»", lo cual le impone no
sólo ejercer respecto de él "una burocrática vigilancia estatal", o circunscribirse "al mero incentivo de la fiscalidad",
sino asumir la tarea de proteger y alentar su creación, existencia y funcionamiento, que tanto hace en favor de la
sociedad.
[10] Breves referencias a las fundaciones en el constitucionalismo comparado, en Revista de Derecho Privado y
Comunitario, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, Nº 2014-3, ps.65 yss.
[11] Algo similar, recuerda Niel Puig, aconteció en 1820 en España con la ley del 11 de octubre de ese año, que prohibió a
partir de su vigencia crear fundaciones "con pretexto de obra pía o vinculación de bienes o derechos". Tal disposición,
en ese momento histórico, respondía al ya mencionado criterio conforme al cual se pretendía dinamizar la economía,
poner en mercado tierras asignadas a fundaciones preexistentes y terminar con la "mano muerta" (gens de mainmorte,
en la expresión francesa que recuerda Ferrara, que memora la opinión contraria a la idea de la ayuda filantrópica que
inmovilizaba la riqueza y "alentaba la pereza y la ociosidad", en palabras de Diderot y D'Alembert). Crovi
(Fundaciones. Régimen jurídico... cit., p. 6) alude a que en ideas tradicionales de economistas liberales, como Adam
Smith, la libre circulación de bienes era un concepto diametralmente opuesto al concepto mismo de fundación, que
tendía a la conservación e incluso la indisponibilidad de los bienes que constituían el activo fundacional, en una
mirada puramente economicista que olvidaba el logro de relevantes objetivos sociales, culturales y filantrópicos de
esta categoría de personas jurídicas.
[12] En opinión personal de la prestigiosa civilista mendocina expuesta en la cita antecedente a la previa, que compartimos,
de conjugar los referidos textos constitucionales se desprendería que por una parte el derecho a fundar se manifiesta
como un negocio unilateral, emanado del ejercicio de un verdadero derecho subjetivo -por parte del fundador-, que
tiene una doble vertiente positiva (el derecho a crear una persona jurídica, y el de la persona jurídica ya creada de no
ser disuelta ni suspendida sin resolución judicial) y una negativa (nadie puede ser obligado a fundar, ni a incluir
modificaciones en el designio fundacional); así como también que la fundación debe constituirse para fines de interés
general que deben estar sujetos a reglamentación legal.
[14] DE CASTRO Y BRAVO, Federico, La persona jurídica, 2ª ed., Civitas, Madrid, 1984, p. 291, alude a que "si bien se
la menciona en el Código Civil", el Derecho peninsular "abandona después su regulación a viejas disposiciones
administrativas", apareciendo una sistemática normativa ulterior con las leyes de los años 1994 y 2002; recordando el
interregno entre la ley del 11-10-1820 que las prohibiera y la del 206-1849 que las reflotara dentro del contexto global
de los establecimientos públicos de beneficencia, la cual se complementa con el Real Decreto del 14-3-1899 que
regula de modo general las "fundaciones benéficas particulares".
[15] Concretamente, en sus arts. 80 a 88, entre los cuales se alude a la naturaleza, a la necesaria autorización estatal, a la
sede, a las fundaciones constituídas por actos entre vivos y por disposiciones de última voluntad, al cambio de objeto
y disolución, y a las facultades inherentes al respecto de la autoridad pública.
[16] La personalidad de las fundaciones en el Código de Vélez Sársfield y en el Derecho Comparado, en Homenaje a
Dalmacio Vélez Sársfield, Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales de Córdoba, 2000, t. I, p. 388.
[18] Colombia reconoce también la existencia de las fundaciones a nivel constitucional (art. 44).
[20] BORGHI, Rodolfo y LUINI, Sabrina, comentando la ley 19.836, en Código Civil y normas complementarias. Análisis
doctrinario y jurisprudencial, dir. por Alberto Bueres y coord. por Elena Highton, Hammurabi, Buenos Aires, 2011, t.
7-B, p. 262, mencionan, como un antecedente de alguna manera vinculado al fenómeno fundacional, la creación por
parte del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires en el año 1823 de la Sociedad de Beneficencia, concebida desde el
Estado como una entidad privada pero con importante aporte de fondos públicos, y destinada a tareas de caridad,
asistencia social y educación.
[21] En 38 artículos, la ley 19.836 regula el concepto, la constitución, el objeto, el patrimonio, la autorización para
funcionar, el gobierno y administración, la contabilidad y documentación, la información y control, la reforma del
estatuto y la disolución, las fundaciones constituídas por disposición testamentaria y las funciones de la autoridad de
control.
[22] Para una mayor profundización del diseño de la regulación de las fundaciones en cada uno de ellos, ver SAUX,
Edgardo Ignacio, Asociaciones y fundaciones en los proyectos de reforma del Código Civil, en Revista de Derecho
Privado y Comunitario, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, Nº 2004-3, ps. 143 y ss.
[23] Por caso, tal como lo hace el Código Civil y Comercial de la Nación vigente, suprimía la referencia de la ley de
fundaciones a las reglas específicas de contabilidad y documentación que ésta contenía, incorporando en el Libro
Segundo la regulación general de la contabilidad y los estados contables, común a "todas las personas jurídicas
privadas".
[24] Fundaciones. Régimen jurídico y actuación empresarial cit., ps. 71 y ss.; así como del mismo autor Naturaleza jurídica
y finalidad de las fundaciones, en Revista de Derecho Privado y Comunitario, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, Nº 2004-3,
ps. 26 y ss.
