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Padre Tormenta

El empresario más poderoso de España está poseído, lo que lleva a su esposa a buscar la ayuda del padre Gregorio, un exorcista excéntrico. Gregorio, dispuesto a utilizar todos los recursos de la organización criminal de la esposa, se enfrenta a una batalla contra el Diablo que podría cambiar el mundo y desafiar a la Iglesia. Esta historia combina humor negro, terror, misterio y crimen en una aventura épica del autor Juan María Luribe.

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Padre Tormenta

El empresario más poderoso de España está poseído, lo que lleva a su esposa a buscar la ayuda del padre Gregorio, un exorcista excéntrico. Gregorio, dispuesto a utilizar todos los recursos de la organización criminal de la esposa, se enfrenta a una batalla contra el Diablo que podría cambiar el mundo y desafiar a la Iglesia. Esta historia combina humor negro, terror, misterio y crimen en una aventura épica del autor Juan María Luribe.

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El empresario y jefe de la mafia más poderoso de España parece estar bajo el influjo

de una posesión demoníaca. Su esposa, desesperada, decide recurrir al padre


Gregorio, un extravagante exorcista en horas bajas, y pone a su disposición toda su
organización criminal.
Don Gregorio, que cree firmemente en que el fin justifica los medios, no dudará en
usar el poder y los recursos que le han sido concedidos en su batalla contra el Diablo.
Una batalla que sacudirá los cimientos de la Iglesia y El Vaticano y pondrá en peligro
el mundo tal y como lo conocemos.
Tras el éxito de Hebdómada, Juan María Luribe vuelve con esta aventura épica y
apasionante. Una historia en la que el humor negro, el terror, el misterio y el crimen
van de la mano.

Página 2
Juan María Luribe

Padre Tormenta
ePub r1.0
Titivillus 12.08.2025

Página 3
Juan María Luribe, 2023
Diseño de cubierta: Juan María Luribe

Editor digital: Titivillus


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Página 4
Índice de contenido
Padre Tormenta
1 Otro día en la oficina
2 Cancelado
3 El Padrino
4 El cura indestructible
5 Animales nocturnos
6 Primer asalto
7 El Escorial
8 Tormenta
9 El perro del Infierno
10 La profecía
11 La Torre Sangrienta
12 El Rostro de Dios
13 Lucha sin cuartel
14 Los príncipes
15 El gato y el ratón
16 Contra las cuerdas
17 La carta más alta
18 El plan
19 La misión (Parte 1)
20 La misión (Parte2)
21 La misión (Parte 3)
22 Levántate y anda
23 Cara a cara
24 La muerte de Padre Tormenta
25 Epílogo
Sobre el autor

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En el nombre del Padre, José,
y del Hijo, Antonio Jesús.

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Vienen los días y van los días y el amor queda.
Allá dentro, muy dentro, en las entrañas de
las cosas se rozan y friegan la corriente de
este mundo con la contraria corriente
del otro, y de este roce y friega
viene el más triste y el más
dulce de los dolores:
el de vivir.
MIGUEL DE UNAMUNO, Niebla

Página 7
Página 8
1
Otro día en la oficina

LAS VENTANAS CRUJÍAN CON LA TEMPESTAD QUE AZOTABA LOS MUROS DEL CORTIJO Y LOS
cristales tintineaban, acompañando el silbido del viento. La noche
cerrada parecía abrirse paso a través del pasillo empedrado, donde una
bombilla de exánime resplandor luchaba por cortarle el paso. Tras las
sombras difuminadas de unas cántaras de barro que, encajadas sobre
maceteros de forja, parecieran guardianes, una angostura quebraba el
corredor para serpentear por una escalera de piedra con peldaños
irregulares y gastados. En la planta de arriba una lúgubre congregación,
apostada al cabo del entresuelo, permanecía de pie.
El padre Gregorio disertaba en mitad de un corrillo de lugareños
asustados, entre los que estaban los padres de familia, una hermana de
veinte años que a don Gregorio le pareció de buen ver a pesar de los
ropajes trasnochados, un tío de la criatura, una señora mayor tosca y
fornida, que debía ser la abuela, y el párroco local, don Andrés Esteban,
un hombre joven, rechoncho, bezudo, de nariz porcina y cara de
adolecer de un razonable espabilo. Hacia su dirección entró corriendo
un muchacho desgarbado que era, a la sazón, hermano también del niño
que se retorcía entre gritos y estertores en la habitación contigua,
cerrada a cal y canto y rubricada por un crucifijo que don Gregorio había
pegado con cinta americana.
—Tome, padre —dijo dándole al sacerdote una botella de agua,
mientras su madre trataba de secarle el pelo, empapado por la lluvia,
con su propio delantal.
—Vamos a ver —refunfuñó Gregorio mirando la etiqueta del envase
—. ¿Fuente de la Golondrina? ¿Qué cojones es esto? ¿De dónde sacan
esta agua, de los retretes del prostíbulo?
—Es que no tenían Fontvella —argumentó el adolescente bajo las
miradas reprobatorias de sus familiares, que daban por buena la
exigencia de aquel hombre vestido con sotana. No ocurría lo mismo con
el joven cura, que salió en su defensa.

—Perdone, don Gregorio, pero ¿qué más da? El agua es agua y


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—Perdone, don Gregorio, pero ¿qué más da? El agua es agua y
supongo que se podrá bendecir igual, ¿no?
—¡Vaya, tenemos aquí a un experto! No sé, pues, por qué me ha
mandado a mí la archidiócesis, si tú pareces ser ducho en el noble arte
del exorcismo.
—No quería decir eso, padre, pero…
—Pero qué —inquirió Gregorio con severidad, antes de seguir
hablando—. Mira, cuando tú te afeitas, ¿coges la primera cuchilla que te
encuentras por ahí tirada en la calle o recurres a una maquinilla de
marca, con buen acero y afilada? No, no hace falta que respondas, era
una pregunta retórica. El tema es que si queremos hacer un buen trabajo
y conseguir un buen «apurado» —acompañó la palabra haciendo el
remedo de entrecomillar con dos dedos de cada mano—, debemos usar
el mejor material del que dispongamos. Bien es cierto que, después de
mis primeras pesquisas, diría que la posesión del muchacho es leve;
puede que se trate de algún diablillo de tres al cuarto que tampoco es que
haya arraigado mucho, pero, aun así, debemos ser precavidos. No
queremos que el chiquillo se quede a medio exorcizar y acabe que ni para
echar azúcar a las tortas o, Dios no lo quiera, termine haciéndose
comunista.
—¡Ay, no, Señor mío, eso no! —exclamó la señora mayor,
persignándose y besando un crucifijo que pendía de su arrugado cuello.
—¿Lo ves, Antonio? —dijo Gregorio señalando a la mujer—. No
queremos eso.
—Me llamo Andrés, don Gregorio.
—Es verdad. Perdona, hombre, que soy muy malo para los nombres.
—Ya has oído al cura. Ve y trae agua en condiciones —le ordenó
Anselmo al jovenzuelo.
—Pero papá, en el bar sólo tienen esa y está todo cerrado.
—Pues ve a casa de Martín y dile que te abra la tienda un momento,
que nos hace mucha falta. Pero no le digas lo de tu hermano ni para qué
es el agua, que solo faltaba que se entere ese y mañana lo sepa todo el
pueblo.
—Y ponte la zamarra, que estás hecho una sopa y vas a coger una
pulmonía —apostilló la abuela.
El chico salió corriendo de nuevo y Gregorio se sentó en una
banqueta, sacando un paquete de Ducados de debajo de la sotana y

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golpeándolo para que aflorase un pitillo. Lo encendió y recostó su
espalda contra la pared, quitándose el sombrero de teja negro,
poniéndolo sobre sus rodillas y resoplando con hastío. Rosario, la madre
del poseído, abrió un poco la puerta de la habitación donde el niño
emitía alaridos y la volvió a cerrar, dirigiéndose al sacerdote con gesto
preocupado.
—Padre, habría que darse prisa. Lo veo muy mal.
—¿Le está dando vueltas la cabeza? —preguntó.
—¿Cómo?
—Pues eso, que si le está girando la cabeza como si fuera una tuerca en
un tornillo.
—No.
—Pues entonces no se preocupe. Tenemos tiempo.
Gregorio volvió a cerrar los ojos y a su alrededor se hizo el silencio
absoluto, roto a intervalos por las blasfemias que Bernardo, el benjamín
de la familia, profería desde el otro lado de la puerta. Don Andrés sacó
un rosario y comenzó a murmurar una retahíla de rezos junto al quicio y
Rosario pidió a la chica joven, a quien las lágrimas brotaban de sus ojos
grandes y bajaban por sus mejillas arreboladas, que acompañara a su
abuela a la planta de abajo. Ambas se fueron y Anselmo apenas pudo
disimular un gesto de alivio al ver a su suegra, vestida de riguroso luto,
doblar la escalera y desaparecer primero ella y luego su moño; se apartó
a un rincón a fumar con su cuñado y Rosario acompañó al cura joven en
sus plegarias. Gregorio se quedó traspuesto con el cigarro prendido
entre sus labios mustios y finos, con el borrajo de ceniza amenazando
con caer sobre el fieltro del sombrero. Era la calma antes de la
tempestad.

—¡Ya ha venido! —se oyó exclamar a la muchacha desde la planta


baja.
Todos los presentes permanecieron expectantes, hasta que apareció
el joven siguiendo al sonido de su ágil galope por las escaleras. Se acercó
a Gregorio, que abrió un ojo con desdén, y le mostró una botella de agua.
—Bueno, Lanjarón. No está mal, podré apañarme —dijo levantándose
y sacudiendo el sombrero contra su muslo.

El padre Gregorio era un hombre moderadamente alto y mayormente


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El padre Gregorio era un hombre moderadamente alto y mayormente
delgado, exceptuando una redondez ventral que pasaba desapercibida
bajo el atuendo de sacerdote pero que, a pesar de ser poco abultada,
destacaba cuando llevaba camisetas o jerséis ceñidos, como un balón de
fútbol en un osario. Tenía un rostro anguloso y atezado, unas líneas de
expresión muy marcadas, la nariz afilada, un tanto aguileña, y dos ojos
claros que contrastaban con su piel aceitunada bajo unas cejas largas y
quebradas. A pesar de haber rebasado ya la cincuentena, gozaba de una
gran mata de pelo negro, desaliñada y revuelta, que apenas encanecía, a
diferencia de su incipiente barba, que afloraba con rodales plateados y
desiguales. En conjunto, don Gregorio Márquez no cuidaba mucho su
aspecto ni sus modales y bien podría tomarse por un obrero en horas
bajas, dado al alpiste y la mala vida, de no mediar el alzacuellos y la
sotana.
Gregorio cogió la botella de agua, le dio un formidable trago, la colocó
sobre un vetusto aparador de madera y la bendijo. Abrió su maletín, una
suerte de caja cuadrada con cerradura de combinación y asa, sacó varios
frascos pequeños de cristal y trasvasó el agua desde la botella de plástico.
Los cerró con mimo y los volvió a meter en diferentes compartimentos
de la valija; acto seguido, hizo lo propio en un bote de plástico con
pistola pulverizadora apurando el resto del agua. Sacó una medalla de
bronce con cadena de plata, la besó y se la puso en el cuello. Desdobló
una larga estola de color púrpura y la pasó por detrás de la cabeza,
descolgándola a lo largo de su fachada e igualándola con precisión. Al
atusarla con mimo volvió a comprobar que llevaba encima aquella carta
envuelta en plástico, que siempre le acompañaba guardada en un
bolsillo cerca de su corazón. Por último, sacó un crucifijo, que guardó en
un bolsillo de la sotana, cerró el maletín y volvió a congregar a los
presentes, dirigiéndose a ellos, tras un breve carraspeo, con tono
solemne:
—Dama, caballeros, muchacho… Debo pedirles que abandonen esta
planta y se vayan a la parte de abajo; a partir de ahora nos ocuparemos el
padre Adrián y yo.
Atendiendo a la pesadumbre de Rosario, que pareció no querer acatar
aquel precepto bajo ninguna circunstancia, el padre Gregorio cogió sus
manos y la miró profundamente a los ojos.

—No tema, señora. Le aseguro que a pesar de la desconfianza que mi


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—No tema, señora. Le aseguro que a pesar de la desconfianza que mi
imagen o mi brusquedad puedan suscitar, su hijo estará a buen recaudo.
Yo no soy más que un instrumento de Dios, una herramienta. Y
cualquier herramienta, herrumbrosa o llena de grasa, es eficaz según la
pericia de las manos que la blanden. Y a mí me blande el mejor. Será el
Todopoderoso quien se enfrente al mal ahí dentro, no yo. Sólo le pido
que tenga fe, al igual que a ustedes —dijo girándose hacia el resto—.
Bajen y recen juntos. Piensen en el amor que le profesan a su hijo, su
hermano, su sobrino; porque el amor de Dios es una poderosa arma y
Dios está en todos ustedes.
Al escuchar aquellas palabras, el padre Andrés sintió, de repente, una
profunda admiración por el exorcista a quien poco antes no tenía en
gran estima. Supo que se encontraba ante alguien que, a diferencia de él,
sabía desenvolverse de cara a tan funestos menesteres y dejó de
importarle que se hubiera vuelto a equivocar de nombre. Vio un halo de
consuelo en los familiares atormentados, que obedecieron sin titubear y
enfilaron la sinuosa escalera. Una vez a solas con el padre Gregorio, éste
se dirigió a él para ultimar los detalles de su cometido.
—Ahora toca confesarse antes de entrar ahí. El pecado es una
debilidad de la que se nutre el adversario de Dios y aunque, hazme caso,
puede que esto no sea una posesión real, porque sólo un cinco por ciento
de los casos lo son, tenemos que estar preparados ante cualquier
escenario posible. ¿Cuándo te confesaste por última vez?
—Mmmm —Andrés titubeó y se puso una mano en la barbilla—. Creo
que hace seis meses o por ahí.
Gregorio se le quedó mirando fijamente y el joven cura trató de
excusarse:
—Entienda, don Gregorio, que aquí en la iglesia del pueblo estoy muy
solo y no son muchas las ocasiones en las que puedo disponer de otro
sacerdote para el sacramento.
—Nada, no te preocupes. Estaba pensando en que si yo me tiro todo
ese tiempo se me olvidan la mitad de los pecados. Ya sabes —enfatizó
dándole un codazo—, por acumulación. De hecho, me confesé antes de
ayer con un prelado de los Jesuitas y ya tengo un puñado. Venga,
empecemos.
Se sentaron ambos en la banqueta y Gregorio comenzó:
—Ave María Purísima.

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—Sin pecado concebida.
—En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo —continuó
Gregorio santiguándose.
—El Señor esté en tu…
—Venga, que no tenemos toda la noche. Al tema.
—Pues dígame cuáles son sus pecados.
—Vale, para ser honesto te diré que la mayoría de mis pecados son de
pensamiento. Por ejemplo: ¿Has visto a la moza de antes, la hermana del
endemoniado? Pues la he deseado. ¿Qué le vamos a hacer? La carne es
débil. Luego también he deseado que la abuela se cayera por las escaleras
cuando bajaba; le habré cogido tirria o algo. Pero ambos han sido deseos
fugaces. Aun así, ahí están —Gregorio hizo una pausa, se encendió un
cigarro y siguió—. Bueno, ayer me fui de una cafetería sin pagar. No fue
mucho: un café y una copa de Ponche Caballero, pero entiendo que no
está bien y me arrepiento. Esta mañana he insultado a un par de
conductores cuando iba en el coche. Me he cagado en los muertos de uno
y el otro… bueno, no me acuerdo de lo que le he dicho al otro, pero no
era agradable. También te digo que el gilipollas se me ha echado encima
en una rotonda; al César lo que es del César. Y por último, he estado
flirteando con una mujer a la que sigo por Instagram. Eso es todo.
—¿Ya está? —preguntó, perplejo, Andrés.
—Sí, yo diría que sí.
—Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti.
—Amén. ¿Latín? Me gusta. Ahí dentro nos va a venir muy bien —dijo
Gregorio, visiblemente satisfecho—. Te toca.
Tras la confesión de Andrés, cuyos escasos pecados le parecieron
irrisorios a Gregorio, se levantaron y se dirigieron a la puerta de la
habitación, ante la que el exorcista profesional dio a su ayudante unas
últimas consignas:
—Mantente sereno y tranquilo; no te dejes embaucar. El demonio es
un mentiroso y un hijo puta. ¿Has visto la película El Exorcista?
—No —contestó Andrés, ofuscando a Gregorio.
—Es que, de verdad, yo no entiendo qué narices veis hoy en día, ¿A
todo gas? Te estás perdiendo un peliculón que además te vendría muy
bien para esta situación, porque es muy realista. En fin —comentó
encogiéndose de hombros—, vamos al lío.

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La habitación estaba escasamente iluminada por una araña en la que
sólo dos de las cinco bombillas funcionaban, empero, de forma
intermitente. Las paredes de cal blanca, irregulares y abruptas, se
tornaban ocres con los nimios fogonazos y componían un teatro de
sombras oscilantes por los vaivenes de la lámpara. En el centro, y
pegada a la pared del fondo, un antiguo tálamo con cabecero de forja era
el lecho en el que un niño yacía y miraba con atención a los dos
sacerdotes, que avanzaron hacia el pie de la cama. El ambiente era gélido
a pesar de los esfuerzos por caldear de una estufa de gas prendida en un
rincón.
—Hostia puta, qué frío. Esto no me gusta, Ángel —susurró Gregorio.
El padre Andrés le miró estupefacto, más por la blasfemia que por
haber vuelto a confundir su nombre, pero estaba empezando a ponerse
nervioso y a asustarse y respiró hondo para intentar doblegar su
desazón. Gregorio se dirigió al pequeño:
—Vicente, ¿estás ahí?
—Bernardo, padre —corrigió Andrés.
—Eso, coño, Bernardo… ¿Bernardo, puedes oírnos?
El niño gestó, lentamente, una sonrisa maléfica y respondió con voz
grave y tortuosa:
—¿Tú qué crees, Goyete, que queda algo de él en este cuerpo?
—Sabe cómo me llamo. No tendríamos que haber hablado junto a la
puerta —bisbiseó Gregorio al oído de su ayudante—. Ahora no sé si es un
demonio real o el niño está usando lo que ha escuchado.
—¡Es de mala educación cuchichear, os lo deberían haber enseñado
vuestras putas madres! —gritó Bernardo incorporándose, con una furia
que hacía resplandecer sus ojos con fulgor encarnado y maléfico.
—¿Ya estamos faltando? —le contestó Gregorio, sacando el crucifijo
—. Te vas a cagar y cuando acabe contigo te voy a lavar la boca con
jabón.
Rodeó la cama y se acercó despacio por un lateral, anteponiendo la
cruz y alzándola delante de su cara:
—Crux sancta sit mihi lux. Non draco sit míhi dux. Vade retro Sotana,
numquam suade mihi vana. Sunt mala quae libas, ipse venena libas.

El niño empezó a retorcerse y a gruñir como un animal herido,


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El niño empezó a retorcerse y a gruñir como un animal herido,
retrocediendo hasta quedar arrinconado contra el cabecero.
—¡Rápido, abre mi maletín y dame una de las botellas de cristal! —
dijo a Andrés, que permanecía inmóvil y palidecía gradualmente a cada
escorzo del muchacho.
Cogió el maletín y lo puso sobre un arcón de madera que había a los
pies del armario, mientras Gregorio mantenía a raya al poseído a base de
latinajos.
—¿Cuál es la combinación? —666 —respondió Gregorio sonriendo—,
no me digas que no es apropiado.
Andrés, a quien no pareció hacerle tanta gracia la broma, abrió el
maletín, cogió uno de los frascos barrocos de cristal y se lo dio al padre
Gregorio, que comenzó a esparcir su contenido sobre el chaval en
pequeños chorreones.
—¡Ah, me quema, me quemaaa!
Gregorio se detuvo, se acercó el frasco a la nariz, lo olió y tomó un
generoso buche.
—¡Cómo no le va a quemar, si esto es ginebra! Coge uno del otro lado,
so cenutrio.
Andrés le obedeció y le acercó uno de los frascos que, esta vez sí,
contenía agua Lanjarón previamente bendecida, provocando en el
poseído idéntica reacción: «Me quemaaaa». Gregorio se apartó de la
cama, sacó una Biblia de un bolsillo de la sotana, la abrió e instó a su
ayudante a hacer lo mismo.
—Venga, vamos a rezar.
—¡Ahí va!, me he dejado la Biblia fuera, padre.
—¡Si es que…! Claro, estarías pendiente del busto de la muchacha y no
estabas en lo que estabas.
—Diría que ese ha sido usted —respondió indignado.
—Bueno, sal a por ella.
Andrés se giró y cuando agarró el pomo de la puerta, el enorme
cerrojo que la lacraba desde su interior se cerró súbitamente,
produciendo un gran estruendo y haciendo respingar al cura, que se
apartó acongojado.
—¡Qué cabrón! —exclamó Gregorio mirando al muchacho, que
negaba con el dedo luciendo aquella sonrisa taimada—. Nada, olvídalo.

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Coge el pulverizador, date una vuelta por la habitación rociando agua y
repite conmigo: Padre nuestro que estás en los cielos…
—Padre nuestro que estás en los cielos…
—Santificado sea tu nombre…
—Santificado sea tu nombre…
Siguieron rezando durante largo rato. Pasó más de una hora en la que
Gregorio iba glosando páginas de su ajada Biblia, encadenando
oraciones que relataba con vehemencia y Andrés repetía al pie de la
letra. Durante ese tiempo, Bernardo emitía sólo sonidos guturales e
inconexos, palabras sin sentido y alaridos esporádicos, hasta que en un
momento de terrorífica lucidez, de sus ojos emergieron dos pupilas
amarillas que devoraron a las suyas, su cuerpo se puso rígido e
incorporó su tren superior sin ayudarse de las manos para comenzar a
hablar en una lengua extraña:

‫אלוהים את מקלל אני שלי‬. ‫הדם טיפת עד ובתלמידיו בו להילחם נשבע אני‬
‫האחרונה‬

—¿Qué idioma es ese, don Gregorio?


—Hebreo. O peor: arameo. ¡Está jurando en arameo! Sigamos
rezando. Coge mi mano.
Siguieron rezando unidos de la mano, ignorando las palabras que
salían, mezcladas con espuma verde, de la boca del muchacho, hasta que
éste se volvió a tumbar y quedó en estado catatónico.
—Continuemos —conminó Gregorio, tras detenerse para observar
detenidamente al pequeño—. Santa María, madre de Dios.
—Ruega por nosotros.
—San Miguel, Santos ángeles de Dios, San Juan Bautista, San José.
—Ruega por nosotros —repitió Andrés.
«Chica qué dices… Saoko, papi, saoko…», sonó, con su melodía, desde
un teléfono móvil que rápidamente Gregorio sacó de un bolsillo y se
dispuso a descolgar.
—Tengo que cogerlo. Sigue tú —dijo pasándole la Biblia al ayudante y
apartándose a un rincón—. Diga… mira, Bandicoot, me pillas
trabajando… sí, un exorcismo… pues claro que es de verdad. Venga, qué
quieres, que no me puedo parar mucho… ¿Cómo que han bloqueado la
página?… pues arréglalo, ¿no eres jáquer?, pues jaquea… tú sabrás, es tu

Página 17
trabajo, no el mío. Lo que yo sé es que si la página no funciona y yo no
ingreso dinero, tú no cobras. Así que más te vale solucionarlo… un niño
en un pueblo de Ciudad Real, que resulta que… ¡Pero bueno, qué narices
hago contándote esto! Anda, haz lo tuyo y ya me dirás… venga, Dios te
bendiga, Dios te bendiga, adiós, adiós.
Gregorio guardó el teléfono y se acercó a la cama, donde Andrés había
seguido rezando sin mucho afán por estar pendiente de la conversación.
—Nada, era el chaval que me hizo la página web de exorcismos
online, que por lo visto está dando problemas. Bueno, pásame la Biblia,
que esto no ha hecho más que empezar.
Los rezos siguieron varias horas más, largas y extenuantes. La
tormenta cesó y el amanecer trajo los primeros rayos de luz, que
irrumpieron en la habitación entrando furtivamente entre las rendijas
de las persianas alicantinas de madera. Bernardo parecía
profundamente dormido.
—Es todo por ahora. Esta tarde seguiremos —comentó Gregorio
agotado y aquejado por una considerable ronquera.
Recogió sus enseres y los guardó en el maletín mientras Andrés, con
unas ojeras violetas aflorando en su rostro, se recomponía y se dirigía a
la puerta para comprobar que el pestillo ya no estaba echado.
Andrés no pudo pegar ojo en toda la mañana, afectado por la sesión de
exorcismo y por los ronquidos de Gregorio, que dormía como un tronco
en la cama de al lado. Se levantaron a las dos de la tarde y les aguardaba
un potaje de garbanzos con chorizo y verduras del terreno, que Gregorio
devoró con gran entusiasmo y su ayudante apenas probó. En la
sobremesa, el exorcista puso a la familia al tanto de los avances
obtenidos durante la noche y les tranquilizó saber que, según sus
palabras, todo progresaba favorablemente. Gregorio aceptó de buen
grado una copa de aguardiente y aconsejó a su pupilo que hiciera lo
propio y le acompañara al exterior para hablar con algo de intimidad.
Salieron y se sentaron junto a una muela de roca, debajo de un enorme
castaño.
—Tienes que levantar el ánimo; te lo digo en serio. Yo sé que es la
primera vez que te ves envuelto en algo así, pero debes centrarte. Tienes
que dormir, tienes que comer y tienes que templar los nervios. Bebe.

Andrés, que escuchaba cabizbajo, acercó la copa a sus labios, sorbió


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Andrés, que escuchaba cabizbajo, acercó la copa a sus labios, sorbió
tímidamente y respondió con un hilo de voz.
—Es que nunca me había enfrentado al Demonio. Se supone que es
nuestra misión, acercar a la gente a Dios y alejarlos del Diablo, pero
verlo así, cara a cara…
—¿El Diablo? Venga ya, no digas tonterías. Seguramente ese zagal ni
esté poseído. Ya habrás visto el informe del psicólogo, con el que me
tuve que pelear para que no obstaculizara la aprobación del exorcismo.
Será un brote psicótico y en un tiempo estará bien.
—Pero ¿si usted no cree que haya posesión, por qué insistió en
demandar un exorcismo?
—Porque curan. Porque el poder de la sugestión es descomunal y el
cuerpo es una máquina formidable que a veces sólo necesita una
inyección de moral para arreglarse por sí mismo. Porque ser curado de
este modo une a las familias de un modo hermoso. Era esto o ingresar al
muchacho en un hospital psiquiátrico y atiborrarlo a medicamentos.
Hay que ver lo bonita que es esta zona.
Andrés asintió y siguió pensativo mientras Gregorio levantaba la
cabeza y oteaba con admiración el paisaje que se abría ante ellos, a las
faldas del cortijo. Una dehesa de encinas y matorral mediterráneo
cerraba el bosque en la distancia, hasta llegar a unas lomas pintadas de
olivos y un cerro grande que saludaba desde el horizonte.
—¿Cómo no va a estar poseído? —continuó Andrés—. ¿Vio sus ojos, la
manera de levantarse…?
—Adrenalina, amigo mío.
—¿Y lo de hablar en arameo, una lengua que, como nos ha
confirmado la familia, no ha estudiado?
—Yo que sé. Igual lo ha aprendido viendo La Pasión, de Mel Gibson.
¿La has visto, no?
Andrés se quedó mirándolo sin contestar.
—La madre que me parió —prosiguió Gregorio—. ¿Pero tú tienes tele,
muchacho? Bueno, a lo que voy; no te puedes fiar de esas cosas. Te voy a
contar un caso: una vez se puso en contacto conmigo un cura, porque
una familia decía que su hija estaba poseída, que hablaba una lengua que
no había estudiado. Cuando fui comprobé que la niña, de cinco años,
hablaba el euskera como si fuera del mismo Azpeitia, pero claro,
estábamos en Cádiz. «Euscádiz», para ser más exactos.

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Gregorio se echó a reír, bebió lo que le quedaba de aguardiente de un
trago, celebrando su chascarrillo, y siguió con la historia.
—Eso, que a ver cómo es posible que una niña en San Fernando,
Cádiz, hable en vasco si nadie en su entorno lo habla. Puedes pensar que
es cosa divina o, en este caso, maligna, ¿no? Pues resulta que no. Resulta
que su abuelo, al que ella llamaba aitona, se quedaba con ella todas las
tardes. Como el señor era sordo, le daba igual en qué idioma hablaran en
la tele y ponía siempre ETB, el canal autonómico vasco, por cable,
porque le gustaba la presentadora, que estaba muy apretada y de buen
ver, las cosas como son, y ahí se recreaba el hombre la vista mientras la
chiquilla absorbía el idioma como una esponja. ¡Fin del misterio! Ya ves,
no era tan difícil de averiguar; si hasta jugaba la niña a levantar
taburetes con el pescuezo como si fuera un harrijasotzaile, o como
demonios se llame. Por eso te digo que no puedes afirmar nada hasta que
descartes todas las posibilidades.
—¿Pero lo del cerrojo? ¿Cómo hizo eso?
—Vete tú a saber. Fíjate, por cierto, en que ha tenido la misma
reacción al rociarlo con ginebra que con agua bendita. ¿No te parece
raro? Es mejor no pensar en ello. Tienes que intentar descansar y
recuperarte de cada sesión, porque nunca se sabe, a ciencia cierta,
cuánto va a durar un exorcismo. Pueden ser minutos, semanas e incluso
meses; así que cada vez que se acaba una sesión hay que recargar pilas
para la siguiente. Venga, vamos a ir preparándonos.
Las tres sesiones siguientes transcurrieron del mismo modo, con los
dos sacerdotes rezando entre insultos y frases en tan extraño idioma.
Andrés cada vez estaba más débil y Gregorio empezó a preocuparse por
el joven; aquello le estaba superando a pesar de sus consejos. En la
cuarta sesión algo cambió. En lugar de mermar su poder, el demonio que
parecía morar en el cuerpo del muchacho había cobrado fuerza. Cuando
entraron en la habitación, un niño, que no era Bernardo, se encontraba
llorando en la cama de espaldas a ellos.
—¿Qué te pasa? —preguntó Gregorio.
—Dejaste que me hicieran daño —dijo el niño entre sollozos— y no
hiciste nada.
—Esa voz —dijo Andrés alterado.
—¿Quién eres? —volvió a preguntar Gregorio.

—No hiciste nada y me acabé muriendo —concluyó el pequeño,


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—No hiciste nada y me acabé muriendo —concluyó el pequeño,
dándose la vuelta y mostrando su rostro.
—¡Javier! —exclamó Andrés intentando acercarse a él, pero fue
sujetado por Gregorio, que le cogió la cara con las dos manos.
—Escúchame, no le hagas caso, no es Javier. Es un embustero.
—Déjame, es mi hermano.
—No es tu hermano, te quiere engañar.
Gregorio apenas podía contener al joven que usaba todo su vigor,
acrecentado ahora de manera súbita, para acercarse a aquel niño que le
llamaba con tono lastimoso. Finalmente dio un empujón y tiró al
exorcista al suelo, acercándose a la cama y abrazándolo.
—Perdóname Javier, por favor. Perdóname.
Los ojos del niño cambiaron y con una voz de ultratumba, ronca y
desagradable, le gritó al oído: «¡Tu hermano está ahora con nosotros y es
por tu culpa!» y le mordió la mejilla, permaneciendo enganchado
mientras Andrés intentaba quitárselo de encima. Gregorio acudió en su
ayuda y puso el crucifijo en la frente del muchacho, que ahora volvía a
lucir como Bernardo. Gritó y se soltó del cuello de Andrés, dejando de
morder y arrojándose hacia atrás, con la boca ensangrentada. Apartó al
sacerdote herido con una mano mientras con la otra seguía blandiendo
la cruz, conteniendo a la criatura, que no paraba de blasfemar e insultar
a Andrés:
—Javier está maldito y tú eres un bastardo y un traidor.
—No le hagas caso. Déjame que te vea.
Su cara estaba desgarrada y de la terrible herida brotaba sangre que le
bajaba hasta el cuello.
—No te ha sacado el trozo de milagro. Venga, ve a que te curen y te
desinfecten. Ya sigo yo.
—Tus padres están ardiendo en el infierno. Nunca te quisieron por lo
que le hiciste a tu hermano. Él es un cabrón y ella una puta.
—Desde luego, qué poco original eres —comentó Gregorio girando la
cabeza sólo un segundo; un segundo que bastó para que Andrés se
abalanzara sobre el niño, lo cogiera del cuello y lo comenzara a
estrangular.
—¡Te voy a matar, te voy a matar!
—¡Abel, Abel que te pierdes! —decía Gregorio intentando sujetarlo
sin éxito.

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Alertados por la ruidosa trifulca, los padres y el tío de Bernardo
entraron por la puerta y al ver el panorama, ayudaron a Gregorio a
contener al sacerdote y apartarlo a rastras de la cama. El niño empezó a
reír y su madre, horrorizada, prorrumpió en un llanto desconsolado.
—¡Se ha marcado un padre Karras! —gritó Gregorio—. ¡Sacadlo de
aquí y cerrad la puerta! ¡Ha perdido el control, que no entre más!
Señora, tenga fe y váyase.
Sacaron a Andrés, cuyo rostro era el de la locura, y cerraron la puerta.
Gregorio echó el cerrojo y se dio la vuelta encarando al que ya sabía que
era un demonio. Ya no había dudas de que el muchacho estaba
realmente poseído y se enfrentaba a un auténtico adversario de Dios y de
la Iglesia.
—Ahora soy yo el que he cerrado la puerta, porque yo no estoy
encerrado contigo; eres tú el que estás encerrado conmigo. Mejor dicho,
conmigo y con Dios nuestro Señor.
Cogió el crucifijo y la Biblia, que estaban esparcidos por el suelo, los
guardó en su sotana y abrió el maletín, ante la mirada curiosa de la
criatura, que comenzó a hablar.
—Por fin solos, Goyete. ¿Has visto lo que he hecho con ese
desgraciado? Ha sido por culpa tuya.
—Que sí, que sí —dijo Gregorio—. Y mi madre es tal y mi padre
Pascual. ¿Te crees que con esa mierda vas a poder conmigo?
—Llevas muchos años haciendo daño a la gente, Gregorio Márquez,
con la excusa de servir al traidor de los traidores. Y lo sabes. En el fondo
de tu alma sabes que no haces el bien.
—Dices mucho mi nombre, escoria inmunda, pero no me has dicho el
tuyo. ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre no es relevante, sólo soy un emisario que viene a traerte
un mensaje.
—¿A mí? Joder, qué importante soy y qué anticuado se está quedando
el tito Lucí. ¿Acaso no sabe que existe el correo electrónico? A ver, elige
—dijo mostrando dos frascos de cristal con forma de Virgen—:
denominación de origen Lourdes o Virgen de La Cabeza.
—Pronto el Príncipe volverá del infame destierro, tomará el trono
que le pertenece y tú serás testigo en primera fila.

—Yo no soy nadie, no merezco tanto honor. Es mi jefe ante quien te


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—Yo no soy nadie, no merezco tanto honor. Es mi jefe ante quien te
doblegarás y quien te arrojará a la cloaca a la que perteneces.
Se acercó a la cama abriendo uno de los botes y sacó el crucifijo.
—Te ordeno Satanás, sal de este niño, siervo de Dios. Te ordeno
Satanás, príncipe de las tinieblas, que reconozcas el poder de Jesucristo.
—Siempre has sido tú Goyete, desde que corrompiste tu primera
alma; desde que ella se fue. La soberbia y el orgullo son tus pecados y
estos alimentan a Lucifer, el único y verdadero Señor.
Gregorio comenzó a verter el agua bendita sobre el cuerpo del niño,
produciéndole úlceras alargadas al tocar su piel, como afilados latigazos.
Pero no se inmutaba. Seguía con esos ojos amarillos clavados en los de
Gregorio, mientras él continuaba acercándose.
—No soy nadie, yo no importo; sólo Dios, nuestro Señor, importa.
Vete de esta criatura. Vete en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo.
—Pronto te enfrentarás al único y verdadero Señor, REFICUL,
REFICUL, REFICUL…
El exorcista se arrodilló en la cama ante el pequeño, intentando no
escuchar sus palabras e interpuso la cruz entre los dos.
—¡Crux sancta sit mihi lux. Non draco sit mihi dux. Vade retro Satana,
Vade retro Satana!
—¡Vengo por ti, Gregorio, no por este despreciable niño! —gritó con
un atroz desgarro en su garganta y comenzó a arañar su propia cara,
provocándose unas profundas heridas.
Gregorio sujetó su mano y gritó aún más fuerte.
—¡No importo, no soy nadie, sólo un siervo de Dios! ¡Abandona este
cuerpo, Satanás! ¡Yo te expulso en el nombre del Padre, del Hijo y del
Espíritu Santo!
—¡Pronto, Gregorio! Pronto el mundo se teñirá de sangre por tu
culpa. Será tu soberbia la que lo hará posible.
Gregorio notaba cómo todos sus músculos se entumecían y le
producían un dolor terrible. La mano del niño, que sujetaba para evitar
que se infringiera heridas, estaba fría. Notó un poder desatado que
comprimía su cuerpo y le impedía respirar. Estaba a punto de
desfallecer. Pensó en su fe, pensó en aquel joven inocente, pensó en que
era la única arma que podría salvar al muchacho y confió en sacar
fuerzas de flaqueza mientras la criatura repetía: «No tienes poder, no

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puedes hacer nada, sólo mirar como corrompo tu mundo. Y lo verás.
Vengo a darte el mensaje de que tu soberbia y tu orgullo desencadenarán
el mal y no podrás hacer nada por evitarlo. No puedes combatirme».
—¡No soy yo! —exclamó, al borde de la extenuación, pegando su
frente a la del niño—. ¡Abandona este cuerpo! ¡ES DIOS MISMO QUIEN
TE LO ORDENA!
Un golpe sacudió la cama. El suelo y las paredes comenzaron a
temblar y el niño a convulsionar. Gregorio lo abrazó entre el caos y
susurró una última vez: «Es Dios quien te lo ordena». Cesaron las
sacudidas y unos tremendos golpes sonaron en la puerta. Eran los
familiares de Bernardo intentando echarla abajo. Un último puntapié
terminó de descerrajar el pestillo y entraron en la habitación.
Encontraron al padre Gregorio con Bernardo llorando en sus manos en
unas condiciones lamentables.
—¿Mamá? —dijo el niño con su voz angelical.
—¡Ay, hijo mío! —gritó la mujer corriendo y rodeándolo con sus
brazos.
Gregorio bajó de la cama y su debilidad le hizo poner una rodilla en el
suelo. Anselmo, el padre del niño, le ayudó a levantarse y le preguntó:
«¿Ya ha acabado?».
—Sí. El demonio ha abandonado el cuerpo de su hijo. Ahora está
bendecido por Dios. Cúrenlo y en unos días estará completamente
recuperado.
Terminando de decir esto, el sacerdote se desplomó y perdió la
consciencia.

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2
Cancelado

UNA DE LAS COSAS QUE LE GUSTABAN A GREGORIO DE VIAJAR EN METRO ES QUE NADIE
miraba a nadie dentro de aquellos trenes que chirriaban en los túneles;
ni siquiera a un señor con pantalón vaquero azul, camisa negra con
alzacuellos y una gorra de Los Angeles Lakers. Se recostó en el asiento,
se ajustó los auriculares inalámbricos y, embriagado por los acordes de
Tubular Bells, echó un último vistazo a la carta de citación del
Arzobispado de Madrid. En la primera parada accedió a su vagón un
hombre ataviado con un poncho y un vistoso gorro andino multicolor,
que solía amenizar los trayectos de la línea cinco tocando una flauta
travesera. Gregorio lo conocía de verlo en la Plaza de Quintana, cerca de
su casa, gastándose los cuartos en cerveza con sus inconfundibles gafas
redondas, y paró la música para escucharlo. Cuando se anunciaba por
megafonía la siguiente escala en el recorrido, el hombre dejó de tocar y
se dio una vuelta buscando alguna propina entre los viajeros que, en su
mayoría, ni se dignaron a levantar la vista. Gregorio sacó un billete
arrugado de cinco euros y extendió la mano al paso del músico callejero.
Pensó en acompañar su dádiva con algún consejo o pequeño sermón,
pero decidió que no era nadie para juzgarlo sin saber: «si su deseo es
gastarlo en bebida, sea pues». Fue el trovador, en cambio, quien le dio
un misterioso consejo, cuando, cogiendo el billete, rodeó con sus manos
la del sacerdote y dijo:
—No se aparte del camino de La Iglesia, padre. Haga caso a quien está
por encima de usted y sirva a quien está por encima de todos.
—¿Cómo dices? —preguntó Gregorio atónito.
Pero ya era tarde; el hombre salió presto del vagón para entrar en otro
antes de que se cerraran las puertas y seguir con su tortuosa labor. Para
mayor sorpresa, Gregorio vio que no se había quedado el dinero; se lo
había vuelto a soltar en la mano. Pensó que la única explicación lógica
era que, de algún modo, hubiera podido leer la carta que había abierto y
sostenía sobre sus piernas, pero aquella idea se le antojó descabellada y

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poco menos que imposible. Concluyó en no dar más vueltas al asunto,
seguir escuchando música y prepararse para su encuentro.
Subió las escaleras de la estación cuya boca vomitaba gente en la
bulliciosa Plaza de Callao, que cruzó inmerso en sus cavilaciones, y
anduvo por la angosta Calle del Postigo, desembocando en la Plaza de
Las Descalzas y continuando por San Martín hasta la Calle Mayor,
llegando en pocos minutos a la gran explanada flanqueada por el Palacio
Real a su derecha y la Catedral de la Almudena, su destino, a la
izquierda. La gran puerta principal estaba cerrada y las visitas turísticas
aún no habían comenzado. Gregorio entró al templo por la puerta de la
izquierda, llamada Puerta de la Historia de España, y se acreditó ante el
vigilante, poniéndole al tanto de su reunión. Éste le informó de que
Monseñor Fernández aguardaba su llegada en el claustro y le invitó a
pasar. Gregorio cruzó a través de las dependencias obispales, próximas a
la entrada, y accedió al gran patio donde el arzobispo de Madrid cruzaba
sus manos por detrás de la espalda y paseaba con la cabeza alzada,
abstraído en la contemplación de las musas o las musarañas, dejando a
elección del lector cualquiera de las posibilidades. Gregorio eligió
pensar la segunda.
—Reverendísimo señor —dijo el sacerdote acercándose,
descubriéndose y haciendo el ademán de besar su anillo al encontrarse
con su superior a los pies de la Virgen de la Almudena, que presidía el
claustro desde el centro del patio.
—Vamos a dejarnos de formalismos —le respondió el arzobispo
poniendo sus manos en los hombros de Gregorio—. ¿Cómo estás?
—No me puedo quejar; bueno en realidad sí, pero de qué me serviría.
¿Quién me iba a escuchar, Dios?
—Bien. Primera frase y primera blasfemia. Me alegra saber que hay
cosas que nunca cambian. Acompáñame, por favor.
Ambos comenzaron a caminar entre la estatua y los muros mellados
por ventanales de medio punto y siguieron paseando al abrigo de su
silencio. El arzobispo era un hombre muy alto, con buena percha para
tener sesenta años, que tenía una perfecta cara de cura: rostro redondo,
ojos pequeños tras gafas de montura fina, nariz discreta, labios
estrechos que convertían su boca en una raya y un escaso pelo blanco,
batiéndose en retirada desde su amplia frente y del que no había rastro

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en su coronilla; en general, unos rasgos suaves y amables que inspiraban
confianza a no ser —según el criterio de Gregorio— que el observador
hubiera estudiado en un colegio católico y supiera que los profesores con
ese aspecto solían ser los peores. Pero Monseñor Fernández era una
excepción; era un hombre justo, comedido y lo suficientemente cabal
como para no empezar a hablar hasta que hubo encontrado el modo de
afrontar un tema tan espinoso.
—Ay, Gregorio, qué hacemos contigo.
—Para empezar, explicarme qué hago aquí, porque me tienes en
ascuas, Manolo.
—La de tiempo que hacía que nadie me llamaba así —murmuró el
arzobispo para seguir hablando en tono más recio—. Estarás al tanto de
la situación del padre Andrés Esteban, ¿verdad?
—¿Quién?
—¡Gregorio, por favor!
—Ah, es verdad, que me ha bailado el nombre… Pues una pena. ¿Ha
cambiado algo en los últimos días?
—Nada. Sigue ingresado en el ala mental del hospital con un siete en
la cara. No tiene buena pinta. Explícame cómo pudo pasar eso y cómo
pudiste permitirlo.
—Ya veo de qué va el asunto; se me intenta responsabilizar por lo
sucedido en mi último exorcismo, por otra parte, exitoso.
—¿Exitoso? Tenemos a un sacerdote joven que ha perdido la cabeza.
¿Cómo puedes llamar éxito a eso?
—Porque el niño, nuestro objetivo, una criatura inocente, un
miembro del rebaño que debemos proteger, se salvó. Y el cura es un
soldado de Dios herido en combate. Él ha caído haciendo su trabajo.
—¡Su trabajo es ser el párroco de la Iglesia de Villacaños! —levantó la
voz el arzobispo—. Trabajo que ahora tiene que hacer un sacerdote que
lleva dos iglesias a la vez. No estamos para perder clérigos precisamente.
Gregorio trató de establecer un perímetro de seguridad entre su
pensamiento y sus palabras e intentó calmarse en la medida de lo
posible.
—Monseñor, viendo el cariz de la conversación prefiero llamarle así…
—No me vengas con esas, hombre.

