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El Goce en El Analista

El documento explora las dimensiones del goce en la práctica del analista, cuestionando qué satisfacciones encuentra el psicoanalista en su función, a pesar de la caída del sujeto supuesto saber. Se discute la economía de la transferencia, donde tanto el paciente como el analista pueden buscar gratificaciones en su relación, y se enfatiza la importancia de la abstinencia del analista para evitar caer en tentaciones que comprometan la cura. Finalmente, se plantea que la renuncia del analista puede abrir un espacio para un goce que no se dirige a otro, sino que se relaciona con su propio deseo y función analítica.
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El Goce en El Analista

El documento explora las dimensiones del goce en la práctica del analista, cuestionando qué satisfacciones encuentra el psicoanalista en su función, a pesar de la caída del sujeto supuesto saber. Se discute la economía de la transferencia, donde tanto el paciente como el analista pueden buscar gratificaciones en su relación, y se enfatiza la importancia de la abstinencia del analista para evitar caer en tentaciones que comprometan la cura. Finalmente, se plantea que la renuncia del analista puede abrir un espacio para un goce que no se dirige a otro, sino que se relaciona con su propio deseo y función analítica.
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El goce en el analista

Juan de Olaso

Partiendo de la premisa Freudiana de que el registro de la transferencia


deviene con facilidad un campo de satisfacción, en el que se procuran
satisfacciones sustitutivas, nos interrogamos qué dimensiones de goce
son las que atraviesan al analista en su práctica. Tema que ofrece,
desde ya, matices y posiciones muy diversas.
Desde hace un tiempo, y por distintas vías, venimos interrogando el
lugar, la función y la posición del psicoanalista (De Olaso 2016, 2017,
2019, 2020, 2021). Es desde ahí que, en reiteradas ocasiones, Lacan
propone plantear los problemas y las preguntas inherentes a la clínica.
Al mismo tiempo, no son pocas las veces en las que el autor destaca el
carácter problemático, paradojal, espinoso, del lugar del analista, sobre
todo en virtud de las coordenadas que definen la estructura del acto
psicoanalítico. Como se sabe, este acto prevé (y trabaja para) la
eliminación del sujeto supuesto saber, eso mismo que instituye
inicialmente el análisis, con la consecuente caída del objeto analista
como un resto, un desecho, al final del proceso.
De ahí que Lacan hable de la incomodidad, el desconocimiento, la
ineptitud, el rechazo o la resistencia de los analistas ante el mismo acto
que instauran. Llegará incluso, por si esto fuera poco, a hablar en
términos de horror.
En esa línea, habíamos arribado (De Olaso 2022) a una pregunta
fundamental, necesaria, ineludible, que al respecto desliza Lacan en el
Seminario 16: “Si es verdad que el analista sabe qué es un análisis y a
qué conduce, ¿cómo puede proceder a este acto?” (Lacan 1968-69:
315). A lo que agrega, un poco más adelante: “¿Qué realidad empuja al
analista a desempeñar esta función? ¿Qué deseo, qué satisfacción
encuentra?” (Ibid.: 318). Procuraremos, en las líneas que siguen, poner
a trabajar esta pregunta, o preguntas, que conciernen a uno de los
objetivos del Proyecto UBACYT “Vicisitudes, encrucijadas y destinos de
la transferencia en la enseñanza de J. Lacan (1960-70)”.
Economía transferencial
Imposible, en este punto, no volver al texto “Nuevos caminos de la
terapia psicoanalítica”, esa intervención de Freud en Budapest que tiene
como interlocutor a Ferenczi y su técnica activa, y en la que compara el
trabajo psicoanalítico con el análisis químico, con la acción del cirujano
y con el influjo del educador. Leemos allí que la instalación de la
transferencia le abre las puertas de par en par a todo un campo de
satisfacción: “El enfermo busca la satisfacción sustitutiva sobre todo en
la cura misma, dentro de la relación de transferencia con el médico, y
hasta puede querer resarcirse por este camino de todas las renuncias
que se le imponen en los demás campos” (Freud 1919: 159). Una
verdadera economía de la transferencia. Es interesante que Freud funde
su premisa en las renuncias que se le imponen al individuo, las
diferentes frustraciones, privaciones, pérdidas a que está sometido.