[25] En el Derecho positivo argentino, es lo que preceptúa el art. 193 del CCyCN (como lo hacía el art. 1º de la ley 19.836)
al caracterizarlas como "...personas jurídicas que se constituyen con una finalidad de bien común, sin propósito de
lucro..." Vale hacer la referencia a que si bien en el sistema previo a la vigencia del nuevo Código Civil y Comercial
ese objeto de bien común era característico no sólo de las fundaciones, sino también de las asociaciones de bien
común conforme a la preceptiva del art. 33 del Código de Vélez en el texto que la diera la ley de reformas 17.711 del
año 1968, esas asociaciones (ahora denominadas "asociaciones civiles") tienen un propósito más amplio o pluralista
(conforme al texto del art. 168 del nuevo Código), cual es el de "un objeto que no sea contrario al interés general o al
bien común", "respetando las diversas identidades, creencias y tradiciones, sean culturales, religiosas, artísticas,
literarias, sociales políticas o étnicas que no vulneren los valores constitucionales", agregando el precepto que les está
vedado el ánimo de lucro. Con ello, en el Derecho argentino, sólo las fundaciones son personas jurídicas cuyo objeto
excluyente es el bien común.
[26] Crovi recuerda por caso que en el Derecho español la ley 30/94 preveía que las personas jurídicas públicas podían
constituir fundaciones, criterio que fue mantenido por la ley 50 en vigencia, la que dispone que las personas jurídicas
públicas tienen capacidad para constituir fundaciones salvo que sus normas reguladoras establezcan lo contrario.
Alude también a las críticas que el tema ha merecido en la doctrina española -entre las cuales destaca la calificada voz
de José Luis Lacruz Berdejo en su relevante obra Elementos de Derecho Civil I. Parte general, Bosch, Barcelona,
1990, p. 307-, en tanto la fundación como persona jurídica autónoma no puede ser "pública" ni "privada", sino que,
como lo expresa Ventura Treveset Hernández, la alusión a "públicas" no pasa de ser "una forma de fundar", toda vez
que constituida la fundación su naturaleza, finalidad y funcionamiento son independientes del fundador, aun cuando
éste sea el Estado en cualquiera de sus formas. Asimismo, se alude a que su creación estatal diluye los controles sobre
el gasto público que implican, y una "huída del derecho administrativo".
[27] Señala Crovi (ob. cit.) que este segundo subtipo, ajeno quizás a la realidad institucional iberoamericana, es frecuente
en el Derecho norteamericano, poniendo como paradigma la fundación Rockefeller. La ley 50 española regulatoria del
instituto parecería permitir este tipo de diseños estructurales, conforme a los cuales la fundación operaría como una
suerte de captadora de fondos para otras fundaciones, o "fundaciones a favor de una persona determinada que persona
fines de interés general", cumpliendo, en definitiva, un rol instrumental.
[28] Por ejemplo, el Código Civil alemán admite todo tipo de fines en las fundaciones (con las lógicas limitaciones de
moral, orden público y ausencia de fin de lucro), siendo la determinación del fin una manifestación del derecho de
libertad y del de propiedad, teniendo las de utilidad pública un tratamiento fiscal diferenciado que hace al incentivo a
su creación. Al respecto, Emilio Eiranova Encinas (Código Civil alemán comentado. BGB, Marcial Pons, Madrid,
1998, p. 59) alude a que la fundación familiar es una subespecie de fundación, cuya regulación es muy distinta -a
partir de su admisión en el Código Civil- en las leyes de cada Estado, reconociendo incluso como subtipo a la
fundación de liquidación fideicomisaria. Algo similar sucede en el Derecho italiano, que admite las fundaciones
familiares, y en España un sector de la doctrina identifica estas fundaciones de interés particular con los denominados
"patrimonios protegidos" regulados por ley 41 del año 2003, particularmente relacionados a la tutela de los intereses
patrimoniales de personas con discapacidad. De todos modos, ante la ausencia de una prohibición expresa del instituto
en el Derecho español, existen fuertes polémicas en punto a su eventual admisión y a su conveniencia. Federico De
Castro y Bravo (La persona jurídica, 2ª ed., Civitas, Madrid, 1991, p. 295) se expresa de manera enfática en contra,
argumentando que ellas implican un inadmisible numerus apertus en relación con el objeto fundacional, inconciliable
con su propia esencia. En América, la ley 25 del 12-6-95 de Panamá regula las "Fundaciones de interés privado". No
obstante ello, y como pauta general, cabe recordar que la Resolución del Parlamento Europeo del 9-3-94 vinculada a
la cuestión bajo análisis alienta la existencia y constitución de fundaciones como "instrumento del humanismo y
progreso", recomendando su conformación como organismos sin fines lucrativos y con un "objetivo de interés
general", lo cual tendería a desalentar este rango de fundaciones privadas.
[31] En España, por ejemplo, el decreto 446 del año 1961 creó el régimen de las fundaciones laborales, caracterizadas
como obras de carácter asistencial organizadas en el ámbito de una o varias empresas, en beneficio de los trabajadores
que estén colocados en ellas y en el de sus familiares, con objetivos puntuales diversos (v. gr., guarderías, escuelas,
residencias de descanso y para jubilados, centros recreativos, culturales y de formación profesional, grupos de
vivienda, etc.).
[33] Más allá de experiencias estatales de la Europa central, cabe mencionar por su relevancia al NEF (Network of
European Foundation), asociación de fundaciones creada en Bruselas en el año 2002 cuya misión es apoyar y reforzar
la cooperación entre las fundaciones en el ámbito europeo desarrollando programas comunes; así como al EFC
(European Foundation Centre), creado también en Bruselas en 1989, que cuenta con mas de doscientas fundaciones
asociadas y que presta servicios a 48.000 fundaciones existentes en treinta y siete países de ese continente.
