1 - 2 Mun
1 - 2 Mun
Thomas Mun
1. El comerciante debe ser un buen escribano, un buen aritmético y un buen contador, para llevar
bien la noble regla del Debe y del Haber, que se usa solamente entre comerciantes, así como para
ser un experto en la disposición y forma de los contratos de fletamento, conocimiento de embarque,
facturas, contratos, letras de cambio y pólizas de seguros.
2. Debe conocer las medidas, pesos y monedas de todos los países extranjeros, especialmente de
aquellos con los cuales tenemos comercio, y las monedas no sólo por sus diferentes denominaciones
sino también por sus valores intrínsecos, por su peso, y ley, comparado con el patrón de este Reino,
sin lo cual no podrá dirigir bien sus asuntos.
3. Debe conocer las aduanas, peajes, impuestos, tributos, manejos y otras cargas existentes sobre
toda clase de mercancías exportadas o importadas a y de los dichos países extranjeros.
4. Debe saber qué diferentes productos abundan en cada país y de qué mercancías carezcan, y
cómo y por quién son provistos de ellos.
1 Capítulos seleccionados de Mun, Thomas (1664), La Riqueza de Inglaterra por el Comercio Exterior. Discurso acerca
del Comercio de Inglaterra con las Indias Orientales, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires.
5. Debe entender y ser un observador cuidadoso del tipo de cambio de las letras, de un Estado a
otro, para que de esa manera pueda dirigir mejor sus asuntos y enviar y recibir sus monedas con las
mayores ventajas posibles.
6. Debe saber qué mercancías están prohibidas a la exportación o importación en dichos países
extranjeros, no sea que, de otra manera, incurra en gran peligro y pérdidas en el arreglo de sus
asuntos.
7. Debe saber de acuerdo con qué tarifas y condiciones fletar sus naves y asegurar sus riesgos de un
país a otro, y estar bien enterado de las leyes, reglas y costumbres de los asuntos de seguros, tanto
de las de aquí como las de allende los mares, por los muchos accidentes que pueden suceder, por el
daño o pérdida de las naves o de las mercancías, o de ambas.
8. Debe tener conocimiento de la bondad y de los precios de todos los diferentes materiales que se
requieren para construir y reparar naves y las diversas operaciones de construcción de las mismas,
como también de los mástiles, guarniciones, cordajes, artillería, vituallas, municiones y provisiones de
todas clases, junto con los salarios acostumbrados de los capitanes, oficiales y marineros, todo lo
cual interesa al comerciante, puesto que es el propietario de la nave.
9. Debe (por las diversas ocasiones que se presentan a veces en la compra y venta de una y otra
mercancía) tener conocimiento desapasionado, si no perfecto, de todo género de mercancías o
efectos, pues debe ser, por decirlo así, un hombre de toda clase de ocupaciones y oficios.
10. Debe llegar a ser, por sus viajes frecuentes por mar, competente en el arte de la navegación.
11. Supuesto que es viajero y a veces reside en países extranjeros, debe llegar a hablar diversas
lenguas y debe ser un observador atento de las rentas y gastos ordinarios de los príncipes
extranjeros, así como de su poder en mar y tierra, de sus leyes, aduanas, política, costumbres,
religión, oficios y otras cosas semejantes, para estar en condiciones de dar cuenta de ello en
cualquiera ocasión para el bien de su país.
12. Por último, aunque no es necesario que tal comerciante sea un erudito, sin embargo se requiere
(cuando menos) que en su juventud aprenda la lengua latina, que lo habilitará grandemente en todo
el resto de sus empeños.
Capítulo II: medios para enriquecer este Reino y para incrementar su tesoro.
Aunque un Reino puede ser enriquecido por presentes recibidos o por rentas tomadas de algunas
otras naciones, sin embargo, esto es incierto y de pequeña importancia cuando ocurre. Los medios
ordinarios, por tanto, para aumentar nuestra riqueza y tesoro son por el comercio exterior, por lo que
debemos siempre observar esta regla: vender más anualmente a los extranjeros en valor de lo que
consumimos de ellos. Supongamos que cuando este Reino está abundantemente abastecido con
telas, plomo, quincalla, hierro, pescado y otros productos nativos, exportemos anualmente el
excedente a países extranjeros hasta el valor de dos millones doscientas mil libras esterlinas; por
este medio estamos en posibilidad de comprar de ultramar y traer mercancías extranjeras para
nuestro uso y consumo hasta el valor de dos millones de libras esterlinas. Conservando este orden
rígidamente en nuestro comercio, podemos estar seguros de que el Reino se enriquecerá
anualmente con doscientas mil libras esterlinas, que se nos deben traer en otro tanto de tesoro,
porque la parte de nuestro patrimonio que no nos sea devuelta en mercaderías debe necesariamente
3
regresar en dinero.