—Déjeme terminar, por favor. Creo que olvida usted, o más bien
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—Déjeme terminar, por favor. Creo que olvida usted, o más bien
ustedes, la esencia de nuestro cometido. Bien que ese hombre estuviera
asignado a una parroquia para hacer cosas de parroquia; si tiene que
servir a La Iglesia en una misión especial, debe estar preparado. No es
mi culpa que los curas nuevos sean unos blandos y, por otra parte, no
imagino a un general pidiendo responsabilidades a un sargento por
perder a un soldado en una batalla ganada en la que se siguió el
protocolo.
—Vale, según tú se siguió el protocolo. ¿Y dónde estaba el médico?
Ese médico que la ley canónica exige que esté presente en un exorcismo.
—No me jodas, Manolo.
—¡Vaya, vuelves a tutearme!
—Sí, porque sabes de sobra que estorban más que ayudan. Además
ahora podríamos tener a dos personas con gorros de Napoleón hechos
con papel de periódico, en lugar de una.
—¡Por el amor de Dios! —cerró los ojos y se santiguó resoplando y
rogando el perdón de su Dios por nombrarlo en vano—. Fui yo quien me
peleé por ti con el tribunal eclesiástico para la aprobación de este
exorcismo y llevo haciéndolo muchos años, pero ahora mi apoyo ya no
basta. Se te revoca la licencia de exorcista, cautelarmente, hasta que se
estudie qué hacer contigo.
—Soy miembro de la Asociación Internacional de Exorcistas. Sólo El
Vaticano puede hacer eso.
—¿De dónde crees que viene la orden? Ahora mismo ni tus amigos de
Roma pueden ayudarte.
—¡Joder! —exclamó Gregorio ofuscado, alejándose del arzobispo.
—Gregorio, entiéndelo. Haces lo que te da la gana: has practicado
exorcismos por tu cuenta, sin autorización de la Iglesia, das
conferencias en convenciones de cine de terror y, cómo no, tu célebre
página web. ¿Te crees que no la he visto? ¿Qué es eso del
«posesiómetro»? ¿Una encuesta para calcular cuán endiablado está el
afectado? ¿Y los exorcismos preventivos? ¿Y vender agua bendita en
botellitas de…? ¿Cómo se llama esa bebida?
—Jägermeister.
—Eso. Pues son cosas intolerables, Gregorio. No puedes seguir así y
menos ahora que está cerca la visita del Santo Padre y nos miran con
lupa.

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—Sencillamente estoy adaptándome a los tiempos, intentando llegar
a la gente joven a través de las nuevas tecnologías, llamando su
atención. ¿Es que no ves que nos hemos quedado anticuados?
Necesitamos una revolución y ahora que por fin, después de muchos
años, tenemos un papa español al que tú y yo hemos conocido antes de
serlo y sabemos que es un gran tipo, debemos aprovechar para cambiar
cosas. Para empezar, se han llevado en secreto casos de pederastía en la
Iglesia, en vez de mostrar transparencia y mano dura con esos
malnacidos.
—Esas cosas hacen mucho daño a la Iglesia y no se pueden airear a la
ligera.
—Lo que hace daño es la opacidad, el secretismo. Hay que condenar al
infierno a esos monstruos públicamente y pedir que los encierren en
una cárcel y tiren la llave. Y otra cosa, hay que acabar con el celibato. Es
lo único que salvaría nuestra institución.
—¿Ahora te quieres casar, Gregorio? —comentó el arzobispo con
cierta burla en su tono.
La cara de Gregorio se tornó en ira y clavó la furia de su mirada en su
interlocutor.
—Sabes que ya estuve casado y que yo no lo pido para mí.
—Discúlpame, ha sido una broma sin gracia —rogó el arzobispo
cariacontecido.
—En fin, que eso, que ni Dios quiere meterse a cura ya —Monseñor
Fernández se volvió a santiguar—. Los jóvenes ya no quieren
condenarse a una vida abrazando el celibato y la soledad, sin poder
formar una familia, reprimiendo los instintos; cosa que, a tenor de lo
que dije antes, es un caldo de cultivo para los enfermos mentales. Quita
el celibato y habrá hostias para hacerse cura.
—Gregorio, por favor, que voy a acabar con agujetas en el brazo —
comentó el arzobispo tras concluir otro santiguo.
En ese momento irrumpió en el claustro el Prelado Territorial, un
hombre estirado, calvo, con gafas redondas y una gran nariz.
—¡Coño, Mortadelo! ¿Cómo estás? —exclamó Gregorio con sonrisa
picara.
El prelado lo miró con desprecio y rehusó contestar, dirigiéndose al
arzobispo:

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—Monseñor, le reclama una llamada del Cardenal.
—Gracias, Jorge, ahora voy.
Se retiró y Monseñor Fernández siguió hablando.
—No lo has tragado nunca, ¿eh?
—Pues no. Siempre ha sido un remilgado y un trepa. Me cae como una
patada en los cojones.
—Bueno, Gregorio, que tenemos que terminar. Tómate muy en serio
esta suspensión. Reflexiona, relájate y quiero que en unas semanas
volvamos a hablar. Te puedo colocar, prácticamente, en la parroquia
que quieras: vida tranquila, un rebaño del que cuidar, tiempo para tus
cosas…
—Pareces no comprender la importancia de mi trabajo. Deberías
haber estado en este último exorcismo y haber mirado al mal a los ojos,
porque esa sí fue una posesión real y, lo que es peor, un anuncio de que
viene algo más grande; algo gordo. Tengo un muy mal presagio y pienso
estar preparado. Buenos días, Reverendísimo señor —concluyó dándose
la vuelta y marchándose airado.
—¡No te dejes dominar por tu orgullo!
—Caramba, eres la segunda persona que me dice eso en menos de dos
semanas.
—¿Quién fue la primera?
—Si te lo dijera, Monseñor, tendría que exorcizarte. Hasta luego.
—Que Dios te guíe, amigo —murmuró el arzobispo observando cómo
Gregorio abandonaba el claustro.
A Manuel Jesús Fernández Galera, arzobispo metropolitano de la
Archidiócesis de Madrid, le quedó un sabor agridulce de la reunión con
su amigo Gregorio Márquez. Él había sido, primero, su alumno en el
seminario y después, cuando hubo sido ordenado, su pupilo y su
protegido. Siempre le llamó la atención aquel hombre que decidió tomar
los hábitos relativamente tarde, después de haber estado casado y llevar
una vida que poco o nada había tenido que ver con el catolicismo.
Siempre admiró su determinación para conseguir el que, desde el
principio, fue su principal objetivo: hacerse exorcista; consiguiéndolo
pronto y granjeándole una serie de amistades entre las más altas esferas
vaticanas que usó para medrar en la carrera política de su mentor. El
ahora arzobispo le debía mucho a Gregorio, que nunca tuvo el propósito

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de ascender en la jerarquía eclesiástica, pero hizo lo posible para que él sí
lo hiciera. Era un hombre íntegro y nada ambicioso, pero soberbio y
orgulloso. Manuel decidió dedicar sus próximas plegarias a su amigo y
desear que entrara en razón.
Esa misma noche Gregorio rodeaba un edificio y se dirigía a la parte
trasera del complejo donde estaban los aposentos de las Religiosas
Esclavas del Sagrado Corazón de María, monjas y a un tiempo
profesoras del colegio católico del mismo nombre. Se encaramó con
dificultad a la valla de forja que delimitaba un patio interior, llegando a
la parte superior, donde unas lanzas puntiagudas y verticales
amenazaban su entrepierna al franquearlas. Descendió por el otro lado
y, con un pequeño salto, puso los pies sobre un mullido césped. «Ya no
estoy para estas cosas», pensó mientras se ajustaba la mochila, se dirigía
a una puerta pequeña protegida por la negrura y sacaba el teléfono
móvil.
«Ya estoy aquí. Abre o echo la puerta abajo», tecleó.
«No hay huevos», recibió como respuesta.
«Venga, abre, que está muy oscuro y tengo miedo».
Se abrió la puerta, lenta y sigilosamente, y asomó la cabeza una mujer
que, cruzando sus labios con el dedo índice, le invitó a pasar. Una vez
dentro, cerró con igual pulcritud e hizo un ademán para que Gregorio la
siguiera. Avanzaron con la escasa iluminación que proporcionaba el
teléfono de Teresa hasta una puerta que aguardaba entreabierta.
Pasaron y ella la cerró con pestillo.
—Joder, Tere, si no eres monja de clausura ni nada, yo no sé por qué
no te alquilas un piso y dejas de vivir en esta mazmorra.
—¿Tú sabes cómo están los alquileres en Madrid?
—Claro que lo sé, porque yo pago uno. No soy un rata ni pretendo ser
el cura más rico del cementerio —dijo rebuscando en su mochila y
sacando una pequeña bolsa con dos bultos envueltos en papel de
aluminio—. Kebabs, comida sarracena, comida impía; una deliciosa
transgresión.
—Ego te absolvo, Goyo, te has ganado el cielo pecando —dijo Teresa
cogiendo y desenvolviendo uno.
Se sentaron en un sofá viejo pero confortable y comenzaron a dar
buena cuenta de los bocadillos. Gregorio preguntó por la situación en el

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convento de cara a una velada inapropiada y prohibida.
—No te preocupes, en esta zona ya estoy yo sola; podemos estar
tranquilos. Además la madre superiora duerme en el ala opuesta y está
más sorda que una tapia.
—Eso espero, porque no me gustaría que se presentara aquí por
sorpresa.
—De verdad, ¿no te cansas de hacer siempre la misma broma?
—Anda, mira en la mochila —le indicó Gregorio.
Teresa rebuscó en la mochila desgastada y sacó una película en
formato blu-ray.
—¿Como Dios? Esta ya la hemos visto.
—Sí. Y no sólo una vez, pero siempre alegra ver hacer de las suyas a
Jim Carrey.
—Hay un problema, yo tengo DVD pero no reproductor de blu-ray.
—¡No fastidies! Si me lo hubieras dicho habría traído la videoconsola,
que sí tiene.
—Bueno, no pasa nada, de todas formas esta noche ponen Forjado a
Fuego en la tele. Empieza en veinte minutos.
Gregorio refunfuñó al escuchar aquellas palabras. Unos meses antes
él estaba viendo la televisión de noche y se encontró con ese programa.
Conocía de pasada ese formato americano por otros espacios televisivos
como Empeños a lo Bestia, pero cuando encontró Forjado a Fuego quedó
completamente hipnotizado. No pudo despegar la vista de la pantalla,
encandilado y ansioso por saber si la espada de Larry, de Idaho, iba a
cortar el marrano colgado de una cuerda cuando fuera blandida por
Doug Marcaida; o si el cuchillo de Joe, de Montana, iba a soportar los
embates a un cráneo de vaca. Estaba ante un programa fascinante y tan
rebosante de testosterona que le hizo sentirse más hombre, sobre todo
cuando el tipo de rasgos orientales dijo: «Enhorabuena, su arma mata».
Al día siguiente se lo comentó a su amiga Teresa y ella le respondió con
desprecio: «¿No había un programa más “machirulo”?». Pero parece ser
que despertó su curiosidad y el virus de Forjado a Fuego acabó entrado en
ella implacablemente; desde entonces era una fanática y Gregorio sentía
que su amiga sor Teresa le había robado el programa.
—Menos mal que no te gustaba.
—Calla, calla. Me vuelve loca. Y encima el presentador es un bombón.

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—Vaya ejemplo de monja —comentó riendo Gregorio.
—¡Mira quién fue a hablar!

Terminaron de comer sus kebabs y Gregorio encendió un cigarro


mientras Teresa abría otra lata de cerveza. Era el momento de
sincerarse. Había estado esquivando la conversación pero, por otro
lado, tenía ganas de contarle sus penas a su mejor amiga y desahogarse.
—Que me han echado, Tere.
—¿Cómo que te han echado?
—Pues eso, han revocado provisionalmente mi permiso para
practicar exorcismos por lo que te conté de aquel cura que se ha quedado
medio gilipollas.
—Pero es provisional. Tómatelo como un tirón de orejas y verás cómo
en poco tiempo estás otra vez gritando en latín con tu bote de Cristasol
relleno de agua bendita.
—Ahora uso uno más pequeño, así redondo, que me compré en los
chinos.
—Bueno, como sea, pero sabes que tienes en el bolsillo al arzobispo.
—Yo que sé, Tere. Esta vez es diferente. De momento hasta que no
pase la visita del Papa, nada. Creo que se han hartado de mí y yo no sé
hacer otra cosa. Tú lo sabes. Desde que nos conocimos en Nicaragua no
me has visto hacer otra cosa.
—A Kevin no le va a dar tiempo a templar —comentó Teresa
pendiente de la televisión.
—¿Pero qué narices? Te estoy hablando.
—Y yo te estoy escuchando. A ver, Goyo, eres muy tremendo; yo creo
que será temporal. De todos modos también podrías plantearte cambiar
un poco. No sé, ser más comedido, llamar menos la atención.
—Yo soy como soy. Hasta ahora mis resultados han sido buenos y ese
tío no tiene ni puñetera idea de usar la amoladora.
—¿A que no? —apostilló Tere—. Se está cargando el filo del cuchillo y
se va a romper en la prueba de fuerza.
Los dos abandonaron la conversación para centrarse en el programa
de televisión, celebrando con mucho entusiasmo que Doug Marcaida
dijera: «señor, su cuchillo mata». Ella se retiró a su habitación una hora
después y Gregorio se quedó durmiendo en el sofá hasta la mañana.

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Teresa Vilches tenía unos muy bien llevados cuarenta y siete años.
Tomó los hábitos y se casó con Dios a la edad de veintidós, tras acabar la
carrera de historia, por una vocación humanitaria que poco después
pudo desempeñar en una misión en Nicaragua. Allí conoció a Gregorio
Márquez, un sacerdote todavía inexperto por aquella época, que ya era
el alma de las fiestas y destacaba en la batalla contra el Diablo por su
pericia practicando exorcismos. Congeniaron desde el principio de una
manera excepcional, haciéndose amigos íntimos y llevando su confianza
hasta terrenos que, más de una vez, levantaron suspicacias y
habladurías entre el clero. Pero siempre les dio igual. Su relación era tan
pura que ignoraron o se mofaron de aquellas habladurías y siguieron
siendo un ejemplo de respeto mutuo de puertas adentro. Cuando se
cansó de dar tumbos por el mundo, cursó un par de másteres y usó su
formación académica para ejercer de profesora en un instituto religioso
de disciplina laxa para las hermanas, que le permitía centrarse en sus
alumnos y la comunidad y no perder el tiempo, según ella, en
aislamientos innecesarios. Teresa era una mujer muy inteligente y
preparada, que se había formado con brillantez en el ámbito que más le
apasionaba y llevaba ese entusiasmo a la docencia. Siempre había sido
muy atractiva y seguía conservando gran parte de su belleza. Las suaves
formas de su agradable rostro apenas habían sido hendidas por arrugas
y las que tenía estaban muy bien repartidas y le daban un aire
interesante. Tenía unos ojos negros y grandes enmarcados por largas
pestañas tupidas. Su nariz era pequeña y tocada por el rescoldo de unas
pecas infantiles y sus labios muy bien rematados y sugerentes. En su
larga melena ondulada y oscura, había aflorado alguna que otra cana
que ella teñía, pues le gustaba ser coqueta; solía maquillarse, algo que
muchas compañeras suyas no hacían, y usar potingues de todo pelaje
para ver su piel esplender en el espejo. De vez en cuando le gustaba
transgredir alguna norma, como quedar con Gregorio extramuros o
hacer que la visitara cual adolescente, como esa noche; una noche
forjada a fuego con cerveza y comida turca.

—Gregorio, levanta y escóndete en mi cuarto.


—¡Qué pasa! —preguntó él desperezándose.
—¿No has oído la puerta? —le volvió a susurrar.

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Entre los dos recogieron las latas de cerveza vacías, los plásticos, el
cenicero y él huyó hacia su habitación.
—Lo que más me jode es tener que esconderme sin haber echado un
polvo —dijo con ironía.
—Anda, tira —animó ella entre risas.
Gregorio oyó a Teresa hablar con otra mujer, mientras él trataba de
espabilarse en silencio. Cerraron la puerta y ella entró a avisarle de que
ya no había peligro.
—Pero te tienes que ir ya.
—Voy, joder —dijo gruñendo.
La monja se asomó primero para asegurarse de que había vía libre e
indicó a Gregorio que ya podía salir.
—Una cosa: ahora cuando salgas al jardín trasero, ten cuidado con el
perro. No le gustan los curas.
—¿Qué perro?
—Adiós, Goyete, nos llamamos.
—Hasta luego, corta-rollos.
Gregorio salió con precaución, avizorando la zona ajardinada en la
que amanecía aquel silencioso domingo. No vio a ningún perro y respiró
aliviado, andando hacia la verja y procurando no hacer ruido. De pronto
un animal se cruzó en su camino y comenzó a bufar a discreción con
unos ladridos casi imperceptibles, debido a su ronquera y su endeblez.
—¿Pero qué demonios eres tú? —dijo Gregorio.
Un chucho maltrecho, diminuto, viejo y malformado, se revolvía en
un violento arrebato de cólera, moviéndose en círculos mientras emitía
aquellos sonidos angustiosos. Era de un nada homogéneo color negro y
parecía estar deshilachándose mientras convulsionaba de puro odio.
Gregorio observó que cojeaba y que, en realidad, no le estaba mirando a
él, debido a la ceguera que parecía afectarle y se evidenciaba en sus ojos
pálidos. El perro paró un instante para toser y sentarse sobre sus cuartos
traseros a rascarse la oreja. Tras esa pausa continuó con su tormenta de
reproches caninos.
—Creo que no hay exorcismo que te cure a ti, amigo —dijo Gregorio
recordando la advertencia de Teresa y encaramándose a la valla.

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3
El Padrino

LO PELIGROSO DE PERDER EL PROPÓSITO DE UNA VIDA ES QUE PUEDE LLEVAR AL AFECTADO


a buscar uno nuevo en lugares incorrectos. Gregorio, despojado de la
autoridad para ejercer su oficio, cayó en las garras del desencanto y trató
de sanar las heridas de un inmerecido oprobio bebiendo en las tabernas;
haciendo de su vida un drama, de su capa un sayo y de su sayo una
mortaja. Surcó, durante dos semanas, los farragosos lodos de la
autocompasión y anduvo la vereda de la autodestrucción como mejor
sabía.
—Ponme otra —demandó desde la barra de La Carreta, bar que nadie
llamaba por su nombre, prefiriendo usar el de su camarero, gerente y
propietario Alfonso.
—Aquí tiene, padre. Le voy a poner una tapa de ensalada de agujetas
de las que me traen de mi tierra.
—Esas agujetas llevan en la barra desde que Juan Pablo Segundo era
monaguillo, Alfonso. Se pueden catalogar como fósiles perfectamente.
—Pero qué dice, si son fresquísimas —dijo el rudo camarero, llenando
un pequeño plato blanco de la bandeja colindante a la de los chorizos
incrustados en grasa roja y sólida, bajo una urna de cristal estampada en
churretes.
—Como te iba diciendo, Felipe…
—Me llamo Fernando, padre —protestó el ebrio interlocutor de
Gregorio.
—Pues yo te bautizo como Felipe, en el nombre del Padre, etcétera,
etcétera —dijo bendiciendo con su mano—. Así ya no me equivoco más
de nombre. Pues eso, que antes de ser cura estuve novio con Rosario, la
hija de Lola Flores. Como a sus padres, la Lola y el «Pescaílla», que en paz
descansen, no les gustaba yo porque no era gitano, nos fugamos.
¡Alfonso!, ¿tienes pescadilla de tapa?
—No me queda —contestó.
—¿Cómo que no te queda? ¡Si no has tenido nunca! —replicó el
parroquiano que escuchaba el relato de Gregorio.

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—Para estar dando por saco, vete a tu casa —le respondió Alfonso
malhumorado—, que cuando llegues no te va a conocer tu mujer.
Macho, todo el día aquí metido…
Alfonso solía tratar con la punta del pie a su, habitualmente, necia
clientela; a excepción de Gregorio con quien era diligente y educado,
siendo el sacerdocio la única profesión que, hasta la presente, parecía
respetar aquel patán con delantal, abundante vello hirsuto en sus brazos
y uñas enlutadas. La taberna que regentaba era una mera extensión de
su persona: sucia, tosca y anticuada. Posiblemente era de los últimos
reductos de una España en extinción; la España del carajillo y del sol y
sombra, la de los puritos Dux, la de tirar las cáscaras de gamba a un suelo
cubierto de serrín, la de hablar a voces. Sobre la barra de madera,
hendida por las rasgaduras del tiempo y enfoscada con una crasa
amalgama de porquería, el expositor de tapas mostraba una serie de
comistrajos que añejaban desde las bandejas de acero rectangulares,
cubiertas con una cristalera donde entraban las moscas por proteger su
vida ante la amenaza de la bayeta andrajosa que, con pericia, Alfonso
manejaba como un arma. Gregorio era un asiduo de tan fascinante antro
y, en las últimas semanas, con mayor prestancia de la aconsejable.
—Pues nos tuvimos que ir Rosario y yo —prosiguió Gregorio— a una
habitación con derecho a cocina de un barrio de Jerez. Allí, dentro de lo
que cabe, estábamos bien; nos sacábamos un dinerillo tocando yo la
guitarra y cantando ella por los tablaos de la zona, pero luego se fue todo
al garete. Como mi Charo, yo la llamaba así, se ponía a freír sardinas
todas las mañanas… ¡Alfonso! ¿Tienes sardinas?
—¡No me quedan!
—Bueno, pues que liaba un pestazo en toda la corrala que nos
acabaron echando y nada, se volvió con sus padres y yo me vine para
Madrid porque me buscaba toda la familia para matarme o casarme que,
por aquellas fechas, venía a ser lo mismo para mí, que era un cabra loca.
—Joder, padre, es usted un crack —dijo el hombre, levantando su
caña de cerveza.
—Ahora salimos y nos echamos un porrillo —respondió Gregorio
aceptando el brindis y sacando del bolsillo una piedra de hachís.
Llevaba tanto tiempo con aquella china de chocolate que ni siquiera
recordaba de dónde la había sacado. Nunca había consumido de ella,

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pero le gustaba mostrarla, para darse aires de cura alternativo y
moderno, casi tanto como inventar historias para encandilar a sus
contertulios en los bares de mala muerte, consiguiendo no pocas
invitaciones.
—Entonces es usted sacerdote de verdad, ¿no? —preguntó alguien
que había tras él en la barra.
Gregorio se giró y vio a un hombre de su misma edad pero muy
diferente condición. Era bien parecido y rellenaba con estilo un
suntuoso traje italiano, visiblemente caro. Su pelo negro, engominado y
peinado hacia atrás, brillaba como un disco de vinilo y tenía una faz
simétrica, donde unos ojos azules destacaban como rasgo más llamativo.
El escrupuloso apurado de su afeitado le dotaba de unas mejillas y
barbilla límpidas que emanaban el aroma de una loción embriagadora.
Su porte y su elegancia le daban un aspecto distinguido que su
acompañante no tenía, a pesar de ir igualmente trajeado. Era éste un
hombre de unos treinta años, robusto, fornido, con un rostro
contundente que pareciera esculpido en piedra. El mentón que se
adivinaba bajo su poblada barba, sus prominentes pómulos y el reborde
pronunciado de sus cejas, le conferían un aspecto feroz que se
incrementaba con su estatura, cercana a los dos metros. Cruzaba sus
enormes manos delante de su cintura, como un guardaespaldas, y
miraba atento a Gregorio, a quien extrañó una clientela tan poco
habitual.
—Pues sí, soy sacerdote. Pero no un sacerdote cualquiera; soy
exorcista. Y no un exorcista cualquiera, soy un pepino de exorcista.
—¿Un exorcista? Vaya, eso es fascinante.
—Bueno, tiene sus pros y sus contras, como todo.
—De verdad, me cuesta creer que esté conociendo a uno auténtico —
dijo el hombre.
—Pues crea, crea. Aquí tiene mi tarjeta.

Gregorio Márquez Laguna


Exorcista

Tratamiento de todo tipo de posesiones demoníacas,


males de ojo y maldiciones.

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Especialista en exorcismos preventivos.
TLF: 6592699865
Email: GoyoML666@[Link]
Página Web: [Link]

—Vaya, es fantástico. Se ve que es usted un profesional —dijo


pasándole la tarjeta a su guardaespaldas.
—En efecto, es a lo que me dedico y más de veinte años de experiencia
me avalan; además soy miembro de la Asociación Internacional de
Exorcistas. De hecho, le contaré una cosa, amigo mío… —dijo
extendiendo su mano.
—Oh, perdone, que no me he presentado —respondió estrechándola
—. Gabriel y este hombre es mi ayudante.
El fortachón sólo asintió levemente mirando a Gregorio, sin relajar el
frunce de su ceño.
—Pues como le decía, don Gabriel… Por cierto, tiene usted nombre de
arcángel… Como le decía, yo me formé con una leyenda, el padre
Gabriele Amorth, tocayo suyo y el más grande exorcista de todos los
tiempos, que falleció, Dios lo tenga en su santa gloria, hace siete años.
¿Lo conoce?
—No tenía el gusto.
—¡Vaya! Qué injusta es la vida. En fin, que él fue mi maestro y, tras
abandonar su tutela, he forjado una carrera como exorcista en la que
llevo, si mal no recuerdo, más de mil intervenciones, siendo algunas de
ellas memorables y muy comentadas en mentideros eclesiásticos.
—Me abruma, don Gregorio, tal vez debería pedirle un autógrafo —
comentó sonriendo.
—No es para tanto, hombre. Además no me gusta ser vanidoso.
—Ya veo, ya. Padre —dijo bajando la voz y acercando su cara a la del
sacerdote—, me gustaría comentarle una cosa en privado; fuera, si es
posible y usted tiene a bien salir.
—Por supuesto, Miguel, vayamos para la calle. ¡Alfonso! —exclamó
encaminándose al exterior— apúntame esto en la cuenta, no vaya a ser
que me secuestren y no vuelva en un tiempo.
—No, padre, permítame invitarle —manifestó Gabriel.
—No hace falta…

—Insisto —dijo poniendo un billete de cincuenta euros sobre la barra


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—Insisto —dijo poniendo un billete de cincuenta euros sobre la barra
—. Quédese con el cambio.
Alfonso cogió el billete y, mientras Gregorio y sus dos acompañantes
salían del bar, se oyó reclamar a quien poco antes bebía con Gregorio:
—Ahí entra también lo mío.
—No, tú pagas, so borracho —le increpó el barman.
Varios niños jugaban a la pelota en la plaza ante el recelo de un grupo
de madres que charlaban en un banco de madera, oreando a sus vástagos
en carricoches y temiendo un pelotazo. Un reducto de adolescencia
rebelde y ropa infame se pavoneaba desde otro mientras sus jóvenes
ocupantes fumaban marihuana. El padre Gregorio hubiera ido a darles
la murga de no ser porque aguardaba, apurando un Ducados junto al
mostrenco de barba recia, a que Gabriel concluyera la llamada que había
empezado nada más salir del bar de Alfonso y le pusiera al corriente del
motivo de su petición. Colgó el teléfono y se dio la vuelta, acercándose
de nuevo a Gregorio, mientras un gran coche negro de alta gama se
aproximaba a su posición:
—Le voy a pedir, padre, que nos acompañe.
—¿Para qué?
El coche se detuvo y Gabriel abrió la puerta, invitando a subir al
sacerdote.
—Un momento. O me dice qué pasa o no me subo.
—Súbase ya, haga el favor —le pidió de nuevo el elegante personaje,
viéndose obligado Gregorio a obedecer, más por la mano del coloso
apoyada con fuerza y empuje descendente sobre su hombro que por la
petición de Gabriel.
Entró en el asiento trasero de la lujosa berlina de cristales tintados,
tirando de chascarrillo para intentar evitar lo que, a todas luces, era un
rapto:
—Oye, que lo que he dicho antes del secuestro era de broma, que os lo
tomáis todo muy a pecho.
—Cállese —dijo el hombre robusto sentándose junto a él y cerrando la
puerta.
Gabriel se montó en el asiento del copiloto e instó al chófer a
emprender la marcha. Gregorio observó que a su izquierda había
alguien, que ya estaba cuando entró, y, por tanto, se encontraba en
medio de dos personas. Levantó la vista y lo miró, descubriendo a un

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hombre idéntico a quien le había obligado a entrar y se sentaba a su
derecha.
—¡Coño, si están repetidos!
—Qué pasa, don Gregorio, ¿nunca había visto a dos gemelos? —le
preguntó Gabriel.
—Sí, pero creía que dejaban de vestirse igual con once años. Bueno,
¿nadie me va a poner una capucha o cómo va esto? Es que soy lego en la
ciencia del secuestro.
—No se preocupe, padre —dijo el de su izquierda.
—¡Habla igual el hijo puta! —exclamó Gregorio—. Bien, pues
contadme de qué va esto; sé que no es por dinero, así que me quedo sin
ideas.
—¿Conoce usted a don Florencio Sánchez de Castro y Valdivia? —
preguntó Gabriel.
—Lo conozco yo y los otros cincuenta millones de españoles, pero por
un nombre más corto: Florencio Sánchez o el Padrino de Concha Espina.
Es el mayor empresario del país y, si las malas lenguas están en lo cierto,
también el mayor mafioso.
—Las supuestas actividades delictivas de mi representado y
cualquiera de sus corporaciones no son más que meras conjeturas, no
hay nada demostrado.
—¿Su representado?
—Sí, soy el abogado de la familia.
—O sea, que eres Tom Hagen. ¿Habéis visto El Padrino, no? —
preguntó a sus dos custodios en el asiento trasero.
—¿Pero la peli entera? —dijo el de la izquierda.
—No, señor —intervino Gabriel visiblemente enervado—. Como le he
dicho, es un negocio legal.
—No te enfades, hombre. Además Robert Duvall ya estaba medio
calvo en los setenta y tú tienes pelazo —comentó con sorna Gregorio,
que había empezado a tutear al abogado desde que se supo raptado—.
¿Se puede fumar aquí?
—Sí —respondió el chófer.
—No —dijo Gabriel.
—Pues nada —continuó Gregorio guardando el paquete de tabaco que
acababa de sacar—. Entonces usted es el abogado de Florencio Sánchez;

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bien, ¿y qué quiere de mí?
—Necesito su presencia en la mansión de la familia. Una vez allí se le
informará de todo lo que necesite saber. Mientras tanto, relájese y…
¡Vamos a callarnos de una puta vez!
—Vaya un carácter —susurró Gregorio.
El hombre de su derecha permaneció impertérrito, como había
estado desde que lo conoció, y el de su izquierda le hizo un gesto infantil
quitando importancia al asunto. Gregorio apoyó la cabeza en el respaldo
y cerró los ojos.

La verja de entrada ya se estaba abriendo cuando llegaron.


Ascendieron por un camino interior que se adentraba en una finca
recóndita situada en las afueras del norte de Madrid. Tras unos
minutos, alcanzaron un llano donde el pavimento pasaba a ser de
adoquines y hacía temblar levemente el coche. Llegaron a una
explanada en forma de plazoleta que servía de colofón del camino y de
antesala de una enorme, fastuosa y señorial mansión. El coche se detuvo
y bajaron sus ocupantes, quedándose Gregorio admirando la excesiva
opulencia de la fuente de mármol que presidía la plazoleta.
—Luego no quiere que lo llamen mafioso —comentó.
—Por favor, acompáñeme —pidió educadamente el abogado.
Gregorio se dirigió a la casa tras él, flanqueado por los dos temibles
gemelos. Pasaron por el majestuoso atrio, bajo un pórtico levantado
sobre columnas de estilo romano ornamentadas en su base, y
atravesaron la gran puerta, entrando por un recibidor tan lujoso y de
tan magnas dimensiones que a Gregorio le pareció estar entrando en
una catedral. El mármol del suelo brillaba como un espejo y los techos
abovedados lucían ornatos barrocos y dorados. La exuberancia de los
jarrones y piezas históricas encerradas en vitrinas de cristal era
abrumadora, así como las estatuas clásicas que destacaban por doquier.
En las paredes pudo apreciar cuadros de ilustres autores, algunos de
ellos dados por perdidos tras noticiosos robos en museos importantes y,
supuestamente, inexpugnables. Anduvieron por el ala central del
edificio hasta una sala con grandes puertas de madera donde aguardaba
una señora. Estaba de pie, mirando una chimenea tan mayúscula y

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lujosa que a Gregorio le hubiera dado pena encender y, al ver entrar a la
comitiva, se giró hacia ellos y habló a sus empleados.
—Por favor, dejadnos solos.
Los tres hombres se retiraron y cerraron las puertas, dejando en el
salón a Gregorio y a la mujer, que se dirigió hacia él. Caminaba con toda
la distinción de la que disponía, que no era poca, notándose que
exageraba e impostaba para demostrar que había bebido de mieles
aristocráticas desde el mismo momento en que nació. Vestía con una
blusa firmada por algún rico pero bordada a mano por algún pobre, lo
suficientemente abierta en su pecho para mostrar una gargantilla de oro
y diamantes. Unos pasadores dorados, con esmeraldas engastadas,
apuñalaban el aparatoso moño con el que se tocaba, dejando al aire dos
pedruscos a juego que amenazaban con arrancar el lóbulo de sus orejas.
En su cara se podía apreciar la mano de algún reputado cirujano plástico
que había borrado todo atisbo de doblez, bien que no había conseguido
ocultar que doña Virtudes frisaba los sesenta. Su cara conservaba cierta
belleza, apoyada en sus ojos verdes y rasgados, pero, a criterio de
Gregorio, no le favorecía la hinchazón artificial de sus labios; sobre todo
el superior, que parecía una teja.
—Bienvenido, don Gregorio, y disculpe las molestias.
—Nada, no se preocupe, señora; estoy acostumbrado a que me
secuestren.
—He hecho que lo traigan porque he oído hablar mucho de usted y me
consta que es el mejor haciendo su trabajo, al menos por estos lares.
Y por otros porque, no quiero pecar de arrogancia, hay mucho
aficionado suelto por ahí.
No lo dudo. Antes de nada le quiero hacer una pregunta muy
importante —expuso con gravedad.
—Dispare. Metafóricamente, digo… Vamos, que pregunte lo que
quiera.
Virtudes obvió la impertinencia de Gregorio y continuó a lo suyo:
—¿Hasta dónde llega el secreto de confesión?
—Hasta las últimas consecuencias —expuso Gregorio—. Un secreto
de arcano es de derecho divino, del que la Iglesia ni ninguno de sus
miembros, entre los que me incluyo, tienen la facultad para dispensar,

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incluso ante la hipotética muerte, Dios no lo quiera, del penitente. Es
inviolable.
—Pues quiero que sea usted mi confesor y el de mi familia. Quiero que
todo lo que yo le diga, o le digamos cualquier miembro de nuestra casa,
que todo lo que vea y que todo lo que oiga aquí quede en un estricto
secreto sacramental.
—Délo por sentado, señora. A partir de ahora tiene a su disposición a
mi persona y mi silencio.
—Pues le cuento —dijo ladeando la cabeza y mirando al suelo—: tengo
motivos para pensar que mi marido está poseído.
—¿Florencio?
—Sí, mi Floren; mi amor y mi compañero de vida. Nosotros hemos
sido, y somos, unos fervientes católicos practicantes; de hecho, en la
parte de detrás de la casa hay una capilla que mandamos construir hace
más de veinte años y tiene usted a su servicio cuando la necesite.
Gregorio asintió conforme.
—Siempre hemos hecho notables obras de caridad y sustanciosas
contribuciones a la Iglesia, como supongo que le consta.
—Desde luego; ya vi el Mercedes nuevo del arzobispo.
—Pues no sé cómo —siguió la mujer mientras se le quebraba la voz—,
pero el Demonio ha entrado en nuestra casa.
Doña Virtudes comenzó a llorar desconsoladamente y Gregorio trató
de confortarla apoyando una mano en su brazo. Eran incontables las
ocasiones en las que se había visto en situaciones similares, con
familiares destrozados ante la posibilidad de que el Maligno hubiera
tomado como rehén a un ser querido, pero muy pocas en las que la
ciencia no hubiera podido dar una explicación y un porqué. Aun así, él
siempre aceptaba el reto y, aunque había perdido el apoyo de su Iglesia,
se sabía con el amparo de su Dios.
—Antes de nada, doña Virtudes, será mejor que le eche un vistazo a su
marido. Tranquilícese y verá como todo lo que a usted ahora mismo le
parece un mundo, tiene arreglo.
La señora enjugó sus lágrimas con un pañuelo bordado que tenía
pinta de costar un potosí y pidió a Gregorio que la acompañara.
—Lleva un tiempo que casi no sale de su despacho o sus aposentos en
el ala este de la casa. Cada vez tiene menos momentos de lucidez, por eso

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últimamente no se deja ver en público. Las operaciones empresariales
están en manos de sus testaferros y supervisadas por Gabriel.
—¿Y las otras operaciones?
—¿Qué operaciones? —preguntó Virtudes fingiendo ignorancia.
Gregorio la escrutó con aspereza antes de contestar.
—Soy su confesor, señora. Eso quiere decir que yo nunca hablaré con
nadie sobre nada que ustedes me digan y no los juzgaré de ningún modo,
pero no se haga la sueca. Necesito saber dónde me meto. Necesito
conocer lo mejor posible a la persona de Florencio Sánchez, no a su
imagen pública, inmaculada, mirada por el prisma de sus acólitos o
turbia por el de sus detractores. Yo necesito la verdad, su verdad, para
poder ayudarle.
—De momento estamos procurando mantener a mi marido al margen
de tales actividades —comentó tras un breve titubeo—. Esos temas los
dirigen diferentes capitanes, que operan desde varios lugares del país y
antes él era informado en persona por Gabriel, quien igualmente los
supervisa, o Víctor, que, digamos, se encarga de los soldados; ahora es a
mí a quien informan. Quiero que Florencio tenga el mínimo de
responsabilidades y preocupaciones hasta que se recupere. Tiene usted
que ayudarle.
—Haré lo que esté en mi mano. ¿Está ahí dentro? —preguntó
Gregorio al haberse detenido la mujer junto a una puerta.
—Sí. Yo me retiraré, pero será mejor que lo deje con hombres de
confianza.
Hizo un gesto reclamando a los dos aguerridos gemelos, que
observaban al final de un pasillo.
—Pasaréis conmigo y con el padre Gregorio y os quedaréis con él
cuando yo me vaya.
Entraron los cuatro en un titánico salón, con paredes forradas de
maderas nobles y columnas con ribetes, vestido con marcos gruesos y
horteras que albergaban óleos con motivos de caza. Una librería con
todo tipo de volúmenes antiguos y adornos copaba el fondo; un
majestuoso ventanal con cortinas de terciopelo sujetas con cuerdas
doradas iluminaba la estancia desde el lado derecho y en el centro de la
sala lucía imponente la mesa de despacho color caoba. En el lado
izquierdo se abría una puerta que accedía a un dormitorio que se

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adivinaba no menos ostentoso. En el rincón derecho, entre la ventana,
ante la que se exhibía un antiguo globo terráqueo, y la puerta de
entrada, había un oso pardo disecado que se alzaba inerte sobre sus
patas traseras y mostraba sus fauces. En la pared del lado izquierdo una
cristalera lucía varias armas de colección: carabinas, trabucos,
arcabuces, espadas, floretes y puñales. Gregorio escudriñó el suelo ante
la onerosa mesa de despacho para intentar encontrar la trampilla, cuya
existencia daba por sentada, que se abría arrojando al incauto que la
pisara a un foso lleno de cocodrilos cuando a Florencio Sánchez se le
antojara apretar un botón bajo el escritorio. Afortunadamente éste se
encontraba de pie, lejos de la mesa, mirando ensimismado su biblioteca.
—Floren, ha venido el padre Gregorio.
—¡Que pase!
Doña Virtudes dedicó una última mirada al sacerdote y se retiró,
cerrando la puerta.
—Parece más gordo en la tele —susurró Gregorio a sus acompañantes.
Florencio Sánchez se dio la vuelta y dejó ver su rostro atormentado.
Unos ojos pequeños y huidizos sobre bolsas malvas destacaban en su
pálida faz. Sus facciones, cautivadoras en los medios gráficos, habían
perdido vigor y lejos estaban de la imagen saludable y amable que solía
mostrar en público. Tenía una cara ovalada y uniforme que ahora
parecía estar derritiéndose, cayendo desde el borde de su cara en forma
de carrillos colganderos y papada trémula. Sus labios lucían amoratados
y su gran nariz asemejaba un pimiento morrón. El pelo, abundante pero
acorralado por importantes entradas, lucía alborotado como un canento
rastrojo. Gregorio pensó que Florencio no estaba, desde luego, en su
mejor momento.
—Buenas tardes, señor Sánchez —dijo Gregorio.
Florencio ignoró al sacerdote y se dirigió a sus esbirros:
—¡Cuántas veces voy a tener que decir que me traigan al gallego ese!
—Enseguida, señor, voy a llamarlo —respondió uno de ellos, antes de
susurrarle al otro: «Mierda, creía que se le había olvidado» y salir
apurado de la estancia.
Gregorio iba a hablar de nuevo, pero decidió no hacerlo cuando vio
que Florencio portaba en su mano un revólver que parecía sacado de un
espagueti western. Prefirió quedarse a la expectativa mientras el Padrino

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deambulaba murmurando frases, aparentemente inconexas, hasta que
volvió a aparecer el gemelo acompañado por un joven con cara de
cordero degollado.
—Aquí está, don Floren.
—Ho… hola, don Floren —dijo el chico nuevo.
—Entonces eres tú el que va diciendo por ahí que he perdido la
cabeza, ¿no?
—No, señor. Yo sólo le comenté al chófer del contable, cuando vino el
otro día, que estaba usted un poco raro. Pero sin maldad ninguna; lo
hablamos fumando un cigarro.
—Vaya, vaya… —dijo mientras seguía manipulando el arma—. Pues
fíjate si estoy raro que le he metido a este revólver tres balas, de las seis
que le caben.
Florencio apuntó de repente al tren inferior del hombre, que levantó
las manos y comenzó a rogar: «No, por favor, don Floren, no volverá a
pasar… ese hombre es muy discreto y no contará nada fuera de aquí».
—¿Tú crees? ¿Cuántas probabilidades crees que hay de que lo cuente?
—preguntó haciendo girar el tambor del revólver—. Yo digo un treinta
por ciento, las mismas que de que salga una bala de aquí cuando apriete
el gatillo.
«Es un cincuenta, es un cincuenta, es un cincuenta», oyó Gregorio
barruntar entre dientes a uno de los gemelos, que se había puesto tenso
de pronto y apretaba los puños por el error matemático del empresario.
—¿Pero qué cojones? —susurró Gregorio mirando al bigardo. En ese
momento vio que la situación se estaba descontrolando y que nadie iba a
hacer nada al respecto, así que decidió intervenir.
—Don Florencio, por favor, baje el arma. No creo que dispararle a
este hombre sea una forma razonable de zanjar una disputa —dijo dando
un paso al frente.
—Vale, entonces le disparo a usted si le parece. Elija: su rodilla o la del
mindundi ese.
—Hombre, mejor a ninguno.
—¡Esa opción no existe! ¿A usted o a él?
—Pues a él… —dijo volviendo atrás y retirándose al rincón—… qué
narices… —concluyó murmurando y encendiéndose un Ducados.

Florencio Sánchez volvió a apuntar, cerrando aparatosamente un ojo,


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Florencio Sánchez volvió a apuntar, cerrando aparatosamente un ojo,
a la rodilla de su lacayo, de quien se alejaron también los dos hermanos,
dejándolo aislado y tembloroso.
«Clic», sonó la pistola.
—Uf, menos mal —dijo el amenazado exhalando aire, bajando los
brazos y desfalleciendo sobre su propio cuerpo.
—¡Y una mierda! —gritó Floren, volviendo a apretar el gatillo.
«Clic».
—¡Su puta madre! —exclamó encolerizado.
—¡Don Floren, que ya me ha disparado dos veces!
«Clic».
—¡Pero qué pasa aquí! —gritó de nuevo, arrojando con violencia la
pistola contra el suelo, que se disparó y tras una serie de rebotes
impactó, detrás de la posición de Gregorio, en el ojo del oso pardo.
De la nuca del oso salió esparcida una nube de serrín y la yerma
estatua se inclinó hacia detrás, para volver a balancearse hacia delante.
Cuando Gregorio volvió la vista, las fauces del animal que le caía encima
estaban a punto de clavarse en su cara, pero unos brazos poderosos le
agarraron, aplacándolo y tirándolo al suelo justo antes de que la figura
disecada se estampara contra el suelo. Uno de los gemelos, que ahora
yacía en el suelo junto a él, le había salvado de un extraño accidente
cuyas consecuencias podrían haber sido fatales.
—Dios te lo pague, hijo —dijo levantándose con su ayuda—, pero esto
ha sido una muy mala señal. No me gusta nada.
—¡Idos todos a tomar por culo! —exhortó Florencio dirigiéndose a su
habitación.
—Pero don Floren, yo he venido a hablar con usted —reclamó
Gregorio.
—¡¡A tomar por culo!!
El gemelo que le había salvado cogió su brazo y con un gesto
silencioso le instó a salir con ellos.
—De la que te has librado, Nuno. Anda, tira para afuera y que no se te
vea el pelo por aquí en unos días.
El chico obedeció y los tres se quedaron en la puerta de las
dependencias de don Florencio.
—Pues os digo una cosa, es evidente que está poseído, porque esa
locura y esa maldad no son muy normales —dijo Gregorio.

