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Antecedentes históricos.
Los problemas heredados de las presidencias de Menem (1989-1999) se caracterizaban, en lo
económico por su carácter neoliberal, la reducción del Estado, la recesión económica, masiva
privatización de empresas y servicios públicos, la inmensa deuda externa, inestabilidad de los
flujos de inversión externa, la puja entre los empresarios locales y los acreedores externos
vinculados sobre todo al capital financiero, la insostenibilidad de la convertibilidad, la
desindustrialización, el débil crecimiento de la exportación, altos índices de pobreza y de
desocupación, problemas entre el gobierno nacional y las provincias en torno a la distribución
de los recursos de coparticipación ,etc. (Novaro, 2004)
En cuanto al contexto político, se evidenciaría una crisis de representación heredada, una
pérdida de confianza en los partidos tradicionales (PJ y UCR), sino también en el Congreso,
es una crisis del régimen político en general, que se traduce en una notoria pérdida de
credibilidad en la política. Las causas de la crisis de representación son varias; la exclusión
social provocada por los ajustes, la movilidad social de unos pocos, los incumplimientos
programáticos y el doble discurso. Los partidos políticos son cada vez más incompetentes
para satisfacer las necesidades del pueblo.
Como un joven líder político del tradicional partido Unión Cívica Radical (UCR), De
la Rúa fue diputado y senador nacional, para alcanzar la alcaldía de la ciudad de
Buenos Aires en 1996.
Fernando de la Rúa asumió la presidencia en 1999 en medio del fervor que despertó en
la mayoría de los argentinos la propuesta de terminar con años de crudas políticas
neoliberales y de corrupción. Su mandato, sin embargo, es recordado como uno de los
peores en la historia del país.
Tras dos mandatos consecutivos del peronismo neoliberal de Carlos Menem,
caracterizados en su etapa de declive por denuncias de corrupción y un elevado
desempleo, el político cordobés se alzó con la presidencia en los comicios de 1999 con
la transparencia y la seriedad como sus mayores valores.
Fernando de la Rúa, candidato de la Alianza, fue electo presidente en las elecciones de
1999 con la formula De la Rua-Alvarez, así el partido justicialista perdía la mayoría en
la Cámara de Diputados. La Alianza y su fórmula De la Rúa-Álvarez obtuvo el 48,5%
de los sufragios, contra el 38,09% del binomio peronista Eduardo Duhalde-Ramón
Ortega.
La coalición socialdemócrata Alianza asumió el Gobierno en diciembre de ese año con
la promesa de mejorar el funcionamiento de las instituciones, a la vez que mantuvo las
recetas económicas neoliberales tan criticadas durante la gestión de Menem y el
alineamiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI).
Pero el capital político de De la Rúa comenzó a apagarse a los pocos meses de asumir,
cuando su gestión fue acusada de sobornar a senadores para aprobar una ley de
reforma laboral y el popular vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez, decepcionado
con De la Rúa, dejó su cargo, debilitando a la coalición de Gobierno.
La desconfianza sobre la economía -que ya estaba deprimida y con tasas de pobreza
altas- creció, mientras que el Gobierno fue incapaz de tomar medidas firmes debido a
un rígido sistema cambiario que ataba el peso al dólar. A poco más de un año de
asumir la presidencia, la imagen de un De la Rúa dubitativo se había derrumbado.
De la Rúa desde un comienzo debió aceptar y afrontar las condiciones heredadas del
gobierno anterior, asume en medio de una recesión, en parte favorecida por la ley de
convertibilidad que fijaba la paridad del Peso con el Dólar, pero esta ley termino siendo una
de las principales causas de la crisis económica de 2001, al no ingresar divisas para poder
mantener vigente esta ley, el país debió endeudarse. La convertibilidad era incompatible con
el rechazo del recorte del gasto público, con la flexibilización de importantes áreas de la
economía o con el incremento del ahorro interno a partir de la expansión del sistema de
capitalización previsional.
El resultado de esta tensión fue la profundización de los desequilibrios que presentaba el
sistema productivo, acompañado de un proceso de fuga de capitales que disminuyó las
reservas internacionales del país y el cierre de los mercados para el acceso al crédito,
reflejado en el constante aumento en el índice de riesgo país a lo largo del año 2001.
Por ello, la crisis económica fue incrementándose a lo largo de los dos años de
administración, siendo sus aspectos más sensibles la caída del consumo y el decreciente ritmo
de la actividad económica
En diciembre de 2001 estalló finalmente la crisis. Ante la nefasta perspectiva, muchos
argentinos sacaron masivamente sus ahorros en dólares de los bancos, lo que llevó a
De la Rúa a restringir el retiro de fondos con una normativa popularizada como
“corralito”.
La Presidencia acusó a organizaciones extremistas de derecha e izquierda de atizar y
manipular las algaradas con objetivo político, explicación convincente para el caso de
algunas expresiones de vandalismo a cargo de guerrilleros urbanos. Pero a lo que se
asistió fue más bien a una demostración espontánea de cólera y desesperación de una
clase media del todo ajena a violencias que, por primera vez, se lanzaba a la calle por
necesidad y para exigir la partida de sus gobernantes, en una rebelión sin precedentes
contra toda una clase política sin distingos de siglas largamente tachada de
demagógica, clientelista y corrupta. Buenos Aires se convirtió en una ciudad sin ley
donde se instalaron el miedo y la confusión más absolutos.
El día 20 prosiguieron las caceroladas, los saqueos y los enfrentamientos, y la central
sindical Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) mantuvo la convocatoria de
huelga general de 36 horas en desafío a las medidas de excepción. De la Rúa, recluido
en la Casa Rosada mientras en el exterior se libraba una batalla campal entre
manifestantes y fuerzas del orden, se dirigió a la nación pidiendo a los revoltosos que
depusieran la violencia y a la oposición justicialista que, "con valentía y patriotismo",
se integrara en un ejecutivo de concentración nacional en el que dispondría de un alto
poder de decisión para "reformar la Constitución y el sistema político". La dirigencia
peronista no respondió al envite, y en la tarde-noche de la Rúa compareció por tercera
vez para notificar su dimisión después de firmarla para su remisión al Senado,
abandonando acto seguido el palacio presidencial en un helicóptero que lo llevó a la
residencia oficial de Olivos. La partida del político radical al cabo de 48 horas de caos
que dejaron 27 muertos en todo el país (la mayoría por disparos de dueños de
establecimientos que los defendían de las hordas de saqueadores) principió una cadena
de mudanzas en el poder ejecutivo que, a la postre, derivó en crisis institucional, la
más grave en democracia conocida por Argentina.