En este caso viene a suceder con los haberes del Reino lo que a la hacienda de un particular que
supondremos que tenga mil libras esterlinas anuales de renta y dos mil libras esterlinas de dinero
efectivo en sus cofres. Si este hombre, por causa de sus excesos, gasta más de mil quinientas libras
esterlinas per annum, su dinero efectivo desaparecerá en cuatro años, y en el mismo tiempo su
aludido dinero se duplicará si sigue una vida frugal y gasta solamente quinientas libras esterlinas per
annum, regla que nunca falla, asimismo, en la República, salvo en algunos casos (de no gran
importancia) que explicaré más adelante cuando muestre por quién y de qué manera esta balanza de
las cuentas del Reino debe hacerse anualmente, o tan frecuentemente como convenga al Estado
revelar cuánto ganamos o perdemos en el comercio con las naciones extranjeras. Pero primero diré
algo concerniente a aquellos medios y métodos que incrementarán nuestras exportaciones y
disminuirán nuestras importaciones de mercancías, una vez hecho lo cual presentaré algunos otros
argumentos, tanto afirmativos como negativos, para fortalecer lo que aquí se sostiene y así
demostrar que cualquier otro medio de los que se supone que enriquecen al Reino con tesoro, son
del todo insuficientes y puramente falacias.
La renta o patrimonio de un Reino por la cual es provisto de efectos extranjeros es bien natural o bien
artificial. La riqueza natural lo es solamente en tanto que puede substraerse de nuestro propio uso y
necesidades para exportarse al extranjero. La artificial consiste en el trueque de nuestras
manufacturas por mercancías extranjeras, acerca de lo cual expondré algunos detalles que puedan
servir para el asunto de que nos ocupamos.
1. Primero, aunque este Reino sea ya muy rico por naturaleza, sin embargo, puede enriquecerse
más, poniendo las tierras ociosas (que son infinitas) en empleos tales que de ninguna manera
estorben la renta actual de otras tierras abonadas, sino que de esta manera nos abasteceremos y
evitaremos las importaciones de cáñamo, lino, cordelería, tabaco y varias otras cosas que ahora
obtenemos de los extranjeros, para nuestro gran empobrecimiento.
4. El valor de nuestras exportaciones puede subir mucho, igualmente, cuando las llevemos a cabo
nosotros mismos en nuestros propios barcos, porque entonces ganamos no solamente el precio de
nuestros efectos en lo que valen aquí, sino también la ganancia del comerciante, los gastos de
seguros y del flete de transporte marítimo. Así, por ejemplo, si los comerciantes italianos vienen aquí
5
en sus propias naves a sacar nuestro grano, nuestros arenques ahumados y otros productos
semejantes, en este caso el reino tendrá ordinariamente sólo 25 chelines por arroba de trigo y 20
chelines por barril de arenques ahumados, mientras que si nosotros transportamos estas mercancías
a Italia por los precios mencionados, es probable que obtengamos cincuenta chelines por el primero
y cuarenta por el último, lo que es una gran diferencia en las ventas o salidas de las existencias del
Reino y, aunque es verdad que el comercio debe ser libre para los extranjeros para que traigan y
lleven lo que gusten, con todo, aun así, en algunos lugares la exportación de vituallas y municiones
es, ya sea prohibida o cuando menos limitada, para que la practiquen únicamente el pueblo y las
naves de los lugares donde se producen.
5. El gasto frugal de nuestra riqueza natural puede, igualmente, aumentar mucho anualmente lo que
es susceptible de exportarse y si en nuestro propio vestido somos despilfarradores, seámoslo, a lo
menos, con nuestras propias materias primas y manufacturas, como telas, encajes, bordados,
calados y otros semejantes, en los que el exceso del rico puede ser el empleo del pobre, cuyos
trabajos, serían, sin embargo, más provechosos para la República si fueran hechos para el consumo
de los extranjeros.