Como la renuncia de lo pulsional que habrá de postular en los años
treinta como algo inherente a la entrada en la cultura. Pero aquí
pareciera tratarse, ante todo, de la entrada en la neurosis, porque el
paciente enfermó, dice Freud, “a raíz de una frustración” -la famosa y
controvertida Versagung-; y por eso “sus síntomas le prestan el servicio
de unas satisfacciones sustitutivas” (Ibid: 158).
Ciertamente, si el síntoma trae consigo estas compensaciones
libidinales; si las fantasías suponen puntos de fijación y, por
consiguiente, de satisfacción; si el inconsciente trabaja, como lo muestra
por ejemplo el estudio Freudiano sobre el Witz, para obtener una
ganancia de placer, el inconsciente como medio de goce; y así
podríamos engrosar la lista incluyendo al yo, al superyó y demás piezas
del tablero… La pregunta, pues, decanta sola: ¿Por qué los avatares
transferenciales estarían exentos de ganancias?
Lo que ha llevado, en efecto, al cuidado de los analistas de no brindarle
gratificaciones al paciente, poniendo en juego una posición básicamente
abstinente. Freud lo vuelve a recordar en esta conferencia húngara,
destacando que “en la medida de lo posible”, subrayemos este matiz, “la
cura analítica debe ejecutarse en un estado de privación -de
abstinencia” (Ibid.).
Pero acaso lo más interesante del asunto radique en que el relato
Freudiano va pasando, de manera paulatina, de poner el acento en las
frustraciones y sustituciones del paciente, a la posición “satisfactoria” del
psicoanalista. O, en todo caso, la cuestión es cómo una cosa va
llevando e invitando a la otra, en un cruce de dividendos más que nocivo
para el análisis.
De ahí la mención al eventual “desborde de su corazón caritativo”, el del
analista, que en su afán por ayudar al prójimo, afirma Freud, “cometerá
el mismo error económico en que incurren nuestros sanatorios no
analíticos para enfermos nerviosos” (Ibid.: 159, subrayado nuestro).
También desaconseja enfáticamente “evitar toda malcrianza” de los
pacientes. Aquí el eje está puesto, clara y preventivamente, en quienes
conducen la cura. A tal punto que rememora la polémica con la “escuela
suiza”, un modo educado y edulcorado de volver a traer a la escena a
Jung: “Nos negamos de manera terminante a hacer del paciente que se
pone en nuestras manos en busca de auxilio un patrimonio personal, a
plasmar por él su destino, a imponerle nuestros ideales y, con la
arrogancia del creador, a complacernos en nuestra obra luego de
haberlo formado a nuestra imagen y semejanza” (Ibid.: 160). Un párrafo
atiborrado de palabras clave: patrimonio personal, imponer, ideales,
arrogancia, complacencia, nuestra imagen y semejanza.
Para rematar su argumentación, afirma que “no se debe educar al
enfermo para que se asemeje a nosotros, sino para que se libere y
consume su propio ser” (Ibid.). Tema que, como se sabe, Lacan ha
desarrollado en más de una oportunidad: la propensión del analista a
ofrecer su identificación al sujeto desidentificado o “mal identificado”,
sea con su parte sana del yo, con su ideal del yo o, simplemente, con su
supuesto puro prestigio. En rigor, Freud ya había constatado, y de esto
hay testimonios varios, instructivos y contundentes, que la transferencia,
eso ante lo cual había que “librar batalla”, constituía un terreno propicio
para la satisfacción… de los analistas. Por eso hablaba de las
tentaciones: la de interpretar precipitadamente, la de exagerar una
actitud pedagógica, la de intentar extender su influencia sobre el otro.
Así lo escribe hacia el final de su obra: “Por tentador que pueda
resultarle al analista convertirse en maestro, arquetipo e ideal de otros,
crear seres humanos a su imagen y semejanza [otra vez este punto], no
tiene permitido olvidar que no es esta su tarea en la relación analítica, e
incluso sería infiel a ella si se dejara arrastrar por su inclinación” (Freud
1940: 176).