Los piquetes de desocupados y los “cacerolazos” de la clase media se multiplicaron
hasta que De la Rúa ordenó reprimir las multitudinarias protestas. Con decenas de
muertes sobre su espalda y apabullado por el rechazo social, el 20 de diciembre de
2001 De la Rúa se vio obligado a dimitir.
Después de su renuncia, el expresidente se retiró de la vida política y evitó las
apariciones públicas, aunque debió comparecer ante la Justicia por la violenta
represión.
El líder político, un abogado que nació en la provincia mediterránea de Córdoba, sufría
problemas cardíacos y falleció casi en el olvido de sus partidarios.
Después de su renuncia, el expresidente se retiró de la vida política y evitó las
apariciones públicas, aunque debió comparecer ante la Justicia por la violenta
represión.
DOC COMPLETO
El 11 de agosto de 1998 de la Rúa, Alfonsín, Terragno, Fernández Meijide y Álvarez
comparecieron en una rueda de prensa para presentar la denominada Carta a los
Argentinos, documento que resumía el programa aliancista y trataba de dar una
imagen de unidad y de alternativa sólida al menemismo de cara a las elecciones
generales de 1999.
De la Rúa y sus asociados se comprometían a reducir el desempleo a la mitad (esto es,
al 7%), a relanzar el sistema educativo, a distribuir más equitativamente la renta
nacional y a luchar contra la corrupción; en suma, un programa fundamentalmente
social que ofrecía respuestas en un terreno damnificado por las políticas neoliberales
del peronismo en el poder. La prueba de fuego de la Alianza se planteó en las
primarias del 29 de noviembre de 1998, abiertas a los afiliados (votaron más de dos
millones de argentinos) en un ejercicio de democracia intrapartidista inédito en
Argentina, para la elección del candidato conjunto a las presidenciales, siendo de la
Rúa, que el 6 de diciembre de 1997 había obtenido la nominación de la UCR, y
Fernández Meijide los aspirantes. De la Rúa, menos carismático que la diputada y
antigua activista pro Derechos Humanos, e identificado con el sector conservador del
radicalismo, se impuso no obstante con el 63,3% de los votos.
Precisamente, estas presuntas carencias suyas -cautela, sobriedad, austeridad,
monotonía- se revelaron como importantes virtudes a los ojos de un electorado
deseoso de un cambio en el Gobierno de la nación, que durante la etapa menemista,
aún reconociendo sus éxitos en la estabilización de la economía, había ofrecido una
imagen excesivamente desordenada en la gestión de los recursos públicos, cuando no
frívola y tolerante con la corrupción. El propio de la Rúa explotó su contrastado perfil
con el eslogan electoral "La gente dice que soy aburrido".
Confirmando las predicciones de los sondeos, en las elecciones del 24 de octubre de
1999 la fórmula de la Rúa/Álvarez ganó holgadamente con el 48,5% de los votos a su
rival justicialista, integrada por Eduardo Alberto Duhalde y el cantante Ramón
Palito Ortega. En las legislativas parciales la Alianza se situó como la fuerza más
votada con el 43,6% de los sufragios y, con 124 actas, superó por primera vez en la
Cámara de Diputados al PJ en número de escaños, si bien no alcanzó la mayoría
absoluta. La ventaja obtenida por de la Rúa en la provincia de Buenos Aires (donde
vive un tercio del electorado nacional) fue decisiva para el resultado global, si bien el
peso del peronismo allí se reflejó en la victoria de Carlos Ruckauf en la elección
simultánea al puesto de gobernador.
El 10 de diciembre de 1999, un día después de entregar la gobernación de la Ciudad
Autónoma a su segundo, Enrique Olivera, y siete días después de hacer lo mismo con
la presidencia del Comité Nacional de la UCR al veterano Alfonsín, de la Rúa tomó
posesión de su mandato cuatrienal en la jefatura de la nación, poniendo fin a una
década de dominio peronista y situándose al frente del primer Gobierno de coalición
en la historia del país. La UCR se quedó con ocho de los 10 ministerios, mientras que
el Frepaso obtuvo las carteras de Trabajo y Acción Social.
Desde el día de la victoria en las urnas, de la Rúa había prodigado las declaraciones
contundentes sobre el final de los privilegios del poder y advertencias de que la
impunidad de los corruptos no sería tolerada más. Pero aparte las promesas de
moralización de la vida pública y de dedicación a los desfavorecidos, el presidente
tenía ante sí una situación económica delicada, con una recesión del 3,4%, provocada
por la caída de las exportaciones agrícolas y manufactureras como consecuencia de la
fortaleza del peso, y un déficit fiscal muy abultado, de 7.100 millones dólares, cuyo
recorte drástico solicitaba el FMI para proseguir con su programa de ayudas. La deuda
exterior, pública y privada, se cuantificaba en los 170.000 millones de dólares. En este
sentido, de la Rúa se comprometió a mantener lo esencial de las políticas de mercado y
cambiarias de Menem, con la vigilancia de la inflación -virtualmente aniquilada y de
hecho negativa en aquel momento- como divisa, aunque recalcó que haría una defensa
del peso, ajustado paritaria e inamoviblemente con el dólar por la Ley de
Convertibilidad heredada de Menem, con lo que la posibilidad de dolarizar
completamente la economía, planteada por aquel en el último tramo de su mandato,
quedaba descartada.
El líder radical dijo estar dispuesto a aplicar un nuevo ajuste económico, consistente
en subidas de impuestos, una mayor disciplina fiscal y recortes en los salarios de
140.000 trabajadores públicos (empezando por el suyo propio), pero esta vez
terminando con las manifestaciones de latrocinio político-financiero y clientelismo,
dando ejemplo moral a la sufrida ciudadanía desde la Casa Rosada. El 29 de mayo de
2000, luego de asegurarse el diálogo con la poderosa central sindical peronista
Confederación General del Trabajo (CGT), de la Rúa divulgó los contenidos de un
duro paquete de austeridad con el objetivo de equilibrar el presupuesto para 2003, lo
que no sacó a la calle a miles de trabajadores convocados por sindicatos minoritarios,
así como a dirigentes del PJ y a activistas de partidos de extrema derecha y extrema
izquierda. En las propias filas aliancistas se produjeron signos de descontento por la
política técnicamente continuista de de la Rúa, todo lo cual revelaba un pronto
desencanto en la sociedad argentina por las primeras disposiciones del nuevo Gobierno
y auguraba futuros contratiempos.