6. La pesca en los mares de Su Majestad en Inglaterra, Escocia e Irlanda, es nuestra riqueza natural
y únicamente costará trabajo, que los holandeses emplean de buen grado, obteniendo un gran
provecho anual para sí mismos y abasteciendo muchos países de la cristiandad con nuestra pesca,
por lo cual son recompensados y satisfacen sus necesidades tanto de efectos extranjeros como de
dinero, además de la multitud de marineros y naves que de esta manera se sostienen, acerca de lo
cual podría hacerse una extensa disertación para aplicar el manejo particular de este importante
negocio. También nuestros criaderos de peces en Nueva Inglaterra, Virginia, Groenlandia, las Islas
Summer y Terranova son de naturaleza semejante, y proporcionan mucha riqueza y ocupación para
sostener un gran número de pobres y para aumentar nuestro declinante comercio.
7. Un mercado o almacén para maíz, añil, especias, seda cruda, algodón en rama del extranjero o
cualquier otro artículo de cualquier clase que se importe, y exportándolos de nuevo a donde sean
solicitados, aumentará la navegación, el comercio, la riqueza y los derechos aduanales del Rey;
movimiento de comercio que ha sido el principal medio del progreso de Venecia, Génova, los Países
Bajos y algunos otros, y para este propósito Inglaterra está situada holgadamente, sin necesitar para
llegar a buen fin esta actuación más que su diligencia y su empeño.
8. También debemos estimar y fomentar aquellos tráficos que tenemos en países remotos o
distantes, puesto que además del aumento que trae en la navegación y en marineros, también los
6
efectos enviados allá y recibidos de allí son mucho más productivos para el Reino que nuestro tráfico
cercano y a la mano. Como ejemplo supongamos que la pimienta valga aquí dos chelines la libra
permanentemente; si entonces fuera llevada por los holandeses a Amsterdam, el comerciante puede
pagar allí veinte peniques por la libra y tener buena ganancia en la transacción; pero si trae esta
pimienta de las Indias Orientales, no debe dar más de tres peniques a lo sumo por libra, lo que es
una gran ganancia, no sólo en la parte que empleamos en nuestro propio consumo, sino que también
de la gran cantidad que transportamos (de aquí) anualmente a otras diversas naciones para
venderlas a un precio más alto. Por este medio aparece con toda claridad que hacemos con ventaja
un mayor acopio de estas mercancías indias, que el que hacen las naciones en donde crece y a las
cuales propiamente pertenecen, puesto que es la riqueza natural de esos países. Pero para un mejor
entendimiento de este punto debemos siempre distinguir entre la ganancia del Reino y la ganancia
del comerciante, pues aunque el Reino no pague por esta pimienta más de lo que se ha supuesto
antes, como por ninguna otra mercancía comprada en comarcas extranjeras más de lo que el
extranjero recibe de nosotros por la misma, sin embargo, el comerciante paga, no solamente ese
precio sino también fletes, seguros, derechos de aduanas y otras cargas que son muy elevadas en
estos lejanos viajes; pero no obstante todo esto, en la cuenta del Reino se verifican ajustes entre
nosotros mismos sin sacrificio del patrimonio del Reino, que bien considerado, con el apoyo también
de nuestros artículos de comercio en nuestros mejores embarques a Italia, Francia, Turquía, los
Países Orientales y otras comarcas, el transportar y dar salida a los efectos que traemos anualmente
de las Indias Orientales puede muy bien estimular nuestros mayores esfuerzos para sostener y
engrandecer este grande y noble negocio, que tanto interesa a la riqueza, a la fuerza y a la felicidad
públicas. Tampoco hay menor honor y discernimiento en enriquecerse (de esta manera) con las
mercancías de otras naciones, que por un aumento laborioso de nuestros propios recursos,
especialmente cuando estos últimos progresan por el beneficio de los antes mencionados, como
hemos descubierto en las Indias Orientales, por la venta de mucha de nuestra quincalla, telas, plomo
y otros efectos, la salida de los cuales de día en día aumenta en aquellos países que antes no
consumían nuestros productos.
9. Será muy provechoso exportar dinero así como mercancías; pues haciéndose esto en intercambio
solamente, aumentará nuestra riqueza; pero acerca de esto escribo más extensamente en el próximo
capítulo, a fin de demostrarlo plenamente.