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—No se crea, padre. Él ya era así habitualmente.
—No me jodas. A ver si es él quien ha poseído a un desdichado
demonio —comentó Gregorio riendo y buscando la complicidad de los
dos gemelos, encontrándola sólo en uno de ellos.
—¿Qué ha sido ese ruido? —preguntó la señora de la casa,
aproximándose con premura hacia ellos.
—Nada, señora —dijo el cura—, que su marido le ha volado la cabeza
al oso; lo normal, por lo visto.
—¿Cómo lo ve, don Gregorio?
—Le cuento, doña Virtudes —expuso llevándola a un aparte—: Muy
centrado no parece que esté, pero primero habría que descartar
problemas médicos, ya sabe.
—Ya han venido los mejores doctores de España y ninguno sabe qué le
está pasando. No le hubiera hecho venir a usted de no haber descartado
el resto de posibilidades.
—Bien. Ese aspecto es uno de los que hay que justificar antes de
solicitar un exorcismo oficial y ahora mismo yo…
Gregorio estaba a punto de confesarle a Virtudes su reciente
desposeimiento de la facultad de ejercer el exorcismo, pero ella le frenó
y él consideró que prescindiría de ponerla al tanto, dado el cariz de la
petición que siguió:
—¿Pero no lo entiende, padre? Esto debe de ser extraoficial. No
queremos que se entere ni la Iglesia.
—Pero no tengo yo la certeza de que don Floren…
—Mire, le he oído hablar en idiomas que ni sé cuáles son, le he visto
tirar La Biblia por la ventana y el otro día cogió del cuello a un empleado
de cien kilos y lo levantó con una mano. ¡Ya ve usted, un hombre de 64
años que pesa setenta kilos y no ha hecho deporte nunca, más allá del
golf!
—Son evidencias abrumadoras, pero yo no las he presenciado.
—¿Pero confía usted en mí?
—La verdad es que sí.
—Pues haga lo que tenga que hacer.
—Bueno —dijo Gregorio pensativo—, en primer lugar necesitaría mi
maletín y mis cosas, también necesito a un sacerdote que me ayude

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pero, claro, teniendo en cuenta que será un exorcismo bajo cuerda eso
va a estar difícil.
—Mire, padre, pongo a su disposición toda nuestra organización,
todo nuestro dinero, nuestros medios, nuestra influencia… Cualquier
cosa que pida se le proporcionará o se le ayudará a conseguir. De
momento estos dos hombres estarán con usted, a su servicio, las 24
horas del día —dijo señalando a los dos gemelos para que ellos la oyeran
—. Lo que necesite se lo pide a ellos, a Gabriel o a mí personalmente. Se
lo ruego, tenemos que salvar el alma de mi marido, cueste lo que cueste.
—Así sea, señora —concluyó Gregorio estrechando su mano y
acercándose a los fortachones.
Consideraba que en aquel hombre quedaba poca alma que salvar,
pero su cometido era intentarlo. El destino le pedía que hiciera lo que
mejor sabía y él no iba a dejarlo pasar. Comenzaba así, pues, el
exorcismo de don Florencio Sánchez de Castro y Valdivia.

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4
El cura indestructible

NUNO SALIÓ DE LA MANSIÓN ASUSTADO Y ENFADADO Y PAGÓ SU FRUSTRACIÓN PEGANDO


una patada en el suelo. «Maldito loco, que casi me pega un tiro», pensó
mientras daba un segundo puntapié a un canto rodado que impactó
contra una lavanda en flor. Una abeja que libaba alegremente el dulce
néctar de aquel pimpollo violeta, se sobresaltó por el impacto de la
piedra y emprendió el vuelo, alejándose del jardín.
Una vez recuperada del susto, giró sobre sus alas y se dirigió de nuevo
a la frondosa entrada de la mansión para seguir con su labor junto a sus
compañeras, pero el destino parecía tener planes diferentes para
nuestra simpática apoidea. Al dar la vuelta pudo ver a un abejaruco que
se aproximaba a ella con funestas intenciones y, con un milagroso
escorzo, pudo evitarlo. Se dejó caer en picado, buscando el abrigo de
unos matorrales que bañaban toda la loma de la montaña. Sabía que el
pájaro no se iba a dar por vencido y así fue; lo pudo ver oteando la
maleza con su implacable y perfecto vuelo. Era cuestión de segundos
convertirse en alimento para el abejaruco, pero el oportuno y ruidoso
revoloteo de un abejorro desvió la atención del ave que emprendió la
persecución de aquella otra presa más suculenta. La abeja,
desconocedora de tan afortunada vicisitud, siguió volando presa del
pánico montaña abajo hasta que se alejó del bosque y surcó el aire sobre
una plantación apenas brotada.
Siguió aleteando absolutamente desorientada con el objetivo de
encontrar el rastro de su rebaño, pero no hizo sino alejarse cada vez
más. Pasó sobre un terreno yermo, gris e interminable, donde unos
ruidosos y veloces cacharros gigantes expulsaban gas venenoso y
emitían sonidos que la desconcertaban aún más. Se posó sobre una
farola y descansó un buen rato hasta seguir. Se hizo la noche absoluta y
la abeja perdió la noción del tiempo y la esperanza de encontrar a sus
iguales. Vagó y vagó, batiendo sus alas sin rumbo fijo hasta que comenzó
a desfallecer.

Fue descendiendo por su debilidad, encontrándose a pocos metros del


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Fue descendiendo por su debilidad, encontrándose a pocos metros del
suelo, cuando una gran máquina pasó a su lado y una ventanilla bajada
la succionó. Golpeó contra la cara del conductor de un camión de basura
y rebotó, agarrándose a su cuello. La abeja se supo vencida y, con su
último hálito de vida, decidió cometer un acto suicida. Clavó su aguijón
en el cuello de aquel hombre, dejándolo incrustado y destrozando sus
propias entrañas cuando tiró de su abdomen hacia fuera. Una mano la
aplastó y el conductor perdió el control de su vehículo, saliéndose de la
carretera.
Dos fueron las víctimas en ese accidente.

Después de hablar con doña Virtudes y aceptar su petición, Gregorio


divagaba andando por la mansión, seguido por los dos aguerridos
hermanos gemelos, hasta que se detuvo y se dirigió a ellos:
—Como no pienso aprenderme vuestros nombres, os voy a llamar
Mork y Plork.
—Yo me pido Mork —dijo Mork.
—Tú eres tonto —dijo Plork.
—¡Cállate, Plork! —dijo Gregorio.
El sacerdote puso sus manos en la espalda y caminó pensativo
andando en círculos, inclinado hacia adelante.
—Vamos a ver, a partir de ahora vosotros seréis mis adláteres y diréis:
«¿Qué coño significa eso?». ¡Da lo mismo! Porque llevaba años
queriendo usar esa palabra. Así que oír, ver y obedecer. Era así, ¿no?
—Oír, ver y callar, jefe —dijo Mork, siendo fulminado con los ojos por
su hermano.
—Exacto. Nos vamos entendiendo, Plork.
—Yo soy Mork.
Plork se echó una mano a la cara.
—Lo sé. Te estaba poniendo a prueba. En primer lugar necesito una
caja de agua Fontvella para bendecir… ¡Qué digo una caja! Una caja de
Fontvella, otra de Solán de Cabras y una de Vichy Catalán; con gas, para
que le pique al muy cabrón.
—Padre, que es don Florencio —protestó Plork afeándole el detalle.
—Ya, hombre, no nos estamos refiriendo a él sino al demonio que lo
posee, ¿verdad? —dijo Gregorio, con media sonrisa picara, dándole

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codazos a Plork. Éste se apartó y sacó el teléfono para pedir el agua
demandada por el cura.
—Ahora tenemos que ir a mi casa a por mis cosas y después a buscar
un ayudante para el exorcismo, así que pongámonos en marcha.
Comenzaba a anochecer cuando salieron de la casa. Se subieron a un
coche negro, que pareciera de una gama mañosa de vehículos de alto
standing, a cuyos mandos se puso Plork. Gregorio se sentó en el asiento
del copiloto y Mork en la parte trasera, algo contrariado. Emprendieron
la marcha afrontando primero el camino interior y después la remota
carretera de montaña hasta llegar a la autovía.
—¿Dónde es, padre?
—Ve tirando hacia el Barrio de Quintana, que ya te digo yo. Y me
podéis llamar Gregorio o don Gregorio. Goyo o Goyete nunca; eso es
para mis amigos íntimos.
El sacerdote se puso cómodo, encendió un cigarro y trasteó la radio
del coche.
—Entonces —comenzó a decir—, ¿qué tal la vida como empleados del
sindicato del crimen?
—Bueno, no nos podemos quejar. Pagan bien, nos tienen dados de
alta como guardaespaldas y, generalmente, es un trabajo tranquilo —
comentó Plork.
—Pero desde que don Floren está malo, es una mierda —dijo Mork—.
Están todos paranoicos. Nos pusieron en estado de alerta y estamos
atrincherados entre la mansión y el centro de operaciones, una nave en
el polígono industrial de…
—Podrías callarte —le increpó su hermano.
—Vamos a ver qué es lo que no entiendes —le dijo Gregorio con
autoridad—. Yo, ahora mismo soy el cura de la familia y el que manda
aquí. Tengo acceso de nivel cinco a toda la información y a todos los
medios de la organización.
—¿Qué es eso de nivel cinco? —preguntó Plork.
—¡Que a mí no se me oculta nada! Parece que no habéis visto una
película de espías en vuestra puñetera vida. En fin, que no debe haber
secretos para mí. Otra cosa: ¿Os habéis dado cuenta de que cerca del
despacho de don Floren hay una coqueta con tres cajones? Pues el de
arriba estaba medio abierto.

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—¡No jodas! Plork, da la vuelta.
—¡Ajá! Eras tú el del cincuenta por ciento. Macho, hay que mirarse
ese TOC.
—¿Qué es un TOC? —preguntó Mork.
—Trastorno Obsesivo Compulsivo; lo que tú tienes. Te preocupa el
cajón porque tienes la cabeza hecha ceniza.
—¿Pero estaba abierto?
—¿Qué más da? La clave es que tienes que comprender que importa
un pimiento.
—Ya, pero mira que si estaba abierto… Plork, podríamos volver para
asegurarnos —dijo nervioso.
—¿Pero por qué sigues llamándome Plork? —le recriminó su
hermano—. ¿Se da cuenta de lo que ha hecho, don Gregorio?
El sacerdote se giró hacia el asiento de atrás, donde a Mork le habían
empezado a sudar las manos y se las frotaba compulsivamente.
—Venga, cálmate, Mork, que lo he dicho por provocarte. Te juro que
el cajón estaba completamente cerrado.
—¿De verdad?
—¡Coño, y tanto! Un sacerdote jurando; no sé qué más pruebas
necesitas. Sal por el siguiente desvío —indicó al conductor—. Por allí
hay una hamburguesería de las que te atienden desde el coche, porque
habrá que cenar, ¿no?
Mork y Plork afirmaron satisfechos.
—Ya veréis como soy un jefe muy enrollado —concluyó Gregorio.

Tomaron unas hamburguesas y unos refrescos de un restaurante de


comida rápida y siguieron su camino. Bajaron por la carretera M30
hasta el Puente de Ventas y giraron a la izquierda para continuar por la
Calle de Alcalá hasta las inmediaciones del Barrio de Quintana, donde
bullían los grupos de gente en la calle, aprovechando que en aquellas
noches de mediados de junio todavía refrescaba.
—Tira por la siguiente a la izquierda y ve buscando aparcamiento —
indicó Gregorio a quien ejercía de chófer, que ahora era Mork.
Estacionaron el coche, tras diez minutos dando vueltas, y Gregorio
los invitó a subir a su casa. Entraron a un destartalado bloque de pisos en
cuyo portal había un joven mercadeando con sustancias ilegales que, al

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ver a los dos hombretones trajeados, intentó engullir la mercancía
pensando que eran policías y se atragantó aparatosamente. Tras unos
golpes suaves de Gregorio en su espalda y violentos cuando tomó el
relevo Plork, el muchacho pudo volver a respirar entre arcadas y
lágrimas. «Tómatelo como un aviso divino, para que dejes de delinquir»,
le dijo Gregorio tras obligarlo a irse, so pena de ser acribillado por uno
de sus hombres.
—Porque supongo que tenéis pistola, ¿verdad? —les preguntó
subiendo las escaleras que conducían hasta su piso en la tercera planta.
—Sí, mire —dijo Mork mostrando una pistola Glock 9 milímetros que
vio Gregorio y la cotilla del segundo, que se había asomado por el
revuelo en el portal.
—Buenas noches, doña Carmen —dijo Gregorio ante el pasmo de la
señora.
Llegaron a la vivienda de Gregorio, que sacó un manojo de llaves y
comenzó a abrir cada una de las cuatro cerraduras que sellaban su
puerta, hasta que, con el último giro, la hoja quedó libre para dar paso a
un humilde apartamento.
—Toda precaución es poca. Adelante —dijo extendiendo su mano.
—Se había dejado la luz encendida, don Gregorio —apuntó Plork.
—Es la luz de los ladrones; ya sabéis, para que se crean que hay
alguien dentro. De hecho, la tele también la dejo puesta. Ahí la tenéis —
dijo entrando a un pequeño salón comedor—. Poneos cómodos mientras
me cambio y cojo mis cosas. Hay cerveza y Monster en la nevera.
Gregorio se retiró a su dormitorio y los gemelos se quedaron en el
salón, tras haber hecho escala en el frigorífico, uno sentado en el sofá
viendo la televisión y el otro curioseando las estanterías.
—¡Tiene usted una colección guapa de películas, don Gregorio! —
exclamó Plork cogiendo un DVD.
Mork sostenía una lata de Monster y cambiaba de canal, primero
seleccionando canales impares y después pares. Un jaleo de cajones,
puertas de armario y cacharros golpeando el suelo desde la habitación
del sacerdote, precedieron su salida triunfal a la sala principal.
—Ahora sí que parezco un jodido exorcista como Dios manda —dijo
Gregorio llevando su maletín en una mano, un crucifijo de metal en la

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otra y ataviado con sotana, alzacuellos y un sombrero de teja que
sesgaba sobre su cabeza.
—Desde luego ahora sí parece un cura —comentó Plork mostrando un
marco de fotos que sostenía en sus manos—. ¿El que está con usted en
esta foto es el Papa?
—En efecto, amigo. Es de cuando él era un simple obispo. ¿Quién te
crees que lo puso donde está?
Gregorio soltó el maletín y comenzó a blandir el crucifijo como si
fuera un nunchaku, haciendo diferentes malabares y pasándolo por
encima del hombro, para cogerlo con la otra mano por debajo de la axila,
mientras emitía un remedo de gritos de kung fu.
—¿Estoy o no estoy en forma? —dijo faltándole el resuello.
La melodía de un teléfono móvil interrumpió la exhibición. Plork lo
sacó del bolsillo y contestó:
—¿Diga? Sí, enseguida. Es Gabriel —dijo a Gregorio.
—¿El arcángel?
—El abogado.
—Ah, sí. Qué quiere.
—Me pregunta que qué quiere —dijo Plork a su interlocutor.
Una serie de palabras incompresibles, pero elevadas de tono, se
dejaban escuchar hasta para las dos personas que no tenían el aparato en
la oreja. Gregorio se acercó y le arrebató el teléfono a Plork.
—A ver, bien peinado, qué te pasa… No, no, para el carro. Yo te voy a
dar las explicaciones que considere oportunas, ni una más. Iré cuando
tenga que ir, haré lo que tenga que hacer y si tienes algún problema ve a
llorarle a doña Virtudes. Mientras tanto, y parafraseando tus propias
palabras de esta tarde en el coche: ¡Cállate de una puta vez!
Gregorio colgó el teléfono, levantó la mano y lo dejó caer a modo de
rapero que acaba de humillar verbalmente a su adversario. Plork lo
cogió al vuelo y Gregorio comenzó a andar por la sala como lo haría un
«gangsta» afroamericano que se pavonea por alguna calle de Brooklyn.
—Un «madafaca» nuevo ha llegado a la ciudad, pequeños.
Ambos hermanos coincidieron en celebrar la salida de tono del
sacerdote.
—Bravo, don Gregorio, no sabe qué ganas teníamos de que alguien le
cantara las cuarenta a ese estirado.

—Sí, sienta de puta madre. Ahora vamos a tranquilizarnos, que os


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—Sí, sienta de puta madre. Ahora vamos a tranquilizarnos, que os
voy a explicar el plan —dijo Gregorio acercando una silla a la mesa
camilla, sentándose y encendiendo un cigarro.
Plork vio en el suelo unas hojas de papel dobladas y envueltas de
forma curiosa en plástico transparente, que habían caído desde el
interior de la sotana al hacer Gregorio su grotesca exhibición. Apenas
recogió la carta plastificada del suelo, Gregorio le dio un manotazo y se
la arrebató de malos modos, diciéndole «no la toques nunca» y
guardándola con mirada furibunda en el bolsillo de su camisa,
remangando su sotana. Se centró y siguió hablando:
—A ver, ahora necesitamos a un sacerdote que me ayude con el
exorcismo. Como ya sabéis, toda esta operación tiene que ser secreta; ni
la Iglesia ni la prensa deben saber nada. Eso nos pone en un brete de
mucho cuidado; no puedo llegarle a don Jesús, párroco de la Iglesia de
Santa Bárbara, hombre pío que si no alcanza ya la santidad, la está
rozando y que las únicas hostias que ha repartido en la vida son las del
domingo en la boca o mano de sus feligreses, y decirle: «tío, vente al
exorcismo ilegal de un puto mafioso». Me vais siguiendo, ¿no?
Los gemelos asintieron.
—Bueno, pues entonces hay que recurrir a otro tipo de cura, uno que
sea un cabrón redomado y chantajeable; y tengo el candidato perfecto:
Ricardo Linde. Éste es un párroco de una iglesia de aquí, de Madrid,
dado al juego y al escarceo ocasional con chicas de alterne. Un golfo y un
sinvergüenza con todas las palabras. Yo conozco sus pecados y puedo
utilizarlos para extorsionarle y obligarlo a acompañarme sin decir ni
«mu». Por tanto, si nadie tiene nada que añadir, vamos a por él.
Salieron del piso, habiendo dejado luces y televisión encendidas,
caminaron hasta el coche y se dirigieron hacia un barrio en las afueras
de Madrid. Tras asegurarse de que el sacerdote que buscaban no estaba
en su casa parroquial, rondaron por los bares de la zona, los clubes y las
salas de juego. Gregorio bajaba del coche, daba una vuelta por el local de
turno y volvía ciscándose en algún nombre del santoral.
—Dónde se habrá metido este tío… Para allí delante —dijo señalando
una sala de juego con aspecto turbio—. Debe de ser el último sitio que
nos queda por mirar. Esperad, que ya vengo.
Se apeó, cruzó la calle, entró y volvió a salir en menos de cinco
segundos con una complacencia evidente en su cara, montándose de

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nuevo en el vehículo.
—Lo encontré. Si sabía yo que éste…
—Y qué hacemos ahora —preguntó Plork.
—Pues de momento —dijo Gregorio pensativo—, aprovechando que
es un apostador degenerado, vamos a sacarle los cuartos y para ello voy a
usar vuestra duplicidad. A ver, intercambiemos teléfonos.
Gregorio apuntó los números de teléfono de sus dos esbirros y ellos
hicieron lo propio.
—Tú, Mork, vas a entrar conmigo.
—Yo soy Plork —corrigió.
—Vaya, hombre, me gusta que por fin estés asumiendo quién eres —
dijo Gregorio entre las risas de Mork—. Pues eso, tú entras conmigo y tú,
Mork, esperas en la puerta. Cuando yo te haga un llama-cuelga, entras
también. ¿Entendido?
—Vale, si usted lo dice.
—Que nos quede claro que no puede vernos nadie sacarlo por la
fuerza, así que hay que convencerlo para salir. Y una cosa más: No os
dejéis engañar por su aspecto ni por el hecho de que sea cura; ese tío es
un tipo duro. Ha estado en misiones y guerras por todo el mundo, ha
bregado con los mejores y bebido con los peores. Ha sobrevivido a
atentados bomba, puñaladas y tiros y no parece haber manera de acabar
con él. Una vez me contaron que se operó del apéndice él solito con un
machete y una botella de anís Machaquito; que yo no sé si será verdad,
pero siendo él me lo puedo creer perfectamente. Así que nada de
confiarse.
Hizo un silencio para comprobar que los dos estaban mentalizados y
abrió la puerta del coche.
—Ea, pues vamos para adentro.
Entraron en un local que tenía un cartel luminoso tan mellado que
era prácticamente imposible descifrar su nombre. Atravesaron la
primera puerta, donde un gorila no tan grande como Plork les abrió la
segunda. El local era oscuro y tenía un suelo de grandes baldosas negras
y paredes de moqueta gris, donde formaban en fila las máquinas
tragaperras. Al fondo había una barra de bar sobre la que andaba una
chica en paños menores y a su izquierda una barra vertical en la que se
contoneaba otra cuyos paños, más que menores, eran inexistentes.

—Vaya, esto es un todo en uno —dijo Gregorio—. ¿Ves a aquel que


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—Vaya, esto es un todo en uno —dijo Gregorio—. ¿Ves a aquel que
bebe de un cubata sentado en la penúltima máquina de la derecha? Es
nuestro hombre. Vamos para allá.
—Siempre supe que eras un apasionado de la fruta —le dijo Gregorio
al verlo juntar dos sandías con una pera en el panel luminoso.
—¡Gregorio! —exclamó Ricardo girando la cabeza—. ¿Qué haces tú
aquí? ¿No tienes a ningún curilla de pueblo al que mandar al
manicomio?
—Caramba, las noticias vuelan.
—Ya sabes cómo va esto —dijo riendo como un orangután—. Aquí
Dios es el último en enterarse de todo.
—Te voy a ser franco. Ese chico era un blandengue y no pudo soportar
la presión, por eso necesito a alguien como tú, curtido en mil batallas.
—¿A mí? ¿Para qué? Anda y déjame en paz, que yo estoy muy
tranquilo como estoy —comentó abruptamente, volviéndose de nuevo
hacia la tragaperras.
Ricardo era un hombre corpulento y barrigón, que aparentaba
cualquier cosa menos ser un valido de Dios. Llevaba una camisa abierta
hasta el ombligo, dejando ver la pelambrera de su pecho y un medallón
de la Virgen de Regla. En su mano izquierda destacaba un voluminoso
reloj plateado y en la derecha una uña del meñique larga y sucia. Su cara,
llena de cicatrices y marcas, lucía los estragos de una cepa de viruela que
mató a todos los habitantes de una aldea en África menos a él, que
después de retorcerse con fiebres y úlceras durante un mes y medio,
salió del hospital de campaña por su propio pie. Ahora estaba jugando a
una máquina tragaperras medio borracho y Gregorio debía tratar de
convencerlo:
—No puedes rechazar mi propuesta sin escucharla antes. Mira,
hacemos una cosa: te apuesto ahora mismo y aquí trescientos euros. Si
ganas te los doy y me voy. Si pierdes sueltas la gallina y sales a que te
haga la propuesta.
—¿Y en qué consiste la apuesta? —preguntó Ricardo interesado.
—Este muchachote que tengo aquí al lado se va a ir al lavabo del
fondo, voy a chasquear los dedos y va a entrar por la puerta de la calle.
—Espera, espera —dijo Ricardo—, que no me fío de ti. ¿Dices que se va
por el fondo y entra por la puerta? Claro, igual hay una puerta trasera en
el baño o sale por la ventana.

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—Tú sabes que no hay puerta —dijo Gregorio simulando conocer el
local— y ya me dirás si el bicho este cabe por la ventana de un baño.
Además no le daría tiempo, porque va a ser en dos segundos.
Ricardo se quedó pensativo en tanto que Gregorio le pedía trescientos
euros a Plork.
—Don Gregorio, no me joda —dijo contrariado, cosa que hizo
decidirse a Ricardo.
—¡Trato hecho! —exclamó buscando en su cartera.
Plork le dio el dinero a Gregorio y éste lo puso sobre la máquina, junto
al de Ricardo.
—Venga, pues ve hacia el lavabo —le ordenó mientras marcaba con
disimulo en su móvil.
—A ver que yo lo vea —dijo Ricardo levantándose y siguiéndolo con la
mirada.
Plork desapareció por la puerta del aseo, ambos se dieron la vuelta
para mirar hacia la entrada y Gregorio chasqueó los dedos.
Transcurrieron treinta segundos pero por allí no entraba nadie.
—¿Qué quiere? —tronó una voz tras ellos, que les hizo respingar.
—¡Coño, Plork, qué susto, me cago en tu puta madre! —le recriminó
Gregorio, que acababa de comprender que se había equivocado de
hermano al marcar.
—Ja, Ja, Ja —carcajeó Ricardo—. Has perdido.
—Ni se te ocurra tocar el dinero —le dijo—. No he dicho que fuera a la
primera. Anda, vete al baño otra vez.
En esta ocasión sí marcó el número correcto y nada más darse la
vuelta y chasquear, apareció Mork por la puerta de la calle, dejando
boquiabierto a Ricardo:
—¡La Virgen! ¿Cómo lo has hecho, Gregorio?
—Fuerzas oscuras, amigo —le respondió cogiendo el dinero—. Vamos
para la calle.
Salieron del local y se dirigieron al coche, donde Gregorio invitó a
entrar a Ricardo que, a regañadientes, aceptó y se montó en el asiento
trasero junto a Mork.
—¿Y quién conduce? —dijo Ricardo.
—Ese que está cruzando la calle —le dijo señalando a Plork, que
acababa de salir del antro.

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—¡Me has engañado, cabronazo! ¡Devuélveme el dinero!
—Me temo que no es posible. Mork, enséñale la pipa al padre Richard
para que se tranquilice.
Plork entró en el coche y Gregorio le instó a llevarlos a algún lugar
apartado. Condujo, entre los reniegos de Ricardo, hacia una zona oscura
en las afueras y se detuvo sobre un puente que pasaba por encima de una
autovía. Todos bajaron del coche y Gregorio le ofreció un pitillo a su
colega.
—Mira, Ricardo, lo que te voy a ofrecer es una oportunidad de
redimirte y, de paso, ganar algún dinerillo.
Ricardo comenzó a hacer aspavientos y a vociferar malhumorado,
alejándose del coche. A Gregorio no le preocupó que se distanciara
porque sabía que cualquiera de los hermanos lo podría perseguir sin
dificultad. «Que se desahogue», pensó.
—¡A mí nadie me secuestra y menos tú, un loco que se cree el puño de
Dios o algo así! ¡Habrase visto! ¡Tú no sabes bien con quién estás
tratando! ¡Yo tengo unos cojones que no caben en la mierda de maleta
esa que llevas a tus teatrillos!
Gregorio y sus secuaces miraban atentos cómo el hombre profería
todo tipo de soflamas e insultos, aguardando pacientemente a que se
tranquilizara.
—¡Te crees importante, pero te digo una cosa! —le dijo a Gregorio
señalándolo con el dedo—: No hay quien pueda conmigo. Yo voy a
enterrarte a ti, a ti y a…
No le dio tiempo a señalar a su última víctima porque un camión de
basura que pasó junto a ellos se desvió misteriosamente y embistió a
Ricardo, lanzándolo por encima de la barandilla del puente. Se
asomaron veloces para ver cómo caía, desde unos veinte metros, sobre
la autovía y era atropellado por un tráiler primero y un coche después,
que se lo llevó enganchado, perdiendo el control, estrellándose contra
un bolardo de hormigón y explotando.
—Manda cojones —comentó lacónico Gregorio, viendo el amasijo
arder entre deflagraciones que despedían trozos de vehículo y, supuso,
trozos de Ricardo.
Le dedicó un santiguo y un «descanse en paz» mientras los tres
alternaban miradas hacia el estropicio y entre ellos. El conductor del

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camión de basura, que pudo frenar a tiempo para no caer también por el
puente, se bajó completamente pálido de su vehículo.
—¿Han visto lo que ha pasado? Me ha parecido atropellar algo.
—Nada, no se preocupe. Diría que era un jabalí —le explicó Gregorio.
—Menos mal. Es que me ha picado un bicho en el cuello y he dado un
volantazo sin querer. ¡Madre mía la que se ha liado allí abajo!
—Por nosotros puede estar usted tranquilo, caballero. Estábamos
echando un cigarro y no hemos visto absolutamente nada. Así que si yo
fuera usted, me iría tranquilo a descansar, que seguro que se lo ha
ganado.
El hombre se fue rascándose la cabeza hacia su cabina y Gregorio,
Plork y Mork montaron en el coche.
—A ver de dónde saco yo un cura vivo a las dos de la mañana —expuso
Gregorio apesadumbrado—. Muchachos —dijo—, me sobra una
habitación con dos camas. Vamos a dormir; ya se me ocurrirá algo.
El camino de vuelta hasta el apartamento transcurría en completo
silencio; ni siquiera Gregorio, habitualmente locuaz, decía palabra
alguna. Miraba callado ora su móvil, ora una pequeña agenda, mientras
se frotaba la barbilla. Mork daba cabezadas en el asiento trasero y Plork
conducía diligente y sereno. Finalmente el sacerdote tomó la palabra:
—Me da muy mala espina todo esto. Algo maligno no quiere que
luchemos contra lo que sea que posee a don Floren. En el casoplón casi
me mata un oso disecado en extrañas circunstancias y por una serie de
casualidades que podrían parecer fruto del azar. Ahora perdemos al que
iba a ser mi ayudante en una situación no menos extravagante. Claro,
que con él ha tenido que cebarse para asegurar el deceso, porque ese tío
era casi indestructible; de ahí el atropello, caída, atropello, nuevo
atropello, explosión e incineración. No se ha andado con
contemplaciones la Parca. Supongo que habréis visto la peli Destino
final.
Ninguno contestó. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Plork, que
tragó saliva mirando de soslayo a don Gregorio, quien siguió hablando.
—El caso es que voy a poner en serio peligro a quien coja para
ayudarme. En este caso tampoco se ha perdido mucho, porque Ricardo
era un cafre y una mala persona, pero he de elegir al próximo candidato

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con cuidado, sabiendo que la muerte le pisará los talones en cada
momento. No puedo hacerle eso a un buen cura.
Volvió a abstraerse en sus pensamientos mientras Plork conseguía
estacionar el coche a un par de calles de la vivienda de Gregorio.
Anduvieron hasta el bloque, subieron y entraron en el piso, parándose a
recapitular en el salón. Gregorio cogió una cerveza y se sentó a la mesa.
—Tengo una idea —dijo sacando el teléfono móvil y marcando.
—Diga.
—Sí, Bandicoot, qué haces.
—Aquí, jugando online. ¿Y usted?
—Nada, echando cañas con unos amigos. Mira, necesito tus servicios
de jáquer.
—¿Para su página?
—No, es otra cosa. Te voy a mandar mi código de acceso para una web
interna del Vaticano. De esa forma podrás entrar y consultar mucha
información restringida para cualquiera, pero hay algo a lo que ni yo
tengo acceso: es un listado en la sección de personal que debería de
poner «reasignaciones»; ahí habrá una serie de nombres. Necesito los de
la Comunidad de Madrid.
—¿Y cómo hago yo eso, don Gregorio?
—No lo sé, yo no soy pirata informático; pero también te digo que la
seguridad digital del Vaticano no es de élite precisamente, porque son
unos tacaños y asignan muy poco dinero. No tiene que ser difícil para ti.
—Bueno, a ver lo que puedo hacer. Ya le diré algo.
—Pero te tienes que poner ahora. Es muy urgente. Si me lo haces esta
noche, mañana por la mañana nos vemos y te doy cincuenta euros.
—¿Cincuenta? Vaya mierda de tarifa.
—Que sean cien.
—Trato hecho. Mándeme el código.
—Enseguida. Adiós, adiós, adiós.
Gregorio colgó, mandó un mensaje a su informático, dejó el móvil en
la mesa y se volvió a dirigir a sus hombres.
—Os explico: La Santa Iglesia, en su afán por esconder sus trapos
sucios, y motivada por la escasez de sacerdotes, ha ido recolocando a
curas con sospechas de pederastia o actividades casi igual de
repugnantes, en lugar de encerrarlos en una mazmorra, que es lo que

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merecen. Me consta que algunos fueron reasignados aquí, en la
Comunidad de Madrid, pero no sé quiénes son. Cuando lo averigüe,
tendré una fuente de sacerdotes prescindibles a los que no me importará
en demasía si Satanás les mete una cruz por el ojete. ¿Entendéis?
—Me parece brillante, don Gregorio —dijo Mork.
—Y si el Demonio no se los carga, lo haré yo —dijo Plork
malhumorado.
—No seré yo quien te detenga, hijo. Por cierto, es de justicia repartir
lo que le hemos sacado a ese patán.
Gregorio sacó un fajo de billetes y puso cien euros delante de cada
hermano.
—A partes iguales; para que veáis que soy legal.
—Pero, un momento —reclamó Plork—. ¿Y los trescientos euros que
he puesto yo?
—Eso anótalo como gastos, porque supongo que se los irás pasando al
bien peinado, ¿no?
—Claro.
—Pues nada, apunta en la libretilla.
—En la libretilla dice —murmuró Plork sacando el teléfono móvil.
—Ahora vamos a dormir, que mañana será un día largo. Ahí en la
puerta de la derecha del pasillo tenéis vuestro cuarto; el baño está al
fondo. Buenas noches —dijo Gregorio retirándose a su habitación.

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Animales nocturnos

LAS SOMBRAS DE LA NOCHE SE HABÍAN CERNIDO SOBRE LA MANSIÓN SÁNCHEZ UNOS


minutos después de inundar el valle que se apostaba a sus pies. En el
interior de la casa una calígine casi imperceptible, extraña y gélida, se
apoderaba de cada rincón; acariciaba las hebras de los tapices que
vestían habitaciones olvidadas, mecía con delicadeza perniciosa las
excesivas lámparas, dirigía la danza de llamas de las velas que la Doña de
la casa había dispuesto en un altar ante el retablo de la capilla. Al cabo de
los pasillos sepultados por la penumbra y al principio de cada momento,
una zozobra gobernaba el ánimo de quienes guardaban la paz de los
ricos.
Sergei lo notó cuando patrullaba la nave principal y el vello de sus
brazos se sublevó, precediendo a la sacudida de un escalofrío que le hizo
contorsionar la espalda. Ya se había acostumbrado a los sobresaltos que
le producía la visión repentina de alguna estatua, pero aquella sensación
le atenazaba y secaba su garganta. Llamó por radio a su compañero
Fiodor que le confirmó, en perfecto ruso, que todo estaba tranquilo por
su zona. Tras refugiarse en el consuelo de una voz amiga, se volvió a
ceñir el subfusil y continuó caminando por el recodo que torcía a la
derecha para enfilar el ala de la casa donde estaban la sala de reuniones y
las dependencias de don Floren, en busca del soldado que hacía guardia
permanente en la puerta del despacho. Cuando se hubo acercado a la
distancia necesaria para divisarlo, su ausencia le preocupó. Llegó hasta
el mismo quicio y se detuvo mirando en ambas direcciones, sin atisbos
de su compañero Vladimir. Volvió a recurrir a la radio, esta vez para
saber dónde estaba el hombre que no debía abandonar su posición bajo
ninguna circunstancia, teniendo la orden de avisar para ser
momentáneamente relevado cada vez que necesitara ausentarse para ir
al baño o a tomar un refrigerio. Avisó por radio pero sólo obtuvo una
maraña de ruido por respuesta; ajustó la frecuencia y volvió a
intentarlo. No hubo éxito. Nadie respondía y sintió una sensación de
abandono que desconocía. Sergei comenzó a sudar.

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Pensó que su compañero podría haber entrado en el despacho
reclamado por don Floren y se giró para agarrar el pomo de la puerta,
pero nada más tocarlo una sombra pasó veloz a su espalda,
produciéndole un repullo que le hizo darse la vuelta y poner su arma en
posición defensiva. Se frotó los ojos en un intento de comprender lo que
había visto; algo parecido a una persona había pasado a su lado
corriendo como un animal, apoyado sobre sus manos y sus pies a una
velocidad sobrehumana. Anduvo titubeante en la dirección en la que
había huido aquella cosa y al final del corredor comenzó a divisar una
figura erguida. Tenía las piernas parcialmente abiertas y pudo
distinguir sus ojos mirándolo con la cabeza gacha. En su mano izquierda
portaba algo parecido a una urna. «¡Quién es!», gritó Sergei con voz
temblorosa. La figura no contestó y dos pasos después pudo distinguir a
don Floren, completamente desnudo, con su horrible cuerpo salpicado
de algo oscuro y una sonrisa amplia y terrible. Sus ojos brillaban en las
tinieblas con un fulgor ámbar que pareciera clavarse en el alma del
soldado. «Don Floren, qué le pasa», dijo antes de proceder con un último
intento de contactar por radio: «Vladimir, ¿estás ahí? Vladimir,
contesta». Y Vladimir llegó a su posición aunque no en su totalidad,
como pudo ver al tropezar en sus pies la cabeza que había hecho rodar
don Floren desde su mano. El pánico paralizó la garganta de Sergei,
impidiéndole gritar, pero no levantar el arma y apuntar a la estantigua
que avanzaba implacable hacia él. Sabía que no debía disparar, que
debía dar la vida por proteger al Padrino, pero no estaba dispuesto a
morir decapitado por aquel monstruo y apretó el gatillo. El arma se
encasquilló y no salió ninguna bala del subfusil. Cuando agachó la
cabeza para intentar solventar el problema ya era demasiado tarde; una
mano atravesó sus entrañas y le arrancó el corazón.
Virtudes corrió asustada cuando al amanecer le avisaron de la
carnicería que evidenciaban los trozos de cuerpos y la sangre esparcida
por doquier. Entró en el despacho de su marido y la visión de dos cabezas
humanas colocadas a ambos lados de la mesa de caoba le hizo emitir un
desgarrador alarido. Entró al dormitorio y sobre la cama observó a don
Floren yaciendo entre vísceras y sangre. Balbuceaba palabras
incomprensibles y se retorcía medio catatónico. Virtudes se acercó y
cogió su rostro áspero por la sangre seca entre las manos.

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—¿Qué te pasa, amor mío? ¿Por qué haces estas cosas?
Comenzó a sollozar desconsoladamente con la cabeza hundida en el
pecho de su marido, que no hacía nada salvo babear con los ojos
ausentes. Gabriel entró en la habitación con varios asistentes y ordenó
que se la llevaran. A duras penas pudieron desprenderla del hombre que
parecía haber perdido la razón irremisiblemente. Doña Virtudes salió
del brazo de dos soldados que la llevaron a la cocina y atendieron la
orden de Gabriel de administrarle algún calmante.

Gregorio se despertó con los primeros rayos del alba, que entraban,
inclementes, por su ventana entreabierta. La cerró, más que por la luz,
por el ruido de la barabúnda de coches y gente que iban saliendo del
hormiguero para procesionar en fila hacia sus destinos. Se puso la parte
de arriba de su pijama de Batman y fue al lavabo a solventar los
menesteres matutinos. Cuando acabó se dirigió a la habitación donde
descansaban los hermanos gemelos. No pudo reprimir una sonrisa al
ver los pies de ambos sobresalir por la parte de abajo de las camas.
«Seguro que Blancanieves no tenía este problema con sus enanos»,
pensó antes de subir la persiana bruscamente y comenzar a vociferar:
—¡A levantarse, haraganes!
—Joder, Gregorio, no sea usted cabrón y déjenos un rato más —
protestó Mork, enroscándose hacia un lado.
—¡Y un huevo! Venga, que hay mucho que hacer.
Gregorio dejó la puerta abierta y sintonizó Rock FM a máximo
volumen en el equipo de música del salón, para ayudar a desperezarse a
sus muchachos. Guardó su sotana, su sombrero y algunas mudas en una
maleta y se puso una camisa de diario rematándola con alzacuellos. Se
sentó a leer el periódico digital en su tableta, con los auriculares puestos
para no quedarse sordo con los berridos que emitían los adustos
altavoces, mientras los dos hombres se turnaban en el baño. Tras unos
estruendosos quince minutos, Plork salió al comedor seguido al instante
por su hermano y se tomó la libertad de bajar el volumen de la radio.
—Si no le importa, don Gregorio…
—Nada, quítalo del todo si quieres; era para motivaros. Si ya os habéis
lavado los dientes y quitado las pitarras, vamos a desayunar —dijo

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poniéndose en pie, ataviándose con unas gafas de sol pequeñas y
cuadradas y ordenando a Mork que llevara su maleta.
Caminaron hasta el coche para dejar el equipaje de Gregorio y se
dirigieron andando al Bar de Alfonso.
—Vais a probar, pequeños «padawanes», el café más potente que el
ser humano haya conocido; desfibrilador lo llamo, porque te pega tal
hostia en el pecho que resucitaría hasta al más inerte de los corazones —
comentaba Gregorio por el camino—. Y servido con la simpatía y la
gracia del bueno de Alfonso.
—Buenos días, Alfonso —dijo al entrar al bar.
—Buenos serán para la putísima madre de todos los políticos —
respondió con los ojos puestos en la tele, donde el noticiario repasaba el
último consejo de ministros.
—Ponte por aquí lo de siempre, café solo y copa de coñac. A ver qué
queréis vosotros —dijo mientras avizoraba la selecta concurrencia.
Mork y Plork pidieron lo suyo y Alfonso, palillo en boca, comenzó a
hacer tronar la cafetera cuando le vino en gana. En un rincón había un
hombre pequeño, de unos cincuenta años, sentado a una mesa leyendo
un periódico a dos centímetros de sus gafas, de un grosor similar a la
ventanilla de un submarino. De vez en cuando cogía una libreta que
tenía a su lado y apuntaba unos misteriosos números, para volver al
periódico.
—Ese, muchachos, es el Flecha —dijo Gregorio a sus chicos—; un
cliente habitual. Viene todos los días, se sienta en la misma mesa y echa
la mañana con un café con leche mirando los periódicos. El hombre está
«más pacá que pallá» y ve menos que Pepe Leches, pero es muy querido y
respetado aquí. Un día a alguien se le ocurrió decirle tontico y se montó
una zapatiesta que hasta yo le pegué, por faltarle a nuestro Flecha. Así
que si alguien se mete con él tenéis mi permiso para darle una tunda.
Alfonso plantó tres cafés, una copa de coñac y un plato de porras en la
barra y volvió a su taburete a seguir viendo la televisión. La siguiente
noticia del informativo llamó poderosamente la atención de los tres
hombres y se giraron también para mirar la pantalla:

«Aparatoso accidente esta madrugada en la A-2 a la altura


de Canillejas. Varios vehículos se han visto involucrados en un
accidente en el que un turismo ha quedado calcinado,

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muriendo todos sus ocupantes. La policía baraja la posibilidad
de que el desencadenante fuera el intento de suicidio de un
varón de mediana edad que se arrojó desde un puente que
cruza la autovía en ese punto kilométrico. Su estado es de
coma inducido y se encuentra en la unidad de cuidados
intensivos del hospital, con pronóstico reservado».

—Que está vivo —susurró Gregorio echándose las manos a la cabeza


—. Ya os dije que el tío era duro.
—Si quiere, podemos mandar a alguien al hospital para que se ocupe
de él —dijo Plork.
—Cuando dices ocuparse de él —dijo Gregorio— te refieres a
desconectarle las máquinas, pegarle sesenta puñaladas, ahogarlo con
una almohada, inyectarle cianuro, rociarlo con ácido y luego meterle
fuego al hospital, ¿no? Porque ese cabrón, por lo visto, es imposible que
se muera. Y tengo mis dudas de que funcionara, porque por lo visto es
ignífugo.
—Usted dirá.
—No, mira, no le llegué a contar nada. Aunque despertara, que lo
hará, sólo podría decir que yo me lo llevé para hablar con él. No supone
un problema.
«Saoko, Papi, Saoko…»
—Es doña Virtudes. Ahora vengo —dijo Gregorio antes de descolgar el
teléfono y salir a la calle buscando algo de silencio.
Tras una conversación de cinco minutos, volvió a entrar en el bar y
volvió a pedir otra copa de coñac.
—No gano para disgustos —comentó.
—Qué pasa —preguntó Mork.
—Don Floren, que no se ha levantado muy católico —dijo riendo—.
¿Lo habéis pillado?
—¿Qué ha hecho?
—Por lo visto le ha arrancado la cabeza a dos tíos; unos tales Sergei y
Vladimir.
—Ah —dijo Mork—, esos son rusos; son hombres de Víctor.
—Eran —puntualizó Gregorio—. Esos ya no beben más vodka.
Los dos gemelos se quedaron cariacontecidos y visiblemente
preocupados. La situación en la mansión del Padrino estaba tomando un

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cariz peligroso y, conociendo la rudeza de los soldados asesinados por
don Floren, pensaron que ellos también podrían sucumbir. Gregorio
advirtió su desazón e intentó tranquilizarlos.
—Mirad, muchachos: esto nos da una dimensión aproximada de a qué
nos estamos enfrentando; no es para tomárselo a la ligera. Pero yo os
garantizo que si hacéis lo que yo os diga y cuando yo lo diga, estaréis a
salvo. Con un adversario de este tipo las armas convencionales no
cuentan, hay que usar las armas que Dios pone a nuestra disposición y a
sus guerreros, entre los que me incluyo. Yo llevo combatiendo al
demonio casi treinta años y sé lo que me hago. A vosotros os dejaré al
margen a la hora de la verdad. ¿Estamos?
Ambos asintieron aparentemente más tranquilos, pero sin llegar a
borrar del todo el atisbo de duda que palidecía sus caras.
—¿Y estos hombres que le acompañan quiénes son? Si me permite la
pregunta, padre —dijo Alfonso.
—Son mis guardaespaldas. He sido elegido para velar por la seguridad
y el buen funcionamiento de la visita papal, dentro de poco, y la
archidiócesis ha puesto a mi disposición una escolta de profesionales
muy preparados.
—¿Tú crees que se inventa las trolas sobre la marcha o las prepara en
sus ratos libres? —susurró Plork al oído de su hermano.
—Impresionante, don Gregorio, este coñac corre por cuenta de la casa
—dijo Alfonso llenando la copa del cura.
Gregorio echó un vistazo al último mensaje recibido de su
informático, pidiéndole más tiempo, y decidió que qué mejor sitio que
aquella taberna para matar el tiempo durante la espera. Animó a sus
chicos a quitarse las chaquetas y ponerse cómodos y, afectado por la
ingesta de más licor de la cuenta a tan temprana hora, comenzó a
divagar sobre sus aventuras, formándose el corrillo habitual a su
alrededor.
—Ni os imagináis —contaba copa en mano— la de gente famosa que
está poseída; unos de manera fortuita y otros porque hacen pactos con el
Maligno para mejorar en su disciplina. Algunos consiguen convivir con
su demonio durante muchos años, en una especie de simbiosis, pero a la
larga el Diablo los acaba derrotando.