El 30 de junio de 2000 de la Rúa dirigió en Buenos Aires su primera cumbre
presidencial del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), la XVIII de esta
organización lanzada en 1991 por Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. En este
encuentro, el mandatario argentino propuso avanzar en la integración regional con una
carta social, como complemento a la unión aduanera en el ámbito comercial. El
documento fue suscrito por sus tres colegas, así como por los presidentes de Bolivia y
Chile, invitados a la cumbre. En un sentido general, de la Rúa consideraba perentorio
avanzar aún más en la integración de las cuatro economías, ya que, como la recesión
argentina estaba demostrando, las perturbaciones a la baja en los intercambios
comerciales por coyunturas internas repercutían dramáticamente en la producción de
los socios proveedores.
En agosto de 2000 la crisis estalló en el Gobierno por las graves acusaciones al
ejecutivo sobre sobornos millonarios a senadores peronistas, e incluso aliancistas, al
objeto de sacar adelante, cuatro meses atrás, la polémica reforma del mercado de
trabajo, que entre otras novedades suprimía el control sindical sobre los regímenes de
la Seguridad Social. En las denuncias interpuestas en los tribunales federales se acusó
sobre todo al ministro frentista del Trabajo, Alberto Flamarique, y al jefe de los
servicios de inteligencia del Estado, Fernando de Santibañes, un banquero miembro de
la UCR y amigo personal del presidente.
Al principio, de la Rúa restó magnitud al asunto, pero ante la polvareda levantada
hubo de salir al paso y señalar que si algún colaborador había transgredido sus
funciones sería "separado sin contemplaciones y puesto a disposición de la justicia". El
vicepresidente Álvarez advirtió que la Alianza había nacido para acabar con la
corrupción y el 6 de octubre, horas después de que de la Rúa hiciera una remodelación
del Gabinete que desencantó a los partidarios de depurar responsabilidades hasta las
últimas consecuencias, presentó la dimisión. Álvarez negó que se tratara de la ruptura
de la Alianza y dejó claro que el Frepaso seguiría trabajando con la UCR desde el
Congreso.
En el cambio se quedó fuera, por dimisión, Terragno como jefe del Gabinete;
Santibañes mantuvo de momento su puesto y Flamarique cesó en el suyo, pero porque
fue promocionado a secretario general de la Presidencia. Sin embargo, la dimisión de
su jefe de partido al día siguiente le arrastró a él también. El 20 de octubre resignó a su
vez Santibañes, sometido a fortísimas presiones. De la Rúa salió debilitado de estas
mudanzas, perdió autoridad dentro de la Alianza y además recibió críticas desde fuera
por imponer un sesgo proteccionista a la política económica del Gobierno. Por lo
demás, el año acabó con un decrecimiento del 0,5% del PIB y una tasa de paro del
15%, mientras que otro tanto de la población en edad de trabajar estaba subempleada.
El mandatario radical comenzó 2001 con todas las luces de alarma, económica,
financiera y social, encendidas. La constatación de que el nuevo mandatario era
incapaz de atajar la crisis, claramente estructural luego de una década de liberalismo a
ultranza que no había creado verdadera riqueza nacional, y de regenerar los hábitos
arraigados en la función pública, hizo cundir un profundo pesimismo que testimonió la
destrozada clase media, a la sazón votante tradicional de los radicales, con sus largas
colas en las embajadas de Italia o España para obtener un visado que le permitiera
abandonar el país. Se habló de un retroceso histórico en la realidad socioeconómica de
Argentina, una suerte de "latinoamericanización" de un país que durante décadas,
gracias a la distribución de la renta nacional, poseyó unas extensas clases medias
perfectamente homologables a las de las sociedades europeas desarrolladas. Los
observadores apuntaron que si hacía una década lo que atemorizaba a los argentinos
era la hiperinflación y el caos de los precios, ahora lo era la pérdida del empleo y el
derrumbe del poder adquisitivo.
No había oportunidades de mejora material de los ciudadanos, pero para de la Rúa y su
equipo de Gobierno (que no la dirigencia, escorada al izquierdismo, de la UCR)
tampoco existían alternativas, excepción hecha de las concesiones populistas, al
modelo menemista de ortodoxia liberal, a saber, la disciplina cambiaria y el
compromiso con el pago de la deuda. El nuevo ministro de Economía en sustitución de
José Luis Machinea desde el 5 de marzo, Ricardo López Murphy, anunció un
programa de austeridad consistente en más recortes del gasto público y el final de
algunas exenciones fiscales, pero no vio la luz ante la contestación general suscitada
en el país.
A mediados de marzo el presidente ofreció a la oposición un "acuerdo político
nacional" que produjera un gobierno con poderes especiales para capear la crisis, pero
el único partido que respondió positivamente fue la conservadora Acción por la
República (ApR) de Domingo Felipe Cavallo, tercer candidato más votado en las
presidenciales de 1999 y el ministro de Economía que en 1991 dio cerrojazo a la
hiperinflación con su Ley de Convertibilidad. El 19 López Murphy dimitió a las dos
semanas de su nombramiento y 24 horas más tarde le sucedió Cavallo, que el 29 fue
investido por el Congreso, a regañadientes, de poderes especiales que de hecho le iban
a permitir gobernar por decreto.
De la Rúa, personalmente contagiado de la inercia y la crisis de liderazgo políticos,
depositó todas sus esperanzas en el famoso superministro, tan prestigiado como
vituperado, que se disponía sacar al país de la recesión como una década atrás lo había
hecho de la pesadilla inflacionaria. Dejando intocada su criatura legal, la
convertibilidad entre el peso y el dólar, y con el nuevo instrumento de la Ley de
Competitividad, Cavallo delineó un plan económico con vocación de estructural que
pretendía controlar la evasión de capitales, disminuir los gastos públicos y suntuarios
del Estado y aumentar los ingresos, a fin de recuperar liquidez y reducir la necesidad
de refinanciación de la deuda exterior.
La reforma fiscal contemplaba alzas arancelarias sobre las importaciones de bienes de
consumo de fuera del MERCOSUR y rebajas de las que gravan las importaciones de
bienes de capital, teniendo como meta la erradicación del déficit público, previsto en
6.000 millones de pesos a fin de año. Todo ello, con la voluntad firme de asumir los
compromisos financieros más urgentes, las amortizaciones de deuda a medio y corto
plazo por valor de 4.500 millones de dólares hasta final de año, y de 17.000 millones
más para 2002, a los que habían que añadir otros 11.000 millones en intereses. De la
Rúa y Cavallo dejaron claro que en lo sucesivo el Estado solo iba a gastar lo que
recaudara y que no se iba a endeudar más; el débito consolidado, federal y provincial,
ascendía ya a los 150.000 millones de dólares.
