0% encontró este documento útil (0 votos)
24 vistas10 páginas

Esp Lauradomingues Comentario

Comentario

Cargado por

Pau White
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
24 vistas10 páginas

Esp Lauradomingues Comentario

Comentario

Cargado por

Pau White
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Antes de 1936, la narrativa española florecía con figuras destacadas como Unamuno, Valle-

Inclán y Azorín. Sin embargo, la guerra civil española (1936-1939) supuso un punto de
inflexión trágico que dejó un vacío literario y cultural significativo. Muchos de estos
escritores murieron, mientras que otros se vieron obligados a exiliarse. La narrativa que
emergió en los años siguientes al conflicto se desarrolló en gran medida en el exilio,
producida por autores que habían comenzado su carrera literaria en España antes de la guerra.
Durante los primeros años del régimen franquista, especialmente en la década de 1940, la
política económica y social se caracterizó por el intervencionismo y la autarquía. El
aislamiento internacional de España provocó desabastecimiento, mercado negro y
racionamiento. La sociedad vivió bajo un clima de autoritarismo que imponía un canon oficial
rígido, promoviendo un espíritu tradicionalista, ideología conservadora y creencias católicas.
Todo ello condujo a un pensamiento unívoco y a la eliminación de la diversidad de ideas. Los
años posteriores a la guerra estuvieron entonces marcados por un aislamiento cultural
profundo, la escasez de maestros, debido a las muertes y exilios, y una doble censura
eclesiástica y política. A pesar de estas restricciones, hubo un auge en las traducciones y se
produjeron numerosas novelas desde el exilio. La evolución de la narrativa de posguerra
puede dividirse en tres etapas principales: la literatura tremendista, existencialista o
desarraigada de los años 40, la novela social o neorrealista de la "generación de los 50" y la
novela experimental de los años 60.
La literatura tremendista, existencialista o desarraigada, que surgió inmediatamente después
de la guerra, se caracterizó por una narrativa que reflejaba la miseria, la orfandad y la
frustración de la sociedad posbélica, a pesar de la censura. Las obras de este periodo suelen
mostrar una visión amarga de la vida cotidiana desde un enfoque existencial, abordando temas
como la soledad, la inadaptación, el desarraigo y la amargura, con personajes desorientados y
angustiados. Estas obras son un reflejo del malestar social de la época. La primera gran obra
de esta etapa es La Familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela, considerada la iniciadora
del tremendismo. La novela narra la trágica vida de Pascual Duarte, marcada por la violencia,
la miseria y la fatalidad en la España rural del siglo XX. Otra obra destacada es Nada de
Carmen Laforet, que cuenta la historia de una joven que va a estudiar a Barcelona y vive con
sus familiares en un ambiente sórdido y lleno de ilusiones fracasadas. La tercera gran obra, La
sombra del ciprés es alargada de Miguel Delibes, un representante del realismo intimista,
aborda la tristeza y la frustración con una profunda preocupación humano-psicológica. Estas
obras coexisten con libros de carácter propagandístico y belicista, denominados "novela
heroica", escritos desde la perspectiva del bando vencedor. Un claro ejemplo de esto es La fiel
infantería de Rafael García Serrano.
La novela social o neorrealista empieza en los años 50. La leve recuperación económica y la
tímida liberalización del régimen franquista en los años 50 permitieron el desarrollo de la
literatura social. La "generación del 50" incluye a escritores como Carmen Martín Gaite,
Fernández Santos, Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio y Ana María Matute. Estos
autores compartían experiencias vitales marcadas por la guerra civil vivida en su niñez, la
adolescencia en un contexto de necesidad y miseria, y la oposición al régimen franquista. La
novela social de esta época se caracteriza por una preocupación máxima por los problemas de
la sociedad, incluso a costa del componente artístico de la obra literaria. Se pueden identificar
tres tendencias principales dentro de esta corriente. Primero, el realismo social, que pone
énfasis en los problemas de la sociedad y abandona en parte el componente artístico de la
narrativa. Luego, la corriente metafísica, que se centra en los problemas interiores del hombre,
eliminando elementos como la línea argumental. Por último, el neorrealismo, que combina la
actitud testimonial del realismo social con la pretensión espiritual de los metafísicos. La
difusión de las líneas narrativas se facilitó mediante la publicación en revistas literarias como
Revista Española en Madrid y Laye en Barcelona. Las técnicas narrativas destacadas de este
periodo incluyen el objetivismo, donde se presenta un testimonio escueto sin aparente
intervención del autor, y el conductismo, que registra la conducta externa de los individuos y
recoge sus palabras sin interpretaciones. El Jarama de Rafael Sánchez Ferlosio es una
representación clara del conductismo, con un estilo marcado por una intencionada pobreza
léxica que busca reflejar los registros lingüísticos populares y coloquiales.
La última etapa es la novela experimental de años 60. A partir de esta etapa, la novela social
provocan un cierto cansancio del público. La irrupción de los autores hispanoamericanos del
boom, como Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez,
eclipsa la narrativa nacional. Además, el conocimiento más amplio de la literatura
internacional y nuevas influencias literarias, como la generación perdida norteamericana,
marcan esta tendencia. Las innovaciones técnicas de esta etapa incluyen cambios en el punto
de vista narrativo, la ruptura de la linealidad temporal, la polifonía de voces, el predominio
del estilo indirecto y del monólogo interior. Las apelaciones al lector ya no tienen una
finalidad de adoctrinamiento, sino que invitan a colaborar en el propio proceso de ficción.
Algunos autores consagrados, como Camilo José Cela con San Camilo y Miguel Delibes con
Cinco horas con Mario, participan en este proceso.
Entre los títulos importantes de los años 40 y 50, destaca un conjunto homogéneo de firmas
femeninas que, por primera vez en España, toman las riendas de la narrativa. Esta generación
de escritoras ofrece nuevas perspectivas sobre la vida y la sociedad, mostrando una visión del
mundo a través de los ojos de las mujeres. El punto de partida fue la concesión del premio
Nadal en 1944 a Carmen Laforet por su obra Nada, que causó gran sorpresa. Otras mujeres
también ganaron este premio, quizás el más importante de la posguerra española, consagrando
una tradición novelística femenina. Un hito destacable fue el premio a Ana María Matute en
1959.