—Díganos usted alguno, padre —demandó un vendedor de cupones


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—Díganos usted alguno, padre —demandó un vendedor de cupones
que se había arremolinado en torno a Gregorio.
—Pues, por ejemplo: Cristina Almeida, sólo hay que oírla hablar; el
Cordobés, sólo hay que verlo hacer lo que sea; Leticia Sabater…
—¿Leticia Sabater? —Preguntó Alfonso.
—¿Tú has escuchado la canción de la Salchipapa? Es un alegato
satánico en toda regla. Y esa es la mejor que tiene.
—Ahora que lo dice…
—Luego está Raphael; decidme si es normal esa voz y esos
movimientos con ochenta años. Un pacto con el Diablo claramente,
como Carlos Sainz.
—¿El actor?
—¡El piloto de rallies, melón! Ganó dos mundiales con la gorra y a
partir de ahí, todo desgracias. Claro, le fue bien hasta que el Diablo con
el que pactó dijo «hasta aquí hemos llegado». Si no, a santo de qué va a
perder un mundial por una avería extraña a cincuenta metros de la
meta.
—¿Y los del programa Sálvame? Esos tienen toda la pinta —preguntó
alguien.
—De ellos, en concreto, no tengo constancia pero sí te aseguro que el
que está endemoniado es su cirujano plástico. Y os voy a contar un caso
que os va a dejar con el culo torcido: ¿Sabéis quién estuvo poseído un
montón de años? —preguntó Gregorio ante las miradas de expectación
de su público—. José Luis Moreno, el ventrílocuo.
—¡No fastidie! —clamó el populacho.
—Pues sí. ¿Quién os pensáis que le ponía voz a los muñecos? No era
normal la habilidad de ese tío. No despegaba los labios ni un milímetro y
sus figuras hablaban de manera prodigiosa con mucho ingenio, por
cierto; se ve que el demonio en cuestión era un cachondo, las cosas como
son. Y, ¡vamos!, los gestos obscenos que hacían los muñecos… sobre
todo Rockefeller.
—¿Ese era la urraca? —preguntó Mork.
—No, era un cuervo —dijo Marcelo.
—Exacto. Simbología satánica. Pues yo me enteré a través de un
compañero más veterano, que me dijo que había conseguido convivir
con su posesión durante muchos años, hasta que un día se torció el
asunto —dio un generoso trago a su copa y demandó a Alfonso su

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llenado—. El caso es que, ya en los noventa, en una actuación en diferido
de Televisión Española, al muñeco Monchito se le fue la olla y comenzó a
soltar soflamas nazis e intentó estrangular a un camarógrafo.
Evidentemente, ese programa no se emitió y me llamó muy preocupado
Pepelu, yo lo llamo así, que ya no podía más: «Goyo, por favor, tienes
que sacarme esto del cuerpo». Y lo hice, por supuesto. Camuflamos su
exorcismo con la falsa noticia de que habían entrado en su casa a robarle
y le habían pegado una paliza, porque el pobre quedó hecho un Cristo —
Gregorio paró para santiguarse—. Y fijaos que a partir de entonces tiene
que mover mucho la boca en sus actuaciones, porque ya les tiene que
poner la voz él, y ya no tienen tanta gracia los muñecos; donde se ponga
un discípulo de Lucifer para hacer humor, que nos quitemos los beatos,
desde luego.
La melodía de su móvil volvió a sonar e interrumpió la apasionante
historia que había congregado a gente tan variopinta como un
repartidor de refrescos que, tras depositar dos cajas de Pepsi sobre la
barra, se quedó escuchando, o una funcionaría de hacienda que estaba
alargando su cuarto café. Gregorio salió del bar y, después de una fugaz
charla, entró de nuevo soltando veinte euros en la barra.
—Lo siento, amigos, otro día seguiremos. Plork, Mork, coged
vuestras cosas que nos vamos.
—Ni se le ocurra pagar, don Gregorio —dijo un caballero que cogió el
billete y se lo devolvió. Dense usted y sus acompañantes por invitados.

Bandicoot vivía en una buena casa unifamiliar de una urbanización


bastante decente. Cuando se apearon del coche, Plork dijo estar
sorprendido porque un chaval de veintipocos años se la pudiera
permitir.
—Qué dices, Mork. Vive con sus padres y se ha acabado haciendo
fuerte en el sótano, de donde sale poco tirando a nada, por no hablar de
la calle, que no la pisa.
Bajaron por una rampa de cemento estriado hasta la puerta de un
garaje, que había sido parcialmente abierta por mor de una llamada
previa de Gregorio. Entraron y divisaron en el fondo a un muchacho
niveo y cabezón, que les daba la espalda a ellos y encaraba cuatro
pantallas de ordenador sentado en una aparatosa silla de jugador de

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videojuegos. El sótano-garaje, reconvertido en guarida de un ser asocial,
huraño e inadaptado para la vida real, se partía en su mitad por una gran
cortina enhebrada en una barra que cruzaba toda la estancia, para aislar
aún más a aquel individuo de la luz exterior.
—Muchacho —dijo Gregorio acercándose—, eres lo más parecido a un
vampiro que he conocido en mi vida.
—Qué tal, padre —respondió el joven con simpatía, haciendo rotar su
sillón.
Joaquín Torralba, alias Bandicoot_01 en la nube, vestía una camiseta
de tirantes negra que hacía que destacaran sobremanera su macilenta
piel y las migajas de doritos que llevaba prendidas en el pecho y la
barriga. Su estructura ósea se adivinaba frágil bajo una musculatura
flácida, unos hombros estrechos y unas manos finas y blancas. Era alto
y, a pesar de estar delgado, tenía cara de gordo: un rostro en forma de
pera, sembrado de pústulas de acné tardío, se tocaba en su parte
superior por una melena rizada y liviana que se pegaba a su frente
sudorosa y en su parte inferior por cuatro pelos mal distribuidos en su
barbilla. Apoyaba unas gafas rectangulares y feas sobre una nariz
prominente y tenía unos labios gruesos con boqueras de comida.
—Permíteme que te diga, Bandicoot, que da asco verte. Tienes que
salir a la calle a que te dé el sol y tienes que dejar las pajas, que pareces
una paella. En fin —dijo señalando a los dos hermanos—: Chicos, este es
Bandicoot; Bandicoot, estos son Mork y Plork.
—Caramba, qué nombres más raros —dijo estrechándoles su mano,
que parecía ridícula en comparación.
—Pues anda que el tuyo —refunfuñó Plork, limpiándose la mano en el
pantalón.
—¿Lo de tu nombre es por el juego Crash Bandicoot? —preguntó
Mork.
—¡Por supuesto! —respondió orgulloso el informático.
—Búa, menudos vicios nos echábamos hace años, ¿te acuerdas? —
preguntó a su hermano, que no contestó.
—Bueno, dejaos de gilipolleces —intervino Gregorio—. ¿Qué tienes
para mí?
—Mire, padre —dijo mostrándole uno de los monitores—: éste es el
listado de nombres que me pidió; se lo he impreso ya en un folio. Ha

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estado tirado jaquear la web, no me ha costado ni cinco minutos. Vaya
putos inútiles los del Vaticano… Con perdón.
—Si has tardado cinco minutos, ¿por qué llevo esperando diez horas?
—Don Gregorio, entiéndalo. Me pilló usted anoche en un maratón de
«WOW» —se excusó.
—¿Un maratón de qué? —dijo, enervado, cogiéndolo de la patilla—.
Mira, me cago en tu puta madre.
—¡Hola, padre, qué tal está! —comentó la recién nombrada, entrando
por la puerta interior del sótano.
—Hola, qué tal, señora —respondió Gregorio con la patilla de su hijo
asida con fuerza.
—Bueno, ahí vamos. ¡Ay, padre! A ver si usted lo convence para que
salga y se busque un trabajo de verdad y una novia… o un novio, que a mí
me da lo mismo.
—En ello estamos. De hecho me estaba planteando pegarle un tiro en
la rodilla, para ver si espabila.
—¡Qué cosas tiene, don Gregorio! Anda, Joaquín, hazle caso, que es el
único amigo decente que tienes. En verdad, es el único en carne y hueso.
—Sí, Mamá. Venga, vete ya a ver si me suelta.
—¿No quieren usted o sus acompañantes tomar nada? —ofreció
amablemente la mujer.
—En otro momento, de verdad. Se lo agradezco mucho. Llevamos
algo de prisa.
—Bueno, pues ya les dejo.
La mujer se retiró, Gregorio cogió la hoja de papel con los nombres y
ordenó a Plork que le diera a Bandicoot cincuenta euros y apuntara cien
en la libretilla.
—Nos vamos. Haz el favor de hacerle caso a tu madre.
—Pero si ella dice que le haga caso a usted.
—Bendito sea, bendito sea… —masculló malhumorado Gregorio—.
¡Hasta luego!

—Aquí tenemos, amigos míos, un infame catálogo de sospechosos de


pederastia, vejaciones, malversaciones varias, abuso de autoridad y
otras lindezas —dijo Gregorio mostrando el papel—. Que no digo que

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todos sean culpables, pero si los han escondido aquí es por algo. A ver,
Mork, toma y escoge un nombre.
Mork escrutó la lista y, tras un par de gestos dubitativos, puso el dedo
sobre una línea.
—¡Éste! Fulgencio Hernández.
—A ver —dijo Gregorio recuperando el papel—. Aranjuez; eso está a
tomar por saco. Escoge otro.
—Pues éste: Eufemiano Torres.
—Vaya nombres, macho —dijo comprobándola de nuevo—. Vale, esta
iglesia nos pilla cerca. Toma, Plork, mira la dirección y vamos a por otro
cura.
En los veinte minutos de trayecto, Gregorio fue explicando el nuevo
plan a sus esbirros. Esta vez sería un secuestro simple y por la fuerza,
«nada de negociación ni leches en vinagre», amén de sus propias
palabras. Debían usar sus conocimientos en el mundo del hampa para
coger al sacerdote con discreción y firmeza y meterlo en el maletero.
Llegaron a una pequeña iglesia de un pueblo cercano a Madrid, con
pocos habitantes y menos movimiento, perfecto, a juicio de Gregorio,
para sus propósitos. Aparcaron frente al adusto templo, que tenía la
puerta abierta, y Gregorio les dio unas últimas indicaciones.
—Entráis, lo cogéis, lo maniatáis, le ponéis una mordaza y me
llamáis. Cuando esté todo despejado y no haya nadie mirando yo os
aviso y os espero con el maletero abierto, ¿entendido?
—No se preocupe, don Gregorio, que de esto sí sabemos —le dijo Mork
saliendo del coche para coger unas cuerdas, cinta americana y un trapo
del maletero.
Los dos cruzaron la calle y entraron en la Iglesia. Transcurrieron
poco más de cinco minutos, que a Gregorio se le hicieron eternos, hasta
que le llamaron por teléfono. Él salió del coche y oteó la calle en ambas
direcciones, advirtiendo solamente a una mujer mayor que arrastraba
un carro de la compra de tela en la lejanía. «Todo despejado», dijo
procediendo a abrir el maletero. Salieron a la calle portando uno de ellos
en el hombro un cuerpo maniatado y con una capucha puesta; el otro le
seguía a dos metros de distancia. Llegaron al maletero, lo soltaron como
un saco de patatas y Gregorio cerró.
—¿Dónde estaba? —preguntó.

—Limpiando el copón y demás aparejos de decir misa —respondió


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—Limpiando el copón y demás aparejos de decir misa —respondió
Mork.
—¿Pero de qué establo te has escapado tú? —le dijo Gregorio con
desprecio—. Limpiando dices… No sé yo.
Gregorio abrió el maletero antes de mirar en derredor de nuevo.
—¿Puede hablar?
—Espere —dijo Plork, que metió la mano debajo de la capucha y sacó
un trozo de cinta americana de un formidable tirón—. Ahora sí.
—Eufemiano —le llamó Gregorio.
—Yo no soy Eufemiano, soy Paco el sacristán. Por favor, suéltenme —
imploró el hombre.
Gregorio se mordió los nudillos enfurecido, e hizo el amago de
pegarle al esbirro que tenía más cerca.
—¿Sois gilipollas? ¿No sabéis preguntar? —les susurró a ellos—. ¿Y
dónde está Eufemiano? —le preguntó a él.
—En su casa, en la puerta de al lado de la iglesia —lloriqueó Paco.
—Ale, id a por él —exhortó Gregorio.
—¿Y qué hacemos con este, nos lo cargamos?
—No, hombre, no. Dejadlo maniatado delante del altar, así no podrá
llamar a la policía en breve. Ya entrará alguien y lo desatará. Venga,
zumbando de aquí.
Mork y Plork entraron a la iglesia de nuevo, dejaron el paquete,
salieron a la calle, forzaron la cerradura de la casa anexa y salieron a los
dos minutos con otro paquete, tras recibir el «vía libre» de Gregorio.
Cruzaron de nuevo y lo soltaron en el maletero. Gregorio cerró y todos
se montaron en el coche.
—Estáis seguros de que es este, ¿no?
—Sí, le hemos preguntado.
—Venga, pues vámonos. Tengo que hablar con él antes de llegar a la
mansión, así que conduce hasta un lugar apartado, a ser posible lejos de
puentes y autovías.
Plork cogió una carretera secundaria durante algunos kilómetros,
hasta que giró a la izquierda por un camino remoto. Un par de
kilómetros después se detuvo en mitad de la misma nada, entre terrenos
baldíos y secos. Bajaron del coche, sacaron al sacerdote del maletero, lo
pusieron de pie y lo desproveyeron de la capucha y la mordaza. El sol le
cegó y guiñó los ojos profusamente torciendo la cabeza.

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—Buenos días, más bien tardes ya, don Eufemiano —dijo Gregorio.
—¿Quién es usted? ¿Qué quiere de mí?
—La pregunta no es qué quiero, sino qué ofrezco, amigo mío; te
ofrezco la redención. ¿Qué hiciste para acabar desterrado en ese pueblo?
¿Por qué te escondió la Iglesia?
—Yo no hice nada, de verdad —dijo lastimosamente—. Me acusaron
de tocar a los monaguillos lascivamente, pero yo sólo profesaba amor
sano y paternal por ellos.
Plork se acercó a Eufemiano con una terrible agresividad en sus
movimientos y una mirada iracunda que intimidó al sacerdote.
—De verdad, «Eufe», qué asco más grande me das —dijo Gregorio
dándose la vuelta y metiendo medio cuerpo en el coche para buscar el
tabaco de la guantera—. Pero te voy a dar una última oportunidad de ser
un hombre de Dios.
Mientras Gregorio decía estas palabras y rebuscaba dentro del coche,
Eufemiano lloriqueaba y soltaba excusas hasta que un gran estruendo
cortó de raíz sus lamentos. El disparo provocó la estampida de una
bandada de palomos torcaces que medraban en las cercanías y se
propagó por aquel yermo paraje hasta perderse en el horizonte.
Gregorio volvió detrás del coche y miró con los ojos muy abiertos cómo
Eufemiano yacía muerto sobre un charco de sangre y masa encefálica
que se desperdigaba a lo largo de varios metros.
—¿Soy yo —dijo— o este hombre no tenía hace un minuto el cerebro
fuera de la cabeza?
—¡Era un pederasta, don Gregorio! —se excusó Plork con la pistola,
todavía humeante, en su mano y la cara salpicada de bermellón.
—¡Pero que has matado a un cura delante de otro! —exclamó Gregorio
fuera de sí, cogiéndolo de la solapa y zarandeándolo—. ¿Tú sabes el nivel
de condenación del que estamos hablando? Bien está que muera fruto
del azar o del Maligno, como el padre Ricardo, aunque ese, para ser
honestos, todavía no ha torcido el labio. Pero nosotros no podemos ir
liquidándolos; no es decisión nuestra. Además nos hacen mucha falta.
Lo soltó y se alejó pensativo mientras Mork le dedicaba una mirada
vituperante a su hermano.
—Bueno, qué le vamos a hacer; luego te confieso. Ahora ya no vale de
nada lamentarse. He visto que lleváis palas en el maletero, así que os doy

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media hora para que lo enterréis —dijo lanzándole una a Plork.
—¿No nos ayuda, don Gregorio? —preguntó Mork.
—Hay dos clases de hombres en el mundo, los que no van por ahí
volando cabezas de sacerdotes y los que cavan. Vosotros caváis. Supongo
que habéis visto la peli del Bueno, el Feo… ¡bah! Olvidadlo. A currar —
sentenció metiéndose en el coche.
Un rato después, don Gregorio celebraba un pequeño responso en
solitario a la memoria del finado y se ponían de nuevo en marcha.

Transcurrieron más de tres horas hasta que pudieron hacerse con


otro sacerdote: Avelino Santos. Tuvieron que descartar previamente a
dos que estaban en Iglesias cuyos aledaños estaban demasiado
concurridos. Gregorio decidió no hacer escalas previas a la Mansión
Sánchez para preparar al nuevo cura, motivado por los funestos
precedentes. Pararon a comer en un restaurante de carretera con el
aparcamiento atestado de camiones de gran tonelaje, que, a criterio de
Gregorio, eran los mejores. Procuraron dejar el coche aparcado en la
sombra, para que no se les muriera insolado el cura que llevaban en el
maletero. Tras dar cuenta de tres bocadillos, tres cervezas, tres cafés y
una copa de coñac, volvieron al coche y emprendieron la marcha hasta
la mansión. Llegaron a la puerta principal de la casa a media tarde y
doña Virtudes, avisada por los hombres de guardia, salió a recibirles.
—No sabe, señora mía, lo difícil que nos ha resultado conseguir a un
ayudante —le expuso Gregorio—. Hay algo que trata de impedirnos
intervenir, pero aquí estamos. ¿Cómo está don Florencio?
—No ha tenido ni un momento de lucidez hoy. Después de lo que
ocurrió esta madrugada ha estado completamente ido y balbuceando en
la cama. Hay apostados en la puerta un grupo de soldados del Señor
Víctor… ¡Víctor, ven un momento! —gritó avisando a un curtido
soldado, viejo y con cara de pocos amigos—. Y estamos a la espera de que
usted comience.
—Buenas tardes —dijo Víctor con acento ruso—. Haga usted algo
porque no me puedo permitir perder más hombres.
—Enseguida estoy con ello —respondió Gregorio estrechando su
mano—. Sus armas ya no valen en esta guerra.

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6
Primer asalto

—YO TE ABSUELVO DE TODOS TUS PECADOS —DIJO GREGORIO A AVELINO, SENTADO EN


un rincón de las caballerizas donde tenían retenido al sacerdote,
esposado a un amarradero—. Ahora te voy a dar un consejo: si alguno de
los dos mozarrones que te han cogido esta tarde te pregunta qué hiciste
para que la iglesia te escondiera, di que robaste dinero del cepillo,
¿estamos?
—Como usted diga —respondió asustado.
—¡Mork, Plork, venid a soltarlo! —exclamó a los dos hombres que
hablaban en la puerta con otros compañeros—. Vamos a currar, don
Avelino.
Al salir de aquella nave, Gregorio se fijó en unos depósitos con pistola
pulverizadora que tenían dos correas cada uno, a modo de mochilas.
—Coged una de esas, enjuagadla y llevadla para la casa —ordenó.
Entraron en la mansión y se detuvieron en unos sillones que había en
el gran recibidor. Gregorio se atavió con la sotana, estola, sombrero,
medalla, crucifijo y biblia. Bendijo dos botellas de agua, una se la dio a
Avelino y con la otra rellenó sus frascos. Sacó una pequeña grabadora de
cinta, probó su funcionamiento y se la guardó en un bolsillo. Una vez
munido con todos los pertrechos de exorcizar se levantó y cogió su
maletín. Ordenó traer una Biblia de la capilla para Avelino y llenar el
depósito de fumigar con una de las enormes garrafas que había junto a
los dispensadores de agua. La bendijo y le dijo a Mork que se la pusiera,
justo cuando llegaba Plork con la Biblia que dio al otro sacerdote. Doña
Virtudes los miraba en la distancia.
—Bueno, equipo, ya estamos preparados. Vamos allá —arengó
Gregorio, que encabezó la marcha hacia las dependencias de don Floren.
Caminaba altanero y decidido, con Avelino dos pasos por detrás de él,
con la cara mustia y la cabeza gacha. Cerraban el grupo los dos
hermanos, andando estoicos en la retaguardia. Llegaron a la puerta del
despacho, donde un grupo de soldados armados hasta los dientes
permanecían custodiando la entrada. Doña Virtudes y Víctor se

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acercaron, cada uno desde un lugar diferente. Gregorio puso sus manos
sobre los brazos de la mujer:
—Doña Virtudes, váyase usted a rezar por su marido. Aléjese de aquí y
no intente entrar pase lo que pase y oiga lo que oiga. Le prometo que,
mientras yo esté ahí dentro, él estará a salvo.
Ella lo miró con ojos vidriosos y no contestó. Le besó la mano y se
retiró en dirección a la capilla.
—Y usted, Boris —dijo mirando a Víctor—, me da igual que
permanezcan aquí en la puerta todos o que se vayan pero tampoco
quiero que intervengan. Lo que pase ahí dentro a partir de ahora está
fuera de su jurisdicción.
El hombre lo miró con aquellos ojos pequeños enclavados en su
pétreo rostro y asintió levemente.
—Venga muchachos —dijo Gregorio abriendo la puerta—. Vamos a
patearle el culo al Diablo.
Entraron los cuatro y cerraron. «Qué huevos tiene», se oyó comentar
a un aguerrido soldado.

—Me tenía que haber puesto una bufanda —dijo Gregorio ante el
terrible frío que se había apoderado de la estancia principal, ahora vacía
—. Mork, date una vuelta rociando agua bendita por todo este despacho;
no te olvides de echarle también al oso tuerto. Hay que ir limpiando la
maldad.
Mork obedeció y comenzó a accionar la pistola pulverizadora aquí y
allá. Entre tanto, Gregorio indicó su posición y su función a Plork
durante el exorcismo:
—Tú quédate cerca de la puerta del dormitorio. Toma, coge esta
grabadora y acciónala cuando entremos. También quiero que cubras a
tu hermano mientras pulveriza agua ahí dentro. Cuando acabe, que se
quede contigo a una distancia prudencial del poseído. En principio sólo
Avelino y yo nos acercaremos a don Floren. ¿De acuerdo? —concluyó
mirando al sacerdote secuestrado.
¿Qué? Ah, sí —dijo Avelino tembloroso.
Céntrate, padre, o ese cabrón de ahí dentro se te va a merendar en
cinco minutos. ¡Mork, vamos para el dormitorio!

La habitación estaba especialmente fría y la ventana apenas


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La habitación estaba especialmente fría y la ventana apenas
conseguía iluminar ya la enorme cama donde don Floren se debatía
entre extraños carraspeos y palabras sin sentido. Gregorio prendió la luz
y mandó a Mork a fumigar. Posó su maletín sobre una coqueta de estilo
florentino, lo abrió, sacó un frasco y se acercó a la cama, instando a
Avelino, que permanecía como una estatua, a que le acompañara.
—Florencio Sánchez, ¿está usted ahí?
Encendió la linterna de su teléfono móvil y la aproximó a su cara,
abriéndole los párpados con los dedos y comprobando que sus ojos
estaban en blanco; el hombre seguía perdido. Aparte de la evidente
catatonía que lo tenía sumido en un mundo de tinieblas, pudo observar
los restos de una limpieza descuidada, que le habían dejado trazas de
sangre seca y le daban un aspecto sucio y desagradable. Gregorio sacó un
rosario de su bolsillo, arrimando el pequeño crucifijo que lo coronaba a
la cara de don Floren. Cuando la cruz tocó su frente el hombre tampoco
reaccionó pero comenzó a aflorar una extraña humareda de su piel y el
sacerdote la retiró.
—¡Eh, mirad, el Padrino está que echa humo! —dijo poniendo y
quitando la cruz en su frente en repetidas ocasiones, con una risa
bobalicona y buscando la complicidad de sus ayudantes, a los que
miraba, perdiendo de vista a don Floren, que le agarró la mano.
—¿Te diviertes, Gregorio? —dijo, pasmosamente despierto, con una
angustiosa mezcla de voces de ultratumba.
—¡Ay, qué susto! —gritó Gregorio intentando alejarse de la cama,
cosa que no podía hacer porque el Padrino, o lo que fuera aquella cosa,
no le soltaba la muñeca.
Ante la inacción de los demás, Gregorio sacó con bastante pericia el
frasco de agua bendita de su bolsillo con la mano libre, desenroscó el
tapón con los dientes y lanzó un chorreón que cruzó el brazo de su
captor, haciéndole abrir la mano y proferir un alarido.
—¡Suelta, coño! —le dijo Gregorio alejándose un par de pasos.
El resto de los concurrentes, expectantes y aterrados, no movía ni un
músculo. Gregorio guardó el rosario y sacó el crucifijo grande,
acercándose un poco pero manteniendo la guardia. Don Floren dejó de
gritar y se incorporó sobre la cama, mirando con atención a cada una de
las personas que acompañaban al exorcista.

—A ver —intervino Gregorio—, ahora que te has despertado,


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—A ver —intervino Gregorio—, ahora que te has despertado,
hablemos. En primer lugar, dime quién eres. En segundo lugar, ya te
adelanto que voy a estar aquí los días que hagan falta para expulsarte, así
que… ¿por qué no abandonas este cuerpo ya y te vas a tomar viento
fresco?
—Necesito este cuerpo y esta alma, Goyete. Cuando ya no los necesite
lo sabrás —dijo «don Floren» inclinando la cabeza exageradamente y
mirándolo con una despiadada sonrisa.
—¿Y por qué éste? Siempre habéis sido más de corromper a criaturas
desvalidas, de inocencia pura; almas prístinas y jugosas para vuestro
repugnante apetito.
—¿¡Habéis sido!? —exclamó con furia—. ¿Con quién crees que estás
hablando?
—No lo sé. Dímelo tú.
Don Floren terminó de ponerse en pie y extendió los brazos,
formando una cruz con su cuerpo, con las palmas hacia abajo. Agachó la
cabeza y comenzó a recitar, con voz confusa, una amalgama de tonos
con estridencias agudas y sentencias raucas que parecía provenir de su
boca y de cada rincón de la habitación al mismo tiempo; con palabras en
latín perfectamente identificables y otras que, pronunciadas al revés,
ponían los pelos de punta. Se intercalaba la voz principal con otras que
sonaban mezcladas y superpuestas en jergas que Gregorio apenas
lograba identificar.
«In nomine Dei Nostri Sotanas Luciferi Excelsi! In nomine Sotanas, earret
sunimod Dominus terrae, RexMundi iubet quia infernalia sua potestate
tenebrarum vireseffundite super me…»
—Y yo que creía que los políticos decían gilipolleces… —dijo Gregorio
sacando su Biblia, alzando el crucifijo y pidiendo a Avelino que repitiera
con él:
—Crux sancta sit mihi lux.
El sacerdote no respondió. Se encontraba petrificado, sujetando una
Biblia y una botella de agua, mirando fijamente la estampa de aquel
demonio que bramaba desde lo que parecían ser las profundidades del
averno. Gregorio le lanzó una patada y reclamó su atención.
—¡Repite!
—Crux sancta sit mihi lux —dijo con un hilo de voz que se perdía entre
la infernal verborrea.

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—¡Non draco sit mihi dux! —gritó Gregorio.
—Non draco sit mihi dux.
—¡Vade retro Satana, numquam suade mihi vana!
—Vade retro Satana…
Una violenta sacudida interrumpió su rezo, estremeció la habitación
e hizo retumbar cada muro, cada mueble y cada baldosa. El poseído se
dio la vuelta, encarando la gran figura de madera que plasmaba a
Jesucristo crucificado en la pared, sobre el cabecero de la cama. Todos
pudieron ver como la cruz se invertía y quedaba boca abajo. Don Floren
giró la cabeza sin mover el cuerpo y miró a Avelino desde esa antinatural
postura que hubiera fracturado el cuello de cualquier ser humano.
Incluso Gregorio, veterano de mil batallas contra el Maligno, se sintió
sobrepasado por semejante aberración y tal muestra de poder, que se
incrementó cuando los pies de aquel cuerpo corrupto dejaron de tocar la
cama.
—¿De qué tienes miedo, Avelino? ¿Todavía no has asumido que tu
alma nos pertenece y que hagas lo que hagas no vas a poder salvarte? No
tengas miedo a la muerte; tú ya estás muerto.
—Mírame, Avelino. No hables con él —dijo Gregorio antes de
arrojarse contra don Floren, en un intento de someterlo con agua
bendita y el poder de la cruz; pero algo le detuvo. Una fuerza
descomunal le sobrevino desde cada lugar de su cuerpo y le postró de
rodillas junto a la cama. Le pesaban los brazos, los hombros; le pesaban
los párpados y la cabeza. Le pesaba la vida.
El demonio giró aún más la cabeza para mirar a Plork, que se sostenía
con alfileres sobre un lecho de terror, visible en sus ojos, muy abiertos, y
en la rigidez que parecía amordazar su musculoso cuerpo. Estaba de pie
junto a la puerta y sostenía en una mano la grabadora y en la otra, nadie
sabía desde cuándo, su pistola.
—¿No te ha contado tu amigo Gregorio lo que hizo Avelino? ¿Por qué
no se lo cuenta usted, padre? —dijo volviéndose a dirigir al sacerdote
que ejercía de ayudante, que clavó sus ojos en la pistola que sujetaba el
hombre en su mano agarrotada.
Pero Avelino no contestó y don Floren se volvió de nuevo hacia Plork:
—Que te cuente lo que le hizo a esas mujeres.

—¡No lo escuches! ¡Quiere manipularte! —gritó Gregorio haciendo un


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—¡No lo escuches! ¡Quiere manipularte! —gritó Gregorio haciendo un
esfuerzo hercúleo por luchar contra lo que le impedía apenas poder
respirar—. ¡Mírame a mí… Aaaaaah!
Un dolor punzante e intenso hizo que Gregorio se doblara sobre su
propio cuerpo y clavara la cabeza sobre el suelo alfombrado. Plork
miraba ahora con intensidad a Avelino, que comenzó a titubear,
intentando defenderse de las acusaciones del Diablo.
—Yo no hice nada a esas mujeres que ellas no quisieran.
—¿Qué les hiciste? —inquirió Plork levantando el arma.
Mork se debatía confundido entre su hermano, el cura amenazado,
don Floren y Gregorio, que se retorcía en el suelo de dolor e intentaba
levantarse sin conseguirlo, pero que pudo sacar fuerzas para hablarle.
—Mira a tu hermano. Es tu hermano y le quieres. Dile que baje el
arma. Acércate.
Mork se acercó a su hermano y puso una mano en su hombro. Estaba
tenso, furioso y no apartaba su vista de Avelino, ni el cañón de su arma
de su trayectoria.
—Déjalo, nene. Baja el arma.
No contestó. Avelino intentó hablar de nuevo, pero Gregorio le gritó:
«¡Cállate!» y se dirigió a Plork:
—Haz caso a tu hermano. Míralo. Lo quieres…
Un apretón en las correas invisibles que constreñían sus
movimientos le hizo volver a hincar la cabeza y parar, pero tomó
resuello y siguió:
—Harías cualquier cosa por él. Baja el arma por él.
—Bájala —le volvió a repetir Mork.
—Abrázalo —le dijo Gregorio—. Abraza a tu hermano. Demuéstrale el
amor que le tienes.
Mork abrazó a su hermano, que seguía rígido y no deponía su actitud
amenazante.
—¡Míralo! —siguió Gregorio—. Recuerda cuando erais pequeños y
jugabais juntos, cuando alguien se metía con él y tú le defendías. Mira a
tu hermano y deja que el amor te dé el poder que necesitas.
Don Floren había asistido atento y rebosante de gozo a la encrucijada
donde su propio veneno había llevado a aquellos hombres, pero,
súbitamente, su poder pareció disminuir. Sus pies se posaron en la
cama, su cuello se enderezó y Gregorio consiguió levantarse haciendo

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acopio de la poca energía que atesoraba en ese momento. Avelino
temblaba ante la escena de aquellos aguerridos hermanos, en la que uno
abrazaba al otro y el otro, por fin, parecía perder la furia de sus ojos y
recuperar la humanidad.
—¡Abraza a tu hermano! —gritó Gregorio, ya completamente
erguido.
Plork bajó el arma, miró a su hermano y se fundió en un abrazo con él.
Don Floren giró todo su cuerpo y Gregorio le atacó con el agua bendita y
alzó de nuevo la cruz.
—¡Yo te expulso! ¡Ríndete ante tu Dios!
El Padrino cayó de nuevo en la cama, ahora sobre sus cuartos
traseros, y Gregorio cogió su Biblia del suelo para seguir rezando, pero
algo trastocó sus planes y rompió el equilibrio que había conseguido en
la batalla. Avelino salió corriendo y pasó veloz junto a los dos hermanos,
saliendo de la habitación. El «no» angustiado que emitió Gregorio no lo
contuvo y pudieron escuchar cómo golpeaba la puerta del despacho que
daba al corredor principal, pidiendo ayuda. La puerta se abrió y Víctor
entró empuñando un enorme revólver. Cuando Gregorio miró la cama
pudo comprobar que don Floren ya no estaba. Alzó la cabeza y la visión
de aquella cosa andando por el techo como una araña en dirección al
despacho le horrorizó como nada lo había hecho nunca. Avisó a Mork y
Plork, que no advirtieron al Don pasando sobre sus cabezas, y los tres
salieron corriendo del dormitorio. Se encontraron a Avelino
encañonado por aquel hombre cuyos ojos ya no eran sus ojos, y cuya
voluntad parecía quebrantada. Vieron cómo don Floren reptaba pared
abajo sin que Víctor pudiera notar su presencia y vieron cómo Víctor le
reventaba el pecho de un balazo a Avelino. Vieron cómo la mano del
demonio, que parecía ser invisible para los hombres que aguardaban
detrás de Víctor, dirigía su brazo y ponía el cañón en dirección a su
propia cabeza. Vieron cómo apretaba el gatillo y, a ojos del resto de
testigos, se disparaba y acababa con su propia vida.
Don Floren desapareció y Gregorio volvió a mirar en la habitación,
donde estaba, sentado en su cama, con una maléfica sonrisa; como si no
se hubiera movido de allí en ningún momento.
—¡Todo el mundo fuera de aquí, vamos! —Gritó Gregorio—.
Arrastrad los cadáveres rápido, salid y cerrad la puerta. Yo os cubro.

Se quedó bajo el quicio que unía las dos habitaciones. Ellos


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Se quedó bajo el quicio que unía las dos habitaciones. Ellos
obedecieron y en medio minuto habían salido todos. Entró con
precaución y recuperó su maletín, para volver a abandonar el
dormitorio.
—¿Esto es lo mejor que puedes hacer, Goyete? —dijo don Floren.
—Acabamos de empezar —respondió—. Sólo has ganado el primer
asalto.

Gregorio se sentó en uno de los bancos de madera que habían hecho


traer para la improvisada guardia a la puerta de las dependencias de don
Floren. Estaba cansado y frustrado. Se encendió un cigarro mientras
observaba el barullo de gente que se agolpaba nerviosa y agitada por la
muerte de su comandante. Trajeron una bolsa de plástico para el
sacerdote y a Víctor lo tendieron sobre una manta. Mork y Plork
andaban desorientados sin saber muy bien qué hacer y Gregorio los
llamó para que le acompañaran y tomó la grabadora que aún sujetaba
Plork en la mano.
—Lo habéis hecho muy bien, muchachos. Sentaos.
Se sentaron a ambos lados del sacerdote y permanecieron mudos,
observando el alboroto.
—En serio os lo digo. Mirad a esa mierda de cura, cómo ha metido la
pata y sin embargo tú —dijo Gregorio mirando a Plork— has aguantado
los embates del Demonio.
—Pero ha sido terrible —dijo Plork apesadumbrado—. Jamás pensé
que podría ver algo así ni sentir lo que he sentido. Era una furia que no
podía controlar…
—Tampoco es que esta mañana te hayas controlado mucho con el
bueno de Eufemiano —matizó Gregorio.
—No, esto era distinto… me hablaba… Esa cosa hablaba en mi cabeza.
Y flotaba… y giraba la cabeza… y andaba por el techo.
—Bah, no le des más vueltas, eso es de primero de exorcismo. Ya te
acostumbrarás. Y al final mira, has conseguido no incrementar tu cifra
de curas asesinados en el día de hoy.
—Pero estoy confuso, don Gregorio —farfulló Plork—. Ese hombre
merecía morir. Entonces, ¿era tan malo a lo que me estaba empujando
don Floren?

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—Mira, para empezar, como ya te comenté esta mañana, nadie
debería tener la potestad de quitar una vida, excepto Dios. Y es cierto
que hay gente que merece morir, no te lo voy a negar, pero éste no era el
caso. Avelino se acostó con dos mujeres adultas, con dos feligresas
ingenuas que se dejaron embelesar. Él usó su posición como líder
espiritual para conseguir embaucarlas y aprovecharse de ellas, pero no
me parece un pecado capital. ¿Que merecía una paliza, ser echado de la
Iglesia y un lustro en la cárcel para reflexionar sobre su miserable
comportamiento? Pues estoy de acuerdo, pero ser ejecutado es excesivo
y es ahí donde entra el papel del Diablo. Te engaña, te hace creer que lo
que ibas a hacer está bien y te empuja a hacerlo. Si hubieras disparado, él
te hubiera acercado un poco más a su redil y ahora serías menos libre,
pero has aguantado con una de las más devastadoras armas que se
pueden usar en su contra: el amor. El amor fraternal y puro de dos
hermanos. Dentro de toda la desgracia y el horror, ha sido hermoso. Le
habéis derrotado y ahora él tiene menos poder sobre vosotros. Estoy
satisfecho con vuestro papel —concluyó levantándose al paso de doña
Virtudes, que acudía acompañada de Gabriel, recién llegado a la casa.
—Oh, Dios mío —dijo la señora horrorizada—. ¿Cómo ha podido
pasar esto?
—Pues simple y llanamente —le respondió Gregorio—, por no seguir
mis instrucciones. Dije expresamente que no entrara nadie bajo
ninguna circunstancia, oyeran lo que oyeran dentro. Boris no hizo caso
y pasó; ahora hay un ruso y un cura menos en el mundo.
—Pero me han comentado en la entrada que ha disparado al sacerdote
y se ha suicidado —intervino Gabriel.
—Eso es lo que ha parecido, sí, pero no ha sido su mano la que
empuñaba el arma. Miren, han de comprender que cuando estoy en un
exorcismo, Dios crea una burbuja alrededor del Diablo en la que estamos
mi gente y yo. Dentro de esa burbuja se puede luchar y se puede
conseguir un equilibrio de fuerzas entre el bien y el mal. Cuando alguien
profano interviene desde fuera, como ha sido el caso, todo se
descompensa y hay un Demonio desatado para el que esa persona no
está preparada ni protegida.
—¿Y cómo está mi marido?

—Endemoniado perdido, señora, para qué la voy a engañar —le


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—Endemoniado perdido, señora, para qué la voy a engañar —le
contestó Gregorio—. Es un ente muy, pero que muy poderoso al que nos
estamos enfrentando.
—Madre mía, esto es un completo desastre. ¿Tiene usted idea de
quién es ese hombre que hay ahí muerto? —expresó Gabriel
desesperado.
—¿Un mañoso ruso con experiencia militar, vodka por sangre y un
pasado en el KGB torturando gente?
—Era el jefe de nuestro grupo armado. El líder de un completo
operativo de soldados; un hombre temido y respetado en cuatro
continentes.
—Pues mira, el Demonio se lo ha ventilado en cuatro segundos —
contestó Gregorio con cierta sorna.
—Todo viene —intervino Virtudes mirando a Gabriel— a raíz de esa
maldita espada que le trajiste.
—Pero, doña Virtudes, sabe que a él le hizo una ilusión tremenda y…
—Un momento —interrumpió Gregorio—. ¿De qué están hablando?
—Mi marido, como usted puede que sepa, es un gran coleccionista de
armas antiguas. Gabriel le trajo una espada templaría que,
efectivamente, le entusiasmó y al examinarla se hizo un corte cerca de la
muñeca; le habrá visto usted la venda —dijo mirando a Gregorio y
tocándose su propio antebrazo—. Ese corte no llegaba a curarse nunca;
es más, cada día estaba peor, pero él no quiso ir al médico. Pues yo diría
que fue a partir de entonces cuando empezó con sus extraños
comportamientos y con su deriva hacia la oscuridad, alejándose de
nuestro Señor.
—¿Pero por qué cojones…? Perdón, señora… ¿Por qué narices me
estoy enterando de esto ahora? —dijo Gregorio indignado—. Los objetos
tienen poder y estamos hablando de un objeto templario nada menos.
Tengo que examinar esa espada.
—Disculpe, don Gregorio, se me pasó por alto comentárselo; vamos al
museo. Gabriel, acompáñanos.
—Antes permítanme una cosa —dijo el sacerdote.
Gregorio sacó un crucifijo de madera de su maletín y ordenó a los
hombres que pululaban por las inmediaciones del despacho que
buscaran un martillo y clavos para fijarlo a la puerta. Asimismo sacó dos

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pequeñas figuritas, un San Judas Tadeo y un San Pancracio, y las colocó
en el suelo, a ambos lados del marco.
—¡Y que a nadie se le ocurra abrir esa puerta ni entrar ahí! —conminó
a los presentes, para darse la vuelta y ponerse a disposición de la señora
de la casa y el melindroso abogado—. ¿Lo ven? Lo que he dejado ahí son
reliquias. Yo creo en ellas, así que vamos a ver esa espada.

Caminaron los tres hacia el ala opuesta de la casa y bajaron por unas
escaleras que descendían a un sótano, encontrándose con una puerta
muy sofisticada. Gabriel, haciendo acopio de sus refinados modales,
pidió permiso para introducir el código, la abrió, activó un interruptor y
cedió el paso a sus acompañantes, dando prioridad a la dama. La sala que
se iluminó ante ellos era sobrecogedoramente bella. Un sinfín de
vitrinas mostraba todo tipo de utensilios de guerra, cuidadosamente
colocados y catalogados con pequeños carteles que detallaban cada
aspecto de la pieza.
—Es impresionante —comentó Gregorio.
—Síganme, por favor —demandó Gabriel andando a través del museo
—. Aquí está. Como ve, no dio tiempo a colocarla.
Sobre un poyete de mármol reposaba una espada guardada en una
vaina de madera recubierta de cuero. Gregorio la cogió y, observando el
pomo detenidamente, pudo ver una cruz templaría grabada en un lado y
una moneda en el opuesto. Tenía una suave y firme empuñadura de
cuero trenzado. Pidió a sus acompañantes que se apartaran un poco y
desenvainó la espada mostrando su argéntea hoja, que esplendía
rutilante e inmaculada. La pronunciada acanaladura tenía cincelada
una inscripción en latín que rezaba: Non Nobis, Domine, Non Nobis, Sed
Nomini Tuo Da Gloriam.
—Nada para nosotros, Señor, nada para nosotros sino para la gloria
de tu nombre —masculló Gregorio pensativo, antes de izar la ceja de
desconfiar—. ¿Y estás seguro de que es auténtica?
—Sí, tiene su correspondiente certificado de autenticidad.
Gabriel se acercó a un lateral de la sala cuya pared lucía desnuda y
donde, aparentemente, no parecía haber nada más que cemento. Metió
la mano detrás de una vitrina cercana y activó un botón que hizo que, por
ensalmo, se desplegara una pequeña puerta oculta en el forjado de la

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pared, dejando al descubierto el frontal de una caja fuerte. Gabriel
procedió a abrirla, sacó de dentro un archivador y volvió al poyete,
donde escarbó en los compartimentos para sacar una hoja de papel.
—Éste es —dijo mostrándoselo a Gregorio—. Comprenderá usted que
hay que tener precauciones con estos certificados porque sin ellos,
muchos de los objetos de esta sala dejarían de tener valor, más allá del
testimonial.
—Ya veo, ya —comentó cogiéndolo y leyéndolo con atención,
haciendo hincapié en la rúbrica—. ¿Y quién dices que te la vendió?
—No la compré; fue un regalo de un coleccionista italiano que,
pretendiendo ganar el favor del señor Sánchez, quiso agasajarle con este
obsequio. Es algo habitual.
—Entiendo que es la primera transacción realizada con Giuseppe —
dijo Gregorio sin dejar de leer.
—¿Con quién?
—¡Con el italiano; con Giuseppe, con Luigi, con Francesco, con el
Señor Espagueti! —exclamó Gregorio, mostrándose algo irascible.
—Sí, es la primera.
—Pues parece estar todo correcto, pero hay algo que me llama la
atención: aquí pone que esta espada no ha sido modificada y ni siquiera
ha sido afilada. De hecho, si miran el filo, efectivamente no verán marca
alguna de amolado.
Volvió a coger el arma con una mano y acercó la hoja de la navaja a
una esquina del documento, que fue cortada con una facilidad y
limpieza asombrosas.
—Enhorabuena, señora, su arma corta —dijo Gregorio a Virtudes,
adquiriendo una ceremoniosa pose.
—¿Qué? —preguntó ella incrédula.
—Nada, cosas mías. Pero no me digan que no es increíble. Aun sin
darle uso, el filo del acero acaba perdiendo eficacia con el tiempo y esta
arma sigue igual después de ochocientos años. Voy a sacar unas
fotografías y a consultar con una persona experta en la materia.
Sacó su teléfono móvil y fotografió el documento, devolviéndoselo a
Gabriel para que lo archivara de nuevo. Después comenzó a sacar fotos
de la espada en diferentes ángulos, así como de la vaina. Dándole la
vuelta para inmortalizar el envés, notó una aspereza en la guarda y se

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detuvo para mirar con más atención. Encendió la linterna y pidió algo
con lo que poder inspeccionar con más detalle. Gabriel abrió un cajón de
un mueble auxiliar y le trajo una lupa.
—Aquí hay unas letras grabadas de manera tosca bajo la guarda, a
ver… F, J, B —dijo sacando una pequeña libreta de papel y apuntando en
ella con un gastado lápiz de Ikea que llevaba trabado en el alambre.
Terminó de hacer las fotos y guardó su teléfono.
—A ver, les cuento. Voy a investigar el origen y circunstancias de esta
supuesta espada templaría, por si hay algo que pueda arrojar luz a tan
extraño tema. Por otro lado, dado que la esperanza de vida de un
sacerdote a mi lado es bastante exigua, necesitaré más. Para eso me
valdré de Mork y Plork…
—¿De quién? —preguntó Gabriel.
—Cállate, que no he terminado. Bien, como he dicho, el tema de la
captación de nuevos sacerdotes es cosa mía; mañana saldremos a por
ellos. Los vigilantes seguirán de guardia en la puerta de don Floren y,
como ahora les explicará de mi parte el Tom Hagen de la meseta,
deberán rociarla cada hora con agua que previamente habré bendecido;
no queremos que salga por las noches a descabezar secuaces. Por otro
lado, necesito retirarme a escuchar la grabación de la sesión y a
descansar un poco, si usted tuviera a bien proporcionarme alojamiento,
claro —dijo a doña Virtudes.
—Por supuesto. Tiene una habitación preparada. Le acompaño.
—Ejem —carraspeó Gabriel—. Doña Virtudes, debemos de hablar del
tema de Víctor y la nueva situación.
—Bien, habla —dijo ella tajante.
Gabriel miró con preocupación a la señora, haciendo un gesto con los
ojos para advertirle de la presencia del sacerdote en una conversación
tan delicada.
—Aquí no hay secretos para don Gregorio, ya te lo dije. Así que habla.
—Bueno —comenzó Gabriel—. Habrá que ponerse en contacto con la
familia de Víctor y gestionar el traslado de su cuerpo. También habrá
que pensar en el modo de contarles lo sucedido; hay que ir con pies de
plomo, ya que una sublevación de la facción rusa de la organización nos
daría muchos quebraderos de cabeza.