El 8 de junio de la Rúa se sometió a una operación de angioplastia en la arteria
coronaria y en la calle el deterioro social proseguía imparable. La clase obrera se lanzó
a una serie de huelgas y disturbios en protesta por los bajo salarios y las malas
condiciones laborales. La bolsa de Buenos Aires, evocando el nerviosismo y la
desconfianza de los inversores en las seguridades de Cavallo sobre que el peso no se
devaluaría y que las deudas del Estado serían pagadas, registró desplomes sucesivos
mientras que la prima de riesgo, que mide la confianza en la solvencia del país, se
elevó hasta convertir a Argentina a los ojos de las instituciones financieras en el país
del mundo más susceptible de suspender pagos, poniéndose por delante de Nigeria.
De semana en semana se conocían noticias negativas, como la declaración de quiebra
de Aerolíneas Argentinas, que en un 90% controlaba el Estado español (21 de junio), y
el fuerte descenso del índice interanual de recaudación tributaria. En julio se
dispararon las retiradas de efectivo en pesos y las compras de dólares por los
ahorradores. De la Rúa exhortó al "esfuerzo patriótico" de todos los argentinos para
salir de la dramática situación y afirmó que los defraudadores fiscales serían tratados
"como criminales de la peor especie", pero sus enérgicos discursos a la nación
fracasaron en la empresa de recabar apoyos a un ejecutivo desprestigiado, agravándose
a ojos vista la soledad política del presidente. Que en general se reconociera que de la
Rúa había "tomado los mandos del Titanic cuando el buque ya estaba en trayectoria de
colisión" no le eximía de censuras en un momento delicado que demandaba acciones
resolutivas, tanto económicas como políticas.
Nuevos y desesperados llamamientos a la formación del Gobierno de unidad nacional
cayeron en saco roto, pues los peronistas no estaban dispuestos a asumir una cuota de
responsabilidad en disposiciones tan impopulares como el recorte en un 13% de los
salarios de los funcionarios y de las pensiones de jubilación superiores a los 500 pesos.
Incluso en la UCR, el ex presidente Alfonsín hizo gestiones particulares con los
sindicatos, puenteando las iniciativas gubernamentales. Un respiro supuso la
aprobación el 30 de julio por el Senado, tras un extenuante tira y afloja con los
gobernadores provinciales peronistas, y con el respaldo de los dos principales
inversores en Argentina, España y Estados Unidos, y de los agentes financieros
internacionales, del plan de emergencia del Gobierno centrado en la denominada Ley
de Déficit Cero, pero al precio de colocar al borde de la ruptura a la coalición
oficialista -de todos modos ya más nominal que otra cosa- y a la propia UCR, y de
sembrar la efervescencia en las calles.
En virtud a las últimas medidas adoptadas, De la Rúa y Cavallo afrontaron con
optimismo las negociaciones con el FMI y otros proveedores de fondos para financiar
la reestructuración de los adeudos. Una señal esperanzadora fue el anuncio por el FMI
el 22 de agosto de su disposición a conceder un crédito de 8.000 millones de dólares,
suplementario a los dos acordados desde diciembre de 2000 (de 40.000 millones y
20.000 millones), para respaldar las reservas internacionales y un nuevo canje de
títulos de deuda pública. El FMI advirtió que miraría con lupa la ejecución del
durísimo plan de ajuste, el séptimo desde la toma de posesión de de la Rúa en 1999, y
que a la Ley de Déficit Cero tendrían que plegarse tanto el presupuesto federal como,
mediante un régimen fiscal de coparticipación reformado, los de las provincias,
calificadas por este organismo de "fuente significativa de rigidez e ineficiencia en las
finanzas públicas".
Las elecciones del 14 de octubre a la mitad de los diputados de la Cámara y a la
totalidad de los senadores precarizaron más aún a de la Rúa al perder la Alianza la
mayoría en la cámara baja: con el 37,4% de los sufragios, los justicialistas ganaron 66
de los 127 escaños en disputa frente al 23,1% y los 35 escaños obtenidos por los
aliancistas, quedando el reparto final en 116 diputados para los primeros y 88 -si bien
radicales la gran mayoría- para los segundos. En el Senado, la Alianza vio
incrementada su minoría hasta los 25 escaños, 15 menos que el PJ. La Alianza perdió
más de 20 puntos porcentuales con respecto a las legislativas de 1999, y, a tenor de las
encuestas, si se hubiesen celebrado presidenciales por de la Rúa habría votado menos
de la quinta parte de los electores.
La continuidad en el cargo de de la Rúa, primer mandatario argentino con las dos
cámaras en contra, iba a depender de su entendimiento con el PJ. Pero no menos
significativo fue el alcance del denominado "voto bronca", las papeletas nulas y en
blanco, que sumaron el 21,1%; añadido al 26,3% de la abstención, resultó que los
electores que de una u otra forma rechazaron los comicios se acercaron al 50% del
censo, cifra sin precedentes e indicativa de la irritación y el hastío populares. De la
Rúa asumió el varapalo electoral como una demanda de cambio de rostros en el
ejecutivo, pero la principal diana del descontento, Cavallo, siguió contando con su
confianza. El primero de noviembre el ministro presentó al FMI un nuevo plan de
reformas estructurales con el objetivo inmediato de rebajar los tipos de interés del peso
para aliviar el coste de la deuda y poder liberar recursos para la reactivación
económica. Asimismo, reiteró que Argentina "nunca" iba a dejar de pagar sus débitos,
y acusó a las provincias de tener una alta responsabilidad en la debacle por la gestión
populista de sus finanzas y a Brasil de ser un socio "desleal" en el MERCOSUR por
las devaluaciones competitivas de su moneda, el real.