[34] Crovi (Fundaciones. Régimen jurídico y actuación empresarial cit., p. 37) menciona algún criterio opuesto (trae a cita
el parecer de José Piñar Mañas en su obra Comentario a la ley de fundaciones y de incentivos fiscales, Fundación
Once, Marcial Pons, Madrid, 1995, p. 1), en el sentido de que lejos de existir un concepto único de fundación, hay
criterios diversos que responden a regímenes jurídicos diversos. Probablemente algo de cierto hay en ello, aunque
también es indefectible reconocer que más allá de esos matices vinculados casi excluyentemente a su objeto, los
elementos y caracteres (de cuya consideración nos ocupamos en el punto subsiguiente de esta labor) suelen ser más o
menos similares, en tanto aluden a la existencia de un sujeto de derecho, generado no a partir de un contrato de
intercambio, sino de un acto dispositivo que incluye elementos patrimoniales destinados a hacer posible el logro de los
fines para los cuales se la constituye, que reconoce la existencia de un fundador que ya sea por acto entre vivos o de
última voluntad crea y regula el nuevo ente pero no lo integra, que no tiene miembros, sino beneficiarios, que carece
de ánimo de lucro y en orden al cual se denota una fuerte impronta de control estatal. Esa coincidencia de los
elementos caracterizantes permite, a su vez, pensar en una propuesta conceptual también en principio más o menos
homogénea.
[35] Conforme a la propuesta de Iglesias, citado por CROVI, Fundaciones... cit., p. 36.
[36] Fundaciones... cit., p. 50. En similares términos el citado autor se expide al proponer un concepto de fundación al
comentar el art. 193 del CCyCN en la obra Código Civil y Comercial de la Nación comentado, dir. por Ricardo L.
Lorenzetti, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2014, t. I, p. 691.
[38] LLAMBÍAS, Jorge Joaquín, Tratado de Derecho Civil. Parte general, Perrot, Buenos Aires, 1975, t. II, p. 151.
[39] BORDA, Guillermo A., Tratado de Derecho Civil. Parte general, 13ª ed. act. por Guillermo J. Borda, La Ley, Buenos
Aires, 2008, t. I, p. 613.
[43] En nuestro Derecho no están previstas las fundaciones instrumentales cuyo objetivo es generar recursos no para el
cumplimiento de sus fines propios, sino para colectar fondos para otras fundaciones, como sucede en algunos
supuestos de Derecho Comparado conforme lo analizáramos al pasar revista supra a las clases posibles de
fundaciones.
[44] Como dice Federico De Castro y Bravo (La persona jurídica cit., p. 298), esa dotación patrimonial debe ser no sólo
real y existente, sino también "suficiente" (en relación con los fines estatutarios del ente).
[45] CROVI, Luis Daniel, comentario al art. 193, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado, dir. por Ricardo
L. Lorenzetti, Rubinzal-Culzoni, Santa Fe, 2014, I, p. 692, recuerda que la Inspección General de Justicia de la Nación
(Resolución IGJ 132/90, in re "Fundación Leibowich") ha establecido que la mera atención de pacientes mediante el
pago de una suma de dinero, sin cumplirse con tareas de investigación o estudio, no encuadra dentro del objeto de
"bien común", sino que encubre una sociedad comercial destinada a explotar una clínica o consultorio médico.
Ricardo Rabinovich Berkman (Derecho Civil. Parte general, Astrea, Buenos Aires, 2000, 520) alude a que las
exenciones impositivas o tributarias de las que son beneficiarias por su objeto de bien común "resultan muy atractivas
como medio de blanquear situa-ciones económicas espurias", pudiendo eludirse la imposición legal de falta de lucro
por medios diversos, como la contratación de tareas, bienes o servicios con terceros a cambio de una contraprestación,
o bien "por la simple y sencilla asignación de sueldos por cargos reales o supuestos desempeñados al servicio de la
entidad".
[46] Tal pauta, que estimamos singularmente elogiable, dimana del criterio sostenido por la Corte Suprema de Justicia de
la Nación en el caso "ALITT ('Asociación por la lucha de la identidad travesti y transexual') c/Estado nacional", del
21-11-2006, Fallos: 329:5266; oportunidad en la cual el alto tribunal, modificando criterios sentados hasta entonces en
otros precedentes ("Comunidad Homosexual Argentina", la misma ALITT e incluso la Asociación de Swingers) en
los cuales se había denegado el reconocimiento de personalidad jurídica como asociaciones de bien común a este tipo
de entidades entendiendo que ese concepto de "bien común" del art. 33 del entonces vigente Código Civil debía
interpretarse con una mirada cuantitativa, relacionada a lo que valorativamente la mayor parte de la comunidad
considera valioso o positivo, hace un giro copernicano y admite el reconocimiento como asociación de bien común de
la entidad peticionante, interpretando esa referencia legal al bien común como lo trasunta el texto actual del citado art.
168 del CCyCN, vale decir, no desde lo cuantitativo, sino desde lo cualitativo. El bien común (pauta que ahora ya no
se exige, como dijimos, para las asociaciones civiles) se interpretó entonces que es también aquel que aun sectorial o
relacionado a los intereses de un grupo de la comunidad, no necesariamente mayoritario, no vulnera "los valores
constitucionales", no cobija ánimo de lucro y propende a una sociedad multicultural donde el rango de la licitud se
expande indefectiblemente a muchas manifestaciones religiosas, sexuales, culturales, étnicas o raciales que deben ser
respetadas.
[47] Siguiendo el criterio enunciativo de NIEL PUIG, Personas jurídicas privadas cit., ps. 241 y ss.
[48] Ver al respecto, entre otros, Llambías (Tratado... cit., ps. 151 y ss.); Rivera (Instituciones... cit., ps. 341 y ss.); Niel
Puig (Personas jurídicas privadas... cit., ps. 242 y ss.); Crovi (Fundaciones... cit., ps. 38 y ss.), y Norberto García
Tejera (Persona jurídica. Tratamiento en los tipos civil y comercial, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 1998, ps. 284 y
ss.).