10. Sería buena política y de resultados provechosos para el Estado el permitir que las manufacturas
fabricadas con materiales extranjeros, como terciopelos y varias otras como sedas en bruto, panas,
sedas torcidas y otros productos semejantes sean exportadas libres de impuestos aduanales; así se
7
emplearía un gran número de indigentes con un incremento anual de valor de nuestras mercancías
remitidas a otros países y motivaría (con este propósito) que se introdujeran más materias primas
extranjeras, con el mejoramiento consiguiente de los impuestos aduanales de Su Majestad.
Recordaré aquí un aumento notable de nuestra manufactura de tejidos y torcidos, únicamente de
seda en bruto extranjera, que de acuerdo con mis conocimientos en los últimos 35 años no empleaba
más de 300 personas en la ciudad y suburbios de Londres, en tanto que al presente da ocupación a
más de 1.400 almas, como después de cuidadosa investigación han sido verídicamente informados
los comisionados comerciales de Su Majestad. Y es cierto que si dichos artículos extranjeros
pudieran exportarse de aquí libres de impuesto aduanal, esta manufactura aumentaría mucho
todavía, decreciendo con la misma rapidez en Italia y en los Países Bajos; pero si cualquiera alegara
el proverbio holandés “vive y deja que los demás vivan”, contestaría que los holandeses, a pesar de
su propio proverbio, no solamente en estos reinos sino también en otros países extranjeros en que
practicamos el comercio (y donde tienen poder), usurpan nuestros medios de vida y nos
obstruccionan y destruyen nuestra manera legal de vivir, quitándonos así el pan de todos los días, lo
que nunca evitaremos arrancándoles el bocado de la boca como hemos hecho muchos de nosotros
en los últimos años, con gran perjuicio y deshonra de esta famosa nación, cuando debiéramos más
bien imitar los tiempos antiguos tomando medidas sobrias y dignas, que fueran más agradables a
Dios y más apropiadas a nuestra antigua reputación.
11. También es necesario no cargar los artículos nacionales con impuestos aduanales demasiado
altos a fin de que, encareciéndolos para el consumo extranjero, no vayamos a estorbar su venta.
Especialmente deben favorecerse los artículos extranjeros que se traen para ser transportados
nuevamente, pues de otra manera esa clase de tráfico (tan importante para el bien de la República)
no puede prosperar ni subsistir. Pero el consumo de estos artículos extranjeros en el dominio puede
gravarse más, resultando en provecho para el país y para la balanza de comercio y permitiendo así
también al Rey guardar más de los ingresos anuales; acerca de este particular me propongo escribir
con más extensión en lugar adecuado, donde demostraré cuánto dinero puede atesorar
convenientemente un príncipe, sin perjuicio de sus súbditos.
12. Por último, en todas las cosas debemos de tratar de sacar todas las ventajas posibles, ya se trate
de cosas naturales o artificiales y puesto que la gente que vive de los oficios es mucho más
numerosa que los que son dueños de los frutos, debemos lo más cuidadosamente posible sostener
esos esfuerzos de la multitud, en los que consiste el mayor vigor y riqueza tanto del Rey como del
Reino, puesto que donde la población es numerosa y las manufacturas buenas, el comercio debe ser
grande y el país rico. Los italianos emplean un mayor número de gente y obtienen más dinero por su
8
industria y manufacturas de sedas brutas del Reino de Sicilia, de lo que el Rey de España y sus
súbditos tienen de las rentas de estas ricas mercancías; pero ¿para qué necesitamos traer ejemplos
de lejos cuando sabemos que nuestros propios productos naturales no nos producen tanto beneficio
como nuestras industrias? Es por esto por lo que el mineral de hierro en las minas no es de gran
valor cuando se le compara con el empleo y ventaja que da el excavarlo, ensayarlo, transportarlos,
comprarlo, venderlo, fundirlo en cañones, mosquetes y muchos otros instrumentos de guerra,
ofensivos y defensivos; forjarlo en anclas, cerrojos, alcayatas, clavos y otras cosas semejantes para
el uso de embarcaciones, casas, carros, coches, arados y otros instrumentos de labranza.
Compárese nuestro vellón con nuestras telas que requieren la trasquila, el lavado, el cardado, el
hilado, el tejido, el bataneo, el teñido, el aderezo y otros arreglos, y encontraremos que estas
manufacturas son más provechosas que la riqueza natural, de lo cual podría mencionar otros
ejemplos, pero no seré más tedioso, pues si me extendiera acerca de estos y otros detalles ya
descritos podría encontrar tema suficiente para hacer un gran volumen; pero mi deseo siempre es
probar lo que sostengo con brevedad y claridad.
