El largo camino del dicho al hecho
Por Vilma Penagos Concha
Cali, junio de 2025
Esta ponencia intenta dar cuenta de la gran contradicción que existe entre los avances
jurídicos en materia de derechos humanos y de derechos de las mujeres, y los persistentes
niveles de violencia, desigualdad y segregación social en Colombia. Para ello, parte de una
reflexión sobre la discursividad de hombres y mujeres en escenarios públicos, donde destaca
la notable presencia del lenguaje religioso. Este lenguaje, junto con la ritualidad católica,
sigue marcando profundamente la vida cultural y política del país, enraizado en una herencia
colonial que aún no hemos logrado superar. Pensarse o percibirse como laico o no creyente
sigue siendo impensable para buena parte de la población, especialmente para quienes no
forman parte de la cultura letrada, es decir, para los históricamente marginados.
Hasta bien entrado el siglo XX, la Iglesia católica conservó el control sobre la moral y la
cultura, manteniendo una pedagogía evangelizadora prácticamente idéntica a la del periodo
colonial. En este contexto, esta ponencia también busca explicar cómo sectores sociales
tradicionalmente excluidos, al ver en la participación política una oportunidad de obtener
beneficios para sus comunidades, adoptan nuevos discursos —como los de derechos
humanos y el enfoque de género— como estrategias de inserción, sin que necesariamente
transformen sus creencias ni sus prácticas cotidianas. Finalmente, a partir de aportes desde
el derecho y la antropología, esta reflexión propone pensar en alternativas para superar dichas
tensiones, apuntando hacia una transformación cultural y política que permita construir una
democracia verdaderamente laica y justa.
¿Cuál es el problema?
En las elecciones legislativas del año 2017, en una ciudad del interior del país, asistí a un
acto político donde mujeres candidatas del partido FARC (Fuerza Alternativa Revolucionaria
del Común) presentaban sus propuestas. Al comenzar la reunión, se ofreció una gaseosa, una
empanada y una rosa roja, como símbolo del tránsito de la lucha armada a la participación
democrática. Una a una, las candidatas a la Cámara fueron exponiendo sus discursos. Aunque
era evidente la dificultad para encontrar coherencia en sus palabras —lo cual se comprendía
dado que su tarea anterior había sido otra—, lo que allí se celebraba era, ante todo, el derecho
a hablar, a pertenecer, a formar parte del escenario civil.
Sin embargo, algo llamó poderosamente mi atención: el uso insistente de expresiones propias
del lenguaje religioso. “Con la ayuda de Dios y la Virgen ganaremos las curules”, “si Dios
lo quiere, llegaremos a la Cámara”, fueron frases repetidas a lo largo del encuentro. No dejaba
de sorprenderme que, incluso en un espacio político surgido de un proceso de paz con una
organización revolucionaria, el lenguaje religioso siguiera tan presente y naturalizado.
Poco después, vi una entrevista en CNN con la actriz Margarita Rosa de Francisco. Cuando
le preguntaron si creía en Dios, respondió que no era religiosa, pero que tampoco se declaraba
atea, pues hacerlo implicaría, de algún modo, darle existencia a Dios. A pesar de esto, su
lenguaje estaba lleno de referencias religiosas: “¡por Dios, eso no puede ser!”, “¡ave María,
pues!”, “¡Dios mío!” eran expresiones constantes.
Del mismo modo, en una entrevista a Fernando Vallejo, reconocido por su anticlericalismo,
la periodista le preguntó directamente si creía en Dios. Sorprendentemente, Vallejo no
respondió de manera clara ni contundente. Dio varios rodeos, pero evitó decir abiertamente,
ante las cámaras, que no creía.
¿Por qué no logramos cuestionar abiertamente los abusos de las religiones?
He sido activista feminista durante más de 30 años. He participado en procesos de formación,
talleres y acciones por los derechos de las mujeres y la implementación del enfoque de
género. En todo este tiempo hemos hablado de política, derechos humanos, violencia,
sexualidad, aportes de las mujeres a la sociedad, y de la necesidad de reconocerse como
sujetas de derecho. Sin embargo, nunca hemos abordado la religión o la religiosidad como
elementos estructurales de nuestras vidas y nuestras opresiones.
Tal vez por respeto a las creencias religiosas, por temor a conflictos sin respuestas claras, o
porque muchas feministas son también creyentes, este tema se ha mantenido en silencio.
Recuerdo que una vez comenté que ciertas dinámicas en nuestros encuentros feministas se
parecían a rituales religiosos católicos. Esa observación me valió enemistades profundas.