Ana María Matute nació en Barcelona el 26 de julio de 1926, en una familia de la pequeña
burguesía catalana, católica y conservadora. Su padre era catalán y propietario de una fábrica
de paraguas, mientras que su madre era castellana. Debido a la enfermedad que sufrió a los
cuatro años, sus padres la llevaron a vivir con sus abuelos en un pueblo del norte de España,
entre La Rioja, Burgos y Logroño. Así, Matute se convirtió en una mujer catalana que vivió
largas temporadas en Madrid y otras regiones de España. La guerra civil española estalló en
1936, cuando Matute tenía 11 años. Su naturaleza sensible hizo que su infancia y adolescencia
quedaran marcadas por el odio, la miseria, la pobreza, el sufrimiento y el dolor. Estudió en un
colegio de monjas con estrictas normas que contrastaban con la libertad que experimentaba
durante los veranos en el norte de España. En la década de 1950, Matute se instaló en Madrid,
donde frecuentó los círculos literarios de la "generación de medio siglo". Allí conoció a varios
autores, como Ignacio y Josefina Aldecoa, Camilo José Cela, Miguel Delibes, Carmen Martín
Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio. Se casó con el escritor Ramón Eugenio Goicoechea, con
quien tuvo un hijo. Se divorció en 1963 y, debido a las desfavorables condiciones de la
dictadura, perdió la custodia de su hijo. Matute es considerada una escritora esencialmente
realista, influenciada por su trato con los círculos literarios de la generación de medio siglo.
Sin embargo, su realismo se caracteriza por la irrupción de la fantasía y el lirismo. El universo
infantil, tanto real como lleno de fantasía, ocupa un lugar destacado en su obra. Sus narrativas
se distinguen por la fantasía y el lirismo, abordando temas importantes como la infancia
irrecuperable, la incomunicación humana, el cainismo, la injusticia, la violencia, la soledad, el
desamparo y la muerte. El universo realista de Matute se nutre de sus experiencias de la
guerra y la posguerra, así como del rudo mundo rural que conoció durante sus estancias en el
norte de España. Su obra está fuertemente influenciada por Emily Brontë y Emilia Pardo
Bazán. El componente lírico y el gusto por hablar a los niños en la obra de Matute parecen ser
un refugio donde utiliza una voz que en el mundo de los adultos le resulta imposible: la de la
esperanza y la alegría. Su primera obra, Pequeño teatro, la escribió cuando solo tenía 17 años,
y gracias a ella ganó el Premio Planeta en 1954. Otras obras muy reconocidas de Matute son
Los Abel, Olvidado Rey Gudú y Los hijos muertos. Gracias a este último recibió Premio
Nacional de Narrativa.