Aquel mes, la incapacidad de las provincias y el Gobierno Nacional, que había
suspendido las transferencias netas del Estado como consecuencia de la Ley de Déficit
Cero, para renovar la coparticipación fiscal, retrasó la aplicación del octavo plan de
ajuste y puso al país al borde de la suspensión de pagos, anulando lo que de positivo
pudiera tener la obtención del primer superávit mensual, de 124 millones de dólares,
en las cuentas del Estado. De la Rúa anunció un plan de ahorro de 4.000 millones de
dólares en el pago de los intereses de vencimientos de la deuda en 2002 mediante la
reducción del 11% al 7% de los tipos de interés de los bonos, así como de descuentos
en la cotización obligatoria y de devolución del 5% del IVA en compras minoristas
con tarjeta de crédito, el cual presentó como un "nuevo contrato social entre el Estado
y los argentinos", en respuesta "a sus reclamaciones en las últimas elecciones". El 8 de
noviembre viajó con Cavallo a Estados Unidos para reunirse con el presidente George
W. Bush y los inversionistas privados.
Esta batería de medidas sirvió sólo para calmar los mercados unas pocas horas,
mientras que el FMI, escéptico, no se avino a adelantar los tramos de la ayuda
acordada. Había una aguda crisis de confianza en las instituciones y la población se
lanzó a los bancos a vaciar sus cuentas. La avalancha de reintegros en efectivo puso al
sistema financiero al borde del colapso, induciendo el 1 de diciembre al Cavallo a
decretar, con el respaldo pleno del presidente e invocando los poderes especiales
otorgados por el Congreso, el estado de excepción monetario: todos los depósitos
bancarios quedaban parcialmente inmovilizados durante 90 días; los ahorradores sólo
podrían retirar en efectivo un máximo de 250 pesos o dólares a la semana, teniendo
que usar tarjetas de crédito o débito y talones para operaciones de importes superiores,
y los que viajasen al exterior sólo podrían llevar consigo un máximo de 1.000.
La draconiana medida, en vigor el 3 de diciembre, y conocida en la calle como el
corralito, implicaba un primer paso hacia la dolarización, pues apuntaba a la
transformación automática a dólares de los depósitos en pesos y la prohibición de
conceder más créditos en esta moneda para evitar los ataques especulativos contra la
divisa argentina. También suponía un golpe mortal a la economía sumergida, que sólo
conoce el cobro y el pago en efectivo al margen del sistema financiero y en la que se
movía el 47% de los argentinos. Los analistas calificaron la intervención monetaria de
parche desesperado -en las 24 horas previas a su anuncio se habían cancelado
depósitos por valor de 700 millones de dólares- que no disipaba los peligros de la
suspensión de pagos y la devaluación, amén de abonar el desasosiego popular y de
empeorar la recesión por el desplome del consumo y la actividad económica. Además,
la Ley de Convertibilidad se apoyaba en una base ficticia, pues el Banco Central ya
sólo contaba con la tercera parte de las reservas líquidas en dólares para garantizar los
10.000 millones de pesos en manos de los 37 millones argentinos.
Llegado a este punto crítico, al Gobierno de de la Rúa se le planteaban tres salidas para
recuperar la confianza: dolarizar plenamente la economía renunciando al peso, lo que
hundiría las perspectivas de una recuperación económica; romper la paridad y devaluar
la moneda, con implicaciones gravísimas sobre particulares y empresas que se habían
endeudado en dólares (la gran mayoría, ya que los tipos de interés del peso eran
astronómicos), o recibir un préstamo de urgencia del FMI, posibilidad poco verosímil.
El 5 de diciembre, mientras el FMI, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID) congelaban préstamos por 2.400 millones de dólares, de la Rúa
aprobó una modificación para hacer más digerible la medida consistente en el aumento
de los topes a 1.000 pesos o dólares en los reintegros de efectivo a la semana y a
10.000 en las cantidades expatriadas. El 6 de diciembre Cavallo reconoció que el país
se hallaba en "virtual suspensión de pagos" y se trasladó de urgencia a Washington
para negociar con el FMI, a la postre infructuosamente.
El 11 de diciembre siguieron nuevas restricciones sobre el dinero, la limitación a dos
las cuentas corrientes por ciudadano y la retención por los bancos del 75% de los
nuevos depósitos de sus clientes (coeficientes de cajas, para evitar transferencias
masivas de una entidad a otra), abiertos por cientos de miles en pocos días para burlar
las cortapisas del 3 de diciembre. Los emplazamientos del presidente a los actores
sociales y los partidos para que se sumaran a un pacto político nacional no
prosperaron, toda vez que los sindicatos, inclusive las dos facciones de la central
peronista Confederación General del Trabajo (CGT), consideraban inútil el diálogo
con el ejecutivo en tanto siguiera en él Cavallo y se proponían derribarlo mediante
movilizaciones y paros, y que ningún dirigente del PJ quería echar un capote a un
presidente radical tocado y en minoría parlamentaria.
El 13 de diciembre la huelga general, la séptima del mandato de de la Rúa, contra las
últimas medidas bancarias paralizó el país y estuvo acompañada de incidentes
violentos en forma de hurtos de comercios, incendios provocados y choques con las
fuerzas del orden público. Al Gobierno se le empezó a escapar de las manos el control
del país y la asistencia del FMI no se concretó por la falta de acuerdo sobre el
presupuesto federal equilibrado de 2002 y el pacto fiscal con las provincias. El 14
venció deuda por valor de 700 millones de dólares y el Gobierno consiguió abonarla in
extremis, evitando declararse en bancarrota, con una fórmula harto alambicada:
recurriendo a los fondos de pensiones de los ciudadanos gestionados a plazo fijo,
previamente convertidos en letras del tesoro en lo que el propio Cavallo calificó de
"confiscación". Entonces, el paro excedía el 18% y se estimaba que ya 14 de los 36
millones de habitantes vivían en la pobreza. Se esperaba una contracción para el
conjunto del año del 3,5% del PIB.
La situación era explosiva y recordaba la víspera de los motines populares de mayo
1989, que adelantaron el final de mandato de Alfonsín. El temido estallido social
prendió el 19 de diciembre, cuando cientos de personas, justificándose en que tenían
que comer, se lanzaron al asalto de tiendas y supermercados en todo el país. Unas
horas de saqueos y desmanes sumamente violentos bastaron para que el Gobierno en
pleno presentara la dimisión y de la Rúa, que "aceptó" sólo la resignación de Cavallo,
declarara el estado de sitio y la consiguiente suspensión de garantías constitucionales
en aplicación del artículo 23 de la Carta Magna.
La Presidencia acusó a organizaciones extremistas de derecha e izquierda de atizar y
manipular las algaradas con objetivo político, explicación convincente para el caso de
algunas expresiones de vandalismo a cargo de guerrilleros urbanos. Pero a lo que se
asistió fue más bien a una demostración espontánea de cólera y desesperación de una
clase media del todo ajena a violencias que, por primera vez, se lanzaba a la calle por
necesidad y para exigir la partida de sus gobernantes, en una rebelión sin precedentes
contra toda una clase política sin distingos de siglas largamente tachada de
demagógica, clientelista y corrupta. Buenos Aires se convirtió en una ciudad sin ley
donde se instalaron el miedo y la confusión más absolutos.