[49] Originariamente, tanto en el Derecho Canónico como en el germánico, las fundaciones eran consideradas como una
suerte de patrimonios de afectación o mera dotación patrimonial destinada a un fin altruista, siendo lo relevante ese
aspecto económico por sobre la organización que su dinámica propia presupone, e incluso, en los primeros tiempos,
hasta por sobre también el reconocimiento de personería autónoma. El Código Civil del Estado de Quebec, en Canadá,
que sirviera en gran medida de inspiración sobre todo en materia contractual al Proyecto de Código Civil y Comercial
argentino de 1998, destaca el carácter patrimonial de las fundaciones, que pueden perseguir sus fines fundacionales
sin constituir una persona jurídica, sino a través de la constitución de un patrimonio de afectación (conf. CROVI,
Fundaciones. Régimen jurídico... cit., p. 46).
[50] Esta clara asignación finalística, que se plasma claramente de la correlación de los textos de los arts. 193 y 168 del
CCyCN, de alguna manera descarta -en nuestra opinión- la existencia de fundaciones instrumentales o destinadas a
captar fondos para otras, a las que se aludiera al tratar las clases de fundaciones. Este objeto de bien común y no
lucrativo, como lo apunta correctamente Rivera (Instituciones... cit., p. 343), no empece a la perspectiva de que la
fundación, respetando el principio de especialidad consagrado en los estatutos (conforme al cual sólo puede actuar en
pro-secución del fin allí consignado, que debe adecuarse a aquella pauta de bien común general o sectorial), pueda
realizar actividades económicas lucrativas destinadas a la conservación de su patrimonio o a la obtención de recursos
para su cometido, incluyendo en ello la realización de operaciones financieras como depósito de sus fondos líquidos
en colocaciones bancarias o bursátiles; la adquisición de títulos públicos o de acciones de sociedades comerciales de
capital, y todo acto de administración o disposición que sea inherente al mantenimiento o acrecentamiento de su
capital, y que aunque tenga en sí un designio lucrativo, lo proyecte hacia ese activo fundacional y no hacia el
beneficio patrimonial del fundador, de sus administradores o de terceros. Los beneficiarios pueden también recibir
ventajas mensurables económicamente, como descuentos en compras, la provisión de alimentos o insumos gratis, la
atención médica, etc., siempre que ello esté vinculado al objeto fundacional previsto en los estatutos. Como ilustra
claramente el autor bajo cita, "lo que la ley no quiere es que la fundación se transforme en una sociedad". Como lo
ilustra también claramente Crovi (comentario al art. 193, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p.
692), lo que implica la ausencia de lucro es "la imposibilidad de obtener ganancias 'partibles' entre los integrantes de
los órganos que dirigen y administran la fundación".
[51] El art. 212 del CCyCN, que guarda alguna correlación con el 21 de la precedente ley 19.836, dispone que todo
contrato entre la fundación y los fundadores o sus herederos -con excepción de la donación que éstos hacen a aquélla-
es ineficaz sin la aprobación previa de la autoridad estatal de contralor.
[52] Esa proyección atemporal de las fundaciones, que las asemeja a las asociaciones pero las diferencia de las sociedades
(entre otras diferencias esenciales), se ve claramente plasmada en el texto del art. 218 del CCyCN, el cual dispone que
la disolución y traspaso de los bienes de la fundación motivados por cambios de las circunstancias que hayan tornado
imposible el cumplimiento de su objeto, conforme a las previsiones estatutarias y al reconocimiento estatal como
persona jurídica, no da lugar a la acción de revocación de la donación hecha primigeniamente por el fundador, ya sea
por parte del él mismo o sus herederos, salvo que en la celebración de esa donación se haya establecido de modo
expreso como condición resolutoria el cambio de objeto. En tal sentido, Crovi (Fundaciones. Régimen jurídico... cit.,
p. 39) recuerda que en varios países europeos "rige el principio no explícito de que la fundación ha de tener una vida
indefinida, a punto tal que algún autor -Hondius- ha podido hablar de la «inmortalidad de la fundación»".
[53] Quien esto suscribe, junto con los Dres. Ricardo Nissen y Enrique Müller, tuvo el singular honor de haber sido
designado como miembro de la subcomisión que colaborara con la Comisión Redactora, puntualmente en orden a la
regulación del régimen de las personas jurídicas, obviamente proyectando una regulación que, a partir de pautas que
esa misma Comisión Redactora diseñara, fuera luego sometida a consideración y ulterior aprobación de ella. En lo que
concierne al régimen de las fundaciones, tal como se tratará de iterar en el análisis pormenorizado del régimen
normativo vigente -y siguiendo esas pautas directrices prealudidas- se tomó como base de trabajo la precedente ley
19.836, cuyas bondades habían quedado afiatadas con el laboreo que a su respecto elaboraran tanto la doctrina, la
jurisprudencia y, muy en especial, las resoluciones de la Inspección General de Personas Jurídicas de la Nación.
[54] Se señala al respecto (ALONSO, Juan Ignacio y GIATTI, Gustavo Javier, comentario al art. 193, en Código Civil y
Comercial de la Nación comentado, dir. por Julio C. Rivera, La Ley, Buenos Aires, 2014, t. I, p. 465) que el acto de
constitución de la fundación es un acto jurídico unilateral no recepticio, el que puede devenir ineficaz -por
configuración de un supuesto de esterilidad- si el Estado rechaza la solicitud de autorización para funcionar.
[55] Recordamos por haber sido ya mencionado que ese objeto de bien común se diferencia del que el art. 168 del mismo
Código preordena para las asociaciones civiles, siendo así las fundaciones las únicas personas jurídicas privadas a las
que se les exige esa proyección estatutaria. Ese fin de bien común puede ser genérico -como indiferenciado- o
sectorial, vale decir, proyectado hacia determinado grupo de personas que se integran a un colectivo relacionado a
determinada situación, normalmente de vulnerabilidad (material o espiritual).