Ana María Matute también es autora del libro de cuentos Los niños tontos, una obra narrativa
escrita en 1956 que se inscribe en el neorrealismo. Esta colección de microrrelatos consta de
veintiún cuentos, entre los cuales se encuentra "El corderito pascual", el decimoquinto de la
serie. Todos los cuentos de la colección comparten una temática común: la marginación de
personajes infantiles. Sin embargo, cada cuento aborda diferentes aspectos de esta temática
central.
"El corderito pascual" narra la historia del hijo de un ropavejero, un niño gordo que no tiene
amigos porque los demás niños se burlan de él. Con la llegada de la primavera, los niños del
pueblo empiezan a dejar sus abrigos al ropavejero. Mientras tanto, el niño encuentra consuelo
y compañía en un cordero. Sin embargo, el día de Pascua, el cordero es sacrificado sin que el
niño lo sepa. Al descubrir que hay cordero para la comida, el niño corre a la cocina y, con
tristeza, se despide de la mirada del animal que tanto le consolaba. En este texto, se destaca
claramente la marginalización del niño pequeño. Por un lado, no tiene amigos, y por otro, su
único compañero es un animal, lo cual es inusual y subraya su aislamiento. Esta amistad única
termina trágicamente con la muerte del cordero, acentuando el tema de la soledad. El cuento
también aborda la falta de amor, evidenciada no solo por la ausencia de amigos, sino también
por la falta de una figura materna en la vida del niño, en contraste con la presencia materna en
la vida de los otros niños. Desde otro punto de vista, el cuento contrasta la dura realidad con
la inocencia infantil, evidente en el sacrificio del cordero, lo cual introduce un sentido de
dolor e injusticia. Además, se resalta el contraste entre la bondad de los animales y la crueldad
humana: mientras los otros niños marginan al protagonista por un rasgo físico superficial, el
cordero lo acepta sin condiciones, sin importar si es gordo o flaco, guapo o feo. Podemos
dividir este texto en tres partes distintas. La primera parte, que abarca desde el inicio hasta la
línea siete, se centra en la descripción de los dos amigos, es decir, del corderito y del niño
gordo, destacando las marcadas diferencias entre ambos. La segunda parte se extiende desde
la línea siete hasta la línea diecisiete y aborda el tema de la marginalización del niño. En esta
sección, se contrasta lo que hacen los otros niños todos los días con lo que hace el niño gordo
en compañía del corderito. Finalmente, desde la línea diecisiete hasta el final, encontramos la
tercera parte, que describe el desenlace trágico con la muerte del único amigo del niño, el
corderito.
El microrrelato se centra en el protagonista, el niño del ropavejero, quien, siendo obeso y
careciendo de amigos, recibe un cordero como regalo. Desafortunadamente, su familia y los
otros niños lo tratan mal, y no se menciona el amor materno hacia él. Este personaje encarna
la inocencia. El corderito, por otro lado, representa la pureza y la bondad, siendo blanco y
tratando amablemente al niño, incluso siendo más apreciado por la familia que el propio niño,
ya que a él al menos le prestan atención poniéndole un lazo verde. El ropavejero, vendedor de
ropa usada, parece tener poco dinero, ya que sacrifican al cordero para la comida de Pascua.
Los otros niños, delgados en contraste con el niño gordo, personifican la crueldad humana. El
narrador, omnisciente externo, no especifica el tiempo exacto de la acción, aunque el contexto
literario sugiere la posguerra, una etapa socialmente difícil, sobre todo durante los primeros
años de la dictadura de Franco. El lugar tampoco está definido, aunque podríamos imaginar
que transcurre en un pueblo español. A lo largo del texto, se observa una transición de varios
meses, desde el invierno hasta la primavera, marcada por la llegada del calor y la celebración
de Pascua, evidenciando así la evolución temporal de la historia. En la primera parte del
relato, la ubicación no está claramente definida. Sin embargo, más adelante podemos discernir
entre diferentes espacios: la tienda del usurero, donde los niños dejan sus abrigos; un espacio
exterior donde se encuentran el niño y el cordero; y finalmente, la casa del ropavejero, donde
la familia se reúne para celebrar el día de Pascua.