Vivimos rodeadas de símbolos religiosos. No hace mucho, un procurador general afirmó que
las leyes de Dios estaban por encima de la Constitución. Criticar públicamente la fe o la
religiosidad popular sigue siendo riesgoso. Incluso hoy, frente a los escándalos globales de
abusos sexuales por parte de sacerdotes, pocos se atreven a cuestionar la fe o su presencia en
el discurso público. En Colombia, el lenguaje religioso es solo una parte de un sistema mucho
más amplio que rige la educación, la moral y las buenas costumbres bajo el marco de la moral
católica, naturalizada e incuestionada.
¿Cómo vencer la distancia entre lo dicho y lo hecho?
Es por todo esto que he titulado esta ponencia El largo camino del dicho al hecho, retomando
el refrán popular que señala la distancia entre lo que se dice y lo que se hace. Aquí esa
distancia se expresa entre lo que está escrito en los documentos de política pública —
especialmente en lo relativo a los derechos de las mujeres y al enfoque de género— y la
realidad concreta que viven las mujeres colombianas.
Resignifico este refrán para insistir en que los cambios reales no pueden limitarse a reformas
legales o declaraciones institucionales. Las transformaciones necesarias para que Colombia
sea una sociedad justa y democrática pasan por una profunda transformación cultural: un
cambio en las mentalidades, que permita que una cultura laica y basada en la justicia social,
el bien común y la ética política se imponga sobre la moral religiosa tradicional.
¿Qué nos dice la historia?
Desde la ruptura con la Corona española, Colombia ha estado marcada por el enfrentamiento
entre dos proyectos de nación. La profesora Margot Andrade Álvarez señala que siglo y
medio de independencia no han sido suficientes para consolidar un orden político estable,
debido a los conflictos derivados del vacío de poder tras la salida de España, ocupado por
élites criollas divididas y ambiciosas. En este contexto, la Iglesia católica ha jugado un papel
decisivo, aliada con las fuerzas más conservadoras, promoviendo un régimen basado en la
exclusión social, étnica y de género.
La Iglesia no solo ha definido el modelo de país, sino que ha naturalizado su papel como
garante de la moral pública, silenciando toda disidencia. En su ya clásico estudio sobre la
educación en Colombia, Aline Helg demuestra cómo la Iglesia ha controlado por siglos la
espiritualidad de la población, y especialmente de las mujeres:
“La Iglesia se veía como el único lazo en esa sociedad colombiana tan desigual [...]. Para los
conservadores y buena parte de los liberales, el catolicismo debía ser el denominador común,
pues era la única institución capaz de dar coherencia a esta sociedad desarticulada.” (Helg,
2001, p. 27-28)
Colombia fue el único país de América Latina que firmó un Concordato con el Vaticano
durante el pontificado de León XIII (1878-1903), en un momento en que Europa y gran parte
del continente avanzaban hacia la laicidad. El Concordato establecía que toda la educación
debía regirse por los dogmas y la moral católica, con enseñanza religiosa obligatoria en todos
los centros educativos. El clero tenía incluso la facultad de denunciar a docentes que no
respetaran la doctrina, ejerciendo un control directo sobre los contenidos y las personas.
Este acuerdo se mantuvo intacto hasta la Constitución de 1991. Aunque se lograron avances,
como el reconocimiento de Colombia como un Estado laico, no fue posible retirar la
referencia a Dios del preámbulo constitucional. La Iglesia no perdió poder: lo compartió con
las iglesias cristianas neopentecostales, que han ganado gran influencia política, económica
y social, especialmente en sectores populares. A la religiosidad colonial se suma hoy la nueva
colonialidad de las sectas religiosas del mercado.
¿Y los derechos humanos?
Muy distinta fue la breve historia de la Teología de la Liberación, que desde las bases del
catolicismo propuso una opción preferencial por los pobres y la justicia social. Esta corriente
fue reprimida por el Vaticano, al no ser funcional al régimen conservador dominante.
Desde la segunda mitad del siglo XX, bajo impulso de organismos internacionales como la
ONU, han surgido marcos legales e institucionales para la promoción de los derechos
humanos. En Colombia, los movimientos sociales, en especial los de mujeres, han sido
protagonistas de estos procesos. Pero el impacto real sobre las formas de pensar, actuar y
hablar sigue siendo limitado. La cultura patriarcal y colonial se adapta, resiste y sobrevive.
Las cifras de pobreza, violencia y desigualdad son alarmantes. Muchos mecanismos de
control social siguen operando bajo nuevas formas, y la ciudadanía plena continúa negada a
gran parte de la población. Jean-Pierre Bastian lo resume así:
“Más allá del marco jurídico secularizador, las prácticas sociales y aun las políticas no son
seculares.” (2000, p. 175)
Las mujeres que hemos promovido el enfoque de género sabemos que, pese al entusiasmo en
espacios de formación, los discursos y las prácticas políticas siguen atrapados en lógicas
patriarcales y clientelistas. Muchas mujeres deben moverse entre dos mundos: el del nuevo
lenguaje de derechos, aprendido en talleres, y el de las viejas prácticas partidistas. El
resultado es un discurso fragmentado, una jerigonza donde se mezclan retórica política,
religiosa y de género, sin coherencia ni transformación profunda.