[57] Hay alguna opinión (ver RAGAZZI, Guillermo Enrique, Asociaciones civiles, simples asociaciones y fundaciones en
el Proyecto de Código, en L. L. del 5-11-2012, ps. 1 y ss.) que critica que el Código haya priorizado el aporte
patrimonial por sobre el concepto de fundación como "organización", lo cual, conforme a ésta, es lo que
correspondería luego de cuatro décadas de vigencia de la ley 19.836, cuyos lineamientos generales se han mantenido
en el CCyCN. Personalmente no compartimos tal punto de vista, toda vez que si bien es cierto que el funcionamiento
de la fundación requiere de una "organización" (de servidores de la voluntad fundacional y de previsiones que hagan
factible la dinámica del ente), lo esencial en este tipo de persona jurídica es el sustrato patrimonial y el fin de bien
común. Crovi (Fundaciones. Régimen jurídico... cit., p. 44), citando relevante doctrina española (Murillo González),
señala que "...hay autores que han considerado que sostener que lo que constituye la esencia de la fundación es una
'organización' es decir muy poco, pues en sentido amplio toda persona jurídica es indudablemente una organización.
Por otra parte, si se hace recaer el peso de la fundación sobre la organización, puede parecer que resulta posible que
exista una organización como una realidad jurídica separada de su patrimonio, y esto es imposible, pues sin
patrimonio no hay fundación...", y "la organización de los medios, sin fines, carece de sentido".
[58] Así nos hemos manifestado con anterioridad (SAUX, Asociaciones y fundaciones en los proyectos de reforma del
Código Civil cit., p. 161), coincidiendo en ello con la opinión de KEMELMAJER DE CARLUCCI, La personalidad
de las fundaciones en el Código de Vélez Sársfield y en el Derecho Comparado cit., p. 415.
[59] Ya hemos señalado que si la fundación es reconocida por el Estado como persona jurídica, puede demandar al
fundador o a esos terceros por el incumplimiento de esas promesas de donación (art. 198, CCyCN).
[60] Ragazzi (Asociaciones civiles... cit.) critica que el texto del art. 194 del CCyCN -al igual que el similar art. 2º de la ley
19.836- deje dudas en orden a si esa apreciación sobre las condiciones del o de los fundadores y de los servidores de la
voluntad fundacional puede llegar a eximir del aporte patrimonial inicial. Entendemos que lo que la norma explicita es
que la autoridad de contralor tiene amplio margen de discrecionalidad en orden a la apreciación de si lo aportado, o
por aportarse, o por obtenerse mediante recursos futuros, es apto para la consecución de los fines de bien común
consignados en los estatutos.
[61] Como señala Jorge Carranza (Las fundaciones en el Derecho Privado, Depalma, Buenos Aires, 1977, p. 61), esa
dotación patrimonial hecha por el fundador por vía de donación o herencia es condición esencial para la existencia del
ente, y para que el Estado le otorgue personería.
[62] Señala Crovi (comentario al art. 195, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 699) que existe
libertad por parte del fundador para elegir el nombre de la fundación, pudiendo tratarse del mismo nombre de él
(persona física o jurídica), o del de un tercero (contando con su autorización previa), el cual debe ir precedido de la
palabra "fundación"; no estando permitido por disposiciones de la IGJ que la denominación seleccionada evidencie un
accionar contrario al bien común o induzca a error sobre su objeto. Agregamos nosotros que tales disposiciones de la
autoridad administrativa de contralor han quedado normadas en el CCyCN por lo dispuesto por el art. 151 dentro de la
regulación general de las personas jurídicas privadas (entre las que se cuentan las fundaciones), el cual, con relación al
nombre de ellas -tema no regulado en el Código de Vélez- estatuye entre otros requisitos que debe tener un aditamento
indicativo de la forma jurídica adoptada, que debe "satisfacer recaudos de veracidad, novedad y aptitud distintiva", y
que "no puede contener términos o expresiones contrarios a la ley, el orden público o las buenas costumbres, ni
inducir a error sobre la clase u objeto de la persona jurídica"; así como que si la razón social involucra el nombre de
personas humanas, se requiere su conformidad, la cual se presume si son sus miembros.
[63] Los que según el inc. d, del art. 195 del CCyCN deben ser expresados en moneda nacional.
[64] Normalmente, las fundaciones no tienen un plazo predeterminado de existencia, contando con "vocación de
perpetuidad" (CROVI, comentario al art. 195, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 700), lo
cual hace que la costumbre sea la de consignar un plazo muy amplio (v. gr., 99 años). Excepcionalmente pueden
constituirse fundaciones para atender las consecuencias de un evento determinado (v. gr., un terremoto), en cuyo
supuesto el plazo de duración puede ser acotado, pero de alguna manera entendemos que si bien la exigencia de la
mención en el acto constitutivo al plazo de duración ya se encontraba contenida en el inc. e, del art. 3º de la ley
19.836, hubiera sido preferible eliminarla, como se lo hace con relación a las asociaciones civiles que pueden
constituirse a perpetuidad (conforme la previsión del art. 170 del CCyCN).
[65] El art. 216 del mismo CCyCN menciona que "excepto disposición contraria del estatuto, las reformas requieren por lo
menos el voto favorable de la mayoría absoluta de los integrantes del consejo de administración y de los dos tercios en
los supuestos de modificación del objeto, fusión con entidades similares y disolución", agregando que "la
modificación del objeto sólo es procedente cuando lo establecido por el fundador ha llegado a ser de cumplimiento
imposible".
[66] El art. 217 del mismo Código prevé que mediando disolución el remanente de los bienes debe destinarse a una entidad
de carácter público o a una persona jurídica de carácter privado cuyo objeto sea de utilidad pública o bien común, que
no tenga fin de lucro y que tenga domicilio en la República, siendo necesaria la previa autorización de la autoridad de
contralor; agregando que ello no rige para las fundaciones extranjeras. Este precepto, aun cuando no lo dice
expresamente, entendemos que en correlación con lo normado en el art. 195, inc. j, debiera entenderse como operativo
en ausencia de disposiciones expresas del fundador al respecto.