Este cuento está escrito en un solo bloque de veintidós líneas, sin ningún salto de línea ni
ningún párrafo. Empieza con una descripción del niño y del cordero hasta la línea cinco,
aunque la primera frase del texto es una narración. Luego narra la vida del niño con su nuevo
amigo, seguido de la descripción de la vida de los otros niños junto al ambiente. También
describe la mesa del día de Pascua. La narración y la descripción se entrelazan por lo tanto a
lo largo del texto para crear una imagen vívida del entorno y los personajes, así como para
evocar las emociones del lector frente a la historia trágica del niño y su cordero.
"El corderito pascual" comienza con una breve oración en pretérito perfecto simple,
revelándonos desde el principio la profesión del padre y la identidad del niño, quien, como
protagonista, parece definirse únicamente en relación con su padre. A continuación, se nos
narra cómo le regalan un corderito pascual, enfatizando así la distinción entre el animal y el
niño al incluir un complemento circunstancial de finalidad, "para jugar con él", que sugiere la
percepción del cordero como un objeto de entretenimiento. Es como si le regalaban un coche
de juguete para que no se aburra. En esta frase podemos constatar un hipérbaton, ya que la
estructura normal podría ser: "Le regalaron un corderito pascual al hijo del ropavejero, para
jugar con él". La inversión del orden natural de la frase destaca "al hijo del ropavejero" y crea
un efecto estilístico que capta la atención del lector. En la segunda frase, al comenzar la
descripción del niño, se repite la frase "el hijo del ropavejero", lo que sugiere que, incluso al
describirlo, se le identifica principalmente por su relación familiar en lugar de ser reconocido
como un individuo independiente. El uso del determinante indeterminado "un" refuerza este
efecto, y se intensifica aún más al contrastarlo con "los", más adelante en el texto, un
determinante determinado que se utiliza para referirse a los otros niños. La autora califica al
protagonista con un epíteto peyorativo “gordo”, en el cual insiste con el adverbio de cantidad
“muy”. Este adjetivo está seguido de una proposición relativa con un verbo en pretérito
imperfecto, lo cual transmite un sentimiento de tristeza, ya que esta conjugación verbal
sugiere una situación que se prolonga en el tiempo. Encima, la negación absoluta niega
completamente la existencia de amigos para el niño, indicando que en ningún momento ni en
ninguna circunstancia el niño tenía amigos. La siguiente frase está repleta de anáforas y
enumeraciones, como "Los niños del albañil, los del contable, los del zapatero," y "de su
barriga, de sus mofletes, de su repapada". La primera enumeración ilustra cómo personas de
distintos ámbitos se burlan de él, especialmente con la repetición de "los del", lo que sugiere
que prácticamente todo el mundo se mofa de él. La segunda enumeración resalta cómo se
burlan de diversas partes de su cuerpo, y la repetición de "de su" indica que se ríen de todas
las partes de su cuerpo. Observamos de nuevo un verbo conjugado al pretérito imperfecto, lo
que sugiere que esta situación se prolonga en el tiempo, aparentemente afectando toda su
vida. Las expresiones "gorrino," "barril de cerveza," y "puerco de San Martín" son metáforas.
Estos términos se utilizan para referirse al niño de manera despectiva, comparándolo con
objetos o animales que representan sus características físicas de forma ofensiva. Estas figuras
retóricas contribuyen a la descripción negativa del niño y enfatizan el bullying, así como la
crueldad que sufre el niño protagonista. La descripción siguiente es el del cordero. Esta
descripción contrasta muchísimo con la del niño, ya que los adjetivos utilizados son positivos,
como el blanco, que simboliza la pureza, y lo dulce, la amabilidad. Además, vemos que le
prestan más atención al cordero que al niño, ya que a este le ponen un lazo verde al cuello. El
color verde puede simbolizar esperanza, naturaleza, o algo valioso y querido, subrayando la
bondad y la importancia del cordero para el niño. Después de estas dos descripciones, se
retoma el término "hijo gordo", lo que recarga el texto al redundar en la descripción de su
corpulencia. Esto contrasta notablemente con el sufijo usado para el cordero, que evoca una
sensación más amable y positiva.
"Usurero, ropavejero, compraventa" es una enumeración que añade varias características del
padre, subrayando las diferentes facetas de su trabajo y quizás su carácter complejo. También
subraya el hecho de que su familia no tiene un gran ingreso, ya que cada una de esas
profesiones no suele generar mucho dinero. Esta situación agrava la desafortunada vida del
niño, que enfrenta dificultades tanto físicas como familiares debido a la falta de amor y los
escasos recursos económicos de su familia. La "tapia soleada" es un epíteto que añade una
cualidad específica a la tapia, dando una imagen más vívida y agradable del lugar por donde
pasean. El símil en esa frase también actúa como una hipérbole, exagerando la singularidad y
especialidad de la mirada del cordero, y resaltando así el vínculo único entre el niño y el
animal. Se produce una transición marcada por el uso del pretérito perfecto simple, junto a
una anáfora con "Llegaron los días", lo que señala el cierre de la descripción de estos dos
amigos tan dispares. Esta nueva etapa del texto empieza con una metáfora, "Llegaron los días
de las golondrinas," que sugiere la llegada de la primavera de una manera poética y
evocadora. Esto da un poco de felicidad al texto, ya que ya se ha acabado el invierno. Los
sufijos “illa” de la hierba junto al epíteto “tierna” que la califica incrementa esta imagen de
felicidad, de buen tiempo y volvemos a encontrar el ambiente agradable. La anáfora de "de