El día 20 prosiguieron las caceroladas, los saqueos y los enfrentamientos, y la central
sindical Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) mantuvo la convocatoria de
huelga general de 36 horas en desafío a las medidas de excepción. De la Rúa, recluido
en la Casa Rosada mientras en el exterior se libraba una batalla campal entre
manifestantes y fuerzas del orden, se dirigió a la nación pidiendo a los revoltosos que
depusieran la violencia y a la oposición justicialista que, "con valentía y patriotismo",
se integrara en un ejecutivo de concentración nacional en el que dispondría de un alto
poder de decisión para "reformar la Constitución y el sistema político". La dirigencia
peronista no respondió al envite, y en la tarde-noche de la Rúa compareció por tercera
vez para notificar su dimisión después de firmarla para su remisión al Senado,
abandonando acto seguido el palacio presidencial en un helicóptero que lo llevó a la
residencia oficial de Olivos. La partida del político radical al cabo de 48 horas de caos
que dejaron 27 muertos en todo el país (la mayoría por disparos de dueños de
establecimientos que los defendían de las hordas de saqueadores) principió una cadena
de mudanzas en el poder ejecutivo que, a la postre, derivó en crisis institucional, la
más grave en democracia conocida por Argentina.
Con de la Rúa, continuó, por tanto, la suerte de fatalidad que persigue a los presidentes
argentinos radicales desde 1928, ninguno de los cuales ha conseguido agotar su
mandato constitucional: Hipólito Yrigoyen en 1930, Arturo Frondizi en 1962 y Arturo
Ilía en 1966 fueron desplazados por sendos golpes militares, mientras que Raúl
Alfonsín, como se apuntó arriba, hubo de acelerar el traspaso presidencial en 1989 a
causa de la calamidad económica. El 21 de diciembre la Asamblea Legislativa -esto es,
las dos cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta- aceptó la dimisión de de la
Rúa y, puesto que el cargo de vicepresidente estaba vacante también, asumió la
jefatura de la nación en funciones el presidente provisional del Senado, el peronista
Federico Ramón Puerta, que había sido elegido para el puesto el 29 de noviembre en
una imposición de su mayoría parlamentaria por el PJ, donde primaban por encima de
todo las ambiciones de poder de sus barones provinciales.
La única función de Puerta consistió en convocar una sesión extraordinaria de la
Asamblea para designar un presidente interino, cosa que sucedió el 23 de diciembre,
por consenso de los principales jefes peronistas, en la persona de Adolfo Rodríguez
Saá, gobernador de San Luis, que recibió mandato hasta el 5 de abril de 2002, fecha en
que debía entregar el mando al presidente salido de unas elecciones anticipadas al 3 de
marzo. De la Rúa, que regresó fugazmente a la Casa Rosada el 21 por la mañana, dos
horas antes de que la Asamblea formalizara su dimisión, para derogar el estado de sitio
(luego reinstaurado por Puerta), reprochó la actitud de los peronistas e implícitamente
reconoció que el decreto del corralito había precipitado su caída. En la misma jornada,
una juez federal prohibió al ex presidente abandonar el país para investigar la presunta
relación de altos funcionarios con la represión policial de los últimos días, ya que dos
fiscales habían presentado contra él y sus colaboradores sendas acusaciones por
"homicidio reiterado, lesiones y presunto abuso de autoridad".
VIDEO
EDUARDO DUHALDE Presidente interino de la Nación (2002-2013)
Cuando el día de año nuevo de 2002, en unas circunstancias dramáticas y como
resultado de un amplio consenso partidista, el Congreso de Argentina le invistió
presidente de la Nación -era el quinto en doce días-, Eduardo Duhalde, caudillo
del peronismo bonaerense, ya era uno de los políticos más poderosos del país.
Antes vicepresidente, luego gobernador provincial y últimamente senador
nacional, Duhalde traía en sus bregadas alforjas una victoria, la frustración de la
re-reelección de Menem, cuyo ruinoso legado neoliberal deploraba, en 1999, y una
derrota, la infligida por el radical de la Rúa en las presidenciales de aquel año.
Sus credenciales de "peronista biológico" con una visión nacionalista y social del
desarrollo económico, y particularmente interesado en las problemáticas de la
droga, hubo de ponerlas a prueba en la conducción interina de un Estado en
suspensión de pagos, con los depósitos bancarios secuestrados por el colapso de la
liquidez, una recesión de dos dígitos y la cólera ciudadana retumbando en las
calles.
Durante unos angustiosos meses, el mandatario, gobernando por decreto y
apoyado en un gabinete de unidad nacional, se afanó en conjurar la crisis y un
nuevo estallido social con una batería de intervenciones delicadas: confirmó la
moratoria del pago de la deuda externa, liquidó la convertibilidad del peso,
pesificó créditos y ahorros en dólares, aplicó un ajuste fiscal demandado por el
FMI y en cuanto al traumático corralito financiero, primero lo flexibilizó y
finalmente lo levantó, aunque con reintegros achicados por la devaluación
monetaria. El principio de la estabilización financiera y las primeras piedras de
un nuevo modelo productivo generador de crecimiento no atajaron, sin embargo,
la veloz propagación de la pobreza y el desempleo, mientras la clase media
quedaba diezmada. Si la reconstrucción del edificio económico comenzó bajo
Duhalde, la reparación del tejido social debió aguardar mejores tiempos.
En 2003 Duhalde patrocinó decisivamente –y contra Menem- la postulación
sucesoria de su colega de partido santacruceño Néstor Kirchner, un peronista de
centroizquierda, pero luego de transferirle el mando, fue alejándose
paulatinamente de él a medida que tomaba cuerpo su proyecto político
autónomo. El duelo por el liderazgo del justicialismo se saldó con la derrota total
del ex presidente en las legislativas de 2005, cuando el oficialismo kirchnerista
arrebató a los duhaldistas su bastión electoral en la Provincia de Buenos Aires.
Decidido a presentarse a las presidenciales de octubre de 2011, Duhalde unió
fuerzas con las diversas facciones disidentes del llamado PJ anti-K, dando lugar
en 2010 al Peronismo Federal, en cuyo seno lanzó su precandidatura. En abril de
2011, sin embargo, abandonó el proceso de primarias del Peronismo Federal y
relanzó su aspiración por el partido Unión Popular y la coalición Frente Popular.
Alcanzar el "hambre cero", impulsar la renta básica ciudadana y pasar página al
"Estado subsidiador y antiproductivo" son algunas de sus propuestas de
campaña, que libra muy a la zaga de la gran favorita, la titular reeleccionista
Cristina Fernández de Kirchner.