[67] El art. 199 regula la exigencia de planes trienales de acción, con indicación de la naturaleza, característica y desarrollo
de las actividades necesarias para su cumplimiento. Y para el trienio siguiente se impone similar exigencia, tal como
lo hacía el art. 9º de la ley 19.836.
[68] CROVI, comentario al art. 195, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 698; así como
RAGAZZI, Asociaciones civiles... cit., p. 2.
[69] El mismo art. 198 excluye la perspectiva de invocar la defensa de revocación hecha antes de la aceptación; o "la
relativa al objeto de la donación si constituye todo el patrimonio del donante o una parte indivisa de él"; o la
relacionada a que el donante no era titular dominial del bien objeto de la donación.
[70] Ragazzi (Asociaciones civiles... cit., p. 3) critica tal disposición, señalando que genera costos operativos a la
fundación, y que el control estatal queda cubierto con las exigencias sobre contabilidad y estados contables, y con los
otros ítems que estructuran los arts. 221 y ss. del mismo Código. No compartimos la crítica, habida cuenta de que la
presentación de planes trienales de acción, ya prevista en la ley 19.836, no se limita a lo puramente contable o
económico, y además implica una específica facultad (del Estado) y deber (de la fundación) de informar la
planificación operativa de su gestión, que tiende a evitar la extendida disfunción con que, lamentablemente, la realidad
nos muestra el empleo de este tipo de personas jurídicas de base patrimonial y de bien común. Jorge Lavalle Cobo (La
teoría general de las personas jurídicas, en Comentarios al Proyecto de Código Civil y Comercial de la Nación 2012,
dir. por Julio C. Rivera y coord. por Graciela Medina, Abeledo-Perrot, Buenos Aires, 2012, p. 112) pareciera coincidir
con nosotros en cuanto considera que la reiteración de la obligación de presentar planes trienales de acción luego de
cumplido el primero "parece una loable exigencia".
[71] El CCyCN en el art. 201 modifica al respecto la previsión correspondiente de la ley 19.836, que no preveía la
exigencia de que los miembros del consejo de administración fueran personas humanas, con lo cual podían ser
personas jurídicas representadas, obviamente, por una persona humana.
[72] Señala Niel Puig (Personas jurídicas privadas cit., p. 260) que no es común que los estatutos consagren esta distinción
entre miembros permanentes y temporarios, siendo estos últimos renovables al vencimiento del plazo de designación,
sin perjuicio de poder ser redesignados.
[73] La referencia legal a que el comité ejecutivo pueda ser "pluripersonal" deja abierta la perspectiva, a contrario sensu, de
que sea unipersonal.
[74] Estas disposiciones de rango legal, que en otro tipo de personas jurídicas (como las asociaciones y sociedades) están
exclusivamente previstas en los estatutos, evidencian la fuerte impronta de control estatal que es inherente a las
fundaciones. El artículo de referencia reconoce su antecedente en el art. 22 de la ley 19.836. Se ha criticado
(RAGAZZI, Asociaciones civiles... cit., p. 3) que el Código mantenga la regulación del mencionado art. 22 de la
derogada ley de fundaciones, en cuanto refiere a que se deba destinar "la mayor parte de los ingresos" al cumplimiento
de sus fines, argumentándose que no es fácil diferenciar frente al caso concreto qué ingresos se destinan a la
prosecución de los fines estatutarios de bien común, y cuáles al "sostenimiento de la organización". No coincidimos
con la objeción (ni siquiera terminológicamente, ya que mal podemos caracterizar a una fundación como una
"organización"), y entendemos que el espíritu del legislador se vincula en la referencia a que se debe priorizar la
asignación de recursos al logro de los fines estatutarios, toda vez que si el funcionamiento de la entidad insumiera la
mayor parte de ellos, habría una disfunción a corregir.
[75] Recuerda Niel Puig (Personas jurídicas privadas cit., p. 266) que la resolución 7/2005 de la IGJ en su art. 372 impone
a las asociaciones civiles y fundaciones el deber de solicitar la individualización y rúbrica de sus libros de actas y de
contabilidad. Los libros que obligatoriamente deben llevarse son de actas, inventarios y balances, y diario, así como
un anexo especial denominada "comparación de los recursos y gastos del ejercicio con el presupuesto económico
aprobado".
[76] La norma tiene correlato con lo que disponía el art. 22 de la ley 19.836, y se inordina en todo un sistema normativo de
fuerte presencia estatal en el contralor del manejo económico de la fundación, en el efectivo cumplimiento de sus fines
estatutarios, y en evitar tanto maniobras de los administradores que pudieran perjudicar su patrimonio, como
finalidades subyacentes que resulten inconciliables con su ausencia de ánimo de lucro (más allá de que la realidad,
lamentablemente, demuestre que ello sucede recurrentemente).
[77] Comentario al art. 214, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 727.
[78] Probablemente, aun expedida durante la vigencia del Código de Vélez, ésta contenga la regulación reglamentaria más
singularizada del régimen de las fundaciones.
[79] Aunque el Código sólo menciona la disolución por imposibilidad sobreviniente en el objeto fundacional, la doctrina
amplía el espectro de posibilidades. Niel Puig (Personas jurídicas privadas cit., p. 281) recuerda que en la parte
general de personas jurídicas (art. 163) el Código contempla causas de disolución que son comunes a las personas
jurídicas de carácter privado, y entre ellas alude -Niel- a las que son compatibles con las fundaciones: a) La decisión
de los miembros del consejo de administración tomada conforme a las mayorías previstas en el art. 216; b) el
cumplimiento de la condición resolutoria a la que el acto constitutivo supeditó su existencia; c) la consecución del
objeto para el cual la persona jurídica se formó, o la imposibilidad sobreviniente de lograrlo; d) el vencimiento del
plazo previsto originariamente para su existencia; e) la quiebra, excepto lo que prevea la ley especial sobre la materia;
f) la fusión; g) el agotamiento de los bienes destinados a sostenerla, y h) la sanción de retiro de personería dispuesta
por la autoridad de contralor.