los" crea un ritmo y una estructura paralela. Describe gracias a una enumeración de elementos
de la primavera como “golondrinas”, “nidos en el tejado” o “hierbecilla tierna”. Hay una
aliteración en "dejaban los abrigos," que proporciona una cadencia rítmica al texto. La
narrativa retorna a la descripción de los demás niños, que contrasta notablemente con la del
hijo del ropavejero, al utilizar los epítetos "estrechos" y "delgados". La repetición del
adverbio de cantidad "muy" subraya este contraste, intensificando la sensación de
marginación del niño robusto. Además, la anáfora con "con" crea un ritmo y una estructura
paralela que enfatiza aún más la diferencia entre ambos grupos de niños. La enumeración de
características de los niños, como "muy estrechos, muy delgados, en sus chalecos de punto,
con las mangas cortas, con las muñecas desnudas," añade detalle y profundidad descriptiva.
La descripción nos recuerda que los niños son pequeños porque necesitan cambiar de abrigo
cada invierno, ya que crecen rápidamente. Este detalle resalta la crueldad hacia el niño
robusto, ya que todos son muy jóvenes al igual que él, lo que acentúa aún más su
marginación. La aliteración en "m" con "muy estrechos, muy delgados" aporta una cadencia
rítmica al fragmento. La enumeración de acciones y objetos, como "se iban luego a la plaza,
junto al capazo de la madre, con los dos duros de la compra," aporta detalle y riqueza
descriptiva, describiendo la vida cotidiana de los niños. El contraste con la vida del niño se
hace más evidente porque en ningún momento se menciona a su madre, una figura esencial en
la vida de cualquier niño. Además, la expresión "los dos duros de la compra" podría
considerarse como un coloquialismo, lo que añade realismo a la narrativa. En conjunto, estos
elementos estilísticos refuerzan la función poética del pasaje, centrando la atención en la
forma del mensaje y buscando generar una respuesta emocional positiva y estética en el
lector. En la línea doce, tenemos la segunda parte de la anáfora “Llegaron los días”. Desde
aquí, la narrativa se centra más en la familia del ropavejero, describiendo las diversas
situaciones de los niños, como "con niños de la mano, medio a rastras, con niños despojados,
de ojos redondos, con niños de dos duros, de siete pesetas". Este conjunto de descripciones
enriquece la imagen de los niños en esa situación, aunque la perspectiva se torna menos
positiva y comienza a deteriorarse. La frase "esto no vale nada" podría interpretarse con un
tono irónico, subrayando la dureza y la desvalorización que sufre esta familia. La repetición
“junto a” y la enumeración de las cosas que le dejan al ropavejero, deja una imagen de
desorden y acumulación. Se observa una personificación con las "palabras", las cuales se
presentan como si tuvieran una presencia física junto a los objetos, como en "junto a las
palabras de «esto no vale nada», «esto tiene una mancha», «esto está roto»", lo que otorga a
los comentarios negativos una realidad tangible. Además, se encuentra una sinestesia en la
combinación de elementos visuales, olfativos y auditivos, como los abrigos y pantalones, el
olor a naftalina, y las palabras de desprecio, que crean una experiencia sensorial compleja y
rica. Este contraste es evidente, ya que, para esta familia, la abundancia y el desorden son
percibidos como algo positivo al ser una fuente de ingresos, mientras que para los demás, esto
es visto como algo negativo. El protagonista es otra vez nombrado por un epíteto peyorativo,
sin embargo, por una vez hay una imagen positiva de él, como en la última frase de la primera
parte del texto. El niño parece ser feliz únicamente cuando solo está con el cordero. El sufijo a
“orejillas” representa el cariño y la ternura que el niño siente por el animal. El uso de
"orejillas" como una parte para representar la totalidad del cordero, enfoca la atención en una
característica específica para transmitir ternura. Hay una antítesis en la que se contraponen los
insultos que el niño recibe de los otros con el cariño que siente por el cordero, resaltando el
contraste entre la crueldad humana y la inocencia del animal, seguido entonces de una
enumeración de insultos con "Cerdo, cebón, barril de cerveza" que subraya la crueldad de los
otros niños y destaca la diferencia con la amabilidad del cordero. Con una indicación
temporal, nos adentramos en el desenlace trágico. Se utiliza los elementos "cuchillos" y "sol"
para representar la atmósfera tensa y lúgubre de la escena, con los cuchillos simbolizando el
acto de sacrificio y el sol irónicamente contrarrestando la oscuridad del momento. El uso de
"grandes y blancos dientes" resalta su presencia dominante y casi depredadora. Podría hasta
parecer cruel. La frase "papá-ropavejero, papá-compra-venta-no-vale-nada-prestamista-siete-
pesetas-está-roto" utiliza la repetición de "papá" para unir múltiples aspectos de la identidad
del padre, destacando así su carácter multifacético y, en cierto sentido, despiadado. La
hipérbole del "sol sobre el mantel" puede interpretarse como una transferencia de cualidades
entre el sol y el mantel, resaltando la luminosidad en contraste con la escena sombría y
violenta. La expresión "corrió a la cocina con el corazón en la boca" exagera la intensidad de
las emociones del niño, resaltando su estado de angustia y shock. La metáfora “con el corazón
en la boca” intensifica la tristeza que provoca en el lector, ya que ese cordero era el único
amigo del niño, siendo incluso su razón para levantarse todos los días. La palabra
“despellejada” aumenta la crueldad de este acto. Esa pena causada en el lector se incrementa
con la última frase “Mirándole, por última vez, con aquella mirada que no vio nunca en
nadie”. Se ha entonces muerto el único amigo del pobre niño del ropavejero.

