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Novick, Alicia, La Ciudad Como Objeto de Estudio y Acción

El documento analiza la evolución de la ciudad de Buenos Aires como objeto de estudio y acción desde mediados del siglo XIX, destacando la creciente especialización de profesionales como higienistas, ingenieros y arquitectos en la planificación urbana. A medida que la ciudad crecía, surgieron nuevas demandas de infraestructura y saneamiento, lo que llevó a la creación de instituciones y la consolidación de disciplinas como el urbanismo y la ingeniería sanitaria. La fragmentación de competencias entre estos profesionales reflejó la complejidad de los problemas socio-espaciales y la necesidad de un enfoque interdisciplinario para abordar los desafíos de la metrópolis moderna.

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Novick, Alicia, La Ciudad Como Objeto de Estudio y Acción

El documento analiza la evolución de la ciudad de Buenos Aires como objeto de estudio y acción desde mediados del siglo XIX, destacando la creciente especialización de profesionales como higienistas, ingenieros y arquitectos en la planificación urbana. A medida que la ciudad crecía, surgieron nuevas demandas de infraestructura y saneamiento, lo que llevó a la creación de instituciones y la consolidación de disciplinas como el urbanismo y la ingeniería sanitaria. La fragmentación de competencias entre estos profesionales reflejó la complejidad de los problemas socio-espaciales y la necesidad de un enfoque interdisciplinario para abordar los desafíos de la metrópolis moderna.

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Novick, Alicia, La ciudad como objeto de estudio y acción.

Higienistas, ingenieros, arquitectos e instrumentos de planificación y gestión en


Buenos Aires.

A mediados del siglo XIX, cuando se instalaba la primera municipalidad de Buenos


Aires, sus miembros eran vecinos interesados por el desarrollo de la ciudad aunque
los especialistas en la ciudad y el territorio no fueron muchos. Treinta años más tarde,
cuando con posterioridad a la Capitalización se comenzaban a organizar las agencias
estatales. Entre otras profesiones, los higienistas, los ingenieros, los arquitectos
habían ido encontrando sus sitios dentro de la esfera municipal y nacional. Al mismo
tiempo que se especializaban y reglamentaban las oficinas del municipio, se creaba el
Ministerio de Obras Públicas de la Nación (1898), las antiguas comisiones de Higiene
se convertían en Obras Sanitarias de la Nación (1912). A lo largo de ese proceso, la
ciudad se fue convirtiendo en un objeto de estudio y acción, aunque al mismo tiempo
se fue fragmentando en dominios especializados.

Durante las primeras décadas del siglo veinte, profesionales asociados en un


heterogéneo movimiento, estuvieron de acuerdo sobre la necesidad de un nuevo
campo disciplinario (urbanismo, city planning,). Se necesitaban herramientas para
imponer orden y racionalidad en la ciudad, en manos de especialistas capaces de
fundar científicamente la decisión política, para paliar así los conflictos
socio-espaciales de la joven metrópolis. De esta manera, el “urbanismo” podría ser
visualizado como la reformulación de un viejo proyecto que encuentra por fin sus
condiciones de posibilidad. Pues, si bien desde el siglo XVIII la ciudad suscitó
intervención y control público, reflexión social y moral, planteaba aún dificultades
insalvables para construirse como objeto científico.
El ideario y la acción del movimiento higienista no sólo fijó la visión de la ciudad como
organismo sino, y sobre todo, consagró dos figuras claves: la asociación entre espacio
y sociedad, prisma bajo el cual se construye la imagen de la ciudad moderna y la
nueva figura del especialista que desde la ciencia y las técnicas es capaz de otorgar
racionalidad a la política pública y de desempeñar un rol didáctico frente a la sociedad.

En Buenos Aires, el urbanismo se consagró como tal en el ciclo de la “República


verdadera”, cuando la ciudad no sólo fue un reflejo de la modernización sino uno de
sus objetos privilegiados. Nos situaremos en Buenos Aires a fines del siglo XIX,
examinando los procesos de constitución de las diferentes profesiones que
sucesivamente reclaman para si las competencias del urbanismo.