Esta actitud es tan contraria a la opinión común, que requerirá muchos y poderosos argumentos para
probarla antes de que pueda ser aceptada por la multitud que amargamente protesta cuando ve
cualquiera cantidad de dinero transportada fuera del Reino, afirmando por esa razón que hemos
perdido absolutamente esa cantidad de riqueza y que este es un acto que va directamente en contra
de las leyes observadas por mucho tiempo, hechas y confirmadas por la sabiduría de este Reino en
la alta corte del Parlamento y que muchos países, y aun España misma, que es la fuente del dinero,
prohíbe su exportación exceptuando solamente algunos casos, a todo lo cual puedo contestar que
Venecia, Florencia, Génova, los Países Bajos y otros varios países lo permiten y su pueblo lo
aplaude, encontrando gran beneficio en ello; pero todo esto hace mucho ruido y no demuestra nada,
por lo que debemos mencionar las razones que se refieren al asunto a discusión.
Primero convendré en lo que ningún hombre juicioso negará: que no tenemos otros medios para
conseguir riqueza sino el comercio exterior, pues no tenemos minas que nos la proporcionen, y ya he
explicado cómo este dinero se obtiene en el manejo de nuestro dicho comercio, que se hace
procurando que nuestros artículos que se exportan anualmente superen en valor al de los artículos
extranjeros que consumimos, de suerte que solamente falta demostrar cómo nuestra moneda puede
agregarse a nuestras mercancías para que sea exportada junto con ellas y pueda aumentar nuestra
9
riqueza en otro tanto.
Ya hemos supuesto que nuestro consumo anual de artículos extranjeros sea por valor de dos
millones de libras esterlinas y que nuestras exportaciones lo exceden en doscientas mil libras
esterlinas, suma que, por lo tanto, hemos sostenido nos es traída en riqueza para equilibrar nuestras
cuentas. Pero si ahora agregamos trescientas mil libras esterlinas más en efectivo a nuestra
anteriores exportaciones de mercancías (algunos se preguntarán), qué provecho obtendremos,
aunque por estos medios traigamos en dinero efectivo más de lo que traíamos antes, viendo que
hemos exportado el mismo valor.
Pues aunque de esta manera efectivamente multipliquemos cada año nuestras importaciones para el
sostenimiento de más navíos y marineros y para el mejoramiento de los derechos aduanales de Su
Majestad y otros beneficios, sin embargo, nuestro consumo de esos artículos extranjeros no es
mayor de lo que ya era antes, de tal manera que dicho incremento de mercancías importadas por
medio de nuestro dinero efectivo remitido al exterior, como se asienta antes, a fin de cuentas viene a
ser una exportación a nuestro favor, de mucho mayor valor del que tenía nuestro dinero, lo que se
demuestra por los tres diferentes ejemplos siguientes:
1. Supongamos que se envíen en nuestros navíos 100.000 libras esterlinas a los Países Orientales
para comparar en ellos cien mil arrobas de trigo y transportarlo a bordo de nuestros navíos, el cual,
traído después a Inglaterra y almacenado para exportarlo en el momento más oportuno para venderlo
en España o en Italia, no puede producir menos en esos lugares de doscientas mil libras, para
provecho del comerciante, con lo que vemos que por medio de esta maniobra el Reino ha duplicado
su riqueza.
2. Una vez más, este provecho será mucho más grande cuando trafiquemos de esta manera con
países remotos, como, por ejemplo, si enviamos cien mil libras esterlinas a las Indias Orientales para
comprar allí pimienta y traerla acá y de aquí enviarla a Italia o Turquía, debe producir setecientas mil
libras esterlinas cuando menos en esos lugares, en razón a las excesivas cargas que los
10
comerciantes pagan en esos largos viajes por flete, salarios, vituallas, seguros, intereses, derechos
aduanales, impuestos y otros semejantes, todos los cuales, sin embargo, van a dar al Rey y al Reino.