NESTOR KIRCHNER . Presidente de la Nación (2003-2007)
emergió desde la remota Santa Cruz impugnando el legado neoliberal de la década
menemista y prometiendo rescatar al Estado y la sociedad de la devastadora crisis de
2001-2002 con un programa expansionista de producción y trabajo.
En sus proclamas electorales, Kirchner se presentó como adalid del ala izquierda del
peronismo, reformista sin ambages y resuelto adversario del sistema neoliberal de sus
predecesores. También prometió mantener en el cargo al ministro de Economía,
Roberto Lavagna, al que se atribuía la ligera mejoría económica de los primeros meses
de 2003.
En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el 27 de abril, el gobernador de
Santa Cruz quedó en segundo lugar, con el 22% de los votos, detrás del también
peronista Carlos Saúl Menem, que logró el 24%. Tras los de la provincia de Santa Cruz
(60%), Kirchner obtuvo sus mejores resultados en la provincia de Buenos Aires (40 %
de la población), gracias al apoyo decidido del presidente Duhalde y del poderoso
aparato del justicialismo.
Ante unas encuestas que le eran muy desfavorables, Menem anunció el 14 de mayo su
retirada de la carrera presidencial, lo que decidió la inmediata proclamación de
Kirchner como presidente electo.
Su Frente Para la Victoria (FPV), situado en la izquierda del peronismo, consiguió
arrebatar al sector duhaldista el control mayoritario del PJ; como mandatario, hizo
gala de un estilo heterodoxo, fuertemente ejecutivo, e inauguró una política favorable al
final de la impunidad de las violaciones humanitarias de la dictadura.
Kirchner reestructuró y liquidó la deuda externa con el FMI, canjeó con quita la deuda
soberana y obtuvo un histórico superávit fiscal, mientras la economía creció a tasas
chinas, y el paro y la pobreza retrocedieron.
El nuevo modelo económico, con elementos intervencionistas, trajo estabilidad y
credibilidad financieras, pero encajó los repuntes inflacionarios y la escasez de
inversiones.
En la política exterior, su discurso crítico de nacionalista sudamericano priorizó sobre
Estados Unidos la alianza estratégica, ligada a las preocupaciones integracionistas y
energéticas, con el Brasil de Lula da Silva y la Venezuela de Chávez, aunque su pelea
con Uruguay dañó el Mercosur, pese a considerarse su paladín. Kirchner afrontó
escándalos de corrupción institucional y tras dejar el cargo recibió denuncias de
enriquecimiento ilícito y orquestó una ofensiva del oficialismo contra la prensa no afín.
La presidencia de Kirchner
Días antes de prestar juramento como presidente, Néstor Kirchner dio a conocer su
cartera ministerial, en la cual mantuvo a cuatro ministros del anterior gobierno, entre
ellos al titular de economía Roberto Lavagna, e incluyó a políticos de su absoluta
confianza, en su mayoría justicialistas y algunos independientes. El nuevo equipo
destacaba por un denominador común en su composición: políticos jóvenes (entre 43 y
53 años), ajenos a los círculos de poder tradicionales y portadores de una visión de
Estado lejana al neoconservadurismo que había gobernado al país en los últimos años.
La herencia que Kirchner recibió el 25 de mayo de 2003 fue una deuda que ascendía a
178.000 millones de dólares y uno de los índices de paro, pobreza y marginación social
más altos de la historia argentina. Sin embargo, desde el primer momento encaró con
decisión la compleja situación del país e impuso un ritmo tan vertiginoso a las medidas
iniciales que tomó que los medios de comunicación hablaron del "efecto" o del "estilo
K". El nuevo presidente, ante los graves problemas sociales, políticos y económicos, se
fijó como prioridades la vigencia de los derechos humanos, la lucha contra la
corrupción y la revisión de las políticas económicas neoliberales, que habían contribuido
a la ruina del país y el empobrecimiento de millones de argentinos.
Derechos humanos
A lo largo del mandato de Kirchner el llamado "efecto K" continuó produciendo
notables cambios en la sociedad argentina y en sus instituciones. En el terreno de los
derechos humanos, la voluntad del gobierno de adoptarlos como una prioridad marcó
un punto de inflexión en la política llevada adelante desde el retorno de la democracia
en 1983 y significó un paso decisivo en la lucha contra la impunidad. Además de la
puesta en marcha de una profunda purga en las Fuerzas Armadas, la policía y los
servicios de inteligencia implicados en las violaciones de los derechos humanos durante
la dictadura militar, el gobierno acometió la renovación de la Corte Suprema de
Justicia, duramente criticada durante el mandato de Carlos Menem por su sumisión
frente al Ejecutivo. La medida, que fue aplaudida a nivel internacional como un paso
positivo hacia la independencia del Poder Judicial, supuso la remoción de los miembros
acusados de conformar una "mayoría automática" que siempre fallaba a favor del
gobierno. Con la incorporación de mujeres, abogados garantistas y de centro-izquierda,
se buscó equilibrar ideológicamente y por sexos la composición del organismo.
En junio de 2005, la nueva Corte declaró inconstitucionales las leyes de Punto Final y
Obediencia Debida, aprobadas en 1986 y 1987. Su anulación permitió que se
reactivaran las causas judiciales que involucran a centenares de militares, abriendo así
la vía para juzgar los crímenes cometidos durante la dictadura. En 2006 se dictó la
primera sentencia tras la derogación de estas leyes, que condenó a 25 años de prisión al
represor Julio Simón por delitos de lesa humanidad. La decisión del gobierno de ceder
el predio de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), el principal centro de
detención ilegal de la dictadura, para construir un Museo de la Memoria, fue aplaudida
por la opinión pública.
La investigación de las violaciones a los derechos humanos durante el régimen militar
siguió adelante, concretándose en la detención y condena de numerosos responsables.
Pese al compromiso asumido por el gobierno de Kirchner, los fantasmas de la dictadura
parecieron resurgir y la confianza de la ciudadanía sufrió un duro revés el 18 de
septiembre de 2006, a raíz de la desaparición de Jorge Julio López, de quien no se halló
rastro. Este trabajador de la construcción había testificado contra Miguel Etchecolatz,
un alto mando de las fuerzas de seguridad cuando el país estaba bajo el gobierno
militar, que había sido condenado a cadena perpetua. El 27 de diciembre del mismo año
sufrió un destino similar Luis Gerez, tras testificar contra un ex policía acusado de
crímenes de lesa humanidad. Afortunadamente, Gerez apareció vivo dos días después,
pero con señales de haber sido torturado. El presidente Kirchner acusó del secuestro a
elementos paramilitares y parapoliciales deseosos de amedrentar a la población.