Escenarios, oferta y demanda

En 1887 siete años después de la capitalización, se definían las fronteras definitivas


de Buenos Aires, aumentaba su crecimiento poblacional al tiempo que, las
instituciones y los profesionales que se ocupan de la ciudad fueron tomando
protagonismo.
A las misiones y funciones heredadas de la antigüedad (como por ejemplo los trabajos
edilicios, el aprovisionamiento, el mantenimiento de la seguridad, el control de las
distracciones públicas) a lo largo del siglo XIX se fueron sumando responsabilidades
de orden público, ligadas al saneamiento, la higiene, los equipamientos y los
transportes. El acondicionamiento de los "nuevos barrios" eran ítems prioritarios de las
agendas públicas, se reclamaba obras públicas servicios y equipamientos para los
suburbios (calles pavimentadas, luz, veredas).

Sobre esos reclamos que oponían el centro y los barrios, se proyectaba la metáfora de
una sociedad escindida entre ricos y pobres, que requería de las autoridades y de
instrumentos operativos adecuados. Los nuevos instrumentos de control e intervención
adquieren otra dimensión en el momento de la formación del Estado Nacional. Por un
lado, se fundan en nuevas representaciones sobre la salud y la enfermedad que se
asocian con el espacio urbano. Por el otro, los recursos y los espacios permitieron a
los profesionales legitimar sus nuevas visiones y sus propios roles, dentro de
reparticiones técnicas nacionales y municipales, que ellos mismos contribuyeron a
crear.

Las epidemias (en particular la fiebre amarilla de 1871) y las condiciones


higiénico-sanitarias de una ciudad que crecía, fueron “oportunidades” para el
despliegue de los higienistas. A partir de la década del setenta, las grandes obras
sobre el territorio sumadas a las intervenciones sobre el espacio urbano, otorgaron un
rol protagónico a los ingenieros, quienes compartieron áreas de actuación con los
agrimensores. Con posterioridad a 1890, la ingeniería sanitaria y la medicina social
fueron ramas de confluencia de la higiene y la ingeniería, impulsadas por la magnitud
que fueron tomando las obras de infraestructura en un desarrollo vinculado con la
nueva óptica sobre la “cuestión social”. También data de esos años la relevancia de los
arquitectos, quienes fueron incorporando los temas de la ciudad a su agenda.

Higienistas: la salud del pueblo como misión

El higienismo se constituyó como un verdadero movimiento local, respaldado por la


larga tradición de la medicina e impulsado por las "oportunidades" que proporcionaron
los problemas higiénico sanitarios de una ciudad que crecía. La medicina fue una de
las primeras disciplinas que se profesionalizó. Asumió tareas académicas y roles en la
función pública, logró su status de profesión moderna por medio de su actuación en la
esfera de la higiene de la ciudad.

A preocupaciones urbanas de larga data (la localización de espacios insalubres de la


ciudad, tratamiento de la enfermedad y control de las epidemias) se sumaron otros
(piezas de conventillos e inquilinato, saneamiento) que fueron un renovado objeto de
artículos y tesis doctorales. Su acción se apoyaba en la "vigilancia pública" que
ejercían desde el Consejo de Higiene Pública (1870) y las Comisiones parroquiales
(reglamentadas el 2 de septiembre de 1871) que reformulan los términos de las
Comisiones de Higiene Pública creadas en 1858, y cuya misión es controlar el
cumplimiento de las ordenanzas y supervisar las obras públicas, que fueron
desplazando a idóneos y vecinos. Pese a las diferencias entre los participantes del
movimiento higienista, hubo coincidencia en la "identificación de los problemas". En su
razonamiento se superaba el “cuerpo a cuerpo”, la necesidad de "aislamiento", no sólo
en las instituciones adecuadas o la cuarentena, sino imaginando también el suburbio
como alternativa para la salubridad. El “suburbio” como parte de la ciudad a resolver
era la metáfora condensadora de los desequilibrios peligrosos, que afectaban al
conjunto de la ciudad-sociedad.