3. Pero cuando los viajes son cortos y los artículos valiosos y, por lo tanto, no se emplea mucho en
transporte, las ganancias serán mucho menores, como cuando otras cien mil libras esterlinas se
empleen en Turquía en sedas sin labrar y sean traídas aquí para después ser transportadas a
Francia, los Países Bajos o Alemania: el comerciante tendrá buena ganancia aunque lo venda en
esos lugares solamente en ciento cincuenta mil libras esterlinas y así considerando los viajes en
conjunto, en su término medio, el dinero exportado nos será devuelto más que triplicado. Pero si
alguien objetara aún que estas ganancias las obtendremos en artículos y no realmente en dinero,
como se le dio salida, la contestación (sosteniendo nuestra primera opinión) es que si nuestro
consumo de artículos extranjeros no fuere anualmente más de lo que ya se supone y que nuestra
exportación sea aumentada tanto por esta manera de comerciar con dinero efectivo como se dice
antes, no es posible entonces sino que toda la diferencia o ventaja deba devolvérsenos ya sea en
dinero o en aquellos artículos que debamos exportar nuevamente, lo que, como ya se ha demostrado
convincentemente, será aun un medio más grande de aumentar nuestra riqueza.
Porque sucede con el patrimonio del Reino como con la hacienda de un particular, que teniendo
almacén de artículos no dice sin embargo que no se arriesgará o traficará con su dinero (pues esto
sería ridículo), sino que también lo convierte en mercancías, con lo que multiplica su dinero y así, por
un continuo y ordenado cambio de uno a otra, se enriquece y cuando le conviene convierte todas sus
propiedades en tesoros, porque los que tienen mercancías no padecerán falta de dinero.
Tampoco se dice que el dinero es la vida del comercio, como si no pudiera subsistir sin él, supuesto
que sabemos que existía un gran intercambio por medio del trueque o cambio, cuando existía poco
dinero en movimiento en el mundo. Los italianos y algunas otras naciones tienen tales remedios
contra esta carencia, que no puede ni decaer ni embarazar su comercio, pues hacen transferencias
de cuentas de deudor y tienen bancos, tanto públicos como privados, en los cuales registran
diariamente los créditos de unos contra los otros por grandes sumas, con facilidad y
satisfactoriamente, sólo con anotaciones, en tanto que al mismo tiempo el grueso del dinero que dio
nacimiento a estos créditos se emplea en el comercio exterior como una mercancía, y por dichos
medios tiene muy pocos usos el dinero en estos países, aparte de para sus gastos ordinarios. En
consecuencia, no es el conservar nuestro dinero en el Reino, sino la necesidad y empleo de nuestras
mercancías en los países extranjeros, y nuestra necesidad de sus productos lo que origina su salida
y consumo en todas partes y lo que hace un rápido y extenso comercio. Si alguna vez fuimos pobres
11
y ahora hemos logrado alguna acumulación de dinero por el comercio con la determinación de
conservarlo quieto en el Reino, ¿ocasionaría esto que otras naciones empleen más de nuestras
mercancías de lo que lo han hecho con anterioridad, por lo que podamos decir que nuestro comercio
es acelerado y aumentado? No, ciertamente no producirá tan buen resultado, sino que más bien, con
las alteraciones del tiempo por sus verdaderas causas, podemos esperar lo contrario, pues todo el
mundo está conforme en que la abundancia de dinero en un Reino hace los artículos domésticos
más caros, lo que, como es en provecho de las rentas de algunos particulares, va directamente en
contra del beneficio del público en la cantidad del comercio, pues como la abundancia de dinero hace
los artículos más caros, así los artículos caros disminuyen en uso y consumo, como ya se ha
demostrado ampliamente en el último capítulo, que trata circunstanciadamente de nuestras telas.