En resumen, el análisis detallado de "El corderito pascual" revela la complejidad de la


narrativa y su capacidad para transmitir emociones y reflexiones profundas. A través de la
historia del niño del ropavejero y su amistad con el cordero, Ana María Matute aborda temas
universales como la marginación, la crueldad humana, la inocencia perdida y la tragedia. La
estructura del cuento, con su descripción detallada de los personajes y su entorno, crea una
imagen vívida y conmovedora de la vida del niño y el sacrificio del cordero. Los recursos
literarios utilizados, como la metáfora, la anáfora y la personificación, añaden profundidad y
riqueza al texto, resaltando los contrastes entre la bondad y la crueldad, la inocencia y la
brutalidad. En última instancia, "El corderito pascual" es una obra poderosa que invita a la
reflexión sobre la naturaleza humana y la importancia de la empatía y la compasión en un
mundo lleno de injusticia y sufrimiento. Este relato fue escrito hace casi un siglo, y lo que
realmente me impacta es cómo el problema del acoso escolar sigue siendo relevante en
nuestras escuelas y colegios en la actualidad. Esto pone de manifiesto la persistente crueldad
entre los seres humanos. Reflexionando sobre ello, resulta evidente que estas conductas son
aprendidas de la sociedad, ya que los animales no exhiben tanta malicia hacia sus semejantes.
Es una realidad triste, pues las víctimas del acoso escolar sufren considerablemente, y
lamentablemente parece que esta situación no va a cambiar con el tiempo. No obstante, es
importante señalar que actualmente se están implementando medidas como conferencias de
sensibilización y talleres en las escuelas para abordar este problema. En mi opinión, Ana
María Matute no brinda suficiente esperanza al niño protagonista en su cuento. Creo
firmemente que cualquier situación tiene solución si mantenemos la fe en ello. Si perdemos
esa esperanza, nos convertimos en agentes de tristeza en lugar de impulsar el cambio hacia un
entorno más positivo.

También podría gustarte