La transferencia, por lo tanto, “invita” al analista a instalarse en
determinados lugares, como el de profeta, el de madre, el de amigo, el
de alma caritativa. Y así. Puntos en los que las neurosis de los
analistas, no analizadas o no lo suficiente, pueden sucumbir. Y allí
Freud vislumbra una chance de que eso conspire contra el progreso de
la cura. Resistencias, ante todo, del analista.
De modo tal que cuando hace un instante leíamos que “El enfermo
busca la satisfacción sustitutiva sobre todo en la cura misma”, el
“enfermo” podría designar tanto al paciente como al médico. Ambos
tendrían sus respectivas razones para extraer esos beneficios en el
vínculo terapéutico. Y ni hablar si tales beneficios se conectan de modo
“complementario” entre uno y otro.
La actitud “gozoza”
Acaso por esa razón Lacan habla en sus Escritos, a propósito de la
neurosis de transferencia, de una “trama de satisfacciones que hace
difícil romper esa relación” (Lacan 1958: 582). Lo que nos lleva, pues, a
la pregunta inicial. Si el analista sabe bien a qué conduce un análisis, si
sabe que su destino es la caída del sujeto supuesto saber y su
evacuación como objeto, ¿para qué se postula una y otra vez? Y he
aquí el punto central: ¿qué satisfacción encuentra?
En realidad, esta última pregunta va más allá del desenlace de la cura,
concierne a la propia función del analista. Y es algo que a veces retorna
desde voces alejadas de nuestro oficio: ¿Cómo pueden aguantar tantas
horas escuchando problemas, conflictos y angustias de otros? Como si
se sospechara de la existencia de algún goce masoquista. U otro, u
otros.
Por supuesto que aquí se abre todo un abanico de posibilidades, de
satisfacciones fantasmáticas, como el hacerse oír, o el hacerse ver (la
vertiente mostrativa). También, por qué no, el hacerse chupar, o el
hacerse cagar. O el goce superyoico, algo que a su modo han
localizado analistas de diversas épocas y geografías. O el deseo de
reconocimiento, tan renombrado por Lacan en sus años hegelianos, y
que podría operar como una demanda, más o menos intensa, en las
orejas del analizante.
Y aquí es importante no deslizar el problema hacia una dimensión
meramente moral, según la cual el psicoanalista no debe obtener ni
experimentar goce alguno en su posición. Y si se alegra porque el
paciente mejoró, o si se entristece porque el paciente dejó de ir, algo
anda mal. También podría ocurrir lo inverso, entristecerse si el paciente
mejoró y alegrarse si se va. Pero, en definitiva, estamos ante el mismo
embrollo.
Todo ideal de pureza no deja de funcionar como un obstáculo, como
cualquier ideal. Por eso Lacan advierte: “Tampoco voy a decirles que el
analista deba ser un Sócrates, ni un puro, ni un santo” (Ibid.: 125). Son
los momentos en que va tomando forma la función del deseo del
psicoanalista.
Una autora que se ha inmiscuido en estas zonas pantanosas es Barbara
Low. En un artículo titulado, sugestivamente, “Las compensaciones
psicológicas del analista”, de 1935, plantea que el inconsciente no
puede tolerar ciertas privaciones si no recibe alguna compensación. La
misma lógica que la del texto de Freud: de nuevo, el problema
económico de la transferencia.
La británica comienza hablando, en efecto, de los problemas que
acechan al analista en el plano transferencial, y de los peligros -palabra
bien Freudiana- a los que se expone, como por ejemplo el incremento
de los sentimientos de omnipotencia o el aminoramiento de los patrones
superyoicos. Y reconoce que, así como la situación analítica es utilizada
por el paciente para la gratificación de deseos inconscientes, también lo
es para el psicoanalista.