¿Cómo transformar?
Es por esto que resulta pertinente preguntarse si la lucha por la transformación social debe ir
más allá del discurso jurídico y pasar a la transformación de las mentalidades. ¿Cómo reducir
la distancia entre lo que dicen las políticas públicas y lo que viven las ciudadanas del común?
No se trata de negar los logros, sino de reconocer los límites del enfoque legalista frente a
una barrera cultural y religiosa aún intacta.
Los movimientos sociales, en especial los de mujeres, se enfrentan a la paradoja de buscar
cambios profundos en una sociedad donde los sectores populares siguen marginados, y donde
su derecho al voto es frecuentemente instrumentalizado por partidos que no los representan.
El modelo neoliberal ha delegado la implementación de políticas públicas a ONG que muchas
veces no tienen la capacidad ni la legitimidad para transformar mentalidades. La tarea de
transformación cultural debe ser asumida por el Estado, no por particulares.
A pesar de décadas de trabajo, los resultados son pobres si se consideran los índices de
violencia contra mujeres, niñas y personas con orientaciones sexuales no normativas. La
mayoría de las niñas siguen soñando con el príncipe azul. El abuso sexual infantil persiste y,
en muchos casos, es consentido o silenciado por las propias familias. La oposición al
reconocimiento de derechos para personas diversas es aún feroz. Vivimos una ilusión de
cambio: parece que todo ha cambiado, pero en realidad, poco ha cambiado.
¿Qué nos dicen los investigadores sociales?
James Scott, politólogo y antropólogo, estudió las relaciones de poder en un pueblo del
sudeste asiático y encontró que tanto pobres como ricos usan discursos diferentes según el
contexto. A este fenómeno lo llamó “discurso público” y “discurso oculto”. Según Scott, los
dominados utilizan el discurso oficial como una estrategia de supervivencia: lo repiten, lo
representan, pero no lo creen ni lo interiorizan.
Aplicado a Colombia, esto sugiere que muchos sectores populares —incluidas las mujeres—
repiten el discurso de derechos humanos o de género en los espacios políticos porque es
funcional, no porque lo hayan apropiado. Lo hacen como una estrategia para obtener
beneficios mínimos: un almuerzo, una beca, una vía reparada. Esa actuación es, para Scott,
una forma de resistencia: no desafía el poder abiertamente, pero permite sobrevivir.
El problema es que hoy ese discurso oficial que deben repetir no solo es el del Estado, sino
también el de ONGs, partidos políticos y agencias internacionales. A esto se suma el discurso
religioso, que tiene aún mayor arraigo histórico y emocional. La jerigonza de la que
hablábamos antes puede entenderse como la superposición de todos estos discursos, sin
integración real.
¿Por dónde continuar el camino?
En los últimos tiempos, diversos analistas han señalado este fenómeno colombiano: cambiar
las leyes como si eso, por sí solo, cambiara la historia. Pero la realidad no se transforma. El
escritor Santiago Gamboa, en su artículo La “derechización” criolla publicado en El
Espectador, escribe con ironía:
“Ahora que el Centro de Memoria Histórica está en sus pulcras manos, ya no habremos
vivido un largo conflicto. No, señor. Hemos sido víctimas de una amenaza terrorista, que es
muy distinto. Eso se llama corregir la Historia desde el léxico. ¡Genial idea! La palabra
‘conflicto’ quedó suprimida del diccionario.”
Frente a esta realidad, los autores aquí trabajados ofrecen caminos posibles. James Scott
plantea que los subordinados deben romper el guion, dejar de actuar según el libreto del
poder. Esa ruptura solo es posible si los movimientos sociales se comprometen con decir la
verdad, con desenmascarar las mentiras que habitan en los discursos dominantes.
Julieta Lemaitre, por su parte, propone ir más allá del activismo jurídico. Llama a integrar
las emociones, a asumir el dolor del otro como propio, a construir una ética que no se base
solo en la razón, sino también en la empatía radical:
“Pero también creo que hay una parte que es una respuesta ética al llamado del otro, al dolor
ajeno, que no es narcisismo sino la posibilidad de sentir con otra persona. [...] (Un yo) que
se duele tanto con lo que le sucede al otro que literalmente se convierte en ese otro, en
humano.” (2009, p. 192)
Tal vez ahí —en la posibilidad de hablar con verdad, de sentir con el otro, de romper el
conjuro de los discursos vacíos— esté el inicio de un cambio real: no solo de leyes, sino de
vida.