—Pues sí, hay que pensar y gestionar y te pagamos para eso, así que
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—Pues sí, hay que pensar y gestionar y te pagamos para eso, así que
ponte con ello, pero no llames a nadie antes de consultarme —dijo la
señora.
—Perfecto, eso es cosa mía, pero hay una cuestión más apremiante
aún y más espinosa: hay que solucionar el tema de su sucesión al mando
de la tropa. Mañana hay un encuentro con los capos colombianos que
Víctor iba a llevar a cabo en persona, dada su importancia.
—Pues tendrás que ir tú —le expresó Virtudes.
Gabriel demudó su expresión en una mueca tétrica, semejable a haber
visto un fantasma, y palideció hasta niveles mortecinos.
—Pero yo no puedo hacerme cargo de eso, señora. Esa gente es
despiadada y no respeta absolutamente a nadie, salvo a don Florencio y
a Víctor.
—Que en paz descanse —puntualizó Gregorio.
—Que en paz descanse, claro —repitió el abogado.
—¿Y qué hay de su segundo? —preguntó ella.
—Está en San Petersburgo, pero aunque estuviera aquí, los
colombianos no iban a querer tratar con él. Son muy especiales, así
como inflexibles y peligrosos. Deberíamos posponer la reunión.
—¡De eso nada! —exclamó tajante—. Esa reunión no se puede aplazar.
Gregorio contemplaba y escuchaba la conversación absolutamente
fascinado por los entresijos de la organización mafiosa. Veía las gotas de
sudor resbalar desde el pelo encapsulado de Gabriel y le complacía, así
como la intransigencia de doña Virtudes. Entonces decidió intervenir:
—Iré yo.
—¿Cómo? —preguntó Gabriel asombrado.
—Lo que oyes pipiolo. Yo negocio con demonios de toda laya,
¿piensas que me va a dar miedo negociar con colombianos? Además me
he visto dos temporadas de la serie «Narcos».
—¿Pero y ellos? ¿Qué van a pensar ellos?
—Pues se van a quedar a cuadros y pensarán que cómo de cabrón
tiene que ser un cura para tomar el relevo de un asesino ruso con cara de
asesino ruso y fama de asesino ruso. Te aseguro que los cogeremos con el
pie cambiado.
—A mí me parece bien —sentenció doña Virtudes.
—Eso sí —dijo Gregorio al abogado—: tú te vienes conmigo, que yo no
sé qué diantres hay que negociar.

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—Pero, pero…
—¡De peros nada! —dijo ella—. Te vas con él. Y ahora ve a organizar a
la gente y a gestionar lo de Víctor. Gregorio, acompáñeme, que le enseño
sus dependencias.

La habitación que le fue brindada a Gregorio para su asueto era tan


señorial que llegó a desear que la situación se prolongara mucho en el
tiempo. Se descalzó, hizo que el mozo asignado a su servicio, que se
sentaba fuera, le trajera una cerveza y se recostó en la cama, poniéndose
unos auriculares conectados a la grabadora y encendiendo un cigarro,
utilizando como cenicero un jarrón chino que prometía ser auténtico. El
aparato de grabación, que usaba casetes en miniatura, estaba ya muy
desfasado, pero no dejaba de ser un artefacto de alta gama en su sector y
le permitía reproducir las grabaciones a la inversa, cosa que hizo. La
grabación no era muy larga y no tardó mucho en llegar a la parte final,
que venía siendo el principio del exorcismo, momento en el que a
Gregorio le dio un vuelco el corazón al escuchar algo. Se levantó como
un resorte y rebobinó la cinta lo justo para poder escuchar de nuevo.
«No puede ser», se dijo haciendo la misma maniobra varias veces. No
había dudas; una voz perfectamente nítida había contestado después, en
este caso antes, de preguntar Gregorio su nombre al diablo,
pronunciando la palabra AZAZEL.
Gregorio se levantó nervioso y comenzó a andar por la habitación con
la respiración agitada. Intentó calmarse y volvió a sentarse en la cama,
cogiendo su teléfono y marcando.
—Dime, Goyete.
—Teresa, tengo que hablar contigo. Has acabado ya las clases, ¿no?
—Sí, la semana pasada, ¿por qué?
—Porque necesito que me hagas un favor. Tengo una espada que
quiero investigar. Claro, cuando la he visto me he acordado de Forjado a
Fuego y cuando me he acordado del programa he caído también en su
mayor seguidora que, casualmente, es la historiadora más brillante que
conozco y mi mejor amiga.
—Te refieres a mí, supongo.
—No, me refiero a mi Tía Juanita. En fin, que la espada no te la puedo
enseñar pero sí te puedo mandar unas fotos del arma y del certificado de

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autenticidad.
—¿Y de dónde has sacado la espada?
—No te lo puedo… Rectifico: no te lo quiero decir.
—¿Pero estás hablando en serio?
—Completamente.
—En qué estás metido, Goyo.
—Te repito que…
—¡Ni te repito ni leches! ¿Desde cuándo me ocultas cosas? Contesta,
porque si no me cuentas de qué va esto no pienso ayudarte.
—Tere, de verdad, lo hago por protegerte.
—¡Vete a la mierda! —Y colgó el teléfono.
Gregorio esperó los dos minutos de rigor que sabía que Teresa se
tomaría para calmarse y devolverle la llamada. Así fue; antes de que se
fumara medio cigarro que había encendido, ella llamó.
—Dime de qué va esto —inquirió.
—A ver cómo te lo explico… Piensa en la persona más peligrosa de
España para practicarle un exorcismo.
—Mmmm no sé… —titubeó Teresa—. El presidente del Gobierno,
Pepón Nieto, Florencio Sánchez, la Pantoja…
—¡Bingo!
—¿Estás exorcizando a la Pantoja?
—No, a Florencio Sánchez, es que he estado lento.
—¡¡¿Estás exorcizando al Padrino de Concha Espina?!!
—Ni más ni menos.
—¿Pero la Iglesia tiene conocimiento de esto?
—No, ya te dije que me revocaron la potestad para ejercer. Todo esto
es bajo cuerda, así que huelga decir que no se lo puedes contar a nadie
nunca.
Se hizo un silencio tenso y prolongado en el que Gregorio tuvo la
prudencia de no hablar tampoco; sólo esperar a que su amiga
reaccionara como finalmente hizo, vertiendo sobre él una serie de
improperios, descalificaciones y exabruptos impropios de una señora
medianamente comedida como era Teresa, y que Gregorio pensó que
necesitaría del sacramento de la confesión y posterior penitencia. Tras
el desahogo de la mujer, él la puso al tanto de los pormenores del caso,

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con todas sus escabrosas vicisitudes y circunstancias, pudiéndose oír a
través del pequeño altavoz del teléfono el rechinar de dientes de Teresa.
—Y eso es todo.
—Madre mía, Gregorio, qué estás haciendo.
—Mi deber —contestó dignamente—. Porque mi compromiso es para
con Dios en primera instancia, no con una Iglesia que o cambia, o mal
camino llevamos.
—Pero a mí ahora me preocupas tú; ni la Iglesia, ni el ricachón
mañoso, ni nadie —dijo Teresa con ternura.
—Pues hazme caso, Tere; debería preocuparte también a lo que me
estoy enfrentando. Dime una cosa: ¿Cuándo te he mentido? ¿Cuándo he
exagerado contándote algo? Eres la única persona con la que soy
transparente y lo sabes.
—Sí, es cierto.
—Pues créeme si te digo que nos estamos enfrentando a algo grande;
algo extremadamente poderoso. Siempre he bromeado con el tema de
dar vueltas una cabeza humana y hoy lo he visto, por primera vez, con
mis ojos. He visto a un ser humano flotar y andar por el techo de una
habitación como un insecto. He visto quebrantada la voluntad del
hombre a manos del Diablo con la nitidez de un amanecer. Y otra cosa:
sabes que en un exorcismo uno pregunta el nombre del demonio que
posee a la víctima. Normalmente, si llega a responder, es cuando ya está
débil y se tiene dominio sobre él. Pues hoy, en un derroche inmenso de
poder por su parte, me ha contestado: Azazel. ¿Te suena de algo?
—¿Azazel dices?
—Sí, Azazel, uno de los nueve príncipes del infierno. Y no uno
cualquiera; es el Teniente del Erebo, el segundo en la escala de poder.
Azazel es el que está sentado a la mano siniestra de Lucifer. Y lo tengo
grabado, puedes escucharlo cuando quieras.
—Pero tú siempre has insistido mucho en que el Diablo es mentiroso,
que no te puedes fiar de él. ¿Por qué iba a decirte su verdadero nombre?
—Porque puede, porque no me teme; porque sabe, o cree saber, que
no tenemos nada que hacer contra él. Y otro detalle importante es que
ya fui avisado en mi anterior exorcismo, el del niño de Ciudad Real.
Aquel demonio me advirtió de lo que estaba por llegar. Me dijo que era
un emisario, un mensajero, anunciando la avenida de algo superior.

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Dime si no es para preocuparse y piensa una cosa: ¿Puedes imaginar lo
terrible que sería un Demonio de tal magnitud en simbiosis con una
persona tan poderosa?
—Bueno, igual lo mejora y todo —bromeó Teresa.
—Sí, yo también hice ese chascarrillo pero he visto con mis propios
ojos la aberración absoluta que es ahora. Y esto no ha hecho más que
empezar…
—¿Y si pides ayuda a tus amigos del Vaticano?
—Me excomulgarían, eso para empezar, y esta familia jamás
permitirá que aquí hubiera nada público ni oficial. Además no hay que
olvidar el reguero de sangre que vamos dejando.
—Esa es otra, Goyo, ¿cuántos sacerdotes más tienen que morir?
—Los que hagan falta, Teresa. Además llamar a esos tipejos
sacerdotes es mucho decir. Estoy solo; en el plano espiritual sólo puedo
contar contigo, pero una cosa te digo: no quiero que te acerques aquí. Si
me quieres ayudar, adelante pero desde fuera.
—Y aquí me tienes y me tendrás. No lo dudes. Solo pido a Dios que
sepas lo que haces. Mándame todo lo que tengas de la espada y mañana
mismo me pongo con ello.
—De acuerdo. Muchas gracias, Teresa.
—Nada, hombre. Voy a beberme una o siete copas de vino para
asimilar todo esto. Cuídate Goyete.
—Y tú. Ve con Dios.

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El Escorial

TERESA ANDUVO POR LA ENORME EXPLANADA DE PIEDRA QUE FLANQUEABA EL


monasterio en su fachada norte, admirando la grandeza de aquel lugar
sacro y señorial. Rezumaban los adoquines el frescor de la noche
sanlorentina, azotada por las brisas gélidas que acarreaba el monte
Abantos desde la Sierra de Guadarrama; saña con gusto a mediados del
mes de junio. El Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial siempre
le había parecido un maravilloso exceso ordenado construir por
Felipe II, uno de los monarcas españoles menos malos en su opinión; un
humanista convencido y un hombre muy cultivado a quien no libró la
historia de ser pasto de la Leyenda Negra. Negra como el perro que
amedrentó a los obreros durante los veinte años que duró la
construcción de tan titánico complejo; aquel perro que guardaba la
puerta del Infierno que quiso sellar el rey del Imperio Español en su
mayor apogeo, valiéndose del peso de un palacio, una basílica, un
panteón, un colegio, un monasterio y la gran biblioteca renacentista
que, a juicio de Teresa, era la más bella del mundo, con el permiso de la
Abadía de Admont. Aquella biblioteca, con una cara vista impresionante
y una trastienda menos lustrosa pero más valiosa a ojos de una
historiadora, era el objetivo de su visita.
Dobló la esquina y divisó a lo lejos a Fray Roberto esperándola cerca
de la puerta principal, ataviado con su hábito de sayal negro.
Conociendo la sobriedad, en forma y costumbre, de los moradores de El
Escorial, Teresa llevaba una muy discreta ropa de paisano y se había
puesto su cofia de monja que tuvo que rescatar del fondo de su armario y
desempolvar al vuelo de su ventana. Roberto era un veterano fraile de
San Agustín, orden que ocupaba el monasterio y desempeñaba
diferentes encomiendas al margen de su tarea religiosa y contemplativa,
propia de una orden eremítica y mendicante. Él guardaba como nadie el
alma de la biblioteca y ejercía de conservador tanto como de estudioso,
algo que pudo comprobar Teresa durante los seis meses que había

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estado agregada al monasterio para completar una tesis y ayudar en
labores de restauración y catálogo.
—Buenos días, Fray Roberto, perdone que le hiciera llamar tan
temprano esta mañana.
—No te preocupes, hermana, siempre es una grata noticia saber de
una visita tuya —respondió aquel hombre encorvado de ochenta años,
cabello lacio y plateado y ojos como cabezas de alfiler.
El entusiasmo del fraile por recibir a sor Teresa iba más allá del mero
apego o el anhelo de compañía. En su época como estudiosa y
colaboradora en la biblioteca del monasterio, la hermana no tardó
mucho en comprender el carácter curioso y algo lascivo de aquel
hombre aislado desde su mocedad y privado de los estímulos que a
cualquier varón produciría la contemplación de una bella y lozana
criatura humana, mujer en su caso, en paños menores. Por tanto, en
algo que a Teresa no le parecieron más que granujadas sin mayor
recorrido, cada vez que tenía la necesidad de acudir al monasterio,
obsequiaba a Fray Roberto con alguna baraja de cartas en cuyo anverso
se mostraba una serie de señoritas sin más atuendo que el del rímel de
sus ojos y el carmín de sus labios. Dada la premura con la que había
acudido a El Escorial, avisada por Gregorio la noche anterior, no había
tenido tiempo de comprar en el bazar donde solía adquirir tan rancios y
trasnochados juegos de cartas; así que, siendo las ocho y media de la
mañana, no le había quedado más remedio que pasarse por un quiosco
de prensa al llegar a San Lorenzo:
—Buenos días, ¿me puede dar una revista erótica? —preguntó
Teresa.
El quiosquero se quedó mirando fijamente a la mujer, incidiendo en el
velo de monja, y preguntó:
—¿Temática heterosexual o lesbiana?
—Heterosexual, por favor. Es para regalar a un hombre, por si sirve
de algo el dato. Y si me la pudiera envolver…
El señor se agachó a coger una revista y se retiró a un rincón de la
parva casetilla a envolverla en papel de estraza, tras lo cual se la dio a
Teresa, cogió el billete y le soltó el cambio con una zafia sonrisa:
—Que la disfrute, hermana.
«Gilipollas», pensó. «Gracias, buenos días», dijo.

Diez minutos después, Teresa sacó de su bolso el paquete y se lo


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Diez minutos después, Teresa sacó de su bolso el paquete y se lo
entregó al anciano fraile:
—Aquí tiene un pequeño obsequio, Fray Roberto. Sería conveniente
no abrirlo aquí.
—Oh, hermana, no tenías que haberte molestado —dije cogiéndolo y
guardándolo bajo su hábito—. Entremos ya si te parece. Toma, ponte
esto.
Teresa se colgó del cuello la acreditación que le permitiría deambular
por las estancias aledañas e inferiores a la biblioteca y ambos entraron
por la gran puerta principal y se dirigieron a la escalera de acceso al
Salón de Manuscritos pero ella pidió a Fray Roberto visitar antes el
salón principal aprovechando que hasta las diez no empezaba el horario
de visitas turísticas. Él accedió amablemente y subieron a la biblioteca
principal, el Salón de los Frescos, donde el silencio les aguardaba a tan
temprana hora. Cada vez que Teresa visitaba aquel lugar, le
impresionaba tanto como la primera vez. Anduvo por el regio
pavimento, que alternaba mármoles blancos con pardos, levantando la
cabeza para disfrutar de los preciosos frescos que decoraban la
imponente bóveda de cañón, que se alzaba desde sus diez metros de alto
a lo largo de los cincuenta de la nave; una bóveda dividida en siete zonas,
representando las siete artes liberales consideradas por los estudiosos de
la época. Se detuvo a contemplar el retrato de Felipe II y siguió andando,
mientras acariciaba con su mirada las bellas estanterías donde los libros
lucían con sus cantos dorados hacia afuera, al reclamo de la esfera
armilar en el centro de la sala. Aquel enorme artefacto de madera y
metal representaba el Sistema Solar según Ptolomeo, con la Tierra en el
centro, que si bien había perdido su interés científico a manos de Galileo
y Copérnico, aún conservaba intactos su encanto y su magia. Pasó
también por las mesas de mármol gris y ágata sobre las que se exponían
algunos de los incunables, de valor incalculable, que albergaba la
Biblioteca de El Escorial: Las Cantigas de Santa María, de Alfonso X el
Sabio; el Apocalipsis Figurado de Juan Bapteur; o, el que llamó más la
atención de Teresa, el Códice Áureo, un libro de evangelios escrito en el
siglo XI con letras de oro.
—Y pensar que este libro tiene casi mil años… —comentó Teresa
maravillada, para darse la vuelta y dirigirse a Fray Roberto—. Pues
cuando usted quiera, viejo amigo, nos vamos abajo.

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Bajaron por la escalera hasta el Salón del padre Alaejos, pasando por
el de Manuscritos, una antigua ropería del monasterio, reconvertida
ahora en zona de trabajo y que había servido de cortafuegos en el
incendio de 1872, salvando innumerables obras de las llamas. Allí Teresa
se había detenido a buscar y coger tres enormes libros de temática
templaría, con los que bajó al salón inferior. El Salón del padre Alaejos
era una zona recóndita y olvidada de la biblioteca, al cabo de un angosto
pasillo, que tenía una puerta oculta en un extremo, con varios peldaños
de piedra que bajaban a otra habitación aún más remota. Teresa insistió
en trabajar en esa pequeña sala, que conocía por usarla para fumar con
las novicias en sus días en el monasterio.
—Aquí en el Salón del padre Alaejos puedes estar tranquila, el
director de la biblioteca estará fuera estos días y sus ayudantes rara vez
acuden por aquí. Además, como bien sabes, la de abajo es una sala
prohibida cuya existencia no debería conocer nadie ajeno al monasterio
—le dijo Fray Roberto.
—Ya lo sé, pero usted ya me entiende —le respondió sacando un
paquete de tabaco—. Yo cogeré de aquí varios manuscritos y los
estudiaré abajo más a mi aire. ¿Quiere un cigarro?
—Pues vamos a echarlo —dijo el hombre complacido, apartando con
dificultad la estantería que bloqueaba el acceso a la sala inferior y
abriendo la puerta con una llave maestra.
Teresa hizo acopio de innumerables legajos de papel, pergaminos y
libros a medio desguazar, que bajó en varias tandas por la corta escalera
y depositó en una vieja mesa de madera, junto con los tres libros que
había cogido del Salón de Manuscritos. Fray Roberto, mientras,
encendió la luz de la maltrecha lámpara y buscó un candelabro con
velas, que colocó también en la mesa.
—A veces se va la luz aquí abajo; no está de más andar precavido, pero
ya sabe: tenga cuidado con las llamas… ¡Bueno, qué te voy a decir a ti que
no sepas, sor Teresa!
—Nada, tome usted —dijo ofreciéndole un pitillo.
Se fumaron un cigarro hablando de los achaques de Fray Roberto y,
tras apagarlo en un ajado cuenco de bronce, él le comentó que tenía que
ausentarse por unos asuntos y la dejaría allí sola:

—Tómate todo el tiempo que necesites, hermana; yo volveré en un


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—Tómate todo el tiempo que necesites, hermana; yo volveré en un
rato. Eso sí, cerraré la puerta para que nadie sepa que estás en «la
habitación prohibida» —concluyó riendo y desencadenando una
profusa tos que fue apaciguada por los palmetazos de Teresa en su
espalda.
Subió despacio los pocos escalones que separaban la habitación del
Salón del padre Alaejos y cerró la puerta tras de sí, echando la llave.
Nada más saberse en absoluta intimidad, sacó de su refajo el paquete que
contenía la revista que le había regalado Teresa, con un brillo pícaro en
sus minúsculos ojos. Lo desenvolvió con una agilidad impropia en un
anciano, pero con cuidado, y puso sus lentes sobre la nariz y la portada
de la revista ante sus lentes.

PORNO EXTREMO ULTRA-HARDCORE VOL. 122


“Especial Cuentos”
-Follarcito.
-Hansel, Gretely un equipo de fútbol americano.
-Las tres cerditas.

Fray Roberto quedó maravillado con la señora que mostraba sus


atributos entre las letras, pero no comprendió muy bien el significado
del nombre de la revista ni los grotescos títulos de los reportajes
anunciados en su portada, por lo que abrió una página al azar y lo que
vio hizo que sus pequeños ojos se abrieran hasta asemejar dos pelotas de
golf. Comenzó a respirar de forma entrecortada y a hiperventilar y notó
un dolor que se le propagaba desde el brazo hasta el pecho, donde puso
su mano en un acto reflejo y la apretó antes de caer fulminado al suelo y
morir. Una mueca extraña, entre el vicio y el horror, quedó grabada en
su cara.
El hecho de estar sola en aquel lugar y tener tantas páginas en las que
sumergirse, entusiasmaba a Teresa de un modo infantil, casi primario.
Le encantaba la idea de bucear entre todos esos libros, legajos y
pergaminos, algunos casi inéditos, que eran un tesoro para una
historiadora de vocación como ella, con una memoria y meticulosidad
que rozaban lo enfermizo. Había recordado la colocación casi exacta de
los libros que tenía que consultar y las estanterías de cuyas baldas debía
coger los atadijos de papeles, con sólo seis meses de trabajo previo por

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los rincones de aquel vergel de conocimiento. Seis meses que le bastaron
para descubrir que la sala donde estaba, cuyo uso sólo le había costado
un cigarro y una sonrisa, guardaba una enorme estantería oculta con
textos prohibidos, censurados y arcanos. Se puso sus coquetas gafas de
cerca, en previsión de largas horas de estudio, sacó una libreta y un lápiz
y colocó en la mesa el teléfono móvil donde guardaba las fotos y
documentos enviados por Gregorio. Tan abstraída estaba que no
escuchó la cabeza de Fray Roberto golpear violentamente el suelo
algunos escalones por encima, al otro lado de la puerta.

Teresa llevaba ya dos horas en la vorágine de crónicas, decretos,


epístolas, narraciones y efemérides cuando dio con el nombre de Frey
Juan Bechao. «F.J.B.», barruntó mordisqueando la base del lápiz. Todo
apuntaba a que la espada le había pertenecido a él y se avivó aún más su
curiosidad. No extrañaba en absoluto la ausencia de Fray Roberto, que
veía positiva a la hora de acometer la estantería oculta con más libertad,
como hizo cuando ya tenía un nombre y una historia oficial:
Juan Bechao fue el comendador de Xerez y Ventoso —actual Jerez de
los Caballeros, en Badajoz— a finales del siglo XIII y principios del XIV y
Maestre de la Orden del Temple que había tomado el gobierno de la zona
casi cien años atrás. Cuando el papa Clemente V, presionado por Felipe
IV de Francia, ordenó disolver la Orden, y el Rey de Castilla,
Fernando IV, tuvo a bien obedecer, fueron cayendo uno a uno todos los
bastiones templarios de España, algunos aceptando la resolución y otros
rindiendo la plaza a las bravas. Pero hubo unos caballeros templarios
que siguieron en sus trece hasta el final y se negaron a capitular, los de
Jerez de los Caballeros, comandados por Juan Bechao; no permitirían
que les fueran arrebatados los bienes concedidos por la propia Iglesia y
la Corona por su inquebrantable servicio a la Fe y sus cruzadas contra el
infiel y se conjuraron para morir defendiendo su castillo. Fernando IV
se vio obligado a enviar a un numeroso contingente de sus mejores
tropas y la batalla fue encarnizada, debido a la fiereza de los frailes
guerreros que, aun superados ampliamente en número, aguantaron el
sitio hasta atrincherarse en la torre del homenaje. Fue allí donde por fin
cayeron; y los últimos supervivientes, varios caballeros y el propio
maestre Juan Bechao, fueron decapitados y sus restos arrojados por la

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gran torre, pasando a denominarse desde entonces y hasta la actualidad
La Torre Sangrienta.
A Teresa le pareció un hecho muy relevante la caída de Juan Bechao,
el último templario, y le extrañó que no hubiera ninguna crónica
detallada del sitio de Jerez, una contienda asaz épica; con más motivo al
ser una victoria de un rey medieval a quien complacía el relato de sus
gestas. Teresa compuso la historia a base de referencias, retazos y
alusiones, pero había un hueco, un vacío insólito en lo que aconteció en
aquella cruenta batalla, por eso recurrió a la estantería de arcanos.
Desempolvó un sinfín de legajos y escrutó docenas de archivos sin éxito.
Se acercaba ya la hora de comer y le dio hambre. Fue entonces cuando
comenzó a echar en falta a Fray Roberto; no era normal su ausencia.
Ascendió por los escalones hasta topar con la puerta y comprobó que
estaba cerrada. Bajó de nuevo y sacó una barrita de coco del bolso, que
engulló mientras se preguntaba por el viejo fraile y miraba de soslayo el
caos de la estantería secreta. Allí vislumbró en un rincón el lomo de una
carpeta y se acercó a comprobarla. Estaba encajada debajo de unas
maderas que soportaban el peso de una gran pila de papel que, con
denodado esfuerzo, sujetó para extraer la carpeta sin desbaratarla. Se
encontraba ante un viejo y grueso cartapacio de cuero rojo, oscurecido
por el desgaste del tiempo, que estaba sellado con una correa y tenía la
hebilla lacrada en cera. Rompió el sello calentándolo con su mechero y
pudo retirar la hebilla y abrir la carpeta que contenía, según su primera
estimación, más de doscientos documentos. Comenzó a hojear y a cada
página su vello se erizaba un poco más; tenía delante un catálogo de
secretos, sorprendentes unos y terribles otros, que a buen seguro habían
sido ordenados destruir en su día por el rey o el líder religioso de turno y
habían ido salvando anónimos guerreros de la verdad que, por lo visto,
haberlos hubo. El corazón de Teresa se aceleró, sus pupilas se dilataron y
su boca permaneció abierta con pasmo de colegiala mientras realizaba
lecturas diagonales y rápidas de cada hoja y pasaba a la siguiente con
acucia. Así, ensimismada y emocionada, le sorprendió el apagón de la
lámpara, que sumió el remoto sótano sin ventanas en la más absoluta
oscuridad. Teresa buscó a tientas su mechero y lo encendió para
localizar el candelabro y prender las velas. Apartó todos los papeles,
cayendo no pocos al suelo, para no tentar al fuego y se quedó sólo con el

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cartapacio, poniendo el candelero a una distancia prudencial. Sumida
en el prurito incontenible de quien escarba en terreno ignoto, perdió la
noción del tiempo. Siguió repasando aquellos papeles y varias horas
después, a la luz de la débil llama, encontró lo que buscaba: crónica del
asedio de Xerez y Ventoso. Lo que leyó en aquel estremecedor relato le
dio las respuestas que necesitaba; el trabajo estaba hecho y no había
necesidad de seguir allí.
Llevó de vuelta y depositó en su sitio todo lo sacado de la estantería
menos la carpeta de cuero, con la dificultad de la exigua iluminación que
proporcionaban las ya agonizantes velas, colocando después los
tablones que ocultaban el archivo secreto. Apiló en la mesa los libros
traídos de fuera, así como el resto de legajos y pergaminos, y buscó más
velas con la ayuda de la linterna de su teléfono móvil. Encontró unos
cirios a medio derretir en unos muebles bajos y prendió uno de ellos,
llevándolo en la mano hasta la puerta de salida. Miró la hora en su
teléfono móvil: eran las ocho de la tarde. La desazón comenzó a invadir
su mente y titubeó antes de golpear la puerta para llamar la atención de
Fray Roberto, si es que andaba en las inmediaciones, o cualquiera que
pudiera pulular por allí. Nada; no hubo más respuesta que el silencio
vano y profundo de las entrañas del monasterio. Hizo un esfuerzo por
contener la desesperación que se estaba apoderando de ella y bajó a
reflexionar. Se le antojó que la causa más probable de la ausencia de Fray
Roberto sería el olvido; un señor tan mayor y con tanto achaque bien
podía haberse distraído y haber condenado a Teresa en alguna laguna de
su memoria. Volvió a mirar su teléfono y volvió a comprobar que no
había atisbos de cobertura. Probó a accionar en repetidas ocasiones el
interruptor de la pared por si regresaba la electricidad a la lámpara por
repetición o arte de birlibirloque; tampoco resultó. Se sentó en el suelo
encendiendo un pitillo y recostó su cabeza contra la pared, explorando
sus alternativas. Al encender el mechero observó que la llama se abatía
en dirección opuesta al fondo de la sala, evidenciando una ligera
corriente de aire que podría provenir de otra puerta desconocida para
ella. Se levantó y se puso manos a la obra.
El sudor resbalaba por la frente de Teresa, que había intentado
mitigar el sofocón recogiendo su melena con un coletero. Abrió su blusa,
remangó su falda cogiéndola con varios alfileres que llevaba en el bolso

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y elevó la barbilla, mirando al techo, exhalando un profundo suspiro.
Había explorado cada centímetro de pared, cada baldosa, cada rincón.
Había movido estanterías y muebles, había subido a golpear la puerta en
varias ocasiones y notaba que ya no podía más. La llama del cirio, que
usaba para orientarse, parecía no oscilar en ningún sitio en concreto y
en todos a la vez. Miró el viejo busto de San Jerónimo, enorme y
deteriorado, que desde la penumbra de un rincón frente a las escaleras
parecía burlarse de ella. Se acercó y comprobó que la sucia figura de
piedra componía un todo con la base, un gran cajón de madera sin
aperturas que parecía macizo. Intentó moverlo pero no pudo; era
demasiado pesado. Un pálpito la llevó a seguir intentándolo, esta vez
munida con una barra de acero apilada bajo una balda. Hizo palanca
contra la pared y, con ímprobo esfuerzo, pudo desplazarla unos
centímetros. Dos embates más movieron la tosca estructura una cuarta
y sirvieron para que Teresa mirara el trozo de suelo que había quedado
libre y descubriera una trampilla de madera. Aquel hallazgo la empujó a
seguir con más fuerza hasta que, después de más de media hora y un par
de descansos, liberó completamente la puerta del suelo del yugo de la
estatua. Acercó la linterna del teléfono y pudo comprobar que la puerta
tenía un boquete donde una argolla era trabada por un candado pequeño
y oxidado que parecía atesorar siglos de existencia. Cogió la barra de
nuevo para descerrajar el candado, pero antes se paró a pensar: «¿Para
qué necesito una puerta que me lleve a un lugar aún más profundo?».
Pero un animal encerrado sólo busca salir de su jaula de cualquier modo
y, amparada en la posibilidad de que aquella puerta diera a un acceso a
galerías por las que alcanzar otra salida, metió la barra en el candado y lo
partió, liberando la trampilla. En ese momento le volvieron a asaltar las
dudas. Sopesó sus posibilidades sumida en la incertidumbre e, indecisa,
se sentó de nuevo en el suelo a pensar, con el beso del frío adobe en su
nuca. Antes de que se diera cuenta estaba dormida.

La despertó el ruido lejano de lo que parecía ser una sirena. Advirtió,


por el letargo de sus brazos entumecidos, que había dormido más de la
cuenta. Se levantó y se desperezó en la oscuridad; la llama del cirio se
había extinguido. Tenía hambre. Por un momento había olvidado su

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desesperada situación, hasta que encontró a tientas el mueble abierto y
encendió otro cirio, devolviéndola a la realidad. Miró la trampilla.
Dio una vuelta nerviosa por la sala y volvió a golpear la puerta sobre
las escaleras, en un último coletazo antes de aventurarse por el
misterioso portillo del suelo. Cogió de nuevo su teléfono, encendió la
linterna y se aproximó a la trampilla, con San Jerónimo dándole la
espalda. Tomó aire y metió la mano en la hendidura de la madera para
abrirla, recibiendo una bofetada de aire frío y viciado. Alumbró el
interior y vio el inicio de una escalera de caracol, también de piedra, que
se perdía en las profundidades. El pánico la arredró terriblemente,
incluso antes de divisar aquellos ojos brillantes que la miraban desde las
tinieblas; cuando quiso reaccionar ya era tarde. Intentó cerrar mientras
se arrojaba hacia atrás, pero una mano salió antes de la clausura de la
puerta y la agarró del tobillo, tirando de ella hacia el abismo. No podía
ver a quién pertenecía aquella mano que tenía uñas afiladas, como una
garra, y dedos largos y huesudos, pero podía apreciar el fulgor de unas
pupilas cetrinas bajo la puerta apoyada en su pierna; no podía escuchar
más que sus propios gritos ahogados y el rechinar de sus uñas
intentando agarrarse al suelo. Justo cuando todo su tren inferior había
sido sepultado bajo la trampilla, esta se abrió y Teresa supo que era el
final.

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Tormenta

GREGORIO SE LEVANTÓ TEMPRANO Y SE ASEÓ FRENTE AL ESPEJO DE SU CUARTO DE BAÑO


privado. Se vistió —vaqueros, camisa y alzacuellos— y salió al pasillo a
reclamar la atención del mozo que vigilaba en su puerta, que estaba
doblado en un sillón, profundamente dormido. Carraspeó
exageradamente para despertarlo, pero no funcionó. Tosió y tampoco
abrió los ojos el joven. Decidió entonces sacar a pasear la palma de la
mano y le dio una colleja.
—¡Ay, qué hace, padre!
—Pues que han entrado a matarme siete u ocho asesinos a sueldo de
Belcebú y tú estabas ahí sobando.
—¿Pero ya se han ido?
—Sí, los he molido a palos mientras roncabas.
—¿Roncando yo? ¿Usted se ha escuchado, que parece un tractor?
A Gregorio le hizo gracia la impertinencia del chaval y no pudo
reprimir una carcajada. Después le preguntó dónde podía tomar un café
y él le explicó que el personal desayunaba en la cocina y se ofreció a
acompañarle. Llegó a la cocina más grande que el sacerdote había visto
en su vida y sobre una desproporcionada mesa de mármol que había en
el centro, varios hombres se daban al refrigerio sentados en taburetes.
Eran atendidos por Agustín, el jefe de cocina, y varios pinches y
camareros. Se sentó e intercambió «buenos días» con los presentes, para
solicitar un café con leche y un cruasán recién hecho de los que se
podían oler a media legua de los hornos. Mandó buscar a Mork y Plork
—«¿A quién, padre?», «¡A los gemelos grandotes!»— y pidió una copa de
coñac, que Agustín vino a despacharle personalmente:
—Este es un Pierre Ferrand gran reserva, padre —dijo mostrándole la
botella—. Me dijo la Señora que le atendiera con la despensa y la bodega
personal de don Florencio.
—Estupendo José Luis; pues deja la botella.
Los hermanos tardaron en venir un cuarto de botella de coñac y
Gregorio les concedió tiempo para desayunar. Mientras tanto, se

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entretuvo en leer la noticia de la desaparición de un sacerdote en
Carabaña que respondía al nombre de Avelino Santos. Se santiguó y se
dirigió a sus hombres:
—A ver, muchachos, hoy no vamos a perder el tiempo nosotros en
secuestrar curas; que lo hagan otros. ¿Para hacer este encargo tengo que
hablar con el abogado?
—No, don Gregorio, nos ocupamos nosotros —contestó Plork—.
Desde que estamos con usted nos han dado más autoridad.
—Pues nada, hablad con quien tengáis que hablar. Quiero ocho curas
de la lista; que se lleven una furgoneta o un microbús o lo que vosotros
veáis. Y que sean discretos: explicadles que si no hay opciones de
llevarse a uno sin levantar polvareda que lo dejen y se vayan a por otro,
que quedan todavía quince nombres aquí.
Sacó la lista, tachó dos nombres y la puso sobre la mesa.
—Descuide, don Gregorio, nos ocupamos ahora mismo —dijo Mork.
—¿Nosotros qué vamos a hacer? —preguntó su hermano.
—A su debido momento. Id a gestionar esto y nos vemos en la puerta
del despacho de don Floren.
Mork y Plork se fueron rumbo a las oficinas para hablar con el jefe de
personal que, advertido por Gabriel, enseguida puso a su disposición los
medios y la gente necesaria para la misión. Una vez reunidos, los
gemelos les dieron las precisas instrucciones que Gregorio había
pormenorizado y todo se puso en marcha. Cruzaron la mansión y
llegaron hasta la puerta de las dependencias de don Floren, donde
Gregorio departía con un corrillo de soldados alrededor.
—… y dice Jesucristo —explicaba Gregorio—: «quien esté libre de
pecado que tire la primera piedra» y un enorme guijarro impactó en la
cabeza de la mujer, a lo que se da la vuelta Jesús y dice: «Ya te vale,
mamá, tú no cuentas».
Un estallido de risas y muestras de algarabía siguieron al chiste de
Gregorio, a quien los soldados pedían más.
—Qué fenómeno —susurró Mork a su hermano—; es el alma de las
fiestas.
—Lo siento chicos, será en otro momento —se disculpó Gregorio
acercándose a ellos—. Qué, ¿nos vamos?
—Cuando usted quiera, don Gregorio.

—Ah, una cosa antes de irnos —dijo dirigiéndose de nuevo a los


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—Ah, una cosa antes de irnos —dijo dirigiéndose de nuevo a los
soldados—: si llegan los curas antes que nosotros, los ponéis, de uno en
uno, a rezar aquí en la puerta en turnos de dos horas.
—¿Y si se niegan? —preguntó uno.
—Yo que sé; vosotros sois los criminales, no creo que os cueste
obligarles —concluyó alejándose, seguido por Mork y Plork.

—Tenemos delante a un demonio muy chungo, amigos —contaba


Gregorio en el coche mientras se dirigían a la ciudad—. Anoche
descubrí, gracias a la grabación del exorcismo, que nuestro adversario es
Azazel, el chivo expiatorio, el forjador de armas, un hijo de puta de
mucho cuidado. Se podría decir que es el Alfonso Guerra del Infierno;
por lo de ser el segundo al mando, me refiero…
—¿Y qué vamos a hacer? —preguntó Mork preocupado.
—Armarnos contra él, proveernos de herramientas poderosas que
puedan hacerle frente; por eso vamos a la Catedral de la Almudena. Allí
guardan los santos óleos de la misa crismal, bendecidos por el arzobispo
de Madrid, que, por cierto, es amigo mío. Aunque no hay manera de que
se ponga al teléfono…
Gregorio volvió a llamar al arzobispado intentando hablar con
Monseñor Fernández, pero siempre obtenía la misma respuesta: «El
señor Arzobispo no está disponible, ¿quiere usted dejar un recado?». Se
ofuscó, lanzó el móvil sobre el salpicadero y abrió la ventanilla para
pagar su frustración con un conductor al que adelantaban:
—¡Que el carril del medio es de todos, gilipollas!
—¿Y con la espada esa que pasa, don Gregorio? —preguntó Plork.
—Le he encargado a una experta que la investigue. Los templarios
fueron antaño el brazo armado de la Iglesia, aunque también unos
fanáticos; nobles y rectos, pero exaltados. Una espada templaría podría
ser una poderosa reliquia pero, ojo, también para el Maligno. Si cayó en
manos equivocadas podría haberse vuelto en nuestra contra.
Decidió entonces llamar a Teresa, pero le sonó una alocución
informando de que su teléfono estaba apagado o fuera de cobertura; no
le preocupó demasiado. Llegaron a la catedral sin que hubiera podido
contactar con el arzobispo. Se bajó con Mork y Plork se quedó esperando
en el coche. Entraron en La Almudena y Gregorio pidió a Mork que

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dejara cinco euros en la caja de donativos. Se dirigieron a la puerta de las
dependencias arzobispales y un vigilante les informó de que el arzobispo
estaría fuera todo el día.
—Vaya por Dios. ¿Y podría hablar con don Jorge, el prelado
territorial? Dígale que es urgente.
—Un momento.
Después de unos minutos, apareció por la puerta Jorge Molina y al
ver a Gregorio resopló malhumorado.
—A ver, qué te pasa —preguntó de mala gana.
—Buenos días a ti también, don Jorge.
—¿Hoy no me llamas Mortadelo?
—Caramba, veo que te tomas las bromas muy a pecho —comentó
Gregorio—. Bueno, que necesito pedirle una cosa al arzobispo; como no
está te lo digo a ti: necesito aceites santos de la misa crismal.
—Ja, ja, ja —rio el prelado con superioridad—. ¿Y para qué quieres
eso tú?
—No te incumbe. Es una cosa entre el arzobispo y yo.
—Pues mira, aquí cerca hay un supermercado que tiene muchos tipos
de aceite. Buena suerte.
—¿Esas tenemos, no? Pues ándate con ojo; puede que te arrepientas
de esto.
—¿Sí? ¿Qué vas a hacer, difamarme en tu página web?
Gregorio enfocó su teléfono a la cara de Jorge y disparó una foto, que
deslumbró al prelado.
—¿Qué haces? —protestó.
—Es por si la gente no se cree que conozco a Mortadelo.
El prelado se dio la vuelta muy airado y mandó cerrar la puerta.
Gregorio comenzó a mascullar, andando en círculos y marcó en su
teléfono móvil.
—Bandicoot, te voy a mandar una foto para que la pongas en la página
web con un rótulo enorme que diga: Jorge Molina, alias Mortadelo,
prelado de Madrid, es un imbécil… ¡No! —se interrumpió—, olvídalo.
Tengo una idea mejor. Hasta luego.
—Mork, te voy a mandar la foto a ti —dijo en voz baja—. Me lo
secuestren.
—¿Pero ahora?

—No, manda a otra gente y que lo hagan con discreción; lejos de aquí.
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—No, manda a otra gente y que lo hagan con discreción; lejos de aquí.
Que lo esperen, lo sigan y lo secuestren en su casa, que lo lleven a la
mansión encapuchado para que no sepa dónde va y una vez allí lo
retengan, a él solo, en una habitación sin vistas.
—A la orden, don Gregorio.
Marcharon ambos rumbo a la puerta de salida, pero al pasar cerca de
un banco donde rezaba una mujer mayor, esta alzó la voz:
—No es aquí donde debe buscar, padre.
—¿Qué? —dijo Gregorio deteniéndose junto a la señora, que hablaba
sin mirarlo con la frente hundida en sus dedos entrelazados.
—Se ha equivocado de Iglesia. Debe buscar donde está el libro de los
libros. Siga el camino del perro y la encontrará.
—¿Encontrar a quién?
—A ella.
Gregorio se sentó a su lado y volvió a preguntar:
—¿Quién es ella?
—Hola, padre —dijo la mujer levantando la cabeza.
—¿Me conoce? —preguntó Gregorio.
—No tengo el gusto —respondió la mujer.
—¿Y qué me estaba diciendo?
—Nada, yo estaba rezando. No le he dicho nada.
La cara de incomprensión de la señora evidenciaba que decía la
verdad. Gregorio se disculpó y se levantó pensativo.
—Ya he dado la orden, don Gregorio —dijo Mork, que había ido a un
aparte a hablar por teléfono—. ¿Nos vamos?
—Sí. Es que la mujer esa…
Gregorio señaló los bancos vacíos.
—¿Qué mujer?
—Me cago en mi puta vida —contestó—. Ninguna. Vámonos.