Citando a Edward Glover, menciona el viewing process, proceso a
través del ver, capaz de satisfacer el deseo infantil de mirar a los objetos
sexuales prohibidos. También menciona la tentación -otra Freudiana- de
convertirse en aquel que consuela y salva al otro. En cualquier caso, se
trata de que el analista pueda sublimar las satisfacciones que se juegan
en el espacio analítico. No quedar como un mero espectador de la
escena, que se limitaría a satisfacer su curiosidad infantil, sino más bien
“vivir de” [living from] ella, extraerle ese combustible para poder operar.
Así, la autora pondera la actitud de Freud con respecto al material
clínico, una actitud “gozoza” -valga el término-, que le permite
transformar situaciones negativas en positivas y que, según su lectura,
gratifica una importante y sublimada sensación de poder.
Incluso, con respecto al estilo de Freud, al que compara con un Miguel
Ángel, un Shakespeare, un Goethe, plantea que sus escritos parecen
navegar en un libre contacto con las propias fantasías, y sin embargo
bajo el control de la templanza y la tranquilidad. Una combinación
francamente extraordinaria. Y esa aptitud para tomar un material
externo, moldearlo, recrearlo -cualidad de auténtico artista, y también
comunicarlo, es fundamentado por Low en términos de la dinámica de la
ingesta del alimento y su eliminación. Lo oral y lo anal, con sus
correspondientes fuentes de placer. Podemos acompañar su
observación y no tanto su explicación.
Un detalle curioso, que apunta con perspicacia Gloria Leff en su libro
Juntos en la chimenea. Cuando Vladimir Granoff hace la presentación
del artículo de Barbara Low en el seminario de Lacan, el de “La
angustia”, comete un desliz: en lugar de compensaciones, habla de
“indemnizaciones”, lo que supone la idea de daño. Un nuevo matiz de la
economía transferencial y contratransferencial.
En tanto, y a propósito de las satisfacciones del analista, Leff cita una
frase de Winnicott que no podemos soslayar: “Es esta integración del yo
la que me concierne particularmente y me da placer (aunque no debe
ser por mi placer que esto se lleve a cabo)” (Leff 2011: 97).
Goces
Como podemos apreciar, el tema admite variantes, y se abre en
distintas direcciones. Está claro que, si el psicoanalista opera poniendo
en juego su fantasma, sus identificaciones, su pathos, engendrará
respuestas resistenciales. En ese caso, el goce contratransferencial no
hace más que aplastar la operatoria del deseo del analista, sobre todo el
espacio que debe dejar “vacante” para que allí se realice el deseo del
analizante.
Pero la cosa no se agota allí, claro está. Cuando, por ejemplo, Lacan se
pregunta en el Seminario 14 “¿de qué goza [el psicoanalista] en el lugar
que ocupa?” (Lacan 1966-67: 19/4/67), probablemente esté apuntando
más allá de los avatares neuróticos o fantasmáticos. Víctor Iunger
propone, en ese sentido, “un goce vinculado al estilo, al estilo de cada
analista. Un goce en conjunción con su deseo de analista” (Iunger 2015:
243). Digna de subrayar esta conjunción, porque se suele plantear más
bien una disyunción entre goce y deseo del analista, en tanto este
deseo funcionaría como un límite al gozar de la transferencia, al menos
en el sentido corriente del término. Y precisa una diferencia importante:
una cosa es tomar al análisis como objeto, y otra muy distinta al
analizante.
En tanto, Silvia García Espil (2015) pone el acento en la idea de
renuncia, ese término tan clave en la argumentación Freudiana. La
renuncia, como acto jurídico, se distingue de una donación, ya que no
se requiere el consentimiento del otro. A su vez, y aquí un punto nodal,
se diferencia del sacrificio, en la medida en que no está dirigida a ningún
otro. Su finalidad es el desasimiento mismo.
Allí puede asomar una dimensión de goce para el analista, solidaria de
la renuncia. Y que acaso, retomando cuestiones planteadas
anteriormente, no pediría a cambio ningún resarcimiento. O
compensación.
Concluimos con otra pregunta, una que se planteara Serge Cottet hace
varios años: “¿Y si el psicoanálisis hubiese inventado un nuevo tipo de
goce?” (Cottet 1984: 202).

Bibliografía
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