En el Curso de higiene pública, Eduardo Wilde organizó su argumentación en tres


etapas. En una primera parte presentaba las características negativas del suburbio y
su población “miserable”, “corrompida” y “malsana”. Se empeñaba en demostrar que
ese peligro social e higiénico constituía una amenaza para la ciudad (y la sociedad) en
su conjunto. Y planteaba dos series de soluciones. En el capítulo “Mejoras de las
ciudades”, justificaba la urgencia por instrumentar medidas de control de temas que
concebía como conflictivos: la salud pública, la localización de industrias, la calidad de
alimentos, el ejercicio de las profesiones, la pavimentación y extensión de la red vial,
las delineaciones aún si las medidas a adoptar atentan contra el derecho de
propiedad. Desde la autoridad de la "ciencia" se proponía la confección de estudios
“diagnósticos”, “inventarios” y un Código genérico actualizado con la totalidad de
disposiciones sancionadas, a distribuir entre la población. Por último indicaba la
necesidad de intervención sobre el suburbio, de transformarlo en un sitio para la
residencia de la gente industriosa, por medio de la construcción de jardines y
habitaciones aseadas, pequeñas y baratas por parte del Capital. En esa esfera
sumaba directamente propuestas en torno a la "forma de las calles", los espacios
verdes, los "modelos de ciudad higiénica. Ya no se trataba solamente de operar en
"focos" epidémicos: el suburbio se planteaba como alternativa ideal para la
regeneración social, y la ciudad en su conjunto como un ámbito de conflictos a
solucionar por especialistas.

En 1887 el intendente higienista Eduardo Crespo justificaba su propuesta de mejoras,


citando una topografía de las enfermedades: No hay propiamente un barrio exento de
enfermedades infecciosas. Se constataba una interdependencia entre ricos y pobres
que incidía en una reformulación del rol de un Estado, que debía asumir nuevas
competencias.

A partir de los años noventa, se fue transitando desde las “causas directas” de la
enfermedad y los debates sobre los orígenes, al análisis de las “causas indirectas”. Del
“aislamiento” sanitario y del peligro de las miasmas (cuya cura se resolvía mediante la
purificación del aire, del agua y del suelo) se pasaba al conocimiento de las teorías
microbianas que tenían su correlato en otras modalidades de acción. Este fue el
momento en que a la necesidad de formar instituciones de supervisión y educativas se
sumó la creciente demanda por el tendido de redes de infraestructura y la creación de
barrios obreros.
Suzanna Magri (1989) ponderó la inflexión en las consideraciones del ambiente físico
y social a partir de las transformaciones de las miradas sobre el otro. "De lo individual
a lo colectivo" es la hipótesis que sustenta su interpretación, centrada en la
emergencia de nuevas "representaciones" que llevaron hacia el fin del siglo al modelo
de ciudad jardín. La transformación del ambiente urbano en su conjunto sería la
culminación de dos momentos anteriores: la secuencia "cuerpo a cuerpo" y el
"aislamiento".

Si el peligro de las epidemias y el hábitat insalubre fue el origen de los males sociales
¿cuál era la causa de esas formas de habitar? El “ambiente urbano” paso a ser en sí
mismo el problema. La respuesta a la pregunta se traducía en una operatoria de
transformaciones del "ambiente", cuyo fin último sería mejorar las condiciones de vida,
y su efecto contrarrestar el embate de los movimientos sociales que se agudizan en
Buenos Aires a partir de la última década del siglo.

Ingenieros, arquitectos y artistas: el progreso y la civilización

Hubo un terreno de "problemáticas de conjunto", que fueron tributarias de nuevos


problemas técnicos, como el tendido de las redes de infraestructura o la programación
de obras, que exigían una mirada amplia.

Los ingenieros asumieron la construcción de un territorio organizado,que facilitaba la


producción y por su intermedio el bienestar de las sociedades. Los ingenieros
formaron parte de la organización de las campañas de defensa y expansión territorial
decimonónicas. La puesta en marcha de las redes de infraestructura y de las obras
estratégicas de la modernización impulsó localmente el desarrollo específico de la
ingeniería. En 1855, Carlos Enrique Pellegrini, desde el Consejo de Instrucción Pública
había propuesto la creación de una carrera de Ingeniería. Pero ese proyecto frustrado
recién tomó forma una década después, en el seno del Departamento de Ciencias
Exactas (1865).
Su "institucionalización" planteó conflictos. Por un lado, los agrimensores aducían que
los ingenieros egresados de la Universidad eran excesivamente teóricos. Por el otro,
ante las carreras tradicionales los ingenieros debieron reivindicar tanto sus dominios
de intervención como su especificidad técnica. En 1866 se establecieron por primera
vez en la Universidad de Buenos Aires las clases de ingeniería civil que habían sido
olvidadas por nuestros antepasados, que sólo se preocuparon por las ciencias
sociales y que ha hecho aplazar la construcción de los puertos, los ferrocarriles, los
caminos carreteros, etc.
Los ingenieros intentaron llevar a cabo esas obras públicas, reclamando para sí las
correspondientes áreas de actuación y sin recurrir a referentes extranjeros.