Pararon a comer un bocadillo de calamares en el Paseo del Prado,


fueron a un bazar a comprar globos y una pistola de agua y se pasaron
por una administración de lotería para que el sacerdote echara la
quiniela. Acabadas las pesquisas, pusieron rumbo de nuevo a la
mansión. Gregorio iba callado, cavilando y dándole vueltas al encuentro
con la mujer de la catedral: «¿Qué habrá querido decir?», se preguntaba.

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Fueron varias las veces que probó a llamar a Teresa en el transcurso de
la mañana, con la misma alocución por respuesta. Llegaron a la mansión
a la hora de comer y fueron a la cocina, pero doña Virtudes quiso que
Gregorio comiera con ella en el comedor. Él la puso al tanto de los
pormenores y le avisó de la sesión de exorcismo que habría de empezar
tras la sobremesa; ella le rogó que lo intentara todo y le recordó la
reunión, por la noche, con el grupo colombiano. Empezando con los
postres, fue avisado de que los sacerdotes requeridos ya estaban allí.
—Poned a uno a rezar en la puerta de don Floren y al resto alojadlos
juntos en alguna habitación vigilada. ¿Tienen? —Preguntó Gregorio a
doña Virtudes.
—Por supuesto. Llevadlos a alguna de las habitaciones de personal del
ala antigua.
El hombre se marchó y Gregorio se levantó y se excusó con su
anfitriona.
—Recuerde, doña Virtudes, lo mejor que puede hacer es ir a la capilla
a rezar. Del resto me ocupo yo.
Gregorio se dirigió a la cocina, donde varios hombres charlaban
animados, tras llenar la andorga. Le pidió a Agustín su botella de coñac y
se sentó junto a Mork y Plork.
—Bueno, ¿estáis preparados para otro asalto?
—Para lo que usted nos diga, don Gregorio.
—Bien… ¡Ah! Una cosa —dijo sacando los globos de colores de tamaño
pequeño que había comprado en el bazar—, llenadlos de agua y ponedlos
en un cubo.
Mientras los hermanos llenaban y anudaban los globos, con la ayuda
de otros soldados que había por allí, Gregorio dio buena cuenta de un
par de copas de coñac. Los metieron en un balde que trajo un pinche de
cocina y se marcharon hacia el despacho de don Floren.
Francisco Núñez rezaba tembloroso en la puerta del despacho,
rodeado por varios vigilantes que lo miraban mal. Gregorio le pidió
acompañarlo a un rincón alejado y allí lo confesó y volvió
refunfuñando, acordándose de la familia de varios santos que, los
pobres, poca culpa tenían de los pecados de don Francisco. Bendijo las
diferentes aguas —botellas, frascos, globos, fumigador y la pistola de

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agua que se ciñó en el cinturón—, se atavió con la estola y demás
pertrechos, le dio una Biblia al sacerdote y encaró a su gente:
—Equipo, vamos para adentro. Y vosotros —se dirigió a los
guardianes—, ya sabéis lo que le pasó a Víctor por abrir la puerta. Que no
entre nadie, oiga lo que oiga y pase lo que pase, a no ser que yo
personalmente abra y os lo ordene. ¿Estamos?
Todos asintieron y los cuatro entraron en el despacho.

La sesión se presentó, de partida, mucho más tranquila y Gregorio


llegó a pensar que el diablo que moraba en el cuerpo de don Floren se
estaba debilitando. Éste hacía poco más que balbucear mientras él
recitaba sus fórmulas y rezaba con el eco de don Francisco. De vez en
cuando, un chorro de agua bendita avivaba la furia del poseído, pero se
volvía a postrar y quedaba a merced, de nuevo, de las oras de los
sacerdotes. Llevaban casi tres horas de tedioso ritual cuando don Floren
pareció espabilarse:
—Goyete, Goyete, Goyete… ¿Qué voy a hacer contigo? —dijo con la
voz gruesa propia de un demonio.
—Hombre, lo suyo es que te vayas. Porque vaya un peñazo, macho —
le indicó Gregorio.
—No te preocupes, don Gregorio. No te voy a molestar mucho porque
hoy será un mal día para ti. Hoy vas a perder a otra mujer.
A Gregorio le cambio el rictus completamente y la cólera se fue
apoderando de él a cada pregunta:
—¿A qué mujer te refieres? —dijo Gregorio pensando en Teresa.
—A la que estás pensando, ¡ja, ja, ja! —Comenzó a proferir unas
terribles y estridentes carcajadas que hicieron que Mork y Plork se
taparan los oídos y don Francisco guiñara los ojos en un intento vano de
que no le afectaran.
—¿¡Qué pasa con ella!? —volvió a inquirir Gregorio enfurecido.
—¡Hoy cruzará las puertas del infierno y será mía, ja, ja, ja! ¡No tienes
suerte con las mujeres ja, ja, ja…!
Gregorio se retiró a un rincón para llamar por teléfono a Teresa,
mientras las atroces carcajadas se clavaban en el ánima de los presentes,
y volvió a recibir la misma respuesta al otro lado: «apagado o fuera de
cobertura». Se plantó delante de la aberración, que seguía riendo, y en

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un arrebato de ira que no pudo contener, se arrojó sobre don Floren y
comenzó a abofetearlo:
—¿¡Dónde está, hijo de puta, dónde está!? —gritaba mientras le
golpeaba con todas sus fuerzas.
Mork y Plork corrieron a sujetarlo y lo apartaron de la cama.
—Tranquilícese, don Gregorio.
Gregorio los miró y sintió una repentina vergüenza. Él, que avisaba
constantemente a los demás de que cosas así podían suceder, se había
dejado embaucar. «Perdonad», les dijo.
—Y tú, príncipe de las mentiras, has de saber que no me engañas.
Sufre.
Arrojó un potente chorro de agua de la botella que don Francisco,
inmóvil y callado, tenía en la mano y acercó su crucifijo hasta ponerlo en
el pecho de don Floren. Éste se retorció, dejó de reír y quedó sumido en
una especie de letargo, que se acentuó con el rezo de una última oración.
—Eso es todo, chicos. Vamos a descansar —dijo Gregorio recogiendo.
El otro sacerdote, en contraste con la apatía que había mostrado
durante toda la sesión, se puso en marcha muy rápido y fue el primero
en abandonar el dormitorio y entrar en el despacho. Cuando salieron los
demás, don Francisco andaba por mitad de la sala y Gregorio preguntó
mirando el rincón opuesto:
—¿Cuándo han quitado el oso disecado?
Una décima de segundo después una bestia enorme surgía desde un
lateral y se abalanzaba sobre el desdichado cura: el oso pardo había
cobrado vida y lo estaba destrozando. Los gemelos sacaron sus armas y
comenzaron a disparar a discreción sobre la monstruosa criatura, sin
producirle daño alguno. Gregorio, por empatía, sacó su pistola de agua y
le disparó también, observando que el chorro líquido sí parecía dañarlo.
—¡Rápido, los globos! —gritó.
Plork acercó el cubo y los tres comenzaron a coger y lanzar globos de
agua bendita sobre el oso demoníaco, produciéndole terribles daños en
cada impacto. Cada explosión de un globo sobre el cuerpo de la criatura
le quitaba, prácticamente, un pedazo. Continuaron hasta que dejó de
atacar al sacerdote y del oso quedó poco más que un espantajo de pelo y
hueso que se desmoronó sobre el suelo de mármol. Pero ya era tarde
para don Francisco, cuyo cuerpo había sido mutilado, descuartizado y

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esparcido por la sala. Gregorio resopló y abrió la puerta del pasillo
resignado, donde todos los hombres estaban en guardia con los rostros
agarrotados de puro terror, apuntando en su dirección.
—No os preocupéis, ya ha pasado todo —dijo saliendo, seguido de
Mork y Plork.
—¿Y el cura? —preguntaron.
—Don Francisco es ahora una partida de Tetris. Hay que traer otro
sacerdote de repuesto. Eso sí, después de que retiréis al anterior y, de
paso, llevaros los restos del oso; no vaya a ser que se nos asuste el
próximo.
Varios hombres realizaron la limpieza del despacho supervisados por
Gregorio, que no se fiaba de dejarlos solos allí. Cuando acabaron volvió a
cerrar la puerta y mandó traer a otro sacerdote y seguir con el protocolo:
turnos de rezos de dos horas cada uno. Animó a los gemelos a que fueran
a descansar y él hizo lo propio retirándose a su cuarto. En dos horas
partirían a la reunión con los colombianos.

Gregorio se duchó, se cambió de ropa y mandó traer un café y una


rosquilla. Se recostó en un sillón junto a la ventana y quiso escuchar
música, pero la intranquilidad no le dejaba: «¿Dónde estará esta tía?
¿Qué habrá querido decir “don Floren”? ¿Y la mujer misteriosa de la
Almudena?». A eso de las nueve vinieron a avisarle para ir a la reunión.
Yendo hacia la puerta principal le informaron de que ya tenían al
prelado Jorge Molina retenido en una habitación:
—¿Qué hacemos con él?
—Déjame pensar… Quiero que le interroguéis y le preguntéis dónde
está Filemón, pero sin pegarle ni torturarle; le ponéis el foco ese blanco
y le preguntáis cansinamente. Dejadle tiempo para dormir, pero no
mucho, y mañana seguís.
—Como usted mande —dijo el soldado.
Montaron en un coche Gregorio, sus dos muchachos y Gabriel. A
Gabriel le disgustó ir en el asiento trasero junto a Mork, pero Gregorio
quiso dejar clara la jerarquía actual, yendo delante, y necesitaba de las
instrucciones del abogado. Tras el coche principal emprendieron la
marcha varias furgonetas con gente armada. Durante el trayecto
Gabriel expuso los puntos de la reunión: contó que existía un amago de

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sublevación en la banda de narcos colombianos llamada «Los Mendoza»;
ellos se encargaban de la distribución de drogas en la Costa del Sol y
parte del Levante español, con la cobertura de la organización de don
Florencio, a quien tributaban un treinta y cinco por ciento de los
beneficios. Unilateralmente habían decidido pagar sólo un treinta por
ciento y amenazaban con romper el pacto. «Esta gente no se anda con
juegos», advirtió Gabriel, «Vienen de un mundo donde sobreviven con
sangre y fuego; tienen poder, tienen muchos hombres, son de gatillo
fácil y muy difíciles de controlar». Por eso insistió en la importancia de
Víctor en esta clase de reuniones: «Era un hombre legendario y temido,
acostumbrado a la guerra. A él no le asustaba nadie y tenía mucha
experiencia tratando con narcos, que sólo respetan la mano dura». «Pues
de momento se van a tener que conformar conmigo», dijo Gregorio.
—Estamos llegando —avisó Plork.
Pararon ante una colosal y llamativa discoteca entre las últimas casas
de la ciudad y un incipiente polígono industrial. Una vistosa amalgama
de neones brillaba y parpadeaba en la fachada y varios focos
proyectaban un haz de luz en el cielo. Gabriel indicó a Plork que la
rodeara para aparcar en la parte trasera, donde debía llevarse a cabo la
reunión.
—No, para. A ver, explícame cómo va esto —preguntó Gregorio al
abogado.
—El club está conectado a dos naves en la parte trasera. Normalmente
las reuniones pequeñas se hacen en las oficinas que están en una planta
superior, entre esta y la nave industrial mayor, pero en la de hoy
estamos citados detrás.
—¿Ambos sitios están comunicados entonces?
—Así es.
—Pues nos bajamos aquí. Vamos a entrar por delante.
—Pero ellos…
—Pero nada, tío. A ver, ¿quién manda aquí? ¿Quién es il capo di tutti i
capí? Don Floren. Así que hay que sacar músculo haciendo lo que nos
salga de los cojones; esa debe ser la actitud. Además quiero ver la
discoteca, que llevo sin pisar una desde que estaba casado.
Mork, Plork, Gabriel y Gregorio se bajaron del coche delante de la sala
de fiestas. Tras ellos se detuvieron las dos furgonetas que los

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acompañaban y empezaron a salir hombres, pero Gregorio los detuvo.
—Vais a esperar aquí fuera. Meteos de nuevo en las furgonetas —les
ordenó Gregorio—. No los necesitamos —le dijo a Gabriel, notoriamente
desconcertado, y se puso su sombrero, cogió su maletín y cruzó la calle
seguido de Mork y Plork. Gabriel emprendió la marcha tras ellos:
—Pero, don Gregorio —le dijo—, mostrar músculo es precisamente
eso, llevar un buen grupo de soldados; así lo hacía Víctor.
—Eso es mostrar endeblez y debilidad; no sería tan duro ese tipo. Un
verdadero «alfa» no necesita arroparse con tanto figurante.
Llegaron a la puerta de acceso a la discoteca, donde una maroma roja
alzada por bolardos, paralela a la acera, delimitaba la zona donde la
gente se apretujaba haciendo cola para entrar y al final de la cual dos
gorilas, casi más anchos que altos, imponían las leyes de admisión.
Gregorio fue directamente hacia ellos y al llegar se detuvo y se quedó
callado, dejando que Gabriel, que estaba tras él, hablara.
—Venimos a reunimos con don José Mendoza.
Gregorio no se dignó a levantar la vista, sólo permaneció recto como
una estatua. Desde su altura los apaisados porteros no podían verle la
cara, debido al sombrero de teja que llevaba encajado hasta las cejas, y
parecieron intimidados ante la estampa de aquel hombre vestido con
sotana negra, acompañado por un mafioso de manual y dos matones
superiores incluso a ellos. Gregorio evidenciaba estar en otro nivel. Se
apartaron e indicaron a otro portero, que sujetaba la puerta interior,
que les dejara pasar. Enfilaron un gran pasillo que se fue abriendo por
un lateral, mostrando un templo de música disco en cuya pista de baile,
dos niveles por debajo, se agolpaba una marabunta de gente bailando y
gritando bajo una colosal bola de discoteca y el influjo de todo tipo de
luces, golpes de altavoz y, muy probablemente, drogas en abundancia.
Varias plantas, superiores e inferiores a las de la entrada, acumulaban
barras de bar, reservados y zonas de asueto. Había plataformas donde
varios gogós, mujeres y hombres vestidos a golpe de catálogo
sadomasoquista, hacían las delicias del respetable y de Gregorio, que
miraba de soslayo sin descomponer su figura recta e impasible.
—Siga hasta el fondo —le sopló Gabriel.
Gregorio caminaba con tal decisión y seguridad que, unidas a su
atuendo, hacía que las numerosas personas que encontraba a su paso se

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apartaran con temor. Avanzaba implacable con su maletín en la mano;
una roca bajo la sotana y el sombrero que le daban un halo de misterio y
evocaban una zozobra ciertamente irracional. También se fijó el
sacerdote en que algunos individuos con aspecto feroz les empezaban a
seguir a cierta distancia después de cruzarse con ellos. Llegaron al final
donde un par de tipos con cara de malos aguardaban junto a una puerta
blindada con una cámara encima que miraron todos menos Gregorio. La
puerta se abrió y pasaron a través de un descansillo que tenía una suerte
de sala acristalada elevada a su izquierda y unas escaleras descendentes
delante, al cabo de las cuales un grupo de soldados armados esperaban
sin quitarles ojo. Descendieron seguidos por la improvisada comitiva y
Gregorio se detuvo en mitad de una nave, a unos metros de un hombre
estrafalariamente bien vestido y rodeado, también a distancia, por una
serie de esbirros que parecían competir por adoptar la pose más
macarra. Mork y Plork se detuvieron tras Gregorio, formando en
paralelo y cruzando sus manos al unísono sobre la hebilla de su
cinturón, como tan bien sabían hacer. Gabriel, que estaba en medio,
quiso tomar la palabra:
—Buenas noches Don…
—Chssssst —chistó Gregorio con severidad, sin mirarlo y levantando
un dedo.
Permaneció de esa guisa y se tomó su tiempo antes de levantar la voz:
—¡Y en el cielo aparecerá un dragón rojo con siete cabezas y diez
cuernos! Y sobre sus cabezas siete diademas de fuego. Y su cola
arrastrará la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojará sobre la
Tierra. Y la mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies y la corona de
doce estrellas dará a luz un varón; aquel que ha de pastorear a todas las
naciones… ¡¡Con vara de hierro!!
Diciendo las últimas palabras con un tono de voz mucho más elevado,
dejó caer su maletín desde la mano y al impactar en el suelo, todos los
presentes se sobresaltaron, dando algunos de ellos un mayúsculo
repullo. Lo miraban confusos, incluyendo a don José, que permanecía
atónito frente a él sin saber muy bien cómo reaccionar. Les abrumaban
sus palabras, que no acababan de entender del todo y les intimidaba la
forma en la que había mandado callar a Gabriel, quien todos sabían que
era la mano derecha de don Florencio. «¿Quién será este personaje

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siniestro que parece ser intocable y habla como si estuviera por encima
del bien y el mal?», se preguntaba el capo de la organización
colombiana, un hombre de más de treinta y menos de cuarenta, que
llevaba una camisa de colores chillones abierta hasta el esternón y
varias cadenas de oro que competían entre ellas en grosor. Lo miraba
desde sus gafas con cristales amarillos y se tocaba el diamante del
zarcillo de su oreja izquierda. Gregorio, tras una pausa, siguió:
—Y habrá un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatirán
contra el dragón y el dragón luchará con sus demonios. Y no prevalecerá
ni quedará lugar para ellos en el cielo. El gran dragón, la serpiente del
mundo antiguo, ¡Satanás!, el que engaña al mundo entero, será
precipitado a la Tierra y sus ángeles con él…
Gregorio hizo una pausa para sacar un cigarro, poniendo aún más en
guardia a los presentes, que desconfiaban de lo que fuera a buscar bajo
su sotana y respiraron aliviados cuando le vieron encender el pitillo.
—…y todo el mundo, admirado, seguirá a la bestia; y adorarán al
dragón por haber dado su autoridad a la bestia, de quien dirán: «¿Quién
como la bestia?, ¿quién puede combatir con ella?». Y se le dará una boca
grandilocuente y blasfema y se le dará autoridad para actuar cien años.
Abrirá la boca para blasfemar contra Dios, para blasfemar contra su
nombre y contra su morada y los que habitan en el cielo. Y lo adorarán
todos los habitantes de la Tierra, cuyos nombres no están escritos en el
libro de la vida del Cordero degollado, desde la creación del mundo.
¡¡Quien tenga oídos, que oiga!!
Gregorio tiró el cigarro al suelo y lo pisó bajo un silencio sepulcral en
el que podía escucharse cada roce de su zapato contra el cemento. Alzó la
cabeza, miró fijamente al jefe colombiano y le habló directamente:
—Puede, y espero, don José, que sea la última vez que nos veamos.
—¿Quién es usted? —preguntó él titubeante— ¿Y dónde está Víctor?
—Ya no volverá a ver a Víctor; era un blando y digamos que le he dado
boleto. Por mi parte, decirle que soy el padre Tormenta.
—Toma castaña —murmuró Plork.
—De acuerdo, señor Tormenta.
—Me puede llamar sólo padre.
—Pues de acuerdo, padre, ¿a qué debo el honor de su presencia? —
preguntó.

—Estoy aquí para informarles de que puedo dar la orden, cuando se


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—Estoy aquí para informarles de que puedo dar la orden, cuando se
me antoje, a los trescientos hombres que tengo fuera, de que arrasen
este lugar desde los cimientos y acaben con todos ustedes, incluidos los
incautos que bailan encocados en la discoteca, que me vienen
importando un bledo. Pero ese no es mi estilo. Eso sería una mariconada
más propia del difunto Víctor que, como referí anteriormente, carecía
de mano dura.
A Gabriel le entró un pequeño ataque de pánico al escuchar aquellas
palabras que le hicieron transpirar y valorar, seriamente, el salir
corriendo. Gregorio continuó con su perorata:
—¿Porque para qué voy yo a castigar vuestros cuerpos físicos
pudiendo condenar vuestras almas? Yo estoy en contacto con quien
todo lo ve y todo lo oye.
—¿Pero qué vainas…? —dijo uno de los soldados que se encontraba a
su derecha y fue rápidamente compelido por Gregorio.
—¡Cállate, que te tocas por las noches! —exclamó señalándolo
ferozmente con el dedo.
—¿Cómo lo…? —dijo amedrentado, sin saber qué responder.
—¡Y tú —arremetió ahora contra un lugarteniente de don José que
susurraba a su oído—, dilo en voz alta que nos enteremos todos y, de
paso, le explicas a don José dónde va ese dinero que le escamoteas de vez
en cuando!
El hombre comenzó a tartamudear, repartiendo su mirada entre su
jefe y Gregorio —«yo… yo…»— y su cara se encendió de rojo.
—Como ve, don José, tengo las cosas muy claras, así que voy a ir al
grano: en contra de lo que aconsejan sus competidores, algunos de ellos
de los que dicen ser sus amigos… tiene usted que plantearse de nuevo
ciertas amistades —le dijo ahora con tono paternal—. Voy a aceptar el
nuevo trato, pero con matices: no será el treinta y cinco por ciento lo
que tributen a nuestra organización, sino el cuarenta.
—¿Pero cómo que cuarenta, si nosotros ofrecemos el treinta?
—Pues muy fácil, porque os interesa. Tenéis respaldándoos a la
mayor organización de Europa y nosotros tenemos traficantes como
vosotros a patadas, algunos de ellos deseando ocupar vuestro puesto y
comeros la tostada, como bien he dicho antes, pero don Floren aprecia la
amistad y la lealtad. Los otros son como vosotros pero no son vosotros.
Él y yo valoramos las viejas alianzas y que no haya disconformidades.

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Como pago por esta información que acabo de dar, que aquí no hay nada
gratis, se os sube la cuota un cinco por ciento que, en mi opinión, sigue
siendo un gran trato si decidís aceptar; si lo hacéis, os ganaréis mi
confianza personal que os aseguro que a la larga os será más que
beneficiosa.
—Aceptamos —dijo una mujer saliendo desde la parte trasera de la
nave, a espaldas de don José—. Me gusta este hombre.
Era una señora escultural de unos cuarenta años que contoneaba su
cuerpo de manera suntuosa sobre unos interminables tacones de aguja.
Vestía un ajustado pantalón de cuero negro y una camiseta crop con un
generoso escote a cuyo quicio no pudo evitar asomarse Gregorio cuando
ella se acercó, recogiendo con su brazo a don José por el camino. Tenía
unas pestañas largas y tupidas y unos labios y pómulos potenciados,
probablemente, por el bisturí de algún virtuoso médico remendón. La
belleza que desprendía aquella criatura con delicioso acento antioqueño
era tan grande como el peligro que se le adivinaba.
—Hola, padre —dijo extendiendo su mano—, soy Gisela y éste, como
ya sabe, es mi hermano José.
Gregorio estrechó la mano de ambos y Gabriel se acercó al rebufo de
la buena nueva, haciendo lo propio.
—Para sellar el trato nos complacería invitarles a beber en nuestra
sala personal —dijo ella.
—Estupendo, no estaría de más echar una copeja —respondió
Gregorio—, pero aquí nuestro abogado se tiene que ir a informar
personalmente a don Floren, ¿verdad?
—Eh, sí, claro. Con su permiso me he de ausentar —dijo Gabriel con
un sentimiento agridulce, porque si bien conocía que los Mendoza
sabían cómo hacer divertirse a alguien, lo había pasado rematadamente
mal y sentía la imperiosa necesidad de salir de allí y gritar como un loco.
Se excusó y se dirigió presto a la escalera, no sin antes recibir
instrucciones al oído por parte de Gregorio para que dejara a los
hombres emplazados en la puerta y se llevara sólo un coche y un chófer:
«Nunca se sabe». Gisela cogió del brazo a Gregorio y se volvió para hacer
un ademán con la cabeza, señalando al hombre acusado por el padre
Tormenta de robar. Lo sujetaron entra varios y se lo llevaron a rastras
hacia el fondo de la nave, mientras él trataba de justificarse diciendo que

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había sido poco dinero y ya no lo volvería a hacer más. Gregorio
sospechó que iban a servirle de poco sus súplicas y echó a andar con
Gisela y el resto hacia la exclusiva sala.
—Pues nada, vayamos a «rumbiar».
—Vaya, padre, maneja usted bien la jerga colombiana —respondió
Gisela caminando junto a él—. ¿Dónde lo tenía escondido don
Florencio?
—Si te lo dijera, tendría que exorcizarte —contestó usando su
latiguillo favorito.

Tal fue el desenfreno de la fiesta que pasó más de una hora y media
hasta que Gregorio pudo hablar, con cierta intimidad, con sus
muchachos. La sala se había llenado de chicas y chicos con escasas —que
no escuetas— vestiduras, alcohol, bandejas con droga y un enano que
repartía canapés. La cristalera principal, que daba a la discoteca, estaba
abierta y se podía ver casi toda la sala, rebosante de gente en éxtasis, y
disfrutar de la sesión de DJ Palco. Gregorio, que tenía a dos chicas
sentadas en sus rodillas, compartía un sofá en forma de ele con doña
Gisela y don José y había hecho las delicias del corrillo de gente que
acostumbraba a rodearle cuando se daba a la narración de sus
peripecias.
—Y entonces, padre, ¿ella no lo volvió a llamar? —preguntó alguien.
Plork se acercó a susurrarle algo al oído, él pidió amablemente a las
jóvenes que le dejaran levantarse y se puso en pie con cierta dificultad:
—No, lo de Monica Bellucci fue cuando Terelu Campos y yo nos dimos
un tiempo. Ya no supe más de ella. Si me disculpan… —dijo alejándose
junto a Plork.
Se fueron a un rincón, cerca de donde Mork bailaba con una Drag
Queen, y Gregorio le dijo muy preocupado:
—Las drogas no son buenas, Glork, me he metido dos rayas de esas y
he visto un enano.
—¿No le da vergüenza, don Gregorio? Bueno —dijo Plork cambiando
el tono—, que los de la puerta dicen que están hasta las narices, que qué
hacen.
—Sal fuera, elige uno al azar y pégale un tiro. Luego pregunta si
alguien más tiene alguna queja.

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—¿En serio?
—No sé, igual eso es pasarse un poco; diles que se esperen y punto.
En estas se acercó Mork, completamente eufórico, y se unió a la
conversación.
—Don Gregorio, lo de la reunión fue impresionante. Tiene que
explicarnos cómo ha sabido lo del pajillero, lo del que le robaba al jefe y
lo del grupo que les quiere quitar el territorio.
—Psicología —dijo él—. Psicología pura. Mira, el primero era un
exaltado, alguien que no se controla; pues imagínate a un tipo así
cuando le asalten las tentaciones nocturnas. El otro es de cajón: ¿quién
no le sisa de vez en cuando a su jefe? Mira, tú mismo —dijo mirando a
Plork— gastaste cincuenta euros y apuntaste cien en la libretilla.
—¡Pero si me lo dijo usted! —contestó ofuscado.
—Venga, no te hagas el digno, que tampoco te vi negarte mucho. Y lo
de la banda rival es simple: he visto las suficientes películas y series para
saber que estos grupos siempre andan a la gresca con otros. Sólo he
plantado la semilla de la sospecha y ellos mismos se han montado sus
propias historias.
—Don Gregorio —proclamó Mork orgulloso—. Es usted un fuera de
serie. Merece un monumento más grande que El Escorial.
—¡Eso es! —dijo Gregorio—. Creo que acabas de descifrar el enigma,
muchacho.
—¿Qué enigma?
—Las palabras que me dijo aquella señora, que luego desapareció,
esta mañana —comentó pinzando su barbilla y mirando a la nada—.
Buscar en otra iglesia… el libro de los libros… el camino del perro…
¿Dónde he visto yo el último perro? Joder, la cabeza me da vueltas. ¿Y
por qué me habló de «ella» si es un libro? ¡Pues claro, ceporro! Ella, la
Biblia, el libro de los libros.
—Creo que ha bebido y se ha drogado demasiado, don Gregorio, ¿se
encuentra bien? —preguntó Plork preocupado.
—¡Y tanto! Vamos a ir a El Escorial y vamos a robar el Códice Áureo.
Gregorio se acercó a los jefes colombianos, tomó su sombrero y cogió
su maletín, que estaba junto al sofá:
—Gisela, José, ruego nos disculpen, pero nos tenemos que ir. Me ha
surgido un importante asunto que reclama mi atención inmediata.

—Oh, qué pena, padre, con lo bien que lo estábamos pasando —dijo
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—Oh, qué pena, padre, con lo bien que lo estábamos pasando —dijo
Gisela, levantándose y dándole un efusivo abrazo. José estrechó su
mano y él apretó su hombro.
—Ha sido un verdadero placer conocerles. Aunque tú, José, pareces
un hombre muy capaz, me gusta la idea de que vuestro padre haya
escogido a tu hermana para llevar la batuta a este lado del charco,
porque ella es mayor que tú y los años cuentan y porque es mujer y,
hazme caso, las mujeres tienen un cerebro privilegiado para los
negocios. Podéis hacerlo muy bien juntos.
—Ay, es usted un zalamero —dijo ella.
—Zalamero pero sincero, como dijo aquel. Y hablando de sinceridad,
no olvidéis cuidar vuestras espaldas de la competencia.
—Descuide, padre —dijo José—. Una cosa, si no es mucho preguntar:
¿Qué lleva en el maletín?
—El arma más poderosa del mundo —contestó con rotundidad—. Y
ahora ruego me excusen con el resto de la concurrencia.
Gregorio tocó el ala de su sombrero galantemente y se dio la vuelta
para reunirse con sus dos secuaces, que lo esperaban cerca de la puerta.
—Bueno chicos, vámonos… ¡Coño, el enano! ¿Lo veis? —dijo
señalando al hombre de menguada estatura que portaba una bandeja.
Plork le hizo un gesto a su hermano para que respondiera
negativamente.
—Yo no lo veo, don Gregorio —dijo Plork.
—Yo tampoco —dijo Mork.
—Ya no me enfarlopo más —dijo Gregorio.

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9
El perro del Infierno

COSTÓ MÁS TRABAJO CONVENCER A BANDICOOT PARA SALIR A LA CALLE QUE A SU MADRE.
—Pero, don Gregorio, que son las doce de la noche.
—¡Si tú te acuestas a las seis de la mañana, desgraciado!
—Además, qué va a decir mi madre.
—Pásamela.
—Pero…
—¡Que me la pases!
Se oyó un refunfuño, un traqueteo de puertas y, finalmente, una voz:
«Mamá, que quiere don Gregorio que me vaya ahora con él a un
campamento de “nosequé”». «¡Pásamelo!», contestó ella.
—Don Gregorio, en diez minutos está en la puerta. ¡Joaquín, ponte
ropa en condiciones y prepara tus cosas, que voy a hacerte un bocadillo!
Muchas gracias, padre, por sacarlo a la calle.
—De nada, mujer, para eso estamos. Páseme con él otra vez y muy
buenas noches.
—Buenas noches. ¡Toma!
—Queeeee —dijo Bandicoot con desgana.
—Que no se te olviden los arreos de jaquear; en quince minutos
estamos ahí.
Pasaron a recoger al informático, que esperaba en la puerta de su casa
con una mochila en la espalda, un ordenador portátil bajo el brazo, un
bocadillo envuelto en papel de aluminio en la mano, una pose desganada
y una cara de hastío tremenda. No pareció impresionarle la comitiva de
furgones negros que acompañaba al coche de don Gregorio.
—Anda, entra, Nosferatu —le dijo Gregorio mientras Mork le abría la
puerta trasera desde dentro.
—Pues nada, ya me habéis sacado de mi casa —dijo con resignación
mientras el coche se ponía de nuevo en marcha—. ¿De qué va esto?
—Te necesitamos para entrar en El Escorial. A ver, como iba
explicando antes de que te recogiéramos, allí se guardan algunos de los
tesoros más valiosos de España, así como la mayor colección de reliquias

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del mundo, aunque a nosotros nos interesa sólo una: el Códice Áureo,
que no es exactamente una reliquia, pero es un evangelio manuscrito
con letras de oro hace mil años, que viene siendo el Michael Jordán de
las biblias, y la mujer invisible me dijo que tenía que buscarla. Imaginad
practicar un exorcismo con ese libro; tiene que ser como correr el Tour
de Francia con una moto.
—¿Y cómo puedo ayudar yo con eso? —preguntó el joven.
—Pues que, lógicamente, aquel lugar está protegido como si fuera el
Banco de España. Vigilantes de seguridad por todos lados y un sistema
de alarmas increíble, sobre todo en la biblioteca principal, que es donde
está expuesto el libro. Ahí es donde entras tú: necesito que desactives las
alarmas; de los vigilantes ya se ocupan mis hombres.
—¿Y cómo lo voy a hacer?
—¡Jaqueando, coño, cómo va a ser!
—Pero yo lo que suelo hacer es utilizar VPN para hacer ataques DoS,
usar bots para spamear vía mail, rootear Android, crackear passwords de
Redtube y cargar mods para «chetar» players en el online.
Ninguno de los presentes entendió una sola palabra.
—Mork, dale una colleja —dijo Gregorio.
Las gafas de Bandicoot se deslizaron hasta la punta de su nariz bien
que, milagrosamente, no cayeron: «¡Ay!».
—¡Toda esa mierda que has dicho se la tienes que hacer al Monasterio
del Escorial, para que podamos entrar! ¡No es tan complicado lo que
pido! —sentenció Gregorio.
El joven abrió su portátil y se puso unos cascos grandes que sacó de la
mochila. Un rato después llegaban a las inmediaciones de El Escorial,
aparcaban a una distancia prudencial y Gregorio se volvía hacia el
asiento trasero.
—¿Qué has averiguado? —le preguntó.
—A ver, desconectar las alarmas ya le digo yo que no lo puede hacer ni
Dios, pero sí que puedo saltarme el cortafuegos con la punta del nabo…
Gregorio hizo un gesto y Bandicoot recibió otra colleja.
—¿Cómo tienes la mano tan grande? —protestó antes de seguir—.
Que eso, que puedo saltarme el cortafuegos y aislar la señal para que,
aunque suene la alarma no salga de ahí y no se envíe a la policía ni a
nadie. También puedo meter las imágenes que quiera en las cámaras.

—Eso es bueno —comentó Gregorio—. ¿Podemos ocuparnos de los


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—Eso es bueno —comentó Gregorio—. ¿Podemos ocuparnos de los
guardias de dentro? —preguntó a Plork—. Pero no quiero muertos; que
los intercepten y los inmovilicen.
—¿Cuántos hay?
—No creo que haya más de ocho en la zona donde vamos; eso sí, fuera
hay también, que los estoy viendo desde aquí.
—Sin problema. Primero nos ocupamos de los de fuera, los
escondemos y que los chicos se pongan sus uniformes. Luego ya
podremos pasar. Por cierto, ¿cómo vamos a entrar?
—Eso es cosa mía. Manda a la gente a que vaya despejando el terreno.
Y que no se olviden de ponerse las capuchas; todos tenemos que
cubrirnos si no queremos que nuestras caras aparezcan mañana en el
Telediario.
Plork se dispuso a salir para organizar el operativo.
—Una cosa —indicó Bandicoot—: este sitio seguro que tiene conexión
por cable, aparte de aérea. ¿Veis todos esos cables que se ven por encima
de la fachada, medio disimulados? Habría que cortarlos todos al mismo
tiempo que yo bloquee la señal. Pero que no vayan a cortar los de
electricidad; sólo la fibra óptica.
—Vale, tenemos escalas y cizallas en las furgonetas —dijo Plork—.
Cuando el exterior esté despejado, subirá uno y cuando esté preparado
para cortar yo os avisaré. De momento ve anulando las cámaras.
Bandicoot interceptó y sustituyó las imágenes de las cámaras.
Gregorio pudo comprobar sobre el terreno la eficacia del grupo armado,
cuyos hombres acechaban en las sombras con su indumentaria negra y
cazaban con rapidez a los guardias de seguridad. En menos de cinco
minutos había uno escalando la fachada. Sonó el teléfono de Gregorio;
era Plork:
—Preparados.
—5, 4, 3, 2, 1 —contó Bandicoot—, ¡ya!
El apagón informático, por vía terrestre y aérea, se produjo al
unísono.
—Voy para allá. Mork, te quedas con él —dijo Gregorio poniéndose su
capucha.
—¡Pero yo quería ir! —protestó Mork.
—No se puede, tienes que proteger a nuestro jáquer. Además El
Escorial está sobrevalorado, ya te lo digo yo.

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Gregorio anduvo en la noche silenciosa y se reunió por el camino con
Plork y un grupo de hombres encapuchados y vestidos de negro, que
ajustaban sus transmisores de radio y le dieron una linterna para la
cabeza como las que llevaban ellos.
—Seguidme —dijo—. Hay una pequeña y recóndita puerta que
custodian los Agustinos. Esa gente vive todavía en la Edad Media y existe
una fórmula infalible para que nos dejen entrar. Por cierto, no les hagáis
nada; portaos bien con ellos y dadles tabaco, que a los frailes les encanta
fumar.
Acercándose a una esquina del monasterio oyeron a un perro aullar;
miraron y lo vieron en la lejanía, recortándose como una sombra sobre
el tenue resplandor de la luna. Era pequeño, negro y escuálido y se
movía en círculos, cojeando bastante. De pronto, en mitad de un aullido,
pareció quedarse sin aire y comenzó a toser.
—Esa tos… esa cojera… ¿De qué me suena? —barruntó Gregorio, que
no recordaba haberlo visto en el jardín de la residencia de Teresa de
quien, por cierto, no se había vuelto a acordar en las últimas horas.
Gregorio siguió andando pensativo hasta que, en un arrebato de
aparente clarividencia, dijo eufórico:
—Claro, «sigue al perro negro». Vamos por el buen camino.
Llegaron a una deteriorada puerta escondida en un costado del
monasterio, escondida entre dos columnas y camuflada por yedras.
Gregorio se detuvo delante y usó la herrumbrosa aldaba de bronce para
llamar. Tras un par de minutos volvió a golpearla. Se quedó plantado
esperando, con Plork y el resto de hombres detrás mostrando
impaciencia. «Tranquilos, seguro que abren. Pero pensad que el más
joven de aquí tiene 75 años; se mueven despacio». Unos minutos después
alguien con voz añeja habló desde el otro lado de la puerta:
—¿Quién es?
—Quiero acogerme a sagrado; abra, por favor —dijo Gregorio.
—¿Cómo?
—Pues eso, que me persiguen los grises y quiero acogerme a sagrado.
—Sí, espera un momento, hijo.
Media docena de pestillos y cerrojos se oyeron chirriar y deslizarse al
otro lado de la puerta antes de que esta se abriera y asomara la cabeza un

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fraile de, aproximadamente, noventa años. Gregorio terminó de abrirla
completamente y entró seguido de los demás.
—Estos son mis amigos y también se acogen a sagrado. Tome usted un
cigarro. Vamos, chicos.
Avanzaron por el interior del monasterio por donde Gregorio, que
tenía nociones de la ubicación de la biblioteca, les iba indicando a sus
secuaces. Cuando notaban la presencia de un guardia, dos de ellos se
adelantaban y lo reducían con rapidez. Nada más abrir la puerta del
Salón de los Frescos, una estruendosa alarma retumbó por todo el
edificio. «Esperemos que sea verdad que la alarma no sale de estas
paredes», pensó Gregorio aproximándose al atril donde se exhibía el
Códice Áureo, que cogió a la voz de «ven aquí con papá», haciendo saltar
nuevas alertas acústicas. Cuando se disponía a salir por donde habían
entrado, los hombres lo detuvieron:
—Padre, tiene que salir por otro sitio. Vienen hacia aquí varios
guardias por el patio interior y vamos a contenerlos.
—Vale, salgamos por la Sala de Manuscritos. Sígueme —dijo a Plork,
que ordenó a dos secuaces que los acompañaran.
Descendieron por unos escalones y Gregorio se detuvo dudando.
«Creo que es por aquí», dijo enfilando otra escalera que daba a una sala
con un corredor estrecho en un costado. Gregorio lo atravesó dubitativo
y llegó, sin saberlo al Salón del padre Alaejos, encontrándose con la
figura inerte de Fray Roberto tendida sobre el suelo y agarrando una
revista.
—¿Pero qué demonios? —exclamó agachándose sobre el cuerpo del
hombre, tocándole el cuello—. Éste está más tieso que la mojama —dijo
a sus acompañantes cogiendo la revista y hojeándola con su mano libre
—. Y no me extraña.
Se guardó la revista y, tras echar un vistazo a la sala, concluyó que por
allí no había salida.
—Tenemos que volver por donde hemos venido. Vamos.
Empezó a caminar por el pasillo, pero algo le hizo detenerse: «¿Habéis
oído eso? Me ha parecido escuchar unos golpes». Se dio la vuelta y se
plantó en mitad de la habitación. Plork quiso hablar, apremiado por la
situación, pero el padre lo impidió levantando una mano. Exceptuando
el rumor lejano de las alarmas, reinó el silencio hasta que un grito

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amortiguado se escuchó desde el otro lado de una pared; un grito
familiar, una voz asustada que pareció hablarle desde dentro de su
propio corazón. Gregorio descubrió una puerta a medio camuflar en un
extremo de la sala. Espoleado por un ímpetu primordial e iluminado por
una poderosa chispa de lucidez, corrió a coger la llave que había visto
colgada del cuello del monje mientras los hombres lo miraban
intranquilos y confusos. Abrió la puerta y vio a una mujer siendo
arrastrada por una grotesca abominación de ojos amarillos a través de
una trampilla en el suelo. Gregorio no se lo pensó ni medio segundo;
avanzó hacia la mujer, que ya tenía medio cuerpo dentro de aquel
pasadizo, y golpeó la cabeza de la criatura lanzando lo que llevaba en la
mano, el Códice Áureo, cogiendo a la mujer del brazo y tirando de ella.
La abominación gritó y se estremeció, soltando las piernas de Teresa y
cayendo en las profundidades del abismo junto con el libro.
—¿Estás bien? —dijo Gregorio poniendo una mano en su cara y
levantándose la capucha.
—Go… Goyo —respondió ella, en estado de shock, antes de abrazar a
Gregorio y romper en un llanto desconsolado.
Él cerró el portillo con un pie y observó las marcas del mueble con el
busto de San Jerónimo sobre él y el hueco con la argolla. Mandó a los
chicos que usaran algo para cerrarla y pusieran el armatoste sobre la
trampilla. Uno de ellos sacó dos bridas de acero y las ciñó en la argolla y
entre Plork y él pusieron el mueble encima.
—Venga, vámonos —consignó Gregorio—. Teresa, mírame —dijo
cogiendo su cara entre las manos, tratando de enjugar sus lágrimas con
los pulgares—. Tienes que ayudarnos a salir, ¿vale? Dependemos de ti.
¿Te ves capaz?
Ella afirmó con la cabeza y se pusieron en marcha.
—¡Un momento! —dijo Teresa volviéndose a la mesa, donde cogió el
cartapacio de cuero—. Ya.
Subieron la escalera hasta la sala donde reposaba el cadáver del fraile.
—Fray Roberto —dijo ella con pena y angustia.
—Está muerto —apuntó Gregorio, cayendo de pronto en algo
importante—. Dadme una navaja.
Rasgó la capucha de sayal del fraile y se la puso sobre la cabeza a
Teresa, «por si las moscas». Gregorio le explicó que querían salir por la

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antigua puerta de servicio y ella les guió con precisión, por un
entramado de puertas y pasillos por donde deambulaban los frailes
absolutamente enloquecidos. Una vez en la salida, Plork ordenó por
radio la evacuación absoluta de todos los hombres, que fueron saliendo
en oleadas mientras ellos corrían hacia el coche.
Llegaron al vehículo cuando se empezaban a escuchar sirenas de
policía acercándose. Gregorio abrió la puerta trasera y entró Teresa,
sentándose junto a Bandicoot. Él se colocó delante, en el asiento del
copiloto, y empujaba con la mirada a Plork, que venía corriendo:
«Vamos, vamos». Llegó, se puso a los mandos del coche y salieron a toda
velocidad de allí, viendo cómo el resto de furgonetas también
arrancaban paulatinamente. Se alejaron del monasterio en una
dirección antes de que un tropel de coches y agentes de policía llegara al
lugar del crimen desde otra. Gregorio indicó a Plork que pusiera rumbo
a su piso y mandara al resto de gente a sus cuarteles generales.

—¿Por qué ha venido la policía? —reclamó Gregorio, indignado, a


Bandicoot.
—¿Vosotros sabéis la que habéis montado? Se escuchaban las alarmas
por todos los alrededores. Yo he hecho lo que he podido; tampoco soy
Dios, joder… ¡No me pegues, por favor! —dijo a Mork, que ya tenía la
mano levantada, echándose encima de Teresa.
—Bueno, hemos escapado que es lo importante.
—Antes de hacer el millón de preguntas que tengo que hacer —
comenzó Teresa—: ¿Qué le ha pasado a Fray Roberto? ¿Le habéis hecho
algo?
—¿Nosotros? No, el abuelo, que por cierto era un guarrete, ya había
entregado la cuchara antes de que llegáramos, probablemente por culpa
de esta revista —respondió Gregorio sacando la revista porno—: «Ultra-
hardcore extreme». Le he echado un vistazo y puede que sea la cosa más
depravada jamás impresa por el ser humano. Se ve que el hombre se ha
puesto tieso y se ha quedado tieso.
Teresa se echó las manos a la cabeza:
—¡Ay, madre mía, que se la regalé yo!
—¡Tere, ya te vale!
—¡Fue el idiota del quiosco quien la eligió!