Si bien hacia 2005 la prensa y la oposición destacaron algunos factores que empañaban
la espectacular recuperación económica del país, como la conflictividad laboral, las
tarifas de los servicios públicos o la inflación, estos problemas no fueron obstáculo para
que la ciudadanía diera el apoyo a Kirchner en las elecciones legislativas celebradas en
octubre de ese año, a fin de renovar la mitad de la Cámara de Diputados y un tercio del
Senado. Planteados como un plebiscito en apoyo de la política gubernamental, los
comicios constituyeron un claro aval a la gestión del presidente. Ya fuera solo o en
alianza, el Frente para la Victoria obtuvo el 40 por ciento de los votos y consiguió sólidos
triunfos en 16 de las 24 provincias. En la provincia de Buenos Aires, Cristina Fernández
de Kirchner, esposa del presidente y primera candidata al Senado, obtuvo el 46 por
ciento de los sufragios, sacando 26 puntos de ventaja sobre su rival, la también
peronista Hilda Duhalde.
La recuperación económica
Kirchner estableció un frente común con Brasil para reflotar el Mercosur y renegoció el
pago de la deuda externa con el FMI y otros organismos financieros internacionales en
términos hasta entonces inéditos, logrando que, en febrero de 2004, en la XII Cumbre
del G-15 celebrada en Venezuela, se reconociese la tesis de que la deuda internacional
era impagable sin desarrollo. De acuerdo con esta línea de pensamiento, defendió, con el
apoyo del Brasil del presidente Lula da Silva, la necesidad de una política continental
común para tratar con la Unión Europea y Estados Unidos, oponiéndose a los intentos
estadounidenses de imponer su propio mercado continental. El rechazo a la política
comercial proteccionista de Estados Unidos y al ALCA se escenificó en la V Conferencia
ministerial de la OMC, celebrada en Cancún (México) en septiembre de 2003, y en la IV
Cumbre de las Américas, que tuvo lugar en noviembre de 2005, en Mar del Plata.
Después de sacar al país de la cesación de pagos considerada la más grande de la
historia económica mundial, uno de los mayores éxitos del gobierno fue la renegociación
de la deuda externa con el FMI y otros organismos financieros, al realizarse en términos
hasta entonces inéditos. La deuda con los acreedores privados ascendía a 81.800
millones de dólares, de los cuales, entre enero y febrero de 2005, se canjearon 62.200
millones, o sea el 76 por ciento del total de la deuda, con una quita de 27.700 millones
sobre el valor nominal de la misma. Se trataba del mayor procedimiento de canje y con
la más alta quita a los acreedores de la historia económica.
El artífice de la exitosa operación fue el ministro de Economía, Roberto Lavagna,
designado durante el gobierno de Eduardo Duhalde y confirmado en el cargo por
Kirchner. No obstante, las crecientes discrepancias entre ambos culminaron en
noviembre de 2005 con el desplazamiento de Lavagna y su reemplazo por Felisa Miceli,
lo que no cambió las líneas de la política económica. En enero de 2006 el gobierno
argentino pagó por anticipado el total de la deuda con el FMI, que ascendía a 9.530
millones de dólares, recurriendo a las reservas del Banco Central, que en ese momento
sumaban más de 28.800 millones. La medida, destinada a ganar independencia política,
fue duramente criticada por la oposición, pero un año después las reservas se habían
recuperado e incluso superado.
El nuevo rumbo económico que había tomado el país al salir de la crisis se afianzó en los
cuatro años de gobierno de Kirchner. Los logros de la política económica se tradujeron
por un lado en un superávit comercial récord, gracias a las exportaciones que llegaron a
su máximo histórico, y por otro, en una relativa mejora de los indicadores sociales.
Después de la espectacular caída del PIB en 2002 de casi el 11 por ciento, en 2003 se
experimentó una notable recuperación que alcanzó el 8,8 por ciento, debido sobre todo
al crecimiento del consumo privado y de las exportaciones. Esta tendencia se consolidó
en los años sucesivos.
Esta etapa de expansión se centró en el papel dinamizador de las exportaciones.
Argentina volvió a exportar con ímpetu al exterior, especialmente a Brasil, México,
Chile, Venezuela, Europa y China. En 2007 las exportaciones alcanzaban su tope
histórico, al ascender a 55.301 millones de dólares, un 18 por ciento más que en 2006, y
la balanza comercial acumulaba un saldo positivo de 11.400 millones de dólares, lo que
representaba la duplicación de las ventas externas durante los años de gobierno de
Kirchner. Aunque el núcleo de las exportaciones continúa integrado por los productos
agropecuarios y agroindustriales, se fueron incrementando de forma relevante el papel
de los bienes manufacturados, y, como elementos novedosos, del turismo receptivo y, en
menor medida pero apuntando una tendencia interesante, de los servicios y productos
informáticos y los profesionales y técnicos.
Los pilares de la recuperación económica fueron primordialmente el agro, la industria,
la construcción y el sector financiero, alza que se vio acompañada por el empuje en la
inversión privada. La reactivación impulsó a su vez la recuperación del mercado
laboral: el número de trabajadores contratados aumentó especialmente en la actividad
motora del crecimiento, la construcción, seguida por la industria metalúrgica, los
hoteles y los servicios inmobiliarios. Si en mayo de 2002 la desocupación alcanzaba al
21,5 por ciento de la población económica activa, su máximo histórico, a partir del año
2003 comenzó a registrarse un ritmo de descenso importante. En 2007 el índice de
desempleo había descendido al 8,7 por ciento.
Tras hacer pública su decisión de no postularse a la reelección presidencial, Néstor
Kirchner cedió su plaza de candidato a su esposa, Cristina Fernández de Kirchner,
quien ganó los comicios presidenciales de octubre de 2007 y se convirtió así en la
primera presidenta electa de la Argentina. Entretanto, Kirchner intensificó su actividad
en el seno del Partido Justicialista. En las elecciones legislativas celebradas el 28 de
junio de 2009, Kirchner se presentó como primer candidato de la lista Frente
Justicialista por la Victoria a diputado nacional por la provincia de Buenos Aires.
secretario general de UNASUR e hipotético aspirante a la jefatura del Estado de nuevo
en 2011, sucediendo a su esposa Cristina Fernández, falleció repentinamente en octubre
de 2010, dejando al país sumido en la consternación y la duda.