[80] Comparte tal punto de vista Niel Puig (Personas jurídicas privadas cit., p. 284), quien expresa que "si el estatuto
individualiza al beneficiario de los bienes, a él se le transferirán", salvo que no sobreviva a la fundación.
[81] Crovi (comentario al art. 216, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 730) recuerda el caso
"Fundación Virgen del Rosario c/IGJ", fallado por la sala D de la Cámara Nacional Civil en 6-3-2001 -fallo publicado
en L. L. 2001-E-734-, en el cual el Tribunal de Alzada revocó la decisión administrativa de retirar la personería
jurídica de la fundación al considerar que el fin estatutario devino de cumplimiento imposible ante la renuncia del
fundador a la condición de beneficiario (el Obispado Castrense había desechado la colaboración de la entidad para el
cumplimiento de su misión pastoral), señalando que ello importaba privarla de la posibilidad de subsistir a través del
ejercicio legítimo de la facultad legal de modificar su objeto.
[82] Va de suyo, y en esto la doctrina está conteste de manera unánime, que la creación de una fundación por una persona
humana y por vía testamentaria estará regida por las normas propias de la sucesión testamentaria (arts. 2462 y ss.) -si
lo fuera por donación entre vivos, se aplicarán las normas del contrato de donación, arts. 1542 y ss.-, y que la
asignación de bienes que el testador haga para el acto de dotación que constituirá el sustrato patrimonial de la
fundación no podrá exceder la legítima de los herederos forzosos, si existieren.
[83] En la práctica, lo más frecuente es que el testador no se limite a manifestar su mera voluntad de crear una fundación
por vía testamentaria y determinar los bienes que conforman la dotación, sino que también predisponga la redacción
del estatuto, quedando pendiente de materialización el acta constitutiva, por razones obvias (siendo un acto de última
voluntad, ésta se materializará una vez fallecido el causante).
[84] Debe ser el juez que entiende en el sucesorio, aun cuando la fundación esté preordenada a actuar en otra jurisdicción,
ya que lo que se dirime judicialmente son divergencias de criterios entre los herederos, o entre ellos y el albacea
testamentario, si lo hubiere.
[85] Por caso, en lo referente al domicilio de las personas jurídicas de carácter privado, durante la vigencia del Código
derogado sólo podían extraerse pautas de lo que éste prescribía respecto del domicilio general legal de las personas
jurídicas (art. 90, inc. 3º), y del domicilio especial de las sucursales (igual norma, inc. 4º), en tanto que en el CCyCN
el art. 152 regula lo inherente al tema de modo específico. Otro tanto puede predicarse con relación al nombre o razón
social de las personas jurídicas en general (y, dentro de ellas, obviamente a las fundaciones), aspecto que fuera objeto
de regulación por parte de la IGJ generando un sustrato normativo de rango reglamentario (no legal) que sin embargo
la doctrina y la jurisprudencia admitieron como válido; en tanto en el nuevo Código Civil y Comercial de la Nación el
tema aparece específicamente previsto en el art. 151 -sin perjuicio de disposiciones singularizadas para determinado
tipo de personas jurídicas, como el 170, inc. b, para las asociaciones civiles, el 187 para las simples asociaciones y el
195 para las fundaciones-.
[86] V. gr., en la Provincia de Santa Fe tal cometido lo asume la Inspección General de Personas Jurídicas, dependiente del
Ministerio de Gobierno de la Provincia.
[87] Recuerda Niel Puig (Personas jurídicas privadas cit, p. 360) que la denominación "autoridad de contralor" que emplea
el CCyCN para referirse a quien controla la constitución, funcionamiento, modificación, fusión y disolución y
liquidación de las personas jurídicas privadas deriva de la Ley de Sociedades 19.550, ya que el Código de Vélez hacía
referencia a la "autoridad de control".
[88] Comentario al art. 221, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 736.
[89] Agregan a ello con tino Alonso y Giatti (comentario al art. 221, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado
cit., p. 496) que ese necesario reforzamiento de las facultades de contralor estatal en el caso de las fundaciones deriva
de dos vertientes: por un lado, que el control interno que se ejerce en las asociaciones y sociedades necesariamente en
ellas resulta impracticable (porque no tiene miembros), y por ende está derivado en el Estado; y por el otro, que la
realidad muestra que reiteradamente grandes empresas emplean las formas fundacionales para encubrir intereses que
aunque formalmente aparezcan vinculados al interés común, de manera subyacente encubren propósitos indirectos,
como el logro de desgravaciones impositivas o la participación indirecta en designios que encubiertamente son
económicos.
[90] Al respecto, y siempre desde una visión crítica, Ragazzi (Asociaciones civiles... cit., p. 4) expresa que la normativa del
CCyCN no es clara -como tampoco lo sería en el texto del art. 195- cuando en el art. 221 hace esa referencia a la
potestad estatal de aprobar los estatutos, señalando que debería diferenciarse con más claridad lo inherente al
instrumento constitutivo en sí mismo, de lo que es en propiedad el contenido de los estatutos. Cierto es que la
redacción -y aprobación ulterior- de los estatutos es una exigencia para la constitución válida de la fundación, y para
su reconocimiento como persona jurídica, pero no nos parece que la correlación entre los aludidos arts. 195 y 221 del
CCyCN pueda generar confusiones en orden a uno y otro. Objeta asimismo el citado autor que terminológicamente los
arts. 222 y 224 hagan alusión a "los órganos de gobierno" (de la fundación), cuando el 195 y el 201 expresan que "el
gobierno y la administración de las fundaciones están a cargo de un consejo de administración", con lo cual,
propiamente, no hay "órganos de gobierno". Tampoco suscribimos el óbice, en tanto luce claro que la referencia se
proyecta hacia aquellos órganos dispuestos por la ley (consejo de administración, y, en su caso, comité ejecutivo) que,
sometidos a las pautas estatutarias y controlados por el Estado, llevan adelante la marcha de la entidad.