Aunque esta es una lección muy difícil para que la entiendan algunos grandes terratenientes, sin
embargo, estoy seguro de que es una lección verídica que debe ser observada por todo el país, a
menos que cuando hayamos logrado alguna acumulación de dinero por el comercio, lo perdamos de
nuevo por no traficar con nuestro dinero. Conocí en Italia un príncipe (de gran fama), Fernando I,
Gran Duque de Toscana, que siendo hombre rico en tesoros, trataba de aumentar con esto su
comercio, girando a sus dependientes grandes sumas de dinero con muy pequeña ganancia y yo
mismo obtuve de él cuarenta mil coronas gratis por todo un año, porque sabía que las remitiría
inmediatamente en efectivo a diversas regiones de Turquía para ser empleadas en artículos para sus
países, estando seguro de que en este proceso de cambio volvería nuevamente (como dice el
proverbio antiguo) con un pato en la boca, es decir, que como el perro de caza volvería con la presa,
cumpliendo con mi compromiso. Este noble e industrioso príncipe aumentó tanto la práctica de esto,
por su interés y diligencia en fomentar y favorecer a los comerciantes en sus transacciones, que
difícilmente existe un noble o caballero en todos sus dominios que no comercie por sí mismo o en
sociedad con otros, de donde ha resultado que en estos últimos treinta años el comercio en su puerto
de Liorna ha aumentado tanto que de una pequeña y pobre aldea (como yo mismo la conocí) ha
llegado a ser ahora una hermosa e importante ciudad, y uno de los más famosos lugares comerciales
de toda la cristiandad, y es tan valiosa nuestra observación que la multitud de barcos y artículos que
llegan, ya sea de Inglaterra, los Países Bajos u otras comarcas tienen pocos o ningunos medios para
hacer sus pagos allí como no sea en dinero efectivo, el cual pueden llevar y de hecho lo llevan sin
restricción en todo tiempo, para ventaja increíble de dicho gran Duque de Toscana y sus súbditos,
quienes se enriquecen mucho por el gran concurso continuo de comerciantes de todos los Estados y
de los príncipes vecinos, que les traen mucho dinero diariamente para satisfacer sus necesidades de
las mercancías mencionadas. De esta manera vemos cómo la corriente de mercancías que ocasiona
su tesoro, se convierte en un río abundante que los llena de dinero nuevamente en mayor proporción.
12
Hay aún una o dos objeciones tan débiles como todas las demás; estas son que si comerciamos con
nuestro dinero exportaremos menos mercancías, como si alguien dijera que aquellos países que han
tenido oportunidad hasta ahora de consumir nuestras telas, nuestro plomo, nuestra hojalata, nuestro
pescado y otros productos semejantes, harán ahora uso de nuestro dinero en vez de esas
mercancías, lo que sería extremadamente absurdo afirmar, o que los comerciantes deberían mejor
no exportar artículos de los cuales se espera siempre alguna ganancia, que exportar dinero que
siempre es permanente y el mismo, sin ningún incremento.
Pero, por el contrario, hay muchos países que pueden darnos muy provechosas ganancias por
nuestro dinero, que de otra manera no nos proporcionarían ningún comercio, porque no consumen
nuestros artículos, como por ejemplo las Indias Orientales, aunque lo importante es comenzar, pues
desde hace tiempo con laboriosidad en nuestro tráfico con esas naciones las hemos acostumbrado al
uso de mucho de nuestro plomo, tela, quincalla y otros objetos, que es un buen agregado a la venta
anterior de nuestras mercancías.
Todavía algunos han alegado que esos países que permiten que se saque dinero lo hacen porque
tienen pocos, o carecen del todo, de artículos con que comerciar, a más de aquél, pero que nosotros
tenemos grandes existencias de mercancías y, en consecuencia, sus prácticas no deben de
servirnos de ejemplo.
A esto la respuesta es, en pocas palabras, que si tenemos tal cantidad de artículos que nos provee
ampliamente de todas las cosas que necesitamos de ultramar, ¿por qué hemos de dudar entonces
que nuestro dinero enviado en tráfico, no deba necesariamente regresar de nuevo en riqueza, junto
con las grandes ganancias que de esa manera nos puede procurar, como se ha afirmado antes? Y,
por otra parte, si las naciones que exportan su dinero lo hacen porque tienen solamente pocos
artículos propios, ¿cómo llegan entonces a tener tanta riqueza como se ve siempre en esos lugares
que permiten libremente su exportación en todo tiempo y por cualquiera? A lo que contesto: también
por traficar con su dinero, pues ¿por qué otros medios pueden obtenerlo si no tienen minas de oro o
de plata?
Así vemos claramente que cuando este importante asunto es debidamente meditado en los fines que
persigue, como deben ser bien pensadas todas las acciones humanas, se llega a resultados
completamente opuestos a lo que la mayoría de la gente cree acerca de él, porque no investigan más
allá del comienzo de la obra, lo que informa equivocadamente su criterio y los conduce a errores. Así,
si contemplamos los actos de un labrador en la siembra, cuando arroja el grano abundante y bueno
en la tierra, lo tomamos más bien por un loco que por un labrador, pero cuando pensamos en su
13
tarea en la época de la cosecha, que es el final de sus esfuerzos, descubrimos el mérito y pingüe
producto de sus actos.
14