La consolidación de una "especialidad urbana" entre los ingenieros se solapó con la


acción de los médicos, sobre todo en cuanto a la formulación de ordenanzas y al
control del saneamiento, que supervisaron al comienza los "guardianes de la higiene
pública".
Cuando el ordenamiento urbano, el tendido de infraestructuras (tranvías, redes de
agua y desagüe y comunicaciones) se convirtieron en problemas urgentes, la
"ingeniería municipal" fue adquiriendo derecho de ciudadanía. Mas tarde se fue
afirmando la “ingeniería sanitaria” como nueva especialidad en la articulación de la
ingeniería y el higienismo.

Si bien la Sociedad de Higiene Pública e Ingeniería Sanitaria se creó en 1908


agrupando un amplio espectro de ingenieros e higienistas que actuaban en comisiones
de saneamiento, la empresa Obras Sanitarias de la Nación (1912) fue sitio de
referencia de los ingenieros sanitarios y de construcción de capacidades operativas en
redes de infraestructura. En 1913 se creaba la “Oficina de Ingeniería Sanitaria del
Departamento Nacional de Higiene”, y en 1914 se oficializa por primera vez la carrera,
como título de postgrado en la Universidad de la Plata.

La arquitectura fue tardía. En la reorganización del Plan de Estudios de la Universidad


de 1878 se crea una carrera de Arquitectura de 4 años y recién en 1901, se creaba la
Escuela. Su primera organización profesional fue efímera (funcionó entre 1886 y
1891), se diluyó con la crisis y se reorganizó definitivamente en 1901. Si bien muchos
arquitectos actuaban ya desde mediados de siglo en la concepción de equipamientos
y trazados urbanos. Primero fueron los Canale y profesionales como Juan A.
Buschiazzo, Juan M. Burgos, que fundamentó teóricamente el trazado de La Plata y
más en general se ocupó de la "cientificidad de la arquitectura”. Los arquitectos se
posicionaron definitivamente con el auge de la construcción de edificios públicos y con
los cambios tipológicos en las residencias privadas. El interés sostenido por el
"embellecimiento público" los puso en el centro de la escena del centenario. En esa
instancia, los principios del arte urbano trascendían las fronteras de una "estética" que
se planteaban como proyecto pedagógico y civilizatorio para la sociedad en su
conjunto, tomando a la ciudad como terreno de acción privilegiado.

Los primeros textos en torno de los reglamentos, catastros y planos de alineamiento


datan de la década de 1870, tributaria de la primeras ordenanzas higiénico - sanitarias
iniciales.
Con la sistematización del Reglamento, fue tomando peso la Oficina de Obras
Públicas que se reorganiza en 1883 y manifiesta las distinciones entre las esferas de
competencias de los ingenieros y de los higienistas.

Después de los años noventa, a nivel nacional se creó el Departamento de Ingenieros


Nacionales (1891), finalizó el arrendamiento de las Obras Sanitarias (1891) y se
reorganizaron el Departamento Nacional de Higiene (1891), la Administración Sanitaria
y la Asistencia Pública (1892). Los arquitectos también encontraron espacios dentro de
una efímera Dirección de Edificios Nacionales del Ministerio del Interior (1890) que
pasó a depender a-posteriori del Ministerio de Obras Públicas constituido en 1898.

En las vísperas del centenario los temas de la ciudad se fueron fragmentando dentro
de dominios especializados. Mientras los higienistas se centraban en el saneamiento y
la salubridad; los ingenieros se hacían cargo de las obras públicas, los equipamientos,
el "diseño" y "control" de la ciudad. Mediante esos instrumentos, se perfila una nueva
modalidad de gestión del espacio.

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