[91] La referencia, ya presente en el art. 37 de la ley 19.836, guarda correlato con lo que estatuía el art. 45 del Código
derogado en la redacción que le impusiera la ley 17.711 en relación con el comienzo de la existencia de las personas
jurídicas de carácter privado que requerían autorización del Estado para funcionar. Los conceptos de ilegitimidad
(apartamiento de la ley) y arbitrariedad (vicio en los fundamentos que dan sustento a la decisión, por exceso o por
carencia o irrazonabilidad) han sido claramente perfilados por la doctrina y la jurisprudencia elaborada durante la
vigencia del Código derogado, y de alguna manera excluyen la perspectiva de judicializar reclamos cuando éstos no
pueden, elementalmente, probarse como corporizados.
[92] El Código Civil y Comercial de la Nación no replica el texto del art. 7º de la ley 19.836, que regulaba específicamente
a las fundaciones extranjeras. Respecto de un análisis algo más singularizado del tema, nos remitimos a lo que se
menciona en el apartado siguiente.
[93] Tal como acontece, entre otros supuestos, con las vinculadas al proceso de declaración de incapacidad o capacidad
restringida, o las relativas a los procesos de familia.
[94] Fallos: 138:157; 190:124; 200:203; 244:527, entre otros, así como en doctrina BERIZONCE, Roberto O., Normas
procesales del Código Civil y Comercial de la Nación, en L. L. 2015-C-2, del 12-5-2015.
[95] Debe interpretarse, aunque no se lo diga, que se trata de los recursos ordinarios y no extraordinarios (constitucionales
o no constitucionales). Normalmente será el sumario o el sumarísimo, según la previsión instrumental del Código
Procesal que resulte aplicable conforme a cada jurisdicción.
[96] Podría plantearse una alternativa interesante en el caso de que se impugne judicialmente la denegación de una
solicitud de reconocimiento de personería jurídica de una fundación, hipótesis en la cual, no teniendo rango de
persona jurídica el ente, mal puede decirse que tenga domicilio (como uno de los atributos de la personalidad, hasta
allí inexistente). En tal supuesto, nos parece, por razones lógicas y además de tutela del derecho constitucional de
defensa en juicio, que si el domicilio del fundador no coincidiera con el de la fundación que se pretende crear, la
jurisdicción sería la vinculada al domicilio del fundador y no de la hipotéticamente futura fundación.
[97] Comentario al art. 224, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 741.
[98] En los hechos, si bien se respeta el principio de bilateralidad y de audiencia, la labor de la Alzada difiere
sustancialmente de la inherente a su intervención en procesos contenciosos jusprivatistas, ya que no hay una
tramitación previa en primera instancia ni sentencia a qua que revisar, sino un control de adecuación a esas pautas de
legalidad y ausencia de arbitrariedad en la decisión administrativa que causa el agravio.
[99] CNCiv., sala H, 27-5-97, "Fundación para la Fertilidad Humana c/Inspección General de Justicia", L. L. 1997-E-656.
[100] Alonso y Giatti (comentario al art. 224, en Código Civil y Comercial de la Nación comentado cit., p. 500) consignan,
en criterio que compartimos, que la interpretación literal del artículo en cuestión pareciera permitir que los órganos de
la fundación impugnen judicialmente sólo el supuesto que la norma menciona (fusión o coordinación de actividades),
cuando en realidad, interpretado en correlación con lo dispuesto en los arts. 222, inc. b, y 223 del mismo Código,
debería concluirse en que también están facultados para apelar las decisiones de la autoridad de contralor que
suspenda el cumplimiento de deliberaciones o resoluciones emanadas de esos órganos, o la que fije un nuevo objeto a
la fundación cuando el previsto originariamente se tornara imposible o hubiera desaparecido.
[101] Ver en especial KEMELMAJER DE CARLUCCI, La personalidad de las fundaciones en el Código de Vélez... cit.,
ps. 398 y ss.
[102] KEMELMAJER, ob. cit., alude en el Derecho italiano a las fundaciones fiduciarias, que en puridad no configuran una
persona jurídica autónoma, sino un contrato, y el comité (comitato), mencionado en el art. 39 del Código Civil italiano
relacionado a acciones de socorro o beneficencia para la promoción de obras públicas, monumentos, exposiciones,
muestras, festejos o similares.
[104] Lo cual aparecería en el CCyCN regulado en el art. 198, que permite a la fundación, una vez reconocida y operativa,
accionar en reclamo de esa promesa incumplida.
[105] Así como la genérica e imprecisa mención, que el art. 34 del Código de Vélez contenía respecto de las personas
jurídicas extranjeras en general, no solamente vinculada a las fundaciones, que aludía a que eran personas jurídicas
"los Estados extranjeros, cada una de sus provincias o municipios, los establecimientos, corporaciones o asociaciones
existentes en países extranjeros, y que existieren en ellos con iguales condiciones que las del artículo anterior" (el art.
33 debe recordarse que conformaba la clave de bóveda del sistema regulatorio de las personas jurídicas, enunciando
las de carácter público o privado, así como su forma de constitución).
[106] Para mayor abundamiento en el tema, ver VILLEGAS, Carlos Gilberto, Sociedades comerciales, Rubinzal-Culzoni,
Santa Fe, 1997, t. I, ps. 417 y ss.
[107] Citamos, entre otros, los trabajos de Crovi (Naturaleza jurídica y finalidad de las fundaciones cit., p. 33), y Adolfo
Cahian (Derecho de las fundaciones, 2ª ed., La Rocca, Buenos Aires, 2003, p. 5).