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—¿Puedo verla? —pidió el informático.
—No, que te vas a quedar ciego —le replicó Gregorio—. Por cierto, no
os he presentado; ella es Teresa, ellos son Mork, Plork, y Bandicoot —
dijo señalando con el dedo.
—No me digáis más: os ha bautizado Gregorio.
—Cómo lo conoces —dijo Plork.
—A mí no —dijo Bandicoot.
—Te podrías haber callado —le dijo Teresa— y hubieras quedado
mejor. ¿Has bebido, Goyo?
—Y se ha drogado —añadió Mork, ante la estupefacción de la monja.
—Eres un chivato —le acusó Gregorio para ofrecer su explicación a
Teresa—. He tenido una reunión con unos narcotraficantes
colombianos y me tenía que meter en el papel. Profesionalidad se llama.
—Pero Goyo, ¿a ti no te pueden pasar cosas normales?
—Bah, eso no es nada. A mi último sacerdote auxiliar de exorcismo se
lo ha comido un oso. Pero no me distraigáis, porque estoy pensando y
ahora, por fin, ato cabos —expuso Gregorio—. Teresa, ¿habías oído
hablar de la leyenda del perro negro que guardaba la supuesta puerta del
Infierno que había en El Escorial?
—Claro —dijo Teresa, que vio el bocadillo de Bandicoot y comenzó a
comérselo sin preguntar siquiera a quién pertenecía.
—Pues lo hemos visto esta noche y, no te lo vas a creer, era el chucho
de mierda ese que había en el jardín de tu residencia.
—¿Estás seguro?
—Segurísimo. Ese perro desapareció cuando la puerta fue sellada, con
el fin de las obras hace quinientos años. Ahora, en los albores de una
nueva apertura, apareció de nuevo y vigilaba a la que iba a ser artífice de
tal despropósito. Por eso estaba primero en la residencia y luego en El
Escorial. Y por eso daba asco verlo; son cinco siglos, mínimo, los que
tiene.
—¿Te refieres a que yo…?
—Sí, tú. Y tápate, que al enfermo este se le van a salir los ojos.
Bandicoot disimuló y Teresa, que aún tenía la blusa abierta y la falda
recogida hasta casi el nacimiento de sus muslos, se recompuso un poco
sin soltar el medio bocadillo.

—Oye, ¿cuánta gente hay aquí? ¿Y esto es físicamente posible? —dijo


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—Oye, ¿cuánta gente hay aquí? ¿Y esto es físicamente posible? —dijo
Gregorio mostrando a Teresa la revista que no había dejado de hojear
mientras hablaba.
—Quita eso de mi vista, cerdo.
—La has comprado tú, guapa… —respondió pasando la página.
—A todo esto, don Gregorio, ¿y el libro? ¿Dónde está el libro? —
preguntó Plork.
—Ha habido un pequeño incidente y se ha perdido.
—Pero bueno, ¿todo el operativo que hemos montado ha sido para
nada?
—Para nada no, mira detrás. Es la mejor mujer que vas a ver en tu
vida.
—¿Entonces no has ido al Escorial por mí?
—¡Yo qué iba a saber, Tere, si no me dijiste nada! Si al menos hubiera
recibido alguna señal alertándome de que estabas en peligro o que me
diera pistas sobre ti… Pero no soy adivino.
—¿Y qué libro querías?
—El Códice Áureo.
—¿¡Has perdido el Códice Áureo!? ¿Cómo?
—Pegándole en la sien a un demonio que se quería llevar a mi amiga;
mira tú por dónde. Y no creo que un libro normal lo hubiera detenido
pero, claro, le he atizado con la palabra de Dios plasmada en oro nada
menos.
—Dios mío, Goyo, pero qué has hecho. Has destruido uno de los
tesoros más valiosos del mundo —dijo rozando el sollozo.
—¡Me viene a regañar la tía a la que dejo sola un rato, mata a un fraile
y abre una puerta del infierno! —exclamó Gregorio—. Además no está
destruido, sólo que ahora lo tienen ellos. Igual les da por leerlo, se
evangelizan y se sublevan contra Lucifer. ¡La virgen, pero cómo es esto
posible! —dijo mirando una página de la revista, que giraba y observaba
desde diferentes ángulos.
Teresa, gran erudita y ferviente conservadora de cualquier
patrimonio histórico, estaba muy afectada por la pérdida del libro, que
anteponía incluso a su propia vida. Agachó la cabeza, dejó de comer y
permaneció en silencio hasta que Gregorio tomó de nuevo la palabra:
—A ver, Tere: ¿Qué es ese libro sino un legajo de papeles manuscritos
por el hombre? ¿Qué valor puede tener comparado a una vida humana?

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Y no una vida humana cualquiera; la vida de una persona excepcional.
Míranos a nosotros: Bandicoot es un alma perdida, al que le faltan años
para expiar el pecado de todas las mañuelas que se ha hecho. Y al menos
tiene alma; Mork y Plork ni eso. Seguro que no tienen ni madre y fueron
creados en el laboratorio de algún villano calvo.
Todos permanecían en silencio, mientras Gregorio seguía con sus
extraños razonamientos.
—¿Y yo? Soy un completo desastre que me dedico a secuestrar curas y
a drogarme con mafiosos. Tú, en cambio, mereces la pena. Eres la mejor
persona que conozco y créeme si te digo que quemaría El Escorial desde
los cimientos y sacrificaría todos los tesoros del Vaticano por salvarte.
He dicho.
Nadie comentó nada excepto Plork, que preguntó preocupado:
—¿Y qué era esa cosa que agarraba a Teresa, don Gregorio? Yo lo he
visto de refilón y creo que no podré dormir esta noche.
—Pues no sé si era un demonio, el hombre del saco, el Grinch, el
Chupacabras o el Cromenoque, pero sí sé que, si no llevas bragas,
Teresa, te ha visto todo el chumino.
El grupo calló ante la procacidad de Gregorio, hasta que Teresa
rompió en un estallido de carcajadas que se fue contagiando al resto.
—Qué haría yo sin ti, Goyete. Qué haría el mundo sin alguien como tú
—le dijo Teresa, agarrando sus hombros desde atrás y apretándolos con
cariño.

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La profecía

NO HABÍA NADIE POR LA CALLE Y PODÍA OÍR ALGUNOS COCHES CIRCULANDO, PERO NO
verlos. El cielo estaba gris y apenas arrojaba luz sobre los edificios, que
lucían incoloros con la parte superior difusa. Teresa había salido de una
piscina y andaba con su hábito puesto por un callejón que comenzaba a
estrecharse tanto que la obligó a ir de costado. Al final había una
escalera que bajaba hasta un patio andaluz. Antes de poner el pie sobre
el primer peldaño, miró tras de sí y vio el Monasterio de El Escorial en la
lejanía; ella lo identificó como tal sin problema, pero su aspecto era el de
una pirámide con una gigantesca puerta en un costado, flanqueada por
dos grandes columnas y coronada por la estatua del ángel caído del
Parque del Retiro de Madrid, una de las cuatro estatuas alusivas a
Lucifer que hay en el mundo.
Bajó por las escaleras y al final del patio se abrió un arco que
desembocaba en la plaza de Quintana. Salió y vio a Fray Roberto
robando las monedas de un parquímetro; estaba desnudo. Teresa miró
su propio cuerpo en ese momento y comprobó que también estaba
desnuda. Se ocultó avergonzada detrás de un coche estacionado y se
agachó, avizorando sobre él a la gente que pasaba por la acera de
enfrente. Tenía que llegar al centro de la plaza pero se lo impedía su
desnudez. Fue pasando de coche en coche, evitando ser vista, hasta que
llegó a una tienda y entró. Cogió un vestido de una percha y lo miró. El
dependiente, que era Florencio Sánchez, le dijo que la ropa que llevaba
no le quedaba tan mal; agachó la vista y vio que llevaba puesta una
sotana. Se enfadó y salió corriendo al exterior.
Cruzó la calle hasta la plaza, que se elevaba en su centro hasta formar
una montaña. Comenzó a subir la cuesta con mucha dificultad, viéndose
obligada a gatear para poder coronarla. Cuando llegó a la cima se
encontró a José Luis Moreno sentado en la silla gestatoria del Papa de
Roma. Gregorio estaba sentado en sus rodillas y el ventrílocuo le metía
una mano por detrás de la cabeza. Gregorio comenzó a mover la boca:
«Yo soy la clave, yo soy la clave. Yo tengo el arma que derrotará al

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príncipe». Era la voz de Gregorio, pero no provenía de su garganta ni de
la de José Luis Moreno; salía de unos altavoces con forma de megáfono
colgados de las farolas. Teresa fue a preguntar pero se resbaló y comenzó
a caer ladera abajo. Descendía cada vez más rápido y no podía evitarlo;
no era capaz de agarrarse a nada. Temía llegar al suelo y precipitarse
contra la acera a gran velocidad. Su corazón comenzó a acelerarse y el
pánico la llevó a gritar, pero no era capaz; se le había olvidado cómo
hacerlo. Cada vez veía el suelo más cerca, pero el impacto no parecía
llegar nunca, hasta que cerró los ojos y los volvió abrir. Acababa de
despertar.
—Esto parece un piso patera —refunfuñó Gregorio al levantarse,
intentando no pisar a Bandicoot.
El grupo había llegado a las dos de la mañana a la casa de Gregorio y él
los había distribuido cediendo su cama, a regañadientes, a Teresa, la
habitación doble a los gemelos y poniendo un camastro en el suelo del
salón para Bandicoot; él durmió en el sofá. Gregorio puso al tanto a
Teresa, antes de acostarse, de sus últimas fechorías, entre las que
destacaban el rapto de los ocho curas y el prelado Mortadelo. Ella quiso
compartir asimismo el resultado de sus indagaciones antes de ir a la
cama, pero él la convenció de que descansara y lo postergara hasta el día
siguiente, pareciéndole una tarea bastante ardua.
Gregorio procuró no hacer ruido y fue a la cocina a hacer café. No
tenía mucho donde elegir de su famélica despensa y decidió sacar la
carne de membrillo que le había regalado la familia del niño exorcizado
en Ciudad Real y acompañarla de unas rebanadas de pan tostado. Las
puso en una bandeja junto a dos tazas de café, dos pequeñas tarrinas de
leche, dos terrones de azúcar y un cuchillo y se dirigió a la habitación de
Teresa. Le dio cierta envidia ver a Bandicoot durmiendo como un
bendito al pasar por el salón; fue hasta la puerta del cuarto cedido a su
amiga y, dejando la bandeja sobre un mueble del pasillo, picó sutilmente
con los nudillos recibiendo enseguida la respuesta de Teresa: «¿Quién?»
—¿Dormías?
—No, estaba despierta.
—¿Puedo pasar?
—Un momento… Ya.

Cogió la bandeja y entró en la habitación. Teresa se había cubierto


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Cogió la bandeja y entró en la habitación. Teresa se había cubierto
con una enorme camiseta que encontró tirada en el suelo junto a un
armario y le esperaba sentada en la cama. Gregorio puso la bandeja a su
lado.
—¿A que tu marido no te trae el desayuno a la cama por mucho que le
reces?
Teresa cogió el cuchillo y cortó un trozo de carne de membrillo con
entusiasmo, poniéndolo sobre una tostada.
—Si alguna vez me divorcio, Goyete, te pediré matrimonio.
Ambos desayunaron juntos y en relativo silencio. Teresa comió como
lo haría un náufrago y Gregorio se limitó a beber café. Acabando ella el
que parecía su último bocado y apurando la taza de café, Gregorio le
pidió entrar en faena.
—A ver, Tere, cuéntame qué averiguaste.
—Primero te voy a contar un sueño que he tenido.
Le narró los pormenores de su pesadilla antes de que se le olvidaran y
cayeran en el limbo de los sueños olvidados.
—¿Y José Luis Moreno movía los labios o no?
—¿Eso es lo primero que se te ocurre preguntar?
—Me parece un detalle importante, pero bueno… Lo curioso es que
últimamente le ha dado a la gente por llamarme soberbio y vas tú y
sueñas con que tengo el arma que derrotará al príncipe, que imagino que
será el de las tinieblas, porque no tengo yo nada en contra de Felipe de
Borbón.
—Ese, para tu información, lleva casi diez años siendo el Rey de
España.
—Bah, tonterías. Para mí, hasta que no se muera, el rey seguirá
siendo el padre, el que va liquidando elefantes por ahí. Otra cosa, Tere,
¿entonces le has visto la chorra al fraile?
—Mira, si lo sé no te cuento nada, que parece que tienes quince años.
En fin… Lo que descubrí ayer en El Escorial es algo muy turbio: esa
espada perteneció, casi con toda seguridad a Frey Juan Bechao, el último
templario. Era el comendador de Jerez de los Caballeros cuando el Papa
ordenó disolver la orden y él se negó a acatarla, planteando la defensa de
la plaza hasta las últimas consecuencias. El caso es que, oficialmente, no
existe una crónica del asedio, pero en la carpeta que me traje hay una

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que es, digamos, extraoficial y sospecho que fue mandada a destruir en
algún momento.
Teresa se levantó y cogió el cartapacio de cuero que había dejado en el
escritorio de Gregorio por la noche.
—Mira, aquí hay varios documentos de la época. Explican que cuando
obligaron a encerrarse en la torre del homenaje a los últimos caballeros
templarios que resistían, hubo una terrible sacudida que hizo temblar el
suelo de toda la zona y de las ventanas de la torre salió un poderoso
destello. La versión oficial cuenta vagamente que el Ejército Real los
derrotó, los encerró en la torre y, posteriormente, los decapitó a todos,
incluido Juan Bechao, arrojando sus restos desde arriba: la leyenda de la
Torre Sangrienta. Pues en este documento, que es mucho más
específico, se narra con pelos y señales cómo, después de la sacudida y el
destello, fue el propio maestre Juan Bechao el que decapitó y
desmembró a casi todos sus hombres y los arrojó por las ventanas.
Cuando los soldados se atrevieron a abrir la puerta éste comenzó a
blandir terriblemente su espada, «una espada que refulgía con el brillo
del averno», desmembrando y aniquilando a decenas, cientos, de
hombres. Era imposible derrotarlo; las flechas de los arqueros que le
alcanzaban no conseguían infligirle daño alguno y él siguió abatiendo
soldados hasta que un caballero templario moribundo, que no había
sido arrojado por la ventana, le clavó una cruz de níquel por la espalda y
lo sometió, comenzando su cuerpo a arder en llamas verdes y amarillas.
—Suena a posesión demoníaca —apuntó Gregorio.
—Totalmente —dijo Teresa, para proseguir—. Se cuenta que la
espada estaba maldita y fue ocultada en las catacumbas de una abadía
cerca de Roma, de donde, supongo, acabó saliendo para acabar en
manos de quien se la regaló a Florencio. También se recoge el testimonio
del caballero que clavó la cruz en la espalda de Juan Bechao que,
agonizando, contó que el comendador había maldecido a La Iglesia, al
papa Clemente, a Felipe IV de Francia y a Fernando IV de Castilla; que
renegó de Dios y de la Iglesia de Roma e hizo un pacto con el Diablo,
escrito con sangre, y que tenían que encontrarlo como fuera para poder
destruirlo. En los siguientes meses fueron ordenadas por el rey varias
expediciones para dar con él, pero el pacto nunca apareció y en poco
tiempo murieron los dos monarcas y el Papa en extrañas circunstancias,

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como bien es sabido por cualquier historiador. Siempre se atribuyeron
estas desgracias a Jacques de Molay, el último maestre de los templarios
de Francia, quien también había maldecido a los tres cuando fue
quemado en la hoguera, pero aquí se asegura que la auténtica maldición
fue la de Juan Bechao. ¿Qué te parece?
—Un maestre de la Orden del Temple haciendo un pacto con Satán es,
cuanto menos, interesante… y creíble, porque imagina la frustración de
que el propio Vaticano mande censurar a sus más fervientes guerreros
con la amenaza de que si no confiesan herejía serían quemados en la
hoguera.
Gregorio hizo una pausa y guardó un silencio secundado por Teresa.
—Esa espada sigue maldita, Tere. Don Floren se cortó con ella y la
maldición entró en él. Debemos buscar el pacto nosotros y destruirlo o,
al menos, intentar usarlo en nuestro favor.
—Pero Goyo, estás yendo demasiado lejos. Todo esto te está, nos está
—matizó— superando. Mira la cantidad de gente que ha muerto, el
destrozo de El Escorial. No sé… deberíamos apartarnos.
—Tú sí. Quiero que te quedes al margen porque ayer casi mueres, o
algo peor, por mi culpa. Pero yo ya no tengo opción; ya no hay marcha
atrás. He cometido delitos y he sido cómplice de otros, he actuado a
espaldas de la Iglesia y he sobrepasado todos los límites.
—Siempre se puede parar.
—No cuando superas el punto de no retorno, Tere. Pero lo dicho, no
quiero que te impliques más y te pido perdón por haberte metido en
esto.
—De eso nada, Goyete. Yo voy a ir contigo hasta el final porque lo que
yo he visto y he descubierto es real, no son tabulaciones tuyas. Y mi
deber como clériga es luchar contra el mal. Si quieres dejarlo aquí y
ahora, me tienes contigo, pero si tú sigues, yo sigo.
—Pero Tere…
—Ni peros ni nada. Además piensa una cosa: el perro del Infierno, si
es que era eso, que yo creo que sí, ya me acechaba antes de que a ti te
reclutaran para el exorcismo del Padrino. Yo ya había sido implicada de
alguna manera en todo esto.
Gregorio agachó la cabeza, derrumbándose sobre sus codos apoyados
en las piernas:

—Yo no puedo perderte a ti también, Teresa. No podría soportarlo —


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—Yo no puedo perderte a ti también, Teresa. No podría soportarlo —
dijo con un hilo de voz.
—Mírame, Gregorio. A mí nunca me vas a perder.
Teresa abrazó a Gregorio, a quien unas lágrimas saladas y tristes
humedecieron sus ojos y recorrieron su cara, siguiendo el cauce de los
dobleces del tiempo.

Gregorio se pasó a despertar a los gemelos y regresó al salón, donde se


sentó en el sofá, encendió un pitillo y se puso a leer el periódico digital
en su móvil, dando de cuando en cuando una patadita a Bandicoot para
sacarlo de los férreos, en su caso, brazos de Morfeo. Tras rezongar unas
cuantas veces y cambiar de posición otras tantas, el muchacho decidió
abrir los ojos y cubrirlos con sus gafas.
—¿Qué hora es?
—Tarde.
—Buah, don Gregorio, he dormido de puta madre y eso que el suelo
está durísimo.
—Claro, porque has hecho una cosa que solemos hacer los humanos:
dormir de noche. Y si algún arte dominamos como especie es la
vagancia. Deberías probarlo más a menudo.
—No sé, pero estoy nuevo. ¿Los demás ya se han despertado?
—Teresa sí, los clones están en ello.
Gregorio siguió navegando entre noticias y comentó casi para sí
mismo: «Anda, qué curioso. Aquí se preguntan dónde está Florencio
Sánchez, que lleva un tiempo desaparecido de la escena pública.
Especulan con su estado de salud…»
—Ese es nuestro jefe, ¿no?
—¿Qué? —dijo Gregorio volviendo de su ensimismamiento—. ¡Ah,
no! Nuestro jefe es Dios. Don Floren no es ahora mismo más que un
espantajo del Diablo. Espera… dicen que hay dudas de si asistirá en
Madrid a un encuentro oficial con los empresarios más importantes del
mundo, reunión en la que él es el anfitrión, y que está programada para
dentro de una semana. Yo creo que va a ser que no; se van a quedar sin
fiesta los ricachones.
Bandicoot se siguió desperezando sin hacer mucho caso a las palabras
del sacerdote y cambió de tema:

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—Le voy a decir una cosa, padre —dijo ahora bajando el tono—: Su
amiga Teresa está buenísima, es una milf.
—¿Pero que milf ni qué niño muerto? ¿Qué clase de tarado sin respeto
alguno eres tú? —dijo Gregorio enfadado y usando gestos amenazantes
—. Está casada y encima podría ser tu madre, degenerado.
—¿Es que no sabe lo que es una milf?
—Pues claro que lo sé; a ver si te piensas que soy un ermitaño. Además
anoche miré el reportaje «Las milf y una noches» de la revista.
—Buenos días —dijo Teresa entrando al salón mientras se secaba el
pelo con una toalla.
Ambos respondieron y Gregorio añadió:
—Que dice Bandicoot que estás buena —provocando el sonrojo del
muchacho.
—¿Le has hablado de mi marido?
—En ello estaba.
Después del desperece general y las pertinentes visitas al aseo, todos
se reagruparon en el salón. Gregorio mandó a Bandicoot recoger su
camastro y a Mork comprar churros en el puesto ambulante de la plaza.
Comieron con voracidad de una generosa rosca de harina frita, incluida
Teresa, cuya carpanta parecía persistir. Gregorio se puso enfermo al ver
a Mork mojar cada churro en el café en secuencias pares: una, dos,
pausa, una, dos y para el gaznate. Concluido el desayuno, con la
totalidad del grupo sentado alrededor de la mesa camilla con tapete de
croché bajo el cristal, Gregorio tomó la palabra:
—Hoy nos vamos de viaje, gorriones míos; a Badajoz, para ser más
preciso.
—¿Yo también? —dijo Bandicoot.
—Tú el primero. Necesitamos tus habilidades informáticas y, aunque
me joda, he de reconocer que ayer lo hiciste bien.
El muchacho se sintió halagado y sacó pecho, dando por buena la
petición del sacerdote.
—Vosotros —continuó mirando a los hermanos— vais a ir a la
mansión de don Floren. Tenéis que cambiar el coche por una furgoneta
y ya de paso coged vuestra bolsa de aseo y vuestra ropa, o lo que
necesitéis los matones del sindicato del crimen para viajar. Procurad
que la furgoneta sea confortable; que tenga bastantes asientos y a ser

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posible que no lleve un cartel luminoso que diga «vehículo
perteneciente a la mafia», como el coche que hemos estado usando hasta
ahora. Eso sí, que al menos esté provisto del kit básico para delinquir,
por si fuera necesario.
—No se preocupe, don Gregorio, nosotros nos ocupamos —dijo Plork
—. ¿Quiere que le digamos algo a doña Virtudes o a Gabriel?
—No hace falta. Ahora llamaré yo a la Doña.
—Yo también tengo que ir a por mi ropa y algunas cosas, que estoy
hecha un desastre —dijo Teresa.
—No me fascina la idea de que vayas sola —argumentó Gregorio—. Si
te parece, cuando salgamos de viaje nos pasamos por tu casa y te
esperamos. Ahora tú y yo nos podemos quedar estudiando los papeles
del cartapacio.
Teresa asintió conforme y los gemelos se levantaron.
—Si no es mucho preguntar —dijo Mork—. ¿A qué vamos a Badajoz?
—A desentrañar los secretos de la espada de don Floren. Es allí donde
podríamos encontrar la clave.
A Plork le sonó el teléfono y, tras una breve conversación, informó a
Gregorio:
—Me dicen que el prelado ha cantado y ya conocen el paradero de
Filemón, que si quiere que vayan a por él.
—Me cago en la leche —dijo Gregorio asombrado—, esto no me lo
esperaba… No. De momento que no vayan a ningún sitio y le pregunten
ahora por el superintendente Vicente.
—Como usted mande —respondió antes de dar la consigna a su
interlocutor y que Teresa se cubriera media cara con la mano.

Gregorio cedió el escritorio de su habitación al informático para que


matara el tiempo con su ordenador portátil y ambos clérigos inundaron
la mesa del salón con papeles que fueron estudiando concienzudamente,
hasta que un chirrido en la pared les soliviantó.
—¿Qué es eso? —preguntó Teresa.
—Será mi vecino, que siempre está pensando en qué ruidosa chapuza
acometer —dijo dirigiéndose a la ventana del salón, que abrió de par en
par para asomarse.
—Buenos días, padre, ¿le he molestado?

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—Para nada, Ginés. ¿Qué haces?
El hombre había improvisado una especie de andamio que sujetaba
entre su balcón y una cornisa y se sostenía con dificultad en él, portando
un taladro.
—Estoy terminando de hacer los agujeros para poner el compresor de
un aire acondicionado. Ayer hice los dos de arriba, pero se me rompió la
broca y no pude terminar los de abajo. He comprado una broca nueva y a
ver si ahora puedo.
—Es inútil, Ginés. En esa zona hay una viga de hormigón armado; no
se puede perforar. De todos modos con los agujeros de arriba es
suficiente. Mi hermano es instalador de aires acondicionados y dice que
los soportes inferiores de los compresores son de adorno. Sólo hay que
poner los superiores.
—¿Sí? —preguntó aliviado.
—Claro. Tú haz lo que quieras, pero vas acabar cayéndote por hacer
unos agujeros inútiles.
—Pues nada —dijo bajando el taladro—. Muchas gracias, don
Gregorio. Me quito de aquí ya, que no me fío mucho del andamio.
—Buenos días —dijo Gregorio cerrando la ventana.
—¡Vaya! Me sorprenden mucho tus conocimientos en albañilería y la
existencia de un hermano secreto —dijo Teresa con sarcasmo.
—Bueno, lo importante es que nos va a dejar en paz.
Ambos siguieron investigando los diferentes documentos y no tardó
mucho en aparecer un extraño pergamino que llamó la atención del
sacerdote:
—Escucha, Tere. Te leo lo que parece una profecía: «Con su infame
burla, el Ángel que no quiso ser traerá una plaga desde donde Dios nuestro
Señor trajo la esperanza en forma de estrella. Desatará un terrible mal que
sellará la boca de los hombres y quitará la vida de quien no lleve su marca».
¿No encuentras un paralelismo actual?
Teresa ató cabos rápidamente:
—La Estrella de Oriente y una plaga que viene del mismo sitio… ¿El
COVID19?
—Hombre, dime tú: «Sellará la boca de los hombres»: las mascarillas.
«Matará a quien no lleve su marca»: las vacunas. Y tenemos también la

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afición del Diablo por burlarse y ridiculizar a Dios con la imitación
burda de la Estrella de Oriente.
—La verdad es que es muy curioso —dijo Teresa.
—Curioso no, acojonante. Y espera, que sigo leyendo: «Esta plaga será
la llamada para el ascenso de los nueve príncipes del ángel traidor, que
tomarán los nueve poderes que doblegarán la voluntad del mundo entero.
Buscad al profeta, hombres de la Tierra; atended al hombre olvidado que
vendrá con la lanza del Oeste y usará el prisma de sus ojos para guiar la
tormenta de Dios; esa tormenta que surgirá con sus dos columnas, el ángel
blanco y la sabiduría de la madre».
—Ahora sí que me lo vas a tener que explicar, Goyete.
—Habla de la tormenta y puede que sea casualidad, pero mi nombre
en clave en el mundo del hampa es Padre Tormenta.
—Has conseguido —dijo Teresa con resignación— que esa frase me
parezca hasta normal. Sigue.
—Pues eso, que aparte de la coincidencia de la palabra tormenta,
habla de dos columnas: Mork y Plork; un ángel blanco: ¿Tú has visto el
color de piel del informático? Y por último la sabiduría de la madre: tu
sabiduría.
—Madre mía, Goyo. Se te ha ido la cabeza del todo —se lamentó
Teresa.
—Dime que no podría ser. Venga, dímelo. Dime que es casualidad que
después del COVID me haya encontrado con Azazel, uno de los nueve
príncipes, y que es casualidad que tú hayas encontrado esta carpeta con
una profecía.
—Para empezar, ¿por qué habría de ser yo la madre?
—Eres mujer y eres sabia.
—Y claro, tú eres la poderosa tormenta, cómo iba a ser si no… Tus
delirios de grandeza no dejan de sorprenderme.
—La tormenta es una metáfora, no quiere decir que yo sea un
fenómeno meteorológico. Padre Tormenta es la persona que es cabeza
visible en la lucha contra el Diablo ahora mismo y en este lugar; el que
lidera un grupo donde están dos hombres grandes e idénticos como
columnas, el ser humano más pajizo de la Tierra y una mujer sabia. Para
mí tiene todo el sentido del mundo. Sólo nos faltaría el profeta… —dijo
pensativo.

—También hay algo que no me cuadra: habla del ángel caído, Lucifer,
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—También hay algo que no me cuadra: habla del ángel caído, Lucifer,
y sus nueve príncipes. Que yo sepa son nueve los príncipes del Infierno
contándolo a él —intervino Tere.
—Error. No son nueve, sino diez. Te olvidas de Lillith, la primera
mujer de Adán, desterrada por Dios y convertida en la princesa del
Infierno. Un demonio con toda la maldad de la que es capaz una mujer,
que es casi ilimitada —dijo guiñando un ojo.
—Me tomaré eso como un cumplido —dijo ella.
Gregorio se quedó pensativo y comenzó a caminar por la estancia,
como solía hacer para poner en orden sus ideas. Teresa siguió
enfrascada en sus papeles, habiendo dejado en un segundo plano la
profecía que tanto parecía inquietarle a su compañero.
—¡Lo tengo! Tengo al profeta —dijo parando y levantando un dedo
llevado por un estro que, a tenor de su expresión, diríase que era divino
—. El día que me dirigía a la catedral de la Almádena para hablar con el
arzobispo, un hombre me habló en el metro de manera profética. Es un
señor que, por sus rasgos y su ropa, deduzco que es de Perú o Bolivia, que
lleva gafas y que tocó la flauta y fue ignorado por todas las personas que
había en el vagón.
Gregorio corrió a la mesa a consultar el pergamino.
—Aquí está: «…el hombre olvidado que vendrá con la lanza del Oeste y
usará el prisma de sus ojos…». Ignorado, que vino de América en avión y
con gafas; tres de tres. Blanco y en botella.
—¿Estás hablando en serio?
—Y tanto. Además puedo encontrarlo. Suele estar en el metro o en la
plaza de Quintana tomando alguna bebida espirituosa. Me voy a
buscarlo; aquí te quedas con el ángel blanco.
Gregorio salió por la puerta y bajó los escalones hacia la calle tan
rápido que a doña Carmen no le dio tiempo a asomarse para cotillear
quién era. Anduvo enloquecido hacia la plaza de Quintana y dio una
vuelta mirando cada banco, cada rincón y asomándose a cada comercio.
No encontró a su profeta y se sentó a esperar observando un Ducados
que se consumía a bocanadas de humo. Le asaltó la duda: ¿Acaso se
estaba volviendo loco? ¿Estaba llevando demasiado lejos su papel de
guerrero de Dios? ¿Era cierto que su soberbia podría distorsionar su
percepción de la realidad?

Decidió cortar todos aquellos pensamientos de un plumazo y


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Decidió cortar todos aquellos pensamientos de un plumazo y
aprovechar el tiempo para realizar una tarea pendiente.
—Doña Virtudes, buenos días.
—Buenos días, don Gregorio.
—Perdone que la llame por teléfono, pero es que hoy no voy a poder ir
a su casa. Tengo firmes y fundadas sospechas de que la espada que le
regalaron a su marido está maldita y puede que, efectivamente, sea el
origen de todo el problema.
—Ay, Dios mío, mira que lo sospechaba.
—No se preocupe, vamos a viajar al origen de la maldición e intentar
encontrar respuestas. De momento que nadie entre al museo sin estar yo
presente; que nadie se acerque a la espada. Esta tarde llamaré para
conocer el estado de don Floren. ¿Cómo está ahora?
—Bueno, parece que está más tranquilo desde que rezan los
sacerdotes en la puerta. Estas noches no ha salido a atacar a nadie.
—Eso está bien. Allí seguirán día y noche, como dispuse.
—Por cierto, don Gregorio, quiero darle mi enhorabuena por la
negociación con los colombianos. No sé cómo lo hizo pero no sólo cortó
su sublevación sino que aumentó el porcentaje. Me parece un milagro.
—No tiene por qué, señora. Estoy, de momento, a su completo
servicio.
—Cuando acabe todo esto debemos hablar por si sigue interesado en
trabajar con nosotros, dada su prodigiosa capacidad de negociación.
—Me halaga, doña Virtudes, pero cuando acabe con el exorcismo de
su marido creo que tendré los siguientes cuarenta años ocupados,
rezando para expiar mis pecados.
—Ay, qué cosas tiene. Bueno, que aquí estoy para lo que necesite.
—Vaya usted con Dios.
Cuando guardó su teléfono móvil lo vio con su poncho de colores, su
gorro andino encajado a perpetuidad, su flauta en la mano y sus gafas
redondas, saliendo de la boca de metro. Anduvo el trovador con ese
gesto de indiferencia que parecía arrojar un aura de sabiduría, una
mirada que veía a través del alma de las personas. Gregorio se levantó y,
maravillado, pensó: «es el profeta». Lo vio caminar durante unos metros
y disponerse a cruzar la calle. Gregorio le silbó y levantó la mano para
reclamar su atención. Fue ese el motivo por el que el hombre levantó la
cabeza, comenzó a cruzar la calle sin mirar hacia los lados y fue

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embestido salvajemente por un autobús. Gregorio se acercó corriendo,
al igual que otras personas que deambulaban por los alrededores. Una
mujer que dijo ser doctora se agachó en su socorro, puso la mano en su
cuello y confirmó su fallecimiento. Ella misma llamó a la ambulancia
que no podría hacer nada por salvar su vida, mientras el sacerdote
rezaba en silencio por su alma.
Gregorio se marchó cabizbajo y hundido hacia la taberna de Alfonso.
Era allí donde acostumbraba a ahogar sus penas en licor, allí donde se
preguntaría si el mal habría vuelto a derrotarle.
—Buenos días, Alfonso.
—Buenas, padre.
—Ponme un pelotazo —dijo con semblante taciturno.
—¿Dónde se ha dejado a los guardaespaldas?
—Los he mandado a hacer recados.

Alfonso echó cubitos de hielo, con las manos aceitosas, en un vaso de


tubo que puso frente a Gregorio y vertió un generoso chorro de Larios.
Abrió una tónica y la puso al lado.
—¿Sabe usted qué ha pasado en la plaza, que me han dicho que había
un follón muy grande?
—Que el Demonio se ha llevado a un hombre de Dios —respondió
melancólico, dándose la vuelta hacia la tele para dar por zanjada la
conversación.
Hablaban de política, hablaban del tiempo, hablaban de cosas que a
Gregorio le parecían nimiedades. Salía un hombre que había bautizado
su perro y le había sacado un DNI. Después, comenzaron a debatir sobre
la extraña ola de secuestros que estaba azotando a las parroquias de la
Comunidad de Madrid. «El mundo se va a la mierda», dijo a los
presentes.
—Tenga usted cuidado, padre —le advirtió uno—. Que los curas están
cayendo como moscas.
—Yo estoy libre de pecado; o al menos de ese tipo de pecados —dijo
ante la incomprensión de los clientes y el propio Alfonso.
Se dio la vuelta y encaró la barra de nuevo. Miró el rincón y allí estaba
el Flecha, con sus gafas de culo de vaso y su libreta llena de números
aleatorios, leyendo el periódico a dos centímetros de sus ojos. Alfonso

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leyó la mirada de Gregorio y comentó, girándose también hacia el
rincón:
—Mira el Flecha, ese no se mete con nadie. Él pasa de todo el mundo y
todo el mundo pasa de él.
—En un rincón olvidado… —barruntó Gregorio—. Alfonso, ¿tú sabes
de dónde es?
—De Pontevedra. Vino de Galicia hace ya bastantes años.
Gregorio se irguió y miró asombrado, diciendo solemnemente:

—He ahí la lanza, la flecha que vino del Oeste. He ahí un profeta.
—Bandicoot, deja lo que estés haciendo, que tengo una misión para ti.
Luego te terminas la gayola.
—Vale. ¿Qué hay que jaquear ahora, la Moncloa, el CNI? —respondió
muy dispuesto.
—No, es una misión de campo.
—¿Tengo que salir?
—Sí, muchacho. Tienes que salir a ese misterioso y desconocido
mundo llamado calle. Si ves que cuando te da el sol echas humo, te tiras
por la sombra. Bueno, a lo que voy: según salgas del portal andas hacia la
derecha. En la primera esquina hay una papelería; entras y compras una
libreta, tamaño folio, de color azul marino. Luego tienes que girar la
esquina hacia la derecha y la primera calle a la izquierda para venir al
bar donde estoy, que se llama «Café Bar La Carreta». Verás el nombre en
un cartel de Mahou pequeño que hay sobre la puerta. ¿Te vas quedando
con el tema?
—Sí, lo estoy apuntando.
—Bien, esto es muy importante: cuando llegues al bar haz como que
no me conoces; tú no me has visto nunca. Le pedirás al camarero una
cerveza sin alcohol. Como no suele servir esta bebida muy a menudo,
guarda las botellas en el fondo de una de las neveras. Mientras se agacha
a buscarla te vas hacia el rincón de la derecha. Allí habrá un hombre
pequeño, de unos cincuenta, con una camiseta verde y unas gafas muy
gordas. Cuando te acerques a él yo lo llamaré para que me mire;
mientras lo hace tiras al suelo una libreta que tiene encima de la mesa y
sales corriendo con la libreta que habrás comprado bien visible.
¿Entendido?

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—Creo que sí, don Gregorio, pero no sé qué sentido tiene todo esto.
—Pues que tú serás el señuelo. Saldrás corriendo y él te seguirá.
Mientras tanto yo podré robarle la libreta original.
—¿Y si me coge? Que yo corro muy poco.
—¿En serio, tío? Tienes veintidós años y él es un retaco de cincuenta.
Es imposible que te coja.
No mintió Gregorio cuando le dijo que era improbable que el Flecha,
que en cuanto a velocidad no hacía honor a su nombre, lo pudiera
alcanzar, pero tal vez sí omitió la posibilidad de que no fuera el único
que lo persiguiera, como finalmente pasó. Tras Bandicoot salieron
corriendo, además del propio afectado, varios de los parroquianos que
bebían en el bar, así como dos hombres que fumaban en la puerta.
Alfonso salió a mirar la persecución junto con el resto de la concurrencia
que, a las doce de la mañana, era más bien escasa. Gregorio se quedó solo
en la taberna. Cogió la libreta del suelo y, en lugar de robarla, decidió
fotografiarla movido por un sentimiento de compasión hacia el peculiar
profeta. Sacó el teléfono móvil y comenzó a hacer fotos de cada página
escrita, con un ojo en la libreta y otro en la puerta. Fue hábil y en menos
de dos minutos ya había fotografiado las veinte páginas que contenían
alguna escritura. La puso otra vez sobre la mesa y salió a la calle, donde
vio que traían a rastras a su informático en mitad de una turba de
borrachos.
—¿Qué pasa aquí? —intervino Gregorio.
—Que le ha robado la libreta al Flecha, padre, y le vamos a dar lo suyo.
—¿Qué demonios decís? La libreta no se ha movido de su mesa.
Entraron todos al bar sin soltar a Bandicoot, que lucía magullado, y
preguntaron al Flecha que si aquel era su cuaderno. Él fue hasta la mesa,
lo abrió, compuso una extraña sonrisa, se sentó de nuevo y siguió
leyendo el periódico como si nada hubiera pasado.
—¿Entonces… esto? —dijo uno cogiendo la libreta que todavía
sujetaba Bandicoot—. ¡Está nueva! ¿A qué ha venido el drama entonces,
Flecha?
No contestó —nunca lo hacía— y siguió a lo suyo como si el mundo no
fuera con él.
—Creo que le debéis una disculpa a este muchacho y dad gracias a que
no os va a denunciar. Porque no los vas a denunciar, ¿verdad?

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—Sí —respondió lastimosamente Bandicoot.
—Anda, no digas tonterías. Invitadlo a lo que quiera y ya está. ¿Qué
quieres?
—U… una lata de Monster.
—Dale una lata, Alfonso, que la pagan los abusones y lo mío, por
cierto, también. Que muy barata os iba a salir la broma si no —regañó
Gregorio.
Alfonso cogió una lata de Monster de decoración, caliente, que había
en una estantería —su única existencia de esa bebida— y se la dio a
Bandicoot delante de sus perseguidores, cabizbajos por la vergüenza.
Gregorio se ofreció a acompañar al muchacho y salió del bar cogiéndolo
del brazo y repartiendo alguna que otra admonición más. Ya fuera de
peligro, le soltó el brazo y le dio un cariñoso palmetazo en la espalda.
—La operación ha salido absolutamente perfecta.
—Pero me han pegado, Don Gregorio —se quejó.
—Gajes del oficio, muchacho. Pero mira qué aventura has vivido a
plena luz del día. ¡Quién te lo iba a decir hace una semana!

Gregorio estaba satisfecho. Nadie oyó nunca la voz del Flecha en el


bar de Alfonso y sabía que él tampoco podría sacar una palabra de aquel
extraño hombrecillo. Por eso lo vio claro. Eran muchas las veces que
habían comentado los asiduos a aquella taberna de mala muerte la
curiosa afición del individuo sentado en el rincón, muy querido por otra
parte, por apuntar números y letras sin aparente significado en su
cuaderno. Viéndolo mirar el periódico y abrir su libreta muy de vez en
cuando para hacer alguna anotación, se preguntaban si aquello tendría
sentido; si había algún propósito. Nunca lo supieron, pero ahora
Gregorio tenía en su poder la palabra del profeta y estaba dispuesto a
descifrar el caos.
Teresa sacó su faceta más tierna para curar con mimo y agua
oxigenada las magulladuras de Bandicoot y Gregorio le enderezó las
gafas. Mork y Plork les recogieron en la puerta. Ambos iban sin traje y se
le hizo muy extraño a Gregorio ver con camiseta a uno y polo náutico al
otro. Pasaron por la residencia de Teresa, donde esperaron mientras ella
cogía su equipaje. Gregorio le recordó que cogiera un hábito de monja y
un CD de Pink Floyd. «Esto no tiene para poner cedés», le dijo Plork.

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«Pues ya me habéis dado el viaje», refunfuñó él. Salieron poco antes de
las dos de la tarde y pararon a comer en el tercer bar de carretera, donde
le pareció a Gregorio que había más camiones aparcados.
La furgoneta era un impresionante vehículo de alta gama, grande y
confortable. Tenía una serie de asientos ergonómicos que se podían
disponer en múltiples posiciones y adaptarlos a unas mesas fijas para
usar como despacho. Teresa tomó posesión de una y sacó el cartapacio y
todos sus papeles. Bandicoot se puso en otra y comenzó a descargar y
organizar en su portátil las fotos de la libreta del Flecha. Plork conducía,
Gregorio iba en el asiento del copiloto y Mork probaba diferentes
asientos donde dormitar.
La carretera de Extremadura se mostraba ante ellos como un extenso
camino que habría de llevarlos, entre encinas y páramos amarillos,
hasta un lugar de leyenda que ocultaba la ignota pieza de un puzle
aterrador; pero sólo Gregorio creía ser consciente de ello. Miraba el
horizonte sopesando la gravedad de una situación a la que había
arrastrado a un grupo de personas que parecían creer en él, las unas por
imposición y la otra por devoción. Él también confiaba en ellos, pero a la
hora de la verdad, cuando llegara el final que él sabía peligroso y
aventuraba trágico, debía —y quería— enfrentarse solo al destino.
¿Sabría decidir en qué momento apartarlos de su lado? Rezó en silencio
porque así fuera; por tener la sabiduría y la determinación necesaria
para elegir bien.
En ningún momento quiso pensar en ella, pero lo hizo. Tanto tiempo
sin echarla de menos le había hecho olvidar cuánto dolía. Le dolía tanto
que le costaba respirar. Le dolía el pecho y el corazón, le dolía el alma; le
dolía todo menos su fe. Esa fe que le salvó la vida ejerciendo como coraza
de un corazón tan roto que se hubiera desmoronado en esquirlas
diminutas con el breve aliento de una brisa. Pensó en Juan Bechao y su
historia le ayudó a espantar el dolor, a guardarlo en el cajón que se había
prometido tantas veces no volver a abrir. Pensó en la similitud de la
insurrección de aquel caballero templario con la suya, que, a la vez,
había sido opuesta: A Juan Bechao le fue arrebatado todo en lo que creía,
el propósito de su vida, y renegó de Dios; a Gregorio Márquez le pasó lo
mismo y buscó a esa misma divinidad. La cara y la cruz. Dos gotas de
agua a través de un espejo.

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La Torre Sangrienta

LLEVABAN UNA HORA DE PLÁCIDO VIAJE CUANDO GREGORIO DECIDIÓ NAVEGAR ENTRE LAS
distintas frecuencias de radio y se detuvo en una que emitía un boletín
informativo:

«Encarnizada guerra de bandas asociada al narcotráfico en


la Costa del Sol. Durante el día de hoy se han producido
diferentes tiroteos en Marbella, Torremolinos y Estepona,
dejando un balance provisional de más de veinte muertos.
Fuentes policiales hablan de la participación de Los Mendoza,
un grupo perteneciente a un cártel colombiano que llevaría
operando varios años en la zona. Escuchemos al Comisario
General de Información, Francisco Vallejo: “Creemos estar
ante una lucha por el monopolio local de tráfico de drogas y
armas en un punto clave para dominar el narcotráfico en casi
toda la península. Algunas investigaciones apuntan a que Los
Mendoza están haciendo una limpieza de posibles bandas
rivales. Hemos realizado numerosas detenciones y en breve
esperamos poder arrojar más luz sobre estos terribles sucesos.
De momento no puedo revelar más detalles”.
En otro orden de cosas, vamos de nuevo con el robo de un
tesoro de valor incalculable, producido anoche en el
Monasterio de El Escorial…».

—Qué rollo —dijo Gregorio cambiando el dial—, voy a poner música.


—Ya está, don Gregorio. Tengo ampliadas las capturas de la libreta y
esto es un galimatías de mucho cuidado —dijo Bandicoot, que se había
cubierto cada trozo de piel visible con crema solar—. Sólo hay números
dispersos, garabatos y letras desordenadas.
—Yo lo he mirado por encima y tampoco he entendido nada, pero
tiene que significar algo. Usa programas informáticos o algoritmos

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matemáticos para buscar un patrón. Ahora le echas un vistazo tú, ¿vale?
—le dijo a Teresa, que estaba inmersa en sus papeles.
—Tengo aquí la partida de nacimiento de Cristóbal Colón —contestó
ella ignorándolo—. ¿Queréis saber dónde nació?
—En Génova.
—En Barcelona.
—En Lisboa.
—En Colombia —dijo Bandicoot.
—Dale —dijo Gregorio a Tere, que le propinó una colleja al
informático, para levantar un documento añoso y gastado ante ella y
proclamar:
—¡En Murcia!
—Me cago en la Virgen —dijo Gregorio—. ¿Y por qué habrían de
enterrar el documento que confirma su procedencia?
—Cuestiones de márquetin, supongo. Quedaba mejor hablar de un
hombre misterioso que vino de algún lugar desconocido, que decir que
sus padres cogían coquinas en la Manga del Mar Menor.
Sonó la canción de Rosalía que servía de tono en el teléfono de
Gregorio y éste volvió a hablar con doña Virtudes, que le informó de que
a don Floren se le escuchaba extrañamente activo, pero nadie se atrevía
a pasar. «Que no lo hagan», le dijo Gregorio, «que lleven a otro sacerdote
a la puerta y doblen los turnos de rezo». Colgó y comenzó entonces a
pensar en voz alta:
—Un exorcismo debe ser constante; no se puede tomar uno días
libres. No hacer la sesión de hoy es un paso atrás en nuestra lucha…
Se llevó un rato rascando una incipiente perilla y mirando el
tornadizo horizonte, hasta que se quitó el cinturón de seguridad y fue a
la parte trasera, sentándose junto a Bandicoot.
—Dime, ¿con esto se pueden hacer videollamadas? —dijo señalando el
ordenador portátil.
—Pues claro, padre, es de gama alta; tiene un procesador octacore de…
—Calla, que se me ha ocurrido una cosa. Vamos a hacer un vídeo-
exorcismo.
Gregorio mandó a Plork aparcar en un área de descanso donde el
informático corroborara una buena cobertura de datos. Mientras la
buscaba llamó a los hombres de la puerta de don Floren, a través de

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Mork, y organizó el operativo ante las reticencias de Teresa que le
preguntó si era buena idea. «Es una idea genial», respondió él. Ordenó
buscar en la mansión un ordenador portátil solvente, que los dos
sacerdotes se confesaran mutuamente y bendijeran dos botellas de agua,
con gas y sin gas, y que se les proporcionaran dos crucifijos de tamaño
medio. Una vez preparados ellos y detenido el vehículo en una agradable
zona de descanso bajo varios chopos frondosos, iniciaron la
videoconferencia con todo el grupo mirando con expectación detrás de
Gregorio.
—Un soldado sujetará el ordenador —consignó—. Los dos sacerdotes
llevarán una botella de agua, una biblia y un crucifijo cada uno. Si no os
apañáis, metéis la botella debajo del sobaco o el crucifijo en el bolsillo; lo
que vosotros veáis. Una vez dentro yo dirigiré el exorcismo. ¿Estamos?
—No —dijeron los curas.
—Pues adelante entonces.
Tras echar a suertes los soldados a quién le tocaría entrar a las
dependencias de don Floren, los tres se pusieron en marcha.
Atravesaron el despacho y entraron en el dormitorio, donde aún había
bastante luz natural. Don Floren estaba sentado en la cama y Gregorio
ordenó poner la pantalla del portátil frente a él con un sacerdote a cada
lado:
—Un poco más arriba… ahí. No, espera, no tanto… ¡Ahora! Bien, ¿se
me escucha? Hola —dijo Gregorio moviendo la mano delante de la
cámara y comprobando en el pequeño recuadro que se le veía con
nitidez—. Bien. Don Floren, Azazel, la sesión de hoy tiene que ser de esta
manera, si no les importa. Me ha surgido un contratiempo y no puedo
estar de cuerpo presente, pero si todos ponemos de nuestra parte no
tiene por qué haber ningún problema.
Don Floren o Azazel —o ambos— miraba la pantalla sin contestar y
con cara de besugo. Gregorio tomó de nuevo la palabra:
—Comencemos. Señores, échenle al poseído un generoso chorrete de
agua bendita.
Los sacerdotes obedecieron y don Floren retrocedió y se agazapó
sobre el cabecero de la cama como una alimaña arrinconada, emitiendo
un sonido amenazador, enseñando los dientes y recuperando el brillo
feroz de sus ojos.

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—Recemos —continuó Gregorio.
Comenzó a recitar las fórmulas clásicas para el exorcismo mientras
los sacerdotes, al otro lado de la pantalla, repetían cada palabra.
Gregorio intercalaba algún «no muevas tanto el ordenador, coño» entre
los rezos pero, en general, estaba satisfecho; don Floren parecía
tranquilo.
A la media hora de sesión Bandicoot se fue hacia otro lugar de la
furgoneta. Era el que había mostrado más entusiasmo por asistir a su
primer exorcismo, pero aquella retahíla de rezos monótonos y
repetitivos le estaban aburriendo. Los demás se quedaron detrás de
Gregorio más o menos atentos. Un repentino movimiento de don Floren
y un llamamiento les hizo sobresaltarse y poner de nuevo toda su
atención en la pantalla, motivando que Bandicoot se acercara otra vez.
—Goyeteeee —dijo el malévolo personaje (da igual a cuál de los dos
nos refiramos), acercándose súbitamente a la pantalla.
Los dos sacerdotes dejaron de rezar y se notó titubear al portador del
ordenador portátil.
—Dime, endemoniado mío.
—¿Te gustan las películas de miedo?
—Bueno, depende, porque últimamente el cine está de capa caída…
Un violento ataque hacia uno de los sacerdotes cortó súbitamente la
respuesta de Gregorio, que presenció entre vaivenes de la cámara, junto
con el resto de su grupo, cómo agarraba de la cara al cura de la derecha y
le hundía los pulgares en los ojos. El otro sacerdote, lejos de amilanarse,
mostró más determinación que sus predecesores y comenzó a arrojarle
agua bendita; un agua que hacía quejarse a la criatura pero que no le
hacía soltar a su presa. Cuando lo hizo, el hombre atacado cayó
fulminado al suelo, pero con vida. Don Floren se arrojó entonces a por el
que le hostigaba con el agua. Entre mareantes y confusos giros de
cámara, pudieron apreciar cómo el primer sacerdote intentaba gatear.
El soldado retrocedió instintivamente y grabó de soslayo a don Floren
llevando al otro en volandas hasta un rincón opuesto de la habitación.
En ese momento Gregorio reaccionó y, dando por perdida la vida de
aquel hombre, ordenó al soldado retirarse, sacando al cura herido de la
sala. Así lo hicieron, confirmándolo la proyección en pantalla del

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inconfundible pasillo principal, ya que la retirada había sido un caos en
el que apenas podían distinguir nada.
—¡Cerrad la puerta y traed otros dos curas a rezar en ella! —ordenó
Gregorio.
—¿Y qué hacemos con éste? —preguntó uno acercando la cara del
herido al objetivo.
Sus ojos emanaban dos incesantes hileras de sangre y evidenciaba un
shock que le hacía emitir extraños gritos en voz baja.
—¡Virgen del copetín! —exclamó Gregorio—. Llevadlo a que lo curen,
a ver si hay suerte. Cambio y corto.
El grupo se quedó en silencio durante un momento. Nadie decía nada
y en algunos de los rostros presentes todavía se dibujaba una expresión
de incredulidad y miedo.
—Y esto es, amigos míos, por lo que siempre digo que tengo serias
dudas sobre el tema del teletrabajo —manifestó Gregorio encendiendo
un cigarro.
—¿No os ha parecido que la alfombra de delante de la cama estaba
torcida? —observó Mork.
—¿Ya estamos con las neuras? —le recriminó Gregorio.
—Madre mía —dijo Bandicoot horrorizado—. ¿Y contra esas cosas
lucha usted?
—Más o menos, pero hay que reconocer que éste es una máquina de
triturar curas. ¿Cuántos nos quedan?
—Cinco —respondió Plork.
—¿Pero contando al que se ha quedado sin ojos?
—No.
—Pues entonces cinco y medio, suponiendo que sobreviva, claro.
Pero bueno, miremos el lado positivo: hemos cumplido y no hemos roto
la continuidad del exorcismo. La sesión de hoy la podemos tachar. Así
que, si nadie va a bajar a mear, podemos seguir nuestro viaje.
Teresa pidió a Gregorio que la acompañara fuera antes de emprender
de nuevo la marcha y ambos salieron de la furgoneta.
—Goyo, no puedes enfrentarte a eso. Y no podemos confiar en que lo
que encontremos en Jerez de los Caballeros, suponiendo que
encontremos algo, te ayude. Hay que pensar en alguna alternativa.

—Pero es que ya está todo inventado, Tere. Esto de los exorcismos es


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—Pero es que ya está todo inventado, Tere. Esto de los exorcismos es
así: agua bendita, mucho rezo, mucha fe y poco más. Ahora ha tocado un
maldito jefe final del Infierno y hay que afrontarlo de la misma manera.
—Ya, pero siempre hablas del poder de las reliquias. De hecho fuiste a
El Escorial a por una. ¿Por qué no conseguimos más?
—Ya me dirás tú cómo.
—¿Cómo? Piénsalo, tienes a la organización criminal más poderosa
del país a tu servicio. Puedes hacer casi lo que quieras.
—¿Insinúas que los podría usar para conseguir más reliquias? —dijo
repentinamente eufórico—. Teresa, eres diabólicamente brillante.
Gregorio emprendió su habitual caminata en redondo para pensar.
—¿Qué te parece el Santo Sudario de Oviedo? —dijo.
—Me gusta —respondió Teresa atusándose un mechón de pelo—. ¿Y
el Santo Cáliz de la Catedral de Valencia?
—¡Eso es un pepino! Imagina disponer del Santo Grial. Y tengo otro
que te va a fascinar, Tere: vamos a robar El Santo Rostro de Jaén.
—Goyete, estoy empezando a salivar.
Gregorio asomó la cabeza dentro de la furgoneta y preguntó a Mork y
Plork:
—Chicos, ¿tenemos gente en Oviedo, Valencia y Jaén?
—Tenemos gente en toda España, jefe —contestó Plork.
—Estupendo. Id llamando al abogado, que tengo deberes para él —
dijo antes de volver donde estaba Teresa—. Tere, voy a encargarles lo
del sudario y el cáliz a ellos. A Jaén vamos a ir nosotros en persona.
—¿Por qué?
—Porque mañana es viernes, tengo trato con el obispo, quiero
comprar unas garrafas de aceite de oliva y además conozco bien esa
catedral. No te preocupes, pediremos gente de apoyo; toda la que haga
falta.
—Pues nada, seguimos el viaje, ¿no?
—Claro, pero antes, querida, quiero darte dos noticias; una buena y
otra mala.
—¿Cuál es la buena?
—Que viendo lo chunga que eres, ahora me gustas más.
—¿Y la mala?
—Que te empiezas a parecer peligrosamente a mí.

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El castillo de Jerez de los Caballeros se alzaba decadente y bello sobre
el cerro al que abrazaba el pintoresco pueblo desde su altollano; un
precioso paraje situado allá donde muere un extremo de Sierra Morena.
Llegaron a las ocho y media de la tarde que, estando en los días más
largos del año, les daba más de una hora de luz que Gregorio no quiso
desperdiciar. Entraron en la zona amurallada por la puerta de Burgos y
accedieron a la planicie de piedra desde la que se dominaban las torres
del castillo, construidas con mampostería y sillares de granito allá por el
siglo X. Se detuvieron y Gregorio se dispuso a trazar el plan.
—Ya habrán acabado las visitas turísticas, cosa que nos favorece dado
que necesitamos tranquilidad para buscar. Si no me equivoco, la Torre
del Homenaje, nuestro objetivo, es aquella —dijo señalando la más
grande—. Entrar ahí puede ser complicado, así que debemos
organizamos. Posiblemente ahora cierren la entrada del recinto y venga
algún vigilante a pedirnos que nos vayamos; habrá que reducirlo y
ocultarlo en la furgoneta. ¿Ningún problema con eso, no? —preguntó a
los hermanos.
—Descuide, don Gregorio.
—Bien, luego estará el tema de abrir las puertas, propiamente dicho.
¿Podemos?
—Depende de la puerta. Tenemos ganzúas y anuladores para
cerraduras eléctricas. Si la puerta se resiste llevamos explosivo plástico.
Lo cojo por si acaso —dijo Mork.
—Esperemos que no haga falta. Sigo. Tú, Bandicoot, a lo tuyo: quiero
que revises si existen alarmas y se pueden jaquear. Y tú, Teresa…
¿Teresa? ¿Dónde está?
Comprobaron que no estaba en la furgoneta y, mirando por una
ventanilla, la vieron llegar andando. «¿Pero cuándo ha salido?», se
preguntó Gregorio.
—Venga, vamos para adentro —dijo mostrando unas llaves.
—¿Cómo? —preguntó Gregorio con incredulidad, saliendo junto con
los demás del vehículo.
—Fácil. Le he enseñado al vigilante mi carnet de la facultad de
historia, le he dicho que somos de la UNESCO y que vamos a hacer un

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informe para proponer el lugar como patrimonio de la humanidad. Me
ha dado las llaves del castillo y ha seguido viendo el fútbol en la tele.
—Pues ese era el plan B, chicos.
Anduvieron juntos hacia la Torre del Homenaje y Teresa, con su
instinto docente aflorando, aprovechó para dar una clase teórica:
—Son cuatro las torres que aún siguen en pie: la del Carbón, que es
aquella, la de la Veleta, la Torre de las Armas, que es la de aquella punta,
y la del Homenaje, conocida también como la Torre Sangrienta, por los
funestos acontecimientos que estamos investigando.
—Puf, ¡qué mujerón! —comentó impresionado Bandicoot, que
andaba rezagado junto a Plork. Éste le devolvió una mirada tan severa
que el muchacho se calló.
Llegaron a la puerta, Teresa la abrió y entraron, subiendo por las
escaleras hasta la estancia principal de la torre, un tosco gabinete
medieval ricamente decorado. Sobre el poyete de una ventana en el lado
izquierdo, había un ánfora de barro y una damajuana recubierta de
mimbre; a sus pies, un cofre de madera no menos rudimentario que los
sillares de piedra de las paredes. Una mesa de pino, tallada en
bajorrelieve, destacaba en mitad de la sala, con una tela adornada con
tejido de cintas derramándose de ella. En las paredes había apoyados
escudos, lanzas y banderas templarías y, anclados en ellas, algún cuerno
de toro. Al fondo, la ventana más vistosa —gótica, geminada y
polilobulada, según explicó Teresa— lucía con una belleza de otro
tiempo.
—Bien —dijo ella—, todo lo que veis aquí ha sido colocado después del
momento que nos interesa, así que nada de buscar en muebles ni
adornos. Nos limitaremos a buscar en las paredes y el suelo. Si veis algo
raro, un hueco o una hendidura en la pared, avisad para que la
inspeccionemos.
Todos se pusieron a apartar objetos y desperdigarlos por el centro de
la sala, facilitando el registro de las paredes.
—Si aquí ya buscaron en su día varias veces y no encontraron nada,
¿por qué íbamos a hacerlo nosotros? —preguntó Plork.
—¿Se lo explicas tú o lo hago yo? —dijo Teresa apartando un escudo
de un rincón.

—Imaginad a unos soldados de la Edad Media —expuso Gregorio—,


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—Imaginad a unos soldados de la Edad Media —expuso Gregorio—,
supersticiosos y analfabetos, mandados a buscar un documento
satánico. Ya te digo yo que no hicieron ni el intento. Se pararían en la
taberna del pueblo y beberían hasta reventar; luego volverían a la corte
diciendo que no habían encontrado nada.
Siguieron con la búsqueda hasta que la luz comenzaba a escasear y
Gregorio se planteaba seguir al día siguiente, pero Plork llamó la
atención sobre algo que le pareció raro.
—Mirad aquí —dijo alumbrando una pared con la linterna—: el
cemento, o lo que sea, que rodea este bloque de piedra es diferente a los
otros.
—Es cierto —dijo Teresa.
Gregorio pidió una navaja y comenzó a rascar a su alrededor. Hizo lo
propio con otras partes del muro y comprobó que la argamasa que
rodeaba el sillar era mucho más dura que el resto.
—¿Lo veis? Es como si esta piedra se hubiera colocado después, con
una masa más dura. Tal vez se movía y en alguna restauración la
pegaron de nuevo.
—Déjeme —dijo Plork, cogiendo la navaja y rascando con fuerza.
Apenas conseguía horadar la mezcla que rodeaba el bloque de piedra y
su ímpetu le llevó a romper la navaja.
—¡Es imposible! —se lamentó Plork.
—Esperad, tengo una idea —dijo Mork sacando el explosivo plástico.
—¿Vas a volar la pared? —preguntó Gregorio.
—No, este es un explosivo muy preciso. ¿Cómo lo llamaba Víctor?
—Quirúrgico —respondió Plork.
—Pues eso, confiad en mí. Ponemos un pequeño hilo rodeando el
bloque de piedra… ajá… —dijo mientras aplicaba el espeso engrudo, que
parecía plastilina—. Ahora le clavamos el detonador, desenrollamos el
cable y… será mejor que nos apartemos.
Retrocedieron hasta la entrada de la sala, agrupándose junto a la
puerta, con Mork desenredando el cable y poniéndose junto a ellos.
—¿Qué pasa aquí? —vociferó un hombre desde detrás.
El vigilante entró, observó el cuadro de aquel peculiar grupo de gente
apelotonado junto a la entrada, vio el cable y lo siguió hasta el ladrillo de
la discordia.

—¡Salgan de aquí inmediatamente y ahora me explicarán qué narices


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—¡Salgan de aquí inmediatamente y ahora me explicarán qué narices
es esto!
Nadie reaccionó salvo Bandicoot, que en un arrebato motivado,
probablemente, por su perturbada mente achicharrada por los
videojuegos, las bebidas energéticas, la pornografía y los foros de
Internet, le arrebató el mando a Mork de la mano y dijo:
—¡A tomar por culo! —apretando el botón.
La explosión fue gigantesca y la onda expansiva los arrojó a todos al
suelo, sumiendo la estancia en una tupida nube de polvo y trozos de
tierra que caían del techo. Gregorio, a quien le pitaban los oídos de
forma insoportable, se puso en pie con dificultad y ayudó a levantarse a
Teresa, apenas distinguible entre la polvareda, bajo un trozo de
bandera.
—¡Me cago en sus muertos! ¡Dónde está el psicópata ese, que lo
arrastro! —gritó iracundo.
—¿A mí? —sonó la voz de Bandicoot entre toses—. Será al que ha
puesto el explosivo, que decía que era quirúrgico o yo que sé.
El suelo comenzó a temblar y las paredes a crujir.
—¡Esto se viene abajo! —gritó Plork—. ¡Hay que irse!
—¡Espera! —dijo Teresa, que se había cubierto la boca y la nariz con
un pañuelo y se dirigió hasta el punto cero de la explosión, encendiendo
la linterna de su teléfono móvil y sumiéndose en la espesa nube.
De nada sirvió a Gregorio intentar sujetarla y mandó buscar al
vigilante entre el desastre.
—¡Hay que sacarlo de aquí!
—No va a poder ser —dijo Mork cuando lo encontró.
El bloque de piedra había salido disparado con la deflagración,
incrustándose en su cara y provocándole una muerte instantánea.
—¡Pues vámonos! ¡Teresa, Teresa! —vociferó Gregorio sin obtener
respuesta.
La vibración del suelo aumentó y varios bloques de piedra cayeron del
techo. Uno de los gemelos cogió en volandas a Gregorio y salió con él
escaleras abajo, pero el sacerdote intentó resistirse.
—¡Suéltame! ¡Teresa, Teresa! —gritaba desesperado mientras salían
al exterior y Mork seguía sujetándolo.
—¡No se puede hacer nada, don Gregorio!

La torre se estaba desmoronando como un castillo de naipes con un


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La torre se estaba desmoronando como un castillo de naipes con un
estruendo que resonaba en los alrededores. Apenas quedaba piedra
sobre piedra cuando Teresa saltó desde la puerta y cayó al suelo junto a
ellos. Estaba desfallecida y tosía sin cesar. El castillo terminó de
derrumbarse y Gregorio la apartó como pudo y se agachó sobre ella.
—¿Pero qué haces, loca? No ganamos para sustos contigo.
Aclarando la garganta con violentos carraspeos y sacudiéndose la
cara con el pañuelo que se quitó de la boca, respondió: «Lo tengo».
Montaron en la furgoneta y salieron a la carrera de aquel lugar para
abandonar el pueblo lo antes posible. Gregorio indicó a Plork que saliera
en dirección a Zafra, para poner rumbo a Jaén. Pasados unos
kilómetros, donde no hablaban pero tosían y los pañuelos se mecían en
profusas sonadas de nariz, se detuvieron junto a una fuente para
intentar limpiar la capa de polvo, entre ocre y blanca, que les cubría por
completo.
—Enhorabuena, Bandicoot, eres un asesino. Si acaso no lo tenías ya,
hoy te has comprado un billete de ida al infierno —dijo Gregorio después
de aventar agua hacia su rostro y batir una toalla contra su ropa.
Como el muchacho se había embadurnado previamente en crema
solar, el polvo se había mezclado con la pringue y asemejaba una figura
de arcilla que, por momentos, se cuarteaba.
—Tal vez la culpa es de quien ha puesto la puñetera bomba de
Hiroshima allí dentro —dijo.
Mork calló y Gregorio apostilló: «Los dos vais bien servidos». Se
acercó a Teresa, que secaba su cara con un papel que se teñía de marrón
a cada friega, y le preguntó cómo estaba.
—Bien, pero por poco lo cuento.
—Te diría que no hicieras más algo así, pero no creo que me
escucharas. ¿Qué tenemos?
—He encontrado un atadijo de cuero envolviendo una tela que parece
contener algo, en el hueco que dejó el sillar.
—Pues vamos a buscar un lugar donde recomponernos y después le
echamos un vistazo. ¿Te parece? ¡Chicos, vámonos y busquemos un
lugar para cenar y dormir!
Motel Cuatro Caminos se llamaba aquella desolada fonda de
carretera, pasando Zafra en dirección Córdoba. Cogieron tres
habitaciones, se ducharon, se cambiaron de ropa y se reunieron en el

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bar. Teresa bajó la última y la barra ya era dominada por Gregorio, que
se había puesto su alzacuellos y hacía las delicias de su grupo, varios
agricultores que mitigaban el calor de su faena a golpe de botellín y el
propio camarero.
—Y claro, cuando Sánchez Dragó, que en paz descanse, me dijo:
«Goyete, mira las imágenes de la tertulia en la tele y dime si Fernando
Arrabal no está poseído». Por supuesto lo miré… Ponme otra, Jaime.
—Enseguida, padre —dijo Julio.
—Pues nada, que yo vi a ese hombrecillo de tamaño llavero, loco
perdido, intentando hablar del milenarismo y me dije: «ese cabrón lo
que lleva es una “tajá” como un piano» y así se lo hice saber a Nando,
como yo lo llamaba. Le dije: «Mira, es imposible que esté poseído
porque, para empezar, no le cabe un demonio y si fuera el caso, ninguno
se va a meter voluntariamente en un zulo. Y en segundo lugar, Nandete,
no creo que exista en el infierno alguien tan cansino, ¡por el amor de
Dios!».
Todos comenzaron a reír y Teresa se acercó esbozando una sonrisa.
—¡Es usted la bomba, padre! —comentó un señor muy jocoso.
—No, la bomba son estos dos —dijo él señalando a Mork y a
Bandicoot.
—Hola, chicos, ¿cenamos? —propuso Teresa.
—Hola, señora Vilches —respondió Gregorio—, como usted
disponga. Ya tenemos una mesa preparada.
Compartieron conversación y una cena en la que todos probaron
suculentos platos de la gastronomía local menos Bandicoot, que comió
macarrones con tomate y unas patatas fritas congeladas. Cuando
terminaron, el camarero les invitó a un chupito de licor de hierbas y
Gregorio quiso seguir la fiesta en la barra, pero Teresa lo cogió del brazo
y se lo llevó arriba, donde eligió su propia habitación para un cónclave.
Desenrolló el paquete de cuero que había sacado de la pared del castillo,
desligando las cuerdas que lo sujetaban; lo extendió sobre la mesita que
había junto a la cama en la que se sentaba y, con cuidado, fue
desenvolviendo la tela harapienta que contenía, hasta que descubrió un
trozo de pergamino enrollado. Estaba lacrado con lo que parecía un
coágulo de sangre seca, que opuso poca resistencia a ser quebrado. Lo
extendió ante la mirada de todos y mostró su contenido.

—He estudiado lingüística, grafología y he analizado muchísimos


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—He estudiado lingüística, grafología y he analizado muchísimos
textos en lenguas muertas, pero os aseguro que no sé qué lenguaje es éste
ni qué son estos símbolos —dijo Teresa.
—Lo que está claro es que fue escrito con sangre —dijo Gregorio
cogiéndolo con sumo cuidado— y que, casi con toda certeza, es el pacto
que firmó Juan Bechao cuando se reveló contra Dios; por tanto esta será,
probablemente, la letra del Diablo.
—Ostras, qué mal rollo —dijo Bandicoot, uniéndose al escalofrío que
recorrió cada uno de los cuerpos que estaban en la habitación de Teresa.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Mork.
Gregorio sacó un mechero y lo acercó al papel.
—No, tenemos que saber lo que pone —intercedió Teresa sujetando
su mano.
—Nada bueno, Tere. Lo mejor que podemos hacer es destruirlo.
Gregorio procedió a encender el mechero y acercar la llama al
pergamino, pero comprobó estupefacto que éste no ardía. Lo intentó
por las diferentes esquinas del papel, pero el fuego no lo dañaba en
absoluto.
—Pues ahora sí que lo he visto todo —dijo Teresa.
—Es asombroso —comentó Gregorio—. Lo más parecido que he visto
a este papel se llama Ricardo y le da a las máquinas tragaperras.
Los demás asistían ojipláticos a lo que parecía un truco de magia;
todos menos Mork, que intentaba poner recto el envoltorio de cuero con
la mesita.
—Ya no cabe ninguna duda de que estamos ante algo sobrenatural. La
pregunta es qué vamos a hacer ahora —dijo Gregorio resignado.
—Dámelo.
Teresa lo guardó en el cartapacio con el resto de documentos y
prometió investigarlo hasta traducir su contenido. Gregorio le preguntó
si era buena idea que durmiera en la misma habitación que ese pedazo de
maldición, pero ella alegó que no le tenía miedo a los papeles. Zanjado el
tema provisionalmente, Teresa sacó la otra cuestión que debían tratar:
—Hay que hablar sobre lo de mañana.
—Ya, pero podríamos haber echado una copa antes —protestó
Gregorio—. Y con más razón después del susto que tenemos en el cuerpo
con lo que acabamos de ver.

—Por eso no te preocupes —dijo ella sacando una botella de whisky del
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—Por eso no te preocupes —dijo ella sacando una botella de whisky del
bolso— no quería que se nos fuera la lengua en la barra hablando de
robos a catedrales, castillos derribados o vigilantes de seguridad
fallecidos. Por eso he comprado esta botella cuando he ido al baño.
Supongo que lo comprendéis.
—¿Bebemos a morro o usamos los vasos de lavarse los dientes?
—Vasos —dijo Mork levantándose.
Visitó los aseos de las tres habitaciones y volvió con cinco vasos de
plástico en los que Teresa vertió moderadas cantidades de licor.
Sentados unos en la cama, otros en butacas y Bandicoot en el suelo,
atendieron a las instrucciones de Gregorio, despachando cada uno su
bebida a su propio ritmo.
—Llena —indicó Gregorio—. Pues como le comenté antes por encima
a Tere, conozco al obispo de Jaén. Resulta que todos los viernes exponen
el Santo Rostro, la reliquia que vamos a robar, durante un par de horas
para que los devotos pasen a venerarla. Pero yo sé una cosa que la gente
no sabe: lo que muestran de cara al público no es la reliquia auténtica,
sino una copia. La original se guarda en un camarín secreto
prácticamente inexpugnable; es ahí donde está el lienzo de la Verónica
con la verdadera cara de Jesucristo impresa, dentro de una caja sellada
cuya llave sólo tiene el obispo. Del mismo modo, solamente él tiene la
combinación para abrir el camarín y las huellas dactilares que lo hacen
posible. Las instrucciones para abrirlo, en caso de que falleciera, se
guardan en una caja de seguridad de vete tú a saber dónde, para
entregarlas a su sucesor. Esta información nos la contó él mismo, al
actual arzobispo de Madrid y a mí, una noche de picos pardos por la
capital andaluza. No os penséis que me refiero a una fiesta como la de los
Mendoza; con clérigos de ese nivel y esa inmaculada catadura moral,
que todo hay que decirlo, la parranda se limitó a una generosa ingesta de
vino en una tasca vacía.
—No parece fácil —añadió Plork.
—No lo es. De hecho es casi imposible, por eso llevo unas horas dando
vueltas al tema. Bandicoot, ¿puedes mirar en Internet a ver si aparece el
horario de exposición del Santo Rostro?
—Enseguida —dijo consultando su móvil—. Viernes de 10:30 a 12:00 y
de 17:00 a 18:00.

—Tiene que ser por la mañana, porque sé que el obispo tiene que estar
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—Tiene que ser por la mañana, porque sé que el obispo tiene que estar
presente cuando se saca «el falso rostro», y nuestro robo ha de ser
simultáneo al de Oviedo y Valencia; ahora llamaré para que estén
preparados a las 10:45, que es cuando actuaremos nosotros. Esto es muy
importante porque si alguien se adelanta y salta la noticia, el resto de
lugares donde guardan reliquias se pondrá en alerta. Daos cuenta que
estamos hablando de tres de los objetos más valiosos de la cristiandad.
—El planteamiento es muy completo, Goyete, y veo que lo tienes todo
muy bien pensado menos la cuestión de cómo narices sustraer algo tan
protegido —dijo Teresa.
—Pues, como he expuesto, aquí la clave de todo es el obispo; sólo él
puede cogerlo, pero es uno de los hombres más rectos y más devotos que
he conocido, que protegerá con su propia vida la reliquia. No se le puede
obligar amenazando con matarlo o torturándolo de la forma más
horrible que podáis imaginar. Por tanto, os contaré cómo lo haremos…
Gregorio explicó pormenorizadamente los detalles de su plan,
mientras iba mermando el contenido de la botella, y el grupo, al margen
de las quejas por tener que madrugar mucho, quedó impresionado.
—Goyete —dijo Teresa alzando su vaso para brindar—, hay que
reconocer que tienes un don para el crimen.
—Por supuesto. No en vano me llaman Padre Tormenta en los
círculos mafiosos.
—Ah, se me olvidó preguntarle la otra noche el porqué de su apodo —
intervino Plork, cuyos ojos comenzaban a enturbiar.
—Es por un texto anónimo que reza de la siguiente manera: El Diablo
susurró al oído del guerrero: «no podrás sobrevivir a la tormenta» y el
guerrero respondió: «yo soy la tormenta». O algo así era —comentó
rellenando su vaso.
—¡Madre mía, qué pasada! —dijo Bandicoot.
—¡Madre mía, qué flipado! —dijo Teresa.
Bebieron hasta acabar la botella de whisky en un ambiente muy
distendido. Mork y Plork contaron cómo se dedicaban a extorsionar a
políticos y secuestrar a sus familiares para que recalificaran terrenos,
aprobaran enmiendas o dieran el visto bueno a proyectos industriales de
dudosa legalidad. Bandicoot, por su parte, habló de su participación en
el pirateo informático que hizo posible que Rodolfo Chiquilicuatre fuera
a Eurovisión y de cómo había entrado en la web de un colegio de monjas

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para meter foto-montajes con la cara del Papa. Acto seguido, sufrió un
linchamiento a base de collejas por parte de la facción célibe del grupo.
—Por cierto —añadió recolocándose las gafas—, ahora que lo estoy
pensando… ¿Cuál es mi papel en la misión de mañana?
—A ti te dejaremos en una cooperativa para que compres unas
garrafas de aceite de oliva. Y que sea del bueno, del virgen extra ese que
es de color verde. ¿Quién va a querer?
—Yo quiero dos —contestó Teresa.
—Bien, lo vamos apuntando y mañana te lo decimos.
—¿En serio he quedado para eso?
—Bueno, chaval, mañana no te necesitamos en la catedral pero eso no
quiere decir que no seas valioso. Además piensa que, muy
probablemente, acabemos todos en la cárcel menos tú.
Pero el joven siguió protestando:
—Y otra cosa, ¿por qué Teresa tiene una habitación para ella sola y yo
tengo que dormir con usted?
—No querrás dormir con ella, pájaro. Y, por otro lado, escuchar mis
ronquidos será la penitencia por tus pecados.
—Don Gregorio, quería yo preguntarle… —dijo Plork, visiblemente
ebrio—. Entonces, ¿estuvo usted casado antes de ser cura?
Gregorio clavó una mirada atroz y furibunda en él, se levantó y
abandonó la habitación sin decir una palabra.
—¿Qué he dicho? —preguntó incrédulo.
—Mira —le habló suavemente Teresa—, sí estuvo casado antes, pero
es una etapa de su vida de la que no habla nunca ni quiere hacerlo. Ni
siquiera a mí, que soy su mejor amiga y lo conozco desde hace más de
veinte años, me ha referido nunca casi nada. Así que será mejor que no
le preguntéis. Y ahora, si no os importa, me voy a acostar. Vayan
desalojando mi habitación.
—¿Está relacionado con la carta esa que guarda siempre con él? —
insistió Plork.
—Buenas noches —sentenció Teresa.
Cuando Bandicoot entró en su habitación no quiso molestar a
Gregorio. Sacó su ordenador, lo puso sobre el escritorio, lo conectó a un
enchufe y se colocó sus enormes cascos, mientras el sacerdote fumaba
en la ventana.

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No hubo paz para Gregorio Márquez aquella noche.

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El Rostro de Dios

EL COMISARIO VALLEJO ENTRÓ MALHUMORADO EN LAS DEPENDENCIAS POLICIALES DE


Málaga. Nadie se atrevió a intercambiar con él una frase más allá del
saludo de rigor a un superior. Se dirigió al ascensor acompañado de un
inspector que se le unió en el último momento, para bajar con él a la
zona de interrogatorios mientras lo ponía al tanto de las investigaciones
en curso.
—Nadie dice una palabra de provecho, señor.
—Yo sé que esta gente es dura pero ¿de verdad en más de catorce
horas de interrogatorio con los mejores agentes, que yo me he
encargado personalmente de mandar, no hay ninguno que se haya
desmoronado?
—No, señor. Están aterrorizados. No deja de sonar un nombre: Padre
Tormenta, que parece producirles auténtico pánico.
—¿Padre Tormenta? ¿Es una broma?
—Para nada, señor.
—Pues suena a personaje de tebeo, como el Capitán Trueno.
Salieron del ascensor y se encontraron con varios inspectores más,
que informaron a su jefe:
—Todavía nada.
—¿Pero les habéis ofrecido tratos, rebajas de pena, protección de
testigos? —preguntó el comisario.
—Sí, pero no aceptan. De hecho, varios de ellos han declarado que
prefieren morir antes que hablar. Todo por temor a Padre Tormenta,
que no tenemos ni idea de quién puede ser. No dejan de nombrarlo, pero
se niegan a dar una descripción.
—¿Y qué dicen de él?
—Hay uno que dice que aniquiló a un grupo de contrabandistas
serbios él solo, otro dice que manda sobre todos los capos de la mafia,
otro que es el Diablo en persona…
—O sea, a ver que yo me entere: me estáis diciendo que existe un
poderoso genio del crimen que tiene acojonados a los narcos más

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peligrosos de España, algunos de ellos provenientes de guerrillas
colombianas, que han visto y hecho de todo, entre otras cosas cargarse a
veinte rivales ayer, y nosotros no teníamos ni puñetera idea de su
existencia. ¿Es eso lo que me estáis diciendo? —dijo enfadado.
Ninguno contestó. Se limitaron a soportar la mirada de furia del
comisario los unos y clavar sus ojos en el suelo los otros.
—¿El CNI sabrá algo? —volvió a preguntar Vallejo.
—Les hemos consultado y están casi igual que nosotros. Por lo visto
hay rumores entre los confidentes en Madrid de que es quien ordenó la
masacre de ayer. También se comenta que puede estar implicado en la
oleada de secuestros de sacerdotes y en el robo de El Escorial. Pero son
sólo meras habladurías.
—¿Pero qué narices está pasando…? —murmuró alejándose—. Padre
Tormenta… Padre Tormenta… Vale, seguid con los interrogatorios. Yo
volveré a Madrid hoy mismo.
Francisco Vallejo era un hombre implacable con una determinación
férrea a la hora de perseguir el crimen. Fue primero militar y después un
policía que empezó desde abajo, destacando pronto por su eficacia y su
carácter inquebrantable, y se convirtió en un reputado inspector.
Comenzó a ascender porque sus superiores entonces, acostumbrados a
promocionar a chupatintas bien apadrinados, no tuvieron más remedio
debido a sus dotes de líder y a la fama que, poco a poco, fue ganándose en
el cuerpo, pero nunca acabó de gustar en las altas esferas; su ascenso fue
un sarpullido en el trasero de muchos cargos policiales que coqueteaban
con el crimen organizado y agentes que se dejaban sobornar. Él, empero,
era incorruptible. Desde el momento en que había pasado a ocupar el
mayor cargo operativo —no político— de la policía española, había
promovido varias limpias en el cuerpo de policía, usando el
departamento de asuntos internos, y había puesto en jaque y obligado a
retirarse a más de un jefe de policía.
Su aspecto era el reflejo de su persona: alto, robusto y con una forma
física envidiable a sus 56 años. Tenía unos ojos negros y profundos, unas
cejas pobladas y una nariz puntiaguda que se asomaba a la cornisa de un
bigote recio y bien perfilado. Su mentón, firme y pronunciado, y la
dureza de sus facciones, hacían de su cara una figura cuadrada donde
proliferaban las líneas rectas y sólo una cicatriz entre la mejilla y la oreja

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rompía la armonía de su rostro. La mata de pelo gris de su cabeza, que
aguantaba estoicamente los embates del tiempo, tenía la longitud justa
para ser peinada, excepto en la nuca y los laterales, donde lucía un
rapado como vestigio del soldado que fue.
El Comisario Vallejo era el azote del crimen y a nadie, buenos o malos,
parecía gustarle.
Emprendieron el viaje antes de descollar el alba y el amanecer les
alcanzó cuando atravesaban los bellos parajes a las faldas de Sierra
Morena, dejando a su izquierda los interminables prados y campos de
cultivo del Alto Guadiato. Pararon a tomar café en la Estación de Obejo,
enclavada en las montañas que precedían la bajada hasta Córdoba, y
Mork tomó el volante de manos de su hermano para seguir con la ruta.
Pasando la Ciudad de los Califas dirección Jaén, los olivos inundaron el
paisaje y el sol comenzó a castigar sin misericordia.
—¡Escuchad, tengo algo! —alertó Bandicoot—. He estado dándole
vueltas a una serie de números que hay en una página, alineados en
vertical, y resulta que coinciden con la numerología del nombre de los
demonios de los que hablaron, que los he buscado.
—¡No fastidies! —exclamó Teresa poniéndose a su lado.
—Sabía yo que el bueno del Flecha escondía algo —dijo Gregorio
accediendo a la parte de atrás.
—Mirad —dijo mostrando sus anotaciones en pantalla:

11464531 - Asmodeus.
11219628 - Astaroth.
181853 - Azazel.
25365769 - Belfegor.
253913 - Belial.
354912815 - Leviathan.
393928 - Lilith.
3339659 - Lucifer.
414465 - Mammón.
114153 - Samael.

—A su lado, en el cuaderno original, veo que hay un código asociado a


cada número —apuntó Gregorio.

—Sí, pero eso todavía no sé lo que significa. Son letras y números y es


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—Sí, pero eso todavía no sé lo que significa. Son letras y números y es
más difícil —dijo Bandicoot.
—Bueno —intervino Teresa—, sabemos que Florencio Sánchez está
poseído por Azazel; podrías empezar por ahí.
—¡Claro! Bien visto, Tere. Mira si el código que aparece al lado del
número de Azazel tiene algo que ver con don Floren, sus empresas o su
organización. Si hallas un patrón ahí puede que logres descifrar el resto.
Ponte con ello —dijo Gregorio, para llevarse a Tere a un aparte y
susurrar:
—¿Qué te parece?
—No sé, Goyo. Cada cosa que descubrimos me da más miedo que la
anterior.
—¿Y cómo va la traducción del pergamino de Juan Bechao?
—Sigo como al principio; no tengo ni idea todavía. He probado
incluso a leerlo reflejado en mi pequeño espejo de mano, buscando un
enfoque inverso, ya sabes… Pero nada.
—Verás cómo acabas descifrándolo; no tengo ninguna duda. Por
cierto, tú cómo lo llevas.
—¿A qué te refieres?
—Pues al tema de que sé que ver primero perderse el Códice Áureo y
después una joya del patrimonio medieval español, no debe de ser fácil
para alguien con tu amor a la historia. Eso por no hablar del pobre
guardia de seguridad…
—Procuro no pensarlo, porque me pongo de mala leche.
—Bueno, no te molesto más, que ya mismo llegamos.
En las proximidades de Jaén, Teresa aprovechó los cristales tintados
de la furgoneta para cambiarse en la parte trasera y ponerse el hábito de
monja. Gregorio hizo lo propio con su sotana y volvió al asiento del
copiloto.
—Vale, estamos llegando. Entra por ahí a la derecha. Perfecto.
Cooperativa Santa Catalina. Bandicoot, aquí te quedas. Ya sabes, yo
quiero tres garrafas y Teresa dos.
El chico se bajó refunfuñando y los gemelos con él.
—Aquí tienes —le dijo Plork—: trescientos euros. Que no se te olvide
comprar tres para doña Virtudes y no te quedes con la vuelta.
—Vale —respondió resignado.

—Otra cosa: tienes que estar muy atento al teléfono y cuando


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—Otra cosa: tienes que estar muy atento al teléfono y cuando
vengamos a recogerte no nos hagas esperar.
—Sí, señor. Por cierto —les dijo Bandicoot antes de despedirse—,
¿habéis visto lo bien que le queda a Teresa el disfraz de monja?
—El disfraz dice… —comentó Plork a su hermano cuando se subían de
nuevo al vehículo.
Mork confirmó por teléfono que la gente de su organización ya estaba
preparada y en posición. Teresa y Gregorio se bajaron de la furgoneta a
una distancia prudencial de la Catedral, en pleno casco antiguo de la
ciudad, y los gemelos condujeron hasta un callejón para cambiarse de
ropa y dejar el vehículo al recaudo de uno de sus hombres, apeándose
también.
—La Catedral de la Asunción, joya del Renacimiento y el Barroco —
dijo Gregorio cuando accedieron a la explanada donde se levantaba el
majestuoso templo con toda su magnitud—. ¿Sabías que esta iglesia fue
el molde para muchísimas catedrales de Iberoamérica?
—¿Tú qué crees, Goyete?
—No sé, hermana, llevo tanto tiempo sin verte vestida de monja que
me tienes confundido.
Entraron a las diez y diez minutos de la mañana en la catedral,
dirigiéndose directamente a El Camarín, la capilla interior donde habría
de ser expuesto el Santo Rostro. Preguntaron por el obispo y, después de
toparse con ciertas reticencias por parte del personal, este mandó
recibirles.
—Excelentísimo señor —dijo Gregorio.
—¿Desde cuándo me llamas así, amigo mío? —respondió el obispo,
con muy buen talante, antes de estrechar su mano—. ¿Qué te trae por
aquí?
—Pues hoy vengo de mero acompañante de sor Teresa Vilches,
teóloga e historiadora, a quien le presento.
—Excelentísimo.
—Hermana.
—Y nada, que nos han dicho que ahora exponen el Santo Rostro, cosa
que no recordaba —dijo Gregorio.
—Sí. Cada viernes desde hace «nosecuántos» años, aquí estamos al pie
del cañón. Por eso les voy a tener que dejar ahora; tengo que realizar la

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ceremonia de apertura de El Camarín. En cuanto acabe estoy con
ustedes y ya nos ponemos al día. Si me disculpan…
El obispo se marchó por una puerta y Gregorio se sentó en un banco
junto a Teresa.
—Ahora tengo dudas, Goyo. ¿Estás seguro de esto?
—Es normal ponerse nervioso, pero no te preocupes, que todo va a
salir bien. Ten en cuenta que he visto Ocean’s Eleven como unas cinco
veces.
—Tú y tus películas —dijo Teresa disimulando una risa nerviosa.
El obispo de Jaén celebró el arcaico rito con el que una pequeña y
ornamentada puerta era abierta para sacar la imagen del Santo Rostro,
enmarcado en un relicario engalanado con todo tipo de piedras
preciosas, que lucía como un lujoso marco de fotos. Lo puso sobre el
altar y concluyó la ceremonia bendiciendo a los presentes, que se
agolpaban en fila para pasar delante de la imagen y venerarla. El obispo
entró a una sala anexa y la cadena humana comenzó a girar.
Transcurridos diez minutos desde su marcha, el obispo volvió y llamó a
Gregorio en la distancia, quedándose en un rincón de El Camarín.
—Entonces, cómo te va la